"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




TOMÁS DOBLAS

Publicado en Cuentos el 23 de Agosto, 2013, 11:59 por MScalona
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La noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta

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Uno se da cuenta de las cosas generalmente cuando ya es un poco tarde. Y si te cae la ficha es porque algo ocurrió que de repente te revela la trama secreta del universo. Eso fue lo que me pasó cuando encontré en el desván de mi vieja el destartalado tocadiscos Winco que yo escuchaba allá por los 60.

Calculo que me lo habrán regalado para algún cumpleaños  y recuerdo que acompañó mi adolescencia entera. Era la estrella de esos bailes de entrecasa que, durante la secundaria, organizábamos con mis amigos –asaltos se les decía-  fiestas donde se ligaban y deshacían nuestras primeras relaciones con el sexo opuesto.

La recuperación del Winco, su laboriosa reparación y efímero disfrute me llevaron a recordar, entre tantas otras cosas, la famosa noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta y en la que yo perdí para siempre el amor de Sandra. Y de paso también, simultáneamente, alcancé a aprender la inasible esencia del devenir.

Reparar el artefacto no fue fácil, luego de recorrer con él diversas tiendas de reparación de electrodomésticos donde era rechazado “in limine” fui a dar con un desordenado antro donde, entre esqueletos de viejos televisores, videocaseteras putrefactas y amputadas bandejas giradiscos, un señor de edad indefinida defendía el antiguo oficio de arreglador de equipos de audio y video. Luego de observarse mutuamente –el Winco y el señor- este dijo con desgano “déjemelo, algo vamos a hacer”.

Conseguir los repuestos fue un parto, creo que el pudor me evitó preguntar por ellos en alguna casa de electrónica. Me amparé en el anonimato de internet y después de mucha búsqueda  y consultas con el arreglador para ver si se podían adaptar las cosas que me ofrecían, logré hacerme de lo esencial. El buen hombre seguramente apiadado por mis esfuerzos dijo al fin “tráigame lo que tenga, ya veré como  lo hago funcionar”.

Y la cosa resultó, un día llamó para avisarme que el aparato estaba reparado y que fuera a buscarlo. Creo que colgué el teléfono y salí corriendo para allá. Con amorosa preocupación lo llevé a casa y lo instalé en la mesita que hacía tiempo le había destinado. La pila de viejos discos de vinilo estaba ya desempolvada.

Esperé la ocasión propicia. Una tarde de sábado, en que mi mujer había salido a visitar a su mamá y mis hijos se habían evaporado como de costumbre, entreví que una in despreciable oportunidad se abría para mí. Me instalé en el living, maniobrando las persianas atenué la claridad que venía de afuera, me agencié de una copa de licor de huevo –sé que desentona pero es mi debilidad- y me apresté al disfrute.

Tomé un disco al azar -¿habrá sido al azar?- era un viejo long play de Mina. Lo limpié de nuevo con una franela, lo deposité en la bandeja y con extrema delicadeza le apoyé la púa. Al instante me envolvió la maravillosa y sensual voz de la cantante italiana. Sumergido en el sillón, con la copa en la mano, los ojos cerrados, me entregué a la música y los recuerdos Sentí que comenzaba a fluir a mi memoria –seguramente eso era lo que anhelaba desde que recuperé el Winco-  aquella inolvidable noche en el club, la noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta.

Teníamos entonces 16-17 años, con Sebastián estábamos perdidamente enamorados de las terriblemente lindas hermanas Rivera. Sandra, la menor, era la mía en mis deseos. Angélica era para el Seba. No recuerdo haber visto jamás muchachas tan hermosas, tan bien proporcionadas, simpáticas, y con esa pizca de descaro que las volvían perfectas.  Sabedoras de su poder, seducían a todo el mundo con la inocencia que solo la pura belleza les podía otorgar.

Era al comienzo de la primavera, cuando las hormonas se desordenan, los pajaritos cantan y los animales se aparean. Los fines de semana se organizaban en el club aquellos bailes para juntar plata para el viaje de fin de año. Fue en uno de ellos que decidimos con Seba tirarnos a la pileta, dejar se sufrir y encarar en firme a las  Rivera, a cara o cruz. Sigo creyendo que teníamos buenas posibilidades, si bien ellas eran gentiles con todo el mundo, sentíamos que hacia nosotros había un trato especial, que no prescindía de la atracción.

Los bailes en el club los organizaba la escuela, junto con la comisión de padres. Por eso en los mismos había que sufrir a veces la presencia de los indeseables, puestos allí para vigilar las conductas de los adolescentes. Aquella noche, recuerdo, el vigilador principal era el abominable viejo Turlét, jefe de celadores, universalmente odiado por su impertérrita conducta hostil a todo lo que oliera a desorden, alegría, juventud. Su presencia en la barra fue un bajón.

Con Sebastián habíamos previsto todo. Determinamos que después de revolotear como al descuido por todas partes invitaríamos a bailar a las hermanas Rivera. Sabíamos que aceptaría sin problemas, ya he dicho que con nosotros tenían una onda especial. En determinado momento yo le haría una seña al DJ  para que pasara el disco de Mina –de quien Sandra era fanática- que había llevado ex profeso. Y de ahí cada cual se entregaría a su suerte.

