"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Cuentos


ROSARIO SPINA

Publicado en Cuentos el 19 de Septiembre, 2014, 14:14 por MScalona

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UNA ESFERA TEMBLOROSA Y FRÁGIL -- Rosario Spina

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Tenía miedo de que la soledad se volviera peligrosa, inabarcable. La voz de la doctora le sonó como dentro de un tubo metálico. No sabía qué hacía ahí. Pero ahí estaba.

Desde los 21 hasta los 40. Irregular, a veces cada 30, otras cada 20. Las dejé en el 2005. Sin contar los días, tres años.

Tomó un taxi. Aprovechó el trayecto para organizar la cartera. Guardó las órdenes en un sobre. El de la antimulleriana tarda 20 días, cuanto antes lo hagas, mejor, así vamos viendo. 

- ¿A alguien de tu familia se le retiró temprano?

- No sé, creo que no. Bueno, mi vieja seguro no. La operaron de un fibroma a los 55 y todavía le venía.

- ¿Abuelas?

- No sé. Tendría que preguntar. 

- Está bien. Traé los resultados apenas los tengas.

El taxi tomó por Corrientes y cruzó Córdoba. Miró la peatonal. Muchos tipitos de traje enfrascados en conversaciones al celular. Ya no es cool ser yuppie. Tanto tiempo iluminados por las luces de las pantallas y otros haciendo plata con sus contracturas. Sus luces para otros. Ella sabía que podría compartir todo, menos eso. 

Desbloqueó el teléfono. Siguió leyendo: La inhibina B fluctúa. Por su lado, la antimülleriana no está regulada por FSH. La inhibina fluctúa como el deseo. Muchas noches ella se duerme antes de lo planeado. Aunque él la abrace y le respire en el cuello. ¿Y qué con el otro deseo? Calculó. Si vuelve con al psicoanálisis, le llevaría unos tres o cuatro años. Sumó. Imposible, demasiado tiempo de sobrevolar el problema como para invertir más solamente en hablarlo. Cuando ella decía esta clase de frases pragmáticas, su ex la acusaba de insensible. No, especuladora le decía. Así le fue. Regó hijos con quien pudo y ahora se la pasa dopado y rompiéndose el lomo para sostener tres casas. Ella, en cambio, siempre fue una fanática de la síntesis. 

- ¿Me das turno para un análisis?

- ¿Obra social?

- OSDE. Ya la tengo autorizada

- Dígame el número de afiliado señora. 

- (…)

- ¿Pero a usted le dijeron que puede hacerlo acá ese análisis?

- Me atiendo ahí, claro. 

- Aguardemé un segundo, señora

- Dale, pero que haga un tratamiento de estos no significa que sea “señora”

Para Elisa y la concha de tu madre. ¿Dónde fue a preguntar esta mina?

- Perdón la demora, señora. Me dicen que cuando venga tiene que abonar un coseguro de $500.

- Pero si ya pagué en la obra social. ¿Por qué tengo que pagar de nuevo?

- A ver, aguardemé

Para Elisa, recargada

- Señora. Tome nota del turno. Viernes a las 8.30. Venga y hable en Administración.

- ¿Y te dijeron si tengo que pagar o no?

- Me dicen que venga en ese horario

- Yo entiendo perfectamente cuándo tengo que ir. Pero mi pregunta es otra. Vos sabés que hay una ley. Y mi obra social tiene convenio. Necesito que me digas o busco un laboratorio externo y listo.

- Aguardemé un segundo. 

- No señora, no tiene que pagar

El taxi tomó San Lorenzo. Vio un mar de gente navegando en las calles, apabullada de tareas, imitando gestos ajenos para sentirse propios, singulares. Tampoco era su culpa haberse dado otra orden durante años mientras examinaba el pis que caía al inodoro. Ni se te ocurra quedar, ni se te ocurra quedar. Mirá vos. Diez en programación neurolingüística. Después en el papel higiénico buscaba las primeras pintitas de sangre. El rojo siempre venía. Y el instante del alivio: un mes más. 

El movimiento del auto acompañado del brillo del celular eran una combinación horrible para leer. Igual siguió: la antimülleriana no está regulada por FSH. Esta hormona regula la incorporación de folículos y asegura una mono-ovulación. Cuando está en niveles muy elevados inhibe la acción de la FSH determinando anovulación.

El taxi dio un frenazo sobre mitad de cuadra. Una chica joven, unos 20 años, cruzaba con dos nenes casi de la misma estatura. Arrastraba a uno en cada mano. El más pequeño despeinado, como si recién se levantara y hubieran tenido que salir de repente. Tirar siempre del otro con esfuerzo, la imagen perfecta de la maternidad. Eso le recordó que no le había devuelto la llamada a su madre. Ahora va a pensar que un par de tipos la secuestraron, la violaron y la descuartizaron. O que se le metieron en el departamento mientras dormía y ahora yace en la cama rodeada de sangre. O que se descompuso a la madrugada y ni atinó a llamar a alguien y ahora está hinchada, los ojos desorbitados y el pelo enmarañado, seca sobre el parquet del living. Cuántas películas mira su vieja. Ojalá ella tuviera tiempo para hacerse la novela. Atinó a llamarla pero no tenía ganas de escuchar reclamos. Después se arrepintió: necesitaba preguntarle del cactus. Pensó que si su vieja tuviera whatsapp podría enviarle una foto y listo. A veces las palabras sobran. Además ¿cómo iba a explicarle que la planta estaba rara y medio caída de costado? ¿Te fijaste la tierra? ¿Sigue teniendo el mismo verde? Las espinas, ¿las tiene muy finitas? ¿Lo viste si creció desde que te lo llevaste? No hubiera podido contestar ninguna de esas preguntas. La tecnología se lo habría hecho más fácil. Sobre la página que estaba leyendo abrió otra y tipeó: ¿cómo cuidar un cactus? Se sintió fatal. 

- ¿Qué hacés? ¿Viniste mucho antes? - Bárbara la esperaba en el bar

- Me dejó Juanjo antes de ir al negocio ¿cómo andas?

- Bien. Corriendo. ¿Vos?

- Harta. Tengo unos grupos horribles. El 1º año es insoportable. Los lunes me quiero matar, los mataría a todos. Cuando salgo de la escuela, agarro circunvalación a 140. Es lo único que me saca la rabia. Un día de estos me pongo el auto de sombrero. 

- Estás perdiendo el tiempo. Ya te lo dije. Anotáte en terciarios o comprá la llave de un local y ponete a vender ropa. 

- En fin... Lo tuyo?

- Mañana me hago el análisis. En 20 días me dicen.

- ¿Y cómo estás?

- Bien. Va a estar todo bien. ¿Ya pediste vos? ¿Tomamos una cerveza?

- No, bueno, dale. ¿Te parece a esta hora? Che, ¿no pensaron en ir del Padre Ignacio?

- ¿A?

- Dicen que es muy bueno con estos problemas. A mi primito le pusieron así por él. 

- Vos decís que si rezo dos avemarías, un gloria y lo dejo al Padre Ignacio que me mande mano quizá me crezcan más folículos. Bueno, quién te dice, los negros siempre me calentaron. 

- Rajá boluda, te hablo en serio

Bárbara le dio una mirada comprensiva. Eso le molestaba. Le molestaba la gente que la observaba desde la distancia de la superación, como si ella fuera a repetir los pasos de los demás. Pero había algo peor que eso. Varias de sus amigas, resistidas durante años a tener hijos, ahora estaban enfrascadas en preparar cumpleañitos con la figura de Spyderman hasta en la sopa. El monotema las devoraba en cada charla. 

Che, ¿cuando nos vemos? Tomemos un café

Estoy a full con los preparativos, amiga, ¿charlamos en el cumple? ¿venís?

¡Pero si para el cumple faltaba un mes! ¿O estaba equivocada? Ese día tuvo que llegar a su casa para chequear la agenda. Sí, faltaba un mes y una semana. Y por supuesto, ya se imaginaba lo que iban a poder charlar en el cumple mientras el pibito se tiraba la torta encima o largaba una catarata de mocos. No sabía si quería la maternidad, pero estaba segura que iba a resistir con todas sus fuerzas al anarquismo del monotema. Un doble precipicio al que asomarse.

- ¿Y si no? – preguntó Bárbara

Carla miró a la ventana siguiendo un punto impreciso que su amiga no pudo detectar. Su rostró se opacó por un instante pero volvió a recuperar enseguida su luminosidad. 

- Tendríamos que pedir donantes - dijo mientras trataba de ubicar al mozo con la vista y guardaba el celular en la cartera. Se ató una cola. El cabello le llegaba a la cintura. Esos días de calor eran insoportables para tenerlo suelto. Tomó un pañuelo descartable y se lo pasó por la cara. Odiaba el tono brilloso que le daba el smog al pegarse en la piel. Se miró los anillos y se acomodó el que llevaba en el anular; siempre se le ponía boca abajo. 

- Pero ya fue. Va a estar todo bien – respondió. La voz le tembló un poco - ¿Juanjo? ¿el negocio?

Como tenía un par de horas libres prefirió volver a su casa caminando. Se puso los auriculares y eligió las mejores de los Rollings. Las calles estaban desoladas, el calor de la tarde parecía desalentarlos a todos. Cuando estaba a tres cuadras, vio a una mujer poniendo pequeños afiches rectangulares en los postes de luz. Había perdido a su perra y la cara de la mascota se multiplicaba durante toda la cuadra. Pensó si esa mujer viviría sola y el animal sería su única compañía. O si habría chicos que la esperaban todas las noches y ahora verían la cucha vacía. Pensó en alejarse. Pensó en perder. 

Durante la madrugada soñó que invitaba a una de sus conocidas monotema a cenar a su casa y tomaban dos botellas de champagne. Una para nosotras y otra para el invitado, decía su amiga. Entonces ella buscaba en la mesa pero solo se veía a sí misma, a su amiga y a las copas. Descorchaban, brindaban y su amiga decía que ahora sí, tendrían que dejar hablar un poco al hombre que estaba en la punta. Entonces volvía a mirar. En el extremo de la mesa un hombre muy parecido a su padre -el mismo pantalón y chaleco con el que lo habían velado- alzaba una copa de cerveza que derramaba espuma sobre el mantel. Más cerca, en una frapera transparente nadaban peces de colores. Como si fuera un picle, su amiga pinchaba uno con un escarbadientes. El pequeño pez se retorcía y aleteaba en el aire, traspasado por lo que ahora ya no era un escarbadientes sino una aguja de crochet. Mientras, el hombre parecido a su padre reía y su panza temblaba acompasadamente. La risa sonaba a eco. Lo miró bien. Cuanto más observaba la figura, más parecía ir deshaciéndose en el aire. Quiso pararse para ver de cerca. Esta vez no te vas, musitó. Pero aunque lo intentó no logró acercarse: su amiga parecía estar atorada con el pequeño pez. Su cara se ponía cada vez más roja. Aún así, con la mano derecha siguió apretando la copa de champagne. Y atragantada, con espasmos y con una sonrisa que oscilaba entre perversa y divertida, levantó la copa y brindó por ella. 

Se despertó. Cuando los sueños se ponían heavies ella tenía la habilidad de despertarse. Fue hasta el living porque creyó escuchar un sonido raro, como de cristales que se rompen. No podía olvidar la panza de su padre, o de quien fuera ese hombre parecido a su padre, temblando al ritmo de las carcajadas. Se miró las manos, le dolían los nudillos, los habría estado apretando durante el sueño. El cielo estaba oscuro pero dócil. Pensó en su madre. Pensó en Marcos y sus ilusiones. Contó los días que faltaban para saber el resultado. Convirtió eso en horas y le pareció mucho, realmente demasiado. En la esquina de la ventana comenzaban a verse las primeras luces del día. Más allá estaba el cactus: completamente caído hacia un costado. Casi sin vida. Tomó la maceta y apoyó despacio una mano sobre las espinas. Como si tuviera que protegerlo de algún extraño mal. Como si lo acunara. Después hundió uno de sus dedos hasta que el dolor fue ácido. Lo miró. Observó crecer la gotita de sangre hasta volverse una pequeña esfera temblorosa y frágil. 

Afuera ya se escuchaban los primeros sonidos de la mañana: el ruido inconfundible del trole, el apuro de los primeros autos saliendo hacia el trabajo. Sintió ganas de llorar pero logró contenerse. Abrió la puerta de la heladera; la luz le iluminó brevemente el rostro. Sacó la leche, puso la taza en el microondas y se sentó a esperar. 

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RUBÉN LEVA

Publicado en Cuentos el 20 de Mayo, 2014, 20:32 por MScalona

Un héroe doméstico                                             

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Lo conocí bastante tiempo antes de que ocurriera la tragedia. Yo cursaba por entonces mi cuarto año del secundario. Se incorporó a nuestra escuela casi al final del ciclo lectivo, venía de un ignoto pueblito de Córdoba llamado Ordoñez. Su padre era Gerente de Banco y había sido trasladado a la sucursal de San Antonio inesperadamente. Lo recibimos de manera bastante cordial teniendo en cuenta la hostilidad que sentíamos hacia a los extraños, sobre todo si eran forasteros. Nuestro curso contaba con  apenas quince alumnos, catorce de los cuales éramos varones, todos poco afectos al estudio. Algunos, sin embargo, solíamos aventurarnos por un camino anárquico de lecturas siempre un poco sospechosas de vanguardistas cuando no de subversivas. Sumar  uno a la tribu, pensábamos con cierta ingenuidad pero escaso optimismo,  achicaba un poco la posibilidad  de tener que pasar a dar la lección. Pero a Ordoñez, así lo llamamos desde el primer día sustituyendo su impronunciable apellido polaco por el del pueblo de donde provenía, eso no le importaba en absoluto. Él tenía muy clara su vocación, quería ser médico, y, como pronto lo demostró era, al decir de la profe de Matemáticas, un alumno muy aplicado y estudioso, para nosotros un traga,bah. Claro que lo que  no se imaginaba (no podía preverlo) era el embrujo en que iba a caer apenas conociera a Nancy.

Nancy, desde la austeridad de su trono de tosca madera en el primer pupitre, reinaba de manera a veces despótica, a veces indulgente, a veces desdeñosa y hasta cruel sobre sus catorce súbditos siempre incondicionales, siempre amantes caballeros al pie del corcel dispuestos a salir a la caza del dragón para ofrendarle su cabeza todavía humeante antes de la caída del sol.

Todos pudimos ver el destello fugaz pero inexorable que cruzó por los ojos celestes, casi grises del polaco Ordoñez, cuando la conoció. Todos pudimos ver la sonrisa seductora que Nancy le dedicó y el insinuante beso en la mejilla que enrojeció como una brasa ardiente la cara pálida del polaco. Todos supimos, desde ese mismo momento, que el polaco ya no tenía remedio y quedamos atentos a los próximos acontecimientos.

Pero no habría próximos acontecimientos porque Ordoñez era un tímido incorregible. La miraba desde lejos mordiéndose los labios y cuando ella se acercaba le temblaban las manos y la mandíbula de tal modo que apenas podía articular alguna frase coherente. En esas ocasiones sólo conseguía hablar de temas relacionados con la escuela: que en qué fecha son las trimestrales, o para cuándo la prueba de química. Cuando la charla se prolongaba demasiado o entraba en un terreno más personal ya en el colmo del azoramiento, con un soplido incómodo movía bruscamente la cabeza hacia atrás y acompañándose con la palma de la mano derecha intentaba acomodar el mechón de pelo rubio rebelde y lacio que le caía siempre sobre la frente. Ni siquiera se atrevió a sacarla a bailar en la fiesta de graduación, claro que ese acontecimiento estuvo enmarcado para él en la postergación de sus sueños más preciados.

 

No sé bien cómo llegamos a ser tan amigos, tal vez el gusto por Spinetta o los Beatles o el reciente descubrimiento de Neruda y del Che y del peronismo. En esas noches junto al winco adelgazando el elepé de Almendra hasta casi la transparencia nos hervía la sangre sintiéndonos parte inevitable de la próxima revolución socialista. Pero a veces el polaco se quedaba absorto mirando al techo o a la noche oscura a través de la ventana que daba al patio. Entonces no articulaba palabra pero yo sabía en quién estaba pensando. ¡Qué bárbaro este flaco! Mirá que poner eso de pechos de miel. Cómo se le habrá ocurrido, no habrá tenido miedo de que lo censuren, decía, por ejemplo, tratando de disimular su turbación al volver del sortilegio amoroso en el que estaba suspendido desde el día en que conoció a Nancy. Los pechos de Nancy, pensaba yo. Una miel que quizás él probaría alguna vez; yo, Nancy ya me lo había hecho saber derogando toda duda razonable que pudiera rondar por mi cerebro adolescente, era abeja de otra colmena. Él tendría que ver, en ese caso sería su problema, cómo se las arreglaba con el gusto de ella por Sandro y su supina ignorancia de los Beatles y el rock nacional y Neruda y el Che y Cuba y la revolución socialista y Perón. Era una incongruencia difícil de tolerar y superar. Pero el amor todo lo puede, dice la gente de fe.

A la madre la conocí en alguna de esas visitas nocturnas a su casa. Para no molestar nos reuníamos en un galponcito del fondo que oficiaba de lavadero y que estaba cruzando el patio de baldosas amarillas. Ella nos alcanzaba el mate ya preparado y un termo con agua caliente, saludaba y se iba a dormir. La recuerdo como una mujer alta, rubia, de ojos verdes, muy hermosa, siempre sonriente y bromista. Pero nunca tuve mucho contacto con ella ni con su padre al que, de hecho,  ni siquiera llegué a conocerle la voz. Lo había visto fugazmente el día en que el polaco vino a su primer día de clase. En esa ocasión lo trajo en su auto y, sin bajarse, lo dejó en la puerta. En las visitas a su casa no lo veía. Cuando yo llegaba él ya se había ido a dormir o estaba en el living mirando alguna película por televisión. Nunca se acercaba a saludar. Se decía que era un hombre muy taciturno y solitario y parecía ser así.

 

-¿Viste el noticiero anoche, Lalo?

-No. Estuve escuchando música ¿qué pasó?

-No me digas. Vos y tu familia viven dentro de un frasquito de azafrán.

-Por qué decís eso, polaco ¿qué pasó?

-Lo mataron a Aramburu, loco.

-¿Qué?

-Sí. Los Montoneros. ¿Viste que decían que lo iban a largar? Minga, mirá cómo lo largaron, lo fusilaron, lo reventaron.

En ese momento íbamos rumbo al colegio y estábamos cruzando la plaza que está frente a la iglesia, me paré y lo miré a los ojos justo en el instante en que, disimulando un poco,  se hacía la señal de la cruz, después, en un gesto cómplice y algo teatral, me tapé la boca con la bufanda, como si alguien estuviera espiando para leerme los labios y le dije murmurando casi al oído:

-¿Y vos qué pensás, estás de acuerdo, polaco chupacirios?

-Qué se yo, loco. El tipo era un hijo de puta, pero matarlo…

-Y Bueno, cuántos peronistas habrá matado él. Y, usted sabe, compañero, no hay revolución sin muertos ni fusilamientos.

-Claro, sí, eso dicen. Mirá los rusos ¿no?

-¡Ja!, ¿y los franceses? Cierto que esos no eran fusilamientos, pero la guillotina cumplía muy bien su papel.

Hasta llegar al colegio no volvimos a hablar. Yo, excitado por la noticia, encendí un pucho mientras pensaba en el hombre nuevo, en ser protagonista de los cambios que se avecinaban y, tal vez, en estudiar filosofía o sociología o psicología, qué se yo. ¿Qué podía ser útil para contribuir a la revolución? Tal vez, ciencia política sería mejor, o quizás abogacía. ¡Tenía un matete en la cabeza! Él no sé en qué pensaba, pero por la cara que ponía y por su andar como en las nubes y su mirada perdida y sus suspiros desesperanzados presumo que pensaba en Nancy, en que tenía que hacer algo, tomar alguna decisión, hablar con ella porque estábamos en junio y a fin de año terminábamos el secundario y venía la despedida que nos organizaban los de cuarto y la fiesta de graduación y el baile y con todo eso la gran oportunidad de intentar el desembarco en esa playa tan deseada. Después cada uno tomaría su rumbo, qué pasaría entonces con Nancy pechos de miel, corazón de tiza, ojos de papel. La mayoría de nosotros no había decidido aún qué hacer con su futuro pero ¿y si Nancy decidía estudiar algo raro en alguna Universidad lejana? ¿Si no iba como él a Rosario que ya tenía decidido estudiar medicina? ¿Qué haría entonces? No había que dejarla correr. Quédate hasta el alba, Nancy, piel de rayón. Los tiempos se acortan, polaco, hay que actuar.

 

 

Cuando entré al living convertido en improvisada capilla ardiente, tal como se estilaba hacer en mi pueblo en esa época, la madre del polaco apartaba con su mano una mosca terca y voluntariosa que intentaba posarse sobre la cabeza de su marido muerto. Recién en ese momento pude ver bien su cara redonda más pálida que nunca, su nariz aguda y larga  apuntando al techo como señalando el sendero que debía seguir su alma, aunque a juzgar por lo que muchos dijeron después no le hubiera sido posible superar la altura del cielorraso, su pelada incipiente, su frente surcada por arrugas profundas como zanjas, sus labios finos y morados, sus párpados ajados como papel de diario viejo coronados por una moneda de un peso clausurando unos ojos que ya no volverían a abrirse. El polaco estaba sentado cerca del ataúd, muy serio. Me senté a su lado y, sin saber qué decir, le palmeé la rodilla, él me miró con esa mirada indefensa que tenía y entonces pasé mi brazo izquierdo por sobre sus hombros y lo apreté fuerte. Sollozó un poco, se secó torpemente las mejillas con la palma de la mano y volvió a quedarse muy serio.

 

Todos los planes para el abordaje de Nancy se vinieron abajo. Para él la despedida que nos hicieron los de cuarto, la joda posterior, la fiesta de graduación, todo, fue una cagada. En el pueblo se corría la voz de que a su padre lo había matado el disgusto que le causaban las infidelidades de su mujer, que era por eso que lo habían trasladado desde Ordoñez, que en el  banco había grandes intereses económicos de la iglesia, que tenía gran influencia el Opus Dei, que, decían los accionistas y ejecutivos del banco, los sucesivos escándalos protagonizados por la madre del polaco afectaban la dignidad y el buen nombre de la institución y que por eso habían trasladado a su padre con un ultimátum bajo el brazo: el próximo escándalo culminaría con su despido.  Y parece que así fue, aunque yo no supe nunca de ningún escándalo y me costaba mucho trabajo creer en eso porque la madre del polaco me caía muy bien y me parecía una buena mujer. Sí supe más tarde que don Ernesto tenía un vicio secreto. Le gustaba mucho el turf y era un gran jugador. Aunque nunca acudía a ningún hipódromo y nadie sabía de las pasiones que desataban en él los caballos. Había encontrado la manera de hacer sus apuestas por teléfono y eso mantenía a todos los conocidos fuera de ese mundo. Tenía grandes deudas de juego en el momento en que sufrió el infarto. Esas deudas, contraídas al parecer con dineros non santos del banco que él sustraía con maniobras muy sutiles e inteligentes, minimizaron a tal punto la pensión que recibió su esposa luego de su muerte que obligaron al polaco a trabajar y a postergar por algunos años, al menos, su proyecto de estudiar medicina.

 

Nancy se fue a estudiar Antropología a la UBA. Quién lo iba a decir, Nancy antropóloga. Ahora reinaría sobre los Neandertales y cualquier otro homínido armado de garrote que osara cruzarse en su camino. Yo me decidí por abogacía, la carrera de los vagos, según mi amigo Pablo, nada que ver con la guerrilla revolucionaria, con la que había fantaseado en algunas noches de desvelo. No hizo falta mucho tiempo para que me diera cuenta de que la valentía y las convicciones no me daban para tanto. Pero al menos intentaba mantenerme cerca de la militancia peronista revolucionaria, eso me permitía disertar en las peñas frente a algunas mujeres hermosas y mantener un puesto decoroso en el ránking del levante. Al polaco ya casi no lo veía. Sólo algunos fines de semana cuando iba a visitar a mi familia. Le habían hecho un lugarcito en el banco del que su padre había sido gerente (tal vez alguno se sintió culpable de la canallada que le armaron para terminar despidiéndolo). Y allí estaba, soñando con estudiar medicina y reencontrar a Nancy que ya no venía por el pueblo.

Varios años después, ya con Perón muerto, los sueños de revolución socialista en descomposición, y en medio de la crisis política y económica que preanunciaba la pronta caída del gobierno de Isabel el polaco se casó con una compañera de trabajo. Vino luego su primer hijo. Le puso de nombre Eduardo, en honor a nuestra amistad, y me nombró su padrino. Acepté a pesar de mi fe anticlerical. Ese día, después de la ceremonia del bautismo, hablamos bastante en torno a una insomne botella de malbec y varios fasos confesionales. Sabés, Lalo, me dijo, a estas alturas creo que estoy corriendo el riesgo de transformarme en un héroe doméstico. Tengo que cambiar y quiero cambiar, tengo el firme propósito de cambiar. Fijate, hay una novedad, algo que vos no sabés y que quiero confiarte, me estoy carteando con Nancy. Aunque nunca lo hablamos claramente vos sabés que yo siempre estuve enamorado de ella.  Fue a través de una prima suya clienta del banco, gracias a ella pude conectarme por primera vez. Vos te habrás dado cuenta de que cuando ella se fue la tristeza me consumía. Mi viejo se había muerto, no había podido comenzar medicina, vos te ibas también para Rosario, y yo, así, con el secundario terminado y los amigos en franca desbandada y teniendo que cuidar a mi vieja y trabajar todavía por mucho tiempo para pagar las deudas y sobrevivir me sentía destruido. Mirá lo que escribí por esos días y sacó un papelito doblado en varios pliegues del bolsillo de su camisa, mirá, mirá:

Qué hago ahora con estos escombros

con estos trapos sucios,

estas maderas rotas

esta  bandera quieta

este bote agujereado

este naufragio.

Cómo encender un fuego con estas humedades.

 

Porque entonces me acordé de Neruda y me dio por la poesía, sabés. Y ya sé que no soy bueno para eso, si yo quería ser médico, pero no encontraba otra manera de expresarme y, tal vez, consolarme. Fue la amargura que tenía, qué se yo. Eso duró mucho tiempo, dos, tres, cuatro años. En algún momento pensé en matarme, pero estaba mi vieja. Fue entonces cuado apareció la prima de Nancy. De esto hace cosa de un año. Yo estaba recién casado y mi mujer ansiosa por tener un hijo y yo queriendo satisfacerla aunque no compartiera demasiado sus deseos. Pero ¿dejaría yo a mi madre y a mi mujer y quizás a mi hijo por Nancy? Porque Nancy me escribió en una de esas cartas que también ella estuvo siempre enamorada de mí y que yo era un pelotudo por no decirle nada y ella una imbécil que se las daba de liberada y bien que se calló la boca esperando que yo diera el primer paso. Una imbécil por no haberse animado a invitarme a ver aquella película de Sandro que daban en el Astral  a pesar de haber estado toda la tarde ensayando frente al espejo la forma de pedirme que la acompañara. ¿Te das cuenta, Lalo? ¿Te da cuenta de cuánto tiempo perdido? La vida es una mierda, Lalo, es una mierda  pero puede serlo menos si uno se decide a hacer lo que tiene ganas de hacer, no, en cambio, si, como yo, se la pasa cumpliendo con lo que cree que es su deber. En todo este año no nos vimos, a vos te parece, sólo carta tras carta. Cartas que yo recibo en una casilla postal y ella en otra, porque aunque ella no está casada ni tiene hijos y podría recibirlas en su casa el asunto es que no tiene un domicilio fijo o no quiere dármelo, y no sé por qué pero no me importa. Ahora vamos a vernos, Lalo, eso es lo único que sí me importa. Lo que me decidió fue haber hablado por teléfono. Fue escuchar su voz y querer estar con ella en ese mismo instante. No quiero ser un héroe doméstico que se la pasa haciendo sacrificios en el altar de la familia cristiana y la moral burguesa como dirías vos., que no por mi vieja, que no por mi esposa, que no por mi hijo, que cuando era pendejo no porque era un boludo tímido incurable, no, no, no,  se acabó. La semana que viene vamos a vernos en Rosario ¿Puedo contar con vos? Claro, polaco, cómo no vas a poder ¿qué necesitás?

