"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Parodias


IRIS PAULINI

Publicado en Parodias el 8 de Octubre, 2013, 12:31 por MScalona

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Y A PESAR DE TODO...

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Y a pesar de todo, de lo mal que la estoy pasando ahora, aquel verano me parece en cierta manera feliz. El papa súper man de mi ex, nos invitó a la playa; para el que compra 100 gramos de paleta en vez de jamón cocido, esta invitación, es como abrir un paquete de galletitas o de puchos sin que se te quiebre antes de llegar al final de la tirita roja engominada ( léase golazo de media cancha).

De haber leído menos a Herman Hesse y más “Oh la la”, hoy tendría marido o la clara convicción de que jamás de los jamases se debe vacacionar con la familia de “ellos”.

No sé cuántas horas de auto fueron de un tirón para llegar a la tierra de la alegría, donde todo el año es carnaval;  yo, con mis tres palabritas aprendidas en el viaje, que me iban a abrir más puertas que las típica tire y empuje: presunto, queiyo y obrigado(esta última agregada como técnica infalible  para que el sándwich fuera realmente grande).

El lugar, pipi cucú, no sé si tanto como me lo dibujaron, pero al menos, era verdad que desde la galería de la casa que estaba en una planta alta, veíamos el mar. Un mar mucho más trasparente que el de “la Feliz”. ¿Qué más puedo pedir, se preguntaran ustedes, o me preguntaba yo? Con el transcurso de los minutos y tal vez siendo una malnacida, entendí que podía pedir muchísimo más.

Por ejemplo, y solo con fin enunciativo, si te clavo un taxativo, te escribo una novela y no un relato, que me pongan cara de feliz cumpleaños cada vez que me levantaba y arrastraba al “nene” a uno de mis mayores vicios: desayunar en el bar del centro de la isla, sin que  vean a este simple acto, como una conspiración a la unión familiar o un desprecio al yogurt de coco repugnante, que celosamente guardaban en la heladera; o que entiendan que, al margen de que no me gustaba la comida que hacían y que tuve que tragar por 13 noches consecutivas,  necesitaba cenar a solas con mi prometido en algún restobar del lugar, aunque sea una puta noche de las catorce; o que mi chico entienda que tenía treinta años y que el acontecimiento singular de que sus papis estén en la habitación contigua no impide que nosotros, en la habitación del lado y con baño privado, repasemos intensamente los huecos blancos que deja el sol por las tardes para  prender fuego por las noches. Y por sobre todas las cosas, que su padre se ahorrara ciertos comentarios tales como: ¡tapá un poco a tu novia, Marcos! ¡Mirá la bikini que se puso!. Juro por Dior, que no era un hilo dental. Y por empezar, fue un regalo de Marcos, claro está, guiado por mí:

-Marcos; ¿qué me vas a regalar para Navidad?

-Nada gorda, no tenemos un peso, estamos ahorrando para el casamiento.

-¡Ah, largá el queso!, ratón, que vos cobrás aguinaldo, quiero una bikini para Brasil.

-Bueno, vemos.

-Mirá, ésta quiero, y le señalé la gráfica de esta pendeja que está de moda y raja la tierra, él miró con cara de acá no está pasando nada (más bien pensando cuánto lomo suelto y yo comiendo puchero…), que por el mangazo, y largó ese glorioso:

-Bueno.

Yo agarré el teléfono y  la llamé a Tali para que me ayudara a elegir el modelo y olvidándome de Marcos, la computadora y la media hora que se quedó frente al catálogo de una mina completamente bronceada y marcada, mirando las “bikinis” pero sin que pueda llegar a decirme, hora más tarde, cuál de los 10 modelos le gustaba más (tampoco eran 40):

-         No sé gorda, están todos buenos.

Y así fue como me compró cualquiera, ¡una triangulito!, hellouuu!, entérate que tu novia tiene 83 cm de busto y sin “algo” que las contenga, le quedan Néstor: una mirando para cada lado. Como reza la regla, todo mandado  encomendado a un hombre tiene que terminar pasando por nuestras propias manos.

Evidentemente elegí un modelo que me favorecía (entre los inventos del siglo  XXI nadie resalta el salto cuántico que logró el push up) porque el viejo de Marcos, tal vez ya por problemas de visión, no paraba de hacer comentarios sumamente favorables a mi delantera.

Y así, día tras día, llegaba el momento de dejar tímidamente el pareo y ¡sácate!, se venía el comentario de mi culo o de mis tetas. Paréntesis: todo está terriblemente afectado por el peso que la gravedad ejerce sobre un cuerpo que caminó casi treinta años sobre la tierra. Por ende, tampoco entendía el porqué de estas no muy felices acotaciones, como tampoco entendía la impunidad que yacía en el silencio del resto del clan familiar. Silencio que no estaba dispuesta a respetar, ¿pero qué hacer?, ¿Qué agregar?, ¿cómo enfrentarle? ¿Sería suficiente un: imagínate si te gustan ahora que son dos pasas de uvas,  que vas a decir cuando me las infle como dos llantas? Y así, entre estas existenciales preguntas, me pasaba las tardes frente al sol, que evidentemente, me derretía las pocas neuronas que me quedaban, porque no se caía una idea, torturada por saberme ser cómplice de eso, que para mí era, una especie de violencia en forma de comentario. Me sentía esclava del poder, del que le pedía a mi ex que se sublevara, siendo una perfecta cobarde.

Y la última tarde,  nublada, pero que uno baja a la playa, porque siente la obligación moral y ética de hacerlo, como si estar adentro, tirado en la cama, leyendo un libro, es menos vacaciones que estar cagándose de frío y jugando al tejo, el sol salió de entre las nubes, y en dos minutos la playa se vistió realmente de fines de enero.  Y no sé si fue la ausencia de Marcos en el círculo, o la mirada láser que me lanzó el jovie cuando me saqué la ropa, que me animó a llevar a cabo la siguiente acción. Salir corriendo y encarar con rabia el mar, con una bravura tal para permitir que la primera ola me revolcase por completo, me profanara, me liberase, me anestesiara y me devolviera a la orilla  completamente en tarlipes.

La famosa bikini había sido arrastrada mar adentro. Fiel a mi estilo, a todo o nada, caminé en dirección a la playa. La madre de Marcos, se enredó mentalmente  buscando adentro del bolso playero algo para darme, un pareo, una remera, un par de ojotas, una pulsera, cualquier cosa que tape lo evidente, el hermano más chico, llevo sus dedos índice y medio debajo de su nariz, imitando a un falso Hitler, que aludía a la forma de mi recortado vello púbico. El más grande un poco descompuesto de la risa, por ese gesto, corrió al mar, pasándome a distancia prudencial, en acto heroico de rescatar mi traje de baño o eludiendo la situación engorrosa.

Para cuando llegué al campamento de reposeras familiar, él, era el único que sonrojado me miraba a la cara y de sus ojos pude empezar a vislumbrar una lagrima, de entenderlo todo o de finalmente no entenderlo nada.

Yo estaba desnuda y no me importaba, o quería estarlo. A simple vista asomaban dos pezones completamente erectos por la temperatura del mar, dueños de dos pechos tímidos, que más bien siguen pareciéndose a los de una nena, con su cómica diferencia entre uno y otro notoriamente expuesta; la cicatriz de la falta de apéndice, que me cocieron como a un chancho, autónoma de la lycra que la resguardaba favoreciendo la impresión de un vientre perfecto y mis otros dos labios sintiendo por primera vez, la frescura de la libertad. Todo mi yo entero bajo el sol de Brasil, sin nada que ocultar.

Es común que la desnudez a ciertas personas le siente incómoda. A mí, no. El morbo necesita de algo oscuro para crecer. Necesita algo secreto, algo anormal, algo que no se ve. Y yo era solo un cuerpo, un cuerpo normal, como cualquier otro, completamente  despojado y claro, resplandeciendo por la sal marina que impregnaba al sol en mi piel. Y sin embargo, nunca en mi vida, me sentí tan yo.

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IRIS PAULINI

VALERIA GIANFELICI

Publicado en Parodias el 8 de Octubre, 2013, 12:19 por MScalona

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Se enamoró el mono

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(Parodia sobre el cuento KINCÓN, de Miguel Briante)

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El pobre no era malo, era feo no más, y en un pueblo donde lo que mandaba era la banalidad y la conservación de las buenas costumbres, se convirtió en el chivo expiatorio de la comunidad sólo por ser distinto y bastante feo. Amargado. Encima grandote, peludo y negro. ¡Aguantátela!

Al pueblo llegó de chico y como ni él sabe muy bien de qué manera, el verdulero dejó correr el rumor de haberlo encontrado en un cajón de bananas brasileras. A muchos les pareció una versión más o menos creíble y de allí a adoptar el apodo el mono, y del mono a Kincón no pasó mucho tiempo.

Lo cierto es que detrás de ese gigante malhumorado se escondía un ser amoroso y solitario, había que encontrarle la vuelta nada más o correrlo para el lado que disparaba, como solían decir en el pueblo. Claro que siempre aparecían los que en el bar le pagaban una copa de más y lo hacían engranar para reírse, eso lo confundía y mamado entero, sacaba lo peor de sí hasta que volaban sillas y a los tiros llegaba la policía que lo hacía pasar la noche en el calabozo hasta que se le fuera la curda.

Su vida dio un giro de 180 grados cuando un día saliendo de la comisaría conoció a la hija del comisario. La Tati era un ser majestuoso y angelical. Si él había llegado en un camión destartalado, sucio, cargado de cajones de bananas brasileras, ella había bajado levemente del cielo en una nube suave, envuelta en sedas y perfumada con esencias naturales.

Kincon conoció el amor y con el amor sintió las frustraciones y el desamparo. Todo lo que hacía lo hacía para acercarse a la Tati y nada le daba resultado. Se propuso dejar la bebida y se encomendó al comisario para limpiar los pisos de la comisaría o lo que hiciera falta y así fue como llegó a hacer los trabajos de jardinería primero y después  de sereno en la casa del comisario. Pobre infeliz.

Hubiera preferido terminar sus días en soledad, borracho y apestando a tabaco antes que enfrentarse a las escapadas de la Tati. Dos por tres lo sorprendía  en mitad de la noche yéndose con algún muchacho. No sólo tenía que soportar que se le estrujara el corazón viéndola irse con otro, sino que tenía que cubrirla frente al padre y tapar sus travesuras.  El desamparo le duraba hasta que unas horas después regresaba dando saltos y lo saludaba: hola monito, ¿papá duerme?  Y ágil como una lagartija se trepaba por la enredadera hasta llegar a su cuarto. Ese momento pagaba todas las noches de angustia que sufría el pobre diablo. Una noche, mientras la veía deslizarse sensualmente entre las ramas de la Santa Rita, Kincon recordó la película que vió colado en el cine, era sobre un gorila que secuestraba a una mujer y se trepaba con ella en brazos a un edificio.  Pobre negro, las ideas que se le ocurrían.

Entre la mugre de su rancho Kincón decidió llevarse a la Tati a algún lado, alejarla de esos degenerados con los que se iba casi todas las noches y quedarse con ella para siempre. Pensó que lo mejor sería ir a Brasil y para eso le pidió el camión al verdulero con la promesa de devolvérselo sano y salvo cargado de una partida de bananas gratis. Todo bajo la condición de no decirle nada al comisario. Sí sí, le respondió el verdulero  (lo corrió para donde disparó), venite mañana temprano y llevateló no más, te lo dejo con las llaves puestas.

Esa misma noche, cuando la Tati llegó de la salidita habitual, antes de que lo salude cariñosamente le torció un brazo, le tapó la boca para que nadie escuche sus desgarradores gritos de dolor y con la cachiporra que el comisario le prestaba para hacer la guardia nocturna le dio un golpe seco que la terminó desmayando. Atada de pies y manos, amordazada por si chillaba, la alzó y cuando estaban asomando los primeros rayos del sol llegó a la verdulería. La sorpresa que se llevó no se la olvida más. El comisario y todos sus buchones lo esperaban con las cachiporras lustrosas.

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                                                                   VALERIA  G..

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EUGENIA ARPESELLA

Publicado en Parodias el 21 de Septiembre, 2012, 11:18 por MScalona

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Clarissa Dalloway, Evita y la tia Chela

Sobresalir crea jueces”

José Narosky

 

 

 

De tía Chela heredé algunos libros de su biblioteca cuando todavía estaba viva. Nunca se casó ni tuvo hijos, sin embargo siempre contó con la ayuda incondicional de tía Nené, su ahijada y apoderada hasta sus últimos días y  quien tomó la decisión de internarla en un hospicio de ancianos cuando tia Chela empezó a desvariar con seriedad de octogenaria. A tía Chela le llegó ese momento en el que las voces de su propia conciencia empezaron a desafinar y como a todos les sucede en esta vida, fue víctima de si misma.  Debe ser el delirio paranoide que acecha a los que cultivan pacientemente los malos hábitos de la soledad.  Fue así que mientras Tia Chela se acomodaba en su nuevo hogar se organizaba la repartija. Había que vaciar su departamentito de calle Tucumán para ponerlo en alquiler y de ese modo poder costear los gastos del asilo. Aunque ella nunca se enteró, todos ligamos algo, incluso algunas vecinas nuestras se quedaron con buena parte de su colección de libros que, en su mayoría, provenían de mesas de saldo. “Corazones en llamas”, “Esclava del deseo”, “La frágil llama del amor”, y “Tormentas de Pasiones” son algunos de los títulos que cautivaron el espíritu de la menor de las hermanas Sáenz.

Si bien en medio de acalorados debates familiares se propuso hacer un “asadazo” con tanto papel, la abuela Beba, sobrina de Tia Chela, se impuso y los repartió. Ella por ejemplo se quedó con una colección de novelas de Guy de Cars: “guarda que esas son buenas”, dijo .

El asunto no menor es que tía Chela, cual lectora empedernida, comentaba todos sus libros en los estrechos márgenes con apreciaciones de todo tipo. Desde expresiones onomatopéyicas del tipo “ja,ja,ja”, comentarios laudatorios y hasta enojos, repudios y disentimientos, tanto con los autores como con personajes en particular. Todos los que nos quedamos con alguno de sus libros, coincidimos en lo engorrosa que se pone la lectura con el garabateo de tía Chela. No sabemos si es la caligrafía o si son sus opiniones personales, pero como tampoco podemos quejarnos ya que los libros vinieron “de arriba”, y además, porque la sangre tira, de vez en cuando nos tomamos el trabajo de hacer lectura doble, porque Tia Chela y de esto a nadie le sobrevive una duda, tenía altísimas pretensiones de ser escritora. No sólo en su afán de dialogar con sus libros, ejercicio de todo gran lector, sino por los documentos clasificados de sus “memorias” que dejó plasmadas en una carpeta que ahora atesora mi abuela en su ropero. Respecto a sus aspiraciones literarias, según la abuela, tia chela siempre escribió sus diarios a la sombra de su hermana mayor, la abuela Betty, mujer culta y refinada que “escribía como los dioses”.

En la repartición pude agarrar un diccionario de inglés de bolsillo con el que tía Chela traducía los títulos de las películas de la revista del cable, (esto lo sé por sus anotaciones) y.... Señora Dalloway de Virginia Woolf.  Recuerdo que cuando cumplí diez años me llamó para felicitarme. La había visto pocas veces en mi vida y todo lo que sabía de ella eran las cosas que contaba mi abuela, pero el verdadero interés por tía Chela se me reveló ahí mismo, cuando tuve en mis manos a Señora Dalloway.  No por el libro en sí, sino porque antes de empezar a leerlo, presté especial atención en las desalentadoras anotaciones que tía Chela había hecho sobre el mismo. Digamos que, como una especie de apriorismo, fue precisamente eso lo que justificó mi posterior lectura.

 

Posfacio de Tia Chela a Señora Dalloway:

Por fin se terminó este libro..! Cuanto me aburrió!. Según la editorial ésta es una de las obras maestras de Virginia Woolf, en su delicada arquitectura narrativa. Justamente fue eso lo que me aburrió: su larga y pesada arquitectura narrativa. Ojalá no me olvide de su nombre para no volverme a clavar con otra de sus obras maestras. Chela, 6 de abril de 2000. “

 

Leyendo la novela maldije a tía Chela varias veces, sin embargo fue un libro que no quise terminar nunca, incluso con el acoso permanente de ella que desde los márgenes decía toda clase de barbaridades y naderías para llamar mi atención.  Del desbordante mundo interior de una mujer que inauguraba la modernidad en la Inglaterra de entreguerras (no por Clarissa sino por Virginia) terminé buceando en el de la tía Chela y así, en el de cuatro generaciones de mujeres que se me despliegan ahora como una guirnalda de señoritas, recortadas por una misma tijera, fatalmente iguales.

 

 Chela se dedicó a la docencia hasta los 45 años cuando, cansada ya, decidió jubilarse. Desde ese momento y hasta sus últimos días empeñó todo su valioso tiempo en hacer culto de sí misma. Bella y muy coqueta tía Chela “Vivió sólo para ella” porque como cuenta la abuela “tenía mucha vida interior”, refiriéndose  a la costumbre de tía Chela de importarle poco y nada a cerca de los demás, salvo cuando lo otros estuvieran en falta con ella. Soltera, aunque con varios novios, el último fue “El Daví”, el dentista que hacía magia y que además era casado. Al Davi no se lo podía tocar “ni con el pétalo de una rosa” y sin embargo, parece que aun habiéndose divorciado años después, con tía chela no se quiso casar.  Cuando vaciaron su departamento, se juntaron algunos espejos y muchos retratos de ella misma y aunque mi tatarabuelo, abuelo de mi abuela y padre de Tía Chela era vendedor y cobrador de la bodega Globo, ella se presentaba diciendo que pertenecía a una familia patricia y hasta se hizo un placard a medida. Como contradicciones tenemos todos, con sus delirios de grandeza y percal, tía Chela era peronista. En el 50 tuvo su primer casa propia por calle Ecuador en la zona oeste de la ciudad, que pudo pagar cómodamente con los créditos hipotecarios del plan Eva Perón. En una carpeta foliada guardaba recortes de revistas sobre el General y sobre Evita. Desde el tapado de visón al traje sastre, y aunque mi abuela da testimonio de que tía Chela era profundamente machista y por lo tanto “peronista de Perón”, en su ejemplar de la Razón de Mi vida dejó constancia, nobleza obliga, de cuánto admiraba a  la abanderada de los humildes.

En su cuaderno, que más tarde re titulamos como “Los expedientes X de tía Chela” se encuentran sus memorias y sus propias reflexiones filosóficas sobre el bien y el mal. Incomprendida como nadie y sacrificada más que ninguna, Chela detalló todas y cada una  de las “descortesías, ofensas y agravios” que recibía por parte de sus amigas. De cada supuesto engaño y traición en su contra, afilaba rigurosamente en su cuaderno una reflexión sobre los valores morales que debían regir en las conciencias de los otros. Tía Chela escribe:

«Si bien no puedo decirles lo que “se dice mi...” en cambio puedo recetarles el antídoto que les prometí y que yo uso en las ocasiones en que alguien me clava su saeta emponzoñada (...)

Yo les cuento éstas cosas porque el objeto de ésta y las otras carpetas es enseñarles a vivir. No soy una presuntuosa, es que muchos me lo piden.»

 

 

Los expedientes secretos de Chela están prolijamente ordenados en un índice:

1........................Por qué escribo estás páginas.

7........................Pensamientos de personas célebres.

9........................Para que lo piensen.

10......................Aforismos.

11....................En éstas páginas encontrarás el antídoto...

13....................Las malas acciones

15....................Una mala acción: LA OFENSA

21....................Concejos de Martin Fierro

22....................Toda injuria tiene aguijón. Cicerón.

23.....................Ofensa, agravio, afrenta

27....................ASPEREZA

29................MALDAD

33.................Reflexiones sobre la maldad.(Insiste páginas más adelante con la OFENSA)

39................La envidia

41.................Más sobre la envidia

43.................Almas que gozan con el bien ajeno

45................Elegir dar en vez de robar

 48............... “Descubrí a Titina robándome papel higiénico. Oportunidades que tuve de descubrirla.

·        Complicidad de tata y titina.

·        Citas bíblicas con respecto al robo.

·        Pocillos robados por hacer MALDAD

 

 

Titina fue su amiga de toda la vida y quien a pesar de todo, según mi abuela y no sabemos cómo, quería mucho a tía Chela, cayó en el banquillo de los acusados por robar papel higiénico. La pobre Titina y Tata, que al parecer fue su “cómplice”.

«Yo las consideraba como personas honestas... pero un día se me presentó la ocasión de sorprender a Titina robando mi papel higiénico.»

Chela cuenta más adelante que resolvió, ante cada visita de la susodicha, cambiar “el rollo rosa y sedoso por el blanco ordinario”.

Poniendo a consideración todo lo dicho más su declarada admiración por Narosky,  todo indicaría que tía Chela perteneció al lado oscuro de la fuerza : “Toda la maldad viene de las Saenz, de todas no hacés una”, por si a caso, acota mi abuela sobre su madre y sus tías, entre las cuales brilla Tía Chela. Y cuando la abuela dice “de dónde viene la maldad” está hablando nada más y nada menos, que de información genética. La carcajada  se apaga paulatinamente en una mueca de horror. La genética progresa, se perfecciona, pero ya sabemos que la sangre tira y la repetición de la comedia nos acecha todo el tiempo. Ser una mujer que ya fue otras, pero no todas. Fanática como evita,  frívola como Clarissa Dalloway, mala y vanidosa como ella sola, como tía Chela  supo ser y que se reproduce en serie en esa guirnalda de mujercitas idénticas que acaba en mi, como último eslabón generacional.

