"...llevaba el buscador de astros redondo y plano de latón con las caras pulimentadas. Veía el grabado de las coordenadas horizontales de la esfera celeste; también veía el cenit, el horizonte, el ecuador, el azimut y los círculos de capricornio y cáncer. Confió en el instrumento puesto que había nacido en julio y esa coincidencia lo animaba". --- MARTHA CORSALINI. La Búsqueda.-




Nuestra Letra.


a teru...

Publicado en Nuestra Letra. el 31 de Enero, 2010, 12:37 por Gonza!

Busco, inspiración. Ese golpe suave en el cuerpo que duela tal cual mil catapultas apuntadas al pecho. Ganas esas de tomar del cuello al arte, destruir las formas, los conceptos. Necesito de ese temblor del suelo, de esa magia grisácea que me lleve al otro lado, a ese país de espumas blancas donde las letras brotan, y el camino es claro, y la duda amiga, aliada. Me he perdido yo mismo esperando esa noticia que llegue, el anunciar, la promesa de que pronto acometerá el milagro, el alerta, esa tormenta inculta que se porfía.

Y el tiempo nos muere de a uno los pasos, el avance me es lento y te busco en esta lluvia de verano, pido a gritos el estallido irrumpa, y avanzo solo, empapado en esta rítmica verticalidad que arrolla,  y sean musas, pido, las que broten como gotas, se fundan, (el camino es tan largo), los pasos: tan muertos están todos, busco, inspiración que demuela mis piernas, y derrita mis letras, y me encuentre en esa zona ambigua de formas, de rastros donde al fin me enfrento a mi mismo, y soy yo de nuevo, tan torpe vagando, en esta lluvia que aprieta, y azota, y afirma, y ya no duele.

Para Betito, ese tipo que nunca sobra

Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Diciembre, 2009, 16:14 por Gonza!

Es María Zulema una mujer vieja, ya entrada en años, antigua, inclinada, torcida por el viento y la gravedad Zulema. Beto no (en lo que a edad refiere, tampoco en otras cuestiones que a la vez son muchas pero no tantas en el fondo no tantas, no tantas). Él más joven, accionista de aventuras, compases compuestos y melodías repetidas con un sostenido acá, jazz que avanza, un trino de cuatro tiempos allá, ah, sí, digo, claro, justito antes del acorde disminuido y quebrado de una vez el hastío, che, ataque, estocada, golpe de efecto a la sensación triste de que ya este todo irremediablemente dicho, armonías do mi sol, fa la do, sol si re.

Y haría falta decir Beto la conoce tan bien a la vieja que ni cuenta se da cuanto tanto tantísimo mucho la conoce Beto. Encuentra él entonces formas exactas de pedir a Zulema lo que siempre sabe y le pide, grita al fin: - ¡Espero andes de puta madre Zulema!- , o – ¡Se va a los remil carajos viejita!- justo justísimo antes de acercarse y ansiar alguna historia de la boca de Zulema, un pedazo de cielo tormentoso, un azúcar púrpura de tramas, canción, tibieza y silencio.

-          ¡Pero sié loco Alber mijo! –Zulema - Io me quiebro, vió usté io no pué con el Alber que así com así me dí tale barbaridà jé jé, ia lo vé enton pué lo siento aquiita al regaz mi buen Alber él quieristoria de viejo viejo lo que yó sé le digo: "bué mijo, no se estrañe si invento un pòmi niño ia no seré io la Iosefa de ant"

Los cuentos se repiten uno a uno los cuentos son siempre iguales en el fondo todo muy por lo bajo lo mismo, los cuentos relatos también. Moralejas que no varían si las hay porque es cierto tantas veces se habla de cantinas con caña paisanos con pocas pulgas, y es todo el levantarse de uno, cuchilla faca hasta el fondo del vientre que muere, fin de la historia y poco nada queda por masticar pasto seco, pasto seco.

Ia ve quentra Moreira mi Alber, lo vé, puñel en man mi Alber, una car pà rajà la nube, el juan abré puñe al paso, ma que puè decí si su mirà una muerte

Beto termina por adorar la historia, cada una cada letra cada historia es a Beto un campo suave de alfombras y mantas, la pesquisa dormida, el refusilo agotado. El caer de la noche obliga las despedidas y Beto saluda ceremonioso, las manos buscando las manos y la vieja es toda la dicha retorcida en arrugas porque sabe esto ha sido gran cosa para el recuerdo, de ella de Beto de su historia que ahora se escapa pegada a un oído.

Es de noche, no hay noticia en tal recuento, lo negro: negro aquí , en lugares otros que no son aquí. El calor también hastío en lugares tantos que tampoco aquí. Piensa Beto algunas de estas cosas, pero es un callejón sin conclusiones se dice, de pronto despierto notando que lo dicho por Zulema encierra mil asuntos más profundos que el paradero de la noche o de las gotas, un atisbo de anarquismo, una crítica exquisita a convenios e instituciones que a cara lavada es la historia de dos borrachos en Berazategui, de un lobo atacando cada martes, cada estancia en Banfield, en Villegas, en Los Hornos.

-          ¿Qué me queda sin los versos? – se dice Beto, y quema textos, y quema estrofas, y escribe, (también),

algun                     que otro              libro          de poesía.

Violeta se despide del 2009

Publicado en Nuestra Letra. el 3 de Diciembre, 2009, 12:10 por Saty

La despertó la voz de la azafata que avisaba que en unos minutos servirían el desayuno porque faltaba poco más de media hora para arribar al aeropuerto de Ezeiza. Violeta miró a Juan Ernesto y en su rostro adivinó que no había descansado durante el viaje.

Su marido era un buen hombre, de carácter fuerte pero de una rectitud y honestidad no muy comunes. Es por eso que el problema de la droga y su consiguiente designación en Rosario, lo habían devastado. Por primera vez se tenía que enfrentar a la injusticia y agachar la cabeza ante la estructura de poder. Debería haber cerrado la boca cuando el ministro criticó duramente el movimiento guerrillero en argentina, había sido una pelotudez ponerse a defender los derechos civiles de cientos de personas, él sabía que no era el momento adecuado. Pero no, sus convicciones e idealismo habían sobrepasado los límites aceptables y ahora se encontraba degradado y con la perspectiva de un puesto de cónsul en una ciudad del interior.

 

Violeta se paró y sacó el bolso de mano del estante superior, alisó su vestido y caminó por el estrecho pasillo hacia el baño. Como era esperable, se encontró con que estaba ocupado y se maldijo por no haberse despertado antes. Uno sabe que en los momentos previos al aterrizaje el simple hecho de querer utilizar el sanitario se convierte en una epopeya. Al cabo de unos minutos, que por su urgencia de orinar, se le ocurrieron interminables, una mujer gorda salió.

Al mirarse en el espejo notó que su peinado recogido del día anterior había dado paso a una maraña de cabellos. Mientras buscaba un peine en su bolso se le ocurrió que su propia vida se estaba pareciendo bastante a su cabeza y que no le resultaría fácil desenredarla como lo estaba haciendo ahora con su pelo. Con treinta y tres años se encontraba presa de una relación que no la convencía, a minutos de bajar en un país convulsionado, con una hermana gemela que pasaba caóticamente de un problema a otro y con la certeza de que nunca nadie le diría “mamá”.

 

Cuando regresó a su asiento, Juan Ernesto se encontraba en una dura pelea con los cubiertos plásticos en su intento de cortar una feta de jamón.

 

- ¿Por qué tardaste tanto? , casi llegamos y no vas a poder desayunar.

 

- Estaba ocupado.

 

Había días en que lo hubiera matado si hubiese tenido la posibilidad. Esas preguntas tontas la descolocaban. Él tenía la extraña cualidad de preguntar lo obvio, sabiendo de antemano la respuesta. Violeta creía que existía una intencionalidad oculta, como cuando le preguntaba si era feliz con él, como manera de obligarla a aceptar tácitamente lo que sabía no era tal. Porque él tenía la seguridad que ella nunca le diría que no. Aunque se arrepintiera de haberse casado tan rápidamente pensando que con él olvidaría.

 

- ¿Venía alguien a esperarnos?

 

- Sí, iban a mandar un coche.

 

Violeta miró la bandeja con los paquetitos de comida perfectamente envueltos, en una rigurosa secuencia. Decidió que solo tomaría café negro, lo único que deseaba era bajar y correr a un kiosco a comprar cigarrillos. No le gustaba fumar en los aviones, pero en ese momento hubiera dado su vida por un “Benson & Hedges”. Aspirar y espirar y mientras tanto expirar, irse, dejar que el pasado se disolviera efímeramente como el humo.

 

El bullicio del aeropuerto la distrajo y le sumó una energía impensada. Se olvidó de sus preocupaciones y se dedicó a mirar la gente que iba y venía. Juan Ernesto estaba charlando con alguien de la embajada en la sala vip y ella decidió esperarlo en el hall.

 

Muchas veces la realidad se nos presenta de manera insensata en las situaciones más   cotidianas. He pasado mucho tiempo sentada en los aeropuertos esperando la partida de un vuelo y decididamente, cada vez, he dedicado esos momentos de espera a observar la vestimenta o el andar de cada uno, como modo de pasar el tiempo, en lugar de dedicarme a la lectura de un libro. Sostengo – y ahí aparece mi veta literaria – que nada mejor para la ficción que una concienzuda observación de la realidad.

 

Me distraje mirando a una anciana, de apariencia frágil, que descansaba su cuerpo en un bastón de madera mientras arrastraba sus pies con infinita paciencia. La mujer avanzaba lenta pero decidida, seguida de un muchacho alto que llevaba sus maletas en un carrito. Cada dos pasos que daba, giraba su cabeza para confirmar que el muchacho no se había desviado y seguía atrás suyo. Era manifiesto el temor de que la engañaran y  perder su equipaje. Supongo que el día que yo llegue a vieja, me volveré igual de desconfiada y mi mirada no será ya la de ahora, libre de prejuicios, sino una mirada selectiva y  solitaria.

 

Cerré los ojos, presa de un agobio repentino al imaginar mi vejez. Cuando los abrí – no habrían pasado más que unos segundos – la anciana ya no estaba y en su lugar un hombre joven empujaba una silla de ruedas con una mujer más joven aún. Me conmovió la escena al ver la delicadeza conque lo hacía. Inmediatamente sentí que me faltaba el aire, que los latidos de mi corazón se aceleraban, al darme cuenta que ese hombre no era otro que el de mis pensamientos, de mis días y mis noches de insomnio. Por un instante pensé en gritarle, pero algo me detuvo, tal vez el miedo a que no me mirara con la ternura conque la miraba a ella.

 

Me levanté y caminé en sentido opuesto. Para cuando me animé a darme vuelta, él ya había desaparecido y Juan Ernesto venía a buscarme.

 

- ¿Nos vamos? – dijo.

 

- Sí, vamos, no veo el momento de llegar a casa.

 

... ¿mal de época?

Publicado en Nuestra Letra. el 28 de Noviembre, 2009, 15:11 por sandra

Le recuerdo el chinchorro, eso vendría a ser el coraclo. Su padre venderá el barco para hacerse una casa en la que vivirá con su nueva pareja y sus dos hijas. Manuel está abatido, le duele leer libros de aventuras de navegantes. Lo opuesto pasa en la novela: en una embarcación muy pequeña y rudimentaria el protagonista se lanza a recuperar el barco.

Charlamos del miedo y del valor y  viene la imagen de Coraje el perro cobarde.

Con Piratas del caribe traemos la idea de la inseguridad que tenían las travesías,  la ambición, la gula, o el deseo de llegar a un lugar desconocido.

El miedo que tuvimos el día del diluvio llegando a Paraná. Todavía viajábamos los cuatro juntos. Evocamos aquel miedo.

La mesa de vidrio atestada de libros, manuales, fotos, masitas Ópera y la leche con chocolate, mis puchos, café y cenicero. El escenario del diálogo siempre.

Las colonias portuguesas en Africa, India, China y Japón. Los marineros de altura que había en España. Colón que persigue el este por el oeste.

 

-         1492” La conquista del paraíso y aquí al lado los portugueses La Misión.

-         El astrolabio y el sectante…

-         el G.P.S. de antes.

