Parodias
Publicado en Parodias el 7 de Agosto, 2007, 21:19
por Saulo de Metatarso
Figura Barthiana – Ejercicio
Cenar al fin con ella merecía un premio al no darse por vencido. La había halagado con frases tipo “sos la mina más linda que conozco en la vida real”, y con un arsenal de boludeces para seducirla. Al fin estábamos los dos, en ese restaurante íntimo, bien atendidos y ya eligiendo los vinos. Cuando la pasé a buscar lamenté haber comido tantas frutas y no haberle mandado un mensaje –¡me demoro quince minutos!- para quedarme sentado en el baño, con un libro en las manos, esperando vaciarme al fin. Me estaba cagando.
Consciente que hacerme el boludo no sería eficaz para ganarme a Gabriela, opté por contarle que estaba de novio, que estaba todo bien; y que hacía un tiempo había decidido que la vida era hoy, por lo que me importaba mucho conocer gente tan copada como ella. La experiencia me indicaba lo importante de escuchar, así que antes le pregunté si estaba en pareja. La explicación y rodeos que me dio para decirme que estaba enamorada de un ingeniero que vivía ahora en Australia, que no se veían nunca, que no sabía lo que el tipo quería, no hizo más que confirmar mis sospechas que las minas independientes y liberales me gustan pero son un conflicto constante.
La excusa que le había metido a Laura para salir sólo era estúpida, pero eficaz. Un encuentro de ex alumnos, que mi novia no conocía y que yo detestaba. Y ahí estaba, frente a una mina con unos ojos de cielo y con ganas de irme al baño, tratando de que el ruido de mis tripas no supere a la música instrumental y los sonidos del restaurante.
Elegir la comida no me fue más difícil que hacer de cuenta que me interesaba. Hubiese preferido tomarme un té de manzanilla y sentarme en el baño con la bata y las pantuflas y tratar de que todo pase. Pero ahí estaba, colgados de la pared los retratos de Cortázar, Bioy y Borges, en blanco y negro y con miradas perdidas en el horizonte, tipo el Che; y esperando que nos sirvan la comida que no quería comer. Peor hubiese sido que desde las paredes me mirara Carver, o Chéjov. Se burlarían desde sus cuadritos. Desbaratarían mis estúpidas poses.
Cuando se levantó para ir al baño, su perfume me llegó de nuevo, y cuando se iba, no pude dejar de mirarle las caderas de potranca. ¡Que buena estaba! Y bueno, el sacrificio de escuchar cómo ella pensaba que yo era un chanta por tener novia y estar con ella esa noche, tal vez valdría la pena. Solo tenía que ir al baño yo también y seguir convenciéndola con mis ocurrencias, que se meta el orgullo donde le entre, y que se entregue de una buena vez.
Fui yo también al baño, pero los nervios y el inodoro desconocido, retuvieron lo que antes pugnaba por salir. Llegó la comida, la charla fue dentro de todo interesante, y las horas pasaron bastante rápido. Yo ni recuerdo todo lo que le dije, seguro fui amoldando mi discurso a lo que creía ella quería escuchar. Pagamos y nos fuimos.
En el auto prendí fuerte la radio, mis tripas estaban más revoltijadas que antes, pero ella quería que baje el volumen para seguir charlando. En un momento no aguanté más, y le dije que escuchaba un ruidito raro, en el escape aparentemente. Me bajé y le pedí que a mi orden acelere. Cuando lo hizo, me tiré un buen pedo, que el ruido del motor por suerte tapó. Podía continuar un rato más la charla y seguir paseando.
Tarde ya en la noche, me invitó a subir a su departamento. ¿Si Marco Antonio hubiese tenido diarrea el día que conoció a Cleopatra, la historia sería distinta? Le di un piquito, ella cerraba los ojos; y le dije que no, que no quería cagar a mi novia, que ella tenía razón. Después de todo se merecía un poco de mi cinismo ¿O no era ella quien un par de horas antes me había enrostrado su moralismo barato? Ella pensó que mi transpiración era por nervios, no tenía ni idea de mi necesidad de evacuar.
************************************
Estoy en mi baño, al que llegué rajando, pensando que quedé como un cagón. Y lo soy. Me pongo a leer un cuento de Alfredo Bryce Echenique: “Muerte de Sevilla en Madrid”. No me queda más que reírme de algunas casualidades. ¡Que bien se siente el cuerpo vacío! Otra vez será, Gabriela.-
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Publicado en Parodias el 16 de Agosto, 2006, 23:29
por dvaldez
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Yo
un muro de alabastro
y vos en la cola del súper.
Me dabas la espalda
esa mil veces recorrida.
Te diste vuelta
y mientras las piedras
recorrían con estrépito
el largo camino del olvido
olí la nostalgia
soporté el desapego
Me doblé rama de sauce
y caí.
Desde el fondo del pozo
reflejos de tu pelo
un atisbo de facciones
tu voz.
Las piernas ya no sostienen
olvidan y flotan.
Los brazos, flecos vacíos
ondeando
yo quise
pero no pude.
Monosílabos
quizás, tal vez.
Me da lo mismo
Al final
la misma espalda.
El mismo pelo
sin facciones ya.
Me voy
vacío
juntando las piedras
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Publicado en Parodias el 8 de Julio, 2006, 19:04
por Any
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Sigo ciega de tantas cosas.
