"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




relatos


FLORENCIA MANASSERI

Publicado en relatos el 15 de Diciembre, 2013, 19:00 por MScalona

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QUIERO NO CUMPLIR AÑOS

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Quiero no cumplir años porque cada vez que aumenta de uno en uno la cifra, en lugar de crecer, me disminuyo. No considero que me encoja de tamaño o que cinco vidas se me pasen en tantos baños, sino que se desproporciona la sensación.

Poco a poco me olvido de prestarle atención a la música de fondo que radico debe tener el pasar de los días, o de invitar a amigos a tomar café con mandarinas por la madrugada.

Me preocupan los números en lugar del horario que dicta el cielo; celeste, rosa o anaranjado. No tengo en cuenta la noche porque se presta para creer que es otra ciudad, ya que no da lugar a sonoras carcajadas sobre las baldosas a excepción de que sea el alcohol del fin de semana.

Tengo una indomesticable casa que insiste en adiestrarme a sus horarios, mientras yo deseo que ella se adecue a ninguno. Los libros, la luz… tendrían que encontrarse súbitamente al alcance de mi mano y apagarse cuando mi mente en simultáneo se atenúe con su brillo, encaprichados con las cuentas y el reloj.

Me pregunto por qué las plantas no son autómatas como la del rubiecito de la estrella, sino que hay que saber cuándo regarlas y cuándo ponerlas al sol para evitar la melancolía. Esa, la misma que aparece cada vez que me preocupo por cuánto se puede llegar a ensuciar mi ropa en lugar de la satisfacción que son la tierra y el viento sobre el cuerpo, las manos y el pelo.

Recibo negativas ante mi deseo de una heladera llena de osos de gomita y un par fetas de queso porque me apasiona ver cómo se doblan y agrietan sobre las galletitas de agua, pero nunca llega la respuesta de cuándo es tiempo de regarme o ponerme yo al sol.

Necesito la disposición de una tarde de té con limón, para buscar los sinrazones que se escapan de asustados por el ruido de este espacio que en cuanto crece, más se parece a Nueva York.

Quiero «tener ganas», conversar con las migas que se pegan a las yemas de los dedos desafiando cualquier gravedad, y con la curvatura de mis cejas ante los puntitos multicolores delante de mi vista; hasta con las pestañas, las huellas que voy dejando sobre tu piel, el mantel, el reflejo sobre los anillos y por qué no sobre la ventana que se pincela.

Quiero una torta enorme con cerezas, y a veces quiero duraznos, pero más quiero no cumplir años para no perder de vista el veredicto que suena incasable a mi lado: «Hay que ser coherente con uno mismo. Escuchar tu voz. Aunque las otras sean más y suenen más fuerte.»

Entre niñez, adultez y realidad, por suerte, tengo tres deseos.
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                                      FLOR  MANASSERI

NATALIA LANGE

Publicado en relatos el 8 de Octubre, 2013, 12:21 por MScalona

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5 (cinco) relatos

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Nunca llegué a comprender a la envidia. Cuando era pequeña mis amigas envidiaban mis vestidos hechos por una tía política que vivía en Córdoba que me los enviaba por encomienda. Ellas vestían zapatilla Topper y yo flecha, sus ropas eran traídas de Brasil o Punta del Este o Europa, ellas tomaban Nesquik y yo el chocolate barato que el súper del barrio ponía en oferta. La envidia trae aparejado un sinfín de dolor ocasionado por el envidioso que en realidad, a estas alturas comprendí, es la persona más perjudicada, pero mientras tanto molesta. Aún me sigue pasando, tal vez me notan vulnerable pero en realidad gracias a todas esas personas (y puedo asegurar que son muchas) me hice fuerte, respondo a cualquier agresión que considero no merecer, cuidando las formas ya que como dice el dicho lo cortés no quita lo valiente. De esta manera logré erradicar de mi vida la mayoría de  gente envidiosa, aunque debo reconocer que el imán innato que tengo las sigue atrayendo.

Los cuerpos se hallaron íntimamente ligados no solo por el deseo que ardía bajo sus pieles, sino que a él le atrajo esa mirada serena, tranquilizadora que a su vida le faltaba y ella se sintió misteriosamente seducida tal vez por el par de copas de aquel vino tardío que bebió durante el postre. No les interesaba realmente qué los unió, han creído que el perfume de sus cuerpos, tan sutil, logró esa fascinación mutua que se tienen el uno al otro.

Ella camina descalza, en un ritual que se repite en cada encuentro, él la observa mientras ella desliza su cuerpo bajo las sábanas y experimentan, ajenos al exterior del cuarto un idilio exagerado, fugaz, precario tan usado y rutinario.

 Luego desde la cama ya fría él la mira cambiarse y alejarse, nuevamente descalza con los zapatos de taco alto en la mano quedándose con dudas porque ella no deja que vea su rostro al marcharse.

Desde la ventanilla del avión observé el Mar Caribe casi rozando mis pies, el color azul turquesa de sus aguas aquietaba mi acelerado pecho. Respire hondo y me sumergí en su calma, mi alma cristalina comenzó a navegar. Y me encontré en la inmensidad latente de litros de agua cálida rodeando mi piel, me sentí pequeña, insignificante en tanta inmensidad. Creí ahogarme en los remolinos de los recuerdos, comencé a bracear para que las fuertes olas aparecidas no sé de dónde, no llevaran esos ojos que me habían vuelto a traer.

Vanidad macabra del tiempo, las ruedas llegaron al suelo, abrí los ojos, la gente tomaba su equipaje, tomé mi bolso y caminé por la manga hacia la seguridad de la tierra mientras veía las huracanadas olas estrellarse contra ella entretanto mi mente aún recostada boca arriba en el mar, recibió las gotas que el sol derramaba por el desencuentro.

En el cementerio no hay almas, me dijo un día mi abuela. Solo cuerpos pudriéndose, abandonados por la luz que un día los irguió. Esa noche no dormí, imagine a los abuelos de mis amigas encerrados en cajones baratos o caros, qué carajo importa, recordé a mi amiga enferma no como hasta ese momento lo hacía sino verde moho y deshidratada, fue  allí cuando decidí que al morir  deseaba que me cremen.

Lo más loco de todo es que al otro día después de almorzar expresé mi deseo abiertamente, a mi mamá se le cayeron los platos, mi papá me retó severamente, mientras la causante de todo calmaba a su hija con abrazos fuertes, también regañándome. Fui a mi cuarto, me encerré herméticamente en él y cuando los tres golpearon la puerta no les contesté.

-Abrí la puerta, decinos de dónde sacaste eso, apenas tenés 12 años.- decía entristecida mi mamá.

Solo deslice un papel por debajo de la puerta en que les decía: Déjenme experimentar este encierro, tal vez cambie de opinión.

El accidente se ocasionó por la imprudencia de dos ciclista que no respetaron el semáforo, la moto cruzó con luz verde y aquellos dos salieron de la oscuridad. Según los testigos todo pasó muy rápido, los tres cuerpos volaron como marionetas por el aire cayendo en cada uno de los lugares en que los vemos.

Los semáforos se pusieron inmediatamente en intermitente aunque debemos reconocer que se han acercado a nosotros otras personas (también futuros testigos) afirmando rotundamente que de repente los semáforos dejaron de funcionar, será todo materia de investigación para los peritos actuantes.

Cosa del destino, imprudencia o tal vez ambos, la verdad es que se lamentan tres muertes más en accidentes de tránsito que se podrían haber evitado.

