"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




5 de Julio, 2013


RODOLFO WALSH

Publicado en De Otros. el 5 de Julio, 2013, 19:29 por MScalona

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Esa Mujer

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Rodolfo Walsh  (1965)

 

 

 

 

El coronel elogia mi puntualidad:

-Es puntual como los alemanes –dice.

-O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas –propone-. Lo felicito.

Mientras sirve dos vasos grandes de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido. El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra. El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronce, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con deprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

-Esos papeles –dice.

Lo miro.

-Esa mujer, coronel.

Sonríe.

-Todo se encadena –filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

-¿Mucho daño? –pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Está por cumplir doce años –dice.

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

-Contále vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

-La pobre quedó muy afectada –explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.

-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que el capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

-La fantasía popular –dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste –dice.

Pienso. No se me ocurre.

-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

-La tumba de Tutankamón –dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.  

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

-¿Qué más? –dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pegó un tiro una madrugada.

-La confundió con un ladrón –sonríe el coronel-. Esas cosas ocurren.

-Pero el capitán N…

-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

-¿Y usted, coronel?

-Lo mío es distinto –dice-. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

-Me gustaría.

-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

-Ojalá dependa de mí, coronel.

-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

-Mire.  A la pastora le falta un bracito.

-Derby –dice. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

-¿Qué querían hacer?

-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuánta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! –digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan: azul mercurio. A ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

-Esa mujer –le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada. El coronel bebe. Es duro.

-Desnuda –dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd –el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

-Me pareció oír. Esos roñosos no me van agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

-… se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le dí una trompada, miré –el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

-No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

-Pero esa mujer estaba desnuda –dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros de por ahí. Figúrese cómo se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

-¿Pobre gente?

-Sí, pobre gente. –El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.

-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

-Ah, bueno –dice.

-¿La vieron así?

-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más remota encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

-Para mí no es nada –dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, en el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…

-¿Se impresionaron?

-Uno se desmayó. Lo desperté a bofeteadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo”. Después me agradeció.

Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.

-Beba –dice el coronel.   

Bebo.

-¿Me escucha?

-Lo escucho.

-Le cortamos un dedo.

-¿Era necesario?

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.     -Tantito así. Para identificarla.

-¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.

-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico. ¿Comprende?

-Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.     -¿Y?

-Era ella. Esa mujer era ella.

-¿Muy cambiada?

-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo  es para que todo fuera legal. El profesor R controló todo, hasta le sacó radiografías.

-¿El profesor R?

-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto está ahí, su voz amarga, inconquistable:

-¿Enciendo?

-No.

-Teléfono.

-Decíles que no estoy.

Desaparece.

-Es para putearme –explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder –digo alegremente.

-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

-¿Qué le dicen?

-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

-Llueve –dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

-Llueve día por medio –dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

-¡Está parada! –grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra puna de la mesa. Y por un momento cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

-No me haga caso –dice, se sienta-. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

-¿Eh? –dice- ¿Eh? –dice.

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Sí.

-¿La sacó usted?

-Sí.

-¿Cuantas personas saben?

-Dos.

-¿El Viejo sabe?

-Se ríe.

-Cree que sabe.

-¿Dónde?

No contesta.

-Hay que escribirlo, publicarlo.

-Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

-¡Ahora! –me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

-Cuando llegue el momento… usted será el primero…

-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

-¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntar quién soy, qué hago ahí.

Y mientras, salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras, mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras, sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación:

-Es mía –dice simplemente-. Esa mujer es mía.   

