Cuentos


Infrecuencia

Publicado en Cuentos el 25 de Abril, 2008, 13:53 por MScalona

                                            

                                                         "La infrecuencia con que ocurre lo esperado..." 

                                                                 William Carlos William

                          Casi nunca sucede lo que esperamos. Si algo nos define intrínsecamente es esta especie de niño con grandes expectativas. Todos somos de alguna manera aquél compañerito que lucía para genio en la primaria y quedó trunco en el primer año de Medicina. Y luego quedó tomando medicinas para el resto de su vida, lo cual incluyó, no sólo la carrera, sino todo el campeonato.
¿Quién no cree, acaso, que no tiene oculto en sí mismo, aún ahora, a los cuarenta años, el talento de un pequeño Amadeus de siete? ¿Alguno de ustedes se ha resignado ya a no escribir otra versión de "El Aleph"? Pues yo no, claro. Y es obvio que jamás podré hacerlo... pero ¿saben qué pienso? Que no voy a escribir esa nueva versión de Borges, sólo porque no me da la gana o me falta el tiempo... talento, es lo que me sobra, es que a veces no me pongo en vena y además, ¡queremos tanto al viejo... !

                                                                           


                           A menudo somos un personajito de Flaubert perdido en un tiempo irrecobrable de Proust. ¿No les pasa los domingos a las siete de la tarde... ? Renata dice que eso es ser esplinático y que ella es. Que viene de esplín, tedio de la vida, y no tiene nada que ver con un estornudo a causa del hollín. ¿Pero existe ese vocablo... esplinático? No te abusés Renata de mi tristeza... Melancólico digo yo... es lo mismo. Nooo, dice ella: el esplín no es una melancolía cambiante del tipo ciclotímico. El esplín es una condición permanente, tu certeza adquirida de que hagas lo que hagas, el futuro será siempre humo y decepción. Chejov, dice Renata y agrega: eso no te deja ver los premios. Y no es que un día estemos tristes. Ni siquiera es que seamos tristes... somos desencantados. Pero no de alguien, más bien de todo, y claro, empezando por nosotros. La definición del suave desaliento: Chéjov. Y sus hijos, Carver, Milosz, Mansfield, Mc Cullers. ¿Y nosotros, Reny...? Nosotros seríamos los nietos, dice. Medio bastardos. Claro.
                                                            

          Pero veamos, no es que seamos aburridos. Tampoco. Al contrario, somos juguetones, de pensamiento y con las manos. Sin ir más lejos, somos un grupo de siete u ocho, que a veces vamos al Hotel "Ideal" a jugar al ajedrez en las piezas, por un turno de doce. Hay de todo, peones, reinas, torres, alfiles y potrancas. ¿...que no se puede jugar al ajedrez de siete?, ¿quién dice... ? El que pierde, le ayuda a Matilde a lavar el patio. Peor es limpiar las piezas. Y aceptamos contentos que amanezca, pero no hay caso... nosotros somos de la especie aquella para los que el día no empieza con el sol, sino con el café.
- ¿Me explico, Renata... ? Y este es el momento en que la toco con mi brazo derecho y tanto le disgusta. Soy tan posesivo, a veces. que además del terrible latiguillo, la toco con el brazo en su brazo como si le empujase el sentido. Psé... justamente a ella, una chica que entiende todo.


           Tampoco somos oscuros, densos o nihilistas. Ni ahíííí la pose de insultar la vida con metáforas de mierda. Al contrario... ¿cómo explicarlo? No creemos que vaya a suceder lo que esperamos, y casi no creemos en nada, pero luchamos por todo. Tenemos una vitalidad de moribundos en el intervalo lúcido, de rehenes con el síndrome de Estocolmo. A veces pienso que nos quedó de tanto jugar quién aguantaba más debajo del agua, de chicos, en la Pelopincho. Una especie de resistentes que le hubiera gustado a Laertes para su ejército.

           Y tampoco es que seamos jodidos. Ni modo... es más, alentamos un saludo entusiasta, las manos como palomas para todos aquellos felices que van a pasárselo bomba a Miami... y mejor todavía si es con un tío que tiene toda la pasta... ¡Qué puede haber mejor que la playa en invierno, sábanas de seda y champán frappé! Todo pago... muñeca... en dólares, tarifa en dólares a cuatro pesos. Miami es un lugar del mundo donde los tipos que te lavan el parabrisas, también son rosarinos... como aquí, ¿entendés? Es bárbaro, ni siquiera extrañás eso.
- Billetera vence a galán, billetera vence a galán -dijo Renata. Y tiene esas cosas, a veces repite las frases como en la propaganda de la margarina: "era para untar, era para untar". Pero suena raro esa vulgaridad en una chica acostumbrada a las citas de Wittgenstein. Y entonces volvió a decirla : - Billetera vence a galán... Jacobo Winograd, dijo, Winograd.
- No jodás Renata.
- Billetera no sabe de esplines. Billetera no sabe de domingos por la tarde. Billetera vence melancolía. Billetera vence a galán...
- Renata... lo que esperamos nosotros, no pasará nunca...
- ... y a propósito, dijo ella, ¿porqué llegaste tan tarde vos...?
- Encontré un gatito abandonado en las vías del Pasaje Jorgito. ¿Te acordás que hacía meses que buscaba uno... ?
- La ciudad está infestada de gatos... solamente vos podías no encontrar uno.
- ... mmm... no sé... me habrán gustado los ojos de éste...
- ¿Se los viste?.
- Después, cuando ya lo tenía en el regazo y llegamos a la esquina de Virasoro. Ahí lo puse debajo del farol, de la luz de mercurio, y me parecieron grises... y también me di cuenta que era nena...
- ¿Es gata?
- Sí... Cecilia le voy a poner.

         Y aunque no se tragó el cuento, Renata volvió a su libro: "La Calle de las Camelias", de Mercé Rodoreda. A propósito, leyó en voz alta esa parte en que el señor Jaime encuentra la niña en la calle de las Camelias y la llama Cecilia. Entonces, en esos momentos, yo pienso en las cosas que nos alcanzan. Que para nosotros casi nunca sucede lo que esperamos, aunque a veces, incluidos los domingos de tarde, encontramos un poema, un fragmento al final de un libro y la misma gata abandonada que se llamará Cecilia.
Y luego no hay mucho más, un abrazo cucharita, una copa de Beajoulois Rosado; una copa para los dos, porque ya no queda más que un culote. Un beso de mitad de boca abierta, con los labios pegados, tres minutos, sin lengua. Y después de que ya ha pasado media hora, con la luz apagada y yo mismo me he escuchado roncar más de dos veces... a oscuras, quién sabe a qué hora, ella todavía se da vuelta en la cama... (nunca sabe si estoy despierto o soñando) y me pregunta:
- Adrián... ¿de qué novela era ese pasaje?.
- "La Plaza del Diamante", digo mal, a propósito.
- Burro... "La Calle de las Camelias"

                   Y entonces sí, nos dormimos.

                                                            Marcelo  Scalona

Uno que quedó fuera del podio

Publicado en Cuentos el 17 de Abril, 2008, 12:44 por seldonito

Confesionario

 

 

-No sé por donde empezar… ¡Por dios!

-Hijo mío, nada has de temer, estamos en la casa del Señor. Él nos protege, nos cuida y, sobre todo, nos perdona. Así que abandona tus miedos, confiésate con sinceridad, que nada te hará perder su bendición.

-Padre, a nada ni nadie le temo más que al señor. Es de él quien me escondo.

-No seas ridículo… ¿acaso no sabes de quien pretendes esconderte? Es imposible estar oculto ante sus ojos. Por eso te pido, hijo mío, que confíes en nuestro señor y me cuentes cuales son los pecados que te atormentan.

-¿Tengo alguna garantía de que no sufriré consecuencias por contarle esto?

- ¡Hijo! Nada más sagrado que el secreto confesional. Tus palabras quedaran entre nosotros y él.

-Eso me temo… En fin, voy a contarle porque a eso vine. Aunque le aseguro que no es nada fácil para mí. Pasó tanto tiempo de mi última confesión que ya había olvidado el procedimiento. Dudé mucho en venir, pero soy conciente que es aquí donde debo estar. Antes que nadie, es él quien debe perdonarme…

           

Fue el primer fin de semana de abril. Recuerdo que era  semana santa y se juntaban unos días que venían al pelo para descansar. Entre el trabajo y el estudio estaba agotado.

