"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Aguafuerte


PAPA, contratapa diario LA CAPITAL 9-8-15

Publicado en Aguafuerte el 13 de Agosto, 2015, 16:38 por MScalona

PURA COINCIDENCIA

Publicado en Aguafuerte el 20 de Abril, 2015, 17:04 por MScalona
. PURA COINCIDENCIA . . --------------------- . En vez de llamarse "Los Ángeles al desnudo", mi novela se llamará "Maizal al desnudo" , y en vez de estar escrita por James Ellroy, la escribo yo y empieza cuando el gobernador (supongamos que se llama Chauncey Gardiner* y la provincia se llama Sojafé), designa como Secretario de Seguridad a un oficial de Registro Civil con apellido de gaviota (y la misma astucia), y como Jefe de Policía, al jefe del cartel de la droga, el cual, aún descubierto y preso con dos fallos (por fuerzas y justicial federal, eso sí), es defendido "desde el jardín" de un campito de Casilda, donde además de soja, se han conseguido grandes plantaciones de yuyos, bebés y cocinas (no ya las del FAE), sino de otros derivados vegetales, que han vuelto a poner a Maizal, y en especial a sus puertos y containers, otra vez, como aquel glorioso granero del mundo. . En Maizal, la novela, se produce el mayor tráfico de efedrina de la historia y hay dos detalles de realismo mágico (la aparición de un Rolls Royce y del gimnasio más grande del país, ubicado en una ciudad pequeña con el nombre de un santo, que no puede mantener el convento donde nació la patria, pero sin embargo, el dueño del gimnasio, puede pagar una multa de ciento cincuenta mil pesos, en el acto, con billetes de baja denominación, apelotonados, calentitos). En la novela, el realismo mágico peronista, estos últimos años, ha ido cediendo terreno al realismo sucialista, negro, descarnado, gonzo, y donde, como en las novelas de Ellroy, la mafia termina dominando a los tres poderes que ingenuamente imaginó Montesquieu en aquella novela romántica del siglo XVIII. . En la ficción, el gobierno de Maizal, habilita un boliche bailable al jefe financiero narco, en pleno centro de la ciudad, porque una vez firmado el contrato, hay que abrir la casa matriz, e ir "desde el jardín" al centro. Los vecinos de una calle llamada Pocho Lepratti, se quejan, algunos políticos (quedaban), los apoyan y acompañan la protesta, y consiguen revocar el boliche tan lujoso como si fuera la mismísima mezquita de Medina. Por esas carambolas de la ficción, esa cuestión especular que tanto le gustaba a Borges, el funcionario comunal que promovió la habilitación, y luego su revocación, muere en un accidente de moto que tuvo todas las características de un accidente de moto. . Ahí empieza la parte de la novela estilo Mario Puzzo (y el medio o desarrollo o segundo acto, en la estructura aristotélica): las bandas se empiezan a matar a mansalva y mueren hasta los fantasmas, aunque manejan cupés Mercedes Benz de un millón de pesos, compradas cuatro días antes, al contado, en sus propias agencias de autos, aunque nunca llegan a conocerse los papeles, los contratos, los pagos, las habilitaciones. No podemos saber quiénes son los Generales o los Coroneles, sólo tenemos el nombre de los soldaditos. Bastante quemados, por cierto. El juez de la causa, Dr. Salchicha, viaja a Las Vegas, pero no por el caso, sino a ver la pelea de Mayweather, y lo hace, curiosamente, en el mismo avión, el mismo asiento, el mismo hotel y el mismo pullman del estadio, que el padre del fantasma, que además, es el jefe de una de las dos bandas. . Mi gastroenterólogo me dijo una vez que si yo supiera con que están hechas las salchichas, jamás las comería. La salchicha se hace con desperdicios, procedimientos de apuro, irregulares. Es un alimento para matar el hambre, que se coge (verbo castizo) de parado y sin ningún lubricante. Un alimento que no se le daría ni a los monos. Pero bueno, los monos se comieron la salchicha, y ahora, se espera que la coman todos los habitantes de Sojafé. Hay una expresión muy ordinaria de un popular actor argentino que dice: "A comerla…" Y enfatiza la R, que como decía Fontanarrossa, siempre connota la otra R, la de la mierda. ¡ A comerla...! . Bueno, la novela sigue con funcionarios políticos (legisladores de la NO oposición también) que consiguen "escapadillarse" a otras oficinas y eternas candidaturas al voleo y al robeo. El Jefe de Registro Civil, el señor gaviota, fue a parar a la Lotería, y finalmente, los monos, de tanto comer salchichas, consiguen comprar la fábrica y se firma un contrato que los beatifica, les consagra lo real del poder, especialmente porque exigen (y pueden hacerlo) que se firme tres días antes de las elecciones, y en una cláusula, exigen que la ciudad se llame Dakar. Alguien les avisa que ya hay una ciudad con ese nombre, en África. Entonces, el mono mayor, o su súperabogado, de riguroso traje italiano y sonrisa de comic, con un Mercedes Benz igualito al de sus clientes, mientras festeja eufórico en el pasillo del primer piso de calle Moreno, grita: "ahora los presentamos a todos, y que la ciudad, se llame África". Y a festejar al Rockandfellas. . Quedan allí (en los tribunales) otros fantasmas, los pobres jueces y fiscales que no eran salchichas, y sin embargo, resultaron terribles mortadelas del sándwich, como le pasa a Gregory Peck en "Matar a un ruiseñor". En las novelas negras siempre ganan los malos. No hay Sherlocks, Agathas o Poirots que valgan. ¿Quién va a ganar en la pelea entre una gaviota y un mono? Gaviota que además, llegaba tarde a todos lados, salvo aquel día en que hubo que agarrar la computadora del jefe narco, fusilado en Ayolas y Circunvalación, un 29 de diciembre. Para entonces, la gaviota había aprendido a garcharse a una liebre a la carrera, en la curva. Pero de esa curva, hace ya varios años. Luego fue capaz de allanar un country sin orden judicial, agarrar la PC narco sin orden judicial y comprender (la gaviota es un ave muy poética) que la jueza (de turno), estuviera en Cariló (10 diez días), a 600 kilómetros de Maizal, en vez de atender el asesinato del jefe narco. . La novela termina con Chauncey Gardiner (cual Diocleciano), viendo crecer los yuyos en un campo de Casilda, mandando un tuiter de pésame a la familia del Fiscal Neymar o a la de Capriles, que él está persuadido es un político de la socialdemocracia sueca. . Pero bueno, ustedes ya saben, todo esto es ficticio y cualquier parecido de los personajes o las situaciones con la realidad, es pura coincidencia. . --------------------------------------Marcelo Scalona . ------- . 18-04-2015 ---------- * Chauncey Gardiner es el protagónico de la novela DESDE EL JARDÍN de Jerzy Kosinsky, personaje que a todos los interrogantes graves y serios que se le plantean sobre la vida, y en especial, sobre el gobierno contesta siempre alelado y descolgado de lo real, con metáforas de jardinería.

MARCELO SCALONA

Publicado en Aguafuerte el 21 de Octubre, 2013, 0:43 por MScalona

Luz de los Pasillos



--------------------------------------                                                         a mamá

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Agua de la canilla, luz de los pasillos, flores silvestres, sol de la plaza, de los bancos, tobogán, calesita, estatua, popa, beso, bocatormenta. “Remedios de Escalada”, después “Eva”, siempre una mujer, ¿qué otra cosa podía ser una plaza como el patio de infancia?

Un día de tormenta, de arena en los ojos, me mordió un perro. Después fue el Comando Radioeléctrico, la hepatitis, la escarlatina, los médicos, los guardapolvos y las tareas. Tuve miedo. Aprendí que iba a morirme, o más bien, que el tiempo no iba a alcanzarme. 

Patios, terrazas, baldíos, calles de tierra, zanjas, charcos y luces desvaídas de las siete de la tarde. Yo corría, corría... siempre fui un desesperado: juntaba aire, criaba piernas, cambiaba el ritmo. De algún lado había escuchado la mentira: que con una bicicleta, me escaparía del todo y ya no me alcanzaría la sombra de la cuchara con la penicilina: “ ...mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que te vas a morir, mira que no sabes cuando”. 

Castigos por nada, por estar vivo, por sonreír, por las dudas, porque otros habían muerto antes. Por ser feliz... no era mi culpa que Jesús llorara todo el tiempo. Si hubiera hecho como yo, solamente con la luz de los pasillos hubiera tenido una esperanza. La ilusión de las sombras chinas puede llevarte hasta la madrugada.

-- No la apagués -suplicaba-, no la apagués mamá cuando voy a dormirme... 

Y siempre los pantalones rotos en las rodillas, unas moneditas de níquel para el cole y las mañanas heladas cruzando la plaza de Remedios (después Eva); la escarcha inaugural para llegar a Necochea y saltar al 6, al 200 o al 218. Ultimo asiento, coche vacío. Cuando abría las ventanillas, entraba el frío y salía el asma. Luz de las calles en invierno. Había un farolito en mitad de la plaza, intermitente por el viento. Si estaba encendido, yo me animaba al cruce a traversa. A las siete de la mañana era la continuación de la luz de los pasillos. La luz me protegía, era idéntica a la del escenario, a la del altar, a la de la arena del circo. 

Por las dudas, al llegar a Pellegrini me persignaba. Me habían dicho que las Carmelitas Descalzas, frente al Politécnico, eran unas monjas sin zapatos. A menudo cruzando por ahí miraba mis pies, mis “gomicuers” relucientes para darle de empeine a la pelota del Padre Cuasante. El cielo, el infierno, el teorema de Tales y un sandwichito de salame que mamá envolvía en nylon y guardaba sin aplastar en mi bolsillo derecho. En el izquierdo, siempre un pañuelo de repuesto. Nueve y cuarto era el recreo, la luz ya estaba alta, los patios empezaban a entibiarse.

Yo debía comer todo y ser paciente... toda la cara, toda, despacio, una mejilla, otra, debajo de la nariz, la frente, la barbilla... y cuidado los ojos... Con un corcho quemado alcanzaba para cambiar aquellos días. Era un maquillaje, una comparsa, una murga cuando empecé a escribir. Nos poníamos unas bolsas de arpilleras de harapos, alguna enagua de mi abuela María y los sombreros de todos los que habían muerto. Tapas de olla, palos, unas guitarras sin cuerda y un micrófono falso de un Winco roto. Hacíamos películas, carnavales, revoluciones. Teníamos siete años, pero todo era correr, correr... un entrenamiento para que el tiempo alcanzara o para que no nos alcance ella. 

Sueños nunca faltaban; sueño despierto, sueño dormido. La hipóstasis o alquimia era la luz del pasillo o esa desvaída de las siete de la tarde. O aquella otra inaugural, de las siete de la mañana en invierno, que vencía el asma o la aplazaba. Y yo corría, corría, siempre adelante, criaba piernas, juntaba aire esperando la bicicleta. 

Los domingos de monaguillo pensaba en los judíos que habían abierto el mar Rojo, ¿por qué no iba a escucharme Yahvé enviándome una bicicleta dorada? Fue un día de Reyes, marca "Bengoa", rodado 16, oro, incienso y mirra. ¿Si la bicicleta es eterna no será un regalo del cielo?

Pero hay que correr tanto... tanto pedalear se me esgarraban las piernas con sangre, como a los esclavos negros remando para escaparse, como a los judíos por el desierto. ¿Acaso el mundo no es un galeote? Hay que rajarle, engañarla, tratar de ser otro y disfrazarse como si todos los días hubiera corso en Bulevar Seguí. 

No hay que dejar los brazos inútiles y que el beso resbale con las lágrimas por las mejillas de los hospitales. ¿Quién merece morir...? Hay que ir más lejos me decían. Reemplacé bicicleta por auto, correr es lo mismo. Carnavales por baile, soldaditos por muñecas. Cruzando el pasillo, se había encarnado y me enseñó otros juegos. De manos. El asma en ninguna parte... ¡Hostia por plata y que el tiempo me alcance... y no pago más por lo que no hice! Ya no pido perdón por ser feliz. Reíte Jesús, reíte y mirá las sombras chinas...

Todavía cuando voy de noche por la ruta, miro a los costados buscando las mascaritas, los versos, el ritmo, el pomo, las propinas, las rodajas de salame. Pero lo que más me gusta son las luces, adelante, la luz imaginaria de las calles, de los pueblos, de las casas y de todos los pasillos del mundo donde se están urdiendo (ahora mismo) las rebeliones contra la muerte. Me detengo en un parador cualquiera, pongo mi cara contra el viento y me fumo un cigarrillo por pura venganza. 

Entonces veo una lucecita en el medio de la llanura y siento un niño que tose en un rancho y tiene pendiente a todo el universo. Para juntar aire, esgarra un poquitín de sangre. No es una tos cualquiera, es rebelde, metálica, parece un ladrido de perros para que la sombra siniestra deje de revolotear por el rancho. ¡ Corre niño... corre ! Rezo para que le compren una bicicleta. Entre el murmullo de mi letanía, escucho que el pequeñín dice: - Mami... mami, no apagués la luz del pasillo. 

- Bueno... -dice ella, Remedios o Eva.

