"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




SILVIA MOYA

Publicado en Cuentos el 23 de Agosto, 2013, 11:56 por MScalona

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CONTIGO APRENDÍ

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Se casaron en abril. Como era costumbre en la época, a nadie sorprendía la juventud de Perla ni el corto noviazgo que habían sostenido.  Apenas unas cuantas visitas desde que Enrique había llegado al pueblo bastaron para acordar el matrimonio.

Monigotes es una colonia agrícola en la provincia de Santa Fe poblada principalmente por familias judías. Los Linbel  eran alemanes no judíos radicados allí desde 1907, por eso , al recibir la noticia que un sobrino suyo herido en la guerra vendría a recuperarse a su estancia, para evitar prejuicios y asperezas con los habitantes del pueblo, le aconsejaron que se nacionalizara sin demoras y renunciara a sus dos primeros nombres de pila.  Gustav Adolf Heinrich Linbel  fue en adelante Don Enrique.

Perla era la hija mayor de la directora de la escuela del pueblo. Para Perla pronto su esposo recibiría el apodo de Gringo.

La misma tarde en que se casaron se trasladaron a Rosario. La noche de bodas la pasarían en la casa que Enrique había comprado en el barrio refinería.

Perla  se acomodó en  la cama oscilando la mirada entre  el techo de la habitación y la cara de su esposo. Él se enderezó un poco en la cama, y mientras desabrochaba los  16  botones del camisón,  deslizándolo desde los hombros  hacia abajo para desvestirla, le hablaba:

_ Mirá, en el matrimonio lo más importante que tenemos que lograr, es la confianza. Eso es lo que nos va a permitir ser felices. Aunque no lo creas la vamos a lograr bajo estas sábanas.  Esa confianza no va a surgir hasta que uno de nosotros dos no se tire el primer pedo.

El pedo sonó como tela desgarrada y el olor no tardó en ascender.

Perla escapó de la cama, desnuda, riéndose a carcajadas hasta que las lágrimas le brillaron en los ojos. Enrique la miraba: El vientre y las tetas se agitaban con la risa,  los pezones erizados, las piernas largas y delgadas, el monte de Venus  cubierto de vello oscuro, ella sólo atinaba a cubrirse el rostro con las manos  para atenuar el olor.  También riendo, desnudo,  se levantó a abrazarla. Ella no sintió vergüenza de mirarlo: la herida debajo de la tetilla derecha, los brazos,  el cuello ancho, los ojos azules, las manos, y en esa deriva de la mirada pasaba una y otra vez por la erección de la verga sin asombrase ni sonrojarse por eso.

-         Disculpame  tesoro/Schatz – susurró el Gringo mezclando las dos lenguas.

Se abrazaron, primero de pie. Enrique conducía las manos de ambos, llevaba adelante el orden de las caricias. Lo que vino después, en la cama,  los puso a la par en iniciativa y  placer.

A la mañana siguiente Perla recordó sus lecturas de las Mil y Una Noches y sintió que recién ahora comprendía el sentido de muchas de esas historias.

 

 

La primera hija fue mujer y la llamaron Alma, dos años más tarde nació Alfredito.

Enrique consiguió trabajo como perito clasificador  de granos y comenzó a viajar a La California, un paraje que recibió su nombre de un vagón que quedó allí proveniente de Los Ángeles, California. El conteiner tenía escrito L.A. California y así le donó su nombre a la estación. Los viajes de Enrique se prolongaban a veces durante cuatro o cinco días y ella se quedaba sola con los dos chicos así que decidió darle hospedaje a Juana, una chica que había sido madre soltera en el conventillo de enfrente y su padre había echado de la habitación. El acuerdo con Juana era por casa y comida pero la ausencia del Gringo  hizo que Juana y Perla compartieran además de la crianza de sus hijos  y los quehaceres domésticos,  algún radioteatro de la tarde,  lecturas y conversaciones durante la noche.

Las dos superaban apenas los 20 años, Juana esperaba ansiosa a que los dos varoncitos se durmieran porque sabía que Perla entonces leía. Primero para Alma hasta que la nena también se dormía y luego para ella. Muchas veces, cuando el Gringo estaba de viaje Perla le permitía acostarse en la cama con ella y leían hasta la el amanecer.  A veces, durante la madrugada, volvía  Enrique y las encontraba durmiendo juntas pero nunca se había enojado por eso.

Enrique sentía en esos días que tenía que recuperar a su esposa de un tiempo de infancia que había invadido la casa. La llamaba entonces su Blancanieves. Sorprendía a los niños con regalos escondidos en los bolsillos y sobornaba a Juana enviándola con los  chicos a la matiné de tres películas continuadas. Así lograba quedar  solas con su  mujer. Ella  lo complacía,  pero la vida, su deseo, sus sueños cada vez estaban más distantes de esas visitas matrimoniales.

 

 

 

Juana y Perla pintaron los árboles de la vereda y los troncos de las palmeras del ingreso con cal. Colgaron alcanfor en una bolsita del cuello de Alma que para entonces ya iba a la escuela. La radio indicaba las medidas preventivas para evitar el contagio de la polio que ya se había llevado decenas de niños y dejado otros tantos con secuelas irreversibles. Alfredo y Raúl contrajeron la enfermedad a pesar de las medidas.