Un ser humano obligado
en la aurora
de anotar los olvidos
y quemarlos luego al anochecer.
Pero no, siempre es tarde para la desidia.
Nunca llego al punto exacto
en el que todo se discurre.
No me despierto más.
Tampoco sueño.
Ni bailo bajo la lluvia.
Un tiento de domingo
caminándome sin forma.
Soy más que un domingo gris.
La llave, la cuchara, el escalón,
y un bastón que no tengo
donde apoyar mis ideas.
Todo eso me robaron
la pasada primavera.
Estar ciego es la virtud
que necesito para evitar mi muerte.
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Publicado en Parodias el 9 de Mayo, 2006, 15:29
por Omarmay
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-Te conseguí algo para vos, tenés que dejar de buscar princesitas y mirá como está esta mujer- me decía Ariel Arnaldo con todo entusiasmo-ahora te paso el mail y llamala para salir.
-Pará un poco-le digo- bajá un par de cambios. Dejame elegir a mi por lo menos, no me pongas en compromiso con alguien que ni vos conocés. Y dejate de joder todo el día en esos club de solos y solas por internet.
-Te mando la foto, es una barbaridad,-insistía Ariel Arnaldo- ya le pasé tu correo y le dije que la pasabas a buscar esta noche.
-Pero yo no te dije que quería salir esta noche. Además-ya me estaba poniendo nervioso-no estoy en liquidación en alguna mesa de saldo y retazos.
Parece mentira, esto que los amigos te presenten o te busquen alguien por que estás solo. Pero la curiosidad puede más , me fijo en el mail y veo una morocha delgada con unos ojos verdes impresionante, me pasa un perfil infartante y el número del celular para que la llame. Cuando llamo, del otro lado de la línea me atiende una voz sensual y grave, tipo Adriana Varela y ahí nomás el lobo en cautiverio pierde el control y la invito a cenar,- que la pase a buscar a eso de las diez-, me responde.
-¿Qué auto tenés? -me interroga interesadamente- .
-No tengo auto. Tengo una Express.
-¿Y eso que és?- Me dice con asco.
-Un utilitario blanco, como las de reparto- le digo medio molesto-.
Llego a eso de las diez y cinco para no demostrar desesperación, toco el portero eléctrico y me dice que ya viene. La espero en la vereda junto a la Express , para presentarme caballerosamente y abrirle la puerta (la primera vez siempre lo hago), y me quedo recostado al capot.
En eso llegan cuatro o cinco pibes y pibas y se empiezan a pelear entre ellos, yo al principio conciliador- Pibes no se peleen –( va a venir la mina y estos en pleno quilombo)-, después,- porque no van a la plaza López y arreglan allí sus cosas-, y al final entre medio de la rosca separando a los chicos para que las pibas no los amasijaran.
En eso, una señora encorvada, con un gamulán puesto, me toca y me dice :
- ¿Sos Omar?-. Me arreglo el pelo y la remera y le contesto –si señora.
- Hola yo soy María Liliana, que lío meten estos chicos ¿no?.
Yo la quedo mirando azorado, la vieja hijaderemilputas me mandó una foto de la década del 70 cuando iría, con ese gamulan seguramente, a los asaltos.
-Vamos a cenar –me dice con toda su sonrisa-pero primero pasemos por una farmacia.
No creo que vaya a comprar anticonceptivos, pienso ironicamente, hace tiempo que está retirada, pero igual le pregunto para no ser descortés, si era urgente.
-Si –me responde- si no tengo alplax no puedo dormir.Me muero si no los tengo.
Y porque no se terminaron ayer, pienso mientras la espero, pensando si irme y dejarla plantada o darle todos los alplax juntos a Ariel Arnaldo .
-Comemos algo rápido por acá ,le digo como para huir lo antes posible.
- No- me dice-, vamos a Las Tinajas que es mas variado- cuando le quería explicar de las bondades de un lugar del barrio Las Flores, a esa altura prefería que me violaran o robaran antes que me vean con esa vieja .
- Yo como livianito de noche- le decía como para hacer corta la velada. -No te preocupes, comés lo que vos quieras-insistía-.
Mientras pido el vino, la vieja parte raudamente a servirse en las distintas góndolas y parrillas y aparece con dos platos inmensos llenos de comida fría y caliente juntas, desde mariscos a huevos duros, sushi a pollo relleno con ravioles y no se cuántas cosas más. No te hubieses molestado por mi le digo.- No andá y servite ,esto es para mi –mientras se disponía para el festín .
Entran unos mariachis y para ver si dejaba de comer le doy la espalda y digo que me gusta la música. Son malísimos,- me dice con unas costillas de cordero en la mano-, mi ex pareja es músico . Era primer redoblante de la banda del ejército.
-¿Qué ya no es más- le digo con sorna-, algún problema con el saxo tenor tal vez?.
-No, hizo carrera y se jubiló como sargento 1ro. Ahora es manager de los grupos musicales de las cantinas-mientras le daba a todo lo que era postre.
Como no había forma de arrancarla de los distintos platos, digo que la comida me cayó mal, y que me voy urgente a la guardia médica, te dejo en tu casa – de paso me fijo si no vi el cartel del geriátrico y si es clandestino, denunciarlo por la falta de alimentación a los internos.
Sigo del otro lado.
