"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




19 de Junio, 2013


AILÉN GAGLIANO

Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Junio, 2013, 19:43 por MScalona

 

Siempre odié los diarios. Desde que aprenden a escribir hasta más o menos los once años las nenas reciben obligatoriamente para cada cumpleaños al menos un diario íntimo. Existía un solo caso en el que recibir ese libro sin tinta dentro, sin nada que contar, representaba un motivo de ¿alegría? Y el caso era que ese compañero, amigo, conocido de la familia, de esos que los padres son amigos del cuñado de tu tío y que sólo se ve en cumpleaños y funerales, fuera quien lo regalaba. Eso suponía, o al menos en mi cabeza de ocho, nueve años, que aquel muchachito de sonrisa irresistible quería claramente que una escriba sobre él. Porque claramente, él y sólo él había decido regalar ese objeto tan íntimo (que adjetivo estúpido; a los ocho años me parecía grandioso. Esta es la primer explicación de por qué nunca escribí un diario) y para nada tenía que ver que la madre compraba los regalos y que obviamente era más barato que un collar y mucho más barato que la ropa. ¡Qué trastorno intentar llenar esas páginas! Siempre fui tan inconstante: garabateaba dos o tres pavadas y eso era todo. No a pesar, sino en consecuencia de ser tan exigente, creo. Odiaba releer esas palabritas de nena, esas letras que simulaban una caligrafía consistente, artificial, que jamás tuve y descubrir que unos meses después, o a veces días más tarde, podía escribir lo mismo con mayor precisión y calidad.
Sé que esta vez me va a pasar lo mismo.

 

Mañana es el cumpleaños de S. No suelo salir, por lo tanto no tengo ropa para hacerlo. Además, las vidrieras están llenas de calaveras y cruces; si alguien sabe dónde venden ropa para gente normal, ¡por favor que me lo informe ya! Me fui a comprar un par de medias. Tenían dos tipos. Odio decidir bajo presión, (ese tema de la perfección) compre las más caras por ese extraño e inconsciente presentimiento de que lo más caro siempre es lo mejor. Llegue a casa y me las probé. ¡Parezco una prostituta! Las voy a usar lo mismo.

 

F. quiere que vayamos en auto. No me gusta un carajo. Los viernes a la noche la calle esta minada de autos; no es como los domingos que no anda nadie. Me gusta salir con F los domingos; los viernes, lo dudo.

 

El viaje con F. fue mejor de lo esperado, incluso agradable. F. tiene esa facilidad para generar, a partir de un momento x, una situación de completa felicidad. Lo cual no termino de entender. F. es todo lo contrario a lo que siempre busque en una pareja; y así y todo, siento que es perfecto para mí. ( otra vez esa maldita palabra)

Dormir es como teletransportarse o como viajar en el tiempo uno cierra los ojos un instante y no puede creer que cuando los abre haya pasado todo ese tiempo. Y en el mejor de los casos algunos casos en otro lugar.

Llegamos a San Jenaro en un abrir y cerrar de ojos (o al menos uno mio). Trasnochar antes de un viaje tiene sus ventajas.

 

El tiempo consiste en dos estadíos:

a.      Recodar el pasado; y

b.      Planificar el futuro.

El presente sólo es el plano material en donde convergen la nostalgia y el anhelo.

Aquellos que insisten en “vivir el presente” no hacen más que generar un pasado vacío y anular su futuro.

 

La nostalgia es un espejo que duplica lo vivido rescatando nuestro tiempo de las garras del olvido.

 

¡Odio mis mayúsculas cursivas! Tengo que estudiar.

 

Domingo refamiliero. Quisiera estar en cualquier otro lugar-, salvo por el postre.

 

El viaje de vuelta siempre es agonizante desesperante. La próxima vez me voy en colectivo. SOLA.

 

Mañana facultad. Hay que dormir temprano.

 

Vengo atravesado por un lunes de terror y no lamento otra tardecita sin sol.
Tengo la sospecha de que también fui feliz, tengo tantas ganas de parar y de seguir o de fugarme por algunos hilos de mí.

Lunes de matemática y dentista.

