Como si fuera poca la soledad misma, sopla Diana uno a uno cada faro en su rancho olvidado por los techos sellados, por las puertas que cierran sin ruidos y mira mientras paciente la noche un caer triste, torpe burla la bruma un escondite, su abandonar duele y ya no siente será difícil pasar otro día tan lejos, si los metros ilusiones sabe, la distancia una burla a la fe crispada aculebrada certeza de que tal vez aún haya tiempo, que aún sabiendo no es nada cierto las dudas se borran, cien mojones sólo uno, lo lejos tris guiño si sabemos muy pronto o algún día volveremos, inevitable el soplo que reúne almas de a pares nuevamente, una y otra vez de nuevo.
La lluvia intimidaba el regreso. El limpiaparabrisas se desplazaba agotándose, Posibilitando un escaso semicírculo mojado, difuso. Por el que se filtraba cierta visibilidad. El miedo se me escapaba por la nariz. En una respiración entrecortada y ligera. Y me estremecí un poco más, después que su mano se posó suavemente en mi hombro. Giré la cara en señal de sorpresa. Me encontré con su sonrisa. Tenue. Mezclada con un atisbo de timidez. Avanzábamos al ritmo que permitía la lluvia. Y su mano se quedó allí. A veces llegaba hasta mi cuello. Transformada en caricia. Y volvía al hombro. En lo que intentaba ser un masaje. Recurrimos al silencio. Concentrados cada uno en lo suyo. Impidiendo el avance de la ansiedad. Los ojos se buscaban de a ratos. Sin pretender encontrarse del todo. Al final del trayecto nos esperaba el portón de su casa. Y ese pasillo que parecía infinito. Bajó del auto. Sostuvo el portón mientras yo entraba. Sentí una vibración seguida de un golpe. Detuve el motor. Bajé y vi. El guardabarros derecho colgaba de uno de sus extremos. Y una raya roja quedó impresa en la pared. El corrió por el pasillo hasta perderse entre la lluvia. Y yo caí sentada sobre el pasto húmedo. Derrotada. Con un desconcierto del que era casi imposible recuperarme. Que fue aún mayor cuando lo vi regresar con un rollo gigante de cinta para embalar en las manos. Luchó como treinta minutos contra la insistencia de la lluvia que no daba tregua, y la obsecuencia del guardabarros en no ceder ante el esfuerzo. Terminó venciendo. Entramos los tres. Él, Yo y el auto con su guardabarros emparchado. La tensión no bajaba. La puerta se abría. Estiró su mano para encender la luz. Nos vimos. Mojados. Asustados. Confundidos. La intención no era otra que ver la entrevista a Cortazar. Y la sangre que corría apurada vociferando que ella siempre prevalece al intelecto. Y más cuando llueve. Los ojos fueron el principio del abrazo. Y sentí la autonomía de su entrepierna. Mientras mi labio se trepaba al suyo. En lo que terminó siendo una sola boca. Por momentos pegada. O entreabierta. La ropa mojada fue cayendo al ritmo de su tristeza. Y mis miedos se evaporaban al mismo tiempo que los resto de lluvia. Nunca sabré como llegamos al sillón. Ni percibí los escalones. Solo recuerdo que en el medio del jadeo, se oyó caer una chapa contra el piso.
Las luces están apagadas. Lo sé porque al moverme la lona
que me tapa se ha corrido un poco.Al
parecer estoy en un galpón o taller mecánico. Hay olor a grasa y metal. El piso
es basto y frío. Apesta a Gas Oíl. El olor del combustible es penetrante y
desvanece en parte a todos los demás. Estoy atado por las muñecas, con los
brazos detrás de la espalda. En los tobillos un grueso alambre se me hunde en
la carne. Las manos están bien. No sangran y sólo un leve calambre las recorre.
Pero con los pies es diferente. Él le ha hecho algo a mis pies. Hace rato que
el dolor constante ha dejado paso a un eco sordo de tensión. Un entumecimiento
extraño mesube por los tobillos. Sé que
en el caso improbable de que pudiera desatarme, no podría correr. Sospecho que
ni siquiera podría levantarme.