El Tito, un amigo de la infancia, ¿lo recuerda? usted lo ayudó mucho cuando se separaron sus padres. No importa, el punto es que el Tito me llama por teléfono y dice que tiene unas ganas tremendas de salir a buscar mujeres.

Si padre, ya lo sé, no es algo correcto, pero tiene que entender que somos jóvenes todavía. Bien, el tema es que yo muchas ganas de salir no tenía, pero el Tito es muy persuasivo, ¿vio? Me dijo que hacía meses que no teníamos una buena noche de joda, de esas que dejan una hermosa resaca de sábado por la mañana.

Un poco me dejé convencer. La idea de estar con una mina era tentadora, habían pasado seis meses desde que terminé con Angie y el cuerpo pedía a gritos un poco de acción.

Nos juntamos en mi casa a tomar unos copetines primero. ¿Le parece mal? Es muy caro tomar en el boliche, es mejor hacerlo en casa, a precio de lista.

Tito llegó a eso de las once. El Tucu ya estaba porque había venido a cenar.

Si, el Tucu, el mismo que rompió la ventana de su oficina. ¿Parece mentira no? Pasan los años y seguimos siendo tan amigos como siempre.

Pero déjeme seguir que esto es largo.

El Tito llegó con un vodka y un tequila. Él está acostumbrado a salir y toma como condenado, pero yo no. El muy cabrón insistió tanto que probé un poco. ¡Y ya tenía encima un par de porrones! A mí la mezcla me mata, pierdo el sentido de coordinación. En realidad rota 45 grados, así que si quiero ir derecho tengo que apuntar para el costado. ¿Se imagina como estaba? Bueno así salí de casa.

Entramos al boliche a las dos, ahora se manejan esos horarios, mucho tiempo no tenés para chamuyarte una minita, hay que elegir bien donde apuntar.

Lo mío es simple. Voy derecho a los Topos.

Si, Topos. ¿Nunca escuchó hablar de la Teoría del Topo? Claro, usted no frecuenta la noche.

Básicamente un Topo es una mina que no te puede decir que no. No puede, no le da la cara. Debajo del Topo tenés lo impenetrable, esa cosa que, a la vez, está tan cerca y tan lejos del sexo femenino. Por encima hay miles de mujeres: camiones, pasables, para presentar a tus viejos, etc.

El Topo es esa mina que, para algunos es impenetrable, pero para vos tiene algo –y esto es clave- que la hace atractiva, eso alcanza para justificar la acción. Internamente uno le ve esenoséque que la diferencia del resto… La hace un Topo.

Yo siempre fui topero, siempre. Es ir a lo seguro. Algunos creen que no, que soy medio delicado con las minas pero la realidad es que para mí, esas “exquisiteces” eran topos. El Topo lo define cada uno, antes que nada es una vibración en el estomago.

¡No se ría padre! Le hablo muy en serio. Yo estaba buscando un topito, esperaba reconocerlo rápido, ya que no teníamos mucho tiempo para la parla.

Le juro, y es importante que lo sepa. Le juro que busqué por todas partes. Nadie más que yo quería encontrar algo que me acompañara en la vuelta a casa. Un miserable topacio, de esos incuestionables incluso, que me hiciera sentir de nuevo en el ruedo.

Pero no.

No se como, pero las minas te huelen. Hay algo que hacemos los hombres que nos delata. Me encaré de todo, incluso algunos topos cuestionables, muy cuestionables. Lo hacía relojeando al Tito, no perdona una el guacho. Si me veía en la barra ¡invitando un trago! a esos aspirantes a topo…

El punto es que me fue mal. Pero muy mal. Me tomaban el pelo las muy turras. Pedían que las invite con algo y se iban con otro. Realmente me sentía un tremendo… mire padre, la palabra es pelotudo, la digo porque quiero que escuche la historia tal como la siento: ¡me sentía un flor de pelotudo!

Las minas pueden ser muy putas. Yo les contaba que estaba sensible, volviendo a salir después de una relación muy fuerte, y esperaba que eso me juegue a favor. Pero las cosas cambiaron mucho en los meses que estuve noviando. O quizá fueron siempre igual y yo jugaba el mismo juego, no sé ni me importa. El hecho es que yo sentía que hacía el ridículo.

Así que me fui. Eran las cuatro, faltaba un buen rato para cerrar la noche, y le dije a los muchachos que me iba. Obvio que les mentí, les dije que estaba muy borracho, que había vomitado y lo mejor era volver a la cucha.

¿Sabe que me mude?, ya no vivo más con mis viejos, ahora alquilo un departamentito en Mendoza entre Buenos Aires y Rosas. Estaba cerquita de casa, y decidí volver caminando.

Cuando llego a la esquina, no se de donde se aparece una minita. Venía de una fiesta de disfraces seguro, tenía una túnica celeste y la cabeza cubierta. Le pedí fuego mientras la catalogaba.

Fuego no tenía, pero ya sabía que era un Topo. Topazo. Ojo, tirando a bonita, y de ninguna manera pasaba por impenetrable. Estaba linda, y tenía un evidente nosequé.

El nosequé es complicado de explicar. De hecho, se identifica por su indefinición. Si decís que son los ojos, se acaba el misterio. Eso es lo increíble de los topos, te atraen porque hay algo que no terminás de entender. Y ese algo, es la atracción misma. ¿Curioso no?

La borrachera duraba, así que me puse a charlar, le pregunté de donde venía, si era rosarina, adonde iba, etc. Ella contestaba con evasivas, apenas comentó que no era de Rosario y menos pregunta dios y perdona.

No se como, pero intuía que tenía una chance. Así que le ofrecí venir a casa para llamar un taxi. A esas horas es prácticamente imposible encontrar uno, y menos en esa zona.

Ella ni lo dudo, me agarró de la mano y encaró derechito para mi casa. Tenía una confianza que llegó a asustarme un poco, pero a los topos no hay que mostrarles miedo. Se los encara y ataca. Nada más.

Mientras esperábamos el ascensor la loca me parte la boca de un beso. Pero mal, con una violencia contenida por años. Pensé que tenía suerte, que había agarrado un topito que estaba saliendo de una relación fuerte, igual que yo. No sabe la alegría que me dio.

No quiero entrar en detalles, pero le aseguro que fue para filmarlo, María, era un volcán. Ojo, no había dudas de que no tenía mucha práctica, pero le puso una garra envidiable.

De hecho, me aclaró que era la primera vez. Yo no lo podía creer. La mina era grande, y no parecía hacerle asco a nada. Si me decís que tiene algún trauma de la infancia se entiende, pero no. Era obvio que la loca había salido esa noche, me vio pasar, y decidió que la haga debutar en primera.

Perdón padre, estoy acostumbrado a hablar de mujeres con amigos y usamos estos términos.

Vuelvo a la historia.

Ya estaba roto, y entre la borrachera y la sesión quedé liquidado. Antes de quedarme dormido me puse a pensar que estaría bueno seguir viéndonos.

Decidí proponerle una salida para el otro fin de semana. Soy de hacer esas cosas, me cuesta tener simples encuentros con las mujeres, siempre tiendo a construir relaciones. No sé cómo ni con que pretexto diría Benedetti.

Ella ni respondió. Se quedó mirando el techo en silencio. Parecía preocupada por algo.

Nos quedamos dormidos. Faltaba poco para el amanecer.

A media mañana me desperté. En realidad lo hizo ella con el escándalo que estaba haciendo en la pieza.

Parecía desesperada. No paraba de gritar que estaba llegando tarde, tardísimo.

Me dijo que iba a misa, y que de ninguna manera podía faltar. Ahí entendí, me cerraron un montón de cosas. Tenía ese look católico, apostólico y, sobre todo, romano.

Mire, en un momento me agarró la locura y le propuse acompañarla. Hacía años que no pisaba una iglesia, y parecía piola invitarla después a almorzar en casa… y seguir con lo que habíamos empezado la noche anterior.

No sabe la cara de susto que puso, se horrorizó de sólo pensar que podía ir con ella. Imaginé que era para evitar contacto con la familia, le propuse ir separados y juntarnos a la salida.

Ni me contestó, directamente salió corriendo.

¿Entiende padre? La mina salió espantada. Fue gracioso verla correr con su disfraz.

Ahí me enojé, decidí no darle bola y subí a tomar unos amargos antes de tirarme a dormir por el resto de la mañana.

