"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




DAVID LEAVITT

Publicado en De Otros. el 29 de Junio, 2013, 23:04 por MScalona

David Leavitt,  (EE.UU., 1961)

.

GRAVEDAD

David Leavitt

1961- USA

.

.

 

 

 

Theo pudo elegir entre un fármaco que le conservaría la vista y un fármaco que lo mantendría vivo. Escogió no quedarse ciego. Dejó las pastillas, empezó con las inyecciones-que hicieron necesaria la implantación de un desagradable y doloroso cáteter justo encima del corazón-y, al cabo de pocos días, las nubes de sus ojos empezaron a disiparse: podía ver otra vez. Se acordó de una vez en que fue con su madre a Nueva York para ver una obra de teatro; tenía doce años y no quería admitir que necesitaba gafas.

-¿Puede leer esto?-le gritó, señalando una marquesina de Brodway.

Y cuando entrecerrando los ojos, sólo pudo descifrar una o dos letras, ella se quitó las gafas -unas enormes gafas modelo arlequín con diamantitos de imitación incrustados en las esquinas- y se la puso en la cara. El mundo quedó enfocado y el contuvo la respiración, sorprendido por la precisión de los bordes de las cosas, la legibilidad, el paisaje nítido, bien delimitado y lleno de colores. Ese día, Sylvia tuvo que tener los ojos entornados durante toda la representación de El violinista en el tejado, aunque, para Theo, la cara oculta tras las enormes gafas de  su madre, todo resulto tan brillante e intenso como un libro de cómics. A pesar de que la gente lo miraba y murmuraba, Sylvia no hacía caso; él podía ver.

Como se estaba muriendo otra vez, Theo volvió a la casa de su madre, en Nueva Jersey. Ella se tomaba con calma el asunto de las inyecciones de DHPG; después de todo, había tenido que pasar por la muerte de su propia madre. Cuatro veces al día, con la sangre fría de una enfermera, limpiaba el tubo de plástico que llevaba implantado en el pecho, insertaba en él una aguja hipodérmica esterilizada y, lentamente, introducía en sus venas la dosis del liquido que le devolvía la vista. Ambos soportaban este trámite en silencio; Sylvia, sentada junto a la cama de hospital que había alquilado mientras durara la estancia de Theo-mientras durara su vida, pensaba en él a veces-, contemplando las noticias o reposiciones de El show de lucille Ball o las noticias, tratando de no pensar en el duro trozo de tubo que llevaba clavado, un recordatorio constante de lo vasto y infranqueable que se estaba volviendo el mar que lo separaba de la cada vez más alejada orilla de los sanos. Y Sylvia estaba incomprensiblemente alegre. Todos los días te pedía que la acompañaras a algún sitio -a la biblioteca o al pequeño museo con las replicas de dinosaurios que tanto le gustaban de pequeño- y, cuando su delgadez y el bastón llamaban la atención, lo guiaba entre los mirones, decidida a protegerlo de cualquier cosa que pudieran decir o hacer. Los mismos que aquella tarde, hace tantos años, cuando lo empujó a través de un vestíbulo lleno de caras curiosas y sonrientes decidida a que nada interfiriera en el espectáculo de su visión. Menuda pareja tenían que a ver formado: un niño con unas gafas horribles y una madre que desafiaba al mundo al que se atreviera a decir algo. Esta calida y ventosa tarde de mayo habían ido a comprar para vengarse.

-Tu primo Howard celebra su fiesta de compromiso el mes que viene-explicó Sylvia en el coche-. Es una chica muy agradable, de Livingston. La conocí hace unas semanas y, de verdad, es una persona estupenda.

-Me alegro –dijo Theo-. Felicita a Howie de mi parte.

-¿Crees que estarás en condiciones de ir a la fiesta?

-No estoy seguro. ¿Y si le hago sólo un regalo?

-Ya se lo has hecho. Una bandeja de plata preciosa, si es que se permite decirlo. La nota de agradecimiento esta en la sala de estar.

-Mamá-dijo Theo-, por qué tienes siempre que….

Sylvia tocó el claxon a un camión que giraba a la izquierda en un lugar prohibido.

-Lo que yo digo  es  que es mejor que reciban algo que nada-dijo-; pero, ahora, el problema es que tengo que hacerle algún regalo a Howie, algo personal, y quiero que sea bueno. Que sea muy, muy bueno.

-¿Por qué?

-¿Te acuerdas de la baratija que te regaló Bibi cuando te licenciaste? Fue ofensivo.

-No consigo acordarme de tu regalo.

-No me extraña. Te regalo un vulgar juego de bolígrafo y pluma. El estuche ni siquiera era de piel. Así que es evidente que tengo que conseguir al verdaderamente espectacular para el compromiso de Howard. Algo que le haga palidecer. De todos modos, creo que he encontrado lo que buscaba, pero necesito tu  consejo.

-¿Mi consejo? Bueno, cuando Nick, mi antiguo compañero de piso, se casó, le regalé un aparato para machacar ajos. Me costo cinco dólares y reflejaba exactamente lo que para mí valía, en ese momento, nuestra amistad.

Sylvia se echó a reír.

-Muy ingenioso, pero mi idea es mucho más brillante porque me permite desquitarme con Bibi y, a la vez, hacerle a Howard el magnífico regalo que él  y su chica se merecen.

-Sonrió, a todas luces satisfechas consigo misma-. Ah, vivir para ver.

-Eso tú –dijo Theo.

Sylvia parpadeó.

-Mira, ya hemos llegado.

Aparcó el coche en una plaza reservada para minusválidos en la avenida Morris y salió para ayudar a Theo, que ya se levantaba del asiento sosteniéndose en el apoyabrazos de la puerta.

