De Otros.


texto-hipertexto-fragmentación-autor-lector

Publicado en De Otros. el 5 de Octubre, 2008, 22:07 por MScalona

Definiciones  de    ROLANDO

Textualidad

Roland Barthes describe un ideal de textualidad que coincide exactamente con lo que se conoce como hipertexto electrónico, un texto compuesto de bloques de palabras (o de imágenes) electrónicamente unidos en múltiples trayectos, cadenas o recorridos en una textualidad abierta, eternamente inacabada y descrita con términos como nexo (enlace), nodo, red, trama y trayecto.

Galaxia de significantes

Dice Barthes:

Dice Barthes:

"En este texto ideal, abundan las redes (réseaux) que actúan entre sí sin que ninguna pueda imponerse a las demás; este texto es una galaxia de significantes y no una estructura de significados; no tiene principio, pero sí diversas vías de acceso, sin que ninguna de ellas pueda calificarse de principal; los códigos que moviliza se extienden hasta donde alcance la vista; son indeterminables...; los sistemas de significados pueden imponerse a este texto absolutamente plural, pero su número nunca está limitado, ya que está basado en la infinidad del lenguaje".

Redes y enlaces

Como Barthes, Michel Foucault concibe el texto en forma de redes y enlaces. En Archeology of Knowledge, afirma que "las fronteras de un libro nunca están claramente definidas", ya que se encuentra "atrapado en un sistema de referencias a otros libros, otros textos, otras frases: es un nodo dentro de una red... una red de referencias".

Como Barthes, Michel Foucault concibe el texto en forma de redes y enlaces. En Archeology of Knowledge, afirma que "las fronteras de un libro nunca están claramente definidas", ya que se encuentra "atrapado en un sistema de referencias a otros libros, otros textos, otras frases: es un nodo dentro de una red... una red de referencias".

Hipertexto

Hipertexto, expresión acuñada por Theodor H. Nelson en los años sesenta, se refiere a un tipo de texto electrónico, una tecnología informática nueva y, al mismo tiempo, un modo de edición.

Hipertexto, expresión acuñada por Theodor H. Nelson en los años sesenta, se refiere a un tipo de texto electrónico, una tecnología informática nueva y, al mismo tiempo, un modo de edición.

Escritura no secuencial

Dice Theodor H. Nelson : "Con 'hipertexto' me refiero a una escritura no secuencial, a un texto que bifurca, que permite que el lector elija y que se lea mejor en una pantalla interactiva. De acuerdo con la noción popular, se trata de una serie de bloques de texto conectados entre sí por enlaces, que forman diferentes itinerarios para el usuario".

Dice Theodor H. Nelson : "Con 'hipertexto' me refiero a una escritura no secuencial, a un texto que bifurca, que permite que el lector elija y que se lea mejor en una pantalla interactiva. De acuerdo con la noción popular, se trata de una serie de bloques de texto conectados entre sí por enlaces, que forman diferentes itinerarios para el usuario".

Lexias

El hipertexto implica un texto compuesto de fragmentos de texto -lo que Barthes denomina lexias- y los enlaces electrónicos que los conectan entre sí.

El hipertexto implica un texto compuesto de fragmentos de texto -lo que Barthes denomina lexias- y los enlaces electrónicos que los conectan entre sí.

Verbalidad y multimedios

En el hipertexto se puede conectar un pasaje de discurso verbal a imágenes, mapas, diagramas y sonido tan fácilmente como a otro fragmento verbal. De esta manera se expande la noción de texto más allá de lo meramente verbal.

En el hipertexto se puede conectar un pasaje de discurso verbal a imágenes, mapas, diagramas y sonido tan fácilmente como a otro fragmento verbal. De esta manera se expande la noción de texto más allá de lo meramente verbal.

Texto multilineal

Con hipertexto me referiré a un medio informático que relaciona información verbal como no verbal. Los enlaces unen lexias tanto "externas" a una obra, por ejemplo un comentario de ésta por otro autor, o textos paralelos o comparativos, como internas y así crean un texto que el lector experimenta como no lineal o, mejor dicho, como multilineal o multisecuencial. Si bien los hábitos de lectura convencionales siguen válidos dentro de cada lexia, una vez que se dejan atrás los oscuros límites de cualquier unidad de texto, entran en vigor nuevas reglas y experiencias.

