"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




26 de Julio, 2013


ARIEL ZAPPA

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 21:35 por MScalona

EVITA 1

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"SI ELLA VIVIERA"

26 de Julio de 2013 a la(s) 19:43

El bocha me citó a las seis. Decime: ¿qué mierda quiere el bocha a las seis de la mañana en Avenida del Rosario y Lituania? ¿Para qué carajo quiere que me levante a esa hora si hoy no tenemos que ir al mercado?

-Mas vale que vengas porque sino olvidate de seguir conmigo -me ordenó la noche anterior. No puedo quedarme sin laburo. Con el flete me la rebusco para los vicios, y cada tanto, me doy un gusto, baratito, pero al menos, me saco las ganas. En cambio, en la verdulería del bocha, hago la diferencia.

Tenía la piel pegoteada con ese efluvio evanescente que nace desde el arroyo Saladillo junto al frigorífico, que envuelve hasta el aliento cuando hay humedad y el techo de nubes está bajo. Dan ganas de preguntarle a las doñas de la cuadra, cuál de todas fue la que se olvidó la olla destapada con coliflor. Y yo estaba ahí, refregándome las manos, sin saber por qué. Pensando en los que se habían quedado en casa, tapados, calentitos, durmiendo.

Pensé en la época en que mi viejo me llevaba a repartir por la zona. En ese tiempo, a esta misma hora, era un hervidero. Yo tomaba “la F negra”, que ahora es el 134, y combinaba con la “C”, ahora el 142. Y uno subía y saludaba a todos: desde el chofer hasta el último de los pasajeros. Porque éramos los mismos, siempre, cada madrugada, cada uno en su asiento. La pregunta no se hacía esperar cuando uno notaba una ausencia. Y la respuesta, no tardaba en llegar: que está con licencia, que la artrosis, que la cizalla es peligrosa, que la cintura no lo deja en paz…

Y aunque el bocha me haya citado en Avenida del Rosario y Lituania, ésta, no es la misma esquina donde me dejaba mi papá a media mañana en el reparto de vino, para que Raquel me hiciera uno de jamón y queso con una Fanta naranja. Y yo, con catorce años, escondido detrás del sándwich, espiaba a los tipos que charlaban en las mesas, gigantes, fumando, tomando vermouth, leyendo el diario. Y al salir, era otro. Me iba con una enjundia que pocas veces en mi vida, por no decir nunca, he vuelto a sentir. Me sentía parte de ese paisaje orillero, de ese submundo, del cual, no entendía nada. Y cuando mi papá me pasaba a buscar yo saludaba, y ellos, levantaban la mano. Hoy, en cambio, sólo se ven pescadores que van y vienen desde el arroyo, esmerándose por trajinar y poblar la cuadra. Y los Templos: siempre hay Templos. Sobra gente y falta pintura.

En eso estaba cuando los vi salir a todos, como hormigas.

Venían de a tres, de a cuatro. Conversaban. Discutían meneando las manos, levantando el índice como agujas, apuntando hacía el cielo. No podían parar de hablar. Uno gritaba citando una fecha, un documento histórico, una batalla memorable. El otro, altisonante, le respondía que no. Que no fue, ni es, así. Que ella nunca dijo eso. Si algo ella nunca había dicho, por compromiso con su pueblo, era eso.

Cada tanto, cuando el vaho que se paseaba por mi nariz no me repugnaba lo suficiente, me concentraba en los nombres y las ciudades que citaban. Calculaba que, por la edad de los tipos y las minas, ninguno aún había nacido en las fechas que mentaban. Pasaban a mi lado como zombies, sostenidos en una fascinación que no les permitía parar de hablar. Si dijera que alguno se percató de que yo estaba ahí, te mentiría. Al rato, dejaban de caminar y la charla se posaba en dos o tres que, formando un círculo a modo de conciliábulo, bajaban la voz, secreteaban cosas que no alcanzaba a oír. 

Fue una sorpresa descubrir al bocha que venía caminando con ellos, en el tercer o cuarto grupo de gente. No hablaba. La voz cantante la llevaba una piba que tenía una carpeta y un cigarrillo aún sin encender. A menos de cinco metros, antes de llegar a mí, el bocha levanta la vista y me advierte. Yo me paré firme, como esperando una orden. Se separó de los demás y, adelantándose, me saludó. Cuando el grupo llegó caminando hasta el filo del cordón, antes de buscar la parada de colectivo, los detuvo a todos para presentarme. Yo estaba mudo, encabronado. ¿Qué mierda hace el bocha con esta gente saliendo del bar “Nuevo Piave” a las seis de la mañana? ¿Se habrá hecho evangelista? ¿Testigo de Jehová? ¿La Carina lo habrá echado de la casa? Que yo sepa, últimamente no se mandó muchos renuncios, porque si fuera por eso, le tendría que haber puesto una soberana patada en el culo hace tiempo. Al presentarnos, el bocha recitaba de memoria el nombre de cada uno de ellos, y todos, hombres y mujeres, me saludaron con un beso. No hay duda: el bocha anda en algo raro.

Noté que el grupo dejó de discutir. Abandonaron las discusiones para empezar hablar del tiempo, de la parada del colectivo, de cuándo empieza el campeonato de primera. Y en un minuto, tras frases cortas como “¿vos nos llamás?”, que iban dirigidas a la mina de pelo largo, morocha, con ojos hundidos como en cuencos de madera, que llevaba la voz cantante y el cigarrillo sin encender, fueron yéndose.

Yo seguía serio y no soltaba, por más que quisiera, palabra alguna. El bocha, tampoco. Así estuvimos hasta que él tomó el toro por las astas.   

-¿Los viste? -me preguntó mirándome fijo.

-¡Claro! -le respondí sobrando.

-¿Y…qué te parece?

-¿Me estás cargando?

-No, no te estoy cargando…-contestó contrariado.

-¿Para esto me hiciste venir?

-¿No viste nada…?

-Sos un boludo…

-¿Por qué?