En el bar, hace apenas unas horas (o días quizás) apuraba mi
último Daiquiri con la urgencia del que se sabe afortunado. Veinticuatro años
de pura fibra rubia. Elegante y simpático. Un jean ajustado, un poco fuera de
lugar en aquel sitio, a esa hora. Camisa verde agua. Y una mirada irresistible.
Por un instante me sentí el hombre más afortunado del mundo. Pensé: A mis
cincuenta, un pibe como este…
A lo lejos se escucha el rumor distante de motores. Debo
estar cerca de una ruta o avenida. La verdad es que después del primer beso no
tengo recuerdos precisos. Sí recuerdo su mano. Sedosa y sutil, deslizándose
lentamente por la curva de mi cuello. Me estremecía de placer con solo imaginar
lo que vendría. Después de eso, la oscuridad.
Hay un eco que se repite. Es tenue, pero al estar más cerca,
se superpone claramente. Son pasos.Los
oigo subir y bajar de tono. A veces secos, a veces como arrastrándose.Hay un golpe. Metal contra metal. Un motor
arranca muy fuerte, casi sobre mí. El auto sale y el sonido se va apagando gradualmente,
fundiéndose con el murmullo de fondo. Trato de revolcarme, pero mi cuerpo hace
rato que pasó de mí. Mi cuello se retuerce impotente en el vacío. Delgados
hilos de dolor me recorren la espalda. Sollozo.
La luz se enciende imprevista. El cuarto de ojo expuesto se
esconde bajo la lona sucia, buscando soledad. Lo siento moverse. Trato de
adivinar si viene hacia mí. Hay ruidos estridentes y otros tan tenues que
apenas puedo escucharlos. La sucesión es interminable.Le suena el celular, pero no lo atiende.
Al fin veo sus pies a la distancia. Está parado frente a
algún tipo de mesa. Se saca los zapatos. Sentado en un taburete, se corta las
uñas. Una melodía alegre sale de sus labios mientras imaginarios trozos de uñas caen hacia el suelo. Los
zapatos vuelven a su lugar. Una rueda de afilar desgarra mis oídos. Muevo un
poco la cabeza. Los codos se mecen al ritmo de la rueda. Suben y bajan mientras
una nube de chispas se derrama sobre el suelo. Después de un rato el sonido
cesa. El peso de un hacha baja una mano. El hacha cuelga como un presagio.
Brilla el filo renovado, rodeado de acero viejo y oxidado. El mango es de
madera y la mano delicada lo sujeta con fuerza.
Se acerca. En sus pasos hay una especie de abandono, de indiferencia
por las cosas. Aparta lo que se interpone en su camino pateándolo con desprecio.
Una llave inglesa abandonada pasa volando junto a mí. De improviso se detiene y
retrocede unos pasos. El hacha desaparece. Cuando vuelve a aparecer, el filo
está untado con grasa de litio. Roja como la sangre, brilla al abrigo de los
focos.
Intento hablar, preguntar por qué. Inútilmente abro la boca.
Los labios resecos emiten un gemido de protesta. La lona desaparece con un
chasquido. Cierro los ojos al resplandor. El polvo me hace estornudar. Me
retuerzo como un pez fuera del agua. A través de la bruma veo sus ojos. Me
observa con curiosidad. El hacha, apoyada de canto en el cemento, gotea lentamente
su sangre lubricada.
Hay un cierto alboroto a la distancia. Chirrido de
neumáticos. Voces estentóreas. Alguien que grita o pide auxilio. Mi chico se
gira, sorprendido. Veo su cabello rubio agitarse sobre la nuca transpirada. De
un salto se incorpora y con un fuerte manotazo apaga las luces. La lona
mugrienta vuelve y me cubre como un sudario. Hay un portazo.
Por un rato no pasa nada. Resplandores intermitentes se
cuelan bajo la lona. La oscuridad es total. Hace mucho frío. Siento el viento gemir,
huyendo de todo, hacia ninguna parte.
Son horas ya. Creo que duermo. Envuelto en mi capullo, me
recibe el gris del amanecer.
Algo ha cambiado. Pasos que se acercan. La puerta se abre.
El cuerpo de mi chico arrastrado por un brazo va dejando un camino sinuoso y
carmesí tras sus talones de medias sucias. No puedo ver al hombre que lo
arrastra, pero tiene un olor a mugre, tierra y orín muy fuerte.
