"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




ROSANA GUARDALÁ DURÁN

Publicado en Aguafuerte el 11 de Junio, 2013, 15:02 por MScalona

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Olor a pobre

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Que el transporte interurbano en Argentina no es un espacio amable, no es novedad. Que gran parte de la veces los asientos están sobrevendidos, que la gente viaja mayormente parada, apretada y malhumorada, tampoco. Tener que sentarse en un Chevallier sin cinturones que funcionen, con una máquina de café vacía, sin papel en el baño donde los “aromas” reinan; es casi como el clásico “Canalla-Leproso”.

Realizo al menos cuatro viajes en Micro por mes. Razón por la que, ya me debería haber acostumbrado o al menos, rendido. Pero aún así, no salgo de mi asombro ante el deploraba servicio y en especial, ante la falta de olfato de los dueños de las líneas interurbanas.

No me gusta viajar en colectivo. Esta incomodidad es extensiva a las líneas urbanas. Mi fastidio se funda principalmente, como ya adelanté, en los olores que pueblan estos bichos móviles. Aún así, casi diariamente en mi ciudad y con menos frecuencia para salir de ella, tomo micros.

El día jueves debí viajar por trabajo a Capital. El viaje, una vez más, fue deplorable. El chofer no había terminado de decir “37 arriba” cuando me topé con el olor del baño recién visitado, el perfume nauseabundo de flores de una señora pegada a la puerta más una mamá que bajaba por la escalera con el pañal de su bebé, en la mano. Esto hubiese sido sólo una introducción olfativa soportable si en el momento en que encontré mi asiento, la señora vestida de colores pasteles que estaba a mi lado, no hubiese decidido bañarse en desodorante. Aún así, no tenía escapatoria, debía viajar. Por lo que subí mi mochila al portaequipajes, saqué mi libro, mis auriculares, me abroché el cinturón (que esta vez funcionaba) y esperé a que la gente terminara de llegar, tarde, a la plataforma.

 Quince minutos después, el chofer acompañante nos contaba como si fuésemos un grupo de Jardín de Infantes en una excursión a la Rural para luego retirarse. Pese a que  estamos en julio, pusieron el aire acondicionado a 17 grados, imagino que a los fines de espantar los olores. Así el viaje transcurrió sin mayores condimentos que los clásicos: las dos pibas que hablaban a los gritos con tonos entrerrianos, el pibe que compartió su música con todos por no ponerse “sus auriculares” y una señora que le avisaba a su hija, cada diez minutos, que ya estaba en camino. Este último evento es producto de pequeños desajustes de los planes de teléfonos celulares y sus llamadas gratis, pero este punto no es el tema aquí.

Una hora más tarde, hacíamos nuestra primera parada. Algunos bajaron, otros subieron. Se apagó el aire acondicionado y prendieron la calefacción casi como si tuvieran que apurarnos en la cocción. Los olores seguían existiendo y ahora se multiplicaban. Nada los expulsaba  ni los aplacaba. De los snakes tipo chizitos a la yerba húmeda que comenzaba a abundar, nada faltaba. En ese contexto casi carnavalesco de niños que bajaban a comprar más comida, bolsos que te golpean, gente que baja a fumar y gente que arriba para llegar a destino, subió un vendedor ambulante típico: gorrita bordada, pantalón caído, tatuaje en tinta china en ambos brazos con nombre de su madre o que con peor suerte, sería el de algún ex amor, algunas coronas metálicas y un collar de maderita. Infaltable: zapatillas Nike nuevas de esas “que ni vos ni yo podemos comprar, pero él  tiene”. Básicamente, uno de esos tipos que te venden para la cartera de la dama o para el bolsillo del caballero a los fines de alimentar su familia.

El colectivo se puso en marcha y el tipejo comenzó con toda la perorata: “Buenos tardes, disculpen la molestia. Voy a pasar por sus asientos para ofrecerles…”. Luego, pasó asiento por asiento y nos dejó de manera alternada, un paquete de tres alfajores Guaymallén y otro con tres chocolates Hamlet. Volvió a pararse, pero esta vez, al lado de mi asiento y a retirar la oferta destacando los beneficios de comprar cualquiera de los dos paquetes por sólo diez pesos. Sí, no era caro. Tampoco era exquisita la oferta pero estaba bien y lo mejor, si la comprabas zafabas el ruido del estómago hasta Retiro, sin tener que bajar a las corridas en la próxima Terminal.

