"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




12 de Julio, 2013


GABRIELA OVANDO

Publicado en Cuentos el 12 de Julio, 2013, 16:40 por MScalona

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Fin de la partida

 

por Gabriela Ovando

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          Aquel martes de marzo había amanecido entre un arrullo de grises, hueco. El día se proyectaba en la lluvia.

          Ulo se asomó a la ventana, apagó su despertador electrónico y decidió  levantar-se. Encendió el equipo de música que lo acompañaba en el desayuno. En el camino por los ambientes silenciosos de la casa miró la pantalla en la que el juego nocturno del lunes se había prolongado hasta horas de la madrugada, el último apostador se había retirado apenas un rato atrás y le había dejado su juego online. Más tarde, repasaría la jugada en su memoria mientras observaba el aroma del café de la taza en su mano izquierda, en tanto el dial del informativo matinal rodaba en su derecha.

      Con el último dejo de café en su boca, se acercó al teclado, dio su clave para loguearse como sí mismo, su propio personaje en la cabina del simulador donde el tiempo corría ahora con virtual realidad en juego.

        

            Buscó su impermeable, recogió el paraguas del cajón antes de subir al coche en el que una rutina programada lo conducía a las oficinas del centro. El viaje del próximo fin de semana estaba marcado en la agenda pendiente que revisaba al manejar las cuarenta cuadras entre embotellamientos menos silenciosos que las gotas que caían afuera levemente.

            Las veredas se veían aun casi vacías, a diferencia de su teléfono que le iba dictando los horarios de ese día. Mientras estacionaba comprobó que el agua iba colándose cómodamente en las canaletas del piso, y se escurría por la pendiente hacia las alcantarillas. Más allá el guardia, cuyo rostro pálido y distante dejaba entrever su desenfado con la lluvia, saludaba con tímida cortesía. Ulo apenas notó singularidad alguna en aquella expresión al penetrar en la moderna edificación, donde abandonó paraguas y abrigo al perchero del piso.

             Como en un reflejo instintivo fue a sentarse a su rincón en el sillón junto a la ventana. Acomodándose frente a la pantalla ya encendida de su otra computadora, repitió la clave de entrada al sistema. Aparecerían los mensajes de rutina para la planificación diaria. Podría dejar que la máquina corriera en piloto automático el tiempo necesario para ir por un café y revisar su bandeja de correos.

           Volteó para recoger unos papeles y al incorporarse, levantó la vista. Mirando a través del vidrio comprobó que la lluvia había cesado. El aire se secaría; entre esperanza y juego óptico, podría desprenderse la progresión de la realidad más probable en las próximas horas.

           Durante la pausa del mediodía Ulo subió a la terraza para comprobar que la atmósfera se percibía húmeda por los sensores que reproducían el olfato de su nariz, presintiendo el regreso de la lluvia. El celular guardado en el bolsillo exigía respuestas sin premura. A unos metros, Eme fumaba su cigarrillo con la vista puesta en algún punto del horizonte cubierto de nubes. Ella giró para verlo mirándola, y señalando con el índice al norte, dijo: - Ahí debería verse la ruta.- Fumó la última escasez del cigarrillo seco, dejando que el humo saliera de su boca y al disolverse el último largo túnel de humo húmedo agregó: -ese camino de tierra me llevaba de niña hacia la casa de mis abuelos.-

            Ulo la escuchó sin detenimiento, para retornar a su escritorio. Entre los mensajes leídos iba concretándose la siguiente sesión. No serían muchos los participantes y al final pocos accederían a la siguiente etapa. Su cerebro aunado en el juego silenciaba su voz que el programa repetía en instrucciones y las cumplía con rigurosidad. Ulo se adelantaba a un futuro un tanto más predecible que visible. Su programa captaba movimientos y palabras, los interpretaba, elaboraba frases con cierto sentido y reproducía con suficiente precisión situaciones de rutina en las ciudades que él mismo había visitado alguna vez y guardaba en su memoria.

         Regresó a su trabajo, verificó el progreso del plan semanal, el cual se concretaría en menor tiempo del que estaba estipulado. Sus seguras mejoras habían sido probadas en la noche, en medio de otra sesión. Supo tirar una pista sin código alguno, previendo que alguien tomaría el desafío. Los avisos le mostraban que no se equivocaba, alguien había intentado franquear el cerrojo con los sistemas conocidos más elaborados.

