"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




RUBÉN LEVA

Publicado en Cuentos el 20 de Mayo, 2014, 20:32 por MScalona

Un héroe doméstico                                             

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Lo conocí bastante tiempo antes de que ocurriera la tragedia. Yo cursaba por entonces mi cuarto año del secundario. Se incorporó a nuestra escuela casi al final del ciclo lectivo, venía de un ignoto pueblito de Córdoba llamado Ordoñez. Su padre era Gerente de Banco y había sido trasladado a la sucursal de San Antonio inesperadamente. Lo recibimos de manera bastante cordial teniendo en cuenta la hostilidad que sentíamos hacia a los extraños, sobre todo si eran forasteros. Nuestro curso contaba con  apenas quince alumnos, catorce de los cuales éramos varones, todos poco afectos al estudio. Algunos, sin embargo, solíamos aventurarnos por un camino anárquico de lecturas siempre un poco sospechosas de vanguardistas cuando no de subversivas. Sumar  uno a la tribu, pensábamos con cierta ingenuidad pero escaso optimismo,  achicaba un poco la posibilidad  de tener que pasar a dar la lección. Pero a Ordoñez, así lo llamamos desde el primer día sustituyendo su impronunciable apellido polaco por el del pueblo de donde provenía, eso no le importaba en absoluto. Él tenía muy clara su vocación, quería ser médico, y, como pronto lo demostró era, al decir de la profe de Matemáticas, un alumno muy aplicado y estudioso, para nosotros un traga,bah. Claro que lo que  no se imaginaba (no podía preverlo) era el embrujo en que iba a caer apenas conociera a Nancy.

Nancy, desde la austeridad de su trono de tosca madera en el primer pupitre, reinaba de manera a veces despótica, a veces indulgente, a veces desdeñosa y hasta cruel sobre sus catorce súbditos siempre incondicionales, siempre amantes caballeros al pie del corcel dispuestos a salir a la caza del dragón para ofrendarle su cabeza todavía humeante antes de la caída del sol.

Todos pudimos ver el destello fugaz pero inexorable que cruzó por los ojos celestes, casi grises del polaco Ordoñez, cuando la conoció. Todos pudimos ver la sonrisa seductora que Nancy le dedicó y el insinuante beso en la mejilla que enrojeció como una brasa ardiente la cara pálida del polaco. Todos supimos, desde ese mismo momento, que el polaco ya no tenía remedio y quedamos atentos a los próximos acontecimientos.

Pero no habría próximos acontecimientos porque Ordoñez era un tímido incorregible. La miraba desde lejos mordiéndose los labios y cuando ella se acercaba le temblaban las manos y la mandíbula de tal modo que apenas podía articular alguna frase coherente. En esas ocasiones sólo conseguía hablar de temas relacionados con la escuela: que en qué fecha son las trimestrales, o para cuándo la prueba de química. Cuando la charla se prolongaba demasiado o entraba en un terreno más personal ya en el colmo del azoramiento, con un soplido incómodo movía bruscamente la cabeza hacia atrás y acompañándose con la palma de la mano derecha intentaba acomodar el mechón de pelo rubio rebelde y lacio que le caía siempre sobre la frente. Ni siquiera se atrevió a sacarla a bailar en la fiesta de graduación, claro que ese acontecimiento estuvo enmarcado para él en la postergación de sus sueños más preciados.

 

No sé bien cómo llegamos a ser tan amigos, tal vez el gusto por Spinetta o los Beatles o el reciente descubrimiento de Neruda y del Che y del peronismo. En esas noches junto al winco adelgazando el elepé de Almendra hasta casi la transparencia nos hervía la sangre sintiéndonos parte inevitable de la próxima revolución socialista. Pero a veces el polaco se quedaba absorto mirando al techo o a la noche oscura a través de la ventana que daba al patio. Entonces no articulaba palabra pero yo sabía en quién estaba pensando. ¡Qué bárbaro este flaco! Mirá que poner eso de pechos de miel. Cómo se le habrá ocurrido, no habrá tenido miedo de que lo censuren, decía, por ejemplo, tratando de disimular su turbación al volver del sortilegio amoroso en el que estaba suspendido desde el día en que conoció a Nancy. Los pechos de Nancy, pensaba yo. Una miel que quizás él probaría alguna vez; yo, Nancy ya me lo había hecho saber derogando toda duda razonable que pudiera rondar por mi cerebro adolescente, era abeja de otra colmena. Él tendría que ver, en ese caso sería su problema, cómo se las arreglaba con el gusto de ella por Sandro y su supina ignorancia de los Beatles y el rock nacional y Neruda y el Che y Cuba y la revolución socialista y Perón. Era una incongruencia difícil de tolerar y superar. Pero el amor todo lo puede, dice la gente de fe.