-Me hacés levantar a las cinco de la mañana para que te cubra un levante…

El bocha se puso serio. Una sola vez tuvo esa cara, me acuerdo: fue cuando murió su vieja. Respiró hondo y me contó. Se reunían en el bar Nuevo Piave. A veces, en el cine Diana. Nunca en el Sindicato de la Carne. Que la edad tope era 40 años porque, expresamente, “ella” lo había pedido así. Me quedé pensando en esa palabra: “expresamente”, y en el gesto del bocha, afirmándolo.

-Te estás comiendo a la morocha… –le dije con bronca.

-¿Qué decís…?

-Ahora, bocha, decime una cosa…

-…dejame explicarte…

- ¿Qué necesidad tenés de caretearla conmigo…?

-No estoy careteándola, y menos con vos…

-¿…y hacerme venir a las seis de la mañana?

-No estoy careteándola…te digo…

-¿Es testigo de Jehová, mormona…?

-¿Quién,…de quién hablás?

-De la morocha…

-¿Victoria?

-¡Que mierda me importa cómo se llama, bocha!

-¡Pará, pendejo! –me gritó al tiempo que me agarraba la remera, a la altura del pecho.

Y lo hacemos de madrugada, siguió, porque a esta hora no hay giles espiando ni periodistas preguntando boludeces. Que él mismo le había preguntado a la piba, a ésa, Victoria, dijo apuntando a la morocha, -aunque yo, ya lo sabía, y no hacía falta que me lo aclarara-, y ella había dicho que sí, que yo podía venir.

Lo interrumpí de mal modo. ¿Qué me había invitado adónde? Calmo, como nunca lo vi antes, me señaló la pared del sindicato de la carne que mira hacia el río.

Escalofríos. Eso sentí.

Porque la pared estaba vacía: ella, no estaba. No estaba ahí, ni tampoco en la rotonda. Sentí un mareo que me obnubiló la vista y bajó como un rayo hasta mi garganta cuando la vi salir del bar, rodeada de los que aún quedaban adentro. Como al pasar, y mientras saludaba a los del grupo, levantó la vista y la mano hacia donde estaba yo. Me saludó o se espantó un bicho o se rascó la cabeza, no sé. Lo cierto es que su mano zarandeó el aire, y en ese rodeo me sentí envuelto, atrapado en su halo. Al cruzar, miró hacia los costados. Creo haberle escuchado decir “traidores”. No sé si fue una palabra suelta, un suspiro o sólo una alucinación de mi cabeza que, al verla, casi estalla.

El bocha sonrió y me buscó la jeta. Al encontrarla, me soltó: “¿viste, boludo?”. Yo quería cagarlo a trompadas, preguntarle, hablarle, seguirla, besarla…. Y no pude nada de eso. Al contrario. Debía dar gracias de que las piernas me aguantaran para no caer desmayado.

-¿Por qué no me avisaste antes?

-Te avisé ahora…-me chicaneó.

-Vos no sos mi amigo, me usás cuando te conviene…

Lo seguí toreando: que cuánto hacía que participaba. Si sabía alguien más. Si el único boludo de todos sus amigos que no sabía, era yo. Que cómo hicieron para que bajara. Que me haces entrar a cada ratonera y no me avisás de esto...

El bocha, nada. A lo sumo, cada tanto, pestañaba.

Cuando levanté la vista sobre su hombro, los primeros rayos del sol rebasaban la línea del asfalto y se elevaban, desprolijos, pintarrajeando las copas de los árboles. Y ella, mirando fijo y sonriendo, siempre sonriendo, ya estaba presta sobre la pared lateral del edificio, con los brazos abiertos.

No me da vergüenza decirlo: me puse a llorar como un chico. El bocha se dio cuenta y puso su mano sobre mi hombro. El mundo entero levantó sus paredes cerca de nuestras espaldas e hizo descender el cielo sobre nuestras cabezas para que ese momento, al menos por unos instantes, sea sólo nuestro.

Le pregunté qué les decía Evita. Me dijo que nada: ella, escucha.    

GUILLERMO RÍOS

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 21:30 por MScalona
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EL ADIOS

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Hace unos ocho años me encontraba trabajando en una pequeña isla. No quiero decir cuál era, el nombre de la isla no es importante. Lo que importa es que era una isla. El océano la bañaba con su lengua de platino y rara vez soplaba viento o caía algo de lluvia. Era un rincón casi olvidado, de una relevancia ausente, en el cual después de mucho andar, finalmente, había logrado sentirme en paz.

La isla era bastante rocosa, y en su mayor longitud estaba bordeada por acantilados bajos y pedruscos enmohecidos. Sin embargo, en la costa oeste las piedras escupían una playa blanca de ensueño. La arena, con una contextura similar a la harina, acariciaba tersa la piel con una calidez de madre, y el agua templada era increíblemente silenciosa. Parecía como si alguien hubiese habitado aquel lugar hacía miles de años, y antes de irse lo hubiese pausado en la retina de algún dios pagano.

La única estructura que había era un búngalo de madera y un pequeño cuarto de servicio. Es que la pequeña isla se encontraba muy cerca de otra isla, bastante más grande, cuyo nombre tampoco importa y no voy mencionar. Los hoteleros de la isla mayor habían decidido instalar un bar en el pequeño búngalo, e implementar una especie de recorrido turístico por la playa virgen, donde los extranjeros se adentrarían en el terreno de las iguanas y de lo desconocido. En aquel momento yo trabajaba de camarero para uno de aquellos lujosos y abarrotados hoteles. Cuando pidieron un voluntario que se hiciera cargo del bar de la otra isla apenas si dudé en dar un paso al frente. Antoine, un barquero de la zona, llevaría todas las mañanas una conservadora y una caja mediana con frutas, panificaciones y fiambres, y también dejaría diariamente tres litros de agua potable y tres litros de gasolina para el generador.

                El emprendimiento no funcionó a la altura de las expectativas de los grandes hoteleros. Nunca supe si fue por pereza o por algún temor que pudiera infundir en los turistas el viajar a un páramo salvaje. Lo cierto es que eran pocos los que se aventuraban a la isla, y los que lo hacían, seguramente no remarcaban tan positivamente su experiencia al volver a los grandes comedores y piscinas de la gran isla.