Tia Chela no es una pieza de museo, ni tampoco el motivo de burla en cada encuentro familiar, porque tia Chela vive frenéticamente en nuestro adn, renace en el fuego de nuestras historias de amor frustradas, es jueza y parte de nuestras pequeñas miserias  y sobre todo, está vigente en el delirio persecutorio, como el que siento ahora mismo mientras escribo estas palabras. Seguramente me está mirando desde un rincón de la hoja esperando el momento oportuno para decirme “un microbio puede empujar una calumnia, y un gigante no puede detenerla”. Y es verdad tía Chela, estás palabras son para vos pero ya no son tuyas.

 Tía Chela vive y sobre todo en los libros que garabateo y firmo con fecha y lugar, para que aquellos que me sobrevivan sepan que alguna vez fueron míos, como el de Señora Dalloway que aunque esté en mi biblioteca será siempre de tía Chela.

 

EUGE

 

 

(*) A mi abuela Beba, y que me perdone por haberme encariñado, después de todo, de su tía Chela.

 

 

 

 

 

LAURA ROSSI

Publicado en Parodias el 16 de Septiembre, 2012, 0:17 por MScalona

La moral de los camellos

 

 

 

¾ Yo, una vez, me subí a un camello. Los camellos son malos.

 

Decían que era inútil discutir con la profesora Cristina Casta. Su modus operandi consistía en arrojar al éter enunciados asertivos que jamás lograban entretejerse con los de los otros. Por eso, quizás, llegamos a la conclusión de que estaba quedándose sorda. Aun cuando fue motivo de ardientes debates, nunca pudimos averiguar si su sordera se debía a cuestiones meramente anatómicas o si se trataba, en realidad, de una suerte de cualidad sobrenatural. Los defensores de la disfunción anatómica se empeñaban en sostener que una obstrucción en el canal auditivo era la responsable de que ciertos sonidos parecieran llegar al cerebro de Cristina y que otros no. Los que preferimos adscribir a la tesis sobrenatural, en cambio, estamos convencidos de que las cócleas de Cristina enarbolan un colador que actúa como filtro. Creemos que, en realidad, esa es la única explicación posible porque, de otro modo, no se entendería cómo Cristina es perfectamente capaz de decodificar exitosamente enunciados del tipo: “Vení, que Susana trajo masitas para festejar su cumpleaños”, pero se muestra incapaz de responder satisfactoriamente a pedidos mucho más básicos como: “Por favor, Cristina, limpiá las migas que dejaste en la mesa”.

Las cócleas con colador explicarían, asimismo, gran parte de los comportamientos de la profesora Casta: la introducción del tema de los camellos en una charla sobre las adversidades que afrontan los colegas que pretenden jubilarse, la evocación constante de anécdotas que siempre involucran programas de radio que nadie escucha y remiseros conocidos, sus llegadas tarde, el incumplimiento de sus funciones docentes y la incapacidad para percibir la existencia de otros seres humanos en su órbita. Tantos atropellos no pueden deberse a la mera malformación de un conducto. La cuestión debe ser necesariamente más compleja.

Los observadores de ambos bandos, sin embargo, parecen coincidir en un punto: el de la culpabilidad. Aparentemente, Cristina no tendría la culpa ni de la posible malformación de su canal auditivo ni de que sus cócleas cuelen las palabras de los otros. Yo me mantengo al margen de estas discusiones porque me parecen de una esterilidad suprema. No importa, en última instancia, si Cristina tiene o no la culpa de su sordera: lo que verdaderamente importa, en este momento, es saber por qué los camellos son malos.

No quisiera parecer un defensor a ultranza de camellos pobres y ausentes. Nada más alejado de mí defender a unos seres que a la legua se ve que ocultan algo y que, como si eso fuera poco, son una amenaza constante a las buenas costumbres. Porque es pérfido como él solo el camello: uno nunca sabe a ciencia cierta qué está pensando. El camello te mira y mastica como si no le importara en lo más mínimo tu presencia. Y cuando menos te lo esperás, salivazo al piso y a otra cosa. Ni se disculpa, ni se sonroja, ni sale corriendo como los chicos. Nada. Pero de ahí a afirmar categóricamente que los camellos son malos, hay todo un camino de generalizaciones poco fundamentadas que no estoy dispuesto a transitar.

 

Susana trajo masitas porque había cumplido años el sábado. Nunca entendí por qué, si uno es el que cumple años, debe encargarse de alimentar a los otros. Se supone que si los demás consideran que el paso del tiempo es un fenómeno digno de festejo, deberían, al menos, ocuparse de organizarlo. Al parecer, la mente de Susana no formulaba ese tipo de cuestionamientos y esa mañana apareció con dos paquetes enormes que, según anunció, contenían masitas de una panadería nueva que abrieron en su barrio. Me sonó a excusa, sobre todo porque su perorata siguió un complejísimo derrotero conceptual en el que comparó las masitas “riquísimas” que había traído el año pasado con estas que “ojo, tienen buena pinta igual” y que “esperemos que sean ricas, porque no las probé”. Demasiadas explicaciones para unas simples masitas. Al final, terminaban convirtiendo un inocente festejo en una obligación por partida doble: no sólo había que festejar el cumpleaños de una compañera de trabajo que ni siquiera es tan amiga como para invitarte a festejar en su casa, sino que, además, había que elogiarle las masitas.

En eso estábamos cuando sonó el timbre. Quizás por instinto o porque los docentes somos gente que lleva la desconfianza al paroxismo cuando se trata de comida gratuita, no nos atrevimos a abandonar la sala de profesores hasta que Cristina no hubiera puesto sus dos pies en el pasillo. Nos habíamos convertido en involuntarios custodios de las masitas de Susana que esperarían sobre la mesa hasta el primer recreo. Más de uno debe haber tenido la intención, incluso, de meterse en el aula con Cristina para evitar que saliera disparada a sumergirse entre las masitas como si estuviera en un pelotero, aprovechando que todos estábamos distraídos en nuestras tareas. Pero eso no era posible, así que cerramos la puerta sin verbalizar nuestros miedos y nos encomendamos a San Eufagos, santo patrono de la conservación de los alimentos ajenos.

 

Cuando llegó la hora del recreo, yo ya me había olvidado del asunto de las masitas. El cotorreo de las mujeres en la sala de profesores se escuchaba desde la escalera. Al aproximarse, uno podía escuchar claramente que se trataba del habitual cotorreo ininteligible, sobre el que, cada tanto, la voz de Cristina se clavaba en falsa escuadra.

Apenas traspasé la puerta entreabierta, Susana me ofreció café. Y masitas. Acepté el ofrecimiento y me dejé caer en uno de los sillones, mientras ponía cara de estar escuchando con atención una charla acerca de las penurias de la pobre Elsita, a la que se le estaba acabando la licencia y todavía no le había salido la jubilación. Estábamos en alguno de los momentos míticos de la charla, en uno de esos instantes en los que alguien cuenta cómo la amiga de la cuñada de no sé qué fulano se hizo todos los trámites sola y la jubilación le salió en un periquete, cuando Cristina trajo a colación el asunto de los camellos. Mi cerebro comenzó a proyectar las imágenes de lo que debe haber sido un verdadero holocausto camélido. El voluminoso cuerpo de Cristina, las comisuras de sus labios llenas de migas, la línea de transpiración que le cruzaba la frente para desembocar, gracias a una extraña jugarreta de la geometría, en su ojo izquierdo, se me aparecían como flashes de un zapping frenético que terminaba en una clara e inequívoca imagen integrada: Cristina vestida de exploradora, entre las gibas de un despatarrado camello que pedía con los ojos que lo sacrificaran como a un perro rabioso antes de tener que seguir soportando a la señora que le contaba un chiste “buenísimo” que había escuchado en la radio.

Mi sonrisa fue malinterpretada. Quienes me rodeaban pensaron que se trataba de un signo de aprobación ante los beneficios de la autogestión jubilatoria y no de un divertimento gratuito que mi mente, siempre gauchita en estos menesteres, me estaba proporcionando. Y ahí nomás, Cristina arrojó al éter eso de que los camellos eran malos. Yo no podía reponerme todavía de la sensación de misericordia que me había generado la idea del pobre camello entre sus piernas cuando, sin preámbulos, su generalización infame me pegó un patadón en los dientes.

 

Cuando un tipo callado habla, se produce alrededor de él un fenómeno por demás interesante: todos, sin distinción de credos ni de ideas políticas, hacen silencio. Incluso, las mujeres. Por eso, cuando me aclaré la garganta y entorné ligeramente mi cuerpo hacia la fuente de la que emanaba lo que no podía ser otra cosa que un falso testimonio acerca de las cualidades morales de los camellos, una ola de inquietud recorrió los rostros de los presentes y se transformó en dos segundos en una espera silenciosa y paciente, alentada, quizás, por mi uso del vocativo ‘Cristina’.

¾ Cristina, escuchame un poco, ¿cómo es eso de que los camellos son malos?

 

Recién en ese instante, noté que las teorías acerca de la sordera de Cristina habían calado tan hondo en nosotros que ya nadie se atrevía a dirigirle la palabra en forma directa. Cristina debe haberlo notado también porque se puso blanca como un papel al escuchar su nombre. La cara de Cristina pasó del blanco al colorado sin solución de continuidad. Luego, el colorado amainó y se mantuvo en una suerte de rosa pálido bastante homogéneo. Como si nada hubiera sucedido e indiferente a los veinte pares de ojos que nos observaban en silencio, engulló tres masitas de un solo bocado y se sumergió en el resto de té que quedaba en su vaso descartable. Cuando el vaso regresó a la mesa, la expresión de Cristina me hizo acordar a mi tía Marta. Pobre Marta, era tan pánfila que no nos cansábamos de inventar historias ridículas para mofarnos de ella. Y ella, que al principio entraba como un caballo, terminaba descubriendo que nos reíamos de su candidez pero no decía ni una palabra: se limitaba a mirarnos de costado, de reojo, para dar a entender que estaba ofendida.

¾ En serio te pregunto, Cristina, ¿por qué los camellos son malos?

 

El sonido del timbre que nos indicaba que era hora de volver a las aulas rompió la tensión que se había generado en la sala. Las mujeres empezaron a juntar los vasos usados y las servilletas de papel. Creí ver, entre los que se iban levantando, alguna sonrisa socarrona, alguna mirada punitiva para conmigo pero piadosa respecto de mi supuesta víctima. De pronto, me había convertido en el maldito infeliz que había arruinado el festejo de diez minutos torturando a una pobre mujer enferma. Pobre Cristina, que no tenía la culpa de ser sorda para todo lo que no fuera comer gratis. Pobre Cristina, a la que nadie le hablaba ya porque era más fácil pergeñar teorías redentoras que enfrentarse de lleno a sus maldades de solterona mañosa.

A esta altura, ya no recuerdo quiénes se habían ido ni quiénes se habían quedado merodeando la sala, no fuera a ser que Cristina explicara por qué los camellos eran malos y, al final, se lo perdieran. Lo que sí recuerdo es la sensación de batalla perdida que se me había pegado en el pecho. Yo, que tantas veces había querido convencer a todos de que Cristina escuchaba lo que quería, de que no era más que una vieja chapucera que nos odiaba a todos y que ni siquiera tenía el decoro de disimularlo, tendría que aceptar mi gravísimo error de juicio.

Me sacudí las migas del saco y me puse de pie para que la gravedad hiciera el resto. Cuando levanté la mirada, Cristina se había parado y me miraba de frente, como la tía Marta pero sin el menor destello de candidez.

¾ Vos no estás bien, Norberto. Yo te miro y me doy cuenta. Vos no estás bien. Algo te pasa.

Cristina no sólo me había escuchado con claridad, sino que, además, se disponía a poner en juego la clásica estrategia discursiva del tiro por elevación. Puse mi mejor cara de idiota desamparado y la miré como sin entender a qué se refería.

¾ Claro, Norberto. No sos un chico ya. Date cuenta. Los camellos son malos porque muerden. Eso lo sabe todo el mundo. Mirá las preguntas que hacés… Yo no soy tonta, eh.

 

La imagen del camello despatarrado volvió a mi mente. Esta vez, el camello vengador me miraba con los ojos inyectados en sangre, mientras le propinaba un certero mordiscón al muslo cuatro-ambientes-con-cochera de una Cristina que gritaba como una marrana que la bajaran del lomo de ese animal del demonio.

Cristina también malinterpretó la sonrisa que se me había incrustado en la boca, supongo, porque me miró con ojos triunfantes, igualitos a los de la tía Marta cuando le decía a mamá que nos había pescado robando limones del jardín del vecino.

¾ Tenés razón, Cristina, cuando tenés razón, tenés razón… - le dije, tal como mi madre le decía a su hermana para que se convenciera de que su comentario mal intencionado había sido una contribución invalorable para los destinos de la humanidad.

No hay que subestimar el poder que las tautologías ejercen en las mentes de algunas señoras ni la capacidad de venganza de ciertos camellos. Siempre es bueno saberlo.

 

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                                                           Laura R.

DAMIÁN FORNASO

Publicado en Parodias el 16 de Septiembre, 2012, 0:13 por MScalona

Recetas

 

Llego a mi casa. Supongamos que es martes, como hoy. También es casi septiembre, agosto pasó tan rápido que ni el invierno se dio cuenta, nos dejó sin frío. Acabo de llegar con un hambre bajo el brazo y una revista que me consiguió un compañero del taller: “Riel  - Revista de investigación y estudios literarios”;  2.1 Segundo informe literatura local: Fontanarrosa,  Narrativa.

La revista me tienta, pero el hambre me ocupa. Tiro el ejemplar, inaccesible si no fuera por las gestiones de Maxi, sobre el sillón donde se ajusta con “El Testigo”: el barato, el de página, el de Villoro. Abro la heladera y, como si hubiera abierto una cajita de música suena en mi cabeza Charly García: solo queda un limón sin exprimir. Es cierto: nos divertimos en primavera y en invierno nos queremos morir. En la gaveta de la verdura diviso una calabaza. Tomar nota de una receta rápida y digna: cortamos tres rodajas de calabaza, las descortezamos, tomamos un recipiente profundo de vidrio apto para el microondas, depositamos en el fondo las tres rodajas descortezadas, colocamos como tapa del recipiente un plato (ya que la verdadera tapa se rompió hace años), introducimos el recipiente en el microondas, apuntamos la rueda de potencia hacia: ALTO y la del tiempo en Diez Minutos (si usted tiene un microondas digital, también puede llevar adelante la receta). Al pasar los diez minutos suena una chicharra que nos anuncia la culminación del proceso. Esto no termina acá. Buscamos queso doble crema, cortamos tres porciones abundantes y las colocamos sobre cada una de las rodajas. Volvemos a colocar el plato como tapa del recipiente, esto hace que el calor se mantenga y que el queso se gratine, una vez que esto ocurre; me siento a celebrar la cena.

Termino de comer, tomo la revista y un vaso de vino (tinto claro, para rodajas de calabaza gratinada no hay como un buen vaso de vino tinto). Abro la revista aproximadamente en la mitad y lo primero que leo es una frase de Echenique que reza: “Cáncer es una palabra grave”, indiscutido aforismo de Ernesto Esteban. Dos cosas me sorprenden: lo rico que es bajar tres rodajas de calabaza con vino tinto y que, casualmente, vengo de una clínica donde le realizaron a mi vieja la segunda tomografía en menos de un mes. La primera era para saber  que le causaba el dolor de cabeza, esta segunda era para tener la certeza de donde apuntar los rayos. En medio de estos dos puntos de tiempo, fue operada para sacarle la caprichosa pelotita que le causaba el dolor. Segunda vez que le sacan una de estas pelotitas, la anterior le había aparecido en una teta.

Aquella vez, la de la primera pelotita, los médicos, por suerte fueron contundentes: si realiza el tratamiento de quimioterapia que tenemos preparado para este tipo de tumor  (no dicen cáncer, cálculo que por ser una palabra grave, prefieren las agudas) no hay posibilidades de repetición. La palabra repetición es aguda, en cambio metástasis es esdrújula. Lo que nos lleva a la conclusión de que los médicos prefieran las agudas en lugar de las graves o esdrújulas. En aquel momento, cuando el medico elegía las agudas, me lo imaginaba a mi viejo como al tío Julio, preguntando si esto era seguro, que si utilizando los medicamentos necesarios no tendríamos que pasar por ninguna “repetición”. Seguramente el médico le explico que en  medicina dos más dos no es cuatro, pero que el tema está muy controlado. Pero si yo le digo que este perro esta adiestrado (dice mi viejo o el tío Julio), y usted me pregunta ¿pero muerde? Y yo le contesto que a veces muerde y a veces no ¿usted que me diría? ¡Que no está adiestrado una mierda! Pero claro, esto solo pasa en los cuentos, el tipo que no sabe si el perro muerde o no, tiene en sus manos la vida de tu pariente y evita las graves y esdrújulas y no deja de ser un mérito.

Sigo con hambre, a pesar de las cabalazas y el queso gratinado. Estornudo y, para colmo de males, se me escapa un pedazo de calabaza que había quedado entre los dientes. Lo recojo con la yema de mi índice y me lo vuelvo a comer, un poco más frío pero igual de sabroso. Llamo a mi casa para saber si llegaron bien y mi viejo me cuenta que si, que llegaron bien y que ya esta mi hermana, que, como indicó el padre Ignacio, le está rezando una oración en la cabeza, otra en el pecho y otra en los pies, a mi vieja. Recuerdo las visitas que Fito y Coki le hacían al Negro, siempre sin avisar le tocaban el timbre y, si el Negro estaba acostado, no dejaban que se levante y se acostaban uno de cada lado. Esa imagen (documentada) me llevan a pesar que si tuviéramos en las filas de nuestras amistades a Bracamonte, y si la visitara a mi vieja mientras mi hermana cumple con el ritual, podríamos acostarlo junto a ella y también rezarle en la cabeza, en el pecho y en los pies, y comprobar, en la próxima fecha, si el ritual tiene o no resultados milagrosos. Si bien mi viejo es un tipo celoso, creo que, tratándose de Bracamonte, no tendría problemas que lo acostáramos un ratito en su lecho matrimonial.

Sobre Bracamonte, flamante número nueve de Rosario Central,  podría decir que su pasado inmediato en Rusia lo ha hecho adoptar algunas conductas particulares como jugador, tal vez influenciado por la cultura del país. Podemos definirlo como un jugador Barthiano, que desbarata el juego clásico de un nuevo para sorprender tanto a propios como a extraños. Es tan difícil leer el Ulises, como aguantar al nueve, noventa minutos en cancha.

En un punto también el fútbol se encuentra con la medicina, no en el milagroso aerosol que utilizan cuando un jugador está a punto de morir y, luego de aplicarlo, milagrosamente sale caminando, con un poco de dificultad los primeros dos pasos y luego sin rastros de dolor. El punto de intersección entre las dos ciencias es que, tanto los médicos, como los dirigentes de Central opinan que mi vieja va a volver a disfrutar (o sufrir) al canaya en la A, y uno confía. Ojo, hay veces que a uno le cuesta un poco o sospecha que hay alguna exageración, nunca intencional, de optimismo. Cito un ejemplo: cuando le terminaron de sacar la segunda pelotita a mi vieja de la sabiola, digamos “la repetición”, el neurocirujano que la operó nos vino a contar sobre la intervención, primero nos dijo que  había sido un éxito y luego que mi vieja estaba en coma, nos costaba asociar la palabra éxito (esdrújula) con la palabra coma (grave). Luego nos dio detalles inimaginables del trabajo que realizó. Mientras el tipo de blanco terminaba de relatar la operación que hacia minutos  había concluido, yo pensaba, y casi se me escapa: con ese pulso como no se dedicó a robar panderetas, pero por suerte me contuve.

Ambos puntos de vista, el de los médicos y el de las voces autorizadas en la institución de arroyito siguen una misma estrategia pero con diferentes matices, si bien los médicos evitan las palabras graves, los otros las niegan “no existe la palabra fracaso” dicen. La palabra “FRACASO” podemos definirla como menos grave que la palabra cáncer, solo por el hecho de tener acento prosódico. Pero si vamos más allá y analizamos las conductas de fondo, me quedo con el ocultamiento y no con la negación, esta segunda estrategia es caprichosamente soberbia. 

Pero reconozco que, a pesar de todo esto, vuelvo al martes, al agosto que se fue, al que se olvidó el frío: a la calabaza que no me llena, tal vez por ser grave, o por falta de acento ortográfico.

 

Pájaro Fornaso.

 

 

GABRIELA RIVERA

Publicado en Parodias el 11 de Septiembre, 2012, 0:38 por MScalona

EN FORMA

-

-¿Están listos?- ruge la armónica figura desafiando el volumen de los altoparlantes. Al instante, unas veinticinco almas comienzan a pedalear sus bicicletas fijas con el empeño del principio. El mismo que  tengo ahora  y seguro me abandonará pasados los primeros quince minutos. Miro a los demás. Hombres algunos y mujeres de todas las edades. Es el verano.

 Allá hay un rojo, subido a la bici número diez. El rojo mira desafiante al aparato. Es como un vikingo a punto de arremeter contra su enemigo. A la profe le sonríe de costado y cuando ella  pregunta: -¿Están bien?- el asiente con la cabeza, levanta el pulgar y pide una serie más. ¡Bastardo!

A su lado agita las piernas un blanco. Esa etérea, de colores sentimentalmente puros, con el cabello recogido prolijamente en una cola, botellita de agua mineral y toallita al tono. Parece que sus largas piernas de modelo van a continuar creciendo con cada vuelta. Difícil que un solo cabello se mueva del  lugar a pesar del esfuerzo.