27/05/2013                 23:09

F

Sip… Y mnn charlamos :) perdon, pasa q tmb tengo muchos parciales, rindo esta semana y la otra y la otra tmb… cdo ya esté en la otra casa estams mucho mejor

Rta:

27/05/2013                 23:18

F

Y entonces yo voy a tener parciales, jajaja

 

Donde lo pondient ten los d os negr Darío: hijos p Carlo y Ste la Ac J na, Ell uilio her brinos as 17 30 de er, cuan los orro mprobar pers royo, a la alt ayer una recorrida eña. Uidos contamina el n apuleado arroyo.

 

5 teorías sobre los colectivos

1.      La probabilidad de que el colectivo pare es inversamente proporcional al tiempo con que se cuente.

2.      La recta metálica de pendiente 0 cuya ley aproximadamente debería ser y=1/4 de ventanilla fue diseñada especialmente para dificultar en exceso la visualización de la altura de las calles.

3.      Los postes de las paradas a ciertas horas x del día rotan entre sí para inconveniencia del pasajero.

4.      Cuando la densidad de población del colectivo alcanza su máximo aparece al final del colectivo una olla de oro, un aleph, o el boleto ganador del quini. Y es por eso que las viejitas y las gordas con 20 pibitos agarrados de las manos son capaces de acabar con cualquiera que se encuentre en el pasillo.

 

MATEMÁTICAS MATEMÁTICAS MATEMÁTICAS MATEMÁTICAS

Faltan 14 días y 4 horas y 13 minutos para el parcial. 14 días y cuatro horas y 13 minutos sin leer ni escribir nada referido a límites y derivadas. Queda el consuelo de esperar 5 días más para el concierto.

 

Particular de matemática. ¡Resuelvo indeterminaciones! Ojala se aplicara a la vida también…

 

Sin tiempo

 

Qué maldición, me estoy quedando un poco solo. Igual deja, voy persiguiendo mi verdad Es el principio de todo…

Paro de universidades. El Dr. S no se adhiere. Quimica hasta las 10. Reglas de Fajans. ¿Tendrá eso algo que ver con que me hayas “deformado” asi?¿seré yo el anion?¿será por alguna de esas propiedades que ya no soy la que era?¿ y que por tu efecto de polarización hay veces que no me reconozco? ¿Será por el carácter covalente que me descubro a veces con tus gestos? Probablemente compartamos más que sólo una nube difusa de cargas eléctricas. Aunque en realidad estemos compuestos íntegramente de eso.

 

Es la 1.20. Ya es jueves, mierda. Que poca bola le di a esto. Estudié todo el día, límite tras límite; rompí indeterminación tras indeterminación. Y mañana otra vez particular. Escribir no es tan fácil cuando no se es adulto. Lo mismo que tener plata, o salir por ahí, o pagar algo. Escribir mientras se estudia, para una persona EXIGENTE, es como manejar por Pellegrini a las 7.00; 12.00; 01.00 y 07.00 de la tarde. Es insostenible no poder mandar todo a la mierda y dedicar el día a dibujar fonemas que se conviertan en bases que se conviertan en palabras que se conviertan en sintagmas que se conviertan en oraciones que se conviertan en párrafos que se conviertan en algo que nada tenga que ver con el álgebra ni los enlaces químicos. Y hacer eso por necesidad, como respirar o dormir. Nadie muere de sueño; probablemente muchos hayan muerto por no escribir. O por no ser leídos. El escritor es como un cura deja todo de lado para enfocarse en lo que le compete sea dios sean los dioses griegos, los adioses, las mil y una noches, o los cien años de soledad, hace un juramento de mantenerse célibe porque cada instante de su vida debe ser dedicado a su trabajo.
El escritor también se parece a un cura  porque aunque en general (y me vienen bien para la comparación estos últimos tiempos)debe mantenerse en lo correcto, adecuado y conveniente; se enfrenta con infinitas realidades de lo mismo. Y menos mal porque de no ser así el escritor sólo podría ser escritor una vez y sería para escribir su diario.

