"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Julio del 2013


la novela colectiva del 2013: ZONA 16

Publicado en Nuestra Letra. el 31 de Julio, 2013, 12:28 por MScalona

 

MAYRA MEDINA es la autora de la síntesis argumental de la nueva novela colectiva del taller (3° año)

2013:  ZONA 16: 3 personajes, SALERNO, SELLER Y JANA... cámaras de seguridad, una chica mimo,

dos hombres, el barrio de Pichincha... ahí vamos... todos los años, este comienzo me llena de ilusión...

lo más parecido a una invitación a viajar...                               Marce

DOMINGO: cita de honor

Publicado en Sugerencias. el 30 de Julio, 2013, 11:57 por MScalona

entre los FINALISTAS, hay cuatro integrantes de NUESTROTALLER

-  SILVIA TOMBOLINI

-  NATALIA  MASSEI

-  MATÍAS MAGLIANO

-  LAURA ROSSI

Yo voy a hacer una pequeña reseña de las obras finalistas, conceptos, criterios de selección y la bienvenida a este hermoso proyecto editorial de RIO ANCHO en Rosario.

Los esperamos. MARCE

ROBERT DESNOS

Publicado en De Otros. el 28 de Julio, 2013, 23:45 por MScalona
ROBERT DESNOS</p>
<p>A LA MISTERIOSA</p>
<p>Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.<br />
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo<br />
y besar sobre esa boca<br />
el nacimiento de la voz que quiero?<br />
Tanto he soñado contigo,<br />
que mis brazos habituados a cruzarse<br />
sobre mi pecho, abrazan tu sombra,<br />
y tal vez ya no sepan adaptarse<br />
al contorno de tu cuerpo.<br />
Tanto he soñado contigo,<br />
que seguramente ya no podré despertar.<br />
Duermo de pie,<br />
con mi pobre cuerpo ofrecido<br />
a todas las apariencias<br />
de la vida y del amor, y tú, eres la única<br />
que cuenta ahora para mí.<br />
Más difícil me resultará tocar tu frente<br />
y tus labios, que los primeros labios<br />
y la primera frente que encuentre.<br />
Y frente a la existencia real<br />
de aquello que me obsesiona<br />
desde hace días y años<br />
seguramente me transformaré en sombra.<br />
Tanto he soñado contigo,<br />
tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado<br />
de tu sombra y de tu fantasma,<br />
y por lo tanto,<br />
ya no me queda sino ser fantasma<br />
entre los fantasmas y cien veces más sombra<br />
que la sombra que siempre pasea alegremente<br />
por el cuadrante solar de tu vida.</p>
<p>Versión de Francisco de la Huerta
ROBERT DESNOS

A LA MISTERIOSA

Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo
y besar sobre esa boca
el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto he soñado contigo,
que mis brazos habituados a cruzarse
sobre mi pecho, abrazan tu sombra,
y tal vez ya no sepan adaptarse
al contorno de tu cuerpo.
Tanto he soñado contigo,
que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie,
con mi pobre cuerpo ofrecido
a todas las apariencias
de la vida y del amor, y tú, eres la única
que cuenta ahora para mí.
Más difícil me resultará tocar tu frente
y tus labios, que los primeros labios
y la primera frente que encuentre.
Y frente a la existencia real
de aquello que me obsesiona
desde hace días y años
seguramente me transformaré en sombra.
Tanto he soñado contigo,
tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado
de tu sombra y de tu fantasma,
y por lo tanto,
ya no me queda sino ser fantasma
entre los fantasmas y cien veces más sombra
que la sombra que siempre pasea alegremente
por el cuadrante solar de tu vida.

Versión de Francisco de la Huerta

BETI TONI

Publicado en Nuestra Letra. el 28 de Julio, 2013, 23:26 por MScalona

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Diálogo

 

Reunión de personal en una escuela primaria, pública.

 

Directora (Rita): - Bueno, chicas, pasamos al segundo punto del temario.

 

Maestro de Dibujo (Alberto): -¿Cómo chicas?.  Yo existo.

 

Directora:- Sí , chicos y chicas. Obviamos las edades. Se trata del problema que hubo con los hermanos  Angelito de 2do, Lucas de 4to y el que los llevaba a su casa, Matías de 7mo. Un caso de abuso. Hemos hablado con las familias, informamos al ministerio y el próximo miércoles vendrá el psicólogo Blastein de SOS escuela a dar una charla.

 

Docente de 7mo (Marta): - ¡Yo no voy a venir¡. El problema sucedió fuera de la Escuela.

 

Docente de 4to (Luisa): -¡ Bastante trabajo tenemos nosotras para hacernos cargo de esto¡.

 

Vicedirectora: - Es importante la charla, pues la situación puede repetirse.

 

Docente de 7mo: - ¿Repetirse? Hay que expulsarlos a los tres y san se acabó.

 

Docente de 2do (Ana): - ¡Chicas son alumnos de la Escuela!

 

Docente de 4to: -¡Y qué alumnos! Los padres de Ángel y Lucas están separados.

 

Docente de 7mo: -¡Y la madre no se ocupa de nada!

 

Docente A: -No discriminemos …¿ por el padre nadie pregunta?.

 

Docente B: -Siempre los padres ausentes sin aviso.

 

Maestro de dibujo: -¡eh! ¡eh! Ustedes discriminan al revés. ¿Alguien conoce al padre?

 

Docente A:- Nadie, como siempre. ¿Cuántos padres vienen a las reuniones?

 

Docente A: - Sí, el padre está preso. Falta la figura masculina, el apoyo.

 

Maestro de Dibujo: - Sí, es cierto. Yo me ofrezco,  ¿alguna necesita apoyo?

 

Docente B:- Callate, que después arrugas.

 

Maestro de Dibujo: - No sé.. No sé, ¿yo me sacaría las dudas?

 

(risas)

 

Directora: ¡ Por favor, silencio! Así nos escuchamos. La mamá de Angelito y Lucas trabaja. Por eso Matías lo llevaba a su casa. Ocurrió en el pasillo. Matías vive con la abuela, tiene una historia pesada….

 

Docente de 7mo: - Por eso. ¡ Hay que separar la manzana podrida!

 

Docente  de 4to: - Yo también trabajo y tengo hijos y no quiero perder el tiempo en estos negros…

 

Vicedirectora: -Luisa, no discriminemos,  aquí no hay muchas rubias.

 

Docente de 4to (tímidamente): - Pero yo digo negros de alma…

 

Directora: - Es importante escuchar al psicólogo para decidir qué hacer.

 

Maestra de 7mo: - ¡En mi aula a Matías no lo quiero!

 

Maestra de 2do: - Angelito es un chico muy tímido, puede traumarse más…

 

Maestra de 4to: - Claro, Angelito tiene un cerebrito y una mamita que no se hace cargo de nada.

 

Docente B(despacio): - Y a Angelito le tocaron el culito, pobrecito.

 

Docente  A: - ¡Callate bruja!

 

Docente B: - Hechicera, hechicera, que no es lo mismo.

 

Risas.

 

Secretaria: - Rita, yo así no puedo hacer el acta.

 

Directora: -Vamos cerrando lo de la charla que hay otros temas a tratar.

 

Maestro de dibujo:- Rita, fuera de broma, yo me ofrezco para colaborar, podría hacer un taller de  expresión con estos chicos, si el psicólogo me ayuda…

 

Directora:- Bárbaro, te tomo la palabra.

 

(Aplausos)

 

Maestra de 2do.: - Lucas nunca trae la tarea… pero si el psicólogo puede lograr algo…

 

Docente de 7mo.: - Trabajo en doble turno, de aquí me voy a otra escuela, no  puedo venir a la charla.

 

Vicedirectora:- La ponemos como reunión plenaria de 11 a 13. Por reglamento tiene prioridad.

 

Docente de 7mo.( en voz baja a la de 4to.): - Me corren con el reglamento. El otro día la ví dar dos cajas de leche a la vieja,  esa que vive en “La Lata”.

 

Vicedirectora (en voz baja a la directora): - ¿La escuchaste? ¡Qué jodida! Yo la cruzo.

 

Directora: - Tranqui, sos la Vice, la Sra. Vice.

 

Vicedirectora: -¡Qué Vice ni ocho cuartos! (a la docente, gritando) . ¡Le di la leche porque con  cinco hijos  no tenía que comer!

 

Docente de 7mo: - ¡La leche es para la merienda de los alumnos.! Es mal-ver-sa-ción de fondos!.

 

Directora: - Permítanme, silencio por favor. Hay un mal entendido. La Sra. Vice dio las dos cajas con mi autorización e inmediatamente las repuso de su peculio. ¿No vieron a su hijo cuando las traía? Deberíamos felicitarla.

 

Docente C: -¿Y qué pasa con la  plenaria?

Docente de 7mo: - ¡Yo no vengo!.

 

Directora: - Mañana paso la circular. Marta hace una nota por  escrito fundamentando tu decisión. Tomamos el mate y seguimos.

 

(Entra la portera con una jarra de mate cocido y bizcochos).

 

Directora (a la Vice): -Tengo quince días para contestarle, bien tupido, así se  entretiene.

 

Vicedirectora: - ¡Vamos a necesitar un equipo de psicólogos.!

 

Directora: - Es la época.

 

                                                                    Beti Toni. 22-07-13

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARLA CATERINA

Publicado en Cuentos el 28 de Julio, 2013, 23:19 por MScalona

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Guardias

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La sala de médicos estaba ubicada al fondo del pasillo, girando a la izquierda, después de los baños. Era un lugar de aspecto lúgubre, con azulejos celestes y paredes manchadas, y casi siempre había olor a sopa. El doctor Raúl estaba sentado sobre una banqueta de cuerina verde, con los codos sobre la mesa y leía los informes de la evolución quirúrgica de los pacientes de la sala de terapia. Al lado, en otra banqueta, Paula, residente de segundo año, estudiaba un caso atípico. _Gordo me das un mate o sos tomasoli?, _pará nena, lo estoy probando,_ queres  un bizcocho gordo?, _si dale, y hay torta que trajo la gorda Pocha también. _decime gordo, si te dieran bola dos minas pero una  tiene posibilidad de irse a otro país, vos qué harías? _dale agarra viaje con los dos nena, después se verá.

Siguiendo por el  mismo corredor, unos pasos más atrás estaba la sala de guardia, desde dónde hacía un rato llegaban unos quejidos y la voz encabronada de la médica de guardia indagando a una joven paciente, _decime qué te pasa nena!, decime que hiciste, a ver contame un poquito!, dale habla!. La chica no superaba los quince años, llevaba el pelo corto a lo varón y tenía puesto un vestido ancho con flores rojas.  Lloraba e insultaba, mientras se revolcaba en el sillón de la guardia, apartándose de las manos ajenas. Afuera un hombre la  esperaba de brazos cruzados, alternando la mirada entre la puerta corrediza de la sala de guardia y la vaivén de la sala de médicos. De golpe dio un salto, se pasó la mano por la frente aliviando la transpiración y se puso a caminar arrastrando los pies.

El doctor Raúl miraba al señor, _sabrá esta lo que hace?, seguro la está maltratando con ese carácter, _no sé, y si vas a ver, por ahí te enteras de algo, dijo Paula mientras se metía un pedazo de torta en la boca. Raúl salió de la sala mientras se ponía el guardapolvo. Se acercó al hombre y extendió su mano. _Soy Atilio Ladegracia dotor. La piba mía está ahí adentro. No sé qué tiene, le duele la panza mucho sabe, pero no quiere hablar, insistía el hombre. El doctor lo miró e hizo una mueca y después volvió la sala. _ Y gordo qué pasó? Dijo Paula mientras renovaba la yerba y calentaba el agua, _no sé fíjate si viene alguien mientras voy a ver. Después te cuento pibita.

Paula se había quedado sola, _para qué seguir con esto ahora, después de todo el año recién empieza, y además si Juan tiene decidido irse me voy a quedar sola, y después el invierno, y estudiar en ese cuartito de mala muerte… y …todavía me quedan tres años, no un garrón!. Agarró el celular, cerró el libro; abrió el libro, dejó el celular, pensó en Pablo, _mejor no, pensó mientras empezó a limarse las uñas, _y si vuelve el otro se arma la podrida, además cómo le explico, no me va a creer. Dejó la lima, y llamó al piso de arriba. Atendió la jefa de enfermería, _ lo que faltaba esta vieja arpía capaz que se pone a vociferar; cortó sin hablar. Otra vez se tiró sobre el libro. De reojo, el celular en el bolsillo, “clin clin”, “en diez en la pieza de las cuchetas chiquita”, vibrando sobre la pantalla. Cerró el libro y se acomodó el ambo. Después se metió en el baño y se arregló un poco el pelo. Muda, quieta. “clin Clin” “venis?”, se deseó suerte mirándose al espejo.

Raúl salió de la sala de guardia, llamó por teléfono y pidió una camilla, un anestesista y que bajara la gorda Iza que tiene pasta para estas cosas. _ de dónde habrá salido esta inútil, si no voy hace cualquiera, y encima me carga el fardo a mí. _Mire Atilio, lo de la piba no es grave, pero va a llevar un rato, _pero que tiene la piba dotor? , usté sabe que le pasa?, la puedo ver dotor?, _no Atilio, espere en el pasillo, ya le vamos a avisar. Atilio quedó parado por unos instantes y después caminó pasillo al fondo hasta dónde había una escalerita que daba a un jardín. En el fondo había una capilla con dos bancos de madera. Se sentó y prendió un cigarrillo. _sabes Jacinta, que pena que no estás Jacinta, pero a lo mejor me escuchas Jacinta. La piba está complicada, decime Jacinta mía, será grave lo de la piba, quien sabe ahora que no trabajo Jacinta, sabes cómo pienso en vos Jacinta, vos que tirabas siempre del carro, tirando pa no aflojar decía mi viejo…Jacinta…Jacinta..

Una hora más tarde el sol todavía se metía dentro de la sala. Paula intercambiaba con Pablo información sobre los últimos internados_ el de la cama cuatro está al horno, no creo que pase la noche, y al de la cama tres mantenelo dormido si no queres tener lola,  le dijo Paula que tenía el pelo revuelto y se había puesto su ropa de calle; _no pasa nada nena, como si no hubiese visto varios fiambres en estos años. Cuestión de costumbre. No perdamos  el tiempo. Nos vemos mañana, chau nena.

Paula volvió a la sala de médicos y metió el ambo adentro de la mochila. Raúl entró, se puso el guardapolvo y se sentó en la mesa. _no me vas a creer, la pendeja estaba embarazada y nadie sabía. _ nooooo, anda y qué hiciste gordo?, _para qué te voy a contar, un chiquero adentro de la sala, vuelta de cordón; nunca una ecografía. Rasuramos, cortamos, metimos mano;  el pibe salió casi azul, ahora esté en neo. _ Y bueno gordo, como todo, después te acostumbras, dijo Paula mientras marcaba el número de Juan.