Por detrás se desarma el verde. Sus carnes rollizas cuelgan por todos lados apropiándose del espacio casi por completo. No toma sol porque aun no consigue un talle de bikini. Jura que hace dieta, pero va a la cama con unas galletitas, un pedazo de queso, dos o tres frutas y un par de alfajores por si le  baja la glucosa.

Y quá decir del amarillo…  se anota  en cuanta oferta  encuentra: Pilates, new dance, plataforma vibratoria, body tramp, body balance, body pumping, body camping. Amigado con la tecnología luce en clase su Ipod de última generación, camiseta línea inteligente que absorbe la transpiración, zapatillas con cámara de aire  para  mitigar el impacto,  y chicles anti-pánico, por si algo se sale de control.

Pero en esta clase no puede faltar el negro. El llega siempre tarde y se hace notar por sus remeras chillonas repletas de inscripciones en sintonía con sus tatuajes. Lleva unos auriculares que nunca se quita de modo que su ritmo nada tiene que ver con el que suena en la sala. Nadie se atreve a corregirle la postura, ni siquiera la profesora, porque teme que la termine invitando a un telo.

Ahora las caras empiezan a torcerse con expresiones poco comunes. Son rostros de cólicos renales, fiebres altísimas, empachos y contracciones de parto. El ritmo se vuelve frenético: -¡fuerza!, sigue alentando la entrenadora ¡Arriba esas colas!

El aire se espesa cual guiso efervescente, pero nadie se atreve a parar. Frente a la escalera y con ganas de mostrarse, veo a psicodelia. No ha perdonado hoy a ningún color: calzas fucsias, zoquetes azulados, remera amarilla flúo con ribetes negros, vincha violeta y muñequera anaranjada…y por si fuera poco, una hebilla en el pelo con cuentas multicolores. Un delicioso cucurucho para todos los gustos. Ella no se detiene ni siquiera ante el negro, y dicen los que saben, que alguna vez se le animó con intenciones libidinosas. Pero él siguió absorto con su cumbia.

-Uy, ¿pero qué hacen? Me pregunto

Ahora viene "el enano", repite la profe y continúa:

- Hay que abandonar el ¿cómodo? asiento y pedalear agachándose como queriendo apoyar el culo nuevamente, hasta que las piernas aguanten-. Masoquismo puro.

Miro hacia atrás buscando desesperada la botella de agua que me excuse del castigo y los veo. Pensé que no habían venido.

El opaco es un hombre de mediana edad. Usa siempre la misma ropa gris. Seguro es administrativo o contador. Nada de música, nada de sexo. Se le nota al caminar. A su lado, flamea transparente. Jovencísima estudiante de secundaria, con el casi seguro hábito del vómito. No se le ve un gramo de grasa, por más que uno se esmere. Su palidez es tan grave que ni el esfuerzo físico logra arrebatarle un color. Los ojos hundidos me recuerdan esos documentales de tribus africanas y los huesos puntudos de los hombros, a los refugiados de un campo de batalla en Bosnia.

TAN TAN TAN, tan tan tan La melodía indica que estamos llegando al final.  – ¿A dónde?- me pregunto-,  mientras continúo pedaleando en el mismo lugar. Es el verano.

¡Preparados, carrera, aguanten! Insiste la profesora. Veinticinco almas que no van a ningún lado. -¡muy bien brillante, brillante!-

Brillante sudor que nos transforma de príncipes a sapos.

-

                                                                                       Gabriela Rivera

MARIO JRAPKO

Publicado en Parodias el 11 de Septiembre, 2012, 0:36 por MScalona

LA DECISIÒN POSTERGADA

-

¡No va a ir y punto! dijo mi padre de manera categórica.

Mi mamá comenzó a llorar y a decirle que era un desalmado que a Don Víctor ella lo quiere mucho, que está muy agradecida porque, al fin y al cabo el departamento era de él, pero que ella no puede ocuparse de nosotros y de una persona mayor.

Nosotros mirábamos desde la puerta. La Luli de vez en cuando espiaba al abuelo que desde el living nos hacía gestos; juntaba cuatro dedos y los golpeaba de forma intermitente contra el dedo gordo de la misma mano, a la vez que realizaba la misma acción con el labio superior y media lengua afuera, cerrando los ojos. Como estaba sin la dentadura la mandíbula inferior parecía incrustarse en los pómulos y la lengua le rozaba la nariz.

-¡No voy a llevar a mi papá a un geriátrico!

-¡Nadie dice de ir a un geriátrico!, contestó mi mamá, ¡te dije que la semana que viene se desocupa el quinto!

El piso de arriba también era nuestro y mamá había pensado que alguien podía cuidar al abuelo. Mi papá movió la cabeza y dijo: -Está bien, pero si la cosa no funciona se vuelve a casa.

Se dirigió al living y sentándose en una silla al revés se acodó en el respaldo, carraspeó y le informó al abuelo:

-Vea papá, los tiempos cambian, antes al que hablaba solo por la calle le decían loco,  ahora con el celular uno queda como un boludo, no sabe si le están hablando o no, fíjese que un tipo en una esquina me decía-¡cuando te agarre te parto, no sabes como te voy a dar!-le juro que lo miraba y no entendía-¿que te pasa tarado?-dije levantando una baguette que acababa de comprar en La Gallega-pero el tipo dio media vuelta y con la mano libre se hizo señas al oído contrario- ahí me dí cuenta que estaba hablando.

A todo esto el abuelo miraba la tele y comía unas aceitunas, era el segundo frasco de medio que se terminaba en la semana, y recién era martes.

-En fin escúcheme papá, la Alicia está cansada porque tiene mucho trabajo, no se puede hacer cargo de atenderlo, pero se desocupa el piso de arriba en una semana y tenemos una persona que lo puede cuidar, además de nosotros claro.

-¡Andate a la mierda!-dijo sin dejar de mirar la tele.

Papá se acercó a mamá y le susurró- pobre viste, debe estar asustado. A mi no me parecía que el abuelo tuviera miedo, porque en un momento nos guiñó el ojo a la Luli y a mí, se metió tres aceitunas en el bolsillo, tomó la sección de deportes del diario y se fue para el baño.

 

El traslado fue sencillo ya que no había muchas cosas que mudar debido a que el departamento ya estaba amueblado, solo una radio, ropa, medicamentos, el papagayo y la enema que el abuelo se hacía religiosamente cada domingo después de los ravioles.

Mi mamá le llevaría la comida y se encargaría de juntar la ropa para lavarla, una señora se ocuparía de atenderlo y limpiar el departamento.

Todo marchaba tranquilamente. Mamá estaba mas calmada y tengo que reconocer que ya no había tanto olor a pis en el living. Sin embargo todos los medios días el abuelo golpeaba con el palo de escoba el piso para pedir algo. En el almuerzo se escuchaba ¡tac,tac,tac!, y si alguien no subía el abuelo no paraba de darle al mosaico, ¡tac,tac,tac,tac,tac!, mis papás se miraban un rato, en silencio, luego mi viejo decía-ya se va a cansar- y seguía comiendo los fideos como con vergüenza. La verdad que no se cansaba un  carajo y siempre alguno terminaba subiendo.

A las tres semanas la señora que lo cuidaba renuncia.

-Pero Elena, quédese un tiempito más, le prometo que vamos a hablar seriamente con Don Victor.

-Mire señora, yo estoy acostumbrada a cuidar a gente mayor, pero le juro que nunca vi nada igual.

-¿Pero que es lo que pasa?

-Pasa que yo llevo mis objetos personales en un neceser, entre ellos un cepillo de fina cerda de carpincho y mango de madera de gomero, regalo de mi suegra chaqueña.

Don Victor le tomó cariño al cepillo porque según él le recordaba el pelo de una novia  irlandesa que tuvo en su juventud. Solía acariciarlo con dulzura y a mí me producía  ternura verlo. Cada vez que iba al baño me lo pedía para peinarse pues decía que sentía como si su novia le acariciaba la frente. Ayer se fue a bañar y me lo pidió prestado. Yo a veces me acerco y le pregunto si todo está bien, vio el cuidado que hay que tener con los viejos. La cosa es que termina de ducharse y por la puerta que había quedado entreabierta no sabe lo que veo.

-Cuénteme Elena, no de mas vueltas

-¡Se estaba peinando los pelos del pubis! ¿se da cuenta?, yo lo uso para mi y para peinar a la Jaquelina.

-¡Me lleve el diablo!

-Viera usted la impresión de encontrar entre el pelaje rústico y campestre del carpincho, finas hebras de ensortijada blancura, resabios de una virilidad que suponía domesticada. 

-¡Que barbaridad! ¿no hay forma de que cambie de opinión?

-Lo siento Doña Alicia, está decidido.

Al fin el abuelo tuvo que quedarse solo, mamá sin descanso subía y bajaba las escaleras mientras que el geriátrico se vislumbraba como una posibilidad cercana.

-Prometeme que lo vas a pensar Emilio- declaró resignada a mi papá.

 

Una tarde estábamos jugando en el balcón de casa cuando sentimos un ruido terrible. Mamá se puso a gritar. Fuimos corriendo tratando de ubicar de donde provenían los alaridos y llegamos al baño. Al entrar vimos algunos escombros y un inodoro montado sobre otro. Cuando levantamos la vista vimos incrustado en el techo el culo del abuelo.

-¡Llamenlo a papá al taller!-exclamo mamá agarrándose de los azulejos.

Junto a papá llegaron los bomberos, nosotros nos quedamos en casa prometiendo que nos íbamos a quedar jugando en la pieza, cosa que por supuesto no hicimos. Comenzamos tocándole el culo al abuelo con un escobillón, nosotros escuchábamos como puteaba pero como nadie venía a retarnos suponíamos que arriba pensaban que se quejaba por la mala posición. Después llamamos a los amigos del edificio, Camilo, Santiago y Anita. Mientras las chicas le pintaban corazones con tempera atando un pincel en el extremo de la escoba, nosotros masticábamos la punta de unos conitos de papel de diario que al ser lanzados se quedaban pegados en el cachete izquierdo del abuelo.

Al fin lo retiraron. Había que ver la cara desencajada de mis padres al observar el culo decorado del abuelo.

Un amigo de mi papá vino a casa al día siguiente y les recomendó un geriátrico, dijo que el “Hogar de Ancianos Control de mis Esfínteres” era limpio y caro pero la atención no era muy buena, y que él tenía a su madre en la Residencia para Mayores “El domingo que viene vengo”, que no era un lujo, pero el personal era muy bueno con la atención, incluso nos contó que una vez su madre intentó fugarse por la ventana y una enfermera la sujetó al vuelo del talón, cuando lo acostumbrado es dejar que se escape.

Creo que ahora estamos mejor y mas tranquilos todos, mamá se ocupa de que no le falte nada y papá ya no tiene esa cara de angustiado de los primeros días. Con mi hermana estamos juntando plata para comprarle un cepillo, pero por ahora se hace difícil conseguir de carpincho.                                                                                   

                                                                                                                                                                                 Mario Jrapko

 

 

 

 

 

 

¡No va a ir y punto! dijo mi padre de manera categórica.

Mi mamá comenzó a llorar y a decirle que era un desalmado que a Don Víctor ella lo quiere mucho, que está muy agradecida porque, al fin y al cabo el departamento era de él, pero que ella no puede ocuparse de nosotros y de una persona mayor.

Nosotros mirábamos desde la puerta. La Luli de vez en cuando espiaba al abuelo que desde el living nos hacía gestos; juntaba cuatro dedos y los golpeaba de forma intermitente contra el dedo gordo de la misma mano, a la vez que realizaba la misma acción con el labio superior y media lengua afuera, cerrando los ojos. Como estaba sin la dentadura la mandíbula inferior parecía incrustarse en los pómulos y la lengua le rozaba la nariz.

-¡No voy a llevar a mi papá a un geriátrico!

-¡Nadie dice de ir a un geriátrico!, contestó mi mamá, ¡te dije que la semana que viene se desocupa el quinto!

El piso de arriba también era nuestro y mamá había pensado que alguien podía cuidar al abuelo. Mi papá movió la cabeza y dijo: -Está bien, pero si la cosa no funciona se vuelve a casa.

Se dirigió al living y sentándose en una silla al revés se acodó en el respaldo, carraspeó y le informó al abuelo:

-Vea papá, los tiempos cambian, antes al que hablaba solo por la calle le decían loco,  ahora con el celular uno queda como un boludo, no sabe si le están hablando o no, fíjese que un tipo en una esquina me decía-¡cuando te agarre te parto, no sabes como te voy a dar!-le juro que lo miraba y no entendía-¿que te pasa tarado?-dije levantando una baguette que acababa de comprar en La Gallega-pero el tipo dio media vuelta y con la mano libre se hizo señas al oído contrario- ahí me dí cuenta que estaba hablando.

A todo esto el abuelo miraba la tele y comía unas aceitunas, era el segundo frasco de medio que se terminaba en la semana, y recién era martes.

-En fin escúcheme papá, la Alicia está cansada porque tiene mucho trabajo, no se puede hacer cargo de atenderlo, pero se desocupa el piso de arriba en una semana y tenemos una persona que lo puede cuidar, además de nosotros claro.

-¡Andate a la mierda!-dijo sin dejar de mirar la tele.

Papá se acercó a mamá y le susurró- pobre viste, debe estar asustado. A mi no me parecía que el abuelo tuviera miedo, porque en un momento nos guiñó el ojo a la Luli y a mí, se metió tres aceitunas en el bolsillo, tomó la sección de deportes del diario y se fue para el baño.

 

El traslado fue sencillo ya que no había muchas cosas que mudar debido a que el departamento ya estaba amueblado, solo una radio, ropa, medicamentos, el papagayo y la enema que el abuelo se hacía religiosamente cada domingo después de los ravioles.

Mi mamá le llevaría la comida y se encargaría de juntar la ropa para lavarla, una señora se ocuparía de atenderlo y limpiar el departamento.

Todo marchaba tranquilamente. Mamá estaba mas calmada y tengo que reconocer que ya no había tanto olor a pis en el living. Sin embargo todos los medios días el abuelo golpeaba con el palo de escoba el piso para pedir algo. En el almuerzo se escuchaba ¡tac,tac,tac!, y si alguien no subía el abuelo no paraba de darle al mosaico, ¡tac,tac,tac,tac,tac!, mis papás se miraban un rato, en silencio, luego mi viejo decía-ya se va a cansar- y seguía comiendo los fideos como con vergüenza. La verdad que no se cansaba un  carajo y siempre alguno terminaba subiendo.

A las tres semanas la señora que lo cuidaba renuncia.

-Pero Elena, quédese un tiempito más, le prometo que vamos a hablar seriamente con Don Victor.

-Mire señora, yo estoy acostumbrada a cuidar a gente mayor, pero le juro que nunca vi nada igual.

-¿Pero que es lo que pasa?

-Pasa que yo llevo mis objetos personales en un neceser, entre ellos un cepillo de fina cerda de carpincho y mango de madera de gomero, regalo de mi suegra chaqueña.

Don Victor le tomó cariño al cepillo porque según él le recordaba el pelo de una novia  irlandesa que tuvo en su juventud. Solía acariciarlo con dulzura y a mí me producía  ternura verlo. Cada vez que iba al baño me lo pedía para peinarse pues decía que sentía como si su novia le acariciaba la frente. Ayer se fue a bañar y me lo pidió prestado. Yo a veces me acerco y le pregunto si todo está bien, vio el cuidado que hay que tener con los viejos. La cosa es que termina de ducharse y por la puerta que había quedado entreabierta no sabe lo que veo.

-Cuénteme Elena, no de mas vueltas

-¡Se estaba peinando los pelos del pubis! ¿se da cuenta?, yo lo uso para mi y para peinar a la Jaquelina.

-¡Me lleve el diablo!

-Viera usted la impresión de encontrar entre el pelaje rústico y campestre del carpincho, finas hebras de ensortijada blancura, resabios de una virilidad que suponía domesticada. 

-¡Que barbaridad! ¿no hay forma de que cambie de opinión?

-Lo siento Doña Alicia, está decidido.

Al fin el abuelo tuvo que quedarse solo, mamá sin descanso subía y bajaba las escaleras mientras que el geriátrico se vislumbraba como una posibilidad cercana.

-Prometeme que lo vas a pensar Emilio- declaró resignada a mi papá.

 

Una tarde estábamos jugando en el balcón de casa cuando sentimos un ruido terrible. Mamá se puso a gritar. Fuimos corriendo tratando de ubicar de donde provenían los alaridos y llegamos al baño. Al entrar vimos algunos escombros y un inodoro montado sobre otro. Cuando levantamos la vista vimos incrustado en el techo el culo del abuelo.

-¡Llamenlo a papá al taller!-exclamo mamá agarrándose de los azulejos.

Junto a papá llegaron los bomberos, nosotros nos quedamos en casa prometiendo que nos íbamos a quedar jugando en la pieza, cosa que por supuesto no hicimos. Comenzamos tocándole el culo al abuelo con un escobillón, nosotros escuchábamos como puteaba pero como nadie venía a retarnos suponíamos que arriba pensaban que se quejaba por la mala posición. Después llamamos a los amigos del edificio, Camilo, Santiago y Anita. Mientras las chicas le pintaban corazones con tempera atando un pincel en el extremo de la escoba, nosotros masticábamos la punta de unos conitos de papel de diario que al ser lanzados se quedaban pegados en el cachete izquierdo del abuelo.

Al fin lo retiraron. Había que ver la cara desencajada de mis padres al observar el culo decorado del abuelo.

Un amigo de mi papá vino a casa al día siguiente y les recomendó un geriátrico, dijo que el “Hogar de Ancianos Control de mis Esfínteres” era limpio y caro pero la atención no era muy buena, y que él tenía a su madre en la Residencia para Mayores “El domingo que viene vengo”, que no era un lujo, pero el personal era muy bueno con la atención, incluso nos contó que una vez su madre intentó fugarse por la ventana y una enfermera la sujetó al vuelo del talón, cuando lo acostumbrado es dejar que se escape.

Creo que ahora estamos mejor y mas tranquilos todos, mamá se ocupa de que no le falte nada y papá ya no tiene esa cara de angustiado de los primeros días. Con mi hermana estamos juntando plata para comprarle un cepillo, pero por ahora se hace difícil conseguir de carpincho.                                                                                   

                                                                                                                                                                                 Mario Jrapko

 

 

 

 

 

 

LUCÍA BRIGUET

Publicado en Parodias el 11 de Septiembre, 2012, 0:25 por MScalona

Robertson Cursoe

 

            Roberto rogaba que el tiempo de la mudanza sea un momento difícil al que le sucedan vientos de calma. Pero tenía la no grata intuición de que posiblemente era la forma de existencia más elevada a la que podía aspirar. Por lo que también rogaba acostumbrarse a vivir plácidamente entre ráfagas, turbonadas y tsunamis sin mar. Estaba solo pero se sentía parte de algo, sabía que había otros como él, otros que hacían lo mismo, otros que habían caído del paracaídas o de la cigüeña justo en la misma parte del mundo y en simultaneidad temporal, otros  que eran de la misma condición epocal: que vivían  “ in the latinoamerican way of life”. Algo así como una especie adaptación latina del famoso sueño americano.

Departamentos lindísimos (pero para Roberto siempre a alquilar), ultima tendencia en deco (pero pagó por cuatro cortinas “a medida” en sus últimos tres años), trabajos de muchas horas (de 8 a 12 hs), sueldos mínimos para la cantidad de gastos($ de 4.000 a $5.000), consumos máximos(celular, wifi, cable, gimnasio, francés, crédito de las últimas vacaciones, zapatillas, seguro de vida,  salida de fin de semana, ropa, comida afuera, etc..) siempre a full, a mil y mucha, mucha amabilidad. Todo tranqui, todo bien, no problem. El dinero de diez años de trabajo en negro entregado al negocio inmobiliario pero todo bien, vivir en el centro de la ciudad, vivir, tener salud, qué más da. Vecinos siempre nuevos y extraños pero todo tranqui si al fin y al cabo eran como su familia ampliada, estaban tan pegados, las paredes eran tan nuevas, tan de durlock  que los escuchaba, los conocía y hasta un poco los quería.

Tenia la costumbre de dividir en capítulos los distintos momentos de su vida y tituló el tiempo de la mudanza como “Carrera con obstáculos”. La primeras semanas el calefón no andaba, al celular no le llegaba la señal, internet tampoco, el televisor se le quemó con la primer tormenta que pasó en el hermosísimo nuevo lugar y además comprobó que siempre que llovía fuerte o hacia mucho calor en la zona se cortaba la luz. Pero tranqui porque, el tipo ya bicho, había comprado una luz de emergencia y con eso la pasaba genial. Ya va a pasar y sino “es lo que hay” le diría su mamá y sino se decía él mismo “el próximo capitulo algún día vendrá”.