¿cómo estudiar?¿cómo hablar con la gente? ¿Cómo trabajar? ¿Cómo ser sólo el escritor? Si cada personaje que conoce el escritor pasa a convivir con él y compartir porciones de sus pensamientos. Todavía no escribo nada y ya siento que estoy volviéndome loca.

 

Mañana jueves. Química otra vez

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                                                                    Ailén

NADA QUE VER en la Biblioteca Nacional

Publicado en Sugerencias. el 19 de Junio, 2013, 13:46 por MScalona

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nada que ver

.muchas de las autoras fueron o son integrantes de NUESTRO TALLER.

Un lujo che… llegar a la Biblioteca Nacional. Lo que vale es el libro, obvio: excelente. Se trata de una antología de cuentos de catorce autoras rosarinas, nativas o por adopción.  Muy buena muestra de la literatura joven de mujeres de la ciudad.   

MARCELO CASTAÑOS

Publicado en Cuentos el 19 de Junio, 2013, 12:16 por MScalona

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EL POZO

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El Gordo había llegado a la casa de Mauro cuando se desmoronaba por todos lados y en todos los sentidos. Y le había venido justo. Desde su aparición había acomodado las cosas a su manera, invadido todos los espacios, apropiado de cada rincón, y ejercía un reinado sin nobleza.

El gordo era un fornido que caminaba con las piernas entreabieras, como si no pudiera juntarlas. La camisa abrochada hasta el último botón le apretaba el cuello y le ponía todavía más roja la cara. Pelado en la azotea misma de la cabeza, canoso sobre las sienes y bien rapado a la altura de la nuca, respiraba con algo de dificultad, como si los pulmones no pudiesen abrirse del todo por la presión que ejercía el mismo cuerpo hacia adentro. Las manos gruesas y belludas, los pies grandes, la espalda continental, el cinturón bien apretado debajo de la panza, por delante, y un poco arriba de la cintura, por la espalda, siempre buscaba la posición para sentarse, como los perros que giran sobre sí mismos antes de echarse, estirar los cuellos y dejar las cabezas dormidas sobre piso. El Gordo se le aparecía como un sujeto monstruoso y al mismo tiempo omnipresente. Tenía la voz difónica, con la que hablaba todo el tiempo chorreando altanería, con frases hechas y llenas de moralejas. Y siempre tenía un recuerdo que venía al caso.

Había llegado con lo puesto, y un uniforme del Servicio Penitenciario que colgaba enfundado como un trofeo en un perchero. Estaba retirado, no sabían por qué. Aunque parecía más grande, era joven todavía para el retiro. Pero esa era la parte de la historia que nunca contaba.

Durante esos años, el Gordo había impuesto una disciplina de moral dudosa, una lista caprichosa de ejemplos del deber ser, y había encausado las cosas con un rigor tan arbitrario como cargado de penitencias. 

- Ella puede tomar todo lo que quiera, yo no puedo repetir la comida, aunque tenga hambre- se quejaba Mauro sin hablar. -Claro, él también toma, por eso la deja. Pero ella se duerrme, él no-. 

El ritual de las botellas vacías al lado del tacho de basura se había hecho cada vez más evidente, más cotidiano y visible. La madre se encerraba horas hasta aparecer con los ojos vidriosos, la boca húmeda, el pelo desarreglado. El Gordo no la trataba mal, no al menos a los ojos de Mauro. Sencillamente la dejaba consumirse, flagelarse. -No vale la pena tratar de salvar lo que ya está perdido- decía. Habían buscado un hijo que no llegaría nunca, y esa derrota había levantado muros adentro de esa casa donde todos parecían extraños. A Mauro le daba igual, él iba armando su coraza de chico solitario, hosco, desconfiado.

El padre de Mauro había muerto en aquél incendio de la fábrica de envases de plástico, donde había entrado a trabajar después de una temporada larga de desempleo. Lo reconocieron por el anillo y las piezas dentales. El plástico quemado lo había desfigurado completamente. Mauro apenas se acordaba, era muy chico, aunque estaba ahí cuando sacaron el cuerpo. 

