"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




VALERIA GIANFELICI

Publicado en Parodias el 8 de Octubre, 2013, 12:19 por MScalona

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Se enamoró el mono

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(Parodia sobre el cuento KINCÓN, de Miguel Briante)

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El pobre no era malo, era feo no más, y en un pueblo donde lo que mandaba era la banalidad y la conservación de las buenas costumbres, se convirtió en el chivo expiatorio de la comunidad sólo por ser distinto y bastante feo. Amargado. Encima grandote, peludo y negro. ¡Aguantátela!

Al pueblo llegó de chico y como ni él sabe muy bien de qué manera, el verdulero dejó correr el rumor de haberlo encontrado en un cajón de bananas brasileras. A muchos les pareció una versión más o menos creíble y de allí a adoptar el apodo el mono, y del mono a Kincón no pasó mucho tiempo.

Lo cierto es que detrás de ese gigante malhumorado se escondía un ser amoroso y solitario, había que encontrarle la vuelta nada más o correrlo para el lado que disparaba, como solían decir en el pueblo. Claro que siempre aparecían los que en el bar le pagaban una copa de más y lo hacían engranar para reírse, eso lo confundía y mamado entero, sacaba lo peor de sí hasta que volaban sillas y a los tiros llegaba la policía que lo hacía pasar la noche en el calabozo hasta que se le fuera la curda.

Su vida dio un giro de 180 grados cuando un día saliendo de la comisaría conoció a la hija del comisario. La Tati era un ser majestuoso y angelical. Si él había llegado en un camión destartalado, sucio, cargado de cajones de bananas brasileras, ella había bajado levemente del cielo en una nube suave, envuelta en sedas y perfumada con esencias naturales.

Kincon conoció el amor y con el amor sintió las frustraciones y el desamparo. Todo lo que hacía lo hacía para acercarse a la Tati y nada le daba resultado. Se propuso dejar la bebida y se encomendó al comisario para limpiar los pisos de la comisaría o lo que hiciera falta y así fue como llegó a hacer los trabajos de jardinería primero y después  de sereno en la casa del comisario. Pobre infeliz.

Hubiera preferido terminar sus días en soledad, borracho y apestando a tabaco antes que enfrentarse a las escapadas de la Tati. Dos por tres lo sorprendía  en mitad de la noche yéndose con algún muchacho. No sólo tenía que soportar que se le estrujara el corazón viéndola irse con otro, sino que tenía que cubrirla frente al padre y tapar sus travesuras.  El desamparo le duraba hasta que unas horas después regresaba dando saltos y lo saludaba: hola monito, ¿papá duerme?  Y ágil como una lagartija se trepaba por la enredadera hasta llegar a su cuarto. Ese momento pagaba todas las noches de angustia que sufría el pobre diablo. Una noche, mientras la veía deslizarse sensualmente entre las ramas de la Santa Rita, Kincon recordó la película que vió colado en el cine, era sobre un gorila que secuestraba a una mujer y se trepaba con ella en brazos a un edificio.  Pobre negro, las ideas que se le ocurrían.

Entre la mugre de su rancho Kincón decidió llevarse a la Tati a algún lado, alejarla de esos degenerados con los que se iba casi todas las noches y quedarse con ella para siempre. Pensó que lo mejor sería ir a Brasil y para eso le pidió el camión al verdulero con la promesa de devolvérselo sano y salvo cargado de una partida de bananas gratis. Todo bajo la condición de no decirle nada al comisario. Sí sí, le respondió el verdulero  (lo corrió para donde disparó), venite mañana temprano y llevateló no más, te lo dejo con las llaves puestas.

Esa misma noche, cuando la Tati llegó de la salidita habitual, antes de que lo salude cariñosamente le torció un brazo, le tapó la boca para que nadie escuche sus desgarradores gritos de dolor y con la cachiporra que el comisario le prestaba para hacer la guardia nocturna le dio un golpe seco que la terminó desmayando. Atada de pies y manos, amordazada por si chillaba, la alzó y cuando estaban asomando los primeros rayos del sol llegó a la verdulería. La sorpresa que se llevó no se la olvida más. El comisario y todos sus buchones lo esperaban con las cachiporras lustrosas.

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                                                                   VALERIA  G..

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Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-