 

¿Qué podía necesitar? Era un tipo adulto, si quería encontrarse con Nancy pechos de miel, sólo tenía que ponerse de acuerdo con ella y hacerlo ¿Para qué podía necesitarme a mí? Pero el polaco me pedía el departamento. Bueno, pero ¿y por qué no te vas a un telo, polaco? No, es muy riesgoso, Lalo. Por ahora no quiero que nadie me descubra, que nadie se entere, vos sabés, Rosario es un pañuelito y San Antonio para qué te voy a contar ¿no es cierto? Le diré a Graciela que voy a visitarte para tu cumpleaños. Una sorpresa, viste. Comer un asadito en alguna parrilla, tomar un buen vino, charlar como en los viejos tiempos, ir a alguna peña. Bueno, polaco, como quieras, pero la verdad, me parece un poco infantil, me parece que no va a creerte. Vos dejá, Lalo, vos dejá. Yo sé cómo hacer esto, no te preocupés.

Ese día le di las llaves y me fui al cine  a ver “Atrapado sin salida” que acababa de ganar el Oscar. No quería volver a ver a Nancy. Tenía un poco de miedo de lo que podía encontrar, un poco de miedo de volverla a ver, además no entendía muy bien eso de que no tenía domicilio fijo pero me lo sospechaba. Claro que teniendo en cuenta sus antecedentes juveniles, su predilección por las frivolidades y por la lectura de las revistas semanales más  reaccionarias de ese momento, me costaba imaginarlo. Así que me fui temprano a vagabundear un rato por la peatonal para hacer tiempo hasta el momento de encontrarme con Eugenia en la puerta del Radar.

 

La tomó de los hombros y la miró durante unos segundos muy intensos, apenas unos segundos que, sin embargo, le parecieron dulces y eternos. Ella comenzó a lagrimear. Se abrazaron primero muy suavemente y poco a poco fueron acercándose y apretándose más. Él la besó muchas veces en el pelo, en el cuello, en la mejilla, en los ojos, ella le acariciaba la espalda, los brazos, la cintura y apoyaba la cabeza en su hombro sudoroso, luego se besaron en la boca, largamente, lengua con lengua, diente contra diente, saliva con saliva como ríos que confluyen duplicando, multiplicando su caudal atronador. Se sentaron en el sillón del living, se tomaron de las manos, ella quiso hablar, él cruzó un dedo dedo silencioso sobre sus labios y volvió a besarla en la boca. La besó mucho tiempo. Poco a poco fueron recostándose, cada vez más, cada vez más, cada vez más. Él quedó encima de ella, ella se esforzó para zafarse, resbaló bajo el cuerpo de él hasta la alfombra pero enseguida se paró junto al sillón, él se incorporó a medias hasta casi quedar sentado, ella dijo: pesás mucho, engordaste, él sonrió, vos no, dijo, ella se quitó el sweater, no llevaba corpiño, él se acercó y besó y lamió sus pechos de miel mientras acariciaba sus piernas que ya no corren y abría el cierre relámpago de su pollera y la dejaba caer, ella gimió y le acarició y le besó la cabeza y levantó sus pies uno después del  otro y empujó su pollera hasta dejarla a un lado, él bajó con sus besos hasta su vientre y más abajo llenó su boca de frescas humedades en una áspera pradera palpitante, y más abajo cayó, inevitable, hacia las ocho aberturas de sus dedos lentos, penisnsulares, pensó en Neruda, luego la alzó en sus brazos y enfiló hacia el dormitorio.

 

Al día siguiente me despertó Eugenia con la cara pálida de terror ¿qué pasa Eugenia? Escuchá esto, y subió el volumen de la radio que traía en la mano.

…repetimos, dos personas, una mujer y un hombre fueron hallados acribillados en un departamento de San Luis al 900. En el lugar se encontró también una nota de las Tres A atribuyéndose el asesinato. Las personas no han podido ser identificadas todavía. Según fuentes policiales, el cuerpo de la mujer correspondería a una  buscada jefa subversiva perteneciente a la organización terrorista Montoneros.

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Rubén Leva

 

 

HANSEL GERMÁN: ¡No, aquí no…!

Publicado en Cuentos el 14 de Diciembre, 2013, 22:25 por H. Germán

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¡No, aquí no…!                                             

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Estaba en  el cumpleaños de Roberto, en un momento decidí salir al jardín a fumar.

Dejé atrás un guiso exasperante de voces y en esa reciente tranquilidad encendí mi cigarrillo y me puse a mirar el cielo que estaba repleto de estrellas, algo esperado después de varias noches con nubes.

Me gusta, en las reuniones, apartarme de la gente y saberme fuera por momentos.  Corría una leve brisa pero no sentía nada de frio. Pegué otra pitada sin dejar de mirar a Marte, bah, siempre creí  que ese punto rojizo era Marte. Bebí  un sorbo de vino y pensé lo que se piensa siempre cuando contemplamos las estrellas:  No somos nada .

Se me ocurrió que esa cantidad de puntitos brillosos podrían haber sido diseminados por una gran eyaculación. “La gran acabada”, el origen de todo el origen y de allí el nombre de Vía láctea.

¡Si se puede viajar en el tiempo ! Claro que se puede, de hecho lo vengo haciendo desde que nací, es más, lo que no podemos hacer es dejar de viajar. Una, no tan inexplicable, angustia existencial me invadió.

Que al pedo es todo. ¿En qué le puede afectar al universo nuestra presencia o nuestra ausencia? ¿Qué le puede cambiar? ¿Dejarían de girar los planetas si nos extinguimos?

Me sentí vulnerable y una vez más  pensé:  pendemos de un puto hilo y nos creemos imprescindibles.

Oscar se acercó con una botella de vino en la mano, tiré el pucho que estaba ya consumido entre mis dedos y lo miré, menos mal, sentí que me traía de regreso a esta estúpida irrealidad, pero calentita. Levantó la botella en señal de servirme y estiré mi mano con la copa.

-  ¿Qué sabés de M?   Me preguntó. Lo miré sin entender y lo primero que pensé fue: ¿De dónde conoce este tipo a M ?, ¿Sabrá? ¿Hasta dónde?

Lo miré desconcertado. Tome un sorbo de vino y le pregunté:

-  ¿De dónde la conoces?

- Boludo… Si ya hablamos de M, ¿no te acordás que es alumna mía ?

Recién ahí recordé que él era profesor de ella en la facultad y… claro, también recordé que la nombramos a M, pero nada más.

- Hace mucho que no sé nada de ella-  Le dije

- ¿No sabés nada de lo que le pasó?

- No, ¿por qué? ¿Qué le pasó?

- Huy… yo creí que sabías…

- Contá, dale

- Hace cosa de veinte días estaba en clase y se descompuso, le costaba respirar. Tuvimos que llamar a emergencias.

- ¿ Pero que tenía?

- En ese momento no tenía idea.  La revisaron y decidieron  internarla.

Acerqué mi copa y Oscar sirvió mas vino.

- Che, no es joda eso… me suena a algo grave…

- Si, lo es. La llamé un par de días después y me atendió el novio, me contó que le hicieron un estudio, y le salió que tenía un tumor en el pecho y que  la tenían que operar  de urgencia.

- ¿ Cuando?

- En estos días… Creo que la semana pasada. Por eso te pregunté si sabías algo.

Volví a tomar vino y no pude dejar de recordar esa noche en la milonga de Flor:

- ¿Vos enseñás ? -  Me preguntó ella

- No, dije que a vos te enseño -  Le contesté.

- Dale, me gustaría

Nos dimos los números  y quedamos en llamarnos.

Un par de días después le mandé un mensaje recordándole la clase. Llegó puntual con sus zapatitos taco aguja.

Las palabras iban y venían con café, cigarrillos y pasos de tango. Tengo una relación muy buena desde hace seis años, me contestó y nos dedicamos a bailar.

La apilé bien y se entregó entera pero prudente. La supe llevar. Ella supo dejarse llevar. Sintió que volaba. Le encantó.

Nos despedimos amablemente. El aire había quedado tenso, cargado de miradas esquivadas.

Días después nos encontramos en una milonga, yo había llegado solo, ella con una amiga tanguera, que por esas casualidades, era amiga mía.

Compartimos la mesa y el vino. Bailamos. La supe llevar. Ella supo dejarse llevar.

Volvimos a la mesa cuando terminó la tanda.

– ¿Vamos a tomar un café a otro lugar?- Le propuse.

- Si…-  Contestó ella

Abandonamos la mesa, el vino y la amiga.

Sentados en un bar del parque España, mientras esperábamos ser atendidos, le dije algo, no recuerdo qué,  y ella rió.

Ella se rió y me miró con lo que me pareció que era deseo.  Yo  la abracé y ella me apartó y me dijo:

- ¡No, aquí no…! ¡ te dije que tengo novio!

Ese “aquí, no”, era todo lo que necesitaba escuchar.

- ¡ Vamos !- le dije, la tomé del brazo. Sin hablar más nada nos subimos al auto y nos fuimos.

Entramos a mi departamento y nos abrazamos con desesperación. Nos besamos. Nos acariciamos.

Puse a Piazzola en el equipo y continuamos besándonos y tocándonos todo el cuerpo.

Estábamos muy calientes, nos tocamos y nos chupamos. Cogimos desenfrenadamente como si fuese el último polvo antes del fin del mundo.

Me excitaba, además, saberla ocupada.

Perversa, perverso. No había verso. Le acabé en la cara y no pude dejar de imaginar cuando llegase a su casa y le diese un beso a él, con esa boca y esa mejilla llena de mi.

Nos vimos una vez por semana, a veces dos y raramente más, durante casi dos años. Cada encuentro tenía el vértigo de no saber si era el último.  Comenzó a tomar clases con otros profesores e ir a las milongas donde nos encontrábamos.

Bailaba cada vez mejor. Era buena con su cuerpo. Entre tango y tango me decía:

- Quiero que me cojas.

- ¿Cuándo?

- Ahora.

Se me ponía la verga dura y ella se daba cuenta. Entonces nos escapábamos sin saludar a nadie. Manejaba hasta mi departamento, parecía ir solo porque su cabeza iba sobre mis piernas las veinte o treinta cuadras que había. No se sacaba la pija de la boca ni para respirar.

La cosas estaban más que clara, a él lo amaba, a mí solamente me extrañaba.

Me daba todo. Hacía con ella lo que quería en la cama, pero me lo dijo:  “Esto es algo que me pasa a mí…  ni vos ni él tienen nada que ver”, y me dejaba tan afuera que la odiaba.

Pero la adoraba, con su energía desbordante y su carácter ácido.

Al día siguiente de cada encuentro solía mandarme mensajitos como: “Todavía me duele la cola… ¡ Te odio ! “.   ¡¡¡Cómo no amarla!!!

Tu oral,  tu moral…  tu humor,  tu tumor.....  “ yo lo amo a él”,  me decía y la verdad no me importaba… o si.

Era demasiado libre pero no debían separarse, así lo controlaba todo y el cornudo era el otro. Con más libertad y blanco disponible de cualquier acecho,  me hubiese sido insoportable.

La conocí cuando cayó a lo de Flor con unas anigas, ninguna bailaba tango. Estábamos sentados en círculo, algunos en almohadones, otros en banquetas y ella en el suelo. Mientras hablaba amasaba sus pies desnudos con sus manos, elongaba y contaba una anécdota de una boa que se quiso almorzar a su dueño. Yo ya la deseaba y me la imaginaba tirada así en mi casa. Hablaba y yo solo pensaba en cojerla, después la bauticé, la llamé “la Boa”. Ella me llamó Cronopio.

- Me dejaste helado, la voy a llamar…

- Dale pero esperá unos días. Creo que la operaron la semana pasada. Te diría que la llames la semana que viene.

Por un instante me sentí raro, como si se me aflojara todo el cuerpo y como si algo estuviese creciendo dentro mío. Respiré profundo.

- Eso haré.- Le dije. Después volví a servirme vino.

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Hansel Germán

 

IRIS PAULINI

Publicado en Cuentos el 20 de Noviembre, 2013, 9:39 por MScalona

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Mi madre. Mi padre.





Nací de un adiós rechazado. De uno de los tantos adioses que mi madre, débil, quiso decirle a mi padre. Mi abuela, nunca entendió porque mi madre tomó  ese avión. Ella era una persona adicta a las casualidades y a interpretar en los hombres algo que nunca le han querido decir. Por eso cuando mi padre le reenvío el  recorte digital del mundo. es del 22 de agosto del 2013  creyó entender que él le estaba pidiendo que  terminara con parte de su pasado para empezar, junto a él, un nuevo futuro.





El mundo.es 22/08/2013.



El peso de los 'candados del amor' que invaden el Pont des Arts de París hace temer al ayuntamiento parisino por la estabilidad de las barandillas del puente, aunque no suponen un verdadero peligro para la estructura de este célebre enclave romántico.



Cuatro manos se afanan en enganchar un pequeño candado con los nombres de sus propietarios escritos para después lanzar la llave al río como promesa de amor eterno.



De la mañana a la noche, cada día, parejas de enamorados, grupos de amigos o familias dejan constancia de su relación a través de una simbólica cerradura que amarran a esta pasarela más de 200 años después de su construcción.



El monumento cruza el Sena para unir el Museo del Louvre -antaño Palacio de las Artes, de donde el viaducto recibe su nombre- y la Academia Francesa. Su aspecto actual, con 155 metros de entablado en madera y barandas metálicas, data de 1984, cuando sufrió su última reforma. Pero la moda de revestirlo de candados no tiene una década.



No está claro cuándo o cómo empezó esta tradición, aunque parece venir de Europa del este y haberse intensificado con 'Ho voglia di te' (Tengo ganas de ti), la novela rosa del italiano Federico Moccia, cuyos personajes colocaban un cerrojo en el Ponte Milvio de Roma.



En la Ciudad de la Luz hicieron acto de presencia a partir de 2008, pero no fue un fenómeno importante hasta un par de años después, según ha explicado el ingeniero responsable de los puentes del Sena en París, Ambroise Dufayet.



Desde entonces el fenómeno creció hasta convertir en reto localizar huecos libres, un exceso que "puede degradar puntualmente las barandas", comenta Dufayet, quien precisa que regularmente "se inspecciona su estado y cuando parecen presentar problemas para las personas o el patrimonio se reemplazan".



No deben temer por el momento ni los amantes, ni los muchos vendedores que hacen del afecto su ganancia, un negocio que aparentemente marcha viento en popa por lo que muestra Shari, comerciante ambulante indio instalado en el banco más cercano al Louvre desde hace ya dos años.



Un negocio lucrativo



Shari no quiere revelar qué beneficios recauda, pero sí explica -en inglés- que el precio de las pequeñas cerraduras no ha cambiado gran cosa. Aunque hay otros puentes en París a los que también les crecen candados, el de las Artes es el mejor pues "no sólo es famoso en Francia, sino en Facebook", dice convencido.



Él y otros comerciantes afirman que los que compran son casi siempre turistas, que cuelgan su candado e inmortalizan el instante con una cámara o un teléfono móvil.



Lola es una niña de Buenos Aires y quiere dejar un recuerdo junto a sus padres; Hikari y Ai, dos japoneses que desean sellar sus sentimientos; y Elisa, una española que espera que el resto de sus amigas encuentren el candado cuando visiten París.



En el monumento, reconvertido en atracción turística, se escuchan todos los idiomas, como una torre de Babel horizontal en la que incluso se puede hablar francés y encontrar algún nativo, como Elene y Emmanuel. Ellos son dos "antiguos parisinos" afincados en Israel que quieren eternizar su cariño tras 55 años juntos porque "no es más que el principio", asegura él con una sonrisa. "Esto no existía cuando vivíamos en París, lo vimos en un programa de televisión y como estamos de vacaciones, queremos poner un candado", añade ella con complicidad.



Las parejas que deseen probar suerte podrán seguir haciéndolo pues el ingeniero responsable del puente ratifica que "a día de hoy esta práctica no supone riesgos estructurales para las barandillas del Pont des Arts".



"Regularmente hay agentes que pasan para observar que no haya agujeros o elementos metálicos que puedan presentar un peligro, especialmente para los niños, pues sus cabezas tienen la altura de estas verjas", prosigue Dufayet. De ser así, se reemplaza el panel dañado por otro que al ser nuevo se encuentra libre, señala el ingeniero. "Así la gente se puede apropiar del nuevo panel y la práctica continúa".





Y ahí estaba otra vez, Charles de Gaulle o ciudad gótica. Y París por tercera vez, pero nunca sola, nunca en un fin y un comienzo. Buscó el bus que la  dejara en el arco de algún triunfo, donde se había despedido la ultima vez de la Champs Elysees. Unos dieciocho euros y el poco trafico la dejaron dos horas después en el punto neurálgico.  Algunas ciudades se le habían grabado mas allá de su memoria. Esperó el semáforo de la gran avenida, para sumergirse en el metropolitan. Tal vez, un plus de nostalgia le acompañaban. Las ciudades subterráneas a ella y luego a mi, nos parecen no menos interesantes que las reales. Miró el mapa, ya gastado de las otras visitas, las combinaciones de subtes que no acostumbraba a tomar y trató de recordar cual de todos la dejarían allí. Miró la gente feliz y en manada  apuntarse con baguettes, quesos y champagne. Se bajó en la estación de metro, volvió a las alturas,  impoluta estaba Notre Dame, catedral de  Gárgolas y  amor entre desiguales. Viró a la izquierda para buscar rápidamente el boulevard Saint Germain, todavía restaba hacer tiempo. Esa era mi madre en Paris, mi vieja,con sus taquitos blancos y negros, las pantimedias espesas oscuras, el sobretodo  hasta las rodillas que le marcaba estrictamente la cintura, olfateando calles con sus  labios bien pintados de rojo radiante, con su boina  calada al estilo del che . Compró un bouquet de rosas rojas, la sensualidad fue parte de su naturalidad, de esa espontaneidad que hacia a los hombres darse vuelta en las veredas y quedarsele inmóvil observándola cualquiera fuese la dirección que ella tomase. Esta vez, se sumergió con sus pasos de garza, de ex alumna ballet que por nacer en un pueblucho de la llanura pampeana nunca fue, con sus movimientos coordinados, su  vaivén estresante de cintura remarcada. Se internó astutamente en el corazón del barrio latino, donde me ha dicho, que es posible ser feliz por el mero acontecimiento de estarse. Por la pasarela de la vida, caminaba mi madre. Doblando en alguna esquina para atravesar  su galería descubierta favorita acosada por banderines de colores que de punta a punta se mecen en el aire. Eligió el café de siempre, de siempre que iría a París y  depositó en la mesa el ramo de flores. Pidió la carta y agradeció en francés. Un grupo de amigos continentales y de mares la llamaron ofreciéndole un lugar en su mesa, ella era, mas que hermosa, realmente atractiva y si siempre sufrió a causa de los hombres, fue porque estos le llegaban como las golondrinas en temporada. Les agradeció, simpática, pero les rechazó. Entre otra de sus adicciones, que por suerte no heredé, estaba la de catarsis con extraños.

 Los actos verdaderamente heroicos, supo enseñarme, se arremeten individualmente, sin el aliento o el coraje de otros. Los guantes de cuero que llevaba puestos quedaron a un costado, dejando al desnudo, sus manos flacas y chicas, con alguna uña mal pintada, mi madre podía ser impúdicamente sensual mas allá de los pequeños detalles.  La carta, que el mozo le dejó con tono de conquista, era alentadora, eligió un menú modesto y apetecible, que desguazó aunque despacio, como si masticara algo mas que un trozo de comida, como si bebiera Evian con sorbos de tristezas. Un Merci demasiado Argentino, una propina que dejó inclinándose de lado, tomando al mismo tiempo la cartera y dejando entrever sus kilométricas piernas, la empujaron otra vez hacia la calle, donde el viento helado , le secó la ultima lágrima que empezaba a bifurcarse en su cara, dándole la sensación de porcelana, belleza y coraje. Las mujeres, me dijo un día depilandose las piernas, cuando se sienten bellas, se siente fuertes. Para mi, mi madre era fuerte porque se creía bella,  para mi padre sin embargo, era bella porque se creía fuerte. Y ahí estaba, otra vez,salpicando con pasos violentos  el boulevard Saint Germain o Saint Michel. Iban a dar las once y cuarto por lo que apuró el paso hasta bordear el Sena. Bajó viendo los destellos de la torre Eiffel eterna. Iba tan ensimismada, que de casualidad  vio el puente, y vio, esa tarde de mayo de hace unos años. Con resolución subió los peldaños hasta perderse entre la multitud de candados.  Leyó fechas, nombres,  el amor de un mundo entero plasmado.  Encontró sus iniciales, se quitó con la boca los guantes, buscó en el bolsillo del saco, empujó con los dedos la llave hasta que penetrara en la ranura que pareció estar oxidada. Eran las doce de la noche y sonaba Norte Dame. El fierro cedió, se abrió, ella respiró, suspiró, se desinfló, soñó. Se puso nuevamente los guantes, el frío calaba las falanges y ahora si, tiró la llave, el candado entero al río. Su mirada se clavó por un instante, en esa masa de agua  helada, en el golpe de cuchillas que serían para el cuerpo. Si comprometerse en París fue romántico, morir le parecía aún  más.



 París por tercera vez, pero nunca sola, mamá  no entiende porque llegue y me fui , nadie entiende que no estoy huyendo, o si, tal vez sí, pero huir para encontrarme en todo caso. Quiero prometerle que es la última pero ni yo se si es  así o es algo que me quiero creer. Siempre esta dicotomía de no saber si realmente es así o es algo que yo o no se quien quieren hacerme creer. Yo le dije a mamá que si, que quiero volver, asentarme, tener un hijo, casarme, no casarme no, o si, casarme si, y con fiesta? A lo grande como la García Lema?, no, casarme no, o si pero sin fiesta, y con quien? Con él? Me gusta? No. Y si no me gusta que mierda hago acá?,  estoy acá por él, él me mando esa puta noticia, me dijo algo así del pasado, como era? Ah, que  para avanzar debemos retroceder, que para cerrar algo, primero debemos abrirlo. Pero estoy acá un poco por mi también. Volví a la ciudad donde la primera vez no me quisieron besar, y donde la segunda declararon quererme demasiado. Es justo que las cosas hayan terminado así,si tengo la  llave, fue porque empecé esa guerra asegurando un salvoconducto, guerra fría, la mas aburrida de todas las guerras; se pacta desde un principio las derrotas. Sé lo que dije esa vez, que importa cuanto?, importa que en este momento, ahora, sentimos que es eterno. Y la palabra eternidad  me retumba el lóbulo límbico estallando en mil imágenes de todos los hombres a los que de alguna manera ame, sí de alguna manera, los ame a todos. Eterno, eternidad, éter, etéreo. A veces solo tengo deseos de  ser algo etéreo, el problema del peso y de la levedad, ese problema no es solo el de Milán, aunque él lo escribió, es verdad.



 Unas risas desproporcionadas le desvelaron del entresueño,  dos mujeres  abrazaban a un hombre y empezaban a caminar sobre el puente. Dos esqueléticas mujeres, con sus sacones de pieles abiertos, medias en red y altos stilettos. Quien las abraza por la cintura, parece relatarles algo que las hace reír con  furia. Entonces lo vio, con su peinado de flequillo inflado, con sus dientes blancos y brillantes. A James Deam también le hubiese gustado que lo viéramos en colores y actual como mi madre vio esa noche a mi padre..  El tiró la cabeza hacia atrás, o moviéndola como quien no quiere creer en las coincidencias buscadas. Su boca, titilando en milimétricos centímetros hacia la derecha, como yo también lo hago, le recordó a ella muchos porque.



- venís con nosotros a una fiesta?- aferrado a las cinturas de las criaturas celestiales como salvándose de algún infierno- fue lo único que logró decirle cobardemente mi padre.



 - no, gracias; mi avión sale a las tres.



Era mentira, pero menage a trois siempre fueron los de su cama, un convite  mental a otras y ella estaba desilusionadamente cansada, perturbada, desquiciada, y sintió como una bofetada inmaterial le arañaba la cara. Se vio de golpe tonta y triste, viajando miles de kilómetros por un pasado que, sin futuro, no tenía demasiado sentido terminar de romper.



Ese era mi padre, un hombre tan lleno de vida que necesitaba ser idiota y mezquino, y las dos cosas en conjunto y a la vez.

 

La noche estaba muy fría, caminó sin dirección hacia el final del puente, era París y estaba sola . Suspiró;

mañana un mensaje, seguramente, el libro que iban a empezar a leer. Las bibliotecas son eternas, el amor, l' amour je ne sais pa, pensó mi madre y se alejó sin perder su compostura de muñeca.



Miércoles 02 de Diciembre de 2013. Avión a París. Detrás de una mina? Es muy amplio. Yo la metí en esto, y  yo la tengo o tenía que rescatar?. No, no es solo eso, se que la perdía. Se que hice  todo para perderla, justo en este momento en que no me puedo permitir perder ni a las bolitas. Me gusta de alguna manera. La quiero tener de alguna manera también. Y fui estúpido, siempre lo soy. Del aeropuerto, en taxi hasta el hotel, dejar las cosas en la habitación, ducharme. Sabía que anoche, ella iba a terminar en mi cama, entre mis piernas, nunca deje de tenerle ganas, nunca deje de saber que clase de mujer es.  Entrar al ascensor y esas ladies, no fue mi culpa!. Nunca pude  rendirme ante tanta carne jadeante. El alcohol, que no estoy acostumbrado a beber, el barman que se abuso de mi billetera promiscua,  mi promiscuidad y París, todo eso fue. Salí a la calle, a eso de las once y pico, como un pelotudo abrazado, una de cada lado,  eso no es sentirse un rey?.  Caminamos unas cuadras, riendo,bebiendo,cuando las quise dejar, me hablaron dulcemente en francés al odio. Oh my God! Entonces seguí un poco mas y cuando me di cuenta ya estaba sobre el puente,  la vi, jodida y radiante. Estaba ahí, como me imaginé que la encontraría..



"¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa'



Me quise deshacer del candado humano que me atrapaba, pero fue demasiado tarde. Ella  me había visto con sus ojos tristes.



"Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts." (Una pinaza color borra vino, Maga, y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.)'



Yo fui esa  puta casualidad, debajo del puente de las Artes, fui esa misera hoja roída por el viento, que fue a parar debajo de los zapatitos negros y blanco con tacones de mi madre, que alzó aun temblando,y al leerle algo se quebró, era realmente débil...



'...un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."



Entonces yo estaba a punto de nacer, porque ella sin resentimientos,se detuvo en seco, miro hacia atrás, y el estaba ya solo, esperándole.



Yo nací de un adiós rechazado, de uno de los tantos adioses que mi madre, quien siempre ha necesitado papel rayado para escribir, quiso decirle a mi padre, quien me ha contagiado la miserable costumbre de apretar desde abajo el tubo del dentrifico. Al fin de cuentas, eso no me impidió crecer sin resentimientos o solo con los propios con los que crecen todos los niños. Todos los hijos, al menos científicamente, son una especie de casualidad, todas las madres son frágiles Magas, todos los Padres son soberbios Oliveiras y todos los hombres, finalmente, somos una especie de A Dioses.

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                              IRIS PAULINI

LAURA BERIZZO

Publicado en Cuentos el 8 de Octubre, 2013, 12:11 por MScalona

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EL MUERTO QUE HABLA

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Nunca se imaginó el Dr. Martínez Alonso cuánto cambiaría su vida esa noche. La pesca era su distracción. Cada mes, un fin de semana, se embarcaba en su viejo yatecito de madera para alternar con la rutina de médico de pueblo. Había llegado a Diamante, unos 30 años antes, detrás de una promesa de amor incumplida y se había quedado por vocación de trabajo.

El viernes, embarcó como de costumbre con las provisiones habituales: su equipo de pesca y unas refinadas botellas de Malbec, calculadas con obsesiva precisión para llegar bien nutrido al domingo al mediodía.