Solía ocurrirle que cuanto más adversas se ponían las circunstancias de su vida además de estar irascible, nervioso, agitado, amargado, envenenado también se ponía más propenso a entregarse a la fantasía. Entonces la mayor parte del tiempo que no estaba con algo de la mudanza o del trabajo o amargadísimo,  estaba en eso: fantaseando con un viaje en barco sobre el mar.  Luego, como no podía ser de otro modo en el capítulo “Carrera con obstáculos”, la realidad le indicaba que el pronóstico no era favorable para tanto sueño y apenas el dinero le fuera a alcanzar para un fin de semana en Alpa Corral. Pensaba que de todos modos no estaba tan mal Córdoba y sus montañitas. Pero no quería ir solo y estaba solo. Todos sus amigos tenían parejas y conseguir novia le estaba resultando una operación difícil de lograr. Optimista quizás también pensaba que si iba de mochilero alguna compañera podía encontrar. Y entonces seguía pensando en el mar y las montañas todas las mañanas, desde que ponía un pie fuera de la cama, pasaba por el baño, se cambiaba, atravesaba la puerta del edificio, caminaba diez cuadras (porque eso sí, se daba pequeños lujos: el lugar de trabajo le quedaba cerca)y llegaba a su oficina y seguía con el sonido de las olas del mar y la imagen de la montaña hasta que lo abordaba el saludo y la pregunta que lo introducía de un golpe en una escena de la que ansiaba no participar mas:

-“Buen día Roberto, ¿Cómo está afuera?”

 Él ya sabía que la palabra “afuera” aludía a “clima” y que la pregunta en si misma no era más que un automatismo inercial de una especie de ritual en el que él era una pieza clave aunque no se le haya preguntado en ningún momento si quería participar. Él entonces respondía “buen día, bien, soleado” o “buenos días, está medio nublado” o “hola, está frio, se viene tormenta”. Cuando en verdad, después de cinco años de escuchar la misma pregunta-campana que daba comienzo a la rutinaria jornada, quería decirle: “Afuera se cae el mundo” o “Afuera murió” o “afuera te espera King-Kong para aplastarte con su manota “o “está el ejercito zarista que vino a decapitarte” o la que mas le gustaba: “a fuera se armó la fiesta del globo y no estamos invitados y es una fiesta eterna así que no preguntes mas, lo que te digo ahora vale para todas las mañanas igual”.

Paso seguido de esa voz interna lo invadía una culpa fatal,  se sentía mal y entonces le preguntaba a su compañera como le había ido el fin de semana si era lunes, o si era cualquier otro día de la semana se ofrecía para pedir café por teléfono o  comprar facturas.

 

-         ¿Estás bien Roberto? Te veo muy pálido

-         Si, va, más o menos, estoy con el tema de la mudanza todavía, un bardo total. Viste como es, dicen que mudarse es uno de los factores más estresantes que existen en la vida de cualquier hombre.

-         Si pero hace tiempo que te veo pálido.

-         Bueno, no soy fana del sol, ¿pero hace tiempo cuánto? Siempre fui muy blanco.

-         Sí, pero no sé…, hace tiempo que quería decírtelo, te veo como ensimismado, llegas tan serio. No lo tomes  a mal, pero te lo digo para que cuentes con migo para lo que necesites.

-         Gracias, si, no ando muy bien pero ya me voy a acomodar. Estoy como en una especie de salto grafico.

-         ¿Que andas en qué?

-         No, es una forma de decir, viste cuando lees una novela y te aparece un espacio en blanco y salta a otra escena, bueno, algo así. Mejor imaginate un punto y aparte.

-         Haa… ¿Vos que sos en el horóscopo?

-         ¿He? No, ni idea.

-         ¿De qué fecha sos?

-         ¿En qué fecha nací? el 24 de mayo.

-         ¡Ha! ¡Sos perro de madera¡ no es tu año querido, acomódate tranquilo que hasta fin de año vas a andar así.

-         Ha bueno, gracias, igual no creo en esas cosas y no soy supersticioso pero prefiero que no me digan nada del zodiaco.

-         Pero no es el zodiaco, te estoy hablando del  Horóscopo Chino.

-         Bueno igual, ahora ya está, pero para la próxima no me digas lo que supones que me va  pasar por el zodiaco, el horóscopo o lo que sea sin antes preguntarme. O ni me preguntes, ya te lo dije, prefiero no saberlo.

-         Bueno perdón, pero te ayuda, en serio, ahora ya sabes que probablemente no es por una anemia que estas así de pálido. ¿Vos tomas líquido en vaso de lata?

-         ¿He?

-         Si tenes vasos de lata en tu casa te pregunto porque dicen que te chupan la energía, guarda, tene cuidado, el perro de madera no está como para a andar sumando ondas negativas a su vida.

-          No tengo vasos de lata, gracias igual Marta,  me voy al baño.

 

 Después de ese tipo de conversaciones entendía porque una parte suya quería decirle a Marta que King Kong la esperaba afuera para aplastarla o que no estaba invitada a la fiesta del globo. Pero lo peor era que su otra parte la estimaba y entonces sabía que había muchas probabilidades de que cuando volviese a su casa busque por  la Web las próximas predicciones para su destino, es decir,  para el destino del perro de madera.

Terminó de trabajar y “afuera” llovía. Era una tormenta fuerte así que comenzó  a prepararse para llegar al nuevo y hermosísimo departamento y encender la luz de emergencia. Ya sabía: si aún no estaba cortada la luz se iba a cortar. Se sonreía mientras comenzaba a caminar, le daba cierto regocijo estar preparado para lo que venia, poder hacer predicciones en base a su propia experiencia. Pensaba que eran más éticas su tipo de predicciones que las que intentó tirarle Marta que nunca se sabe bien de donde vienen. Pero ¿y si todos los perros de madera estaban pasando por sus mimas penurias? ¿No debería convocarlos para compartirles sus aprendizajes y sus modestas predicciones? ¿Y luego no podrían unirse y se organizarse para combatir su año del mal en vez de estar padeciendo en soledad los designios de quién que fuerza sobre natural?

La ilación de preguntas fue interrumpida por la sensación de agua en los pies, uno de los zapatos tenía un agujero. Recordó que ya le había pasado esto con la anterior tormenta pero también recordó que iba a pasar un largo tiempo hasta que pudiera sobreponerse a los gastos de la mudanza y ahorrar para unos nuevos zapatos.

 Así que siguió caminando plácidamente imaginando que estaba llegando al mar y que el agua comenzaba a rozarle los pies. Que una vez que llegase a su nuevo lugar sino tenia luz, no tenía señal, no tenía t.v., ni ningún vecino con quien conversar no iba a importarle para nada porque en verdad él desde hacia tiempo estaba en este mundo para algo especial puesto que era la rencarnación de Robinson Crusoe en una isla sin mar y con Wifi. Roberto era, aun que nadie lo supiese todavía, la resurrección de aquel personaje que ahora se llamaba Robertson Cursoe (por cursi) y que volvió para buscar al imbécil que se le ocurrió que a través de la técnica y de la occidentalización el ser humano podría zafar de su tan propia desolación.

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                                                             LUCÍA  B.

MARTÍN MOMO

Publicado en Parodias el 8 de Septiembre, 2012, 14:41 por MScalona

Los recursos de “Tarta”

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El coche entró en la última curva del camino que lindaba con en el umbral del pueblo, fue aumentando la velocidad hasta mezclar los ruidos del motor con el fragor de las máquinas cosechadoras que recogían cereal en los campos que se extendían uniformes a la vera de la ruta, hasta que sólo se escuchó el escándalo de las cosechadoras. El Fiat 147 blanco se detuvo sobre la banquina, separado de la entrada de Carabelas y de la estatua de “Nuestra Señora de Luján”, por la ruta Nacional 188. 

 

-Viene algún vehículo por la derecha? -preguntó el inspector Jorge Remigio Canduzzo a su asistente

-No….

 

Mientras el auto cruzaba la ruta, los ojos del inspector se toparon con los de la Virgen, que lo miraba como queriendo advertirle algo. Antes de que Canduzzo pudiera comprender la señal divina, un semi-remolque cargado con 200 vacas Holando-Argentino que se dirigían hacia el mercado de Liniers para cumplir con su ritual de muerte, pasó como una exhalación por delante suyo, llevándose parte de la trompa del Fiat 147 blanco, la puerta derecha y, un banderín de Independiente, que abandonó abruptamente el auto luego de desprenderse de un tirón del espejo retrovisor, para alejarse flameando, prendido de uno de los estribos del camión. A lo lejos, se escuchaba la queja de una bocina, acompañada por un rumor que se acercaba traído por una brisa que se detuvo sobre el auto desecho, de manera que  el “y la reputisima madre que te reparió, mirá antes de cruzar”, se derramó nítido, sobre las cabezas del inspector y su ayudante. Fue entonces cuando José María de las Mercedes Sacramoni,”Tarta”, para sus amigos, pudo concluir con su respuesta:

 

-No.. No…Cru…Crucés.       

 

Canduzzo fue mudando su semblante poco a poco, a medida que se desembarazaba de los pedazos de vidrio, restos de plástico y polvo, que habían anegado sus oídos, nariz, barba y vello púbico. Una caricatura iracunda tomó a “Tarta” por el cuello, mientras lo miraba a los ojos desde un rostro teñido de rojo intenso y, sin soltarlo, lo puteó hasta en arameo.  

 

El expediente policial que descansaba sobre el asiento trasero coche, informaba sobre la aparición de un cadáver sin vida, de género indefinido tirando a femenino, caucásico, de entre 14 y 64 años de edad. La occisa respondía al nombre de Maria Francisca Nuñez, alías “La Lechona”, era adicta a las tortas de chicharrón, y  había sido encontrada muerta en su casa sita en el pueblo de Carabelas, el domingo 14 de julio, a eso de la una y pico.

 

El auto rodeó la plaza principal, para luego estacionarse frente al edificio donde funcionaba la “Oficina de  Atención a Víctimas de la Violencia de Género” .Un cartel adherido a la puerta que obturaba la entrada decía: “Golpee y espere a ser atendido”.

 

El doctor Vivo Omortensen, responsable de la repartición, recibió al inspector y a su asistente con una sonrisa que sacó de atrás de una revista. En realidad fue Canduzzo quien sacó de un tirón la “playboy" que cubría la cara de Vivo Omortensen, al tiempo que lo sacudía y abofeteaba, con la intención de despertarlo y de borrarle la sonrisa excitada que tenía pegada al rostro, seguramente porque estaba soñando con alguna de las mujeres que aparecían desprovistas de ropa en el semanario impúdico.

 

-Buenos días doctor

-Tiene un espejo retrovisor colgado del sombrero, inspector.

-Cómo?.... Ahh, esto….Lo uso  para estar prevenido si me atacan por la espalda….. Por dios!, que clase de bestia pudo haber sido capaz de hacerle a otro ser humano una cosa así, la desfiguró!.

-Esta viendo el retrato de mi mujer. Las fotos de la víctima están sobre el escritorio. 

-Ah…Por lo que veo, el criminal actuó con alevosía

-Encontramos el cuerpo desecho, pero la víctima no sintió nada

-Bueno, por lo menos no sufrió….

-Era sorda. No sintió nada cuando el asesino rompió la puerta de su casa, para entrar y desollarla viva antes de matarla.

-Entiendo….Cuál pudo haber sido el móvil?

-Mire, para mi que el criminal andaba a pata.

-Pregunto porque motivo habrá asesinado a la señora Nuñez

-Ahh. Puede haber sido por causas diversas. La “Lechona” andaba en cosas raras, era religiosa y fanática.

-Pertenecía a algún grupo fundamentalista Islámico? Integraba alguna secta?

-No. Era religiosa y fanática de Central. Iba todos los domingos a la cancha

-Es todo por ahora, nos vamos

-La revista que se está llevando es mía inspector

 

Los últimos rayos de sol, estertores de una tarde que se moría en el horizonte, se derramaban sobre el auto que remontaba la avenida principal, en busca de la hostería propiedad de “Ñato” Cueto. Desde que era chico, a “Tarta” le encantaban los coches de autor, esos que tenían su estructura tuneada en función del ADN de sus dueños, sin embargo, se sentía particularmente incómodo con el diseño minimalista que las circunstancias habían impuesto para la carrocería del 147 blanco desde esa mañana, como si súbitamente hubiera nacido en él, un sentimiento de repulsión a lo que es distinto, a aquello que se escapa de los lugares comunes -Me estoy poniendo viejo-pensó.-Ojo que también puede ser porque estamos en julio y es un garrón andar en un vehículo lleno de buracos, mas con la helada que está cayendo-reflexionó al rato.

 Aterido, hundía su pie derecho en el acelerador con la intención de terminar cuanto antes con el suplicio gélido al que los estaba sometiendo ese anochecer de invierno, mientras Canduzzo trataba de tapar con lo que tuviera a mano, los orificios por donde se colaba el chiflete que amenazaba con congelarlos. Vencido, el inspector apoyó su cabeza en el respaldo del asiento y se dejó estar, perdiéndose en sus pensamientos. El crujido y la leve inclinación del auto hacia la izquierda que lo acompañó, rescataron a Canduzzo de entre sus cavilaciones.  

 

-Pisamos algo “Tarta”, hacé marcha atrás-El crujido y la inclinación del auto se repitieron, como un eco.

 

En el medio de la calle, iluminado por el farol del vehículo que había sobrevivido al ataque de las vacas, yacía un cuerpo que dormía una borrachera. Dos marcas de ruedas de auto surcaban su pantalón a la altura de su pierna derecha.

 

-Rajemos “Tarta”-gritó el inspector. Una tercera marca hubo de acompañar a las otras dos sobre el pantalón del borracho.

 

-Buenas noches, dos habitaciones simples por favor. Se puede cenar en este lugar?

-Por supuesto señores! En  Resort “Ette”, podrán comer lo que deseen.

-Es suyo el hotel?

-Si, lo heredé de mi difunta esposa, que en paz descanse. Sabe, era una mujer muy trabajadora, amasó una pequeña fortuna a partir de su esfuerzo.

-Un ejemplo a seguir

-Es así. Cuando gurisa, juntaba botellas y bártulos de la basura,  para luego vendérselos a los almaceneros. Con el tiempo, se organizó formando una cuadrilla, que cirujeaba ya no solo en Carabelas, sino también en los pueblos vecinos.

-Y empezó a construir el Hotel con la guita que juntó

-No….Se sacó la lotería. Con lo que sacaba con el cirujeo no le alcanzaba ni para comer.

 -Una mujer con suerte

-No se vaya a creer, la pobre tuvo una muerte horrible. Escuchó en la tele que soplaban vientos de cambio, entonces salió de casa a la espera de los revolucionarios…Se la llevó un tornado…. La encontraron en una playa de Haití dos meses después

-La puta!

-Esas son habladurías!, mi señora solo participó en alguna que otra orgía, pero de puro aburrida nomás!   

 

Cuado el inspector se acercó a la mesa, la nariz de “Tarta” se asomó por entre el vapor que se desprendía del plato que descansaba sobre mantel. Al rato, apareció su cara. -Desde el día en que nació, el Josesito no para de darme alegrías-le decía la madre de “Tarta” a sus amigas cada vez que se juntaban para tomar mate -era tan narigón que cuando el médico me lo sacó tuve un orgasmo-.     

 

-Está rico el guiso de lentejas José María?

-Muy…

 

Canduzzo llevó la cuchara a su boca, entonces comprendió. El destino le había tendido nuevamente una trampa. Ríos de lava ardiendo se desplazaban dentro de su cavidad bucal, lacerando lo que encontraban a su paso. Miles de avispas, abejas, hormigas rojas, aguijoneaban sus encías, ramalazos de ardor candente torturaban su lengua, amenazando con derretirla 

 

-Muy..muy…ca…ca..liente- completó la frase “Tarta” 

 

El inspector trató de insultarlo pero no pudo decir palabra, solo salió de su boca un quejido, acompañado de un vaho cálido y espeso, que pasó por sobre la cabeza de su asistente, para terminar chocando contra los ventanales, empañándolos. 

 

Las primeras luces del alba chorreaban por la ventana de la comisaría, acariciando la pata de la silla donde “Gelo” Martínez, última persona en ver con vida a la “Lechona” Nuñez, sentaba su cuerpo y su incomodidad.Gelo” tenía antecedentes policiales por delitos sexuales, hacía un par de años, había sido acusado de violar a una potranca  junto a “Gucho” Díaz. Durante el juicio, Martínez se justificó argumentando que la “yegua esa” lo buscaba. Díaz declaró que justo pasaba por ahí cuando el “Gelo” le estaba dando murra al animal, y que se acercó porque su compadre le pidió el favor de besar a la yegua porque él de ahí atrás no alcanzaba, y que él no era de andarse negando cuando un amigo le pide una gauchada, y que al fin y al cabo la bestia lo pasó bastante bien porque cuando se iban los saludó con un relincho, que tanto.                

“Tarta” comenzó con el interrogatorio:          

 

-Que..que..pa…pa.. ssso..Co…Co-No podía. Tenía la cara hinchada como un sapo, las mejillas encendidas, los ojos desencajados, surcados por espesas líneas sanguinolentas, las sienes henchidas y latiendo al ritmo de su esfuerzo pero no había caso, sus labios permanecían blindados. Las palabras que “Tarta” pensaba, no conseguían franquear la guardia que esos cancerberos carnosos y rosados imponían en su boca, inconmovibles a pesar de las gotas de sudor nervioso que los humedecían.   

 

A varias cuadras del destacamento policial, un cigarrillo colgaba de los labios del inspector, quien miraba tomar café a “Maruca” Gigliotti, enfrentándola, mesa de por medio. Fuentes locales le habían informado que “La Maruca” sabía todo lo que pasaba en Carabelas, inclusive aquello que aún no había sucedido.

 

-Sabe algo de lo que pasó con la “Lechona” Nuñez?

-Delito

-Si, fue asesinada

-Digo que de Lito, mi hijo, es el juguete que está pisando, haga el favor de de levantar el pie.

-Perdón……Conocía a la víctima, sabe si tenía enemigos?

-Mire, el asesino pudo haber sido cualquiera, a la “Lechona” le gustaban las fulerías. Yo estuve en su casa cuando festejó su cumpleaños número cuarenta. De entrada parecía una fiesta normal, pero cuando el alcohol hizo efecto, la cosa se empezó a degenerar. Me sentí muy incómoda con la situación.

-Y usted que hizo entonces?

-Me puse la bombacha y me fui.

 

“Tarta”, separado por una ventana de postigos entornados, de las nubes que se arremolinaban en la tarde para terminar fundidas en el sol, había logrado lo que no hubiera sido posible ni si quiera en Guantánamo, luego de eternas sesiones de torturas. Antes de que José María de las Mercedes Sacramoni completara su primera pregunta, “Gelo” se quebró y confesó ser el asesino de Nuñez. También declaró que si querían, se hacía responsable de las muertes de los Kennedy, de John Lennon, del Papa Juan Pablo I, de confabular para que las potencias dominantes incumplieran el tratado de Kioto, y de aconsejar a la madre de Riquelme que le exigiera a su hijo renunciar a la selección, con la condición de que lo alejaran para siempre de ese tartamudo de mierda que desde hacía diez horas quería decir una palabra y no podía.    

 

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Martín Momo  

         

 

VALENTÍN GILARDONI

Publicado en Parodias el 7 de Septiembre, 2012, 0:39 por MScalona

Algo está por llegar

 

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Adalberto, nacido el viernes próximo. Lo recibiremos inmiscuidos en las oscuridades reinantes. El 3 de septiembre no manifiesta una espera alegre, mas bien, su fecha final. Adalberto no sabe lo que será de él, más si ustedes, los fieles y privilegiados lectores de “El pronosticador”. 

Adalberto; 3,50 kg, piel oscura, ojos que miran mas allá pero no tanto. Nacerá en el sanatorio de la mujer siendo el primogénito de dos padres que no saben muy bien como sucedió todo. Antonio, futuro padre del niño, supo declararle a una de sus amistades más cercanas;

-Me resulta algo rara esta situación, porque yo nunca tuve relaciones sexuales con María. Nos hicimos cariños pero nunca llegamos a “eso” viste.

-¿En serio Antonio? ¡Es un milagro!

-¿Que, la llegada de Adalberto?

-No, tu mujer.

Antonio nunca fue de sospechar demasiado. Ni siquiera lo será al percibir el color de piel de su hijo, tan diferente al de sus padres. Es un hombre que tampoco busca demasiadas conexiones. El negro, su amigo, le regalará unos cuernos de mamut con el motivo de la llegada del primogénito a este mundo de tinieblas.

Adalberto vivirá sus primeros tiempos sin conocer demasiado  la tristeza, en una casita de Mendoza al 5000. Ya a los 5 años sufrirá su primer decepción al darse cuenta que él no era todo para su madre, ya que la misma sabrá comprarse un hámster al que apodará “El negro” y se dedicará exclusivamente a su cuidado, desatendiendo las necesidades de Adalberto. El niño buscará refugio primero en los dibujitos animados, que un par de años serán unos dibujos muy comprometidos políticamente. Así el niño se enganchara con uno titulado “Los caballeros del macrismo”. Pronto tendrá que abandonar esta válvula de escape y de identificación ya que la presidenta de los 45 millones de argentinos  (habremos crecido notablemente) tendrá un reality show de su vida, las 24 horas en vivo por cadena nacional. Se sabrán omitir las partes de los negociados turbios y los encuentros con Néstor, que como bien pronosticó Mirta Legrand en este mismo diario, sigue vivo disfrazado de Yabrán.

La llegada de su hermano menor al mundo lo hará huir definitivamente de la felicidad.  Antonio contento estará porque no harán falta ni siquiera las caricias esta vez. El milagro nuevamente. Judas nunca tendrá la aceptación de su hermano, que para esta época se dedicará a huir de la realidad escribiendo, vicio que mantendrá hasta sus últimos días. Sufrirá mucho Adalberto pero nadie lo sabrá más que sus cuadernos.