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                                                                                        NATALIA LANGE

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ADRIÁN ABONIZIO

Publicado en relatos el 7 de Septiembre, 2013, 20:37 por MScalona

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Disolución de las cosas

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Lo que yo buscaba en las esquinas era disolverme. Así, con palabras de entendimiento y sabiduría advertí que me hablaban al oído cuando apenas cruzaba  la franja de los doce pero, claro, no podía con ellas. Estaban en el aire pero no en los libros. En ellos, sé, un poco, pero de un modo incomprensible. Uno busca no ser nadie. Tiene que haber un grupo y algo de silencio espacial, como una atemporalidad milenaria de demiurgo en pantalones cortos  con pelota al pie, cansado, sudado de fatigar y único emblema de lo que constituye el grupo guerrero que hoy ha dejado de repicar con el fútbol y se dedica a observar mundo.  Uno ansia pertenecer a una corte, a un club, una manada de protección donde probarse. Chapas de autos. Las terminadas en par son para los débiles. Las impares para los machos: son agudas como pijas; las otras, redondas como conchas. Así es nuestro mundo. Apostamos a que si dobla una dama, cualquiera se asu estado, forma o color, será para el que le toque en la ronda; por eso festejamos cuando una senil figura cargando sus bolsos pasa ante nosotros y ante el elegido. Y las olas de triunfo cuando es una chica hermosa y el pibe se vanagloria, manso en alto como derrotando al asilamiento, campeonando de alegría. Pasa un auto fúnebre: no hay chapa que valga, le hacemos los cuernos. Pasa un Mustang tan rojo y tan veloz que no podemos tomar la patente: a las dos cuadras lo vemos estrellarse contra un perro y seguir entre barquinazos al coche negro. Es la ley de la selva y la guerra: muchos mueren en el camino y redoblamos las apuestas sobre cuántos habrán de encaminarse bajo las ruedas de los corredores que se deslizan por 9 de julio como por un pista japonesa de motos.

Lo que se busca es disolverse. Sobreviene entonces con calma de lirones, con los ojitos chicos de alcanzar un horizonte intuido lejos, tras los edificios del Aciso, más atrás que los trolebuses chuecos cuando silban con su cornamenta por Mendoza hacia el centro. Losa carros no cuentan y mas matos tampoco. Sólo los autos y sus aceros amarillos donde alcanzamos a otear la terminación y darle categoría mágica. Sentimos pasos. Son tres señoras y le corresponden a Cadierno: tres varicosas que pasan mugiendo.

Luego, la Anita, hermana del jefe, el Claudio, pero nadie dice nada: ella tiene dos pechos grandes como pelotas de basket, unas piernas largas, pestañas postizas y olor a humedad de mujer y colorante, además de un culito perturbador. A nadie se le ocurre combinación o algarabía alguna: El Claudio es hijo de gitanos y sus puños duele. Hacemos como si nada, como si ninguna mujer hubiese pasado. Ella nos ignora y se cruza tras un Isard, donde está esperándola un machito de campera rocker que fuma ostentosamente. Cosa de grandes. Nosotros  somos chicos y buscamos disolvernos en una nada magnética; no pensar, ser nadies, invisibilizarnos en un atardecer emergente donde ascenderemos al cielo de valkirias, emborrachándonos con la hidromeil juntos a minas en pelotas que nos darán al fin todo lo que nos merecemos, y que nos fue negado en esta tierra. Por ahora apostamos. Putos los pares, machos los impares. Y así. De la farmacia emerge una luminosidad de santuario y de la peluquería un olor a brillantina y afeites que logra conmovernos. Pronto seremos grandes y estaremos dentro de la vida, en nuestra pertenencia de hombres soldados de una nación que nos precisa para que formemos un hogar, hagamos hijos y dejemos de perder el tiempo en las esquinas. La chica feúcha del kiosco nos espía y sé cuanto daría por estar con cualquiera de nosotros. La veo moverse, está por salir. Un ramalazo olímpico y feroz me sacude: pido cambiar el turno o lo adultero.

-Me toca- digo y a nadie le importa, abstraídos en la atmósfera lúdica y en el contemplar las primeras luces que nos idiotizan como a liebres. Entonces cruza ella. Todos se ríen, como si un elástico se le hubiera soltado de pronto. Le retengo de un brazo. Tiene pelitos negros y uñas pintadas. Me acerco, le doy  un beso en la mejilla y luego regreso a mi puesto  en el umbral, me quedo mirando lo que antes miraba como si ese gesto fuera habitual en mí, el poner las cosas en su lugar, desordenando los gustos. Toledo me espía, ninguno hace comentarios.  

-No sabíamos que era tu novia- dice con miedo, con superstición ante la demencia.

-Es la chica más preciosa de esta planeta, algo supremo

-exagero.

Y es mi mejor y primer triunfo en aquello que aún no sé cómo se llama. Con el tiempo lo llamaré La Disolución de las Cosas.

-las personas nacieron para ser destruidas y que nazca el horrible se que es la mariposa- me oigo decir. No sé lo que quise expresar pero supe que había entrado en otro lado como si alguien me hubiese dado un empujón.

-Este sí que está lonyi- sugiere Canniggia con el dedo en la sien. Y se van, se van todos para ser tragados por el atardecer violeta que está amaneciendo por detrás del hospital. Un aro enorme de luces opacas los espera para llevarlos. Yo me quedo aquí a merced de una quietud de la que espero mucho y no sé nada todavía.

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Del libro  "CUANDO LLUEVE", colección Ciudad y Orilla, que presentaremos con el autor, el viernes 13 de setioembre a las 19 hs en el auditorio de librería HOMO SAPIENS, Sarmiento 825 de Rosario

GABI GERVASONI en Página / 12

Publicado en relatos el 4 de Septiembre, 2013, 13:04 por MScalona

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CONTRATAPA

No caer del sol

 Por Gabi Gervasoni

Llegamos juntos. Yo hice coincidir cada paso con una exhalación. Me movía con el aire que entraba y salía. Nuestra casa siempre está silenciosa, con una paz que a veces se parece a la tristeza. Puse la mesa mientras él se sacó los zapatos y abrió las ventanas. Dejé mi teléfono sobre el individual anaranjado, lejos de mi plato, lejos de mi mano. Encendí la radio tratando de que la presión en la garganta y el estómago desaparecieran. Con música es mejor. Como cada vez que escucho una canción de Ceratti en la radio le pregunté: ¿habrá muerto? No creo, me contestó él no muy seguro de lo que decía. Adentro tuyo, caigo del sol, repetía una voz sin memoria. Estamos los dos juntos esperando en silencio que nos digan que sí. Lo miro mientras come. Que sí, que sí, tienen que decir que sí. Empuja la comida hacia el tenedor con un pedacito de pan y me doy cuenta que hoy eso no me enoja, al contrario, me da cierta ternura y sonrío. Me sirve agua y en sus ojos veo un reflejo que me asusta. Es miedo de los dos, trenzado como el nudo que tengo en la garganta. Del departamento de abajo sube la voz de Camilo que jura y perjura que hoy no va a comer. Tampoco me molestan esos gritos; también me inspiran ternura. La radio, la comida y la pausa cara a cara son dilaciones, excusas para evitar que nos digan que no. Un silenciador. Presiento que no salió bien, que esta vez tampoco va a ser, que el llamado que esperamos se atrasa por pudor o por lástima. El teléfono empieza a sonar. La esperanza y la frustración nacieron siamesas y necesitan matarse mutuamente para sobrevivir. Son un único monstruo que de a ratos esconde una cabeza. Aunque él insiste no puedo comer la ensalada de frutas, las siamesas siguen jugando conmigo y me hacen llorar. Afuera son las 15.20, hace 22 grados y acá adentro el teléfono sigue sonando sobre la mesa. Suena lejos de mi plato, lejos de mi mano. Mientras, él come la ensalada de frutas y yo, con el dedo, levanto miguitas de pan.

gabigervasoni@hotmail.com

CARLA CATERINA

Publicado en relatos el 5 de Julio, 2013, 17:29 por MScalona

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Vaivenes

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Hoy a la tarde entré en  un bar. Me gusta  esto de sentarse en un bar, si es posible al lado de la ventana  y  mirar la gente a través del vidrio, su apuro o su lentitud, sus caras opacas, alegres,  tristes, frías;  y detrás de esos rostros historias distintas, dónde los protagonistas siempre son los mismos; familia, amigos, conocidos, enemigos, compañeros, ex parejas, ex amigos, siempre los mismos en distintos vaivenes.  No sé porque empiezo diciéndote  esto,  quizá quería hablar de algo, algo para achicar la distancia, esa cantidad enorme de kilómetros y océano  que nos separan.  Me parece que el papel es mejor  que lo virtual.  Una , la carta, la podes tocar, oler, leer, romper, guardar, o usar de servilleta o pañuelo, hacer avioncitos, o florcitas como las que hacíamos  con papel de cigarrillo cuando recién empezábamos a morder el placer del vicio. Ahora  dejé de fumar, tanto te hacen la cabeza con que el pucho hace mal, pero la verdad es un garrón, no sabes cómo extraño tomar porrón y fumar LM.

