"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




14 de Junio, 2013


LAURA BERIZZO

Publicado en relatos el 14 de Junio, 2013, 15:44 por MScalona

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Los puntos de la carne

 

 

Tengo la mala costumbre de prestar atención a las conversaciones de las personas cercanas cuando ceno sola. En la parrillita del barrio, sentada junto a la ventana abierta porque no funcionaba el aire, generalmente no funciona; escucho una voz femenina que viene de una mesa en la vereda ¡seco!.

En la conchocracia el asado se come seco.

Frente a ella, descubro a Pablo con claras pretensiones amorosas, que se dirige al mozo con resignación, encogiendo los hombros y cediendo su masculino “a punto” ante la implacable mirada de la conchócrata de turno.

Ella no puede hacer otra cosa que renegar de la sangre.

Comen en silencio, se miran a veces entre copa y copa, se levantan, se despiden en la esquina sin un beso, él le para un taxi, ella sube. Ya no se miran.

Pienso que irremediablemente, no habrá nada que hacer. La imagino insatisfecha pensando ¡Qué pase el que sigue!

Termino mi entrecot, medium well. Mi vecino, el guapo del 5to, duerme en mi edificio, solo, otra vez.

 

 

 

Limitaciones

 

Mi infancia estuvo plagada de un fuerte temor de mis padres a que me ahogara en el río. Cada mediodía, a partir de setiembre cuando empezaba el calorcito, los almuerzos se poblaban de historias de muertes trágicas en el Carcarañá. Con mis hermanos, tuvimos que tomar cientos de cursos de natación con cuanto profesor novedoso llegara al pueblo. Nadé vestida a las 8 am todos los sábados de verano durante años sintiendo un frío mortal e innecesario porque jamás me gustó meterme al río. Abandoné la pesca de mojarritas con mi abuela los domingos a la tarde y por consecuencia, esas exquisitas frituras con vino y soda que comíamos a la tardecita.

A los 15 años, ya había desarrollado un temor completo a la oscuridad, a los seres sobrenaturales que habitaban detrás de la cortina del baño, a los perros callejeros y domésticos, a las palomas de la plaza, a las gallinas del patio de mi tía Teresa, a las imágines satelitales del espacio de un atlas y a las alturas.

A los 18, ya no tenía conexión real ni con el cielo ni con la tierra.

A los 32, luego de 17 años de deambulación por divanes de todos colores y texturas, logré casarme con poco éxito.

Actualmente, detesto el Google Maps, presa de una ansiedad inexplicable y un gusto metálico en la boca, no puedo abrir ningún archivo.

 

 

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                                                                           LAURA  B.

 

 

ROSARIO SPINA

Publicado en Aguafuerte el 14 de Junio, 2013, 15:29 por MScalona

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¡Se te pasa el arroz!

 

Este tema me tiene especialmente crispada. Cada vez que alguien me pregunta cuánto hace que me casé, sé que detrás vendrá la inevitable cuestión. Imaginan cual… ¿cierto?

 

La verdad, no me interesa entender si es costumbre, tradición o boludismo del que pregunta. Pero deberían saber que una mujer que todavía no tiene hijos igual tiene una vida y —seguramente—   está muy feliz con ella.

 

Hace tiempo crucé en un bar a una conocida del lugar donde nací. Haciéndole honor a una indiscreción bastante pasada de moda, no dudó en meterse de lleno en mi intimidad y luego del ¡cuánto tiempo que no te veo! lanzó la odiada cuestión. Y lo más llamativo de esta chica —de esta gente, porque son unos cuantos— es que se creen con derechos por haberse cruzado con vos una veintena de veces en la calle o en el súper. Y a veces, ni siquiera eso.

 

La cosa es que luego del fastidioso cuestionamiento, mi respuesta no tardó. Le dije que esas preguntas son de otra década y que entonces ella también ya estaría pensando en tener un hijo (tenemos casi la misma edad). Entonces, agregó: ¡Ah, pero vos estás casada!

 

¡Claro! ahora resulta que casarse te habilita automáticamente (o más bien, TE OBLIGA) a quedar embarazada en los próximos 18 meses. Bueno, avisémosle a las que están embarazadas y en concubinato, a las que esperan un hijo y recién están de novio y bueno, ni que hablar a la que quedó embarazada y duda sobre la paternidad de la criatura en camino. En la lógica de estas personas ésas son unas locas bárbaras ¿cierto?

