"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




De Otros.


HELENE CIXOUS

Publicado en De Otros. el 13 de Marzo, 2015, 10:13 por MScalona
HÉLENE CIXOUS . Al principio adoré. Lo que adoraba era humano. No personas, no totalidades, no seres denominados o delimitados. Sino signos. Parpadeos de ser que me impactaban, que me incendiaban. Fulguraciones que llegaban a mí: ¡Mira! Yo me abrasaba y el signo se retiraba. Desaparecía mientras yo ardía y me consumía entera. Lo que me sucedía, poderosamente lanzado desde un cuerpo humano, era la Belleza: había un rostro, en él estaban inscriptos, guardados, todos los misterios, yo estaba delante, presentía que había un más allá al que no tenía acceso, un allá sin límites, la mirada me oprimía, me impedía entrar, yo estaba afuera, en acecho animal. Un deseo buscaba su morada. Yo era ese deseo. Yo era la pregunta. . Destino extraño de la pregunta: buscar, perseguir las respuestas que la calmen, que la anulen. Si algo la anima, la eleva, la incita a plantarse, es la impresión de que el otro está allí, muy cerca, existe, muy lejos, de que en algún lugar en el mundo, una vez cruzada la puerta, está la cara que promete la respuesta por la cual uno continúa moviéndose, a causa de la cual uno no puede descansar, por amor a la cual uno se contiene de renunciar, de dejarse llevar, a muerte. ¡Qué desgracia, empero, si la pregunta llegara a encontrar su respuesta! ¡Su fin! . Adoré el Rostro. La sonrisa. La cara que hace mi día y mi noche. La sonrisa me tenía a raya de éxtasis. En terror. El mundo edificado, iluminado, aniquilado por un estremecerse de esa cara. Ese rostro no es una metáfora. Cara, espacio, estructura. Lugar de todos los rostros que me dan nacimientos, que detentan mis vidas. Lo vi, lo leí, lo contemplé, hasta perderme en él. ¿Cuántas caras para el rostro? Más de una. Tres, cuatro, pero siempre la única, y la única siempre más de una. . Lo leí: el rostro significaba. Y cada signo indicaba un nuevo camino. Camino a seguir, para acercarse al sentido. El Rostro me susurraba algo, me hablaba, me llamaba a hablar, a descifrar todos los nombres que lo rodeaban, lo evocaban, lo rozaban, lo hacían aparecer. Él volvía las cosas invisibles y legibles, como si estuviera convenido que, aunque la luz se alejara, las cosas que ella había iluminado, no desaparecerían; lo que ella había tocado, se quedaría, no cesaría de estar aquí, de brillar, de dejarse aún ser tomado por el nombre. . . - LA LLEGADA A LA ESCRITURA . Amorrortu Editores, p. 9-10

URONDO

Publicado en De Otros. el 19 de Septiembre, 2014, 14:33 por MScalona

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PACO URONDO

Publicado en De Otros. el 4 de Agosto, 2013, 12:10 por MScalona

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MÁS o MENOS



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Me acuesto feliz



y me levanto cansado:



¿qué puede ser esto?

¿La peor enfermedad,



una costumbre enigmática,



alguna sombra?

Tengo un hijo por aquí



y otro por otra parte y no puede ser.



Y esta dispersión que duele.

¿Qué podrá ser esto de tener coraje y estar inseguro;



de dónde vino esta adolescencia



que araña y que gruñe y sigue envejeciendo?

Tengo mujer



y he tenido otras mujeres que la llenan de celos, cortantes y rígidos;



¿qué puede ser esta rabia que no comprendo?

¿Será el capitalismo, señor rabino,



será el habitat, señor marinero?

Lo cierto es que nadie puede explicar seriamente



esta felicidad



este cansancio.

.

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PACO URONDO

Del otro lado,



Edit. Vigil, 1965



p. 60-61.-

HÉLENE CIXOUS

Publicado en De Otros. el 1 de Agosto, 2013, 11:52 por MScalona

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"Adoré el Rostro. La sonrisa. La cara que hace mi día y mi noche. La sonrisa me tenía a raya, en éxtasis. En terror. El mundo edificado, iluminado, aniquilado por un estremecerse de esa cara. Ese rostro no es una metáfora. Cara, espacio, estructura. Lugar de todos los rostros que me dan nacimientos, que detentan mis vidas. Lo vi, lo leí, lo contemplé, hasta perderme en él. ¿Cuántas caras para el rostro? Más de una. Tres, cuatro, pero siempre la única, y la única siempre más de una",

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HÉLENE CIXOUS, La llegada a la escritura, p. 10, Ed. Amorrortu.-

ROBERT DESNOS

Publicado en De Otros. el 28 de Julio, 2013, 23:45 por MScalona
ROBERT DESNOS</p>
<p>A LA MISTERIOSA</p>
<p>Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.<br />
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo<br />
y besar sobre esa boca<br />
el nacimiento de la voz que quiero?<br />
Tanto he soñado contigo,<br />
que mis brazos habituados a cruzarse<br />
sobre mi pecho, abrazan tu sombra,<br />
y tal vez ya no sepan adaptarse<br />
al contorno de tu cuerpo.<br />
Tanto he soñado contigo,<br />
que seguramente ya no podré despertar.<br />
Duermo de pie,<br />
con mi pobre cuerpo ofrecido<br />
a todas las apariencias<br />
de la vida y del amor, y tú, eres la única<br />
que cuenta ahora para mí.<br />
Más difícil me resultará tocar tu frente<br />
y tus labios, que los primeros labios<br />
y la primera frente que encuentre.<br />
Y frente a la existencia real<br />
de aquello que me obsesiona<br />
desde hace días y años<br />
seguramente me transformaré en sombra.<br />
Tanto he soñado contigo,<br />
tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado<br />
de tu sombra y de tu fantasma,<br />
y por lo tanto,<br />
ya no me queda sino ser fantasma<br />
entre los fantasmas y cien veces más sombra<br />
que la sombra que siempre pasea alegremente<br />
por el cuadrante solar de tu vida.</p>
<p>Versión de Francisco de la Huerta
ROBERT DESNOS

A LA MISTERIOSA

Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo
y besar sobre esa boca
el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto he soñado contigo,
que mis brazos habituados a cruzarse
sobre mi pecho, abrazan tu sombra,
y tal vez ya no sepan adaptarse
al contorno de tu cuerpo.
Tanto he soñado contigo,
que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie,
con mi pobre cuerpo ofrecido
a todas las apariencias
de la vida y del amor, y tú, eres la única
que cuenta ahora para mí.
Más difícil me resultará tocar tu frente
y tus labios, que los primeros labios
y la primera frente que encuentre.
Y frente a la existencia real
de aquello que me obsesiona
desde hace días y años
seguramente me transformaré en sombra.
Tanto he soñado contigo,
tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado
de tu sombra y de tu fantasma,
y por lo tanto,
ya no me queda sino ser fantasma
entre los fantasmas y cien veces más sombra
que la sombra que siempre pasea alegremente
por el cuadrante solar de tu vida.

Versión de Francisco de la Huerta

FRANCISCO ROLDÁN

Publicado en De Otros. el 12 de Julio, 2013, 16:34 por MScalona
.
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La Casa de los Bostezos

II “El alero de los almuerzos”

Afuera: pero sólo al capturar los olores de tu casa, curiosos, tus seis patos de fuego…

Flotando, sobre las almenas blancas del fondo, en cuadrillé, los manteles, por donde una finísima raya de luz alimentaba los pequeños incendios de otro mediodía de franjas.

Blancas sobre blancos espacios, sobre estambres lilas

A vos, te pertenecía el alero: el “alerito”, como solíamos llamarle; porque creímos haber visto allí, algún estilo más o menos querido de una sincronía inquieta, latente, casi natural

cuáles?

el sonido de las torrajas contra los caños diurnos;
el sonido, o el valor que cada uno de nosotros atribuye a los espacios esféricos que disputan la inversión de cada palmo de la voz.

Tu lugar, como cayado por el que los dardos de Vasavadatta sienten la oquedad de unos modos todavía lejanos

tus movimientos
tu gimnasia

tu espesor constante y la alegría que dispone los cubiertos
sobre la mesa contigua:

la luz, los efímeros emporios, la felicidad

y… si algún día no me vieses mas volviendo de la chacra, con lo niños, los plantines y los guantes para el frío de la mañana… y en mi lugar se agitara sólo una aventada hilera de álamos:

y si el ritmo del almuerzo, de repente, cesara a sus alucinantes multiplicaciones…?

Blancas sobre blancos espacios, sobre toallas más lilas aún…

Se aproxima una tormenta. El olor de las avecillas entre las hijas de las nocheras, nos advierte, que estas gotas son apenas una tímida frecuencia sobre los tallos más fuertes…

algo se prepara en mi para recibir al viento

algo, que tal vez explicará que la razón de esta probada somnoliencia es tu perfecta cercanía, tu rarísima voz de “madre” incauta

…aún no lo sé.

La alegría deja que estas pálidas figuras se alimenten en un suave resplandor de maderas calientes.

no oigo patos en el delta: sin embargo, durante algunos momentos, vuelan frente a la fatiga y la imposibilidad de haber quemado ya sus más limpidos movimientos…

y se posan junto a vos, que estás hablándole a tu niño indeciso:

Está inseguro, Luis, o es aparente lentitud para atrapar mis endiablados chocolates?

dejá que al menos su pequeño y fascinado nombre se aproxime hasta estas manos plenas de ritmos

(Sarmiento, San Antonio,
Guaminí…)

pero en el cuarto, un resplandor fuera de tono nos hace creer que la hora de las “apariciones” no ha quedado aún a merced de la mentira

las azaleas de las falsas solemnidades, los estertores, los sagrados desperdicios…

y… algo más?

El aroma de la lluvia nos dispersa hacia una charla en la que los pronombres crecen bajo la atrevida ola de las sustituciones…

En el fondo de la casa, cerca del parquecito que da contra el amarradero de lanchas, oigo cinco (seis?) golpes de palma.