El trato era que yo viajara todas las mañanas con Antoine y llevara las provisiones, y al caer la tarde, ya con los últimos turistas, emprendiese la vuelta a la gran isla a pasar la noche en los servicios de alguno de los hoteles que compartían el emprendimiento. Al principio así se hizo, el traslado diario era tedioso, pero aprendí a disfrutar de la brisa de pleamar y el sabor a sal en las comisuras. Todos los días una gaviota nos seguía a pocos metros de la balsa, y yo no podía evitar preguntarme adonde iría después de que Antoine me dejara en mi puesto de trabajo.

                Luego de unos meses, y al ver que la excursión a la playa virgen no había causado el impacto turístico esperado, comencé a preocuparme. Temí que los hoteleros decidieran dar por finalizado el proyecto, y entonces yo me vería de vuelta en los grandes edificios, sirviendo a extranjeros desaprensivos por unas pocas monedas. Fue entonces cuando tomé la decisión de no volver más por las noches. De esa manera, cuanto menos, evitaba cruzarme con algún directivo en los pasillos de algún hotel y tener que rendir cuentas o prestarle oídos a sus explicaciones monetaristas. Si me quedaba definitivamente en la pequeña isla, y siempre y cuando Antoine siguiera trayendo provisiones y algún que otro turista ocasional, tal vez en la gran isla se olvidaran de mí. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Pasado un tiempo, ya me había acostumbrado deliciosamente a mi nuevo hogar. Me llevaba bien con la isla y su naturaleza no me parecía hostil en absoluto. Antoine me trajo una mañana alunas lonas y sábanas viejas que consiguió vaya a saber dónde, y con las maderas verdes que iba encontrando regularmente en la playa fui construyéndome un catre bastante decente y un pequeño modular que acomodé en el cuarto de servicio. Las provisiones seguían llegando y consumía la mayor parte de mi tiempo dando caminatas por la playa o simplemente acostado en la arena, pensando o recordando pasajes de viejos libros o películas.

En una ocasión, Antoine me trajo, además de las provisiones usuales, un libro de regalo. –Es de un paisano- me dijo. Cuando me lo entregó, vi que se trataba de El Extranjero, de Albert Camus. Ya había leído aquel libro, durante mi infancia austera en la ribera cantábrica. Pero como no había mucho más que hacer, comencé su relectura. Había olvidado las largas caminatas por la playa que también daba el personaje de Camus. Y como había planteado que si el hombre, una criatura de costumbre, hubiese sido destinado a pasar su existencia encerrado en el tronco hueco de un árbol, habría hecho de eso su vida, y le habría encontrado una trascendencia ineludible a la forma de las nubes o el vuelo de los pájaros. Ese era yo, en aquel momento y en aquel lugar, dentro de mi tronco hueco. Me había identificado profundamente con aquella historia. Qué grande es la magia de los libros.

                Los turistas nunca dejaron de llegar a la pequeña isla. Si bien eran esporádicos y muchos solo se quedaba la menor porción de su día (le pedían a Antoine que no se demorara más de dos o tres horas en buscarlos), lo importante era que mantenían el proyecto mínimamente a flote, y eso me tranquilizaba. El servicio que se les brindaba era bueno y consistente. Todos los gastos estaban previamente cubiertos al comprar la excursión en el hotel, y por lo tanto podían beber y comer lo que se les antojase, dentro de las posibilidades que brindaran las provisiones con las que yo contara aquel día, claro está. Pero no había quejas, ni ante mí ni ante los hoteleros de la gran isla. Supongo que a la mayoría de la gente le cuesta admitir que no pudieron disfrutar de algo que desde el planteo surge ideal y soñado. Volver molesto y decepcionado de un paraíso abandonado, donde no existen estímulos de diseño y donde la interacción depende exclusivamente de uno, es más que una queja una autocrítica. Por ello, y algunas otras cosas de menor importancia, me sentía a salvo.

En mis recuerdos de aquella época no distingo mayormente un día del otro, toda la experiencia fue una tintura, un fresco en tiza mojada, en el cual las cosas sucedían sin tiempo ni preponderancia. Todos los días eran igualmente cálidos, monocordes, como arrojados a una tina atemporal, todos, hasta que llegaron ellos. Se notaba a simple vista que eran una pareja estable. Llegaron muy temprano de mañana, guiados por Antoine. Eran españoles, andaluces, de algún pueblo cerca de Sevilla (supe luego). Ella era alta y con apariencia ágil y reducida, él se veía bastante desgarbado y de expresión densa. Desembarcaron todos sus trastes y despidieron efusivamente al barquero. Desplegaron sus tumbonas y sombrillas a centímetros de la orilla y se sentaron en silencio de cara al mar. Yo me apoyaba en la barra del bar, leyendo pasivamente mi libro de Camus. En un principio no reparé en ellos más de lo que lo hacía con cualquier otro turista, pero a las pocas horas, ella se levantó sacudiendo la arena de su cuerpo, y se acercó a la barra. Tenía una voz apagada, casi tímida. Era de muy buenos modales y se movía con cierta gracia animal, como de ave. Me pidió una limonada y alguna fruta tropical para su marido. Cuando me acerqué con su bebida en la mano se quedó mirándome durante varios segundos. Se notaba que buscaba algo en mí, o tal vez haya entendido que con aquella mirada grácil y queda cumplía con la carga de dejar la propina.

                Es preciso aclarar, que desde que decidí no volver a los grandes hoteles dejé de percibir mi paga. No estaba claro si seguía siendo empleado de las cadenas o no, pero eso me tenía sin cuidado. Lo cierto es que mientras las provisiones siguieran llegando yo tendría con que vivir, y en el entretanto, las propinas que dejaban la mayoría de los turistas iban siendo guardadas en un bidón de gasolina debajo de mi catre, destinado a asegurar mi salvoconducto fuera de aquella isla en caso de que surgiera necesario.