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                                              CARLA

HANSEL GERMÁN MONZÓN

Publicado en Cuentos el 28 de Julio, 2013, 23:16 por MScalona

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La novia de Alain

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Cuando Gustavo le mostró la revista, Luis no lo podía creer.  Una semana atrás, trabajando en un guión para el práctico que tenían que entregar a fin de año, habían hablado de las hermanas, Gustavo, que era de Villa Eloísa,  las había conocido. Luis recordó esa época, su infancia en la casa de pasillo en pichincha, cuando estaba en segundo grado y se aburría en la clase de italiano, bah, en todas las clases. Recorría el antiguo cielo raso del aula con la mirada. Siempre le llamaban la atención unas rosetas, una especie de flor chata de yeso en relieve. Había cuatro, una en cada esquina, de las que salían dos  finas molduras ondulantes a noventa grados una de otra,  un fileteado en relieve que decoraba cada rincón del techo.  En el centro de cada flor había un agujero por donde él se perdía transformado en un abejorro. Desde ese orificio observaba toda la clase o se escapaba para sobrevolar la escuela, el barrio, la ciudad, desde donde volvía repentinamente cuando escuchaba la resonante voz de la maestra preguntando  si  habían entendido.  Sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia  aparecía en su pupitre, Intrigado y con la sensación de haber fallado otra vez, como si fallar fuese un designio que jamás podría cambiar hiciera lo que hiciese.  El pizarrón completamente cubierto de escrituras incomprensibles para él, era  la contundente prueba de la magnitud  del tiempo que había estado ausente. Miraba sin entender  y luego miraba a sus compañeros tratando de captar alguna señal, un gesto, algo que le indicara de qué se había tratado la clase.

Al sonar el timbre metía el cuaderno y la cartuchera en su portafolios, los lápices, por lo general, los tiraba adentro sueltos, así era como se rompían o perdían. Formaba fila y tomaba distancia displicentemente. En el fragor que causaban los últimos minutos, se empujaban unos con otros, algo que solía ponerlo mal pero que ya no le importaba. Hacía meses que en lo único que pensaba a esa hora, era en regresar a su casa, o mejor dicho a la vecina.  El transporte amarillo estaba ahí, el de todos los días, el de las mismas caras, el del mismo insoportable recorrido, ese recorrido que lo dejaba con la fastidiosa sensación de que lo relegaban, siempre para lo último. Subió tomándose del pasamano y aferrando el portafolios con la otra, y se ubicó en el lugar de siempre. En el trayecto hasta su asiento algunos chicos le hablaron pero él no escuchó. “Llegás y te vas a merendar a lo de Chele que te va a estar esperando, cuando yo vuelva te voy a buscar”. Le retumbaba la voz de su mamá mientras apoyando su frente en la ventanilla veía pasar los techos pálidos de las casas por entre el gastado y sucio cielo de las tarde de invierno. En un último plano, escuchaba a  los compañeritos más zarpados, los que hacían todo el barullo, los que gritaban cosas a los automovilistas y peatones, los que pasaban derecho para el fondo, como en el aula.

Ya no era como los demás chicos, ya no se sumaba al bochinche, se sentía algo mayor,  prefería quedarse solo mientras, con una mano en el bolsillo del guardapolvo, jugaba, sin darse cuenta, con las migas de una Manon rota, disfrutando del secreto que tenía, un secreto tan perturbador que resultaba casi inconfesable hasta para él mismo. Salvo a esa hora, la hora en que volvía de la escuela, era ahí cuando comenzaba a disfrutarlo.

Chele vivía en la casa contigua a la suya, en el mismo pasillo, para él era de “avanzada” porque estaba separada y en esa época  era algo reservado a mujeres con cierta osadía; tenía dos  hijas de quince y dieciséis años, de una belleza perturbadora, habían llegado de un pueblo, Villa Eloísa, eran tan bellas que no podían tener amigas en el barrio, ninguna chica se sentía cómoda al lado de ellas, opacaba a cada una que  intentase acercarse, casi podría afirmarse que las odiaban, salvo los muchachos, que, por el mismo motivo, vivían alborotados.

Las hijas de Chele eran raras, Luis a sus siete años jamás había conocido gente con esa impronta, salvo en programas de tv. Ellas se llamaban Ana y Cristina y esa rareza le producía fascinación. Cada vez que las cruzaba se sentía feliz, poco importaba su estado de ánimo previo, el solo hecho de ver a algunas de las hermanas, lo reconciliaba con cualquier cosa que hasta el momento lo hubiese afligido. Estaba enamorado, no sabía de cual, o mejor dicho, estaba enamorado de las dos.

Any y Cris eran, como se dio cuenta de grande, lo que se dice progresistas. Escuchaban los Beatles, Bob Dylan, Serrat , cuando en casi todos lados sonaba Ortega y Roberto Sanchez. Tenían en su dormitorio un poster grande con la foto de un barbudo que Luis tenía ya visto y en el que, años después,  reconocería al Che. Esa casa era especial, los vasos de vidrio de colores, el reloj pop de la pared, el tocadiscos portátil (última tecnología), y una réplica en miniatura de un escenario de teatro sobre una mesa ratona, con luces que se encendían a voluntad, le hacían Intuir a Luis que había otro mundo, otra forma de vivir que no era la que le enseñaban en su casa ni en la escuela y esa otra forma,  le atraía demasiado. Any y Cris estudiaban teatro y, cada tanto, hacían fiestas en su casa, fiestas a las que iban personas igualmente raras, y que, obviamente, no eran del barrio. Él, desde su casa, veía llegar a los invitados, escuchaba esa música  y  soñaba con pertenecer algún día, a ese círculo de amigos. Se moría de ganas de estar ahí, pero sabía que eso, era imposible.

El transporte se detenía en la puerta, como cada día, después de un serpenteante recorrido, un recorrido aparentemente alocado que parecía pasar varias veces por la misma zona, alocado pero inevitable si se quería cumplir con la tarea de devolver a cada chico a su domicilio.

Luis, tomaba su portafolio de cuero marrón, tan común por entonces, tan común y tan pesado. Bajaba casi sin saludar a los pocos pasajeros que quedaban, si saludaba, lo hacía en forma automática, en voz muy baja y sin ganas. Caminaba con paso firme, refregándose la cara con el puño del guardapolvo. El peso del portafolios ya no le importaba. Entraba al pasillo que le era muy ancho e interminable. Una excitación se apoderaba de él, durante el largo recorrido trataba de pensar en otra cosa como para calmar la ansiedad pero le era imposible, la sola idea de entrar a esa casa lo ponía muy ansioso, pero lo deseaba. Pasaba  por delante de su casa y ni la miraba, sabía que adentro no había nadie. Cuando llegaba al porche de Chele tocaba timbre.

Recorrido y sensaciones que se repetían todas las tarde a la misma hora. Siempre lo recibía la abuela de las chicas que también vivía con ellas. Por lo general,  a esa hora, no había más nadie. Eso no le importaba, el solo hecho de entrar a su casa, a la casa de sus vecinas tan deseadas, al lugar donde ellas vivían, donde dormían, donde comían, donde había transcurrido una de esas fiestas, era como entrar a su intimidad.

Durante ese año fue siempre igual, la abuela lo esperaba con la merienda y mientras la tomaba  miraba sus programas favoritos: Primero Meteoro, le encantaba, aunque le daba bronca que su héroe no se diera cuenta que su rival enmascarado era su hermano. Después Kimba, un dibujo animado que él miraba molesto porque le parecía una telenovela, el leoncito al que unos cazadores le asesinaban la madre y que todos los capítulos empezaba siempre con esa dramática y lacrimógena introducción, eso no se lo bancaba. El plato fuerte venía después, cuando empezaba Batman, el de Adam West. Era entonces cuando disfrutaba en serio, sentía una profunda atracción por esa estética psicodélica que, sin darse cuenta, emparentaba con la onda de Any y Cris. Sabía que tanto Batman como Robin saldrían sanos y salvo de las trampas que le tendían los villanos, pero no podía dejar de sufrir hasta el día siguiente cuando la salvación se concretaba. Soñaba con ser Batman, con tener una baticueva y un baticinturón lleno de artilugios, uno de verdad, pero se tuvo que conformar con el traje que, de un apurón y para que se dejara de molestar, le hiciera su madre utilizando una vieja sábana, que completó con unas orejitas de murciélago de pañolenci anaranjado. Él se lo ponía casi todos los días y, con esa inexplicable abstracción propia y con que suelen jugar los niños, se veía a si mismo como el inexorable hombre murciélago de la pantalla. Así vestido, jugaba, hacía sus deberes, cenaba y se iba a dormir lleno de orgullo, orgullo que días después fue ridiculez, cuando unos amiguitos le hicieron ver que su traje era blanco y anaranjado.

Una vez terminada la serie se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer. Se concentraba tratando de calmarse, tenía poco tiempo, en cualquier momento pasaba su madre a buscarlo. Con voz que él creía tranquila y esquivando la mirada a la abuela, le pedía permiso para pasar al baño. Una vez ahí, se aseguraba de cerrar bien la puerta, se bajaba el pantaloncito y se sentaba en el inodoro a orinar mientras repasaba con la vista cada rincón del cuarto. Sabía que en algún lugar encontraría lo que buscaba y por lo general lo encontraba, si no era colgado del caño de la cortina de la ducha, era en el grifo, sino en el canasto de la ropa sucia, casi siempre encontraba una bombacha, de Any o de Cris, vaya a saber de quién, aunque la verdad, no le importaba, su amor era indistinto. La tomaba en sus manos como un sacerdote toma el cáliz. Nunca se había masturbado, ni sabía lo que era una erección pero algo del orden del placer  sentía, y era sexual, era atracción pura. Lo miraba y lo tocaba, imaginaba a una de las chicas o a las dos, se lo acercaba a la cara, lo olía. El ritual duraba unos pocos minutos, pero intensos. Después dejaba la prenda donde estaba tratando que nadie notara su intervención y luego salía del baño feliz, tan feliz como se sentiría  de grande al hacer el amor.

Pasó poco más de un año, un año de hacerle el amor a sus dos amores sin que ellas lo supiesen, hasta que un día Chele le contó a sus padres que se irían a vivir a España, argumentando: “Las chicas estudian teatro e idioma, están muy preparadas, quieren vivir de eso  y acá no tienen futuro”. Las extrañó poco tiempo, enseguida se acostumbró a no verlas. Luis continuó transformándose en abejorro para escaparse de la clase, pero cada vez con menos frecuencia. Terminó la escuela y luego el secundario, conoció, el sexo y el amor correspondido. Su madre continuó una comunicación epistolar con su amiga Chele durante un tiempo,  inclusive la visitó en España años después, donde se enteró que Any continuaba con su carrera de actriz, pero años después la correspondencia cesó.

Al tiempo Luis comenzó a estudiar cine. Gustavo apareció en la casa de Luis, a la semana siguiente de aquella charla en la que le contó que había conocido a las hermanas,  llegó con la revista Hola española, entonces no se editaba en el país. Abrió la revista de par en par en una página que tenía marcada  y le mostró a su amigo, el titular decía: “La argentina que enamoró a Alain Delon” y una foto de Any de la mano con el galán. Luis tomó la revista con los ojos clavados en ella y la boca abierta, lo invadió una inexplicable emoción y no pudo dejar de sentir orgullo, un orgullo tan ridículo como el que sintió con su disfraz de Batman.

 

                                                                                                       Hansel Germán

 

ARIEL ZAPPA

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 21:35 por MScalona

EVITA 1

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"SI ELLA VIVIERA"

26 de Julio de 2013 a la(s) 19:43

El bocha me citó a las seis. Decime: ¿qué mierda quiere el bocha a las seis de la mañana en Avenida del Rosario y Lituania? ¿Para qué carajo quiere que me levante a esa hora si hoy no tenemos que ir al mercado?

-Mas vale que vengas porque sino olvidate de seguir conmigo -me ordenó la noche anterior. No puedo quedarme sin laburo. Con el flete me la rebusco para los vicios, y cada tanto, me doy un gusto, baratito, pero al menos, me saco las ganas. En cambio, en la verdulería del bocha, hago la diferencia.

Tenía la piel pegoteada con ese efluvio evanescente que nace desde el arroyo Saladillo junto al frigorífico, que envuelve hasta el aliento cuando hay humedad y el techo de nubes está bajo. Dan ganas de preguntarle a las doñas de la cuadra, cuál de todas fue la que se olvidó la olla destapada con coliflor. Y yo estaba ahí, refregándome las manos, sin saber por qué. Pensando en los que se habían quedado en casa, tapados, calentitos, durmiendo.

Pensé en la época en que mi viejo me llevaba a repartir por la zona. En ese tiempo, a esta misma hora, era un hervidero. Yo tomaba “la F negra”, que ahora es el 134, y combinaba con la “C”, ahora el 142. Y uno subía y saludaba a todos: desde el chofer hasta el último de los pasajeros. Porque éramos los mismos, siempre, cada madrugada, cada uno en su asiento. La pregunta no se hacía esperar cuando uno notaba una ausencia. Y la respuesta, no tardaba en llegar: que está con licencia, que la artrosis, que la cizalla es peligrosa, que la cintura no lo deja en paz…

Y aunque el bocha me haya citado en Avenida del Rosario y Lituania, ésta, no es la misma esquina donde me dejaba mi papá a media mañana en el reparto de vino, para que Raquel me hiciera uno de jamón y queso con una Fanta naranja. Y yo, con catorce años, escondido detrás del sándwich, espiaba a los tipos que charlaban en las mesas, gigantes, fumando, tomando vermouth, leyendo el diario. Y al salir, era otro. Me iba con una enjundia que pocas veces en mi vida, por no decir nunca, he vuelto a sentir. Me sentía parte de ese paisaje orillero, de ese submundo, del cual, no entendía nada. Y cuando mi papá me pasaba a buscar yo saludaba, y ellos, levantaban la mano. Hoy, en cambio, sólo se ven pescadores que van y vienen desde el arroyo, esmerándose por trajinar y poblar la cuadra. Y los Templos: siempre hay Templos. Sobra gente y falta pintura.

En eso estaba cuando los vi salir a todos, como hormigas.

Venían de a tres, de a cuatro. Conversaban. Discutían meneando las manos, levantando el índice como agujas, apuntando hacía el cielo. No podían parar de hablar. Uno gritaba citando una fecha, un documento histórico, una batalla memorable. El otro, altisonante, le respondía que no. Que no fue, ni es, así. Que ella nunca dijo eso. Si algo ella nunca había dicho, por compromiso con su pueblo, era eso.

Cada tanto, cuando el vaho que se paseaba por mi nariz no me repugnaba lo suficiente, me concentraba en los nombres y las ciudades que citaban. Calculaba que, por la edad de los tipos y las minas, ninguno aún había nacido en las fechas que mentaban. Pasaban a mi lado como zombies, sostenidos en una fascinación que no les permitía parar de hablar. Si dijera que alguno se percató de que yo estaba ahí, te mentiría. Al rato, dejaban de caminar y la charla se posaba en dos o tres que, formando un círculo a modo de conciliábulo, bajaban la voz, secreteaban cosas que no alcanzaba a oír. 