Bueno, una de las cosas  importantes  que quería contarte, murió Catástrofe. Ya sé que te  estoy tirando la noticia como una bomba, no encontré otra forma. Estaba re viejo;  las orejas se  le arrastraban por el piso, además estaba  un poco ciega y  medio sorda, y  por dónde buscaras habías pelos  que  ella iba perdiendo.  Yo me ocupaba de prepararle  Nestúm con leche y aparte la vitamina,  y se lo iba  dando de a poco con una jeringa. Una mañana me levanté y se había quedado dormidita en su cucha. Para qué te voy a contar cómo se puso la vieja, no la podíamos consolar, todo el día moqueando la pena, _ y bueno vieja compramos una nueva que sea cachorra, yo insistía, pero nada; la vieja seguía muy afligida.  Debe haber estado con esa congoja durante un mes. Se pasaba las noches  corrigiendo trabajos  y lagrimeando y tomando café, hasta que pasó algo totalmente inesperado;  Mauro dejó  embarazada a la novia  y yo fui la primera en enterarme. Una noche yo  me había quedado a dormir  en casa  y este apareció _Soledad, Soledad, tengo que contarte algo, eran las tres de la mañana te imaginas mí cara, _ahora Mau? es necesario a esta hora, no puede ser mañana? _no Sole, ahora, ahora vas a ser tía me dijo; me estás jodiendo, no usaste forro  pelotudo?, _ no es que amo a Julieta, me decía; te imaginas a quien puede amar Mau que con veinte años  trae una novia  distinta todas las semanas.  Bueno la cuestión es que la vieja que no paraba de llorar, largó el pañuelo y se puso a tejer escarpines. A Mauro le conseguí un trabajo en la fotocopiadora de la facu, pareciera estar un poco más serio, aunque  yo no me confiaría demasiado. Yo voy a casa los martes a la noche, comemos algo  y a veces me quedo a dormir, aunque no veo la hora de volverme a mi casa, extraño mi silencio. Sabés que Pancho me dejó?;  o mejor dicho nos dejamos. Una amiga mía dice que yo dejo la noticia más picante para el postre. En realidad   no quiero hablar mucho de lo que pasó,  pero te voy a contar: el tema fue más o menos así,   una noche vino al departamento un compañero de la facultad para hacer un trabajo. Yo lo invité con toda tranquilidad porque  Roly era  gay, no había posibilidades que Pancho se pusiera celosos y además era un tipo macanudo amante de la música igual que Pancho.   La cuestión fue que los tres nos hicimos amigos. Empezamos a salir,  íbamos a comer, después a bailar y a fumar porro, a veces Roly se quedaba en casa varios días, estudiábamos; la verdad  nos divertíamos mucho. Al tiempo empecé a darme  cuenta que Pancho no me tocaba ni la punta de los dedos,  pero después me fui acostumbrando. Un  sábado  fuimos a un cumpleaños de un amigo de Roly  y lo conocí  Sergio, que era amigo del  dueño de casa  pero no era gay. El flaco estaba muy bien, buena onda además, nos pusimos a charlar y  esa noche se enganchó con nosotros. Los cuatro nos fuimos a un boliche. Después empezó a venir  al departamento, Pancho iba al supermercado, compraba de todo, el flaco se quedaba a comer; no sabes lo bien que cocina!,;  una noche tuve  insomnio,  no sabía cómo decirle a Pancho que me estaba enganchando con Sergio.  Pancho siempre fue un tipazo de esos que te bancan en todo,  a veces siento que  más lo quería por bueno que por fogoso.  Pero no fue un problema, no para nada, porque casi sin darnos cuenta  Pancho empezó a dormir  con Roly y Sergio y yo nos mudamos  a la habitación de atrás. Cosas de la vida.

Lo que me tiene un poco preocupada es que  todavía no me pude recibir, rendí tres veces mal la última materia y por si fuera poco, me olvidaba de contarte otro detalle, digo porque en este departamento dónde vivimos todos, vos también sos dueño.  El día que fui a rendir  me olvidé el lavarropas encendido y los chicos estaban trabajando. Lo que pasó fue que el caño de desagüe se salió de la conexión, algo no estaba bien, y el departamento se inundó, no todo,  pero vamos a  que arreglar el entarugado de los dormitorios que se levantó en varias  partes.  Bueno Tavo, espero que vengas pronto a visitarnos, no sabes cómo te extraño, además va a nacer tu sobrino y quiero que conozcas a Sergio, y por ahí si venís me ayudas un poco con la facu y me puedo recibir; cómo antes te acordas? Aparte en febrero cumplimos años, estaría bueno compartir la fiesta. Si podes escribime una carta de papel  y contame  un poco cómo es el mundo del otro lado del charco.

Te abraza tu hermana  melli, Sole.

NATALIA MASSEI en Página /12

Publicado en relatos el 25 de Junio, 2013, 17:54 por MScalona

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http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-39440-2013-06-25.HTML

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modelo de literatura transparente, minimalista, yoica, el realismo social se roza con la epifanía…

EXCELENTE !  Marce

LAURA BERIZZO

Publicado en relatos el 14 de Junio, 2013, 15:44 por MScalona

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Los puntos de la carne

 

 

Tengo la mala costumbre de prestar atención a las conversaciones de las personas cercanas cuando ceno sola. En la parrillita del barrio, sentada junto a la ventana abierta porque no funcionaba el aire, generalmente no funciona; escucho una voz femenina que viene de una mesa en la vereda ¡seco!.

En la conchocracia el asado se come seco.

Frente a ella, descubro a Pablo con claras pretensiones amorosas, que se dirige al mozo con resignación, encogiendo los hombros y cediendo su masculino “a punto” ante la implacable mirada de la conchócrata de turno.

Ella no puede hacer otra cosa que renegar de la sangre.

Comen en silencio, se miran a veces entre copa y copa, se levantan, se despiden en la esquina sin un beso, él le para un taxi, ella sube. Ya no se miran.

Pienso que irremediablemente, no habrá nada que hacer. La imagino insatisfecha pensando ¡Qué pase el que sigue!

Termino mi entrecot, medium well. Mi vecino, el guapo del 5to, duerme en mi edificio, solo, otra vez.

 

 

 

Limitaciones

 

Mi infancia estuvo plagada de un fuerte temor de mis padres a que me ahogara en el río. Cada mediodía, a partir de setiembre cuando empezaba el calorcito, los almuerzos se poblaban de historias de muertes trágicas en el Carcarañá. Con mis hermanos, tuvimos que tomar cientos de cursos de natación con cuanto profesor novedoso llegara al pueblo. Nadé vestida a las 8 am todos los sábados de verano durante años sintiendo un frío mortal e innecesario porque jamás me gustó meterme al río. Abandoné la pesca de mojarritas con mi abuela los domingos a la tarde y por consecuencia, esas exquisitas frituras con vino y soda que comíamos a la tardecita.

A los 15 años, ya había desarrollado un temor completo a la oscuridad, a los seres sobrenaturales que habitaban detrás de la cortina del baño, a los perros callejeros y domésticos, a las palomas de la plaza, a las gallinas del patio de mi tía Teresa, a las imágines satelitales del espacio de un atlas y a las alturas.

A los 18, ya no tenía conexión real ni con el cielo ni con la tierra.

A los 32, luego de 17 años de deambulación por divanes de todos colores y texturas, logré casarme con poco éxito.

Actualmente, detesto el Google Maps, presa de una ansiedad inexplicable y un gusto metálico en la boca, no puedo abrir ningún archivo.