 

Me dice que no entiende el feudalismo, hablamos de Robin Hood; ahora me pregunta sobre la peste negra que trajeron los navegantes genoveses, recordamos las murallas de Luca, esa foto con él. Los burgos…por eso burguesía. Ni siquiera enterraban los cuerpos, las calles tan angostas que no pasaba ni un caballo ni un buey:

 

-     acordáte de Cefalú, cuando cenamos en un patio y oíamos los gritos                 de aquella mujer. Estábamos casi en esa pieza, ahí,  abajo.                                        

-      En aquél tiempo no se recolectaba la basura…

 

Después también se cansaron de los monarcas, era injusto; y dejamos atrás el tema de los marinos.

 

-         La máscara de hierro,  dice Manuel.

-         Tal cual.  El pueblo muerto de hambre y ellos con sedas, pavos rellenos y vinos espumantes.

-         Como los zares de Rusia, el palacio de verano en San Petersburgo

-         Sí, así. Unos hijos de mil putas… por eso la revolución en Francia.

-         Entonces la primera edad fue de imperios, recapitula.

-         Sí, digo, las pirámides y los esclavos, la expansión del imperio romano.

-         El príncipe de Egipto  y  Gladiador

-         Las fuentes de la historia, le digo, son los testimonios escritos, los monumentos y restos, los visuales, la tradición oral. ¡Dejá de moverte, la puta madre!, esto ya me lo sé, vos sos el que tiene dudas… atendé, miráme cuando te explico.

-         ¿los restos también?

-         Claro, los restos del Pucará en Tilcara, los restos de los templos en Agrigento, y todas las películas que viste son fuentes visuales.

 

Y le leo un texto de un testigo de la peste bubónica en Florencia. En el manual hay dibujos de la época.

Estudiamos con Manuel de vez en cuando. Pensamos juntos. Apela a lo que vió, tocó o vivió. Y recién de ahí al manual. Si no hacemos relación entre la palabra y la imagen (es más que la imagen visual) olvida lo que leyó. Hasta La isla del tesoro… del film al contenido, del turismo al libro. Sacamos conclusiones, repasamos, imaginamos qué hubiera sucedido si tal cosa o tal otra, relacionamos, jugamos… está creciendo y me pide ayuda cada vez menos. O de otra forma, más sutil.

Me quedan archivos sin compartir, miles. Por ejemplo el miedo a morir del personaje de Woody de la última peli. Historia del siglo XXI, al fin y al cabo.

Esto de estudiar con Manuel, me lleva al tiempo en que me sostenían las cartas de amor semanales, una dieta infrahumana y Serú Giran en el equipo (o la noche en la ópera de Quenn). A mi también me pasaba que estudiar era un deseo de otro. Pero siempre estuvo el cine que permite ver “todo el panorama”. Síntesis adecuada a la época del ícono y la imagen…o la novela, o la música.

El disco rígido completo, y yo que vacío cada vez menos. Buen momento para dejarme chorrear impresiones por los pies. Como en aquella época en que leía las cartas descalza en el cesped del jardín y arrancaba pastitos con los dedos.

 

Impresiones (viajeras)

Publicado en Nuestra Letra. el 27 de Noviembre, 2009, 11:18 por Caro Musa

*


No puedo sostener una línea argumental. Las ideas discurren en mi mente como explotadas, explotando. Inmediatamente veo algo (lo pienso), veo su reverso.


*


Quirófano. Más no-tiempo. Me concentro en desviar la mirada de las patentes. No lo logro. Sumo obsesivamente.


*


Una señora limpia la escalera, está impecable; es decir, ya estaba impecable antes de la señora. Echa agua desde arriba, el agua cae escalón por escalón. Sí, amor; no, amor, dice. Yo espero. Espero. Espero. Cuando se abre la puerta, guardo todo. Escribir, aquí, está mal visto.


*


Sobre Rulfo: La captación del paisaje con prodigiosa brevedad y una especie de vibración sensorial agónica.


*


Hoy pasé por Las Tinajas. Fue una mirada de soslayo desde el auto y sin embargo algo percibió el cuerpo, como la memoria del cuerpo una tarde en que dos casi niños jugaban al amor y quién sabe, lo haríamos, no lo recordaba en absoluto.


*


Sobre Rulfo: El escritor se vuelve soporte escueto de una experiencia radical y obsesiva: la del raso existir, o ir dejando de hacerlo, en la abstraída memoria de su infancia.


*


Que no me encuentre en la terapia intensiva dos horas por día que me encuentre aquí, la musa, mirando el cielo a través de esta abertura de ochenta por ochenta, la mitad de un tapial y el reflejo del árbol sobre el vidrio que destroza toda intención de completud.

Esto es lo que veo: la ventana cuadrada, abierta de par en par. Atrás, justo dividiendo el plano en partes iguales, mitad de un tapial recién revocado y mitad de un cielo celeste espléndido. Burlándose de la simetría bicolor, un algarrobo se refleja en el vidrio. Es una foto perfecta, y le hago varias tomas mentales ayudándome con los dedos.


*


Con claridad escuché un caballo, entre el ruido de los autos, la heladera y las cacerolas de la vecina se coló un caballo. No es que me guste el surrealismo (me encanta) pero definitivamente explotan las fronteras adentro-afuera, sueño-vigilia, circunstancia-yo. O me estaré sobrepasando con este ejercicio de extrapolación, porque hace un minuto cebé el mate y fui mate, cavidad de madera llena de yerba húmeda, cavidad que se moja una y otra vez con la misma agua, y se vacía, me vacían, succionándome repetidas veces.


*


Toc toc, quién es, pase.

Adentro los muebles están dispuestos en idéntico orden. Ellos también, como muebles, deambulan con precisión absoluta. Ya he oído todas las palabras. Son las mismas. El silencio, hondo, punza también con absoluta precisión entre la garganta y el pecho.


*


Cómo deseo la lluvia. Que llueva, que llueva, que se muela el cielo por la ventana, que la vieja está en la cueva, conmigo, y nos morimos las dos de aburrimiento.


*


Sobre Rulfo: Discurrir inmóvil y reversible del tiempo atmosférico. Esto es: siempre se puede volver al punto donde pasaron los pájaros antes de la lluvia.


*


Los gitanos acampan en la puerta del hospital y molestan a los médicos de guardia por dolencias inverosímiles. Adentro, una gitana agoniza y muere.


*


Reversibilidad, puntos de vista móviles, inutilidad de la argumentación. Repito esto porque no para de llover aunque los poros reventaban de calor y vino el viento con nubes negras y llueve, llueve, llueve, no me canso de llover.

 


Salta, noviembre del 2009

Textos infestos

Publicado en Nuestra Letra. el 17 de Noviembre, 2009, 20:46 por Gonza!

(…)

Porque intuyó Saller desde siempre era la literatura el mayor mal de nuestros tiempos. Aún así se bastaba del lenguaje en su lucha contra la misma. Escribe en Mosaicos acerca del "texto infesto", en parte una crítica a la propagación de las ediciones:

"Sentado el escritor, la mirada baja, se urde un mundo que no existe, los delirios toman forma, el temor se riega, muere el ideal simple, vence una vision oscura, que quizás sea no mas que humo, cristalizado en trazos curvos. El tiempo no soporta este desvio instantáneo del marco real, se cuecen las locuras mas torvas en las mentes mas lejanas. Cuando se percate el leyente de la maniobra, será ya tarde, la concepción fantástica se esconderá en lo inhóspito de la pupila.

(…) Dice Brennan en "El detrás de los comienzos": Nada iguala a lo ya dicho. Reflexionar en las palabras es tarea que se pierde, perdura tan sólo la impresión, el aura en la melodía, la cacería de las articulaciones.

Como sucede con los ríos, se recuerda de lo escrito, tan sólo: caudales que ya están lejos y difusos, y son ida y nunca mas que eso."

(…)

* Del ensayo "Acerca de Saller", pag 22, D'argelos

Ejercicio Relato Erótico

Publicado en Nuestra Letra. el 21 de Octubre, 2009, 13:34 por Gerardo Bussi

 Vista Entre


Aunque estaba en la otra habitación, había un vinculo indisoluble entre él y el teléfono. Sus ojos apenas parpadeaban mientras recibían la somnífera luz de los rayos catódicos. Apretó un botón, después otro y después otro. Antes de la cuarta pulsación, su mirada encontró una botella arriba de la heladera. "Malbec, Edición Especial Congreso de la Lengua", leyó en la etiqueta. Apretó de nuevo el botón y se levantó a buscarla.

El corcho salió rápido. Y el vino hizo lo mismo con la botella, envolviendo en un delicado remolino rojo la forma esférica que se divisaba en el interior del vaso. Los remolinos no tardaron en sucederse y el vino hizo lo propio con sus pupilas. Era la noche del quinto día de la semana y de su espera, y el teléfono no había sonado. Entonces decidió salir.

Levantó la mano para el taxi y cuando la bajó, apoyó el vaso en la barra del bar. Pidió mas vino. Los reflejos proyectados por una bola de espejos que no existía, le devolvían un envolvente sentido de la irrealidad. Fue cuando vio la ruleta frente a él. Amarillo, negro y rojo a un costado. Eligió rojo.

Rojo se dio vuelta y lo miró. Tenía un escote pronunciado hasta la médula del que la observara. Le dijo dos o tres frases completas. No más. Intercaladas con risas de ocasión. "La efectividad del azar", pensó, cuando ella aceptó ir a tomar más vino.

Charlaron de literatura y bellas artes, sus oficios. Ella le dijo que quería pintar un mural en su habitación. "Tengo que marcar el cierre de una etapa" dijo a los arremolinados ojos que la miraban. Él simplemente asintió, llevando la mano lentamente hacia su pelo. Por primera vez, pudo ver sus ojos redondos, casi perfectos, que hacían equilibrio hacia ambos lados de su sonrisa. "una lástima dejar este vino por la mitad" dijo ella, cuando ambos salían por la puerta del bar.

La casa de ella quedaba a unas pocas cuadras. Así que caminaron. Sus lenguas se encontraron y necesitaron volver a tocarse cada vez más seguido antes de llegar a destino. "Es acá". Dijo ella. El apretó el botón del ascensor. Después desabrochó el botón de su blusa, y después cayeron juntos sobre la cama. En ese momento pensó de nuevo en el teléfono en su casa. Ella lo captó y le arrojó una mirada femenina y penetrante, o viceversa, que lo hizo sentir ridículo e indefenso al mismo tiempo. Cuando su conciencia se recomponía y trataba de llegar nuevamente a la imagen del teléfono, ella puso abruptamente las tetas sobre su cara, amenazándolo a puntapezón para que sacara su lengua. El levantó instintivamente las manos y empezó obediente a unir con delicadeza los largos y amenazadores extremos de los cíclopes que en ese momento custodiaban su cabeza. Después siguió por su cuello, "qué lindos besos" escuchó desde arriba, mientras las yemas de sus dedos trabajaban hábiles hacía rato entre las piernas de ella. Después la cogió con fuerza, se fundieron, se separaron, se fundieron y al tercer giro descendieron sobre las sábanas.

Él se incorporó casi de inmediato, y apareció sentado junto a una mesita de luz. En ella había apoyada una pequeña edición de "El Quijote". La tomó instintivamente y comenzó a leer. Ella lo seguía de cerca, abrazada a su cuello, sobre su espalda, como queriendo descifrarlo. "Me la regaló una amiga" dijo, mientras devolvía a su cuello los besos que el había derrochado hace unos minutos. "Nunca pude refutar la teoría de Joyce", dijo él de repente "algo sobre el alma y la energía", continuó, con claros efectos de malbec y demás cepas acumuladas en su lengua a esa hora de la mañana. Ella sonreía en silencio, por detrás, y al ver que el final de la frase no llegaba, lo ayudó con un profundo beso en su cuello. "No te preocupes, la próxima vez te hago un café irlandés" dijo dibujando otra sonrisa.

Con los primeros murmullos de la mañana que llegaban desde la calle y se filtraban por su ventana, ella abotonó su camisa y anotó su numero de teléfono en la contratapa del libro. Después lo besó cariñosamente en la boca y le susurró al oído "suerte con eso de la entrevista", disolviendo con el más exquisito de los escalofríos todas las redes telefónicas que se extendían desde su tímpano hacia atrás.




Gerardo Bussi

EL VIEJO DE LA BOLSA

Publicado en Nuestra Letra. el 20 de Octubre, 2009, 17:25 por CELINA

   

    ¡Ahí viene el viejo de la bolsa! nos amenazaba la abuela para que entremos. No totalmente convencidos, mis hermanos y yo entrábamos y espiábamos por la ventana. Resignados trasladábamos los juegos al patio. No era lo mismo. Jugábamos a las escondidas, al ladrón y policía, andábamos en bicicleta. Los días de lluvia representábamos obras de teatro, nos disfrazábamos con sombreros, zapatos de tacón y collares multicolores. Los días tenían una magia especial, la de la infancia. Todo era posible.

