"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MARCELO SCALONA

Publicado en Aguafuerte el 21 de Octubre, 2013, 0:43 por MScalona

Luz de los Pasillos



--------------------------------------                                                         a mamá

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Agua de la canilla, luz de los pasillos, flores silvestres, sol de la plaza, de los bancos, tobogán, calesita, estatua, popa, beso, bocatormenta. “Remedios de Escalada”, después “Eva”, siempre una mujer, ¿qué otra cosa podía ser una plaza como el patio de infancia?

Un día de tormenta, de arena en los ojos, me mordió un perro. Después fue el Comando Radioeléctrico, la hepatitis, la escarlatina, los médicos, los guardapolvos y las tareas. Tuve miedo. Aprendí que iba a morirme, o más bien, que el tiempo no iba a alcanzarme. 

Patios, terrazas, baldíos, calles de tierra, zanjas, charcos y luces desvaídas de las siete de la tarde. Yo corría, corría... siempre fui un desesperado: juntaba aire, criaba piernas, cambiaba el ritmo. De algún lado había escuchado la mentira: que con una bicicleta, me escaparía del todo y ya no me alcanzaría la sombra de la cuchara con la penicilina: “ ...mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que te vas a morir, mira que no sabes cuando”. 

Castigos por nada, por estar vivo, por sonreír, por las dudas, porque otros habían muerto antes. Por ser feliz... no era mi culpa que Jesús llorara todo el tiempo. Si hubiera hecho como yo, solamente con la luz de los pasillos hubiera tenido una esperanza. La ilusión de las sombras chinas puede llevarte hasta la madrugada.

-- No la apagués -suplicaba-, no la apagués mamá cuando voy a dormirme... 

Y siempre los pantalones rotos en las rodillas, unas moneditas de níquel para el cole y las mañanas heladas cruzando la plaza de Remedios (después Eva); la escarcha inaugural para llegar a Necochea y saltar al 6, al 200 o al 218. Ultimo asiento, coche vacío. Cuando abría las ventanillas, entraba el frío y salía el asma. Luz de las calles en invierno. Había un farolito en mitad de la plaza, intermitente por el viento. Si estaba encendido, yo me animaba al cruce a traversa. A las siete de la mañana era la continuación de la luz de los pasillos. La luz me protegía, era idéntica a la del escenario, a la del altar, a la de la arena del circo. 

Por las dudas, al llegar a Pellegrini me persignaba. Me habían dicho que las Carmelitas Descalzas, frente al Politécnico, eran unas monjas sin zapatos. A menudo cruzando por ahí miraba mis pies, mis “gomicuers” relucientes para darle de empeine a la pelota del Padre Cuasante. El cielo, el infierno, el teorema de Tales y un sandwichito de salame que mamá envolvía en nylon y guardaba sin aplastar en mi bolsillo derecho. En el izquierdo, siempre un pañuelo de repuesto. Nueve y cuarto era el recreo, la luz ya estaba alta, los patios empezaban a entibiarse.

Yo debía comer todo y ser paciente... toda la cara, toda, despacio, una mejilla, otra, debajo de la nariz, la frente, la barbilla... y cuidado los ojos... Con un corcho quemado alcanzaba para cambiar aquellos días. Era un maquillaje, una comparsa, una murga cuando empecé a escribir. Nos poníamos unas bolsas de arpilleras de harapos, alguna enagua de mi abuela María y los sombreros de todos los que habían muerto. Tapas de olla, palos, unas guitarras sin cuerda y un micrófono falso de un Winco roto. Hacíamos películas, carnavales, revoluciones. Teníamos siete años, pero todo era correr, correr... un entrenamiento para que el tiempo alcanzara o para que no nos alcance ella. 

Sueños nunca faltaban; sueño despierto, sueño dormido. La hipóstasis o alquimia era la luz del pasillo o esa desvaída de las siete de la tarde. O aquella otra inaugural, de las siete de la mañana en invierno, que vencía el asma o la aplazaba. Y yo corría, corría, siempre adelante, criaba piernas, juntaba aire esperando la bicicleta. 

Los domingos de monaguillo pensaba en los judíos que habían abierto el mar Rojo, ¿por qué no iba a escucharme Yahvé enviándome una bicicleta dorada? Fue un día de Reyes, marca "Bengoa", rodado 16, oro, incienso y mirra. ¿Si la bicicleta es eterna no será un regalo del cielo?

Pero hay que correr tanto... tanto pedalear se me esgarraban las piernas con sangre, como a los esclavos negros remando para escaparse, como a los judíos por el desierto. ¿Acaso el mundo no es un galeote? Hay que rajarle, engañarla, tratar de ser otro y disfrazarse como si todos los días hubiera corso en Bulevar Seguí. 

No hay que dejar los brazos inútiles y que el beso resbale con las lágrimas por las mejillas de los hospitales. ¿Quién merece morir...? Hay que ir más lejos me decían. Reemplacé bicicleta por auto, correr es lo mismo. Carnavales por baile, soldaditos por muñecas. Cruzando el pasillo, se había encarnado y me enseñó otros juegos. De manos. El asma en ninguna parte... ¡Hostia por plata y que el tiempo me alcance... y no pago más por lo que no hice! Ya no pido perdón por ser feliz. Reíte Jesús, reíte y mirá las sombras chinas...

Todavía cuando voy de noche por la ruta, miro a los costados buscando las mascaritas, los versos, el ritmo, el pomo, las propinas, las rodajas de salame. Pero lo que más me gusta son las luces, adelante, la luz imaginaria de las calles, de los pueblos, de las casas y de todos los pasillos del mundo donde se están urdiendo (ahora mismo) las rebeliones contra la muerte. Me detengo en un parador cualquiera, pongo mi cara contra el viento y me fumo un cigarrillo por pura venganza. 

Entonces veo una lucecita en el medio de la llanura y siento un niño que tose en un rancho y tiene pendiente a todo el universo. Para juntar aire, esgarra un poquitín de sangre. No es una tos cualquiera, es rebelde, metálica, parece un ladrido de perros para que la sombra siniestra deje de revolotear por el rancho. ¡ Corre niño... corre ! Rezo para que le compren una bicicleta. Entre el murmullo de mi letanía, escucho que el pequeñín dice: - Mami... mami, no apagués la luz del pasillo. 

- Bueno... -dice ella, Remedios o Eva.

Y más tarde, cuando yo ya estaba dormido o en el entresueño, ella la apagaba. Pero yo me daba cuenta, porque en ese instante, mamá, me daba el último beso de la noche.

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MARCELO SCALONA

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Del libro, COMPOSTURA DE MUÑECAS, Ed. Homo Sapiens, 2003.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-