Pero no podía, estaba muy enojado, con ella y con la situación. Hacía meses que no salía y me encuentro con una minita que parece interesante pero sale espantada! Simplemente no es justo.

Después de unos mates, tomé una decisión. Iba a ir a misa a buscarla a la salida. Para que vea que estoy interesado, que no le tengo miedo a la familia ni a toda la congregación.

Ya sé, era una locura, apenas habíamos hablado y yo pretendía meterme en su vida sin previo aviso.

Creo que lo hice porque todavía estaba medio en pedo, ¿ya le dije cómo termino cada vez que mezclo bebidas?

Me pegué una ducha para despejar la cabeza y hasta me afeité. Era temprano todavía, pero claro, ella tenía que ir a cambiarse antes.

Era una mañana preciosa, sol a pleno pero sin ese calor húmedo que arruina la existencia.

Doblé por Buenos Aires y paré a tomar un cafecito en el bar que está pegado a la cochera. Tuve tiempo de leer el diario y charlar con el mozo. El pobre es de Central y está desesperado con el promedio.

Confieso que estaba haciendo tiempo, no quería venir a la misa completa, tenía miedo de quedarme dormido.

Cuando me decidí, pagué el café y encaré derechito a buscarla.

La iglesia era un infierno, estaba lleno. Usted si que sabe convocar a la gente, padre. No cabía un alfiler. Bueno, era semana santa, todos estamos más cerca de dios en esos días.

Pidiendo permiso pude escurrirme entre la gente y me puse a buscarla.

A primera vista no la encontré, tal vez estuviera en sentada adelante, lo que no hubiera llamado mi atención, estaba convencido que había sido la primera en pisar la iglesia.

Pero no, no estaba en ninguna parte.

Pensé que no la reconocía porque la había visto disfrazada, así que miré de nuevo a cada mujer.

Nada.

Claro, me había mandado cualquiera la loca, y yo había entrado como un boludo. La hija de puta me dijo que tenía que ir a misa pero en realidad no se animaba a decir que se iba a la casa. Me agarré una bronca bárbara, no tanto por haberle creído o no encontrarla, sino por estar en medio de una misa, con una resaca de novela y buscando a una mina que me había dicho cualquiera.

Tuve que concentrarme mucho para no explotar y putear a medio mundo.

De pronto me di cuenta que algo raro pasaba. No puedo explicarlo, pero sentía que me estaban observando. Es horrible esa sensación. En un primer momento creí que era porque hacía siglos que no pisaba una iglesia y no estaba en mi hábitat normal. Decidí irme rápido.

Estaba saliendo cuando la vi. Ella se hizo la boluda, pero era indiscutible que habíamos cruzado nuestras miradas. Incluso se ruborizó un poco la muy perra.

Ahí estaba ella. Sola. Observando la ceremonia desde su altar. Vestida tal como la encontré la noche anterior. Escuchando por enésima vez la historia de cómo su hijo había sido crucificado para resucitar al tercer día.

Padre, no se ponga nervioso, le pido que me escuche.   

Era ella, sin ninguna duda.

La Virgen María había aparecido la noche anterior… ¡y yo me había acostado con ella!

¿Entiende ahora porque estoy tan nervioso? La Virgen, la santísima María, no es ni tan santa ni tan virgen. Agarra viaje de una, solo es cuestión de proponérselo.

Salí corriendo de la iglesia, empujando a todos y recibiendo puteadas de los guantes más blancos y refinados de la high society rosarina.          

Padre, estoy desesperado. Esto no se arregla rezando un ave maría o un padrenuestro.

Me gar…, disculpe, hice el amor con la madre de nuestro señor Jesucristo. No hay perdón posible.

¡Y lo peor es que hice cornudo a dios!  

No se que hacer. Desde que esto pasó vivo con miedo, hasta se me cae el pelo. No logro descansar durante la noche, y si lo hago tengo unas tremendas pesadillas donde me castigan eternamente por lo que hice.

Y la verdad es que, internamente,  yo siento que no fue mi culpa. ¿Cómo iba a saber quien era esa mina? Uno no sale de noche preguntando a las mujeres cual es su relación con dios.

¿Usted cree que podrá perdonarme? No dudo que él sabe muy bien lo que hice, es más, estoy seguro que estaba presente en el momento en que pasó todo. Suena un poco perverso eso, pero es la verdad. Él está en todas partes, ¿cómo es posible que no hubiera visto eso? ¿No podía acaso evitarlo?

Así que vengo a dar la cara. Estoy cansado de esperar que venga a recriminar mi conducta. Acá estoy, si dios absuelve a todos que sepa disculparme, y deje mi conciencia en paz. Estoy harto de esperar un castigo que no llega.        

 

 

Esa es la historia padre. El relato del pecado más infame que un hombre puede cometer.

He humillado el nombre del Padre y el del Hijo.

Y si agarro al Espíritu Santo… 

Amén

                        El Anticristo

 

2º de 2º, Sergio Ballatore

Publicado en Cuentos el 14 de Abril, 2008, 22:29 por MScalona

FesFintall-07 (24) 

¿ Quién querría matar al líder de Alonso "s entrega?

Los dos tipos apoyados en la barra no son de este país, quizás tampoco sean de este mundo. Visten trajes rayados y zapatos de charol; entre ambos burbujean dos cócteles llamados malaquita. Entraron hace media hora y dejaron los paraguas en el hall, caminaron lento observando los discos colgados en las paredes de ladrillos sin revoque y se instalaron en taburetes de terciopelo. Uno quedó fijo en el vinilo plateado de los Clash: Sandinista, para ser exactos. El otro, con la cabeza parecida a un huevo de codorniz miró fijo el escenario. Falta una hora para que toquen los Alonso s"entrega y el lugar esta repleto de gente:

Almas de todos los colores con pelos en punta o rapados, con chales o colgantes de Kuala Lumpur. Gente.

Yo estoy sentado en un sillón que por momentos me absorbe y luego me saca a flote descubriendo el paisaje. Al lado, dos señoras gordas o dos señores rellenos hablan de plantas orgásmicas, operaciones sexuales chilenas y fiestas de chicos recién llegados de alguna península. Según el cristal con que se mire estos/as dos son interesantes, bah, son como la mayoría de los terrícolas que conozco: un cúmulo de neuronas en choque, un depósito de sangre, una lengua radiofónica con varios virus circundantes al acecho y una filosofía inspirada en el cuplé.

Detrás de ellos, al voltearme, veo zigzaguear a Carolina, la moza, a los saltos entre borceguíes, sin parar. Es bailarina y lanzallamas; los miércoles actúa con un primo paraguayo que recita Lorca pero al revés, un cómico. Arrancan a las dos, después de la obra de teatro y cierran. Para verlos a ellos viene gente que jamás pisa el local. Caro además vende cuchillos artesanales, hechos con mango de caoba, traídos de Areco. Al verme sin los anteojos se acerca y me dice: 

-Hoy va a morir alguien-. Y se va.

La frase resuena en mis oídos pero mi mente incorpora primero los labios de la muchacha, carnosos, pintados. Se que ha dicho algo de suma importancia pero me cuesta incorporar el concepto. Si la única verdad es perceptiva, ésta me dice que los jóvenes zombis que se contorsionan en danzas rituales con la vista al techo están lejos de la muerte; o quizás no. De todos modos es para dudar, si es que se me otorga el beneficio de dudar sobre la muerte. Mientras tanto sonrío. Me dura y vuelvo a sonreír con exceso. Esta vez mi mirada se cruza con la de Caro. Su expresión me asusta. Se pasea como una hiena de ojos grandes, está transpirada y la bandeja le tiembla en la mano que lleva reloj. Algo pasa. Me vuelvo a colocar los lentes y encuadro la barra. Observo a los dos tipos raros de traje y Caro se da cuenta que los miro. De prisa se lanza bajando dos escalones interponiéndose. Con un gesto digno de Janet Leigh y un aparatoso movimiento de cabeza los marca como sospechosos. El juego me enciende. Como diría un detective: esos tipos nunca me cerraron y creo que lo saben.

Al baño no voy nunca a pesar de venir todos los días, prefiero ir al patio y regar el limonero al lado de los cajones de coca cola. Como me conocen no me dicen nada y al confundirme con los artistas  lo creen parte de alguna excentricidad importada de Londres. Nada más lejano, al baño no voy porque tiene ventilador de techo. De chico se me desprendió uno y casi me mutila. Regalen lo que regalen yo al baño no voy.