CARLA CATERINA

Publicado en relatos el 5 de Julio, 2013, 17:29 por MScalona

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Vaivenes

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Hoy a la tarde entré en  un bar. Me gusta  esto de sentarse en un bar, si es posible al lado de la ventana  y  mirar la gente a través del vidrio, su apuro o su lentitud, sus caras opacas, alegres,  tristes, frías;  y detrás de esos rostros historias distintas, dónde los protagonistas siempre son los mismos; familia, amigos, conocidos, enemigos, compañeros, ex parejas, ex amigos, siempre los mismos en distintos vaivenes.  No sé porque empiezo diciéndote  esto,  quizá quería hablar de algo, algo para achicar la distancia, esa cantidad enorme de kilómetros y océano  que nos separan.  Me parece que el papel es mejor  que lo virtual.  Una , la carta, la podes tocar, oler, leer, romper, guardar, o usar de servilleta o pañuelo, hacer avioncitos, o florcitas como las que hacíamos  con papel de cigarrillo cuando recién empezábamos a morder el placer del vicio. Ahora  dejé de fumar, tanto te hacen la cabeza con que el pucho hace mal, pero la verdad es un garrón, no sabes cómo extraño tomar porrón y fumar LM.

Bueno, una de las cosas  importantes  que quería contarte, murió Catástrofe. Ya sé que te  estoy tirando la noticia como una bomba, no encontré otra forma. Estaba re viejo;  las orejas se  le arrastraban por el piso, además estaba  un poco ciega y  medio sorda, y  por dónde buscaras habías pelos  que  ella iba perdiendo.  Yo me ocupaba de prepararle  Nestúm con leche y aparte la vitamina,  y se lo iba  dando de a poco con una jeringa. Una mañana me levanté y se había quedado dormidita en su cucha. Para qué te voy a contar cómo se puso la vieja, no la podíamos consolar, todo el día moqueando la pena, _ y bueno vieja compramos una nueva que sea cachorra, yo insistía, pero nada; la vieja seguía muy afligida.  Debe haber estado con esa congoja durante un mes. Se pasaba las noches  corrigiendo trabajos  y lagrimeando y tomando café, hasta que pasó algo totalmente inesperado;  Mauro dejó  embarazada a la novia  y yo fui la primera en enterarme. Una noche yo  me había quedado a dormir  en casa  y este apareció _Soledad, Soledad, tengo que contarte algo, eran las tres de la mañana te imaginas mí cara, _ahora Mau? es necesario a esta hora, no puede ser mañana? _no Sole, ahora, ahora vas a ser tía me dijo; me estás jodiendo, no usaste forro  pelotudo?, _ no es que amo a Julieta, me decía; te imaginas a quien puede amar Mau que con veinte años  trae una novia  distinta todas las semanas.  Bueno la cuestión es que la vieja que no paraba de llorar, largó el pañuelo y se puso a tejer escarpines. A Mauro le conseguí un trabajo en la fotocopiadora de la facu, pareciera estar un poco más serio, aunque  yo no me confiaría demasiado. Yo voy a casa los martes a la noche, comemos algo  y a veces me quedo a dormir, aunque no veo la hora de volverme a mi casa, extraño mi silencio. Sabés que Pancho me dejó?;  o mejor dicho nos dejamos. Una amiga mía dice que yo dejo la noticia más picante para el postre. En realidad   no quiero hablar mucho de lo que pasó,  pero te voy a contar: el tema fue más o menos así,   una noche vino al departamento un compañero de la facultad para hacer un trabajo. Yo lo invité con toda tranquilidad porque  Roly era  gay, no había posibilidades que Pancho se pusiera celosos y además era un tipo macanudo amante de la música igual que Pancho.   La cuestión fue que los tres nos hicimos amigos. Empezamos a salir,  íbamos a comer, después a bailar y a fumar porro, a veces Roly se quedaba en casa varios días, estudiábamos; la verdad  nos divertíamos mucho. Al tiempo empecé a darme  cuenta que Pancho no me tocaba ni la punta de los dedos,  pero después me fui acostumbrando. Un  sábado  fuimos a un cumpleaños de un amigo de Roly  y lo conocí  Sergio, que era amigo del  dueño de casa  pero no era gay. El flaco estaba muy bien, buena onda además, nos pusimos a charlar y  esa noche se enganchó con nosotros. Los cuatro nos fuimos a un boliche. Después empezó a venir  al departamento, Pancho iba al supermercado, compraba de todo, el flaco se quedaba a comer; no sabes lo bien que cocina!,;  una noche tuve  insomnio,  no sabía cómo decirle a Pancho que me estaba enganchando con Sergio.  Pancho siempre fue un tipazo de esos que te bancan en todo,  a veces siento que  más lo quería por bueno que por fogoso.  Pero no fue un problema, no para nada, porque casi sin darnos cuenta  Pancho empezó a dormir  con Roly y Sergio y yo nos mudamos  a la habitación de atrás. Cosas de la vida.