Después vino el desbarranque, la casa venida a menos, el abandono. Y al final, el Gordo, con su colección de reglas y castigos: secar los platos, limpiar el auto, quedarse sin merienda, bañarse con agua helada...Las imputaciones: comer fuera de horario, dejar la ropa fuera del placard, bañarse y no secar el piso, perder una media. No era exigente con la escuela, quizás porque la creía otro esfuerzo inútil. Era implacable con detalles insignificantes, y eso sí, lo peor que se podía hacer era burlar su confianza.

De todos los castigos, había uno al que Mauro más temía: el pozo. El lugar más sombrío, la penitencia más siniestra, la suma de los tormentos que llega con la soledad y la oscuridad absolutas.

El pozo era un viejo ropero de madera gruesa al que el Gordo había reforzado con una cerradura de doble entrada y usaba de armario. Estaba en la pieza de atrás, que el Gordo había convertido en taller y depósito de herramientas. Una de las puertas se trababa desde adentro con dos cerrojos que la agarraban al marco. La otra se cerraba con llave.

El armario tenía una cajonera donde se depositaban mechas, clavos, tornillos, tarugos, bulones, cables. Y un cajón, el más grande, el de abajo, estaba reservado para las cerraduras, las llaves y los candados. En el fondo se veían los contornos de las herramientas y los clavos para colgarlas. El piso estaba ocupado por un latas de pintura y enduido que dejaban un pequeño espacio libre. 

Allí iba a parar Mauro cuando la sentencia era máxima. Media hora primero, una después, y los últimos tiempos hasta dos. El Gordo entornaba la puerta y desde afuera mascullaba la frase que tendría que servir de enseñanza. -Ahora vas a aprender...- El pozo era la cueva del pánico, el lugar donde el cuerpo temblaba irremediablemente. Aunque el chico quisiera inventar luces terminaba imponiéndose la negrura. Los primeros minutos eran de llanto, con las manos en la cabeza y los codos apoyados en las rodillas. Después la sensación de ahogo, la claustrofobia, y a lo último un rencor atragantado.

-No basta con encerrarlo en la pieza. Este, con la cabeza como la tiene, podrida, se inventa un mundo y la pasa mejor que afuera. No, tiene que ser peor, como allá- decía el Gordo.

Una vez Mauro fue a parar al pozo y despertó en su cama. Después supo lo que había pasado.

La pieza-taller era la última de la casa, estaba en una esquina, contra la medianera que daba al tinglado y otra que se levantaba por lo menos tres metros y medio, que separaba la casa de un viejo taller abandonado. 

La casa era la típica construcción chorizo que daba tanto a la calle como a un pasillo lindero, por el que también se podía salir. La llave estaba escondida en el hueco que dejaba un zócalo, un detalle extraño en una casa donde las medidas de seguridad eran regla de oro.

Mauro no tenía amigos ni en la escuela ni en el barrio. Era un nene silencioso, retraído, ensimismado en sus fantasías. No prestaba mucha atención en clase, donde se pasaba dibujando caras sobre garabatos irregulares, tallando las tizas o acomodando la cartuchera. Flacucho a la fuerza, ojeroso, de mirada perdida, pasaba por zombi entre el resto de los chicos. No le gustaba la pelota, y no tenía carácter como para acercarse a los nenes de la cuadra, que tampoco se preocupaban por integrarlo. El barrio era, puertas afuera de las casas, bastante tranquilo, y los chicos callejeaban siempre. Pero no Mauro. 

Solamente Yanina, una vecina que vivía a tres casas de distancia, había podido atravesar esa puerta que -no podía ser de otra forma- se cerraba con doble llave.

Yanina había llegado hacía pocos meses con su madre. El padre las había dejado y la madre no pudo mantener su casa anterior. Alquilaban un departamento interno en el fondo de una casa, esa típica partición donde había lugar para un pasillo y una construcción barata que se levantara en lo que antes fueran patios traseros grandes. Era más chica que Mauro, bastante, y en una edad en que las diferencias se notan más. El nene la había recibido primero con menoscabo, pero después empezó a sentirse familiar con esa presencia, y aunque la distancia no se terminaba nunca de acortar la había aceptado, le inventaba juegos o se acomodaba a los que ella proponía. El siempre le llevaba disimulada ventaja: en las cartas, en las escondidas, en las figuritas que ella no entendía pero que le divertían.