Fue una sorpresa descubrir al bocha que venía caminando con ellos, en el tercer o cuarto grupo de gente. No hablaba. La voz cantante la llevaba una piba que tenía una carpeta y un cigarrillo aún sin encender. A menos de cinco metros, antes de llegar a mí, el bocha levanta la vista y me advierte. Yo me paré firme, como esperando una orden. Se separó de los demás y, adelantándose, me saludó. Cuando el grupo llegó caminando hasta el filo del cordón, antes de buscar la parada de colectivo, los detuvo a todos para presentarme. Yo estaba mudo, encabronado. ¿Qué mierda hace el bocha con esta gente saliendo del bar “Nuevo Piave” a las seis de la mañana? ¿Se habrá hecho evangelista? ¿Testigo de Jehová? ¿La Carina lo habrá echado de la casa? Que yo sepa, últimamente no se mandó muchos renuncios, porque si fuera por eso, le tendría que haber puesto una soberana patada en el culo hace tiempo. Al presentarnos, el bocha recitaba de memoria el nombre de cada uno de ellos, y todos, hombres y mujeres, me saludaron con un beso. No hay duda: el bocha anda en algo raro.

Noté que el grupo dejó de discutir. Abandonaron las discusiones para empezar hablar del tiempo, de la parada del colectivo, de cuándo empieza el campeonato de primera. Y en un minuto, tras frases cortas como “¿vos nos llamás?”, que iban dirigidas a la mina de pelo largo, morocha, con ojos hundidos como en cuencos de madera, que llevaba la voz cantante y el cigarrillo sin encender, fueron yéndose.

Yo seguía serio y no soltaba, por más que quisiera, palabra alguna. El bocha, tampoco. Así estuvimos hasta que él tomó el toro por las astas.   

-¿Los viste? -me preguntó mirándome fijo.

-¡Claro! -le respondí sobrando.

-¿Y…qué te parece?

-¿Me estás cargando?

-No, no te estoy cargando…-contestó contrariado.

-¿Para esto me hiciste venir?

-¿No viste nada…?

-Sos un boludo…

-¿Por qué?

-Me hacés levantar a las cinco de la mañana para que te cubra un levante…

El bocha se puso serio. Una sola vez tuvo esa cara, me acuerdo: fue cuando murió su vieja. Respiró hondo y me contó. Se reunían en el bar Nuevo Piave. A veces, en el cine Diana. Nunca en el Sindicato de la Carne. Que la edad tope era 40 años porque, expresamente, “ella” lo había pedido así. Me quedé pensando en esa palabra: “expresamente”, y en el gesto del bocha, afirmándolo.

-Te estás comiendo a la morocha… –le dije con bronca.

-¿Qué decís…?

-Ahora, bocha, decime una cosa…

-…dejame explicarte…

- ¿Qué necesidad tenés de caretearla conmigo…?

-No estoy careteándola, y menos con vos…

-¿…y hacerme venir a las seis de la mañana?

-No estoy careteándola…te digo…

-¿Es testigo de Jehová, mormona…?

-¿Quién,…de quién hablás?

-De la morocha…

-¿Victoria?

-¡Que mierda me importa cómo se llama, bocha!

-¡Pará, pendejo! –me gritó al tiempo que me agarraba la remera, a la altura del pecho.

Y lo hacemos de madrugada, siguió, porque a esta hora no hay giles espiando ni periodistas preguntando boludeces. Que él mismo le había preguntado a la piba, a ésa, Victoria, dijo apuntando a la morocha, -aunque yo, ya lo sabía, y no hacía falta que me lo aclarara-, y ella había dicho que sí, que yo podía venir.

Lo interrumpí de mal modo. ¿Qué me había invitado adónde? Calmo, como nunca lo vi antes, me señaló la pared del sindicato de la carne que mira hacia el río.

Escalofríos. Eso sentí.

Porque la pared estaba vacía: ella, no estaba. No estaba ahí, ni tampoco en la rotonda. Sentí un mareo que me obnubiló la vista y bajó como un rayo hasta mi garganta cuando la vi salir del bar, rodeada de los que aún quedaban adentro. Como al pasar, y mientras saludaba a los del grupo, levantó la vista y la mano hacia donde estaba yo. Me saludó o se espantó un bicho o se rascó la cabeza, no sé. Lo cierto es que su mano zarandeó el aire, y en ese rodeo me sentí envuelto, atrapado en su halo. Al cruzar, miró hacia los costados. Creo haberle escuchado decir “traidores”. No sé si fue una palabra suelta, un suspiro o sólo una alucinación de mi cabeza que, al verla, casi estalla.

El bocha sonrió y me buscó la jeta. Al encontrarla, me soltó: “¿viste, boludo?”. Yo quería cagarlo a trompadas, preguntarle, hablarle, seguirla, besarla…. Y no pude nada de eso. Al contrario. Debía dar gracias de que las piernas me aguantaran para no caer desmayado.

-¿Por qué no me avisaste antes?

-Te avisé ahora…-me chicaneó.

-Vos no sos mi amigo, me usás cuando te conviene…

Lo seguí toreando: que cuánto hacía que participaba. Si sabía alguien más. Si el único boludo de todos sus amigos que no sabía, era yo. Que cómo hicieron para que bajara. Que me haces entrar a cada ratonera y no me avisás de esto...

El bocha, nada. A lo sumo, cada tanto, pestañaba.

Cuando levanté la vista sobre su hombro, los primeros rayos del sol rebasaban la línea del asfalto y se elevaban, desprolijos, pintarrajeando las copas de los árboles. Y ella, mirando fijo y sonriendo, siempre sonriendo, ya estaba presta sobre la pared lateral del edificio, con los brazos abiertos.

No me da vergüenza decirlo: me puse a llorar como un chico. El bocha se dio cuenta y puso su mano sobre mi hombro. El mundo entero levantó sus paredes cerca de nuestras espaldas e hizo descender el cielo sobre nuestras cabezas para que ese momento, al menos por unos instantes, sea sólo nuestro.

Le pregunté qué les decía Evita. Me dijo que nada: ella, escucha.    

GUILLERMO RÍOS

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 21:30 por MScalona
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EL ADIOS

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Hace unos ocho años me encontraba trabajando en una pequeña isla. No quiero decir cuál era, el nombre de la isla no es importante. Lo que importa es que era una isla. El océano la bañaba con su lengua de platino y rara vez soplaba viento o caía algo de lluvia. Era un rincón casi olvidado, de una relevancia ausente, en el cual después de mucho andar, finalmente, había logrado sentirme en paz.

La isla era bastante rocosa, y en su mayor longitud estaba bordeada por acantilados bajos y pedruscos enmohecidos. Sin embargo, en la costa oeste las piedras escupían una playa blanca de ensueño. La arena, con una contextura similar a la harina, acariciaba tersa la piel con una calidez de madre, y el agua templada era increíblemente silenciosa. Parecía como si alguien hubiese habitado aquel lugar hacía miles de años, y antes de irse lo hubiese pausado en la retina de algún dios pagano.

La única estructura que había era un búngalo de madera y un pequeño cuarto de servicio. Es que la pequeña isla se encontraba muy cerca de otra isla, bastante más grande, cuyo nombre tampoco importa y no voy mencionar. Los hoteleros de la isla mayor habían decidido instalar un bar en el pequeño búngalo, e implementar una especie de recorrido turístico por la playa virgen, donde los extranjeros se adentrarían en el terreno de las iguanas y de lo desconocido. En aquel momento yo trabajaba de camarero para uno de aquellos lujosos y abarrotados hoteles. Cuando pidieron un voluntario que se hiciera cargo del bar de la otra isla apenas si dudé en dar un paso al frente. Antoine, un barquero de la zona, llevaría todas las mañanas una conservadora y una caja mediana con frutas, panificaciones y fiambres, y también dejaría diariamente tres litros de agua potable y tres litros de gasolina para el generador.

                El emprendimiento no funcionó a la altura de las expectativas de los grandes hoteleros. Nunca supe si fue por pereza o por algún temor que pudiera infundir en los turistas el viajar a un páramo salvaje. Lo cierto es que eran pocos los que se aventuraban a la isla, y los que lo hacían, seguramente no remarcaban tan positivamente su experiencia al volver a los grandes comedores y piscinas de la gran isla.

El trato era que yo viajara todas las mañanas con Antoine y llevara las provisiones, y al caer la tarde, ya con los últimos turistas, emprendiese la vuelta a la gran isla a pasar la noche en los servicios de alguno de los hoteles que compartían el emprendimiento. Al principio así se hizo, el traslado diario era tedioso, pero aprendí a disfrutar de la brisa de pleamar y el sabor a sal en las comisuras. Todos los días una gaviota nos seguía a pocos metros de la balsa, y yo no podía evitar preguntarme adonde iría después de que Antoine me dejara en mi puesto de trabajo.

                Luego de unos meses, y al ver que la excursión a la playa virgen no había causado el impacto turístico esperado, comencé a preocuparme. Temí que los hoteleros decidieran dar por finalizado el proyecto, y entonces yo me vería de vuelta en los grandes edificios, sirviendo a extranjeros desaprensivos por unas pocas monedas. Fue entonces cuando tomé la decisión de no volver más por las noches. De esa manera, cuanto menos, evitaba cruzarme con algún directivo en los pasillos de algún hotel y tener que rendir cuentas o prestarle oídos a sus explicaciones monetaristas. Si me quedaba definitivamente en la pequeña isla, y siempre y cuando Antoine siguiera trayendo provisiones y algún que otro turista ocasional, tal vez en la gran isla se olvidaran de mí. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Pasado un tiempo, ya me había acostumbrado deliciosamente a mi nuevo hogar. Me llevaba bien con la isla y su naturaleza no me parecía hostil en absoluto. Antoine me trajo una mañana alunas lonas y sábanas viejas que consiguió vaya a saber dónde, y con las maderas verdes que iba encontrando regularmente en la playa fui construyéndome un catre bastante decente y un pequeño modular que acomodé en el cuarto de servicio. Las provisiones seguían llegando y consumía la mayor parte de mi tiempo dando caminatas por la playa o simplemente acostado en la arena, pensando o recordando pasajes de viejos libros o películas.

En una ocasión, Antoine me trajo, además de las provisiones usuales, un libro de regalo. –Es de un paisano- me dijo. Cuando me lo entregó, vi que se trataba de El Extranjero, de Albert Camus. Ya había leído aquel libro, durante mi infancia austera en la ribera cantábrica. Pero como no había mucho más que hacer, comencé su relectura. Había olvidado las largas caminatas por la playa que también daba el personaje de Camus. Y como había planteado que si el hombre, una criatura de costumbre, hubiese sido destinado a pasar su existencia encerrado en el tronco hueco de un árbol, habría hecho de eso su vida, y le habría encontrado una trascendencia ineludible a la forma de las nubes o el vuelo de los pájaros. Ese era yo, en aquel momento y en aquel lugar, dentro de mi tronco hueco. Me había identificado profundamente con aquella historia. Qué grande es la magia de los libros.

                Los turistas nunca dejaron de llegar a la pequeña isla. Si bien eran esporádicos y muchos solo se quedaba la menor porción de su día (le pedían a Antoine que no se demorara más de dos o tres horas en buscarlos), lo importante era que mantenían el proyecto mínimamente a flote, y eso me tranquilizaba. El servicio que se les brindaba era bueno y consistente. Todos los gastos estaban previamente cubiertos al comprar la excursión en el hotel, y por lo tanto podían beber y comer lo que se les antojase, dentro de las posibilidades que brindaran las provisiones con las que yo contara aquel día, claro está. Pero no había quejas, ni ante mí ni ante los hoteleros de la gran isla. Supongo que a la mayoría de la gente le cuesta admitir que no pudieron disfrutar de algo que desde el planteo surge ideal y soñado. Volver molesto y decepcionado de un paraíso abandonado, donde no existen estímulos de diseño y donde la interacción depende exclusivamente de uno, es más que una queja una autocrítica. Por ello, y algunas otras cosas de menor importancia, me sentía a salvo.

En mis recuerdos de aquella época no distingo mayormente un día del otro, toda la experiencia fue una tintura, un fresco en tiza mojada, en el cual las cosas sucedían sin tiempo ni preponderancia. Todos los días eran igualmente cálidos, monocordes, como arrojados a una tina atemporal, todos, hasta que llegaron ellos. Se notaba a simple vista que eran una pareja estable. Llegaron muy temprano de mañana, guiados por Antoine. Eran españoles, andaluces, de algún pueblo cerca de Sevilla (supe luego). Ella era alta y con apariencia ágil y reducida, él se veía bastante desgarbado y de expresión densa. Desembarcaron todos sus trastes y despidieron efusivamente al barquero. Desplegaron sus tumbonas y sombrillas a centímetros de la orilla y se sentaron en silencio de cara al mar. Yo me apoyaba en la barra del bar, leyendo pasivamente mi libro de Camus. En un principio no reparé en ellos más de lo que lo hacía con cualquier otro turista, pero a las pocas horas, ella se levantó sacudiendo la arena de su cuerpo, y se acercó a la barra. Tenía una voz apagada, casi tímida. Era de muy buenos modales y se movía con cierta gracia animal, como de ave. Me pidió una limonada y alguna fruta tropical para su marido. Cuando me acerqué con su bebida en la mano se quedó mirándome durante varios segundos. Se notaba que buscaba algo en mí, o tal vez haya entendido que con aquella mirada grácil y queda cumplía con la carga de dejar la propina.

                Es preciso aclarar, que desde que decidí no volver a los grandes hoteles dejé de percibir mi paga. No estaba claro si seguía siendo empleado de las cadenas o no, pero eso me tenía sin cuidado. Lo cierto es que mientras las provisiones siguieran llegando yo tendría con que vivir, y en el entretanto, las propinas que dejaban la mayoría de los turistas iban siendo guardadas en un bidón de gasolina debajo de mi catre, destinado a asegurar mi salvoconducto fuera de aquella isla en caso de que surgiera necesario.