A la madre la conocí en alguna de esas visitas nocturnas a su casa. Para no molestar nos reuníamos en un galponcito del fondo que oficiaba de lavadero y que estaba cruzando el patio de baldosas amarillas. Ella nos alcanzaba el mate ya preparado y un termo con agua caliente, saludaba y se iba a dormir. La recuerdo como una mujer alta, rubia, de ojos verdes, muy hermosa, siempre sonriente y bromista. Pero nunca tuve mucho contacto con ella ni con su padre al que, de hecho,  ni siquiera llegué a conocerle la voz. Lo había visto fugazmente el día en que el polaco vino a su primer día de clase. En esa ocasión lo trajo en su auto y, sin bajarse, lo dejó en la puerta. En las visitas a su casa no lo veía. Cuando yo llegaba él ya se había ido a dormir o estaba en el living mirando alguna película por televisión. Nunca se acercaba a saludar. Se decía que era un hombre muy taciturno y solitario y parecía ser así.

 

-¿Viste el noticiero anoche, Lalo?

-No. Estuve escuchando música ¿qué pasó?

-No me digas. Vos y tu familia viven dentro de un frasquito de azafrán.

-Por qué decís eso, polaco ¿qué pasó?

-Lo mataron a Aramburu, loco.

-¿Qué?

-Sí. Los Montoneros. ¿Viste que decían que lo iban a largar? Minga, mirá cómo lo largaron, lo fusilaron, lo reventaron.

En ese momento íbamos rumbo al colegio y estábamos cruzando la plaza que está frente a la iglesia, me paré y lo miré a los ojos justo en el instante en que, disimulando un poco,  se hacía la señal de la cruz, después, en un gesto cómplice y algo teatral, me tapé la boca con la bufanda, como si alguien estuviera espiando para leerme los labios y le dije murmurando casi al oído:

-¿Y vos qué pensás, estás de acuerdo, polaco chupacirios?

-Qué se yo, loco. El tipo era un hijo de puta, pero matarlo…

-Y Bueno, cuántos peronistas habrá matado él. Y, usted sabe, compañero, no hay revolución sin muertos ni fusilamientos.

-Claro, sí, eso dicen. Mirá los rusos ¿no?

-¡Ja!, ¿y los franceses? Cierto que esos no eran fusilamientos, pero la guillotina cumplía muy bien su papel.

Hasta llegar al colegio no volvimos a hablar. Yo, excitado por la noticia, encendí un pucho mientras pensaba en el hombre nuevo, en ser protagonista de los cambios que se avecinaban y, tal vez, en estudiar filosofía o sociología o psicología, qué se yo. ¿Qué podía ser útil para contribuir a la revolución? Tal vez, ciencia política sería mejor, o quizás abogacía. ¡Tenía un matete en la cabeza! Él no sé en qué pensaba, pero por la cara que ponía y por su andar como en las nubes y su mirada perdida y sus suspiros desesperanzados presumo que pensaba en Nancy, en que tenía que hacer algo, tomar alguna decisión, hablar con ella porque estábamos en junio y a fin de año terminábamos el secundario y venía la despedida que nos organizaban los de cuarto y la fiesta de graduación y el baile y con todo eso la gran oportunidad de intentar el desembarco en esa playa tan deseada. Después cada uno tomaría su rumbo, qué pasaría entonces con Nancy pechos de miel, corazón de tiza, ojos de papel. La mayoría de nosotros no había decidido aún qué hacer con su futuro pero ¿y si Nancy decidía estudiar algo raro en alguna Universidad lejana? ¿Si no iba como él a Rosario que ya tenía decidido estudiar medicina? ¿Qué haría entonces? No había que dejarla correr. Quédate hasta el alba, Nancy, piel de rayón. Los tiempos se acortan, polaco, hay que actuar.