Y más tarde, cuando yo ya estaba dormido o en el entresueño, ella la apagaba. Pero yo me daba cuenta, porque en ese instante, mamá, me daba el último beso de la noche.

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MARCELO SCALONA

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Del libro, COMPOSTURA DE MUÑECAS, Ed. Homo Sapiens, 2003.-

GABRIEL CACIORGNA

Publicado en Aguafuerte el 8 de Octubre, 2013, 11:38 por MScalona
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UNA PUTA EN TU CUADRA

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(AFUERA, CON EL SARGENTO PEREYRA)

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Era una chica mil puntos. Y el pobre pibito, agarrárselas con el pobre pibito. ¡Qué necesidad! Hay que ser malparido. No tiene perdón de Dios. ¡Por qué cabeza! ¡por qué cabeza! ¿En qué cabeza cabe tanta maldad? Yo no sentí nada, oficial. Yo a las seis agarro la bicicleta y me voy derechito al trabajo. Soy portero. Sí, la bicicleta. Ahí, al lado del tapial la pongo. Pero no se oye nada. Sí, a las seis, porque hay que sacar la basura del edificio, sino la gente te tira la bronca. ¡Ojo!, todo bien con la gente del edificio. Sólo que son exigentes, eso nomás. Pero soy re buen laburante, nunca una queja. Y… hará un mes que vino. No, yo mucho trato no, hola y chau más que nada. Un par de veces he agarrado la cinta y le destapé la cañería del pasillo. Sí, esa rejilla que ve ahí, usted no sabe, larga un olor horrible cuando suben las napas. Más que eso no. Mi mamá se daba más con ella. Pero muy correcta la piba, nunca un problema. A su disposición, oficial.

(EN EL LIVING, CON EL PRINCIPAL ORDOÑEZ)

¡Qué guacho!… mirá adónde fuiste a parar Y pensar que nos escapábamos a cazar palomas de pibes. ¿Te acordás? Bah, también les dabas a perros y gatos… Y el grupo de tareas… ¡qué épocas!… Uh, sí, el Joaco. ¡Qué boludo ese pibe! Siempre meta panfletear. La vieja loca sigue buscando a su nietito. Sí, Prudencia se llama, le pega justo el nombre. Imaginate qué hubiera sido del pendejo al lado de reverendo pelotudo. Así que volviste para acá. ¿Y la empresa de vigilancia?… ah, sigue Villalba. Vos sí que la tenés clara… ¡qué pedazo de hijo de puta!

¡Que te cuente! ¿Pero no vuelve el otro tipo? Ah, a comer de garrón al tenedor libre… ¡un capo!.. ¿que te cuente qué?… bue, está bien… total entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera.

Yo te voy a contar

Menudo regalo nos hizo la mina del pasillo con la nueva inquilina. La turra cayó un domingo bien temprano en una chata hecha verga.  Venía de comprar el diario y me la llevé por delante. Tenía una camisa ajustada, con todas las tetas al aire, como andan las atorrantas. Enseguida pidió perdón la muy guacha, con ese tonito que usan para ponerte al palo. “Cogeme” escuché yo, pero decía “disculpe” la muy puta. Así son las atorrantas, se hacen las buenitas hasta que le das el billete, ahí te ponen cara de asco. Las yeguas siempre te dejan con las ganas del elogio. No es que a uno le importe que disfruten, el tema es que nunca reconocen que te las cogiste bien. ¡No te hagas el boludo… vos lo sabés mejor que nadie, otario! Y uno vuelve con la ilusión de que alguna vez te lo festejen un poco, hasta que un día vas y se mudaron, como hizo la muy puta. Porque son medias gitanas y cada tanto se les da por cambiar de aire, pero siguen siendo yiros… les gusta la guita fácil.

Los tipos desfilan por el pasillo, y la muy puta los tiene amaestrados con los horarios para no levantar la perdiz. Vienen a la mañana temprano, después del mediodía y a la tardecita. ¡No sabés como chilla la guacha cuando se la culean!… vengo a los pedos del laburo y pego la oreja al tapial. Tiene un garche fijo a las ocho de la noche martes y jueves. Y sí, hago desastres. ¿Qué ya estoy grande para la paja?… ¿qué te hacés el boludo? ¿a vos te dan bola las minas? Porque a mí, ni ahí. ¿Que si no me da cosa por mi vieja?  No, ella juega a las cartas en el centro de jubilados, nunca está a esa hora.

¿Qué se me fue la mano? Noooo. ¿Justo vos lo decís? ¿Vos podrías vivir con una puta en la cuadra…?

¿Qué cómo fue?… sos morboso, vos. El lunes no laburé por el día del portero, pero igual me levanté temprano para destapar las cañerías. Apenas salí, la guacha se estaba metiendo al bulo al médico del dispensario. ¿A vos te parece? Con razón el tipo después llega tarde, y las negras sucias que lo están esperando se cansan, y no van a buscar las anticonceptivas y se siguen llenando de pibes. Mugrientos y piojosos, con esas chuzas, las uñas llenas de tierra, los pañales cagados. Y el guacho en lugar de empastillarlas, de achurarles las trompas, se divierte con la puta de mi vecina. Seguro que la chupapija, además de cobrarle, se

hace dejar pastillas… a éstas les encanta andar por la vida medio drogadas.

Al rato, yo estaba renegando con la cinta en la vereda, cuando se acercó y me habló. Primero creí oir “cogeme toda”, pero la muy guacha me estaba diciendo “Rogelio, usted

no sería

tan amable

de pasarle la cinta

a la cañería del pasillo, que esa

rejilla

del medio

larga un olor

impresionante”.

Acepté. Y no me costó mucho, aunque estaba seguro de que sacaría una parva de forros usados, pero no. Nomás barro y un sachet de mayonesa Hellmans. ¿Vos podés creer que la guacha tampoco tira los forros en la basura?… eso te lo firmo, porque le reviso las bolsas. Capaz se la pongan sin nada, porque seguro que a esta mina le encanta que la llenen de leche. O a lo mejor los entierre la muy zorra, como hacen los animalitos, para borrar los rastros y después andar por las calles haciéndose la señora.

Ayer cuando salí me estaba esperando en la puerta del pasillo. “Entre un segundo, Rogelio, que tengo algo para agradecerle el trabajito”, me dijo con esos labios carnosos y después se dio vuelta. Y movía las caderas como lustrando las paredes del pasillo y el vestido le marcaba ese culo prodigioso.

Y como no podía esperar la recompensa, ni bien abrió la puerta de la cocina, la arrinconé. Le apoyé la pija de lleno contra la solera, le besé el cuello mientras le tapaba la boca con una mano y con la otra buscaba esa concha caliente y angurrienta. Apenas se la rocé con los dedos, me saltaron chorros de leche.

“¿No querías ésto puta?” le dije con la garcha viscosa en la mano… le dije y la muy yegua fingió una mirada de espanto, pero seguro me estaba sobrando, como si yo no fuera lo suficientemente macho para cogerme a un minón como ella. ¡Pedazo de hija de puta! En la mesada, al lado del cuchillo que usé, había una tarta de manzanas tibia.

¿Ah, querés que te cuente del chiquito? Bue, no hice mucho ruido pero igual se despertó. Cuando sentí llorar a un bebé fui a la pieza y estaba ahí. Era un piscuito, seguro enfermo, porque al lado de la cuna había una mesita llena de remedios. Las putas hacen cualquiera en el embarazo, siguen garchando, fuman, se falopean, chupan y los nenes les nacen fallados, es una fija. Lo alcé para que se callara, pero el pibito lloraba desconsoladamente. Y yo no lo aguantaba más, aparte tenía que limpiar un poco y rajar al edificio. Y ahí fue cuando pensé… ¿qué puede salir de una atorranta como ésta? ¿qué futuro le espera al pendejito? Ninguno, ninguno. Y lo estrolé contra el piso. Era tan tiernito el guacho, tan tiernito, que quedó hecho una mancha casi.

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                                                                                                            gabriel SÉ

ROSARIO SPINA

Publicado en Aguafuerte el 30 de Agosto, 2013, 14:09 por MScalona

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CONTRATAPA

Atrapar el aire

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 Por Rosario Spina

"Son ángeles que vuelan mal, lastrados por un pesado secreto: el de la miseria". Elena Poniatowska

La ciudad aletea como un animal herido. El colectivo avanza desganado por calle Oroño y dobla en Tucumán. Hubo que desviar por la explosión. En Dorrego suben unos cuantos nenes que no deben pasar los 10 años. Uno salta ágil el último escalón. Los miro mirarse. Ríen como ríen los chicos cuando se delatan en una travesura. El último de ellos paga el boleto. Solo uno.

Un boleto.

El chofer no arranca. O pagan o se bajan, les dice.

La guardia urbana está justo ahí frente al colectivo. Con todo este caos, en cada cuadra hay policías. Los veo difusos a través de la ventanilla salpicada de gotitas de barro. Miran el bondi con mirada incógnita.

"Aguantame el boleto, chofer", dice uno de los nenes. Yo lo escucho mientras hablo por teléfono con mi hermana. Me doy vueltas para ver. A pesar de que el colectivo está casi vacío, los chicos se ubican dispersos, aislados unos de otros. Compruebo que en verdad deben rondar la edad de mi sobrino más grande.

El chofer insiste.

--Paguen o se bajan. Vamos.

La gente comienza a ponerse ansiosa; sin embargo nadie los mira. Por unos segundos cada quien simula seguir en lo suyo. Algunos se entretienen observando por la ventana un paisaje aburridísimo de estático, como si el colectivo estuviera andando. Mi hermana nota que tardo en responderle; me pregunta qué pasa. Le cuento con palabras sueltas. A través de un teléfono es difícil comprender la situación cabalmente. Lo primero que me dice es ojo, tené cuidado.

Un hombre reacciona.

--Vamos che, que voy a laburar y se hace tarde.

--Dale chofer, no pasa nada --dice uno de los chicos que se sienta más alejado.

Mi hermana retoma el hilo, me cuenta de su trabajo. De las cosas que quiere preparar para la comunión de Fausto. Que tendrá que comprarle camisa y zapatos nuevos. Yo intento concentrarme pero no puedo dejar de pensar en esos chicos.

La ciudad está alterada en el sentido literal de la palabra. Todos estamos un poco en el otro. En la piel de.

Entretanto, alguien que los nenes verán desde la otra punta del colectivo se anima a romper el delicado equilibrio. A desafiar el modo automático del no te metás.

Se levanta.

--¿Cuántos boletos les faltan?

Es alguien que quizá vio en esos niños a su hijo o a su sobrino. Ahora, la tarjeta sin contacto establece un nexo, una unión. Un gesto que tal vez engendre otros futuros gestos de bondad. Alguien decide --una vez más, en una ciudad desgarrada-- pararse desde el amor.

La chica pasa la tarjeta varias veces. El señor, el que va a trabajar, niega con la cabeza, le dice: "No, flaca". Quiere dar a entender que así, de esa manera, no van a aprender nunca.

Quien sabe...

Pero apenas la chica vuelve a su lugar, escucho que ahora el hombre les habla a los nenes. Les dice que la próxima tienen que preguntar, que no pueden subir de esa manera. Les habla de un modo extraño, entre el amor y el reto. No sé si ese señor tendrá hijos. Pero les habla en ese tono, como si ellos lo fueran.

Les enseña. Les está enseñando.

Pararse desde el amor. Entender que cada día somos testigos de imperceptibles desamparos. Entender a cuántas criaturas se les cae encima la vida mucho antes de que puedan comprenderla. Saber que también por esto hay que hacer algo.

Llego a mi parada. Toco el timbre y me bajo. Apenas pongo los pies en la vereda el colectivo arranca. Uno de los nenes saca la mano y cruzamos miradas un segundo. Pienso que va a saludarme. Pero no. Está jugando con el movimiento. Quiere atrapar el aire

LUISINA BORUBAND en Página/12

Publicado en Aguafuerte el 18 de Julio, 2013, 12:31 por MScalona

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CONTRATAPA

El cuchillero

 Por Luisina Bourband

Faltaba poco para que saliera la balsa para Rosario. Humberto apuraba el paso y el chinito que llevaba al lado lo seguía dando saltos sobre el ripio para no desentonar. Tenía que dejarlo todavía en lo del tío Domingo para poder irse, que seguro había que buscarlo en la curtiembre.

El chinito se llamaba Benjamín, era hijo de Elías y hermano menor de Humberto.

Cuando llegaron a la curtiembre entraron por el portón del costado, y entre la lejanía y los aullidos de los perros que avizoraban las sombras de los parientes, refulgía el fuego pronto para asar la carne. Domingo siempre tenía carne lista por las dudas en la heladera. Estaba oscuro y no se veía bien, pero a medida que se iban acercando la silueta indefinida de un sombrero tomaba forma de hombre, un poco enjuto y encorvado, acodado en la tabla irregular que de tanto estar ahí ya se había hecho mesa. Era Mastrochi, un paisano ladino que de vez en cuando se le aparecía al dueño de casa, y que a lo largo de la noche, alimentada a póker, ginebra y porfía se volvía un compañero aceptable.