   Los domingos eran especiales, ravioles caseros al mediodía, buñuelos para la leche. Tardes de vecinos sentados en la vereda mateando, recordando antepasados del otro lado del océano. Nos juntábamos con nuestros primos y siempre peleábamos por algo. Hasta que se hacía de noche y volvía la amenaza "¡adentro, que va a pasar el viejo de la bolsa!"

   Cuántas veces me quedé pensando en él, tratando de decidir si existía o sólo era un cuento. Imaginábamos su aspecto, nos preguntábamos si era verdad que se llevaba a los chicos y los metía adentro de la bolsa. Planeábamos rescates de película. Nunca lo vimos.

   La anécdota fue quedando en el olvido. Los juegos infantiles dejaron de interesarnos y fueron reemplazados por los primeros acercamientos al sexo opuesto. Ya no jugábamos con varones, queríamos gustarles. Ensayábamos las primeras armas de seducción, jugábamos a ser grandes.

  La cuadra donde vivía mi abuela fue cambiando su fisonomía, aparecieron edificios donde había casas y los supermercados sustituyeron a las granjas. El tránsito volvió peligroso jugar en las veredas. Aparecieron los videojuegos y las computadoras. Ahora los chicos se seducen por mail y conversan por mensajes de texto.

  Cada tanto me pregunto ¿el viejo de la bolsa seguirá existiendo?

                                                                                                 CELINA

Monólogo

Publicado en Nuestra Letra. el 6 de Octubre, 2009, 17:17 por Caro

Cada vez que cruzo la plaza y están los tipos ataviados como astronautas con sus máquinas ruidosas y el pasto sobrevolando escupido por el aire y el olor a pasto ay ay reaccionan los poros empecinados y se me llena el cuerpo de bichitos y de maderas que no todas sirven para leña, aquella sí, pero cuidado con las ratas; hay también, arañas, no las de los cañaverales, por ahí quién sabe te acordás esas no, otras más chicas y no tan negras, marrones mejor dicho, que hacen temblar el puño de la campera y se queman, pobrecitas tan rápido que duele verlas como un soplo morirse y te reís de purísima pena y quedás absorta en el fueguito que muere al revés, canceroso, humillante, que te sentís fueguito y araña y pensás en ahogarte, accidentarte estúpidamente como aquella mujer a la que le cayó una plancha de bifes en la cabeza o el tipo que fue víctima de la embestida de un suicida y te reís más de tu humor negrísimo como esta noche porque ni estrellas hay, ni las estrellas se asoman esta noche a tus precipicios ni conspira el universo, qué desgracia, si hasta te acordás del tipo que llevaba la aspiradora una madrugada por la calle Rioja y tuviste unas ganas de que te lleve, adentro, que te aspire, y también del viejo al que se le quemó la fabriquita de pastas y esto es lo único que decís, que si te acordás del hollín de la pared de la fábrica de pastas cuando se quemó y cualquiera que te escuche, pero no es cualquiera, desde ya, no es ningún príncipe con su caballo, ningún Febo de pene erecto, sí, del hollín y del viejo estampado en la silla como su propio espectro, dice y lo mirás, creo que es la primera vez que lo mirás esta noche definitivamente es la primera vez que lo mirás esta noche, tiene las manos negras y revuelve lo que queda del fuego con un palito. Pero a vos no te gustan los fuegos, estás déle mentir, a vos sólo te gusta encender un fósforo con otro juntándoles las cabecitas y si se pegan es buena suerte y si se dobla para arriba, plenitud total, aunque muchas veces no se unen, depende de los fósforos, de la marca o de la humedad pero no te das por vencida y encendés uno tras otro sin parar hasta que viene por fin la suerte arrastrada y el mate se lava y te lo tomás igual porque tus mates siempre fueron un asco, pero él no, es decir yo no sé, parece que le gusta el fuego por la forma en que tiritan en la orilla de este río lánguido que podría ser el Quemquemtreu o no, qué frío mujer, qué nostalgia de coyuyos y quenas y qué ricas las frutitas azules de nombre inglés.

 

 

                                                                         CARO  MUSA

 