El éxito del primer día sólo le alcanzó para un guisadito que preparó en un abrir y cerrar de latas haciendo que el vino lo impactara más que de costumbre. Se durmió temprano con el tiempo justo para amarrar junto a la orilla. En la madrugada del sábado, lo despertó el sacudón de un fuerte golpe en la popa que sonó a madera quebrada. Soplaba un fuerte viento. Nuevamente, se apoderó de él esa sensación de alerta que creyó olvidada en el desuso de su rutina pueblerina.

Desde el ojo de buey de su pequeño camarote alcanzaba a leer Scorpio. Al salir a cubierta, lo sorprendió un velero encallado chocándolo acompasadamente. Nadie respondió a sus llamados. Se vistió y abordó. El interior del velero estaba revuelto torpemente. Recortes de diarios, prolijamente adheridos a las paredes, contrastaban con el desorden general y la escasa iluminación. Sonaba jazz. En la mesa, una botella de whisky a medio tomar.

Martínez Alonso avanzó hacia el camarote. Sobre la cama, encontró el cuerpo destrozado de un hombre cincuentón, elegantemente vestido, con la camisa abierta y el moño negro aún sujeto al cuello. El arma de fuego, una inconfundible Anaconda, caída en el piso a la derecha y adelante del cuerpo. El orificio de entrada, en el corazón, de un diámetro de 1 cm le hizo suponer un orificio de salida paraescapular izquierdo, obviamente mayor y algo ovoide. Supo por la rigidez y las manchas gravitacionales, que el muerto llevaba allí al menos cuatro horas.

A los pies de la cama, ocho fragmentos de un espejo encima de un bolso negro del cual asomaban unos cuantos fajos de billetes. No pudo menos que pensar en un rebote del proyectil. Aunque lo que más comenzaba a inquietarlo era la necesidad de explicarse quién era este hombre capaz de inflingirse cuidadosamente una doble muerte, en el cuerpo y en la imagen. ¿Por qué querría matarse dos veces?

Que era un suicidio, no le cabían dudas, a este médico de pueblo que tantas veces se había encontrado con la muerte. Agradeció la música.

En un gesto que le recordó aquellas maniobras, sacó de su bolsillo trasero izquierdo sus habituales guantes, tan útiles ahora en el manejo de la carnada, y se volvió a escudriñar el desorden del estar que comenzaba a inquietarlo aún más. Latas abiertas, ropa revuelta, cubiertos sucios juzgaron al  muerto como una persona atribulada, capaz de anudar terrible secreto, que controlaba sus impulsos y se obligaba a la elegancia y al orden aún cuando en su vida privada fuera desorganizado y poco amigo de la ropa de vestir y la alta gastronomía.

Además del whisky, lo que más llamaba la atención de Martínez Alonso era la cantidad de recortes de diarios y revistas pegados por doquier. Arriba del anafe eléctrico, colgaba de una cinta roja un pequeño un papel de diario algo gastado por el tiempo y empeorado por los vapores culinarios. Se acercó, cauteloso, a leer.

SUBASTAN EN CHRISTIE’S EL REVOLVER DE HARRY EL SUCIO

New York. Junio de 2000.

La tradicional casa de subastas Christie’s vendió el viernes pasado, en su sede del Rockefeller Plaza, el revólver Modelo 29 Colt Anaconda calibre .44 Magnum de Smith & Wesson que inmortalizó Clean Eastwood en la película Harry El sucio por la suma de 12 millones de dólares. El irónico retrato de Clint Eastwood como el inspector obtuso, cínico y heterodoxo que aparentemente siempre está en conflicto con sus jefes asentó el estilo para sus siguientes papeles y para todo un género de películas de antihéroes. La película propició un ligero incremento en las ventas del arma, que sigue siendo popular a más de cuarenta años de su estreno. El lote también estaba compuesto por las cintas originales de la banda sonora de la película, excelentes piezas de jazz compuestas por Lalo Schifrin. Fue comprado por un intermediario, aunque fuentes extraoficiales afirman que el real comprador es Oscar Alberto Martínez Rivarola, la cara visible de un cartel colombiano conocido por su debilidad para la colección de armas.

A Martínez Alonso se le heló la sangre a la vez que lo abordaban claras explicaciones para la botella numerada de Jacky Caminante Blue Label, su preferido, que profería esa elegancia impostada del muerto. Se acercó a la mesa. Un sólo vaso, con agua amarillenta de hielo derretido, chorreaba soledad sobre un artículo periodístico. Con pericia, lo apartó para leer.

CONFUNDEN A DISEÑADORA CON TERRORISTA EN EL AEROPUERTO DE EZEIZA.

Ezeiza. Abril de 2013.

La diseñadora egipcia que triunfa en Argentina Maureene Dinar es detenida en el aeropuerto de Ezeiza al ser confundida con terrorista islámica. Fue en su milenario Egipto natal donde se acercó a la moda de la mano de su abuelo sastre que tenía un taller en Alejandría. La Academia de Bellas Artes de París la acercó a la escultura, la pintura y el dibujo y alternaba sus clases pasando tiempo en el atelier de sus tíos, quienes también fueron sus maestros. Por eso no dudó en meterse de lleno al mundo de la moda. Su fama tiene alcances internacionales. Ha compartido pasarela con Paco Rabanne y Carolina Herrera.

Por suerte, el infortunio no pasó a mayores ya que la diva argentina Moria Casán, fiel admiradora suya, que se encontraba en el aeropuerto proveniente de Miami, la reconoció inmediatamente y prestó un testimonio clave para su liberación.

Escrito sobre este recorte, en trazo grueso rojo, “No puedo parar el juego.” Martínez Alonso lloró por confrontarse con su destino de pérdida. Lo sustrajo de su ensimismamiento el golpetear insistente de un papel en la hendija del ojo de buey semi abierto, en el rincón, sobre un colchón que hace las veces de silla, sofá y cama. El viento lo habría arrastrado como llamándolo. Comenzaba a clarear.

SUPUESTO ACTOR HACE SALTAR LA BANCA EN PARANÁ Y HUYE

Paraná. Viernes 14 de junio de 2013.

Un masculino, a quien los testigos identificaron como el actor Oscar Martínez, hace saltar la banca en la ruleta de Hotel Howard Johnson Plaza Resort & Casino Mayorazgo ganando un millón de dólares. Las opiniones de los jugadores que se encontraban esa noche en el casino fueron dispares. Las mujeres destacaron su elegancia: el corte italiano de los pantalones y el perfume, claramente, diseñado en exclusividad. Roque Zaldívar, portero nocturno del hotel, destacó que siempre llegaba en horarios diferentes, sin rutinas, y expresó “como si no quisiera llamar la atención”. Además, agregó que esa noche “salió con un bolso negro y caminó hacia la calle donde lo ví subirse a un taxi”. El mozo Francisco Heredia declaró a este medio: “Minutos antes de saltar la banca me pidió un whisky, no era de esos clientes que te piden siempre lo mismo, ni que te da grandes propinas, así que cuando estuvo listo, le pedí a Jamal, el chico nuevo que se lo llevara porque a mí me llamaban de otras mesas, de esas que te dan propinas fuertes, viste? Y no me la quería perder. Cuando ví que ganó, me arrepentí de no ir yo”. El crupier, Gastón Fernández, agregó: “Ganó un millón, el tipo, y cuando el mozo le trajo el whisky quedó como paralizado, agarró las fichas y se fue directamente a cambiarlas”. La cajera del casino refirió que para cambiar ese monto, derivó al sujeto a la oficina del gerente. El gerente, Alejandro Rivero, declaró que se usaron los procedimientos de rutina, sin poder agregar más detalles. Fuentes paranaenses afirman que era un asiduo jugador, muy afecto a las cábalas, cuyos números preferidos eran el 4 y al 8, y algunas posibles combinaciones con entre ellos. De hecho, esa noche ganó apostando 4 fichas al 12, informaron extraoficialmente fuentes del Casino Mayorazgo.

No podía soportar ese escenario funesto. ¿Quién podría haberle jugado esta broma siniestra? Quiso vomitar. Sus 65 años sumados a su turbación y al bambolear del velero por el viento, le ponían cada vez más difícil el camino al baño, trastabillando, a tientas, atormentado por un nuevo recorte de diario pegado sobre la puerta sin poder encontrar la forma de abrirla.

INVESTIGAN CAUSA LIGADA A LA VENTA DE ARMAS A TERRORISTAS

Rosario. Mayo 2001.

La PFA tras las pistas de un ciudadano norteamericano célebre por su vinculación a las obras de beneficencia de la mano de Donatella Versace. Buscado por lavar dinero de la venta armas a oriente. Traficante y asesino al que se lo recuerda por la estafa realizada a un grupo terrorista hace 30 años para lo que se valió de una mujer a la que habría enamorado y luego abandonado a su suerte. Se supone que ingresó al país con pasaporte falso bajo el nombre de Oscar Martínez. Las pistas de su paradero se pierden en la ciudad de Rosario…

No pudo más…Se desplomó.

Martínez Alonso se siente mareado. Mira su reloj, 08.40 a.m. Domingo 16 de junio de 2013, día del padre. Su estado se le hace insoportable. Tal vez fue el movimiento del barco. Tal vez fue el viento incesante. Tal vez el resto de whisky que se terminó. El estómago se le hace trizas, embravecido. La cabeza le pesa, somnolienta.

Tras su mirada borrosa, pudo adivinar unos ojos negros femeninos, enfundados en el uniforme de un mozo de hotel, que le sonrieron con satisfacción. La mujer lo besó en la frente, tomó el bolso negro con los billetes y salió. Volvió a dormirse en el camarote de su yate. Entre sueños, sintió cómo navegar lo reparaba en cuerpo y alma.

HALLAN MUERTO A MECÁNICO DENTAL EN VELERO EN LAS COSTAS DE DIAMANTE

Punta del Este. Jueves 20 de junio de 2013

Alberto Martínez, mecánico dental de la ciudad de Córdoba, quien escapara hace 20 años del psiquiátrico de Oliva en el que estaba internado luego de sufrir un colapso por la muerte de su esposa en manos de asaltantes comunes, fue hallado muerto en un velero que encalló en el río Paraná en las costas de Diamante, Argentina. Todo hace suponer que habría usurpado documentación para cambiar su identidad. Fuentes policiales informaron…

-          Deja el diario, papá, es un día hermoso para caminar por la playa!

Oscar Alberto Martínez Alonso tuvo la certeza de que cuanto más se esquiva el pasado, más se empecina en enfrentarte en la dirección contraria. Cerró el diario y la abrazó. Ya no lamentó haber perdido su Anaconda.

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                                                                      LAURA BERIZZO

TOMÁS DOBLAS

Publicado en Cuentos el 23 de Agosto, 2013, 11:59 por MScalona
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La noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta

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Uno se da cuenta de las cosas generalmente cuando ya es un poco tarde. Y si te cae la ficha es porque algo ocurrió que de repente te revela la trama secreta del universo. Eso fue lo que me pasó cuando encontré en el desván de mi vieja el destartalado tocadiscos Winco que yo escuchaba allá por los 60.

Calculo que me lo habrán regalado para algún cumpleaños  y recuerdo que acompañó mi adolescencia entera. Era la estrella de esos bailes de entrecasa que, durante la secundaria, organizábamos con mis amigos –asaltos se les decía-  fiestas donde se ligaban y deshacían nuestras primeras relaciones con el sexo opuesto.

La recuperación del Winco, su laboriosa reparación y efímero disfrute me llevaron a recordar, entre tantas otras cosas, la famosa noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta y en la que yo perdí para siempre el amor de Sandra. Y de paso también, simultáneamente, alcancé a aprender la inasible esencia del devenir.

Reparar el artefacto no fue fácil, luego de recorrer con él diversas tiendas de reparación de electrodomésticos donde era rechazado “in limine” fui a dar con un desordenado antro donde, entre esqueletos de viejos televisores, videocaseteras putrefactas y amputadas bandejas giradiscos, un señor de edad indefinida defendía el antiguo oficio de arreglador de equipos de audio y video. Luego de observarse mutuamente –el Winco y el señor- este dijo con desgano “déjemelo, algo vamos a hacer”.

Conseguir los repuestos fue un parto, creo que el pudor me evitó preguntar por ellos en alguna casa de electrónica. Me amparé en el anonimato de internet y después de mucha búsqueda  y consultas con el arreglador para ver si se podían adaptar las cosas que me ofrecían, logré hacerme de lo esencial. El buen hombre seguramente apiadado por mis esfuerzos dijo al fin “tráigame lo que tenga, ya veré como  lo hago funcionar”.

Y la cosa resultó, un día llamó para avisarme que el aparato estaba reparado y que fuera a buscarlo. Creo que colgué el teléfono y salí corriendo para allá. Con amorosa preocupación lo llevé a casa y lo instalé en la mesita que hacía tiempo le había destinado. La pila de viejos discos de vinilo estaba ya desempolvada.

Esperé la ocasión propicia. Una tarde de sábado, en que mi mujer había salido a visitar a su mamá y mis hijos se habían evaporado como de costumbre, entreví que una in despreciable oportunidad se abría para mí. Me instalé en el living, maniobrando las persianas atenué la claridad que venía de afuera, me agencié de una copa de licor de huevo –sé que desentona pero es mi debilidad- y me apresté al disfrute.

Tomé un disco al azar -¿habrá sido al azar?- era un viejo long play de Mina. Lo limpié de nuevo con una franela, lo deposité en la bandeja y con extrema delicadeza le apoyé la púa. Al instante me envolvió la maravillosa y sensual voz de la cantante italiana. Sumergido en el sillón, con la copa en la mano, los ojos cerrados, me entregué a la música y los recuerdos Sentí que comenzaba a fluir a mi memoria –seguramente eso era lo que anhelaba desde que recuperé el Winco-  aquella inolvidable noche en el club, la noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta.

Teníamos entonces 16-17 años, con Sebastián estábamos perdidamente enamorados de las terriblemente lindas hermanas Rivera. Sandra, la menor, era la mía en mis deseos. Angélica era para el Seba. No recuerdo haber visto jamás muchachas tan hermosas, tan bien proporcionadas, simpáticas, y con esa pizca de descaro que las volvían perfectas.  Sabedoras de su poder, seducían a todo el mundo con la inocencia que solo la pura belleza les podía otorgar.

Era al comienzo de la primavera, cuando las hormonas se desordenan, los pajaritos cantan y los animales se aparean. Los fines de semana se organizaban en el club aquellos bailes para juntar plata para el viaje de fin de año. Fue en uno de ellos que decidimos con Seba tirarnos a la pileta, dejar se sufrir y encarar en firme a las  Rivera, a cara o cruz. Sigo creyendo que teníamos buenas posibilidades, si bien ellas eran gentiles con todo el mundo, sentíamos que hacia nosotros había un trato especial, que no prescindía de la atracción.

Los bailes en el club los organizaba la escuela, junto con la comisión de padres. Por eso en los mismos había que sufrir a veces la presencia de los indeseables, puestos allí para vigilar las conductas de los adolescentes. Aquella noche, recuerdo, el vigilador principal era el abominable viejo Turlét, jefe de celadores, universalmente odiado por su impertérrita conducta hostil a todo lo que oliera a desorden, alegría, juventud. Su presencia en la barra fue un bajón.

Con Sebastián habíamos previsto todo. Determinamos que después de revolotear como al descuido por todas partes invitaríamos a bailar a las hermanas Rivera. Sabíamos que aceptaría sin problemas, ya he dicho que con nosotros tenían una onda especial. En determinado momento yo le haría una seña al DJ  para que pasara el disco de Mina –de quien Sandra era fanática- que había llevado ex profeso. Y de ahí cada cual se entregaría a su suerte.

Pero un hecho preanunció el desastre de aquella noche. El maldito viejo y milico Turlét que se paseaba vigilante por la barra, por el parque que rodeaba la pileta y la cancha de básquet –que era la pista de baile-  descubrió a un grupo de muchachos ingiriendo cerveza. En estos bailes solo se vendían jugos o gaseosas, por lo que los chicos, ayudados por algunas niñas, no tenían más remedio que ingresar de contrabando las bebidas alcohólicas. Esto era sabido y tolerado siempre que no se desmadrara.

Pero para Turlét eso era intolerable, hubo corridas, gritos, conatos de agresión, intervención de gente del club y finalmente un pequeño grupo de chicos y chicas fue invitado a abandonar las instalaciones. Nunca había pasado nada parecido, un sentimiento de bronca y frustración nos invadió a todos que confusamente entendimos que la cosa no debería terminar así, pero luego de un momento de vacilación, la fiesta continuó normalmente.

Al poco tiempo ya tenía a Sandra en mis brazos y podía ver en el otro extremo a Seba con Angélica. Cuando empezó el disco de Mina sentí que el cuerpo de mi compañera se estrechaba aún más al mío mientras me empezaba cantar susurrante al oído  Sono come tu mi vuoi -Sandra iba a la Dante y usaba impiadosamente el italiano para seducir, si su vieja lo hubiera sospechado la cambiaba inmediatamente de escuela-

Sentado en el living de mi casa, tantos años después,  volví a percibir el suave aliento de Sandra en mi oreja, su perfecta imitación de la  sensual voz de Mina, mientras yo … creo que nunca volví a tener una erección igual.

Nuestros labios apenas habían comenzado a rozarse, cuando veo aparecer a Sebastián con el rostro desencajado como aguantándose las lágrimas, atrás Angélica, indignada. No entendí nada hasta que una seña de Sandra me avivó. Una gran mancha insidiosa oscurecía el pantalón de mi amigo a la altura de los genitales. Lo tomé de un brazo y lo llevé aparte.  Angustiado y avergonzado me explicó, las cuatro botellas de cerveza que había tomado para darse ánimo habían decidido salir sin permiso por la punta de su pene, justo en el momento culminante de su excitación.

No podía dejar solo a Sebastián en un momento así, era y es mi mejor amigo. Por supuesto que él no quería quedarse un minuto más en la fiesta, de modo que tuve que acompañarlo, cuando saludé de lejos con la mano a Sandra para despedirme un frio invernal cayó sobre mis huesos. Nos fuimos del baile cinco minutos antes que los mellizos Pequenino tiraran el Fiat 600 a la pileta.

Los mellizos Pequenino, en el Fiat 600, atravesaron lentamente en línea recta el césped que rodea la  pileta y al llegar al borde aceleraron. Mientras el auto se hundía abrieron las puertas y se tiraron al agua, emergieron con una sonrisa en los labios y haciendo una V con los dedos de la mano izquierda. La sorpresa, el griterío, la emoción, la incontenible algarabía fue de todos. El Fiat 600 era de Turlét.

Eran los 60, década fértil en rebeldías. Comenzaba a gestarse una generación que llevaría sus ideales a la línea del frente. No creo que mis hijos hoy puedan entenderlo. Algunos de los muchachos y chicas que estaban bailando esa noche en la fiesta, habrían de pagar muy caro sus sueños de justicia pocos años después.

A los Pequenino los expulsaron de la escuela y del club, pero ganaron en cambio una aureola de héroes románticos que los llevó directo al corazón de las hermanas Rivera, de quienes también ellos estaban enamorados.

Sentado en living de mi casa, envuelto en estos recuerdos, escuché de pronto como la increíble voz de Mina se deformaba en un sonido horroroso y luego el silencio. El disco había dejado de girar. Me incorporé extrañado, levanté el brazo con la púa, lo volví a apoyar y nada. Repetí esta acción varias veces sin el menor resultado. El Winco ya no  funcionaba, la reparación no había durado ni siquiera un disco.

Frustrado, salí al balcón, la indignación me cegaba, me sentía engañado, ese falso experto de morondanga me había cobrado una fortuna para un arreglo que no duró más que un suspiro, ya iba yo a cantarle las cuarenta el mismo lunes. Esto pensaba furioso acodado en el balcón  ese atardecer de finales de otoño, cuando de repente… me cayó la ficha.

Comprendí de golpe, que todo era inútil. Reparar el Winco era tan imposible como volver a mis diez y siete. Que nada ya me llevaría de vuelta a los brazos de Sandra, de la Sandra de 15 años de los 60, ni a ninguna otra parte de mi juventud, con sus amores y rebeldías. Me di cuenta que todos  estamos condenados a correr siempre hacia adelante mientras sentimos como se cierran, para siempre, las puertas que vamos dejando atrás. Cuando entendí eso, tome una bolsa de consorcio, introduje con calma a mi Winco en ella y bajé a la calle. El bulto y los discos quedaron en el contenedor. Volví a mi departamento me hundí de nuevo en el sillón del living, previo servirme otra copita de licor, y allí me dejé estar. Al lunes siguiente compré un CD de Adele. Aún no lo escuché, dicen que canta bien, pero no creo ni por un momento que me lleve a las vibraciones que supo llevarme Mina.

Pero bueno, habrá que conformarse.

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TOMÁS

SILVIA MOYA

Publicado en Cuentos el 23 de Agosto, 2013, 11:56 por MScalona

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CONTIGO APRENDÍ

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Se casaron en abril. Como era costumbre en la época, a nadie sorprendía la juventud de Perla ni el corto noviazgo que habían sostenido.  Apenas unas cuantas visitas desde que Enrique había llegado al pueblo bastaron para acordar el matrimonio.

Monigotes es una colonia agrícola en la provincia de Santa Fe poblada principalmente por familias judías. Los Linbel  eran alemanes no judíos radicados allí desde 1907, por eso , al recibir la noticia que un sobrino suyo herido en la guerra vendría a recuperarse a su estancia, para evitar prejuicios y asperezas con los habitantes del pueblo, le aconsejaron que se nacionalizara sin demoras y renunciara a sus dos primeros nombres de pila.  Gustav Adolf Heinrich Linbel  fue en adelante Don Enrique.

Perla era la hija mayor de la directora de la escuela del pueblo. Para Perla pronto su esposo recibiría el apodo de Gringo.

La misma tarde en que se casaron se trasladaron a Rosario. La noche de bodas la pasarían en la casa que Enrique había comprado en el barrio refinería.

Perla  se acomodó en  la cama oscilando la mirada entre  el techo de la habitación y la cara de su esposo. Él se enderezó un poco en la cama, y mientras desabrochaba los  16  botones del camisón,  deslizándolo desde los hombros  hacia abajo para desvestirla, le hablaba:

_ Mirá, en el matrimonio lo más importante que tenemos que lograr, es la confianza. Eso es lo que nos va a permitir ser felices. Aunque no lo creas la vamos a lograr bajo estas sábanas.  Esa confianza no va a surgir hasta que uno de nosotros dos no se tire el primer pedo.

El pedo sonó como tela desgarrada y el olor no tardó en ascender.

Perla escapó de la cama, desnuda, riéndose a carcajadas hasta que las lágrimas le brillaron en los ojos. Enrique la miraba: El vientre y las tetas se agitaban con la risa,  los pezones erizados, las piernas largas y delgadas, el monte de Venus  cubierto de vello oscuro, ella sólo atinaba a cubrirse el rostro con las manos  para atenuar el olor.  También riendo, desnudo,  se levantó a abrazarla. Ella no sintió vergüenza de mirarlo: la herida debajo de la tetilla derecha, los brazos,  el cuello ancho, los ojos azules, las manos, y en esa deriva de la mirada pasaba una y otra vez por la erección de la verga sin asombrase ni sonrojarse por eso.

-         Disculpame  tesoro/Schatz – susurró el Gringo mezclando las dos lenguas.

Se abrazaron, primero de pie. Enrique conducía las manos de ambos, llevaba adelante el orden de las caricias. Lo que vino después, en la cama,  los puso a la par en iniciativa y  placer.

A la mañana siguiente Perla recordó sus lecturas de las Mil y Una Noches y sintió que recién ahora comprendía el sentido de muchas de esas historias.

 

 

La primera hija fue mujer y la llamaron Alma, dos años más tarde nació Alfredito.

Enrique consiguió trabajo como perito clasificador  de granos y comenzó a viajar a La California, un paraje que recibió su nombre de un vagón que quedó allí proveniente de Los Ángeles, California. El conteiner tenía escrito L.A. California y así le donó su nombre a la estación. Los viajes de Enrique se prolongaban a veces durante cuatro o cinco días y ella se quedaba sola con los dos chicos así que decidió darle hospedaje a Juana, una chica que había sido madre soltera en el conventillo de enfrente y su padre había echado de la habitación. El acuerdo con Juana era por casa y comida pero la ausencia del Gringo  hizo que Juana y Perla compartieran además de la crianza de sus hijos  y los quehaceres domésticos,  algún radioteatro de la tarde,  lecturas y conversaciones durante la noche.

Las dos superaban apenas los 20 años, Juana esperaba ansiosa a que los dos varoncitos se durmieran porque sabía que Perla entonces leía. Primero para Alma hasta que la nena también se dormía y luego para ella. Muchas veces, cuando el Gringo estaba de viaje Perla le permitía acostarse en la cama con ella y leían hasta la el amanecer.  A veces, durante la madrugada, volvía  Enrique y las encontraba durmiendo juntas pero nunca se había enojado por eso.

Enrique sentía en esos días que tenía que recuperar a su esposa de un tiempo de infancia que había invadido la casa. La llamaba entonces su Blancanieves. Sorprendía a los niños con regalos escondidos en los bolsillos y sobornaba a Juana enviándola con los  chicos a la matiné de tres películas continuadas. Así lograba quedar  solas con su  mujer. Ella  lo complacía,  pero la vida, su deseo, sus sueños cada vez estaban más distantes de esas visitas matrimoniales.

 

 

 

Juana y Perla pintaron los árboles de la vereda y los troncos de las palmeras del ingreso con cal. Colgaron alcanfor en una bolsita del cuello de Alma que para entonces ya iba a la escuela. La radio indicaba las medidas preventivas para evitar el contagio de la polio que ya se había llevado decenas de niños y dejado otros tantos con secuelas irreversibles. Alfredo y Raúl contrajeron la enfermedad a pesar de las medidas.

Cuando llegó el Gringo,  Juana, en la cocina,  preparaba café y una enorme olla de puchero para la parentela. Perla se ocupaba de tapar los espejos para el velatorio. En la habitación de Juana , Alma esperaba con el caballito de juguete que él le había traído, sin entender lo que había sucedido. Encerrada en el cuarto de servicio esperaba  que quizás  su papá pudiera darle alguna explicación acerca de dónde se habían ido Raúl y su hermanito.  Enrique no supo cómo hacerlo.

Juana se mudó a la habitación de Alma y Perla decidió alquilar el otro dormitorio. Colocó carteles en varios negocios y cerca de la facultad de Ciencias Médicas.

No tardó en aparecer el primer postulante:

Alejandro Lamas- se presentó- intentando una broma sobre la similitud o cacofonía entre su nombre y el autor de La Dama de la Camelias.

A Perla, la presentación  le sonó inapropiada y pedante pero decidió que  la situación no era para ponerse selectiva con el temperamento de los huéspedes así que le mostró la habitación y acordaron el precio.

Alejandro no trajo más que algo de ropa y dos o tres libros por lo que Perla pensó que no sería un estudiante muy aplicado y que quizás pronto estaría buscando nuevo inquilino.

Era diciembre y el calor obligaba a dejar puertas y ventanas abiertas. Las habitaciones se comunicaban unas con otras excepto la del inquilino que era un altillo en la parte superior del patio. Pero el único baño de la casa estaba  en el patio, de modo que Alejandro, cuando bajaba para usar el sanitario, solía ver a Juana durmiendo con Perla en la cama matrimonial, semidesnudas, con los libros tirados por el piso, a veces abrazadas. Lo excitaba pensar que entre las dos mujeres había una relación amorosa.

La ausencia del Gringo se había vuelto cada vez más prolongada, en  las semanas  que llevaba viviendo en casa de la Sra. de Linbel , Alejandro no había conocido a ningún señor Linbel y eso alimentaba las fantasías del estudiante.

Habitualmente Alejandro aprovechaba las mañanas para estudiar pero ese día  el calor era agobiante y Alma intentaba treparse al piletón mientras Juana lavaba las sábanas. Perla había salido a hacer compras y había dejado la nena a su cuidado.

Juana alzó violentamente a la nena y gritó:

_ Ves? Ves ese agujero? Por ahí se fueron Alfredito y Raúl! Nunca más te subas acá! Entendiste?