Domingo parado frente al fuego, resplandecía como desafiando al animal en la tarea de pasar lo crudo a lo cocido. Era un hombre solitario, huraño, de palabras que cortaban como un hacha y caían como una piedra para el que pudiera escucharlas. Pero lo que no le sobraba en el decir, lo contaba su casa, que estaba abierta a quien quisiera venir sin mucha invitación. El lugar en el que todos los sobrinos se quedaban sin protestar, ahí se los trataba con respeto, es decir, como a uno más.

Benjamín entró corriendo y con un leve saludo de cabeza ya se había incorporado a la reunión que entre bucólica y áspera se reunía en torno al asado.

El Humberto saludó a los chinos con esa levedad que da la familiaridad, y aceleró el paso para llegar a la balsa. Se quedaría por ahí en alguna pensión esta noche y mañana a volvería a Goya a buscar al Benjamín, que se lo habían encargado.

Resultó que la espera de la cocción del animal muerto propició una especie de "confusión de ideas" entre Mastrochi y Domingo. Caña va caña viene y en un rato ya la discusión se había puesto fea y el paisano sacó el cuchillo como para afilar la pelea y calibrar qué grado de seriedad portaba todo el asunto.

Tío Domingo, ni lerdo ni perezoso se había ido como reptando pa' las casas, y detrás de él había enfilado Benjamín como un soldado. De pronto levantó la almohada del camastro austero donde dormía y le mostró dos 38, que relucían como tesoros en los ojos del sobrino. Estos son mis guachitos, le dijo mientras se los acomoda en la cintura y salía con paso decidido en intención y desalineado en precisión. Domingo siempre los tenía cerca, y una puñada de balas en el bolsillo.

Benjamín prendido del borde del saco: pero tío, ¿adónde vamos?... ¡A buscarlo a este desgraciado! En el patio ya no quedaban ni rastros de Mastrochi, que había acusado la maniobra y su estado etílico no le impidió actuar con rapidez.

Pero tío, si ya se fue, mire. No importa, le voy a agarrar a este cuchillero. Y salieron por la calle lindera a la casa, que era de pedregullo y oscura como la peor noche del infierno. Adivinaban el camino usando como mapa el recuerdo del día. Era una calle con zanjas y Benjamín con el cuerpo excitado por la travesía y el miedo, tironeaba del saco del tío. Impertérrito se conducía, sin demostrar más el temor a la oscuridad que al producto de sopesar el peligro que corrían.

Para allá, dijo Domingo, con la seguridad que da la borrachera y la valentía que da la raza. Pero mire tío que en esa zanja hay agua. No, agua no hay, ni zanja hay, contestó con esas palabras que cortaban y caían.

Presagiando ya lo que sería de visionario y agudo el chinito de grande, le acertó al pronóstico al mismo tiempo que el tío caía en el medio de la zanja con su obstinado paso.

Parte de la noche se la llevó el intento de sacarlo del medio del barro, donde había caído con traje, pantalón de fajina y zapatos acordonados siempre lustrados al máximo. Pero el chinito lo logró; igual a desvestir al tío para acostarlo ya no llegó, y la cama blanca donde dormía había tomado el color del río para cuando despertó. Cuando se vio, Benjamín todavía seguía dormido al lado medio sentado medio acostado, como queriendo mantener la posición alerta del cuidado.

De un grito: pero sobrino ¿qué es esto? A Benjamín, todavía dolorido, le llevó un buen rato contarle la noche pasada, entre que le agregaba detalles heroicos y llevaba adelante la difícil tarea de devolverle al hipnotizado su memoria.

MARTÍN KAISSA desde Brasil

Publicado en Aguafuerte el 3 de Julio, 2013, 20:04 por MScalona

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Mataron a Jrra

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Mataron a Jrra. Nunca supe cómo se llamaba, se había ganado el apodo saludando a la gente con rugidos. Un bahiano grandote, chupado, con rastas cortitas. La primera vez que lo vi estábamos con Germán, el tipo venía, te hablaba un rato, te rugía un poco y te convencía de que le compres una cachaça. Hasta que no le decías que sí no aflojaba. Me acuerdo que me agarró y me abrazó fuerte casi me encaja un beso, mientras decía un montón de cosas que yo todavía no entendía. En el mercadito discutimos con Germán si comprarle la cachaça o no, Germán ya le había comprado un par de veces. Y lo empecé a ver, siempre sentado en la parte alta de la mangaba, con la gente del puesto de crack, el corazón de la zombie zone. Los consumidores de paco caminan por la isla arrastrando los pies con la mirada perdida y cuando el efecto pasa te venden su cuerpo por la próxima piedrita o te roban el bolso mientras mirás las playas del paraíso.
Una vez trabajábamos en la pasarela con Johny, apareció Jrra que estaba medio borracho y se pusieron a hablar entre los dos. Mi portugués iba mejorando asi que me sumé a la conversación, Jonhy le dijo que yo era "gente boa" y de ahí empezamos a saludarnos. Después Johny me contó que el tipo había matado a otro a cuchillazos. Según Jacy fue porque lo encontró arriba de su mujer haciendo chucu-chucu. Al parecer no fue a la cárcel porque tenía sida. En Brasil, con cárceles superpobladas, no permiten que hayan personas con hiv como reclusos.
Lo ví un par de veces asustando señoritas, pero empezó a caerme simpático. Estoy convencido de que al vector más crudo de America Latina hay que presentarle diálogo. Cada vez que pasaba por la parte alta de la mangaba el tipo tiraba alguna. Se reía cuando me corté el pelo, qué te hiciste en la cabeza, gritaba desde la canchita. Intentó un par de veces que le compre cachaça pero nunca lo logró. Una vez me invitó a fumar un vaciado y no me animé. Estaba con la flaca que es la madre del pibito de la cresta naranja y con un par de zombies que no terminaban de levantarse del suelo. La próxima, le dije y me fui para casa. Cuando llegó Flor se la presenté, le dije que era mi namorada y que la cuidara cuando la vea sola, ella se reía cuando pasábamos y se escuchaba: o home do buda! era Jrra que saludaba.
Fue el primo. Se sentó a afilar el cuchillo un buen rato y cuando terminó se le fue al humo. Unos cuantos puntasos en las piernas cortaron una artería, murió desangrado. El primo telefoneó a la policía, dijo: Jrra está muerto y se sentó a esperarlos con las manos ensangrentadas. Podría ser literatura pero no lo es. Los últimos días estaba cambiado, habíamos hablado de eso con Flor, se había cortado el pelo y me lo encontré un par de veces cargando bolsas de cemento.
Abrazo Jrra, donde quiera que estés, nos debemos un vaciado.

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(martín kaissa)

ROSARIO SPINA

Publicado en Aguafuerte el 14 de Junio, 2013, 15:29 por MScalona

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¡Se te pasa el arroz!

 

Este tema me tiene especialmente crispada. Cada vez que alguien me pregunta cuánto hace que me casé, sé que detrás vendrá la inevitable cuestión. Imaginan cual… ¿cierto?

 

La verdad, no me interesa entender si es costumbre, tradición o boludismo del que pregunta. Pero deberían saber que una mujer que todavía no tiene hijos igual tiene una vida y —seguramente—   está muy feliz con ella.

 

Hace tiempo crucé en un bar a una conocida del lugar donde nací. Haciéndole honor a una indiscreción bastante pasada de moda, no dudó en meterse de lleno en mi intimidad y luego del ¡cuánto tiempo que no te veo! lanzó la odiada cuestión. Y lo más llamativo de esta chica —de esta gente, porque son unos cuantos— es que se creen con derechos por haberse cruzado con vos una veintena de veces en la calle o en el súper. Y a veces, ni siquiera eso.

 

La cosa es que luego del fastidioso cuestionamiento, mi respuesta no tardó. Le dije que esas preguntas son de otra década y que entonces ella también ya estaría pensando en tener un hijo (tenemos casi la misma edad). Entonces, agregó: ¡Ah, pero vos estás casada!

 

¡Claro! ahora resulta que casarse te habilita automáticamente (o más bien, TE OBLIGA) a quedar embarazada en los próximos 18 meses. Bueno, avisémosle a las que están embarazadas y en concubinato, a las que esperan un hijo y recién están de novio y bueno, ni que hablar a la que quedó embarazada y duda sobre la paternidad de la criatura en camino. En la lógica de estas personas ésas son unas locas bárbaras ¿cierto?

 

Pregunto: ¿Cuál es la relación que establecen estas mujeres con el desubicado cuestionamiento del Para Cuando?

 

A veces sospecho que es como una provocación de tiempos pasados. Por un lado, de las que ya son madres: “A mí ya me tocó, te paso la posta, no te hagas la tonta. Que el caos se te arme a vos ahora”. O un recordatorio de las aún más jóvenes, algo así como: Ya estás grandecita ¿todavía no pensás embarazarte?

 

Sí. Se nos pasa el arroz. A que seguro alguna tía desubicada ha usado esta metáfora doméstica para creer que nos apurará el trámite ilustrando la situación de ese modo. Olvidan que muchas –además- no somos Narda en la cocina, y al fin y al cabo ¿cuál es el problema del arroz pasado?

 

¿En serio esta gente cree que ayuda con cuestiones tan fuera de lugar? ¿De verdad ignoran que si quisiéramos ser madres, ya lo estaríamos siendo sin aguardar sus inesperadas opiniones?

 

¿Y qué sucede con estas preguntas desubicadas cuando la mujer en cuestión no es mamá no porque no quiere sino porque no puede? ¿Las obligan a hacerles un doloroso inventario de las razones por las cuales no logran tener hijos?

 

Y no me vengan a hablar de “instinto maternal”. A ver, díganme, ¿desde cuando la sociedad de “La Razón” valora tanto seguir improbables “instintos”?

 

Es verdad, la sociedad espera que las mujeres en edad fértil tengamos hijos. Como también espera que las gordas se conviertan en flacas, que las hippies dejen de tejer trenzas y se busquen un laburo de oficinista, que las de más de cuarenta se borren las patas de gallo, que la chata se ponga unas tetas infartantes…la sociedad espera, sí. Pero que haya boludas que sigan repitiéndote estos mandatos sociales como si fueran la Constitución Nacional, al menos déjenme decirles que molesta, que incomoda, que desde el momento en que hacen esa pregunta se paran en el lugar de ridículas juezas de organismos liderados por un machismo retrógrada. Les faltaría completar la idea con “y acordate de atender a tu marido para que no se vaya…”

 

Así estamos señoras. La maternidad, como tantas otras cosas en esta sociedad, está sobrevaluada. Y las que decimos que no —por el momento, o por siempre— somos vistas como bichos raros. Como inexplicables fenómenos mutantes.

 

Pero no faltan de las otras. Las del bando “hago mi vida y no jodo la tuya”. Vos, lectora, si estás navegando en este sitio, vos seguro sos una de ellas. Y obviamente te cruzarás con las inquisidoras en algún momento de tu vida. Cuando ese día llegue, lectora, y la pregunta salga, mirala a los ojos, dedicale una carcajada gigante y no pronuncies ni la más mínima respuesta. No le digas nada. Que alguna vez aprenda lo valioso que puede ser  callarse la boca.

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                                                                                          Rosario Spina

 

JOAQUÍN YAÑEZ

Publicado en Aguafuerte el 14 de Junio, 2013, 14:35 por MScalona

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Miedo

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Me decidí. Bueno, me decidieron en realidad. Me decidieron a escribir mi primer libro de autoayuda ¿por qué no, acaso no escribió dieciocho el licenciado de las cosas tóxicas sin que nadie lo meta preso? Y no es que dude de la capacidad de Bernardo de solucionar todas las neurosis humanas, sino que… o sí, es eso.

Tomé la decisión en la farmacia que está en la esquina de Grandoli y Becquer; entré acompañando a un amigo de los que me quedó en Tablada, el tipo necesitaba un no sé que coso para el hijo de la mujer que tenía  angina. Por mantener la costumbre de contarnos entre los protagonistas las mismas anécdotas una y otra vez, veníamos hablando de cuándo salimos de laburar y, los dos vestidos de central, decidimos tomar un porrón en el quiosco de Grandoli y Lamadrid, nos reíamos de que casi nos matan, de hecho, fue un milagro que no nos mataran; frente al quiosquito había una “sala de videojuegos”, que en realidad era un lugar tétrico, sin ventanas, lleno de reventados, y como esa tarde había jugado Nuls, lleno de reventados, violentos, hinchas de Ñuls. Los tipos salían y entraban del tugurio como dudando, no sabían si éramos vecinos, unos temerarios, o unos salames por demás despistados. Dudaron demasiado, cuando se decidieron ya huíamos, insultando y haciendo señas obscenas desde la moto.

No sé cómo zafamos, dijo Marcial, mi amigo, entrando a la farmacia. El farmacéutico cazó la frase al vuelo y mandó un “está jodido el barrio” que fue, más allá de la invasión a la privacidad, una desnaturalización de la anécdota, una afrenta a lo vivido. Nosotros no hablábamos de inseguridad, sino de inconciencia, de ingenuidad, hasta de picardía, pero, ¡por Dios!, no de inseguridad. Como cualquier otro barrio, respondí dolido.

 

Esta intervención inoportuna del farmacéutico en una charla de amigos, me motivo a escribir mi libro de autoayuda “Deje de ser tan vigilante en cuatro lecciones simples”. En su formato comercial el libro consta de 327 páginas, 25 láminas full color en papel ilustración de alto gramaje, y una sección interactiva dónde, respondiendo un cuestionario de opciones múltiples, el lector puede ir conociendo su progreso, incluso antes de terminar el libro.