-¿Cuándo me vas a mostrar el pozo de las luces?- le preguntó ella un día. -Shhh, es secreto, que el Gordo no se entere- le contestó, aterrado de que hablar del tema fuese motivo suficiente para ir a parar a aquella mazmorra. Pero él ya lo habia pensado. Alguna vez alguien tenía que conocer la oscuridad tal como la conocia él. Era un secreto demasiado guardado como para cargarlo solo. Y aunque esa nena de pecas y trenzas a los costados de la cabeza no tenía pecados que comulgar, el solo hecho de haber entrado a la casa, de conocer al Gordo, la hacía merecedora del castigo. Y mientras más construia su mundo fantasioso, más sofisticado se volvía Mauro en la forma de transmitir el dolor. Ya no era el golpe, ni la asechanza de viejos pordioseros, ni el castigo materno. Empezaba a volverse más retorcido, más vengativo. Y el único lugar donde podía caber la venganza era en ese ser sin maldad, incapaz de defenderse...o de atacarlo.

Esa mañana del jueves la madre le dijo que pasarían el domingo afuera. Irían ese fin de semana a la casa de unos tios, a unos 70 kilómetros de la ciudad. Era por un día, pero ella quería descansar, salir de la casa. Estaba lúcida, como la veía de mañana. Después él se iba a la escuela y cuando volvía, ella ya era otra, ya empezaba a perderse, a confinarse. Y esa mañana estaba especialmente brillante, entusiasmada con el anuncio. 

Los días pasaron rápido. El fin de semana se le vino encima, el sábado se esfumó entre juegos solitarios y penitencias. Y llegó el domingo.  

Mauro se levantó temprano y fue a buscar a Yanina. No era lo acostumbrado, la niña era la que golpeaba la puerta de adelante o entraba por el pasillo. Pero ese día él tenía una buena excusa: podían jugar solamente un rato juntos antes de que se fueran.

El juego elegido eran las escondidas. Mauro le dio la chance de que se ocultara ella, salía a encontrarla rápido cuando se escabullía adentro de la casa, pero la dejaba ganar para volver a contar él. Le iba allanando el camino hacia el destino final, el escondrijo que la volvería invisible.

-Uno, dos, tres...diez, once, doce...- Yanina vio la pieza de atrás, inexplorada, misteriosa. Corrió, abrió la puerta y volvió a cerrarla desde adentro. La chapa crujió, pero él se hizo el desentendido. Terminó de contar y fingió buscarla adentro de la casa. -¿Dónde se habrá medido? ¿Dónde estará?- decía lo suficientemente fuerte como para ella pudiera escucharlo. Caminó despacio hasta la pieza-taller y entró. No le costó nada darse cuenta de que la niña estaba en el pozo. Era el único lugar donde realmente podía ocultarse. El resto de la habitación estaba bastante despejado. -¿Dónde se habrá metido esta nena?- Sabía que ella iba a aguantar en silencio, con respiración contenida. Le gustaba ganar, y él la había convencido de que era un contrincante fácil. -¿Estará acá? ¿A ver?- No abrió la hoja del ropero, empezó a golpearla como llamando a una puerta. Y no lo hacía para llamar la atención, sino para tapar el ruido. Mientras golpeaba, fue deslizando despacio la otra mano hacia la llave y la hizo girar.

-Mauro!- escuchó que llamaba la madre desde adentro. -¿Dónde estará esta nena? ¿Dónde estará?- volvió a decir mientras salía de la pieza. -¡Voy ma!- dijo ya desde el patio.

-Andá al baño antes de salir- le dijo la madre. -No vaya a ser que te agarren ganas en el camino-

Se metió en el baño. Sabía que todavía tenía un rato hasta que Yanina se decidiera a dejar el escondite. Al entrar había visto al gordo vaciando el agua de la pava adentro de un termo, último detalle de los preparativos. La madre golpeó la puerta, él le dijo que ya salía, aunque se quedó un rato dejando pasar el tiempo. Ella volvió a golpear y él salió. -Vamos, ahí viene Jorge- le dijo, y los deslizó hasta el auto con la mano pozada en la espalda.   