                Pero volviendo a lo importante, lo que sucedió es que aquella mujer, tan silenciosamente como había llegado hasta la barra, se alejó hasta la orilla, de vuelta a la compañía de su marido. A las pocas horas la balsa de Antoine encalló en el pequeño muelle improvisado y sin que volviéramos a cruzar palabra o miradas se habían marchado de mi isla. Yo llevaba poco más de un año en aquel lugar, y si bien me encontraba a gusto y no sufría de necesidades, la verdad es que añoraba un poco el contacto con una mujer. Soy un hombre de cierto honor, debo decirlo, jamás habría intentado nada con aquella española con cuerpo de gacela, no, sabiendo que tenía esposo, pero mentiría si dijera que aquel encuentro, por breve que hubiese resultado, no alteró al menos un poco mis ánimos corpóreos. Al siguiente día, me encontraba cerca de la playa, arrastrando una gran rama verde que la marea había traído entre la espuma, cuando divisé la balsa de Antoine que se acercaba al muelle. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que de la pequeña embarcación no solo bajaba la mujer española, sino que además no venía acompañada. Quedé inerte, las plantas de mis pies se aferraron con saña a las conchas y moluscos muertos que ahora formaban la arena. Volví a la barra con urgencia, con vergüenza pueril, como si el encontrarme en la playa cuando ella llegara fuera el equivalente a sorprenderme desnudo en el baño. Saludó a Antoine con un gesto ya familiar y se acomodó entre sus pertrechos. Esta vez no había elegido un lugar cerca del agua, esta vez se parapetó bajo una gran palmera, mucho más cerca del bar. Dispuso su tumbona de una manera oblicua que no me permitía asegurar si estaba mirando en dirección hacia mí o hacia las dunas que marcaban la costa norte. A media tarde se acercó a la barra, me pidió una limonada, y sin más se volvió lenta hacia la playa. Antes que el sol comenzara a caer Antoine se la había llevado de vuelta al mundo y con los hombres. Este episodio se sucedió de manera idéntica durante los cinco días siguientes. Ella llegaba sola, se acomodaba en aquella extraña posición de espaldas al mar, ordenaba una limonada a media tarde, y se marchaba cuando el sol apenas comenzaba a menguar. Yo me encontraba completamente desorientado. Perdido ante la multiplicidad de posibilidades que pudieran dar razón a aquella escena que se repetía una y otra vez. Llegué incluso a preguntarme si ella era real, si mi mente no habría recaído brevemente en la locura, después de tantos meses de letargo anodino. Pensé en hablar con Antoine, preguntarle si realmente existía aquella mujer que traía todas las tardes hasta mi playa, pero temí que el viejo me tomara por loco y diera aviso en la gran isla.

                Para alivio de mi cordura, el sexto día, cuando llegó la balsa, ella no estaba a bordo. Estaba él. Mucho más directo y aguerrido, tardo apenas tres cuartos de hora para acercarse hasta la barra. Me pidió un jugo de guayaba y un plato con quesos que ni tocó. Comenzó hablando de cosas vagas y con poco sentido, como intentando centrar la conversación en una dirección determinada. Su timbre era riguroso, pero no sonaba altanero. Me recordaba mucho a un tío que había trabajado en la dirección de correos del pueblo en el que crecí, y que al fallecer, en la familia nos enteramos que jamás había dejado una carta sin entregar en mano a su destinatario. Si el destinatario no estaba en aquella dirección lo buscaba en la plaza del pueblo o los lugares públicos más relevantes, y si aun así no lo encontraba, volvía y volvía a su casa tantas veces como fuere necesario hasta encontrarlo y hacerle entrega del correo. Aquella tarde, sentado en la barra de mi isla, evoqué varias veces el recuerdo de aquel tío.

                El hombre se llamaba Eugenio, hacía tres años se había casado con Ivis, la morena que todos los días visitaba caprichosamente mi isla sin interés por el sol o la playa. Cuando finalmente Eugenio se terminó de acomodar en la conversación, me explicó que antes de conocerla, Ivis había estado casada con un oficial de la marina mercante, Bautista. Que habían estado juntos poco más de diez años hasta el día en que su barco sucumbió ante una tormenta cerca del trópico. Su cuerpo nunca fue hallado, y transcurridos los plazos legales había sido dado por muerto. Según Eugenio, Ivis le había explicado que yo era la viva imagen de su difunto esposo. El parecido es asombroso, me había dicho. Yo lo he visto solo en fotos, pero juro que si no supiera la historia del naufragio y lo cruzara a usted en esta isla de nadie estaría convencido de que es Bautista. Ella se alteró mucho al verlo aquí. La primera noche que volvimos de la isla no podía dejar de llorar. Con el tiempo creí que se había recuperado de aquella pérdida, y que finalmente había encontrado la paz que merecía. Pero ahora veo que todo era una ilusión, que sigue íntimamente aferrada aquel recuerdo que la daña hasta en los sitios más inimaginables.

                No podía terminar de entender por qué Eugenio estaba contándome todo eso. Era evidente que mi persona cumplía un rol esencial en aquella trama, pero desconocía la razón por la cual aquel hombre foráneo me había arrastrado tan adentro de su intimidad. En un principio temí que aquella pareja pudiera creer que yo era, en efecto, el marino desaparecido, y que me declararan vivo con bombos y platillos forzándome a volver a la civilización para que me realicen pruebas médicas contra la amnesia y esas cosas modernas que ahora son tan comunes y en aquel entonces tan novedosas. Pero luego me di cuenta de que no era eso a lo que Eugenio quería llegar. Así que cuando terminó de contarme en detalle su historia juntos y los amores de la víspera, finalmente introdujo su propuesta en la conversación.

                La idea es la siguiente, me dijo. Y le pido por favor que la considere, entiendo que pueda resultarle incómoda y hasta bizarra en ciertos puntos, pero estaría usted haciéndole un bien a alguien que realmente lo necesita, un bien que nadie más en el mundo puede hacerle, estaría burlando a la muerte.

                La bendita idea era que yo personifique al marino muerto (según Eugenio, de la parte más trabajosa ya se había encargado la genética) y sostenga un encuentro con Ivis, nocturno y cerrado, en el cual ella pudiera dar un cierre al asunto. Su mujer no había podido dejar de pensar en Bautista desde el momento en que me había visto apoyado en la barra del bar. Por algún motivo, toda aquella vida caduca había explotado en sus entrañas y la experiencia de haberse topado conmigo (o con aquel, en realidad) le estaba extrayendo ávidamente el cáncer que llevaba encerrado durante años. Ahora, aquel plan que parecía tan impropio podría ser el último escalón hacia la definitiva liberación de Ivis.