Con hipertexto me referiré a un medio informático que relaciona información verbal como no verbal. Los enlaces unen lexias tanto "externas" a una obra, por ejemplo un comentario de ésta por otro autor, o textos paralelos o comparativos, como internas y así crean un texto que el lector experimenta como no lineal o, mejor dicho, como multilineal o multisecuencial. Si bien los hábitos de lectura convencionales siguen válidos dentro de cada lexia, una vez que se dejan atrás los oscuros límites de cualquier unidad de texto, entran en vigor nuevas reglas y experiencias.

Autor - lector

El hipertexto difumina las fronteras entre lector y escritor y con ello presenta otra calidad de texto ideal de Barthes. A la luz de los cambios actuales en informática, la distinción de Barthes entre los textos basados en la tecnología de la imprenta y el hipertexto...

El hipertexto difumina las fronteras entre lector y escritor y con ello presenta otra calidad de texto ideal de Barthes. A la luz de los cambios actuales en informática, la distinción de Barthes entre los textos basados en la tecnología de la imprenta y el hipertexto...

ARTURO CARRERA

Publicado en De Otros. el 3 de Octubre, 2008, 16:53 por MScalona

Un Mapa Sereno

 

3 de marzo ’84

 

 

¿Dónde en la realidad

y en qué punto cautivo

elegiría buscarte

el deseo?

 

 

Todo anhela conocer un asombro

no un alfabeto nuevo, no

una simulante escritura.

 

 

La fuerza del colorido del ojillo

que ciega al pájaro escrutante,

le devuelve otra imagen y otro

gusto deseado, de otra espera.

 

 

Todo el fingido relámpago

de una cacería en la mínima aleación

del sentido en lo que busca y eriza,

en lo que acaricia y muele.

 

 

Todo en la fiebre de la Compañía:

el brazo secreto que se interpone,

y un parpadeo que hace parpadear

al cuerpo entero; la mascarilla del sexo

con sus guías, sus lentejuelas de ceguera,

 

 

y en la imagen el reguero del humo

que sueña, que se contempla mío

en el dormido y tedioso huésped lujurioso

en el asedio dichoso del hastío:

 

 

La alegría que pacta con lo bello.

MIGUEL BRIANTE

Publicado en De Otros. el 3 de Octubre, 2008, 12:19 por MScalona

Capítulo primero

 

 

           

No había esperanzas: lo dijo mi abuela, mientras comíamos. Mi tío se limitó a mover la cabeza, en un gesto ambiguo casi torpe. El efecto de esas palabras iba a resucitar recién al rato, en un sollozo de mi tía. Intentó disimularlo con otro ruido semejante, que salió de su nariz; hasta usó el pañuelo. Pero fue inútil: yo advertí que luchaba para no llevárselo a los ojos. En ese momento hubiera necesitado saber qué pensaban. En el patio, de pronto, las escenas volvieron, una a una, mientras mi tío, al pasar, me acariciaba. Traté de apartarlas, retrocediendo hasta el lugar donde se acumulaba mi rabia. Sobre todo, me enfurecía que no se animaran a decírmelo, y anduvieran con palabras o gestos raros, como cuando jugaban a las barajas. Tu papá –había dicho la abuela- está muy mal. Pero nada más. Nadie me decía por qué ahora no pasaba todo el tiempo con ellos. O por qué a cada rato volvían las escenas: papá que tardaba en llegar; mamá, diciéndome: -Vamos a buscar a tu padre. Pero no, no era así. Dijo: -Andá a buscar a tu padre. Era la una de la tarde, en verano. Nadie, por la calle. El pueblo, a esa hora, estaba siempre quieto: seguía así hasta las cuatro. Antes, estaba ese pequeño mundo de la siesta: la payana en el umbral del negocio, los viajes en el carro de Don Juan, o las charlas en el vagón del ferrocarril, sobre la vía muerta. Caminé dos cuadras: en el bar, tras la vidriera, vi a papá, tumbado sobre una mesa. Entré. Papá –dije-, vamos. Le toqué el hombro. Más allá de la mesa, no había nadie. El dueño quería cerrar. Llevátelo de una vez, estaba diciendo, con la mirada. Vamos, repetí. Entonces, papá levantó la cabeza. Nunca supe cómo, por qué, pero en los ojos había algo, una especie de señal, o de aviso. Miraban con una intensidad distinta, tan distinta que yo sentí miedo. No-dijo con voz decidida, una voz que nunca usaba al hablarme-, no, dejame, no voy. Y me rechazaba con la mano, con los mismos ojos que volvían a ocultarse, mientras se derrumbaba sobre la mesa, hundiendo la cara entre las manos.