*Esta es mi experiencia en internet que lo hice para el cumple de Paula Aramburu.
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Publicado en Parodias el 4 de Mayo, 2006, 16:58
por Soy_Cacho_de_Bs_As
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Dirigido al programa "Radiofóbicos", en respuesta a su irresponsabilidad periodística y abuso de humor absurdo.
Confundir un gnomo con un duende; un pitufo con un enano de jardín; desinformar a los oyentes impunemente atribuyéndonos a los ornitorrincos: picos de pato, colas de topo o mecanismos inorgánicos de locomoción como engranajes de madera. Poner en duda nuestra real existencia en tanto criaturas de Dios; catalogarnos como "monstruos combativos" y atribuirnos actividades subversivas tales como masajear doncellas en paños menores al mejor estilo "rubro 59".
Todos estos apelativos y falaces descripciones han llegado a herir en sus fueros más íntimos el sentimiento colectivo de nuestra bastardeada especie. No es justo que razas infrahumanas, como el ornitorrinco australiano o el pitufo Enrique del Sur, sean injuriadas poniéndolas a la altura de personajes de dudosa existencia, llámese San Martín, Bin Ladden o Pepe Parada. Como si esto fuera poco, todo relatado por un desfachatado linyera opinólogo apodado "Roy", quien se jacta de ejercer el pordioserismo profesionalmente y cuyo comportamiento no hace más que reflejar los efectos nocivos que provoca en su cuerpo la ingesta desmedida de vitaminas B1 y B2 provenientes de su extraña afición a los troncos de eucalipto, ovejas preñadas y otros alucinógenos.
Creemos que estamos ante un caso de abuso de la libertad de expresión que no hace más que incitar la mofa de la sociedad, perjudicando notablemente nuestra reinserción en el sistema capitalista.
Por todo lo dicho exigimos se nos ofrezcan las disculpas y retractaciones pertinentes, de manera que nuestra dignidad y orgullo sean reivindicados al puntos de reafirmar nuestra identidad como seres vivos y, eventualmente, dotados de los mismos derechos que cualquiera.
De otro modo, no nos quedará otra alternativa que la revolución violenta. Los sectores excluidos, ya sean organizaciones ornitorrincas sin fines de lucro, gremios y sindicatos de pitufos proletarios, consejos de hadas madrinas y duendes traviesos del bosque tomaremos por asalto el Estado apropiándonos de sus medios de producción. Todo esto en nombre de un nuevo Estado provisorio, al que llamaremos "Ornitongrado".
Cuando esto haya ocurrido, emprenderemos una dictadura ornitorrinca, en la que serán perseguidos y castigados todo aquellos que no adhieran a la causa, al igual que quienes hayan colaborado directa o indirectamente en nuestra difamación.
Sus bancos serán saqueados, y sus caudales destinados a subvencionar instituciones de bien público como Greenpeace, La Liga de Amas de Casa, los sex shops y los telos.
Además, asaltaremos y tomaremos el control de todos los medios masivos de comunicación, incluyendo el vuestro. De este modo, no habrá mas Show Match, ni Susana Giménez ni Radiofóbicos. Sólo serán emitidos documentales de Discovery Channel sobre ornitorrincos, con lo cual no sólo nos apoderaremos del raiting sino que, luego de un progresivo desgaste psico-audiovisual, obtendremos el control ideológico de nuestros nuevos súbditos, los humanos, a quienes llamaremos "tontos". Olvidarán sus antiguos nombres y se llamarán a sí mismos "tontos", los unos con los otros, irremediablemente, hasta destruir sus egos por completo. Esta homogeneidad nominal que les hará perder la identidad por completo provocará suicidios masivos que significarán un ahorro de hasta el 22,4% en nuestro presupuesto militar, resultando, de allí en más, superfluo cualquier medio de coerción física. Dicho capital ahorrando será posteriormente donado al gran Cacho Castaña para la edición de un futuro trabajo discográfico que fusionará sus ya conocidos tangos con el punk rock y sonidos nuevos como la cumbia rap o el hardcore gay antifascista.
Cuando hayamos logrado la hegemonía y el capitalismo pro-despectivo haya desaparecido por completo, la lucha de clases será un hecho de pasado y seremos felices los ornitorrincos, duendes, pitufos y demás adherentes a la causa.
¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!