Me alarmo, y pienso en ustedes:

pienso en el fuego; y en como habrán de arder nuestras pequeñas naciones, a través de las raíces… y del agua.

.
.

Paraná de las Palmas, Julio 3 de 1994. 15:30 hs.

Juan Francisco Roldán,
nació en Santa Fe en 1966

RODOLFO WALSH

Publicado en De Otros. el 5 de Julio, 2013, 19:29 por MScalona

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Esa Mujer

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Rodolfo Walsh  (1965)

 

 

 

 

El coronel elogia mi puntualidad:

-Es puntual como los alemanes –dice.

-O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas –propone-. Lo felicito.

Mientras sirve dos vasos grandes de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido. El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra. El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronce, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con deprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

-Esos papeles –dice.

Lo miro.

-Esa mujer, coronel.

Sonríe.

-Todo se encadena –filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

-¿Mucho daño? –pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Está por cumplir doce años –dice.

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

-Contále vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

-La pobre quedó muy afectada –explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.

-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que el capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

-La fantasía popular –dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste –dice.

Pienso. No se me ocurre.

-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

-La tumba de Tutankamón –dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.  

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

-¿Qué más? –dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pegó un tiro una madrugada.

-La confundió con un ladrón –sonríe el coronel-. Esas cosas ocurren.

-Pero el capitán N…

-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

-¿Y usted, coronel?

-Lo mío es distinto –dice-. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

-Me gustaría.

-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

-Ojalá dependa de mí, coronel.

-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

-Mire.  A la pastora le falta un bracito.

-Derby –dice. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

-¿Qué querían hacer?

-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuánta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! –digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan: azul mercurio. A ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

-Esa mujer –le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada. El coronel bebe. Es duro.

-Desnuda –dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd –el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

-Me pareció oír. Esos roñosos no me van agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

-… se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le dí una trompada, miré –el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

-No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

-Pero esa mujer estaba desnuda –dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros de por ahí. Figúrese cómo se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

-¿Pobre gente?

-Sí, pobre gente. –El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.

-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

-Ah, bueno –dice.

-¿La vieron así?

-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más remota encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

-Para mí no es nada –dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, en el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…

-¿Se impresionaron?

-Uno se desmayó. Lo desperté a bofeteadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo”. Después me agradeció.

Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.

-Beba –dice el coronel.   

Bebo.

-¿Me escucha?

-Lo escucho.

-Le cortamos un dedo.

-¿Era necesario?

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.     -Tantito así. Para identificarla.

-¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.

-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico. ¿Comprende?

-Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.     -¿Y?

-Era ella. Esa mujer era ella.

-¿Muy cambiada?

-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo  es para que todo fuera legal. El profesor R controló todo, hasta le sacó radiografías.

-¿El profesor R?

-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto está ahí, su voz amarga, inconquistable:

-¿Enciendo?

-No.

-Teléfono.

-Decíles que no estoy.

Desaparece.

-Es para putearme –explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder –digo alegremente.

-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

-¿Qué le dicen?

-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

-Llueve –dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

-Llueve día por medio –dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

-¡Está parada! –grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra puna de la mesa. Y por un momento cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

-No me haga caso –dice, se sienta-. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

-¿Eh? –dice- ¿Eh? –dice.

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Sí.

-¿La sacó usted?

-Sí.

-¿Cuantas personas saben?

-Dos.

-¿El Viejo sabe?

-Se ríe.

-Cree que sabe.

-¿Dónde?

No contesta.

-Hay que escribirlo, publicarlo.

-Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

-¡Ahora! –me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

-Cuando llegue el momento… usted será el primero…

-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

-¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntar quién soy, qué hago ahí.

Y mientras, salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras, mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras, sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación:

-Es mía –dice simplemente-. Esa mujer es mía.   

DAVID LEAVITT

Publicado en De Otros. el 29 de Junio, 2013, 23:04 por MScalona

David Leavitt,  (EE.UU., 1961)

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GRAVEDAD

David Leavitt

1961- USA

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Theo pudo elegir entre un fármaco que le conservaría la vista y un fármaco que lo mantendría vivo. Escogió no quedarse ciego. Dejó las pastillas, empezó con las inyecciones-que hicieron necesaria la implantación de un desagradable y doloroso cáteter justo encima del corazón-y, al cabo de pocos días, las nubes de sus ojos empezaron a disiparse: podía ver otra vez. Se acordó de una vez en que fue con su madre a Nueva York para ver una obra de teatro; tenía doce años y no quería admitir que necesitaba gafas.

-¿Puede leer esto?-le gritó, señalando una marquesina de Brodway.

Y cuando entrecerrando los ojos, sólo pudo descifrar una o dos letras, ella se quitó las gafas -unas enormes gafas modelo arlequín con diamantitos de imitación incrustados en las esquinas- y se la puso en la cara. El mundo quedó enfocado y el contuvo la respiración, sorprendido por la precisión de los bordes de las cosas, la legibilidad, el paisaje nítido, bien delimitado y lleno de colores. Ese día, Sylvia tuvo que tener los ojos entornados durante toda la representación de El violinista en el tejado, aunque, para Theo, la cara oculta tras las enormes gafas de  su madre, todo resulto tan brillante e intenso como un libro de cómics. A pesar de que la gente lo miraba y murmuraba, Sylvia no hacía caso; él podía ver.

Como se estaba muriendo otra vez, Theo volvió a la casa de su madre, en Nueva Jersey. Ella se tomaba con calma el asunto de las inyecciones de DHPG; después de todo, había tenido que pasar por la muerte de su propia madre. Cuatro veces al día, con la sangre fría de una enfermera, limpiaba el tubo de plástico que llevaba implantado en el pecho, insertaba en él una aguja hipodérmica esterilizada y, lentamente, introducía en sus venas la dosis del liquido que le devolvía la vista. Ambos soportaban este trámite en silencio; Sylvia, sentada junto a la cama de hospital que había alquilado mientras durara la estancia de Theo-mientras durara su vida, pensaba en él a veces-, contemplando las noticias o reposiciones de El show de lucille Ball o las noticias, tratando de no pensar en el duro trozo de tubo que llevaba clavado, un recordatorio constante de lo vasto y infranqueable que se estaba volviendo el mar que lo separaba de la cada vez más alejada orilla de los sanos. Y Sylvia estaba incomprensiblemente alegre. Todos los días te pedía que la acompañaras a algún sitio -a la biblioteca o al pequeño museo con las replicas de dinosaurios que tanto le gustaban de pequeño- y, cuando su delgadez y el bastón llamaban la atención, lo guiaba entre los mirones, decidida a protegerlo de cualquier cosa que pudieran decir o hacer. Los mismos que aquella tarde, hace tantos años, cuando lo empujó a través de un vestíbulo lleno de caras curiosas y sonrientes decidida a que nada interfiriera en el espectáculo de su visión. Menuda pareja tenían que a ver formado: un niño con unas gafas horribles y una madre que desafiaba al mundo al que se atreviera a decir algo. Esta calida y ventosa tarde de mayo habían ido a comprar para vengarse.

-Tu primo Howard celebra su fiesta de compromiso el mes que viene-explicó Sylvia en el coche-. Es una chica muy agradable, de Livingston. La conocí hace unas semanas y, de verdad, es una persona estupenda.

-Me alegro –dijo Theo-. Felicita a Howie de mi parte.

-¿Crees que estarás en condiciones de ir a la fiesta?

-No estoy seguro. ¿Y si le hago sólo un regalo?

-Ya se lo has hecho. Una bandeja de plata preciosa, si es que se permite decirlo. La nota de agradecimiento esta en la sala de estar.

-Mamá-dijo Theo-, por qué tienes siempre que….

Sylvia tocó el claxon a un camión que giraba a la izquierda en un lugar prohibido.

-Lo que yo digo  es  que es mejor que reciban algo que nada-dijo-; pero, ahora, el problema es que tengo que hacerle algún regalo a Howie, algo personal, y quiero que sea bueno. Que sea muy, muy bueno.

-¿Por qué?

-¿Te acuerdas de la baratija que te regaló Bibi cuando te licenciaste? Fue ofensivo.

-No consigo acordarme de tu regalo.

-No me extraña. Te regalo un vulgar juego de bolígrafo y pluma. El estuche ni siquiera era de piel. Así que es evidente que tengo que conseguir al verdaderamente espectacular para el compromiso de Howard. Algo que le haga palidecer. De todos modos, creo que he encontrado lo que buscaba, pero necesito tu  consejo.

-¿Mi consejo? Bueno, cuando Nick, mi antiguo compañero de piso, se casó, le regalé un aparato para machacar ajos. Me costo cinco dólares y reflejaba exactamente lo que para mí valía, en ese momento, nuestra amistad.

Sylvia se echó a reír.

-Muy ingenioso, pero mi idea es mucho más brillante porque me permite desquitarme con Bibi y, a la vez, hacerle a Howard el magnífico regalo que él  y su chica se merecen.

-Sonrió, a todas luces satisfechas consigo misma-. Ah, vivir para ver.

-Eso tú –dijo Theo.

Sylvia parpadeó.

-Mira, ya hemos llegado.

Aparcó el coche en una plaza reservada para minusválidos en la avenida Morris y salió para ayudar a Theo, que ya se levantaba del asiento sosteniéndose en el apoyabrazos de la puerta.

-Puedo arreglármelas solo-dijo con cierta irritación.

Sylvia retrocedió.

-Para ti, una ventaja clarísima de todo esto-dijo Theo apoyándose en el bastón- es que, de pronto, te es mucho más fácil encontrar aparcamiento.

-Oh, Theo, por favor-dijo Sylvia-.Mira, allí es donde vamos.

Lo condujo hasta una tienda de objetos de regalo llena de estatuillas de porcelana de Blancanieves y los siete enanitos, cajas de música que, al abrirlas, tocaban The Shadow of Your Smile, complicadas mezclas aromáticas en cajas forradas de papel púrpura y serpientes de trapos para colocar contra puertas y ventanas con corriente de aire.

-¡Señora Greenman!-exclamó un hombre canoso y jovila con una chaqueta de punto color crema-. Mira quién esta aquí, Archie, la señora Greenman.