 

Pregunto: ¿Cuál es la relación que establecen estas mujeres con el desubicado cuestionamiento del Para Cuando?

 

A veces sospecho que es como una provocación de tiempos pasados. Por un lado, de las que ya son madres: “A mí ya me tocó, te paso la posta, no te hagas la tonta. Que el caos se te arme a vos ahora”. O un recordatorio de las aún más jóvenes, algo así como: Ya estás grandecita ¿todavía no pensás embarazarte?

 

Sí. Se nos pasa el arroz. A que seguro alguna tía desubicada ha usado esta metáfora doméstica para creer que nos apurará el trámite ilustrando la situación de ese modo. Olvidan que muchas –además- no somos Narda en la cocina, y al fin y al cabo ¿cuál es el problema del arroz pasado?

 

¿En serio esta gente cree que ayuda con cuestiones tan fuera de lugar? ¿De verdad ignoran que si quisiéramos ser madres, ya lo estaríamos siendo sin aguardar sus inesperadas opiniones?

 

¿Y qué sucede con estas preguntas desubicadas cuando la mujer en cuestión no es mamá no porque no quiere sino porque no puede? ¿Las obligan a hacerles un doloroso inventario de las razones por las cuales no logran tener hijos?

 

Y no me vengan a hablar de “instinto maternal”. A ver, díganme, ¿desde cuando la sociedad de “La Razón” valora tanto seguir improbables “instintos”?

 

Es verdad, la sociedad espera que las mujeres en edad fértil tengamos hijos. Como también espera que las gordas se conviertan en flacas, que las hippies dejen de tejer trenzas y se busquen un laburo de oficinista, que las de más de cuarenta se borren las patas de gallo, que la chata se ponga unas tetas infartantes…la sociedad espera, sí. Pero que haya boludas que sigan repitiéndote estos mandatos sociales como si fueran la Constitución Nacional, al menos déjenme decirles que molesta, que incomoda, que desde el momento en que hacen esa pregunta se paran en el lugar de ridículas juezas de organismos liderados por un machismo retrógrada. Les faltaría completar la idea con “y acordate de atender a tu marido para que no se vaya…”

 

Así estamos señoras. La maternidad, como tantas otras cosas en esta sociedad, está sobrevaluada. Y las que decimos que no —por el momento, o por siempre— somos vistas como bichos raros. Como inexplicables fenómenos mutantes.

 

Pero no faltan de las otras. Las del bando “hago mi vida y no jodo la tuya”. Vos, lectora, si estás navegando en este sitio, vos seguro sos una de ellas. Y obviamente te cruzarás con las inquisidoras en algún momento de tu vida. Cuando ese día llegue, lectora, y la pregunta salga, mirala a los ojos, dedicale una carcajada gigante y no pronuncies ni la más mínima respuesta. No le digas nada. Que alguna vez aprenda lo valioso que puede ser  callarse la boca.

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                                                                                          Rosario Spina

 

JOAQUÍN YAÑEZ

Publicado en Aguafuerte el 14 de Junio, 2013, 14:35 por MScalona

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Miedo

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Me decidí. Bueno, me decidieron en realidad. Me decidieron a escribir mi primer libro de autoayuda ¿por qué no, acaso no escribió dieciocho el licenciado de las cosas tóxicas sin que nadie lo meta preso? Y no es que dude de la capacidad de Bernardo de solucionar todas las neurosis humanas, sino que… o sí, es eso.

Tomé la decisión en la farmacia que está en la esquina de Grandoli y Becquer; entré acompañando a un amigo de los que me quedó en Tablada, el tipo necesitaba un no sé que coso para el hijo de la mujer que tenía  angina. Por mantener la costumbre de contarnos entre los protagonistas las mismas anécdotas una y otra vez, veníamos hablando de cuándo salimos de laburar y, los dos vestidos de central, decidimos tomar un porrón en el quiosco de Grandoli y Lamadrid, nos reíamos de que casi nos matan, de hecho, fue un milagro que no nos mataran; frente al quiosquito había una “sala de videojuegos”, que en realidad era un lugar tétrico, sin ventanas, lleno de reventados, y como esa tarde había jugado Nuls, lleno de reventados, violentos, hinchas de Ñuls. Los tipos salían y entraban del tugurio como dudando, no sabían si éramos vecinos, unos temerarios, o unos salames por demás despistados. Dudaron demasiado, cuando se decidieron ya huíamos, insultando y haciendo señas obscenas desde la moto.

