"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




ARIEL ZAPPA

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 21:35 por MScalona

EVITA 1

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"SI ELLA VIVIERA"

26 de Julio de 2013 a la(s) 19:43

El bocha me citó a las seis. Decime: ¿qué mierda quiere el bocha a las seis de la mañana en Avenida del Rosario y Lituania? ¿Para qué carajo quiere que me levante a esa hora si hoy no tenemos que ir al mercado?

-Mas vale que vengas porque sino olvidate de seguir conmigo -me ordenó la noche anterior. No puedo quedarme sin laburo. Con el flete me la rebusco para los vicios, y cada tanto, me doy un gusto, baratito, pero al menos, me saco las ganas. En cambio, en la verdulería del bocha, hago la diferencia.

Tenía la piel pegoteada con ese efluvio evanescente que nace desde el arroyo Saladillo junto al frigorífico, que envuelve hasta el aliento cuando hay humedad y el techo de nubes está bajo. Dan ganas de preguntarle a las doñas de la cuadra, cuál de todas fue la que se olvidó la olla destapada con coliflor. Y yo estaba ahí, refregándome las manos, sin saber por qué. Pensando en los que se habían quedado en casa, tapados, calentitos, durmiendo.

Pensé en la época en que mi viejo me llevaba a repartir por la zona. En ese tiempo, a esta misma hora, era un hervidero. Yo tomaba “la F negra”, que ahora es el 134, y combinaba con la “C”, ahora el 142. Y uno subía y saludaba a todos: desde el chofer hasta el último de los pasajeros. Porque éramos los mismos, siempre, cada madrugada, cada uno en su asiento. La pregunta no se hacía esperar cuando uno notaba una ausencia. Y la respuesta, no tardaba en llegar: que está con licencia, que la artrosis, que la cizalla es peligrosa, que la cintura no lo deja en paz…

Y aunque el bocha me haya citado en Avenida del Rosario y Lituania, ésta, no es la misma esquina donde me dejaba mi papá a media mañana en el reparto de vino, para que Raquel me hiciera uno de jamón y queso con una Fanta naranja. Y yo, con catorce años, escondido detrás del sándwich, espiaba a los tipos que charlaban en las mesas, gigantes, fumando, tomando vermouth, leyendo el diario. Y al salir, era otro. Me iba con una enjundia que pocas veces en mi vida, por no decir nunca, he vuelto a sentir. Me sentía parte de ese paisaje orillero, de ese submundo, del cual, no entendía nada. Y cuando mi papá me pasaba a buscar yo saludaba, y ellos, levantaban la mano. Hoy, en cambio, sólo se ven pescadores que van y vienen desde el arroyo, esmerándose por trajinar y poblar la cuadra. Y los Templos: siempre hay Templos. Sobra gente y falta pintura.

En eso estaba cuando los vi salir a todos, como hormigas.

Venían de a tres, de a cuatro. Conversaban. Discutían meneando las manos, levantando el índice como agujas, apuntando hacía el cielo. No podían parar de hablar. Uno gritaba citando una fecha, un documento histórico, una batalla memorable. El otro, altisonante, le respondía que no. Que no fue, ni es, así. Que ella nunca dijo eso. Si algo ella nunca había dicho, por compromiso con su pueblo, era eso.

Cada tanto, cuando el vaho que se paseaba por mi nariz no me repugnaba lo suficiente, me concentraba en los nombres y las ciudades que citaban. Calculaba que, por la edad de los tipos y las minas, ninguno aún había nacido en las fechas que mentaban. Pasaban a mi lado como zombies, sostenidos en una fascinación que no les permitía parar de hablar. Si dijera que alguno se percató de que yo estaba ahí, te mentiría. Al rato, dejaban de caminar y la charla se posaba en dos o tres que, formando un círculo a modo de conciliábulo, bajaban la voz, secreteaban cosas que no alcanzaba a oír. 

Fue una sorpresa descubrir al bocha que venía caminando con ellos, en el tercer o cuarto grupo de gente. No hablaba. La voz cantante la llevaba una piba que tenía una carpeta y un cigarrillo aún sin encender. A menos de cinco metros, antes de llegar a mí, el bocha levanta la vista y me advierte. Yo me paré firme, como esperando una orden. Se separó de los demás y, adelantándose, me saludó. Cuando el grupo llegó caminando hasta el filo del cordón, antes de buscar la parada de colectivo, los detuvo a todos para presentarme. Yo estaba mudo, encabronado. ¿Qué mierda hace el bocha con esta gente saliendo del bar “Nuevo Piave” a las seis de la mañana? ¿Se habrá hecho evangelista? ¿Testigo de Jehová? ¿La Carina lo habrá echado de la casa? Que yo sepa, últimamente no se mandó muchos renuncios, porque si fuera por eso, le tendría que haber puesto una soberana patada en el culo hace tiempo. Al presentarnos, el bocha recitaba de memoria el nombre de cada uno de ellos, y todos, hombres y mujeres, me saludaron con un beso. No hay duda: el bocha anda en algo raro.