 

Cómo soy conciente de la utilidad que mi sistema brinda a la pequeña burguesía, así como del incordio que puede representar leerse un mamotreto de más de 300 páginas, he forzado al máximo mi capacidad de laconismo para mostrar lo esencial del método en poco menos de 3000 caracteres. Presento a continuación el resultado de dicho trabajo.

 

 

Maneje su sensación de inseguridad sin fatigarse la vista

 

 

Los destinatarios de este trabajo no son las personas que buscan justicia, estas no encontrarán aquí solución alguna. Por el contrario, pretendo sacarle un peso de encima a la gente que, viviendo en una ciudad, añoran más seguridad.

Seguridad es la tranquilidad de una persona procedente de la idea de que no hay ningún peligro que temer. En verdad es la idea de que los riesgos que corre están dentro de los límites aceptables, ya que “estar a salvo”, así, de modo absoluto, es imposible.

Lo primero que haremos será tomar perspectiva del lugar que habitamos, repita con migo: vivo en una casa. Vivo en una ciudad. Vivo en sociedad. No vivo en zona de guerra. Bien, ya tomamos conciencia de eso.

Ahora recapacitemos sobre lo siguiente: vivir en una ciudad, de un país que no está en guerra, así sea Rosario o Munich, es vivir en uno de los lugares más seguros del mundo. Después podremos descubrir que sí, que existen ciudades más seguras que otras, pero por el sólo hecho de vivir en una ciudad debe usted sentirse una persona afortunada, repita quince veces “soy una persona afortunada”.

¿O podemos pensar que vivir en el campo, en una zona bélica, en el desierto, o en la sabana, tiene menos riesgos que vivir en Berazategui, por decir un lugar? Yo diría que no, que entre Bagdad y Berazategui, sigo prefiriendo Berazategui. Repita otra vez “soy una persona afortunada, no vivo en Bagdad” incluso puede pasar que usted no viva en Bagdad ni en Berazategui, en ese caso repita “soy una persona extremadamente afortunada, no vivo  en Bagdad ni en Berazategui”.

Créame que no hay nada que yo quisiera más que decirle aquí que la inseguridad que usted siente es por causa de la pobreza, de la marginalidad, de la injusticia inherente al sistema, todos conceptos ciertos, pero al hacerlo le estaría mintiendo, estimado, si no me cree fíjese que hasta en Copenhague aparece cada tanto un maniático que liquida 60 personas de un tirón, ni hablar de los norteamericanos, las personas más paranoicas sobre la faz de la tierra. ¿Qué se le va a hacer? Son los riesgos propios de vivir en sociedad, no por eso vamos a llenar la calle de milicos, ni a erradicar a los pobres, ni a vivir asustados.

Los riesgos existen, no crea que yo ignoro que en caualquier esquina lo pueden amasijar a uno por veinte pesos mugrientos, pero su sensación de inseguridad no es tanto por dichos riesgos sino por la notable entidad que le ha dado a los mismos.

 

 

 

Joaquín Yáñez      

DIANA SANGUINETI

Publicado en Aguafuerte el 13 de Junio, 2013, 0:46 por MScalona

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Niños

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El homo argentinius es como un chico llorando por el quinto chupetín.    

Niños colorados de rabietas queriendo lo que no se puede. Pidiendo por décadas lo que ya se sabe que no nos darán.

Creemos que la causa de todos nuestros males son los políticos, como si los políticos no fueran nuestros, como si no salieran de este mismo barrio, de nuestros compañeros de escuela, de nuestros amigos, de los amigos de nuestros parientes.

¿Por qué no podemos sentir que ellos son nosotros? ¿Los habremos visto bajar de una nave extraterrestre alguna vez?

Gritarles ATORRANTES con la garganta desgarrada ¿no vendría a significar lo mismo que reconocernos atorrantes todos nosotros?

Ah, no no, hacerse cargo es algo muy de adultos para nosotros que sólo queremos el quinto chupetín.

Yo sé que madurar es doloroso, pero también sé que si no madurás tampoco vas a llegar nunca a ningún clímax. Es así, no le demos vueltas.

Hagamos la pruebita de laboratorio: si tuviéramos que elegir sí o sí entre dos únicas opciones, a saber: 1) ser eternos niños y vivir en la infinita inocencia de la infancia o 2) ser hombres y mujeres crecidos que en algunos ratos de la vida adulta pueden sentirse los dueños absolutos de sus destinos, ¿por cuál nos inclinaríamos?

Vamos, no nos engañemos, todos repetimos qué linda que es la infancia pero no renunciaríamos nunca más a estas canas y estos pliegues epidérmicos que tantas satisfacciones nos han dado.

Bueno, algo de eso nos pasa a los argentinos: queremos convencernos de que los ladrones que nos dirigen no somos nosotros mismos y que algún día, por sola imploración, los ladrones tendrán la piedad de dejar de serlo ¿se convertirían de golpe en buenos? ¿por qué? si son intrínsecamente malos Si hubieran tenido la sensibilidad para distinguir entre el bien y el mal y además supieran que el bien es mejor, entonces no serían corruptos atorrantes, simplemente porque no lo hubieran elegido nunca. Conclusión: es como el viejo pedido de las peras al olmo.

Pero nos olvidamos de meter en la ecuación el hecho trágico de que los costos son muy altos. Irreparables, para muchos hermanos nuestros que podríamos ser nosotros mismos, o nuestros propios hijos, el tuyo, el mío. Esto podría ser sólo un chiste malo si no fuera que en el camino mueren muchos y otros muchos viven muertos.

Lo que pasa es que para convertir la revolución pacífica en un hecho posible hay que laburar. Laburar mucho. Largar muchas cosas que no queremos dejar.

Putear a otros y colocarse en el banquito petiso de las víctimas es re cómodo, hasta que llega un momento en que… un día en que… hasta que… ¿hasta cuándo?

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                                                                                       DIANA S.

ROSANA GUARDALÁ DURÁN

Publicado en Aguafuerte el 11 de Junio, 2013, 15:02 por MScalona

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Olor a pobre

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Que el transporte interurbano en Argentina no es un espacio amable, no es novedad. Que gran parte de la veces los asientos están sobrevendidos, que la gente viaja mayormente parada, apretada y malhumorada, tampoco. Tener que sentarse en un Chevallier sin cinturones que funcionen, con una máquina de café vacía, sin papel en el baño donde los “aromas” reinan; es casi como el clásico “Canalla-Leproso”.

Realizo al menos cuatro viajes en Micro por mes. Razón por la que, ya me debería haber acostumbrado o al menos, rendido. Pero aún así, no salgo de mi asombro ante el deploraba servicio y en especial, ante la falta de olfato de los dueños de las líneas interurbanas.

No me gusta viajar en colectivo. Esta incomodidad es extensiva a las líneas urbanas. Mi fastidio se funda principalmente, como ya adelanté, en los olores que pueblan estos bichos móviles. Aún así, casi diariamente en mi ciudad y con menos frecuencia para salir de ella, tomo micros.

El día jueves debí viajar por trabajo a Capital. El viaje, una vez más, fue deplorable. El chofer no había terminado de decir “37 arriba” cuando me topé con el olor del baño recién visitado, el perfume nauseabundo de flores de una señora pegada a la puerta más una mamá que bajaba por la escalera con el pañal de su bebé, en la mano. Esto hubiese sido sólo una introducción olfativa soportable si en el momento en que encontré mi asiento, la señora vestida de colores pasteles que estaba a mi lado, no hubiese decidido bañarse en desodorante. Aún así, no tenía escapatoria, debía viajar. Por lo que subí mi mochila al portaequipajes, saqué mi libro, mis auriculares, me abroché el cinturón (que esta vez funcionaba) y esperé a que la gente terminara de llegar, tarde, a la plataforma.

 Quince minutos después, el chofer acompañante nos contaba como si fuésemos un grupo de Jardín de Infantes en una excursión a la Rural para luego retirarse. Pese a que  estamos en julio, pusieron el aire acondicionado a 17 grados, imagino que a los fines de espantar los olores. Así el viaje transcurrió sin mayores condimentos que los clásicos: las dos pibas que hablaban a los gritos con tonos entrerrianos, el pibe que compartió su música con todos por no ponerse “sus auriculares” y una señora que le avisaba a su hija, cada diez minutos, que ya estaba en camino. Este último evento es producto de pequeños desajustes de los planes de teléfonos celulares y sus llamadas gratis, pero este punto no es el tema aquí.

Una hora más tarde, hacíamos nuestra primera parada. Algunos bajaron, otros subieron. Se apagó el aire acondicionado y prendieron la calefacción casi como si tuvieran que apurarnos en la cocción. Los olores seguían existiendo y ahora se multiplicaban. Nada los expulsaba  ni los aplacaba. De los snakes tipo chizitos a la yerba húmeda que comenzaba a abundar, nada faltaba. En ese contexto casi carnavalesco de niños que bajaban a comprar más comida, bolsos que te golpean, gente que baja a fumar y gente que arriba para llegar a destino, subió un vendedor ambulante típico: gorrita bordada, pantalón caído, tatuaje en tinta china en ambos brazos con nombre de su madre o que con peor suerte, sería el de algún ex amor, algunas coronas metálicas y un collar de maderita. Infaltable: zapatillas Nike nuevas de esas “que ni vos ni yo podemos comprar, pero él  tiene”. Básicamente, uno de esos tipos que te venden para la cartera de la dama o para el bolsillo del caballero a los fines de alimentar su familia.

El colectivo se puso en marcha y el tipejo comenzó con toda la perorata: “Buenos tardes, disculpen la molestia. Voy a pasar por sus asientos para ofrecerles…”. Luego, pasó asiento por asiento y nos dejó de manera alternada, un paquete de tres alfajores Guaymallén y otro con tres chocolates Hamlet. Volvió a pararse, pero esta vez, al lado de mi asiento y a retirar la oferta destacando los beneficios de comprar cualquiera de los dos paquetes por sólo diez pesos. Sí, no era caro. Tampoco era exquisita la oferta pero estaba bien y lo mejor, si la comprabas zafabas el ruido del estómago hasta Retiro, sin tener que bajar a las corridas en la próxima Terminal.

Me detuve en cómo miraba al vendedor la señora hiperpaqueta que me había tocado en suerte de compañera de viaje. Lo observaba con cierto apuro, como la directora que en la reunión con el “problemático” invita a los padres del niño a que “lo retiren de la institución”. Aún así, fue paciente y esperó a que se retirara. Minuto más tarde, me pidió permiso de manera urgente, pasó y buscó en el portaequipaje su bolso. Sacó un perfume barato y bañó todo el pasillo de atrás para adelante y de adelante para atrás. La tos atropellada de muchos de nosotros fue una consecuencia inevitable y en conjunto. Hasta este momento, había evitado cualquier tipo de intercambio verbal con la señora porque sabía, con la certeza que me da la observación rigurosa del docente resignado, que si le decía siquiera “hola”, la desesperada compañera comenzaría con “esta yegua”, “mano dura” y sin duda terminaría con un “hay que matarlos a todos”. De manera que para ahorrarme el agotamiento mental de la estupidez, sólo había decidido creer que viajaba con una especie de maniquí de la Tienda Etan. Sin embargo, el accionar contundente de la señora no me permitía evitarla más. Esta muñecota de feria retro tenía una actitud que me descolocaba, ¿por qué había tirado todo ese perfume contaminante inhabilitando nuestras narinas? No tuve otra opción que preguntarle.

-Disculpe señora.  ¿Por qué razón tiró perfume?

-¿No siente? No se dio cuenta del “olor a pobre” que dejó este hombre que subió a vender.-afirmó entre desconcertada y senteciosa.

Acogotarla hubiese sido una acción justificada por cualquier abogado. Incluso, me animaría a decir que la mayoría de los pasajeros hubiese atestiguado a mi favor. Pero, lejos de eso, sólo quedé perplejo mirando a ese extraño ser humano que hablaba con lengua de Ciencia del “olor a pobre”.

Y ahí entendí rápidamente todo. El olor como el perfume existen desde el origen de los tiempos y ambos son tan ficcionales como la Biblia. Que un niño que sale de la panza de su madre y es sólo una bolita de carne, tenga “olor a bebé” no es otra cosa que lo que el Jonhson o L’Enfant pensaron que debíamos oler como “bebé”. Que la sopa de la abuela se repita casi como un registro social en nuestra memoria es producto, con certeza, de Doña Petrona y su séquito de continuadoras Utilísima. Que la señora cheta guarde su transpiración en perfumes y cremas casi apagándola, no significa que logre extinguirla. La vieja de mierda (tal vez con algo de dinero pero sin duda bastante ignorante) que había soportado estoicamente transpiraba como cualquier mortal y alguien tenía que hacérselo saber. Por eso, me pare y resolví sin meditar:

-A ver señora. Levante el brazo. Rápido que no tenemos todo el día. Esto es una prueba científica.-dije sin titubear.