Culorotti, el del fegatello

Publicado en Nuestra Letra. el 4 de Octubre, 2009, 12:00 por Fernando Artana

—Che, ¿sabés que ayer me encontré con el viejo Culorotti?
—Uuuuuuuh… ¡Qué viejo loco! ¿Qué cuenta?
Cristian, el principiante, nos observaba sin decir nada. Pero se notó que el apellido Culorotti le llamó la atención. Era lógico para un chico de trece años.
—Me dijo que quería volver al club, y me preguntaba si había algún día en que no viniera Molinari. Le dije que Molinari se había mudado a Buenos Aires, así que no había posibilidad de que se cruzaran. Entonces me dijo que venía hoy. En cualquier momento cae.
—Uuuuuuuh…..Sonamos ¿Para qué le dijiste eso? El viejo es imbancable. Ahora va a venir a querer hacernos el fegatello a todos.
El pibe puso cara de sorpresa ante esa palabra. Edu y yo hicimos como que no nos dimos cuenta, pero nos conocíamos mucho y no necesitábamos hacer ningún gesto entre nosotros para confabularnos y saber hacia donde encaminar la conversación. Seguimos en lo nuestro y charlando como si el pibe no estuviera mirándonos, ni escuchándonos.
—Así es. ¡Culorotti! El rey del fegatello. No te podés descuidar un segundo que te hace un fegatello, el viejo.
—¡Como le gusta el fegatello! Viejo fegatelero.
—¡Si habrá fegateleado en su vida!
—Tarde o temprano nos hizo el fegatello a todos los miembros del club
—¡Eso mismo! Ningún miembro se salvó de que el viejo le haga un fegatello.
—Yo lo establecería como un ritual de iniciación de los socios. Para ser socio del club hay que experimentar que el viejo te haga un fegatello.
—Eso. Establecelo vos, que sos de la comisión directiva.
El pibe, a esa altura tenía los ojos como el dos de oros y comenzaba a mirar para la puerta. No sé si para ver si venía el viejo o para salir corriendo.
—Esto no da para más— dijo Edu y tumbó el rey.
Edu y yo levantamos la vista, a mirarle la cara de no entender nada del pibe.
—Che, ¿Y si hacemos un fegatello nosotros para enseñarle al pibe?
—Dale.  Porque el viejo va a caer en cualquier momento, y lo primero que va a querer hacer, es hacerle un fegatello a Cristian.
El pibe había quedado inmóvil y se había empezado a poner colorado. La naturalidad con que Edu y yo hablábamos lo dejaba más perplejo.
Ya era suficiente broma así que Edu y yo le enseñamos el ataque fegatello en la defensa de los dos caballos. Era tan novato que ni siquiera había escuchado el nombre de esa variante. Para colmo la defensa de los dos caballos es la típica apertura que usan todos los principiantes, así que le enseñamos cómo tenía que jugar cuando le jugaran el ataque fegatello. Si bien el ataque fegatello es muy agresivo, defendiéndose bien se llega al medio juego con la partida casi ganada.
Empezamos otra partida, y comenzaron a caer otros socios, pero Cristian prefería seguir mirando nuestras partidas y escuchar nuestra conversación en vez de jugar.
—Culorotti me dijo que quería probar uno de sus inventos con nosotros. Nos quiere usar de conejillos de Indias.
—¿Con qué se vendrá el viejo trastornado?
—¿Te acordás lo del lavadero automático de perros?
El pibe se empezó a reír.
—Si, el viejo había inventado un lavadero automático de perros al estilo como el de los autos. El perro entraba atado con una correa, arriba de una cinta corrediza por una especie de túnel. Recibía unos chorros de agua y de espuma a presión desde todos los rincones. Después pasaba por unos rodillos de cepillos y después recibía viento caliente para secarlo.
El pibe ya estaba a las carcajadas.
—Los pobres bichos salían enloquecidos de ese túnel ¿Y te acordás del faquiumóvil?
—El faquiumóvil estaba muy bueno. El viejo tenía un 4L y le había instalado un sistema. Movía una palanca y se desplegaba del techo del 4L un puño de cartón grandote con el dedo anular extendido que se movía para arriba y para abajo. Se activaba una sirena como de la policía y unas luces que se prendían y se apagaban.
—Era un peligro el viejo manejando y cuando lo reputeaban, el viejo accionaba la palanca.
El pibe no paraba de reírse.
—Pero lo más grande fue el dispositivo para navegar en auto
—Ahhh, eso salió en los diarios
—Esto no da para más— dijo Edu y tumbó el rey.
Acomodamos las piezas para empezar otra partida, comentando un poco las jugadas de la partida anterior. Jugábamos un poco con la curiosidad del pibe que finalmente tuvo que preguntar cómo era el dispositivo para navegar con el auto de Culorotti.
—El viejo había inventado un sistema portátil para adosar a cualquier auto. Consistía en una especie de flotadores que se unían a los flancos de los autos, y unas ruedas dentadas que se bajaban y se enganchaban a las ruedas traseras del auto. Norias creo que se llaman. ¿Viste esos barcos del Mississippi que se impulsan con ese tipo de ruedas? Bueno, algo así era, pero más chicas, obvio.
—Nos invitó a todos a la demostración
—Yo fui porque me dio miedo que el viejo se ahogara. Me fui con unos shorts de baño, porque me imaginaba que me iba a tener que tirar al río para sacarlo al viejo.
El pibe se desternillaba.
 —Era en una bajada cerca de San Lorenzo. Nos había dado un mapa para llegar. No sé como hizo para encontrar un lugar adecuado. Apareció manejando un Fiat 600 con todo el equipo arriba del techo del fitito, y cuando llegó cruzó las ruedas y dio como un medio trompo: “Es que no tengo frenos” dijo cuando se bajó.
La risa del pibe era contagiosa.
—Había algunos vecinos del viejo y algún que otro curioso. Habremos sido unas diez personas. Empezó a explicar con solvencia la facilidad con que se adosaba el sistema al automóvil. Era admirable el convencimiento que tenía de que iba a funcionar. Adosó todo. Puso unos tablones  para que el auto bajara hacia el agua porque si bien la ladera era suave en ese lugar, había como un escaloncito. Y se mandó al río nomás. Los flotadores aguantaron al principio. Movió una palanca o no sé qué, que hacía que bajaran las norias esas y se encastraran a las ruedas del auto. Empezó a acelerar a lo loco.
—Hoy no es mi día— interrumpió Edu y tumbó el rey.
Volvimos a acomodar las piezas y proseguí con el relato porque el pibe estaba interesadísimo.
—Bueno, empezó a acelerar a lo Culorotti y las ruedas giraban y levantaban agua para todos lados. Nos bañó a todos, pero se ve que la fuerza del motor tiraba el agua para arriba pero no empujaba el auto, así que el auto apenas avanzaba, y se empezó a hundir despacito. El viejo aceleraba cada vez más y levantaba como un géiser  de cinco metros de altura, pero el auto seguía moviéndose apenas. Más que mojados, estábamos embarrados todos y el motor empezó a hacer explosiones. El viejo seguía acelerando como si nada. Empezaron a salir unos chisporroteos del motor. Entonces empezamos a gritarle todos: “¡Salí Anselmo, que se hunde! ¡Salí que se va a prender fuego todo!”. El viejo seguía como si nada. Yo ya estaba por meterme a sacarlo, pero como era playito donde estaba no había demasiado problema porque el viejo cuando saliera iba a hacer pie lo más bien. Recién cuando se paró el motor y empezó a entrar agua por la ventanilla abierta, el viejo salió. Yo me metí para ayudarlo a salir y llegar a tierra firme; total ya estaba empapado. El fitito todavía debe estar en el fondo del río.
El pibe se retorcía de la risa.
—“¿No sé que pudo haber salido mal?” decía el viejo jadeando y todo embarrado.
—Y las peleas con Molinari eran épicas
—Sí, la última fue la peor de todas. Por eso no volvió más el viejo. Pero Molinari ya lo había echado del club un par de veces antes.
—Molinari tenía un carácter podrido, pero el viejo lo provocaba siempre.
— Pero tenía razón Molinari. Una cosa es que hablemos en una partida así nomás como esta, y otra es en una partida de torneo.
Hicimos un silencio para concentrarnos en la partida, hasta que el pibe no pudo más y nos preguntó:
—¿Y qué pasó con ese tal Molinari?
— Pasó que estábamos jugando un torneo interno entre nosotros. Habíamos juntado plata entre los participantes para comprar unas copas para los premios. Era la última fecha del torneo y le tocaba jugar a Molinari con el viejo Culorotti. El viejo ya no tenía chances de ganar un trofeo. Era un jugador que arriesgaba mucho. Tenía inventiva pero sabía muy poco de teoría. Molinari sabía mucho más y jugaba mucho mejor. Pero como todo; el viejo te podía abrochar si te descuidabas un poquito. La cuestión que el viejo no podía dejar de hablar cuando jugaba. Y cuando se ponía nervioso, peor. Tenía unas muletillas que eran cualquier cosa. Cualquier verdura mandaba el viejo. O se ponía a cantar alguna estupidez. Te hacía reír, siempre y cuando no fueras vos el rival.
—Caissa diosa ingrata, no me hagas meter la pata— acotó Edu como ejemplo de las muletillas del viejo.
—O por ahí movía un peón y arengaba: ¡Avanzad proletariado!
—O exclamaba: “José se llamaba el padre y Josefa la mujer, y tenían un hijito que se llamaba Josesito”, y ese “Josesito” lo decía con voz de nenito. O cuando cometía un error decía: “De poetas y de locos, me acabo de mandar un moco”.
— La cuestión que Molinari, tenía la partida perdida y el viejo dale que dale con sus muletillas. “Callate viejo de mierda”, le decía Molinari.
—Y el viejo le respondía algo así como: “Volverán las oscuras golondrinas. Quien quiera oír que oiga”.
—O sino: “Osías el osito en mameluco, paseaba por la calle Chacabuco”
—O sino se ponía a cantar: “Pintarse la cara color mierda seca, tirarse peditos en la bañadera”
—Y Molinari se ponía más loco y más lo puteaba al viejo.
—Y el viejo seguía: “El tiempo que te quede libre, si te es posible, dedícalo a mí”. Porque encima Molinari estaba por perder por tiempo.
—Se puso a hablar como si estuviera dando una conferencia y decía: “El alfil es la mejor pieza, anatómicamente hablando. Es la única pieza que para usarse no necesita untarse en vaselina porque tiene la punta redondeada…… ¿No te parece, Molinari?”
— Porque Molinari tenía un alfil que le había quedado encerrado y no le servía para nada. Molinari no aguantó más y tiró el tablero al piso. Estaba totalmente sacado y le gritó que se vaya porque sino lo iba a cagar a trompadas.
—“Tomátelas culorrrrrrroto”, le gritaba.
—Y ahí se dio una escena fellinesca. El viejo levantó la cabeza mirando el techo y se paró declamando sus muletillas, mientras Molinari le gritaba que se fuera. Nosotros tratábamos de calmar a Molinari y le decíamos al viejo que era mejor que se fuera.
—Vos pibe, no debés saber ni quien fue Tato Bores. Era un cómico de televisión que tenía un programa y había un personaje que recitaba poemas incomprensibles mirando el techo. El viejo Culorotti parecía ese. Se levantó y fue hacia el perchero a buscar su abrigo, siempre con la vista en el techo, medio tanteando por donde caminaba y diciendo cosas como: “Mi honra está en juego y me pican los huevos”, “De carne somos y al polvo vamos”, o “No le pidan olmos a José Luis Perales……y a Manzanero tampoco”
—“¡Diantres! ¡Qué contrariedad!” o “Todo es igual, nada es mejor. Lo mismo Molinari que un gran profesor”.
—Se puso el abrigo, siempre mirando el techo, y siempre declamando sus muletillas y al final se fue cantando la marsellesa.
—¡Qué viejo loco!— dijo el pibe riéndose.
—No hay caso. Hoy estás intratable— dijo Edu y volvió a tumbar el rey.
Cristian quedó a la expectativa de seguir escuchando.
— Después que el viejo cerró la puerta, nos quedamos todos mudos. Como a los dos minutos volvió a abrir la puerta, asomó la cabeza, me miró a mí y me preguntó: “¿pero la partida la gané yo, no?”. No me dio tiempo a responderle nada, porque tuvo que cerrar la puerta antes que Molinari le tirara con una torre. Gracias a esa partida gané el torneo yo; sino lo hubiera ganado Molinari. Tengo la copa en mi casa.
En eso se abrió la puerta y antes de que entrara nadie, se escuchó la voz del viejo:
—¡Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud!
         —¡Culorotti!— exclamamos todos. Lo saludamos y le presentamos al pibe. Culorotti tenía un cierto aire a Einstein: tirando a flaco y petiso, pelado con el pelo largo a los costados, con anteojos culo de botella y barba incipiente.
Lo invitamos a que jugara con el pibe ya que lo habíamos entrenado para refutar el fegatello, pero el viejo no quiso.
—No, muchachos. Vengo a probar mi invento— dijo mostrándonos un maletín que traía.
Todos nos miramos con cierta picardía.
—Les explico de que se trata. Es un grabador del inconsciente.
Ya no pudimos disimular las sonrisas.
—No me gusta ese nombre ¿por qué no lo llamamos el fegatello de Culorotti, en honor a la apertura preferida de nuestro científico estrella?— dijo el flaco Solís. Todos adherimos a la idea del flaco. Culorotti seguía en la suya sin prestar atención a lo que decíamos.
—Tengo que probarlo con ustedes por el siguiente motivo: ustedes tienen que jugar al ajedrez y a la vez hablar de algo. Esa es la forma de poder grabar al inconsciente. Esas tres funciones de la mente tienen que estar activas: el pensamiento analítico que se usa en la partida de ajedrez, el pensamiento que se utiliza en el habla y el inconsciente que será el que va a ser grabado. Pero si no están activas las otras dos funciones no se graba el inconsciente. Es un tema técnico que no puedo entrar a detallar ahora.
Por supuesto que la andanada de chistes y burlas no se hizo esperar.
—Obvio que lo iban a tomar así. Los genios siempre somos incomprendidos al comienzo. Pero ustedes les contarán a sus nietos con orgullo, que conocieron a uno de los más grandes científicos de la historia— sentenciaba el viejo.
Por curiosidad y para divertirnos un rato accedimos. El viejo sacó las cosas del maletín y comenzó a conectar los cables del fegatello de Culorotti. Nos puso unos electrodos en las sienes a Edu y a mí que íbamos a jugar la partida. Los electrodos iban hacia una caja cuadrada amarilla con una única lucecita prendida.
—Este viejo nos quiere electrocutar— dijo Edu.
El viejo no escuchaba nada. De la cajita salía otro cable que iba a un grabador a casette Sony, de los primeros que se fabricaron.
—Aquí se va a grabar lo que diga el inconsciente de ustedes— explicaba el viejo señalando el grabador.
—El inconsciente es Edu. Yo no— le repliqué.
La cuestión es que nos pusimos a jugar, con los electrodos pegados, la lucecita de la cajita amarilla prendida, el grabador grabando y todos mirando.
—Bueno pero tienen que hablar de algo mientras juegan— nos dijo el viejo.
—Ok. ¿Vas a venir el sábado a mi casa a comer el asado que te debo?— me preguntó Edu.
—Sí, por supuesto
—¿Venís con tu mujer y tu hijo?
—Con mi mujer sí, pero mi hijo sale con sus amigos. Así que no te preocupes por tu hija. No hace falta que la escondas.
—Jajaja
— Yo llevo el vino
—No, dejá. Las apuestas hay que pagarlas como se deben, sino no vale apostar. El día que yo te gane un asado no voy a llevar el vino.
—Ok. Como quieras.
En ese tono siguió la conversación hasta que Edu tumbó el rey. El viejo nos desconectó los electrodos y rebobinó el casette.
—Ahora están a punto de ser testigos de un hecho histórico— dijo Culorotti en tono solemne— recuerden bien todos los detalles de lo que aquí está sucediendo, porque hoy pasaremos a la posteridad.
— ¡Dale viejo, que queremos escuchar lo que tenés grabado en ese casette, así te podemos curtir!— le chantó el flaco Solís.
El viejo puso el volumen al máximo y apretó el play. Empezaron a escucharse unos ruidos que parecían que podían ser voces, pero inentendibles. Las burlas de todos no tardaron, pero de a poco las voces comenzaron a hacerse más claras. Las voces, y sobre todo la entonación con que se escuchaban, se parecían a la de Edu y la mía, pero la fidelidad del grabador era mala. Todos hicimos silencio y empezamos a escuchar.
—Te hacés el humilde frente al pibe, pero se te nota a la legua que querés florearte diciendo que ganaste ese torneo de mierda. Sos un pobre tipo que sólo participa en los torneos en donde sabés que podés ganar.
El pibe puso los ojos como el dos de oros nuevamente. Edu se puso serio. Yo también. El viejo estaba radiante y empezó otra escena fellinesca. Se ve que el viejo no quería emitir sonido para no interrumpir lo que se escuchaba, pero la alegría que tenía no cabía en su cuerpo. Necesitaba demostrarla de alguna manera. Así que se paró y se puso a aletear con los brazos, inundado de felicidad.
—Lo que menos quiero es ir a ese asado el sábado. Sólo a vos se te ocurre hacerme una apuesta a mí. Si sabés que no me podés ganar, y menos una partida pensada a media hora. Pero me rompés tanto, que al final te tengo que castigar. Y vos después me castigás a mí haciéndome ir a tu casa a comer el asado.
—Lo único que falta es que traigas esos vinos berretas que comprás vos. Metételos en el culo. En lo que sí te doy la razón es en que no vengas con tu hijo, y que vengas con tu mujer. Un minuto que me dejes a solas con ella y me la transo. La otra vez estuve a punto. Se nota que la tenés mal atendida.
El ambiente se tornó por demás de incómodo. Todos nos quedamos inmóviles y perplejos sin saber qué cara poner. El único que se movía y con ganas era Culorotti que aleteaba con más ímpetu y la sonrisa le desbordaba la cara. Podría decirse que la sonrisa ya no le entraba en la sala.
—Tenés un culo a toda prueba. Estuve estudiando la Caro-Kann que jugás vos y te la refuté lo más bien, pero sos un caradura que no abandonás cuando tenés que abandonar ¿No te enseñaron que cuando tenés una partida perdida tenés que abandonar? ¿No te enseñaron que seguir una partida perdida es una falta de respeto al rival? Tenés un culo a toda prueba porque después, con la partida ganada, me vengo a colgar la torre como un pelotudo. Vos tendrías que haber sido el que pagara el asado en tu casa y como mi mujer no iba a querer ir, seguro que en algún momento me iba a poder transar a la tuya.
Culorotti aleteaba y en cualquier momento remontaba vuelo.
—Cuanto más quieras cuidar a tu hija, más pronto se te va a recibir de puta. Se nota que ya tiene tendencia a ser putita. No te preocupés por mi hijo porque el que te la va a voltear voy a ser yo. Es más fácil que quitarle un caramelo a un chico. El día menos pensado me la volteo a tu nenita. Capaz que este mismo sábado y en tu propia casa.
Apagué el grabador de un puñetazo.
—¡Tomátelas Culorotti! ¡Te pasaste con la jodita!— le grité.
Culorotti seguía aleteando y empezó a declamar:
—Lo sospeché desde un principio
— ¡Tomátelas antes que te agarre a patadas!
—Hombres necios que acusáis, a Culorotti sin razón.
— ¡Si le tenías miedo a Molinari, más vale que me tengas más miedo a mí! ¡Llevate ese invento! ¡Juntá  ese fegatello de mierda y tomátelas!
Ninguno me había visto así nunca. Yo no era de perder los estribos como tantos otros jugadores de ajedrez.
—Quién te ha visto y quien te ve— declamaba Culorotti, mientras con una mano empezaba lentamente a juntar los petates del fegatello y con la otra seguía aleteando.
—Amalillo, lindo colol— entonaba Culorotti cuando guardó la caja en el maletín.
—Non calentarum, largum vivirum………. El tuerto Alberto tenía un ojo cerrado… ¿y el otro? …..abierto………..
— ¡Apurate, viejo de mierda!
—Donde iremos a parar si se apaga Valderrama………Eso pregunto yo: ¿Dónde?.... —el delirio de Culorotti era total— Alcoyana, Alcoyana,… ¡qué fuerte que está tu hermana! 
De pronto, cuando ya se encaminaba para la puerta, se paró en seco y dejó de aletear. Alzó el dedo índice al cielo y proclamó a viva voz
—¡Seré el próximo premio Nóbel!
Lo agarré de la solapa y lo saqué a la rastra.
El silencio que quedó, se hizo pesado. Se interrumpió unos instantes cuando desde afuera se escuchó a Culorotti cantando la marsellesa mientras se alejaba.
—Allons enfants de la patrie…con Maradona y Platini.
Nos miramos con Edu sin saber qué decir. Un par de segundos después sentí que debía decirles algo a todos que seguían callados.
—El hijo de puta tomó nota de todo lo que le dije ayer cuando lo encontré. Por eso sabía del asado que le gané a Edu. Sabía que yo iba a querer llevar el vino y que Edu no iba a querer que lo lleve. Le conté de las edades de los chicos. Le conté que había un pibe nuevo que le gustaba escuchar nuestras anécdotas. Y el hijo de puta nos armó esta joda. Le salió bien al guacho. Pero ahora no lo voy a dejar volver nunca más. Después de todo, qué se yo cuanto tiempo hace que no paga la cuota.
Me senté a jugar con Edu como para dar por terminado el tema.
Al día siguiente de ese incidente llamé a Edu y le di una excusa por la cual no iba a poder ir al asado. Lo dejaríamos para más adelante. Él no pareció lamentarlo, más bien pareció aliviado.
A partir de ese día empecé a ir menos al club. Edu tampoco apareció mucho y ya casi ni hablamos, ni jugamos. No se habló más del tema, pero creo que a todos, y especialmente a Edu y a mí, nos quedó la sensación que no sería descabellado que a Culorotti le dieran el Nóbel.