Lo que me tiene un poco preocupada es que  todavía no me pude recibir, rendí tres veces mal la última materia y por si fuera poco, me olvidaba de contarte otro detalle, digo porque en este departamento dónde vivimos todos, vos también sos dueño.  El día que fui a rendir  me olvidé el lavarropas encendido y los chicos estaban trabajando. Lo que pasó fue que el caño de desagüe se salió de la conexión, algo no estaba bien, y el departamento se inundó, no todo,  pero vamos a  que arreglar el entarugado de los dormitorios que se levantó en varias  partes.  Bueno Tavo, espero que vengas pronto a visitarnos, no sabes cómo te extraño, además va a nacer tu sobrino y quiero que conozcas a Sergio, y por ahí si venís me ayudas un poco con la facu y me puedo recibir; cómo antes te acordas? Aparte en febrero cumplimos años, estaría bueno compartir la fiesta. Si podes escribime una carta de papel  y contame  un poco cómo es el mundo del otro lado del charco.

Te abraza tu hermana  melli, Sole.

NACHO BARALES

Publicado en Nuestra Letra. el 5 de Julio, 2013, 17:20 por MScalona

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Viviana

 

Dice que es una cuestión de tiempo Como si pudiera sentir lo que hay acá dentro el pedazo de estúpido ese  Qué se cree Yo no soy boluda Las marcas que llevo no están así sin más Porque además están las ocultas y las visibles como mi forma de hablar El pánico que tengo a ciertos hombres y a las arañas pollito qué asco Si no hubiera sido por esos dos hijos de mil puta yo no sé ya sería una mina no sé si importante pero algo Algo que me haga sentir que estoy siendo importante para mí misma por lo menos Intenté distintas formas de hacerlo la verdad creo que todas son difíciles y hasta dolorosas Algunas son de lo más crueles para los otros que se verían aprisionados en el espanto No es que trate de hacerme la víctima pero a quién no le gusta sentirse así El placer te llega mucho más rápido con la compasión de los otros Más la cuerda aprieta el cuello más perverso es el consuelo Pero lo quiero sentir Soy una boluda si no voy a poder ver sus caras para qué hacerlo entonces Y podrán decirme muchas veces miles de veces que yo no tuve nada que ver Que yo tengo que hacer a mi propia vida más allá de ese trazo de sangre que nos une Yo ya quiero cortar con todo Esta contaminación no me la banco No la soporto tengo que escuchar decir sobre mí Una, dos, tres, cuatro A los once ésta Quince tenía en la segunda o era ésta de acá arriba o fue a los trece No esa fue a los trece Esta vez no fallo La Mili cuando probó no le erró Ponía siempre en el google cómo hacerlo Yo creía siempre que jugaba haciendo esas cosas Y sí lo dice Así lo terminó todo Incluso hay varias formas pero una es la posta en la página Darkheim punto com ahí están las distintas maneras paso a paso Ahí no llega el control parental eh Sólo está para los pajeros esos que hacen lo posible para morir a paja sin vivirse de una vez De una una buena vez No sé cómo hacen Hasta en el colegio hay que soportarlos molestándonos a mí y a las chicas Se llegan a manosear hasta entre ellos estos putos pajeros Y a nosotras nos toman de vírgenes estos boludos No creo que se haya ofendido Beto cuando no le quise hacer la paja No jodás hacétela vos solito en tu casa Te pensás que soy de madera tarado de mierda Andá a tu casa y que tu mami te haga el toddy ese enlechado