No me importa. Intento ver a mi salvador, hablarle, darle
las gracias.
Sólo veo sus zapatillas desflecadas, sin cordones. Un
alambre fino rodeando el empeine. Se acerca. El olor aumenta. Siento su
respiración pesada de cigarrillo, el jadeo del alcohol.
El miércoles empezó con flores y terminó con niebla para Esteban. Amaneció con el regalo de un ramo naranja, unas chinitas desvaídas por la época y el sitio. Una especie de peonías silvestres como margaritas o crisantemos, pero con una corola grande como rueda de plato con flecos triangulares. Y todo naranja. Pulpa del sol, un girasol anaranjado, de la China, de origen, como todo. Hay una variante ocre, pero en cualquier caso son colores saturados, furiosos, incendiarios. Parecen el mayor contraste del invierno o por eso mismo, el mejor salvoconducto de una temporada fría, pálida, melancólica. Desde ya es un milagro que alguien salga a comprar flores de madrugada y que alguien las venda a las tres de la noche, en invierno, en el año 2002, en un país disuelto donde nadie parece esperar que pase, ni la lluvia, ni un barco, ni el alba.
Pero allí vive esta chica, Emma, su mujer, medio loca de amor, ¿qué otra cosa?, cargando el estigma de ese nombre y que después de trabajar doce horas y merced al ahorro estricto de las propinas del bar donde atiende las mesas, junta los dos pesos (más el uno cincuenta de la tarjeta magnética del bus) y arriesga su vida hasta la Peatonal Córdoba, a las tres de la madrugada y golpea el vidrio del florista somnoliento y lo sorprende, pidiéndole bajo la lluvia y la sensación térmica: el ramito naranja... las chinitas anaranjadas, el paquete Van Gogh ella les dice. Y no es sólo intuición, se puso a estudiarlas en una época que se le antojó conocer a la niña adentro del cuadro de Los Jardines de Argenteuil, de Monet. Y ahora tiene un vivero en los ojos: amapolas, lirios, siemprevivas, peonías, crisantemos. Emma juraba que la niña del cuadro era ella misma en el óleo o una hija suya en el futuro. Y decirle esas cosas a un vendedor de flores, tiritando insomne a las tres de la mañana y en invierno, del año 2002, con la Argentina disuelta, con cinco Presidentes en una semana y treinta muertos en la protesta. Treinta o treinta mil, un país geométrico con la muerte.
Esa época y Emma diciendo que vivía adentro de una pintura del siglo diecinueve, diciéndoselo a un florista: - Aunque ahora, le aclaro señor… usté va a pensar que estoy loca, está colgada en la Galería Nacional de Washington.
– Ahhh… entonces me quedo más tranquilo –contestaba resignado el tipo que alguna vez llegó a convidarle mate de bombilla.Fue una época de muchos remates de casas,la calle se llenó de locos, derivas, mendigos y la gente dormía en cualquier parte y abundaban estas escenas de Van Gogh: dos comedores de papas ateridos de madrugada, insomnes en medio del engranaje mercantil disputándose la brizna de ternura de unas flores furiosas, incendiarias y a la vez blandas, muelles, con un corazón tan carnoso y puro como el de ella.
Como Emma, capaz de sostener a Ulises con propinas en un país que entonces no tenía ni pies ni cabeza, ni Estado, ni monedas, ni gobierno ni jueces.Apenas unos billetitos infantiles hechos con papel de estraza, pintados de un solo lado, sin próceres y con aquellas raras equivalencias de Leibniz: que 2 y 2 son 5 o que un día de trabajo es igual a dos manojos de chinitas; o un baño de rocío de madrugada de invierno es igual a una frazada de saliva; o una mujer con cola de pez vale la mitad que la mujer con cola de dos almohadas, aunque ésta última está fuera de mercado, como las pinturas de Monet, como vivir en las nubes o el único cielo conocido. Entonces coincidió eldefault del país y el de Esteban: no hay dinero que alcance, ni billetitos de la infancia para recomprar la mujer con cola de dos almohadas capaz de vivir dentro de un cuadro de Monet. ¿Y cómo seguir viviendo sin eso? ¡Y para qué! ¿Qué prisa lleva lo inalcanzable…?