 

 

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                                                                           LAURA  B.

 

 

VALERIA GIANFELICI

Publicado en relatos el 11 de Junio, 2013, 17:40 por MScalona

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1)

 

De pronto sintió que un frío corrió desde la punta de los dedos hasta el pecho, el corazón empezó a saltar en vez de latir y ya no pudo volver a dormirse.

Desde que lo ascendieron en el trabajo andaba con el sueño liviano, más preocupado por cómo iba a desempeñar sus nuevas responsabilidades que por recordar si había cerrado bien la puerta de su casa. Por eso a la madrugada se despertó de un sobresalto cuando escuchó un tic irregular. Ni bien su cuerpo y sus sentidos se normalizaron: tic tic. Otra vez el frío, esta vez en el estómago. Algo anormal estaba pasando y tenía que averiguar qué era. Cerró los ojos y contuvo la respiración un instante más: tictic tic. Entonces se levantó con cautela, se calzó las pantuflas y sosteniendo el velador con una mano recorrió el departamento. Al prender la luz tic, las vio tic, las gotitas caían tic, acompasadas. Apretó un poco más la canilla y se fue a dormir.



2)

 

En el living no vuela ni una mosca, él está sentado en un sillón con las piernas cruzadas y en las manos sostiene un libro. No me ve, pero yo estoy en el piso con las piernas como un chinito los codos apoyados en las rodillas la cabeza en las manos y lo miro. Qué estará pensando, la tapa del libro dice Caballo de Troya y me pregunto de qué se tratará.

Me concentro en sus ojos que van y vienen y me imagino por qué lugar de la página va, en cuánto tiempo pasará a la siguiente. No se entera de nada, no se da cuenta de que mamá está preparando la comida, de que mi hermana le pide ayuda con la tarea, de que yo estoy ahí, porque él está leyendo Caballo de Troya.

Pá, estoy aburrida. Entonces suspira profundamente, me mira (por fin), y me contesta: esperá que termine este capítulo y me acompañás al consultorio.



3)

 

Mi jefe no es malo, pero es un pesado, un eléctrico, un ansioso, a veces un poco infantil, a veces bastante rompe pelotas. Es uno de los mejores jefes que he tenido, porque me dice gracias y no me da órdenes sino que me pide ayuda o favores, pero habla mucho.

Yo sé que soy un poco intolerante y que nadie nace sabiendo, pero tendría que haber una escuela de jefes. Un lugar donde les enseñen a controlar el estrés, a no hablar por teléfono a los gritos, a entender que las cosas salen mejor si se les dedica más tiempo y a ser pacíficos, simpáticos, exigentes pero también estimulantes.

Yo no digo que se limite a hablarme lo mínimo e indispensable, pero me ayudaría mucho si cada mañana, cuando abro la puerta de la oficina, me diera tiempo a subir la escalera, sacarme el abrigo, prender la computadora y prepararme el mate antes de decrime: ¡hola buen día necesito que me ayudes con algo que es muy importante y de eso depende que consigamos un cliente nuevo para el estudio que económicamente nos puede dar un respiro importantísimo!



 

4)

 

Hoy es el día. Todavía falta para la hora del evento pero ya se escuchan bocinas, motores rugientes y gritos de aliento: vamo la cadé. Ehhhh. Contesta otro y brruuum bruuuum.

Parece que si hoy gana Central se termina una era de lucha y sufrimiento.

A mí el fútbol ni fú ni fá, pero yo los vi a los hombres de mi familia el día que Central se fue al descenso, no lo podía creer. Las cabezas gachas, los ojos vidriosos, el silencio... Ay ese silencio. Repito, yo ni fú ni fá, pero me solidarizo, y ahora me pone contenta que esté pasando esto, celebro los brrum brrum de la calle, las bocinas, los gritos de aliento. Y aunque hoy no es el cumpleaños de nadie, ni el día de la madre, ni del padre, ni del niño, mi familia se va a volver a juntar y ojalá que hoy sí ascienda Central.



5)

 

Para atarse los cordones hace falta experiencia. Primero hay que mirar, prestar atención, porque atar los cordones no es una ciencia pero se le asemeja.

Primero hay que estar en posición, es imposible atarse los cordones parado o acostado, es ridículo pensar en hacerlo si estás patas para arriba. Las mejores posiciones son agachado, sentado en una silla o con un pie en el piso y el otro, en un banquito, o el umbral de una puerta.

Paso número uno: se cruzan en equis los extremos del cordón, luego uno pasa por debajo del otro y se tiran hacia afuera para ajustar. Paso número dos: con uno de los extremos a elección se hace un rulo y con el otro se rodea el mismo dejando un espacio para que éste pueda pasar por allí y formar el moño de los cordones. Es importante que los extremos no queden ni muy cortos como para que se desarme ni muy largos como para pisarlos y volver a desatarlos.   

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Vale G

ALEJANDRA MAZZITELLI

Publicado en relatos el 15 de Mayo, 2013, 14:30 por MScalona

Aquel DOMINGO

Siempre se habla de la lengua materna y sí, está bien, las lenguas y las madres se lo merecen; sin lengua materna no hay lengua viva, pero ¿qué hay de la lengua paterna? ¿Y qué sucede cuando ésta  no habla el mismo idioma que aquella? La lengua entonces, ¿es una o varias?

Recuerdo de un modo pleno e intenso  la lengua de mi abuelo paterno,  su decir en italiano, sus canciones, sus anécdotas y sus sabias palabras. Lengua que si bien no sé hablar sí supe escuchar. Es más, si no hubiese sido hablada por esa melodiosa  e italiana lengua sería sorda al poder de las palabras o al menos, eso sí, no hubiese nunca practicado el psicoanálisis.

¿Cuáles fueron aquellas palabras dichas de modo imborrable por mi  abuelo, que me dijo en su lengua materna y escuché yo en mi lengua paterna, mientras juntos estábamos sentados en la vereda las  soleadas tardes de Julio de 1967,  en tanto que  los vecinos como la vida pasaban sin cesar? Esto dijo, o al menos esto es lo que yo escuché: "Que las palabras tienen el poder de dar vida pero también de quitarla". Así de simple, así de claro, así de directo.

 Cuál habrá sido mi sorprendida mirada, que prosiguió diciendo que ciertas palabras dichas de ciertas maneras hieren o matan más que cientos de golpes, miles de metrallas y millones de cañones y les aseguro que quien eso me decía sabía muy bien de que hablaba, era el saber de un anciano de 80 y tantos años veterano de la primera guerra mundial,  guerra atroz que pasó a la historia por ser la última guerra de trincheras y simultáneamente, y paradójicamente, la primera guerra de destrucción masiva de la humanidad.

Mi abuelo me contaba muchas historias suyas y familiares donde quedaba muy claro para mi que las palabras dan cuerpo a la vida, que sirven para  narrar, amar,  cantar,  poetizar en definitiva para significar.  Pero lo mejor, lo más maravilloso que me transmitió mi abuelo fue que las palabras no solo significan sino hacen algo más grande aún, por su tono, por su acento, por su ritmo, por su tiempo las palabras libidinizan el cuerpo, "…con la leche templada y en cada canción…" 

Entonces así de ese modo sencillo y cotidiano mi nono ya sabía en 1914 lo que  Freud recién públicó en 1920 y Lacan en 1960. Domingo pudo significarme el mundo de modo tal  que su  lenguaje ético supo habilitarme al deseo de existir  limitando así los intersticios por donde la muerte siempre se encuentra al acecho.

                                                                                              Ale Mazzitelli.

DÍA DE REYES

Javier no creía que a los bebes los pudiese traer –aquel bicho asqueroso llamado- la  Cigüeña, tampoco creía  en Papá Noel  ¿Cómo podía creer que semejante panza pudiera caber por la chimenea? Es que puesto a decir toda la verdad, tampoco creía en las chimeneas,  ni él ni ningún amigo suyo, habían jamás visto una y eso que pateaban el barrio. Pero  en Villa Adelina, definitivamente  no había chimeneas y tampoco llegaba hasta allí, si es que existía, el tan televisivo Papá Noel. 