 

            -Qué tenés –me preguntaron-, nene, que tenés.

            Había vuelto a entrar en la cocina: lavaban los platos. Tuve ganas de contarles todo: sentí calor en la cara y estaba a punto de llorar. Salí caminaba hacia la quinta, mientras recordaba cómo después de haber sacudido una vez más a papá, éste había repetido que lo dejara, mientras Don Pedro decía, saliendo de atrás del mostrador: Está bien Vicente, es hora de comer, hacele caso al pibe, andate. Y eso también me había dado rabia: que ese hombre le volviera a decir Vicente andate y lo agarrara por los hombros, como mamá hacía conmigo, y lo arrastrara hasta la puerta. Rabia, que papá no se parara solo y le dijera que se iba porque quería, que no necesitaban arrastrarlo. Pero sólo murmuraba palabras incomprensibles. Después, papá, se dejó resbalar hasta el suelo, apretando la espalda contra la pared. Y yo sentí un dolor extraño, en algún lugar de mi cuerpo. Pero no el mismo dolor de siempre, no esa especie de vergüenza que soportaba todos los mediodías, cuando lo ayudaba a volver a casa. Lo demás –el pueblo, la gente en la ventana- no existía, se había ido borrando hasta quedar nada más que yo, ahí sobre papá, que era un ovillo desarmado, en el suelo. Tenía miedo y buscaba, sin saber por qué, sus ojos.

 

            Y ahora, para colmo, eso: tres días en casa de la abuela, sin ver a papá. Mamá había venido una sola vez. Además, en la mesa, todos estaban serios: cuando hablaban, era para decir cosas que nunca entendí del todo. Y me miraban, todo el tiempo me miraban. Después, mi abuela y mi tío me hablaban suavemente, me decían: Mañana vas a ir a casa; me decían: Andá a jugar a la quinta. Pero de papá, nada. Como si no existiera, como si no me acordara de que tres días antes yo estaba repitiendo: Vamos, papá. Y él contestaba: No, Pablo, andá a casa, dejame. Andá con mamá, a casa. Y yo decía: Vos también tenés que venir a  casa, la comida está lista y mamá está esperando. Y lloraba.

 

 

 

Como lloraba, también, al volver, solo, y después, cuando veníamos con

mamá y lo vimos, de lejos, acercarse tambaleante, apoyándose en las paredes y haciéndonos señas con las manos: un ademán grotesco para señalar que esperáramos. Pero seguimos caminando, corriendo cuando lo vimos derrumbarse en mitad del asfalto, al cruzar la primera calle. Tenía sangre en las manos cuando lo levantamos. Quise decir algo; mamá tenía la misma cara apagada de siempre, sólo un temblor en los labios y apenas los ojos un poco más abiertos, un poco más asustados. Pero no hablaba. En el umbral de casa papá había vuelto a caerse. Se quedó ahí: hablando. Al bajar los ojos, encontré los de mamá: sus dos rostros unidos, caso debajo mío, tenían una mueca parecida, casi idéntica. El mismo gesto: volví a tener miedo y ese dolor, en algún lugar de mi cuerpo. La mirada de papá era la misma que había visto antes, en el bar. Y ahí estaba, otra vez, esa sensación extraña.

 

            Caminaba por la quinta. Tenía ganas de contarle todo eso a alguien, en voz alta. Decirle que mamá me mandó a comer: la mesa estaba detrás del negocio, oculta por un tabique. La comida se había enfriado y el ruido de los cubiertos, cada vez más lento, más apagado por mi propia angustia, tenía algo de triste: como a la noche, cuando sonaban las

campanas de la iglesia. Lentamente, todo iba achatándose, reduciéndose al silencio. Las