***
El violetero se las da con un bostezo y vuelve al sueño cabeceando en la certeza de que en el psiquiátrico han dejado la puerta abierta. ¿Cómo podrá saber un ignoto vendedor de flores que repite un personaje incidental de un cuento de Calvino, de Los Amores Difíciles? Aquel donde dos esposos trabajan en la misma fábrica, por turnos de diez horas, pero nunca el mismo y están condenados a verse todos los días unos pocos minutos en los intervalos. La mujer que ha comprado las flores se acuesta casi a punto de la partida de su amado y las más de las veces apenas comparten el calor que el otro alcanza a dejar en las sábanas.
En nuestra historia, Emma trabaja de moza desde la seis de la tarde hasta las dos o tres del día siguiente. Ella vuelve de madrugada y Esteban empieza su guardia en la terapia del Hospital Vilela a las seis de la mañana. Entre que uno se levanta y el otro se acuesta, se ven en los lindes irreales del entresueño y la duermevela. Esta noche, ella aprovechó a comprarle las flores y él, a plancharle el uniforme suplente que incluye una cofia de cocinera.
El que cierra un bar (ella) recoge las copas y las mesas, pero también los desengaños, las conquistas, los juegos. Justo cuando se cierra el bar comienza la deriva. Siempre hay que llevar a alguien hasta la puerta, la casa o la cama, que a esa hora, son casi lo mismo. Especialmente si es invierno ollueve o vive lejos o está solo y triste o con ganas. Hay sobras de amor en los bares y algo hay que hacer cuando se cumple el límite del whisky o el humo. Se hace tarde, el regreso siempre demora o desvía, pero el ramo de flores naranjas que trajo en mitad de la noche es como un faro. Señala el camino, rompe la niebla y conduce a la cama. Aunque no sea la de ella. A veces ni siquiera importa. Es refugio, es invierno y a veces llueve y el último borracho vive lejos o ni siquiera puede embocar las puertas del taxi.
Cuando ella saca el ramo del jarrón, una chica en la mesa cuatro larga un hipo de llanto histérico: está viendo por Crónica TV los pedazos de Rodrigo en la autopista Buenos Aires-La Plata. El cantante se ha matado en la carretera, el mismo día de junio pero dos años antes y ahora lo repiten, justo cuando su amiga vuelve del baño con sólo la bombacha y la minifalda en la mano. No sirve de nada que diga que ha tomado una sola copa. No puede embocar las puertas ni las sillas y menos las piernas del can-can. Rodrigo ha tomado mucha cerveza, dice el cronista y en ese estado, no debe conducirse un automóvil... Emma ya sabe que tendrá que llevarlas, hasta su casa, porque este par de chicas no podrían embocar ni la entrada del arco iris. Si las abandona, quizá las obliguen a embocar el portón de la Comisaría o peor, que las emboquen los policías. Una de ellas ni siquiera puede abrir el váter desde adentro. Se ha quedado encerrada. No coordina ni siquiera para dar vuelta la perilla de la traba. Quince minutos de terapia (de ella, la moza), tranquilizarla y pasarle debajo de la puerta un dibujito de cómo girar el picaporte. Rescatista del 911, ángel guardiana, Laura Ingalls, le diría Esteban, en son de burla. Ojalá estuviera aquí. Ojalá siempre estuviera aquí…
Dice ella que no entiende a qué me refiero en fin, cuando opino que su texto es de lo más infantil.
Yo no sé cómo responder.
-Es que…
Emmmm…
Cómo te explico…
(ahí pienso en decirle que infantil es un adjetivo tan válido como azul o redondo)
(quiero también agregar que nadie ya escribe de esa forma, (es bien sabido “golondrinas anuncian con campanas llega rauda la primavera”))
(que personalísimos los juicios, y qué sí, que finalmente es cierto, (porque lo es): claro que “margarita” rima con “tardecita”)
(seguramente, se me ocurre, ¿y por qué no llamar a un poema de este tipo “Al fin llega la estación más linda”?) -----casi todos dicen es la más linda------- (((…es que en su texto cosas así y por el estilo…)))
-Pero en fin cada cual tiene su estilo Cami, te digo, eh, es decir…
Sé que vienen tiempos de silencio y me he propuesto no llorar como lo hice una vez. Eso, lo de llorar tanto, digo, dejó un rastro indeleble, de aquellos que no se pueden sacar ni con quitamanchas porque siempre les queda esa aureola blanquecina que odio. Y encima, ese maldito olor. Después, al final, hay que lavar igual la ropa y entonces, es lo mismo que nada.