Alma subió corriendo las escaleras y Alejandro, que estudiaba con la puerta abierta, la dejó entrar. Estuvo largo rato dibujando con la nena.  Tocaron a la puerta y tuvo que ir él a atender al cartero que traía  un sobre para Perla.

Juana terminó de enjuagar las sábanas y las colgó en la terraza. A Alejandro le pareció oír que lloraba.

Cuando Perla regresó almorzaron y Juana le propuso a Alma ir a la matiné.

Perla se sentó en el patio a leer la carta.

Entró furiosa a la cocina y estrelló contra el piso dos o tres copas.

-         Hijo de puta! Hijo de remil putas!- gritaba.

Alejandro bajó corriendo las escaleras:

-         Está bien Sra. de Linbel?

La siguiente copa se estrelló contra la puerta, al lado de la cabeza de Alejandro.

-         No! – gritó Perla- No estoy bien . Mi marido me dice que me ama y me extraña y me pide por favor que me inyecte penicilina porque mientras tanto me extrañaba, el mes pasado se fue de putas y es probable que me haya contagiado sífilis.

Que por el gran amor que siente por mí ha puesto distancia hasta que termine su tratamiento. Y me pide que por las dudas me trate yo también.

 

Alejandro la acompañaba al hospital a colocarse las inyecciones, simulando una convivencia, una falsa identidad y una relación que hiciera sentir menos desdichada a Perla  por el tratamiento que debía solicitar.  Al principio los favores eran desinteresados pero enseguida Alejandro se sintió tentado de sacar provecho de la situación. Es sabido que la mujer despechada se transforma en presa fácil y,  penicilina de por medio,  Alejandro no corría peligro.

La situación fue propicia porque Juana decidió viajar a Los Quirquinchos a visitar a una tía y le pidió a Perla que le permitiera llevar a Almita ya que el verano era tan duro y la nena estaba ahora solita .

Cómo Alejandro se las arregló para llevar a Perla a la cama no escapa de las situaciones más convencionales y previsibles:  El típico comentario sobre el hombre que no valora lo que tiene y que descuida aquello por lo que él hubiese dado  la vida fue suficiente. Cualquier rapaz carroñero conoce el truco y cualquier mujer simula desconocerlo cuando el dolor o la venganza la vuelven presa del juego.

Cuando el Gringo llegó , Alejandro dormía con la boca abierta, el brazo cruzado y la mano abierta sobre las tetas de Perla.

Perla lo despertó de un sacudón. Alejandro se sobresaltó y corrió desnudo hacia el dormitorio de arriba.

Perla soltó una carcajada .

-         ¿Qué voy a hacer con vos Blancanieves?- preguntó Enrique

-         Haceme reír Gringo. ¿Todavía sabés cómo? Haceme reír…

Alejandro, en el cuarto alquilado preparaba sus cosas e intentaba una explicación para evitar la paliza  o el asesinato. No sabía qué le esperaba.

Enrique subió tranquilo . Le dio la mano y le dijo:

-         Mi esposa y yo no vamos a cobrarle este mes de alquiler pero tendrá que irse ahora. No se preocupe, usted no ha tenido nada que ver con esto, el problema fue entre mi mujer y yo.  Entrégueme las llaves que lo acompaño hasta la puerta.

 

 

 

GABRIEL CACIORGNA

Publicado en Cuentos el 23 de Agosto, 2013, 11:52 por MScalona

LA NOCHE ANTERIOR

 

Explora en sus  bolsillos para ver cuánto le queda. Sólo un peso.

¿Qué se hace con una moneda y una familia devastada? Se mete en un kiosco a comprar un cigarrillo suelto. La mujer que atiende le acerca el encendedor con una mueca de desprecio; parece que supiera que ese padre acaba de apostar lo que consiguió vendiendo la heladera de su casa. Sale.

Flota cierta tristeza en la atmósfera. El viento agita la copa de los árboles, las luminarias y sus propios fantasmas.

En las noches de invierno a cielo abierto el cuerpo pierde su sinergia; cada órgano actúa a su antojo y la ropa no abriga las partes al unísono. Las que se dicen pudendas, se quejan sin pudor por sentirse sofocadas, mientras las extremidades se congelan.

Siempre es así a la intemperie.

Recuerda aquel mediodía en que ella, después de la quimio, se quejó.  Cuandorespiro el aire me quema viva. Caminaron en silencio y luego arremetió, ¿te hiciste la idea de seguir sin mí? Él entró a un minimarket a comprar unos chicles. Aún no había comido; solía acompañarla en sus ayunos.

Laura era todo para él. Marcos no tenía familia, ella tampoco desde que dejó su país, y así los hijos vinieron a cerrar un círculo de frustraciones y cuentas pendientes.  Por eso, aunque aquéllo ocurrió frente a sus ojos, la muerte de su esposa lo desconcertó. Hasta serle infiel ya no era lo mismo sin ella. Fue la enfermera con la que se acostaba luego de las guardias nocturnas quien se lo advirtió mientras cubría el cadáver. Él dejó olvidado el erotismo en alguna cama del sanatorio, pasando a ser un cuerpo inerte, tanto como el de Laura.

También descubrió que la capitalización de intereses se parecía al cáncer. Laura murió y dejó de sufrir, es cierto, pero le pasó los estigmas. Se había enfermado con ella. Enfermo de desgracia, de esa que se trata con alcohol y encerrándose en antros donde siempre se aprovechan de los desahuciados sin ningún remordimiento.

Amanece. Volver a la casa… ¿a qué?.. ¿para qué?.

 

- No puedo dormir… ¡la puta madre! – murmura Benjamín.

La casa está más vulnerable que nunca. Las paredes no logran interponerse al invierno, que ostenta su crudeza a la luz de unas velas y con las hornallas prendidas. En el living, al lado de unas cajas, los chicos tiraron el colchón de dos plazas para dormir juntos. Ahora, sentados en cuclillas, se miran como esperando que algo pase, que su padre llegue, que les dé alguna respuesta. Morena es la primera que rompe la triangulación; cuando está ansiosa sus ojos se desorbitan y babea.

- ¡Tengo frío!

Julieta va a su habitación. En segundos, destroza la estantería de madera y yute que le había armado su madre para acomodar las muñecas. No va a dejársela a ninguna mocosa presumida.

- ¿Voy a tener una pieza para mí sola en la casa nueva? Papá me dijo que nos vamos a vivir a una grande, que queda en el campo y que… y que… tiene muchos animales para que yo juegue cuando ustedes no están.

Morena la había seguido.

-  Sí, pendeja. Y te la voy a pintar de violeta, como siempre quisiste.

Guarda en su bolso unas cuantas prendas raídas. La ropa es como la gente, allí donde debe soportar, sostener de algún modo, comienza por destruirse.

Las viejas mesas de luz quedarían allí; su padre les dijo que tenían que llevar lo indispensable, porque los primeros meses se instalarían en el departamentito de Eduardo, un tío radicado en Australia del que nunca les había hablado.

No sabían de mudanzas porque desde niños vivieron en esa casa. Laura nunca quiso irse, nunca. Al punto que, dos días antes de morir, en una de esas mejorías que preanuncian la agonía de los enfermos terminales, cuando los dejaron entrar a los tres a la habitación, le pidió a Julieta que mantuviera todo limpio y ordenado. Con su hermano se empeñaron en que todo reluciera a su regreso.

La casa fue muriendo con ella. Las siemprevivas sucumbieron en el cantero.  El sodero ya no les dejó el cajón con sifones los domingos, ni el canillita la revista de tejido a mano. El único helecho que, desde una maceta colgada, resistía la debacle, fue a parar al piso cuando pusieron el cartel. Al menos Julieta pudo derrotar a sus amigas; “hipotecaria” fue implacable para el ahorcado. Ellas, tan risueñas y felices, no la conocían.

Las visitas guiadas resultaron buen negocio para Morena. El señor de traje le regalaba chocolates si lo dejaba pasar con otras personas. Venía siempre por la mañana, cuando ella estaba sola, ya que los hombres de la casa lo habían sacado varias veces a patadas. Poco le molestaba a la nena que comentaran lo descuidado que estaba todo, que hablaran de tirar paredes y de decoración. Incluso días atrás  una señora, entrada en años y kilos, le regaló un billete de cinco pesos y le acarició la cabeza, mientras preguntaba al martillero si era cierto que la propiedad se vendería ya desocupada y si era fácil desalojar a una familia con chicos.

 

Alguien golpea. Julieta, se levanta. Ya había amanecido.

- ¡Seguro que es papá!

Pero no.

- ¡Benjaaa!… ¿por dónde andás? Pasó Adriana y me dijo que El Tano te perdonó, que mañana vuelvas a laburar a la rotisería si querés. Y hasta nos dejó unos sandwichs bien calentitos… ¿No te llamó papá al celu?

Él la escucha desde el patio mientras termina su porro. Le causa gracia  que el viejo lo pueda perdonar. Y piensa en cómo un tipo que se pasa la vida cagando a los demás, conserva una capacidad que él, a los diecisiete años, ya ha perdido. Y siente que debería comprar un arma, que estos dilemas sólo se resuelven con sangre. Aunque no sepa para quién sería el tiro. Si para el oficial de justicia, el martillero o cualquier pelotudo que venga a ocupar la casa. Para alguien del Banco que se la quedó, por plata gastada en tratamientos que no sirvieron.  O tal vez, para su padre, que desde hace meses no hace más que engañar a las hijas, con una casa de campo, un tío que no existe, un trabajo que nunca consiguió…

Cuando vuelve al living, sus hermanas ya devoran la vianda. Él las imita. Piensa que, tal vez, sería más sensato reservar la comida para el hambre que les espera. Pero igual mastica.



CARLA CATERINA

Publicado en Cuentos el 28 de Julio, 2013, 23:19 por MScalona

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Guardias

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La sala de médicos estaba ubicada al fondo del pasillo, girando a la izquierda, después de los baños. Era un lugar de aspecto lúgubre, con azulejos celestes y paredes manchadas, y casi siempre había olor a sopa. El doctor Raúl estaba sentado sobre una banqueta de cuerina verde, con los codos sobre la mesa y leía los informes de la evolución quirúrgica de los pacientes de la sala de terapia. Al lado, en otra banqueta, Paula, residente de segundo año, estudiaba un caso atípico. _Gordo me das un mate o sos tomasoli?, _pará nena, lo estoy probando,_ queres  un bizcocho gordo?, _si dale, y hay torta que trajo la gorda Pocha también. _decime gordo, si te dieran bola dos minas pero una  tiene posibilidad de irse a otro país, vos qué harías? _dale agarra viaje con los dos nena, después se verá.

Siguiendo por el  mismo corredor, unos pasos más atrás estaba la sala de guardia, desde dónde hacía un rato llegaban unos quejidos y la voz encabronada de la médica de guardia indagando a una joven paciente, _decime qué te pasa nena!, decime que hiciste, a ver contame un poquito!, dale habla!. La chica no superaba los quince años, llevaba el pelo corto a lo varón y tenía puesto un vestido ancho con flores rojas.  Lloraba e insultaba, mientras se revolcaba en el sillón de la guardia, apartándose de las manos ajenas. Afuera un hombre la  esperaba de brazos cruzados, alternando la mirada entre la puerta corrediza de la sala de guardia y la vaivén de la sala de médicos. De golpe dio un salto, se pasó la mano por la frente aliviando la transpiración y se puso a caminar arrastrando los pies.

El doctor Raúl miraba al señor, _sabrá esta lo que hace?, seguro la está maltratando con ese carácter, _no sé, y si vas a ver, por ahí te enteras de algo, dijo Paula mientras se metía un pedazo de torta en la boca. Raúl salió de la sala mientras se ponía el guardapolvo. Se acercó al hombre y extendió su mano. _Soy Atilio Ladegracia dotor. La piba mía está ahí adentro. No sé qué tiene, le duele la panza mucho sabe, pero no quiere hablar, insistía el hombre. El doctor lo miró e hizo una mueca y después volvió la sala. _ Y gordo qué pasó? Dijo Paula mientras renovaba la yerba y calentaba el agua, _no sé fíjate si viene alguien mientras voy a ver. Después te cuento pibita.

Paula se había quedado sola, _para qué seguir con esto ahora, después de todo el año recién empieza, y además si Juan tiene decidido irse me voy a quedar sola, y después el invierno, y estudiar en ese cuartito de mala muerte… y …todavía me quedan tres años, no un garrón!. Agarró el celular, cerró el libro; abrió el libro, dejó el celular, pensó en Pablo, _mejor no, pensó mientras empezó a limarse las uñas, _y si vuelve el otro se arma la podrida, además cómo le explico, no me va a creer. Dejó la lima, y llamó al piso de arriba. Atendió la jefa de enfermería, _ lo que faltaba esta vieja arpía capaz que se pone a vociferar; cortó sin hablar. Otra vez se tiró sobre el libro. De reojo, el celular en el bolsillo, “clin clin”, “en diez en la pieza de las cuchetas chiquita”, vibrando sobre la pantalla. Cerró el libro y se acomodó el ambo. Después se metió en el baño y se arregló un poco el pelo. Muda, quieta. “clin Clin” “venis?”, se deseó suerte mirándose al espejo.

Raúl salió de la sala de guardia, llamó por teléfono y pidió una camilla, un anestesista y que bajara la gorda Iza que tiene pasta para estas cosas. _ de dónde habrá salido esta inútil, si no voy hace cualquiera, y encima me carga el fardo a mí. _Mire Atilio, lo de la piba no es grave, pero va a llevar un rato, _pero que tiene la piba dotor? , usté sabe que le pasa?, la puedo ver dotor?, _no Atilio, espere en el pasillo, ya le vamos a avisar. Atilio quedó parado por unos instantes y después caminó pasillo al fondo hasta dónde había una escalerita que daba a un jardín. En el fondo había una capilla con dos bancos de madera. Se sentó y prendió un cigarrillo. _sabes Jacinta, que pena que no estás Jacinta, pero a lo mejor me escuchas Jacinta. La piba está complicada, decime Jacinta mía, será grave lo de la piba, quien sabe ahora que no trabajo Jacinta, sabes cómo pienso en vos Jacinta, vos que tirabas siempre del carro, tirando pa no aflojar decía mi viejo…Jacinta…Jacinta..

Una hora más tarde el sol todavía se metía dentro de la sala. Paula intercambiaba con Pablo información sobre los últimos internados_ el de la cama cuatro está al horno, no creo que pase la noche, y al de la cama tres mantenelo dormido si no queres tener lola,  le dijo Paula que tenía el pelo revuelto y se había puesto su ropa de calle; _no pasa nada nena, como si no hubiese visto varios fiambres en estos años. Cuestión de costumbre. No perdamos  el tiempo. Nos vemos mañana, chau nena.

Paula volvió a la sala de médicos y metió el ambo adentro de la mochila. Raúl entró, se puso el guardapolvo y se sentó en la mesa. _no me vas a creer, la pendeja estaba embarazada y nadie sabía. _ nooooo, anda y qué hiciste gordo?, _para qué te voy a contar, un chiquero adentro de la sala, vuelta de cordón; nunca una ecografía. Rasuramos, cortamos, metimos mano;  el pibe salió casi azul, ahora esté en neo. _ Y bueno gordo, como todo, después te acostumbras, dijo Paula mientras marcaba el número de Juan.

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                                              CARLA

HANSEL GERMÁN MONZÓN

Publicado en Cuentos el 28 de Julio, 2013, 23:16 por MScalona

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La novia de Alain

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Cuando Gustavo le mostró la revista, Luis no lo podía creer.  Una semana atrás, trabajando en un guión para el práctico que tenían que entregar a fin de año, habían hablado de las hermanas, Gustavo, que era de Villa Eloísa,  las había conocido. Luis recordó esa época, su infancia en la casa de pasillo en pichincha, cuando estaba en segundo grado y se aburría en la clase de italiano, bah, en todas las clases. Recorría el antiguo cielo raso del aula con la mirada. Siempre le llamaban la atención unas rosetas, una especie de flor chata de yeso en relieve. Había cuatro, una en cada esquina, de las que salían dos  finas molduras ondulantes a noventa grados una de otra,  un fileteado en relieve que decoraba cada rincón del techo.  En el centro de cada flor había un agujero por donde él se perdía transformado en un abejorro. Desde ese orificio observaba toda la clase o se escapaba para sobrevolar la escuela, el barrio, la ciudad, desde donde volvía repentinamente cuando escuchaba la resonante voz de la maestra preguntando  si  habían entendido.  Sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia  aparecía en su pupitre, Intrigado y con la sensación de haber fallado otra vez, como si fallar fuese un designio que jamás podría cambiar hiciera lo que hiciese.  El pizarrón completamente cubierto de escrituras incomprensibles para él, era  la contundente prueba de la magnitud  del tiempo que había estado ausente. Miraba sin entender  y luego miraba a sus compañeros tratando de captar alguna señal, un gesto, algo que le indicara de qué se había tratado la clase.

Al sonar el timbre metía el cuaderno y la cartuchera en su portafolios, los lápices, por lo general, los tiraba adentro sueltos, así era como se rompían o perdían. Formaba fila y tomaba distancia displicentemente. En el fragor que causaban los últimos minutos, se empujaban unos con otros, algo que solía ponerlo mal pero que ya no le importaba. Hacía meses que en lo único que pensaba a esa hora, era en regresar a su casa, o mejor dicho a la vecina.  El transporte amarillo estaba ahí, el de todos los días, el de las mismas caras, el del mismo insoportable recorrido, ese recorrido que lo dejaba con la fastidiosa sensación de que lo relegaban, siempre para lo último. Subió tomándose del pasamano y aferrando el portafolios con la otra, y se ubicó en el lugar de siempre. En el trayecto hasta su asiento algunos chicos le hablaron pero él no escuchó. “Llegás y te vas a merendar a lo de Chele que te va a estar esperando, cuando yo vuelva te voy a buscar”. Le retumbaba la voz de su mamá mientras apoyando su frente en la ventanilla veía pasar los techos pálidos de las casas por entre el gastado y sucio cielo de las tarde de invierno. En un último plano, escuchaba a  los compañeritos más zarpados, los que hacían todo el barullo, los que gritaban cosas a los automovilistas y peatones, los que pasaban derecho para el fondo, como en el aula.

Ya no era como los demás chicos, ya no se sumaba al bochinche, se sentía algo mayor,  prefería quedarse solo mientras, con una mano en el bolsillo del guardapolvo, jugaba, sin darse cuenta, con las migas de una Manon rota, disfrutando del secreto que tenía, un secreto tan perturbador que resultaba casi inconfesable hasta para él mismo. Salvo a esa hora, la hora en que volvía de la escuela, era ahí cuando comenzaba a disfrutarlo.

Chele vivía en la casa contigua a la suya, en el mismo pasillo, para él era de “avanzada” porque estaba separada y en esa época  era algo reservado a mujeres con cierta osadía; tenía dos  hijas de quince y dieciséis años, de una belleza perturbadora, habían llegado de un pueblo, Villa Eloísa, eran tan bellas que no podían tener amigas en el barrio, ninguna chica se sentía cómoda al lado de ellas, opacaba a cada una que  intentase acercarse, casi podría afirmarse que las odiaban, salvo los muchachos, que, por el mismo motivo, vivían alborotados.

Las hijas de Chele eran raras, Luis a sus siete años jamás había conocido gente con esa impronta, salvo en programas de tv. Ellas se llamaban Ana y Cristina y esa rareza le producía fascinación. Cada vez que las cruzaba se sentía feliz, poco importaba su estado de ánimo previo, el solo hecho de ver a algunas de las hermanas, lo reconciliaba con cualquier cosa que hasta el momento lo hubiese afligido. Estaba enamorado, no sabía de cual, o mejor dicho, estaba enamorado de las dos.

Any y Cris eran, como se dio cuenta de grande, lo que se dice progresistas. Escuchaban los Beatles, Bob Dylan, Serrat , cuando en casi todos lados sonaba Ortega y Roberto Sanchez. Tenían en su dormitorio un poster grande con la foto de un barbudo que Luis tenía ya visto y en el que, años después,  reconocería al Che. Esa casa era especial, los vasos de vidrio de colores, el reloj pop de la pared, el tocadiscos portátil (última tecnología), y una réplica en miniatura de un escenario de teatro sobre una mesa ratona, con luces que se encendían a voluntad, le hacían Intuir a Luis que había otro mundo, otra forma de vivir que no era la que le enseñaban en su casa ni en la escuela y esa otra forma,  le atraía demasiado. Any y Cris estudiaban teatro y, cada tanto, hacían fiestas en su casa, fiestas a las que iban personas igualmente raras, y que, obviamente, no eran del barrio. Él, desde su casa, veía llegar a los invitados, escuchaba esa música  y  soñaba con pertenecer algún día, a ese círculo de amigos. Se moría de ganas de estar ahí, pero sabía que eso, era imposible.

El transporte se detenía en la puerta, como cada día, después de un serpenteante recorrido, un recorrido aparentemente alocado que parecía pasar varias veces por la misma zona, alocado pero inevitable si se quería cumplir con la tarea de devolver a cada chico a su domicilio.

Luis, tomaba su portafolio de cuero marrón, tan común por entonces, tan común y tan pesado. Bajaba casi sin saludar a los pocos pasajeros que quedaban, si saludaba, lo hacía en forma automática, en voz muy baja y sin ganas. Caminaba con paso firme, refregándose la cara con el puño del guardapolvo. El peso del portafolios ya no le importaba. Entraba al pasillo que le era muy ancho e interminable. Una excitación se apoderaba de él, durante el largo recorrido trataba de pensar en otra cosa como para calmar la ansiedad pero le era imposible, la sola idea de entrar a esa casa lo ponía muy ansioso, pero lo deseaba. Pasaba  por delante de su casa y ni la miraba, sabía que adentro no había nadie. Cuando llegaba al porche de Chele tocaba timbre.

Recorrido y sensaciones que se repetían todas las tarde a la misma hora. Siempre lo recibía la abuela de las chicas que también vivía con ellas. Por lo general,  a esa hora, no había más nadie. Eso no le importaba, el solo hecho de entrar a su casa, a la casa de sus vecinas tan deseadas, al lugar donde ellas vivían, donde dormían, donde comían, donde había transcurrido una de esas fiestas, era como entrar a su intimidad.

Durante ese año fue siempre igual, la abuela lo esperaba con la merienda y mientras la tomaba  miraba sus programas favoritos: Primero Meteoro, le encantaba, aunque le daba bronca que su héroe no se diera cuenta que su rival enmascarado era su hermano. Después Kimba, un dibujo animado que él miraba molesto porque le parecía una telenovela, el leoncito al que unos cazadores le asesinaban la madre y que todos los capítulos empezaba siempre con esa dramática y lacrimógena introducción, eso no se lo bancaba. El plato fuerte venía después, cuando empezaba Batman, el de Adam West. Era entonces cuando disfrutaba en serio, sentía una profunda atracción por esa estética psicodélica que, sin darse cuenta, emparentaba con la onda de Any y Cris. Sabía que tanto Batman como Robin saldrían sanos y salvo de las trampas que le tendían los villanos, pero no podía dejar de sufrir hasta el día siguiente cuando la salvación se concretaba. Soñaba con ser Batman, con tener una baticueva y un baticinturón lleno de artilugios, uno de verdad, pero se tuvo que conformar con el traje que, de un apurón y para que se dejara de molestar, le hiciera su madre utilizando una vieja sábana, que completó con unas orejitas de murciélago de pañolenci anaranjado. Él se lo ponía casi todos los días y, con esa inexplicable abstracción propia y con que suelen jugar los niños, se veía a si mismo como el inexorable hombre murciélago de la pantalla. Así vestido, jugaba, hacía sus deberes, cenaba y se iba a dormir lleno de orgullo, orgullo que días después fue ridiculez, cuando unos amiguitos le hicieron ver que su traje era blanco y anaranjado.

Una vez terminada la serie se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer. Se concentraba tratando de calmarse, tenía poco tiempo, en cualquier momento pasaba su madre a buscarlo. Con voz que él creía tranquila y esquivando la mirada a la abuela, le pedía permiso para pasar al baño. Una vez ahí, se aseguraba de cerrar bien la puerta, se bajaba el pantaloncito y se sentaba en el inodoro a orinar mientras repasaba con la vista cada rincón del cuarto. Sabía que en algún lugar encontraría lo que buscaba y por lo general lo encontraba, si no era colgado del caño de la cortina de la ducha, era en el grifo, sino en el canasto de la ropa sucia, casi siempre encontraba una bombacha, de Any o de Cris, vaya a saber de quién, aunque la verdad, no le importaba, su amor era indistinto. La tomaba en sus manos como un sacerdote toma el cáliz. Nunca se había masturbado, ni sabía lo que era una erección pero algo del orden del placer  sentía, y era sexual, era atracción pura. Lo miraba y lo tocaba, imaginaba a una de las chicas o a las dos, se lo acercaba a la cara, lo olía. El ritual duraba unos pocos minutos, pero intensos. Después dejaba la prenda donde estaba tratando que nadie notara su intervención y luego salía del baño feliz, tan feliz como se sentiría  de grande al hacer el amor.

Pasó poco más de un año, un año de hacerle el amor a sus dos amores sin que ellas lo supiesen, hasta que un día Chele le contó a sus padres que se irían a vivir a España, argumentando: “Las chicas estudian teatro e idioma, están muy preparadas, quieren vivir de eso  y acá no tienen futuro”. Las extrañó poco tiempo, enseguida se acostumbró a no verlas. Luis continuó transformándose en abejorro para escaparse de la clase, pero cada vez con menos frecuencia. Terminó la escuela y luego el secundario, conoció, el sexo y el amor correspondido. Su madre continuó una comunicación epistolar con su amiga Chele durante un tiempo,  inclusive la visitó en España años después, donde se enteró que Any continuaba con su carrera de actriz, pero años después la correspondencia cesó.

Al tiempo Luis comenzó a estudiar cine. Gustavo apareció en la casa de Luis, a la semana siguiente de aquella charla en la que le contó que había conocido a las hermanas,  llegó con la revista Hola española, entonces no se editaba en el país. Abrió la revista de par en par en una página que tenía marcada  y le mostró a su amigo, el titular decía: “La argentina que enamoró a Alain Delon” y una foto de Any de la mano con el galán. Luis tomó la revista con los ojos clavados en ella y la boca abierta, lo invadió una inexplicable emoción y no pudo dejar de sentir orgullo, un orgullo tan ridículo como el que sintió con su disfraz de Batman.

 

                                                                                                       Hansel Germán

 

ARIEL ZAPPA

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 21:35 por MScalona

EVITA 1

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"SI ELLA VIVIERA"

26 de Julio de 2013 a la(s) 19:43

El bocha me citó a las seis. Decime: ¿qué mierda quiere el bocha a las seis de la mañana en Avenida del Rosario y Lituania? ¿Para qué carajo quiere que me levante a esa hora si hoy no tenemos que ir al mercado?

-Mas vale que vengas porque sino olvidate de seguir conmigo -me ordenó la noche anterior. No puedo quedarme sin laburo. Con el flete me la rebusco para los vicios, y cada tanto, me doy un gusto, baratito, pero al menos, me saco las ganas. En cambio, en la verdulería del bocha, hago la diferencia.

Tenía la piel pegoteada con ese efluvio evanescente que nace desde el arroyo Saladillo junto al frigorífico, que envuelve hasta el aliento cuando hay humedad y el techo de nubes está bajo. Dan ganas de preguntarle a las doñas de la cuadra, cuál de todas fue la que se olvidó la olla destapada con coliflor. Y yo estaba ahí, refregándome las manos, sin saber por qué. Pensando en los que se habían quedado en casa, tapados, calentitos, durmiendo.