El gordo llegó poco después con el termo y el mate. Se los pasó a la madre y arrancó. Mauro miró hacia atrás y vio cómo la casa se alejaba, se iba haciendo más y más pequeña, confundida con las otras en la hilera de puertas. 

-¿Y Yanina?- preguntó el Gordo.

-Se fue-. 

-No la vi salir-

-Salió por el pasillo-.

-¿La acompañaste hasta la calle?

-Sí-, mintió.

-Ah bueno-, se tranquilizó el Gordo. 

El auto encaró la ruta      

Mauro vio cómo la ciudad iba desapareciendo y sintió una mezcla de ansiedad y angustia. -¿Cómo estará? ¿Se creerá todavía que van a aparecer las luces? ¿Estará cerrando los puños, temblando, moviendo todo el cuerpo y dando patadas al pozo? ¿Se estará tragando la lengua, como dice el Gordo que hago yo cuando me pongo loquito?-

-La ignorante de tu madre quería llamar a un cura cuando te pusiste así. Qué bruta. A mí me va a venir con curas. ¡A mí me decían en exorcista! Cuando entraba de guardia los enfermos y los loquitos se curaban de golpe. Nadie pedía ir a la enfermería. No iban ni aunque quisieran. Ya sabían esos que detrás de la enfermería estaba el pozo-. Esto último lo decía en voz baja, para sí mismo. -Se les iban todos los problemas, decían que hasta el diablo se espantaba-, contaba, entre risas que se ahogaban por la difonía. -Y eso que había un par de loquitos con esas cosas que te agarran a vos-.

-Es una nena muy buena Yani- volvió sobre el tema el Gordo.

-Sí

-Tenés que estar agradecido de tener una amiguita así. A vos no te da bola nadie. Tenés que cuidarla.

-Sí, es buena, pero yo también soy bueno y voy al pozo igual- pensó. Y aunque la imagen de la chica temblando en convulsiones se le vino una y otra vez, se durmió.

El día de paseo se hicieron dos. La noche los agarró antes de salir y la madre estaba descompuesta. Mauro sintió primero un cosquilleo y después una puñalada en el pecho. Ya no podía decirlo. -Yo pensé que se había ido, es verdad, no la acompañé hasta la puerta, pero ella me dijo que se iba y después no la vi más- empezó a armar su testimonio. 

Tardó siglos en dormirse, miraba la lámpara apagada con la poca luz que llegaba del pasillo y entraba por hueco de la puerta entornada. Tenía los ojos abiertos y jugaba a no parpadear, los labios apretados, la mandíbula dolorida de tanto hacer fuerza. El Gordo roncaba desde hacía rato y la madre estaba desmayada.

-Te pasa algo Mauro- le había dicho la madre cuando esperaban al Gordo e el auto, cuando todavía podía mirarlo. 

-No, nada-

-¿Seguro?

-Seguro.

La verdad podía ser el remedio para la nena, pero del otro lado estaban el Gordo, el pozo, o un castigo todavía peor. ¿Cuánto podría aguantar Yanina? ¿Cuanto tiempo iba a tardar la mamá en buscarla? -Seguro llamaron a la policía, o se metió y trató de abrir la puerta- trataba de elucubrar. Cuando volviera, iría directamente a abrir el armario y dejar que el resto lo descubrieran los demás. O ya estaría todo el barrio buscando. -Yo no sabía nada- se dijo una, dos, mil veces imaginando la escena, temeroso y al mismo tiempo seguro de haberle dado al monstruo una estocada de la que no se iba a reponer nunca. A él le iba a ir mal, pero el Gordo iba a concentrar la suma de las acusaciones.

Tardó en despertarse ese lunes. No estaban ni el Gordo ni la madre.

-Fueron al centro del pueblo a comprar unas cosas- dijo la tía.

Volvieron y almorzaron en aquella casa. Mauro lo vivía como el último. Nada iba a ser igual después.

Cuando subieron al auto, alcanzó a ver el bulto en el asiento de adelante.

-¿Y esa muñeca?