A la edad de ocho años matará a su padre suministrándole más heroína que la necesaria para olvidar la realidad que no supo aceptar. Nunca se le borrará de la memoria esa risita burlona que se dibujó en su boca al escuchar los últimos insultos paternos. A los 12 escribirá su primer novela titulada  “Todos la leyeron pero yo la escribo igual”, a la que presentará en el cilindro de Avellaneda aquella noche que Racing le ganará 2 a 0 a Quilmes, con goles del general, ambos de zurda.

Años adelante, masturbación mediante, Adalberto tratará de violar a la niñera de su hermano, una tímida joven  de ojos grises. La victima será declarada culpable de abuso de menores y condenada a ser feliz en Miami vendiendo escarapelas en el barrio uruguayo. Dicen que nunca pudo olvidar el sexo de Adalberto y que terminará ahorcándose con una bufanda.

Superando una indiferente adolescencia destinada a olvidar, nuestro héroe tendrá un encuentro que marcará sus días para siempre. Inmiscuido definitivamente en la melancolía de la época, teñirá su ser de un gris imborrable. Así llegará a este encuentro, en el invierno del 33, a sus 21 años. Él lo relatará en unos de sus cuadernos, ese mismo día. A continuación la transcripción, primicia de este diario;

“Frio. Frio de goce masoquista. O de dolor de existir. Frio y ventoso. El sábado por la mañana empezó a ser el único objetivo de toda semana. Esperar la mañana del sábado. La mañana media, nada de fanatismos. 10 am, café y al rio. Tenía un banco predilecto en el España. Era el tercero contando del sur para el norte. O de la  barbarie para la civilización. Cada sábado lo encontraba solito, como esperándome. Y efectivamente así era, él me esperaba. Los de al lado, que eran muchos, todos repletos. Pescadores, familias aun no divididas, parejitas tempraneras, perros disfrazados de libres. Pero él, vacío, esperándome. Si había algo que me esperara por aquellos años, eso era ese banco, el tercero. En él supe leer “El aleph”. Fue un sábado de agosto, si mal no recuerdo. Un barco nos miraba prisionero de histéricas aguas y fóbicos puertos. El aleph y cinema verite. Recuerdo ese aire. Un par de semanas después quise repetir el deseo con Arlt. Los dos en la misma mochila. Para que el banco no se bañe solo de madera de algarrobo. Y así resulta que iba mi cuerpo, como comiendo el aire, cuando lo distinguí. Era la mañana del sábado 3 de septiembre y una cabeza afloraba en mi banco. Me acerqué suponiendo confusión; primero mía, ese no debía ser mi banco. Conté rápidamente, sur a norte, barbarie a civilización. No había error. Luego pensé que el confundido era el poseedor de la cabeza que tibiamente se arrimaba por la mojada madera algarreboica. Me acerqué decidido a cuestionar su actitud . “Sentate”, escuche que imperaba el desconocido. Acepté sumiso hasta darme cuenta de su identidad. Era el “Otro”, sentado en mi banco del parque España. Un poco más viejo, los ojos mas saltones, con una barba de un par de semanas y una pipa entre su boca. Sus uñas pintadas de amarillo captaron mi atención. También su remera (a pesar del frio invernal) que llevaba una inscripción en francés. Pude traducirla a; “Yo es otro”. Él se apuró a tomar la palabra. Creí notarlo enojado. Comenzó preguntándome porque no había ganado aquella final de básquet contra zona sur hace dos años. Final en la que yo, o el, o los dos, habíamos errado el ultimo doble que hubiese significado el triunfo de nuestro equipo. Debo admitir que esto me tomó por sorpresa. No esperaba esa pregunta del Otro. Cuando quise contestar o abrir la boca para decir algo, inmediatamente me calló. Me increpó por no haber tenido sexo aquella noche con Marianela. Que yo era un débil, que mujeres así no se iban a aparecer más en mi vida. Que él ahora estaba condenado a pagar por sexo o a abusar de la inocencia de solteronas mayores. Que la carne jugosa de la juventud nunca mas. Y todo por ser un pito flojo. Así me dijo. Yo empecé a mirar para los costados, para ver si había alguien escuchando. Por ultimo, al ver los “Siete locos” entre mis manos, me ordenó que terminase con esas estupideces de Arlt y Borges y que me dedique a estudiar marketing o ingeniería agrónoma, que “ahí esta la pasta” ya que, según el Otro, no está para nada bueno llegar a los 60 con un par de libros y ni un peso en el bolsillo. Se levantó mientras me saludaba diciéndome que nos veríamos el próximo sábado en el mismo banco. Caminó un par de metros hacia el norte. Volvió. Me miró a los ojos y como resignado me dijo; “Nuestro padre es el negro. Engañó a nuestro antiguo padre. Deberás vengarte. Ah y no votes por los K, ciclo terminado. Adiós.”

Así concluimos la primer entrega de la historia de Adalberto, nuestro nuevo héroe, que estará naciendo el viernes próximo, alrededor de las 3 am en el sanatorio de la mujer, para todos aquellos que quieran presenciar su llegada a este mundo de incertidumbres angustiosas y partidos de futbol mal jugados. Hasta el próximo martes.                                  

VALENTÍN

JOSÉ LUIS ZAMPARO

Publicado en Parodias el 5 de Septiembre, 2012, 18:22 por MScalona

EL PIBE BAIN CALDER

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Esos días de diciembre a Federico lo marcaron a fuego, y constituyeron el primer indicio de su futura carrera universitaria, de su dilatada experiencia en la herencia de Don Sigmund. Como todos los años desde 1971, en esta época en donde el sol se acerca   demasiado a los que vivimos en el hemisferio sur, y ni les cuento en la zona sur, el club de nuestros amores y el de F. abre la convocatoria a hombres menores de 12 años para su famosa cantera futbolística, y todavía hasta nuestros días, la cierra en la nochebuena. Encuentra en ese instante  tan significativo para los cristianos, un grato momento para alzar las copas yacarta ganadas; y brindar por los nuevos guerreros, como se les apoda a esos purretes del balompié. Para ese hecho se invita por supuesto al párroco del barrio, al comisario de la seccional, a la Vecinal, a toda la comisión directiva, a las subcomisiones, a las subsedes radicadas en más de mil doscientos pueblos de nuestro territorio y el exterior, a toda la comunidad del club, por supuesto a los pillines de la barra, y a familiares y amigos; se da lectura de la  lista de buena fe, que como en todas las oportunidades la componen la totalidad de los que se postulan. Es que es muy difícil dejar afuera a un chico en esta situación, en esa edad de las ilusiones, de las pasiones desenfrenadas, de los proyectos ambiciosos. Y si les pasa como al otro club, el de sus primos, el de los sinsabores, el que mira al lago, que dejo ir a un crack y ahora lo llora por Radio y TV, qué hacés, te cortás las bolas.

La cola de los futuros cracks comenzaba como siempre con o es lo mismo decir desde, el último vagón abandonado del Ferrocarril Argentino, a la altura de Oroño mas o menos, servicio oportunamente privatizado en los años noventa del siglo pasado por el gobierno popular del  Alferez General  Saulo Menemfrega a manos Angolesas, caminaba paralela a la trocha angosta, y culminaba después de recorrer ciento cuarenta y cinco vagones, también abandonados, equivalentes a multiplicar esa cantidad de material rodante por lo que mide cada chatarra, ocho metros, que te da que la cola aludida en esta descripción trigonométrica medía 1160 metros para ser exactos, por lo que se podrán imaginar estimados lectores el momento histórico que se vivía. La cola de esta belleza terminaba en la locomotora, otra bestia que se constituía en las oficinas de la Administración General Itinerante ( A.G.I ) del glorioso y perfumado club, es decir que no estaba abandonada, esta institución siempre se caracterizó por no abandonar nada. Chapas pintadas de azul, otras amarillas, una chimenea oxidada, ruedas gigantes, un perro sarnoso en la escalinata, mucho olor a pis. Cabe la aclaración que la prestigiosa institución deportiva de la que estamos hablando, en su momento infiltró un barrabrava  en las cesiones legislativas del Honorable Consejo Delirante (H.C.D. ), para lograr un Decreto  complementario a las inteligentes y necesarias medidas del gobierno de contraturno, para la  adjudicación directa y sin licitación previa del edificio de la antigua Estación de Trenes, con la justificación de que, a raíz de las reiteradas pinchaduras de las ruedas de la locomotora, la dificultad de importar neumáticos, y el excesivo costo  del vapor que se traía en barco desde Londres, se hacía muy difícil mantener en movimiento la máquina. Hasta se pensó en una placa en el frente ó en el hall del elegante edificio con el nombre de  Alfredo Domingo Alberti, como forma de equiparar la decisión a dedo de los legisladores, y a su vez se constituía en un gesto heroico de merecido reconocimiento en vida a un ídolo indiscutido del club archirrival de la ciudad. Pero las presiones políticas y económicas de la alta sociedad, y no los derechos de las mayorías populares inclinaron la decisión hacia el proyecto presentado por otro concejal, el Dr. Vicente Pomponio, para  reabrir el famoso Randevú en el citado edificio, que antiguamente funcionaba en una de las casas demolidas de la vereda de enfrente. La justificación mas irrefutable fue que con esa medida, el citado político podría visitar a su madre cuando lo desease, ya que vivía a la vuelta.

La espera para sumarse a las filas del prestigioso club estuvo todos los días nublada de ansiedad, vanidad, humedad,  y plagada de corta edad. El hambre lo incentivaba el humo de los choripanes, la sed el vino de damajuana fraccionado en botellas plásticas usadas de Bidu Cola; todo cordialmente atendido por la subcomisión de eventos populares "Tribuna de mujeres fanáticas del chango", en otro vagón abandonado en un carril mas rápido de trocha angosta . Muchos habían llevado una mudita con naranjas para la siesta, otros  semillitas, agua con cubitos en un bidón, aunque la mayoría sabía por amigos que fueron años anteriores, que había una canilla perdida entre las vías para refrescarse en toda ocación o prenderse del pico. Federico estaba ubicado mas o menos por la mitad de la fila de soldaditos, y recién después del tercer día de permanecer en el lugar inmutable y en ayunas, se le acercó la coordinadora del fichaje acompañada de dos cabeza de tortuga que el Ministerio de Inseguridad y Actos Fuera de la Ley ( M.I.A.F.Ley ) dispuso para controlar posibles adelantamientos ó desbordes de los pibes, el orden general, y fundamentalmente la limpieza del lugar.

- Vos nene, el de colorado. Le dijo la mujersota de tacos negros, piernas blancas sin medias can can, soquetes cremita, pollera verde loro arriba de las rodillas, remera negra estirada, camperita al crochet blanco tiza. Labios carnosos, tez blanca, el pelo enrulado también .

- Yo señora ?. Preguntó el colo, consciente desde el primer día que el resto de los infantes lucían remeras solo amarillas ó solo azules, dispuestos en forma organizada, alternada, y obligada en la fila como si un diseñador de modas, que tranquilamente podría integrar la comisión de Imagen Institucional ( C.I.I. ) lo hubiera planificado de antemano,  y en ingeniosa oposición cromática a los silos que emergen como tizas de colores pastel de las barrancas del río que corre a uno sesenta metros, también paralelo a las vías. Todo era paralelo, nada congruente, ni siquiera tangente.

- Sí, vos. Quién otro. Vos co lo ra di to mío. Con una sonrisa irónica.

- Acompañame. Que lo acompañe pidió la voz mandona de la gigante de ojos azules.

El joven bajo con miedo explícito su cabeza, avanzó unos pasos y se acurrucó entre los dos escudos de policarbonato transparente de los gordos de camisa gris, pantalones gris, gorras gris, y cachiporra, que lo protegieron de las salivas. Ella le marcó el paso con el desequilibrio de sus tacos, que por izquierda, que por derecha, por una senda de pasto seco, mas corto, amarillento, no tan verde intenso como los alrededores,  lo que comúnmente se llama caminito; el ruido de las botas y las manos de la ley también. Cincuenta y dos metros caminaron hasta detenerse frente a un dock de un metro veinte de alto y otros tantos de ancho, de un galpón ferroviario también abandonado, y las nalgas de la señorita descansaron sobre él después de tres saltos tirabuzón fallidos y  la ayuda de los dos oficiales; las risas de tres ocupas que compartían un porrito en el andén  no se pudieron ocultar ni con la mirada de los uniformados, tampoco el enagua y el bofe estirando la pollera. Los extraños hechos acrecentaban la timidez del purrete de pantalones cortos, orinaban los largos .

- No sabés amor mío, que acá no. Disparó la femenina.

- Yo no hice nada señora .Dijo F.

- En realidad tenés que hacer algo querido angelito de Dios. Irte de acá. Contestó ella.

- Esto no es para cutis blancos, y menos para pelirrojos. Agregó.

En ese justo momento, del lado de la locomotora que se constituía en sede institucional, sorteando el barro y el pasto mojado por el rocío, llegó  un señor que se preocupó por la situación, levantándose los pantalones de su elegante traje con ambas manos y en punta de pies. De no ser por los soquetes negros y los pelos en las patas, a esos zapatitos blancos le faltaba un tutú rosado, para bailar la música de las pocas ranas y grillos que sobrevivieron junto a los charcos, de las fumigaciones que lleva a cabo la Subsecretaría de Control de Vectores del Municipio en los espacios públicos. Dirigiéndose al niño en una forma muy especial, se presentó como el Presidente del club, y le sugirió de buena manera que hiciera caso a la sugerencia de la señorita Rita. Agregó que la comisión directiva en pleno la noche anterior había tratado su caso particular, porque sorprendidos lo habían visto a él en la cola, y votado la decisión en forma ecuánime, unánime, y le rogó que por favor no se desanime; y que por la historia del club, la presión de la hinchada y fundamentalmente por los acuerdos internacionales que se habían rubricado  oportunamente, el equipo era únicamente para gente de color, y negros particularmente, y si aceptaban a alguien como él, la combinación sería nefasta, y muy difícil de sostener en los medios masivos de comunicación, y ni que hablar con la barra brava. Cabe la aclaración que a los citados preámbulos se había llegado después de los históricos hechos del 17 de Octubre de 1945, en donde la oligarquía porteña había criticado burlonamente el echo de que los jugadores y los hinchas, festejaran y se lavaran las patas en la plaza de Mayo después del triunfo agónico en la visita al sur de Buenos Aires, cuando jugaron en la cancha de San Telmo contra Boca. 

Lloraba como un chico, con sus doce años levantó la cabeza junto con la media vuelta de su cuerpo, su cabello rojizo acompañó el giro, caminó hacia el sur pisando penas, patitas blancas, flacas, patitas chuecas. Quiso la siesta ponerle a un niño la soledad, las chicharras, el sol, y recordó los días de la cola, la indiferencia de los otros pibes,  nunca un pase en los picaditos que se armaban, ni siquiera de suplente, y las ganas de cabecear la de goma que cruzaba ante sus ojos, ó un co ca co la con un negrito, tomar agua de la misma botella, sentarse transpirado en el andén, contar un cuento, ó un pique en profundidad por las vías. Todo cerraba, era y sería un zapo de otro pozo, para qué dar explicaciones de porqué estaba allí, del accidente de su abuelo Colin, el escocés, de su padrastro boliviano, de su andar por las villas con los chicos pobres, de los comedores comunitarios, de los guisos. Aceleró el paso, pisó fuerte esa tierra surcada de rieles, y de un zurdazo de tres dedos clavó en el ángulo del arco pintado sobre uno de los muros del galpón, la botella vacía de Gatorade que se le puso adelante.

No lo festejó, por respeto a los chicos, y porque su sangre seguiría en ese lugar de la cultura de este pueblo, y el camino lo hizo de pronto mas lento, desafiante pero errante, denigrante.

Tampoco escuchó al presidente que había quedado atrás de la jugada. En offside, como siempre.

- Fede !Le gritó el tipo.

- Hey Fedeeeee! Esperá pibe.

Jose Luis Zamparo

GERMÁN HANSEL MONZÓN

Publicado en Parodias el 3 de Septiembre, 2012, 11:47 por MScalona

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Diario de una mujer suela

(Vicisitudes de la dueña de un diario que las noches de cuarto menguante se convertía en suela)

 

A Laura, las cosas no le iban muy bien que digamos. A pesar de su diario, y de haber tenido una época de esplendor,   la editorial no había podido reponerse de los estragos del efecto tequila.

Anteriormente había tenido otros traspiés debido  a los efectos martini, vodka y tinto, pero la resaca con tequila le duró mas de lo esperado. Por mas que pensaba  no encontraba la forma apropiada de levantar su empresa. Tuvo varias reuniones con sus periodistas, pero sólo una por trabajo ya que las demás eran lo viernes para comer pizza.

Cierto día, a pesar que hacía mas de una década que no salía a trabajar fuera de la editorial, se dio cuenta que la única solución era salir ella misma a la calle a contactarse con el mundo, a buscar la noticia al lugar mismo de los hechos.

Fue asi como una tarde conoció a Mabel, una anciana celestina que decía poseer suficientes poderes para interceder en amores, se adjudicaba cuanta historia de amor ocurría en el barrio, aduciendo cualidades para trabar, destrabar y conseguir cualquier resultado quebrantando aún la voluntad de terceros, y no solo en amores, también en salud, trabajo  y cualquier otro rubro.

Laura, una mujer agiornada, totalmente pragmática y fría, como su condición de empresaria lo requería, no creía en esas cosas y se limitaba a escuchar con una complaciente sonrisa en los labios las historias que contaba la enternecedora viejita y las absurdas recetas   que le daba día a día para triunfar en los negocios, las cuales consistían en comer billetes y hacer caca en el umbral del local de la competencia a las tres de la mañana, estrategias que ella seguía paso a paso solo para complacer a la anciana.

Morlaco, un hombre nada apuesto, con aspecto que no tengo ganas de describir, era el novio de Laura. Se habían conocido en la papelera que proveía el material para la editorial de ella, esa papelera abastecía  casi toda la ciudad y alrededores ya que fabricaba todo tipo de papel. Morlaco era el que hacía el papel de forro.

La tarde que lo conoció, ella salía de las oficinas de la papelera y se cruzó con Morlaco, quién salía de la fábrica en su bicicleta, munido de su bolsito de  cuerina Adidas.

 El, muy cortésmente y acomodándose el gorrito azul que le hacía juego con el overall, se ofreció a llevarla en el caño . Ella lo miró a los ojos y no pudo evitar sentirse totalmente seducida. Casi sin hablar, e impulsada por quién sabe que fuerza cósmica, procedió a sentarse en el lustroso caño al tiempo que alzaba los extremos de su capote Dior para que no se ensuciasen con la cadena.

Durante el viaje la rubia cabellera de ella se enredaba con el pucho que Morlaco llevaba en la boca, lo que lo obligaba a pasar el mismo de una comisura a la otra, hasta que decidió tirarlo, prometiéndose no reprochárselo y juró que ese traspiés no arruinaría lo que podría ser el comienzo de un gran amor, en tal caso se lo guardaría en un rincón de su memoria para refregárselo en la cara el día que ella, hastiada por la rutina y durante una acalorada discusión le ofenda la madre, tomá guacha...!

Pedaleo va, pedaleo viene, el le contaba de lo duro que estaba la calle en los tiempos que corrían, sobre todo en lo referente al levante de minas y ella le hablaba de un novio que había tenido, el cual le vino a la mente a raíz del caño de la bicicleta que hacía mas de veinte minutos se le venía hundiendo entre los glúteos.

LLegaron a la casa de Laura, ella lo invitó a pasar pero el no aceptó, en realidad se moría de ganas de entrar pero el sostenía que debía hacerse un poco el difícil si no quería que ella lo agarrase para la chacota. Se despidieron y dejaron la invitación para la noche siguiente.

Laura, que tenía grandes dotes de cocinera, lo sorprendió con un pavo ahumado al cognác y él la sorprendió con un "no me gusta el pavo",  por lo que optaron por tomar un suculento café con leche. Luego y sin mediar palabra alguna hicieron el amor como nunca antes lo habían hecho, debido a que nunca antes habían hecho el amor. De sobre cama fumaron un cigarrillo, ya que no tenían más que uno y hablaron respecto al polvo. Que si te gustó, que qué sentiste y todas esas cosas que se hablan después de un polvo.

A esas instancias Laura  estaba enamoradísima, pero el también,  por lo que ella le propuso casarse y tener cinco hijos, propuesta que el vetó parcialmente ya que  quería tener solo tres, esto ofuscó a Laura y la hizo llorar,  - Qué te pasa ahora ? - Es que nunca me das los gustos... -   El la mandó a la mierda y se marchó.

Durante los días siguientes ella se encontró en un profundo pozo depresivo, extrañaba mucho a Morlaco y no podía hacerse la idea de como sería su vida sin el. Desesperada decidió ir a ver a Mabel. La anciana le ofreció su ayuda "para lo que necesite"  y sin cargo alguno, - Se que tienes un problema - le dijo,  ella admitió que si,  pero como no recordaba cual era el problema  por el que había ido, le pidió ayuda para levantar su empresa, tanto como para aprovechar la oferta.

Laura, que permanecía escéptica y tranquila, encendió su decimosegundo cigarrillo y procedió a contarle la historia de su diario, el cual lo había iniciado su padre con mucho sacrificio. La voz comenzó a entrecortársele y pronto se puso a llorar.

- Tu tienes un problema... ¿no es así? - El llanto se le cortó en forma repentina y miró sorprendida a la vieja  quedándose perpleja ante semejante demostración de videncia. Demostración a partir de la cual  le comenzó a tener un respeto incondicional. Laura pensaba que llegando al lugar de las noticias antes que la competencia podía obtener la primicia y de esta manera devolverle a su diario el prestigio que había perdido. Mabel le preparó un brebaje misterioso el que debía tomar las noches de cuarto menguante antes de acostarse.