                Pero volviendo a lo importante, lo que sucedió es que aquella mujer, tan silenciosamente como había llegado hasta la barra, se alejó hasta la orilla, de vuelta a la compañía de su marido. A las pocas horas la balsa de Antoine encalló en el pequeño muelle improvisado y sin que volviéramos a cruzar palabra o miradas se habían marchado de mi isla. Yo llevaba poco más de un año en aquel lugar, y si bien me encontraba a gusto y no sufría de necesidades, la verdad es que añoraba un poco el contacto con una mujer. Soy un hombre de cierto honor, debo decirlo, jamás habría intentado nada con aquella española con cuerpo de gacela, no, sabiendo que tenía esposo, pero mentiría si dijera que aquel encuentro, por breve que hubiese resultado, no alteró al menos un poco mis ánimos corpóreos. Al siguiente día, me encontraba cerca de la playa, arrastrando una gran rama verde que la marea había traído entre la espuma, cuando divisé la balsa de Antoine que se acercaba al muelle. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que de la pequeña embarcación no solo bajaba la mujer española, sino que además no venía acompañada. Quedé inerte, las plantas de mis pies se aferraron con saña a las conchas y moluscos muertos que ahora formaban la arena. Volví a la barra con urgencia, con vergüenza pueril, como si el encontrarme en la playa cuando ella llegara fuera el equivalente a sorprenderme desnudo en el baño. Saludó a Antoine con un gesto ya familiar y se acomodó entre sus pertrechos. Esta vez no había elegido un lugar cerca del agua, esta vez se parapetó bajo una gran palmera, mucho más cerca del bar. Dispuso su tumbona de una manera oblicua que no me permitía asegurar si estaba mirando en dirección hacia mí o hacia las dunas que marcaban la costa norte. A media tarde se acercó a la barra, me pidió una limonada, y sin más se volvió lenta hacia la playa. Antes que el sol comenzara a caer Antoine se la había llevado de vuelta al mundo y con los hombres. Este episodio se sucedió de manera idéntica durante los cinco días siguientes. Ella llegaba sola, se acomodaba en aquella extraña posición de espaldas al mar, ordenaba una limonada a media tarde, y se marchaba cuando el sol apenas comenzaba a menguar. Yo me encontraba completamente desorientado. Perdido ante la multiplicidad de posibilidades que pudieran dar razón a aquella escena que se repetía una y otra vez. Llegué incluso a preguntarme si ella era real, si mi mente no habría recaído brevemente en la locura, después de tantos meses de letargo anodino. Pensé en hablar con Antoine, preguntarle si realmente existía aquella mujer que traía todas las tardes hasta mi playa, pero temí que el viejo me tomara por loco y diera aviso en la gran isla.

                Para alivio de mi cordura, el sexto día, cuando llegó la balsa, ella no estaba a bordo. Estaba él. Mucho más directo y aguerrido, tardo apenas tres cuartos de hora para acercarse hasta la barra. Me pidió un jugo de guayaba y un plato con quesos que ni tocó. Comenzó hablando de cosas vagas y con poco sentido, como intentando centrar la conversación en una dirección determinada. Su timbre era riguroso, pero no sonaba altanero. Me recordaba mucho a un tío que había trabajado en la dirección de correos del pueblo en el que crecí, y que al fallecer, en la familia nos enteramos que jamás había dejado una carta sin entregar en mano a su destinatario. Si el destinatario no estaba en aquella dirección lo buscaba en la plaza del pueblo o los lugares públicos más relevantes, y si aun así no lo encontraba, volvía y volvía a su casa tantas veces como fuere necesario hasta encontrarlo y hacerle entrega del correo. Aquella tarde, sentado en la barra de mi isla, evoqué varias veces el recuerdo de aquel tío.

                El hombre se llamaba Eugenio, hacía tres años se había casado con Ivis, la morena que todos los días visitaba caprichosamente mi isla sin interés por el sol o la playa. Cuando finalmente Eugenio se terminó de acomodar en la conversación, me explicó que antes de conocerla, Ivis había estado casada con un oficial de la marina mercante, Bautista. Que habían estado juntos poco más de diez años hasta el día en que su barco sucumbió ante una tormenta cerca del trópico. Su cuerpo nunca fue hallado, y transcurridos los plazos legales había sido dado por muerto. Según Eugenio, Ivis le había explicado que yo era la viva imagen de su difunto esposo. El parecido es asombroso, me había dicho. Yo lo he visto solo en fotos, pero juro que si no supiera la historia del naufragio y lo cruzara a usted en esta isla de nadie estaría convencido de que es Bautista. Ella se alteró mucho al verlo aquí. La primera noche que volvimos de la isla no podía dejar de llorar. Con el tiempo creí que se había recuperado de aquella pérdida, y que finalmente había encontrado la paz que merecía. Pero ahora veo que todo era una ilusión, que sigue íntimamente aferrada aquel recuerdo que la daña hasta en los sitios más inimaginables.

                No podía terminar de entender por qué Eugenio estaba contándome todo eso. Era evidente que mi persona cumplía un rol esencial en aquella trama, pero desconocía la razón por la cual aquel hombre foráneo me había arrastrado tan adentro de su intimidad. En un principio temí que aquella pareja pudiera creer que yo era, en efecto, el marino desaparecido, y que me declararan vivo con bombos y platillos forzándome a volver a la civilización para que me realicen pruebas médicas contra la amnesia y esas cosas modernas que ahora son tan comunes y en aquel entonces tan novedosas. Pero luego me di cuenta de que no era eso a lo que Eugenio quería llegar. Así que cuando terminó de contarme en detalle su historia juntos y los amores de la víspera, finalmente introdujo su propuesta en la conversación.

                La idea es la siguiente, me dijo. Y le pido por favor que la considere, entiendo que pueda resultarle incómoda y hasta bizarra en ciertos puntos, pero estaría usted haciéndole un bien a alguien que realmente lo necesita, un bien que nadie más en el mundo puede hacerle, estaría burlando a la muerte.

                La bendita idea era que yo personifique al marino muerto (según Eugenio, de la parte más trabajosa ya se había encargado la genética) y sostenga un encuentro con Ivis, nocturno y cerrado, en el cual ella pudiera dar un cierre al asunto. Su mujer no había podido dejar de pensar en Bautista desde el momento en que me había visto apoyado en la barra del bar. Por algún motivo, toda aquella vida caduca había explotado en sus entrañas y la experiencia de haberse topado conmigo (o con aquel, en realidad) le estaba extrayendo ávidamente el cáncer que llevaba encerrado durante años. Ahora, aquel plan que parecía tan impropio podría ser el último escalón hacia la definitiva liberación de Ivis.

                Me tomé unos días para pensarlo, le dije que no podría asegurarle mi participación en aquella empresa que desde el inicio surgía tan delicada, que le haría llegar mi respuesta por medio de Antoine. Intenté convencerlo de que, de aceptar, el simulacro tuviera lugar en mi isla, pero fue categórico al respecto, alegando que ciertas circunstancias escénicas resultaban innegociables. Cuando finalmente se decidió a retirarse, me senté en la playa de cara a la brisa crepuscular y me mantuve durante varias horas pensado en aquella posición. No es que me afectara tanto el compromiso en sí, pero había ciertos puntos que debía considerar seriamente. En primer lugar, aceptar la propuesta bajo las condiciones exigidas implicaba un peligroso y fugaz retorno a la gran isla. Ivis estaba alojada en uno de los hoteles que llevaba adelante (por decirlo de algún modo) el emprendimiento turístico que me permitía vivir tan serenamente y a gusto. Irrumpir en uno de aquellos halles, con todo el ruido que ello podría conllevar, me expondría a un gran riesgo consabido. Por otro lado las reacciones emotivas de Ivis y de Eugenio evocaban la concreta posibilidad de verme inmerso en un caldo dramático y ajeno que difícilmente pudiera resultarme grato o sacudible. Finalmente me decidí que sí, que lo haría. En realidad siempre supe que lo haría, supongo que me tomé cierto tiempo de puro capricho, para no dejar entrever mi apresuramiento, para no arrebatarme hacia las fauces de aquella mujer, que bien podría susurrar en mi oído palabras dulces como masticar sin reparo mi oreja indefensa (aunque para ella no sería yo el dueño de aquella oreja). Envié la noticia con el barquero avisando que llegaría a la marina al segundo día. Y me dispuse a disfrutar lo que entendí que podría ser mi último día en la playa.

                Llegado el momento me subí a la balsa, hacía tanto que no navegaba que mi cuerpo se sintió reducido y desorientado sobre las tablas del fondo. Antoine me miraba con expresión artera, como si supiera alguna parte de la historia que yo había pasado por alto en el apuro. Llevaba el bote lentamente, dándome la posibilidad de retractarme, de volver a mi cueva a cielo abierto y nunca más tener que dar explicaciones o pensar en nada más que en mi playa, mi catre y mi isla. El mar se cortaba a nuestro paso, formando olas espumosas y densas, y recordé aquella gaviota que solía seguirnos al principio, cuando para mí los viajes eran de ida y vuelta. Los animales presienten las desgracias, pensé, les rehúyen.

                Luego de media hora llegamos a la Marina. Eugenio me esperaba a unos metros del muelle, retraído. Miraba la hora incesantemente, y se le notaba cierta ansiedad primaveral en los movimientos. Apenas si me salió un hilo de voz para saludarlo. Llevaba un bolso negro deportivo, con la etiqueta del precio aun colgándole de uno de sus cierres relámpago. Nos subimos a un taxi que aguardaba pasando el puesto de guardia e iniciamos la marcha hacia el hotel, en completo silencio.

                Una de mis grandes preocupaciones era cómo iba a manejar el ingreso por el hall del hotel. Cómo me presentaría, que explicaciones daría, cuál era el motivo de mi visita. No podría haber dicho que llegaba para dormir en uno de los cuartos de servicio como había hecho tantas veces meses atrás. Aquella práctica estaba por demás de caduca. Por lo que seguramente mi presencia ameritaba algún tipo de invocación a un problema considerable, tal vez de salud, o familiar. Sin embargo nada de eso resultó necesario. El destino me había barajado una carta escondida en todo aquel episodio. Al momento de llegar a la puerta del hotel, un enorme contingente de asiáticos volvía de alguna excursión tropical, revisando sus cámaras y vaciando sus cantimploras en los vados de la acera. Vi la oportunidad y actué con la desesperación de un niño que despierta en su cama después de noche de reyes. Tomé fuertemente del brazo a Eugenio y lo arrastré hasta el medio de aquella conglomeración de remeras chillonas y sandalias de goma que caminaban puertas adentro. Así, camuflados por el mayor de los continentes, logramos ganar los ascensores sin que nadie reparara en nosotros.

                Eugenio marcó el sexto piso, dimos varias vueltas al pasillo alfombrado con ribetes cálidos e ingresamos en una de las habitaciones más alejadas. Me sorprendí de la velocidad con la que todo estaba ocurriendo. Pensé que, tal vez, antes de darme cuenta ya estaría de vuelta en mi isla, y súbitamente me di cuenta del aprecio que le tenía al viejo Antoine. Entramos a una habitación oscura, Eugenio encendió la luz y vi que no había nadie más en ella. Observó mi confuso rostro. Acá no es, me dijo.

                Me explicó que aquel era el cuarto que compartía con Ivis desde el día en que llegaron, y en donde me prepararía para la velada. Ella esperaba en otra habitación, que habían alquilado especialmente para esa noche, porque el encuentro debía darse en un lugar neutral, que no se encontrara contaminado por la presencia del nuevo matrimonio. Yo me había sentado en el taburete frente al aparador, y me disponía a preguntarle a Eugenio que había querido decir con eso de –prepararme-, cuando apoyó el bolso deportivo en el suelo y me hizo una seña para que me quitara las ropas. Con gran parsimonia comenzó a sacar prendas y pequeños frascos que fue disponiendo sobre la cama. Ceremoniosamente las acomodó en un orden que creí aleatorio, y comenzó a vestirme con un traje blanco de oficial de la marina, con borlas y medallas. Es una réplica, me dijo. Un disfraz. El original está guardado en nuestra casa muy lejos de aquí, no hubo tiempo de hacerlo traer. Cuando terminó de vestirme, comenzó a aplicarme una base por el rostro y a pintarme pequeñas pecas con un pincel minúsculo. Pude ver que mientras lo hacía corroboraba el progreso con una pequeña fotografía que había apoyado al pie del taburete.    

                Quise preguntarle por qué hacía todo aquello, que espíritu tan límpido portaba aquel hombre que le permitiese ayudar a revivir al antiguo amor de su mujer. Como toleraba la noción de que, por una noche, su propio cuerpo sería suplantado por el de un fantasma que su amada añoraba más allá de toda frontera conocida. Como soportaba que yo fuera testigo de aquel episodio, que estuviera preparando un lugar en mis recuerdos para lo que iba a presenciar. Como viviría con la imagen mía y de Bautista en una cama con su mujer. Quise asegurarle que todo saldría bien, quise decirle que esté en paz, que yo lo respetaba. Pero no encontré las palabras. Cuando entendió que ya estaba lista la personificación, puso su mano en mi hombro recientemente condecorado y me dijo: allí adentro va a pasar lo que tenga que pasar, yo no tengo por qué enterarme, no voy a enterarme, ni por ella ni por nadie. Me entregó la tarjeta magnética y me envió a la habitación 308.

                Al encontrarme caminando solo, engullidos por aquellos pasillos que me empujaban hacia la habitación de Ivis, me asaltó una idea perturbadora. Me pregunté qué pasaría si, llegado el caso, yo no pudiera desenvolverme con normalidad frente a sus exigencias, si mi cuerpo me fallara en el momento central. Era  evidente que estaba ahí para cumplir una función, la cual me sería develada de un instante a otro. Yo suplantaba a un hombre, a un marido, por el resto de la noche yo debía ser Bautista. ¿Pero qué sucedería si éste Bautista era impotente? Podría decirse que tantos años en su tumba de coral le habrían quitado sus reservas hormonales; que la resurrección conlleva cierta sensación de nervios que aplacan el espíritu; que la muerte adormece ciertos músculos. Cualquiera fuere la excusa, si ese era el caso, Bautista sería un fiasco. Habría vuelto a la vida solo para encontrarse nuevamente con la humillación y la derrota. Lo imaginaba recostado sobre la cama con los ojos cerrados deseando que el mar se lo tragara. Pero el mar ya se lo había tragado, y solo por esta única noche lo había escupido de vuelta al mundo.

                Cuando llegué a la puerta de la habitación froté la tarjeta contra el lector y la abrí con facilidad. El cuarto se encontraba sumido en una penumbra aséptica. La alfombra en el suelo anulaba el chirrido de mi caminar y todo fue sucediéndose felinamente, en código de rito. Ivis estaba sentada en un sillón poco mullido cerca de la ventana. La cabeza baja y las manos sobre las rodillas genufléxas le daban una imagen aniñada. Sobre el buró de su derecha había papeles desordenados y una botella abierta de ron añejo. Me ubiqué en mi personaje y me acerqué anunciadamente. Con un gesto viril coloqué mi mano sobre su cabeza, intentando abarcar la mayor parte posible de su curvatura, luego, delicadamente, la tomé del mentón y erguí su mirada. Me observó largo rato con detenimiento. Parecía buscar el nexo que pudiera reunir aquel hombre lejano con aquella habitación tan inmediata. Luego me tomó de la mano y la examinó entre las sombras, la besó y se la llevó al pecho con fuerza. Sospeché en ese momento que probablemente hayan sido nuestras manos aquello en lo que, con Bautista, compartiéramos el mayor parecido. Ivis se incorporó a mi lado, absorbiendo en detalle el aroma del perfume que Eugenio me había esparcido antes de echarme de su habitación. Me miró a los ojos con profundo cariño y se coló entre los recovecos de mi cuerpo en un abrazo lleno de ahogo y culpa. Repetía una y otra vez: Bau, Bau, Bau.