                Me tomé unos días para pensarlo, le dije que no podría asegurarle mi participación en aquella empresa que desde el inicio surgía tan delicada, que le haría llegar mi respuesta por medio de Antoine. Intenté convencerlo de que, de aceptar, el simulacro tuviera lugar en mi isla, pero fue categórico al respecto, alegando que ciertas circunstancias escénicas resultaban innegociables. Cuando finalmente se decidió a retirarse, me senté en la playa de cara a la brisa crepuscular y me mantuve durante varias horas pensado en aquella posición. No es que me afectara tanto el compromiso en sí, pero había ciertos puntos que debía considerar seriamente. En primer lugar, aceptar la propuesta bajo las condiciones exigidas implicaba un peligroso y fugaz retorno a la gran isla. Ivis estaba alojada en uno de los hoteles que llevaba adelante (por decirlo de algún modo) el emprendimiento turístico que me permitía vivir tan serenamente y a gusto. Irrumpir en uno de aquellos halles, con todo el ruido que ello podría conllevar, me expondría a un gran riesgo consabido. Por otro lado las reacciones emotivas de Ivis y de Eugenio evocaban la concreta posibilidad de verme inmerso en un caldo dramático y ajeno que difícilmente pudiera resultarme grato o sacudible. Finalmente me decidí que sí, que lo haría. En realidad siempre supe que lo haría, supongo que me tomé cierto tiempo de puro capricho, para no dejar entrever mi apresuramiento, para no arrebatarme hacia las fauces de aquella mujer, que bien podría susurrar en mi oído palabras dulces como masticar sin reparo mi oreja indefensa (aunque para ella no sería yo el dueño de aquella oreja). Envié la noticia con el barquero avisando que llegaría a la marina al segundo día. Y me dispuse a disfrutar lo que entendí que podría ser mi último día en la playa.

                Llegado el momento me subí a la balsa, hacía tanto que no navegaba que mi cuerpo se sintió reducido y desorientado sobre las tablas del fondo. Antoine me miraba con expresión artera, como si supiera alguna parte de la historia que yo había pasado por alto en el apuro. Llevaba el bote lentamente, dándome la posibilidad de retractarme, de volver a mi cueva a cielo abierto y nunca más tener que dar explicaciones o pensar en nada más que en mi playa, mi catre y mi isla. El mar se cortaba a nuestro paso, formando olas espumosas y densas, y recordé aquella gaviota que solía seguirnos al principio, cuando para mí los viajes eran de ida y vuelta. Los animales presienten las desgracias, pensé, les rehúyen.

                Luego de media hora llegamos a la Marina. Eugenio me esperaba a unos metros del muelle, retraído. Miraba la hora incesantemente, y se le notaba cierta ansiedad primaveral en los movimientos. Apenas si me salió un hilo de voz para saludarlo. Llevaba un bolso negro deportivo, con la etiqueta del precio aun colgándole de uno de sus cierres relámpago. Nos subimos a un taxi que aguardaba pasando el puesto de guardia e iniciamos la marcha hacia el hotel, en completo silencio.

                Una de mis grandes preocupaciones era cómo iba a manejar el ingreso por el hall del hotel. Cómo me presentaría, que explicaciones daría, cuál era el motivo de mi visita. No podría haber dicho que llegaba para dormir en uno de los cuartos de servicio como había hecho tantas veces meses atrás. Aquella práctica estaba por demás de caduca. Por lo que seguramente mi presencia ameritaba algún tipo de invocación a un problema considerable, tal vez de salud, o familiar. Sin embargo nada de eso resultó necesario. El destino me había barajado una carta escondida en todo aquel episodio. Al momento de llegar a la puerta del hotel, un enorme contingente de asiáticos volvía de alguna excursión tropical, revisando sus cámaras y vaciando sus cantimploras en los vados de la acera. Vi la oportunidad y actué con la desesperación de un niño que despierta en su cama después de noche de reyes. Tomé fuertemente del brazo a Eugenio y lo arrastré hasta el medio de aquella conglomeración de remeras chillonas y sandalias de goma que caminaban puertas adentro. Así, camuflados por el mayor de los continentes, logramos ganar los ascensores sin que nadie reparara en nosotros.

                Eugenio marcó el sexto piso, dimos varias vueltas al pasillo alfombrado con ribetes cálidos e ingresamos en una de las habitaciones más alejadas. Me sorprendí de la velocidad con la que todo estaba ocurriendo. Pensé que, tal vez, antes de darme cuenta ya estaría de vuelta en mi isla, y súbitamente me di cuenta del aprecio que le tenía al viejo Antoine. Entramos a una habitación oscura, Eugenio encendió la luz y vi que no había nadie más en ella. Observó mi confuso rostro. Acá no es, me dijo.

                Me explicó que aquel era el cuarto que compartía con Ivis desde el día en que llegaron, y en donde me prepararía para la velada. Ella esperaba en otra habitación, que habían alquilado especialmente para esa noche, porque el encuentro debía darse en un lugar neutral, que no se encontrara contaminado por la presencia del nuevo matrimonio. Yo me había sentado en el taburete frente al aparador, y me disponía a preguntarle a Eugenio que había querido decir con eso de –prepararme-, cuando apoyó el bolso deportivo en el suelo y me hizo una seña para que me quitara las ropas. Con gran parsimonia comenzó a sacar prendas y pequeños frascos que fue disponiendo sobre la cama. Ceremoniosamente las acomodó en un orden que creí aleatorio, y comenzó a vestirme con un traje blanco de oficial de la marina, con borlas y medallas. Es una réplica, me dijo. Un disfraz. El original está guardado en nuestra casa muy lejos de aquí, no hubo tiempo de hacerlo traer. Cuando terminó de vestirme, comenzó a aplicarme una base por el rostro y a pintarme pequeñas pecas con un pincel minúsculo. Pude ver que mientras lo hacía corroboraba el progreso con una pequeña fotografía que había apoyado al pie del taburete.    