Otro hombre, éste más delgado y parcialmente calvo, pero vestido con una chaqueta idéntica, miró desde el fondo de la tienda.

-¡Hola!-dijo sonriendo.

-Señor Sherman, señor Baker. Éste es mi hijo, Theo.

-Hola –dijeron los señores Sherman y Baker. Ninguno izo ademán de alargar la mano.

-¿Ha venido por el articulo del que hablamos la semana pasada?-preguntó el señor Sherman.

-Sí-respondió Sylvia-. Quiero el consejo de mi hijo. Se dirigió hasta un gran cuenco de cristal estriado, un cuenco muy de los cincuenta, sólido y con asas cuadras.

-¿Qué opinas? Es bonito, ¿verdad?

-Mamá, si quieres que te diga la verdad, me parece bastante feo.

-Cuatrocientos veinticinco dólares-dijo Sylvia con admiración-. Tienes que notarlo.

Entonces cogió el enorme cuenco y se lo lanzó a Theo, como si fuera una pelota de fútbol.

Los caballeros de las chaquetas se quedaron boquiabiertos y contuvieron la respiración. Cuando Theo lo cogió, las manos se les fueron hacia abajo. El bastón sonó al chocar contra el suelo.

-Pesa- dijo Sylvia, observando satisfecha cómo el cuenco le había hecho bajar los brazos-y, en lo que se refiere al cristal, el peso impresiona.

Le cogió el cuenco y lo llevó al mostrador. El señor sherman estaba enjuagándose la frente. Theo miró el suelo, todavía sorprendido de no ver restos de cristal alrededor de sus pies.

Como nadie parecía ofrecerle para recogerle el bastón, se inclinó y lo hizo el mismo.

-Cuatrocientos treinta y seis con veintiocho, con impuestos-dijo el señor sherman con una voz todavía un poco temblorosa.

Una oleada de placer se apodero del rostro de Sylvia en el momento de sacar el talonario. Tras el mostrador, Theo podía ver al señor Baker tocándose la frente con la mano y dirigiendo la vista al techo.

Parecía como si Sylvia hubiera estado buscando desde hacía mucho tiempo algo como eso, algo que fuera lo suficientemente pasado para dejar una impresión y, sin embargo, tan frágil que hiciera sufrir.

 

 

 

 

 

Salieron y se dirigieron hacia el coche.

    -¿Adónde podemos ir ahora? –preguntó Sylvia al entrar-. Tiene que haber algún sitio al que podamos ir.

    -A casa –dijo Theo-. Ya es casi la hora de mi medicamento.

    -¿Ya? Oh, bueno.

    Se puso el cinturón de seguridad, metió la llave en el contacto y se quedó sentada.

    Durante sólo un instante, aunque perceptiblemente, su cara de descompuesto. Cerró los ojos con tanta fuerza que la sombra azul de los párpados se agrietó. Casi con igual rapidez, volvió a la normalidad, y momentos después estaban conduciendo.

    -Hace cada vez más calor –dijo Sylvia-. ¿Pongo el acondicionador de aire?

    -Vale –dijo Theo.

    Estaba pensando en el cuenco o, más concretamente, en lo sorprendente de su peso, que le había obligado a bajar los brazos. Llevaba ya un rato preocupado por su madre, preocupado por el daño que su enfermedad podría estar causándole en secreto y que, por supuesto, ella nunca admitiría. En la superficie, las cosas parecían normales. Seguía hirviéndose todas las noches para cenar una pechuga de pollo sin piel, seguía nadando os kilómetros cada día, seguía guardando en la nevera bolsitas de té usadas envueltas en papel de aluminio. Sin embargo, también lo había despertado una madrugada a las tres para decirle que iba al supermercado abierto las veinticuatro horas y que si quería algo. Y estaba lo de la tienda de regalos: le había lanzado el cuenco, literalmente, se lo había lanzado como si fuera una pelota y, mientras el gran destello volador cargado de potencial pesar se le venía encima, se le ocurrió que ella estaba confiando, de entre todo el mundo, en sus dos débiles manos para evitar la rotura. ¿Qué intentaba demostrar? ¿Su recién recobrada visión? ¿La seguridad de que estaba ahí, vivo, que él, un niñito perdido con gafas adornadas con diamantitos de imitación, todavía no había escapado a sus cuidados? Hay ciertas cosas que uno ya ha hecho antes de pensar en cómo hacerlas: un niño apartado de la parte delantera de un coche, por ejemplo, o en el cuenco, que Theo ya sostenía antes de que pudiera incluso empezar a calcular su breve trayectoria. Los brazos se hundieron bajo el peso y, desde esa ridícula posición, había mirado a su madre, que le sonreía de oreja a oreja como si, en la guerra ente el peso y la rotura, la hubiese ayudado a ganar alguna pequeña pero continuada victoria.

 

 

LEILA GUERRIERO

Publicado en De Otros. el 21 de Junio, 2013, 20:25 por MScalona

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ME GUSTA SER MUJER   (y odio a las histéricas)

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Un día mi padre me llamó y me explicó lo de la semillita, acariciándome la cabeza como si me estuviera dando el pésame. Entendí esto: entendí que el hombre metía un brazo adentro de la mujer —no me pregunten por dónde—, y que con los dedos —que en mi imaginación tomaban la forma de una tenaza que tenía mi abuelo Elías— plantaba una semilla. El procedimiento me pareció humillante y quirúrgico, pero enseguida vi que había solución:

—Yo voy a hacer al revés, le voy a meter una semilla a un hombre.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
“Porque sí” y “porque no” eran dos respuestas con mucho rating en casa, pero después de esta explicación botánica mi educación sexual tuvo todavía otro capítulo. Eran las cinco de la tarde de un año en el que tuve siete años. Volvía a casa caminando con Paola, una compañera de colegio, y el grito llegó como un baldazo: dos varones de séptimo grado, desde la vereda opuesta. Paola se arreboló. Le pregunté qué quería decir lo que nos habían gritado, y me mintió que no sabía. Paré a tomar la leche en casa de mi abuela Any y disparé:
—Abue, ¿qué quiere decir “las vamos a coger”?
—Quiere decir que te quieren tocar. Es algo que te hacen los varones. Es muy feo.
A los siete años, entonces, estaba segura de cuatro cosas acerca del sexo: a) que consistía en la introducción de una semilla; b) que eso probablemente se llamara coger —yo era intuitiva—; c) que se hacía con las manos o con tenazas, y d) que era algo muy feo que hacían los varones y que las mujeres, probablemente, padecíamos.
Putas. Eran todas putas. Las que atendían al sodero en bata, las rubias, las viejas que no usaban enagua. Si caminabas moviendo el culo, eras puta. Si volvías a tu casa después de las once de la noche, eras puta. Puta era la que iba al colegio con las uñas pintadas, puta la divorciada y puta la hija de la divorciada.
En Junín, provincia de Buenos Aires, la ciudad donde viví hasta mis 17, la vida era complicada si nacías varón: había demasiadas opciones. Pero si nacías mujer era fácil. Tenías que tomar una sola decisión: eras casta o eras puta. Y si eras como yo —estudiosa, clase media, hija de padres respetables—, se descontaba que puta no, y que te ibas a casar con el himen enterito, si era posible con tu primer novio. Ahora tengo 37, vivo en Buenos Aires desde los 18, comparto casa con Diego hace 9 y me piden que escriba sobre lo que me hace mujer. Lo que me ancla del lado hembra de las cosas. Se me ocurre que a) no quiero escribir unos párrafos que pudieran someterse al título “Me gusta ser mujer”, y b) que ser mujer en Junín fue una experiencia cercana a lo vergonzante e imposible de obviar porque allí empezó todo. Yo era un dechado: 11 añitos, moralista, recatada. Mis padres no me dejaban usar tacos altos, ni polleras cortas, ni maquillaje. Mi madre me promocionaba como si yo me mantuviera alejada de las tentaciones por voluntad y no por prohibición.
—Ay, qué grande que está —decían sus amigas, y mamá completaba:
—Sí, es muy madura para la edad que tiene.
Madura quería decir que yo no contradecía sus órdenes y que, por lo tanto, nadie me había besado ni tocado y que, aunque a escondidas leyera la Justine del buen marqués y me agarrara bruta calentura, las cosas seguían bien porque nadie se enteraba. La inocencia iba primero, y no importaba mucho si era real o fingida: importaba lo que estaba a la vista. Y lo que estaba a la vista era yo, tan casta.
El sexo prometía más amenazas que el hombre de la bolsa. Entonces, era mejor no averiguar y mantenerlo lejos. Fue así hasta mis 9 o 10 años, cuando le pedí explicaciones a una amiga mayor.
—Me explicás todo, ya.
—No, me da vergüenza.
Acá había algo interesante. Le ofrecí mi juego de mesa preferido a cambio de algunas precisiones, nos encerramos en mi cuarto y me explicó. Me dio impresión. Sobre todo lo del pito. Suponía que esa cosa parecida a un tornillo, que sólo había visto en los bebés o en mi hermano menorísimo, tenía que adquirir una consistencia casi metálica. El pito pasó a ser un arma amenazante y escondida. En un baldío cercano a la escuela las paredes estaban repletas de unos dibujos como aviones con alas desplegadas y grandes soles oblongos con pestañas (unos sexos que ahora se me ocurren aterradores), pero los aviones y los soles pestañudos no se parecían a nada que yo guardara bajo la bombacha o que adivinara detrás de las braguetas que husmeaba con discreción. Tenía miles de dudas, pero pánico de compartirlas con mis amigas. Es que en mi pueblo todas éramos vírgenes pudorosas hasta el casamiento. Todas. Yo era capaz de matar por esta convicción. Así era yo. Boba. No creía en Dios pero confiaba en El Himen.
Mi amiga mayor, la que me explicó los rudimentos del sexo, tuvo cuatro hijos. Cinco años después de casarse dejó estudio y empleo para mudarse a un pueblo de dos mil habitantes donde su marido había encontrado un trabajo que lo conformaba.
No sé en qué pensó mientras se mataba. No sé por qué se mató. Sé lo que pensé cuando la vi en su cajón: que había que tener cuidado. Que después de todo, la fórmula perfecta de la felicidad (hijos, marido, la casita con césped) podía no ser la fórmula perfecta de la felicidad.
Pero yo era joven, estaba rabiosa, se había muerto mi amiga y el mundo me debía una. De todos modos, me mantuve alerta.
Es noche de martes. Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora —mucha confianza y años juntos— sólo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placares es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada. Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches por el balcón. También soy la encargada de la sección “Comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesada lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba, habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas —el orden, la comida caliente, una casa agradable— tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero creer que son síntomas —visibles— de mi educación de buen partido: prolija, limpita y ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol. Cosas que, confieso, me gustan.
Pero también trató de enseñarme otras que no me gustaron tanto.