                Algo que ambos sabíamos desde el inicio de la escena, es que yo podría imitar, en apariencia, a Bautista. Sin embargo era evidente que su voz, su personalidad y su discurso me resultarían irreproducibles. Eso configuraba una limitación importante, puesto que, al igual que las frutas que traía Antoine cada mañana, el mayor sabor nunca está en la cáscara. Sin embargo intenté emular en mi cuerpo los gestos que se corresponderían con aquel marino del que tan poco sabía, y durante las horas que estuve con Ivis en aquella habitación mi aporte se redujo a sostener sus monólogos con gemidos y sutiles muecas de aprobación o rechazo. Cuando ella preguntaba con tono retórico por qué la había abandonado, o por qué tuve que haber subido a aquel barco moribundo yo gruñía tibiamente en señal de furia contenida. Y cuando me detallaba las penas que había sufrido y lo mucho que me había extrañado yo expedía un ronroneo náutico intentando calmarla. Nunca supe cuántas de sus expectativas se vieron cumplidas aquella noche. Supongo que no quedó lugar para la pregunta. Luego de estarnos un rato de pie junto al sillón, ella me tomó de la mano y me indicó que nos sentáramos en la cama. Apoyó su cara sobre mi cuello y se quedó muy quieta en función de lo que entendí que era la inmortalidad de algunos recuerdos. La noche nos fue recostando y solo se oía el latido del mar que se colaba, entre algunos sonidos incómodos, por la ventana entreabierta. Llegado un punto nos quedamos dormidos. Yo profundamente.     

                Cuando desperté era ya de mañana. Al principio no lograba comprender que estaba haciendo en el cuarto de un hotel vestido de marinero condecorado. Me asaltó el pánico cuando no pude conectar ninguna de aquellas circunstancias con un trazo reconocible de mi vida. Luego recobré el sentido. Me aliñé un poco el uniforme y decidí huir de allí a vuelo de pájaro. Salí de la habitación 308 y bajé los pisos por la escalera de servicio. Cuando abandoné completamente el personaje de Bautista, y recordé lo sucedido con mis ojos de isleño, no pude decidir si durante la noche anterior había cometido una buena obra o perdido una gran oportunidad. Supongo que las cosas nunca son tan simples en la gran isla. Al llegar al Hall lo vi a Eugenio sentado en una de las mesas del desayunador. Levantó su mano y me llamó cariñosamente para que me acercara. Yo me apresuré hacia donde estaba, principalmente porque temía ser reconocido por el personal del hotel. Sería una pena que estando tan cerca de marcharme se echara todo a perder por haberme mostrado por la mañana en el desayunador. Luego me di cuenta de que mi miedo era infundado, puesto que seguía vestido con el uniforme de marino y era más que seguro que ni mi madre me hubiese reconocido en aquel estado. Eugenio se mostró feliz, me dijo que lo que fuera que hubiese pasado le había hecho muy bien a su mujer, la cual al despertarse a mi lado en medio de la noche había decidido abandonar el cuarto y volver a dormir junto a su marido, porque había sentido que ya no quedaba más nada allí, ni en ningún otro lugar en que no estuviese él, porque había entendido que él se había fundido de tal manera con ella que ya no podría decir en donde acababa la vida de uno y empezaba la vida del otro. Me agradeció repetidamente y me ofreció costear cualquier gasto que hubiese tenido, lo cual rechacé sin dar lugar a insistencias. Cuando salía del desayunador, a la distancia, la vi a Ivis, de pie junto a un enorme canasto de frutas. Me sonrió tímidamente y levantó su mano al tiempo que bajaba la mirada. Sonreí en respuesta y seguí mi camino sin detenerme. Al momento siguiente ya me encontraba fuera del edificio.

                Crucé la calle Obispo, y sentí el sol en el rostro y el olor de los fresnos de junio. Muy a pesar de mi apuro por volver a mi isla, caminé despacio entre los puestos de flores silvestres y libros usados. Era un largo camino hasta la marina, donde Antoine me estaría esperando desde el amanecer. De pronto sentí un grito a mis espaldas, y al volverme vi nuevamente a Ivis que corría en mi dirección, ya no me pareció una mujer frágil. Saltó con los brazos abiertos sobre mi cuello y me besó carnívoramente en los labios. La ciudad enmudeció de repente y el día pareció detenerse por un momento. Si se estaba despidiendo de mí o de Bautista no podría asegurarlo.

 

 

 

 

 

 

 

Guillermo.-

 

                                                                                

 

 

   

VERÓNICA GARCÍA

Publicado en Cuentos el 26 de Julio, 2013, 13:59 por MScalona

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La psicóloga, Néstor y yo

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 Como todos los lunes íbamos a tomar el 218, lo parábamos en la esquina de Pavón y Gutierrez: esquina de zanjas profundas, puentecitos angostos, y árboles gigantes; el sauce llorón que nos acariciaba la cabeza mientras raía la tierra con algunas de sus ramas, con ese movimientos pendular que le daba el viento al rozarla; el plátano que llenaba las veredas de bolitas y nos atragantaba con las pelusas.

Después mis ojos encontraban enfrente la casa de doña Leticia  transformada en granjita, el taller del negro Tom con su  portón azul , en el aire el olor a nafta y la grasa pegada en el piso, mezcla de aceites y ruido a motor,

Y a mis espaldas la casa de los Duboy, viejos habitantes del barrio, y en la que vivía durante las vacaciones de verano  mi amigo Néstor, casi alto como yo, pelito rubio y finito y su voz  rasposa y grave; le seguía la casucha de los González la única que todavía tenía alambrado, pegadita la de los Zacco , una de las hijas se había unido  a García, el bobinador, yo pertenecía a esos habitantes a esa tribu rara;  y al final doña Mercedes, la costurera separada;  esa era mi cuadra, cuatro casas, muchas vidas.

Y en esa esquina, ahí, esperábamos a las seis de la tarde el colectivo con mi mamá y mi hermana, la primera calle pavimentada doble mano, me entretenía contando autos hasta que la albóndiga con ruedas pasara y nos llevara a nuestro destino.

Ese año por la calle Gutierrez habían empezado a hacerse las cloacas, y por esas  montañas de tierra y pozos profundos que parecían trincheras, los pibes,  incluido mi hermano jugaban a combate empezaban a tirarse con montículos de barro duro, algunas piedras y el final era: cuando rompían una cabeza, o don Baldomero de quejaba de tanto griterío...y corrían por las mesetas como queriendo tomar vuelo, hasta la cortadita Hipócrates o  Hipócritas bueno no recuerdo porque mi mama decía que ahí vivían los hipócritas y se me mezclan las vocales y me gusta jugar a cambiarlas..

¡Ahí viene el cole, dale paralo!, parece que viene manejando el tío, y entonces viajábamos gratis, era una fiesta, con las monedas nos comprábamos caramelos de leche y los media

hora  que me encantaban, jugaba con la pelotita en mi boca “era rara”,¡ si ya lo sé! , eso le decía la psicóloga a mi mamá.

Paseábamos por calle Pavón montados en ese carromato ruinoso y ruidoso, paraba en cada esquina, y mientras la gente subía mis ojos buscaban las casas conocidas, el ranchito de los Reynoso, el pasillo de los Franco, la casa de mi tía Betty, y ya no mas, esa era mi frontera lo que venía después pasando Uriburu era lo desconocido, y entonces relojeaba la cara de los pasajeros nuevos, ¿sabrían ellos mi destino? , ¿Adónde nos dirigíamos todos los lunes a las seis de la tarde?, ¿me conocían?, me hubiese gustado tener la valentía para pedir:¡¡¡¡ auxilio, sálvenme!!, no quiero ir al dispensario  dicen que estoy loca pero yo sé que no es verdad . Cruzábamos la villa para llegar a la civilización que después de Ayolas era Necochea y... era otro barrio, “gente bien”, el bazar gigante con toda su platería, la tienda de la esquina con la ropa de temporada, y la zapatería, me acercaba al negocio para sentir el olor a zapatos nuevos que delicia

Y descendíamos por adelante, aunque estaba prohibido mi mamá tenía miedo de olvidarse a mi hermana o a mi no sé, pero siempre bajábamos por adelante, después decían que yo no hacía caso y ella qué?

Bajábamos en Ayolas caminábamos por el geriátrico, ahí mi mamá tenía una amiga Lamaria que se había escapado de su marido, recuerdo ese día, ella le cruzo por el alambrado todas las latitas de plantas porque eran como sus hijas cuídamelas Olguita, los voy a extrañar, las quiero tanto a las gurruminas, ella nos cebaba mates azucarados y ricos, nos abrazaba mucho cosa que mi mamá se olvidaba en lo apresurado de su vida, ella se fue ese día, traspaso la puerta con sus zapatos negros para ser libre de golpes y gritos, que  hermosa mujer  Lamaria , y él un tipo horrible el gigante egoísta versión película de terror; y cuando pasábamos por la cuadra del geriátrico quería verla, tal vez se asomaba y nos reconocía, pero nada... siempre estaba en la puerta un viejito sin piernas, como tomando el último rayo de sol.

¡Dale nena que la psicóloga no te va a esperar a vos!, se va a ir; y yo quería que se fuera.

Llegando al lugar, mis manos se ponían frías, tenía la sensación de que nunca más iba a poder tragar saliva, me ponía odiosa, el miedo me invadía, recorrer ese pasillo, para llegar a la puerta principal y ellas (otra pacientita) ahí sentadas, habían llegado temprano; yo miraba a la nena, la madre contaba que no hablaba, que nunca hablo, debe ser porque el padre abuso de ella, decía murmurándole a mi mamá y queriendo saber porque me llevaban a mi. Entonces yo la miraba más para encontrarle alguna marca, ¿tendría lengua? o tal vez no se lavaba bien los oídos, sus ojos eran tristes y su flaqueza casi raquítica, le convidaba caramelos y le sonreía, con mi hermana le hacíamos morisquetas y apenas cerraba los ojos, como diciendo que sí, que le había gustado nuestra función.

Y salía Virginia, la psicóloga, con sus vaqueros azules ajustados sus botitas altas, las tetitas paradas. Los rulos al viento; bella... pero mala.

El consultorio era pequeño, sin ventanas, solo una claraboya por donde entraba algo de luz, la puerta tenía un pasador que cerraba cuando empezaba la terapia, el escritorio de metal tan frio como ella, ¿hoy no querés hablar?, hoy ni nunca pensaba yo, y había una bolsita de plástico con un montón de juguetes de cotillón, y agarraba los autitos para no mirarla y contenía las lágrimas, apretaba los dientes de la bronca que tenia.

¿Querés dibujar?, y me daba una hoja con crayones todos rotos, y dibujaba una casa con un reloj gigante, y una familia de espaldas, yo tenía miedo de esa puerta y que nunca más se abriera y me llevaran a otro lugar, quería abrirla, romperla a patadas y correr.

Entonces miré por el tragaluz y la iluminación se hizo más intensa parecía que el sol del mediodía me daba justo en el centro de los ojos, me mareaba, y como atraída por un imán empecé a subir, pase a través de un tubo de acrílico, se sentía una corriente de aire tibia como si ya estuviera afuera, y cerré los ojos y me deje llevar por el pasadizo, de repente miré a mi alrededor , estoy en una nave viajando por el espacio, a mi lado está sentada Heidi, con sus ojos grandes me sonríe, espero que no llore porque no voy a saber que decirle, mi abuelito se murió, al menos el de ella vive en la montaña con la nieve, el mío vivía en la misma casa y fumaba mucho era de color amarillo y olía a caca; mas allá el Chapulín Colorado, ¿será él, que me vino a salvar?, no es demasiado tonto, y al final... mi amigo Néstor el nieto de los Duboy, del que yo estaba enamorada, y escucho esa canción de Abba que tanto me gustaba “chiquitita” y  ahí está parado,  él me venía a buscar todas las siestas de verano y nos quedábamos sentados en el umbral de la puerta , jugando a descubrir los ruidos de la calle, y de vez en cuando nos mirábamos y nos encendíamos, pero no puede ser él, si mi mamá me dijo que se murió, que se escapó de la mano de la madre al cruzar la calle... y yo me tape los oídos para no escuchar mas, ¿ será por eso que voy a la psicóloga?, Néstor dicen que lloro mucho, pero no entiendo porque la gente que quiero me deja sola, y nadie me responde como cuando murió mi abuelo , mi tía me hacia mirar una estrella y decía que de ahí el nos estaba cuidando, mierda Néstor, el abuelo no me cuida, se fue y lo extraño como a vos , Néstor mi amigo, y a Lamaria, ¿porqué las personas se van y no vuelven?, ¿será que las asusto?. Si debe ser porque no tomé la comunión ni estoy bautizada, mi papá dice que cuando sea grande elija lo que quiero pero no me banco a la gorda Gauna diciéndome que soy hija del diablo, que malos son, vos me entenderías, y te reirías conmigo, imaginate Néstor que le tengo que contar todo a una extraña y encima se lo cuenta a mi mamá que agranda todo;¿ y sabes  que me contestó mi mamá?: ella come santo y caga diablo,¿ qué es eso? , para mí que está loca  pero parece normal, porque afuera no anda diciendo las cosas que dice adentro de la casa, por eso nadie se da cuenta, igual es un secreto.

En la escuela nos contaron un cuento “mil grullas”, sabes Néstor prefiero imaginarme que vos te fuiste así, aunque en esa historia la nena se muere porque las heridas son profundas ¿y las guerras para qué sirven?, de noche cuando escucho un avión me voy corriendo debajo de la cama hasta que pase, tengo miedo de esa bomba, y en ese momento vos apareces de la pared y me abrazas porque las personas que ya no veo viven en mi pared que es de color celeste como el cielo. Néstor yo no sé hacer grullas pero cuando aprenda te las voy a hacer para que se cumplan tus deseos, o tal vez ya se nos cumplió, volver a vernos y decirnos adiós, y con lagrimas en los ojos lo abracé tan fuerte.

Sentía que mis cachetes ardían, pensaba que ya había sido quemada yo también por la bomba atómica, pero no, me costaba abrir los ojos, y el paisaje era entre ridículo y gracioso.

Yo estaba tirada en el piso, la psicóloga arrodillada al lado mío me abanicaba con mi dibujo, mi mamá que gritaba: te desmayaste nena y mira el chichón que tenes en la frente, que le voy a decir a tu padre, mi hermanita lloraba, la pibita que no hablaba la tenia abrazada, y la madre de la pibita la tranquilizaba a mi mamá: no es nada un golpe señora, nada más. Sí nada más, yo estaba feliz me dolía un poco la cabeza, pero me iba con la sensación de haber tenido el mejor encuentro de mi vida, de volver a ver a mí mejor amigo.

 

Vero García

LUISINA BORUBAND en Página/12

Publicado en Aguafuerte el 18 de Julio, 2013, 12:31 por MScalona

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CONTRATAPA

El cuchillero

 Por Luisina Bourband

Faltaba poco para que saliera la balsa para Rosario. Humberto apuraba el paso y el chinito que llevaba al lado lo seguía dando saltos sobre el ripio para no desentonar. Tenía que dejarlo todavía en lo del tío Domingo para poder irse, que seguro había que buscarlo en la curtiembre.