                Quise preguntarle por qué hacía todo aquello, que espíritu tan límpido portaba aquel hombre que le permitiese ayudar a revivir al antiguo amor de su mujer. Como toleraba la noción de que, por una noche, su propio cuerpo sería suplantado por el de un fantasma que su amada añoraba más allá de toda frontera conocida. Como soportaba que yo fuera testigo de aquel episodio, que estuviera preparando un lugar en mis recuerdos para lo que iba a presenciar. Como viviría con la imagen mía y de Bautista en una cama con su mujer. Quise asegurarle que todo saldría bien, quise decirle que esté en paz, que yo lo respetaba. Pero no encontré las palabras. Cuando entendió que ya estaba lista la personificación, puso su mano en mi hombro recientemente condecorado y me dijo: allí adentro va a pasar lo que tenga que pasar, yo no tengo por qué enterarme, no voy a enterarme, ni por ella ni por nadie. Me entregó la tarjeta magnética y me envió a la habitación 308.

                Al encontrarme caminando solo, engullidos por aquellos pasillos que me empujaban hacia la habitación de Ivis, me asaltó una idea perturbadora. Me pregunté qué pasaría si, llegado el caso, yo no pudiera desenvolverme con normalidad frente a sus exigencias, si mi cuerpo me fallara en el momento central. Era  evidente que estaba ahí para cumplir una función, la cual me sería develada de un instante a otro. Yo suplantaba a un hombre, a un marido, por el resto de la noche yo debía ser Bautista. ¿Pero qué sucedería si éste Bautista era impotente? Podría decirse que tantos años en su tumba de coral le habrían quitado sus reservas hormonales; que la resurrección conlleva cierta sensación de nervios que aplacan el espíritu; que la muerte adormece ciertos músculos. Cualquiera fuere la excusa, si ese era el caso, Bautista sería un fiasco. Habría vuelto a la vida solo para encontrarse nuevamente con la humillación y la derrota. Lo imaginaba recostado sobre la cama con los ojos cerrados deseando que el mar se lo tragara. Pero el mar ya se lo había tragado, y solo por esta única noche lo había escupido de vuelta al mundo.

                Cuando llegué a la puerta de la habitación froté la tarjeta contra el lector y la abrí con facilidad. El cuarto se encontraba sumido en una penumbra aséptica. La alfombra en el suelo anulaba el chirrido de mi caminar y todo fue sucediéndose felinamente, en código de rito. Ivis estaba sentada en un sillón poco mullido cerca de la ventana. La cabeza baja y las manos sobre las rodillas genufléxas le daban una imagen aniñada. Sobre el buró de su derecha había papeles desordenados y una botella abierta de ron añejo. Me ubiqué en mi personaje y me acerqué anunciadamente. Con un gesto viril coloqué mi mano sobre su cabeza, intentando abarcar la mayor parte posible de su curvatura, luego, delicadamente, la tomé del mentón y erguí su mirada. Me observó largo rato con detenimiento. Parecía buscar el nexo que pudiera reunir aquel hombre lejano con aquella habitación tan inmediata. Luego me tomó de la mano y la examinó entre las sombras, la besó y se la llevó al pecho con fuerza. Sospeché en ese momento que probablemente hayan sido nuestras manos aquello en lo que, con Bautista, compartiéramos el mayor parecido. Ivis se incorporó a mi lado, absorbiendo en detalle el aroma del perfume que Eugenio me había esparcido antes de echarme de su habitación. Me miró a los ojos con profundo cariño y se coló entre los recovecos de mi cuerpo en un abrazo lleno de ahogo y culpa. Repetía una y otra vez: Bau, Bau, Bau.

                Algo que ambos sabíamos desde el inicio de la escena, es que yo podría imitar, en apariencia, a Bautista. Sin embargo era evidente que su voz, su personalidad y su discurso me resultarían irreproducibles. Eso configuraba una limitación importante, puesto que, al igual que las frutas que traía Antoine cada mañana, el mayor sabor nunca está en la cáscara. Sin embargo intenté emular en mi cuerpo los gestos que se corresponderían con aquel marino del que tan poco sabía, y durante las horas que estuve con Ivis en aquella habitación mi aporte se redujo a sostener sus monólogos con gemidos y sutiles muecas de aprobación o rechazo. Cuando ella preguntaba con tono retórico por qué la había abandonado, o por qué tuve que haber subido a aquel barco moribundo yo gruñía tibiamente en señal de furia contenida. Y cuando me detallaba las penas que había sufrido y lo mucho que me había extrañado yo expedía un ronroneo náutico intentando calmarla. Nunca supe cuántas de sus expectativas se vieron cumplidas aquella noche. Supongo que no quedó lugar para la pregunta. Luego de estarnos un rato de pie junto al sillón, ella me tomó de la mano y me indicó que nos sentáramos en la cama. Apoyó su cara sobre mi cuello y se quedó muy quieta en función de lo que entendí que era la inmortalidad de algunos recuerdos. La noche nos fue recostando y solo se oía el latido del mar que se colaba, entre algunos sonidos incómodos, por la ventana entreabierta. Llegado un punto nos quedamos dormidos. Yo profundamente.     

                Cuando desperté era ya de mañana. Al principio no lograba comprender que estaba haciendo en el cuarto de un hotel vestido de marinero condecorado. Me asaltó el pánico cuando no pude conectar ninguna de aquellas circunstancias con un trazo reconocible de mi vida. Luego recobré el sentido. Me aliñé un poco el uniforme y decidí huir de allí a vuelo de pájaro. Salí de la habitación 308 y bajé los pisos por la escalera de servicio. Cuando abandoné completamente el personaje de Bautista, y recordé lo sucedido con mis ojos de isleño, no pude decidir si durante la noche anterior había cometido una buena obra o perdido una gran oportunidad. Supongo que las cosas nunca son tan simples en la gran isla. Al llegar al Hall lo vi a Eugenio sentado en una de las mesas del desayunador. Levantó su mano y me llamó cariñosamente para que me acercara. Yo me apresuré hacia donde estaba, principalmente porque temía ser reconocido por el personal del hotel. Sería una pena que estando tan cerca de marcharme se echara todo a perder por haberme mostrado por la mañana en el desayunador. Luego me di cuenta de que mi miedo era infundado, puesto que seguía vestido con el uniforme de marino y era más que seguro que ni mi madre me hubiese reconocido en aquel estado. Eugenio se mostró feliz, me dijo que lo que fuera que hubiese pasado le había hecho muy bien a su mujer, la cual al despertarse a mi lado en medio de la noche había decidido abandonar el cuarto y volver a dormir junto a su marido, porque había sentido que ya no quedaba más nada allí, ni en ningún otro lugar en que no estuviese él, porque había entendido que él se había fundido de tal manera con ella que ya no podría decir en donde acababa la vida de uno y empezaba la vida del otro. Me agradeció repetidamente y me ofreció costear cualquier gasto que hubiese tenido, lo cual rechacé sin dar lugar a insistencias. Cuando salía del desayunador, a la distancia, la vi a Ivis, de pie junto a un enorme canasto de frutas. Me sonrió tímidamente y levantó su mano al tiempo que bajaba la mirada. Sonreí en respuesta y seguí mi camino sin detenerme. Al momento siguiente ya me encontraba fuera del edificio.