cosas habían resuelto inventar una nueva calma. Me sentí flotar, envuelto en una capa transparente que no dejaba pasar ningún ruido, como en los sueños. Y de pronto sucedió eso: mamá dijo –y su voz fue repentina, como un latigazo sólo atenuado por la distancia-: Vicente, por qué tomás. Y en seguida, como si comprendiese que era demasiado dura, agregó en tono dulce otras palabras. Pero ya estaba hecho: papá había estallado y pude adivinar que intentaba pararse. Mientras, gritaba que lo dejara tranquilo y yo sentía, detrás del tabique, cómo ella trataba de calmarlo; imaginaba la lucha que estaban temblando casi en la puerta del negocio, mientras los gritos crecían, los insultos roncos, las voces que no hubiese querido escuchar. Y presionaba sobre mis orejas con los dedos, continuamente, hasta que llegó un ruido más fuerte que los otros. Cuando aparecí, papá estaba en el suelo: en el primer recuadro de la puerta, por sobre su cabeza, había un hueco y sangre, deslizándose por el vidrio astillado. Mamá le sostenía el brazo: en el brazo, bajando desde el puño apretado, también había sangre. Y él decía que lo perdonara. Ella decía sí, está bien, Vicente, ahora vamos, tenés que dormir. Y él decía eso.

            -Perdoname

            Sentado sobre el pasto, veía moverse las cañas, lentamente: aleteaba un viento silencioso en la siesta. De pronto, una calma conocida, anterior, había ido rodeándome. Sentí ganas de llorar y lo hice silenciosamente, hundiendo la cara entre las manos esperando que alguien viniera y me encontrara así. Pero no pasó nada: ya no podía esperar explicaciones de nadie. No me vieron cruzar el patio, abrir la puerta de alambre. Cuando pasé frente a una ventana, oí hablar a mi tío. Me quedé quieto, con peligro de que volvieran a encerrarme. Si, decía, está peor que las otras veces. Y volvió a repetir que ya no había esperanzas. Después, La voces se alejaron, hacia el interior de la casa. Seguí caminando. Habría barro, en la calle; había un rostro de mujer asomado a una ventana del colegio de monjas. Pero, también, estaban ahí las escenas, mostrándome cómo papá volvía a levantarse trabajosamente, mientras lo ayudábamos. Y después, la siesta. Yo trataba simular que dormía; papá, vestido, estaba tirado en la cama grande. Como en sueños oí entrar a mamá. Abrí los ojos: ella me miraba, silenciosa y triste como si quisiera decirme algo. Vino hasta mi cama y cuando abrió la boca comprendí que había ocurrido algo –una especie de trampa-, porque dijo que me vistiera, que me iba a llevar a casa de la abuela.

            Ahora volvía. La abuela, mis tíos, todo estaba atrás: faltaba poco y nadie me había detenido. Al llegar a la cuadra de casa vi el carro de Don Juan, avanzando lerdamente, como si viniera a mi encuentro. Después, un grupo de gente, rodeando algo, frente a casa. En el mismo instante en que empezaba a correr sentí el ruido de un coche que se ponía en marcha. Recordé, de golpe, las palabras de mi tío, los ojos de papá. Seguí corriendo y me metí entre la gente. Un coche blanco, alargado, tal vez el mismo que yo viera muchas veces, frente al hospital, había llegado a la esquina, doblaba, perdiéndose de vista. Entonces vi a mamá: estaba en medio de la calle, con los brazos apretados al cuerpo. Avanzó hacia mí y me puso la mano en el hombro. Sobre el ruido del motor, que se alejaba, el sonido de la sirena, vertiginoso, comenzó a crecer en la distancia.  

                           

este cuento abre el libro HAMACAS VOLADORAS. Casi todos esos cuentos fueron escritos

cuando tenía  19 años... guauuuuuuuu...

 

 

FRANCISCO GANDOLFO

Publicado en De Otros. el 30 de Septiembre, 2008, 23:01 por MScalona

Mito del rechazo

 

       

          De niño,

            los borrachos italianos

            desaforaban la noche americana

            cantando a toda voz

            “Las campanas de San Juan”.

 

            Adulto ya,

            una jovencita con voz de madre

            o madre con voz de niña

            lo invitó por radio

            a comer la bañacauda en Turín

            y aceptando

            tomó un barco en Buenos Aires

                                   cruzó el océano

            y se abrazó con ella en Génova.

 

            Tenía cara de novia

                 pecho de suegra

                      cintura de prima

                          cadera de esposa

                               piernas de tía

                                   trato de amiga

                                       y aire de hermana.

 

            Sintió una emoción semejante

            a abrazar a todas ellas

            y esperando que la banda

            terminara de tocar el himno

            agradeció al pueblo la recepción.