Al lado mío-en el patio- esta sentado el baterista de los Alonso, buscando la sombra del limonero aunque haya estrellas. Tomo un poco de aire y enciendo un cigarrillo. Creo que me reconoce y le convido uno. Me pregunta si lo conozco a "batuque" y le respondo que sí, que era mi perro de los ocho años atropellado por un citroen. El pequeño clon de Stewart Copeland – baterista de The Police mal imitado hasta el hartazgo- me mira

rápido, con asco. Su cara me recuerda a esos seres horribles que viven en los bosques, mitad humanos-mitad porcinos. Cuando lo roza un halo de luz la cosa empeora, suerte que cuenta con barba protuberante.

 -Si me contestaste en serio sos muy boludo- dice sobrador.

Sonrío por enésima vez y me asalta un ataque que lo contagia por varios minutos. Después me canso, doy media vuelta y lo dejo despansándose de risa de culo en el cantero donde yo había meado. Ahí me acuerdo que "batuque" era un dealer del centro.

Que perejil!! - me increpo con aire espantosamente tanguero.

 Atravieso la puerta de dos hojas hacia el interior del local. Me gustaría tener una capa para volar sobre el manojo de personas, humo gigante y luces que ya comienzan a moverse. Trato de divisar el sillón en donde estaba pero millones impiden el paso. Para descansar busco una columna cercana a la escalera caracol. Arriba esta oscuro y de allí baja Thania, un travesti que baila danzas árabes. En la cintura le han quedado varios billetes que no registra.

Aún así nadie se atreverá a sacárselos, no al menos los habitúes al lugar. Todos sabemos que la bailarina es amante de los fierros, en especial de la  Smith & Wesson 629 y esconde una siempre en un almohadón distinto. Noche tras noche, como un ritual, por si canta algún gallo querellante. El sonidista me dijo que se la dió el cana que anda con ella, por amor. Parece ser que el tipo se la robó a un coleccionista sexagenario que era embajador en Honduras durante una visita relámpago; por desamor, quiero creer.

 A veces el policía entra a las cinco o seis de la mañana con otros dos para ponernos a todos contra la pared; es de la seccional de la avenida y nos odia. Allí es cuando Thania se enoja y termina puteándolo sin dejar de convocar a toda su genealogía. Al cana parece que le gusta. Se le acerca como un perrito de la calle y empieza a lamerla mientras los otros dos murmuran. Ella cede arrepentida. A esa altura sabemos que no se van a llevar a nadie. Ellos dos se van mimosos con los otros dos de guardaespaldas. De vez en cuando, mientras se alejan en retirada patean algún culo freak o tocan alguna teta púber. Son los gajes del oficio.

Mientras saco un pañuelo veo entrar a Luly Aguirre con su nuevo novio. El es abogado y ella es la nueva cara bonita de la tele. Vienen a reventarse sin fotógrafos en el primer piso. Unas horas antes, ella llamó a Juan –el dueño del local- para avisarle que prepare "todo". Ese "todo" está subiendo la escalera, donde solo entran los artistas y los amigos. Mientras recorren el lugar sacándose gente de encima, Luly sonríe y el joven acompaña tenso. Si fuera por él vendría a este lugar solo con una orden judicial y una topadora. Se le nota en la manera de fruncir el entrecejo. Pero se acuesta con una diva, modernita y con aires under. Su diablo, presumo, no le perdonaría semejante desperdicio por falta de paciencia. A la distancia se nota que ángel para contrarrestar dicho mandato no lleva.

 Por el lado opuesto Caro viene como un tren en mi dirección, ésta vez sin bandeja y llorisqueando. Se me acerca al oído y grita:

-Van a matar a mi novio….lo escuché de los tipos de traje…los de la barra…están pagados por los Twis – dice totalmente desencajada por sobre la música de fondo.

Se supone que esta noche yo vengo a ser una mezcla de Sherlok Holmes y ángel guardián. Tengo que proteger al cantante de Alfonso- novio de la moza que tanto me gusta- contra un supuesto complot de la banda de Pipo Cipollati. Por otra parte, la niña me sugiere derribar la puerta del camarín donde su pichón de rock star se ha encerrado desde hace no se cuantas horas con auriculares. Si todo es broma, conviene volver a sentarme con amigos y esperar tranquilo. Si por el contrario, los hechos son fehacientes, recordar un cómic que leía de chico y esforzarme por traer el nombre del capitán justiciero supongo que me dará oportunidad de develar misterios con un toque de magia. Mientras lo intento los tipos de traje siguen en la misma posición de siempre, acodados, entre decenas de cabezas bajando las bebidas a velocidades sónicas. Cuando uno de ellos levanta el codo para sorber hasta la última gota del trago, justo en ese instante, el saxofonista de los twis se acerca, le abre el puño al más alto e inmediatamente se lo cierra, palmeándolo amistoso en la mejilla.

¿Es la evidencia de un mensaje mafioso o una simple repartija?– pienso. El vínculo está y no puedo negar la coincidencia. Algo tengo que hacer, por lo menos un par de averiguaciones. Me bajo del segundo peldaño de la escalera caracol-que es donde me había ubicado para ver mejor- y echo a andar, importante.

Pipo habla con el sonidista cerca de unos jarrones. Los observo y en un mismo ángulo también veo a los dos hombres de negro en su recta final a la borrachera. Al pestañar, ya los cuatro se arremolinan en torno a una mesa ratona. Pipo se desploma en uno de los sillones acolchados. Los demás se quedan parados y siento cómo me invade la penumbra. Cuando las luces casi desaparecen y el ruido calla, solo queda iluminado el escenario. En él, un tipo vestido de Julio Cesar sostiene un hacha en la mano y un único reflector azulado lo persigue. Es el presentador de los Alonso.

Como puedo trato de seguirle los pasos a Pipo que se revuelve incómodo en su aposento; se bambolea y mira a los otros tres desconcertado. Una de sus manos se pierde por debajo del almohadón y extrae un objeto que creo divisar puntiagudo. Mientras el Cesar divaga en un monólogo introductorio un estampido me revuelve las tripas y el vidrio de la barra se derrumba. 

La única respuesta de la gente en ese instante es salir eyectada como un

misil hacia cualquier lado. Los novios toman a sus novias, los de la barra se trepan como monos a la columna de bafles y los perplejos aprovechamos para disfrutar del caos.

Pipo resuelve la escena solo, en el medio del salón, ya incorporado y con la cara arrugada por el susto. La Smith & Wesson 629 lanza espasmódicos suspiros de humo en su mano de parkinson; los valientes que siguen el curso de los acontecimientos forman una ronda que deja sin escape al músico. Algunos pocos –sobre todo los que estaban arriba- aprovechan y tambaleándose buscan entre resbalones la salida a nuestras espaldas. Los demás permanecemos hechizados frente al gurú, sin suspirar, atentos al curso de los acontecimientos y esperando una respuesta, una señal divina que nos indique el camino. Todavía sobre el escenario, el presentador vestido de Julio Cesar lanza un grito gutural para volver a capturar la atención. Caro lo mira con los brazos en jarra sentada en una escalinata, luego me mira a mí. Creo percibir los microsegundos que intentarán devolverle la atmósfera al sitio. Imposible, algo se quebró y no es solo el espejo. Creo que voy a estornudar.

A los dos golpes fuertes en la puerta de madera el picaporte comienza a girar suave. Una vez abierta se encuentran cara a cara el dueño del bar y el líder de Alonso s" entrega

- Limpiá todo que esto es un quilombo y ahora vienen ustedes- dice Juan con un acento dificultoso

-¿Qué hora es?- responde con una pregunta el cantante agitando una botella de wisky.

- Dale - grita corriendo desde el pasillo el empresario, en retirada.