                Crucé la calle Obispo, y sentí el sol en el rostro y el olor de los fresnos de junio. Muy a pesar de mi apuro por volver a mi isla, caminé despacio entre los puestos de flores silvestres y libros usados. Era un largo camino hasta la marina, donde Antoine me estaría esperando desde el amanecer. De pronto sentí un grito a mis espaldas, y al volverme vi nuevamente a Ivis que corría en mi dirección, ya no me pareció una mujer frágil. Saltó con los brazos abiertos sobre mi cuello y me besó carnívoramente en los labios. La ciudad enmudeció de repente y el día pareció detenerse por un momento. Si se estaba despidiendo de mí o de Bautista no podría asegurarlo.

 

 

 

 

 

 

 

Guillermo.-

 

                                                                                

 

 

   

VERÓNICA GARCÍA

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 13:59 por MScalona

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La psicóloga, Néstor y yo

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 Como todos los lunes íbamos a tomar el 218, lo parábamos en la esquina de Pavón y Gutierrez: esquina de zanjas profundas, puentecitos angostos, y árboles gigantes; el sauce llorón que nos acariciaba la cabeza mientras raía la tierra con algunas de sus ramas, con ese movimientos pendular que le daba el viento al rozarla; el plátano que llenaba las veredas de bolitas y nos atragantaba con las pelusas.

Después mis ojos encontraban enfrente la casa de doña Leticia  transformada en granjita, el taller del negro Tom con su  portón azul , en el aire el olor a nafta y la grasa pegada en el piso, mezcla de aceites y ruido a motor,

Y a mis espaldas la casa de los Duboy, viejos habitantes del barrio, y en la que vivía durante las vacaciones de verano  mi amigo Néstor, casi alto como yo, pelito rubio y finito y su voz  rasposa y grave; le seguía la casucha de los González la única que todavía tenía alambrado, pegadita la de los Zacco , una de las hijas se había unido  a García, el bobinador, yo pertenecía a esos habitantes a esa tribu rara;  y al final doña Mercedes, la costurera separada;  esa era mi cuadra, cuatro casas, muchas vidas.

Y en esa esquina, ahí, esperábamos a las seis de la tarde el colectivo con mi mamá y mi hermana, la primera calle pavimentada doble mano, me entretenía contando autos hasta que la albóndiga con ruedas pasara y nos llevara a nuestro destino.

Ese año por la calle Gutierrez habían empezado a hacerse las cloacas, y por esas  montañas de tierra y pozos profundos que parecían trincheras, los pibes,  incluido mi hermano jugaban a combate empezaban a tirarse con montículos de barro duro, algunas piedras y el final era: cuando rompían una cabeza, o don Baldomero de quejaba de tanto griterío...y corrían por las mesetas como queriendo tomar vuelo, hasta la cortadita Hipócrates o  Hipócritas bueno no recuerdo porque mi mama decía que ahí vivían los hipócritas y se me mezclan las vocales y me gusta jugar a cambiarlas..

¡Ahí viene el cole, dale paralo!, parece que viene manejando el tío, y entonces viajábamos gratis, era una fiesta, con las monedas nos comprábamos caramelos de leche y los media

hora  que me encantaban, jugaba con la pelotita en mi boca “era rara”,¡ si ya lo sé! , eso le decía la psicóloga a mi mamá.

Paseábamos por calle Pavón montados en ese carromato ruinoso y ruidoso, paraba en cada esquina, y mientras la gente subía mis ojos buscaban las casas conocidas, el ranchito de los Reynoso, el pasillo de los Franco, la casa de mi tía Betty, y ya no mas, esa era mi frontera lo que venía después pasando Uriburu era lo desconocido, y entonces relojeaba la cara de los pasajeros nuevos, ¿sabrían ellos mi destino? , ¿Adónde nos dirigíamos todos los lunes a las seis de la tarde?, ¿me conocían?, me hubiese gustado tener la valentía para pedir:¡¡¡¡ auxilio, sálvenme!!, no quiero ir al dispensario  dicen que estoy loca pero yo sé que no es verdad . Cruzábamos la villa para llegar a la civilización que después de Ayolas era Necochea y... era otro barrio, “gente bien”, el bazar gigante con toda su platería, la tienda de la esquina con la ropa de temporada, y la zapatería, me acercaba al negocio para sentir el olor a zapatos nuevos que delicia

Y descendíamos por adelante, aunque estaba prohibido mi mamá tenía miedo de olvidarse a mi hermana o a mi no sé, pero siempre bajábamos por adelante, después decían que yo no hacía caso y ella qué?

Bajábamos en Ayolas caminábamos por el geriátrico, ahí mi mamá tenía una amiga Lamaria que se había escapado de su marido, recuerdo ese día, ella le cruzo por el alambrado todas las latitas de plantas porque eran como sus hijas cuídamelas Olguita, los voy a extrañar, las quiero tanto a las gurruminas, ella nos cebaba mates azucarados y ricos, nos abrazaba mucho cosa que mi mamá se olvidaba en lo apresurado de su vida, ella se fue ese día, traspaso la puerta con sus zapatos negros para ser libre de golpes y gritos, que  hermosa mujer  Lamaria , y él un tipo horrible el gigante egoísta versión película de terror; y cuando pasábamos por la cuadra del geriátrico quería verla, tal vez se asomaba y nos reconocía, pero nada... siempre estaba en la puerta un viejito sin piernas, como tomando el último rayo de sol.