y después me contás a ver si te hacés el guapo después Al fin y al cabo sos una nenita Ya fue se va todo al carajo Tendría que dejar algo escrito Acaso lo leerán Quién puede leer ante la desesperación El verdadero diario me lo llevo conmigo Esto que imprimo en cada acto en cada persona que conozco y conocí El diario es mi cuerpo Ya con mi diario ese el de la mentira ya basta del amor de los corazones dibujados y una flecha Este corazón el verdadero tiene una pija en el medio que nadie vio ni puede ver ni yo pude ver en su momento Dónde ubicar ese momento y que ahora no paro de sentir No se puede Yo no puedo Pero ya es suficiente que hagan lo que quieran con toda esta mierda Tendría que dejar algo Algo que les haga un nudo en el estómago a estos hijos de puta que nunca se bancaron el bajón de quererse por quererse no más Ya sé que la muerte de Lea nunca se superó sintiéndome alejándome sola Ella se mambió el otro pegó pa el otro lado inluso me dijo Beto que lo vio salir con un pendejo ahora No por favor es lo único que pido Es lo que faltaría No quiero que sea como el Padre Portal que te espera con las puertas de la iglesia de par en par Viejo asqueroso con su portal de la alegría animal Yo no te perdono ningún pecado Una vieja loca ahora un padre puto grasiento y sucio Qué más puede tocarme eh Ya nada Ese es sólo el decorado lo que más superficialmente se ve Y ahora lo que faltaba Que mi madre me diga que yo tendría que estar medicada Y ella no sabe que su medicina es peor y también más cara que la que toma el tío de Beto Y lo que nadie vio es peor aún Nadie se comió ese viaje como el mío hijos de puta Me la van a pagar de una vez por todas Porque esta deuda es ya impagable Me voy a la mierda se va todo a la concha de mi madre

MARCELO CASTAÑOS

Publicado en Cuentos el 5 de Julio, 2013, 17:20 por MScalona

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El sueño

 

“¿Viste que nunca nos morimos en los sueños? Nunca. Nos despertamos antes. Nos van a disparar y antes de que lo hagan, saltamos de la cama. Estamos por caer a un precipicio y no terminamos de hacerlo, porque abrimos los ojos antes de estrellarnos contra el suelo. Vamos en la ruta y un camión se nos viene encima, pero no llega a chocarnos, nunca llega. Nos tiran al mar y no podemos defendernos, nos ahogamos, podemos perder la respiración un rato, pero finalmente la recuperamos….ya no estamos en el mar, estamos en la cama, jadeando. La muerte es algo que en los sueños está por llegar pero nunca nos alcanza. No me digas que nunca soñaste con tu propia muerte. Pero si lo hiciste, como me pasó a mí, te viste en el cajón, pero te viste desde la vida, te desdoblaste, pusiste a tu yo en el féretro, y lo miraste, te miraste, pero no eras vos, porque vos eras el que estaba mirando. Y si fue así es porque no estabas muerto. Te viste muerto, pero no lo estabas. Tu yo muerto no eras vos. No. No morimos en los sueños. ¿Y sabés por qué? Dicen que es nuestro instinto de supervivencia, y es cierto. Lo que no nos dicen es que, si morimos en el sueño, no despertamos más, porque la muerte nos alcanza realmente. El que muere dormido,  directamente no vuelve”.

A Rodrigo, la teoría de Lautaro le había parecido al principio desopilante. Muerto en el sueño, muerto en vida. Pero puesto a pensar en cada sueño, cada despertar, se le fue volviendo más verosímil. Y la hizo propia.