 

 

Cuando entré al living convertido en improvisada capilla ardiente, tal como se estilaba hacer en mi pueblo en esa época, la madre del polaco apartaba con su mano una mosca terca y voluntariosa que intentaba posarse sobre la cabeza de su marido muerto. Recién en ese momento pude ver bien su cara redonda más pálida que nunca, su nariz aguda y larga  apuntando al techo como señalando el sendero que debía seguir su alma, aunque a juzgar por lo que muchos dijeron después no le hubiera sido posible superar la altura del cielorraso, su pelada incipiente, su frente surcada por arrugas profundas como zanjas, sus labios finos y morados, sus párpados ajados como papel de diario viejo coronados por una moneda de un peso clausurando unos ojos que ya no volverían a abrirse. El polaco estaba sentado cerca del ataúd, muy serio. Me senté a su lado y, sin saber qué decir, le palmeé la rodilla, él me miró con esa mirada indefensa que tenía y entonces pasé mi brazo izquierdo por sobre sus hombros y lo apreté fuerte. Sollozó un poco, se secó torpemente las mejillas con la palma de la mano y volvió a quedarse muy serio.

 

Todos los planes para el abordaje de Nancy se vinieron abajo. Para él la despedida que nos hicieron los de cuarto, la joda posterior, la fiesta de graduación, todo, fue una cagada. En el pueblo se corría la voz de que a su padre lo había matado el disgusto que le causaban las infidelidades de su mujer, que era por eso que lo habían trasladado desde Ordoñez, que en el  banco había grandes intereses económicos de la iglesia, que tenía gran influencia el Opus Dei, que, decían los accionistas y ejecutivos del banco, los sucesivos escándalos protagonizados por la madre del polaco afectaban la dignidad y el buen nombre de la institución y que por eso habían trasladado a su padre con un ultimátum bajo el brazo: el próximo escándalo culminaría con su despido.  Y parece que así fue, aunque yo no supe nunca de ningún escándalo y me costaba mucho trabajo creer en eso porque la madre del polaco me caía muy bien y me parecía una buena mujer. Sí supe más tarde que don Ernesto tenía un vicio secreto. Le gustaba mucho el turf y era un gran jugador. Aunque nunca acudía a ningún hipódromo y nadie sabía de las pasiones que desataban en él los caballos. Había encontrado la manera de hacer sus apuestas por teléfono y eso mantenía a todos los conocidos fuera de ese mundo. Tenía grandes deudas de juego en el momento en que sufrió el infarto. Esas deudas, contraídas al parecer con dineros non santos del banco que él sustraía con maniobras muy sutiles e inteligentes, minimizaron a tal punto la pensión que recibió su esposa luego de su muerte que obligaron al polaco a trabajar y a postergar por algunos años, al menos, su proyecto de estudiar medicina.

 

Nancy se fue a estudiar Antropología a la UBA. Quién lo iba a decir, Nancy antropóloga. Ahora reinaría sobre los Neandertales y cualquier otro homínido armado de garrote que osara cruzarse en su camino. Yo me decidí por abogacía, la carrera de los vagos, según mi amigo Pablo, nada que ver con la guerrilla revolucionaria, con la que había fantaseado en algunas noches de desvelo. No hizo falta mucho tiempo para que me diera cuenta de que la valentía y las convicciones no me daban para tanto. Pero al menos intentaba mantenerme cerca de la militancia peronista revolucionaria, eso me permitía disertar en las peñas frente a algunas mujeres hermosas y mantener un puesto decoroso en el ránking del levante. Al polaco ya casi no lo veía. Sólo algunos fines de semana cuando iba a visitar a mi familia. Le habían hecho un lugarcito en el banco del que su padre había sido gerente (tal vez alguno se sintió culpable de la canallada que le armaron para terminar despidiéndolo). Y allí estaba, soñando con estudiar medicina y reencontrar a Nancy que ya no venía por el pueblo.

