"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




HANSEL GERMÁN MONZÓN

Publicado en Cuentos el 28 de Julio, 2013, 23:16 por MScalona

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La novia de Alain

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Cuando Gustavo le mostró la revista, Luis no lo podía creer.  Una semana atrás, trabajando en un guión para el práctico que tenían que entregar a fin de año, habían hablado de las hermanas, Gustavo, que era de Villa Eloísa,  las había conocido. Luis recordó esa época, su infancia en la casa de pasillo en pichincha, cuando estaba en segundo grado y se aburría en la clase de italiano, bah, en todas las clases. Recorría el antiguo cielo raso del aula con la mirada. Siempre le llamaban la atención unas rosetas, una especie de flor chata de yeso en relieve. Había cuatro, una en cada esquina, de las que salían dos  finas molduras ondulantes a noventa grados una de otra,  un fileteado en relieve que decoraba cada rincón del techo.  En el centro de cada flor había un agujero por donde él se perdía transformado en un abejorro. Desde ese orificio observaba toda la clase o se escapaba para sobrevolar la escuela, el barrio, la ciudad, desde donde volvía repentinamente cuando escuchaba la resonante voz de la maestra preguntando  si  habían entendido.  Sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia  aparecía en su pupitre, Intrigado y con la sensación de haber fallado otra vez, como si fallar fuese un designio que jamás podría cambiar hiciera lo que hiciese.  El pizarrón completamente cubierto de escrituras incomprensibles para él, era  la contundente prueba de la magnitud  del tiempo que había estado ausente. Miraba sin entender  y luego miraba a sus compañeros tratando de captar alguna señal, un gesto, algo que le indicara de qué se había tratado la clase.

Al sonar el timbre metía el cuaderno y la cartuchera en su portafolios, los lápices, por lo general, los tiraba adentro sueltos, así era como se rompían o perdían. Formaba fila y tomaba distancia displicentemente. En el fragor que causaban los últimos minutos, se empujaban unos con otros, algo que solía ponerlo mal pero que ya no le importaba. Hacía meses que en lo único que pensaba a esa hora, era en regresar a su casa, o mejor dicho a la vecina.  El transporte amarillo estaba ahí, el de todos los días, el de las mismas caras, el del mismo insoportable recorrido, ese recorrido que lo dejaba con la fastidiosa sensación de que lo relegaban, siempre para lo último. Subió tomándose del pasamano y aferrando el portafolios con la otra, y se ubicó en el lugar de siempre. En el trayecto hasta su asiento algunos chicos le hablaron pero él no escuchó. “Llegás y te vas a merendar a lo de Chele que te va a estar esperando, cuando yo vuelva te voy a buscar”. Le retumbaba la voz de su mamá mientras apoyando su frente en la ventanilla veía pasar los techos pálidos de las casas por entre el gastado y sucio cielo de las tarde de invierno. En un último plano, escuchaba a  los compañeritos más zarpados, los que hacían todo el barullo, los que gritaban cosas a los automovilistas y peatones, los que pasaban derecho para el fondo, como en el aula.

Ya no era como los demás chicos, ya no se sumaba al bochinche, se sentía algo mayor,  prefería quedarse solo mientras, con una mano en el bolsillo del guardapolvo, jugaba, sin darse cuenta, con las migas de una Manon rota, disfrutando del secreto que tenía, un secreto tan perturbador que resultaba casi inconfesable hasta para él mismo. Salvo a esa hora, la hora en que volvía de la escuela, era ahí cuando comenzaba a disfrutarlo.

Chele vivía en la casa contigua a la suya, en el mismo pasillo, para él era de “avanzada” porque estaba separada y en esa época  era algo reservado a mujeres con cierta osadía; tenía dos  hijas de quince y dieciséis años, de una belleza perturbadora, habían llegado de un pueblo, Villa Eloísa, eran tan bellas que no podían tener amigas en el barrio, ninguna chica se sentía cómoda al lado de ellas, opacaba a cada una que  intentase acercarse, casi podría afirmarse que las odiaban, salvo los muchachos, que, por el mismo motivo, vivían alborotados.