-Se la llevamos a Yani. Le compramos eso y unos conitos de chocolate- dijo la madre, que agarraba el juguete de las manos y lo amacaba.

-Tenés que estar contento de tener una amiguita asi- insistió el Gordo una y otra vez. 

Mauro miró por encima del hombro de la madre. Era una muñeca de alpillera; la boca, que le atravesaba toda la cara, estaba hecha con puntadas de hilo rojo, y los ojos, abiertos y tiesos, con lentejuelas. Tenía el pelo rubio con dos trenzas a los costados y unas pecas groseras dibujadas sobre la mejilla. Mauro no quiso verla más, tenía la sensación de que lo seguía con la mirada y llevaba la cabeza hacia atrás, con un además de tragarse la lengua. Eso lo torturó todo el viaje. 

Las imágenes se iban amontonando de forma vertiginosa. Quería gritar, confesar, no aguantaba más esa presencia. Pero se contuvo, a esa altura nada iba a cambiar el rumbo de las cosas, salvo el suyo mismo.

Casi se baja con el auto en marcha cuando llegaron. No había policías ni bomberos, nadie se había amontonado; la casa, la cuadra, el barrio, eran los de todos los días. No supo si era bueno o malo. Corrió, no quiso esperar que llegaran a abrir, entró por el pasillo, sacó la llave escondida y fue directo al pozo. Se detuvo un segundo antes de tornar la llave, finalmente la abrió.

Estaba allí, los ojos abiertos, las manos petrificadas con los dedos como patas de araña, y un mechón de pelo todavía colgando de una mano, la garganta rasgada hasta sangrar por la desesperación del ahogo, la boca entreabierta y la lengua hacia atrás, inmóvil, cadavérica. 

Mauro estiró la mano para taparle los ojos, el brazo de deslizó hacia adelante. La mano atravesó el espectro y se pozó sobre uno de los tachos de pintura. La corrió hacia un lado y encontró otro tacho, y otro. Destrabó la otra puerta y la abrió. Buscó en el absurdo, abrió los cajones, tanteó el fondo. -No está, no está- se dijo mientras empezaba a sentir que la respiración lo traicionaba. -Yo no fui, no fui- Giró sobre los pies y miró a todos los costados, temblando y respirando bocanadas de aire cada vez más continuas. Fue a la puerta y la entreabrió. Sintió los ruidos adentro de la casa. Volvió a buscar en el armario, se paró sobre la base y dio un salto para poder mirar el techo. -No está-. Volvió a buscar en el armario.

Su misma respiración hacía un ruido de fuelle que no podía contener. Quizás por ello no advirtió la presencia detrás de él. Fue un golpe seco en el espinazo. El pie del Gordo medía casi lo que su espalda. Cayó adentro del pozo y vio cómo se entornaban las puertas. Y antes de que se cerraran por completo, llegó a ver la cara redonda, con la camisa abrochada hasta el último boton, más colorado que nunca.

-¿Así que la vas de carcelero vos?- La boca largando esa frase fue lo último que vio. La llave giró. 

-Ahora vas a ver en serio lo que es el pozo, cabeza podrida-.

Ya en la oscuridad, quiso entender lo que pasaba. Era un sueño, un mal sueño de esos que tenía cuando el Gordo lo mandaba a la cama sin cenar.

Allí, en medio del silencio, aguzó el oído. Sentia voces en la casa. Y reconoció el timbre agudo:

-Si usted no me sacaba antes de salir ¿me iba a quedar todo este tiempo ahí?- Las voz se sentía lejana, casi inaudible, pero Mauro la escuchó.

-No, nena, eso no iba a pasar nunca. No tenés idea de dónde vengo- escuchó que el Gordo decía con la voz fuerte, adrede. -¡Yo tengo ojos hasta en la nuca!- Y eso lo dijo gritando, girando la cabeza y un poco más la boca para hablar hacia atrás sin darle la espalda a la chica.

-Llevate la muñeca y esos copitos de chocolate, convidale a tu mamá y decile que yo le voy a hablar. Ah, y no te olvides, hoy estuviste jugando con Mauro. 

 

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                                                                                Marcelo Castaños

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-