 En 1979 yo ni soñaba en compartir mi vida con un hombre, pero tenía 12 años y supongo que mi madre habrá pensado que era momento de hablar, por primera y única vez, de mujer a mujer.

—Nena, vos ya sabés lo de la menstruación, ¿no?
Sí, yo ya sabía. Me recordó, entonces, lo que ella creía importante: en esos días no convenía que me bañara, tomara sol o hiciera gimnasia, mirá que la Patri, la chica de la esquina, se metió en esos días en un río cordobés y le dio tremenda hemorragia. Y ni hablar de tampones.
Pero el mismísimo día de mi primera menstruación me di una ducha de dos horas y me fui a mi clase de guitarra, atenta a posibles dolores, hemorragias de hecatombe. No pasó nada. De a poco subí la apuesta. En esos días hacía más gimnasia, corría más, saltaba más alto. Mi cuerpo respondía con orgullo. Ningún espasmo. Ningún flujo imparable. Al poco tiempo descubrí que los tampones no estaban contraindi­cados para chicas vírgenes. Después de eso, el amplio fol­clo­r menstrual (no podías tomar aspirinas porque te mo­rías desangrada, había que comer remolacha porque te hacía sangre, las pastillas para los dolores menstruales te daban cáncer) empezó a parecerme muy ajeno. Me gustó mens­­truar. Aunque en el barrio era una enfermedad que había que soportar con discreción (la mamá de una amiga no se lavaba las manos cuando menstruaba: se las repasaba con un trapo húmedo, no fuera cosa...), empecé a mencionar el asunto sin pudor en mi casa.
—Me indispuse —tiraba, a la hora del almuerzo—. Ay. Me duele un ovario.
Mi padre se compadecía en silencio, mamá clamaba por discreción y mi hermanito preguntaba “¿Qué dijo, qué dijo?”, pero nadie se animaba a hacerme callar. Una mujer mens­truante era, antes que nada, una persona inimputable.
—¡¿TANGO!? ¡¿VOS!?
Preguntó mi madre en el teléfono y yo dije que sí y a ella le pareció espantoso.
—¡Esa música de viejos, qué decadente!
Mi amiga Mariana dice que probablemente tratar de explicarle a mi madre por qué por estos días Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango sería como que dentro de cuarenta años un grupo de personas de treinta y pico intentara explicarnos a nosotras por qué ellos se juntan los sábados para escuchar a Menudo y Los Parchís. Es probable. De todos modos, Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango, y nos gusta, y juro que no sé por qué todos en las clases se sienten obligados a subrayar con una sonrisita socarrona cualquier alusión al machismo tanguero, pero nadie que yo conozca se altera con la publicidad televisiva del pan lactal en rebanadas Bimbo.
Pan Bimbo, toma uno: en un recinto repleto de hombres, una mujer se tapa la corredura de la media antes de levantarse y caminar a sala traviesa; otra muchacha, esta vez en una obra en construcción, habla por su celular mientras, maternalmente, le calza el casco a un obrero que no lo lleva puesto. Escena final: una mujer les sirve rebanadas de pan Bimbo a sus hijos. Una voz en off —de hombre— dice: “Las mujeres cambiaron, pero siguen siendo mujeres”.
Yo no soy una “mujer en rebanadas Bimbo”. A mí no van a darme permiso para hacer lo que quiero siempre y cuando cumpla con el sacrosanto fin reproductivo.
Si le pido a Diego que mencione siete diferencias entre hombres y mujeres dice “Ninguna”, y después dice “Sí, las tetas” y después dice “No, tampoco”, pero todos mis amigos están convencidos de que una madre es más importante durante los primeros años de vida de un crío que un padre.
—Y aparte de la teta, digamos, ¿qué te parece a vos que el padre no le puede dar al chico? —pregunto.
—Muchas cosas —dice mi amigo Juan—. La madre es irreemplazable.
Cuentos chinos, digo yo. Excusas para cargarles a las chicas todo el sambenito de la crianza. Prueben, si son hombres, pedir una licencia de tres meses en el trabajo para criar. Una larga carcajada será lo que reciban.
No. Eso a nadie le parece sexista. Pero el tango... ah, señores; el tango sí. El tango es la fuente de todos nuestros males.
Un día el himen, ese pedazo de piel responsable de tanto escándalo, dejó de parecerme importante. Había leído tanto sobre sexo —en los libros que no me dejaban leer, en las revistas que se suponía que no leía— que podría haber dado clases en un burdel, virgen y todo como era. Sabía que la pérdida de la virginidad era un rito de pasaje del que los hombres se sentían responsables y al que las mujeres le tenían pavor. Decidí que no iba a permitir que nadie cargara con la responsabilidad de haber finiquitado el parchecito. No diré ni cómo ni cuándo, pero no hubo sangre. No hubo dolor. Él no se dio cuenta y para mí no tuvo la menor importancia. Fue como yo quería. Sigo pensando que las mujeres cargamos con demasiadas funciones y órganos sobrevaluados. La virginidad, la menopausia, la mens­­truación, el primer polvo, los ova­rios. Y, claro, el embarazo. Nunca quise tener hijos.
Nunca me conmovió la idea de parir. Todavía me divierte el asombro que producen las palabras “no quiero”: hay quienes elaboran un consuelo (“Bueno, ya te van a dar ganas”), ensayan sospechas (“No podrá y dice que no quiere”) o se enojan (“No podés ir en contra del instinto materno”). Mi caso es más simple. No quiero. Nunca quise. No tengo ganas. Ni siquiera pienso en eso todos los días. Diría que ni siquiera pienso en eso todos los años.
El oficio me llevó a hacer entrevistas con madres solteras, casadas, divorciadas, adolescentes. Todas recitan que los hijos te hacen olvidar las dificultades, que el único sacrificio que hace una madre es no poder estar con ellos tanto como quisiera. Tanto consenso en el lugar común termina por no querer decir nada y despierta sospechas de sentimientos algo más bajos, inconfesables. Nunca me conmovió el parto con padre al lado, ni entiendo la sacralización de las embarazadas que vuelven, por obra y gracia de la hinchazón, a ser nenas inexpertas receptoras de todo tipo de consejos: “comé yogur, comé lentejas, tomá calcio, tomá leche”. ¿A ninguna le incomoda esa condición de caballo de Troya, de envase sobre el que todos tienen derecho? Hace poco una amiga, embarazada, se quejaba porque su obstetra la obligaba a hacerse decenas de análisis que ella creía innecesarios.
—Me hace perder un montón de tiempo. Los médicos piensan que sos una persona que está en su casa tomando licuados de vitamina y esperando que nazca el baby. Las salas de espera están repletas de embarazadas leyendo el Para Ti, aburridas, resignadas, y vos mirando el reloj porque a las once tenés una entrevista con el presidente de la primera aseguradora del país por un juicio millonario.
Mi amiga es abogada.
Los hijos, creo, son un tema sobredimensionado.
No todo el mundo necesita tenerlos.
No creo que haya mucho más que decir al respecto.

A los 18 me mudé a Buenos Aires para estudiar una carrera universitaria. Tenía vocación para las matemáticas, el cine y las letras, pero estudié Turismo. Todavía me pregunto por qué. Cinco años después obtuve al mismo tiempo un título de licenciada y una confusión tan grande como el iceberg que hundió al Titanic. Mis padres no se mostraban dispuestos a mantenerme, y ahora que ya no estudiaba tenía dos opciones: trabajar o casarme y ser una señora en relación de dependencia. Tenía un novio, pero preferí buscar empleo. Conseguí un trabajo de nueve a cinco en una agencia de viajes. A los seis meses decidí que había estudiado la carrera equivocada y que me deprimía venderles viajes a los demás: la que tenía que viajar era yo. Además, quería escribir.