Pero un hecho preanunció el desastre de aquella noche. El maldito viejo y milico Turlét que se paseaba vigilante por la barra, por el parque que rodeaba la pileta y la cancha de básquet –que era la pista de baile-  descubrió a un grupo de muchachos ingiriendo cerveza. En estos bailes solo se vendían jugos o gaseosas, por lo que los chicos, ayudados por algunas niñas, no tenían más remedio que ingresar de contrabando las bebidas alcohólicas. Esto era sabido y tolerado siempre que no se desmadrara.

Pero para Turlét eso era intolerable, hubo corridas, gritos, conatos de agresión, intervención de gente del club y finalmente un pequeño grupo de chicos y chicas fue invitado a abandonar las instalaciones. Nunca había pasado nada parecido, un sentimiento de bronca y frustración nos invadió a todos que confusamente entendimos que la cosa no debería terminar así, pero luego de un momento de vacilación, la fiesta continuó normalmente.

Al poco tiempo ya tenía a Sandra en mis brazos y podía ver en el otro extremo a Seba con Angélica. Cuando empezó el disco de Mina sentí que el cuerpo de mi compañera se estrechaba aún más al mío mientras me empezaba cantar susurrante al oído  Sono come tu mi vuoi -Sandra iba a la Dante y usaba impiadosamente el italiano para seducir, si su vieja lo hubiera sospechado la cambiaba inmediatamente de escuela-

Sentado en el living de mi casa, tantos años después,  volví a percibir el suave aliento de Sandra en mi oreja, su perfecta imitación de la  sensual voz de Mina, mientras yo … creo que nunca volví a tener una erección igual.

Nuestros labios apenas habían comenzado a rozarse, cuando veo aparecer a Sebastián con el rostro desencajado como aguantándose las lágrimas, atrás Angélica, indignada. No entendí nada hasta que una seña de Sandra me avivó. Una gran mancha insidiosa oscurecía el pantalón de mi amigo a la altura de los genitales. Lo tomé de un brazo y lo llevé aparte.  Angustiado y avergonzado me explicó, las cuatro botellas de cerveza que había tomado para darse ánimo habían decidido salir sin permiso por la punta de su pene, justo en el momento culminante de su excitación.

No podía dejar solo a Sebastián en un momento así, era y es mi mejor amigo. Por supuesto que él no quería quedarse un minuto más en la fiesta, de modo que tuve que acompañarlo, cuando saludé de lejos con la mano a Sandra para despedirme un frio invernal cayó sobre mis huesos. Nos fuimos del baile cinco minutos antes que los mellizos Pequenino tiraran el Fiat 600 a la pileta.

Los mellizos Pequenino, en el Fiat 600, atravesaron lentamente en línea recta el césped que rodea la  pileta y al llegar al borde aceleraron. Mientras el auto se hundía abrieron las puertas y se tiraron al agua, emergieron con una sonrisa en los labios y haciendo una V con los dedos de la mano izquierda. La sorpresa, el griterío, la emoción, la incontenible algarabía fue de todos. El Fiat 600 era de Turlét.

Eran los 60, década fértil en rebeldías. Comenzaba a gestarse una generación que llevaría sus ideales a la línea del frente. No creo que mis hijos hoy puedan entenderlo. Algunos de los muchachos y chicas que estaban bailando esa noche en la fiesta, habrían de pagar muy caro sus sueños de justicia pocos años después.

A los Pequenino los expulsaron de la escuela y del club, pero ganaron en cambio una aureola de héroes románticos que los llevó directo al corazón de las hermanas Rivera, de quienes también ellos estaban enamorados.

Sentado en living de mi casa, envuelto en estos recuerdos, escuché de pronto como la increíble voz de Mina se deformaba en un sonido horroroso y luego el silencio. El disco había dejado de girar. Me incorporé extrañado, levanté el brazo con la púa, lo volví a apoyar y nada. Repetí esta acción varias veces sin el menor resultado. El Winco ya no  funcionaba, la reparación no había durado ni siquiera un disco.

Frustrado, salí al balcón, la indignación me cegaba, me sentía engañado, ese falso experto de morondanga me había cobrado una fortuna para un arreglo que no duró más que un suspiro, ya iba yo a cantarle las cuarenta el mismo lunes. Esto pensaba furioso acodado en el balcón  ese atardecer de finales de otoño, cuando de repente… me cayó la ficha.

Comprendí de golpe, que todo era inútil. Reparar el Winco era tan imposible como volver a mis diez y siete. Que nada ya me llevaría de vuelta a los brazos de Sandra, de la Sandra de 15 años de los 60, ni a ninguna otra parte de mi juventud, con sus amores y rebeldías. Me di cuenta que todos  estamos condenados a correr siempre hacia adelante mientras sentimos como se cierran, para siempre, las puertas que vamos dejando atrás. Cuando entendí eso, tome una bolsa de consorcio, introduje con calma a mi Winco en ella y bajé a la calle. El bulto y los discos quedaron en el contenedor. Volví a mi departamento me hundí de nuevo en el sillón del living, previo servirme otra copita de licor, y allí me dejé estar. Al lunes siguiente compré un CD de Adele. Aún no lo escuché, dicen que canta bien, pero no creo ni por un momento que me lleve a las vibraciones que supo llevarme Mina.

Pero bueno, habrá que conformarse.

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TOMÁS

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-