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Publicado en Parodias el 16 de Noviembre, 2005, 12:50
por gabrielagervasoni
Igualito a Robert Redford 
La sorprendió un estruendo. Después se mantuvo un rugido violento que venía de afuera, del balcón. En el living también pasaba algo extraño. El ventilador giraba en forma casi sobrenatural. Los objetos volaban, algunos rozando el cuerpo de Clara. El ruido y el viento se sintieron durante un largo rato, hasta que ella decidió salir al balcón. Se enfrentó a una escena majestuosa, entre aterradora y mística. El helicóptero estaba suspendido en el aire, a escasos metros de la baranda de hierro. Parecía colgar del piso de arriba, como una lámpara o una telaraña. Adentro había dos hombres, con gorras idénticas de color negro y auriculares. Los tripulantes tiraron un paquete que, por efecto del viento, voló y terminó rompiendo el blindex de la mesa ratona. En medio de la tormenta que había irrumpido en su departamento, Clara pudo entrar al living justo en el momento en que el ruido y el viento cesaron. Estuvo algunas horas sentada con las piernas replegadas observando el paquete cerrado. Estaba perturbada, emocionada y de alguna forma contenta. Finalmente lo abrió y encontró una nota. En letra grande y redondeada, casi femenina, alguien había escrito sólo dos palabras. ¿Quién podría ser capaz de montar semejante escenografía nada más que para dejar unas palabras anónimas? Un millonario, un artista, un loco... Clara no pudo pegar un ojo en toda la noche. Los vidrios en el piso y el desorden del departamento eran una realidad verificable por lo que, a pesar de lo absurdo de la situación, ella no estaba loca. Después, comenzó a elucubrar explicaciones para los vecinos, seguramente alborotados por el incidente. ¿Habrían llamado a la policía, a los bomberos? Al otro día se fue a trabajar. Esquivó la mirada de los vecinos, temerosa de que le exigieran explicaciones. Nadie le habló, parecía que todos habían olvidado el escándalo de la noche. A los cinco días volvió el estruendo, el rugido de un motor, el viento indomable. Esta vez los efectos fueron más violentos, porque las puertas y ventanas estaban abiertas de par en par: Clara quería asegurarse de que el helicóptero no pasara desapercibido para ella. Volaron libros, fotos, revistas; rodaron las macetas y los cuadros. Esta vez los esperaba. Ya no tenía la cara de espanto de la primera vez, sino el gesto exagerado del que quiere seducir, encantar. Había elegido un look falsamente casual o neodoméstico: bata de seda a la rodilla, camisón haciendo juego y lencería negra sobre la piel brillante y perfumada. Los pies descalzos. Previendo el huracán mecánico se había recogido el pelo en un rodete. Le endulzaba los labios un brillo casi imperceptible. Le costó llegar hasta la baranda del balcón, caminaba contra el viento y el cuerpo le pesaba. Se cansó de gritar "¿quién es, quién es?" No escuchaba y tampoco podía ver las caras de los dos hombres (aparentemente los mismos del primer abordaje). El viento le cerraba los ojos, la cortina le azotaba la espalda. Las lágrimas, el polvo y el viento apenas le permitían ver. ¿Quién es, quién es?, repetía. Arrojaron otro paquete que, ésta vez, destrozó el vidrio de la puerta del balcón. Ella rescató el regalo hurgando en los restos de cristal, arrepentida de no haberse calzado para la ocasión. El dolor de los vidrios penetrando en la planta del pié y en las manos sirvieron para sumarle realidad a la situación; ante la evidencia de la sangre no podía dudar que estaba despierta. El paquete tenía otra nota idéntica a la anterior. Casi no pudo volver a dormir ni comer. Usaba los días sólo para trabajar y las noches para pensar explicaciones y revivir los dos hechos más asombrosos de su vida. La situación le recordaba una escena en la cual Roberto Redford lleva a Demi Moore en un helicóptero para tener sexo en un crucero gigante que los espera en medio del mar. Inmediatamente el remitente adquirió cara, cuerpo, historia; y fue igualito a Robert Redford. Pasaron tres noches insomnes, eternas, hasta que el helicóptero volvió a flotar al borde del balcón. Volvieron el ruido, la hélice enfurecida y el huracán individual. Esa noche había tantas estrellas en el cielo que daba miedo. Se había puesto un vestido negro y ajustado, llevaba el pelo atado en una cola alta y lacia. La puerta del balcón estaba cerrada (adrede) y sobre el vidrio Clara apoyó un cartel. "¿Quién es? –¿Who is? -¿Chi é?- ¿Qui est?" rezaba el cartón. Estuvo segura de ver que uno de los hombres acercaba la vista para leer la pancarta y después notó que los tripulantes hablaban, pero le fue imposible leer los labios o comprender sus gestos. Entonces, con gran esfuerzo, abrió la puerta del balcón; el tornado literalmente chupó el cartel. El helicóptero partió y, entre los vidrios de la ventana de la cocina que quedaron pulverizados sobre el piso, Clara encontró otra cajita envuelta en papel dorado. Tampoco pudo dormir esa noche, ni la siguiente. Pegó las tres notas (idénticas, anónimas) sobre el espejo de su cuarto. Había entrado en una locura inmanejable, lo único que lograba hacer era leer las cartas y esperar a que el desconocido se mostrara. Ya no pensaba en los vecinos, no le importaba la ruina en que había quedado convertido su departamento y, menos todavía, su trabajo o los amigos que alguna vez había tenido. Cuando le revoloteaba la idea de que estaba soñando se miraba los pies y las manos lastimadas, consultaba las facturas de la vidriería y sobre todo, despegaba del espejo las escuetas declaraciones de amor. Ningún vecino, ni siquiera la portera (que vivía del oxígeno de los chismes) le preguntó jamás que