¡Dale nena que la psicóloga no te va a esperar a vos!, se va a ir; y yo quería que se fuera.

Llegando al lugar, mis manos se ponían frías, tenía la sensación de que nunca más iba a poder tragar saliva, me ponía odiosa, el miedo me invadía, recorrer ese pasillo, para llegar a la puerta principal y ellas (otra pacientita) ahí sentadas, habían llegado temprano; yo miraba a la nena, la madre contaba que no hablaba, que nunca hablo, debe ser porque el padre abuso de ella, decía murmurándole a mi mamá y queriendo saber porque me llevaban a mi. Entonces yo la miraba más para encontrarle alguna marca, ¿tendría lengua? o tal vez no se lavaba bien los oídos, sus ojos eran tristes y su flaqueza casi raquítica, le convidaba caramelos y le sonreía, con mi hermana le hacíamos morisquetas y apenas cerraba los ojos, como diciendo que sí, que le había gustado nuestra función.

Y salía Virginia, la psicóloga, con sus vaqueros azules ajustados sus botitas altas, las tetitas paradas. Los rulos al viento; bella... pero mala.

El consultorio era pequeño, sin ventanas, solo una claraboya por donde entraba algo de luz, la puerta tenía un pasador que cerraba cuando empezaba la terapia, el escritorio de metal tan frio como ella, ¿hoy no querés hablar?, hoy ni nunca pensaba yo, y había una bolsita de plástico con un montón de juguetes de cotillón, y agarraba los autitos para no mirarla y contenía las lágrimas, apretaba los dientes de la bronca que tenia.

¿Querés dibujar?, y me daba una hoja con crayones todos rotos, y dibujaba una casa con un reloj gigante, y una familia de espaldas, yo tenía miedo de esa puerta y que nunca más se abriera y me llevaran a otro lugar, quería abrirla, romperla a patadas y correr.

Entonces miré por el tragaluz y la iluminación se hizo más intensa parecía que el sol del mediodía me daba justo en el centro de los ojos, me mareaba, y como atraída por un imán empecé a subir, pase a través de un tubo de acrílico, se sentía una corriente de aire tibia como si ya estuviera afuera, y cerré los ojos y me deje llevar por el pasadizo, de repente miré a mi alrededor , estoy en una nave viajando por el espacio, a mi lado está sentada Heidi, con sus ojos grandes me sonríe, espero que no llore porque no voy a saber que decirle, mi abuelito se murió, al menos el de ella vive en la montaña con la nieve, el mío vivía en la misma casa y fumaba mucho era de color amarillo y olía a caca; mas allá el Chapulín Colorado, ¿será él, que me vino a salvar?, no es demasiado tonto, y al final... mi amigo Néstor el nieto de los Duboy, del que yo estaba enamorada, y escucho esa canción de Abba que tanto me gustaba “chiquitita” y  ahí está parado,  él me venía a buscar todas las siestas de verano y nos quedábamos sentados en el umbral de la puerta , jugando a descubrir los ruidos de la calle, y de vez en cuando nos mirábamos y nos encendíamos, pero no puede ser él, si mi mamá me dijo que se murió, que se escapó de la mano de la madre al cruzar la calle... y yo me tape los oídos para no escuchar mas, ¿ será por eso que voy a la psicóloga?, Néstor dicen que lloro mucho, pero no entiendo porque la gente que quiero me deja sola, y nadie me responde como cuando murió mi abuelo , mi tía me hacia mirar una estrella y decía que de ahí el nos estaba cuidando, mierda Néstor, el abuelo no me cuida, se fue y lo extraño como a vos , Néstor mi amigo, y a Lamaria, ¿porqué las personas se van y no vuelven?, ¿será que las asusto?. Si debe ser porque no tomé la comunión ni estoy bautizada, mi papá dice que cuando sea grande elija lo que quiero pero no me banco a la gorda Gauna diciéndome que soy hija del diablo, que malos son, vos me entenderías, y te reirías conmigo, imaginate Néstor que le tengo que contar todo a una extraña y encima se lo cuenta a mi mamá que agranda todo;¿ y sabes  que me contestó mi mamá?: ella come santo y caga diablo,¿ qué es eso? , para mí que está loca  pero parece normal, porque afuera no anda diciendo las cosas que dice adentro de la casa, por eso nadie se da cuenta, igual es un secreto.

En la escuela nos contaron un cuento “mil grullas”, sabes Néstor prefiero imaginarme que vos te fuiste así, aunque en esa historia la nena se muere porque las heridas son profundas ¿y las guerras para qué sirven?, de noche cuando escucho un avión me voy corriendo debajo de la cama hasta que pase, tengo miedo de esa bomba, y en ese momento vos apareces de la pared y me abrazas porque las personas que ya no veo viven en mi pared que es de color celeste como el cielo. Néstor yo no sé hacer grullas pero cuando aprenda te las voy a hacer para que se cumplan tus deseos, o tal vez ya se nos cumplió, volver a vernos y decirnos adiós, y con lagrimas en los ojos lo abracé tan fuerte.

Sentía que mis cachetes ardían, pensaba que ya había sido quemada yo también por la bomba atómica, pero no, me costaba abrir los ojos, y el paisaje era entre ridículo y gracioso.

Yo estaba tirada en el piso, la psicóloga arrodillada al lado mío me abanicaba con mi dibujo, mi mamá que gritaba: te desmayaste nena y mira el chichón que tenes en la frente, que le voy a decir a tu padre, mi hermanita lloraba, la pibita que no hablaba la tenia abrazada, y la madre de la pibita la tranquilizaba a mi mamá: no es nada un golpe señora, nada más. Sí nada más, yo estaba feliz me dolía un poco la cabeza, pero me iba con la sensación de haber tenido el mejor encuentro de mi vida, de volver a ver a mí mejor amigo.

 

Vero García

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-