Me detuve en cómo miraba al vendedor la señora hiperpaqueta que me había tocado en suerte de compañera de viaje. Lo observaba con cierto apuro, como la directora que en la reunión con el “problemático” invita a los padres del niño a que “lo retiren de la institución”. Aún así, fue paciente y esperó a que se retirara. Minuto más tarde, me pidió permiso de manera urgente, pasó y buscó en el portaequipaje su bolso. Sacó un perfume barato y bañó todo el pasillo de atrás para adelante y de adelante para atrás. La tos atropellada de muchos de nosotros fue una consecuencia inevitable y en conjunto. Hasta este momento, había evitado cualquier tipo de intercambio verbal con la señora porque sabía, con la certeza que me da la observación rigurosa del docente resignado, que si le decía siquiera “hola”, la desesperada compañera comenzaría con “esta yegua”, “mano dura” y sin duda terminaría con un “hay que matarlos a todos”. De manera que para ahorrarme el agotamiento mental de la estupidez, sólo había decidido creer que viajaba con una especie de maniquí de la Tienda Etan. Sin embargo, el accionar contundente de la señora no me permitía evitarla más. Esta muñecota de feria retro tenía una actitud que me descolocaba, ¿por qué había tirado todo ese perfume contaminante inhabilitando nuestras narinas? No tuve otra opción que preguntarle.

-Disculpe señora.  ¿Por qué razón tiró perfume?

-¿No siente? No se dio cuenta del “olor a pobre” que dejó este hombre que subió a vender.-afirmó entre desconcertada y senteciosa.

Acogotarla hubiese sido una acción justificada por cualquier abogado. Incluso, me animaría a decir que la mayoría de los pasajeros hubiese atestiguado a mi favor. Pero, lejos de eso, sólo quedé perplejo mirando a ese extraño ser humano que hablaba con lengua de Ciencia del “olor a pobre”.

Y ahí entendí rápidamente todo. El olor como el perfume existen desde el origen de los tiempos y ambos son tan ficcionales como la Biblia. Que un niño que sale de la panza de su madre y es sólo una bolita de carne, tenga “olor a bebé” no es otra cosa que lo que el Jonhson o L’Enfant pensaron que debíamos oler como “bebé”. Que la sopa de la abuela se repita casi como un registro social en nuestra memoria es producto, con certeza, de Doña Petrona y su séquito de continuadoras Utilísima. Que la señora cheta guarde su transpiración en perfumes y cremas casi apagándola, no significa que logre extinguirla. La vieja de mierda (tal vez con algo de dinero pero sin duda bastante ignorante) que había soportado estoicamente transpiraba como cualquier mortal y alguien tenía que hacérselo saber. Por eso, me pare y resolví sin meditar:

-A ver señora. Levante el brazo. Rápido que no tenemos todo el día. Esto es una prueba científica.-dije sin titubear.

La señora atónita pero obediente. Levantó el brazo. Yo, hundí mi cabeza en su axila y grite para todo el colectivo la sentencia:

-Sí, la Señora hiperpaqueta que soporté durante estas dos horas tiene olor.  Sí, digo olor del feo no “aroma ni perfume”. La señora tiene “transpiración nauseabunda de gente cheta”. Olor que dispara la conjunción de vino, agua saborizada y demás que ha metido en su cuerpo. Por lo tanto, si científicamente llegara a ser comprobable que el “olor a pobre” existe y que merece ser callado con perfume barato. Entonces, será igualmente cierto que el “olor a gente de mierda” también existe y con seguridad, perfumarlo no apaga la ignorancia.

Con el pudor del niño que se ha mandado una macana, se sentó nuevamente a mi lado pero en silencio. Aún así, no pude evitar decirle: Observe, aprenda. Porque definitivamente se olvidaron de enseñarles “algunas cositas fundamentales”. Un buen método sería que se calle y escuche. Tal vez aún pueda salvarse.

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Rosana Guardalá

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-