Morir en un sueño. No podía ser posible. Siempre te despertás. Hasta que un día no despiertes. Y a Rodrigo empezó a rondarle esa idea, casi obsesiva, hecha de una verdadera observación propia, de un miedo.

El crimen perfecto. Alguna vez alguien conseguiría instrumentar un mecanismo de invasión onírica, algo así como un poder paranormal, natural o logrado, para meterse en el sueño de los otros y aniquilarlos en ese territorio donde no entrarían la ley, la Justicia, el periodismo ni la lógica. “Murió dormido, sin diagnóstico preciso”. Nadie diría “fue asesinado en su sueño”. La  nueva versión del crimen perfecto.

La idea lo siguió a Rodrigo por años. Y llegaron tiempos en los que esa locura se le vino junto con un ejército irregular de fantasmas. Empezó a soñar con ellos. Que se acercaban, silenciosamente, y se iban. En otro sueño los sintió, tocaban las puertas de los otros departamentos, preguntaban por alguien…por él. Y se marchaban. El escuchaba y esperaba. Pero se retiraban, aunque él sabía que iban a volver. Y seguía durmiendo.

Rodrigo sabía que sus pesadillas no eran vanas. Ellos perseguían, él era de aquéllos, más parecidos a nosotros. Aquellos iban y venían, escapaban, de casa en casa, de refugio en refugio, clandestinamente. En las calles del barrio se sentía el olor del papel y tinta quemados en los incineradores y en los patios de las casas. Les prendíamos fuego, aquellos y nosotros, no fuera a ser que vinieran ellos.

En su último departamento, Rodrigo había decidido que su biblioteca estuviera en el dormitorio, en la cabecera de la cama. Antes que los libros, él. Era la biblioteca en el dormitorio, o el dormitorio entre los libros. Si tenían que ir por él, que fueran a por ellos, o al contrario.

Las pesadillas se hicieron cada vez más inquietantes. Ellos llegaban a la casa, decían algo detrás de la puerta, trataban de abrirla, golpeaban otros departamentos. El se despertaba.

Otra vez, en sus sueños, ellos entraron, se metieron, fueron hasta la puerta del dormitorio, pero no llegaron a ingresar, los paró. Despertó transpirado, tiritando, en alerta, las manos y el pelo mojados, no sabiendo ni entendiendo nada. Y volvió a dormirse.

Fue ese día, un 23 de abril, en que se durmió. Después de dos días de insomnio, consiguió dormirse. Le costaba conciliar el sueño. Pensaba en el crimen perfecto, que podía tenerlo a él como protagonista o como víctima. Pero finalmente lo consiguió: cerró los ojos y su mente empezó a divagar, a generar imágenes absurdas.

Soñó, una vez más, con ellos. Se escuchaban pasos en su sueño, los pasos que pueden ser grandes o pequeños, de personas o de animales, de faunos, de personajes mitológicos, hasta de insectos, o víboras (que no dan pasos, sino que deslizan), como pasa en los sueños. Eran pasos raros,  pero cercanos, cada vez más prontos.

 Quiso despertar, pero no podía, era su realidad onírica. Ellos se acercaban, trataba de despertarse, pero era su sueño. Había ruidos, cada vez más cercanos, inquietantes, sintió miedo pero no se despertó. Quería despertarse, pero no hizo a tiempo.

El cañón de la Itaka lo apuntó a dos metros de distancia. Uno de ellos jaló el  gatillo. Ellos habían cambiado los proyectiles de la Itaka por municiones, unas terribles balas que desfiguraban a cualquier  blanco. Las balas le entraron a Rodrigo por el cuello, de manera ascendente (cuello a cabeza), le destrozaron el cráneo y su masa cerebral quedó absolutamente desparramada.

Rodrigo quedó tirado en la cama. Decapitado. La sábana se tiñó de un rojo bermellón. No llegó a despertar. No vio su muerte. Se le venía en el sueño.

 

 

Marcelo  C.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-