         Hacia las cuatro empezó a llover nuevamente. Para la hora de salida, el vacío del perchero contrastaba con las gotas de agua que yacían en el piso.

          Ulo buscó su auto, se ajustó en el asiento y partió. Tras pasar el portón, el agua sonaba con moderada fuerza en el vidrio. Hacía pocos minutos que se había puesto en marcha cuando escuchó el reloj de su celular. Giró a la derecha para tomar el camino de regreso, atravesando las zonas bajas de la ciudad. Con esas condiciones podría llegar en cuarenta minutos.

        Unas cuadras más allá encontró su primer embotellamiento. Encendió la radio para amenizar el trayecto. El agua más abundante lo obligó a ralentar la marcha, cubría las veredas y amenazaba colarse en los jardines. Cerca, los espejos de ambos costados casi no se distinguían entre la cortina de agua que caía.

         La música fue interrumpida súbitamente para un comunicado advirtiendo que el arroyo el Gato se desbordaría en breve. Él, inevitablemente debía pasar cerca de ese arroyo en el camino que recorría. Se detuvo por unos segundos con la intención de revisar el mapa del GPS, intentó modicar el rumbo, cuando de alguna dirección, quizás de sus espaldas, una bocina lo indujo a continuar.

        Con una mano en el volante y la otra en su tablet, escribió un mensaje a Nero, que seguía el juego. Él podía verificar sus movimientos jugando en el mismo equipo. La estrategia común le permitiría seguir un tiempo más. Entretanto el agua continuaba subiendo en su pretensión de alcanzar el nivel de las ventanas de las casas. La vio precipitarse y ocupar el agujero seco y oscuro al abrirse la puerta de una casa que resultó iluminada por su coche.

          Siguió su marcha lenta hasta que divisó una mano casi sobre su cara a través del vidrio y frenó imprevistamente. Alguien cruzaba la calle batallando con el agua a media pierna con una linterna que él apenas había advertido.

        Se sintió seguro en la calidez de su auto, al observar el exterior. Los aparatos electrónicos parecían funcionar con normalidad, a pesar de la lentitud de esa marcha, que sin embargo no impediría su llegada a destino. Sumido en el juego, se descuidó, apenas un momento, y no supo prevenir una posibilidad, no menor. Allí, al bajar la vista, un fluído lento en el movimiento de la quietud, irrumpía el interior del auto. Agua turbia que se filtraba por  los burletes de la puerta y ganaba paulatinamente los espacios limpios y secos.

         Recordó el mensaje a Nero y comprobó que no tenía respuesta alguna. Sabía que lo seguiría hasta comprobar su eficacia. Fue entonces cuando los dispositivos de adentro del auto empezaron a mostrar sus fallas. La radio se escuchaba cada vez con mayor dificultad, mientras que el GPS captaba menos datos con el correr del tiempo y su poder de decisión escaseaba. La interferencia intermitente y continua del estrépito de la lluvia lo alejaban de los pensamientos lúdicos. Comprendió que el agua no lo abandonaría a su gusto, aun cuando el tiempo lo sujetaba a su destino.

         Sin mapa pero con la fidelidad de su reloj, calculó su posición cerca del cruce cuando el agua alcanzaba ya el nivel de la ventanilla del auto. Tan cerca, imponente, consideró abandonar la cabina, ahí mismo. Optó por continuar la marcha, esperando que los aparatos funcionaran por lapsos, los necesarios para recalcular. Se dejó oír una carcajada, casi ahogada, para sí, en la lluvia. Marcó el 911 y profetizando su propio fracaso, nadie le respondió, antes que palabra alguna de auxilio emanara de su boca.

         Cuando apagó las luces y el motor, su auto nadaba en una corriente oscura que lo dirigía sin oponer resistencia alguna. Por ratos escuchaba algún golpe en la chapa, mientras el agua seguía filtrándose hacia el interior, tapando ya sus talones.

       Percibió con nitidez la sensación de inundación ascendiendo desde sus pies. Cerró los ojos, quiso pensar. Recordó el momento en que escuchó la última canción, interrumpida por el silencio de la radio que vino también a apropiarse de esa atmósfera húmeda. Ya debería estar del otro lado, era lo que automáticamente repetía en su cerebro.

         Buscó un mapa de papel que había previsto allí: revisaría las trayectorias que iba demarcando el caudal. La lámina, tardía, se deshizo en la tinta de sus manos cuando intentó abrirla. El GPS se apagó por completo, y el resto de sus disponibles seguros aparatos no marcaban señal alguna.