Noté que el grupo dejó de discutir. Abandonaron las discusiones para empezar hablar del tiempo, de la parada del colectivo, de cuándo empieza el campeonato de primera. Y en un minuto, tras frases cortas como “¿vos nos llamás?”, que iban dirigidas a la mina de pelo largo, morocha, con ojos hundidos como en cuencos de madera, que llevaba la voz cantante y el cigarrillo sin encender, fueron yéndose.

Yo seguía serio y no soltaba, por más que quisiera, palabra alguna. El bocha, tampoco. Así estuvimos hasta que él tomó el toro por las astas.   

-¿Los viste? -me preguntó mirándome fijo.

-¡Claro! -le respondí sobrando.

-¿Y…qué te parece?

-¿Me estás cargando?

-No, no te estoy cargando…-contestó contrariado.

-¿Para esto me hiciste venir?

-¿No viste nada…?

-Sos un boludo…

-¿Por qué?

-Me hacés levantar a las cinco de la mañana para que te cubra un levante…

El bocha se puso serio. Una sola vez tuvo esa cara, me acuerdo: fue cuando murió su vieja. Respiró hondo y me contó. Se reunían en el bar Nuevo Piave. A veces, en el cine Diana. Nunca en el Sindicato de la Carne. Que la edad tope era 40 años porque, expresamente, “ella” lo había pedido así. Me quedé pensando en esa palabra: “expresamente”, y en el gesto del bocha, afirmándolo.

-Te estás comiendo a la morocha… –le dije con bronca.

-¿Qué decís…?

-Ahora, bocha, decime una cosa…

-…dejame explicarte…

- ¿Qué necesidad tenés de caretearla conmigo…?

-No estoy careteándola, y menos con vos…

-¿…y hacerme venir a las seis de la mañana?

-No estoy careteándola…te digo…

-¿Es testigo de Jehová, mormona…?

-¿Quién,…de quién hablás?

-De la morocha…

-¿Victoria?

-¡Que mierda me importa cómo se llama, bocha!

-¡Pará, pendejo! –me gritó al tiempo que me agarraba la remera, a la altura del pecho.

Y lo hacemos de madrugada, siguió, porque a esta hora no hay giles espiando ni periodistas preguntando boludeces. Que él mismo le había preguntado a la piba, a ésa, Victoria, dijo apuntando a la morocha, -aunque yo, ya lo sabía, y no hacía falta que me lo aclarara-, y ella había dicho que sí, que yo podía venir.

Lo interrumpí de mal modo. ¿Qué me había invitado adónde? Calmo, como nunca lo vi antes, me señaló la pared del sindicato de la carne que mira hacia el río.

Escalofríos. Eso sentí.

Porque la pared estaba vacía: ella, no estaba. No estaba ahí, ni tampoco en la rotonda. Sentí un mareo que me obnubiló la vista y bajó como un rayo hasta mi garganta cuando la vi salir del bar, rodeada de los que aún quedaban adentro. Como al pasar, y mientras saludaba a los del grupo, levantó la vista y la mano hacia donde estaba yo. Me saludó o se espantó un bicho o se rascó la cabeza, no sé. Lo cierto es que su mano zarandeó el aire, y en ese rodeo me sentí envuelto, atrapado en su halo. Al cruzar, miró hacia los costados. Creo haberle escuchado decir “traidores”. No sé si fue una palabra suelta, un suspiro o sólo una alucinación de mi cabeza que, al verla, casi estalla.

El bocha sonrió y me buscó la jeta. Al encontrarla, me soltó: “¿viste, boludo?”. Yo quería cagarlo a trompadas, preguntarle, hablarle, seguirla, besarla…. Y no pude nada de eso. Al contrario. Debía dar gracias de que las piernas me aguantaran para no caer desmayado.

-¿Por qué no me avisaste antes?

-Te avisé ahora…-me chicaneó.

-Vos no sos mi amigo, me usás cuando te conviene…

Lo seguí toreando: que cuánto hacía que participaba. Si sabía alguien más. Si el único boludo de todos sus amigos que no sabía, era yo. Que cómo hicieron para que bajara. Que me haces entrar a cada ratonera y no me avisás de esto...

El bocha, nada. A lo sumo, cada tanto, pestañaba.

Cuando levanté la vista sobre su hombro, los primeros rayos del sol rebasaban la línea del asfalto y se elevaban, desprolijos, pintarrajeando las copas de los árboles. Y ella, mirando fijo y sonriendo, siempre sonriendo, ya estaba presta sobre la pared lateral del edificio, con los brazos abiertos.

No me da vergüenza decirlo: me puse a llorar como un chico. El bocha se dio cuenta y puso su mano sobre mi hombro. El mundo entero levantó sus paredes cerca de nuestras espaldas e hizo descender el cielo sobre nuestras cabezas para que ese momento, al menos por unos instantes, sea sólo nuestro.

Le pregunté qué les decía Evita. Me dijo que nada: ella, escucha.    

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-