Laura se despidió de la viejita y tomó un taxi. Estaba muy ansiosa por llegar a su casa. La tarde estaba pesada y no corría una gota de aire. Un tanto nerviosa le preguntó al chofer - Qué día es hoy ? - , - Cuarto menguante - respondió.

Ella le dió las gracias, destapó la botella que le dió la anciana y le pegó un trago. No podía esperar a llegar. Un penetrante olor a goma invadió el coche,  por lo que el chofer miró intrigado por el espejo retrovisor. Durante la noche se sintió deprimida. Encendió el televisor, se acostó y comenzó a hacer zapping con el control remoto. Recordó que Morlaco la había dejado y decidió comenzar a llorar.

Luego apagó el televisor y se acomodó para dormir. El sueño no le venía, por lo que se puso a contar burros, de niña siempre contaba burros, lo había aprendido de una prima a la que una noche sorprendió  contando burros para poder dormir.

Estaba en eso del conteo cuando el burro número treinta y dos le hizo acordar a Morlaco, tenían algo en común y ella, como cualquier ser humano en tales circunstancias, comenzó a excitarse. Decidió sacarse de la cabeza a los burros y a Morlaco, no quería tener que masturbarse por lo que encendió el televisor y se puso a mirar una porno. Al rato se puso a jugar con el control remoto entre las piernas y comenzó a excitarse nuevamente.

Los movimientos de su pelvis accionaban los botones haciendo intercalar los canales, un rato la porno, un rato al padre Ignacio en el cierre de transmisión, un rato la porno, un rato al padre Ignacio y así sucesivamente y cada vez mas rápido. La velocidad aumentaba con el grado de excitación de ella. Por un momento creyó ver al padre Ignacio desnudo en medio de una orgía y pensó que esa noticia le haría aumentar las ventas.

Durante la madrugada, mientras dormía, un gran rayo iluminó todo su departamento y una ráfaga de viento abrió repentinamente la ventana del dormitorio. Ella comenzó a moverse en la cama de un lado para el otro, transpiraba y se quejaba agarrándose el estómago. El brebaje de la bruja comenzaba a hacerle efecto. Comenzó a llover.

Cuando el transe pasó se encontraba transformada en suela, en la suela del zapato de un asesino que estaba subiendo las escaleras de un viejo edificio en los suburbios de la ciudad, camino a cometer un crimen.  Todo sucedió muy rápido y ante la mirada atónita e impotente de ella.

La puerta del departamento no ofreció mayor obstáculo. El asesino entró sigilosamente y a la anciana la sorprendió durmiendo en la cama. No escuchó nada, tal vez por la tormenta. La luz de la calle se mecía con el viento proyectando una aumentada y movediza sombra en la pared en la cual alcanzó a contar cinco puñaladas, ya que era lo único que  podía ver desde el zapato, porque ni siquiera  pudo conocer la cara al asesino.

Su condición de suela no le impedía sentir, pero sí le impedía interceder para evitar lo que estaba ocurriendo. El sujeto, dueño del zapato donde se encontraba, bajó las escaleras despacio como si nada hubiese ocurrido y cuando alcanzó la esquina echó a correr bajo la lluvia. Ella sentía todo el peso de su cuerpo, por lo que calculó unos setenta kilos.

Durante la fuga y debido a la oscuridad, el sujeto no advirtió la presencia en su trayectoria de un sorete de perro. Ella lo vió cuando ya lo tenía encima pero nada podía hacer, era gigantesco. Fué para ella como ver una enorme montaña de mierda. Simplemente cerró los ojos.

El amanecer la encontró en un descampado, desnuda y llena de caca. Se dirigió de prisa a la redacción y comenzó a escribir la noticia. Era realmente una primicia ya que todavía ni siquiera habían descubierto el cadáver. Al atardecer Laura regresaba caminando a su casa; a esta altura la caca  se había secado y ya se había acostumbrado al olor.

Estaba atravesando el centro cuando se encontró con Morlaco.  - Hola...- Le dijo el. Ella se quedó petrificada. -Hola...- Le repitió. - Hola - Contestó ella.

Un escalofrío le recorrió la espalda, no podía dejar de mirarlo a los ojos. El dejó caer su bicicleta y la abrazó fuertemente. Ella se puso a llorar y a transpirar. La caca comenzó a humedecerse y a resbalar de su cuerpo para caer en enormes y pastosas gotas al piso.

- Yo te quiero con mierda y todo -  Le dijo él.

Se fueron caminando juntos de la mano y se perdieron entre la gente. Ya de noche, estaban recostados en el parque mirando el río.

- Qué mirás? - .  Le preguntó él.

- El río -   Contestó ella. - Me trae muchos recuerdos -

- Como cuáles ?

- Ahora no recuerdo.

Morlaco, satisfecho con la respuesta, se quedó callado contemplando el río, mientras casi sin darse cuenta, jugueteaba con un tallo de hierba metiéndoselo en una caries. Laura lo miró y le dijo:

- ¿ Por que no dejás esa paja..?

- Qué tiene de malo..? Es solo un tallo...

- No, me refiero a la otra paja... Estás re flaco...

Charlaron y rieron, se contaron anécdotas y recordaron su infancia.

- Querés conocer mi barrio...? Donde me crié...? -  Le dijo el.

- ¿Es necesario..?

- Si, eso me hace creer que te interesa mi vida...

- Tenés razón, no lo había pensado...

Morlaco paró un taxi y le preguntó donde podían tomar un colectivo para la zona sur.

Siguiendo las intrucciones del taxista caminaron hasta la parada.

Subieron al colectivo. Estaba vacío pero ellos decidieron sentarse juntos en un mismo asiento como dos adolescentes para poder apretar. Ambos comenzaron a excitarse, por lo que Morlaco se abrió la bragueta, pero justo cuando la iba a penetrar subió un hombre de camisa y corbata que les pidió el asiento argumentando  que era el chofer y que tenía que manejar.

- Mejor - Dijo el - Vamos a los otros asientos que no tienen volante y son mas cómodos - Y en un acto de galantería le pagó el boleto a ella, actitud que le hacía sumar puntos en la carrera de la seducción.

Se bajaron en avenida Uriburu y después que Morlaco se acomodó el miembro que le había quedado afuera encendió un Camel y caminaron hacia el oeste. Ya era re de noche.

- Este era mi barrio... Si habré andado estas calles...

  Ahí enfrente vivía Tito... Pobre Tito... Desapareció y nunca más lo encontraron... Fue durante la dictadura... El fue uno más entre tantos... Tenía ideas muy raras, era de los que pensaba feo...

- Pero cuantos años tenía?

- Ocho

- A  esa edad no pudo haber sido tan subversivo...

- Que no..! Vos no lo conociste...

  En esa esquina vivía "la Chueca"... Que linda era la Chueca...

  Donde está esa casa había un almacén... el almacén de don Mario... Siempre le afanábamos...

  Una vez se dio cuenta y nos corrió con una escopeta...

Las luces de la avenida habían quedado atrás cuando llegaron al campito.

- Acá veníamos a jugar a las escondidas o a fumarnos un pucho; era nuestro lugar secreto - Le contaba el recordando y exhalando el humo a la vez que  miraba la braza del cigarrillo.

Ella caminaba detrás pero pegada a el. No se veía nada y tenía algo de miedo.

El se detuvo, pegó la última pitada y tiró el pucho catapultándolo con los dedos mayor y pulgar demostrando  total maestría.

- Ecuchá... escuchá el sonido  de la noche... Por suerte la ciudad no llegó hasta aquí... Escuchá 

   los grillos...

Estaba estrellado y corría una suave brisa, el silencio era agradable pero de a ratos preocupante.

Un ruido se escuchó desde atrás de unos arbustos.

Morlaco buscó un encendedor en el bolsillo y lo encendió; lo llevaba con la mano extendida tratando de iluminar mientras apretando con la otra mano, la mano de Laura, se acercaba al lugar de donde salió el ruido.

El cagazo fue enorme cuando vieron esos enormes ojos salir de atrás de las plantas a escasos centímetros de sus narices.

El la soltó a Laura para poder correr mas rápido pero justo alguien lo llamó en voz baja por su nombre.

- Morlaco ?... Sos vos..? - El se dió vueltas y temeroso, tratando de ver en la oscuridad preguntó:

- Quién anda ahi?

- Yo..!!

- Quién es usted ? - Laura llena de miedo le tiraba del brazo yle rogaba que se fueran.

Morlaco corrió una rama del arbusto que le impedía visualizar  al misterioso sujeto y ayudándose con la llama del encendedor pudo ver a un hombre delgadísimo, con una larga barba que vestía un apretadísimo jardinerito.

- Shhh... -  Le dijo el hombre.

- Shhh... Qué? -  Le contestó él.

- Morlaco...?

- Tito...?

- Me parecía que esa voz era la tuya...

- ¿Y vos... que hacés ahí escondido...?

- ¿Como...? Ya me parecía que se habían olvidado de mi... Vos me dijiste que no saliera

    hasta que me avisaras, te acordás... ?

- Pero eso fué hace mas de veinte años...

- Si, pero nadie me vino a avisar... Estábamos jugando a las escondidas...

Si, pero nos llamaron a tomar la leche...

- No me nombres la leche que tengo un hambre bárbaro...!

- Bueno, pero salí de ahí... Ya no tiene sentido que sigas escondido...

- ¿Estás seguro?

- Laura, el es Tito el muchacho del que te hablé...

Ella lo saludó y  siguieron los tres recorriendo el barrio mientras charlaban.

- Como andan el resto de los pibes...?

- ...Y... algunos se casaron..., otros estudiaron...

- ¿Y vos...?

- Ninguna de las dos cosas...

- Que increíble... La última vez que los vi eran tan chicos...

- Pancho estudió comunicación social y se recibió de comunicador social.

- ¿Y ahora que hace...?

- Está incomunicado...

- ¿Como fue...?

- Le hicieron una camita...

- Que hijos de puta...!

- Si, le hicieron una camita para el cuarto del pibe, por encargue de el, viste... y pagó con unos billetes que el mismo había impreso.

Se quedaron en silencio, pensativos...

- De mi vieja sabés algo?

- Está con las Madre de plaza de Mayo... Ella siempre pensó que te había chupado la cana...

  Sufrió mucho con tu desaparición...

- ¿Como lo sabés?

- Me lo dijo durante un baile de disfraces que había organizado en tu casa para el

  aniversario del día que desapareciste.

- Pobre... Tengo que verla urgente...

- Nos vemos mañana...?

-  Lo dudo, la primera vez que desaparecí fue durante unas pocas horas y no me dejó salir por tres dias...

Era tarde. Lo despidieron a Tito en la puerta de su casa y caminaron abrazados confundiéndose con las sombras de los arboles que la luz amarillenta de la calle recortaba en la pared. Solo lo acompañaban el eco de sus pasos y los retos de la madre de Tito que  retumbaban en todo el vecindario.

Hacía mas de media hora que caminaban sin hablarse.

- ¿Qué te pasa ...?

- Nada... me siento un poco incómoda... ¿Sabés que quisiera?

- ¿Qué?

- Bañarme, sacarme la caca de encima y vestirme... ya hace frío para andar desnuda...

Morlaco accedió a su pedido, el quería darle todos los gustos y verla feliz, aunque en el fondo sabía que podía tratarse de un caprichito propio de las minas. Esa noche Laura, luego de ducharse se fue a dormir. Estaba en lo profundo del sueño cuando comenzó a moverse. Se movía de un lado a otro agarrándose el estómago.

Cuando se despertó se encontraba en la suela de Ramón Barrios, un conocido dirigente gremial que se dirigía a un fastuoso asado en una quinta en las afuera de la ciudad, propiedad del dueño de la fábrica donde trabajaban los empleados que el representaba.

El servicio comenzó con tablas del mejor fiambre y quesos, acompañado con vino malbec  y sauvignon blanc, luego siguió el asado en el cual no faltó el nonato y la creadilla. Después el champagne, whisky y todo lo que suele haber en ese tipo de comilonas. Ella, desde allí abajo, veía pasar las cosas pero no podía probar ni un bocado.

Estaba desesperada y cada vez que el fulano éste, dueño del zapato donde se encontraba, se paraba sobre un poco de vino derramado, aprovechaba para beber un poco. Había mucha  gente, políticos y empresarios. Realmente se lamentaba no tener en ese momento un grabador para registrar cada conversación.

En un momento dado se dirigió a la habitación contigua, por supuesto por voluntad de Barrios, donde lo esperaban el empresario dueño de casa y un alto funcionario.

- Como habíamos acordado... -Le dice el empresario mientras le extendía un cheque. - Quédese tranquilo, ya mismo se levanta el paro por seis meses...

- Pase lo que pase- Le aclaró el empresario mientras se acariciaba el bigote con la mano opuesta a la que sostenía el vaso de Chivas. 

Ella podía ver todo mediante el espejo del cristalero. Se dieron la mano los tres como sellando el pacto. Cuando  Barrios salió del recinto pateó sin darse cuenta una aceituna, lo que hizo enfurecer a Laura que ya la estaba saboreando.

A medida que transcurrían las horas los alegres y ebrios eran más, lo que se traducía en más bebida derramada para Laura. Al amanecer se encontraba desnuda y ebria detrás de unos arbustos en el vasto parque de la quinta, desde donde pudo ver a Barrios que abrazado a un concejal se arrojaban vestidos  a la piscina con una botella de champagne en la mano.

Se dirigió a su casa y después que se le pasó la resaca se fue al diario a preparar la nota. Sabía que no podía  denunciar lo ocurrido ya que no tenía las pruebas necesarias, pero si podía anunciar  como primicia el levantamiento del paro.

A la salida de la redacción pasó por el consultorio de un psicólogo y al leer la placa de bronce recordó que tenía un problema, por lo que decidió entrar y hacerse un psicoanálisis. Salió una hora después totalmente renovada y superada.

Estaba en su casa, cantaba y cocinaba cuando sonó el timbre de la puerta, era Morlaco que llegaba con una cajita de vino fino. La miró un tanto desconcertado.

- Que te pasa que estás tan contenta...?

- No me notás nada nuevo?

El la miró mas detenidamente sin encontrar ninguna diferencia.

- En la cabeza...- Le dijo ella.

 - Ah... te cambiaste el peinado... o el color...

- Para eso me gasté doscientos pesos en un analista...?  Para que vengas vos y me digas que  me cambié el peinado...?

- Pero para que gastaste doscientos pesos en eso ?  Si como tenías la cabeza estaba bien... te quedaba bárbaro... a mi me gustabas...

Ella, sin dejar de revolver la olla y sin mirarlo se sonrió irónicamente.

- Claro...!! A vos te gustaba...!! y una siempre tiene que estar como le gusta a ellos... ¿Y yo  qué...? Lo que a mi me gusta no cuenta...?

- Por supuesto, además yo no dije que ahora no me gustaras...

- Si, no lo dijiste concientemente, pero tuviste un "acto fallido"...- Le dijo mientras se limpiaba las manos con el repasador.

- ¿Un qué...?

- Dijiste "A mi me gustabas" y quisiste decir justamente eso, que te gustaba... o sea que ya  no te gusto -  Terminó de decir eso al tiempo que arrojaba con bronca el repasador sobre la mesada.

- No seas ridícula...

- Ah...!! Ridícula...!! El señor me trata de ridícula... Típica actitud machista... Colocar a la  mujer en una jerarquía inferior para resaltar su ego, denotando una conducta vengativa tal vez proveniente de una relación edípica sin resolver producida por una imagen maternal fálica dominante...

Morlaco, que seguía parado sin siquiera haberse sacado la campera, la miraba estático, sin entender. Luego apoyó el vino en la mesa y se fue diciéndole - Cuando se te pase, llamame...  Laura se quedó sola, llena de bronca, pero a la vez satisfecha con ella misma por no haberse dejado basurear. Durante la noche, mientras soñaba que se le caían todos los dientes, comenzó a moverse de un lado a otro. Se agarraba el estómago. Se movía hacia la izquierda y luego hacia la derecha repetidamente.

Tanto se movía que se despertó. Encendió el velador y se fue al baño a mover el vientre.  Era una terrible  diarrea. Pasaron los días y como Morlaco no recibía noticias de Laura comenzó a desesperar. Pasaba todo el tiempo en el bar que estaba frente al diario para tratar de verla sin ser visto. Estaba por demás de ansioso. Se fumaba todo y tomaba como quince cafés por día con algunos vasos de ginebra. Una noche la vio salir del brazo con un tipo, creyó que se moría, pero como eso no ocurrió decidió suicidarse.

Caminó y caminó, totalmente ebrio, miraba hacia arriba de los edificios buscando el mas alto.  Se paró frente a uno de veinticinco pisos y esperó que alguien franqueara la puerta para ingresar. Una vez adentro se dirigió a la azotea, subió por las escaleras porque siempre le tuvo miedo a los ascensores.

Arriba se puso a buscar el mejor lugar para saltar a la vez que calculaba donde caería y se imaginaba como quedaría su cuerpo, reventado. Una bolsa de huesos rotos. Lleno de sangre y totalmente despeinado.  Pensó también en Laura, cuando recibiera la noticia, sin duda se pondría a llorar y se sentiría culpable. Tal vez nunca más podría enamorarse de alguien. En ese instante se le escapó una sonrisa.

Pensó en cuando ella tenga que publicarlo en su propio diario. Volvió a mirar hacia abajo y dijo para si "Si me tiro de aquí me hago mierda". Motivo por el cual desistió de tal idea. Bajó por el ascensor, ya que la fobia era con los ascensores pero ahora este funcionaba como descensor, y se dirigió rápidamente a lo de Laura.

A medida que se acercaba el corazón le latía más fuerte. Llegó y se detuvo frente a  su puerta. Escuchó una suave música que provenía del interior. Esta vez el corazón parecía salírsele del cuerpo. Abrió la puerta sin llamar. Ella estaba ahí, completamente desnuda, de rodillas,  frente al señor con el cual la había visto salir del brazo quien se encontraba también desnudo. Ella lo miró y luego de sacarse algo de la boca le dijo "No es lo que vos pensás".

Recién entonces Morlaco recuperó la tranquilidad.  Ella los presentó y luego de intercambiar algunas opiniones sobre los alimentos transgénicos se sentaron a cenar.  Los días siguientes a la reconciliación fueron un verdadero idilio, ambos trataban de complacerse mutuamente.

Una noche después de hacer el amor el encendió un cigarrillo a la vez que la abrazaba y tras largar una bocanada de humo le dijo:

- Sabés... Lo estuve pensando bien...

- Qué cosa?

- Me gusta la idea de tener  muchos hijos... Nos alegraría la vida...

- No, mi amor, yo estuve pensando y creo que tenías razón... Por ahora no conviene ni uno...

  Justamente te iba a proponer que nos cuidemos...

- Es verdad, ahora un hijo sería un estorbo insoportable... y... ? Cómo quisieras que nos cuidemos ?

- Si querés me ato las trompas…

- De ninguna manera amor... si alguien se las tiene que atar, ese seré yo !

- En serio lo harías...?

- Por vos haría eso y mucho mas...

Ella emocionada lo besó lentamente y luego le confesó su secreto.

- Por quién me tomaste..!!

- Es cierto... Te lo juro que es cierto... Como te creés que consigo siempre las primicias?

- Es imposible... Todo el mundo sabe que las metamorfosis ocurren en luna llena y no en cuarto menguante... Le dijo el indignado mientras no podía dejar de mirar sus Adidas negras que estaban al lado de la cama.

- Y cómo te explicás esto ? -  Le dijo ella  levantándose la musculosa y mostrándole una marca en la piel,  una sutil  mancha rosácea que formaba el número cuarenta y dos justo debajo del ombligo.

Morlaco se levantó, encendió otro cigarrillo y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación. Estaba totalmente aturdido.

- No es para que te pongas así...- Le dijo ella

- Sabés que ocurre...?   Me puedo bancar cualquier cosa... Pero nunca salir con una mujer suela. Laura se puso a llorar desconsoladamente y le rogaba que la perdone, pero el se vestía serio,  imperturbable ante las lágrimas de ella.

Se fue dando un portazo.

Pasaron los días, los meses y algunos años.  En realidad nunca se olvidaron el uno del otro. Ella continuó convirtiéndose las noches de cuarto menguante y a pesar de llevar su diario al éxito nunca recuperó la alegría totalmente, salvo cuando estaba en alguna nueva relación. El continuó haciendo el papel de forro en la papelera y a pesar de haber tenido otras relaciones, no puede evitar detenerse en cada vidriera de cada zapatería y reflejar su tristeza en el escaparate.

 -

                                                                       Germán

 

 

 

 

 

 

 

 

SILVIA MOYA

Publicado en Parodias el 31 de Agosto, 2012, 10:23 por MScalona

Cambio de look

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Una mañana, luego de un largo y reparador descanso, el Sr. Fernando Pignaro se levantó convertido en un  molusco. Alarmado por la viscosidad de sus extremidades lo primero que palpó fue la zona superior de su boca. Respiró aliviado. Conservaba en su lugar su singular bigote, signo personal de su virilidad.

El baño de inmersión con sales le aportó el bienestar acostumbrado, casi podría decirse que lo disfrutó más que nunca. Le molestó un poco cierto olor  intenso que el baño pareció no haber  eliminado por completo. Sin embargo, decidió no darle demasiada importancia ya que al fin y al cabo cuanto mayor distancia guardaran sus empleados de su persona para él sería mejor. No era lo que pudiera definirse como un tipo sociable. Su cargo como alto funcionario en aquella multinacional lo había vuelto algo parco y desconfiado hacia las demás personas.