Pensé en la época en que mi viejo me llevaba a repartir por la zona. En ese tiempo, a esta misma hora, era un hervidero. Yo tomaba “la F negra”, que ahora es el 134, y combinaba con la “C”, ahora el 142. Y uno subía y saludaba a todos: desde el chofer hasta el último de los pasajeros. Porque éramos los mismos, siempre, cada madrugada, cada uno en su asiento. La pregunta no se hacía esperar cuando uno notaba una ausencia. Y la respuesta, no tardaba en llegar: que está con licencia, que la artrosis, que la cizalla es peligrosa, que la cintura no lo deja en paz…

Y aunque el bocha me haya citado en Avenida del Rosario y Lituania, ésta, no es la misma esquina donde me dejaba mi papá a media mañana en el reparto de vino, para que Raquel me hiciera uno de jamón y queso con una Fanta naranja. Y yo, con catorce años, escondido detrás del sándwich, espiaba a los tipos que charlaban en las mesas, gigantes, fumando, tomando vermouth, leyendo el diario. Y al salir, era otro. Me iba con una enjundia que pocas veces en mi vida, por no decir nunca, he vuelto a sentir. Me sentía parte de ese paisaje orillero, de ese submundo, del cual, no entendía nada. Y cuando mi papá me pasaba a buscar yo saludaba, y ellos, levantaban la mano. Hoy, en cambio, sólo se ven pescadores que van y vienen desde el arroyo, esmerándose por trajinar y poblar la cuadra. Y los Templos: siempre hay Templos. Sobra gente y falta pintura.

En eso estaba cuando los vi salir a todos, como hormigas.

Venían de a tres, de a cuatro. Conversaban. Discutían meneando las manos, levantando el índice como agujas, apuntando hacía el cielo. No podían parar de hablar. Uno gritaba citando una fecha, un documento histórico, una batalla memorable. El otro, altisonante, le respondía que no. Que no fue, ni es, así. Que ella nunca dijo eso. Si algo ella nunca había dicho, por compromiso con su pueblo, era eso.

Cada tanto, cuando el vaho que se paseaba por mi nariz no me repugnaba lo suficiente, me concentraba en los nombres y las ciudades que citaban. Calculaba que, por la edad de los tipos y las minas, ninguno aún había nacido en las fechas que mentaban. Pasaban a mi lado como zombies, sostenidos en una fascinación que no les permitía parar de hablar. Si dijera que alguno se percató de que yo estaba ahí, te mentiría. Al rato, dejaban de caminar y la charla se posaba en dos o tres que, formando un círculo a modo de conciliábulo, bajaban la voz, secreteaban cosas que no alcanzaba a oír. 

Fue una sorpresa descubrir al bocha que venía caminando con ellos, en el tercer o cuarto grupo de gente. No hablaba. La voz cantante la llevaba una piba que tenía una carpeta y un cigarrillo aún sin encender. A menos de cinco metros, antes de llegar a mí, el bocha levanta la vista y me advierte. Yo me paré firme, como esperando una orden. Se separó de los demás y, adelantándose, me saludó. Cuando el grupo llegó caminando hasta el filo del cordón, antes de buscar la parada de colectivo, los detuvo a todos para presentarme. Yo estaba mudo, encabronado. ¿Qué mierda hace el bocha con esta gente saliendo del bar “Nuevo Piave” a las seis de la mañana? ¿Se habrá hecho evangelista? ¿Testigo de Jehová? ¿La Carina lo habrá echado de la casa? Que yo sepa, últimamente no se mandó muchos renuncios, porque si fuera por eso, le tendría que haber puesto una soberana patada en el culo hace tiempo. Al presentarnos, el bocha recitaba de memoria el nombre de cada uno de ellos, y todos, hombres y mujeres, me saludaron con un beso. No hay duda: el bocha anda en algo raro.

Noté que el grupo dejó de discutir. Abandonaron las discusiones para empezar hablar del tiempo, de la parada del colectivo, de cuándo empieza el campeonato de primera. Y en un minuto, tras frases cortas como “¿vos nos llamás?”, que iban dirigidas a la mina de pelo largo, morocha, con ojos hundidos como en cuencos de madera, que llevaba la voz cantante y el cigarrillo sin encender, fueron yéndose.

Yo seguía serio y no soltaba, por más que quisiera, palabra alguna. El bocha, tampoco. Así estuvimos hasta que él tomó el toro por las astas.   

-¿Los viste? -me preguntó mirándome fijo.

-¡Claro! -le respondí sobrando.

-¿Y…qué te parece?

-¿Me estás cargando?

-No, no te estoy cargando…-contestó contrariado.

-¿Para esto me hiciste venir?

-¿No viste nada…?

-Sos un boludo…

-¿Por qué?

-Me hacés levantar a las cinco de la mañana para que te cubra un levante…

El bocha se puso serio. Una sola vez tuvo esa cara, me acuerdo: fue cuando murió su vieja. Respiró hondo y me contó. Se reunían en el bar Nuevo Piave. A veces, en el cine Diana. Nunca en el Sindicato de la Carne. Que la edad tope era 40 años porque, expresamente, “ella” lo había pedido así. Me quedé pensando en esa palabra: “expresamente”, y en el gesto del bocha, afirmándolo.

-Te estás comiendo a la morocha… –le dije con bronca.

-¿Qué decís…?

-Ahora, bocha, decime una cosa…

-…dejame explicarte…

- ¿Qué necesidad tenés de caretearla conmigo…?

-No estoy careteándola, y menos con vos…

-¿…y hacerme venir a las seis de la mañana?

-No estoy careteándola…te digo…

-¿Es testigo de Jehová, mormona…?

-¿Quién,…de quién hablás?

-De la morocha…

-¿Victoria?

-¡Que mierda me importa cómo se llama, bocha!

-¡Pará, pendejo! –me gritó al tiempo que me agarraba la remera, a la altura del pecho.

Y lo hacemos de madrugada, siguió, porque a esta hora no hay giles espiando ni periodistas preguntando boludeces. Que él mismo le había preguntado a la piba, a ésa, Victoria, dijo apuntando a la morocha, -aunque yo, ya lo sabía, y no hacía falta que me lo aclarara-, y ella había dicho que sí, que yo podía venir.

Lo interrumpí de mal modo. ¿Qué me había invitado adónde? Calmo, como nunca lo vi antes, me señaló la pared del sindicato de la carne que mira hacia el río.

Escalofríos. Eso sentí.

Porque la pared estaba vacía: ella, no estaba. No estaba ahí, ni tampoco en la rotonda. Sentí un mareo que me obnubiló la vista y bajó como un rayo hasta mi garganta cuando la vi salir del bar, rodeada de los que aún quedaban adentro. Como al pasar, y mientras saludaba a los del grupo, levantó la vista y la mano hacia donde estaba yo. Me saludó o se espantó un bicho o se rascó la cabeza, no sé. Lo cierto es que su mano zarandeó el aire, y en ese rodeo me sentí envuelto, atrapado en su halo. Al cruzar, miró hacia los costados. Creo haberle escuchado decir “traidores”. No sé si fue una palabra suelta, un suspiro o sólo una alucinación de mi cabeza que, al verla, casi estalla.

El bocha sonrió y me buscó la jeta. Al encontrarla, me soltó: “¿viste, boludo?”. Yo quería cagarlo a trompadas, preguntarle, hablarle, seguirla, besarla…. Y no pude nada de eso. Al contrario. Debía dar gracias de que las piernas me aguantaran para no caer desmayado.

-¿Por qué no me avisaste antes?

-Te avisé ahora…-me chicaneó.

-Vos no sos mi amigo, me usás cuando te conviene…

Lo seguí toreando: que cuánto hacía que participaba. Si sabía alguien más. Si el único boludo de todos sus amigos que no sabía, era yo. Que cómo hicieron para que bajara. Que me haces entrar a cada ratonera y no me avisás de esto...

El bocha, nada. A lo sumo, cada tanto, pestañaba.

Cuando levanté la vista sobre su hombro, los primeros rayos del sol rebasaban la línea del asfalto y se elevaban, desprolijos, pintarrajeando las copas de los árboles. Y ella, mirando fijo y sonriendo, siempre sonriendo, ya estaba presta sobre la pared lateral del edificio, con los brazos abiertos.

No me da vergüenza decirlo: me puse a llorar como un chico. El bocha se dio cuenta y puso su mano sobre mi hombro. El mundo entero levantó sus paredes cerca de nuestras espaldas e hizo descender el cielo sobre nuestras cabezas para que ese momento, al menos por unos instantes, sea sólo nuestro.

Le pregunté qué les decía Evita. Me dijo que nada: ella, escucha.    

GUILLERMO RÍOS

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 21:30 por MScalona
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EL ADIOS

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Hace unos ocho años me encontraba trabajando en una pequeña isla. No quiero decir cuál era, el nombre de la isla no es importante. Lo que importa es que era una isla. El océano la bañaba con su lengua de platino y rara vez soplaba viento o caía algo de lluvia. Era un rincón casi olvidado, de una relevancia ausente, en el cual después de mucho andar, finalmente, había logrado sentirme en paz.

La isla era bastante rocosa, y en su mayor longitud estaba bordeada por acantilados bajos y pedruscos enmohecidos. Sin embargo, en la costa oeste las piedras escupían una playa blanca de ensueño. La arena, con una contextura similar a la harina, acariciaba tersa la piel con una calidez de madre, y el agua templada era increíblemente silenciosa. Parecía como si alguien hubiese habitado aquel lugar hacía miles de años, y antes de irse lo hubiese pausado en la retina de algún dios pagano.

La única estructura que había era un búngalo de madera y un pequeño cuarto de servicio. Es que la pequeña isla se encontraba muy cerca de otra isla, bastante más grande, cuyo nombre tampoco importa y no voy mencionar. Los hoteleros de la isla mayor habían decidido instalar un bar en el pequeño búngalo, e implementar una especie de recorrido turístico por la playa virgen, donde los extranjeros se adentrarían en el terreno de las iguanas y de lo desconocido. En aquel momento yo trabajaba de camarero para uno de aquellos lujosos y abarrotados hoteles. Cuando pidieron un voluntario que se hiciera cargo del bar de la otra isla apenas si dudé en dar un paso al frente. Antoine, un barquero de la zona, llevaría todas las mañanas una conservadora y una caja mediana con frutas, panificaciones y fiambres, y también dejaría diariamente tres litros de agua potable y tres litros de gasolina para el generador.

                El emprendimiento no funcionó a la altura de las expectativas de los grandes hoteleros. Nunca supe si fue por pereza o por algún temor que pudiera infundir en los turistas el viajar a un páramo salvaje. Lo cierto es que eran pocos los que se aventuraban a la isla, y los que lo hacían, seguramente no remarcaban tan positivamente su experiencia al volver a los grandes comedores y piscinas de la gran isla.

El trato era que yo viajara todas las mañanas con Antoine y llevara las provisiones, y al caer la tarde, ya con los últimos turistas, emprendiese la vuelta a la gran isla a pasar la noche en los servicios de alguno de los hoteles que compartían el emprendimiento. Al principio así se hizo, el traslado diario era tedioso, pero aprendí a disfrutar de la brisa de pleamar y el sabor a sal en las comisuras. Todos los días una gaviota nos seguía a pocos metros de la balsa, y yo no podía evitar preguntarme adonde iría después de que Antoine me dejara en mi puesto de trabajo.

                Luego de unos meses, y al ver que la excursión a la playa virgen no había causado el impacto turístico esperado, comencé a preocuparme. Temí que los hoteleros decidieran dar por finalizado el proyecto, y entonces yo me vería de vuelta en los grandes edificios, sirviendo a extranjeros desaprensivos por unas pocas monedas. Fue entonces cuando tomé la decisión de no volver más por las noches. De esa manera, cuanto menos, evitaba cruzarme con algún directivo en los pasillos de algún hotel y tener que rendir cuentas o prestarle oídos a sus explicaciones monetaristas. Si me quedaba definitivamente en la pequeña isla, y siempre y cuando Antoine siguiera trayendo provisiones y algún que otro turista ocasional, tal vez en la gran isla se olvidaran de mí. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Pasado un tiempo, ya me había acostumbrado deliciosamente a mi nuevo hogar. Me llevaba bien con la isla y su naturaleza no me parecía hostil en absoluto. Antoine me trajo una mañana alunas lonas y sábanas viejas que consiguió vaya a saber dónde, y con las maderas verdes que iba encontrando regularmente en la playa fui construyéndome un catre bastante decente y un pequeño modular que acomodé en el cuarto de servicio. Las provisiones seguían llegando y consumía la mayor parte de mi tiempo dando caminatas por la playa o simplemente acostado en la arena, pensando o recordando pasajes de viejos libros o películas.

En una ocasión, Antoine me trajo, además de las provisiones usuales, un libro de regalo. –Es de un paisano- me dijo. Cuando me lo entregó, vi que se trataba de El Extranjero, de Albert Camus. Ya había leído aquel libro, durante mi infancia austera en la ribera cantábrica. Pero como no había mucho más que hacer, comencé su relectura. Había olvidado las largas caminatas por la playa que también daba el personaje de Camus. Y como había planteado que si el hombre, una criatura de costumbre, hubiese sido destinado a pasar su existencia encerrado en el tronco hueco de un árbol, habría hecho de eso su vida, y le habría encontrado una trascendencia ineludible a la forma de las nubes o el vuelo de los pájaros. Ese era yo, en aquel momento y en aquel lugar, dentro de mi tronco hueco. Me había identificado profundamente con aquella historia. Qué grande es la magia de los libros.

                Los turistas nunca dejaron de llegar a la pequeña isla. Si bien eran esporádicos y muchos solo se quedaba la menor porción de su día (le pedían a Antoine que no se demorara más de dos o tres horas en buscarlos), lo importante era que mantenían el proyecto mínimamente a flote, y eso me tranquilizaba. El servicio que se les brindaba era bueno y consistente. Todos los gastos estaban previamente cubiertos al comprar la excursión en el hotel, y por lo tanto podían beber y comer lo que se les antojase, dentro de las posibilidades que brindaran las provisiones con las que yo contara aquel día, claro está. Pero no había quejas, ni ante mí ni ante los hoteleros de la gran isla. Supongo que a la mayoría de la gente le cuesta admitir que no pudieron disfrutar de algo que desde el planteo surge ideal y soñado. Volver molesto y decepcionado de un paraíso abandonado, donde no existen estímulos de diseño y donde la interacción depende exclusivamente de uno, es más que una queja una autocrítica. Por ello, y algunas otras cosas de menor importancia, me sentía a salvo.

En mis recuerdos de aquella época no distingo mayormente un día del otro, toda la experiencia fue una tintura, un fresco en tiza mojada, en el cual las cosas sucedían sin tiempo ni preponderancia. Todos los días eran igualmente cálidos, monocordes, como arrojados a una tina atemporal, todos, hasta que llegaron ellos. Se notaba a simple vista que eran una pareja estable. Llegaron muy temprano de mañana, guiados por Antoine. Eran españoles, andaluces, de algún pueblo cerca de Sevilla (supe luego). Ella era alta y con apariencia ágil y reducida, él se veía bastante desgarbado y de expresión densa. Desembarcaron todos sus trastes y despidieron efusivamente al barquero. Desplegaron sus tumbonas y sombrillas a centímetros de la orilla y se sentaron en silencio de cara al mar. Yo me apoyaba en la barra del bar, leyendo pasivamente mi libro de Camus. En un principio no reparé en ellos más de lo que lo hacía con cualquier otro turista, pero a las pocas horas, ella se levantó sacudiendo la arena de su cuerpo, y se acercó a la barra. Tenía una voz apagada, casi tímida. Era de muy buenos modales y se movía con cierta gracia animal, como de ave. Me pidió una limonada y alguna fruta tropical para su marido. Cuando me acerqué con su bebida en la mano se quedó mirándome durante varios segundos. Se notaba que buscaba algo en mí, o tal vez haya entendido que con aquella mirada grácil y queda cumplía con la carga de dejar la propina.

                Es preciso aclarar, que desde que decidí no volver a los grandes hoteles dejé de percibir mi paga. No estaba claro si seguía siendo empleado de las cadenas o no, pero eso me tenía sin cuidado. Lo cierto es que mientras las provisiones siguieran llegando yo tendría con que vivir, y en el entretanto, las propinas que dejaban la mayoría de los turistas iban siendo guardadas en un bidón de gasolina debajo de mi catre, destinado a asegurar mi salvoconducto fuera de aquella isla en caso de que surgiera necesario.

                Pero volviendo a lo importante, lo que sucedió es que aquella mujer, tan silenciosamente como había llegado hasta la barra, se alejó hasta la orilla, de vuelta a la compañía de su marido. A las pocas horas la balsa de Antoine encalló en el pequeño muelle improvisado y sin que volviéramos a cruzar palabra o miradas se habían marchado de mi isla. Yo llevaba poco más de un año en aquel lugar, y si bien me encontraba a gusto y no sufría de necesidades, la verdad es que añoraba un poco el contacto con una mujer. Soy un hombre de cierto honor, debo decirlo, jamás habría intentado nada con aquella española con cuerpo de gacela, no, sabiendo que tenía esposo, pero mentiría si dijera que aquel encuentro, por breve que hubiese resultado, no alteró al menos un poco mis ánimos corpóreos. Al siguiente día, me encontraba cerca de la playa, arrastrando una gran rama verde que la marea había traído entre la espuma, cuando divisé la balsa de Antoine que se acercaba al muelle. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que de la pequeña embarcación no solo bajaba la mujer española, sino que además no venía acompañada. Quedé inerte, las plantas de mis pies se aferraron con saña a las conchas y moluscos muertos que ahora formaban la arena. Volví a la barra con urgencia, con vergüenza pueril, como si el encontrarme en la playa cuando ella llegara fuera el equivalente a sorprenderme desnudo en el baño. Saludó a Antoine con un gesto ya familiar y se acomodó entre sus pertrechos. Esta vez no había elegido un lugar cerca del agua, esta vez se parapetó bajo una gran palmera, mucho más cerca del bar. Dispuso su tumbona de una manera oblicua que no me permitía asegurar si estaba mirando en dirección hacia mí o hacia las dunas que marcaban la costa norte. A media tarde se acercó a la barra, me pidió una limonada, y sin más se volvió lenta hacia la playa. Antes que el sol comenzara a caer Antoine se la había llevado de vuelta al mundo y con los hombres. Este episodio se sucedió de manera idéntica durante los cinco días siguientes. Ella llegaba sola, se acomodaba en aquella extraña posición de espaldas al mar, ordenaba una limonada a media tarde, y se marchaba cuando el sol apenas comenzaba a menguar. Yo me encontraba completamente desorientado. Perdido ante la multiplicidad de posibilidades que pudieran dar razón a aquella escena que se repetía una y otra vez. Llegué incluso a preguntarme si ella era real, si mi mente no habría recaído brevemente en la locura, después de tantos meses de letargo anodino. Pensé en hablar con Antoine, preguntarle si realmente existía aquella mujer que traía todas las tardes hasta mi playa, pero temí que el viejo me tomara por loco y diera aviso en la gran isla.

                Para alivio de mi cordura, el sexto día, cuando llegó la balsa, ella no estaba a bordo. Estaba él. Mucho más directo y aguerrido, tardo apenas tres cuartos de hora para acercarse hasta la barra. Me pidió un jugo de guayaba y un plato con quesos que ni tocó. Comenzó hablando de cosas vagas y con poco sentido, como intentando centrar la conversación en una dirección determinada. Su timbre era riguroso, pero no sonaba altanero. Me recordaba mucho a un tío que había trabajado en la dirección de correos del pueblo en el que crecí, y que al fallecer, en la familia nos enteramos que jamás había dejado una carta sin entregar en mano a su destinatario. Si el destinatario no estaba en aquella dirección lo buscaba en la plaza del pueblo o los lugares públicos más relevantes, y si aun así no lo encontraba, volvía y volvía a su casa tantas veces como fuere necesario hasta encontrarlo y hacerle entrega del correo. Aquella tarde, sentado en la barra de mi isla, evoqué varias veces el recuerdo de aquel tío.

                El hombre se llamaba Eugenio, hacía tres años se había casado con Ivis, la morena que todos los días visitaba caprichosamente mi isla sin interés por el sol o la playa. Cuando finalmente Eugenio se terminó de acomodar en la conversación, me explicó que antes de conocerla, Ivis había estado casada con un oficial de la marina mercante, Bautista. Que habían estado juntos poco más de diez años hasta el día en que su barco sucumbió ante una tormenta cerca del trópico. Su cuerpo nunca fue hallado, y transcurridos los plazos legales había sido dado por muerto. Según Eugenio, Ivis le había explicado que yo era la viva imagen de su difunto esposo. El parecido es asombroso, me había dicho. Yo lo he visto solo en fotos, pero juro que si no supiera la historia del naufragio y lo cruzara a usted en esta isla de nadie estaría convencido de que es Bautista. Ella se alteró mucho al verlo aquí. La primera noche que volvimos de la isla no podía dejar de llorar. Con el tiempo creí que se había recuperado de aquella pérdida, y que finalmente había encontrado la paz que merecía. Pero ahora veo que todo era una ilusión, que sigue íntimamente aferrada aquel recuerdo que la daña hasta en los sitios más inimaginables.

                No podía terminar de entender por qué Eugenio estaba contándome todo eso. Era evidente que mi persona cumplía un rol esencial en aquella trama, pero desconocía la razón por la cual aquel hombre foráneo me había arrastrado tan adentro de su intimidad. En un principio temí que aquella pareja pudiera creer que yo era, en efecto, el marino desaparecido, y que me declararan vivo con bombos y platillos forzándome a volver a la civilización para que me realicen pruebas médicas contra la amnesia y esas cosas modernas que ahora son tan comunes y en aquel entonces tan novedosas. Pero luego me di cuenta de que no era eso a lo que Eugenio quería llegar. Así que cuando terminó de contarme en detalle su historia juntos y los amores de la víspera, finalmente introdujo su propuesta en la conversación.

                La idea es la siguiente, me dijo. Y le pido por favor que la considere, entiendo que pueda resultarle incómoda y hasta bizarra en ciertos puntos, pero estaría usted haciéndole un bien a alguien que realmente lo necesita, un bien que nadie más en el mundo puede hacerle, estaría burlando a la muerte.

                La bendita idea era que yo personifique al marino muerto (según Eugenio, de la parte más trabajosa ya se había encargado la genética) y sostenga un encuentro con Ivis, nocturno y cerrado, en el cual ella pudiera dar un cierre al asunto. Su mujer no había podido dejar de pensar en Bautista desde el momento en que me había visto apoyado en la barra del bar. Por algún motivo, toda aquella vida caduca había explotado en sus entrañas y la experiencia de haberse topado conmigo (o con aquel, en realidad) le estaba extrayendo ávidamente el cáncer que llevaba encerrado durante años. Ahora, aquel plan que parecía tan impropio podría ser el último escalón hacia la definitiva liberación de Ivis.

                Me tomé unos días para pensarlo, le dije que no podría asegurarle mi participación en aquella empresa que desde el inicio surgía tan delicada, que le haría llegar mi respuesta por medio de Antoine. Intenté convencerlo de que, de aceptar, el simulacro tuviera lugar en mi isla, pero fue categórico al respecto, alegando que ciertas circunstancias escénicas resultaban innegociables. Cuando finalmente se decidió a retirarse, me senté en la playa de cara a la brisa crepuscular y me mantuve durante varias horas pensado en aquella posición. No es que me afectara tanto el compromiso en sí, pero había ciertos puntos que debía considerar seriamente. En primer lugar, aceptar la propuesta bajo las condiciones exigidas implicaba un peligroso y fugaz retorno a la gran isla. Ivis estaba alojada en uno de los hoteles que llevaba adelante (por decirlo de algún modo) el emprendimiento turístico que me permitía vivir tan serenamente y a gusto. Irrumpir en uno de aquellos halles, con todo el ruido que ello podría conllevar, me expondría a un gran riesgo consabido. Por otro lado las reacciones emotivas de Ivis y de Eugenio evocaban la concreta posibilidad de verme inmerso en un caldo dramático y ajeno que difícilmente pudiera resultarme grato o sacudible. Finalmente me decidí que sí, que lo haría. En realidad siempre supe que lo haría, supongo que me tomé cierto tiempo de puro capricho, para no dejar entrever mi apresuramiento, para no arrebatarme hacia las fauces de aquella mujer, que bien podría susurrar en mi oído palabras dulces como masticar sin reparo mi oreja indefensa (aunque para ella no sería yo el dueño de aquella oreja). Envié la noticia con el barquero avisando que llegaría a la marina al segundo día. Y me dispuse a disfrutar lo que entendí que podría ser mi último día en la playa.

                Llegado el momento me subí a la balsa, hacía tanto que no navegaba que mi cuerpo se sintió reducido y desorientado sobre las tablas del fondo. Antoine me miraba con expresión artera, como si supiera alguna parte de la historia que yo había pasado por alto en el apuro. Llevaba el bote lentamente, dándome la posibilidad de retractarme, de volver a mi cueva a cielo abierto y nunca más tener que dar explicaciones o pensar en nada más que en mi playa, mi catre y mi isla. El mar se cortaba a nuestro paso, formando olas espumosas y densas, y recordé aquella gaviota que solía seguirnos al principio, cuando para mí los viajes eran de ida y vuelta. Los animales presienten las desgracias, pensé, les rehúyen.

                Luego de media hora llegamos a la Marina. Eugenio me esperaba a unos metros del muelle, retraído. Miraba la hora incesantemente, y se le notaba cierta ansiedad primaveral en los movimientos. Apenas si me salió un hilo de voz para saludarlo. Llevaba un bolso negro deportivo, con la etiqueta del precio aun colgándole de uno de sus cierres relámpago. Nos subimos a un taxi que aguardaba pasando el puesto de guardia e iniciamos la marcha hacia el hotel, en completo silencio.

                Una de mis grandes preocupaciones era cómo iba a manejar el ingreso por el hall del hotel. Cómo me presentaría, que explicaciones daría, cuál era el motivo de mi visita. No podría haber dicho que llegaba para dormir en uno de los cuartos de servicio como había hecho tantas veces meses atrás. Aquella práctica estaba por demás de caduca. Por lo que seguramente mi presencia ameritaba algún tipo de invocación a un problema considerable, tal vez de salud, o familiar. Sin embargo nada de eso resultó necesario. El destino me había barajado una carta escondida en todo aquel episodio. Al momento de llegar a la puerta del hotel, un enorme contingente de asiáticos volvía de alguna excursión tropical, revisando sus cámaras y vaciando sus cantimploras en los vados de la acera. Vi la oportunidad y actué con la desesperación de un niño que despierta en su cama después de noche de reyes. Tomé fuertemente del brazo a Eugenio y lo arrastré hasta el medio de aquella conglomeración de remeras chillonas y sandalias de goma que caminaban puertas adentro. Así, camuflados por el mayor de los continentes, logramos ganar los ascensores sin que nadie reparara en nosotros.

                Eugenio marcó el sexto piso, dimos varias vueltas al pasillo alfombrado con ribetes cálidos e ingresamos en una de las habitaciones más alejadas. Me sorprendí de la velocidad con la que todo estaba ocurriendo. Pensé que, tal vez, antes de darme cuenta ya estaría de vuelta en mi isla, y súbitamente me di cuenta del aprecio que le tenía al viejo Antoine. Entramos a una habitación oscura, Eugenio encendió la luz y vi que no había nadie más en ella. Observó mi confuso rostro. Acá no es, me dijo.

                Me explicó que aquel era el cuarto que compartía con Ivis desde el día en que llegaron, y en donde me prepararía para la velada. Ella esperaba en otra habitación, que habían alquilado especialmente para esa noche, porque el encuentro debía darse en un lugar neutral, que no se encontrara contaminado por la presencia del nuevo matrimonio. Yo me había sentado en el taburete frente al aparador, y me disponía a preguntarle a Eugenio que había querido decir con eso de –prepararme-, cuando apoyó el bolso deportivo en el suelo y me hizo una seña para que me quitara las ropas. Con gran parsimonia comenzó a sacar prendas y pequeños frascos que fue disponiendo sobre la cama. Ceremoniosamente las acomodó en un orden que creí aleatorio, y comenzó a vestirme con un traje blanco de oficial de la marina, con borlas y medallas. Es una réplica, me dijo. Un disfraz. El original está guardado en nuestra casa muy lejos de aquí, no hubo tiempo de hacerlo traer. Cuando terminó de vestirme, comenzó a aplicarme una base por el rostro y a pintarme pequeñas pecas con un pincel minúsculo. Pude ver que mientras lo hacía corroboraba el progreso con una pequeña fotografía que había apoyado al pie del taburete.    