         Cuando el agua alcanzaba el nivel de su cintura, Ulo ya no escuchaba el sonido de las gotas golpeando el techo de su auto, tampoco podía distinguir el sonido del golpe del agua contra el agua. Cual balsa, su auto era transportado por esa corriente que lo envolvía con energía propia. Cómo la detendría? Sin motor, todos los sonidos del agua se concentraban en sus pensamientos.

           Dudaba.

       No sabía ya dónde estaba, y sin visión externa, no podía establecer punto de referencia alguno. Creyó haber visto la esquina de 54 y 77 cuando todavía escuchaba la radio; apelaba a su memoria inmediata para poder continuar pero los números se confundían mientras la certidumbre se desvanecía.

       Dentro del auto el agua en persistente ascenso constituía el único signo de irreprochable certeza. Al cubrirse los asientos se sintió irremediablemente húmedo. Sintió el frío en la parte baja de su espalda, y simultáneamente ocurrió que el auto se depositó sobre el fondo. El peso del agua en el interior había detenido su navegar. Así ahuyentó el vaivén en el estómago que lo había acompañado desde que había apagado los motores.

        Estaba sumergido en una profundidad marrón. Quietud. A veces veía pasar bultos blanquecinos y turbios a su alrededor. Ulo permanecía ahí. Buscando una salida por momentos se movía en círculos en el auto, hasta que sintió la escasez de aire. Pudo sugestionarse con un cierto temor al cual se negó.

        Se aferró a la convicción de que el agua se detendría cuando llegara a su corazón. Te vas a detener, dijo en una voz imperceptible. Y repitió, veré aquí el celeste del cielo y un rayo de sol del más allá de afuera.

       Desconocer la profundidad a la que se encontraba le producía un bloqueo a su seguridad. Mientras el agua iba doblegando los asientos y el tablero, ninguna alteración se asomaba al otro lado de la ventanilla, oscuridad que persistía.

         Entonces repitió una vieja canción que recordaba como una letanía de su niñez, que en su memoria se mezclaba con el aroma de alcanfor de la casa de su tío abuelo.

         Lloró su soledad y su recuerdo.

         Enjugó los ojos para luego reconocer sus manos.

         Con el agua sobre su garganta se acordó de Dios. Quiso imaginarlo en su paraíso y no pudo. Tan siquiera pudo reclamarle ausencia.

         Flotaba en su sensación real de vacío y abandono. En su interior y en su exterior que era adentro de ese auto.

       Se dejó vencer a la gravedad; la respiración se hizo más lenta.

       Al fin, sin descuido y casi sin aliento, intuyó un impulso hondo y gritó.

       Leyó el reloj para expirar sus últimos segundos en juego.

      Entreabrió la puerta y se alejó de la cabina con un esbozo de sonrisa en su interior.

 

       Fin de la partida. Ulo escribió en el teclado las indicaciones para dejar el programa en suspenso, haciendo las vericaciones de compatibilidad real-virtual.

         Luego abrió la ventana, se asomó y proyectó el viaje en bicicleta a los suburbios de Kiel entre los rayos de un sol tenue que le había ganado el tiempo a la lluvia.

 

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                                                         GABRIELA  O. L.

GONZA RUZAFA

Publicado en Nuestra Letra. el 12 de Julio, 2013, 16:36 por MScalona

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También decido intentaré ser más agradecido con el piso de madera que me sostiene, después de todo, hay que saber estos listones se apoyan hombro con hombro para impedir que la gravedad nos trague y dios, hay cosas peores, su insistencia en permanecer juntos con un fin así de noble vale mi respeto y el de otros. Gracias listones de madera, intentaré ser más agradecido de aquí en más. Decido hoy, que el día en que deje de encontrarme la música de aristimuño, ya voy a ser alguien mucho menos joven, que cuando despierto tengo sed (esa no es una decisión), que caminar entre árboles se me hace mejor idea que hacerlo entre cualquier otro elemento o mobiliario o cosa. No quisiera hacer un eco intenso, está la tendencia a la bifurcación y después todo termina en nada. Llegué a la conclusión de que habría que amar a las herramientas de carpintería, amarlas casi tanto como a las gomitas elásticas por dos razones sencillas: a-son útiles, b-son elementos simpáticos que nos dan equilibrio, lo que me lleva a pensar en el balance, que es una forma distinta de decir equilibrio, ahí está y es la suma que da cero, retumba también en las filosofías de vida y las elecciones, esto es lo que hace el balance: separar, censurar, dejar camino al cero. Sin deseo de irme y vagar por las ramas hay un nexo entre listones de madera, gomas elásticas y herramientas de carpintería, tiene que ver con su tendencia a la búsqueda o la consecución del balance (palabra no igual pero alternativa a equilibrio). Decido entonces, voy a intentar sentir más pena por las gomas elásticas, juntaré los voluntarios que pueda, el plan consistirá en abandonar las más, a su naturaleza indómita y deforme. Y otra cosa: imagino a las herramientas de carpintería como algo que uno debería de amar, pero estos días míos son irrefrenables y son caóticos, de ahí que venga ahora con esta serie de decisiones sin esencia constructiva ni conclusiva, intentaré ser agradecido de aquí en más, y de buscar el equilibrio claro, son cosas que uno dice y que después se van, pido a la sociedad a cambio de mi compromiso y mi transformación tácita, más cielos de octubre y menos búsqueda de objetivos, pocas cosas, es cierto, disponibles y efectivas como los juegos, en una lejana y clara primera edad.