Nada… eso es lo que tengo de vos.
“No sos mi amante, sos mi mujer”, dijiste.
Patético me suena. Un cliché. Y de los peores. Tan trillado, tan paradójicamente esperado. Por eso es que me suena patético, porque yo estaba esperando que lo dijeras. Para sentirme mejor. Para no pensar que lo nuestro era algo que se terminaba.
Y se me viene a la mente el título “Crónica de una muerte anunciada”. Y sí. Se sabía. Lo decían todos. Menos yo, todo el mundo. Yo, ni sé dónde estaba. Creo que estaba creyendo en que tal vez un día podríamos estar juntos. Como aquella vez.
Pero tuviste que hablar, o mejor dicho, tuve que llamarte. Y apenas escuché tu voz, supe que algo andaba mal.
“Perdonáme, no quise abrir tus mails”. “Sé que fui egoísta, perdonáme.” Dos veces. Como si la sumatoria pudiera impedir que se instalara entre nosotros esa sensación de finitud.
Por primera vez noté que estabas lejos. Tan lejos que ni podía imaginar tu cara. Suerte la tuya que no tuviste que enfrentarme. Porque te hubiese costado, te juro. Calculo que por lo menos tendrías que haber fingido tristeza. Pero no. Te la hice fácil y te llamé.
Y no fue necesario que explicaras nada.
“Entiendo, no tenés que pedirme perdón”, dije, justo antes de sentir que colgabas el teléfono.
Yo tenía más o menos 9
años cuando, furtivo, gustaba de deslizarme al bunker de mi hermano. En aquella
piecita, así la llamábamos, en los fondos de la casa de calle Santiago, él
armaba (con maña que hasta hoy envidio), sobre una vieja mesa de dibujo técnico,
sus maquetas de aviones y tanques de guerra. No le era fácil. Debía vencer al
clima,que allá dentro se exasperaba, y a
mi papá, que parecía seguir los caprichosos comportamientos de la atmósfera. Sin
embargo eran otras las cosas que me interesaban. El viejo armario de dos
puertas vidriadas donde guardaba sus “Mecánica Popular” y “El Grafico”.
De las primeras,
recuerdo dos tapas. Una que hablaba de las mejoras en los alertas de tornado.
Un hombre, realmente aterrorizado, miraba una TV donde mostraban un embudo gris
que, descuento, había puesto proa a su vivienda. De lo contrario no se
entendería tanto pánico. La otra que rezaba “Así ven nuestras tropas en la
noche”. Un soldado, su casco enmascarado con hojas, cuerpo a tierra entre el
follaje apuntaba a un vietnamita que se veía reflejado en su mira telescópica. Pero había un “Gráfico” que me arrebataba. Una
nota de una sola página. Una foto a color de un Shadow negro, un Fórmula Uno.
Tomado de frente. Arriba el titulo: “Morir de amor”. Más abajo: “Peter Revson
se mató en Sudáfrica corriendo tras su sueño de campeón del mundo”. Una y otra
vez volvía a aquel encabezado que, a mis nueve años, me decía dos cosas. Una,
que la muerte existía más de lo que me imaginaba. La otra, que había maneras de
morir muy distintas a las que relataba aquel cura fascista que nos adoctrinaba
para la Comunión. Algunas
de ellas, ante la inexorabilidad recién aceptada, dignas de ser vividas.