            En Turín, la familia piamontesa

            le había tendido casamiento

            pero mezcladas en ella tantas mujeres

            se excusó a tiempo.

 

            Entretanto

            la baña y el vino

            iban de boca en boca

            hasta dejar los vientres tensos

            y la piel picante.

 

            Después de la fiesta

            todos se retrotrajeron

            a las cavernas prehistóricas

            y ante la proximidad de las fieras

            que invadirían la gruta

            que custodiaba el mamut,

            huyó a orillas del Po

            donde a la luz de la luna

            una catedral de bronce

            brillaba con sonido

            y severidad de trompeta.

 

            La primera bocanada de aire

                                   Sopló de Francia;

            Suiza, Austria y Yugoslavia

            mandaron las otras tres

            y el Tirreno y el Adriático

            su aliento con humedad.

            Bajo estas brisas

            las campanas de la catedral

                                   tocaron a gloria

            y un coro de borrachos en el cielo

            le dejó infantil de asombro.

 

            Cuando voces y badajos cesaron

            apareció el director cuyo rostro

            era semejante al de Poe.

 

            Entonces el fugitivo

            en arrebato de crisis mística

            pidió ser admitido

            en la orden del templo,

            pero se le contestó que por sobrio

            se limitara a escuchar.

           

 

           

           

           

           

Asteroides - R.G. Aguirre

Publicado en De Otros. el 30 de Septiembre, 2008, 9:18 por MScalona

                                                           

                                  

                                              

La magia de la existencia es enorme. La tarea del lenguaje es revelarla, no sustituirla.

                                                                              * * *

Es preciso volvernos a tiempo hacia la ventana, a fin de no devenir considerables.

                                                                                * * *

El poeta es el hombre de la lenta obsesión.

                                                                                * *  *                     

El poema te desea, te hace jugadas crueles, te obliga a destrozar tus herramientas, y, una vez ocurrido, malogra tu deslumbramiento incorporándose a ti.

                                                                                * * *

Si el poeta no se complica con la realidad, entonces dispone de un espacio muy reducido, a pesar de las apariencias.

                                                                          * * *

Ese misterio que nos siembra. Ese misterio que rompe las piedras de la fundación, ese misterio que siempre se opone, que nos quiere en otra parte…

                                                                                      * * *

Nada tan grave como perderle el rastro a la tragedia.

                                                                              * * *

A veces en tu alma es verano y en tu cabeza es invierno. Son tus estados alarmantes de disgregación prenupcial.

                                                               

                                                                                         * * *

El papel y la lámpara, lo demás, pasará.

                                                                                  * * *

La verdad –aún para los amantes- siempre es solitaria. Para que el amor no tenga fin.

                                                                                   * * *

Que la luna, de pronto pueda caber en tu ventana, ¿ a qué mortal fue dispensado tanto honor ?

                                                                                    * * *

Poeta, el habla común te contradice: es tu trabajo de Hércules…

                                                                                    * * *

Lo que eliges, te elige también. No pretendas ser una sola parte.

                                                                                     * * *

Piedad para los que no pueden vivir sino de cálculos.

                                                                                       * * *

No es el fuego lo que de verdad nos defiende del frío, sino nuestro corazón.

                                                                                       * * *                             

La poesía es un secreto a ultravoces.

                                                                                        * * *

La poesía no está en los libros.

                                                                                          * * *

No hay crimen más inútil que no devolver una mirada de amor.

                                                                                                     * * *

Quien cree vivir sin los otros, sólo vive de los otros.

                                                                                           * * *

¿ Por qué apagar un fuego me duele tanto…?

                                                                                             * * *

Felicidad de saber que en la miseria de un día como todos brilló por un instante tu mirada.

                                                                                             * * *

Nuestro porvenir  es un resplandor que desconcierta a los notarios.

                                                                                              * * *

La sangre es breve en un cuerpo, infinita en los espacios.

                                                                                               * * *

Yo puedo –y quiero-  explicarle los colores a un ciego.

                                                                                                * * *

No es malo tener, en alguna parte de nuestro fastuoso corazón, un amor imposible. No hay amores imposibles.

                                                                                                * * *

Esta sobrecondena es el precio del honor.

                                                                                            * * *

Lo que la poesía sueña, lo realiza la prosa.

                                                                                             * * *

Aquello que amaste, lo has salvado. No creas en ningún desmentido, a pesar de cualquier  apariencia.