El chinito se llamaba Benjamín, era hijo de Elías y hermano menor de Humberto.

Cuando llegaron a la curtiembre entraron por el portón del costado, y entre la lejanía y los aullidos de los perros que avizoraban las sombras de los parientes, refulgía el fuego pronto para asar la carne. Domingo siempre tenía carne lista por las dudas en la heladera. Estaba oscuro y no se veía bien, pero a medida que se iban acercando la silueta indefinida de un sombrero tomaba forma de hombre, un poco enjuto y encorvado, acodado en la tabla irregular que de tanto estar ahí ya se había hecho mesa. Era Mastrochi, un paisano ladino que de vez en cuando se le aparecía al dueño de casa, y que a lo largo de la noche, alimentada a póker, ginebra y porfía se volvía un compañero aceptable.

Domingo parado frente al fuego, resplandecía como desafiando al animal en la tarea de pasar lo crudo a lo cocido. Era un hombre solitario, huraño, de palabras que cortaban como un hacha y caían como una piedra para el que pudiera escucharlas. Pero lo que no le sobraba en el decir, lo contaba su casa, que estaba abierta a quien quisiera venir sin mucha invitación. El lugar en el que todos los sobrinos se quedaban sin protestar, ahí se los trataba con respeto, es decir, como a uno más.

Benjamín entró corriendo y con un leve saludo de cabeza ya se había incorporado a la reunión que entre bucólica y áspera se reunía en torno al asado.

El Humberto saludó a los chinos con esa levedad que da la familiaridad, y aceleró el paso para llegar a la balsa. Se quedaría por ahí en alguna pensión esta noche y mañana a volvería a Goya a buscar al Benjamín, que se lo habían encargado.

Resultó que la espera de la cocción del animal muerto propició una especie de "confusión de ideas" entre Mastrochi y Domingo. Caña va caña viene y en un rato ya la discusión se había puesto fea y el paisano sacó el cuchillo como para afilar la pelea y calibrar qué grado de seriedad portaba todo el asunto.

Tío Domingo, ni lerdo ni perezoso se había ido como reptando pa' las casas, y detrás de él había enfilado Benjamín como un soldado. De pronto levantó la almohada del camastro austero donde dormía y le mostró dos 38, que relucían como tesoros en los ojos del sobrino. Estos son mis guachitos, le dijo mientras se los acomoda en la cintura y salía con paso decidido en intención y desalineado en precisión. Domingo siempre los tenía cerca, y una puñada de balas en el bolsillo.

Benjamín prendido del borde del saco: pero tío, ¿adónde vamos?... ¡A buscarlo a este desgraciado! En el patio ya no quedaban ni rastros de Mastrochi, que había acusado la maniobra y su estado etílico no le impidió actuar con rapidez.

Pero tío, si ya se fue, mire. No importa, le voy a agarrar a este cuchillero. Y salieron por la calle lindera a la casa, que era de pedregullo y oscura como la peor noche del infierno. Adivinaban el camino usando como mapa el recuerdo del día. Era una calle con zanjas y Benjamín con el cuerpo excitado por la travesía y el miedo, tironeaba del saco del tío. Impertérrito se conducía, sin demostrar más el temor a la oscuridad que al producto de sopesar el peligro que corrían.

Para allá, dijo Domingo, con la seguridad que da la borrachera y la valentía que da la raza. Pero mire tío que en esa zanja hay agua. No, agua no hay, ni zanja hay, contestó con esas palabras que cortaban y caían.

Presagiando ya lo que sería de visionario y agudo el chinito de grande, le acertó al pronóstico al mismo tiempo que el tío caía en el medio de la zanja con su obstinado paso.

Parte de la noche se la llevó el intento de sacarlo del medio del barro, donde había caído con traje, pantalón de fajina y zapatos acordonados siempre lustrados al máximo. Pero el chinito lo logró; igual a desvestir al tío para acostarlo ya no llegó, y la cama blanca donde dormía había tomado el color del río para cuando despertó. Cuando se vio, Benjamín todavía seguía dormido al lado medio sentado medio acostado, como queriendo mantener la posición alerta del cuidado.

De un grito: pero sobrino ¿qué es esto? A Benjamín, todavía dolorido, le llevó un buen rato contarle la noche pasada, entre que le agregaba detalles heroicos y llevaba adelante la difícil tarea de devolverle al hipnotizado su memoria.

GABRIELA OVANDO

Publicado en Cuentos el 12 de Julio, 2013, 16:40 por MScalona

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Fin de la partida

 

por Gabriela Ovando

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          Aquel martes de marzo había amanecido entre un arrullo de grises, hueco. El día se proyectaba en la lluvia.

          Ulo se asomó a la ventana, apagó su despertador electrónico y decidió  levantar-se. Encendió el equipo de música que lo acompañaba en el desayuno. En el camino por los ambientes silenciosos de la casa miró la pantalla en la que el juego nocturno del lunes se había prolongado hasta horas de la madrugada, el último apostador se había retirado apenas un rato atrás y le había dejado su juego online. Más tarde, repasaría la jugada en su memoria mientras observaba el aroma del café de la taza en su mano izquierda, en tanto el dial del informativo matinal rodaba en su derecha.

      Con el último dejo de café en su boca, se acercó al teclado, dio su clave para loguearse como sí mismo, su propio personaje en la cabina del simulador donde el tiempo corría ahora con virtual realidad en juego.

        

            Buscó su impermeable, recogió el paraguas del cajón antes de subir al coche en el que una rutina programada lo conducía a las oficinas del centro. El viaje del próximo fin de semana estaba marcado en la agenda pendiente que revisaba al manejar las cuarenta cuadras entre embotellamientos menos silenciosos que las gotas que caían afuera levemente.

            Las veredas se veían aun casi vacías, a diferencia de su teléfono que le iba dictando los horarios de ese día. Mientras estacionaba comprobó que el agua iba colándose cómodamente en las canaletas del piso, y se escurría por la pendiente hacia las alcantarillas. Más allá el guardia, cuyo rostro pálido y distante dejaba entrever su desenfado con la lluvia, saludaba con tímida cortesía. Ulo apenas notó singularidad alguna en aquella expresión al penetrar en la moderna edificación, donde abandonó paraguas y abrigo al perchero del piso.

             Como en un reflejo instintivo fue a sentarse a su rincón en el sillón junto a la ventana. Acomodándose frente a la pantalla ya encendida de su otra computadora, repitió la clave de entrada al sistema. Aparecerían los mensajes de rutina para la planificación diaria. Podría dejar que la máquina corriera en piloto automático el tiempo necesario para ir por un café y revisar su bandeja de correos.

           Volteó para recoger unos papeles y al incorporarse, levantó la vista. Mirando a través del vidrio comprobó que la lluvia había cesado. El aire se secaría; entre esperanza y juego óptico, podría desprenderse la progresión de la realidad más probable en las próximas horas.

           Durante la pausa del mediodía Ulo subió a la terraza para comprobar que la atmósfera se percibía húmeda por los sensores que reproducían el olfato de su nariz, presintiendo el regreso de la lluvia. El celular guardado en el bolsillo exigía respuestas sin premura. A unos metros, Eme fumaba su cigarrillo con la vista puesta en algún punto del horizonte cubierto de nubes. Ella giró para verlo mirándola, y señalando con el índice al norte, dijo: - Ahí debería verse la ruta.- Fumó la última escasez del cigarrillo seco, dejando que el humo saliera de su boca y al disolverse el último largo túnel de humo húmedo agregó: -ese camino de tierra me llevaba de niña hacia la casa de mis abuelos.-

            Ulo la escuchó sin detenimiento, para retornar a su escritorio. Entre los mensajes leídos iba concretándose la siguiente sesión. No serían muchos los participantes y al final pocos accederían a la siguiente etapa. Su cerebro aunado en el juego silenciaba su voz que el programa repetía en instrucciones y las cumplía con rigurosidad. Ulo se adelantaba a un futuro un tanto más predecible que visible. Su programa captaba movimientos y palabras, los interpretaba, elaboraba frases con cierto sentido y reproducía con suficiente precisión situaciones de rutina en las ciudades que él mismo había visitado alguna vez y guardaba en su memoria.

         Regresó a su trabajo, verificó el progreso del plan semanal, el cual se concretaría en menor tiempo del que estaba estipulado. Sus seguras mejoras habían sido probadas en la noche, en medio de otra sesión. Supo tirar una pista sin código alguno, previendo que alguien tomaría el desafío. Los avisos le mostraban que no se equivocaba, alguien había intentado franquear el cerrojo con los sistemas conocidos más elaborados.

         Hacia las cuatro empezó a llover nuevamente. Para la hora de salida, el vacío del perchero contrastaba con las gotas de agua que yacían en el piso.

          Ulo buscó su auto, se ajustó en el asiento y partió. Tras pasar el portón, el agua sonaba con moderada fuerza en el vidrio. Hacía pocos minutos que se había puesto en marcha cuando escuchó el reloj de su celular. Giró a la derecha para tomar el camino de regreso, atravesando las zonas bajas de la ciudad. Con esas condiciones podría llegar en cuarenta minutos.

        Unas cuadras más allá encontró su primer embotellamiento. Encendió la radio para amenizar el trayecto. El agua más abundante lo obligó a ralentar la marcha, cubría las veredas y amenazaba colarse en los jardines. Cerca, los espejos de ambos costados casi no se distinguían entre la cortina de agua que caía.

         La música fue interrumpida súbitamente para un comunicado advirtiendo que el arroyo el Gato se desbordaría en breve. Él, inevitablemente debía pasar cerca de ese arroyo en el camino que recorría. Se detuvo por unos segundos con la intención de revisar el mapa del GPS, intentó modicar el rumbo, cuando de alguna dirección, quizás de sus espaldas, una bocina lo indujo a continuar.

        Con una mano en el volante y la otra en su tablet, escribió un mensaje a Nero, que seguía el juego. Él podía verificar sus movimientos jugando en el mismo equipo. La estrategia común le permitiría seguir un tiempo más. Entretanto el agua continuaba subiendo en su pretensión de alcanzar el nivel de las ventanas de las casas. La vio precipitarse y ocupar el agujero seco y oscuro al abrirse la puerta de una casa que resultó iluminada por su coche.

          Siguió su marcha lenta hasta que divisó una mano casi sobre su cara a través del vidrio y frenó imprevistamente. Alguien cruzaba la calle batallando con el agua a media pierna con una linterna que él apenas había advertido.

        Se sintió seguro en la calidez de su auto, al observar el exterior. Los aparatos electrónicos parecían funcionar con normalidad, a pesar de la lentitud de esa marcha, que sin embargo no impediría su llegada a destino. Sumido en el juego, se descuidó, apenas un momento, y no supo prevenir una posibilidad, no menor. Allí, al bajar la vista, un fluído lento en el movimiento de la quietud, irrumpía el interior del auto. Agua turbia que se filtraba por  los burletes de la puerta y ganaba paulatinamente los espacios limpios y secos.

         Recordó el mensaje a Nero y comprobó que no tenía respuesta alguna. Sabía que lo seguiría hasta comprobar su eficacia. Fue entonces cuando los dispositivos de adentro del auto empezaron a mostrar sus fallas. La radio se escuchaba cada vez con mayor dificultad, mientras que el GPS captaba menos datos con el correr del tiempo y su poder de decisión escaseaba. La interferencia intermitente y continua del estrépito de la lluvia lo alejaban de los pensamientos lúdicos. Comprendió que el agua no lo abandonaría a su gusto, aun cuando el tiempo lo sujetaba a su destino.

         Sin mapa pero con la fidelidad de su reloj, calculó su posición cerca del cruce cuando el agua alcanzaba ya el nivel de la ventanilla del auto. Tan cerca, imponente, consideró abandonar la cabina, ahí mismo. Optó por continuar la marcha, esperando que los aparatos funcionaran por lapsos, los necesarios para recalcular. Se dejó oír una carcajada, casi ahogada, para sí, en la lluvia. Marcó el 911 y profetizando su propio fracaso, nadie le respondió, antes que palabra alguna de auxilio emanara de su boca.

         Cuando apagó las luces y el motor, su auto nadaba en una corriente oscura que lo dirigía sin oponer resistencia alguna. Por ratos escuchaba algún golpe en la chapa, mientras el agua seguía filtrándose hacia el interior, tapando ya sus talones.

       Percibió con nitidez la sensación de inundación ascendiendo desde sus pies. Cerró los ojos, quiso pensar. Recordó el momento en que escuchó la última canción, interrumpida por el silencio de la radio que vino también a apropiarse de esa atmósfera húmeda. Ya debería estar del otro lado, era lo que automáticamente repetía en su cerebro.

         Buscó un mapa de papel que había previsto allí: revisaría las trayectorias que iba demarcando el caudal. La lámina, tardía, se deshizo en la tinta de sus manos cuando intentó abrirla. El GPS se apagó por completo, y el resto de sus disponibles seguros aparatos no marcaban señal alguna.

         Cuando el agua alcanzaba el nivel de su cintura, Ulo ya no escuchaba el sonido de las gotas golpeando el techo de su auto, tampoco podía distinguir el sonido del golpe del agua contra el agua. Cual balsa, su auto era transportado por esa corriente que lo envolvía con energía propia. Cómo la detendría? Sin motor, todos los sonidos del agua se concentraban en sus pensamientos.

           Dudaba.

       No sabía ya dónde estaba, y sin visión externa, no podía establecer punto de referencia alguno. Creyó haber visto la esquina de 54 y 77 cuando todavía escuchaba la radio; apelaba a su memoria inmediata para poder continuar pero los números se confundían mientras la certidumbre se desvanecía.

       Dentro del auto el agua en persistente ascenso constituía el único signo de irreprochable certeza. Al cubrirse los asientos se sintió irremediablemente húmedo. Sintió el frío en la parte baja de su espalda, y simultáneamente ocurrió que el auto se depositó sobre el fondo. El peso del agua en el interior había detenido su navegar. Así ahuyentó el vaivén en el estómago que lo había acompañado desde que había apagado los motores.

        Estaba sumergido en una profundidad marrón. Quietud. A veces veía pasar bultos blanquecinos y turbios a su alrededor. Ulo permanecía ahí. Buscando una salida por momentos se movía en círculos en el auto, hasta que sintió la escasez de aire. Pudo sugestionarse con un cierto temor al cual se negó.

        Se aferró a la convicción de que el agua se detendría cuando llegara a su corazón. Te vas a detener, dijo en una voz imperceptible. Y repitió, veré aquí el celeste del cielo y un rayo de sol del más allá de afuera.

       Desconocer la profundidad a la que se encontraba le producía un bloqueo a su seguridad. Mientras el agua iba doblegando los asientos y el tablero, ninguna alteración se asomaba al otro lado de la ventanilla, oscuridad que persistía.