Cuando llegó el Gringo,  Juana, en la cocina,  preparaba café y una enorme olla de puchero para la parentela. Perla se ocupaba de tapar los espejos para el velatorio. En la habitación de Juana , Alma esperaba con el caballito de juguete que él le había traído, sin entender lo que había sucedido. Encerrada en el cuarto de servicio esperaba  que quizás  su papá pudiera darle alguna explicación acerca de dónde se habían ido Raúl y su hermanito.  Enrique no supo cómo hacerlo.

Juana se mudó a la habitación de Alma y Perla decidió alquilar el otro dormitorio. Colocó carteles en varios negocios y cerca de la facultad de Ciencias Médicas.

No tardó en aparecer el primer postulante:

Alejandro Lamas- se presentó- intentando una broma sobre la similitud o cacofonía entre su nombre y el autor de La Dama de la Camelias.

A Perla, la presentación  le sonó inapropiada y pedante pero decidió que  la situación no era para ponerse selectiva con el temperamento de los huéspedes así que le mostró la habitación y acordaron el precio.

Alejandro no trajo más que algo de ropa y dos o tres libros por lo que Perla pensó que no sería un estudiante muy aplicado y que quizás pronto estaría buscando nuevo inquilino.

Era diciembre y el calor obligaba a dejar puertas y ventanas abiertas. Las habitaciones se comunicaban unas con otras excepto la del inquilino que era un altillo en la parte superior del patio. Pero el único baño de la casa estaba  en el patio, de modo que Alejandro, cuando bajaba para usar el sanitario, solía ver a Juana durmiendo con Perla en la cama matrimonial, semidesnudas, con los libros tirados por el piso, a veces abrazadas. Lo excitaba pensar que entre las dos mujeres había una relación amorosa.

La ausencia del Gringo se había vuelto cada vez más prolongada, en  las semanas  que llevaba viviendo en casa de la Sra. de Linbel , Alejandro no había conocido a ningún señor Linbel y eso alimentaba las fantasías del estudiante.

Habitualmente Alejandro aprovechaba las mañanas para estudiar pero ese día  el calor era agobiante y Alma intentaba treparse al piletón mientras Juana lavaba las sábanas. Perla había salido a hacer compras y había dejado la nena a su cuidado.

Juana alzó violentamente a la nena y gritó:

_ Ves? Ves ese agujero? Por ahí se fueron Alfredito y Raúl! Nunca más te subas acá! Entendiste?

Alma subió corriendo las escaleras y Alejandro, que estudiaba con la puerta abierta, la dejó entrar. Estuvo largo rato dibujando con la nena.  Tocaron a la puerta y tuvo que ir él a atender al cartero que traía  un sobre para Perla.

Juana terminó de enjuagar las sábanas y las colgó en la terraza. A Alejandro le pareció oír que lloraba.

Cuando Perla regresó almorzaron y Juana le propuso a Alma ir a la matiné.

Perla se sentó en el patio a leer la carta.

Entró furiosa a la cocina y estrelló contra el piso dos o tres copas.

-         Hijo de puta! Hijo de remil putas!- gritaba.

Alejandro bajó corriendo las escaleras:

-         Está bien Sra. de Linbel?

La siguiente copa se estrelló contra la puerta, al lado de la cabeza de Alejandro.

-         No! – gritó Perla- No estoy bien . Mi marido me dice que me ama y me extraña y me pide por favor que me inyecte penicilina porque mientras tanto me extrañaba, el mes pasado se fue de putas y es probable que me haya contagiado sífilis.

Que por el gran amor que siente por mí ha puesto distancia hasta que termine su tratamiento. Y me pide que por las dudas me trate yo también.

 

Alejandro la acompañaba al hospital a colocarse las inyecciones, simulando una convivencia, una falsa identidad y una relación que hiciera sentir menos desdichada a Perla  por el tratamiento que debía solicitar.  Al principio los favores eran desinteresados pero enseguida Alejandro se sintió tentado de sacar provecho de la situación. Es sabido que la mujer despechada se transforma en presa fácil y,  penicilina de por medio,  Alejandro no corría peligro.

La situación fue propicia porque Juana decidió viajar a Los Quirquinchos a visitar a una tía y le pidió a Perla que le permitiera llevar a Almita ya que el verano era tan duro y la nena estaba ahora solita .

Cómo Alejandro se las arregló para llevar a Perla a la cama no escapa de las situaciones más convencionales y previsibles:  El típico comentario sobre el hombre que no valora lo que tiene y que descuida aquello por lo que él hubiese dado  la vida fue suficiente. Cualquier rapaz carroñero conoce el truco y cualquier mujer simula desconocerlo cuando el dolor o la venganza la vuelven presa del juego.

Cuando el Gringo llegó , Alejandro dormía con la boca abierta, el brazo cruzado y la mano abierta sobre las tetas de Perla.

Perla lo despertó de un sacudón. Alejandro se sobresaltó y corrió desnudo hacia el dormitorio de arriba.

Perla soltó una carcajada .

-         ¿Qué voy a hacer con vos Blancanieves?- preguntó Enrique

-         Haceme reír Gringo. ¿Todavía sabés cómo? Haceme reír…

Alejandro, en el cuarto alquilado preparaba sus cosas e intentaba una explicación para evitar la paliza  o el asesinato. No sabía qué le esperaba.

Enrique subió tranquilo . Le dio la mano y le dijo:

-         Mi esposa y yo no vamos a cobrarle este mes de alquiler pero tendrá que irse ahora. No se preocupe, usted no ha tenido nada que ver con esto, el problema fue entre mi mujer y yo.  Entrégueme las llaves que lo acompaño hasta la puerta.

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-