La transformación se había producido evidentemente mientras dormía. Si algo tenía Pignaro digno de ser envidiado era su capacidad para conciliar el sueño. Dormía profundamente siete u ocho horas corridas todas las noches destruyendo por completo cualquier fantasía proletaria de culpas persecutorias de los esbirros del capitalismo. Pignaro dormía como un angelito, como había dormido incluso aquella noche mientras su cuerpo se transformaba en el de un cefalópodo de la subespecie de los téutidos, más conocido como calamar.

Durante el desayuno comenzó a encontrarle algunas ventajas a su nuevo aspecto. El primer descubrimiento importante fue, como ocurre en la mayoría de los casos, accidental: la longitud de sus tentáculos entorpecía sus movimientos y mientras intentaba cortar unas rebanadas de pan para hacerse unas tostadas se amputó casi por completo una sus extremidades. Con asombro, aunque no sin menos satisfacción observó que ésta comenzaba a crecer casi de inmediato.

Más tarde, mientras escuchaba los mensajes de sus contestadora, la voz de una de sus amantes lo perturbó. La joven le sollozaba reclamándole por sus prolongadas ausencias y desatenciones. Se humillaba:

 

- LLamame Fer! Me compré ropita interior un nueva. Tengo puesto el perfume que vos me regalaste. Ni siquiera estrenamos el disfraz de mucamita juntos.

 

La chica lo había aburrido por completo, ya no había disfraz ni fantasía que revirtiera el agobio que le causaba tanta sumisión. El deseo de escapar le provocó una reacción que en un primer momento confundió con una eyaculación involuntaria, una polución, pero no. Enseguida advirtió que lo que su cuerpo había segregado era un pigmento de color oscuro, casi negro y de materialidad viscosa.

Sonó uno de sus celulares, la Blackberry, un mensaje en el msn le indicaba una cita. La agenda electrónica le recordó la reunión de directorio y también que su madre lo esperaba a almorzar. Fernando sintió nuevamente deseos de escapar, otra vez el pigmento oscuro se derramó entre sus tentáculos.

Este incidente resultó beneficioso ya que todavía se encontraba con su bata de baño y el hecho le permitió descubrir que cada vez que se pensaba en una situación  de escape se producía una eyaculación de tinta. La comparación de esta nueva glándula con sus testículos le brindó la certeza que,  con el tiempo, le permitiría controlar su funcionamiento tal como lo hacía con sus genitales. Sonrió ladeado como de costumbre, aunque el pico que cubría ahora su boca no permitía que su seductora sonrisa se luciera demasiado, satisfecho de tener el control.

Subió a su auto, condujo hasta la empresa, entró, como todas las mañanas.

Ante las miradas espantadas de todos cuantos lo veían pasar frente a ellos, Fernando esbozó su mejor sonrisa y dijo:

- Sorprendente, eh? El cambio de look.

Nadie más se atrevió a hacer un solo comentario, al menos frente a él.

 

 

 

Transcurrido el tiempo, todos fueron acostumbrándose al nuevo aspecto del Sr. Pignaro. Poco a poco, su secretaria se acostumbró al aromatizador que puso en la oficina. Al principio le provocaba dolor de cabeza, pero pronto entendió que el olor que despedía el cuerpo de su jefe era bastante más desagradable que el sahumador eléctrico. Le molestaba sí que las nalgadas cordiales que acostumbraba darle cuando pasaba cerca de su escritorio, más que un chirlo ahora se parecían a un pellizco debido a las ventosas, pero su novio ya estaba resignado a las marquitas que a veces tenía en los muslos y aceptaba que hasta que terminaran de pagar la el crédito del departamento ella tenía que conservar ese trabajo.

La empresa abrió una nueva línea de producción con impresiones a muy bajo costo que no tuvo competencia en el mercado ya que nunca se reveló la fórmula de las estampas de tan buena calidad y con costo mínimo.

Con este nuevo empendimiento, la compañía cerró una de las textiles más grandes despidiendo algo así como trescientos obreros, que cobraron las indemnizaciones correspondientes, por supuesto. Fernando siempre fue un tipo muy prolijo. Las maquinarias se vendieron y el galpón se utiliza como depósito de marcadería y garaje de los camiones.

Pignaro pasó a formar parte del directorio, ya no como asesor sino como socio minoritario pero dada su juventud y su floreciente carrera, con grandes expectativas de crecimiento profesional.

Eso sí, desde hace unos meses ha tenido que visitar al psiquiatra y solicitarle unas pastillas para conciliar el sueño ya que algo lo inquieta por las noches impidiéndole su merecido descanso: Se rumorea en la fábrica que el sindicato está anunciando para mediados de octubre una paella solidaria a beneficio de los obreros cesanteados.

 

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                                                               Silvia M.

PAULA MAFFEI

Publicado en Parodias el 27 de Agosto, 2012, 19:04 por MScalona

Multitasking

                                                Ana era experta en hacer cursos de cuánta cosa exista en la ciudad. Pero en el caso de ella, en lugar de saber un poco de cada cosa, resultaba que no sabía nada de un montón de cosas. En el mundo contemporáneo es imposible ignorar el concepto de "multitasking", hay que saber hacer de todo, ser versátil, adaptarse rápidamente a los cambios, actualizar conocimientos con respecto a las nuevas tecnologías, hablar varios idiomas y tantas otras cosas como el término "multi" pueda abarcar.              

                                            Sin embargo, Ana, en algo era especialista: era muy buena alumna. Nunca faltaba a una clase, entregaba todas las tareas, hasta había cosechado algún que otro amigo en cada curso. Desde bricolaje, administración de empresas agropecuarias, cocina árabe, instructorado de pilates, timonel, photoshop, primeros auxilios, alemán, inglés y francés, entre otros. Había hecho incluso un posgrado que cursó durante 1 año completo pero nunca le dieron el diploma porque, a pesar de los reclamos permanentes del personal de alumnado de la U.N.R., nunca había presentado su título universitario, simplemente porque no tenía ninguno. En fin, problemas administrativos.                                                           

                                            El colmo fue lo del último año que se anotó en un taller literario. Ana nunca en su vida había leído un libro entero. En el colegio, por ejemplo, le habían hecho leer "La tregua" de Mario Benedetti pero como no tenía tiempo para leer, porque todos los días cuando salía del colegio tenía un curso distinto, había alquilado la película y con eso zafó. Cuando comentó en su casa el taller que pensaba encarar este año todos se rieron, creo que estaban cansados de sus ocurrencias. "Pero si no leíste un libro en tu vida" alegó su papá, "dejá de gastar plata en esas pavadas". Ella les explico que en este curso no había que leer sino escribir.                                                                                                                 Así empezaron las clases en marzo y Ana estaba fascinada con todo lo que allí ocurría. Sus compañeros eran toda gente culta, muchos de ellos profesionales y todos habían leído mucho y escribían muy bien. Todo el tiempo hacían chistes y se reían cuando hablaban de ciertos autores. Ana no entendía nada pero se reía igual. Otras veces, notaba que después de leer algún cuento en clase todos coincidían en el análisis pero ella generalmente, interpretaba cosas totalmente distintas que el resto. Para peor Ana jamás leía los textos que el coordinador les asignaba, no por rebeldía sino simplemente porque ella no leía. De todos modos, era la que más provecho sacaba cuando leían en voz alta en clase, porque mientras sus compañeros ya conocían los relatos y los escuchaban simplemente para analizarlos, ella se fascinaba de conocer aquellas historias apasionantes que sonaban por primera vez en sus oídos. "Qué lindo sería leer", pensaba.                         

                                               Lejos de sentirse desubicada, Ana estaba contenta de asistir al taller cada semana. Cuando tenía que escribir, como parte de alguna tarea, se le complicaba. Quizás como nunca había leído, no sabía escribir. De todas formas nunca dejó de entregar una tarea. Se las rebuscaba, copiaba algo de internet de algún libro de su hermano que había dando vueltas por la casa. El no saber escribir nunca fue un impedimento para que ella entregara todas las asignaciones en tiempo y forma.                                                                                                                                                                                                             

                                             El ciclo lectivo terminó sin que Ana aprendiera nada, todos sus compañeros hablaban de la excelencia del profesor y ella coincidía sin saber bien por qué. De todas formas había empezado a cuestionarse si esto de hacer tantos cursos tenía sentido. A lo mejor su papá tenía razón y era hora de que se abocara a alguna cosa en particular, al final de cuentas, había probado de todo pero nada la había cautivado.                                                                                          

                                               Fue en febrero del año siguiente cuando todo se aclaró para ella. Sin mucho convencimiento Ana asistió a la clase abierta y gratuita de un curso de "El arte de vivir". Era algo así como la enseñanza de una técnica de relajación que le permitía a una persona encontrarse con sí misma, liberarse del stress y valorar las cosas simples de la vida. Tenía las mejores referencias, es como volver a nacer, le habían dicho. Ahí se encontró con Silvio, el coordinador del taller literario, sentado en canastitas sobre una colchoneta. Qué hacía una eminencia como él ahí, sentado con un aspecto tan vulnerable? Ana se acercó y lo saludó con una reverencia "Maestro, que hace acá?". "Estoy tratando de encontrarme" respondió él. "Voy a dejar de dar el taller literario".                                                                                        

                                                     Ana  no podía creer lo que estaba oyendo e insistió en que debía seguir, que era un talentoso, que lo suyo eran las letras, e impartir su sabiduría, que tenía una capacidad de transmitir conocimientos innata, que inspiraba a tantos a escribir, y no sé cuántas cosas más. Él la interrumpió. "Mirá Anita, la verdad verdad, yo leí 3 libros en mi vida: Rayuela, Cien años de Soledad y Boquitas pintadas. Lo del taller fue una salida porque me quede sin laburo así que me bajé un tutorial por internet y con un poco de publicidad entre mis amigos menos amigos de facebook armé el grupo. El resto fue el boca en boca, como le dicen. Pero para serte sincero me aburría un poco así que este año no lo voy a hacer más y voy a probar con esto de la meditación."                                                                                                                                                                 

                                              Para Ana sus palabras fueron un baldazo de agua fría, salió del salón antes que empezara la clase y  mientras caminaba a la parada tuvo las cosas claras por primera vez, se dio cuenta que después de todo, eso del multitasking era verdad. Con el celular se bajó de internet un tutorial de "Clases de Taller Literario. Nivel 1: Principiantes". Este año en lugar de anotarse en un curso iba a dar uno. Había encontrado el famoso "nicho de mercado" del que tanto le habían hablado en las clases de Marketing Competitivo que había tomado 3 años antes.

PAULA M.

GUILLERMO RÍOS

Publicado en Parodias el 24 de Agosto, 2012, 16:44 por MScalona

CALCOMANIAS

 

 

Basta con que yo escriba algo, lo altere cien veces y se lo pase a alguien (cualquiera) para que pierda todo gusto por esa pieza. Una vez expropiado de mi inmanencia, desnaturalizado, el relato se me hace tan interesante como el instructivo de una fotocopiadora. Y así ha de volar convertido en avión de papel, o hundirse como señuelo de plomo. Es que una vez que cae sobre su regazo la maquinaria estereofónica del perfil ajeno se pierde el control sobre todo lo escrito. Y la puntuación confunde, y los personajes se aglutinan, y es muy probable que no hayas visto el gajo de mandarina que se cayó junto al pie de la cama mientras ella le decía que el beso en la estación había sido una mentira. No lo viste, pero ahí estaba. Porque es responsabilidad tuya levantar el texto por sobre tu cabeza, asomarlo. Y porque sos el exclusivo dueño de tus propios pelos, y sólo si logras que cada una de las letras encaje como un lego con tus terminaciones nerviosas y tus niveles de serotonina, tal vez por un momento se te ericen.

Hay de todo. Poemas que pueden leerse en un viaje de ascensor. Cuentos dietéticos que hacen que uno se saltee las comidas. Y hasta novelas matemáticas que arremolinan la tensión y se te van en las dos últimas páginas con ese ruido grotesco que hace el agua al terminar de escaparse por el resumidero. Hay incluso algunos pasajes tan precisos que nos tuercen los brazos y obligan a dejar por un momento el libro sobre la cama o la mesa, y juntar las palmas en rezo meciendo las muñecas al tiempo en que se susurra una santa puteada en homenaje a su autor. Hay también de esos libros que uno lee a escondidas, porque algunas de sus tuercas no encajan en la maquinaria que elegimos ostentar. Porque hay goces que uno no se permite, no en público. Y entonces solapamos su lectura, mientras nos abandonamos a la culpa y la paranoia, que no es otra cosa que la clase de ficción más real que se puede consumir.

Hay gente que colecciona libros, gente que colecciona señaladores, incluso conocí un hombre en San Telmo que colecciona portadas, las pega en collage en la pared de su negocio. No se me hizo la idea de preguntarle si después de arrancarle las tapas a los libros los leía o los tiraba. No viene al caso.

Lo cierto es que termino de escribir esta diatriba, y si te llega es porque dejó de gustarme. Porque al igual que los juguetes, uno comparte sus relatos cuando ya se cansó de jugar con ellos.

En cualquier momento su fugaz efecto se desvanecerá, justo antes de que hierva el agua para el café. Vas a levantarte y tal vez lo revuelvas en silencio, y eso será todo, y pensarás en lo que viene, con la cara llena de aroma, mientras mis palabras se transforman en otra más de las calcomanías que llevas pegadas en las puertas del placard.    

 

 

GUILLERMO RÍOS

JULIA M. SÁNCHEZ

Publicado en Parodias el 22 de Agosto, 2012, 12:21 por MScalona

Los secretos de Woody

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     Shirley estaba conmigo cuando mi hermana Theresa llamó para anunciarme el problema. Shirley es mi favorita porque tiene unas uñas largas y violetas, perfectas para quitarme las espinillas de la espalda sin hacerme doler. A veces vamos a esos hoteles de paso con espejos en el techo y nos gusta mirarnos mientras ella aprieta mis granos después de tener sexo. Parecemos esos horribles monos llenos de amor y pulgas de Discovery Channel. Desnudos, peludos, uno trabajando arriba del otro.

 

     Luego de escuchar a mi estúpida hermana gritarme que aquello era también mi problema, quise que Shirley me acompañara a solucionarlo. No es que hubiera una epidemia de granos en la espalda o algo así, pero todo es más soportable con un poco de Shirley.  Me dijo que ocuparla todo el día me saldría unos novecientos dólares. ¡Pero ni siquiera vamos a tener sexo! ¡Es sólo por tu compañía! respondí. ¿No va a haber sexo? Entonces serán mil doscientos, gritó mientras se ponía sus pequeñas pantaletas fucsia. Ya ven por qué Shirley es mi favorita.

 

     Mi hermana Theresa no es mala persona, simplemente es demasiado...Theresa. Insistió en que saliera cuanto antes y no me demorara con cosas estúpidas como mi trabajo. Le pregunté si estaba bien que llevara a los niños. No idiota, me respondió amablemente, es un problema de adultos. No sé si Shirley sea mayor de edad, pero se comporta como adulta, por lo que no veo ningún problema en que venga conmigo.

 

     Shirley compró dos cafés y nos subimos al auto. Tenía que manejar ciento veinte millas por la interestatal y luego treinta millas más por una espantosa carretera rural para llegar al pueblo adonde nací, fui criado y escapé exitosamente. El problema era que mis padres comenzaron una estúpida pelea acerca de cómo ambientar el salón para celebrar sus cincuenta y cinco años de casados, terminaron en una dura lucha con sus bastones y ahora quieren divorciarse.

 

     -Dime Shirley, ¿Crees que sea legal divorciarse a los ochenta años?

     -Probablemente. ¿Ustedes son judíos?

     -Probablemente, no lo sé, sólo puedo decirte que entre el Papa y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado. Pero, ¿a qué viene esa pregunta?

     -No lo sé Alvin. Quizás tengas razón, divorciarse a los ochenta debería ser tan ilegal como casarse a los dieciséis.

     -Ese es todo mi punto Shir, oh, eres tan inteligente, y con esas uñas, me casaría contigo en un minuto. Tu tienes más de dieciséis, ¿Verdad Shir?

     -Aquí tienes cambio para el peaje Alvin.

     -Oh Dios mío Shir, me siento el profesor Humbert Humbert, dime que tienes más de dieciséis.

     -¿Quién es Humbert qué?

    

     Shirley vestía de pieza a cabeza un ajustado traje de animal print. Con brillos. Y sus uñas violetas. Por un momento pensé que podría ser tomada por una niña en su disfraz de Halloween a la búsqueda de dulces, pero estamos en Mayo, nadie se disfraza con tanta anticipación, excepto tía Caroline, que cada dos o tres años se pone un vestido de novia aunque nunca ha logrado casarse.

 

     -Oye, creo que no eres judío.

     -¿Crees que no soy judío? ¿Por qué volvimos a lo de judío?

     -Te comportas como judío. Conozco muchos judíos. Pero tu tienes...tus partes enteras, ya sabes, tienes un prepucio entero.

     -¡Dios Shirley! no digas esas cosas, cielos, eres una niña, y aquí estamos hablando de los judíos y sus prepucios...

     -Soy una prostituta Alvin.

     -Hubiera preferido que digas “no soy una niña Alvin”, oh dios mío, Theresa va a enloquecer.

 

     Llegamos a la casa de mis padres. O a la de Theresa. Viven los unos enfrente de la otra. Pero aparcamos del lado de mis padres, por lo que técnicamente llegamos a su casa. Entramos. En una mesa ovalada con ventanal al jardín se sentaban mis padres, uno en cada punta y Teresa en el medio. Mis padres se miraban con odio y no parecieron darse cuenta de mi llegada. Me senté enfrente de mi hermana y la estúpida de Shirley quiso sentarse en mis faldas. Niña tonta, le dije, vete a ver la televisión. Se produjo un silencio y Teresa estalló:

 

     -Esta gente ha luchado entre sí con sus bastones. ¿Lo comprendes Alvin? ¡Con sus bastones! Como si estuvieran en la maldita Guerra de las Galaxias ¿comprendes? Mamá quería que la ambientación de la fiesta fuera de la Guerra Civil y papá quería que fuera estilo Viejo Oeste, como si fueran cosas distintas, como si hubiera una gran diferencia ¿comprendes? Y comenzaron a gritarse y luego a atacarse con sus bastones.

     -No logro darme cuenta qué ambientación predominó en la pelea.

     -No me resulta gracioso Alvin, esta gente ahora quiere pedir un divorcio, ¿sabes lo que eso significa? ¿sabes lo que cuesta un divorcio? ¡Habrá una segunda hipoteca para cada uno!

     -Claro que lo sé, me he divorciado tres veces.

     -A propósito, no se qué traes con esa niña, pero dile que baje el volumen del televisor.

 

     Shirley estaba tirada en el sillón mirando la tele y tomando agua. Mis padres no se sacaban los ojos de encima. Los bastones habían sido trasladados a la casa de los vecinos y por lo tanto no podían levantarse y andar deambulando por ahí. En la tele estaba el tipo este que conduce siempre los premios Oscar. El tipo estaba callado, tocándose la barbilla y nos miraba a todos nosotros. Ante el silencio comenzó a hablar desde el televisor:

 

     -Oh, no se preocupen por mi, por favor, continúen, sólo que ¿Alvin? ¿Te molestaría que lleve a tu chica por un paseo? Parece aburrida.

     -No puedes llevarte a Shirley, la he ocupado por todo el día, serán mil doscientos dólares Crystal, en el nombre de Dios, ¿cuántas veces vas a robarme mujeres?

     -Oye, aquello era un guión, ¡yo no tenía más remedio! Y Shirley dice que aún no le has pagado.

     -¡Aún no me has pagado Alvin! ¿Crees que este tipo sea judío?

     -Oh Dios mío es una prostituta menor de edad y antisemita, llévatela de una vez Crystal.

    

     Shirley se levantó del sillón. Crystal sacó su mano por la pantalla y se la tendió, ayudándola a ingresar al televisor. Crystal miró a mis padres y dijo:

 

     -Creo que el tema del Viejo Oeste se vería estupendo, ¿qué tal si yo animara su fiesta? Mi cachet es más barato que un divorcio, pueden llamar a mi representante.

     -Cállate Crystal, vete de una vez o apagaré el televisor.

     -Como quieras, sólo recuerda que esto es como las Vegas, ganas, pierdes, pero al final la casa siempre se queda con todo. Lo cual no significa que no te hayas divertido ¿verdad?

     -Cállate Crystal, ¡adios Shir! ¡Apuesto a que él no tiene granos en su espalda!

    

     Le apunté con el control remoto y lo apagué. Dejó un leve olor a azufre en el comedor y se escuchaba “Sing, sing, sing” por Benny Goodman, las clásicas señales de que el diablo anda cerca, todo el mundo lo sabe. Mis padres seguían odiándose en silencio y todos sentimos como que nos habían robado cuando de pronto mi hermana dijo:

 

     -Oye, ¿qué les parece si ambientamos la fiesta estilo Las Vegas? Quizás traer un croupier, bailarinas, tragos largos.

     -Yo nunca he estado en Las Vegas- dijo mi madre fríamente.

     -Yo tampoco- dijo mi padre.

     -¡No mientas! Maldito viejo sucio y desvergonzado, tu hermano Clyde te llevó allí después de la Gran Guerra.

     -Oh, eres una anciana demente, Las Vegas no existía en ese entonces.

     -¡Claro que sí!

     -¡Que no! ¿Sabes lo que eres Esther? ¿Quieres saber lo que pienso?