                Quise preguntarle por qué hacía todo aquello, que espíritu tan límpido portaba aquel hombre que le permitiese ayudar a revivir al antiguo amor de su mujer. Como toleraba la noción de que, por una noche, su propio cuerpo sería suplantado por el de un fantasma que su amada añoraba más allá de toda frontera conocida. Como soportaba que yo fuera testigo de aquel episodio, que estuviera preparando un lugar en mis recuerdos para lo que iba a presenciar. Como viviría con la imagen mía y de Bautista en una cama con su mujer. Quise asegurarle que todo saldría bien, quise decirle que esté en paz, que yo lo respetaba. Pero no encontré las palabras. Cuando entendió que ya estaba lista la personificación, puso su mano en mi hombro recientemente condecorado y me dijo: allí adentro va a pasar lo que tenga que pasar, yo no tengo por qué enterarme, no voy a enterarme, ni por ella ni por nadie. Me entregó la tarjeta magnética y me envió a la habitación 308.

                Al encontrarme caminando solo, engullidos por aquellos pasillos que me empujaban hacia la habitación de Ivis, me asaltó una idea perturbadora. Me pregunté qué pasaría si, llegado el caso, yo no pudiera desenvolverme con normalidad frente a sus exigencias, si mi cuerpo me fallara en el momento central. Era  evidente que estaba ahí para cumplir una función, la cual me sería develada de un instante a otro. Yo suplantaba a un hombre, a un marido, por el resto de la noche yo debía ser Bautista. ¿Pero qué sucedería si éste Bautista era impotente? Podría decirse que tantos años en su tumba de coral le habrían quitado sus reservas hormonales; que la resurrección conlleva cierta sensación de nervios que aplacan el espíritu; que la muerte adormece ciertos músculos. Cualquiera fuere la excusa, si ese era el caso, Bautista sería un fiasco. Habría vuelto a la vida solo para encontrarse nuevamente con la humillación y la derrota. Lo imaginaba recostado sobre la cama con los ojos cerrados deseando que el mar se lo tragara. Pero el mar ya se lo había tragado, y solo por esta única noche lo había escupido de vuelta al mundo.

                Cuando llegué a la puerta de la habitación froté la tarjeta contra el lector y la abrí con facilidad. El cuarto se encontraba sumido en una penumbra aséptica. La alfombra en el suelo anulaba el chirrido de mi caminar y todo fue sucediéndose felinamente, en código de rito. Ivis estaba sentada en un sillón poco mullido cerca de la ventana. La cabeza baja y las manos sobre las rodillas genufléxas le daban una imagen aniñada. Sobre el buró de su derecha había papeles desordenados y una botella abierta de ron añejo. Me ubiqué en mi personaje y me acerqué anunciadamente. Con un gesto viril coloqué mi mano sobre su cabeza, intentando abarcar la mayor parte posible de su curvatura, luego, delicadamente, la tomé del mentón y erguí su mirada. Me observó largo rato con detenimiento. Parecía buscar el nexo que pudiera reunir aquel hombre lejano con aquella habitación tan inmediata. Luego me tomó de la mano y la examinó entre las sombras, la besó y se la llevó al pecho con fuerza. Sospeché en ese momento que probablemente hayan sido nuestras manos aquello en lo que, con Bautista, compartiéramos el mayor parecido. Ivis se incorporó a mi lado, absorbiendo en detalle el aroma del perfume que Eugenio me había esparcido antes de echarme de su habitación. Me miró a los ojos con profundo cariño y se coló entre los recovecos de mi cuerpo en un abrazo lleno de ahogo y culpa. Repetía una y otra vez: Bau, Bau, Bau.

                Algo que ambos sabíamos desde el inicio de la escena, es que yo podría imitar, en apariencia, a Bautista. Sin embargo era evidente que su voz, su personalidad y su discurso me resultarían irreproducibles. Eso configuraba una limitación importante, puesto que, al igual que las frutas que traía Antoine cada mañana, el mayor sabor nunca está en la cáscara. Sin embargo intenté emular en mi cuerpo los gestos que se corresponderían con aquel marino del que tan poco sabía, y durante las horas que estuve con Ivis en aquella habitación mi aporte se redujo a sostener sus monólogos con gemidos y sutiles muecas de aprobación o rechazo. Cuando ella preguntaba con tono retórico por qué la había abandonado, o por qué tuve que haber subido a aquel barco moribundo yo gruñía tibiamente en señal de furia contenida. Y cuando me detallaba las penas que había sufrido y lo mucho que me había extrañado yo expedía un ronroneo náutico intentando calmarla. Nunca supe cuántas de sus expectativas se vieron cumplidas aquella noche. Supongo que no quedó lugar para la pregunta. Luego de estarnos un rato de pie junto al sillón, ella me tomó de la mano y me indicó que nos sentáramos en la cama. Apoyó su cara sobre mi cuello y se quedó muy quieta en función de lo que entendí que era la inmortalidad de algunos recuerdos. La noche nos fue recostando y solo se oía el latido del mar que se colaba, entre algunos sonidos incómodos, por la ventana entreabierta. Llegado un punto nos quedamos dormidos. Yo profundamente.     

                Cuando desperté era ya de mañana. Al principio no lograba comprender que estaba haciendo en el cuarto de un hotel vestido de marinero condecorado. Me asaltó el pánico cuando no pude conectar ninguna de aquellas circunstancias con un trazo reconocible de mi vida. Luego recobré el sentido. Me aliñé un poco el uniforme y decidí huir de allí a vuelo de pájaro. Salí de la habitación 308 y bajé los pisos por la escalera de servicio. Cuando abandoné completamente el personaje de Bautista, y recordé lo sucedido con mis ojos de isleño, no pude decidir si durante la noche anterior había cometido una buena obra o perdido una gran oportunidad. Supongo que las cosas nunca son tan simples en la gran isla. Al llegar al Hall lo vi a Eugenio sentado en una de las mesas del desayunador. Levantó su mano y me llamó cariñosamente para que me acercara. Yo me apresuré hacia donde estaba, principalmente porque temía ser reconocido por el personal del hotel. Sería una pena que estando tan cerca de marcharme se echara todo a perder por haberme mostrado por la mañana en el desayunador. Luego me di cuenta de que mi miedo era infundado, puesto que seguía vestido con el uniforme de marino y era más que seguro que ni mi madre me hubiese reconocido en aquel estado. Eugenio se mostró feliz, me dijo que lo que fuera que hubiese pasado le había hecho muy bien a su mujer, la cual al despertarse a mi lado en medio de la noche había decidido abandonar el cuarto y volver a dormir junto a su marido, porque había sentido que ya no quedaba más nada allí, ni en ningún otro lugar en que no estuviese él, porque había entendido que él se había fundido de tal manera con ella que ya no podría decir en donde acababa la vida de uno y empezaba la vida del otro. Me agradeció repetidamente y me ofreció costear cualquier gasto que hubiese tenido, lo cual rechacé sin dar lugar a insistencias. Cuando salía del desayunador, a la distancia, la vi a Ivis, de pie junto a un enorme canasto de frutas. Me sonrió tímidamente y levantó su mano al tiempo que bajaba la mirada. Sonreí en respuesta y seguí mi camino sin detenerme. Al momento siguiente ya me encontraba fuera del edificio.

                Crucé la calle Obispo, y sentí el sol en el rostro y el olor de los fresnos de junio. Muy a pesar de mi apuro por volver a mi isla, caminé despacio entre los puestos de flores silvestres y libros usados. Era un largo camino hasta la marina, donde Antoine me estaría esperando desde el amanecer. De pronto sentí un grito a mis espaldas, y al volverme vi nuevamente a Ivis que corría en mi dirección, ya no me pareció una mujer frágil. Saltó con los brazos abiertos sobre mi cuello y me besó carnívoramente en los labios. La ciudad enmudeció de repente y el día pareció detenerse por un momento. Si se estaba despidiendo de mí o de Bautista no podría asegurarlo.

 

 

 

 

 

 

 

Guillermo.-

 

                                                                                

 

 

   

VERÓNICA GARCÍA

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 13:59 por MScalona

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La psicóloga, Néstor y yo

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 Como todos los lunes íbamos a tomar el 218, lo parábamos en la esquina de Pavón y Gutierrez: esquina de zanjas profundas, puentecitos angostos, y árboles gigantes; el sauce llorón que nos acariciaba la cabeza mientras raía la tierra con algunas de sus ramas, con ese movimientos pendular que le daba el viento al rozarla; el plátano que llenaba las veredas de bolitas y nos atragantaba con las pelusas.

Después mis ojos encontraban enfrente la casa de doña Leticia  transformada en granjita, el taller del negro Tom con su  portón azul , en el aire el olor a nafta y la grasa pegada en el piso, mezcla de aceites y ruido a motor,

Y a mis espaldas la casa de los Duboy, viejos habitantes del barrio, y en la que vivía durante las vacaciones de verano  mi amigo Néstor, casi alto como yo, pelito rubio y finito y su voz  rasposa y grave; le seguía la casucha de los González la única que todavía tenía alambrado, pegadita la de los Zacco , una de las hijas se había unido  a García, el bobinador, yo pertenecía a esos habitantes a esa tribu rara;  y al final doña Mercedes, la costurera separada;  esa era mi cuadra, cuatro casas, muchas vidas.

Y en esa esquina, ahí, esperábamos a las seis de la tarde el colectivo con mi mamá y mi hermana, la primera calle pavimentada doble mano, me entretenía contando autos hasta que la albóndiga con ruedas pasara y nos llevara a nuestro destino.

Ese año por la calle Gutierrez habían empezado a hacerse las cloacas, y por esas  montañas de tierra y pozos profundos que parecían trincheras, los pibes,  incluido mi hermano jugaban a combate empezaban a tirarse con montículos de barro duro, algunas piedras y el final era: cuando rompían una cabeza, o don Baldomero de quejaba de tanto griterío...y corrían por las mesetas como queriendo tomar vuelo, hasta la cortadita Hipócrates o  Hipócritas bueno no recuerdo porque mi mama decía que ahí vivían los hipócritas y se me mezclan las vocales y me gusta jugar a cambiarlas..

¡Ahí viene el cole, dale paralo!, parece que viene manejando el tío, y entonces viajábamos gratis, era una fiesta, con las monedas nos comprábamos caramelos de leche y los media

hora  que me encantaban, jugaba con la pelotita en mi boca “era rara”,¡ si ya lo sé! , eso le decía la psicóloga a mi mamá.

Paseábamos por calle Pavón montados en ese carromato ruinoso y ruidoso, paraba en cada esquina, y mientras la gente subía mis ojos buscaban las casas conocidas, el ranchito de los Reynoso, el pasillo de los Franco, la casa de mi tía Betty, y ya no mas, esa era mi frontera lo que venía después pasando Uriburu era lo desconocido, y entonces relojeaba la cara de los pasajeros nuevos, ¿sabrían ellos mi destino? , ¿Adónde nos dirigíamos todos los lunes a las seis de la tarde?, ¿me conocían?, me hubiese gustado tener la valentía para pedir:¡¡¡¡ auxilio, sálvenme!!, no quiero ir al dispensario  dicen que estoy loca pero yo sé que no es verdad . Cruzábamos la villa para llegar a la civilización que después de Ayolas era Necochea y... era otro barrio, “gente bien”, el bazar gigante con toda su platería, la tienda de la esquina con la ropa de temporada, y la zapatería, me acercaba al negocio para sentir el olor a zapatos nuevos que delicia

Y descendíamos por adelante, aunque estaba prohibido mi mamá tenía miedo de olvidarse a mi hermana o a mi no sé, pero siempre bajábamos por adelante, después decían que yo no hacía caso y ella qué?

Bajábamos en Ayolas caminábamos por el geriátrico, ahí mi mamá tenía una amiga Lamaria que se había escapado de su marido, recuerdo ese día, ella le cruzo por el alambrado todas las latitas de plantas porque eran como sus hijas cuídamelas Olguita, los voy a extrañar, las quiero tanto a las gurruminas, ella nos cebaba mates azucarados y ricos, nos abrazaba mucho cosa que mi mamá se olvidaba en lo apresurado de su vida, ella se fue ese día, traspaso la puerta con sus zapatos negros para ser libre de golpes y gritos, que  hermosa mujer  Lamaria , y él un tipo horrible el gigante egoísta versión película de terror; y cuando pasábamos por la cuadra del geriátrico quería verla, tal vez se asomaba y nos reconocía, pero nada... siempre estaba en la puerta un viejito sin piernas, como tomando el último rayo de sol.

¡Dale nena que la psicóloga no te va a esperar a vos!, se va a ir; y yo quería que se fuera.

Llegando al lugar, mis manos se ponían frías, tenía la sensación de que nunca más iba a poder tragar saliva, me ponía odiosa, el miedo me invadía, recorrer ese pasillo, para llegar a la puerta principal y ellas (otra pacientita) ahí sentadas, habían llegado temprano; yo miraba a la nena, la madre contaba que no hablaba, que nunca hablo, debe ser porque el padre abuso de ella, decía murmurándole a mi mamá y queriendo saber porque me llevaban a mi. Entonces yo la miraba más para encontrarle alguna marca, ¿tendría lengua? o tal vez no se lavaba bien los oídos, sus ojos eran tristes y su flaqueza casi raquítica, le convidaba caramelos y le sonreía, con mi hermana le hacíamos morisquetas y apenas cerraba los ojos, como diciendo que sí, que le había gustado nuestra función.

Y salía Virginia, la psicóloga, con sus vaqueros azules ajustados sus botitas altas, las tetitas paradas. Los rulos al viento; bella... pero mala.

El consultorio era pequeño, sin ventanas, solo una claraboya por donde entraba algo de luz, la puerta tenía un pasador que cerraba cuando empezaba la terapia, el escritorio de metal tan frio como ella, ¿hoy no querés hablar?, hoy ni nunca pensaba yo, y había una bolsita de plástico con un montón de juguetes de cotillón, y agarraba los autitos para no mirarla y contenía las lágrimas, apretaba los dientes de la bronca que tenia.

¿Querés dibujar?, y me daba una hoja con crayones todos rotos, y dibujaba una casa con un reloj gigante, y una familia de espaldas, yo tenía miedo de esa puerta y que nunca más se abriera y me llevaran a otro lugar, quería abrirla, romperla a patadas y correr.

Entonces miré por el tragaluz y la iluminación se hizo más intensa parecía que el sol del mediodía me daba justo en el centro de los ojos, me mareaba, y como atraída por un imán empecé a subir, pase a través de un tubo de acrílico, se sentía una corriente de aire tibia como si ya estuviera afuera, y cerré los ojos y me deje llevar por el pasadizo, de repente miré a mi alrededor , estoy en una nave viajando por el espacio, a mi lado está sentada Heidi, con sus ojos grandes me sonríe, espero que no llore porque no voy a saber que decirle, mi abuelito se murió, al menos el de ella vive en la montaña con la nieve, el mío vivía en la misma casa y fumaba mucho era de color amarillo y olía a caca; mas allá el Chapulín Colorado, ¿será él, que me vino a salvar?, no es demasiado tonto, y al final... mi amigo Néstor el nieto de los Duboy, del que yo estaba enamorada, y escucho esa canción de Abba que tanto me gustaba “chiquitita” y  ahí está parado,  él me venía a buscar todas las siestas de verano y nos quedábamos sentados en el umbral de la puerta , jugando a descubrir los ruidos de la calle, y de vez en cuando nos mirábamos y nos encendíamos, pero no puede ser él, si mi mamá me dijo que se murió, que se escapó de la mano de la madre al cruzar la calle... y yo me tape los oídos para no escuchar mas, ¿ será por eso que voy a la psicóloga?, Néstor dicen que lloro mucho, pero no entiendo porque la gente que quiero me deja sola, y nadie me responde como cuando murió mi abuelo , mi tía me hacia mirar una estrella y decía que de ahí el nos estaba cuidando, mierda Néstor, el abuelo no me cuida, se fue y lo extraño como a vos , Néstor mi amigo, y a Lamaria, ¿porqué las personas se van y no vuelven?, ¿será que las asusto?. Si debe ser porque no tomé la comunión ni estoy bautizada, mi papá dice que cuando sea grande elija lo que quiero pero no me banco a la gorda Gauna diciéndome que soy hija del diablo, que malos son, vos me entenderías, y te reirías conmigo, imaginate Néstor que le tengo que contar todo a una extraña y encima se lo cuenta a mi mamá que agranda todo;¿ y sabes  que me contestó mi mamá?: ella come santo y caga diablo,¿ qué es eso? , para mí que está loca  pero parece normal, porque afuera no anda diciendo las cosas que dice adentro de la casa, por eso nadie se da cuenta, igual es un secreto.

En la escuela nos contaron un cuento “mil grullas”, sabes Néstor prefiero imaginarme que vos te fuiste así, aunque en esa historia la nena se muere porque las heridas son profundas ¿y las guerras para qué sirven?, de noche cuando escucho un avión me voy corriendo debajo de la cama hasta que pase, tengo miedo de esa bomba, y en ese momento vos apareces de la pared y me abrazas porque las personas que ya no veo viven en mi pared que es de color celeste como el cielo. Néstor yo no sé hacer grullas pero cuando aprenda te las voy a hacer para que se cumplan tus deseos, o tal vez ya se nos cumplió, volver a vernos y decirnos adiós, y con lagrimas en los ojos lo abracé tan fuerte.

Sentía que mis cachetes ardían, pensaba que ya había sido quemada yo también por la bomba atómica, pero no, me costaba abrir los ojos, y el paisaje era entre ridículo y gracioso.

Yo estaba tirada en el piso, la psicóloga arrodillada al lado mío me abanicaba con mi dibujo, mi mamá que gritaba: te desmayaste nena y mira el chichón que tenes en la frente, que le voy a decir a tu padre, mi hermanita lloraba, la pibita que no hablaba la tenia abrazada, y la madre de la pibita la tranquilizaba a mi mamá: no es nada un golpe señora, nada más. Sí nada más, yo estaba feliz me dolía un poco la cabeza, pero me iba con la sensación de haber tenido el mejor encuentro de mi vida, de volver a ver a mí mejor amigo.

 

Vero García

GABRIELA OVANDO

Publicado en Cuentos el 12 de Julio, 2013, 16:40 por MScalona

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Fin de la partida

 

por Gabriela Ovando

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          Aquel martes de marzo había amanecido entre un arrullo de grises, hueco. El día se proyectaba en la lluvia.

          Ulo se asomó a la ventana, apagó su despertador electrónico y decidió  levantar-se. Encendió el equipo de música que lo acompañaba en el desayuno. En el camino por los ambientes silenciosos de la casa miró la pantalla en la que el juego nocturno del lunes se había prolongado hasta horas de la madrugada, el último apostador se había retirado apenas un rato atrás y le había dejado su juego online. Más tarde, repasaría la jugada en su memoria mientras observaba el aroma del café de la taza en su mano izquierda, en tanto el dial del informativo matinal rodaba en su derecha.

      Con el último dejo de café en su boca, se acercó al teclado, dio su clave para loguearse como sí mismo, su propio personaje en la cabina del simulador donde el tiempo corría ahora con virtual realidad en juego.

        

            Buscó su impermeable, recogió el paraguas del cajón antes de subir al coche en el que una rutina programada lo conducía a las oficinas del centro. El viaje del próximo fin de semana estaba marcado en la agenda pendiente que revisaba al manejar las cuarenta cuadras entre embotellamientos menos silenciosos que las gotas que caían afuera levemente.

            Las veredas se veían aun casi vacías, a diferencia de su teléfono que le iba dictando los horarios de ese día. Mientras estacionaba comprobó que el agua iba colándose cómodamente en las canaletas del piso, y se escurría por la pendiente hacia las alcantarillas. Más allá el guardia, cuyo rostro pálido y distante dejaba entrever su desenfado con la lluvia, saludaba con tímida cortesía. Ulo apenas notó singularidad alguna en aquella expresión al penetrar en la moderna edificación, donde abandonó paraguas y abrigo al perchero del piso.

             Como en un reflejo instintivo fue a sentarse a su rincón en el sillón junto a la ventana. Acomodándose frente a la pantalla ya encendida de su otra computadora, repitió la clave de entrada al sistema. Aparecerían los mensajes de rutina para la planificación diaria. Podría dejar que la máquina corriera en piloto automático el tiempo necesario para ir por un café y revisar su bandeja de correos.

           Volteó para recoger unos papeles y al incorporarse, levantó la vista. Mirando a través del vidrio comprobó que la lluvia había cesado. El aire se secaría; entre esperanza y juego óptico, podría desprenderse la progresión de la realidad más probable en las próximas horas.

           Durante la pausa del mediodía Ulo subió a la terraza para comprobar que la atmósfera se percibía húmeda por los sensores que reproducían el olfato de su nariz, presintiendo el regreso de la lluvia. El celular guardado en el bolsillo exigía respuestas sin premura. A unos metros, Eme fumaba su cigarrillo con la vista puesta en algún punto del horizonte cubierto de nubes. Ella giró para verlo mirándola, y señalando con el índice al norte, dijo: - Ahí debería verse la ruta.- Fumó la última escasez del cigarrillo seco, dejando que el humo saliera de su boca y al disolverse el último largo túnel de humo húmedo agregó: -ese camino de tierra me llevaba de niña hacia la casa de mis abuelos.-

            Ulo la escuchó sin detenimiento, para retornar a su escritorio. Entre los mensajes leídos iba concretándose la siguiente sesión. No serían muchos los participantes y al final pocos accederían a la siguiente etapa. Su cerebro aunado en el juego silenciaba su voz que el programa repetía en instrucciones y las cumplía con rigurosidad. Ulo se adelantaba a un futuro un tanto más predecible que visible. Su programa captaba movimientos y palabras, los interpretaba, elaboraba frases con cierto sentido y reproducía con suficiente precisión situaciones de rutina en las ciudades que él mismo había visitado alguna vez y guardaba en su memoria.

         Regresó a su trabajo, verificó el progreso del plan semanal, el cual se concretaría en menor tiempo del que estaba estipulado. Sus seguras mejoras habían sido probadas en la noche, en medio de otra sesión. Supo tirar una pista sin código alguno, previendo que alguien tomaría el desafío. Los avisos le mostraban que no se equivocaba, alguien había intentado franquear el cerrojo con los sistemas conocidos más elaborados.

         Hacia las cuatro empezó a llover nuevamente. Para la hora de salida, el vacío del perchero contrastaba con las gotas de agua que yacían en el piso.

          Ulo buscó su auto, se ajustó en el asiento y partió. Tras pasar el portón, el agua sonaba con moderada fuerza en el vidrio. Hacía pocos minutos que se había puesto en marcha cuando escuchó el reloj de su celular. Giró a la derecha para tomar el camino de regreso, atravesando las zonas bajas de la ciudad. Con esas condiciones podría llegar en cuarenta minutos.

        Unas cuadras más allá encontró su primer embotellamiento. Encendió la radio para amenizar el trayecto. El agua más abundante lo obligó a ralentar la marcha, cubría las veredas y amenazaba colarse en los jardines. Cerca, los espejos de ambos costados casi no se distinguían entre la cortina de agua que caía.

         La música fue interrumpida súbitamente para un comunicado advirtiendo que el arroyo el Gato se desbordaría en breve. Él, inevitablemente debía pasar cerca de ese arroyo en el camino que recorría. Se detuvo por unos segundos con la intención de revisar el mapa del GPS, intentó modicar el rumbo, cuando de alguna dirección, quizás de sus espaldas, una bocina lo indujo a continuar.

        Con una mano en el volante y la otra en su tablet, escribió un mensaje a Nero, que seguía el juego. Él podía verificar sus movimientos jugando en el mismo equipo. La estrategia común le permitiría seguir un tiempo más. Entretanto el agua continuaba subiendo en su pretensión de alcanzar el nivel de las ventanas de las casas. La vio precipitarse y ocupar el agujero seco y oscuro al abrirse la puerta de una casa que resultó iluminada por su coche.

          Siguió su marcha lenta hasta que divisó una mano casi sobre su cara a través del vidrio y frenó imprevistamente. Alguien cruzaba la calle batallando con el agua a media pierna con una linterna que él apenas había advertido.

        Se sintió seguro en la calidez de su auto, al observar el exterior. Los aparatos electrónicos parecían funcionar con normalidad, a pesar de la lentitud de esa marcha, que sin embargo no impediría su llegada a destino. Sumido en el juego, se descuidó, apenas un momento, y no supo prevenir una posibilidad, no menor. Allí, al bajar la vista, un fluído lento en el movimiento de la quietud, irrumpía el interior del auto. Agua turbia que se filtraba por  los burletes de la puerta y ganaba paulatinamente los espacios limpios y secos.

         Recordó el mensaje a Nero y comprobó que no tenía respuesta alguna. Sabía que lo seguiría hasta comprobar su eficacia. Fue entonces cuando los dispositivos de adentro del auto empezaron a mostrar sus fallas. La radio se escuchaba cada vez con mayor dificultad, mientras que el GPS captaba menos datos con el correr del tiempo y su poder de decisión escaseaba. La interferencia intermitente y continua del estrépito de la lluvia lo alejaban de los pensamientos lúdicos. Comprendió que el agua no lo abandonaría a su gusto, aun cuando el tiempo lo sujetaba a su destino.

         Sin mapa pero con la fidelidad de su reloj, calculó su posición cerca del cruce cuando el agua alcanzaba ya el nivel de la ventanilla del auto. Tan cerca, imponente, consideró abandonar la cabina, ahí mismo. Optó por continuar la marcha, esperando que los aparatos funcionaran por lapsos, los necesarios para recalcular. Se dejó oír una carcajada, casi ahogada, para sí, en la lluvia. Marcó el 911 y profetizando su propio fracaso, nadie le respondió, antes que palabra alguna de auxilio emanara de su boca.

         Cuando apagó las luces y el motor, su auto nadaba en una corriente oscura que lo dirigía sin oponer resistencia alguna. Por ratos escuchaba algún golpe en la chapa, mientras el agua seguía filtrándose hacia el interior, tapando ya sus talones.

       Percibió con nitidez la sensación de inundación ascendiendo desde sus pies. Cerró los ojos, quiso pensar. Recordó el momento en que escuchó la última canción, interrumpida por el silencio de la radio que vino también a apropiarse de esa atmósfera húmeda. Ya debería estar del otro lado, era lo que automáticamente repetía en su cerebro.

         Buscó un mapa de papel que había previsto allí: revisaría las trayectorias que iba demarcando el caudal. La lámina, tardía, se deshizo en la tinta de sus manos cuando intentó abrirla. El GPS se apagó por completo, y el resto de sus disponibles seguros aparatos no marcaban señal alguna.

         Cuando el agua alcanzaba el nivel de su cintura, Ulo ya no escuchaba el sonido de las gotas golpeando el techo de su auto, tampoco podía distinguir el sonido del golpe del agua contra el agua. Cual balsa, su auto era transportado por esa corriente que lo envolvía con energía propia. Cómo la detendría? Sin motor, todos los sonidos del agua se concentraban en sus pensamientos.

           Dudaba.

       No sabía ya dónde estaba, y sin visión externa, no podía establecer punto de referencia alguno. Creyó haber visto la esquina de 54 y 77 cuando todavía escuchaba la radio; apelaba a su memoria inmediata para poder continuar pero los números se confundían mientras la certidumbre se desvanecía.

       Dentro del auto el agua en persistente ascenso constituía el único signo de irreprochable certeza. Al cubrirse los asientos se sintió irremediablemente húmedo. Sintió el frío en la parte baja de su espalda, y simultáneamente ocurrió que el auto se depositó sobre el fondo. El peso del agua en el interior había detenido su navegar. Así ahuyentó el vaivén en el estómago que lo había acompañado desde que había apagado los motores.

        Estaba sumergido en una profundidad marrón. Quietud. A veces veía pasar bultos blanquecinos y turbios a su alrededor. Ulo permanecía ahí. Buscando una salida por momentos se movía en círculos en el auto, hasta que sintió la escasez de aire. Pudo sugestionarse con un cierto temor al cual se negó.

        Se aferró a la convicción de que el agua se detendría cuando llegara a su corazón. Te vas a detener, dijo en una voz imperceptible. Y repitió, veré aquí el celeste del cielo y un rayo de sol del más allá de afuera.