Escalones
No había cumplido los 10 años cuando mi Papá
me llevó a Buenos Aires a ver la Fórmula Uno.Fue un enero, seguramente tan calido como debía ser. Por entonces el
autodromo se llamaba “17 de Octubre” y eso, al Viejo, gorila contumaz,lo llenaba de odio y le exacerbaba el
resentimiento.Tampoco escapaba a su
conocimiento (a mis ojos nada le escapaba), quién había sido el responsable de
la construcción de aquel templo. El “Conchudo”, según su calificación y para su
gozo, hacia algunos meses ya no estaba. A mí, todo eso, desde ya, no me
interesaba. Las cuestiones que podían rozar mi confort anidaban en otra
dimensión. Alguna maestra. Algún grandote que abusaba de mi enclenque andamiaje
óseo, en exceso crecido hacia arriba violando todas las reglas de la física
respecto del centro de gravedad. Tal vez por eso mismo, al llegar a las
plateas, mi viejo me agarró de la mano para acompañarme en eso de ir trepando
los escalones hasta nuestros asientos.
Y después el tiempo
siguió contando estaciones. Y a todos nos pasaron muchas cosas. Y la Fórmula Uno no volvió
durante años. Hasta que un día sí, a un autódromo que ya no se llamaba “17 de
Octubre”. Y las cosas, por eso de haber pasado, cambiaron. Y tal vez por eso
mismo, al llegar nuevamente a las plateas, agarré la mano de mi viejo para
acompañarlo en eso de ir trepando los escalones hasta nuestros asientos.
Debería saber cómo manejar esta situación. No es la primera vez que me encuentro en este estado. Y cada vez me digo, “no te adelantes, esperá los resultados”. Como si fuera fácil. Modificar la ansiedad, cerrar los ojos y hacer como que no pasa nada. Seguir con la rutina. Controlarme para no caer en la desesperación.
Unas horas más y ya todo habrá pasado.
O recién comenzaré, como la vez anterior.
No importa, anoche pude dormir. El rivotril hizo efecto rápido. No sentí nada. Ni cuando llegaron los chicos.
Me cuesta dejar de visualizar las imágenes que vendrán si me dicen que es malo. Otra vez los estudios, la operación, la espera de dos semanas antes de saber si los bordes estaban limpios, las interminables sesiones de rayos.
No logro recordar el nombre de la técnica que me daba la bata y me decía que me acostara una vez que estuviera lista. Sí sé que tenía un nombre raro. Y de lo que estoy segura es que la bata tenía el nº 13, porque el primer día yo pensé “debe ser el de la suerte”. Me juré que era el de la suerte porque de otra manera me hubiese vuelto loca. Rayos y encima mala suerte.
Creo que era Avelina, sí estoy casi segura que así se llamaba. ¿Estará todavía? La verdad es que a pesar de su carácter enérgico, tenía buena onda la mina. Es que si no tenés ese carácter no podés trabajar en ese lugar. Viendo cada quince minutos un nuevo caso. El peor fue el de ese muchacho ciego al que siempre acompañaba alguien. Dicen que tenía tumores en la cabeza que no eran operables y le habían provocado la ceguera. Cada vez que él salía, me tocaba el turno a mí. Y al mirarlo, tan joven y tan bello, me preguntaba “¿Por qué a él?”, si hay tanta gente de mierda en este mundo que anda vivita y coleando y jodiendo a los demás. Y entonces mientras me desvestía, apagaba el celular y me colocaba la bata nº 13, pensaba lo mío es una pavada comparado con lo de él.
Pero hoy no logro pensar que es una pavada. Estoy aterrada. Y no quiero que se den cuenta.
Parecerá ridículo pero lo más feo era cuando me quedaba sola, sin poder moverme y únicamente escuchaba el zumbido de la máquina. No eran más de cinco minutos, pero a mí me parecían eternos. Trataba de pensar en algo lindo, pero el maldito zumbido me desconcentraba. Y por fin, el silencio y Evelina que entraba para ayudarme a levantar de la camilla tan fría.
“Hasta mañana” decía.
“Chau, hasta mañana”.
Ese era el mejor momento. Vestirme, salir casi corriendo sin mirar la sala de espera para no bajonearme, subir al auto y prender la música con un cd de Sabina o Maná.
Volver a casa.
Cuando agarraba avenida Francia ya casi ni me acordaba de dónde venía.
“Por el boulevard de los sueños rotos “ y el español que parecía que me hablaba a mí. Cambiaba. Esa era un poco triste. Mejor la de la tres mujeres, que no me acuerdo cómo se llama. Me hace reír este barbeta.
La parada en el semáforo de Salta, que siempre estaba en rojo, como para darme tiempo a mirar los títulos de las revistas del kiosco.