pasaba en su balcón algunas noches tormentosas. Evidentemente estaba rodeada de insensibles, de personas con los sentidos gastados y sueño pesado. En algún punto le hubiera gustado que se percataran del revuelo que un hombre, igualito a Robert Redford, era capaz de levantar sólo por acercarle una nota de amor. No dejaba de pensar en el momento en que el galán (seguramente bastante maduro, como el actor) asomara desde el helicóptero estirando el brazo para subirla. Veía su brazo fuerte, masculino, los gemelos dorados cerrando un puño ancho y por fin las manos grandes arrancándola del sexto piso. "Un pañuelo", pensó, "la próxima vez tengo que ponerme un pañuelo en la cabeza; tipo Jackie, o como en Casablanca..." El cuarto descenso del helicóptero la encontró más Marilyn que Jackie, recostada sobre el sofá con bastante champagne sosegándole las ideas. El vestido blanco le apretaba la cintura y la falda se abría en un vuelo que habría sorprendido al mismísimo Arthur Miller. El escote profundo denunciaba la ausencia de lencería y las sandalias (altísimas) le alargaban las piernas premeditadamente. Sobre una bandeja esperaban entrar a escena un pañuelo de gasa, las tres notas y una copa vacía. El helicóptero se acercó más que nunca, con movimientos sensuales, atrevidos. Parecía estar dentro del balcón. Clara se sujetó el pañuelo y levantó una nueva pancarta. "¿Quién es? –¿Who is? -¿Chi é?- ¿Qui est?" Era una pregunta desesperada. Agitaba el cartel con esfuerzo, mientras se sujetaba el vestido (la falda se le pegaba a las pestañas pastosas). Las plantas se le venían encima. Trastabillaba sobre las sandalias blancas, que apenas podía dominar. Terminó tirándose al suelo para evitar rodar balcón abajo. Con la mano derecha se aferró al envoltorio dorado mientras con la otra se sostenía de la reja. Tragó un poco de tierra del cactus mexicano. El helicóptero partió muy lentamente y mientras se alejaba, la tranquilidad volvía al sexto piso. Las incómodas sandalias le facilitaron el paso hacia el living, otra vez cubierto de cristales. Gracias al Chandon y el estímulo adicional de un Valium (siguió el estilo Marilyn hasta el final) esa noche durmió. Esta vez el paquete había chocado contra ella y, como había pasado con casi todos los vidrios que daban al oeste de su departamento luminoso de dos dormitorios, ahora ella estaba destrozada. Dijo que lo peor de la cuarta nota no fue que iba dirigida a una tal Perla, sino el final, donde el misterioso millonario, artista o loco había escrito "SOY YO". También comentó que, por vergüenza, sólo le contó lo que había pasado a una persona, según ella, la única capaz de creerle y no mandarla a un manicomio: el vidriero.
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Publicado en Parodias el 8 de Noviembre, 2005, 14:11
por Omarmay
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Que lo parió. Miro el triciclo y me emociono de solo pensar las satisfacciones que me va a dar este pibe. Desde que nació lo sabía, por eso le puse Juan Gabriel.
-¡Cómo el arcángel! - exclamó la madre- emocionada mientras se persignaba.
-No boluda -le dije- como los hermanos Curuchet, glorias del pedal argentino. Juan es fondista y Gabriel velocista, y éste, seguro trae esas condiciones.
Que emoción cuando vió el triciclo. Con apenas doce años, ahí nomás se le subió y sin que nadie le dijera nada, salió velozmente por la vereda, si eso no es una intuición natural que venga Dios y lo vea.
Le colgué dos plumas al manubrio, en símbolo de las alas que le darían los hermanos Juan y Gabriel para que vuele en las distintas competencias. El chupetito es para que no pierda la inocencia en el mundo profesional. Si, porque a éste lo hago correr. Fijate que hasta la pintura le hace saltar de lo rápido que va.
-A mi me parece que está oxidado y descascarado desde que lo juntaste del volquete -le decía Américo Ruben, vendedor de churros y tortas fritas como el padre orgulloso del futuro ciclista.
-¡Claro que está oxidado! no te digo que cuando llega a la esquina da la curva parado en los pedales y se desprende la pintura, ¡en dos ruedas las da el guacho!.
-No te parece que está un poco gordo,-le dice indiferente Américo Ruben- porque no probás con el fulbo, así adelgaza un poco, como yo, y aflojale a los churros.
-A éste lo alimento bien, nada de pichicatas como los gringos y los maricones de los tenistas. Con los churros y tortas fritas que me sobran, más un buen mate cocido con leche para que los ablande, le hago desarrollar masa muscular. Ya vas a ver que sale bueno.
-Bueno, entrenalo bien, porque así mas que correr va a terminar aplastando al triciclo y para que lo aguante va a necesitar tu bicicleta de churrero-decía Américo Ruben recostado a un árbol.
Puta madre, nunca faltan envidiosos -pensó para sus adentros-, por eso le colqué un amuleto para la suerte y espantar las malas ondas, para que me lo proteja y acompañe. Siempre aparecen nubarrones en los sueños y alas para volar que uno le pone a sus hijos, como si quisiera que termine vendiendo churros y tortas fritas como él y... como yo...si no supiera que todas las pompas son fúnebres. Te tiran pálidas, te lo quieren bajar, pero los hermanos Curuchet con su bendición me lo llevaran, tirando los dos para que suba, siempre parado en los pedales, al cenit celeste y blanco de gloria que le espera.
-Dale Pancho, dejate de soñar que ese lechón lo único que puede correr es atrás de un choripan -le inistía Américo Ruben- vamos a vender unas tortas al Parque Urquiza. Es la hora del mate.
-Pará, acomodo las de ayer arriba así salen primero- contestó- y las de hoy me las guardo para Juan Gabriel, medalla de oro, mientras besaba la foto del campeón del pedal.