         Entonces repitió una vieja canción que recordaba como una letanía de su niñez, que en su memoria se mezclaba con el aroma de alcanfor de la casa de su tío abuelo.

         Lloró su soledad y su recuerdo.

         Enjugó los ojos para luego reconocer sus manos.

         Con el agua sobre su garganta se acordó de Dios. Quiso imaginarlo en su paraíso y no pudo. Tan siquiera pudo reclamarle ausencia.

         Flotaba en su sensación real de vacío y abandono. En su interior y en su exterior que era adentro de ese auto.

       Se dejó vencer a la gravedad; la respiración se hizo más lenta.

       Al fin, sin descuido y casi sin aliento, intuyó un impulso hondo y gritó.

       Leyó el reloj para expirar sus últimos segundos en juego.

      Entreabrió la puerta y se alejó de la cabina con un esbozo de sonrisa en su interior.

 

       Fin de la partida. Ulo escribió en el teclado las indicaciones para dejar el programa en suspenso, haciendo las vericaciones de compatibilidad real-virtual.

         Luego abrió la ventana, se asomó y proyectó el viaje en bicicleta a los suburbios de Kiel entre los rayos de un sol tenue que le había ganado el tiempo a la lluvia.

 

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                                                         GABRIELA  O. L.

GONZA RUZAFA

Publicado en Nuestra Letra. el 12 de Julio, 2013, 16:36 por MScalona

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También decido intentaré ser más agradecido con el piso de madera que me sostiene, después de todo, hay que saber estos listones se apoyan hombro con hombro para impedir que la gravedad nos trague y dios, hay cosas peores, su insistencia en permanecer juntos con un fin así de noble vale mi respeto y el de otros. Gracias listones de madera, intentaré ser más agradecido de aquí en más. Decido hoy, que el día en que deje de encontrarme la música de aristimuño, ya voy a ser alguien mucho menos joven, que cuando despierto tengo sed (esa no es una decisión), que caminar entre árboles se me hace mejor idea que hacerlo entre cualquier otro elemento o mobiliario o cosa. No quisiera hacer un eco intenso, está la tendencia a la bifurcación y después todo termina en nada. Llegué a la conclusión de que habría que amar a las herramientas de carpintería, amarlas casi tanto como a las gomitas elásticas por dos razones sencillas: a-son útiles, b-son elementos simpáticos que nos dan equilibrio, lo que me lleva a pensar en el balance, que es una forma distinta de decir equilibrio, ahí está y es la suma que da cero, retumba también en las filosofías de vida y las elecciones, esto es lo que hace el balance: separar, censurar, dejar camino al cero. Sin deseo de irme y vagar por las ramas hay un nexo entre listones de madera, gomas elásticas y herramientas de carpintería, tiene que ver con su tendencia a la búsqueda o la consecución del balance (palabra no igual pero alternativa a equilibrio). Decido entonces, voy a intentar sentir más pena por las gomas elásticas, juntaré los voluntarios que pueda, el plan consistirá en abandonar las más, a su naturaleza indómita y deforme. Y otra cosa: imagino a las herramientas de carpintería como algo que uno debería de amar, pero estos días míos son irrefrenables y son caóticos, de ahí que venga ahora con esta serie de decisiones sin esencia constructiva ni conclusiva, intentaré ser agradecido de aquí en más, y de buscar el equilibrio claro, son cosas que uno dice y que después se van, pido a la sociedad a cambio de mi compromiso y mi transformación tácita, más cielos de octubre y menos búsqueda de objetivos, pocas cosas, es cierto, disponibles y efectivas como los juegos, en una lejana y clara primera edad.

FRANCISCO ROLDÁN

Publicado en De Otros. el 12 de Julio, 2013, 16:34 por MScalona
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La Casa de los Bostezos

II “El alero de los almuerzos”

Afuera: pero sólo al capturar los olores de tu casa, curiosos, tus seis patos de fuego…

Flotando, sobre las almenas blancas del fondo, en cuadrillé, los manteles, por donde una finísima raya de luz alimentaba los pequeños incendios de otro mediodía de franjas.

Blancas sobre blancos espacios, sobre estambres lilas

A vos, te pertenecía el alero: el “alerito”, como solíamos llamarle; porque creímos haber visto allí, algún estilo más o menos querido de una sincronía inquieta, latente, casi natural

cuáles?

el sonido de las torrajas contra los caños diurnos;
el sonido, o el valor que cada uno de nosotros atribuye a los espacios esféricos que disputan la inversión de cada palmo de la voz.

Tu lugar, como cayado por el que los dardos de Vasavadatta sienten la oquedad de unos modos todavía lejanos

tus movimientos
tu gimnasia

tu espesor constante y la alegría que dispone los cubiertos
sobre la mesa contigua:

la luz, los efímeros emporios, la felicidad

y… si algún día no me vieses mas volviendo de la chacra, con lo niños, los plantines y los guantes para el frío de la mañana… y en mi lugar se agitara sólo una aventada hilera de álamos:

y si el ritmo del almuerzo, de repente, cesara a sus alucinantes multiplicaciones…?

Blancas sobre blancos espacios, sobre toallas más lilas aún…

Se aproxima una tormenta. El olor de las avecillas entre las hijas de las nocheras, nos advierte, que estas gotas son apenas una tímida frecuencia sobre los tallos más fuertes…

algo se prepara en mi para recibir al viento

algo, que tal vez explicará que la razón de esta probada somnoliencia es tu perfecta cercanía, tu rarísima voz de “madre” incauta

…aún no lo sé.

La alegría deja que estas pálidas figuras se alimenten en un suave resplandor de maderas calientes.

no oigo patos en el delta: sin embargo, durante algunos momentos, vuelan frente a la fatiga y la imposibilidad de haber quemado ya sus más limpidos movimientos…

y se posan junto a vos, que estás hablándole a tu niño indeciso:

Está inseguro, Luis, o es aparente lentitud para atrapar mis endiablados chocolates?

dejá que al menos su pequeño y fascinado nombre se aproxime hasta estas manos plenas de ritmos

(Sarmiento, San Antonio,
Guaminí…)

pero en el cuarto, un resplandor fuera de tono nos hace creer que la hora de las “apariciones” no ha quedado aún a merced de la mentira

las azaleas de las falsas solemnidades, los estertores, los sagrados desperdicios…

y… algo más?

El aroma de la lluvia nos dispersa hacia una charla en la que los pronombres crecen bajo la atrevida ola de las sustituciones…

En el fondo de la casa, cerca del parquecito que da contra el amarradero de lanchas, oigo cinco (seis?) golpes de palma.

Me alarmo, y pienso en ustedes:

pienso en el fuego; y en como habrán de arder nuestras pequeñas naciones, a través de las raíces… y del agua.

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Paraná de las Palmas, Julio 3 de 1994. 15:30 hs.

Juan Francisco Roldán,
nació en Santa Fe en 1966

LAURA ROSSI, del viernes pasado...

Publicado en Poemitas. el 8 de Julio, 2013, 16:52 por MScalona

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Niebla de tucumán

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los cerros, la niebla telón de fondo.

un calor insensato, las bocinas, los motores,

los ruidos que no esperábamos.

crepitan los pasos en las veredas angostas,

se apuran para que no los trague la boca

profunda de la siesta. los vendedores ambulantes

y sus mantas y sus cables como cordones umbilicales

prendidos a los faroles; el pollito pío en todos los parlantes

trina en los patios de la casa de la independencia,

el balcón donde fumo mirando los cerros,

la niebla inexplicable de esta mañana.

 

me dicen que la niebla no es niebla:

es tierra en el aire, nubes de tierra

que hacen de los cerros puro contorno.

cuando llueve, la tierra se aplaca

y se ven los árboles y las casas

y el cristo en los cerros.

 

 

 

 

 

 

niebla de rosario

 

el calor desconcierta ahora

que hemos expulsado microscópicas

partículas de agua de los pulmones.

nos dejó la niebla brazos vacíos que nunca

nos acunaron, más bien nos apretaron un poco.

las caras desaturadas, los árboles, el río,

el edificio de enfrente: meros

ejercicios de la imaginación.

transpiran las calles mientras camino

como si protestaran ahora

su nostalgia de agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

glosa

 

el aire se cuela por las grietas,

es brisa de a ratos     y la tormenta:

promesa adherida al paladar de la siesta.

adivino gotas metálicas, su repiqueteo

en este techo que no guarece nunca del todo.

las imágenes que atrapo se pierden

en el sopor de esta hora en punto muerto;

algunas quedan

tendidas como ropa ajena.

el aire espeso, el vuelo atropellado

de las aves, la inquietud vegetal:

te toca la inminencia con los dedos

de un sentido todavía sin nombre.

trinan los pájaros y avisan que viene

el viento a desbaratar el orden

cansino de las cosas.

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LAURA  ROSSI

 

La Fiesta del Viernes 5 de julio

Publicado en Fotitos. el 8 de Julio, 2013, 12:18 por MScalona

MATÍAS NICOLÁS SETTIMO

Publicado en Poemitas. el 7 de Julio, 2013, 13:14 por MScalona

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MANIFIESTO

 

 

 

Besar 

la estrella,

la torre de Babel

de tus labios.

Besar el principio

para olvidar

quemando

de una sola vez

todo lo que fuimos,

ofreciéndolo

al olvido

a la casa

al cuerpo

al eco perdido

que esconden los ojos

que juzgan

sin mirar

transfigurados

de odio,  

en los minutos

pesados

que se arrastran

de a uno entre los dos.

Guerras íntimas,

estrategias domésticas

que nos delimitan

y aprisionan,

¿qué haremos

cuando quedemos

indefensos

frente a lo que odiamos

de nosotros mismos?

El amor

ya no es más

la respuesta a todo,

aunque el arte

venga en su auxilio,

tampoco sirve de nada.

 

Si las preguntas

nos chupan la sangre,

las respuestas

nos atan los tobillos,

nos amordazan,

nos engrillan

y nos escupen

en la cara

nuestro nombre.

¿Qué fuerza física irreversible,

qué rol de hombre irremediable

nos lleva a imaginar

opciones descomunales

que llenen el espacio

de decepciones coloridas

que tiñan el cielo de sangre?

Abrir al sol las heridas,

que todos las conozcan,

ofrecerlas como muestra,

no de humanidad,

sino como ofrendas,

que ellas sean nuestra verdad,

que ellas canten nuestro nombre

y nos mantengan

siempre

al costado,

en la periferia,

en el limbo de los escritores,

siendo de todos

para que sean nuestras.

Golpear con fuerza

lo amado

hasta que nos duela

y el golpe nos vuelva

inseparables. 





 

 

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Escribo

en tu cuello

de cisne destrozado,

algo

en griego antiguo

para que no se entienda. 

Y entre los dos

le damos

un significado

secreto,

que repetimos

hasta cansarnos

y aunque nos duela:

¡no es melancolía, es tristeza!,

es como el fuego en el lago

que adivina el I-Ching,

o la montaña de humo blanco

que se cuela en mis ojos.

 

 

Matías  S.

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son los 2 poemas que leyó el viernes en la fiesta

 

 

 

 

 

RODOLFO WALSH

Publicado en De Otros. el 5 de Julio, 2013, 19:29 por MScalona

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Esa Mujer

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Rodolfo Walsh  (1965)

 

 

 

 

El coronel elogia mi puntualidad:

-Es puntual como los alemanes –dice.

-O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas –propone-. Lo felicito.

Mientras sirve dos vasos grandes de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido. El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra. El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronce, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con deprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

-Esos papeles –dice.

Lo miro.

-Esa mujer, coronel.

Sonríe.

-Todo se encadena –filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

-¿Mucho daño? –pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Está por cumplir doce años –dice.

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

-Contále vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

-La pobre quedó muy afectada –explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.

-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que el capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

-La fantasía popular –dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste –dice.

Pienso. No se me ocurre.

-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

-La tumba de Tutankamón –dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.  

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

-¿Qué más? –dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pegó un tiro una madrugada.

-La confundió con un ladrón –sonríe el coronel-. Esas cosas ocurren.

-Pero el capitán N…

-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

-¿Y usted, coronel?

-Lo mío es distinto –dice-. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

-Me gustaría.

-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

-Ojalá dependa de mí, coronel.

-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

-Mire.  A la pastora le falta un bracito.

-Derby –dice. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

-¿Qué querían hacer?

-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuánta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! –digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan: azul mercurio. A ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

-Esa mujer –le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada. El coronel bebe. Es duro.

-Desnuda –dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd –el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

-Me pareció oír. Esos roñosos no me van agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

-… se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le dí una trompada, miré –el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

-No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

-Pero esa mujer estaba desnuda –dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros de por ahí. Figúrese cómo se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

-¿Pobre gente?

-Sí, pobre gente. –El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.

-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

-Ah, bueno –dice.

-¿La vieron así?

-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más remota encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

-Para mí no es nada –dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, en el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…

-¿Se impresionaron?

-Uno se desmayó. Lo desperté a bofeteadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo”. Después me agradeció.

Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.

-Beba –dice el coronel.   

Bebo.

-¿Me escucha?

-Lo escucho.

-Le cortamos un dedo.

-¿Era necesario?

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.     -Tantito así. Para identificarla.

-¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.

-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico. ¿Comprende?

-Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.     -¿Y?

-Era ella. Esa mujer era ella.

-¿Muy cambiada?

-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo  es para que todo fuera legal. El profesor R controló todo, hasta le sacó radiografías.

-¿El profesor R?

-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto está ahí, su voz amarga, inconquistable:

-¿Enciendo?

-No.

-Teléfono.

-Decíles que no estoy.

Desaparece.

-Es para putearme –explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder –digo alegremente.

-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

-¿Qué le dicen?

-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

-Llueve –dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

-Llueve día por medio –dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

-¡Está parada! –grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra puna de la mesa. Y por un momento cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

-No me haga caso –dice, se sienta-. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

-¿Eh? –dice- ¿Eh? –dice.

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Sí.

-¿La sacó usted?

-Sí.

-¿Cuantas personas saben?

-Dos.

-¿El Viejo sabe?

-Se ríe.

-Cree que sabe.

-¿Dónde?

No contesta.

-Hay que escribirlo, publicarlo.

-Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

-¡Ahora! –me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

-Cuando llegue el momento… usted será el primero…

-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

-¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntar quién soy, qué hago ahí.

Y mientras, salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras, mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras, sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación:

-Es mía –dice simplemente-. Esa mujer es mía.   