La señora atónita pero obediente. Levantó el brazo. Yo, hundí mi cabeza en su axila y grite para todo el colectivo la sentencia:

-Sí, la Señora hiperpaqueta que soporté durante estas dos horas tiene olor.  Sí, digo olor del feo no “aroma ni perfume”. La señora tiene “transpiración nauseabunda de gente cheta”. Olor que dispara la conjunción de vino, agua saborizada y demás que ha metido en su cuerpo. Por lo tanto, si científicamente llegara a ser comprobable que el “olor a pobre” existe y que merece ser callado con perfume barato. Entonces, será igualmente cierto que el “olor a gente de mierda” también existe y con seguridad, perfumarlo no apaga la ignorancia.

Con el pudor del niño que se ha mandado una macana, se sentó nuevamente a mi lado pero en silencio. Aún así, no pude evitar decirle: Observe, aprenda. Porque definitivamente se olvidaron de enseñarles “algunas cositas fundamentales”. Un buen método sería que se calle y escuche. Tal vez aún pueda salvarse.

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Rosana Guardalá

ALEJANDRA MAZZITELLI

Publicado en Aguafuerte el 10 de Junio, 2013, 12:06 por MScalona

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Los hombres también lloran, la otra parábola del trinche…

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                “Los hombres no lloran”, “Los hombres hablan poco y las mujeres mucho“, “A las mujeres no les gusta el  football”, frases hechas y  comunes aunque no por ello necesariamente reales.

El viernes 24 de mayo a las 20 horas estuve  nuevamente en el Teatro Saulo Benavente  de Rosario para seguir disfrutando del programa de difusión cultural de La Biblioteca Popular C. C. Vigil, en esta oportunidad  la propuesta fue   “La Parábola del Trinche” Tablada Central Córdoba, Rosario de los 70 al presente”  a cargo del  periodista rosarino Carlos Del Frade.

El encuentro fue interesante, afectuoso, intenso y  por sobre todo, muy pero muy emotivo. Se escucharon muchas voces. Primero la del presentador: un hombre  comprometido con su barrio,  La Tablada;  con su Club,  Central Córdoba y por sobre todo con la Vigil y su recuperación: ¡Hoy, ya!

Luego llegó  la voz de Carlos Del Frade que fue como siempre lo es: oportuna, amena, crítica, clara, directa. Narró su parábola del Trinche: articuló la historia del barrio La Tablada y el Club Atlético Central Córdoba de Rosario con la Ciudad de Rosario y la de los dos grandes clubes de la ciudad, Club Atlético Rosario Central y Club Atlético Newell’s Old Boys; con la competencia no siempre leal sustentada por  los negocios que mueve el  football,  las drogas, sus mafias y sus efectos en el barrio y en Rosario. Pero lo más impactante del encuentro fue cuando Carlos supo ceder  la palabra,  cuando invitó al Trinche TOMÁS CARLOVICH, el n° 10 mítico de la historia del club y sus amigos, a contar sus propios testimonios. Entonces allí mismo, los hombres, esos que según el mito no hablan, hablaron…  y  vaya si hablaron !!!

A partir de ese momento el encuentro fue otro, paso de ser una narración histórica a convertirse en  un encuentro pasional, donde afloraron sin cesar las emociones y pasiones de cada uno, pasiones de años de  football, del barrio, de la cultura popular, de la vida…  pasiones que convocaban por igual a los hombres y a las mujeres allí reunidos.

Así como en los mejores cuentos de realismo mágico poco a poco se desdibujaron las líneas entre el pasado y el presente, entre la historia y el futuro, entre el ayer y el hoy. El público pasó a ser protagonista, dueño de la escena, tomaron el micrófono y hablaron, se hablaron desde lo más profundo de sus recuerdos, de sus sentimientos, de sus entrañas. Hablaron del Trinche para poder hablar de sí mismos, de sus historias de vida infantil y juvenil, de lo que fue y de lo que pudo haber sido. De la historia real que recuerdan y de la ficticia que se parece tanto o más a la real.

El homenaje que esos hombres le hicieron al Trinche y a su ser mismo de Tablada y de Central Córdoba fue grande, inmenso, increíble. Del eximio jugador CARLOVICH dijeron las cosas más hermosas que un hombre puede decir de otro: que fue más que los mismísimos Pelé, Maradona o  Messi. Que el football era en ese tiempo  practicado como  juego, un maravilloso ludo que iba de la mano de la creatividad y de la libertad y no un trabajo o un negocio como hoy día lo conocemos.

Pero más allá de todo lo que se dijo, lo que nunca podré olvidar de ese día es que se trató por sobre todo de una cuestión de tono, de tonalidades, de voces que hablaban, cantaban, susurraban a veces solas, a veces en conjunto, por momentos fuerte y en otros  imperceptiblemente. Todo matizado entre aplausos, gritos, risas y llanto, mucho llanto, llanto contenido y llanto humedecido, llanto que ahogaba los discursos y los cantos, que hacia estremecer,  llanto que por su potencial hermanaba, liberaba,  exorcizaba, llantos que atraen y que unen… Hombres que supieron  llorar!. Lloraron apasionadamente por amor a la camiseta, al barrio, a su historia, y por sobre todas las cosas  al Trinche. Hombres grandes, curtidos por la vida, hechos y derechos diciéndole en persona, frente a frente, a viva voz y entre lágrimas:

-          “Trinche sos mi vida!”,

-          “Trinche sos lo mejor que me paso en la vida!.

-          “Te llevo acá en mi corazón”  señalándose con golpes en el pecho, o también

-          Subidos al escenario le ofrecieron su canto, cantaron tangos y recitaron poemas en su honor.

Conmovedora imagen la que guardo de aquellos hombres que de un modo tan humano se expresaron vivamente, hablaron y cantaron de si mismos, de sus relaciones, de su historia y por sobre todo de su infancia, del niño o joven que fueron y que aún siguen siendo en el sonido de esa música contenida y expresada, en ese día festivo, en ese viernes convertido en domingo  de goles, de gritos, de aplausos y de…. Llantos.

Fui a escuchar a Carlitos Del Frade o mejor dicho fui a escuchar su Parábola, la Parábola del Trinche y de Rosario.  Fui a escuchar una ilustración ficticia de una realidad social en la forma de la breve narración que el periodista rosarino sabe tan bien construir al respecto. Pero ese fue solo el comienzo, porque lo que realmente aconteció fue mucho, muchísimo más. Fue otra la parábola, otra que no había sido siquiera hasta ese instante  imaginada.

Ya hacia el final del encuentro  la gran mayoría se lamentaba, porque quien se esperaba que filmara el evento,  no pudo llegar . Creo que dicho suceso no fue casualidad sino que se trató más bien de una causalidad inconsciente. Que  esa ausencia  formó parte de la fuerza de las cosas y  de la historia misma del Trinche o al menos de su Mito,  mito que de este modo quedó intacto porque si bien  todos ellos lo vieron jugar todos también afirmaban que no hay filmación de sus partidos, de sus pies tocando magistralmente la pelota, como no hubo tampoco  filmación de su mirada y de su silencio aquel día, día del decir de sus amigos. Pero creo que eso fue lo mejor, lo mágico, lo singular, que esa providencial falta elevó  lo sucedido a la categoría de “acontecimiento”, en el sentido dado a ello por  Alain Badiou,  o de   happening artístico, después de todos los años 70 fueron los invitados de honor a esta fiesta.

Y resta mencionar algo más, las mujeres, no fueron muchas pero fueron y podemos decir certeramente que ellas también “transpiraron la camiseta”.  Mujeres que queriendo y admirando  al Trinche no lloraron. Aplaudieron, fotografiaron, gritaron y alentaron  a los hombres, sus hombres a continuar…  por el Trinche, por Central Córdoba, por la Tablada,  por la Vigil… y por la dignidad de la vida cuando como hoy y en cada domingo se transforma en nada más y nada menos que una fiesta!.

Y por último estoy yo, una mujer que de football no sabe nada, pero que  recuerda cómo aquél día entró de visitante y salió de local.

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Alejandra Mazzitelli.

JAVIER MARÍAS

Publicado en Aguafuerte el 4 de Octubre, 2012, 20:53 por MScalona

“Hay que”

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Hace veinte años, en mi novela Corazón tan blanco, inventé una figura a la que llamé “intérprete-red”: sería un segundo intérprete que, en las cumbres entre líderes, controlaría que el primero estuviera traduciendo como es debido, con competencia, exactitud y buena fe, sin tergiversaciones involuntarias o malintencionadas. Eduardo Mendoza, que fue intérprete profesional en la ONU, me dijo al leer el libro: “Esa figura sería necesaria, en efecto, pero lo cierto es que no existe”. No sé si las cosas han cambiado y ahora sí existe. Mi razonamiento para inventarla en la novela no era insensato: una infidelidad flagrante, un falseamiento de lo dicho por un alto cargo a otro, podrían desembocar, en el más exagerado de los casos, en una declaración de guerra entre dos países decidida por un traductor irresponsable o maligno.

Lo curioso e que hoy estas malas “traducciones”, estas deformaciones son el pan nuestro de cada día y lo que en gran medida condiciona y mueve el mundo. No tienen lugar entre dirigentes políticos, sino- lo que sin dudas es más grave, por imparable e incontrolable- entre la gente. Es una de las aportaciones nefastas de la globalización, de las nuevas tecnologías, de Internet, de los SMS enviados masivamente. Se produce un hecho- o ni si quiera, a veces no hay nada-, y en pocos minutos su noticia alcanza, exagerada, distorsionada, adulterada, a millones de individuos que por lo general no se molestan en comprobar nada, no la autenticidad de lo rumoreado o denunciado. Reciben una consigna: “Hay que protestar contra la blasfemia estadounidense”, o “Hay que estar a favor de la independencia, no cabe otra cosa”, o “hay que insultara una concejal desconocida” (o, por el contrario, “Hay que defenderla”), o “hay que boicotear tal marca”, o “Hay que arremeter contra los taurinos”, da lo mismo. Algunas de estas consignas no tienen consecuencias trágicas, auque todas acareen molestias o agravios para quienes se decide que “hay que castigar o perseguir”. Pero otras traen muertes como la del pobre embajador estadounidense en Libia y otros funcionarios, acaso víctimas-acaso- de esa falta de “red” en las comunicaciones actuales. Se difunde que hay por ahí una película que denigra a Mahoma. Nadie la ha visto, sólo existe un tráiler (tal vez apócrifo, o con doblaje apócrifo) los millares de manifestantes que se lanzaron a asaltar embajadas o occidentales en treinta países más o menos musulmanes. Bastó con que les llegara estó: “Dicen, cuentan, al parecer, por lo visto hay tal película y la han hecho en América”. Suficiente para montar en cólera, dar la “traducción” por buena y formar turbas con intenciones asesinas. Nunca lo que se conoce como “presión social” fue tan fuerte. Es fácil que quien no suscriba la consigna de turno, o simplemente no le dé crédito inmediato, o ponga en tela de juicio su veracidad o su justicia, sea insultado salvajemente en las redes sociales, por no estar “con lo que hay que estar” en cada momento. Si las masas anónimas resulten “linchar” a alguien, lo único que le queda a ese alguien es no asomarse a un ordenador ni a un iPhone y esperar a que escampe. Nunca manipular, influir, engañar, amedrentar, intimidar o convertir a la población en títeres fue tan fácil, y nunca se gozó de tanta eficacia para conseguirlo.

Y esa presión social aplastante afecta a todos los ámbitos, hasta al del gusto. Pese a considerarme bastante inmune, este pasado verano sucumbí a ella. Después de que en un absurdo torneo de series televisivas que montó este diario The Wire estuviera a punto de ganarlo como mejor producto de la historia, y de que incontables personas (algunas dignas de mi confianza) me insistieran en sus incomparables bondades, me impuse la obligación de seguir viéndola (lo había intentado dos veces y sólo había aguantado cinco episodios). Noche tras noche, disciplinadamente, me puse todos los capítulos de las dos primeras temporadas, es decir,  le dediqué veinticinco horas de mi vida, que no son pocas. “La segunda es mejor”, me habían asegurado, aguanté con paciencia hasta su término. Lo más probable es que esté equivocado, frente a tantas opiniones no sólo extasiadas, sino desnudas, pero esas dos temporadas me parecieron tostoníferas, convencionales, planas, confusas y mal rodadas (cámara temblorosa en mano hasta la náusea), previsibles, con personajes insípidos y algunos actores pésimos (en particular Dominic West, uno de los principales, que ni siquiera sabe hacerse el borracho y sale borracho en la mitad de sus escenas).Hubo un momento en que empecé a sentir agresividad contra cuantos la califican de obra maestra. “No puede ser”, me decía. “Mienten. Hay una consigna de que esto es genial, y muchos no se atreven a desobedecerla, sino que la propagan, lo mismo que una traducción errónea o tergiversada”. Ahora bien, compruebo en mí mismo cuán fuerte es esa presión social, porque aún no he descartado del todo seguir tragándome pausadamente las restantes tres temporadas, no vaya a ser que la buena de verdad sea la última, y además ilumine retrospectivamente mis tantas horas desperdiciadas. Vengan los insultos, que no me enteraré de ello.    

