"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




NATALIA LANGE

Publicado en relatos el 8 de Octubre, 2013, 12:21 por MScalona

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5 (cinco) relatos

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Nunca llegué a comprender a la envidia. Cuando era pequeña mis amigas envidiaban mis vestidos hechos por una tía política que vivía en Córdoba que me los enviaba por encomienda. Ellas vestían zapatilla Topper y yo flecha, sus ropas eran traídas de Brasil o Punta del Este o Europa, ellas tomaban Nesquik y yo el chocolate barato que el súper del barrio ponía en oferta. La envidia trae aparejado un sinfín de dolor ocasionado por el envidioso que en realidad, a estas alturas comprendí, es la persona más perjudicada, pero mientras tanto molesta. Aún me sigue pasando, tal vez me notan vulnerable pero en realidad gracias a todas esas personas (y puedo asegurar que son muchas) me hice fuerte, respondo a cualquier agresión que considero no merecer, cuidando las formas ya que como dice el dicho lo cortés no quita lo valiente. De esta manera logré erradicar de mi vida la mayoría de  gente envidiosa, aunque debo reconocer que el imán innato que tengo las sigue atrayendo.

Los cuerpos se hallaron íntimamente ligados no solo por el deseo que ardía bajo sus pieles, sino que a él le atrajo esa mirada serena, tranquilizadora que a su vida le faltaba y ella se sintió misteriosamente seducida tal vez por el par de copas de aquel vino tardío que bebió durante el postre. No les interesaba realmente qué los unió, han creído que el perfume de sus cuerpos, tan sutil, logró esa fascinación mutua que se tienen el uno al otro.

Ella camina descalza, en un ritual que se repite en cada encuentro, él la observa mientras ella desliza su cuerpo bajo las sábanas y experimentan, ajenos al exterior del cuarto un idilio exagerado, fugaz, precario tan usado y rutinario.

 Luego desde la cama ya fría él la mira cambiarse y alejarse, nuevamente descalza con los zapatos de taco alto en la mano quedándose con dudas porque ella no deja que vea su rostro al marcharse.

Desde la ventanilla del avión observé el Mar Caribe casi rozando mis pies, el color azul turquesa de sus aguas aquietaba mi acelerado pecho. Respire hondo y me sumergí en su calma, mi alma cristalina comenzó a navegar. Y me encontré en la inmensidad latente de litros de agua cálida rodeando mi piel, me sentí pequeña, insignificante en tanta inmensidad. Creí ahogarme en los remolinos de los recuerdos, comencé a bracear para que las fuertes olas aparecidas no sé de dónde, no llevaran esos ojos que me habían vuelto a traer.

Vanidad macabra del tiempo, las ruedas llegaron al suelo, abrí los ojos, la gente tomaba su equipaje, tomé mi bolso y caminé por la manga hacia la seguridad de la tierra mientras veía las huracanadas olas estrellarse contra ella entretanto mi mente aún recostada boca arriba en el mar, recibió las gotas que el sol derramaba por el desencuentro.

En el cementerio no hay almas, me dijo un día mi abuela. Solo cuerpos pudriéndose, abandonados por la luz que un día los irguió. Esa noche no dormí, imagine a los abuelos de mis amigas encerrados en cajones baratos o caros, qué carajo importa, recordé a mi amiga enferma no como hasta ese momento lo hacía sino verde moho y deshidratada, fue  allí cuando decidí que al morir  deseaba que me cremen.

Lo más loco de todo es que al otro día después de almorzar expresé mi deseo abiertamente, a mi mamá se le cayeron los platos, mi papá me retó severamente, mientras la causante de todo calmaba a su hija con abrazos fuertes, también regañándome. Fui a mi cuarto, me encerré herméticamente en él y cuando los tres golpearon la puerta no les contesté.

-Abrí la puerta, decinos de dónde sacaste eso, apenas tenés 12 años.- decía entristecida mi mamá.

Solo deslice un papel por debajo de la puerta en que les decía: Déjenme experimentar este encierro, tal vez cambie de opinión.

El accidente se ocasionó por la imprudencia de dos ciclista que no respetaron el semáforo, la moto cruzó con luz verde y aquellos dos salieron de la oscuridad. Según los testigos todo pasó muy rápido, los tres cuerpos volaron como marionetas por el aire cayendo en cada uno de los lugares en que los vemos.

Los semáforos se pusieron inmediatamente en intermitente aunque debemos reconocer que se han acercado a nosotros otras personas (también futuros testigos) afirmando rotundamente que de repente los semáforos dejaron de funcionar, será todo materia de investigación para los peritos actuantes.

Cosa del destino, imprudencia o tal vez ambos, la verdad es que se lamentan tres muertes más en accidentes de tránsito que se podrían haber evitado.

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                                                                                        NATALIA LANGE

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Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-