Varios años después, ya con Perón muerto, los sueños de revolución socialista en descomposición, y en medio de la crisis política y económica que preanunciaba la pronta caída del gobierno de Isabel el polaco se casó con una compañera de trabajo. Vino luego su primer hijo. Le puso de nombre Eduardo, en honor a nuestra amistad, y me nombró su padrino. Acepté a pesar de mi fe anticlerical. Ese día, después de la ceremonia del bautismo, hablamos bastante en torno a una insomne botella de malbec y varios fasos confesionales. Sabés, Lalo, me dijo, a estas alturas creo que estoy corriendo el riesgo de transformarme en un héroe doméstico. Tengo que cambiar y quiero cambiar, tengo el firme propósito de cambiar. Fijate, hay una novedad, algo que vos no sabés y que quiero confiarte, me estoy carteando con Nancy. Aunque nunca lo hablamos claramente vos sabés que yo siempre estuve enamorado de ella.  Fue a través de una prima suya clienta del banco, gracias a ella pude conectarme por primera vez. Vos te habrás dado cuenta de que cuando ella se fue la tristeza me consumía. Mi viejo se había muerto, no había podido comenzar medicina, vos te ibas también para Rosario, y yo, así, con el secundario terminado y los amigos en franca desbandada y teniendo que cuidar a mi vieja y trabajar todavía por mucho tiempo para pagar las deudas y sobrevivir me sentía destruido. Mirá lo que escribí por esos días y sacó un papelito doblado en varios pliegues del bolsillo de su camisa, mirá, mirá:

Qué hago ahora con estos escombros

con estos trapos sucios,

estas maderas rotas

esta  bandera quieta

este bote agujereado

este naufragio.

Cómo encender un fuego con estas humedades.

 

Porque entonces me acordé de Neruda y me dio por la poesía, sabés. Y ya sé que no soy bueno para eso, si yo quería ser médico, pero no encontraba otra manera de expresarme y, tal vez, consolarme. Fue la amargura que tenía, qué se yo. Eso duró mucho tiempo, dos, tres, cuatro años. En algún momento pensé en matarme, pero estaba mi vieja. Fue entonces cuado apareció la prima de Nancy. De esto hace cosa de un año. Yo estaba recién casado y mi mujer ansiosa por tener un hijo y yo queriendo satisfacerla aunque no compartiera demasiado sus deseos. Pero ¿dejaría yo a mi madre y a mi mujer y quizás a mi hijo por Nancy? Porque Nancy me escribió en una de esas cartas que también ella estuvo siempre enamorada de mí y que yo era un pelotudo por no decirle nada y ella una imbécil que se las daba de liberada y bien que se calló la boca esperando que yo diera el primer paso. Una imbécil por no haberse animado a invitarme a ver aquella película de Sandro que daban en el Astral  a pesar de haber estado toda la tarde ensayando frente al espejo la forma de pedirme que la acompañara. ¿Te das cuenta, Lalo? ¿Te da cuenta de cuánto tiempo perdido? La vida es una mierda, Lalo, es una mierda  pero puede serlo menos si uno se decide a hacer lo que tiene ganas de hacer, no, en cambio, si, como yo, se la pasa cumpliendo con lo que cree que es su deber. En todo este año no nos vimos, a vos te parece, sólo carta tras carta. Cartas que yo recibo en una casilla postal y ella en otra, porque aunque ella no está casada ni tiene hijos y podría recibirlas en su casa el asunto es que no tiene un domicilio fijo o no quiere dármelo, y no sé por qué pero no me importa. Ahora vamos a vernos, Lalo, eso es lo único que sí me importa. Lo que me decidió fue haber hablado por teléfono. Fue escuchar su voz y querer estar con ella en ese mismo instante. No quiero ser un héroe doméstico que se la pasa haciendo sacrificios en el altar de la familia cristiana y la moral burguesa como dirías vos., que no por mi vieja, que no por mi esposa, que no por mi hijo, que cuando era pendejo no porque era un boludo tímido incurable, no, no, no,  se acabó. La semana que viene vamos a vernos en Rosario ¿Puedo contar con vos? Claro, polaco, cómo no vas a poder ¿qué necesitás?