En el bar de la calle Balcarce no hemos quedado mas de veinte personas, todas entre descorazonadas y frágiles. Julio Cesar sabe que su estadía estuvo poblada de dificultades y va hacia la barra sombrío, mirando a Pipo inquisidor. La banda empieza a tocar desencajada, austera. Caro comienza a recoger con una escoba y una palita los restos de vidrio diseminados por las baldosas. Thania ha guardado el arma en su cartera y sacude un vodka puro. Creo que el peligro no ha pasado, es más, estoy convencido que la noche se ha apostado como pescadora gustosa. Sé que entre estas paredes se esta pergeñando un crimen, cuyo destinatario no es ni mas ni menos que el muchacho que en estos momentos se contorsiona frente al micrófono. Su novia lo predijo, aunque ahora solo deje caer el llanto sobre el rimel mientras barre. En cierto punto tengo esperanzas con la chica, si estuviese enamorada arrastraría al muchacho con cualquier excusa con tal de sacarlo del laberinto y protegerle la vida. Supongo que mis pensamientos son de ella, que ejerce cierta influencia sobre los míos, supongo también-mientras la imagino como a una cenicienta antes de ser hechizada- que impedir la muerte me eleva ante sus ojos, me otorga cierto status de héroe. En síntesis, me frito los sesos hoy por ella; si fuera por ese imbécil de voz cuajada que se refriega contra la guitarra en pose masoquista no movería un dedo, es más, por mi dejaría que lo atravesasen setecientas balas.

Pero no. Quedaría fundado el mito. Aunque pudiera irme a Ámsterdam con ella, él estaría presente. Sus canciones básicas de pronto serían- para ella y para algún crítico necesitado- bellas melodías entre afrodisíacas y catárticas, paisajes sonoros de la Luna. Por eso tengo que impedir el crimen, y al hilvanar los sucesos llego a la conclusión que Caro se ha equivocado. Ni Pipo ni los dos hombres extraños de negro son los posibles asesinos. Se han dejado ver demasiado. Cuando me apresto a decírselo tomándola del brazo, una corazonada se cruza como rayo al unísono con un pasaje instrumental desafinado de la banda. Antes de mover los labios hago una lista que salta en mi cerebro como los tickets de las máquinas registradoras. La pregunta : ¿ Quién querría matar al líder de Alonso s" entrega?

Un nombre se cae con el peso de un meteoro mientras la chica me mira fijo esperando que hable.

Pienso en el odio del sospechoso e intento repasar algún posible sujeto olvidado. No encuentro otro. La idea me cierra al no hallar competidor:

Pappo –me digo sin pronunciarlo, mientras Pipo se acerca a hablarme.

Las pecas emergen de una cara pálida que intenta capturar mi atención. Bajo la vista inquieto y Pipo me toma del brazo como con una tenaza

-¿Viste todo?-me pregunta curioso

-Más o menos …-digo serio

Los hombres de negro-que a esta altura me parecen hermanos mellizos- interrumpen la conversación acercándose lo suficiente. No es miedo lo que siento, sí una especie de escozor ante los dos tipos que parecen traídos de Venus, creo que es el perfume. Uno se adelanta y con modales demasiado palaciegos se presenta:

- Ricky Del Valle Peña, productor de x music- dice austero

El otro me estira la mano como por instinto y conjuga una frase en inglés

-Hola, que tal- respondo autómata y con vergüenza, en el mismo idioma.

Pipo me explica que ambos son tipos de la compañía que maneja a los twis y que vienen guiados por los buenos comentarios de Alonso.

Comprendo al instante que las personas a las que Caro quería involucrar en el crimen- que por otra parte nunca, hasta ahora, nunca sucedió- no son ni más ni menos que cazadores de talentos ávidos por ver la banda de un tipo que aborrezco justamente por ser su novio.

La fatalidad suele llegar en punta de pies, por la espalda, para plantarse desnuda ante nosotros, sin sonrojarse por el desparpajo. Éste es un caso. Y aquí es cuando comienzo a balbucear hipótesis, a contradecirme, a hilvanar posibles interpretaciones de la chica. ¿Que diablos pudo haber escuchado? ¿Deseará la muerte de su pareja al punto de cubrir esta sensación con semejante delirio? Creo que no, y ante las siluetas borrosas de Cipolatti y compañía comienzo a dejarme llevar a un mundo de elucubraciones que me abstraen, y trato de precisar el día en que Pappo entró con la perra- así llamó a su novia- y nos gritó bien fuerte a todos durante la exposición de pintura de Laura Cohen:

-Ustedes son todos putos… y vos- señalando a Fede, cantante de Alonso- tenés que dejar la paja y darle menos a la tintura. Sino te mato.

Recuerdo que se sentó en un taburete de madera con una campera con dibujo de águila atrás, pidió un vermouth, y cuando le dijeron que no había se levantó y se fue. Una vez en la calle el ruido de la Harley nos estremeció al acelerar por la calle de adoquines. Dentro, Laura lloraba desconsolada debajo de un cuadro suyo, que, por otra parte, era de pésimo gusto. Una amiga gritaba histérica "que esto no iba a quedar así, que hablaría con su padre juez de la corte y que no pararía hasta ver tras las rejas a semejante sujeto". Lo cierto es que nadie daba un peso por la pintora y los que allí estábamos lo hacíamos guiados por el compromiso. En resumen, el viejo rockero nos clausuró el calvario y, aunque de forma poco civilizada, todos nos sentimos un poco aliviados, a pesar de los insultos.

Pero lo cierto es que Fede fue amenazado aquella vez de muerte a la vista de todos.

               En principio tratamos de aquietar las aguas los días subsiguientes ante su insistencia de raparse; de cambiar maquillaje por cara lavada y remeras discretas, de intentar pedirle un puesto a su abuelo a cambio de abandonar las cuerdas. No. Convenimos en varias reuniones- yo no tan insistente por motivos obvios- que apoyaríamos al muchacho que por aquellos días vivía aterrado dentro de su departamento.

En un recital en Excursionistas, auspiciado por la revista Expreso imaginario que dirigía Roberto Petinatto, después de tres días maratónicos, Pappo declaró nuevamente ante sus huestes de metal que odiaba a los Alonso tanto que no solo quemaría sus instrumentos, sino también al cantante*.

Los miles de chicos y chicas ubicados en el campo aullaron extasiados después de la confesión, comenzando a corear diferentes cánticos a favor del rock pesado. Por supuesto, no hubo uno allí presente, que al salir del recital no se preguntara quienes eran esos sujetos que ponían a su ídolo al borde de un infarto.

De allí mi acusación fundada:

 Si el líder de los Alonso s"entrega es asesinado esta noche, el único responsable será Pappo Napolitano, o algunos de sus fervientes seguidores ortodoxos.

A las diez de la mañana de un domingo caluroso de Enero del dos mil siete, en una de las tantas arenas de la costa argentina, el hombre-que en definitiva soy yo- extiende el Clarín apoyando sus puntas en la reposera, de cara al sol y con una leve brisa mojándole los dedos largos.

La nota, en página dos da cuenta de una pareja de contrabandistas argentinos detenidos en el museo Nordiska de Estocolmo.

 "El señor Julio Ibarloechea y la señora Carolina Prol han sido arrestados por los servicios de la policía sueca, hallándoseles en su poder numerosas fotos de obras robadas en el museo de Cataluña, que al parecer tenían como destino los países árabes". Además, relata con precisión el periódico, llevaban consigo una importante cantidad de diamantes y una suma cercana al medio millón de dólares.

La foto de ambos, en colores y con poca nitidez, empaña los ojos cansados del hombre y hace titilar su labio inferior. Como un susto en un túnel o el estallido de una piedra en su frente, nada de lo que lo rodea tiene sentido y comienza a menear la cabeza como quién desea asegurarse de haber dejado atrás a sus perseguidores. Ni las bellas olas, ni la tibia sensación bajo la planta de sus pies lo retienen. La vida es el instante del recuerdo, no más. Todos sus poros y todas sus uñas, sus pestañas y cicatrices emprenden viaje junto a una luz que siempre parece descarrilar. Recordar es para él volverse frágil, dudar, deshacer pequeños castillos armados en la arena. Flotar hasta encontrar una imagen que creía olvidada, veinte años atrás, acurrucado en un sillón de piel de leopardo, en un local de la calle Balcarce donde hoy se levanta un minimarket, para observar detenidamente a los mismos que aparecen en la nota. Una vez allí mira a Julio Cesar con fuerza, como queriendo explicarle algo y siente que no puede recurrir a palabras de este mundo. Lo ve joven, presentando a los Alfonso envuelto en una bata dorada, a punto de romper un violín con furia en su cabeza. A ella la siente en su pecho a punto de explotar y necesita salvarla mientras recorre mesas como un cisne dentro de una historieta, con la velocidad y la torpeza que solo tiene el tiempo del niño.