Las hijas de Chele eran raras, Luis a sus siete años jamás había conocido gente con esa impronta, salvo en programas de tv. Ellas se llamaban Ana y Cristina y esa rareza le producía fascinación. Cada vez que las cruzaba se sentía feliz, poco importaba su estado de ánimo previo, el solo hecho de ver a algunas de las hermanas, lo reconciliaba con cualquier cosa que hasta el momento lo hubiese afligido. Estaba enamorado, no sabía de cual, o mejor dicho, estaba enamorado de las dos.

Any y Cris eran, como se dio cuenta de grande, lo que se dice progresistas. Escuchaban los Beatles, Bob Dylan, Serrat , cuando en casi todos lados sonaba Ortega y Roberto Sanchez. Tenían en su dormitorio un poster grande con la foto de un barbudo que Luis tenía ya visto y en el que, años después,  reconocería al Che. Esa casa era especial, los vasos de vidrio de colores, el reloj pop de la pared, el tocadiscos portátil (última tecnología), y una réplica en miniatura de un escenario de teatro sobre una mesa ratona, con luces que se encendían a voluntad, le hacían Intuir a Luis que había otro mundo, otra forma de vivir que no era la que le enseñaban en su casa ni en la escuela y esa otra forma,  le atraía demasiado. Any y Cris estudiaban teatro y, cada tanto, hacían fiestas en su casa, fiestas a las que iban personas igualmente raras, y que, obviamente, no eran del barrio. Él, desde su casa, veía llegar a los invitados, escuchaba esa música  y  soñaba con pertenecer algún día, a ese círculo de amigos. Se moría de ganas de estar ahí, pero sabía que eso, era imposible.

El transporte se detenía en la puerta, como cada día, después de un serpenteante recorrido, un recorrido aparentemente alocado que parecía pasar varias veces por la misma zona, alocado pero inevitable si se quería cumplir con la tarea de devolver a cada chico a su domicilio.

Luis, tomaba su portafolio de cuero marrón, tan común por entonces, tan común y tan pesado. Bajaba casi sin saludar a los pocos pasajeros que quedaban, si saludaba, lo hacía en forma automática, en voz muy baja y sin ganas. Caminaba con paso firme, refregándose la cara con el puño del guardapolvo. El peso del portafolios ya no le importaba. Entraba al pasillo que le era muy ancho e interminable. Una excitación se apoderaba de él, durante el largo recorrido trataba de pensar en otra cosa como para calmar la ansiedad pero le era imposible, la sola idea de entrar a esa casa lo ponía muy ansioso, pero lo deseaba. Pasaba  por delante de su casa y ni la miraba, sabía que adentro no había nadie. Cuando llegaba al porche de Chele tocaba timbre.

Recorrido y sensaciones que se repetían todas las tarde a la misma hora. Siempre lo recibía la abuela de las chicas que también vivía con ellas. Por lo general,  a esa hora, no había más nadie. Eso no le importaba, el solo hecho de entrar a su casa, a la casa de sus vecinas tan deseadas, al lugar donde ellas vivían, donde dormían, donde comían, donde había transcurrido una de esas fiestas, era como entrar a su intimidad.