Renuncié.
Fue mi etapa de caída libre sin paracaídas en La Vida Real y el aterrizaje casi me mata. Tenía 21 años y creo que enloquecí.
Conseguí un empleo de vendedora en Cacharel.
Vendí tres tapados, me sentí miserable desde la hora del almuerzo y me escapé sin reclamar ganancias. Esa misma semana entré a trabajar en una óptica y el dueño, un señor encantador, me dijo: “Hija, vos estás para otra cosa”.
Decidí que tenía razón, hice mis valijas, cerré mi departamento y volví a Junín, donde terminé siendo cajera de un autoservicio. Me concentraba en dar bien el vuelto, le ponía precio a la mercadería y no podía parar de preguntarme “¿Para esto nací?”. En mis ratos libres escribía cuentos y pensaba que todos debían sentirse destinados a algo más importante pero tenían que conformarse con marcar latas de tomates: yo no tenía por qué ser la excepción.
La Vida Real era una pesadilla. Entonces hice mi gesto heroico de la década: volví por un par de días a Buenos Aires y, sin conocer a nadie del mundo periodístico, dejé unos cuentos cortos en la recepción dePágina/12 a nombre de Jorge Lanata. Tenía esperanzas de que los publicaran en el suplemento Verano/12. Dos semanas después, papá me despertaba a gritos porque en el Página de ese día habían publicado uno de mis relatos en la contratapa, donde solían firmar Juan Gelman y Osvaldo Soriano. Llamé y me pasaron con el mismísimo. Fue como hablar con San Martín. A los tres o cuatro meses, y sin saber quién era yo, el hombre me ofreció trabajo en Página/30. Acepté, claro. Me recibió en su oficina y me dijo: “Andá y defendéte como puedas. Por lo demás, y en cualquier ámbito, cuando te cierren las puertas no las golpees: tirálas abajo a patadas”. Desde ese día no lo vi más, salvo alguna excepción impersonal que no cuenta. El oficio no fue fácil al principio. Para ese mundito intelectual yo no dejaba de ser la chiruza tímida que llegaba del interior; el paracaidista gaucho. Alguien sobre quien pesaban todo tipo de sospechas: por qué estaba ahí, a quién conocía, hija de quién era, espía a sueldo de cuál. Pero que yo fuera mujer era un detalle: daba igual. Siempre hay alguien que supone que se ganó el derecho a entrar en tu cama por pagarte el café de máquina del pasillo, pero ésos son ripios muy menores. En lo que verdaderamente cuenta, el mundo laboral se dividió para mí en “notas que me interesan” y “notas que no estoy dispuesta a hacer”. Por lo demás, hice lo que me enseñaron en la única clase de periodismo que recibí en mi vida: me defiendo como puedo y pateo hasta que se caen las puertas que no se abren. Pero ni entonces ni ahora creí que esta fuera una fórmula sólo apta para mujeres. 
Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Yo, una vez, escribí un artículo sobre mujeres en el rock. Cuando llamé para proponerle una entrevista, Celeste Carballo, sin conocerme y por teléfono, gritó que periodistas como yo hacían que la música hecha por mujeres continuara siendo música de gueto, que nunca iba a participar en una nota tan miserable y que, además, me instaba a que renunciara ya mismo a la redacción y publicación de semejante engendro. No le hice caso. Encontré muchas bajistas, cantantes y guitarristas que tenían bastante para decir acerca del costado machista del Mundo Rock. La nota se publicó, y yo no tardé mucho tiempo en entender que me había equivocado y que la Dama Celeste tenía razón. Nunca más hice eso: retratar mujeres en ámbitos varoniles como una novedad de zoo.
Hay formas muy sutiles de discriminar. Mi nota sobre las mujeres del rock fue una.
La pelirroja era divertida, artificiosa y se burlaba de su propia compulsión al consumo de ropa y horas de peluquería. Era un mujerón, ladina y astuta, sabía conseguir lo que quería y simulaba lo que no tenía con afeites tramposos. Por ser amigas, no podíamos ser más distintas. Ella era un canto al engaño y yo, de chica, había querido ser un cowboy para no tener más pertenencia que mi caballo; manicura, pedicura y cosmetóloga son tres deidades que ignoro y a las que ella les dedicaba semanal pleitesía. La dejé de ver cuando se puso tetas. Un día me llamó, me dijo tenés que venir a ver cómo me quedaron, fui y me esperaba con dos vasos de vino, media pizza y una teta, vendada, en cada mano.
—Tocá, tocá —pidió.
Yo toqué, por no despreciarla y aunque la cercanía de un cuerpo femenino siempre me pone tensa. Quiero decir que no estoy acostumbrada a tocar mujeres, pero aquella noche sonreí, le toqué un poco las tetas y mientras mordía una porción de muzza dije:
—Mumm lindas. Te quedaron mumm, mumm lindas.
No la vi más —las tetas, supongo, la alejaron de mí para acercarla más a los hombres y a la peluquería—, pero todavía me provoca cierta ternura ese despliegue consciente de frivolidad. En esa exageración de la coquetería veo algo anacrónico, muy inocente y casi travesti. Algo de lo que soy incapaz pero a lo que, alguna vez, me gustaría jugar. Digamos, por un día. Digamos, mejor, por un par.

Son las siete de la tarde de un jueves de principios de julio y el taxista tiene el dial clavado en Radio 10. Chiche Gelblung, el conductor, conversa con Gabriela Acher, la actriz, y Gabriela Acher sostiene que el desencuentro de los sexos surge porque en el amor las mujeres necesitan tiempo mientras los hombres andan apurados. Que las mujeres queremos ternura y ellos sólo un poco de apretuje. Que ahora los hombres soportan una mirada crítica y, pobres tipos, se sienten disminuidos. Ellas están arrasadoras y ellos asustados, y por eso hay tantas mujeres solas.

Que me perdonen bien perdonada, pero suena a consuelo de perdedor.
El mundo masculino no está formado por un grupo de inhibidos, ni el femenino por un grupo de aguerridas. Ésta y otras definiciones funcionan bien solamente en el Reino del Lugar Común, ese lugar atravesado por chistes burdos donde los hombres siempre son desconsiderados y las mujeres histéricas. Y yo no. Me niego a agregar mi firma al pie de tanta revista femenina que define a las mujeres como esos seres a los que la depilación les duele, la menstruación les molesta y no encuentran placer más grande que reunirse entre ellas para hablar de “cosas de chicas”. No me siento parte de ese continente femenino formado por compradoras compulsivas, fóbicas al ginecólogo, temerosas de los años, necesitadas de palabras de amor después del sexo. No pienso que los hombres son todos iguales, ni que ya no hay hombres, ni quiero ni quise casarme, ni espero que me abran puertas.
No.
Me enervan las revistas femeninas que proponen cien maneras distintas de hacerle creer a él que tuviste un orgasmo y ocho fórmulas para que te proponga casamiento sin que se dé cuenta. Yo no sé qué es lo que hace mujer a una mujer, pero sé que esas cosas no te hacen más mujer: sólo te transforman en una persona desagradable.
Durante años mi pasado de chica pueblerina fue una molestia y pensé que una buena forma de aplastar esa educación prejuiciosa era jugar, sin prudencia, a todos los juegos que la gran ciudad —y el mundo— me pusieran por delante. Así, aterricé borracha en sillones no siempre conocidos, tuve amores buenos, malos amigos, amigos sensacionales, amigas descontro­ladas. Hice mucho, dormí poco, y un día paré.
No me llevó tanto tiempo darme cuenta de que en mi canasta pueblerina quedaban unas cuantas cosas agradables. Todavía hoy tejo bufandas al crochet, y conservo con orgullo mi lado salvaje que me dice que, si me lo voy a comer, lo puedo matar sin remordimiento.
Con Diego aprendí otras cosas. A necesitar poco, a ser austera y, sobre todo, a viajar de un modo en que a mí me gustaría que fuera la vida, siempre. Lenta, amenazadora, a veces incómoda, extrema: un animal de lujo. Hace rato que supongo que las cosas que importan —la bravura, la serenidad, la conciencia de la precariedad del mundo, la hidalguía, la dignidad, la elegancia y el coraje— no son patrimonio exclusivo de mujeres ni de hombres, y en esos viajes puedo ser valiente, noble y serena. Como la vez de la tormenta. Era una tormenta en la montaña, en un país lejano. Lluvia a mares y una niebla empeorada por el humo de la quema. Diego y yo viajábamos en camioneta por la frontera entre dos países: Myanmar y Tailandia. El camino era cornisa, un jabón. En una curva inclinada con precipicio al fondo la camioneta se descontroló. Diego pudo frenar a centímetros del barranco, pero sabíamos que, cuando pusiera un pie sobre el embrague, la camioneta podía resbalar y mañana seríamos tapa de diario, llanto de familias o, con suerte, carne de hospital. Pero no dijimos nada.
—Ponete el cinturón —masticó alguno de los dos.
Diego puso primera, soltó el embrague, la camioneta se sacudió como un yacaré y empezó a bajar, a resbalar, a bajar, a resbalar. Cuando llegamos al llano, ni él ni yo dijimos nada. Nos pusimos ropa seca, y seguimos viaje sin otro comentario que una puteada diluida porque nos agarraría la noche. Llegamos a una ciudad, conseguimos un hotel y nos dormimos, roñosos y sin cenar. Si él tuvo miedo, yo no lo sé. Si yo tuve miedo, él no lo sabe. Me gusta recordar ese momento: el universo detenido en un instante feroz y Diego y yo bajando la montaña, mudos, envueltos en un silencio respetuoso. Dos caballeros conservando la calma. Fingiendo que no, aunque tuviéramos pánico. Nos queremos, también, por cosas como éstas.
En el libro El camino de las damas, de Editorial Planeta (una recopilación de relatos de mujeres viajeras, realizada por Christian Kupchik), hay un capítulo en el que Karen Bli­xen —o Isak Dinesen—, la aristocrática danesa que vivió en Kenia, asegura que a lo largo de su vida tres frases le sirvieron como guía.
La primera es una sentencia latina.
Un romano necesita navegar hasta Cartago pero la tripulación se niega a embarcar porque el mar se presenta peligroso: “Entonces, cuenta Blixen, el romano les dijo: ‘Es necesario navegar, no es necesario vivir’. Me pareció muy acertada la idea, porque mientras naveguemos, estamos vivos”.
La siguiente es una frase en francés antiguo, descubierta en el escudo de armas de la familia Finch-Hutton: Je reponderay. Significa que uno puede responder y es responsable por lo que hace.
Pero la tercera, dice la dama, es la mejor. La tercera es su frase favorita. “Hace tiempo, en un puerto lejano y sin motivo aparente, me quedé observando a un barco que se alejaba. En un momento el barco comenzó a hundirse y en el medio de esa situación trágica se me reveló su nombre: Pourquoi pas? Por qué no. Desde entonces, esa expresión se quedó conmigo. Cuando la gente lo único que hace es preguntar ¿Por qué, por qué, por qué?, a mí me parece mucho más atinado preguntar ¿Por qué no?”.
Me gustaría que en mi escudo —o en mi tumba— escribieran alguna de estas frases.
Sería mejor, claro, si pudieran escribir las tres.
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                                                             LEILA GUERRIERO
nació en Junín (Bs As) en 1967

GEORGE BATAILLE

Publicado en De Otros. el 20 de Junio, 2013, 11:23 por MScalona

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¿ES ÚTIL LA LITERATURA?

 

 

 

 

George Bataille

 

“La felicidad, el erotismo y la literatura”,   Ed. AH

 

 

 

Nada es más común actualmente que la poesía política. Se despliega en la clandestinidad a la que se propone sobrevivir.