                                                                                                       Fernando Artana

Ejercicio Bukowski

Publicado en Nuestra Letra. el 8 de Septiembre, 2009, 20:36 por Berón

Tardes de vueltas

La chica no salía de su asombro. En la tira del Fonavi tiraban la goma por cinco pesos y ella no se iba a quedar atrás. Total, de chica curtía con Brian, el amigo de su hermano y por nada. Era relindo Brian. Igual que Erik y Jhonatan, que tenía el padre que estaba en Santa Fe y con la madre lo iban a ver una vez al mes. Ella no quería eso de chupársela a cualquiera, pero total como le dijo una vez la tía Marisa: si estás mal y necesitás plata, hacete un gatito, gritas un poco y ya está. Marisa había trabajado en las casitas del sur, con los del norte; que trabajaban en Río Grande o en los barcos, en la pesca, después de tres meses, la tía los tocaba un poco y acababan, les salía lechita por todos lados, contaba la tía Marisa.

Había ido allá con un novio a trabajar a Usuahia para hacer televisores, pero los agarró la mala época y se cagaron de hambre, en la mesa no había nada, ni mesa, comían en la cama y cogían en invierno. Marisa a los 10 días y con ocho kilos menos se metió a trabajar y no le fue mal.

Pero ahora ella necesitaba la plata y no se iba a ir muy lejos. Al sur de la ciudad, nada más. El viaje era a fin de julio y el tiempo pasa rápido, nena, le decía siempre la mamá. Y tenía que llevarse plata al viaje.

No se podía preguntar cómo era el trabajo. ¿Como hacía? ¿Se metía en un departamento y preguntaba? Había que buscar alguna amiga en la tira, por ahí por calle Gutiérrez, donde estaban los pisos más bajos, por donde se paraban los camiones que iban al puerto, que llevaban azúcar con hombres que nunca más vería: algunos eran lindos, olían a sudor, pero eran lindos.

Ella tampoco era hermosa, bueno, para su madre sí, no para su padre, que apenas la trataba, que apenas la miraba. ¿No sabes donde vive Paula, la turca? - No, creo que por atrás. Por atrás de Grandoli -le dijo el chico al que vio. Al pibe le faltaban dos dientes y hablaba poco, pero ella lo entendió.

Paula tenía como 30 años y dos hijas. Eso parecía porque una le decía Paula y la otra turca, ninguna mamá, pero parecían hijas, sobre todo la más chica, una negra con pelo teñido y un clavito de esos en la lengua y otro en el labio. Se presentó con un hola bastante estúpido: nunca fue una chica simpática, aunque le gustaba gritar y charlar a los gritos entre amigas.  La turca le dijo que después de las siete, en la calle de la vuelta podría ver el asunto  -¿Vos trabajaste?, ¿quién te mandó?

- Nadie.

Fue a la calle, era en una especie de bulevar, a los costados de los departamentos de planta baja, se escuchaba regatón y ruido de gente que lavaba platos y chicos que gritaban y poca luz porque era de tarde, ya de noche y las luces salían de las cocinas y una brisa y atrás de todo había un camión parado. Había que acercarse pero alrededor andaban otras chicas. Al pibe lo vio cuando salía de una de las cocinas, no era el del camión, el del camión no salía de la cabina. Al pibe lo vio con la gorrita y era rubio, la vio el chico y la supo, la calculó. ¿sos de acá vos? 

- No.

Había que viajar, en julio; en Bariloche hace frío y la madre le compró una campera pero no tenía un peso para llevar y no se duerme nunca en Bariloche y ya llegó a quinto, que nunca creyó que iba a llegar.

Y entonces el pibe, que la calculó se acercó y le preguntó que hacía y ella que nada, que pasaba y buscaba a Vanessa, una piba que iba a la 1.234 y que vivía por ahí y él, que no conocía a Jessica, pero ella le dijo Vanessa y se rieron y esa tarde terminó en un árbol, cerca del camión tranzando con el pibe, que era parecido a Jhonatan y la tenía grande y con olor y le llenó la boca antes que ella pudiera escupir y quedaron que se veían el sábado y se pasaron el celular y el correo.

                                        CLAUDIO   BERÓN


La Tarjeta

Publicado en Nuestra Letra. el 28 de Agosto, 2009, 20:10 por Gerardo Bussi

Click to Enlarge Image

Podía haber sido un carnet de conductor robado, o una cedula, pero era una tarjeta. El pibe la vio desde la calle, como algo blanco con una mancha anaranjada que brillaba en la alcantarilla. Entonces se agacho y en cunclillas la lavo con el agua que salía del caño que desagotaba en la cuneta. Cuando pudo ver claramente una de las caras del plástico, el efecto fue hipnótico. Su delgada silueta comenzó a caminar por el estrecho sendero de tierra que se perdía entre casillas de chapa y cartón. Parecía ir siguiendo un haz de luz que se esforzaba para seguir iluminado la calle, cuando el sol ya era una brasa desforme mezclada entre el carbón de las nubes.

 

La lluvia lo encontró al final de la calle. Una lluvia lo suficientemente fuerte como para formar barro debajo de sus pies descalzos. Pero no le importo, porque a lo lejos ya podía ver la gran fortaleza iluminada. Cuando recorría los últimos metros antes de llegar el cemento de la avenida, pateo sin darse cuenta una bolsa de basura, y con el otro pie y un extraño silbido que salio de su boca, tuvo que ahuyentar a una jauría de perros hambrientos que parecían recriminarle la interrupción del banquete. Así, cuando puso el primer pie sobre la vereda, logro el primer superpoder en el camino hacia su objetivo: se había vuelto invisible.

 

Después camino entre los cestos de basura al costado del cordón, simulando revisarlos con una mirada imperceptible, y utilizo las paradas de colectivo en el camino hacia la fortaleza con el mismo fin de simular. Es que la invisibilidad es un superpoder muy efímero y cuando se agota siempre hay que dar explicaciones. Por eso paso unos diez minutos merodeando en cada parada, jugando con los modernos acrílicos y besando apasionadamente a la chica de la propaganda de champagne o ropa interior, cada vez que la gente miraba hacia la calle buscando el colectivo que no venia.

 

Pero en un momento, las paradas se terminaron y en la próxima cuadra ya estaba la manzana amurallada y luminosa. Como la había visto de lejos, pero mas grande. Entonces retrocedió y se sentó en la última garita visitada. No dudaba. Pensaba cual seria la manera mas rápida de hacerlo. Con su mirada busco la tarjeta, que llevaba ajustaba al pantalón, en su cintura, como controlando que todo estuviera en su lugar. Después se hamaco suavemente en el asiento, hizo un repiqueteo de dedos sobre el acrílico y se paro de un salto. Entonces comenzó a correr hacia la fortaleza haciendo “el avioncito”.

 

El vuelo-corrida tenía que ser de unos cincuenta metros. No más. Era un vuelo disuasivo. Después tenía que despegar y saltar la gran reja de alambre que rodeaba la fortaleza. Por eso, comenzó con un vuelo mas parecido al de un pájaro y cuando estuvo cerca del objetivo, era un autentico piloto sin avión.

 

El momento en que sus alas-brazos se transformaron en brazos-alas fue imperceptible. Solo pudieron verlo algunos, primero en la vereda, junto a la reja y después en las alturas, haciendo equilibrio en la ultima línea de alambre de aquella pared metálica y agujereada con rombos invisibles. Había conseguido otro superpoder: visión de rayos x.

 

Desde aquella cima podía ver todo cuanto acontecía en la fortaleza. Policías como postes azules e inmóviles custodiando los cuatro costados de la manzana. Gente abordando y descendiendo de autos en un raro rompecabezas móvil en el que siempre sobraba una pieza. Puertas automáticas escupiendo gente sin importar la cantidad,  y una en particular. Una muy en particular, que dejaba ver una larga alfombra roja que conducía al destino final de su viaje, en el interior de la fortaleza.

 

Estuvo ahí en las alturas, agazapado, un largo rato. La lluvia había parado y una suave brisa se elevaba de a ratos llevando hasta su nariz el olor penetrante del pochoclo acaramelado. En una de ellas cerro los ojos y pareció ver un gran vaso lleno de esas formas blancas y livianas. Eran tan reales. Tanto como para quedar suspendido en el aire y flotar junto a ellas, mientras sacaba la tarjeta y se paraba frente a...... Pero fue mas real la caída libre que ya lo llevaba hacia el cemento.

 

Cuando abrió los ojos vio un león haciendo la vertical. Estoy en el cielo, pensó, pero después termino de divisar la rueda de un auto. Estaba acostado casi debajo de uno. Intento mover una de sus piernas y lo logro. Pero la otra no reaccionaba. Con dificultad logro incorporarse. Apoyo una de sus manos en el capot del auto e instintivamente miro en un segundo hacia todas las direcciones.  No había yutas a la vista. Por las dudas se ajusto la gorra y encogió un poco los brazos dentro del buzo dos talles más grande. Cuando dio el primer paso, un fuerte dolor lo paralizo frente a un carrito de supermercado desperdigado junto a el. Lo agarro fuerte, metiendo sus dedos entre el enrejado, y logro afirmarse de nuevo. El reloj electrónico en la cúpula de la fortaleza marcaba la 1.01. Entonces comenzó a avanzar por una de las calles interiores de esa otra ciudad, ayudándose con su lazarillo metálico y con rueditas. Pudo comprobar que seguía contando con uno de los superpoderes, cuando paso sin darse cuenta delante un guardia de seguridad que no le presto mayor atención. A esa altura ya llevaba su pierna dolorida cargada sobre el carrito, y con la otra empujaba como un hábil skater el armatoste de metal, por lo que no tardo en llegar al frente de la puerta, detrás de la cual se desplegaba una gran alfombra roja.

 

Se desprendió del carrito con cuidado. Primero una mano, después lentamente la otra, como desconfiando de su propio cuerpo. Finalmente pudo quedar parado frente al sendero que conducía a la puerta automática, que a esa hora ya escupía solo aire y guardias de seguridad. Otra vez se palpo la cintura para ver si estaba la tarjeta, y esta vez dejo constancia de que estaba, con las impresiones digitales de sus dedos en un color rojo sangre. Ahí fue cuando escupió sangre por primera vez, solo porque sintió un gusto mas salado que su transpiración en la boca. Sintió una rara sensación de liviandad, similar a la después del segundo tetra con pastillas, pero se quedo con la anterior, en la que flotaba entre los pochoclos.  Entonces pensó de nuevo en la manera más rápida de hacerlo. La sangre que se escurría entre sus dedos se lo recordaba a cada segundo. Pero el guardia de seguridad seguía parado debajo del cartel electrónico que mostraba con velocidad de aeropuerto, las funciones de trasnoche del día.  Eligió sin dudar “La era de hielo 3”, era el nombre mas corto y fácil de ver desde donde estaba. En la próxima pasada del cartel tenia que entrar por la puerta.