       Desconocer la profundidad a la que se encontraba le producía un bloqueo a su seguridad. Mientras el agua iba doblegando los asientos y el tablero, ninguna alteración se asomaba al otro lado de la ventanilla, oscuridad que persistía.

         Entonces repitió una vieja canción que recordaba como una letanía de su niñez, que en su memoria se mezclaba con el aroma de alcanfor de la casa de su tío abuelo.

         Lloró su soledad y su recuerdo.

         Enjugó los ojos para luego reconocer sus manos.

         Con el agua sobre su garganta se acordó de Dios. Quiso imaginarlo en su paraíso y no pudo. Tan siquiera pudo reclamarle ausencia.

         Flotaba en su sensación real de vacío y abandono. En su interior y en su exterior que era adentro de ese auto.

       Se dejó vencer a la gravedad; la respiración se hizo más lenta.

       Al fin, sin descuido y casi sin aliento, intuyó un impulso hondo y gritó.

       Leyó el reloj para expirar sus últimos segundos en juego.

      Entreabrió la puerta y se alejó de la cabina con un esbozo de sonrisa en su interior.

 

       Fin de la partida. Ulo escribió en el teclado las indicaciones para dejar el programa en suspenso, haciendo las vericaciones de compatibilidad real-virtual.

         Luego abrió la ventana, se asomó y proyectó el viaje en bicicleta a los suburbios de Kiel entre los rayos de un sol tenue que le había ganado el tiempo a la lluvia.

 

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                                                         GABRIELA  O. L.

MARCELO CASTAÑOS

Publicado en Cuentos el 5 de Julio, 2013, 17:20 por MScalona

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El sueño

 

“¿Viste que nunca nos morimos en los sueños? Nunca. Nos despertamos antes. Nos van a disparar y antes de que lo hagan, saltamos de la cama. Estamos por caer a un precipicio y no terminamos de hacerlo, porque abrimos los ojos antes de estrellarnos contra el suelo. Vamos en la ruta y un camión se nos viene encima, pero no llega a chocarnos, nunca llega. Nos tiran al mar y no podemos defendernos, nos ahogamos, podemos perder la respiración un rato, pero finalmente la recuperamos….ya no estamos en el mar, estamos en la cama, jadeando. La muerte es algo que en los sueños está por llegar pero nunca nos alcanza. No me digas que nunca soñaste con tu propia muerte. Pero si lo hiciste, como me pasó a mí, te viste en el cajón, pero te viste desde la vida, te desdoblaste, pusiste a tu yo en el féretro, y lo miraste, te miraste, pero no eras vos, porque vos eras el que estaba mirando. Y si fue así es porque no estabas muerto. Te viste muerto, pero no lo estabas. Tu yo muerto no eras vos. No. No morimos en los sueños. ¿Y sabés por qué? Dicen que es nuestro instinto de supervivencia, y es cierto. Lo que no nos dicen es que, si morimos en el sueño, no despertamos más, porque la muerte nos alcanza realmente. El que muere dormido,  directamente no vuelve”.

A Rodrigo, la teoría de Lautaro le había parecido al principio desopilante. Muerto en el sueño, muerto en vida. Pero puesto a pensar en cada sueño, cada despertar, se le fue volviendo más verosímil. Y la hizo propia.

Morir en un sueño. No podía ser posible. Siempre te despertás. Hasta que un día no despiertes. Y a Rodrigo empezó a rondarle esa idea, casi obsesiva, hecha de una verdadera observación propia, de un miedo.

El crimen perfecto. Alguna vez alguien conseguiría instrumentar un mecanismo de invasión onírica, algo así como un poder paranormal, natural o logrado, para meterse en el sueño de los otros y aniquilarlos en ese territorio donde no entrarían la ley, la Justicia, el periodismo ni la lógica. “Murió dormido, sin diagnóstico preciso”. Nadie diría “fue asesinado en su sueño”. La  nueva versión del crimen perfecto.

La idea lo siguió a Rodrigo por años. Y llegaron tiempos en los que esa locura se le vino junto con un ejército irregular de fantasmas. Empezó a soñar con ellos. Que se acercaban, silenciosamente, y se iban. En otro sueño los sintió, tocaban las puertas de los otros departamentos, preguntaban por alguien…por él. Y se marchaban. El escuchaba y esperaba. Pero se retiraban, aunque él sabía que iban a volver. Y seguía durmiendo.

Rodrigo sabía que sus pesadillas no eran vanas. Ellos perseguían, él era de aquéllos, más parecidos a nosotros. Aquellos iban y venían, escapaban, de casa en casa, de refugio en refugio, clandestinamente. En las calles del barrio se sentía el olor del papel y tinta quemados en los incineradores y en los patios de las casas. Les prendíamos fuego, aquellos y nosotros, no fuera a ser que vinieran ellos.

En su último departamento, Rodrigo había decidido que su biblioteca estuviera en el dormitorio, en la cabecera de la cama. Antes que los libros, él. Era la biblioteca en el dormitorio, o el dormitorio entre los libros. Si tenían que ir por él, que fueran a por ellos, o al contrario.

Las pesadillas se hicieron cada vez más inquietantes. Ellos llegaban a la casa, decían algo detrás de la puerta, trataban de abrirla, golpeaban otros departamentos. El se despertaba.

Otra vez, en sus sueños, ellos entraron, se metieron, fueron hasta la puerta del dormitorio, pero no llegaron a ingresar, los paró. Despertó transpirado, tiritando, en alerta, las manos y el pelo mojados, no sabiendo ni entendiendo nada. Y volvió a dormirse.

Fue ese día, un 23 de abril, en que se durmió. Después de dos días de insomnio, consiguió dormirse. Le costaba conciliar el sueño. Pensaba en el crimen perfecto, que podía tenerlo a él como protagonista o como víctima. Pero finalmente lo consiguió: cerró los ojos y su mente empezó a divagar, a generar imágenes absurdas.

Soñó, una vez más, con ellos. Se escuchaban pasos en su sueño, los pasos que pueden ser grandes o pequeños, de personas o de animales, de faunos, de personajes mitológicos, hasta de insectos, o víboras (que no dan pasos, sino que deslizan), como pasa en los sueños. Eran pasos raros,  pero cercanos, cada vez más prontos.

 Quiso despertar, pero no podía, era su realidad onírica. Ellos se acercaban, trataba de despertarse, pero era su sueño. Había ruidos, cada vez más cercanos, inquietantes, sintió miedo pero no se despertó. Quería despertarse, pero no hizo a tiempo.

El cañón de la Itaka lo apuntó a dos metros de distancia. Uno de ellos jaló el  gatillo. Ellos habían cambiado los proyectiles de la Itaka por municiones, unas terribles balas que desfiguraban a cualquier  blanco. Las balas le entraron a Rodrigo por el cuello, de manera ascendente (cuello a cabeza), le destrozaron el cráneo y su masa cerebral quedó absolutamente desparramada.

Rodrigo quedó tirado en la cama. Decapitado. La sábana se tiñó de un rojo bermellón. No llegó a despertar. No vio su muerte. Se le venía en el sueño.

 

 

Marcelo  C.

MARCELO CASTAÑOS

Publicado en Cuentos el 19 de Junio, 2013, 12:16 por MScalona

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EL POZO

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El Gordo había llegado a la casa de Mauro cuando se desmoronaba por todos lados y en todos los sentidos. Y le había venido justo. Desde su aparición había acomodado las cosas a su manera, invadido todos los espacios, apropiado de cada rincón, y ejercía un reinado sin nobleza.

El gordo era un fornido que caminaba con las piernas entreabieras, como si no pudiera juntarlas. La camisa abrochada hasta el último botón le apretaba el cuello y le ponía todavía más roja la cara. Pelado en la azotea misma de la cabeza, canoso sobre las sienes y bien rapado a la altura de la nuca, respiraba con algo de dificultad, como si los pulmones no pudiesen abrirse del todo por la presión que ejercía el mismo cuerpo hacia adentro. Las manos gruesas y belludas, los pies grandes, la espalda continental, el cinturón bien apretado debajo de la panza, por delante, y un poco arriba de la cintura, por la espalda, siempre buscaba la posición para sentarse, como los perros que giran sobre sí mismos antes de echarse, estirar los cuellos y dejar las cabezas dormidas sobre piso. El Gordo se le aparecía como un sujeto monstruoso y al mismo tiempo omnipresente. Tenía la voz difónica, con la que hablaba todo el tiempo chorreando altanería, con frases hechas y llenas de moralejas. Y siempre tenía un recuerdo que venía al caso.

Había llegado con lo puesto, y un uniforme del Servicio Penitenciario que colgaba enfundado como un trofeo en un perchero. Estaba retirado, no sabían por qué. Aunque parecía más grande, era joven todavía para el retiro. Pero esa era la parte de la historia que nunca contaba.

Durante esos años, el Gordo había impuesto una disciplina de moral dudosa, una lista caprichosa de ejemplos del deber ser, y había encausado las cosas con un rigor tan arbitrario como cargado de penitencias. 

- Ella puede tomar todo lo que quiera, yo no puedo repetir la comida, aunque tenga hambre- se quejaba Mauro sin hablar. -Claro, él también toma, por eso la deja. Pero ella se duerrme, él no-. 

El ritual de las botellas vacías al lado del tacho de basura se había hecho cada vez más evidente, más cotidiano y visible. La madre se encerraba horas hasta aparecer con los ojos vidriosos, la boca húmeda, el pelo desarreglado. El Gordo no la trataba mal, no al menos a los ojos de Mauro. Sencillamente la dejaba consumirse, flagelarse. -No vale la pena tratar de salvar lo que ya está perdido- decía. Habían buscado un hijo que no llegaría nunca, y esa derrota había levantado muros adentro de esa casa donde todos parecían extraños. A Mauro le daba igual, él iba armando su coraza de chico solitario, hosco, desconfiado.

El padre de Mauro había muerto en aquél incendio de la fábrica de envases de plástico, donde había entrado a trabajar después de una temporada larga de desempleo. Lo reconocieron por el anillo y las piezas dentales. El plástico quemado lo había desfigurado completamente. Mauro apenas se acordaba, era muy chico, aunque estaba ahí cuando sacaron el cuerpo. 

Después vino el desbarranque, la casa venida a menos, el abandono. Y al final, el Gordo, con su colección de reglas y castigos: secar los platos, limpiar el auto, quedarse sin merienda, bañarse con agua helada...Las imputaciones: comer fuera de horario, dejar la ropa fuera del placard, bañarse y no secar el piso, perder una media. No era exigente con la escuela, quizás porque la creía otro esfuerzo inútil. Era implacable con detalles insignificantes, y eso sí, lo peor que se podía hacer era burlar su confianza.

De todos los castigos, había uno al que Mauro más temía: el pozo. El lugar más sombrío, la penitencia más siniestra, la suma de los tormentos que llega con la soledad y la oscuridad absolutas.

El pozo era un viejo ropero de madera gruesa al que el Gordo había reforzado con una cerradura de doble entrada y usaba de armario. Estaba en la pieza de atrás, que el Gordo había convertido en taller y depósito de herramientas. Una de las puertas se trababa desde adentro con dos cerrojos que la agarraban al marco. La otra se cerraba con llave.

El armario tenía una cajonera donde se depositaban mechas, clavos, tornillos, tarugos, bulones, cables. Y un cajón, el más grande, el de abajo, estaba reservado para las cerraduras, las llaves y los candados. En el fondo se veían los contornos de las herramientas y los clavos para colgarlas. El piso estaba ocupado por un latas de pintura y enduido que dejaban un pequeño espacio libre. 

Allí iba a parar Mauro cuando la sentencia era máxima. Media hora primero, una después, y los últimos tiempos hasta dos. El Gordo entornaba la puerta y desde afuera mascullaba la frase que tendría que servir de enseñanza. -Ahora vas a aprender...- El pozo era la cueva del pánico, el lugar donde el cuerpo temblaba irremediablemente. Aunque el chico quisiera inventar luces terminaba imponiéndose la negrura. Los primeros minutos eran de llanto, con las manos en la cabeza y los codos apoyados en las rodillas. Después la sensación de ahogo, la claustrofobia, y a lo último un rencor atragantado.

-No basta con encerrarlo en la pieza. Este, con la cabeza como la tiene, podrida, se inventa un mundo y la pasa mejor que afuera. No, tiene que ser peor, como allá- decía el Gordo.

Una vez Mauro fue a parar al pozo y despertó en su cama. Después supo lo que había pasado.

La pieza-taller era la última de la casa, estaba en una esquina, contra la medianera que daba al tinglado y otra que se levantaba por lo menos tres metros y medio, que separaba la casa de un viejo taller abandonado. 

La casa era la típica construcción chorizo que daba tanto a la calle como a un pasillo lindero, por el que también se podía salir. La llave estaba escondida en el hueco que dejaba un zócalo, un detalle extraño en una casa donde las medidas de seguridad eran regla de oro.

Mauro no tenía amigos ni en la escuela ni en el barrio. Era un nene silencioso, retraído, ensimismado en sus fantasías. No prestaba mucha atención en clase, donde se pasaba dibujando caras sobre garabatos irregulares, tallando las tizas o acomodando la cartuchera. Flacucho a la fuerza, ojeroso, de mirada perdida, pasaba por zombi entre el resto de los chicos. No le gustaba la pelota, y no tenía carácter como para acercarse a los nenes de la cuadra, que tampoco se preocupaban por integrarlo. El barrio era, puertas afuera de las casas, bastante tranquilo, y los chicos callejeaban siempre. Pero no Mauro. 

Solamente Yanina, una vecina que vivía a tres casas de distancia, había podido atravesar esa puerta que -no podía ser de otra forma- se cerraba con doble llave.

Yanina había llegado hacía pocos meses con su madre. El padre las había dejado y la madre no pudo mantener su casa anterior. Alquilaban un departamento interno en el fondo de una casa, esa típica partición donde había lugar para un pasillo y una construcción barata que se levantara en lo que antes fueran patios traseros grandes. Era más chica que Mauro, bastante, y en una edad en que las diferencias se notan más. El nene la había recibido primero con menoscabo, pero después empezó a sentirse familiar con esa presencia, y aunque la distancia no se terminaba nunca de acortar la había aceptado, le inventaba juegos o se acomodaba a los que ella proponía. El siempre le llevaba disimulada ventaja: en las cartas, en las escondidas, en las figuritas que ella no entendía pero que le divertían.

-¿Cuándo me vas a mostrar el pozo de las luces?- le preguntó ella un día. -Shhh, es secreto, que el Gordo no se entere- le contestó, aterrado de que hablar del tema fuese motivo suficiente para ir a parar a aquella mazmorra. Pero él ya lo habia pensado. Alguna vez alguien tenía que conocer la oscuridad tal como la conocia él. Era un secreto demasiado guardado como para cargarlo solo. Y aunque esa nena de pecas y trenzas a los costados de la cabeza no tenía pecados que comulgar, el solo hecho de haber entrado a la casa, de conocer al Gordo, la hacía merecedora del castigo. Y mientras más construia su mundo fantasioso, más sofisticado se volvía Mauro en la forma de transmitir el dolor. Ya no era el golpe, ni la asechanza de viejos pordioseros, ni el castigo materno. Empezaba a volverse más retorcido, más vengativo. Y el único lugar donde podía caber la venganza era en ese ser sin maldad, incapaz de defenderse...o de atacarlo.

Esa mañana del jueves la madre le dijo que pasarían el domingo afuera. Irían ese fin de semana a la casa de unos tios, a unos 70 kilómetros de la ciudad. Era por un día, pero ella quería descansar, salir de la casa. Estaba lúcida, como la veía de mañana. Después él se iba a la escuela y cuando volvía, ella ya era otra, ya empezaba a perderse, a confinarse. Y esa mañana estaba especialmente brillante, entusiasmada con el anuncio. 

Los días pasaron rápido. El fin de semana se le vino encima, el sábado se esfumó entre juegos solitarios y penitencias. Y llegó el domingo.  

Mauro se levantó temprano y fue a buscar a Yanina. No era lo acostumbrado, la niña era la que golpeaba la puerta de adelante o entraba por el pasillo. Pero ese día él tenía una buena excusa: podían jugar solamente un rato juntos antes de que se fueran.

El juego elegido eran las escondidas. Mauro le dio la chance de que se ocultara ella, salía a encontrarla rápido cuando se escabullía adentro de la casa, pero la dejaba ganar para volver a contar él. Le iba allanando el camino hacia el destino final, el escondrijo que la volvería invisible.

-Uno, dos, tres...diez, once, doce...- Yanina vio la pieza de atrás, inexplorada, misteriosa. Corrió, abrió la puerta y volvió a cerrarla desde adentro. La chapa crujió, pero él se hizo el desentendido. Terminó de contar y fingió buscarla adentro de la casa. -¿Dónde se habrá medido? ¿Dónde estará?- decía lo suficientemente fuerte como para ella pudiera escucharlo. Caminó despacio hasta la pieza-taller y entró. No le costó nada darse cuenta de que la niña estaba en el pozo. Era el único lugar donde realmente podía ocultarse. El resto de la habitación estaba bastante despejado. -¿Dónde se habrá metido esta nena?- Sabía que ella iba a aguantar en silencio, con respiración contenida. Le gustaba ganar, y él la había convencido de que era un contrincante fácil. -¿Estará acá? ¿A ver?- No abrió la hoja del ropero, empezó a golpearla como llamando a una puerta. Y no lo hacía para llamar la atención, sino para tapar el ruido. Mientras golpeaba, fue deslizando despacio la otra mano hacia la llave y la hizo girar.

-Mauro!- escuchó que llamaba la madre desde adentro. -¿Dónde estará esta nena? ¿Dónde estará?- volvió a decir mientras salía de la pieza. -¡Voy ma!- dijo ya desde el patio.

-Andá al baño antes de salir- le dijo la madre. -No vaya a ser que te agarren ganas en el camino-

Se metió en el baño. Sabía que todavía tenía un rato hasta que Yanina se decidiera a dejar el escondite. Al entrar había visto al gordo vaciando el agua de la pava adentro de un termo, último detalle de los preparativos. La madre golpeó la puerta, él le dijo que ya salía, aunque se quedó un rato dejando pasar el tiempo. Ella volvió a golpear y él salió. -Vamos, ahí viene Jorge- le dijo, y los deslizó hasta el auto con la mano pozada en la espalda.   

El gordo llegó poco después con el termo y el mate. Se los pasó a la madre y arrancó. Mauro miró hacia atrás y vio cómo la casa se alejaba, se iba haciendo más y más pequeña, confundida con las otras en la hilera de puertas. 

-¿Y Yanina?- preguntó el Gordo.

-Se fue-. 

-No la vi salir-

-Salió por el pasillo-.

-¿La acompañaste hasta la calle?

-Sí-, mintió.

-Ah bueno-, se tranquilizó el Gordo. 

El auto encaró la ruta      

Mauro vio cómo la ciudad iba desapareciendo y sintió una mezcla de ansiedad y angustia. -¿Cómo estará? ¿Se creerá todavía que van a aparecer las luces? ¿Estará cerrando los puños, temblando, moviendo todo el cuerpo y dando patadas al pozo? ¿Se estará tragando la lengua, como dice el Gordo que hago yo cuando me pongo loquito?-

-La ignorante de tu madre quería llamar a un cura cuando te pusiste así. Qué bruta. A mí me va a venir con curas. ¡A mí me decían en exorcista! Cuando entraba de guardia los enfermos y los loquitos se curaban de golpe. Nadie pedía ir a la enfermería. No iban ni aunque quisieran. Ya sabían esos que detrás de la enfermería estaba el pozo-. Esto último lo decía en voz baja, para sí mismo. -Se les iban todos los problemas, decían que hasta el diablo se espantaba-, contaba, entre risas que se ahogaban por la difonía. -Y eso que había un par de loquitos con esas cosas que te agarran a vos-.

-Es una nena muy buena Yani- volvió sobre el tema el Gordo.

-Sí

-Tenés que estar agradecido de tener una amiguita así. A vos no te da bola nadie. Tenés que cuidarla.

-Sí, es buena, pero yo también soy bueno y voy al pozo igual- pensó. Y aunque la imagen de la chica temblando en convulsiones se le vino una y otra vez, se durmió.

El día de paseo se hicieron dos. La noche los agarró antes de salir y la madre estaba descompuesta. Mauro sintió primero un cosquilleo y después una puñalada en el pecho. Ya no podía decirlo. -Yo pensé que se había ido, es verdad, no la acompañé hasta la puerta, pero ella me dijo que se iba y después no la vi más- empezó a armar su testimonio. 

Tardó siglos en dormirse, miraba la lámpara apagada con la poca luz que llegaba del pasillo y entraba por hueco de la puerta entornada. Tenía los ojos abiertos y jugaba a no parpadear, los labios apretados, la mandíbula dolorida de tanto hacer fuerza. El Gordo roncaba desde hacía rato y la madre estaba desmayada.

-Te pasa algo Mauro- le había dicho la madre cuando esperaban al Gordo e el auto, cuando todavía podía mirarlo. 

-No, nada-

-¿Seguro?

-Seguro.

La verdad podía ser el remedio para la nena, pero del otro lado estaban el Gordo, el pozo, o un castigo todavía peor. ¿Cuánto podría aguantar Yanina? ¿Cuanto tiempo iba a tardar la mamá en buscarla? -Seguro llamaron a la policía, o se metió y trató de abrir la puerta- trataba de elucubrar. Cuando volviera, iría directamente a abrir el armario y dejar que el resto lo descubrieran los demás. O ya estaría todo el barrio buscando. -Yo no sabía nada- se dijo una, dos, mil veces imaginando la escena, temeroso y al mismo tiempo seguro de haberle dado al monstruo una estocada de la que no se iba a reponer nunca. A él le iba a ir mal, pero el Gordo iba a concentrar la suma de las acusaciones.

Tardó en despertarse ese lunes. No estaban ni el Gordo ni la madre.

-Fueron al centro del pueblo a comprar unas cosas- dijo la tía.

Volvieron y almorzaron en aquella casa. Mauro lo vivía como el último. Nada iba a ser igual después.

Cuando subieron al auto, alcanzó a ver el bulto en el asiento de adelante.

-¿Y esa muñeca?

-Se la llevamos a Yani. Le compramos eso y unos conitos de chocolate- dijo la madre, que agarraba el juguete de las manos y lo amacaba.

-Tenés que estar contento de tener una amiguita asi- insistió el Gordo una y otra vez. 

Mauro miró por encima del hombro de la madre. Era una muñeca de alpillera; la boca, que le atravesaba toda la cara, estaba hecha con puntadas de hilo rojo, y los ojos, abiertos y tiesos, con lentejuelas. Tenía el pelo rubio con dos trenzas a los costados y unas pecas groseras dibujadas sobre la mejilla. Mauro no quiso verla más, tenía la sensación de que lo seguía con la mirada y llevaba la cabeza hacia atrás, con un además de tragarse la lengua. Eso lo torturó todo el viaje. 

Las imágenes se iban amontonando de forma vertiginosa. Quería gritar, confesar, no aguantaba más esa presencia. Pero se contuvo, a esa altura nada iba a cambiar el rumbo de las cosas, salvo el suyo mismo.

Casi se baja con el auto en marcha cuando llegaron. No había policías ni bomberos, nadie se había amontonado; la casa, la cuadra, el barrio, eran los de todos los días. No supo si era bueno o malo. Corrió, no quiso esperar que llegaran a abrir, entró por el pasillo, sacó la llave escondida y fue directo al pozo. Se detuvo un segundo antes de tornar la llave, finalmente la abrió.

Estaba allí, los ojos abiertos, las manos petrificadas con los dedos como patas de araña, y un mechón de pelo todavía colgando de una mano, la garganta rasgada hasta sangrar por la desesperación del ahogo, la boca entreabierta y la lengua hacia atrás, inmóvil, cadavérica. 

Mauro estiró la mano para taparle los ojos, el brazo de deslizó hacia adelante. La mano atravesó el espectro y se pozó sobre uno de los tachos de pintura. La corrió hacia un lado y encontró otro tacho, y otro. Destrabó la otra puerta y la abrió. Buscó en el absurdo, abrió los cajones, tanteó el fondo. -No está, no está- se dijo mientras empezaba a sentir que la respiración lo traicionaba. -Yo no fui, no fui- Giró sobre los pies y miró a todos los costados, temblando y respirando bocanadas de aire cada vez más continuas. Fue a la puerta y la entreabrió. Sintió los ruidos adentro de la casa. Volvió a buscar en el armario, se paró sobre la base y dio un salto para poder mirar el techo. -No está-. Volvió a buscar en el armario.

Su misma respiración hacía un ruido de fuelle que no podía contener. Quizás por ello no advirtió la presencia detrás de él. Fue un golpe seco en el espinazo. El pie del Gordo medía casi lo que su espalda. Cayó adentro del pozo y vio cómo se entornaban las puertas. Y antes de que se cerraran por completo, llegó a ver la cara redonda, con la camisa abrochada hasta el último boton, más colorado que nunca.

-¿Así que la vas de carcelero vos?- La boca largando esa frase fue lo último que vio. La llave giró. 

-Ahora vas a ver en serio lo que es el pozo, cabeza podrida-.

Ya en la oscuridad, quiso entender lo que pasaba. Era un sueño, un mal sueño de esos que tenía cuando el Gordo lo mandaba a la cama sin cenar.

Allí, en medio del silencio, aguzó el oído. Sentia voces en la casa. Y reconoció el timbre agudo:

-Si usted no me sacaba antes de salir ¿me iba a quedar todo este tiempo ahí?- Las voz se sentía lejana, casi inaudible, pero Mauro la escuchó.

-No, nena, eso no iba a pasar nunca. No tenés idea de dónde vengo- escuchó que el Gordo decía con la voz fuerte, adrede. -¡Yo tengo ojos hasta en la nuca!- Y eso lo dijo gritando, girando la cabeza y un poco más la boca para hablar hacia atrás sin darle la espalda a la chica.

-Llevate la muñeca y esos copitos de chocolate, convidale a tu mamá y decile que yo le voy a hablar. Ah, y no te olvides, hoy estuviste jugando con Mauro. 

 

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                                                                                Marcelo Castaños

TOMÁS DOBLAS

Publicado en Cuentos el 11 de Junio, 2013, 18:11 por MScalona

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Junto a la barda

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Guardó el arma bajo la ropa mientras la llevaba al auto y luego la puso debajo del asiento.

No actuaba con premeditación, simplemente seguía los impulsos del momento. Volvió  a la casa, ella vendría pronto y ya tenía todo preparado.

Le confirmó por teléfono que si, que iría. Necesitaba hablar con él, quería verlo.

Se sentó en el sillón del living y esperó.

Recordaba cuando lo dijo. Fue en el café de siempre, había ido a buscarla a la salida del colegio, pero ella no estaba en clases. Bajó de un taxi y le dijo con el beso “tenemos que hablar, basta ya”

Sabía que pasaba, siempre se sabe. Pero nunca pudo afrontar los conflictos, siempre fue mejor no pensar. Quizás si no actuamos, las cosas se solucionan solas. Pero ella no era así.

Suavemente y mirándolo a los ojos, le explicó que ya no había misterios, que  quizás se conocían demasiado y que siempre lo iba a querer.

Nunca entendí, le dijo, como yo, que no soy linda ni buena, pude encontrar a alguien como vos que no pareces de este mundo.

Pero el amor es otra cosa le aclaró. Y él sabía que su amor lo tenía Juan.

Seguramente ya lo presentía y no se asombró de eso, si de sus argumentos, que no pudo comprender.

El breve sonido del timbre lo arranco del sillón, al abrir la puerta se encontró con la dulce sonrisa que tanto esperaba.

Entró como lo hacia siempre sólo que esta vez no lo besó, apenas le toco el pelo con un gesto de ternura apenas reprimida que le dolió como un balazo.

Se sacó la campera y se sentó en el sofá, donde tantas veces se había entregado desnuda, con los ojos abiertos y fijos en él.

Le dijo que lo veía mal, muy delgado y descuidado. Y que no quería verlo así. Le pidió que saliera con Julia, que lo había llamado tantas veces y le regó que no bebiera.