 

¿Qué podía necesitar? Era un tipo adulto, si quería encontrarse con Nancy pechos de miel, sólo tenía que ponerse de acuerdo con ella y hacerlo ¿Para qué podía necesitarme a mí? Pero el polaco me pedía el departamento. Bueno, pero ¿y por qué no te vas a un telo, polaco? No, es muy riesgoso, Lalo. Por ahora no quiero que nadie me descubra, que nadie se entere, vos sabés, Rosario es un pañuelito y San Antonio para qué te voy a contar ¿no es cierto? Le diré a Graciela que voy a visitarte para tu cumpleaños. Una sorpresa, viste. Comer un asadito en alguna parrilla, tomar un buen vino, charlar como en los viejos tiempos, ir a alguna peña. Bueno, polaco, como quieras, pero la verdad, me parece un poco infantil, me parece que no va a creerte. Vos dejá, Lalo, vos dejá. Yo sé cómo hacer esto, no te preocupés.

Ese día le di las llaves y me fui al cine  a ver “Atrapado sin salida” que acababa de ganar el Oscar. No quería volver a ver a Nancy. Tenía un poco de miedo de lo que podía encontrar, un poco de miedo de volverla a ver, además no entendía muy bien eso de que no tenía domicilio fijo pero me lo sospechaba. Claro que teniendo en cuenta sus antecedentes juveniles, su predilección por las frivolidades y por la lectura de las revistas semanales más  reaccionarias de ese momento, me costaba imaginarlo. Así que me fui temprano a vagabundear un rato por la peatonal para hacer tiempo hasta el momento de encontrarme con Eugenia en la puerta del Radar.

 

La tomó de los hombros y la miró durante unos segundos muy intensos, apenas unos segundos que, sin embargo, le parecieron dulces y eternos. Ella comenzó a lagrimear. Se abrazaron primero muy suavemente y poco a poco fueron acercándose y apretándose más. Él la besó muchas veces en el pelo, en el cuello, en la mejilla, en los ojos, ella le acariciaba la espalda, los brazos, la cintura y apoyaba la cabeza en su hombro sudoroso, luego se besaron en la boca, largamente, lengua con lengua, diente contra diente, saliva con saliva como ríos que confluyen duplicando, multiplicando su caudal atronador. Se sentaron en el sillón del living, se tomaron de las manos, ella quiso hablar, él cruzó un dedo dedo silencioso sobre sus labios y volvió a besarla en la boca. La besó mucho tiempo. Poco a poco fueron recostándose, cada vez más, cada vez más, cada vez más. Él quedó encima de ella, ella se esforzó para zafarse, resbaló bajo el cuerpo de él hasta la alfombra pero enseguida se paró junto al sillón, él se incorporó a medias hasta casi quedar sentado, ella dijo: pesás mucho, engordaste, él sonrió, vos no, dijo, ella se quitó el sweater, no llevaba corpiño, él se acercó y besó y lamió sus pechos de miel mientras acariciaba sus piernas que ya no corren y abría el cierre relámpago de su pollera y la dejaba caer, ella gimió y le acarició y le besó la cabeza y levantó sus pies uno después del  otro y empujó su pollera hasta dejarla a un lado, él bajó con sus besos hasta su vientre y más abajo llenó su boca de frescas humedades en una áspera pradera palpitante, y más abajo cayó, inevitable, hacia las ocho aberturas de sus dedos lentos, penisnsulares, pensó en Neruda, luego la alzó en sus brazos y enfiló hacia el dormitorio.

 

Al día siguiente me despertó Eugenia con la cara pálida de terror ¿qué pasa Eugenia? Escuchá esto, y subió el volumen de la radio que traía en la mano.

…repetimos, dos personas, una mujer y un hombre fueron hallados acribillados en un departamento de San Luis al 900. En el lugar se encontró también una nota de las Tres A atribuyéndose el asesinato. Las personas no han podido ser identificadas todavía. Según fuentes policiales, el cuerpo de la mujer correspondería a una  buscada jefa subversiva perteneciente a la organización terrorista Montoneros.

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Rubén Leva

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-