No sé cómo zafamos, dijo Marcial, mi amigo, entrando a la farmacia. El farmacéutico cazó la frase al vuelo y mandó un “está jodido el barrio” que fue, más allá de la invasión a la privacidad, una desnaturalización de la anécdota, una afrenta a lo vivido. Nosotros no hablábamos de inseguridad, sino de inconciencia, de ingenuidad, hasta de picardía, pero, ¡por Dios!, no de inseguridad. Como cualquier otro barrio, respondí dolido.

 

Esta intervención inoportuna del farmacéutico en una charla de amigos, me motivo a escribir mi libro de autoayuda “Deje de ser tan vigilante en cuatro lecciones simples”. En su formato comercial el libro consta de 327 páginas, 25 láminas full color en papel ilustración de alto gramaje, y una sección interactiva dónde, respondiendo un cuestionario de opciones múltiples, el lector puede ir conociendo su progreso, incluso antes de terminar el libro.

 

Cómo soy conciente de la utilidad que mi sistema brinda a la pequeña burguesía, así como del incordio que puede representar leerse un mamotreto de más de 300 páginas, he forzado al máximo mi capacidad de laconismo para mostrar lo esencial del método en poco menos de 3000 caracteres. Presento a continuación el resultado de dicho trabajo.

 

 

Maneje su sensación de inseguridad sin fatigarse la vista

 

 

Los destinatarios de este trabajo no son las personas que buscan justicia, estas no encontrarán aquí solución alguna. Por el contrario, pretendo sacarle un peso de encima a la gente que, viviendo en una ciudad, añoran más seguridad.

Seguridad es la tranquilidad de una persona procedente de la idea de que no hay ningún peligro que temer. En verdad es la idea de que los riesgos que corre están dentro de los límites aceptables, ya que “estar a salvo”, así, de modo absoluto, es imposible.

Lo primero que haremos será tomar perspectiva del lugar que habitamos, repita con migo: vivo en una casa. Vivo en una ciudad. Vivo en sociedad. No vivo en zona de guerra. Bien, ya tomamos conciencia de eso.

Ahora recapacitemos sobre lo siguiente: vivir en una ciudad, de un país que no está en guerra, así sea Rosario o Munich, es vivir en uno de los lugares más seguros del mundo. Después podremos descubrir que sí, que existen ciudades más seguras que otras, pero por el sólo hecho de vivir en una ciudad debe usted sentirse una persona afortunada, repita quince veces “soy una persona afortunada”.

¿O podemos pensar que vivir en el campo, en una zona bélica, en el desierto, o en la sabana, tiene menos riesgos que vivir en Berazategui, por decir un lugar? Yo diría que no, que entre Bagdad y Berazategui, sigo prefiriendo Berazategui. Repita otra vez “soy una persona afortunada, no vivo en Bagdad” incluso puede pasar que usted no viva en Bagdad ni en Berazategui, en ese caso repita “soy una persona extremadamente afortunada, no vivo  en Bagdad ni en Berazategui”.

Créame que no hay nada que yo quisiera más que decirle aquí que la inseguridad que usted siente es por causa de la pobreza, de la marginalidad, de la injusticia inherente al sistema, todos conceptos ciertos, pero al hacerlo le estaría mintiendo, estimado, si no me cree fíjese que hasta en Copenhague aparece cada tanto un maniático que liquida 60 personas de un tirón, ni hablar de los norteamericanos, las personas más paranoicas sobre la faz de la tierra. ¿Qué se le va a hacer? Son los riesgos propios de vivir en sociedad, no por eso vamos a llenar la calle de milicos, ni a erradicar a los pobres, ni a vivir asustados.

Los riesgos existen, no crea que yo ignoro que en caualquier esquina lo pueden amasijar a uno por veinte pesos mugrientos, pero su sensación de inseguridad no es tanto por dichos riesgos sino por la notable entidad que le ha dado a los mismos.

 

 

 

Joaquín Yáñez      

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-