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Publicado en Parodias el 20 de Octubre, 2005, 17:18
por Omarmay
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El Bizco Giménez siempre conducía su desvencijada bicicleta raudamente. Un desesperado. Como un poseso del pedal rumbo a la ciudad. En realidad no padecía de estrabismo, era tuerto nomás. El ojo izquierdo se lo había vaciado con el manubrio de la bicicleta en una rodada, pero él, juraba y rejuraba que había sido en un entrevero prostibulario, una noche de timba y mujeres, en los años mozos.
La piedad de los parroquianos, la misma que autoriza a los grandotes a decirles chiquito y rengo a los paralíticos, lo nombraba cariñosamente "Bizco", intimidados, además, por su mal carácter.
No era el único cambio que el ojerizo había impuesto a su personalidad, ya que a Bruno Giménez, como había sido anotado en el Civil, lo cambió por Jiménez , para diferenciarse del padre que le había dejado como herencia todas las ETS (Enfermedades de Trasmisión Sexual) que hubiera, y una chacra, en su afán de perderlo todo en cuanto juego y desliz amoroso se le presentara.
Al apellido materno lo desconocía por completo, como a su madre, lo único que sabía era que su abuelo se había enamorado de un lancero de Catriel y se había ido a vivir con él, con lo que se convirtió en el único conquistado en la Campaña del Desierto.
Cansado de pedalear las cinco leguas que lo separaban de su cracrita (si así se podía llamar a esa media héctarea llena de yuyos y un rancho que se caía a pedazos, sostenido mas bien por las vinchucas en "defensa de la vivienda única"), se detuvo en un recodo del camino, presa de un ataque de tos que atrajo a una mujer solícita en su ayuda. Al llegar, el bizco le estampó un esputo de sangre en mitad del pecho. Entre el asombro y el asco, la buena señora le dió tamaña trompada que lo tiró de culo con bicicleta y todo, mientras profería:
-¡Tuberculoso de mierda, hecete ver...!
Ante la evidencia de su mal y no poder conciliar el daño al vestido de la mujer, se internó nuevamente en la Lucha Antituberculosa, que, con el Bizco Jiménez, perdía siempre. Lo tenían que cuidar y alimentar, que era lo que en realidad le hacía falta. Un muerto de hambre. Un desesperado.
Mientras cumplía su período de rehabilitación, cepillaba a los otros internos en diferentes juegos.
- Debe ser la virtud del ojo hueco -se decian- cuando orejea las barajas, el humo del cigarrillo no lo molesta, y cuando apunta, evita cerrar un ojo para afinar la puntería y en eso...¡nos saca una gran ventaja!.
Cuando ya había esquilmado a todos apelando a sus recursos de viejo fullero, taimado y pendenciero, jugó por una colección de revistas El Tony y D'artagnan y las ganó. Ahí descubrió al Cabo Savino, con quien se identificaría de inmediato, por ser un estoico héroe de las pampas, cuyo coraje consistía en mantener a raya la hambruna permanente, quejarse de la mala paga que nunca llegaba, usando como única arma un rifle siempre sin municiones y su sable corvo, salvador.
Se deliraba tanto con las aventuras del Cabo Sabino, así lo llamaba, como él, que empieza a devorarse con fruicción cuanta revista le cae en las manos, muchas veces untadas con mayonesa, ajo y sal, ya que su ojo único se cansaba de tanta lectura.
Cuando al fin le dieron el alta, preparó su bicicleta. Era lo único que tenía. La había atado con alambres al espaldar de la cama. Se colocó el ajusta-pantalón de acero y salió raudamente del hospicio con la recomendación de que comiera bien: las revistas, no...le dijeron, porque le secaban el vientre.
Como anochecía, el rocío le mojaba las alpargatas y las hacían resbalar como escupida en plancha. A sus pedales solo le quedaban los ejes, y como corría peligro de agujerearse sus escuálidas piernas, decidió apearse en el primer boliche que se le cruzó, mentado como "La arañita de Martita", lugar emblemático de cafishios, tahúres, cuchilleros, pendencias y un cura gay que recitaba poemas del Mio Cid.
Mientras saboreaba una cañita brasilera, hojeó una aventura de Sabino haciéndose el distraído. Recibió el convite de jugar una partida de casín por parte de quien se le presentó como Lunguito, ante el azorado Bizco-Tuerto Jiménez que solo veía a un retacón rechoncho.
- Lunguito porque él -señalando a un hombrón sentado frente al billar- es Lungo Viejo, mi padre, que me adoptó para que juegue en su lugar... es que ya no ve bien...¿vió...? Y el señor de allá, aquél, es Poncho Pastorutti, pero dígale Poncho nomás.
Cuando el Bizco lo miró a Poncho, este se tocó el ala del sombrero con las puntas de los dedos, en una respetuosa y tajante forma de saludo. Vestía de traje y un poncho doblado en cuatro pliegues del lado de la siniestra: la canícula, a esa hora marcaba 40 grados.
Dedujo que era el matón de los lungos, a pesar de sus 84 años. El mote sería por la forma de protegerse con el poncho de las cuchilladas o simplemente para abrigarse.