Pero a Javier la cuestión  se le ponía más difícil cuando pensaba respecto de  la existencia de los Reyes Magos, ahí si que,  su joven cabecita no se resolvía aún a descifrar tremendo enigma del deseo. 

Es que allí, la historia y sus ganas de tener la ansiada bicicleta que solo los Reyes podían traer,  le tendían una trampa,  porque no dejaba de pensar Javier: -reyes  siempre hubieron en la historia, de eso nos cuenta en sus clases la señorita Mónica e incluso,  recuerda ahora como su embobada  madre  no paraba en estos días de hablar de la  reina Argentina!

Acaso no vio él mismo por la tele  que en un distante país,  llamado Holanda coronaban a su nuevo y joven Rey Guillermo y a Máxima su mujer que, ¿siendo, o habiendo sido? Argentina, era  proclamada Reina Consorte  De Holanda. Lo de consorte no lo entendía bien  pero sí lo de reina, una reina era –con suerte o no- una reina. Guillermo de Holanda es Rey y es Mago: convierte a una argentina en holandesa y a una plebeya en reina.  Entonces los reyes existen y los magos también. 

 Solo quedaba por despejar ahora  una incógnita: ¿tendría ese rey hermanos?, sabido es que los reyes magos son tres para que al menos uno pueda llegar hasta el desconocido barrio de Villa Adelina, que queda allí muy cerquita del  Fondo de la Legua.

Porque su padre no era  rey sino  verdulero y su madre solo hacia magia todos los fines de mes Javier siempre  supo y siguió sabiendo que Dios y todo su séquito de lacayos cósmicos podían irse al  mismísimo Infierno, pero no los Reyes Magos.

Creer en ellos era vital para el muchacho, tan vital como su deseo de montarse en la soñada bici que pronto, muy pronto, él, ella  o ellos  le iban a traer…

                                                                                                          Ale Mazzitelli.

SERGIO GOLDBERG

Publicado en relatos el 1 de Abril, 2013, 14:28 por MScalona

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Nieto mío, es más fácil hablar con vos por escrito. No tengo el Feisbuk y todas esas cosas modernas. Trato de usar la memoria, pero me gusta que quede en el papel, a la vieja costumbre. Te cuento algo que a lo mejor te sirve en la vida, aunque mi cortedad de palabras no me ayude. Año 1966. Para variar, gobernaban los milicos, Presidente era ese de bigote de morsa. Fueron grandes las inundaciones…uhhh….no sabés, cuánta agua por todos lados….con decirte que llegó hasta la Casa de Gobierno y la Ciudad quedó bajo agua. Había  epidemias de lo que se te ocurra. Ante un Gobierno indiferente, la gente se preocupó y ocupó (si no, quién?). Nos convocaron a los Estudiantes Secundarios. Una asociación de ayuda de esas que ahora le dicen ONG se dedicó al asunto. Las Parroquias también. Teníamos sólo trece años y asumíamos responsabilidades que eran ninguneadas (así se dice, no?) por quienes debían estar a cargo de ese despelote. Una charlita de media hora y nos largaron en lanchones a meternos por los más perdidos brazos del Paraná, en busca de Isleños acorralados, subidos a los techos de paja con sus bártulos, perros y muy poco más. La correntada bravísima, color marrón contrastaba con el verde intenso de los camalotes que nos acompañaban, enmarañados en una jangada vegetal cual empobrecidos Arcas de Noé, con la innombrable, yacarés y otros animales salvajes arriba, emigrando hacia la nada. Y fuimos a vacunar nomás, contra todo los bichos que por ahí andaban. Nos dieron los materiales, vaya uno a saber de qué, chamigo. Entre mates, galletas, frio y humedad, metimos pichicata a troche y moche. A todo lo que se movía, zass, enseguidita le sacudíamos una!!. Cuando no, las gotitas de Don Sabin. Diez años después….medio olvidado de todo aquello, frecuentaba el fulbito en el club del barrio, en potrero o canchita mejorada. Un día primaveral, de aquellos donde el Jacarandá reluce, estaba en el tablón-tribuna, junto a otros compinches. Un jovencito, sentado al lado del pasto, que al principio miraba con intereses y deseo el partido, comenzó a observarme insistentemente. Sentí un frio escozor porque no entendía la razón de esa profunda mirada de ojos oscuros, inteligentes, que con brillo especial, mezcla de resignación y dignidad propia de los Quoms, me interpelaban. Al rato se levantó, ahí advertí que con dificultad, tomó sus muletas y chirriando sus casi inexistentes piernas, se acercó. Con voz pausada, mezclando queja y juramento me dijo …ani guata…*. Una angustia silenciosa me oprimió el alma causándome un impacto irreparable. Adivinaste, Pacifico, desde ahí arrastro la zanca izquierda. Pensar que los Médicos no se explican el porqué de mi culposa renguera! Abuelo

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*No caminar

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                                                                                      SERGIO G.

IRIS PAULINI

Publicado en relatos el 31 de Marzo, 2013, 12:22 por MScalona

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Abrí la puerta, un poquito más, vení , sentate, mirá, esa soy yo hace dos años, ¿viste que chiquita y húmeda es la casa de mi tía?, me estiro porque me duele la espalda de la mochila. Eso que suena es Lady Gaga y el que canta por fonética es Gilberto.... ¿Viste que se re entiende cuando hablan?; ¿no me digas que el ¨mamma¨  tano no tiene otra connotación?. No te asustes cuando ahora Fátima le grite: Ma Gilberto… ¿che cosa fai?; es un recurso de madre porque no quiere comer esos malditos fideos todos los días; sí, después va a ser peor en la parte de la inyección cotidiana.

 A mí también me parece que ella no aguanta más, son muchas cosas, la expatriación, el vivir del estado, las clínicas, los tratamientos, el sufrimiento...

Mamma mamma mamma, y ella traduce como naturalizando la circunstancia: ¡todos los días con una idea nueva este chico!, hoy dice que quiere jugar al futbol cuando sea grande; ¿y que querés que le diga, le puedo decir a mi hijo que no?; ¿que él es el uno de esos 50.000 al que le diagnosticaron Aciduria Metilmalónica y, que tiene que agradecer que se salvo de la muerte cuando entró aquella vez en coma, y solo sus caderas resultaron severamente dañadas?; Noo, yo no le puedo decir algo que no se, quién sabe el día de mañana, si acaso la ciencia....


Viste, esa noche no pude dormir,¿ será porque dormimos los tres en la misma y única cama?, ¿ será porque la angustia me renqueaba el alma?. ¿Qué paso después?, al otro día seguí mi viaje por Europa, sintiéndome miserable escapando en euros del desamor… pensar que todavía me faltaba que me cuenten un final antes de leerlo, en ese otro escape, de ese otro alguien, que volvió a escribir su nombre en lo más recóndito de mis arterias…¿Que si estaba más flaca?... Claro, tenia 26.