Y después, lo mejor de todo. Un giro de mis ojos a la derecha, para ver si en el auto de al lado había alguien interesante, siempre había, que me mirara como mujer, total vestida como estaba, ni él se daría cuenta que yo me sentía mutilada.
Aquel 23 de diciembre la radio
arrancó a las 6:00 AM. En rigor, nada muy diferente a otros días. Según el
locutor, grave, la crisis Estados Unidos – Corea por los misiles nucleares
entraba en una fase definitoria. Después ratificó que eran las 6:07. Primero
clavó la vista en el ventilador de techo que apenas podía en su lucha con el
aire húmedo del incipiente verano. Estuvo unos minutos así, hasta que se sentó
en la cama mientras forzaba sus entrañas y dejaba escapar un ruidoso pedo. Se
rascó los tobillos y volvió a fijar la vista. Ahora, en las manchas de humedad
de la pared. Memoria de la inundación. Un metro y medio de agua. Fresca todavía
la imagen de la heladera flotando en la cocina, amarrada por el enchufe. Lo
poco que le quedaba de esperanza escurriendo por la cañada rumbo al Coronda.
Con las palmas de sus manos hacia abajo golpeó sus muslos. Se puso de pie.
Desnudo caminó hasta la galería. Orinó intentando hacer blanco en una mata de pasto
amarillento. La humedad y el gris le dieron la sensación de que el cielo estaba
un poco más bajo, más cerca. Pero ya no creía en nada, de manera que la
percepción lejos estuvo de tener algún significado religioso. En todo caso, la Cañada tenía un aspecto un
poco más pálido que el habitual. Sin más remedio callado apuró unos amargos. La
radio seguía despachando calamidades acerca de Estados Unidos, Corea y los
misiles. Le produjo el mismo efecto que el empate de Deportivo Riestra con
Yupanqui. Malhadadas circunstancias lo habían convertido en un bárbaro. ¿En qué
podía afectarle la crisis de los misiles? ¿En qué podía cambiar su vida? El
ruido del mate vaciándose fue lo suficientemente poderoso como para inhibir
cualquier intento de involucrarse con el mundo que, ahí afuera, acechaba. Recordó
que esa tarde, después de preparar la última tanda de lechones navideños, iría
a ver a la Norita,
su esposa. Ultimo anclaje al mundo de los afectos aunque las cosas no marcharan
bien. Ella, aun, era un aceptable soporte. Hasta pensó que podría brindarle un
sosiego, temporario, a su compulsión por masturbarse. La recordó, la imaginó,
desnuda. Salió de la casa y caminó hacia el galpón donde los que iban a morir
esperaban su irrevocable destino. Desfasado, su cerebro comenzó a bombear
sangre al pene. Bajó la vista. Tuvo que dejar caer la camisa por fuera de la
bermuda, alguna vez un pantalón de traje. Su peón, El Tuerto, ya lo esperaba.
Ni se miraron. Entró al cuadro donde cincuenta lechones se aplastaban,
desesperados, contra el lado opuesto. Diez de ellos no verían el final del día.
Uno, en particular. Un negro fajado, hermoso animal de quince kilos, muy bien
conformado, cuartos traseros perfectamente redondos que se le había escapado en
un par de oportunidades. “Hoy te hago cagar hijo de puta”, murmuraron sus
labios. Tanteó el cabo del cuchillo, atrás, en la cintura. El lechón, ojos desencajados
por el pánico, recurrió a todas las tácticas a su alcance para esquivar a la
muerte, que en forma de bestia erguida se le abalanzaba, que resbalaba en la
bosta, que caía, que volvía a levantarse. Hasta que pareció comprender que ya
no tenía caso seguir y se quedó inmóvil, su trompa clavada en un rincón, la
vista fija en el ángulo formado por las paredes grises. Ni siquiera agitó las
patas cuando la furia asesina, tapada de mierda, lo agarró por atrás y lo
arrastró hasta fuera. “Negro tenías que ser” vociferó desquiciado mientras lo
aseguraba al piso de hormigón clavando su rodilla contra las costillas del
pobre cerdo. No podría asegurarse quien respiraba más agitado. Aprestó el cuchillo
mientras clavaba la mira en el cogote del condenado. Una estocada certera, así
debía hacerse. La sangre escaparía a borbotones junto a un ronco, postrero
quejido. Algunos decían que parecía el grito de un bebé. Eso no lo preocupaba.