FRANCISCO ROLDÁN

Publicado en De Otros. el 12 de Julio, 2013, 16:34 por MScalona
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La Casa de los Bostezos

II “El alero de los almuerzos”

Afuera: pero sólo al capturar los olores de tu casa, curiosos, tus seis patos de fuego…

Flotando, sobre las almenas blancas del fondo, en cuadrillé, los manteles, por donde una finísima raya de luz alimentaba los pequeños incendios de otro mediodía de franjas.

Blancas sobre blancos espacios, sobre estambres lilas

A vos, te pertenecía el alero: el “alerito”, como solíamos llamarle; porque creímos haber visto allí, algún estilo más o menos querido de una sincronía inquieta, latente, casi natural

cuáles?

el sonido de las torrajas contra los caños diurnos;
el sonido, o el valor que cada uno de nosotros atribuye a los espacios esféricos que disputan la inversión de cada palmo de la voz.

Tu lugar, como cayado por el que los dardos de Vasavadatta sienten la oquedad de unos modos todavía lejanos

tus movimientos
tu gimnasia

tu espesor constante y la alegría que dispone los cubiertos
sobre la mesa contigua:

la luz, los efímeros emporios, la felicidad

y… si algún día no me vieses mas volviendo de la chacra, con lo niños, los plantines y los guantes para el frío de la mañana… y en mi lugar se agitara sólo una aventada hilera de álamos:

y si el ritmo del almuerzo, de repente, cesara a sus alucinantes multiplicaciones…?

Blancas sobre blancos espacios, sobre toallas más lilas aún…

Se aproxima una tormenta. El olor de las avecillas entre las hijas de las nocheras, nos advierte, que estas gotas son apenas una tímida frecuencia sobre los tallos más fuertes…

algo se prepara en mi para recibir al viento

algo, que tal vez explicará que la razón de esta probada somnoliencia es tu perfecta cercanía, tu rarísima voz de “madre” incauta

…aún no lo sé.

La alegría deja que estas pálidas figuras se alimenten en un suave resplandor de maderas calientes.

no oigo patos en el delta: sin embargo, durante algunos momentos, vuelan frente a la fatiga y la imposibilidad de haber quemado ya sus más limpidos movimientos…

y se posan junto a vos, que estás hablándole a tu niño indeciso:

Está inseguro, Luis, o es aparente lentitud para atrapar mis endiablados chocolates?

dejá que al menos su pequeño y fascinado nombre se aproxime hasta estas manos plenas de ritmos

(Sarmiento, San Antonio,
Guaminí…)

pero en el cuarto, un resplandor fuera de tono nos hace creer que la hora de las “apariciones” no ha quedado aún a merced de la mentira

las azaleas de las falsas solemnidades, los estertores, los sagrados desperdicios…

y… algo más?

El aroma de la lluvia nos dispersa hacia una charla en la que los pronombres crecen bajo la atrevida ola de las sustituciones…

En el fondo de la casa, cerca del parquecito que da contra el amarradero de lanchas, oigo cinco (seis?) golpes de palma.

Me alarmo, y pienso en ustedes:

pienso en el fuego; y en como habrán de arder nuestras pequeñas naciones, a través de las raíces… y del agua.

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Paraná de las Palmas, Julio 3 de 1994. 15:30 hs.

Juan Francisco Roldán,
nació en Santa Fe en 1966

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-