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I R I S

LUISINA BOURBAND

Publicado en relatos el 29 de Marzo, 2013, 17:49 por MScalona

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Rengo de día

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         Ahí se vienen, sí. Vengan nomás, Poli no los va a dejar pasar. A vos canayón que te hacés el Aldo Pedro para darle el gusto a tu viejo. Y al otro lateral que se hizo canaya para odiarlo más al viejo de Ñuls. Y a vos petiso que jugás de cinco, sos más chiquito que yo y más patadura. Si, que yo. Yo, el rengo de día, el enanito del barrio. Ahora sí, vengan nomás, que acá está en el arco el retacón, el chichón de piso. Pero lo que no saben es que no tengo dos piernas atrofiadas, mal crecidas, mal caminadas y dos brazos truncos. Tengo dos columnas de porlan, como las casas macizas que hace mi viejo, como la cara que hace mi vieja para mostrar que no sufre, que todo va a mejorar, que la cosa esta fiera ahora y después ya no, cuando me mira postrado en la cama, cuando mi hermano no llega a la mañana y mi hermana anda quien sabe dónde con algún "tipo", como les dice mi viejo. Tengo dos columnas de Titán, como los que me mostró la seño Marta en la escuela. Eso es  lo que no saben, es que soy cuadrúpedo de patas, tengo dos patas-brazos más de madera, soy el Super- Poli, el Super-Poli-O, el dueño del arco.  Estos pelotudos se piensan que me ventajean. El Tino que es más flaco que la mierda y se cansa enseguida, hasta la remera se tiene que sacar el arisco, porque no se banca ni que lo toque la tela. Un arisco y un entecado es. El Taco que se para a mirarse los pelos que le crecieron, no lo puede creer el boludo. Y el Picho que de allá atrás se agarra la cabeza, debe pensar pobre Poli, lo van a golear, no sean así con el rengo. Rengo de día y te cojo de noche, Picho. Vengan murga pedorra, vengan con la tortuga de bracitos cortos, acá los espero, acá con mis cuatro piernas… y ahí se vienen, no pasarán, no pasarán…

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                                                                                                       Luisina Bourband

ROSARIO SPINA

Publicado en relatos el 29 de Marzo, 2013, 17:34 por MScalona

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EL  JUEGO

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Estoy tratando de hablar de la mujer que fui. Cuando siento esa opresión de nuevo o cuando llega esa  hora peligrosa de la tarde: sé que debo cuidarme. La casa se vuelve una interrogación urgente. Los muebles sacuden su rigidez y todo –todo- habla de un tiempo que ya no existe.

 

Es entonces cuando lo tomo a Marcos del brazo y corremos afuera. Ahora lo entiende. O tal vez no pregunta tanto. Al principio me interrogaba con la mirada. Me alivia verlo ajeno a todo. Tirado en el césped. Despreocupado. Vivo.

 

Yo quiero ser dueña de mi memoria pero a veces el dolor se sobrepone, me retacea. Por eso la cámara y las miles de fotos que desperdigo por la casa: Marcos junto a tres amigos, con el uniforme del colegio, transpirados como si volvieran de ver a su equipo de fútbol. Marcos con sus abuelos paternos, un sábado con mate en el patio de casa y ese mantel rayado que un día manchamos con vino y nunca más usé. Marcos conmigo y con su papá, visitando a unos amigos en Rufino. Y la última, la más cruda, la primera de cuando comenzamos a ser dos: Marcos con sus muletas –restos visibles del accidente- viendo jugar a sus amigos en el potrero del barrio. Me parece verlos: agitados, felices –ajenos a esta puta vida que acecha- discutiendo detalles del partido como si en eso se les fuera la vida. Me parece escucharlos alentarse entre ellos, desafiar a los del otro equipo, pedir full referí aunque no hubiera habido referí y a los gritos.

 

Los veo claramente. Siguiendo el juego. Porque el juego sigue.

 

 

Rosario Spina

JEREMÍAS PUCHETA

Publicado en relatos el 29 de Marzo, 2013, 12:48 por MScalona

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A mí no me gustaba jugar al fútbol y a mi primo sí, pero yo podía y mi primo, no. A veces, jugando al ahorcado, usaba su enfermedad para lucirme y ganar. Cuando preguntaban de dónde había sacado esa palabra, yo contaba que mi papá era médico y todos asentían como boludos y yo ponía cara de lucirme y de haber ganado. Tato se acordaba del nombre de mi primo, pero del mío no. Ellos vivieron juntos y yo con papá. Corría con el labrador y ellos me miraban desde la cocina. Después me iba al baño azul y hacía fuerzas para llorar. Tato preparaba el matecocido y a mi me tocaba la mesa. Mi  primo hacía el pan con manteca, porque era fácil y podía estar sentado. A mi tío le importaba la plata, a papá no. Papá solo hablaba sobre la verdad y el silencio. O la verdad del silencio. De mamá no hablaba nunca. Viéndolos en el Ford se notaba que eran hermanos. Cuando yo me sentaba adelante también se notaba la sangre. Cuando mi tío y mi primo se bajaban en su casa, yo sabía que no los iba a ver hasta el próximo martes, en lo de Tato. Mi tía abría la puerta y saludaba con la mano. Es el único recuerdo que tengo de ella. A veces, cuando la vida me obliga a correr, me acuerdo de mi primo en el borde de la cancha. Y si tropiezo es como si me mordiese la lengua y la boca se me llenara de agua con sal. No sé caer sin sentir gusto a tierra, ni levantarme sin pensar en muletas. A los nueve años me encerraba a rezar, y a los catorce a pensar en mujeres. Papá dijo que la ruta estaba jodida y le podía pasar a cualquiera. Yo pensaba que si no lo mataba el camión, se moría a los dos años. Pensé en el sufrimiento que se ahorraron mis tíos y que quizás era mejor. Papá tardó un año en comprarse otro auto y nunca me lo prestó. Ahora que estoy solo me siento otra vez como un pobre pibe; y si la vida me sonríe demasiado o un perro me sigue por la calle, siento una picazón en la planta de los pies y una ciega necesidad impostergable de correr hasta la casa de Tato o encontrar un baño azul.

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                                                                                     JEREMÍAS  PUCHETA

LAURA BERIZZO

Publicado en relatos el 29 de Marzo, 2013, 12:44 por MScalona

Hay que poner a todos

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¡Gorrrrdo, corré! O sacate la camiseta -gritó el técnico como un puñal en la espalda.

Corrí. Corrí. Corrrrí. Silencio. Oscuridad. Fractura expuesta de peroné. Halo negro. Alopecía. Haloperidol. A lo mejor. A lo lejos… con el tiempo…

Nos mudamos al centro 3 años más tarde. Al barrio no llegaba el transporte de la mutual. Antes de irme fui a la canchita. Otros chicos, había. Desmantelada y sin tribunas se la fueron comiendo los yuyos. Ya no estaba mi banco.

Mi vieja me sacó una foto, desde el auto, al grito de “Vamos Martín”

 

Puñal que no te mata… te ayuda a doblar la esquina. Eso lo supe después.

 

La foto cuelga de un chiringo en la playa y los chicos me preguntan, ¿por qué enseñás surf si a vos te gusta el fútbol? Sonrío con el torso desnudo y mi cicatriz atrás.

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                                                                      Laura Berizzo

MAXI RENDO

Publicado en relatos el 20 de Marzo, 2013, 1:12 por MScalona

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—Juan iba al taller. Nunca leía nada porque nunca escribía nada.

 

—Pero hay que ser justo. Los demás lo escuchábamos.

 

—¿Qué escuchaban?

 

—Lo que contaba. Para él la poesía estaba en otra parte. Él contaba anécdotas,

experiencias. ¿Se entiende?

 

—Sí, claro. Creo…

 

—Es verdad. Todos los escuchábamos. Muchas veces algunos después escribíamos lo que

nos contaba.

 

—Lo que él no escribía.

 

—Aunque al momento de presentarse él se decía poeta.

 

—Es verdad y lo era. Para mí lo era. ¿Qué querés que te diga?

 

—Está bien son opiniones.

 

—La poesía no tiene nada que ver con la poesía, con esa cosa chiquita, solemne y

apretada decía, me acuerdo.

 

—¿Cómo fue la primera vez que apareció? ¿Se acuerdan?

 

—Sí, claro. Estábamos hablando de la diferencia de los géneros.

 

—Sí, me acuerdo. Dijo algo como que una novela es un universo que se expande, en

cambio él creía que la poesía se trata del universo antes de estallar. Un pequeño punto

que intenta concentrarlo todo.

 

—Después dijo que él solamente quería un jardín.

 

—¿Un jardín?

 

—Sí, yo le dije que estaba bien aunque no entendía qué quería decir. Que la poesía

construye jardines o alguna estupidez así le dije.

 

—Y Pablo dijo que la mejor poesía se encarga de destruirlos, me acuerdo.

 

—¿Y él que dijo?

 

—Que estaba bien, que todo era verdad pero que él quería un jardín, un lugar verde en el

mundo donde sentarse con algunas plantitas alrededor.