Se levantó y fue a la cocina, inspeccionó en la heladera y frunció la boca al ver las botellas. Luego entró al dormitorio, abrió la puerta del placard y observó el revuelto de ropas. Silenciosamente fue ordenando y acomodando un poco, separando las prendas sucias. Cuando terminó se sentó sobre la cama y miró despacio a su alrededor, todo le resultaba conocido y lejano a la vez.

Él, mientras tanto, se avergonzó  de sí mismo. De todo lo que en su desesperación había lucubrado, de la larga serie de variantes que imaginó, para no ser descubierto, para no ser él.

Después con el tiempo se dio cuenta que sería inútil fingir, y también desleal. Que importaba, si después la vida ya no seria.

Ella volvió del dormitorio con una sonrisa triste, le recordó que en 10 días era su cumpleaños (eso lo sobresaltó, no lo recordaba) y, con forzada jovialidad, le dijo que quería que la invitara a la fiesta.

De repente él le dijo que no quería estar en la casa, que salieran, a tomar algo, a algún café.

“Esta bien, y quiero que hablemos de tu futuro, no podes seguir así”

Tomaron la calle de siempre, ella supo a donde iban, era su lugar.

El barrio terminaba míseramente en un conjunto disperso de casas con paredes sin revocar, como las de su infancia. Mas allá las bardas, el campo, la paz.

Ahí habían ido al principio, a charlar, a reírse de las mismas cosas, de la misma gente. A empezar a quererse y luego a besarse largamente, sin apuro, descubriéndose.

Ahí habían empezado y ahí debían terminar.

Ella reclinó el asiento y mirando fijo hacia delante le comenzó a contar, de su trabajo, de las materias rendidas y las que estaba cursando, de los viejos compañeros que ya no veían. No le hablaba de Juan ni de su relación, y en todo momento mostraba que la vieja intimidad no había muerto, estaba viva entre los dos. Y se lo dijo: “vamos a ser amigos, quiero ser tu amiga, no conozco a nadie como a vos”.

De repente buscó algo dentro de la cartera y lo sacó, se lo extendió “para que lo leas antes de dormirte, siempre lo quisiste”.

La mirada del niño rubio, cubierto con una capa azul, le devolvió la suya desde la tapa del pequeño libro de bolsillo.

Unos pibes jugaban en la calle, descalzos, entraban y salían de las casas de la esquina. Él recordó cuando también jugaba a la pelota en las calles de un barrio igual a ese, igual a todos. Entonces le gustaba una chica, Laura ¿cómo podía acordarse todavía? Le sorprendió advertir cuanto hacia que no pensaba en nada de su vida antes de ella.

Ella se había vuelto hacia la calle, con la frente contra la ventana miraba también como jugaban los chicos. Una infinita tristeza fluía de su mirada.

Él la miró, vio sus estrechas espaldas, el pelo negro cayendo sobre sus hombros, descubrió su perfume, todo le era dolorosamente familiar.

Resistió el impulso de tocarla, y repentinamente la sintió como nunca antes la había sentido, casi percibió cada músculo tenso de su cuerpo joven, cada gota de sangre corriendo en su interior.

Comprendió entonces que todavía era suya, que en realidad nadie podría quitársela porque estaba dentro del él, en sus cansados huesos, en sus nunca derramadas lágrimas, en la brutal alucinación de su memoria.

Tenía que matarla y solo había una forma de hacerlo.

Se inclinó y despacio saco el arma debajo del asiento, La miró por última vez en el reflejo del vidrio, la vio hermosa, perfecta.                             

Ella se volvió  confiada y de pronto de sus ojos brotaron una a una la tristeza, la sorpresa, la incredulidad y finalmente el espanto.

El disparo sonó como un trueno, bajo un cielo claro y lejano.

Una mujer salió rápidamente a la calle, miró y les gritó a los chicos que entraran.

Un hombre que volvía del trabajo en bicicleta se fue acercando lentamente y con desconfianza.

Poco a poco fue viendo y comprendiendo, sangre, mas sangre, el rostro destrozado de un hombre y una mujer que lloraba a los gritos, abrazándolo.

 

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                                                                                           TOMÁS

LAURA ROSSI

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2013, 19:02 por MScalona

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Sucundún

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Al final, lo de siempre: saber de antemano cómo van a ser las cosas y dejarse llevar igual. Una escapada. La voz de Ariel del otro lado del teléfono repitiendo ‘una escapada’ y ella amplificando de palabra los bocinazos de fondo, la agitación. No te escucho bien, después hablamos. Presionó la tecla que callaba los ruidos del exterior, nunca los de adentro. “Nos ganan los malos, nos ganan los malos. Son personas carentes de todo diálogo”. Pantalla partida: en un cuadro, la mujer que se queja de algo que no ha llegado a ver; en el otro, el conductor del noticiero que finge empatizar con la indignación de la mujer que se queja. Después hablamos no era lo que tenía que decir. Ariel no se llevaba bien con las respuestas pendientes. Dejarse llevar. “Unos días en la playa les van a hacer bien, así descansan”, diría su madre. “La gente que no tiene nada qué decirse no puede andar por ahí haciéndose la bucólica”, diría Andrea. No decirle nada a Andrea.  “¿Cómo sabés que no te va a gustar si nunca fuimos?”.

 

Vuelve a otra pantalla, a una traducción que, desde temprano, no avanzaba. Iba a ser un día de esos en los que cada nimiedad se condensa y se estira y ocupa un tiempo que no le corresponde. A lo mejor. No se pierde nada. Mail. Tipea:

 

Ariel: Está buena la idea de la escapada, pero deberíamos dejarlo para otro fin de semana. O para otro lugar. O para otra gente. O para otra vida. Besos, Remy.

 

Backspace, backspace. Backspace sostenido hasta escapada. Duda. Mejor hasta idea. Pero tengo mucho trabajo atrasado y pensaba ponerme al día este fin de semana. Besos, Remy.

 

Media hora después: Ya saqué los pasajes, tenía descuento con la tarjeta solo x hoy. Pensá que te va a hacer bien descansar. Te quiero. Ariel.

 

Ellos y la playa. Un simulacro de playa, más bien. Y un puñado de casas que bien podrían haber estado deshabitadas. Y el sonido de oreja pegada a vaso vacío del mar. A pocos metros de eso que Ariel se empeñaba en llamar arena, la hostería; el olor a Raid, el colchón duro, las sábanas ajenas, los crujidos del piso de madera. Ojalá hubiera llovido, pero no. La lluvia hubiera propiciado la huida pero ese frío a destiempo sólo alimentaba las esperanzas de Ariel. “Seguro que al sol ni se siente. Dale, levantate, no vinimos a dormir todo el día”.

Lo que no se sentía era el sol. Tres días con el frío desubicado metido entre los huesos. Tres días paseando libros cerrados en su mochila, el hastío de las horas llenas de Ariel y de nada más. Tres días esquivando ese perro que los seguía todo el tiempo, deambulando entre el hambre y la enfermedad. Cómo pudimos confundir sarna con hambre. Desde el asiento del colectivo que se aleja de la playa, del puñado de casas, del sonido hueco del mar, de las sábanas en las que se acostaron otros, discernir parece más fácil.

Ariel duerme prácticamente desde que acomodó en el asiento. Mejor así. La calefacción a pleno hace del colectivo una suerte de sucursal móvil de Panamá. Ariel duerme y apoya la cabeza en su hombro. Ella también quisiera dormir y olvidarse del frío que ahora le parece una pesadilla lejana; del perro, de su olor; de todo lo que se confunde y zumba cuando cierra los ojos, pero su atención no puede desprenderse del peso muerto clavado en el hueso del hombro. Vos no sos huesuda, estás demasiado flaca porque comés mal. No hay distancia ni penurias que borren del todo el repiqueteo de la voz materna. Abre los ojos porque parece un mal chiste, no puede ser, jodeme, y gira la cabeza como puede sólo para comprobar la ausencia de cualquier mirada cómplice en los alrededores. Las olas y el viento. Quiere pero no puede reprimir el shalalalala que aparece en su cabeza antes que en la radio que murmura más interferencias que otra cosa en los parlantes que tienen sobre sus cabezas. Es más sano que ya no te funcione reprimir, ¿entendés? Y el frío del mar. El shalalalala –ahora sí- se funde con las palabras de su terapeuta y pierden espesor.

Golpe de cuneta o cráter en el camino. Da igual. Los cuerpos se despegan milímetros de los asientos. La cabeza de Ariel va a picar sobre su hombro. Es una milésima de segundo: se mueve apenas y la cabeza rebota en el aire. Muy pronta a romper. Ariel cabecea, no se despierta. Su cuerpo se inclina hacia el otro lado; la cabeza de muñeco cuelga hacia el pasillo. Me hubiera corrido que este ni se enteraba. Veo la espuma. Y no hay retorno: sabe que van a ser dos horas y pico con esa canción de mierda pegada al paladar. La inercia es la propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento. Incluso, es probable que alguna mañana, en dos o tres días, se despierte tarareando, tiritando y maldiga al Donald de carne y hueso y al pato, por las dudas. Clava los ojos en el vidrio de su ventanilla, logra saltar el reflejo desdibujado de su cara y se concentra en la línea de pastos que corre como una cinta pegada a la banquina.

 

Peor había sido la ida. Ariel no se dormía y ella intentaba leer mientras lo que en apariencia era un nene que viajaba en el asiento detrás del suyo le pateaba rítmicamente el respaldo. Incluso me divierte imaginar por, patada en el riñón derecho, escrito cosas que solamente, patada en el riñón izquierdo, pensadas en una de esas se te atoran, doble patada, en la garganta, sin hablar, berrinche, de los lagrimales. Quedate quieto, León, que la señora se va a enojar y va a llamar a la policía. León no parecía temerle a la policía y lo demostró con una tenacidad envidiable las dos horas que duró el viaje. Alternaba, cada tanto, patadas y golpes de puñito con simulacros de llanto y muchos ‘me aburro’. Ella hubiera querido decir algo –no hubiera sabido, en realidad, por dónde empezar- pero en cada darse vuelta, se encontraba con la mirada entre suplicante y superada de Ariel que le decía “relajate, ya se va a cansar” porque no era a él a quien estaban pateándole los riñones. El entusiasmo de Ariel en ese colectivo desvencijado, camino al simulacro de playa en el medio de la nada, era tan perverso como el shalalalala, tenedor clavado entre el frío de tu alma y el me hace tiritar. Las rimas de infinitivos son parásitos traicioneros. Y el abuso de los gerundios. Nunca había entendido bien eso de la demonización de los gerundios, pero se le había hecho carne y siempre le resultaban, como mínimo, sospechosos.

 

Y repite, todo de nuevo, desde el comienzo. Las olas y el viento y el frío del mar. Interferencias. No puede determinar si provienen de la radio o de algún pasajero que, como ella en el fondo, crea que el chofer se está burlando de ellos y haya decidido cortar cables y acabar con el suplicio. De tu amor desvanecer. La voz eterna de Donald se pierde, vuelve, deja paso a las interferencias pero ya es omnipresente. Un verdadero sádico el tipo. Mira de soslayo a Ariel y le envidia un poco –mucho, casi demencialmente- esa capacidad de dormir en cualquier lado, en cualquier circunstancia y posición. Abandona la mirada oblicua y se dedica a mirarlo de lleno, como cada una de las noches en las que él se queda a dormir en su casa y ella da vueltas mil veces en la cama hasta que sus ojos pueden ver en la penumbra y piensa que puede despertarlo con la intensidad de su mirada. Pero no. Sus intentos no funcionan mejor –ni peor, en realidad, no funcionan- con la luz de la tarde ni con el movimiento.

 

Hace rato que el chofer ha apagado la radio pero el sucundún sigue flotando en el aire que se ha llenado de los ronquidos, más o menos ligeros, de los otros. La llanura es un somnífero a medias sólo para ella. Siempre a contrapelo. “Siempre dando la nota vos”, le dice su madre cada vez que tiene la oportunidad. Siempre. Por eso, para evitarle el desgaste de saliva, hace mucho que se limita a asentir sin resistencia. Justamente por eso también, desde la atmósfera enrarecida del colectivo, sabe que regresará de “la playa” hablando maravillas de las olas, sucundún, sucundún, de la brisa gélida que equilibraba perfectamente el calor del sol, shalalalala, de la hospitalidad de los lugareños y del perro simpático que prácticamente los había adoptado porque son buena gente, shalalalala y los perros se dan cuenta enseguida de esas cosas, del viento y de la arena que no dejan ver.

 

Como si tuviera incorporado una suerte de despertador interno, Ariel abre los ojos. Gira la cabeza de un lado hacia el otro, de un lado hacia el otro hasta que se cansa o el dolor del cuello afloja. Estira la mano hasta la botella con agua que carga siempre en su mochila. Tiene los ojos abiertos pero sigue dormido. Seguro lo convenzo de que me deje en casa y se vaya para la suya, total mañana tiene que ir a la oficina y.

El colectivo aminora la marcha, se detiene ante lo que, supone, deben ser semáforos. Por fin las luces, la civilización. Atraviesan partes de la ciudad que ella ha visto con otros ojos hace tres días y que ahora se confunden con el cansancio y el sueño que empieza a sentir -no sabe si como patadas en la espalda o ancla clavada en los hombros- pero que está allí y diluye, de poco, las olas y el viento y la incomodidad de esos asientos que no han sido hechos para dormir ni para contemplar el verde furioso de los campos que cortaban el cielo allá, en el fondo.

 

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                                                                Laura R.

ROBERTO SÁNCHEZ

Publicado en Cuentos el 13 de Enero, 2013, 13:08 por MScalona

 

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                              Una noche singular

 

 

Con el contraste de una noche tan plácida y silenciosa, el primer crujido sonó con una nitidez desmesurada.

Había cenado algo ligero y estaba concentrado en un ensayo sobre los romanos cuando escuché, claramente, el típico quejido de la madera reseca al flexionarse por un peso. Interrumpí la lectura y me quedé quieto y atento. Durante unos segundos, solo pude oír ese zumbido, excepcional, que únicamente se capta en el silencio absoluto. Ni un murmullo, ni un rumor lejano. Nada. Al rato, alargado, indudable, se oyó el segundo. Alguien subía.

 

Mi reducido departamento es el último de una vieja construcción de cuatro pisos, al que se accede por una endeble escalera de madera que desemboca en un pequeño vestíbulo. Inmediatamente está la puerta de entrada. No suelo recibir visitas y mis vecinos, ancianos en su mayoría, tienen por costumbre acostarse muy temprano. El barrio, por otra parte, es apartado y tranquilo y nunca se sabe de incidentes de ningún tipo.

       Por un momento, me quedé sin saber qué hacer. Mis libros y una oficina pública conforman, desde hace años, la rutina invariable de mis días y en ese esquema, inalterable y lánguido, no hay lugar para lo inesperado.

No soy de asustarme con facilidad y los pocos conocidos que tengo me han señalado, mas de una vez, la indolencia que muestro ante el decurso de las cosas. Yo les respondo que las cosas son como son y lo que tiene que suceder sucede y que nada de lo que hagamos, en definitiva, altera en lo sustancial los acontecimientos de nuestra vida. Ellos replican con una batería de calificativos que van desde frío, insensible, apático y abúlico hasta otros que no reproduciré pero que de todas maneras me importan un bledo.

De modo que si me hubieran podido ver en ese momento, seguramente sonreirían, irónicos, al comprobar que con el tercer crujido comencé de veras a inquietarme.

No lograba imaginar quien podría ser a esa hora de la noche, pero era evidente que procuraba moverse con sigilo y que la madera, reseca, contrariaba su propósito.

Comenzó a invadirme, creciente, un desasosiego desconocido y empecé a comprobar, no sin asombro, que de mi cuerpo asustado solo respondían plenamente la vista y el oído. Con una lucidez llamativa, me daba cuenta perfectamente de la desmesurada reacción ante lo que estaba ocurriendo. Pero no podía evitarla.

Aguardé anhelante el próximo crujido para decidir, por fin, qué hacer. Pero el silencio total, sin fisuras, se estiraba hasta la exasperación. Mis oídos, tensos como una cuerda, estaban dispuestos a captar el mas mínimo rumor. Pero no se oía nada; absolutamente nada.

Pensé en dirigirme a la puerta para asegurar que estuviera con llave y de paso, con la oreja pegada a ella, registrar mejor el menor ruido, pero caí en la cuenta que el viejo piso de parquet, que siempre crujía con mis pisadas, alertaría al intruso. Fue en ese momento que sonó el cuarto.

La frescura de la noche no pudo impedir que empezara a transpirar. Podía sentir la boca reseca y el corazón tumultuoso pero una absurda y obstinada parálisis me mantenía inmovilizado. La vieja puerta de roble, siempre sólida y segura, se había convertido ahora en una lámina delgada y frágil, la única que me protegía de un exterior incierto y ominoso.

Me mantuve así, quieto, un tiempo incalculable. Con sumo esfuerzo, atento a mis pisadas, me deslicé como un gato hacia la puerta. Me agaché con lentitud y observé la cerradura. Estaba cerrada y por poco no lancé, imprudente, un resoplido de alivio.

Con el mayor cuidado, volví a incorporarme. Apoyé mis palmas sudorosas sobre la puerta y pegué con suavidad mi oreja a la madera. Mi oído se había convertido en un sensible y extenso receptor que captaría hasta el salto de una pulga.

Al principio, salvo un bocinazo muy lejano, no escuché nada. Pero al rato, nítido, me llegó el sonido inconfundible de un jadeo.

Era una respiración grave y extraña. Comenzaba con una agitación creciente, alcanzaba una especie de clímax y luego, descendiendo, culminaba en un estertor prolongado. Sobrevenía una pausa de segundos y recomenzaba, tenaz, con su ciclo inquietante.

Me aparté bruscamente y a pesar de estar agarrotado, logré retroceder, silencioso, hasta la mesa sobre la que reposaban, indiferentes, los restos de la cena. Rodeada de migas de pan, sobre un plato de madera con restos de cáscaras de queso y salamín, opacada su hoja por la grasa, protectora, estaba la cuchilla.

Con manos torpes y temblorosas, me aferré a ella como si fuera un punto de anclaje que me sostenía en medio de un vértigo creciente. Mi reducido mundo cotidiano, ordenado y previsible, que hasta hace poco transcurría imperturbable, se desmoronaba velozmente ante esta contingencia inaudita. Sentía el cuerpo helado y las manos crispadas sobre el mango de la cuchilla. El universo se había colapsado reduciéndose a una puerta, la cuchilla, el silencio y mi terror.

Un nuevo crujido me sobresaltó, pero no pude atinar a nada porque sin pausa sobrevino otro y otro más. Me pareció escuchar un gemido y luego un golpe sordo. Después volvió a instalarse, persistente, un silencio denso quebrado, al fin, por un murmullo apagado y lejano.

La noche se hizo eterna. Podía sentir la estirada lentitud de los minutos y el espeso fluir de un tiempo interminable. El mundo se había detenido y yo acompañaba su quietud como una estatua.

Me surgió la extraña idea de que si no me movía, nada se movería y en consecuencia nada podría sucederme. Nada debía sucederme. Nada debía...sucederme...de..bía...su..ce..der...me. .Su..ce..duer. .me... se..duer..me.

 

Tuve un sobresalto. Familiares y distantes, los viejos rumores de la ciudad que despertaba diluyeron el silencio. Colectivos y camiones, peatones, algunos pájaros y hasta el triste y lejano silbato de un tren renovaban, regulares, el ajetreo de un nuevo día. Tardé un rato en darme cuenta que esa noche, infinita, concluía.

Entumecido, deposité la cuchilla sobre la mesa y, ya sin precauciones, embotado, me duché, me vestí, tomé café y me dispuse a salir. En una última prevención, entreabrí despacio la puerta y espié el vestíbulo. No había nadie.

Al bajar la escalera los crujidos de los escalones –mis crujidos, mis pisadas- sonaron intrascendentes. Todo volvía a su lugar.

Ya en la vereda, me detuvo el portero preguntándome si no había escuchado ruidos durante la noche. Parecía apesadumbrado.

Con un tono lacónico, me informó que un viejo del segundo piso, viudo y cardíaco, había sufrido un ataque. Al parecer, intentó primero pedir auxilio a sus vecinos inmediatos pero, como dije, casi todos son ancianos que, a esta altura, se resguardan del mundo con el sueño artificial de los sedantes.

Tras un par de intentos infructuosos –siempre según el portero- el viejo recordó que el único inquilino joven del edificio, que además siempre se quedaba leyendo hasta muy tarde, vivía en el último piso. Pensó que, aunque era extremadamente reservado y distante y no se daba con nadie, no le negaría una mano en esa circunstancia.

Hizo el intento y al llegar casi al final de la escalera, lo abandonaron las fuerzas. Probablemente intentó desandar el trayecto y terminó desplomándose. El portero, que vive en el primero, escuchó el golpe y lo asistió hasta la llegada de un médico de la cuadra.

Yo lo escuchaba imperturbable, con una ligera irritación porque me estaba demorando. Cuando concluyó, le pedí que transmitiera al anciano mis deseos de mejoría y comencé a caminar.

Esperando el colectivo, decidí que no contaría este episodio en la oficina. Total, una vez más, tenía razón. Lo que tiene que suceder, sucede, y no vale la pena alterarse demasiado.

 

 

                                            Roberto Sánchez

 

 

 

 

 

 

EUGENIA ARPESELLA

Publicado en Cuentos el 12 de Diciembre, 2012, 12:41 por MScalona

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Toda la vida es un domingo lujurioso

por Eugenia Arpesella

Esperaba encontrar a Adela durmiendo, pero estaba echada con las piernas abiertas sobre una reposera de caño en un rincón del living en penumbras. Tenía puesta una de esas remeras grandes, masculinas, que elige para dormir sola y que le dan ese aire soft punk que tienen algunas chicas que curten la resaca de los 90. Rusticidad de los veintipico, estética del abandono impostado, del desinterés que interesa, sobre todo, a los de treintaipico. Otra piba con la remera de Greenpeace, y sonríe. Le encanta que le hable con canciones, se siente la heroína de todas, así de vanidosa, así de insoportable. Se acuerda de Lucho, el dealer de su barrio que todos los días usaba la misma remera negra de Flema que rezaba en letras blancas el sincretismo ideológico de tapial CARETOFOBIA ¡Fina estampa! Adela parece agotada y en la mirada tiene una gran nube gris, un poco por los restos del rimmel de muñeca y, otro poco, por la sombra de las horas que le quita al sueño, más el tabaco y la manija.

Estira las piernas hacia arriba y las contiene en alto con las manos en los muslos, le digo que tiene un culo demasiado grande para la sillita playera, pero ella sigue ensimismada, mirándose. -Me encantaría medir un metro setenta, por lo menos. Hace un juego de flexiones e inflexiones mientras se acaricia las pantorrillas – me gustaría estar depilada, como mínimo. El verbo encarnado, las piernas de Dios, carne maradoniana y peluda. Me sorprende que no haya empezado con su balance post-sábado. Catapultada una y otra vez al parricidio, gata herida de muerte, esta vez no parece querer hablar de la noche que dejó atrás. Quiero que me hable de él y le pregunto cuántas víctimas fatales dejó anoche.

- Contame, ¿con cuál te quisiste morir, Adelita?

- Si me quisiera morir me hubiese depilado.

-Tampoco te bañás, roñosa.

-No, pero estoy cansada.

- Dale, contame. ¿qué te dijo?

-¿Quién?

"Ya no poses nena, todo eso es en vano, como no dormir", desafino burlonamente y le arranco una carcajada que se apaga cuando se encoje de hombros. Mientras voy al equipo y pongo Transformer, de Lou Reed. Ya sé que tiene ganas de escuchar Perfect day, porque es domingo y da pena de tan lindo que está allá afuera. Pero Adela sigue alelada.¿Y ahora como la saco de ahí? Le cuento que anoche me quedé en casa viendo un especial de Antonio Ríos en Crónica tv, y que miré por cuarta vez Amelié y consigo ¡por fin! sacarla del letargo: se pone furiosa. Me gratifica verla en estado puro, beligerante, en todo su esplendor. Me mira con desprecio y rencor y me dice que nunca voy a ser su Néstor Perlongher. Que si me prostituyera sería su heroína favorita, "pero sos taaaan virgo". Le tiro las flores de plástico que están en un florero de vidrio y me responde la agresión con un manotazo al aire. "Salí. Putos eran los de antes..." Siempre me recrimina no ser un puto digno, porque para ella ser puto es revolucionario y yo soy un puto burgués y gorila. Como una contradicción estanca, insuperable. Yo le digo que es una groncha perona, putita de barrio, que de eso si que no se vuelve y le encanta.

-¿Bueno, te vas a seguir haciendo la boluda o me vas a contar qué te dijo?

Adela se incorpora con mucho esfuerzo de la reposera de caño y se sube descalza a la mesita ratona de algarrobo y se presta para hacer la dramatización de los hechos, como a mi tanto me gusta. Adquiere un gesto teatral, grotesco y viril y con la voz grave dice: "Que sepan los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona", eso me dijo.

-Mentirosa, eso lo dijo Heidegger.

-No, Heidi.

-¡No, tu abuelito, ese viejo choto que tenés colgado en la pared! Nos volvemos a reír y ahora está más viva que nunca, centellea, pero de súbito se desploma sobre el piso, que está más fresco, aunque sucio, como ella.

Adela, que es especialista en hacer prólogos como pararrayos, sobre todo cuando se manda alguna cagada, insiste con su mutismo. Siempre pasa algo, sobre todo cuando no pasa nada.

Mi última carta a esta altura de la visita terapéutica es reprocharle una agonía lenta y dolorosa en su caverna y a cambio la invito a la feria de la plaza Libertad. De paso le recuerdo que también es domingo para mi.

¡Aaaaaaaaaaah ¡la famiglia unita! Los morrales y las bambulas, comida a base de semillas en vianda, el dieciocho brumario en ediciones artesanales, minitas feministas a cielo abierto, trotskistas perfumados, literatos y ufólogos todos juntos y al mismo tiempo! No estoy para ferias, Pepo. Prefiero el vertigo del gusano loco. Vayamos mejor al Independencia, sabés que me gustan las emociones intensas.

Maldita perra, cínica y sectaria. Siempre me arrastra a donde sea, nunca me acompaña a ningún lugar. Vuelve a la reposera a rayas de caño, se prende un cigarrillo y toma agua del pico de una botella que alguna vez tuvo vino, según ella, del mejor. Pero se acabó hace rato.

Cuando emprendo mi partida definitiva me llama por detrás. Me quiere pedir un favor. Ahora que me voy tiene ganas de hablar. Gataflora herida de sábado, has caído en tu propia trampa. De todos modos, tendría que haber empezado la visita yéndome.

-No, no te voy a traer ningún librito del arte anal.

No quiero libritos, mejor preguntale a algún barbudo si cuando Guevara dijo que hay que endurecerse pero sin perder la ternura estaba hablando de sexo sin amor con culpa y bajo los efectos del porro o del porrón.

Creo que ahora entiendo todo lo que ni siquiera empezó y se vuelve de todos modos insoportable, como su silencio complicado y la vergüenza.  Nietzsche tenía razón, los humanos somos animales con las mejillas sonrosadas.  

-Viste que ahora los tipos NI PONEN su masculinidad en duda. ¡Hombres eran los de antes, Pepo! Ya no son machos sementales, ahora son sentimentales, autocompasivos, se dan vuelta y duermen como chiquitos. ¿La culpa sigue siendo nuestra?  

Me mira triste porque siempre a último momento se da cuenta de que me necesita y me pide piedad.

-Vos no sabes nada de lo difícil que es ser mujer. Preguntale a algún barbudo, o a alguna enconchada de la cuarta internacional, por favor. Sino decime ya mismo qué pensás vos, y no me mires así.

             -Ya sabés lo que pensamos con yan pol, Adelita: "Mitad víctimas, mitad cómplices, como todo el       mundo." Se muerde el labio inferior y me dice que soy un boludo, pero que me quiere igual, y me advierte que se va a fundir en cera caliente en el séptimo infierno, por si la llamo y no responde. Me vuelvo a darle un beso en la frente y salgo a la calle, porque es domingo y está tan lindo que da pena.

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                                                    E u g e n i a

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Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-