Orfeo en Victoria
Hablo de cuando no existía el puente.
Tomaba la balsa o iba por Santa Fe,
el túnel subfluvial y Paraná,
Diamante, Crespo, Aranguren.
Un turismo existencial
mucho antes del progreso.
Por el fantasma de Onetti,
el paisaje de lomadas,
el Padre Martín en la Abadía
pero las más de las veces
los carnavales.
El único lugar del mundo
donde quedaban murgas de niños
pintados al corcho carbón
comparsas de vecinos,
pomos de agua perfumada
y el corso en la vereda.
El paisaje produce el monstruo
otorga la misión de rabdomante,
inquisidor, Sherlock, Columbo, Belano.
Gustar de ir viendo todo y anotarlo.
Esa fisura donde empiezan a aparecer las musas,
heroínas, ángeles tiznados,
el linde real y el sueño.
Los postes en la ruta, los capítulos,
una niña muerta, una niña en trance,
el arrullo de la banquina,
el rumor de la escritura
y la luz amarilla de una posada
convertida en baliza cuando me acerco;
Un espejismo,
la demora, la deriva,
ahora sí
todavía no.
Actúo un poco la pose
de winner takes nothing,
vencedor vencido,
la pose tilinga de loser:
poeta torturado
con un impermeable Cristian Dior
estudiadamente raído en días de sol
sin mostrar jamás una cuarteta decente
A menudo pienso en la locura así:
como una falta de compañía.
Compañía
en el fondo de un socavón maldito.
Y también pienso que quizá sea tarde
y que ya esté…
con todos esos paisajes alrededor de la derrota
de una época que escribía
la posibilidad de un rescate,
de que por fin Eurídice se uniera a mi sombra
y me ayudara a cruzar el último puente.
Incluso por ella, pobre mujer,
tener que lidiar siempre
con un Orfeo inconcluso
de querer y no querer
y andar siempre insatisfecho.
De esa época
me quedó el berretín
de hacer un juego semántico
con los nombres de las canciones de Bill Evans:
urdía el poema con las resonancias
mientras tarareaba las melodías
al galope del sonido del estéreo:
Hola Bollinas,
no es cierto que seas Minha,
pero Esta tarde vi llover y pensé,
Nos volveremos a encontrar.
¿Qué vas a hacer el resto de tu vida?
Debes creer en la primavera.
Yo te amo, Porgy.
Y a menudo me dormía
con esos garabatos verticales
de metáforas robadas.
Solía estacionar el auto
junto a los arroyos,
el Ceibas, el Döll, el Clé,
cualquier pausa de la tierra sobre la ruta 34
esperando que acabasen
los temblores y la intermitencia.
Mi arcén preferido terminó siendo el vado de Spatzen,
un camino real del siglo XVIII
solitario y olvidado de los mapas.
Desde los 33 Orientales no cruzaba nadie por allí.
Un camino baldío, ideal para perderse
un anticipo de la primavera,
esa clase de expectativa.
Como una fragancia de mar de fugitivos.
Un agua para perderse,
como un feto,
un anfibio que respira dentro de una mujer,
o alrededor de ella.
Y es de no creer, pero cada noche,
cuando el concierto llegaba a esos acordes de Quiet now
aparecía en el abrevadero un alazán arisco y sudado
buscando su jinete.
Un caudillo del siglo XIX
o el mismísimo Martín Fierro,
porque Hernández vivió por allí…
¡Quién sabe esos vericuetos de la neurolingüística!
Ni bien veía el animal agitarse
me venía la voz de Eurídice adentro de la cabina del auto;
esa frase repetida en la noche
cada vez que ella entraba en la cama
y me daba su abrazo y me decía:
Nada podrá vencer esta ternura.
Nada.
Marcelo Scalona
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