                                                                                             * * *

Acepto esta dignidad solitaria de la que debo hacer, cada vez más, un silencio.

                                           

                                                      

                                                                                                  * * *

                                                            

del libro ASTEROIDES, Ed. Botella al Mar

Raúl Gustavo Aguirre, poeta co-fundador de la generación de Poesía Buenos Aires

vivió entre 1927-1983

El Rey de los Alisos.- Michel Tournier

Publicado en De Otros. el 28 de Septiembre, 2008, 16:06 por Sandra

...13 de enero de 1938. Yo le decía a Raquel: "Hay dos clases de mujeres. La mujer- objeto, que se puede manejar, manipular y abarcar con la mirada, y que es el adorno de una vida masculina Y la mujer-paisaje. A ésta, el hombre la visita, se adentra en ella y corre el peligro de perderse. La primera es vertical, horizontal la segunda. 

La primera es voluble, caprichosa, reivindicativa, coqueta. La segunda es obstinada, posesiva, memoriosa, soñadora".

Ella me escuchaba con el ceño fruncido, buscando en mis palabras alguna descortesía. Entonces, para hacerla reir, yo fingía reanudar mi argumento con otras palabras: " Hay dos clases de mujeres - repetía-. Las que tienen la pelvis parisina y las que tienen la pelvis mediterránea", e indicaba con las manos una pequeña y gran anchura. Ella sonreía, sin dejar de preguntarse con un resto de inquietud si no la clasificaba en el género ancho; al que, por otra parte, y sin la menor sombra de duda, pertenecía.

Pues es chiquilla despabilada era, indiscutiblemente, una mujer-paisaje, una pelvis mediterránea ( además su familia es originaria de Salónica). tenía un cuerpo amplio, acogedor, maternal. Me guardé de decírselo por miedo a irritarla -pues para ella la palabra siempre es caricia o agresión, nunca espejo de la verdad- y silenciaba más aún las reflexiones que me venían a la cabeza al poner la mano, por ejemplo, sobre el hueso de su cadera, muy desarrollado, en forma de promontorio y que dominaba todo el resto del paisaje. Entre los macizos de los muslos, el vientre huidizo era una cañada friolenta y surcada por la ansiedad... Yo me interrogaba sobre esta noción misteriosa: el sexo de la mujer. Ciertamente ese vientre decapitado no puede aspirar al título, a no ser en virtud de la tosca simetría que presentan el cuerpo de la mujer y del hombre. El sexo de la mujer. Sin duda estaríamos más acertados al buscarlo a la altura del pecho, que sostiene triunfalmente su doble cuerno de la abundancia...

La Biblia arroja una extraña luz sobre esta cuestión. Cuando uno lee el principio del Génesis, observa una flagrante contradicción, que desfigura ese texto venerable. "Dios creó al hombre a su imagen, es decir varón y hembra a la vez. Le dijo: Crece, multiplícate", etc. Más tarde comprueba que la soledad que implica el hermafroditismo no es buena. Sume a Adán en el sueño y le retira no una costilla, sino el "costado", el flanco, es decir, las partes sexuales femeninas, de las que hace un ser independiente. Desde ese momento entendemos porqué la mujer no tiene partes sexuales propiamente dichas, ya que ella misma es parte sexual; parte sexual del hombre demasiado molesta para llevarla encima de un modo permanente, y que éste, por lo tanto, cede durante la mayor parte del tiempo y recupera cuando la necesita. Por otra parte, es propio del hombre - por oposición al animal- el poder hacerse en cualquier momento con un instrumento, una herramienta, un arma que necesita pero de la que puede desprenderse después, a diferencia del cangrejo, que está condenado a transportar siempre sus pinzas consigo. Y así como la mano es el órgano de enlace que permite al hombre empuñar, según sus necesidades, un martillo, una espada o una pluma, su sexo es el órgano de enlace de las partes sexuales más que parte sexual en sí mismo.

Si ésta es la verdad, hay que juzgar severamente la pretensión del matrimonio, que es unir lo más estrecha e indisolublemente posible lo que fué desunido...