Quisiera enunciar a continuación un primer principio.

No es posible que haya nada humano que no deba ser intentado, que no merezca y pueda ser intentado felizmente. Tengo ante mí un poema inédito sobre la insurrección: todo lo que la rabia de la libertad hace pasar por una cabeza de dieciocho años clama en sus versos:

 

Vamos a golpear con la cabeza el borde de los límites…

 

Vestigio de un arrebato inspirado. Con una violencia tan verdadera que sólo puede agrandarme.

Dicho esto, no veo ninguna razón para no subrayar un segundo principio: se refiere en particular a esta guerra.

Esta guerra se hace contra un sistema de vida cuya clave es la literatura de propaganda. La fatalidad del fascismo es someter: entre otras cosas, reducir la literatura a una utilidad. ¿Qué significa una literatura útil si no tratar a los hombres como material humano? Para esa triste tarea, en efecto, la literatura es necesaria. Lo que no implica la condena de ningún género, sino del prejuicio, de los lemas. Solo escribo auténticamente con una condición: burlarme de esto y de aquello, pisotear las consignas. Lo que a menudo distorsiona el asunto es la preocupación por ser útil que tiene un escritor débil.

Cada hombre, si no hay nada en él más allá de la utilidad.

La caída en la utilidad por vergüenza de uno mismo, cuando la divina libertad, lo inútil, acarrea la mala conciencia, es el comienzo de una deserción. Se les deja el campo libre a los arlequines de la propaganda…

Por qué no descartar en estas circunstancias en que cada verdad resalta el hecho de que la literatura rechaza de manera fundamental la utilidad. No puede ser útil porque es la expresión del hombre- de la parte esencial del hombre- y lo esencial en el hombre no es reductible a la utilidad. A veces un escritor se rebaja, harto de soledad, dejando que su voz se mezcle con la multitud. Que grite con los suyos  si quiere –mientras pueda-, si lo hace por cansancio, por asco de sí mismo, sólo hay veneno en él, pero les comunica ese veneno a los demás; ¡miedo a la libertad, necesidad de servidumbre! Su verdadera tarea es la opuesta: cuando revela a la soledad de todo un parte intangible que nadie someterá nunca. A su esencia le corresponde un solo fin político: el escritor no puede sino comprometerse en la lucha por la libertad anunciando esa parte libre de nosotros mismos que no puedan definir fórmulas, sino solamente la emoción y la poesía de obras desagarradotas. Incluso más que luchar por ella, debe ejercer la libertad, encarnar por lo menos la libertad en lo que dice. A menudo también su libertad lo destruye: es lo que lo hace más fuerte. Lo que entonces obliga a amar es esa libertad riesgosa, altiva y sin límites que a veces lleva a morir, que hace incluso amar la muerte. Lo que enseña de tal modo el escritor auténtico- por la autenticidad de sus escritos- es el rechazo al servilismo (y en primer lugar, el odio a la propaganda). Por ello no se sube al remolque de la multitud y sabe morir en la soledad.

 

 

 

 

 

HÉCTOR VIEL TEMPERLEY

Publicado en De Otros. el 1 de Mayo, 2013, 13:59 por MScalona

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POLO

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No besa bocas el hombre

que vive solo entre nubes.

 

No quiero jugar al polo

con camaradas

de vez en cuando,

en tardes altas pero oscuras.

 

Sé que el Ejército de Dios

puede mandar petizos

Hasta aquí arriba.

Y que puedo tener

tarjetas con mi nombre

y con mi grado

para presentarme

a las visitas.

 

Pero si algo así

sé que me muero

con uniforme y todo,

botas lustradas

y sonrisa.

 

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UNA MUCHACHA

 

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Una muchacha

que tiene olor a sexo

y a lápiz.

Una línea.

 

Una muchacha

nada rubia. Dios;

te lo aseguro.

Me pidió que partiera

su blanco lavatorio

y me dejó entre estrellas

de ceniza mojada.

 

Olor a sexo,

pelo oscuro, lápiz.

Un tajo muy finito.

Una muchacha.

 

.

 

 

 

BATMAN

.

 

Yo soy el que hace guardia

a medianoche

junto a una pileta.

Llanura helada,

alas,

luna nueva.

 

Yo soy el que no pudo

quedarse haciendo guardia

-sin inviernos, sin alas-

junto a otras piletas

más altas, más azules.

 

Yo soy el que algún día

va a hacer guardia mil años

junto al mar.

Voy a buscar de nuevo

mil años

a mis hijos.

 

.

 

RECUERDO

.

 

Recuerdo una piedra

que no sobresalía del río.

Recuerdo que nadaba

para sentarme sobre ella.

Porque era como sentarse

en el medio del río,

como sentarse sobre el río

con los brazos cruzados,

como detener un caballo

en el centro de un campo,

como adormecerse a acaballo

en un campo inundado,

como poner la soledad

del corazón en lo más manso,

como pensar que todavía

va a llover más y más

y estar cansado.

 

Héctor VIEL TEMPERLEY,

 Bs. As. 1933-1987

 

Poesía Completa

Edic. del Dock

B u k o w s k i

Publicado en De Otros. el 23 de Marzo, 2013, 15:49 por MScalona

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Pájaro Azul

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hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

MARIO TREJO

Publicado en De Otros. el 6 de Marzo, 2013, 22:11 por MScalona

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El que dice por la boca

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Uno

El que dice por la boca

Días sin nombre

Horizontes que admiten sólo un árbol

Rota fotografía de una muchacha muerta

Maniquíes abandonados en criptas románticas

Templarios que leen junto al fuego

La primera Epístola a los Corintios

Y se agitan dentro de sus armaduras

No sabiendo qué hacer con su sexo

Imágenes reflexiones que me vienen

A la hora en que el sol la cresta dora

De este caimán barbudo

Un ojo se me cae y rueda

Hasta la  pagina tres cuarta columna

De Le Monde del 15 de enero de 1964

A medias cubierta por la mano izquierda de mi madre

Bueno me digo no lo tomes así

Son fechas aciagas momias alucinadas

Lemures que devoran un relato inconcluso

Lo mejor me digo es el silencio exacto

En el momento exacto

Basta de charla

Al diablo con el análisis grafológico

De Isidore Ducasse hecho por Pierre Ménard

Que nunca estuvo en Montevideo

Y a quien Paysandú y Tacuarembó

Le sonaban como títulos de Flaubert

A la mierda con el fémur de un esenio

Hallado en Jericó cuando debería estar flotando

En el Mar Muerto como todos nosotros

Dónde esta me preguntó

La novela de la toma del poder

Dónde la hemos dejado

Quiénes la terminarán de escribir

Y sobre todo para qué

Calmémonos me digo

Piensa en las galaxias

A las que nunca llegarán tus herederos

Estrellas como orgasmos

Amor de los veinte años

Muerte absoluta

Obsesiones que digo por la boca

Dos

El que dice por la boca

Se obstina en días sin nombre

Enciclopedia de recuerdos de infancia

Memorias de un niño de tres años

Rescate de una mano un olor y otros nombres

Emociones enormes que a nada condujeron

Ofrendas clandestinas

Profanaciones públicas y privadas

Rabia de amuletos rencorosos

Museo de objetos perdidos

Sacrificios que la mirada

Ha visto amanecer

Hasta que hoy

Rigurosamente

Impúdicamente lloro por los años perdidos

Y me pregunto qué hago yo

A solas con mi nombre

Perdido en esta galaxia

Entre parejas que se aman desganadamente

Tres

El que dice mierda por la boca

Dice revoluciones por la boca

Dice el sonido y la furia

Dice el sonido de la furia

Que nos deja sordos

Dice adiós dice te quiero

Dice nadie quiere morirse

Por la boca que un día

Una mano amorosa me cerrará.

                                                                   

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                                            --------- Para Aguirre, Bayley y Vanasco.

MARGUERITE YOURCENAR y el tiempo

Publicado en De Otros. el 2 de Marzo, 2013, 14:41 por MScalona

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MARGUERITE YOURCENAR:

"Me atreveré a decirle que no pienso tanto en la vejez. Nunca creí que la edad fuera un criterio. No me sentía particularmente joven hace cincuenta años (cuando tenía veinte, me gustaba mucho la compañía de gente mayor), y no me siento vieja hoy. Mi edad cambia y siempre ha cambiado de hora en hora. En los momentos de cansancio tengo diez siglos.; en los momentos de trabajo, cuarenta años; en el jardín, con el perro, tengo la impresión de tener cuatro años." De una carta a Jeanne Carayon.

JOHN BERGER

Publicado en De Otros. el 19 de Febrero, 2013, 11:00 por MScalona

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La señorita Helen

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Entre los dos y los cinco años el niño tiene tres institutrices. La última se llama señorita Helen.

 

En el cuarto de estudio, situado en el ala de la casa más alejada de la cocina y el patio, no hay hombres; sólo el niño. Está sentado con los pies colgando del alto pupitre y lee en voz alta. Ella está en un sillón que ha colocado mirando a la ventana.

 

Cuando le parece que ella se queda absorta en lo que está viendo por la ventana, el niño se equivoca adrede a fin de atraer su atención. A veces también se equivoca sin querer… tordo el verano cantaron los pájaros.

¿Tordo?

Sí, el pájaro con manchitas.

¿Tordo el verano?

Ella se levanta, se alisa el  vestido plisado en torno a su fina cintura y se coloca detrás de él para mirar el libro.

¡Todo el verano! ¡Pero claro que son los tordos! Pone ODO no ORDO.

Se echa a reír. El niño ríe también y al reírse vuelca atrás la cabeza y la apoya en el vestido de ella.

Era una falta muy bonita; un tordo es una clase de pájaro.

Pero no un adjetivo.

 

Enamorarse a los cinco o seis años, aunque poco frecuente, es lo mismo que enamorarse a los cincuenta. Puede que los sentimientos se interpreten de forma diferente, el resultado puede ser distinto, pero la forma de sentir y de estar es la misma.