  

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JAVIER MARÍAS

Revista EL PAÍS, domingo 30-09-2012

GLORIA LENARDÓN

Publicado en Aguafuerte el 27 de Agosto, 2012, 19:44 por MScalona

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CONTRATAPA

El jardín argentino

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Por Gloria Lenardón

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El perro cruzó el jardín desierto de los Tribunales Federales para ir en frente, directo al palco levantado sobre Oroño, la murga se desplegaba entre las palmeras, el perro había salido disparando del jardín que parecía un cementerio, buscó el césped húmedo del paseo y se limpió las patas. Olga Moyano venía con la pancarta de la murga: La Memoriosa, desde que la armó lleva la pancarta con el nombre bordado rodeado de símbolos inconfundibles, el pañuelo blanco es el primero que resalta, hace muchos años que habla con el mismo entusiasmo de su murga; los que están ahora, los murgueros de ahora, vienen del grupo de apoyo a las Madres de la Plaza 25 de Mayo, todos saltaban dentro de sus trajes luminosos. Primero el perro se echó junto al público, después se metió entre el público a merodear; después el perro negro de ojos avispados se subió al palco y se echó de nuevo, no para descansar, paraba las orejas, movía la cabeza más rápido que la cola para cazar al vuelo la voz del micrófono. La murga cantaba sus canciones, las letras pedían que la justicia no se durmiera, que se mantuviera despabilada, la murga cantaba y bailaba frente a los Tribunales Federales como jugando un partido largamente deseado, tratando de no tapar el cartel que la había convocado: 3 de Julio de 2012. Comienza el Primer Juicio Oral por Delito de Lesa Humanidad cometidos en San Nicolás / Soy la fotografía de un desaparecido, la sangre de tus venas/ Latinoamérica, Calle 13. El perro ya se había bajado del palco y seguía otra vez la murga, la siguió un trecho hasta que aprovechó una brecha en el tránsito de Oroño y cruzó, quería ver el jardín que brillaba a un paso, iba a atravesar el portón que se había abierto milagrosamente.

Chispas de oro, toquecitos de luz temblorosa sobre las hojas recién regadas iluminaron al perro, no las patas, tampoco las orejas, cabeza y cola, sólo el hocico que consiguió meter entre las rejas, que se doró con la luz celeste del cielo ganado para el jardín. Ganado palmo a palmo al entorno cada vez más edificado, más abarrotado de edificios que buscan altura, defendido contra cielo y tierra ,el jardín pegado al de los Tribunales Federales perfuma descansado, con suavidad de terciopelo, y desparrama virtud: es un jardín que se aplica a su belleza. Iluminado por las flores de estación que decoran los bordes como un festón. El diseño de rectas en cruz para los canteros y el camino central, aviva un costado, los árboles ahí crecen libres, coposos, sombrean generosamente la puerta alta y doble de hermosa madera lustrada que aguarda para recibir al final de la escalera ,tan ancha como blanca; es el camino ,el acceso a la Misericordia, unos cuántos peldaños blancos y ya se puede golpear la puerta. La iglesia ( cubre con vitrales de colores sus rosetones para que la luz disminuya y envuelva al alma sin perturbarla) , más el colegio privado, se levantan a continuación, se desarrollan, hacen su vida, pero primero, para anunciarlos, está el jardín. El perro no podía apartar los ojos, ni sus sentidos, ¡un goce, que lo condenen si no!

Quebrando su silencio: las voces llegaban desde afuera, reventaban en el aire, el jardín perdió su paz, dejó oír el slamp de la puerta que se cerró, alguien cruzó en un suspiro, el perro no tuvo la oportunidad de merodear unos segundos. El jardín recuperó su estado, ni un alma, desierto, nadie entre sus macizos. El perro saltó, no perdió ni un pelo en el salto, perdió el perfume que lo había envuelto; absorbido por los cantos de Oroño, por la gente que en el bulevar seguía el juicio, se dejó arrastrar por la murga, formó parte de la ronda. ¡Fuera!, le gritaban los que pasaban a toda velocidad para alejarse de los tribunales federales lo más rápido posible, contradiciendo esa voluntad el perro se pegó más a la murga, ladraba las espaldas de los que volaban, volaban y desaparecían de Oroño en un batir de alas; el perro reventaba los tímpanos, ¡Eh, eh,! le gritaban los que corrían, gritaban esquivándolo, el perro les resultaba difícil de entender.

FÉLIX DE AZÙA

Publicado en Aguafuerte el 19 de Agosto, 2012, 21:18 por MScalona

Tiempos de resistencia

Llegará un día en que los años de la ruina sean aquellos

en los que algunos vivieron lo mejor de sus existencias.

Les dieron la oportunidad de empuñar su vida con audacia

en lugar de obedecer consignas

www.elpais.com

Todos los recién nacidos crecen en un mundo que se acaba de crear para ellos, un abigarrado paraíso sin serpiente. En cuanto tienen un mínimo uso de razón descubren cosas, asuntos y personas que son tan nuevos como ellos mismos, descubren reflejos en los muros, figuras que se parecen como dos gotas de agua, secuencias de efectos, el día y la noche. El mundo es siempre un mundo de estreno para los recién llegados.

Cuando descubren que hay tal cosa como un pasado, que el mundo no ha sido siempre así sino que el mundo varía, cambia y se transforma, ya es demasiado tarde. En cuanto el adulto se percata de que hubo, años atrás, un tiempo pasado, inevitablemente le parece haber perdido algo porque descubrir el pasado es comenzar a ver el presente como un envejecimiento del mundo anterior. Aunque parezca paradójico, desde el punto de vista del adulto el hoy es más viejo que el ayer. De pronto el presente deja de ser fresco y vigoroso porque tiene ya los caracteres de lo que viene de muy atrás. No es que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, como escribía con tanta melancolía Jorge Manrique, es que en cuanto concebimos un mundo en tiempo pasado ya hemos cubierto de ceniza el tiempo presente, le hemos marcado arrugas y cicatrices.

Este proceso es fatal e incontrovertible. Vivir es ir produciendo pasado y sin él la vida sería imposible porque carecería de sentido, nos volveríamos locos. Es más, sólo los locos pueden vivir en el puro ahora. Gracias a la invención del pasado logramos hacer llevadero el dolor y la decadencia del presente de un modo continuado que comienza mucho más temprano de lo que parece. En compensación, el gozo, el deleite, la fruición suspenden el presente y el pasado, los reúnen en un instante único sin sucesión. El placer nos saca de nuestras casillas y nos permite vivir fuera del tiempo, de modo que al placer más democrático lo llaman “la pequeña muerte”. También el extremo dolor nos saca de quicio: el torturado vive en un instante que no tiene pasado ni futuro y se sostiene sobre una tensión mortal.

Los niños actuales ven a sus padres pasear por la casa hablando solos con un adminículo pegado a la oreja. Les ven por la noche sentados frente a un emisor de imágenes coloreadas. Oyen voces sin cuerpo y cuando se fijan comprenden que están saliendo de una cajita metálica con botones. Las calles son ríos tempestuosos de hierro y gases. Los alimentos, incluida el agua, llegan envasados y por lo tanto nunca más serán substancias. Para ellos una parte considerable de la experiencia se enciende y se apaga a voluntad con un gesto de la mano. Cuando descubran que todo eso fue en el pasado, será porque su mundo presente no tiene misterio. Habrá comenzado otro ciclo de costumbres y técnicas y las pasadas se habrán cubierto con un velo poético, como para nosotros las palomas mensajeras o el telégrafo.

Cada generación ha conocido un mundo más puro que el de la siguiente

Edmund Gosse recuerda que, en su infancia, lo más codiciado era la pastilla de acuarela color carmesí con la que su padre, biólogo marino que estudiaba e ilustraba los moluscos de Cornualles, adornaba sus acuarelas. Aquel carmesí estaba hecho de cochinillas parasitarias machacadas, como las que en la actualidad aún se cultivan en Lanzarote, y era tremendamente caro. Si el niño se portaba muy bien, su padre le dejaba dar una diminuta pincelada de carmesí en la lámina sobre la que trabajaba. Esto lo escribe Edmund Gosse en una biografía inmortal, cuando ya podía comprar carmesí a un precio normal en las tiendas de suministros para bellas artes de Bloomsbury.

Estamos condenados a amar lo que ya ha sido, lo que fue, simplemente porque ya no es. Todo lo que ya no es tiene el carácter fijo, inalterable, profundo e inquietante de las obras de arte, porque las obras de arte, hasta hace pocas décadas, eran puro pasado cristalizado. Yo he visto llegar las barcas de pesca, al atardecer, a la playa de Vilasar, cargadas hasta la borda. Una vez encalladas en la rompiente, los marineros las empujaban arenas arriba sobre largas vigas engrasadas. Nunca podré arrancarme de la memoria el crepúsculo marino, los peces vivos saltando sobre las cestas de anea, los pescadores descalzos empujando las embarcaciones y cantando rítmicamente para ir todos a una. Esa escena no volverá a existir nunca jamás. Es la imagen detenida de un mundo que entonces era nuevo para quien lo vio y ahora es tan lejano que parece no haber existido jamás, como un paisaje de Poussin.

Estamos condenados a amar lo que ya ha sido, solo porque ya no es

Pero mi padre no acudía al desembarco de los pescadores porque para él carecía de novedad. Por el contrario, recordaba, y así nos lo contaba, cuando de niño se bañaba en esas mismas aguas y los peces que ahora había que ir a buscar en alta mar los tenía él al alcance de la mano en unas aguas transparentes habitadas por miles de seres plateados que ni siquiera huían del bañista. Nosotros (decía), los niños nuevos, ya no habíamos conocido el mar prístino y salvaje de cuando él era niño. Cada generación ha conocido un mundo más puro que el de la siguiente generación. Y sin embargo el mundo es siempre igualmente puro para el recién nacido, porque la pureza del mundo es el recuerdo.

Bien puede darse que una época sea objetiva o razonablemente nefasta. Da lo mismo. En cuanto se convierta en pasado se esfumarán los ácidos corrosivos, la maldad intrínseca de cada instante, y se adonizará. Así oía yo hablar a mis tíos y abuelos sobre la guerra civil. Un tiempo espantoso, años de muerte e insoportable necedad. Sin embargo, ellos recordaban aquellos días en el frente, con el frío gélido, el horizonte estepario y el rancho escaso, como años magníficos de su vida y se diría que estaban dispuestos a regresar. Incluso las mujeres que se habían quedado en la ciudad y luchaban todos los días por la supervivencia, recordaban entre carcajadas el conejo criado en el balcón que luego nadie quería sacrificar a pesar del hambre. El tiempo pasado sólo conserva su maldad para quienes lo cultivan en el presente y lo quieren mantener vivo y maligno. Los mercaderes de la venganza, por ejemplo.

Y no es imprescindible ser un niño. Yo he paseado por el Museo del Louvre cuando ya era adulto y aquellos tesoros comenzaban a llamar mi atención, completamente solo y oyendo el crujir de los tablones de madera del suelo como una música fantasmal. Y recuerdo deambular por aquellos museos vacíos, silenciosos, cargados de una vida poderosa, en los que cien miradas te escrutaban desde los muros, como los arqueólogos deben de recorrer las tumbas recién abiertas en Mesopotamia o Irak. El aire de esos lugares tiene un frío propio, un aroma de líquido encerrado en un pomo durante siglos y que al destaparse te devuelve lo que alguna vez respiraron los más antiguos, su aire, su aliento resucitado.

Debemos ser conscientes de que el pasado deseado en forma de futuro es una ficción, un poema, un arte

En un casi desconocido Hemingway recién publicado en España (Sobre París, Elba), el muy joven escritor muestra su faceta de artista a los veintitrés años, porque ya es capaz de recordar un lugar en el cual sólo el pasado tiene la belleza de lo inalterable, a pesar de haber vivido allí la destrucción y la muerte. Fue en Schio, durante la Primera Guerra, “uno de los lugares más hermosos de la tierra”. La pequeña aldea del Trentino, apoyada en los Alpes, formaba parte de su experiencia del dolor y la desesperación, pero no por eso dejaba de ser “un lugar maravilloso para ir a vivir cuando terminara la guerra”. Hemingway era demasiado artista como para no construir adecuadamente el recuerdo, de manera que regresó una vez concluidos los combates para encararse con el presente. Lo encontró todo reconstruido o a medio reconstruir.

“Una ciudad reconstruida es mucho más triste que una ciudad devastada”, escribe entonces, en el presente, cuando es ya forzoso que el pasado cristalice en una imagen bella e imborrable. “Un pueblo arrasado en tiempos de guerra siempre (tiene) dignidad, como si hubiera muerto por una buena causa (…) De todo ello ahora sólo quedaba una nueva y fea futilidad”. La tremenda injusticia de este juicio, desconsiderado hasta la crueldad con quienes precisan una nueva morada después de haberlo perdido todo, es la prueba perfecta de que para mantener un pasado es imprescindible cubrir de ceniza el presente. Y la memoria, la potencia creativa de la memoria, es por completo amoral y egoísta.

La construcción del pasado es una construcción del deseo y el deseo es egoísmo puro. Todo lo que para nosotros es significativo de nuestra infancia y juventud no es sino una proyección de los deseos que no pueden cumplirse en el presente, en la madurez o en la vejez. Como fruto del deseo, en efecto, “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y es imposible no creerlo así, porque entonces nos quedaríamos sin deseos, los cuales suele decirse que tienden al futuro cuando es todo lo contrario, siempre tienen la forma del pasado. Es importante, sin embargo, ser consciente de que ese pasado deseado en forma de futuro, es una ficción, es un poema, es un arte que conmueve nuestros más escondidos apetitos.