-Nunca terminaré de entender como pudieron enamorarse- dice el hombre con rabia, flagelándose, ya de vuelta en el espacio y el tiempo.

Sus hijos vuelven a arrojar la molesta pelota contra su reposera y los insulta, para luego arrepentirse. Comienza a gotear y el heladero no deja de gritar en círculos. Todo es rápido e irritante. El hombre mira al cielo como si allí se corporizara el destino y se levanta autómata hacia el hotel. Camina lento por la costanera con sus dos pequeños sintiendo la fragilidad de sus manitas, la misma que tienen los peces de colores.

En la puerta, al llegar, su mujer sonríe con la cartera colgada en el hombro izquierdo señalando un nubarrón que pasa.

Habían quedado en cenar rabas en el restauran de la calle peatonal, en familia.

 Ahora cree que lo mejor será disculparse acusando un malestar en la boca del estómago, sin decir nada sobre lo que ha leído, acariciando las pequeñas cabecitas rubias de Martín y Nazarena, guiñando un ojo. Explicándoles, en cuclillas, que no hay nada de que preocuparse, que su padre solo está agotado por el viaje y que necesita descansar. Su mujer no insiste y lo besa en la comisura de los labios con pereza. Al verlos desaparecer en la esquina, el hombre rompe en llanto y sube a la habitación casi corriendo. Una vez allí, se deja caer en la cama mirando el techo. Sabe que necesita dormir y que no podrá. Abajo, el conserje escucha una canción de los Alonso en un programa radial que rescata éxitos de décadas pasadas y deja de escribir en la carpeta de ingresos, para dar lugar así, a una delicada sonrisa entre despreocupada y nostálgica, sin atender al estampido de un trueno.

                                                          SERGIO  BALLATORE

                                                          SERGIO  BALLATORE

* la nota íntegra apareció publicada en el mes de octubre de 1987 en la revista de rock Pelo

El 1º de Segundo, GONZALO RUZAFA

Publicado en Cuentos el 12 de Abril, 2008, 15:16 por MScalona

GRUPETE 022

Circus

'Fair Lady, throw those costly robes aside,
No longer may you glory in your pride;
Take leave of all your carnal vain delight,
I'm come to summon you away this night.'

"Death and the Lady"

Canción folklórica inglesa

[…si lo hago es porque no imagino que más hacer por estos minutos, entonces lo relato resignada y de a partes; lo construyo en segmentos que finalizan y vuelven a comenzar, tal vez emulando la actuación en vaivén del rojo penetrante, que me colma junto a cada pared en esta habitación, acaso imitando el movimiento de costras informes, de vejados deshechos que ahora abandonan reticentes la zona; dejando lugar a los tonos coagulados, a aguas que desarman la suciedad y socavan y roban su estructura. Se diluyen con calma entonces,  en dejos rosados o cuadradísimas rejillas, vacíos barrotes que sin  buscarlo sacian su sed infinita;  todo esto mientras devuelven al olvido aquello que (si me preguntan) jamás debería haber formado parte de la memoria en un primer lugar…]

Corresponde iniciar aclarando que sólo en contadas situaciones creo haber tomado la mía, como una tarea dificultosa. Es cierto que si hubiese sabido con anticipación los espantos que me iba a ver obligada a trapear algún tiempo después, innegablemente hubiese dudado a la hora de tomar este trabajo que de manera tan gentil desplegaba Sergei ante mí. Acepté. La paga no estaba mal, hacía ya tiempo que la demanda de empleadas domésticas escaseaba y por último (aunque quizás sea esta la causa más importante, seguramente por mucho la más relevante de todas); desde siempre había querido trabajar a su lado. Aunque fuese limpiando excrementos y restos plantados por bestias inverosímiles, o barriendo papeles de golosinas o fregando o baldeando o haciendo lo que fuese; igualmente yo lo deseaba; claro que con la inamovible condición de que lo hiciese cerca de Sergei, debo aclarar que sobre todas las cosas anhelaba ser parte de su circo.

Danzaban vívidas en mi recuerdo aquellas carpas gigantescas que solían avasallar el baldío a dos cuadras de casa, eso allá lejos, cuando aún vivía con mis hermanos en los lindes mismos del pueblo, eso cuando éramos pobres y lo sabíamos. Cuando lo sabíamos y demasiado bien lo sabíamos. Eran los camiones jaula y los tráileres llegando, era el bullicio colmando una a una las calles y locales, era el circo llegando; sólo eso en definitiva: el circo. Y este esporádico golpe a la rutina significaba  una sola cosa; lo cotidiano (al menos por algunas semanas) le dejaba lugar a la quimera, al ensueño traído de los pelos por aquel reducto de fantasías. Solíamos implorar a papá, secar nuestras miradas suplicando infatigables por una entrada, hasta que uno a uno caíamos desvanecidos; rendidos, saturados por su fría indiferencia. Entonces escapábamos sigilosos a través de la noche, improvisábamos rendijas entre telas enlazadas con descuido, a través de endebles murallas que separaban payasos y guirnaldas del crudo deseo que nos poseía hasta los mismos huesos.

[…verdaderamente son pocas las veces que me detengo a pensar, admito que son contadas las ocasiones en que logro sumergirme de lleno por lo más inhóspito de mi conciencia, e indagar sobre mis excusas, e inquirir sobre las razones por las que cada día hago lo que hago, o digo lo que digo, o busco, reiteradamente busco lo que está cifrado en el no encuentro, en la no culminación, en la no certeza, en el vaivén; vaivén; vaivén del rojo , de la sangre ahora, de cartuchos vacíos y perdigones esparcidos azarosamente sobre lo que alguna vez fuera un techo; revueltos y barridos por la misma agua, por la misma agua agazapada en su eterna negativa a detenerse...] 

Recapacitando, la figura de aquel Sergei joven y esbelto enmarcado en un nítido desafío a la sensatez; saltando y tomando sutilmente el trapecio que se acercaba, liberando sin aviso un brazo y soltando el otro, y volando ahora hacia el riesgo o la tempestad; pero esta vez encerrando su torso en un giro, en un esquivar leve que sordo se diluía, eso en el preciso instante en que dedos incontables entrelazaban los de Misha, y la emoción y la duda y tal vez el miedo, sobre todas las cosas el miedo, fue ciertamente lo que me cautivaba a través del tiempo, aún atravesando la evidente decadencia plasmada en esta versión rechoncha y coja del artista. Sergei ya no era el Sergei que alguna vez había admirado: Sergei el acróbata, Sergei el bastión de Circus. Sin embargo cuesta desengañar al espíritu de las primeras impresiones, es este un proceso lento y saboteado infatigablemente por sensaciones pretéritas. Aún así hacía el intento, de corriente aprovechaba cada oportunidad en que recorría los pasillos durante las horas previas a cada presentación: Sergei gritando a los payasos que tardaban en alistarse, Sergei ajustando la montura de Oliverio, Sergei atestando de consejos a Misha, improvisando una caricia, algún burdo atisbo de sonrisa.

Ya comenzado el show todo cambiaba, acaso comparable al momento en que un pintor presenta su obra, la carpa atestada de sonidos ilegibles, la entrada magnífica de Misha dando la bienvenida ante los aplausos que no cesaban, marcaban para Sergei, el abandono de todo tipo de rol directivo. Eligiendo rincones en penumbras y deshaciéndose de todo tipo de pincel, se disponía a presenciar como un espectador más (aunque nunca fue un espectador más, eso lo sé con certeza ahora, ahora que ya todo está perdido) como cada engranaje de su inmensa maquinaria de entretenimiento cumplía su ineludible mandato, aplastando su esencia en un choque acerado, para transmitir al mecanismo de Circus, el circular movimiento que alimentaba los gritos, las risas, los urgentes resoplidos de asombro. Circus era popular, siempre lo había sido y desde que el cojo tomara las riendas lo era cada día más. Lo siguió siendo  aún después de los rumores acerca del primer suicidio (el primero de los que iban a venir) y las especulaciones que contaminaron cada diario de la zona, cada inhóspita transmisión radial. Circus era todo triunfo a pesar de los gritos desconsolados de Misha en el nacer de aquella mañana de domingo, a pesar de Yevgeny, de Yevgeny el domador, y su pescuezo lacerado de punta a punta.