 

Para que un niño de cinco años se enamore tiene que darse una condición. El niño ha de haber perdido a sus padres o, al menos, todo contacto con ellos, y no debe tener padres adoptivos que hayan ocupado el lugar de aquéllos. Tampoco debe tener amigos íntimos ni hermanos ni hermanas. En este caso es cualificable.

 

Estar enamorado es un elaborado estado de anticipación de otro que entraña un intercambio continuo de cierto tipo de ofrendas. Éstas son muy variadas y van desde una simple mirada hasta la entrega total de uno. Pero las ofrendas deben ser ofrendas: no se pueden exigir. Como enamorado no se tiene ningún derecho, salvo el de anticipar lo que el otro desea ofrecernos. La mayoría de los niños viven rodeados de sus derechos (el derecho a ser mimado, consolado, etcétera), y por eso no se enamoran ni pueden enamorarse. Pero si un niño, por las circunstancias que fueren, llega a darse cuenta de que los derechos de los que disfruta no son fundamentales, si reconoce, aunque sea de una forma inarticulada, que la felicidad no es algo que se pueda garantizar y prometer, sino algo que cada uno debe intentar encontrar por sí mismo, si es consciente de que está esencialmente solo, entonces puede encontrarse a sí mismo anticipándose a unas ofrendas puras, gratuitas y continuas, y el estado de esa anticipación es el enamoramiento. Uno se puede preguntar: pero, ¿qué ofrece él a cambio? El niño, como cualquier hombre, se ofrece él mismo, lo que no es imposible. Lo que es imposible o, al menos, muy poco probable es que su amada reconozca su ofrenda o la anticipación de la misma como lo que son.

¿Qué es un adjetivo?, pregunta el niño.

Un adjetivo es una parte de la oración. Se pone junto al sustantivo para calificarlo o determinarlo.

 

Pero…, protestará el lector (como protestaría ella, pero en términos menos precisos), un niño de cinco años no está sexualmente desarrollado y la base del enamoramiento es sexual.

 

Todas las mañanas la oye lavarse en su dormitorio. Todas las mañanas piensa en entrar en el cuarto y sorprenderla. Podría entrar con la excusa de que tiene miedo o  inventarse cualquier necesidad, pero hacerlo sería apelar, exigir como un niño, y, puesto que está enamorado de ella, su orgullo de enamorado se lo impide.

 

Por la noche solo en la cama explora su cuerpo, parte a parte, para descubrir la fuente del misterio que lo enardece. (Su presencia, como ahora que está de pie detrás de él y él reposa la cabeza en su vestido, hace que su corazón lata más rápido, que le flaqueen las piernas, como después de un baño demasiado caliente.) Se examina la nariz, las orejas, los sobacos, los pezones, el ombligo, el ano, los dedos de los pies. Por fin llega el pene erecto, el cual le ofrecerá una media respuesta: eso es algo que ya sabe. Lo acaricia para provocar esas olas de placer conocido, dulce. Aumenta la frecuencia de las olas hasta que súbitamente se convierten en dolor. Clasifica este placer como dolor bueno, porque las únicas sensaciones que conoce cuya intensidad se pueda aproximar a la de ésta son de dolor verdadero.

 

            ¿Por qué no cantamos?, le pide.

 

            A diferencia de las anteriores institutrices, la señorita Helen, que es bastante perezosa, no parece seguir un programa estricto en las lecciones. Hacen lo que se les va ocurriendo. En lugar de tener tres clases diferentes, formales, pasan la mañana juntos. Para el niño, esto establece una especie de igualdad entre ambos. A ella le permite dejar volar la imaginación.

 

            Ella se aproxima al piano y se sienta en la banqueta redonda que gira como un tiovivo.

 

            Déjame que te empuje, dice el niño, déjame empujarte.

 

            Se coloca detrás de ella y la empuja por las caderas. Ella levanta los pies del suelo de modo que sus zapatos desaparecen bajo la falda. Gira lentamente.

 

            Tiene una carita tan mona, tan amorosa, con esos profundos ojos negros. Es un hombrecito la mar de divertido, de verdad. Te mira y te mira y al final tienes que volver la vista. No tengo ni idea de lo que le pasa por la cabeza. Dentro de dos días ella se va a pasar una semana en Londres.

 

            El niño se ha dado cuenta (y lo considera como una peculiaridad de ella) de que sus ropas siempre están cálidas, son acogedoras.

            Ella baja los pies.

            ¿Qué diría tu tío si nos viera?

            Nunca viene a esta parte de la casa. Y si lo hiciera, sería a caballo y miraría por la ventana.

            Sin darse cuenta, ella mira a la ventana.

            Déjame empujarte otra vez.

            No.

            Él no es casi petulante.

            Entonces cántame la canción esa que me gusta.

            ¿Cuál?

            La de Helen. Tu canción.

            Ella se ríe y le acaricia la cabeza.

            Cualquiera pensaría que es la única que me sé.

            Tiene una voz fina, no muy diferente de la del niño. Cuando ella se pone a cantar, a él le parece que tienen el mismo tamaño, que hacen una buena pareja. Ya no escucha la letra de la canción (“Me gustaría estar al lado de Helen…”), en parte porque se la sabe de memoria, y en parte porque no se la cree. Así desechada la letra, le oye cantar la melodía, en el mismo sentido en el que podría oír el canto de un pájaro. Mientras ella canta, él podría estar preguntando: Helen, ¿te quieres casar conmigo? Y mientras canta, ella podría estar respondiendo: Sí. Pero él no lo creería, porque tiene la certeza absoluta de que, salvo para ellos mismos, es de todo punto imposible.

 

            Ella baja la vista, como si estuviera leyendo una partitura en lugar de tocar de memoria. Sus párpados caídos, que medio le cubren los ojos, son suaves, redondos, sin un pliegue. Una vez la sorprendió dormida en una hamaca en lo alto de la pradera, y tenía una mosca en la cara.

 

            Ella se imagina que mientras está cantando suave y dulcemente “su” canción al niño para cuyo cuidado ha sido contratada, el señor John Lennox, candidato del partido Liberal por Rosson-Wye, la está espiando y que luego se acerca a ella y le dice: No podía imaginar que entre sus muchos dones y talentos se contara también el de una voz tan dulce.

 

           

El misterio que lo enardece y que por la noche en la cama endurece su pene lleva al niño a hacerse varias preguntas. Pero éstas están formuladas en una mezcla de medias palabras, imágenes, movimientos de las manos y diagramas de gestos que realiza con su propio cuerpo.

            Así, lo que sigue no es sino una traducción aproximada.

            ¿Por qué me detengo en mi piel?

            ¿Cómo me puedo aproximar más al placer que siento?

            ¿Qué es esto que conozco tan bien sin que nadie lo sepa todavía?

            ¿Cómo voy a hacer para que lo sepa alguien más?

            ¿En dónde estoy, qué es esto en cuyo centro me encuentro y de donde no puedo salir?

            Está convencido de que ella puede responder a estas preguntas utilizando el mismo lenguaje mezclado con el que él las formula. Todas las preguntas formales que le hace en el cuarto de estudio (¿por qué llueve? ¿qué come de verdad el lobo?) son una mera preparación para estas otras.

 

   

            Las manos en el teclado. Manos pálidas de dedos finos y uñas muy cortas. Los domingos se pone guantes; cuando vuelven de la iglesia, él la toma de la mano. Se deja fascinar por una antigua fascinación: sus dedos tocan las teclas de dos maneras diferentes. Ora tan levemente que no bien las han rozado, se arrepienten y vuelan; ora caen pesadamente sobre ellas y las aprietan de tal modo que el niño puede ver los lados sin esmalte de las teclas contiguas. Entonces es como si estuviera introduciendo los dedos a la fuerza en el piano. Calla la última nota.

            Ahora tú tocas y yo te canto.

            ¿Qué quieres cantar?

            Te volveré a cantar tu canción.

 

            Pasados los seis o siete años no es muy probable que un niño se enamore, al menos hasta la adolescencia. Conoce a demasiada gente. El mundo separado de él mismo empieza a multiplicarse, a separarse en muchas personas distintas, y cualquiera de ellas podría presentársele como alguien diferente de él mismo. A los cinco años puede que esto no haya sucedido todavía.

 

            Al no tener padres, todavía busca una sola persona que represente todo lo que no es él, que se le presente como su otra mitad, su opuesto. Si la persona que encuentra es totalmente distinta de él –por su experiencia, su papel social, su origen, sus intereses personales, su edad-, si la persona es una extraña, en el sentido más amplio del término, pero está con él de una forma continua e íntima, y si por añadidura es bonita y núbil, entonces está expuesto a enamorarse.

 

            Se podría seguir insistiendo en que falta la pasión sexual real. Se puede presentar su cuerpo de cinco años desnudo como prueba. (Dos veces a la semana, cuando se baña, él mismo ofrece la prueba a su amada.) Pero lo poco que le falta físicamente, lo compensa metafísicamente. Percibe o siente que ella –al ser todo lo que es opuesto y, por lo tanto, complementario de él- puede completarle el mundo. En los adultos, la pasión sexual reconstituye este sentimiento. En un niño de cinco años no tiene que ser reconstituido: todavía forma parte de su herencia biológica.

 

            El niño empieza a cantar sin pensar en la letra, observando atentamente las manos de ella sobre el teclado. Aprovecha la oportunidad para acercarse a ella y poner la mejilla en su hombro.

 

            La señorita Helen no tarda en ser sustituida por un tutor.

 

            El niño no pide explicaciones ni tampoco se las dan. Está acostumbrado a aceptar las decisiones como hechos indiscutibles. No siente que exista una autoridad última y definitiva radicada en otra persona, y por ello no se le ocurre la idea de protestar contra las decisiones.