     -Nadie quiere saber lo que piensas... yo te diré lo que aquí ocurre...

 

     Mis padres habían retornado a su diálogo, lo cual significaba para mi que el problema estaba resuelto. Le hice una señal a Theresa y los dos nos fuimos alejando hacia la puerta sin que ellos ni siquiera lo notaran. Una vez afuera nos despedimos y comencé a buscar la forma de rescatar a Shirley de las garras de ese infame de Crystal. Después de todo es más que probable que yo sea judío y no tengo por qué creer en un demonio. Al menos que sea un demonio de Hollywood, ¿no creen?

 

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-

                                                            Julia Mariana

 

PABLO CASTRO LEGUIZAMÓN: imperdible !

Publicado en Parodias el 23 de Diciembre, 2011, 19:39 por MScalona

CLICKEANDO allí se ve  a PABLO CASTRO LEGUIZAMÓN

y ERIKA ARÍSTIDES, haciendo  “Yo no soy Bukowski”…

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ojo con el ataque de risa !!!!!!!!!!!!!!!!!

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https://www.facebook.com/home.php?ref=hp#!/scalona/posts/221467631262095?notif_t=share_comment

JUAN M. RODRÍGUEZ

Publicado en Parodias el 27 de Octubre, 2011, 15:39 por MScalona

Epifanía

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Arrastrando sus pies por las duras piedras, Job subió trabajosamente hasta la cima del monte. Cuando llegó, alzó su voz al cielo.

-¡Señor! ¡Señor!

-¿Qué?

Al oir la augusta voz de Dios que le hablaba, Job cayó de rodillas, bajando su frente en actitud piadosa.

-Señor. No quería molestarte pero…

-Ya me molestaste. ¿Quién sos?

-Soy Job, tu humilde siervo.

-No conozco a ningún Job.

-Soy Job de Canaán, Señor.

-¿Job de Canaán? Sí, creo que sé quién sos. ¿Qué querés?

-Señor, vengo hasta aquí sumido en la desgracia. Hasta hace poco, fui el hombre más feliz sobre la tierra. Mis campos eran vastos y fértiles, y mi ganado tan numeroso como las estrellas                 en el firmamento. Había sido bendecido con numerosos hijos, y, agradecido, bendije tu nombre en todos los rincones de…

-Por favor, estoy muy ocupado. Andá al punto.

-Señor, todo me ha sido arrebatado. Mis campos se volvieron estériles, y en ellos no crece ni la sierpe. Mi ganado fue devorado por los lobos. Los ladrones saquearon mi hacienda, y el                     techo se desplomó sobre mis hijos, mientras celebraban una fiesta, matándolos a todos. Cuando creía que mi infortunio no podía ser mayor, la lepra invadió mi cuerpo, dejándome inválido y deforme.

-Ya veo. ¿Y qué tiene todo eso que ver conmigo?

-Mis compatriotas me echaron de mi pueblo, diciendo que mis desgracias eran el castigo divino por los pecados que debí haber cometido. Pero yo soy un hombre justo. Vos lo sabés, vos sondeás los pensamientos más recónditos de mi mente, contaste cada pelo de mi cabeza, vos me conocés desde el vientre de mi madre.

-¿Yo te conozco desde el vientre de tu madre? ¿De dónde sacaste una idea tan absurda?

-Señor, vos podés verlo todo.

-Pero eso no significa que le preste atención a todo. Me volvería loco.

-Vengo hasta vos, humildemente, para inquirir la causa de mis desdichas. Nunca hice nada para ofenderte.

-¿Ofenderme a mí? Eso está un poco fuera de tus posibilidades.

-En mi vida, sólo procuré agradarte.

-Eso también está fuera de tus posibilidades.

-Señor, necesito una respuesta. ¿Por qué decidiste arrojar tantos males sobre tu humilde siervo?

-Está bien… mirá… ¿Cómo podría ponerlo en términos que entiendas? ¿Hablás griego?

-No, señor.

-No importa. Digámoslo así: Yo soy el Alfa y el Omega, soy el principio y el fin. Nada es más grande que yo, y nada existe fuera de mí. Vos, en cambio, sos, por así decirlo, nada. Sin ánimo                de ofender.

 -No te comprendo, Señor.

 -Claro. Por ejemplo, ¿dónde estabas vos cuando yo creé este mundo?

 -No lo sé.

 -¿Dónde estabas cuando separé la luz de las tinieblas?

 -No lo recuerdo.

 -¿Y dónde estabas cuando até los vientos, los que soplan del norte y del oriente?

 -Tal vez en casa de mi primo. Pasaba mucho tiempo ahí cuando era joven.

 -Lo que intento decirte es que yo estoy tan por encima de vos como vos podrías estarlo de un pequeño insecto. Cuando vas caminando, y pisás algún insecto, ¿lo notás?

 -No si las sandalias son buenas.

 -¿Te parás a pensar en el daño que le hiciste a ese insecto?

 -Rara vez.

 -¿O en la tristeza que vas a causar a los amigos o parientes de aquel insecto al que aplastaste?

 -No, Señor.

 -Bueno, a mí me pasa algo muy parecido con ustedes.

 -Pero Señor, yo no soy un insecto. Soy un hombre, formado a tu imagen y semejanza.

 -No me digas… ¿No acabo de decirte que yo soy más grande que todo, y que nada existe fuera de mí?

 -Sí, Señor.

 -Pero si nada existe fuera de mí, eso sería lo mismo que afirmar que nada puede limitarme, ¿no es así?

 -Supongo que sí.

 -Entonces, si nada puede limitarme, sería lógico asumir que yo no tengo forma. Pero si yo no tengo forma, ¿cómo podría parecerme a algo, o a la inversa, cómo podría algo parecerse a mí?

 -No lo sé, Señor, no entiendo mucho de geometría.

 -Job, lo que trato de decirte es que los seres humanos y sus asuntos me son completamente indiferentes.

 -¿Pero entonces, quién se encarga de velar por los justos, y de ver que los malvados reciban su castigo?

 -La policía, supongo.

 -¿Quién hace cumplir tus santas leyes, que diste al mundo desde el inicio de los tiempos?

 -Mis leyes son para las estrellas, Job. Yo reglo sus movimientos, acomodo planetas en torno a ellas como si fueran racimos de uvas, diseño galaxias de formas infinitamente variadas. Soy un            astrofísico, no un juez.

 -Pero entonces, eso significa que estamos solos…

 -Tan solos como cualquier otro ser vivo. Ustedes son los únicos que se quejan.

 -No, puede ser, estamos solos en el universo…

 -No es para tanto.

 -Solos… ¡No! ¡No lo acepto! Reniego de vos, Señor. Maldigo tu nombre. ¡Te niego! ¡Yo te niego, Señor!

 -Me tiene sin cuidado. Ahora, si me disculpás, me gustaría volver a mi trabajo.

 -¡No, no puedo aceptarlo! ¿Qué clase de dios demente rige este universo? ¡Oh, la humanidad!

 -Me parece que estás exagerando un poco…

 -¡Oh, la nausea! Voy a vomitar.

 -Por favor, no vomites acá. Tardé seis mil años en crear este monte.

 -¡Oh, abismos! ¡Abismos, nada más! ¡Estoy desesperado! Me voy a suicidar…

 -¡Basta! Job, por favor, no seas tan melodramático. Entiendo tus problemas, pero me parece que te estás quejando con la persona equivocada. Vayamos por partes: tus campos se volvieron            estériles. Es muy probable que los estés trabajando mal. Deberías considerar consultarlo con algún experto. Si los lobos se comieron a tu ganado, yo diría que la culpa es de los pastores,                  que no hicieron bien su trabajo. Despedilos y contratá a otros. En cuanto a los ladrones que saquearon tu casa, deberías hacer la denuncia, y si el techo se cayó sobre tus hijos, muy                        probablemente es porque los que construyeron tu casa no sabían muy bien lo que hacían. Por último, existe una gran variedad de tratamientos que podrías seguir para curar tu lepra. Como              ves, hay una solución para todo.

 -Pero, ¿y la soledad, y la infinita desesperación de saber que no te importamos?

 -Ya lo vas a superar. Muchos hijos son ignorados por sus padres, pero de cualquier manera llegan a ser personas plenas. Si te hace sentir mejor, podés fingir que no existo.

 -Gracias, Señor. Mis ojos se han abierto. Después de tanto tiempo, veo finalmente que…

 -Está bien, no hace falta que lo digas, la verdad no me interesa. Ya me quitaste mucho tiempo. Ahora, por favor, retirate. Quisiera volver a mi trabajo.

LUCÍA ANDREOZZI

Publicado en Parodias el 1 de Septiembre, 2011, 13:54 por MScalona

  

  

  -

Mario Alberto y la prima Laura


            Mi prima de Santa Fe había venido de visita, y desde que con mamá la fuimos a buscar a la Terminal no paró un segundo de nombrarlo. Cualquier edificio, calle u objeto de esta ciudad, ella lograba, mediante intrincadas conexiones, relacionarlo con Mario Alberto. Mario Alberto, sí… todo completo marioalberto dice. Al bajar del trolebús ya sentí una ira asesina brotando de mi ser, no la soporté más. Pasaron quince minutos desde que llegó y ya quiero que se vaya, con marioalberto a cuestas si es posible. Caminamos los escasos metros que separan mi casa de la parada de la K, y creo que Laura llegó a  mencionarlo unas trece veces más.

Yo ya me iba imaginando la cara de papá, fanático enfermo de Newells Old Boys, que esos días andaba preocupado: decía que iban a probar un cuatro-tres-tres o algo así y que Montes estaba camino a conseguir el Metropolitano, y otro par de cosas que yo no entendía. Así que imaginé que papá le iba a hablar de fútbol, de estrategias y formaciones, y finalmente después de un monólogo encendido, comprendería  que a mi prima Laurita sólo le importaban los rulos de Mario Alberto Kempes. Al llegar, por suerte papá no estaba. Cuando entramos, Laura dejó la valija en mi dormitorio y antes de que me diera cuenta estaba descuartizando la revista Gente, recortando las fotos desesperadamente. Dejó la revista hecha tiras inservibles de papel, pero yo siempre había pensado que la Gente era inservible desde el mismo instante en que la tinta pegada a la hoja veía la luz, así que no me molestó.

                 El almuerzo transcurrió en un franco aumento de la tensión por parte de mamá. Laura le explicaba que sabía donde vivía marioalberto, que no estaba lejos, y que iría a estaquearse frente a la puerta hasta poder verlo. Laura se declaró como la más ferviente admiradora. No quedaban dudas. Mamá le dijo algo así como que la admiración estaba un peldaño por encima de la seducción, a Laura y a mí con nuestros dieciséis años no nos entraba una idea medianamente interesante en la cabeza, así pues mamá hablaba sola y siguió desarrollando un concepto, que años después intenté reconstruir sin éxito. Así es la vida.
                  Dado que Laura se mostraba intransigente, bajo pena de gamulanes, porque mamá dijo "sin ponerse los gamulanes no van ni a la esquina", partimos caminando por calle Mendoza hacia la residencia del  Matador. Yo odiaba  a Laura, porque hacía frío y ahora no paraba de decir que el gamulán la hacía ver como una vaca inmunda. Yo en mi cabeza le contestaba, pero ¡Andate con la camiseta de Central y cruzate el parque Independencia! ¡Vas a ver cómo le parecés seductora a todos!. Pero no lo dije. Más aún, comencé a pensar que la policía podía preguntarnos qué hacíamos estas tres mujeres paradas frente a un edificio, mirando fijamente la puerta de entrada y aunque Laura y yo vivíamos metidas en una maraña de rulos (ella en los de marioalberto y yo en los de mi novio), podíamos oír esos sonidos provenientes de las alcantarillas que nos decían que pasaba algo más. Así que no eran tiempos de andarse con actitudes sospechosas. El frío y el odio a  Laura me hicieron olvidar, y seguí caminando, pero ahora con las manos bien escondidas en los bolsillos de mi gamulán.

                    Llegamos al edificio que Laura nos venía señalando, creo yo, desde que salimos de casa, y eso que no se veía aún al salir. Eran unas torres en calle Pellegrini pasando Francia, que por suerte estaban emplazadas en un pequeño parquecito, con banquitos de cemento. Mamá y yo nos quedamos de pie. El banco, que en principio se presentó como un alivio, era en verdad un bloque de hielo gris. Laura se sentó, yo creo que no sentía el frío. Y cuando algunas personas comenzaron a salir del edificio, mi prima empezó a realizar unos movimientos repetidos, primero abría los ojos, después soltaba la mandíbula, el cuerpo comenzaba a subir a ritmo constante desde el banquito de hielo, para finalmente desplomarse sobre él, al comprobar que era una señora gorda, o un par de chiquitos con una pelota, los que salían del lugar. Llevábamos más de cuarenta y siete minutos de esta actividad infructuosa, mamá miraba los movimientos espasmódicos de mi prima, y llegué a pensar que la estaba hipnotizando. Pero no. De pronto, mamá caminó decidida y directa hacia la puerta del edificio. Laura y yo nos miramos presas del terror. Corrimos detrás de ella, y cuando estuvimos a su lado vimos cómo presionaba el botón del portero eléctrico. Una voz de señora le preguntó quién era. Así, mamá, con toda paciencia y delicadeza, relató las peripecias de Laurita, su sobrina de Santa Fe, algo adornadas por cierto. Luego se oyó un silencio largo y metálico. Mi prima comenzó a palidecer. La señora pidió que la esperásemos un instante, que ya bajaría a abrirnos. Creo que Laura entró en un trance.

                    El trayecto en el ascensor pareció eterno. Mi prima agazapada en un rincón, bajo la luz blanca del tubo miraba fijamente a la señora de la casa, mientras ella dialogaba con mi mamá como si fueran vecinas de toda la vida. Yo miraba a Laura y a las señoras, y pensaba: ahora mamá tendrá que hacer lo mismo conmigo y con Guillermo Vilas. Esta Laura siempre tenía suerte.

                   Al llegar al departamento me sorprendió que fuera tan común, incluso tenían un centro de mesa exactamente igual al nuestro.  Yo investigaba el comedor y espiaba la cocina, a mi lado Laura permanecía inmóvil. La señora y mamá seguían hablando de los precios del mercado de ahí cerca y otros temas domésticos. Entonces, la escena  se detuvo y la señora le pidió a Laura que la siguiera Luego, mamá y yo las seguimos de más atrás. Laura como si fuera hacia el cadalso avanzaba lento pero firme.

          Kempes tenía el pijama a rayas. Y. tenía que ser así. No podía ser de otra forma, pensé. Laura había despertado de su sueño profundo, nada más y nada menos que al Matador, quién después de refregarse los ojos, despertar, y entender que había tres mujeres desconocidas en su habitación, la saludó, le firmó el consabido autógrafo y le hizo un par de preguntitas de tono social.

          Laura caminaba mientras apretaba fuerte el pequeño papel contra el pecho. Durante el trayecto a casa y finalmente, en toda su estadía en Rosario, mi prima no volvió a nombrar a marioalberto. Mamá había logrado lo impensado.






                                                                            Lucía  Andreozzi

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ

Publicado en Parodias el 25 de Agosto, 2011, 10:40 por MScalona

La inmortalidad del cangrejo

         

   Há metafísica bastante em não pensar em nada.

(Alberto Caeiro)

           

            Solía pasar tardes enteras pensando. Hasta que un día dejé de pensar. Ahora es casi imposible que me sorprendan con algún pensamiento en la cabeza. Muchas veces me pasa ir caminando por la calle y que algún amigo o conocido me reconozca y empiece a llamarme, y al ver que no le respondo, me toque en el hombro, y yo recién entonces caigo en cuenta.

            -Parecías un zombie. ¿En qué estabas pensado?

            -En nada.

            Si mi amigo es una persona de aquellas que no desperdiciaron su juventud leyendo libros sobre temas que únicamente pueden interesarles a alguien que haya desperdiciado su juventud leyendo libros, lo más común es que me lo deje pasar. Ahora si mi amigo es un literato, un intelectual, un filósofo (y lamentablemente tengo muchos de estos amigos), probablemente me salga con la siguiente cuestión:

            -No podés no estar pensando en nada, en algo tenías que estar pensando.

            Claro, la mente es una máquina de movimiento continuo, que constantemente esta elucubrando nuevas respuestas a viejos problemas, que a su vez engendran nuevos problemas, que resolvemos dándoles alguna de las viejas respuestas. Creo que Aristóteles dijo algo como esto, pero no estoy seguro. En todo caso, Aristóteles estaba equivocado (si es que dijo algo como esto). Por lo menos mi mente es perfectamente capaz de mantenerse en un estado de ivernación total, sin que nada como un pensamiento la perturbe.

            Pertenezo a una agrupación universitaria, lo que podrá parecer contradictorio, pues como todo el mundo sabe, un militante de la ideología que sea no hace, en verdad, casi otra cosa que pensar. Mi falta de ideas, en contraposición con la sobreabundancia de las suyas, ha llegado a exasperar a mis cófrades, y más de una vez me sugirieron, muy amablemente, que abandonara sus filas. El problema es que, según lo veo, abandonar algo, tanto como emprender algo, requiere un mínimo esfuerzo reflexivo, y ya que soy incapaz de esto, sólo pude optar por la inercia, seguir estando allí, y participar de tanto en tanto en aquellos mitines en los que nunca tengo nada que aportar.

            -Estas nuevas medidas del rector son un ataque directo contra el pensamiento independiente en el ámbito universitario, por lo cual pienso que es nuestro deber manifestarnos en su contra, si queremos salvaguardar la integridad de la educación pública.

            Aplausos.

            Alguien al lado mío me pregunta:

            -¿Qué pensás?

            -Estoy de acuerdo.

            -No me parece- dice otro-; yo pienso que estas medidas apuntan más bien a fortalecer la educación pública, y que deberíamos apoyarlas.

            Algunos murmullos desaprobatorios.

            Otra vez la pregunta.

            -¿Qué pensás?

            -Estoy de acuerdo.

            El hecho de no pensar no me impide tener algunas opiniones. Claro que, al no haber un pensamiento propio que las sustente, éstas sólo pueden nacer del contacto más puro con la inmediatez. Soy, por tanto, e invariablemente, de cualquier opinión que escuche.

            -¡No puede ser que estés de acuerdo con todo! ¡Tenés que tener alguna opinión sobre algo!

            -Sí, tenés toda la razón.

            Mi actitud más auténtica es darle la razón, con total sinceridad, a quien quiera que me hable. Sorprendentemente, esto no siempre complace a mis interlocutores.

            -¡Decinos de una vez qué pensás!

            -Honestamente… no pienso en nada.

            Detrás de mí oigo algún que otro comentario. "Qué hijo de puta", "éste es un pelotudo". Cosas por el estilo.

            -Pienso- acota uno- que deberíamos darle al compañero la oportunidad de expresar sus opiniones con mayor libertad, en lugar de hostigarlo.     

            -Bueno, que hable entonces. ¡Dale, hablá!

            La concurrencia hace silencio.

            -Compañeros… creo que es clara la razón por la cual estamos acá reunidos. Se trata de dilucidar si las últimas medidas del rector atentan o no contra los intereses del estudiantado. Al respecto, opino, como el compañero Darío, que las medidas del rector se traducen en un alarmante vaciamiento de contenido en las carreras humanísticas, y en un empobrecimiento general en las condiciones de cursado en nuestra facultad, por lo cual deberíamos tomar acciones efectivas en el menor tiempo posible. Opino también que, como señala el compañero Sebastián, las susodichas medidas contribuyen a fomentar una estabilidad tanto política como institucional  que sólo puede favorecer a la universidad pública, por lo cual deberíamos apoyarlas incodicionalmente.

            Automáticamente, muchos de los concurrentes se levantan con la intención de insultarme, y quizás de agredirme físicamente. También mi novia, militante acérrima, me grita desde su lugar:

            -¿No estás jodiendo? ¡No dijiste nada!

            -Dije lo que pienso, ni una palabra menos.

            -No podés estar de acuerdo con ellos y con nosotros. ¿No entendés? Estamos diciento exactamente lo contrario. ¿De qué lado estás?

            -Pues si se trata de estar de un lado o del otro, entonces yo definitivamente estoy…

            Alguien grita "con el rector".

            -…con el rector.

            Alguien más grita "contra el rector".

            -… o contra el rector.

            Murmullo general.

            Poco a poco va decreciendo, hasta que la sala queda en silencio. Yo sigo en pie frente a todos, sin que un solo pensamiento se me cruce por la cabeza. Finalmente alguien habla.

            -¡Siempre es lo mismo! ¡No sé por qué seguimos trayendo a este pelotudo a las asambleas!

            -No podemos no traerlo, es el presidente del centro de estudiantes.

            Después de debatir un rato más, se acuerda disolver la asamblea en un perfecto desacuerdo. Las partes se retiran, hasta que sólo quedamos yo y algunos integrantes de mi camarilla, que me miran con un aire de reproche. Yo les devuelvo una mirada que debe parecerles tan neutra como la de un perro o un gato idiota. Ellos seguramente estarán pensando en alguna conjura; quizás esperarme a la salida y golpearme en la cabeza con algún objeto contundente, hasta matarme o por lo menos dejarme en coma por un tiempo. Yo, en cambio, no pienso en nada, o en todo caso, sigo dándole vueltas a aquel único problema que desde hace un tiempo, ocupa algo de espacio en mi mente, el único que tiene algún sentido, el de la inmortalidad de los cangrejos. Tal vez cuanto menos piense, más cerca estaré de resolverlo.

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                                                           JUAN M. RODRÍGUEZ

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Autores
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