 

—Y si se podía un árbol.

 

—Maidana lo paró de seco. ¿Vos entendés que acá hablamos de literatura? Le preguntó algo enojado, o desconcertado quizás.

 

—¿Y qué dijo?

 

—Que sí que claro que lo entendía. Que él leía mucha literatura, sobre todo poesía,

mientras cocino por ejemplo lo hago, dijo.

 

—Me acuerdo, yo escribí ese poema después. Contó que tenía un libro en la mano,

debería acordarme cuál pero la verdad es que no me acuerdo. Quizás haya sido Palabras

de Prévert o las Elegía de Diuno de Rilke… sí, creo que era este último. La cuestión es que

lo estaba leyendo mientras intentaba cocinarse algo. Con una mano sostenía el libro, con

el dedo índice intentaba no perder la página por la que iba. Con la otra quería abrir una

bolsa de lentejas.

 

—¿Y qué tiene que ver esto con la poesía?

 

—Lo mismo le preguntó Maidana. La poesía es un acto dijo Juan.

 

—Eso lo dijo Marinetti.

 

—Y Juan lo repitió.

 

—La cuestión está en que se le hizo mierda la bolsa, se le cayeron todas las lentejas al

piso. Dejó el libro sobre la mesa y barrió las lentejas al patio.

 

—El rincón más desatendido de su casa sin contarlo a él mismo, nos confesó.

 

—Se fue a dormir sin comer. Contó que le costó dormirse porque hacía un tiempo la

canilla del patio perdía una gota que se iba haciendo, según él, cada vez más ruidosa.

 

—¿Y después? ¿Qué pasó después?

 

—Nada, por unos días no pasó nada o no nos lo contó o lo que pasó realmente no

importa. No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que se dio cuenta que las lentejas

desparramadas por el patio habían germinado con ayuda de la canilla que goteaba.

 

—Estaba contento el hijo de puta, tenía su jardín. Un montón de lentejas mugrientas con

tallos de hasta cinco centímetros según él.

 

—Todos nos quedamos callado esperando que diga algo más.

 

—¿Y dijo algo más?

 

—Sí, dijo: eso es la poesía.

 

—Después pidió permiso para ir al baño, se levantó y se fue.

 

—Volvió al rato. No dijo más nada.

GABRIELA GERVASONI

Publicado en relatos el 16 de Enero, 2013, 14:52 por MScalona

ADJUNTOS

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La foto le había impedido concentrarse. Mostraba desde los labios hasta la mitad del pecho izquierdo. La boca entreabierta dejaba ver el final de la lengua. Después aparecía el cuello delgado y demasiado largo para ese torso que él imaginaba breve. El pecho redondeado y el pezón morado denunciaban la humedad de todo el cuerpo. Pensó que la foto podría haber sido mientras el tipo esperaba detrás de ella, tirado en la cama o a lo mejor sobre el piso; la foto seguro la sacó ella, con la mano derecha. Las estrellitas de colores tatuadas en la clavícula izquierda le recordaron a Amelia y pensó que tal vez fuera otra mujer la que esperara detrás o al lado de ese cuerpo seguramente hermoso. ¿Qué significada? No me acuerdo, Amelia me dijo que se lo tatuó a los 21, cuando estuvo por primera vez con una chica, pero no sé, no me acuerdo. Significaba algo, él estaba seguro. Salió a pagar el teléfono todavía pensando en la imagen, ahora impresa en papel blanco y latiendo en el bolsillo derecho de su pantalón. Metió la mano y controló que estaba todo. Si me olvido las llaves tengo que tocar timbre para que Esteban me abra y le jode bastante. No pudo almorzar, compró un sandwich que apenas mordisqueó y volvió a su oficina. El banco estaba silencioso, en su sector todos habían salido y tuvo tiempo para volver a mirar la foto en su monitor. La boca, el cuello, las estrellitas y el pecho redondeado. Comprobando si hay correo, recibiendo mensaje, no hay mensajes nuevos. Volvieron Esteban y las dos chicas nuevas que estaban haciendo la pasantía. Ariana es muy petisa y Ludmila... Hola Fer. Hola. Hola. Hola. Ninguna de las dos está buena, pero se excitó completándolas con la otra boca, el otro cuello, las estrellitas y el pezón morado. Qué pendejas que son, pensó. Sellaba las veinte solicitudes de crédito que habían recibido ese día mientras le sostenía la mirada a Ludmila, sentada justo enfrente de él, a tres metros más o menos. Después bajó la cabeza, tocó la foto en su bolsillo y sintió la erección. Ludmila lo seguía mirando. Estoy seguro, me está mirando, se dijo. Aflojó la corbata y tomó un poco de agua. ¿Cómo era lo de las estrellitas?, ¿qué significaba? ¿Cómo puede ser que no me acuerde de nada?. Manda un mail casi automáticamente, HOLA AMOR, TODO BIEN? ACA BIEN TE VEO A LA NOCHE BSO Las cinco de la tarde. Por fin. Esperó que sus tres compañeros salieran, volvió a mirar un segundo la foto en el monitor y la guardó en su pen drive. Tipeó “solicitudes04-04.jpg”. Ana llegó a las siete. Él la desnudó en la cocina, buscando con la lengua las estrellitas de colores.

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Gabi Gervasoni

GUILLERMO RÍOS

Publicado en relatos el 28 de Diciembre, 2012, 12:49 por MScalona

SAL DE MI RELOJ

 

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El tiempo que tarda en caer una pluma desde el cuarto piso es el tiempo en el que el calendario se me arruga entre las manos. Un año más, un año menos. Ahora es el turno del balance, para conformar la puta necesidad de aletargarse ante el milenio, el cosmos o las articulaciones de la rodilla. Así, cada fin de año, indefectiblemente, me encuentra en el mismo lugar, abrazado a esta enorme escupidera y con la expresión de una paloma que ha sido golpeada por el ventilador.

Ni siquiera escribir puedo, porque cuando escribo pienso, y cuando pienso soy yo mismo, y a nada bueno he llegado con mi nombre. Pero insisto, entonces me lamento por haber dejado que hagan con mi tiempo lo que mi tiempo les permitiera hacer conmigo, me lamento por no haber sido una nota musical (yo habría sido un soberbio Re bemol), me lamento por haberte herido con aquello que no hice. Y cuando el lamento se me escurre entre las mejillas sarpullidas, dejo que el hígado me emborrache y entonces maldigo la calle que me espera todos los días, maldigo que entre “sincerarse” y “suicidarse” haya tan pocas letras de diferencia, maldigo las promesas y maldigo mis orejas con forma de provincia cuyana. Al final solo queda esperar a que el disparo de nieve me dé de lleno en la base de la nuca y me desorbite los ojos y la perspectiva, pero nunca sucede.

Este año, más que otros, he dejado correr la tinta. He intentado describir mis estornudos existenciales con la esperanza de que en el afán de interpretar el gutural estruendo regurgite un papel blanco que pueda ser colgado de la rama que rasque mi recuerdo. Seguramente no será otra cosa más que la gesta de un nuevo lamento.

¿Por qué continuar entonces? Supongo que se escribe como se abre una puerta, porque tanto en un caso como en otro se sabe que hay algo del otro lado. Porque no se puede vivir arremetiendo una y otra vez contra la nada hasta que la aleta se asome entre la espuma y nos devore en público. Tiene que haber algo allí, donde la carne se hace letra. Porque somos condenados a flotar en un río sin orillas, festejando los años que se van como si los despacháramos a una fábrica de reciclaje, como si no escucháramos el grano de sal que se estrella contra la base del reloj, aceptando la fatalidad de cada momento, y aun así no se nos ha desgarrado el ímpetu, ni se nos ha embargado el intento.

Desconozco porque jamás podrán recordarme el futuro, ni porque jamás me despertaré sin haberme dormido primero. Pero sé que hay algo al otro lado de esta pantalla, que desaparece en el instante en que asomo mi cabeza. Escucho su risa breve cada vez que vuelvo a sentarme. Es por eso que tengo la necesidad de escribir, aunque no sea dado a ello, aunque maldiga y lamente cada línea, aunque me deforme en el intento y las linternas de mi adentro se apaguen a mitad de la página. Tengo que escribir porque una de mis costillas me lo pide, porque cuando escribo nos escucho, nos espío, lo sé porque tiemblo cada vez que lo hago. 