Y fue entonces que sintió la voz del Tuerto:
-¿Hace mucho que no lo ve al Gerente
de la Cooperativa?
Ese turro pensó. Lo tenía agarrado de
las pelotas. Le había fiado maíz para los animales, después plata. Ya se había
quedado con su camioneta. Y ahora estaba a punto un terrenito en el pueblo. Lo
único que le quedaba fuera de la
Cañada.
-¿Qué le pasa a ese conchudo?,
preguntó mientras su mano izquierda atenazaba las orejas del animal, que lo
miraba, ya calmado en la inevitabilidad de los próximos segundos.
Y mientras el cuchillo ya iniciaba el
viaje hacia la yugular de la pequeña victima ofrendada a la navidad, volvió a
oír al Tuerto que hincado atrás suyo, la boca a la altura de su oreja, le decía
“Se la está cogiendo a la Norita”.
Y en ese tan corto lapso de tiempo, el cuchillo, su recorrido levemente
descendente, la confesión, a él no le quedó ninguna duda que el lechón negro
fajado, sardónico, sonrió. Recién después llegó la sangre…
1-No hay más para exprimir, y tampoco quieren pedirle a la abuela.
3-Ahora en casa se toma té de boldo, al que le gusta bien, y al que no, también...
-Abrí la boca, más, más.
Uy, te sangra.
2-¿Hace mucho?
3-No, dos gotitas.
1-¿Medio agrio eh?
2-Le falta azúcar…
3-Entonces correlo de ahí que es su día.
1- Sí, prohibido mirar teveee.
-¿Te rasco la espalda?
3- No, ahora escupí, escupí y espera que te limpie…
1-Pasá, pasá el trapo.
-Dejá de borrar las huellas, no me gusta.
3-Bueno chicos, si no lo hago yo, ¿a ver? ¿Quién lo hace?
1-Como cuando invitamos al enfermero a que se siente en la mesa, ¿te acordas?
3-No sé si al final vale la pena, no te lava bien…
-Bueno, vos quedate ahí que ya vamos a encontrar el mejor fuenton para quedarnos…
-Cerrá y sacá la llave.
-Vos, poné la estufa en piloto y apagá la luz de afuera, vinieron 200 mangos de luz. Papel y sorete vamos a comer. Yo no sé Díos mío, yo no sé…
Lavé los platos y me acomodé. Fue la primera vez que me puse en lugar de mamá. Pobre, está cansada. Y si ella estuviera acá en la cocina también los secaría, los guardaría, pasaría el trapo y es más, diría, siempre entre estas cuatro paredes, pero nunca se la vería mas contenta que acá adentro. Porque mamá se queja, pero…
Al final tengo razón cuando digo que es borra huellas, no deja nunca que recordemos por dónde vinimos, nos borra, nos hace desaparecer poniéndole brillo a los pisos, es increíble. Tiene que ver todo con las formas de mi hermano, pareciera como si todos hubiéramos sido criados discapacitadamente bien, que apenas salimos de casa, el cuerpo mismo pide el regreso. Pero el estar acá, es un choque permanente entre nosotros mismos, porque no existe espacio, somos muchos para tanto deslizamiento.
El que no se mueve, también quiere demostrar que hay movimiento, dice Fabri. Por eso mis piernas tienden a acelerarse a un ritmo que no va nadie. Es como que desde su quietud nos impulsara a que hagamos, tal vez, un poco más de la cuenta. Pero en fin, cosas que el haría y no puede. Entonces estoy en el comedor hasta que se vuelve un subgrupo. Papá, sin dejar de mirar televisión, va a pedirme un café. Mamá, que va a pasar con el escobillón dos o tres veces más -aunque sea de noche y traiga mala suerte-, Lucas va a seguir durmiendo, y Fabri, desde la computadora hablando con el NaturallySpeaking, va a pedirme un té con limón antes de que le laven los dientes. Y yo, un punto atrás, tratando de leer cosas que no tengan que ver con la concentración.