La primera partida la ganó holgadamente el Bizco Jiménez. Por supuesto, el desesperado redobló la apuesta, retando además a Lungo Viejo por todo el resto que le quedara. Pero en esta partida la cosa no fué igual, entonces, cuando comenzó a presentir que iba a perder, afloró desde lo mas profundo de su ser la decisión de hacer lío, no pagar y salir corriendo con la bicicleta de tiro.
Empezó a hacerse el discutidor (¿ofendido de qué?), un tanto echando parada de guapo, pese a su esmirriada figura y esos ajustapantalones, sempiternamente calzados, dándole ese aire intemporal y patético.pero entonces, Lunguito advirtió la jugada y con el taco del billar en la mano le dijo intimidatoriamente:
-Págame aguja, porque te parto la cabeza.
La ofensa encrespó al Bizco Jiménez. Le asaltó la duda primaria si le había dicho aguja por lo flaco o por tener un ojo solo. Desde lo mas hondo de sus entrañas sintió que le subía el coraje prestado del Cabo Sabino, y ahí nomás se llevó instintivamente su mano a la espalda en busca del cuchillo.
Ante ese apronte del Bizco, Poncho se cubrió el brazo, acarició el frío mango de su facón, y tembló ante ese contacto. O por el reuma crónico, vaya a saber...
Se quedó expectante ante los movimientos en pinzas de Lungo Viejo y Lunguito, rodeando al Bizco Jiménez, que con una velocidad centelleante sacó de su cintura el inflador de la bici, que era lo único que llevaba.
El sonido que hizo el inflador al desprenderse en sus tres tramos y ver al Bizco Jiménez blandiendo el bombeador, descolocó a sus contrincantes... y al Bizco también. Y tanto, que se dijo para sus adentros apelando a toda la bravura ante la adversidad de los hombres de ese indomable sur -si le hubiera puesto la manguerita, por lo menos, flor de chicotazos les daba-.
Pero ya era tarde, su suerte, siempre ojeriza, estaba echada.
Omar Maya.
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Publicado en Parodias el 20 de Octubre, 2005, 15:41
por gabrielagervasoni
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LOS FUNERALES DE AGENOR
Cuando los empleados estaban a punto de apoyar el ataúd sobre una especie de ascensor que lo llevaría hacia su morada final, alguien advirtió que no estaba la viuda. Roberto Pérez fue a buscarla al bar. Tita estaba comiendo una pata de ternera, entera, a la parrilla. Se había sentado junto a la ventana que daba al lago artificial, donde unos graciosos y delicados cisnes nadaban en círculos.
-Sentate, Robertito, ¿me ayudás con el tinto?
Pérez contestó que no y le pidió que lo acompañara.
-Qué, ¿no lo enterraron todavía? –preguntó ella con evidente disgusto.
-No… te están esperando a vos, sos la mujer…
Roberto pidió la cuenta y cuando giró para salir Tita tomó el último sorbo de vino, del pico, como dándole un beso apasionado y final.
Desde la puerta del bar se veía el tumulto que había congregado Agenor. Los asistentes, a lo lejos, eran sólo una mancha negra, compacta y silenciosa. A medida que Pérez y la viuda se acercaban las personas recuperaban la individualidad y la voz. Se oían algunos suspiros, resoplos, toses impostadas, frases célebres (“quién lo iba a decir”, “se nos fue”), palmadas en los hombros y el sonido de besos aéreos y desamorados.
En la primera fila, justo al borde del sepulcro estaban los dos hijos de Agenor con sus esposas y una prolija hilera de niños rubios y bien vestidos (los nietos). Medio tambaleante (no tanto por el esfuerzo de desenterrar los tacos como por el sopor en que la había sumido el alcohol) la gorda Tita, tal como la llamaba el difunto, se plantó entre sus dos vástagos. Detrás de ellos estaban los amigos: Pérez, Ismael San Andrés, Rubén, el “Palomero” Iriarte y el Rengo Otero. Detrás de esa “barra” se había ubicado el resto de los asistentes.
Pérez pidió a los empleados que esperaran unos minutos, ya que el sobrino de Agenor había ido a buscar al cura para que diera una pequeña bendición o dijera algunas palabras. Todos esperaron en forzado silencio. Cada tanto Tita suspiraba fuerte o inclinaba el pecho sobre el ataúd mientras sus hijos, con gran esfuerzo, la retenían sosteniéndola de los brazos.
Desde la capilla volvió Miguel, el sobrino; murmuraba y traía un paso apurado y torpe.
-Que no, dijo. Que no… que no puede
-¿Que no puede qué? -preguntó por lo bajo Tita.
-Que no lo puede bendecir, que lo llamemos al Pastor Silvestre, me dijo el guacho…
El silencio se transformó en un rumor sostenido, casi un zumbido. Hij… curdemier…pobreciiit... .y, algo…
Tita tomó a Pérez del brazo y le pidió que despidiera a Agenor:
-Sos como su hermano, Robert… Toda esta gente acá, hasta el pedicuro de Agenorito vino… y se van a ir así, si unas palabras, un rèquiem.
Pérez se negaba con voz muy baja, con gestos suaves. Mientras el rumor crecía, Tita seguía exhortando al amigo. Tras largas súplicas de todos los asistentes, quizá conmovido por la voz dulce de la nieta mayor de Agenor (que mientras le pellizcaba la nalga imploró: “por el lelito te lo pido”) muy de mala gana Roberto se abrió camino hacia donde estaba su amigo.