No es extraño que pueda relatar detalles de aquellas horas fatídicas, es cierto que a todos les costaba salir del espanto que los calaba hondo desde el quiebre en la realidad que significó la tragedia; a mí, por otro lado, la noticia me resultó seductora. «Nunca sucede nada interesante» pensé, «entonces de repente   trabajo en un circo y de repente afronto el retrato de un hombre degollado». Fue esta la causa por la que permanecí prestando especial vigilancia a cada expresión en cada rostro, a los comentarios de cada persona que visitara la escena; era la curiosidad moviéndose incómoda en mi alma, haciendo a un lado la discreción junto con las buenas costumbres.

Evidentemente al momento de llegar la policía ya todos habían pasado por el tráiler, empapando sus retinas con la imagen precisa del cuerpo roto y vencido. Después de examinar detenidamente la escena, el perito no tardó en confirmar lo que todos aceptábamos taciturnos (ya habíamos visto las cartas, la caligrafía tosca, el vaso medio vacío de licor de huevo). Yevgeny se había matado y Circus lo lloraba.

– Enterrando el cuchillo en el extremo izquierdo de su cuello, el hombre recorrió un medio círculo sinuoso hasta alcanzar el lado opuesto. La muerte fue evidentemente causada por el copioso sangrado. – explicó el perito mientras volteaba a un lado la cabeza del cadáver – Al parecer el hombre falleció durante la madrugada, probablemente cerca de las cinco. Debe de haber estado especialmente alterado para elegir una muerte tan violenta, lo cierto es que no suelen verse casos así.

Sasha preguntó a Funes si no se podía tratar de un asesinato, agregó entre lágrimas que Yevgeny no era la clase de personas que uno espera se suiciden, y yo la vi tan tonta y tan ingenua, tan ilusa y tan bailarina. ¿Qué clase de persona es esa? ¿Quién pudiera rescatar de una pupila las ocultas señales de un espíritu desesperado? De cualquier manera el perito confirmó que el caso era indudablemente un suicidio, lo aseguró a partir de la postura del cuerpo, de la ausencia de huellas, se fundó en ese estrafalario vocabulario del que se suele valer un especialista para hacer sentir al resto como pobres mortales, plebe inquieta observando curiosa desde lo bajo.

Las patrullas se fueron casi tan rápido como deberían de haber llegado y Funes saludó a Sergei antes de partir. Había observado el procedimiento sin emitir palabra y apenas si agachó la mirada ligeramente mientras el comisario palmeaba su espalda. Me gustaría decir que no lo vi conmovido,  en verdad podría hacerlo pero sé que en el fondo sería una canallada,  Sergei se encontraba visiblemente perturbado.

[…reflexión discontinua que hace a las horas eternas, al renglón impreciso, a las causas ambiguas e interminables. Fin de los días, fin de los soles, fin del disfrute. Muerte que se plasma en el reposar perenne, la mirada aislada, las figuras rotas. Tristeza que todo lo colma. Tristeza. Tristeza llana. Escapen, alejen su esencia de la tristeza llana, del andar pausado, de jornadas eternas y causas perdidas; escapen diestros, escapen mientras puedan….]

Hubiera tomado todo el asunto como una de  tantas desgracias que suceden día a día, una de miles diseminadas por las secciones de policiales, pero que una siente tan lejos, quizás a causa de la distancia que implica el papel impreso,  tal vez debido a la gélida manera en que logra articular los hechos atroces un periodista, exprimiendo de los sucesos la ira, el dolor y el fuego; sin embargo no lo hice. Debo aclarar que me encontraba completamente fascinada por el hecho de poder merodear sin límites cada rincón de Circus; (es cierto que de tanto en tanto debía hacer mi trabajo, mas son pocas las veces que alguien advierte a la mujer encargada de la limpieza, de cotidiano se la ve como se observa un mueble, una alfombra, de la manera en que se presencia algo que a la vez está y no está en el marco de lo real) y  había visto la reacción de Sergei cuando el tigre malogró el salto a través del segundo anillo, cuando Oliverio escapó galopando antes de que Sasha pudiera hacer su rutina final la noche anterior al suceso. La mueca en su boca fue evidencia inconfundible de su absoluto fastidio.

Finalizado el espectáculo decidí seguirlo a través de la noche, pude verlo llamar con calma a Yevgeny, acercarse con lentitud a su lado. Lo cierto es que el silencio de las altas horas puede confundir a un oído ávido de eventos insólitos, sin embargo las palabras que oí decir a Sergei (y lo hice a pocos pasos, puedo jurar sin agitarme que expresó aquello que ahora repito) fueron precarias y se me hicieron ajenas a la situación.

No es eso lo que se espera de usted Yevgeny… – soltó Sergei – No es eso lo que se espera.

Yo creí que había sido un gesto gentil, moderado al menos. Personalmente esperaba una catarata de improperios que surgiera como un torrente de la lengua del cojo, sobre todo teniendo en cuenta el rigor con que el hombre manejaba a Circus. No lo fue, o eso me resigné a creer hasta que comprendí la forma en que Yevgeny absorbía cada vocablo, la manera en que su rostro delineaba la más cruda decepción, el más nefasto arrepentimiento. Sólo eso dijo Sergei y mientras se marchaba decidido, el domador permaneció algunos minutos de pie asimilando la partida, lo hizo sin siquiera batir una ceja. Al girar finalmente, y dirigirse hacia el tráiler iluminado apenas, sus pasos sonaron huecos aún a pesar de la blanda tierra que los sostenía, el semblante entero de Yevgeny se apreciaba tosco e impreciso. Al fin y al cabo nadie en todo Circus anhelaba defraudar a Sergei, absolutamente nadie deseaba hacerlo.

[…tizas y tizas trazan bosquejos delebles de figuras ausentes marcadas por la frustración;  en conjunto se hacen arcos, se enmarañan en siluetas tan imprecisas como la sensación misma, el sentimiento de congoja nos reúne en la nada, encierra esbozos de recelos en la torpe vacuidad  indescriptible con palabras ni versos; decepción, fracaso, traición, vaivén y vaivén (contiguo a todo lo que todo ello implica)…]

Del día siguiente al suceso sólo diré que fue uno de esos en los que una persona descubre la faceta más desabrida de sus obligaciones. Jamás se me había ocurrido reflexionar sobre el simple hecho de que alguien debe encargarse de borrar los desechos que abandonan los caídos, cuando al fin son forzados a huir hacia la madera, hacia las entrañas mismas de la tierra. La labor fue breve, una se acostumbra a lidiar con la suciedad, a tal punto que por momentos deja de razonar acerca de su origen; abrazando entonces la objetividad (quizás la indiferencia) se dedica a la monótona tarea de hacerla desaparecer;  dispersando coágulos y cabellos inclina la balanza hacia el lado del olvido, transforma la desgracia en anécdota irrepetible. El mundo acepta entonces (en silencio, eso siempre), acepta y a la vez agradece este táctico empujón hacia la normalidad.

Las circunstancias que envolvieron el caso de los payasos fueron diversas en cuanto a los acontecimientos, similares en lo que respecta al resultado terrible, a las consecuencias indecibles; porque entre todo lo que sobra en este mundo una no cuenta jamás a los payasos, figuras extrañas traídas quizás de un mundo menos agreste, de una cotidianeidad menos azul; y si la muerte de uno dispersa tristeza, la de cuatro lastima a niveles inhóspitos y desconocidos por las palabras.

Envenenamiento por monóxido de carbono – dijo el perito poco tiempo después de acercarse al Renault ocupado por los cadáveres. La llaman muerte dulce –agregó aburrido antes de subir en la patrulla de Funes.

Y era cierto que no quedaba mucho más por explicar, qué queda por decir cuando cuatro tipos se amontonan en un auto, y aceleran, y aceleran, y aceleran entonces, pero siempre inmóviles; y aceleran, y aspiran, siempre aspiran y siguen aspirando y siempre aceleran. Y lo hacen con porfía, lo hacen hasta que al fin sus vidas se escapan fastidiadas por cada vello, por cada poro; extenuadas ante tanto desgano, ante tamaña grosería.