Todo lo que nos parece significativo de nuestra infancia no es sino proyección de los deseos que no pueden cumplirse en la madurez y en la vejez

Ahora que la turbulencia del tiempo ha tomado la forma metafísica del dinero en su estado más abstracto, me pregunto cómo será cuando se convierta en el pasado de alguien. Así, por ejemplo, ¿cómo recuerdan los homosexuales aquel tiempo en que parecía que iban a morir exterminados por el SIDA? Algunas novelas, como la magnífica The Hours, ya han comenzado a convertir en un pasado luminoso el tiempo de aquella muerte universal y monstruosa. Incluso aquel tiempo horrible puede comenzar a verse ahora como un pasado en el que tanto sufrimiento hizo posible el heroísmo, la entrega, la amistad absoluta, el rescate de tanta humillación, el manantial de una nueva dignidad. En aquel tiempo el destino había tomado la forma de una plaga asesina, ahora tiene la forma de la ruina. ¿Cómo lo verán aquellos que sean hoy tan jóvenes como para no percatarse de que ésta es una materia privilegiada para el recuerdo? Los años de la ruina llegará un día en que sean aquellos en los que algunos vivieron lo mejor de sus existencias.

Tiendo a creer que también entonces, dentro de veinte años, los que ahora son jóvenes recordarán los años de la ruina como aquellos que les obligaron a tomar decisiones, a emigrar, a descubrir otros países menos agónicos que el nuestro, los que les dieron la oportunidad de empuñar su vida con audacia y decidir por sí mismos en lugar de obedecer consignas, los que dieron nacimiento a tantas ideas e iniciativas que se pusieron en marcha gracias a la penuria, los que acabaron con la sumisión a las burocracias, las ideologías arcaicas y el gregarismo.

Eso será dentro de veinte años, cuando ya sea una forma de pasado. Mientras tanto, mientras sea un presente sin pasado, tiene la forma de la negación misma de la vida. Se trata, como siempre, de resistir hasta que podamos exponer esta penuria en la peana del recuerdo y transformarlo en deseo, por extraño que ahora nos parezca. Entonces nos habremos salvado, aunque muchos estaremos criando malvas.

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Félix de Azúa es escritor. Tiene dos ensayos maravillosos en Anagrama, que siempre recomiendo:

HISTORIA DE UN IDIOTA CONTADA POR SÍ MISMO  y

APRENDIZAJE DE LA DECEPCIÓN.

Ma. ZULMA VILLALBA

Publicado en Aguafuerte el 20 de Julio, 2012, 13:44 por MScalona

Mitologías

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En una mañana soleada  y fría pero tan irreal como el clima adentro de un banco, me pregunté porqué a veces asociamos ideas o voces que parecen tan ajenas entre sí. El espacio no es tan grande pero las cintas en caracol ocupan más lugar que las personas que pueden albergar;  si no fuese por las conversaciones,  hubiera fantaseado con arena y aguas cálidas. Con los abrigos puestos, algunos hablan de política, de lo mal que está  todo;  porque el gobierno provincial quiere... y  otros miran pacientemente el indicador de la caja que lo va  a  recibir tras los vidrios opacos que nos resguardan de la inseguridad, de la mirada inquieta del vecino  que hace malabares para poner tanto dinero en un sobre y  después se queda conversando  en la vereda, porque seguramente alguno de sus interlocutores ya compró  a diez centavos menos de lo que los va a pagar él. Y otros, con la paciencia ancestral del que esperó toda su vida llegar a fin de mes para  cobrar su salario,  espera que su salario le alcance hasta el próximo mes, que el mes siguiente haya trabajo, y ahora espera que el médico lo atienda, los jóvenes lo escuchen, y su jubilación esté tras ese vidrio y su nieto no se fastidie por el tiempo que está perdiendo ya que ninguno de los dos entiende mucho este mundo de lazos virtuales; sólo esperan.

 

Miro el reloj, son las diez y media, sé que voy a demorar bastante; así que con una calma inspirada en  un cuento oriental escucho las voces, porque como alguna vez leí, es preciso perderse para empezar a escuchar.  Algunas personas no hablan o no se las escucha. La señora que está justo delante de mí, con su saco de lana tejido a mano muchos años atrás, saca un pañuelo plegado como si fuese un secreto. Con un susurro casi, se queja del frío que hacía esta mañana, cuando salió de su casa, que está a muchas cuadras de aquí, y del viento. A su derecha, separados por la cinta azul, tan simbólica, que parece una frontera entre dos mundos, un señor de mediana edad, ciudadano de este lado, el de las urgencias, el lado del mundo que tiene problemas porque no puede comprar  los diez mil  que quiere o los tiene que pagar muy caros y  encima tienen que dar tantas explicaciones por un simple viaje a Dubai, pero le vienen a medida los conceptos de “voz, salida y lealtad” de la mercadotecnia.  Desde allí escucho la palabra amarok y otra vez, la asociación. Pienso  en ese nombre y en los animales, quizá porque   éstos  siempre han formado parte de la vida del hombre y los esquimales  cuentan que este lobo gigantesco “caza y devora a cualquier cazador tan tonto como para cazar de noche”, y caza solo, no en manada, como los lobos reales.

 

Avancé unos cuantos pasos sin darme cuenta porqué  me quedé en la mitología. El grupo de actores había cambiado; si cerraba  mis ojos tenía la sensación  de estar frente a aquel  escenario giratorio del Opera detenido por cuarta vez en la noche y al mismísimo Cameron  presentando a los personajes.

 

Hay una relación entre ellos que trato de descubrir; mejor dicho, entre ellas, porque son en su mayoría mujeres. De pronto me doy cuenta: el tiempo las relaciona y las palabras las separan. Unas dependen de ese tiempo porque en él se reconoce ciudadanía, en él obtienen algunos bienes necesarios, asignaciones, cuenta bancaria o simplemente la tarjeta de Cristina. Otras están apuradas, les preocupa el tiempo en que su dinero estará disponible, el que están perdiendo para hacer una operación mientras el auto está mal estacionado y el que les demanda reunir la documentación que ahora les están pidiendo porque se le ocurre al gobierno (que todo lo hace difícil), y el listado sigue y otra vez, la palabra que las separa...el nombre de un animal, equino, femenino; siempre cercano a la vida de los hombres, del tango y hasta de algunas letras de rock, sensual y despreciativa. Siempre llama la atención el entramado del lenguaje, los sustratos sobre los cuales se edifica el intento  de borramiento a través de la descalificación, la vivencia desde lo femenino. No resulta nueva la relación amor-odio; la idealización y lo negado, ese templo desconocido donde se protege lo que no se dice. También Eva supo de esa colección de adjetivos y sustantivos aunque quienes los usaran con más vehemencia luego pudieran votar por primera vez por una ley impulsada por ella. Este patrimonio del lenguaje no pertenece a un solo género, varones y mujeres  han creado una galería  por donde desfilaron ejemplares de nuestra fauna como narrativa de la vida política. Así supe del peludo, la tortuga, la morsa, el tigre, me contaron de aluviones y de gorilas, de zoológicos,  aunque recuerdo que de pequeña nunca me gustaron los zoo, ni los circos con animales; por el contario me daban mucha tristeza.

 

Era cerca del mediodía, cuando salgo a la calle, no estaba  Pegaso ni el carro de Aurora y el viento frío del sur era bienvenido y también el recuerdo de esos libros de mitos y leyendas cuyas historias escuchábamos de niños con los ojos abiertos como un sol. Subo al auto y en la radio estaban transmitiendo en cadena el discurso de la Presidenta y no sé,  por un momento volví a pensar en Marguerite Yourcenar y aquella frase de la carta que una vez leyó: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”.

  

 

 

                                                                        ZULMA

 

 

 

 

 

JOSÉ LUIS ZAMPARO

Publicado en Aguafuerte el 17 de Julio, 2012, 12:05 por MScalona

HOMBRES  DE  LEY

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Le faltó el baldazo, para que también lavara el capot de la cupesita roja que heredé del viejo; de la misma forma a como yo lo hacía; los sábados a la tarde y en la vereda, mientras escuchaba por Continental a Alejo y los cuentos del Negro. La cuidé tanto mientras la tuve… Había poca presión de agua en el barrio.

Las señas del NO con el dedo índice  no fueron suficientes; ni el gesto de desesperación que en estos casos le viene a uno, abriendo exageradamente los ojos, moviendo en sentido horizontal la cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, diciendo sin voz que NO, con mímica,  NO . Todos los recursos a los que uno apela, para negarse a ese pequeño momento de comunicación con uno de los tantos hombres que limpian los vidrios de los autos en las esquinas (ahora comúnmente llamados trapitos); porque aunque uno a veces vea chicos, son HOMBRES. No bastaron para contener su ansiedad de que esa superficie vidriada frente a mi volante esté limpia. El semáforo se pintó de rojo y estuvo como siempre de su parte; la ventanilla baja de mi lado, y del suyo, de parte del tintorero que se las arregló a tiempo para sacarme la suficiente plata y ocultar las manchas del agua sucia pero jabonosa.

Este tipo del que hablo, y después de reiteradas disculpas para el caso, resultó ser Tincho (sobrenombre para sus amigos), el mismo que encarecidamente me pidió subir y acompañarme hasta su casa. Sí, como bien digo, ir a su casa , con MI AUTO, para solucionar el incidente. Y así, ahí nomás, sin que yo diera el sí ( ya afirmé antes que me cuesta aceptar del vamos una idea, y mas bien mi rostro creo que decía NO como hacía un momento), rodeó el rodado, abrió la puerta del acompañante, se sentó de acompañante, y obré de acompañarlo; me sacó de la bolsa del susto indicando con su mano que el semáforo me daba paso, que girara a la izquierda, y por ahí el camino. Luego que siguiera. Por ahí, hacia el sur, siempre hacia el sur.

Al tiempo lo recuerdo, lo puedo contar, aunque en realidad fue ayer, y no me parece como cuando uno dice de  parecerle no  vivido, como imposible de suceder. En plena Avenida Pellegrini, un semáforo pidiendo lugar, bocinas sin respeto como si estuvieran solas en la calle, vociferantes conductores que conducen a la nada, calor de mediodía al asfalto con papas, y yo , amarillo pálido cremita ante los hechos de un individuo que no me aseguraba SEGURIDAD. Los que me darían la razón de mis nuevos días,  los que dibujarían las ideas de mi destino . A partir de ese día, de ayer, sus cualidades, las de Juan, de responsabilidad cotidiana, de padre laburante, de hombre ante la adversidad, de hijos con o sin el PAN. Nadie va a creer, porque es lógico y porque a mí me cuesta creerlo hasta hoy en día, aunque repito que fue ayer y no hace tiempo. Como mucho antes, como dicen los viejos. Pero algunas actitudes de este hombre de TRABAJO, diría todas, lo pintarían de cuerpo y alma como un gran AMIGO.

Con mis propios ojos lo pude ver, no me lo tienen que contar. En su barrio no hay asfalto, eh! Solo claustros de chapas y arcilla, calles que no están en los cuentos,  venas de tierra, barro, charcos, coca cola, pibes sin jugar. Perros, muchos perros. Antenas de TV.

-Mi mujer se lo va a lavar  y planchar. Ni siquiera me dio el gusto de tutearme.

Sirvió un porrón con mantel de hule; el mondongo tuvo que esperar. El Fiat durmió la siesta bajo un sauce; el Bobi le meó las cuatro ruedas. Algunas actitudes de este HOMBRE DE TRABAJO, diría todas, lo pintarían de cuerpo y alma como un GRAN AMIGO. El cuento de la tintorería es pura ilusión repentina. Es MENTIRA.

 

                                                                           Jose Luis Zamparo

 

 

 

MANUEL RIVAS

Publicado en Aguafuerte el 15 de Julio, 2012, 18:48 por MScalona

caricatura de RODRIGO RATO (Kinkelin), Presidente del BANKIA

ppal banco español que presenta un desfalco de 13 mil

millones de Euros. RATO era el Jefe de Inspectores del

FMI sobre ARGENTINA, durante el gobierno de DE LA RÚA.-

El Brumario

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Este Gobierno persevera en errores,

pero de una forma acelerada y caricaturesca

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Un tipo se presenta en un banco suizo con un maletín. Dice en voz muy baja: "Soy español y traigo, para ingresar, tres millones de euros". El helvético, hijo de emigrantes de Finisterra, le dice: "Puede hablar usted en voz más alta que nosotros no nos avergonzamos de los pobres". Aquí pasó lo que pasó y está pasando lo que está pasando. Entre otras cosas, la habitual desbandada de esos capitales llamados golondrinas. Pero lo más desmoralizador es la huida de depósitos de la España más adinerada. Por seguir con la ornitología, suele ocurrir que estos pájaros se caracterizan por entonar cantos muy patrióticos. Todo rostro es un mapa, y el del presidente Rajoy cada vez se parece más al de un territorio abrumado, con la señalización abatida. Según un clásico de mi aldea, las cosas se pueden hacer bien, mal o al revés. Queda la alternativa de hacerlas al revés. Este Gobierno persevera en errores, pero de una forma acelerada y caricaturesca. En especial, esa creencia de que a mayor silencio y secreto, mayor es el poder. En las escuelas medievales de verdugos, sobresalían dos formas de utilizar el hacha. Una, con un corte tan fino que la cabeza volvía a caer sobre el cuello. Durante un tiempo, el degollado se quedaba algo pasmado, sí, pero como si nada hubiera ocurrido. Y otra en la que el verdugo, además del corte o recorte, se permitía insultar al ajusticiado. Hay una maldita prima de riesgo monetaria que involucra a todos. Pero también hay una prima de riesgo disparada en valores democráticos, de la que este Gobierno es responsable. Bankia es nuestro Lehman Brothers. El Congreso de Estados Unidos creó en su momento una comisión de investigación, con un informe final revelador. Pero aquí, por ahora, el único informe creíble es el que leo en una pintada callejera: "No se preocupen por la pasta, hay dinero para Rato".