CARLA CATERINA

Publicado en relatos el 5 de Julio, 2013, 17:29 por MScalona

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Vaivenes

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Hoy a la tarde entré en  un bar. Me gusta  esto de sentarse en un bar, si es posible al lado de la ventana  y  mirar la gente a través del vidrio, su apuro o su lentitud, sus caras opacas, alegres,  tristes, frías;  y detrás de esos rostros historias distintas, dónde los protagonistas siempre son los mismos; familia, amigos, conocidos, enemigos, compañeros, ex parejas, ex amigos, siempre los mismos en distintos vaivenes.  No sé porque empiezo diciéndote  esto,  quizá quería hablar de algo, algo para achicar la distancia, esa cantidad enorme de kilómetros y océano  que nos separan.  Me parece que el papel es mejor  que lo virtual.  Una , la carta, la podes tocar, oler, leer, romper, guardar, o usar de servilleta o pañuelo, hacer avioncitos, o florcitas como las que hacíamos  con papel de cigarrillo cuando recién empezábamos a morder el placer del vicio. Ahora  dejé de fumar, tanto te hacen la cabeza con que el pucho hace mal, pero la verdad es un garrón, no sabes cómo extraño tomar porrón y fumar LM.

Bueno, una de las cosas  importantes  que quería contarte, murió Catástrofe. Ya sé que te  estoy tirando la noticia como una bomba, no encontré otra forma. Estaba re viejo;  las orejas se  le arrastraban por el piso, además estaba  un poco ciega y  medio sorda, y  por dónde buscaras habías pelos  que  ella iba perdiendo.  Yo me ocupaba de prepararle  Nestúm con leche y aparte la vitamina,  y se lo iba  dando de a poco con una jeringa. Una mañana me levanté y se había quedado dormidita en su cucha. Para qué te voy a contar cómo se puso la vieja, no la podíamos consolar, todo el día moqueando la pena, _ y bueno vieja compramos una nueva que sea cachorra, yo insistía, pero nada; la vieja seguía muy afligida.  Debe haber estado con esa congoja durante un mes. Se pasaba las noches  corrigiendo trabajos  y lagrimeando y tomando café, hasta que pasó algo totalmente inesperado;  Mauro dejó  embarazada a la novia  y yo fui la primera en enterarme. Una noche yo  me había quedado a dormir  en casa  y este apareció _Soledad, Soledad, tengo que contarte algo, eran las tres de la mañana te imaginas mí cara, _ahora Mau? es necesario a esta hora, no puede ser mañana? _no Sole, ahora, ahora vas a ser tía me dijo; me estás jodiendo, no usaste forro  pelotudo?, _ no es que amo a Julieta, me decía; te imaginas a quien puede amar Mau que con veinte años  trae una novia  distinta todas las semanas.  Bueno la cuestión es que la vieja que no paraba de llorar, largó el pañuelo y se puso a tejer escarpines. A Mauro le conseguí un trabajo en la fotocopiadora de la facu, pareciera estar un poco más serio, aunque  yo no me confiaría demasiado. Yo voy a casa los martes a la noche, comemos algo  y a veces me quedo a dormir, aunque no veo la hora de volverme a mi casa, extraño mi silencio. Sabés que Pancho me dejó?;  o mejor dicho nos dejamos. Una amiga mía dice que yo dejo la noticia más picante para el postre. En realidad   no quiero hablar mucho de lo que pasó,  pero te voy a contar: el tema fue más o menos así,   una noche vino al departamento un compañero de la facultad para hacer un trabajo. Yo lo invité con toda tranquilidad porque  Roly era  gay, no había posibilidades que Pancho se pusiera celosos y además era un tipo macanudo amante de la música igual que Pancho.   La cuestión fue que los tres nos hicimos amigos. Empezamos a salir,  íbamos a comer, después a bailar y a fumar porro, a veces Roly se quedaba en casa varios días, estudiábamos; la verdad  nos divertíamos mucho. Al tiempo empecé a darme  cuenta que Pancho no me tocaba ni la punta de los dedos,  pero después me fui acostumbrando. Un  sábado  fuimos a un cumpleaños de un amigo de Roly  y lo conocí  Sergio, que era amigo del  dueño de casa  pero no era gay. El flaco estaba muy bien, buena onda además, nos pusimos a charlar y  esa noche se enganchó con nosotros. Los cuatro nos fuimos a un boliche. Después empezó a venir  al departamento, Pancho iba al supermercado, compraba de todo, el flaco se quedaba a comer; no sabes lo bien que cocina!,;  una noche tuve  insomnio,  no sabía cómo decirle a Pancho que me estaba enganchando con Sergio.  Pancho siempre fue un tipazo de esos que te bancan en todo,  a veces siento que  más lo quería por bueno que por fogoso.  Pero no fue un problema, no para nada, porque casi sin darnos cuenta  Pancho empezó a dormir  con Roly y Sergio y yo nos mudamos  a la habitación de atrás. Cosas de la vida.

Lo que me tiene un poco preocupada es que  todavía no me pude recibir, rendí tres veces mal la última materia y por si fuera poco, me olvidaba de contarte otro detalle, digo porque en este departamento dónde vivimos todos, vos también sos dueño.  El día que fui a rendir  me olvidé el lavarropas encendido y los chicos estaban trabajando. Lo que pasó fue que el caño de desagüe se salió de la conexión, algo no estaba bien, y el departamento se inundó, no todo,  pero vamos a  que arreglar el entarugado de los dormitorios que se levantó en varias  partes.  Bueno Tavo, espero que vengas pronto a visitarnos, no sabes cómo te extraño, además va a nacer tu sobrino y quiero que conozcas a Sergio, y por ahí si venís me ayudas un poco con la facu y me puedo recibir; cómo antes te acordas? Aparte en febrero cumplimos años, estaría bueno compartir la fiesta. Si podes escribime una carta de papel  y contame  un poco cómo es el mundo del otro lado del charco.

Te abraza tu hermana  melli, Sole.

MARCELO CASTAÑOS

Publicado en Cuentos el 5 de Julio, 2013, 17:20 por MScalona

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El sueño

 

“¿Viste que nunca nos morimos en los sueños? Nunca. Nos despertamos antes. Nos van a disparar y antes de que lo hagan, saltamos de la cama. Estamos por caer a un precipicio y no terminamos de hacerlo, porque abrimos los ojos antes de estrellarnos contra el suelo. Vamos en la ruta y un camión se nos viene encima, pero no llega a chocarnos, nunca llega. Nos tiran al mar y no podemos defendernos, nos ahogamos, podemos perder la respiración un rato, pero finalmente la recuperamos….ya no estamos en el mar, estamos en la cama, jadeando. La muerte es algo que en los sueños está por llegar pero nunca nos alcanza. No me digas que nunca soñaste con tu propia muerte. Pero si lo hiciste, como me pasó a mí, te viste en el cajón, pero te viste desde la vida, te desdoblaste, pusiste a tu yo en el féretro, y lo miraste, te miraste, pero no eras vos, porque vos eras el que estaba mirando. Y si fue así es porque no estabas muerto. Te viste muerto, pero no lo estabas. Tu yo muerto no eras vos. No. No morimos en los sueños. ¿Y sabés por qué? Dicen que es nuestro instinto de supervivencia, y es cierto. Lo que no nos dicen es que, si morimos en el sueño, no despertamos más, porque la muerte nos alcanza realmente. El que muere dormido,  directamente no vuelve”.

A Rodrigo, la teoría de Lautaro le había parecido al principio desopilante. Muerto en el sueño, muerto en vida. Pero puesto a pensar en cada sueño, cada despertar, se le fue volviendo más verosímil. Y la hizo propia.

Morir en un sueño. No podía ser posible. Siempre te despertás. Hasta que un día no despiertes. Y a Rodrigo empezó a rondarle esa idea, casi obsesiva, hecha de una verdadera observación propia, de un miedo.

El crimen perfecto. Alguna vez alguien conseguiría instrumentar un mecanismo de invasión onírica, algo así como un poder paranormal, natural o logrado, para meterse en el sueño de los otros y aniquilarlos en ese territorio donde no entrarían la ley, la Justicia, el periodismo ni la lógica. “Murió dormido, sin diagnóstico preciso”. Nadie diría “fue asesinado en su sueño”. La  nueva versión del crimen perfecto.

La idea lo siguió a Rodrigo por años. Y llegaron tiempos en los que esa locura se le vino junto con un ejército irregular de fantasmas. Empezó a soñar con ellos. Que se acercaban, silenciosamente, y se iban. En otro sueño los sintió, tocaban las puertas de los otros departamentos, preguntaban por alguien…por él. Y se marchaban. El escuchaba y esperaba. Pero se retiraban, aunque él sabía que iban a volver. Y seguía durmiendo.

Rodrigo sabía que sus pesadillas no eran vanas. Ellos perseguían, él era de aquéllos, más parecidos a nosotros. Aquellos iban y venían, escapaban, de casa en casa, de refugio en refugio, clandestinamente. En las calles del barrio se sentía el olor del papel y tinta quemados en los incineradores y en los patios de las casas. Les prendíamos fuego, aquellos y nosotros, no fuera a ser que vinieran ellos.

En su último departamento, Rodrigo había decidido que su biblioteca estuviera en el dormitorio, en la cabecera de la cama. Antes que los libros, él. Era la biblioteca en el dormitorio, o el dormitorio entre los libros. Si tenían que ir por él, que fueran a por ellos, o al contrario.

Las pesadillas se hicieron cada vez más inquietantes. Ellos llegaban a la casa, decían algo detrás de la puerta, trataban de abrirla, golpeaban otros departamentos. El se despertaba.

Otra vez, en sus sueños, ellos entraron, se metieron, fueron hasta la puerta del dormitorio, pero no llegaron a ingresar, los paró. Despertó transpirado, tiritando, en alerta, las manos y el pelo mojados, no sabiendo ni entendiendo nada. Y volvió a dormirse.

Fue ese día, un 23 de abril, en que se durmió. Después de dos días de insomnio, consiguió dormirse. Le costaba conciliar el sueño. Pensaba en el crimen perfecto, que podía tenerlo a él como protagonista o como víctima. Pero finalmente lo consiguió: cerró los ojos y su mente empezó a divagar, a generar imágenes absurdas.

Soñó, una vez más, con ellos. Se escuchaban pasos en su sueño, los pasos que pueden ser grandes o pequeños, de personas o de animales, de faunos, de personajes mitológicos, hasta de insectos, o víboras (que no dan pasos, sino que deslizan), como pasa en los sueños. Eran pasos raros,  pero cercanos, cada vez más prontos.

 Quiso despertar, pero no podía, era su realidad onírica. Ellos se acercaban, trataba de despertarse, pero era su sueño. Había ruidos, cada vez más cercanos, inquietantes, sintió miedo pero no se despertó. Quería despertarse, pero no hizo a tiempo.

El cañón de la Itaka lo apuntó a dos metros de distancia. Uno de ellos jaló el  gatillo. Ellos habían cambiado los proyectiles de la Itaka por municiones, unas terribles balas que desfiguraban a cualquier  blanco. Las balas le entraron a Rodrigo por el cuello, de manera ascendente (cuello a cabeza), le destrozaron el cráneo y su masa cerebral quedó absolutamente desparramada.

Rodrigo quedó tirado en la cama. Decapitado. La sábana se tiñó de un rojo bermellón. No llegó a despertar. No vio su muerte. Se le venía en el sueño.

 

 

Marcelo  C.

NACHO BARALES

Publicado en Nuestra Letra. el 5 de Julio, 2013, 17:20 por MScalona

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Viviana

 

Dice que es una cuestión de tiempo Como si pudiera sentir lo que hay acá dentro el pedazo de estúpido ese  Qué se cree Yo no soy boluda Las marcas que llevo no están así sin más Porque además están las ocultas y las visibles como mi forma de hablar El pánico que tengo a ciertos hombres y a las arañas pollito qué asco Si no hubiera sido por esos dos hijos de mil puta yo no sé ya sería una mina no sé si importante pero algo Algo que me haga sentir que estoy siendo importante para mí misma por lo menos Intenté distintas formas de hacerlo la verdad creo que todas son difíciles y hasta dolorosas Algunas son de lo más crueles para los otros que se verían aprisionados en el espanto No es que trate de hacerme la víctima pero a quién no le gusta sentirse así El placer te llega mucho más rápido con la compasión de los otros Más la cuerda aprieta el cuello más perverso es el consuelo Pero lo quiero sentir Soy una boluda si no voy a poder ver sus caras para qué hacerlo entonces Y podrán decirme muchas veces miles de veces que yo no tuve nada que ver Que yo tengo que hacer a mi propia vida más allá de ese trazo de sangre que nos une Yo ya quiero cortar con todo Esta contaminación no me la banco No la soporto tengo que escuchar decir sobre mí Una, dos, tres, cuatro A los once ésta Quince tenía en la segunda o era ésta de acá arriba o fue a los trece No esa fue a los trece Esta vez no fallo La Mili cuando probó no le erró Ponía siempre en el google cómo hacerlo Yo creía siempre que jugaba haciendo esas cosas Y sí lo dice Así lo terminó todo Incluso hay varias formas pero una es la posta en la página Darkheim punto com ahí están las distintas maneras paso a paso Ahí no llega el control parental eh Sólo está para los pajeros esos que hacen lo posible para morir a paja sin vivirse de una vez De una una buena vez No sé cómo hacen Hasta en el colegio hay que soportarlos molestándonos a mí y a las chicas Se llegan a manosear hasta entre ellos estos putos pajeros Y a nosotras nos toman de vírgenes estos boludos No creo que se haya ofendido Beto cuando no le quise hacer la paja No jodás hacétela vos solito en tu casa Te pensás que soy de madera tarado de mierda Andá a tu casa y que tu mami te haga el toddy ese enlechado y después me contás a ver si te hacés el guapo después Al fin y al cabo sos una nenita Ya fue se va todo al carajo Tendría que dejar algo escrito Acaso lo leerán Quién puede leer ante la desesperación El verdadero diario me lo llevo conmigo Esto que imprimo en cada acto en cada persona que conozco y conocí El diario es mi cuerpo Ya con mi diario ese el de la mentira ya basta del amor de los corazones dibujados y una flecha Este corazón el verdadero tiene una pija en el medio que nadie vio ni puede ver ni yo pude ver en su momento Dónde ubicar ese momento y que ahora no paro de sentir No se puede Yo no puedo Pero ya es suficiente que hagan lo que quieran con toda esta mierda Tendría que dejar algo Algo que les haga un nudo en el estómago a estos hijos de puta que nunca se bancaron el bajón de quererse por quererse no más Ya sé que la muerte de Lea nunca se superó sintiéndome alejándome sola Ella se mambió el otro pegó pa el otro lado inluso me dijo Beto que lo vio salir con un pendejo ahora No por favor es lo único que pido Es lo que faltaría No quiero que sea como el Padre Portal que te espera con las puertas de la iglesia de par en par Viejo asqueroso con su portal de la alegría animal Yo no te perdono ningún pecado Una vieja loca ahora un padre puto grasiento y sucio Qué más puede tocarme eh Ya nada Ese es sólo el decorado lo que más superficialmente se ve Y ahora lo que faltaba Que mi madre me diga que yo tendría que estar medicada Y ella no sabe que su medicina es peor y también más cara que la que toma el tío de Beto Y lo que nadie vio es peor aún Nadie se comió ese viaje como el mío hijos de puta Me la van a pagar de una vez por todas Porque esta deuda es ya impagable Me voy a la mierda se va todo a la concha de mi madre

Artículos anteriores en Julio del 2013

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-