No tardó en correr entre los artistas el rumor de que también en esta ocasión Sergei había conversado durante la madrugada con los que ahora confinaban el reparto de sonrisas al pasado de Circus, destacando contrariado la creciente impasibilidad de los niños ante sus más recientes exhibiciones. Lo repetía Dimitri el contorsionista, a la vez lo remarcaba Sasha (la misma Sasha que ahora pensaba en matarse, o no lo pensaba y lo sabía, o simplemente lo intuía, o quizás no). Circus se despoblaba y aún atestiguando el mórbido éxodo, Sergei permanecía inerte ante la situación. Todo se condensaba en su mirada vagamente desencajada, en floridos pésames gesticulados por Funes  (el mismo Funes que ahora descubría de qué manera todo esto lo superaba, cómo lo trascendía a él y cómo nos trascendería paulatinamente a todos)

[… comprobar, hacerlo sin sentido de la responsabilidad, sin deseo de distinción; sin sorna comprobar que lo inesperado espera, y lo impensado piensa; que lo lejano con justeza llega. Admitir que lo increíble juzga, que previene, y en su fe, en su eterna fe vislumbra, como hechos se unen en tendencias y marcos en concepciones. Concepciones blancas, motas, finas y rojas; trascendencia y no trascendencia, comprensión y no comprensión…]

Pasó entonces que mientras las sospechas se apoderaban de cada diálogo, la confianza que solía inspirar Sergei comenzó a diluirse junto con los deseos de concentración en cada presentación. De modo que los errores durante las rutinas comenzaron a multiplicarse furtivos y sin mesura. En un principio lo que abundaban eran simples fallas de coordinación, traspiés que la mayoría del público no advertía (claro que Sergei nada tenía que ver con la mayoría del público), sin embargo luego del martes en que Dimitri  decidiera  colgarse, la  gracia y precisión que atestaba Circus se volvió la más insana torpeza. Repetidos descuidos en la estimación de alturas y distancias culminaron en grotescas caídas, en accidentes con consecuencias atroces, y lo cierto es que no hubo espectador que fuese ajeno a esta situación.

El ocaso. Es sencillo percibir la proximidad del ocaso, absorber el sutil aroma del último de los crepúsculos. Y sucede que así como el esplendor desborda magnetismo y reclama infinita lealtad, la decadencia arrastra consigo a la indolencia junto con la mera desidia. Sergei lo sabía. Sabía bien que Circus se opacaba y que ya nada quedaba por hacer. Era cuestión de aguardar, aguardar mientras uno a uno los artistas emigraban hacia destinos menos agitados, abandonando para siempre el fervor y los destellos, el descontrol y la fama, sólo que esta vez sin recibir ovaciones a cambio. «Mejor huir, que ser huido» me dije, lo hice pensando en Dimitri el contorsionista, en Yevgeny el domador, en los payasos, quizás también en Sasha  (quién sabe la razón por la que mantuve inquebrantable la certeza de que también ella se iba a matar antes del fin).

De los últimos días conservo su elegancia de bailarina, la que mantuvo hasta el final, a la que supo aferrarse aún mientras se dejaba caer desde la cima de uno de los postes de alumbrado y se perdía junto con el porvenir de la aceitada maquinaria que supo ser Circus. Me quedo con la turbia sensación que significó presenciar el desarme definitivo del circo y la duda de no saber qué  salió mal, de ignorar el instante preciso en que todo se fue al demonio. En lo que respecta a la partida del cojo, puedo decir que no provocó mayor conmoción. Nadie quedaba ya para lamentar su ida y sólo yo oí el estruendo ahogado del disparo, sólo yo viví los difusos segundos previos a la apertura de la puerta del camarín, segundos que se plasmaron en la figura triste de un Sergei postrado, ya quebrado e irremediablemente extinto.

Rescatando de mi memoria la imagen lejana de aquel Sergei joven y triunfante, extasiado  una vez culminada su rutina, fue que decidí apoyar su brazo derecho encima de su falda, dejar caer su torso hacia adelante, hacer a un lado la escopeta y acomodar sus piernas inclinándolas levemente en una postura que evidenciaba la reverencia. No hubiese deseado que un Funes confundido equivocase la imagen de un hombre abatido, con la de un artista consumado, cuando finalmente abandona la escena.

                                                                                                GONZALO   RUZAFA

EL 2º - CELESTE GALIANO

Publicado en Cuentos el 6 de Abril, 2008, 18:26 por MScalona
FesFintall-07 (15)

Qué suaviza a los guijarros

Si  chupo el suelo con una caña o respiro tenso como los buitres da lo mismo, el agua  no aparece. Tomo aire, lo suelto rápido, conservo el frescor; la sal me escama los labios prisionera entre los velos de la aurora y el viento vibra desde un toldo seco, cansado de inventar la sombra.

Desde hace varias lunas mi caravana deambula enturbanada y perdida sin distinguir la tenacidad de la porfía; ignoro si el desierto es mi peor enemigo, es el único que enfrento.

El Emir se niega a desandar el camino buscando el oasis de su memoria, y no con basta descalzarse sobre la arena para despertar de una huella algún brote oculto adormecido por los años.

Que sólo nos desviamos un poco, que el horizonte se gana, que ya falta menos, miente el Emir suspendido en el cosquilleo de una pestaña, cuando un verdadero elegido no explica ni sufre con su pueblo, ni espera traducirlo. Mi mente vuela alto y feo, blasfemo. Yo no era así, tal vez haya cambiado. Desde hace años no veo un mercado, una nube o una flor, y ya no me basta con imaginarla; los espejismos me han abandonado.

Todo lo que crece necesita más humedad que imaginación; el vientre seco de una mujer no acepta engaños. Nuestro Señor camina agotado, sin rumbo, con aliento a hipopótamo recién muerto, reanimado de un soplo y vaciado después. Acaricia un odre seco entre los muslos, niega que hayan pasado más de seis días desde la partida, ve cómo una de sus esposas cruza las piernas aterrada. Ocultar el ábaco de los órganos femeninos no es fácil; el Emir percibe un cambio y lo golpea, se ensaña con cada señal de vida presente en los cuerpos que no controla, que los relojes son de arena y no de sangre, carajo, a él nadie lo contradice; hace tres meses que viajan desde hace seis días y basta. Mujeres, habría que embarazarlas o ahogarlas.

- - - - - -

Mi nombre es Rania Kadima, pero el Emir me dice Naranja por mi piel cobriza; cocino dulces y desperdicio alegría. Me gusta bailar sonriente, untada en aceite de almendras. Siempre que el viento sopla, el Emir aspira quién soy; ahora me pongo un poquito, en los tobillos nomás, para que no se me adhieran pelusas en las partes. "¡Estatua de polvo!¡Pedazo de camello!", me gritan las otras de celos, seguro, por mi nariz curva pero interesante, nada de narigona che. Mamá me dijo que mis rasgos emanan cierto exotismo, esa sensación salvaje que te produce acariciar la trompa de un dromedario ¿la tenés? A veces las chicas me hacen sentir tan mal que me paso jabón para sacarme lo raro y nada, no se va, me lamo y  tampoco sale, me siento fea y me pongo mal y lloro y no veo, y corro y corro corro, y no me puedo frenar, y no sé cómo, termino amontonada en la panza del Emir como una duna quemante. Él me mira, me abraza, ¡es tan lindo! Quiere colgarme cascabeles para, para, pará que me acuerde…. para no olvidar por donde camina la felicidad cuando el enemigo le saque los ojos, eso.

Al principio, en el harem nadie me hablaba, me aburría, me ponía triste. Por suerte ya no; hace poco raptaron a una nenita tuareg, Bathna se llama, degollaron a sus padres, pero ya pasó, ahora es mi amiga y parece contenta, hasta magia me enseña. Juntas cavamos un pozo secreto requetehondo del que brota agua bien cerca de la tienda.

Yo quería contárselo a todos, pero Bathna se puso seria, abrió las palmas como un cofre, y me tapó la boca. "El agua, la comida y los besos no se regalan ¿no te lo enseñaron?". No la entiendo, pero me encanta oírla.

Un día me levanté tempranísimo para recoger leña, cosa que te cuento no hace ninguna tan bien como yo. Bathna ya estaba despierta, sentada bajo un árbol espinado de raíces largas, moliendo maíz para preparar harina. Como le faltaba un rato me fui al lado del pozo. Para que no se me volara el atadito de ramas, lo cubrí con unas pieles de cabra, unas bastante pesadas, a resguardo del viento. Después oriné bien lejos y desorienté a los animales con mi intenso olor a persona.

Cuando volví, me quité las ropas e impedí que escaparan por el aire, aplastándolas apurada entre dos piedras grandotas.