"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GABRIEL CACIORGNA

Publicado en Cuentos el 23 de Agosto, 2013, 11:52 por MScalona

LA NOCHE ANTERIOR

 

Explora en sus  bolsillos para ver cuánto le queda. Sólo un peso.

¿Qué se hace con una moneda y una familia devastada? Se mete en un kiosco a comprar un cigarrillo suelto. La mujer que atiende le acerca el encendedor con una mueca de desprecio; parece que supiera que ese padre acaba de apostar lo que consiguió vendiendo la heladera de su casa. Sale.

Flota cierta tristeza en la atmósfera. El viento agita la copa de los árboles, las luminarias y sus propios fantasmas.

En las noches de invierno a cielo abierto el cuerpo pierde su sinergia; cada órgano actúa a su antojo y la ropa no abriga las partes al unísono. Las que se dicen pudendas, se quejan sin pudor por sentirse sofocadas, mientras las extremidades se congelan.

Siempre es así a la intemperie.

Recuerda aquel mediodía en que ella, después de la quimio, se quejó.  Cuandorespiro el aire me quema viva. Caminaron en silencio y luego arremetió, ¿te hiciste la idea de seguir sin mí? Él entró a un minimarket a comprar unos chicles. Aún no había comido; solía acompañarla en sus ayunos.

Laura era todo para él. Marcos no tenía familia, ella tampoco desde que dejó su país, y así los hijos vinieron a cerrar un círculo de frustraciones y cuentas pendientes.  Por eso, aunque aquéllo ocurrió frente a sus ojos, la muerte de su esposa lo desconcertó. Hasta serle infiel ya no era lo mismo sin ella. Fue la enfermera con la que se acostaba luego de las guardias nocturnas quien se lo advirtió mientras cubría el cadáver. Él dejó olvidado el erotismo en alguna cama del sanatorio, pasando a ser un cuerpo inerte, tanto como el de Laura.

También descubrió que la capitalización de intereses se parecía al cáncer. Laura murió y dejó de sufrir, es cierto, pero le pasó los estigmas. Se había enfermado con ella. Enfermo de desgracia, de esa que se trata con alcohol y encerrándose en antros donde siempre se aprovechan de los desahuciados sin ningún remordimiento.

Amanece. Volver a la casa… ¿a qué?.. ¿para qué?.

 

- No puedo dormir… ¡la puta madre! – murmura Benjamín.

La casa está más vulnerable que nunca. Las paredes no logran interponerse al invierno, que ostenta su crudeza a la luz de unas velas y con las hornallas prendidas. En el living, al lado de unas cajas, los chicos tiraron el colchón de dos plazas para dormir juntos. Ahora, sentados en cuclillas, se miran como esperando que algo pase, que su padre llegue, que les dé alguna respuesta. Morena es la primera que rompe la triangulación; cuando está ansiosa sus ojos se desorbitan y babea.

- ¡Tengo frío!

Julieta va a su habitación. En segundos, destroza la estantería de madera y yute que le había armado su madre para acomodar las muñecas. No va a dejársela a ninguna mocosa presumida.

- ¿Voy a tener una pieza para mí sola en la casa nueva? Papá me dijo que nos vamos a vivir a una grande, que queda en el campo y que… y que… tiene muchos animales para que yo juegue cuando ustedes no están.

Morena la había seguido.

-  Sí, pendeja. Y te la voy a pintar de violeta, como siempre quisiste.

Guarda en su bolso unas cuantas prendas raídas. La ropa es como la gente, allí donde debe soportar, sostener de algún modo, comienza por destruirse.

Las viejas mesas de luz quedarían allí; su padre les dijo que tenían que llevar lo indispensable, porque los primeros meses se instalarían en el departamentito de Eduardo, un tío radicado en Australia del que nunca les había hablado.

No sabían de mudanzas porque desde niños vivieron en esa casa. Laura nunca quiso irse, nunca. Al punto que, dos días antes de morir, en una de esas mejorías que preanuncian la agonía de los enfermos terminales, cuando los dejaron entrar a los tres a la habitación, le pidió a Julieta que mantuviera todo limpio y ordenado. Con su hermano se empeñaron en que todo reluciera a su regreso.

La casa fue muriendo con ella. Las siemprevivas sucumbieron en el cantero.  El sodero ya no les dejó el cajón con sifones los domingos, ni el canillita la revista de tejido a mano. El único helecho que, desde una maceta colgada, resistía la debacle, fue a parar al piso cuando pusieron el cartel. Al menos Julieta pudo derrotar a sus amigas; “hipotecaria” fue implacable para el ahorcado. Ellas, tan risueñas y felices, no la conocían.

Las visitas guiadas resultaron buen negocio para Morena. El señor de traje le regalaba chocolates si lo dejaba pasar con otras personas. Venía siempre por la mañana, cuando ella estaba sola, ya que los hombres de la casa lo habían sacado varias veces a patadas. Poco le molestaba a la nena que comentaran lo descuidado que estaba todo, que hablaran de tirar paredes y de decoración. Incluso días atrás  una señora, entrada en años y kilos, le regaló un billete de cinco pesos y le acarició la cabeza, mientras preguntaba al martillero si era cierto que la propiedad se vendería ya desocupada y si era fácil desalojar a una familia con chicos.

 

Alguien golpea. Julieta, se levanta. Ya había amanecido.

- ¡Seguro que es papá!

Pero no.

- ¡Benjaaa!… ¿por dónde andás? Pasó Adriana y me dijo que El Tano te perdonó, que mañana vuelvas a laburar a la rotisería si querés. Y hasta nos dejó unos sandwichs bien calentitos… ¿No te llamó papá al celu?

Él la escucha desde el patio mientras termina su porro. Le causa gracia  que el viejo lo pueda perdonar. Y piensa en cómo un tipo que se pasa la vida cagando a los demás, conserva una capacidad que él, a los diecisiete años, ya ha perdido. Y siente que debería comprar un arma, que estos dilemas sólo se resuelven con sangre. Aunque no sepa para quién sería el tiro. Si para el oficial de justicia, el martillero o cualquier pelotudo que venga a ocupar la casa. Para alguien del Banco que se la quedó, por plata gastada en tratamientos que no sirvieron.  O tal vez, para su padre, que desde hace meses no hace más que engañar a las hijas, con una casa de campo, un tío que no existe, un trabajo que nunca consiguió…

Cuando vuelve al living, sus hermanas ya devoran la vianda. Él las imita. Piensa que, tal vez, sería más sensato reservar la comida para el hambre que les espera. Pero igual mastica.



  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-