 

Cuando leyó la era de hielo quedo congelado en el segundo paso. Un fuerte dolor le recorría toda la pierna derecha, y un charco de sangre amarronada  había dejado la marca indeleble y frustrante de su corto recorrido. Siguió igual hasta que estuvo lo suficientemente cerca del detector de movimiento de la puerta. Se sintió ganador cuando este lo reconoció y la puerta se abrió delante de el. Entonces dio un paso y quedo parado en el inmenso y silencioso hall. Inhalo lo mas que pudo el olor a golosinas mezclado con desinfectante, y mientras sus piernas comenzaban a temblar giro su cuello hasta donde su cabeza se lo permitió, guardando en sus retinas televisores colgados del aire a la izquierda, un Mc Donald a la derecha y reservo para su ultima mirada central de ojos casi de cristal, el inmenso cartel colgado al final de la sala. Ahí estaba la mancha anaranjada de la tarjeta de aquella alcantarilla y detrás, el mundo donde todos los superpoderes podían conseguirse introduciendo un pedazo de plástico en una ranura. Desenfoco los ojos a propósito para transformar en un espejismo cercano aquel paraíso, saco la tarjeta de su cintura y la extendió hacia adelante esbozando una sonrisa. La escena en la que veía un guardia corriendo hacia el fue interrumpida por el golpe seco de su cráneo contra la alfombra, que funciono como un silenciador defectuoso. Después, una aureola roja no tardo en convertirse en una mancha opaca más en la alfombra, cerca de su cabeza, similar a la de un vaso de coca cola recién derramado.

 

Mientras retiraban el cuerpo por la puerta de mantenimiento, un policía se quedo mirando fijo la tarjeta ensangrentada que estaba en el piso. Leyó “Euro Gym” junto a un logo anaranjado y un nombre de mujer. “Encima que roban cualquier cosa, quieren jugar con las maquinitas” dijo con sorna, y su voz termino de fundirse con el ruido de la maquina de encerar.

 

 

 

 

GERARDO BUSSI

Anoche

Publicado en Nuestra Letra. el 28 de Agosto, 2009, 10:51 por MScalona

pedí permiso a FLAVIO para postear este mail

porque su contenido, me parece, excede la

comunicación privada.  Flavio me autorizó. Marce



Desde: Flavio Luciani <flavioluciani@hotmail.com> Guardar dirección | Encabezados
Para : Marcelo Scalona <info@scalonamarcelo.com.ar>
CC :
Fecha : Fri, 28 Aug 2009 04:15:02 +0000
Asunto : Reflexiones


Realmente, estoy emocionado por el premio que obtuve en el Concurso Comida China Laurino Descarga 2009. A pesar de que escuché algunos comentarios envidiosos, como por ejemplo, ahí va la segunda princesa, ha sido gratificante para mí recibir el libro de Simeoni. Qué metáforas.... qué melindres.... qué naturaleza viva! Eso sí, todavía no lo leí. En lo que respecta al concurso y a los cuentos que hemos comentado, en lo personal, me ha sorprendido gratamente el nivel de todos mis compañeros, si bien algunos cuentos me gustaron más que otros, lo bueno es que me gustaron todos, todos me parecieron creativos, con ideas oportunas y detalles destacables. Es como si cada uno fuera mostrando su verdadera identidad de a poco, o mejor aún, la vaya encontrando con el correr de las tareas. No sé si un estilo, pero se va viendo la manera de escribir de cada uno y eso me gusta. Con el cuento mío traté de buscar otras formas, guardé la lira, estuve experimentando, probando otro lenguaje, buscando variantes, tratando de usar recursos nuevos; así encaro cada una de las tareas, queriendo salir de la monotonía, intentando crear un clima desde un lugar diferente. No sé si logro crear un clima, pero sí es por lo que trabajo, es decir, trabajo para imponerle un ambiente al lector en el que pueda verse inmerso y sentir lo que sucede, verlo, tocarlo. Es difícil, lo sé, pero bien vale la pena correr el riesgo. Creo que el primer y el segundo premio fueron merecidos, a mí me gustaron los dos por igual, y de verdad, me parecieron mucho mejores que el mío y que los demás. Después los aspectos técnicos y esas cosas se van puliendo. Así que si cumplís con la devolución escrita del cuento clásico, podés hacer mención a este cuento y a los otros trabajos que hice; no me interesan mucho las cosas que están bien, sino sobre todo, aquellas que hay que corregir, y en las que hay que poner más empeño. Se hizo largo este mensaje. Es todo. Fuimos a un bar, Laprida y Rioja, éramos ocho, la pasamos bien y cuereamos a lo grande. El cuero, colgado del alambre, como se estila. Abrazo.

                                              FLAVIO

Encontrando a Barthes

Publicado en Nuestra Letra. el 21 de Agosto, 2009, 10:16 por CELINA

                                                                           

                                          BÚSQUEDA FRENÉTICA

          

                                                                                             

  

       Miro de reojo el reloj sobre la mesa de luz. Las 4,30 de la madrugada. ¡Mierda! dentro de dos horas me tengo que levantar y todavía no conseguí dormir. Oscilo entre la realidad y el sueño. En el medio, sueño. Aunque no estoy segura de si es un sueño o es mi cerebro que nunca descansa. Cuando era chica con mi hermana nos contábamos lo que habíamos soñando la noche anterior, la mayoría de las veces debía inventar algo porque no lo recordaba. Se supone que todos soñamos, es un proceso necesario. Si no te volvés loco. ¿Sería eso lo que me estaba pasando? Al no poder soñar, me estaba trastornando. De todos modos, nunca me consideré demasiado normal. ¿Qué era ser normal? En medicina la acepción es bastante concreta. Los resultados de laboratorio tienen "límites normales". Una ecografía se informa como "dentro de parámetros normales". Con bastante seguridad se puede decir, desde aquí hasta allá es normal, si te pasás, te enfermás. Con respecto a la psiquis,  emociones y demás, la cosa era un poco más confusa. Lo que para uno puede ser algo totalmente normal a otro le puede resultar un disparate. Y yo me consideraba un poco rayada. No hace falta salir desnudo a la calle para serlo. Lo mío era una cuestión mental. En las formas, todo bien. La gente solía tener impresiones equivocadas sobre mí. Al menos al principio. Formal, estructurada. Solían sorprenderse después cuando escuchaban algún comentario que no tenían previsto en "su" imagen de lo que yo era. Me divertía. Todos prejuzgamos. Sólo me intrigaba, un poco, si la nueva imagen se volvía positiva o negativa. Si pudieran tener acceso a los misterios de mi mente se llevarían flor de susto. ¿A todos les pasaría lo mismo? 

  El punto era que a casi las cinco de la mañana yo no había dormido, no recordaba si lo que había soñado era un sueño y estaba inmersa en una autodisertación sobre la normalidad que no me llevaba a ningún lugar, salvo a seguir sin poder dormir.

   En lo que creía era un sueño, Roland Barthes o el que yo pensaba que era, porque en realidad no conocía su aspecto para decir que era, pero yo sabía que era él, daba una charla sobre su libro "Fragmentos de un discurso amoroso". Encima soñaba con muertos. No era aprensiva, pero prefería soñar con vivos.  Por eso dudaba de que fuese un sueño, creo que era mi mente que no podía despegarse del hecho de tener que escribir un relato barthiano. Si eso había sido un sueño era más bien corto, por lo menos podría haber aprovechado y decirle que me ayude con mi relato. Quién mejor que él.

  Cuando  finalmente sonó el despertador mi cabeza parecía a punto de estallar. Me tomé un Migral y me metí bajo la ducha caliente. El agua purifica.

  No fue sino hasta llegar a la mitad de mi café cuando recordé que tenía que reunirme con el arquitecto. Gustavo. ¿Cómo pude olvidarme si yo le pedí de reunirnos? Acto fallido. La verdad era que me había arrepentido, si no tenía nada para decirle. La excusa que le puse era eso, una excusa. Lo único que en verdad deseaba decirle y no me animaba, era que no podía dejar de pensar en él y que quizás esa era la razón de mi insomnio. Que si por las noches durmiera a mi lado y pudiera sentir su cuerpo tibio junto al mío, si pudiera sumergirme en sus ojos imposiblemente azules...., otra vez la literatura, eso era parte de un relato mío, que a su vez lo había sacado de otro, además sus ojos no son azules, son castaños o marrones, como la gran mayoría de la gente. Normales, pero hermosos. Me había transformado en una intratable total. Me sorprendía intentando escribir poesías patéticamente cursis que terminaban en la papelera de reciclaje, o escribiendo relatos donde terminábamos juntos y felices para siempre. Sacaba lo peor de mi romanticismo que afloraba sin cesar, y yo sabía que debía guardarlo bajo llave. Pero no se puede nadar contra la corriente. El intentar controlarme me volvía más intratable. Y todo esto del minimalismo, realismo sucio, figura barthiana me estaba sacando del todo. Yo era la enamorada en busca del relato. Le echaba la culpa a eso, pero sabía que él era el motivo de mi desasosiego. Enamorada, de él. Lo disfrazaba, lo ocultaba. De todos modos debía escribir ese relato; lo intentaba, nunca alcanzaba. Vivía ficcionando realidades e intentando volver reales las ficciones. Él era mi ficción. Si algo había aprendido con la literatura era que no hay imposibles. Bastaba sentarme, hacer click y listo. La vida, la vida es otra cosa. Y  siempre se salía con la suya. Salían macarrones gratinados, nunca chawan-mushi. La literatura seguía interfiriendo en mi vida, colándose por donde podía, queriéndose instalar. Y yo lo único que quería era gustarle. ¿Se habría fijado en mí? ¿O sería una clienta más? Se supone que para eso le había pedido la reunión, para averiguar si le gustaba. Los relatos de suspenso nunca me agradaron. A él obviamente le dije que quería hacer una modificación en los planos.

-¿Otra?- me dijo en un tono de voz que no terminé de decidir si estaba cansado o que no había buena señal.

-Sí, estuve pensando y me parece que el baño lo quiero en suite.

- Dejate de joder-contesta- si lo charlamos veinte veces y siempre dijiste que no, que era una boludez, que encima te molesta el ruido del agua, del inodoro, y no sé qué más. Ahora voy a tener que modificar un montón de cosas.

  Mejor pensé, más excusas para poder verlo. Le había dicho lo primero que se me ocurrió porque cuando me di cuenta de que había marcado su número y una voz me decía -Hola Susana, ¿qué necesitás?-, mi primer impulso fue cortar, tampoco podía decirle que era la Gimenez,  pero después me acordé que llamaba desde un celular y que él sabía que era yo. Y si hubiese llamado del fijo igual, ahora todo el mundo tiene identificador de llamadas. No podía hacer como cuando éramos chicas con mis amigas y llamábamos a los chicos que nos gustaban por el sólo hecho de escuchar su voz y después colgábamos. Otras épocas. No había internet ni computadoras, celulares, shoppings o peloteros, ni te vendían comida a la entrada de los cines. Y si te gustaba un chico, te aguantabas. Esperabas a que él te dijera algo, y si no lo hacía, sufrías en silencio. A lo sumo una carta escrita en clave que él no entendía, sin datos, dejada subrepticiamente en su portafolio. Tampoco se usaban las mochilas. O rezabas para que en los asaltos te tocara Consecuencia y capaz te animabas y le dabas un beso en la mejilla. Si te sacaba a bailar, tocabas el cielo con las manos. Definitivamente eran otras épocas  y por eso habías cometido la estupidez de querer decirle que te tenía loca. Antes ni se te hubiese ocurrido, pero el mundo moderno te llevaba a hacer cosas que no eran tu estilo. No sos tan moderna. Ni querés serlo. Por eso era tan difícil erradicar el romanticismo que como tantas otras cosas había pasado de moda. Vos igual soñabas con tu príncipe azul y con palabras de amor susurradas a la luz de la luna. La vida, la vida es otra cosa. Y soñar es gratis, por lo menos te dabas el gusto de soñar despierta, ya que dormida no lo lograbas. Así a lo mejor disminuías un poco tu grado de enajenación.

-Susana, ¿ estás ahí?- gritaba tu príncipe desde el otro lado de la línea.

-Sí perdoname, es que se me cayó el teléfono-mentiste. ¿Podemos vernos y charlarlo?

-Está bien, mañana en el bar de siempre a las cinco de la tarde.

  Y así, con esas simples palabras me metí en flor de despelote. Porque no tenía la más mínima intención de modificar nada, ya no tenía más plata; tampoco me interesaba el baño en suite.