De nuevo imperó un gran silencio, interrumpido apenas por el revoloteo de un cuervo sobre las cabezas de los asistentes. El animal se posó sobre un pequeño pino cercano al sepulcro y desde allí presenció el resto de la ceremonia.
Pérez se cruzó las manos detrás, sobre la cintura y mientras miraba el suelo, tosió un poco, como buscando el tono. Después, mientras el gentío, ansioso, lo miraba esperando sus palabras, dijo:
-Agenor...-e interrumpió el discurso. Tita se arrepintió de haberle pedido que hable justo a él, un tipo menos carismático que Binner, con menos verba que el Lole... La consoló pensar que fue una salida de emergencia, ante la negativa del desgraciado del cura.
-Agenor fue… -siguió Roberto. Mantenía la mirada en el piso y las manos atrás, pero ahora se balanceaba con algo de nerviosismo- fue…
Las caras se desfiguraron, el cuervo se mantuvo en vuelo rasante sobre el sepulcro y personas que asistían a otros entierros se acercaron para escuchar el discurso que, ahora en voz alta y clara pronunciaba Pérez:
-Fue… bostero, un liberal hijo de puta y gaaaaarca… eso fue este hijo de puta. Lástima que se no se murió antes, así hubiera jodido menos gente.
El cuervo seguía haciendo piruetas, sobrevolando la ceremonia. Poco a poco, la gente pareció ir saliendo de la sorpresa para sumergirse, casi gozosamente, en las palabras de Roberto. Fue un momento majestuoso, inolvidable y conmovedor… de la tierra surgió un clamor popular y sincero, un grito que cubrió el Memorial Park of Roldan y llegó hasta los oídos inertes de Agenor:
-¡Hi-jodeputa, hi-jodeputa!
(Dicen los empleados que tuvieron que sacrificar al cuervo, porque no había forma de separarlo del cajón).
Gabriela Gervasoni
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Publicado en Parodias el 20 de Octubre, 2005, 15:25
por Lorena Aguado
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Hacía una semana que me venía sintiendo Julia Roberts. Linda como Julia, alta como Roberts. Lo que me gustaba de ella era que daba lo mismo si era una prostituta, o una víctima de la violencia de su marido o estuviera sola en el mundo, desocupada y con tres hijos. Siempre estaba impecable, hermosa, delicada y con los dientes blancos y parejitos.
Así me sentía yo desde ese día que lo conocí.
Como siempre, salí a trabajar y vino hacia mí, un auto hermoso, elegante, negro y con techo amarillo. El tipo que manejaba me lanzó una mirada cómplice y fui yo la que preguntó cuánto cobraba.
Sin pensarlo, me acomodé en el asiento trasero forrado de un plástico transparente que hacía ruido cada vez que me movia. Eso me incomodaba, pero más me incomodaba él.
Era muy parecido a Richard Gere. No era castaño, ni tenía una mirada seductora, y mucho menos era elegante, pero tenía un aire.
Mientras hablábamos, a mi me empezaron a salir los subtítulos por debajo de la cadera, comencé a tratarlo de tú, una cosa rara en mi, incluso en un momento él me preguntó si era extranjera y yo le respondí: "Soy de aquí, como tú".
Dos minutos más tarde el auto se detuvo y nos despedimos con un insólito y vaticinador "hasta mañana". Y así transcurrieron los días, casi a la misma hora pasaba el Renault 9, modelo 95, joya, siempre taxi y a medida que se acumulaba el número de ascensos y descensos, él redondeaba el vuelto a mi favor y yo me sentía cada vez más Julia Roberts en Pretty Woman.
Recuerdo que una vez me vestí de rojo y le pregunté si le gustaba la Ópera. Él me miró por el espejito retrovisor, sonrió largamente (algo que siempre me gustó de Richard Gere) e hizo un chiste muy malo sobre unas obleas rellenas.
Pero antes de ayer me lo encontré a la salida de la oficina, algo raro en él.
Estaba esperándome dentro del auto con la ventanilla baja, cantando un tema de Roxette que sonaba a todo trapo en el estéreo desmontable. Le pregunté: "Qué haces aquí", pero él no me escuchó. Me invitó a subir al auto, y esta vez levantó el seguro de la puerta de adelante.
Yo justo había ido a la peluquería a hacerme unos rulos parecidos a lo de Julia, pero no me había depilado, eso me angustiaba un poco.
Fuimos a tomar un café. "I´d like a cup of coffee", le dije a la moza, y ella con mirada extraña me dijo "OK".
Hablamos durante horas. El no era separado, su padre no le había dejado una fortuna, ni siquiera tenía un socio más ambicioso que él y por lo visto tampoco tenía un peso para regalarme un puto collar.
En eso, cuando ya la cosa no daba para más, Richard decidió llamar a la moza para pedirle la cuenta y vocalizó la primera propuesta de la noche: "¿Vamo a un telo?"
Y yo no sé qué me pasó, pero miré hacia la calle y recién ahí lo miré a él. Sentí que tenía que tomar una decisión. Pensé en la sonrisa blanca de Julia y en sus películas. ¿Qué haría ella en mi lugar?
No sé cuanto habré tardado, pero finalmente resolví pegarme un buen revolcón. Y al otro día, temprano a la mañana, levanté el teléfono y cancelé mi cita con el dentista.
... Lorena Aguado ...
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