No se puede escapar a la fascinación más o menos consciente, del Adán arcaico, pertrechado con todo su aparato reproductivo, viviendo acostado, quizás incapáz de andar, sin duda incapáz de trabajar, perpetua presa de arrebatos amorosos de inaudita perfección - poseedor y poseído en una misma exaltación-, para no hablar- ¡aunque quién sabe!-de los períodos en los que se encontraba preñado de sí mismo. ¡Cuál no sería la dotación del fabuloso antepasado, que transportaba a la mujer y por añadidura al niño, cargado y sobrecargado como esas muñecas rusas que encajan unas dentro de otras!.

La imagen puede parecer risible, pero a mi - tan lúcido, no obstante ante la aberración conyugal- me conmueve, despierta dentro de mí no sé qué nostalgia atávica de una vida sobrehumana, situada por su misma plenitud más allá de la vicisitudes del tiempo y el envejecimiento. Pues si en el génesis hay una caída del hombre no es en el episodio de la manzana - que al contrario señala una promoción, un acceso al conocimiento del bien y del mal- sino una dislocación que quiebra en tres al Adán original, hace caer a la mujer del hombre, y luego al niño, creando de golpe a esos tres desgraciados: el niño eterno huérfano; la mujer, abandonada y atemorizada, siempre en busca de un protector; y el hombre, ligero, alerta, pero como un rey a quien han despojado de todos sus atributos para someterlo a trabajos serviles.

Remontar la pendiente, restablecer al Adán original; el matrimonio no tiene otro sentido. Pero, ¿ es que sólo contamos con esta irrisoria solución?...

MARGUERITE YOURCENAR

Publicado en De Otros. el 26 de Septiembre, 2008, 12:10 por MScalona

                                    

                                    

Yourcenar, BELG, 1903-1987

                                                        

                                                             

El anciano pintor Wang-Fó y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.

Avanzaban lentamente, pues Wang-Fó se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fó amaba las imágenes de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fó trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las inseguridades. Aquella existencia, cuidadosamente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro del los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó aquella mujer de corazón límpido igual que se amaba a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos protege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailarinas y acróbatas.

Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fó. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y aquella noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosas de las manchas de vino esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación. Wang- Fó se agacho para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fó no tenía ni dinero ni morada, le ofreció humildemente un refugio. Hicieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía si no que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fó advirtió la forma delicada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo compró a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sentía por aquellos bichitos se desvaneció.

Entonces, comprendiendo que Wang-Fó acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.

Hacía años que Wang-Fó  soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, puesto que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fó habló de pintar a un joven príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fó la pinto vestida de hada entre las nubes de poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fó a ella misma, su rostro se marchitaba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaban flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fó la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado.

Wang-Fó estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maestro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.

Su reputación los procedía por los pueblos, en el umbral de los castillos fortificados y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fó tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores querían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fó como un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opiniones que le permitían estudiar a su alrededor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de junco. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fó estaba triste y hablaba de su avanzada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fó estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.

Un día, al atardecer, llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fó un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó juntó a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasillos de la posada; oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos  de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que él día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en duda que venían a arrestarlo y se preguntó quien ayudaría mañana a Wang-Fó a vadear el próximo río.

Entraron los soldados provistos de faroles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fó quien no pudo  evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.

Ayudado por su discípulo, Wang-Fó siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupados, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.

Llegaron a la puerta del palacio imperial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un  trozo de crepúsculo. Los  soldados obligaron a Wango-Fó a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de unas sutilezas sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pronunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el hijo del cielo sentado en su trono.

Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie  traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Celeste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse no rozar siquiera la manga del Emperador.

El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque apenas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero impasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.

-Dragón Celeste -dijo Wang-Fó, prosternándose-, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes diez mil vidas; yo no tengo más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.

-¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang Fó?-dijo el Emperador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fó, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Más era poco probable, pues Wang-Fó, hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que disputan los estibadores.

-¿Me preguntas  lo que me has hecho, viejo Wang-Fó? -prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba-. Voy a decírtelo. Pero como el verano ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para ponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido  una colección de tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentada la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fó, ya que habían dispuesto una gran soledad a mí alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se les permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas deban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivan con el alba y palidecían  con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando las palmas de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a las vasta capa de agua extendida en sus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas  que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio a mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi letra: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas,  aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es meno roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; las carnes de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta  que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados me da nauseas. Me has mentido, Wang-Fó, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fó, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fó, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que nunca jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir, he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fó, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio, he dispuesto que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fó?

                Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

                -Y te odio también, viejo Wang-Fó, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.

                Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se llevaron los restos y Wang-Fó, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.