       Hoy era mañana.Traté de seguir con mi vida normal. Otra vez esa palabra. Parece mentira, hay días en que determinada palabra vuelve una y otra vez. Hoy era normal, ayer capaz que fue auto, bicicleta, moto, avión.   ¿Por qué medios de transportes? A lo mejor porque te llevaban lejos y yo quería irme al fin del mundo con Gustavo. Lo hecho, hecho está. Ahora no voy a desperdiciar esta oportunidad. Me hago la vueltera lo cual no me cuesta, y como seguro que él tiene poco tiempo, lo invito a cenar. Para terminar de cerrar definitivamente el asunto. Los dos asuntos.

   Decidido esto me fui al super. Agarré la bici porque no pensaba comprar demasiadas cosas y me gustaba sentir el viento frío sobre la cara. Me daba sensación de libertad. Escapar; por más que no quisiera mis pensamientos venían conmigo a todos lados. Y Roland Barthes era casi un amigo. Junto con Carver, Ford, Clarice Lispector y otros. Quizás mi problema estaba ahí. En llevar esos amigos invisibles a todas partes. Si de chica ni siquiera me gustaba ese juego. Lo invisible no tiene gracia, yo quería amigos de carne y hueso. Poder tocar, sentir. La imaginación nunca fue mi fuerte. Mis peripecias y andanzas acabarían cuando pudiese escribir mi relato. Y hablar con él. Al fin, la trama empezaba a tomar forma. Cuando entro al supermercado otra vez la literatura entrometiéndose en mi vida. Final sorpresa, cuento clásico. El tipo se murió en el gimnasio. Él que era un súper deportista. Con varios ironman a cuestas. El diablo otra vez metió la cola. Mientras te enterabas, una señora le cuenta a la otra que su esposo debe hacerse una densitometría porque las altas dosis de corticoides que toma le produjeron una osteoporosis importante. Hay peligro de fractura dijo el médico. Y la vista está afectada. Hace más de veinte años que arrastra su enfermedad, pero tiene cuerda para rato. Siempre sucede lo contrario de lo esperado. La ley de Murphy. Un tipo le da detalles al verdulero de la muerte del deportista, sin recordar que a éste hace un par de años, se le murió un hijo ahogado en el río. Realismo puro. Del otro también, por suerte. Una embarazada eligiendo frutillas, su último antojo. Una parejita de novios comprando chocolates. Una familia haciendo las compras del mes.La música funcinal deja escuchar una canción de Shakira. El cajero preocupado porque el fútbol no empieza. En la puerta, un perro fiel esperando a su amo. Literatura y vida. Había encontrado lo que necesitaba.

  A las cinco en punto llego al bar. Vestida como para matar. Llega Gustavo apurado, como siempre. Viene con su socio. Elemento sorpresa, indeseado.

-¡Epa!- me dice, ¿dónde es la fiesta?

 Demasiado evidente, la sutileza tampoco era lo mío.-Es que en un rato tengo que ir a un desfile paquete- invento. -Me invitó una tía, compromisos.

-No te veía en lugares así- me dice.

-Hay muchas cosas que no sabés de mí-remato y después suplico para que me trague la tierra. ¿Por qué dije semejante pelotudez? Debe haber surtido algo de efecto porque se me quedó mirando fijo, como si me estuviese viendo por primera vez. Se hizo un silencio incómodo. Ni lerda ni perezosa puse mi mejor cara de inocente y con voz suave y pausada le dije.-Mirá Gustavo, ya sé que esto que te pido es un lío, pero bueno tratá de convencerme de lo contrario. Ahora se me hace tarde, pero te espero en casa a las ocho y media. Comemos algo y nos ponemos de acuerdo. Y sin darle lugar a nada más me levanté y con mi más estudiada pose de diva me fui, asegurándome de que vea cómo el pantalón me marcaba el culo.

   Llegué a casa y en lugar de ponerme a arreglarla y preparar una cena romántica me senté  a escribir. No podía parar. Las palabras brotaban espontáneamente, se empujaban por salir todas al mismo tiempo. Mi relato estaba terminado. Cuando miro la hora casi me desmayo. Las ocho y cuarto y Gustavo era un tipo puntual. No tenía demasiadas opciones, llamé a un delivery y pedí comida. Después me metí bajo la ducha. Parada frente al placard no terminaba de decidir qué ponerme. Me acordé del tipo que se murió en el gimnasio. Y de una frase que repetía Tato Bores: ¡vermouth con papas fritas y good show! No tenía que pensar demasiado.

  Tocan el timbre. -Pasá, está abierto-le digo. Cuando entra se queda petrificado en el medio del living. Lo recibo en ropa interior de encaje blanca. Aguantándome el frío. Me acerco y le ofrezco un vaso de vino. Mi final sería romántico.

                                                                                                         CELINA

Diario de viaje

Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Agosto, 2009, 16:25 por sandra

Leo el título "Rojo Profundo" punto, y del punto me nace una línea.

Sin comas dibujo una perspectiva abierta al agua en el Golfo de Finlandia: una ciudad premeditada y abstracta. El Neva helado, la horda de manifestantes aunque no es 1917. Un temerario en zunga negra zigzagueando entre los bloques de hielo mientras Sergei canjea la ópera por el circo en el puente Kirovsky. Una vieja gorda con pañuelo campesino de uvas rojo pardo en la cabeza. Medias rojo rubí con ligas, bombacha de encaje y corpiño push up en la habitación doble twin del hotel gremialista. Los esteros y los ríos de Chabuca en audición interior. El Hermitage blanco y dorado afuera con su caricaturista en rojo fresa. Dos manzanas, algunas cerezas y unas cuantas guindas en la naturaleza muerta de la pared rojo escarlata. Un caballito rojo coral: parado sobre su lomo el arlequín con paloma al hombro y ramillete en mano. Un unicornio rojo y no azul, alado, que cabalga una estela de sol naranja. El rojo morado que muere en Tres rosas amarillas y  un hombre con gorro de astracán bebiendo al mismo tiempo un borgoña en copa de cristal esmerilado. Dibujo la escena última de Los soñadores del mayo parisino. Las manos sobre la tumba de Shostakovich y la obsesiva rítmica de Scriabin rojo púrpura en el teclado. Sobre la nube rojo carmín, el violonista panza abajo tocando la marcha nupcial a la novia detrás del velo. Dibujo una mancha rojo sangre de parto alto mientras canto ya no puedes volver atrás, la vida te empuja como un aullido interminable...tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos. El mapa de Korea partida en dos, Vietnam creciendo y un émulo del cubano en Venezuela: la boina roja le queda grande.

Un cluster de imágenes monocromáticas que evocan a la ciudad que nos ata.

Amarras lineales sin levantar el trazo.

 Esa manía de espíritu escenográfico, de ver siempre lo que hay...

el mundo no sería el mismo sin Cortázar...

Publicado en Nuestra Letra. el 18 de Agosto, 2009, 1:35 por M_C_Rivarola

                                                                                      Granadero Baigorria 15/08/09

Sr. Marcelo Scalona:

De mi mayor consideración.

                                

                                  Le escribo esta pequeña esquela a modo de agradecimiento formal por su invitación a participar del programa televisivo rosarino: PLAN A. Aclarándole además, que me gustó mucho la sensación del camerino, las luces y que la maquilladora me tapara los baches.

                                  El primer inconveniente surgió en ese preciso lugar, cuando apareció la Grafitopsicóloga. Ella me miraba raro, como diciendo:  -Y vos, de qué vas a hablar? Eso mismo me preguntaba, pero para no achicarme le contesté la mirada intentando copiar su estilo y me aseguré de que no me pispiara la letra, por las dudas.

                                A esa altura me debatía entre hablar o callar. Imagínese que compromiso, cuál de las opciones sería mejor para no hacerlo quedar mal, a usted que me invitó de tan buena fe.

                                Finalmente, gracias a la influencia negativa de mi madre, (póngale el pecho mija) me decidí a parafrasear, Onomatopeyics Presentics A… Y zafé, creo, al menos salí como del quirófano. Vivita y coleando. Osoooooooo!

                                Después vino la tragedia, y para que le voy a contar. ¡La convulsión del barrio! Las piedritas rojas de la calle quedaron tapadas de papel picado, pitos, bombos y matracas. Tengo la mano hinchada de tanto firmar revistas del cable, para colmo intento asegurarme de poner la firma a la derecha, no se a cosa de que piensen que ando tirada de personalidad.

                               No doy mas, señor Marcelo, le aseguro que la fama no es lo mío. Salgo emponchada y con lentes negros, pese al veranito de San Juan. Transpiro, no sabe cómo transpiro. Mi rengocartero ya hizo sede en la vereda de casa.

                               En fin, de todas maneras agradezco, porque soy educada, pero aprovecho para pedirle, encarecidamente, a modo de súplica:

                                -La próxima vez, prefiero que me invite al cumpleaños del reloj.

                      Sin mas, saludo atentamente

                                                                María Ce Rivarola

P. D. No soporto el encierro, recuerde que soy claustrofóbica. Espero que esto, como camalote en el río, pase.

...te debía una posteada profe, no?

Publicado en Nuestra Letra. el 16 de Agosto, 2009, 19:26 por Gonza!

Porque de seguro encontraría un jabón violeta.

Se lo dijo al salir, una mañana tersa recuerda la infancia y caminó en zig-zag- su mente toda hundida en ese andar de otros tiempos, se vinieron de uno profesores hablando de filosofía, dilatando, torciendo el discurso, y qué pasa con lo que nunca pasa  y cosas que ya no, o nunca, o de a ratos entendió, porque la perfumería esa incomodidad de calles interrumpidas por otras calles, haciendo del tiempo algo menos abstracto que el tiempo, un reloj midiendo cuadras, narrando entonces: el rechazo del relativismo de los sofistas, se venía entonces en malón, de una a veces las palabras, y Sócrates buscando en lo mínimo esa parte aérea que es el saber todo, y…

 un jabón violeta se debe de poder conseguir, no es tan difícil che, que tengan en la perfumería un jabón violeta                                                                        y siga yo pensando, induciendo, mirando fijo el reloj de pulsera, en el grillo el mamut, en la caída de lluvia: el girar de los planetas, Socrates atacando con un dedo al sofista, mirando el universo como un rojo sólo rojo, en la nada el todo, en el todo la esperanza sucia de encontrar lo que se busca, la inducción seguida del rechazo:

Sucede en la genialidad un salto inmenso al liderazgo, a la obra, mejor el caminar despacio, y la frente quimera pero desde el trabajo, y en la perfumería me miraría fijo la que atiende, ¿un jabón violeta? Son todos iguales querido… quizás mejor volver, otro día, algún alba distinto a este interrumpido por calles incomodidad de cuadras sin diagonales, y qué con lo que no pasa, pero más bien una forma de decir no al absoluto, sí al sofista, no a Socrates atacando sin piedad y al orgullo herido, el jabón violeta más que eso, una idea del recorrer cuadras sin inducciones,  caminar por la sola calma de caminar despacio, alcanzar la obra, olvidar el genio-

Y yo sabría (¿por qué no?) decir: "lo quiero violeta", que se pudra el cielo en lo recto, en la idea de que sólo una idea, mi profesor, la filosofía y Protágoras recitado en verso, se pudra el sofista que habla pero no entiendo, el verde es igual querido y la duda, ese dolor de muelas en el pecho, método inductivo, deductivo, no la inmutan, si llueve porque llueve, si hay cuandos en la zona del cómo, del por qué, si será idiota, si será inútil,

si alguna gota en esta nube,

valdrá

(al menos)

la pena.-

Un Nuevo Cadáver Exquisito...RICHI

Publicado en Nuestra Letra. el 13 de Agosto, 2009, 1:47 por MScalona

http://licor8hermanos.blogspot.com

entrando en este blog podrán acceder al 1º capítulo (escrito por MAY BARTA) de la novela colectiva de los chicos de TERCER AÑO (Miércoles), además de la historia, pueden leer allí apuntes, guías, conceptos y opiniones teóricas y prácticas sobre el género mayor de la narrativa.

Se reciben con gusto toda clase de comentarios, sugerencias, críticas, etc...