Durante ese año fue siempre igual, la abuela lo esperaba con la merienda y mientras la tomaba  miraba sus programas favoritos: Primero Meteoro, le encantaba, aunque le daba bronca que su héroe no se diera cuenta que su rival enmascarado era su hermano. Después Kimba, un dibujo animado que él miraba molesto porque le parecía una telenovela, el leoncito al que unos cazadores le asesinaban la madre y que todos los capítulos empezaba siempre con esa dramática y lacrimógena introducción, eso no se lo bancaba. El plato fuerte venía después, cuando empezaba Batman, el de Adam West. Era entonces cuando disfrutaba en serio, sentía una profunda atracción por esa estética psicodélica que, sin darse cuenta, emparentaba con la onda de Any y Cris. Sabía que tanto Batman como Robin saldrían sanos y salvo de las trampas que le tendían los villanos, pero no podía dejar de sufrir hasta el día siguiente cuando la salvación se concretaba. Soñaba con ser Batman, con tener una baticueva y un baticinturón lleno de artilugios, uno de verdad, pero se tuvo que conformar con el traje que, de un apurón y para que se dejara de molestar, le hiciera su madre utilizando una vieja sábana, que completó con unas orejitas de murciélago de pañolenci anaranjado. Él se lo ponía casi todos los días y, con esa inexplicable abstracción propia y con que suelen jugar los niños, se veía a si mismo como el inexorable hombre murciélago de la pantalla. Así vestido, jugaba, hacía sus deberes, cenaba y se iba a dormir lleno de orgullo, orgullo que días después fue ridiculez, cuando unos amiguitos le hicieron ver que su traje era blanco y anaranjado.

Una vez terminada la serie se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer. Se concentraba tratando de calmarse, tenía poco tiempo, en cualquier momento pasaba su madre a buscarlo. Con voz que él creía tranquila y esquivando la mirada a la abuela, le pedía permiso para pasar al baño. Una vez ahí, se aseguraba de cerrar bien la puerta, se bajaba el pantaloncito y se sentaba en el inodoro a orinar mientras repasaba con la vista cada rincón del cuarto. Sabía que en algún lugar encontraría lo que buscaba y por lo general lo encontraba, si no era colgado del caño de la cortina de la ducha, era en el grifo, sino en el canasto de la ropa sucia, casi siempre encontraba una bombacha, de Any o de Cris, vaya a saber de quién, aunque la verdad, no le importaba, su amor era indistinto. La tomaba en sus manos como un sacerdote toma el cáliz. Nunca se había masturbado, ni sabía lo que era una erección pero algo del orden del placer  sentía, y era sexual, era atracción pura. Lo miraba y lo tocaba, imaginaba a una de las chicas o a las dos, se lo acercaba a la cara, lo olía. El ritual duraba unos pocos minutos, pero intensos. Después dejaba la prenda donde estaba tratando que nadie notara su intervención y luego salía del baño feliz, tan feliz como se sentiría  de grande al hacer el amor.

Pasó poco más de un año, un año de hacerle el amor a sus dos amores sin que ellas lo supiesen, hasta que un día Chele le contó a sus padres que se irían a vivir a España, argumentando: “Las chicas estudian teatro e idioma, están muy preparadas, quieren vivir de eso  y acá no tienen futuro”. Las extrañó poco tiempo, enseguida se acostumbró a no verlas. Luis continuó transformándose en abejorro para escaparse de la clase, pero cada vez con menos frecuencia. Terminó la escuela y luego el secundario, conoció, el sexo y el amor correspondido. Su madre continuó una comunicación epistolar con su amiga Chele durante un tiempo,  inclusive la visitó en España años después, donde se enteró que Any continuaba con su carrera de actriz, pero años después la correspondencia cesó.

Al tiempo Luis comenzó a estudiar cine. Gustavo apareció en la casa de Luis, a la semana siguiente de aquella charla en la que le contó que había conocido a las hermanas,  llegó con la revista Hola española, entonces no se editaba en el país. Abrió la revista de par en par en una página que tenía marcada  y le mostró a su amigo, el titular decía: “La argentina que enamoró a Alain Delon” y una foto de Any de la mano con el galán. Luis tomó la revista con los ojos clavados en ella y la boca abierta, lo invadió una inexplicable emoción y no pudo dejar de sentir orgullo, un orgullo tan ridículo como el que sintió con su disfraz de Batman.

 

                                                                                                       Hansel Germán

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-