LUCAS ALMADA

Publicado en Aguafuerte el 13 de Julio, 2012, 12:34 por MScalona

Los bares y las lenguas

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Las lenguas, lejos de la exhibición disecada de las gramáticas, son tan dinámicas como la vida misma. Cambian todo el tiempo, de manera casi imperceptible, nadie puede dar cuenta de la totalidad, pues en todo momento, sin interrupción, recibimos el influjo colectivo y también le impregnamos cada uno de nosotros, una ocurrencia individual; es así que se convierte en una pesada masa de movimiento multiforme en la que sólo a través del paso del tiempo podemos notar algunos cambios.

-Qué querés que te diga… no me cierra… o no lo entiendo

-Qué se yo, viste como es con los cambios. Mi vieja, cuando se enojaba me decía pedazo de chitrulo, y hoy me doy cuenta que eso no existe más, y no sé cuando se dejo de escuchar, pero de pibe, yo lo escuchaba

-Bue… sin ir más lejos, antes de entrar, el del kiosko me dice: ey amigo, me da fuego… ¡¿Amigo!?...desde cuando, eso es nuevo…

-Ya le hice la seña del café a la nena… pero vino igual.

Con los bares pasa, en cierta manera, lo mismo. Quién podría decir que la “Buena Medida”, a pesar de no haber cambiado su nombre, es el histórico bodegón que acunó tantos sueños revolucionarios y que albergó a noctámbulos incurables; y que la clientela pudo pasar sin sobresaltos del sanguche de milanesa en un platito de te con un porrón al suflé de verduras en el centro de un desmesurado plato cuadrado con agua finamente gasificada.

-No digo que esté bien o mal, pero no es lo mismo, por más que se llame igual –dijo el viejo Vicente, haciendo un paneo del lugar, como quien busca algún indicio.

-Para mí que no lo querían mejorar, como se dijo al principio –contestó Raúl moderando la voz, como quien está en casa ajena.

Cuando alguien me pregunta por “La buena medida”, con gesto romántico, le diría primero, que no lo busque de madrugada porque está cerrado, que la sala que convocaba a los donantes de riñones para filtrar cerveza toda la noche sin parar ya no funciona; y, que del PC no queda nadie, más vale que se lleve la PC que hay wi-fi. Ni que hablar de la metamorfosis de otra institución de la ciudad, como es el Café de Billares, uno de antología, los “20 Billares” de calle Rioja, con una infancia que se remonta a las primeras décadas del siglo veinte. Fue, sin duda, cuna de grandes campeones de casín, con un salón por donde desfilaban compadritos y obreros, alternando el silencio del juego y el bullicio gregario; el café y la ginebra. En ese mismísimo lugar, se creó “la rosarina” esa mezcla de paso bola con tres bandas, como golpe distintivo de la ciudad. No se transformó el edificio, se cerró, y su espíritu reencarnó en el Olimpia de calle Maipú, que no podía imponer su nombre, muchos lo seguían llamando “veinte billares” como una forma de resistencia a los cambios forzados, pero sobre todo, con el deseo de dar continuidad a un mundo que fue dejando la escena central de la ciudad. El Olimpia, después de haber maquinado La historia del caballo de oros en complicidad con Jorge Riestra, perdió su batalla con el capitalismo globalizado y cerró para dedicarse a las golosinas. Una tercera generación siguió peregrinando y ancló en el Club de billares de calle Sarmiento buscando un lugarcito en la ciudad.

-Seguro que le pusieron el nombre de “club” para no pagar algún impuesto -me dijo Rubén, el mozo del viejo Olimpia, ahora un parroquiano más, cuando entré por primera vez.

En sus mesas, a fuerza de anécdotas, se mantiene la esencia de un café de billares que a primera vista ya nadie ve.

-El café se está muriendo –suele decir el Maestro con la mirada buscando un consuelo en el verde esperanza de los paños- pertenece a una ciudad que ya no está.

Tal vez, la cosa sea como pasa con las lenguas muertas, no es que verdaderamente se mueran las lenguas, sino que se mueren sus hablantes y ya no es lengua materna de nadie. En el lenguaje de la ciudad el dialecto del café de billares tiene todavía hablantes bilingües y traductores, pero que no están ocupados en la glotopolítica, sino en encontrarse, conversar, brindar y reírse.

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Lucas Almada

LUCÍA BRIGUET

Publicado en Aguafuerte el 10 de Julio, 2012, 18:19 por MScalona

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ELIGE TU PROPIA AVENTURA[1]

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8 hs. Día lunes, comienzo de la semana, ella llega a su oficina de trabajo y lo primero que escucha es una conversación que transcurre entre dos compañeros, uno le comenta al otro con cierto tono de amargura: "¿viste que le robaron a Luisana Lopilato?".

Se dice para sus adentros, "Vaya forma de empezar el día".

10 hs. Llega otra de sus compañeras de oficina e inmediatamente (después del infaltable saludo matinal con el que expresa cierto deseo, anhelo o buen augurio de que los demás tengan una agradable jornada o al menos un buen comenzar), después del buen día, dice: "¡el sábado me robaron el celular!, en un bar donde había unas caruchas que ni les cuento". La misma compañera se tira toda la jornada laboral intentando conseguir su nuevo chip celular. Perdón, estuvo 15 minutos en la oficina, el tiempo que duró el desfile de anécdotas sobre robos y mal pasares ocasionados por la sustracción de objetos.

Así las cosas, recién empezado el día ella corrobora, una vez más, que si hay algo que prende, pega, hace palpitar corazones, mueve personas, masas y multitudes es el tan mentado tema de la inseguridad.

16 hs. Está en el rio, escucha a dos adolescentes que practicaban canotaje y conversan acerca de una clasificación que ganaron para competir en Brasil. Mientras uno comía un yogur, sentado en un banco de cemento, con una gorrita visera de costado, le dice al otro: "che, sabes que hoy estuve pensando y llegue a la conclusión de que ganar no tiene que ser nuestra meta, en todo caso podrá ser un resultado, pero va a decantar de otra cosa, que es lo que a nosotros nos mueve y que tiene que ver con el proceso, con el entre, con lo que pasa en el medio".

18 hs. Va al cumple de un año del hijo de una amiga y se encuentra con una mega fiesta. Se topa con una especie de coordinadores del evento que a los gritos les decían a los niños "ahora hacemos la torta, después hacemos el baile" cual si fueran turistas recorriendo postas. También se encuentra con que al momento de "hacer la torta" prenden una véngala en un pastel pequeñísimo que, por su tamaño, no podía compartirse de ninguna forma. La supuesta torta para repartir estaba como en unos budines pequeños, individuales, que cada uno se podía llevar a su casa. Comienza a temer por lo que pueda llegar a pasar en lo que queda del festejo, se pregunta si eso de los budines significará el fin de las tortas para compartir, el fin de la grana, el fin de las velitas, se pregunta si no será el fin. Se dice, para sus adentros, María Elena Walsh is dead.

El tema de conversación más recurrente de la reunión social fue, por supuesto, la ola de robos, aquello que suele denominarse como el problema de la inseguridad. Mujeres esplendidas, coquetísimas, de maridos que jugaban al metegól y tomaban alcohol, hablaban y hablaban sobre lo que le paso a mengano, a sultano, a fulano, y repetían una y otra vez "esto es Argentina, ¿que querés?, si pudiera saber como iría".

Ella miraba los globos de helio fantásticos que colgaban por todo el salón y que hacían flotar en el aire unos vasitos de telgopor simulando globos aerostáticos y mientras las mujeres divinas hablaban, los niños corrían, lloraban, la comida abundaba y pasaba y pasaba y comían y tomaban y decían casi siempre lo mismo, de la misma forma, siempre coqueta, siempre bien vestida, prolija, bien puesta, siempre fuerte, jocoso, perfumado y el volumen de la música fuerte, muy fuerte y los coordinadores que también gritaban y saltaban, mientras todo eso, ella imaginaba que se subía a uno de eso globos aerostáticos y volaba veinte años atrás, donde no existían los cumpleaños sin torta para repartir, ni tanto festejo coordinado para hablar de tanta mierda.

20 hs. Vuelve a su casa, prende la TV y pone el informativo ¿Cual era la gran noticia del día? (¡si! ¡adivinó, se ganó una yogurtera¡): el robo a Luisana Lopilato. Resulta que mientras se casaba con un famoso cantante le saquearon la casa. Medio millón de dólares salió la tan esperada boda y "no aceptaron canjes", resaltaban los periodistas, "el flamante novio quiso pagar absolutamente todo". Luisana declaró ante la prensa que nadie le iba a empañar su fiesta y "lo bien que hizo", seguían opinando los supuestos periodistas. Decían, que el robo se sucedió a causa de que los recién casados se habían llevado todos sus patovicas al casamiento para proteger a familiares e invitados. Ella se dice, para sus adentros, "buena gente, si las hay".

La noticia siguiente anunciaba que un presidente de un país latinoamericano podría ser destituido de su cargo. Se hablaba de un posible golpe de estado, de una toma del poder encubierta por los militares, por aquellos a los que les estaban molestando algunas de las "cositas" que el mencionado presidente estaba haciendo y que tenían que ver, básicamente, con políticas de redistribución de la tierra. Se hablaba, en el noticiero, de inseguridad institucional. En ese instante ella recuerda la inseguridad de la que hablaban las mujeres coquetas, se pregunta si tendrá algo que ver. Se le vuelve el "esto es Argentina" y se pregunta que coños querían decir con eso. Se le vienen los adolescentes que estaban en el rio y piensa en ese "medio" al que se referían, se pregunta si ese "entre" del que hablaban no será aquello que no pueden ver las señoras que preferirían no vivir en la Argentina. Se pregunta, también, si el presidente que quizás vaya a ser destituido no habría estado movilizado por ese "entre", por ese "medio" que hace que los acontecimientos se valgan si mismos. "Entre" en el que a veces el hombre se mueve, suspira, grita, habla pero palpita cuando habla y entonces se calla porque algo lo moviliza y se desliza por alguna otra cosa que, como dije, está mas allá de lo se ve y se toca, de lo que se vende y se compra, mas allá de un auto, un celular, una ropa, es otra cosa que lo une a otros hombres y que a su vez le permite volar y ver, desde el cielo, que la insistencia de poner sobre la mesa siempre el menú que alimenta el miedo, la paranoia y la desconfianza representa una especie de decadencia existencial. Porque cuando esas sensaciones tristes se generan sólo como causa de pensar incesantemente en la posibilidad de que otro te saque un objeto material que tanto te ha costado ganar, que tanta plata te ha salido, con tanto esfuerzo para la plata y para la compra y luego para que te lo roben y luego para hablar de eso con tus amigos, con tu marido, en el trabajo, en la tele, en el cumpleaños, constatamos lamentablemente que se ha consolidado un circuito infame que hace tiempo funda comunidad.

Ella se pregunta si todo eso no será consecuencia de la seria dificultad, sino de la imposibilidad, de imaginar existencias fundadas en otro tipo común con los demás. Y si esa dificultad, no será causa de continuos robos, asaltos y hurtos a valores que incitan comunes más estimables, o al menos para ella, más deseables. Lo cierto es que siente, acabando el día, que el circuito infame ha logrado instalarse. La pregunta, ahora, es si habrá llegado para propagarse o si será posible que masivamente se comiencen a elegir aventuras más interesantes. Porque si no y entonces sí, será el ocaso de la seguridad que daría la tranquilidad de saber que este mundo tiene tierra para todos o que, al menos, estamos en la aventura de imaginar cómo hacer para que así sea. Porque si no, y entonces sí, reinará para siempre el festejo coordinado del mísero budín individual.

Apaga la tele, descorcha un vino y se sirve un vaso, piensa tomarse toda la botella, se dice, para sus adentros, "Vaya manera de terminar el día".

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                                                                                              LUCÍA BRIGUET

                                                                                              LUCÍA BRIGUET



[1] "Elige tu propia aventura" (título original en ingles: Choose your Own Adventure) es el nombre de una serie de libros juveniles de ficción que se publicaron por primera vez en el año 1979 y que poseen la particularidad de que el lector tiene que tomar decisiones sobre la forma de actuar de los personajes lo que lo lleva a diferentes devenires de la historia.

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Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-