3 Miradas sobre aquella plaza

Publicado en Nuestra Letra. el 6 de Agosto, 2009, 18:00 por M_Castaños

Paloma de la plaza

           

         

Texto fotográfico

Lo que quedan son los despojos de una plaza que ahora se ve irreconocible. Quedan la pirámide de 20 metros, las palmeras, las calles internas y el entorno de edificios históricos, entre ellos, la catedral de las palomas, con sus doce columnas corintias y su capitel. La casa de gobierno, la gran pared de edificios modernos y pretenciosamente europeos, el banco estatal y el esqueleto colonial de los viejos revolucionarios se levanta y la abraza en silencio. Ya no hay bruma, se despejó antes del mediodía, pero ahora las columnas de humo oscurecen el aire. Se escuchan gritos y sirenas, se respira confusión. A un costado de la plaza, un inmenso cráter corta el paso de los Ford, los Chevrolet y los Mercedes negros que buscan la salida. Junto al estribo de uno de ellos hay dos cadáveres. Más allá, una mujer trata de incorporarse con la pierna que le queda. Tiene la pollera ensangrentada y la ropa de otoño desgarrada. Cerca de allí todavía arde el trolebús lleno de cuerpos carbonizados. Los que quedan para mirar la escena tiemblan arrinconados contra las puertas de los grandes edificios, los únicos que muestran sus perfiles entre el hollín y el humo espeso.  El estruendo pasó, los motores que espantaron a las palomas ya no se escuchan, pero han dejado un reguero de sangre.

              

                

texto cinematográfico

La escuadra de North American AT -6 y Beechcraft AT -11 apareció desde el río y se lanzó sobre el espacio abierto que hasta el momento vivía a su ritmo cotidiano. La plaza había amanecido cubierta de una bruma que apenas dejaba ver la pirámide y las torres de la catedral, pero se había despejado. Fueron muy pocos los que pudieron prever el desenlace, después de todo, se suponía que habría una demostración aérea y la irrupción de los aviones podría verse como un espectáculo. El ruido espantó primero a las palomas, que se enseguida buscaron el capitel de la iglesia y después el cielo abierto, en una huida desesperada. La primera bomba cayó sobre un trolebús y lo envolvió en fuego. Después vino otra, y otra, y las balas de la metralla fueron repiqueteando sobre las baldosas de la plaza hasta encontrar los cuerpos. Los autos alcanzados se detuvieron por los impactos del metal, los que seguían buscaron sortear los montículos de cemento. No hubo escapatoria. Enseguida llegaron los rescatistas que empezaron a levantar bultos moribundos y se sumaron a quienes se habían animado a poner a resguardo a los que pedían ayuda.  

                    

Texto autobiográfico

              

Llegaron volando. Sí, ellos vuelan, pero no son como nosotras. No caminan crédulas entre la gente, no mueven las cabezas hacia atrás y adelante acompañando sus pasos, no buscan con los picos el alimento que los hombres van dejando en el suelo, ni se amontonan allí donde la quietud redobla la confianza. Ellos vuelan ordenados y simétricos, hacen un ruido infernal y excretan fuego. No sé todavía cómo conseguí sobrevivir, escuché el ruido metálico de los motores, distinto al de los que pasan al ras del suelo. Había en ese ruido un grito premonitorio que me hizo remontar vuelo, después vino el estruendo y no quise mirar atrás. Ni los techos de la iglesia me parecieron seguros, solamente quiero dejar ese lugar, desaparecer, ganar el cielo y encontrar un lugar seguro. Mis antepasados hablaban de la plaza violenta. Vieron gente atada, con los ojos vendados, silenciadas por el fuego. Vieron corridas y hombres caídos. Hace algún tiempo, yo misma lo presencié desde lo alto de la Catedral, cuando algo estalló entre la muchedumbre. Hasta el momento la había visto como la plaza de la alegría, de los cantos multiplicados. Pero todo se fue enrareciendo. Ayer, una multitud distinta a la que acostumbraba a ver marchó silenciosa, y en ese mutismo sentí que el aire se rodeaba de peligro. Iban de negro, con cruces alzadas, los gestos adustos, el paso quedado. No era la multitud vocinglera; era, más bien, una gran extensión de lo que a diario veíamos bajo los techos a dos aguas de la iglesia. Miraban hacia el cielo, quizás  llamando a ellos, los pájaros metálicos, tronadores y mortíferos, de los que ahora trato de escapar. 

        

            

        

            

        

            

Marcelo Castaños

Antes de (o para) dormir.

Publicado en Nuestra Letra. el 5 de Agosto, 2009, 1:49 por MScalona



Grageas  

Round Midnight

                                             

                

             A los tipos que mueren por las playas de topless, no les hicieron bien el destete.

                                                                     ***                 

                                          

               Viendo tantas narices iguales, siento pena que a menudo los reposteros tengan más imaginación que los cirujanos.

                                                               ***   

                                                     

                De algunas alcobas, como de tantas películas, conviene irse antes de que enciendan las luces.

                                                 

                                                               ***

                 Supongo que con cuatro avionetas alcanzaría. Todas las mañanas, desde los cuatro vientos, fumigar la ciudad con Diazepán. Todo, incluso la residencia de Olivos, después que sale el helicóptero de la señora..

                                                        

                                                              ***

                   A menudo he visto en el bar El Cairo a un señor idéntico a Hermes Binner. Es un parecido solamente. Él se pone incómodo porque yo lo miro y lo miro, y después no hago más que bostezar.

                                                        

                                                               ***

                   Cuando la  vedette se quitó el corpiño, en lugar de pezones tenía un sticker instructivo: modo de uso, contraindicaciones y un danger titilante que decía, apriete despacio, explosivo.                   

                                                                  ***

                     A veces me gustaría ser una perrita "Jazmín" y enfermarme un poquito, así conseguiría que me atendiera unos de esos veterinarios tan guapos que salen en la tele.

                                                            

                                                                   ***

                    Otro estiramiento, y las fosas nasales de la vedette van a quedar tan arriba que en lugar de pañuelo va a necesitar un deshollinador. 

                                                                    ***

                    Dios no existe, Po-Po-Po, sí.

                                                         

                                                                     ***

           Dios no existe, pero hay un poema de San Juan de la Cruz que siempre me hace dudar:  "Pastores los que fuerdes/ allá por las majadas al otero/  si por ventura vierdes / a aquél que yo más quiero/ decidle que adolezco, peno y muero".

                                                                      ***

                        Yo me enamoro fácilmente. Lo difícil es el olvido.

                                                                       ***

                       Mi ley de gravedad es: pasar por tu casa, escuchar a Bill Evans, leer Raúl Gustavo Aguirre, escribir el poema y pasar por tu casa.

                                                                         ***

                       La pasión es lo único que alivia el ridículo de tantas cosas que hacemos cuando estamos enamorados.

                                                                          ***

 

                         Me dijo que sí... me dijo que no... que sí, que no, quesiqueno, quesiqueno... Me llamó, no me llamó, sí, no. También, tampoco, por supuesto, jamás... Si, pero... ¿Qué, que sí...? ¿Qué, que nó...? Cuando uno mujer dice no quiere decir sí. Puede ser, ¿pero cuánto tiempo, cuántas veces?

         

                                                                             ***

               El amor es un temporal. Sucede. Pasa. Escampa.

                                                                

                                                                               ***          

       -- Mi amor, podría esperarte mil años, pero justo ahí viene el "120".

                                                                            ***

  -- Bolsa de agua caliente...

  -- ¿Por qué?

  -- Te usan para calentar a otro.     

                                         

                                                                              ***

- ¿Cuántos besos caben en tu cuerpo?  ¿Cuántos besos para vestirte con mi saliva? Decía siempre ella.  Respuesta infinita o imposible. Juguemos... ¿querés?

                                                                            ***

                       El amor será siempre un privilegio, una rareza, un milagro. Lo más común son las parejas, consorcios, compañeros, porno-atletas y el matrimonio.

                                                                

                                                                           ***

Entonces me pareció que Patricia había sucumbido a mi mirada.  Por mí no había problemas, muchas veces salí con mujeres que me llevaban una cabeza de estatura.  La despedida fue el momento del lance decisivo: - Bueno... ¿te paso a buscar a la salida?

- No, hoy no... otro día, más adelante.

- ¿Cuándo...?

- Cuando crezcas veinte centímetros.

                                                                             ***

                       Hay que tratar de irse, siempre,  antes que el misterio.

                       

                                                

                                                                           ***

                       Cuando el misterio se ha ido, queda el crimen.

                                                          

                                                                             ***

                 Nunca dejan de sorprenderme la algarabía, gorjeos y danzas de mis pájaros al escuchar "El Concierto de París" de Bill Evans. Es una lástima que no le suceda a todos los animales, de otro modo, tantos ganadores del Grammy disminuirían su impudicia.

                                                                 ***

          

             Hubo una época en que la literatura y la política estaban en manos de los salvajes. Hoy no hay excepciones, todo ha quedado en manos de los técnicos y los inversionistas.

                      

                                                              ***

                          En campaña, los políticos suelen alquilar unos niños a los que colman de besos para los afiches, fotos y caravanas. Como todas las garantías compradas, vencen en el mismo momento que se seca la saliva.

                                                                 ***

                        Sin embargo, hay todavía de los que escriben con saldos de relámpagos y la sangre de la herida por donde entró la letra.  Una especie de introducidos que escriben sobre ausentes. ¿Se puede decir la palabra desaparecidos...? Son unos tipos antropológicos caducos, de cursiva infantil, letra grande, redonda y saliva largavida. Tienen el don de la rosa blindada y aún porfían cambiar el mundo.

                                                                   ***

                      ¡Farinello, Farinello, no alcanza con ser bueno! Los tiburones no dan bola al Evangelio. ¡Ponga huevo, ponga huevo! grita la hinchada,  pero la castidad lo impide. Ni que hablar del amor al prójimo.  Padrecito, tantas veces nos mataron, que ya no nos quedan mejillas.

                                                                 ***

                      Siempre me ha intimidado la seguridad de la policía: un masculino- un femenino-un óbito y dos occisos. Negativo-positivo. El positivo y la toalla húmeda, una verdad absoluta.

              

                                                                  ***

                 Los jueces se enteran de lo que la policía quiere. El problema policial está en el guión. El cuento que le cuentan a los jueces suele tener una subtrama débil, algún personaje que al final no cierra, y normalmente,  sobran los cadáveres y no aparecen los botines.

                                                             

                                                                     ***

                       En un país casi disuelto (mano propia, ojo por ojo, mafias, ajustes de cuentas) no puede extrañar que las investigaciones estén en manos de los padres de las víctimas: Madres y Abuelas, familia Morales, familia Cabezas, Bordón, Zulema, Melmann, y  etcéteras. En un sistema formal de leyes, los jueces son inspectores de pesas y medidas, guardianes de la plaza, radares para velocidad de los coches.  Se limitan a controlar que los verdugos no salpiquen demasiado al público.                                                      

                                                                     ***

          

                                            

                 Un lector mínimo sabe que Onetti salió de Faulkner,  Faulkner de Shakespeare, y Shakespeare, de Dios.                               

                                                    

                                                                       ***

               Dios,

               si me dieras una palabra,

               diría Dios.

               Si me dieras dos palabras,

               diría Raquel.

               Y si me dieras a Raquel,

                tendría todas las palabras.

Marcelo  Scalona

Artículos anteriores en Nuestra Letra.

  
Autores
Lorena Aguado, Carlos Bagnato, Tomás Boasso, Ma.Paula Cerdán, Gabriela Gervasoni, Carlos Descarga, Pablo Javkin, Analía Lardone, Verónica Laurino, Lilian E. Marín, Marcelo Scalona, Daniel Valdez, Roberto Vince, Omar Maya, Juan J. López Puccio, Pilar Almagro Paz, María Laura Isaia, Laura Corti, Adolfo Villatte, Luciano Galimberti, Nicolás Doffo, Mirta Pujol, Celeste Galiano, Ramiro García, Fabián Trovatto, María L. Martínez, Pablo Castro, Alicia Catania, Silvia Tombolini, Iberia Oñate, María S. Barta, Fernando Sauro, Gabriel Bortnik, Gonzalo Ruzafa, Mabel Savarino, Mariano Aliau, Sandra Fabi, Martha Corsalini, Alejandro Caponi, Carolina Musa, Mirta Guelman, Francisco Kuba, Claudio Berón, Susana Paganini, Celina Russo, Patricia Barchesi, Carlos Santini, Patricio Magnano, Silvia Ríos, Rubén D. Musante, Ariadna Machain, Fernando Artana, Felicitas Maini, Gerardo Bussi, Romina B. Zampa, Ayelén Coduri, Bruno Preatoni, María C. Rivarola, Norma Pérez, Mayra Rodríguez, Flavio Luciani, Florencia Oviedo, Germán Gómez, Ricardo Parma, Damián Fornaso.-