 

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GUILERMO RÍOS

LAURA ROSSI

Publicado en relatos el 19 de Diciembre, 2012, 10:17 por MScalona

La lenta, la joven y la floja (y sus andanzas mínimas)

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Deseos de la joven

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La joven dice que la floja, dice que la lenta. La joven dice que un día se va a ir y va a dejar que a las dos se las almuercen los piojos. La joven dice que quiere ver el mundo, que quiere caminar por otras veredas. Dice que rompería las paredes de la casa para que todos vieran cómo las otras viven a costa de su sacrificio. La joven dice que un día se va a ir y sitehevistonomeacuerdo y que las va a negar como hizo Pedro. Tres veces. Tres veces negó Pedro y al final, es un santo hecho y derecho. La joven dice.

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Miedo de la lenta

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A la lenta le da miedo, pánico que la joven las deje y que la casa se vea invadida por piojos gigantes, munidos de cuchillos y tenedores, dispuestos a alimentarse de sus carnes. La lenta no entiende por qué la joven quiere caminar por otras veredas, si todas las veredas son más o menos las mismas; cree que es un sacrificio aguantar las veleidades de la joven, su impaciencia. A la lenta le da miedo que la joven se vaya al infierno por blasfema, aunque más miedo le da que la lleve con ella.

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Sensaciones de la floja

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A la floja, las quejas de la joven le entran por un oído y le salen por el otro. Al fin y al cabo, las quejas son palabras y a las palabras se las lleva el viento. La joven nunca se va, siempre está ahí mirándola con ojos llenos de rabia. A la floja le causa gracia. Mucha. Y al mismo tiempo, un poco de tristeza. Porque la joven es pura palabra y a las palabras, se las lleva el viento.

MATÍAS MAGLIANO

Publicado en relatos el 5 de Octubre, 2012, 11:34 por MScalona

María

a Fernando F.

Estaba tranquilo hasta que se me presentó un sueño: hacerme de la novia de mi mejor amigo. No tenerla de novia, no (Dios, eso sería terrible), sino simplemente pasar una noche juntos. Al principio dudé, no sabía cuánto de todo esto tenía que ver con las cosas que mi amigo me contaba sobre ella. En este sentido él era el único culpable, jamás le pedí que sacara a la luz ese tipo de intimidades, incluso traté de evitarlo, pero si le hacía bien, mi deber de amistad consistía en prestarle la mayor atención posible. Me contó que hacían cosas que de otro modo jamás hubiera pensado de una mujer que parecía tan delicada. Otro amigo que tenemos en común hubiera dicho que precisamente esa clase de mujeres (no comparto esta manera de mirar las cosas) son las peores. O quizás las mejores. Tardé unos segundos en despertar y eso me preocupó: un buen amigo debería despertar antes de cometer una deslealtad, y no había sido mi caso. Habíamos quedado en un hotel a sus espaldas, hoy es fácil comunicarse con cierta reserva. No puedo darme cuenta exactamente, pero el hotel se parecía demasiado al mejor de Rosario. Creo que eso tiene que ver con la conversación que mantuvimos la otra noche en la casa de Fernando acerca de ciertas parejas que se encontraban allí solamente a pasar la noche juntos. Ella comentó que había averiguado que el servicio al cuarto era realmente bueno, que el hotel cuenta con las mejores comodidades, entre ellas un jacuzzi digno de ser usado, y que en definitiva los días de semana tienen promociones muy accesibles. Se ve que la capacidad del hotel ya no funciona a pleno como lo hacía unos meses atrás, dije. Me llamó la atención (tanto como a ella) los precios que tenían las habitaciones en relación a las comodidades que ofrecía. Incluso el precio del champagne es barato, dijo ella. Al decir esto tuvo una manera por lo menos inusual de mirarme. Al principio esa mirada, que Fernando no llegó a notar, me hizo sentir un tanto incómodo, pero con el correr de la noche comprendí que esa incomodidad formaba parte de la intimidad que crecía entre nosotros. Más avanzada la cena volvió al tema del hotel. Esta vez sentada a mi lado y ya sin mirarme pero con su pierna disimuladamente próxima a la mía. A esta altura nadie podría creerse frente a una simple casualidad: María no era ingenua. Se me ocurrió pensar que ella sabía que yo sé ciertas cosas. Con Fernando nos contamos todo y ella lo sabe. Él más que nada, yo siempre fui un oído atento. Creo que la atención y el silencio son parte de la amistad, y creo también que ciertas fantasías son inmanejables.

María es una mujer hermosa. No de esas que lo hacen a uno voltear en la calle, pero sí de esas con las que uno quisiera desperdiciar el resto de sus noches hablando de cualquier cosa. Por si fuera poco, tiene un cuerpo privilegiado, aunque Fernando, por el tiempo que hace que está con ella, ya no comparte esta opinión. Nos encontramos en la habitación más alta del hotel (ella ni siquiera usa la palabra penhouse). Teníamos vista al río y unos nervios igual de amplios. Yo tenía miedo de que los nervios me jugaran desfavorablemente a la hora de acostarnos y sabía que la amistad que me une a Fernando no podría tolerar muchas noches así. Por otro lado él tampoco se va tan seguido de viaje. María estaba suave, brillaba. Pedimos para comer, pusimos música a un volumen bajo y llenamos por la mitad dos copas de vino. Brindamos, nunca dijimos el motivo, incluso pienso que brindar estuvo de más: no estábamos ahí para festejar nada ni mucho menos para celebrar, simplemente seguíamos nuestros instintos convencidos de que no tendríamos otra vida para hacer las cosas que dejáramos pendiente en ésta. En ese momento soñé que sonaba mi teléfono y pensé que hubiera sido prudente apagarlo. No quise atender, pero no pude dejar de pensar en que posiblemente sería Fernando, tiene la costumbre de llamar a cualquier hora. Que se entienda: yo soñaba con un encuentro con ella, en un hotel así, con esa vista (aunque pudimos encontrarnos en cualquier otro lugar, ella en la cena había hablado de ese hotel y en definitiva por ser parte de mi sueño tenía sus derechos) y Fernando se entrometía con su llamado. Uno no sueña esos contratiempos, son detalles que se nos aparecen para otorgarle mayor realidad a la fantasía. Además, ciertas cosas están ahí para corroborar que uno no es ajeno al mundo exterior, ni siquiera en sueños. El teléfono llamaba y eso me ponía por demás de nervioso. En ese momento dejó de sonar y comenzó a sonar el de ella. No había dudas de que sería Fernando y me desperté con un poco de bronca hacia él. Por mucho que quise no pude traerla de vuelta al sueño, no debería haberme despertado, hay cosas que se hacen en el momento adecuado o no se hacen jamás. La había soñado con un vestido negro (similar al que usó la otra noche) y con un escote justo. No sabía qué tan peligroso para la amistad resultaba soñar una cosa así. Pensé que no existe demasiada diferencia entre soñarla y pasar una noche juntos. En definitiva no hacer realidad mi sueño (con todo lo que ello implica) sería tener cierto grado de hipocresía, y en la amistad siempre es mejor la franqueza y la sinceridad. Además, si bien no estaba dispuesto a forzar ninguna situación, tampoco sería falso en mis amistades. Con cierta sorpresa advertí que mientras dormía había sonado el teléfono. Era ella. No fue la primera vez que me llamó pero esta vez me agarró dormido y un poco molesto con mi amigo por las intromisiones. Quedamos en encontrarnos esa noche. Yo me ocuparía de la habitación, ella dijo que llevaría una sorpresa que guardaba desde hacía tiempo para ese momento (imaginé un montón de cosas que no entrarían en una sola noche). Nos encontramos a las diez y lo primero que hicimos fue apagar los teléfonos.

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Mati

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María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-