-Puedo arreglármelas solo-dijo con cierta irritación.

Sylvia retrocedió.

-Para ti, una ventaja clarísima de todo esto-dijo Theo apoyándose en el bastón- es que, de pronto, te es mucho más fácil encontrar aparcamiento.

-Oh, Theo, por favor-dijo Sylvia-.Mira, allí es donde vamos.

Lo condujo hasta una tienda de objetos de regalo llena de estatuillas de porcelana de Blancanieves y los siete enanitos, cajas de música que, al abrirlas, tocaban The Shadow of Your Smile, complicadas mezclas aromáticas en cajas forradas de papel púrpura y serpientes de trapos para colocar contra puertas y ventanas con corriente de aire.

-¡Señora Greenman!-exclamó un hombre canoso y jovila con una chaqueta de punto color crema-. Mira quién esta aquí, Archie, la señora Greenman.

Otro hombre, éste más delgado y parcialmente calvo, pero vestido con una chaqueta idéntica, miró desde el fondo de la tienda.

-¡Hola!-dijo sonriendo.

-Señor Sherman, señor Baker. Éste es mi hijo, Theo.

-Hola –dijeron los señores Sherman y Baker. Ninguno izo ademán de alargar la mano.

-¿Ha venido por el articulo del que hablamos la semana pasada?-preguntó el señor Sherman.

-Sí-respondió Sylvia-. Quiero el consejo de mi hijo. Se dirigió hasta un gran cuenco de cristal estriado, un cuenco muy de los cincuenta, sólido y con asas cuadras.

-¿Qué opinas? Es bonito, ¿verdad?

-Mamá, si quieres que te diga la verdad, me parece bastante feo.

-Cuatrocientos veinticinco dólares-dijo Sylvia con admiración-. Tienes que notarlo.

Entonces cogió el enorme cuenco y se lo lanzó a Theo, como si fuera una pelota de fútbol.

Los caballeros de las chaquetas se quedaron boquiabiertos y contuvieron la respiración. Cuando Theo lo cogió, las manos se les fueron hacia abajo. El bastón sonó al chocar contra el suelo.

-Pesa- dijo Sylvia, observando satisfecha cómo el cuenco le había hecho bajar los brazos-y, en lo que se refiere al cristal, el peso impresiona.

Le cogió el cuenco y lo llevó al mostrador. El señor sherman estaba enjuagándose la frente. Theo miró el suelo, todavía sorprendido de no ver restos de cristal alrededor de sus pies.

Como nadie parecía ofrecerle para recogerle el bastón, se inclinó y lo hizo el mismo.

-Cuatrocientos treinta y seis con veintiocho, con impuestos-dijo el señor sherman con una voz todavía un poco temblorosa.

Una oleada de placer se apodero del rostro de Sylvia en el momento de sacar el talonario. Tras el mostrador, Theo podía ver al señor Baker tocándose la frente con la mano y dirigiendo la vista al techo.

Parecía como si Sylvia hubiera estado buscando desde hacía mucho tiempo algo como eso, algo que fuera lo suficientemente pasado para dejar una impresión y, sin embargo, tan frágil que hiciera sufrir.

 

 

 

 

 

Salieron y se dirigieron hacia el coche.

    -¿Adónde podemos ir ahora? –preguntó Sylvia al entrar-. Tiene que haber algún sitio al que podamos ir.

    -A casa –dijo Theo-. Ya es casi la hora de mi medicamento.

    -¿Ya? Oh, bueno.

    Se puso el cinturón de seguridad, metió la llave en el contacto y se quedó sentada.

    Durante sólo un instante, aunque perceptiblemente, su cara de descompuesto. Cerró los ojos con tanta fuerza que la sombra azul de los párpados se agrietó. Casi con igual rapidez, volvió a la normalidad, y momentos después estaban conduciendo.

    -Hace cada vez más calor –dijo Sylvia-. ¿Pongo el acondicionador de aire?

    -Vale –dijo Theo.

    Estaba pensando en el cuenco o, más concretamente, en lo sorprendente de su peso, que le había obligado a bajar los brazos. Llevaba ya un rato preocupado por su madre, preocupado por el daño que su enfermedad podría estar causándole en secreto y que, por supuesto, ella nunca admitiría. En la superficie, las cosas parecían normales. Seguía hirviéndose todas las noches para cenar una pechuga de pollo sin piel, seguía nadando os kilómetros cada día, seguía guardando en la nevera bolsitas de té usadas envueltas en papel de aluminio. Sin embargo, también lo había despertado una madrugada a las tres para decirle que iba al supermercado abierto las veinticuatro horas y que si quería algo. Y estaba lo de la tienda de regalos: le había lanzado el cuenco, literalmente, se lo había lanzado como si fuera una pelota y, mientras el gran destello volador cargado de potencial pesar se le venía encima, se le ocurrió que ella estaba confiando, de entre todo el mundo, en sus dos débiles manos para evitar la rotura. ¿Qué intentaba demostrar? ¿Su recién recobrada visión? ¿La seguridad de que estaba ahí, vivo, que él, un niñito perdido con gafas adornadas con diamantitos de imitación, todavía no había escapado a sus cuidados? Hay ciertas cosas que uno ya ha hecho antes de pensar en cómo hacerlas: un niño apartado de la parte delantera de un coche, por ejemplo, o en el cuenco, que Theo ya sostenía antes de que pudiera incluso empezar a calcular su breve trayectoria. Los brazos se hundieron bajo el peso y, desde esa ridícula posición, había mirado a su madre, que le sonreía de oreja a oreja como si, en la guerra ente el peso y la rotura, la hubiese ayudado a ganar alguna pequeña pero continuada victoria.

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-