 

            Escucha dentro del árbol con la oreja pegada a la corteza. Nunca se había atrevido a escuchar a un árbol muerto. En su mente los árboles están clasificados en categorías muy diferentes. Los que le gustan y los que no (sin una razón). Aquellos a los que es demasiado fácil subirse. Aquellos a los que le asusta un poco subirse. Los que tienen una buena vista desde arriba y los que no la tienen. Hay también otras categorías más complicadas. Los árboles están vivos, pero no como lo están los animales. ¿Cuál es la diferencia? Primera, el árbol es más accesible. Segunda, el árbol es más misterioso. Tercera, el árbol es inmóvil. Cuarta, el árbol puede ocultarlo. Cuando pincha la corteza de un árbol, no cree que éste sienta dolor. Cuando podan una rama grande, no se oye ni se huele el dolor. No obstante, cuando se arrima a la corteza de un árbol, lo siente vivo en su propia piel hasta un grado que es más completo que su razonamiento. Cuando toca un animal, la voluntad de éste interviene. Hay un árbol al que se sube hasta lo más alto que se atreve y lo besa. Siempre en el mismo lugar.

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"G", p. 45-49, Ed Alfaguara

more LAMBORGHINI Mezcolanza

Publicado en De Otros. el 2 de Febrero, 2013, 21:00 por MScalona

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"Tenemos el arte para que la verdad no nos destruya"

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            Respecto de mi vida y mi obra, creo que no está mal lo anecdótico mientras no se convierta en el centro de la cosa, ¿no? Hay capas, hay máscaras, hay disfraces, hay cruces con todo lo que has leído en literatura o visto en escritura u oído en música; tenés que tener una amplitud muy grande para ver qué es eso, lo que es la libertad. Incluso algo que escuchaste en la calle… ¡entra! Ahora… ¿cómo entra? Bueno… Siempre que haya poesía, ese ritmo, ese golpeteo del corazón… Yo trabajo con el corte de los versos. Y a veces mi poesía es muy nítida, demasiado, por eso tengo que variar… Podríamos hablar del encabalgamiento pero el corte es distinto porque, por ejemplo, si vos decís: "Aquí me pongo a cantar"… Si uno hace el experimento y pone, "aquí me pongo", punto… El tronche en "pongo" tiene una fuerza de la gran puta… una fuerza terrible… hasta erótica: "SE pone". Lo que viene después es un tronche y ahí pecas si hacés el tronche. Entonces, ese punto de tronche… Yo me decía siempre: "Se ve más la rama en el muñón que cuando está entera". Por lo menos a las espinas las ves ahí… y esto aparece en el trabajo con la escritura. Entonces, ¿cuál es el mérito? Darse cuenta: "Bueno aquí encontré algo".

            La cultura como gerencia de espectáculos no me entusiasma demasiado. Hay allí una impostura que yo llamaría cultura oficial, un modelo-parodia de cultura. No es que sepa o tenga muy claro qué sería una cultura auténtica, pero siempre he trabajado para y en el margen y esto ha marcado fuertemente mi vida y mi obra desde el Saboteador arrepentido en 1955 hasta mi producción del presente, el Odiseo confinado y las reescrituras de otros textos de cualquier literatura y cualquier tiempo, incluidos los propios. "Tenemos el arte para que la verdad no nos destruya", ha dicho Nietzsche. La cultura del maquillaje cumple el mismo piadoso y odioso papel. Pero hay que reconocerlo, el maquillaje, el revoque, se ha ido agrietando a tal punto que no es posible ver a través de esas hendijas otra cosa que barbarie disfrazada de cultura. Como crítica a todo esto he practicado la risa, la risa como poética y política, una manera de resistir al poder que utiliza una máscara para disimular sus estropicios tras la fachada de lo "serio".

            Creo que el artista siempre ha sido el bufón de la corte. Como el bufón de Shakespeare en Rey Lear, al servicio de controlar la locura o la imbecilidad de los que tienen el cetro, respondiendo a la distorsión con la distorsión multiplicada, viendo en lo cómico lo trágico y en lo trágico lo cómico. La cultura, tal como la entiende, la ejerció y la sigue ejerciendo Occidente, es el arma más eficaz del colonialismo. Los llamados países centrales lo saben muy bien, la cultura como juego de masacre, como dominio y expoliación de los países débiles, la cultura como poder. Le preguntaban a Malraux qué era para él el poder, y decía: "Estar decidido a eliminar al contrario". Todo en nombre de una cultura usurera a la que veo como una puta desdentada.

            En fin, nos queda el lenguaje. "Todo lo que se viene abajo me derrumba", supo decir el satírico Lucrecio, y también: "Mi risa los devora". Éste es el trasfondo de la risa a la que me refiero, sepamos nosotros decir lo nuestro desde nuestra identidad mellada, que nuestra voz se oiga todavía y pueda romper el cerco de los lenguajes dominantes de la globalización, de la cultura de los llamados medios de comunicación alienando a su público, ese público donde los individuos son nada. El solo intentarlo ya es heroico.

            La forma en que concibo un poema tiene algo de esto, de autoinmolación, es algo autodestructivo porque se quiere saldar la cuenta con ese mentiroso que llevás dentro.  

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MEZCOLANZA, Ed. Emecé. Entrevistas de Santiago Llach y Daniel García Helder a LEÓNIDAS LAMBORGHINI

MEZCOLANZA, Ed. Emecé. Entrevistas de Santiago Llach y Daniel García Helder a LEÓNIDAS LAMBORGHINI

HERNÁN CASCIARI

Publicado en De Otros. el 31 de Enero, 2013, 16:11 por MScalona

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10.6 segundos

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▣ HERNAN CASCIARI,

MARTES 29 DE ENERO, 2013

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Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después de exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

ANNE SEXTON

Publicado en De Otros. el 29 de Enero, 2013, 14:29 por MScalona

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El Beso

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Mi boca florece como una herida.

He estado equivocada todo el año,

tediosas noches,

nada sino ásperos codos en ellos

y delicadas cajas de Kleenex, llamando llora bebé

¡llora bebé, tonto!

Antes de ayer mi cuerpo estaba inútil.

Ahora está desgarrándose en sus rincones cuadrados.

Está desgarrando los vestidos de la Vieja Mary,

nudo anudo y mira,

ahora está bombardeada con esos eléctricos cerrojos.

¡Zing! ¡Una resurrección!

Una vez fue un bote, bastante madera y sin trabajo,

sin agua salada debajo y necesitando un poco de pintura.

No había más que un conjunto de tablas.

Pero la elevaste, la encordaste.

Ella ha sido elegida. Mis nervios están encendidos.

Los oigo como instrumentos musicales.

Donde había silencio los tambores,

las cuerdas están tocando irremediablemente.

Tú hiciste esto. Puro genio trabajando.

Querido, el compositor ha entrado al fuego.

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- Anne Sexton (1928-1974) Anne Gray Harvey nació en Massachusetts en 1928. Se casó con Alfred Muller Sexton a los 19 años. Un año después de nacida su primera hija le diagnosticaron depresión post-parto, sufriendo su primer crisis mental e ingresando a un hospital neuropsiquiátrico. Regresaría allí varias veces, sobre todo luego de sus intentos de suicidio, que se agudizaron luego del nacimiento de sus segunda hija. Fue su médico quien la apoyó para que desarrollara el interés en la poesía que había mostrado en la escuela secundaria. En el otoño de 1957 se inscribió en un taller de poesía en donde conocería a Sylvia Plath. Unidas en una relación con matices que lindaban entre la identificación mutua y la rivalidad poética, fueron influencias la una para la otra, llegando a competir en las clases por quien escribía el mejor poema. En 1974, a pesar de su éxito como escritora -había ganado el Premio Pulitzer de poesía por su libro Live or Die- perdió su batalla contra la enfermedad mental. Luego de almorzar con su mejor amiga, Sexton fue hasta el garage, encendió el motor de su auto y se suicidó con el monóxido de carbono. Como Robert Lowell, Sylvia Plath, W. D. Snodgrass y otros llamados "poetas confesionales", Sexton ofrece al lector una mirada íntima de la angustia emocional que caracterizó su vida. Hizo de la experiencia de ser mujer un tópico central en su poesía y a pesar de soportar críticas por hablar de temas como la menstruación, el aborto y la adicción a las drogas, es evidente que su talento como poeta trascendió cualquier controversia. - Traducción y biografía: Griselda García

BUSTRIAZO ORTÍZ

Publicado en De Otros. el 23 de Enero, 2013, 19:36 por MScalona

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TAN  HUESOLITA  QUE  TE  IBAS

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tan envidiada de qué sombras la tierra ardía huesolita
la siesta ardía melodiosa tan como ibas tu sonrisa era
una piedra arrobadora y era otra piedra mi costilla
dulcequeamarga solasola cuajada de alta pedrería eran
tus voces tan palomas eran tus manos piedras finas
guitarra tan azuladiosa eras la piedra que acaricia piedra
te ibas quién te roba última brisa de la brisa o
flauta mía o leja y rota tan huesolita que te ibas tan
de la gracia mucha y poca si cuando vuelvas ves mis
días oh piedra llena llaga
hermosa!
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Juan Carlos Bustriazo Ortiz

Santa Rosa-LaPampa. -1929-2010


More LEÓNIDAS

Publicado en De Otros. el 13 de Enero, 2013, 12:53 por MScalona

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YO,  EL PAYASO

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Me estudio. Me libreexamino: escribo. Una palabra lleva a la otra, tanto como una corrección (tachadura) lleva a la otra. Para que hable la voz que pudiera ser mi propia voz.  Tal vez. Y no del demonio que me posee… ¿Desde cuándo?

En tanto, mi pasión por Gitona es la reverencia que un demente o un borracho le hace a la vida en el momento de abandonar la escena. Telón. Río por detrás: cornetín en el que el Supremo Riente, sopla. Soy el payaso que condenado eternamente a la procaz carcajada no puede sonreír con la mínima elegancia: un falso acorde en la divina Sinfonía, una humillación paralizante en medio del Concierto. ¿Estoy loco? ¿Entonces por que no hallo reposo? ¡Y simulo, simulo, simulo!, vergüenza de vergüenza, esto es, actor.

¿Pero acaso no es todo teatro en esta vida? ¡Soy un obispo teatral! Actúo, me interpreto a mí mismo sin saber absolutamente nada de mí mismo. ¿Y hay algo más cómico que esto? Pero la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, es que necesito amor, mucho amor: heme aquí mis máscaras.

LEÓNIDAS LAMBORGHINI

“Trento” AH Editora

Artículos anteriores en De Otros.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-