"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Junio del 2013


DAVID LEAVITT

Publicado en De Otros. el 29 de Junio, 2013, 23:04 por MScalona

David Leavitt,  (EE.UU., 1961)

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GRAVEDAD

David Leavitt

1961- USA

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Theo pudo elegir entre un fármaco que le conservaría la vista y un fármaco que lo mantendría vivo. Escogió no quedarse ciego. Dejó las pastillas, empezó con las inyecciones-que hicieron necesaria la implantación de un desagradable y doloroso cáteter justo encima del corazón-y, al cabo de pocos días, las nubes de sus ojos empezaron a disiparse: podía ver otra vez. Se acordó de una vez en que fue con su madre a Nueva York para ver una obra de teatro; tenía doce años y no quería admitir que necesitaba gafas.

-¿Puede leer esto?-le gritó, señalando una marquesina de Brodway.

Y cuando entrecerrando los ojos, sólo pudo descifrar una o dos letras, ella se quitó las gafas -unas enormes gafas modelo arlequín con diamantitos de imitación incrustados en las esquinas- y se la puso en la cara. El mundo quedó enfocado y el contuvo la respiración, sorprendido por la precisión de los bordes de las cosas, la legibilidad, el paisaje nítido, bien delimitado y lleno de colores. Ese día, Sylvia tuvo que tener los ojos entornados durante toda la representación de El violinista en el tejado, aunque, para Theo, la cara oculta tras las enormes gafas de  su madre, todo resulto tan brillante e intenso como un libro de cómics. A pesar de que la gente lo miraba y murmuraba, Sylvia no hacía caso; él podía ver.

Como se estaba muriendo otra vez, Theo volvió a la casa de su madre, en Nueva Jersey. Ella se tomaba con calma el asunto de las inyecciones de DHPG; después de todo, había tenido que pasar por la muerte de su propia madre. Cuatro veces al día, con la sangre fría de una enfermera, limpiaba el tubo de plástico que llevaba implantado en el pecho, insertaba en él una aguja hipodérmica esterilizada y, lentamente, introducía en sus venas la dosis del liquido que le devolvía la vista. Ambos soportaban este trámite en silencio; Sylvia, sentada junto a la cama de hospital que había alquilado mientras durara la estancia de Theo-mientras durara su vida, pensaba en él a veces-, contemplando las noticias o reposiciones de El show de lucille Ball o las noticias, tratando de no pensar en el duro trozo de tubo que llevaba clavado, un recordatorio constante de lo vasto y infranqueable que se estaba volviendo el mar que lo separaba de la cada vez más alejada orilla de los sanos. Y Sylvia estaba incomprensiblemente alegre. Todos los días te pedía que la acompañaras a algún sitio -a la biblioteca o al pequeño museo con las replicas de dinosaurios que tanto le gustaban de pequeño- y, cuando su delgadez y el bastón llamaban la atención, lo guiaba entre los mirones, decidida a protegerlo de cualquier cosa que pudieran decir o hacer. Los mismos que aquella tarde, hace tantos años, cuando lo empujó a través de un vestíbulo lleno de caras curiosas y sonrientes decidida a que nada interfiriera en el espectáculo de su visión. Menuda pareja tenían que a ver formado: un niño con unas gafas horribles y una madre que desafiaba al mundo al que se atreviera a decir algo. Esta calida y ventosa tarde de mayo habían ido a comprar para vengarse.

-Tu primo Howard celebra su fiesta de compromiso el mes que viene-explicó Sylvia en el coche-. Es una chica muy agradable, de Livingston. La conocí hace unas semanas y, de verdad, es una persona estupenda.

-Me alegro –dijo Theo-. Felicita a Howie de mi parte.

-¿Crees que estarás en condiciones de ir a la fiesta?

-No estoy seguro. ¿Y si le hago sólo un regalo?

-Ya se lo has hecho. Una bandeja de plata preciosa, si es que se permite decirlo. La nota de agradecimiento esta en la sala de estar.

-Mamá-dijo Theo-, por qué tienes siempre que….

Sylvia tocó el claxon a un camión que giraba a la izquierda en un lugar prohibido.

-Lo que yo digo  es  que es mejor que reciban algo que nada-dijo-; pero, ahora, el problema es que tengo que hacerle algún regalo a Howie, algo personal, y quiero que sea bueno. Que sea muy, muy bueno.

-¿Por qué?

-¿Te acuerdas de la baratija que te regaló Bibi cuando te licenciaste? Fue ofensivo.

-No consigo acordarme de tu regalo.

-No me extraña. Te regalo un vulgar juego de bolígrafo y pluma. El estuche ni siquiera era de piel. Así que es evidente que tengo que conseguir al verdaderamente espectacular para el compromiso de Howard. Algo que le haga palidecer. De todos modos, creo que he encontrado lo que buscaba, pero necesito tu  consejo.

-¿Mi consejo? Bueno, cuando Nick, mi antiguo compañero de piso, se casó, le regalé un aparato para machacar ajos. Me costo cinco dólares y reflejaba exactamente lo que para mí valía, en ese momento, nuestra amistad.

Sylvia se echó a reír.

-Muy ingenioso, pero mi idea es mucho más brillante porque me permite desquitarme con Bibi y, a la vez, hacerle a Howard el magnífico regalo que él  y su chica se merecen.

-Sonrió, a todas luces satisfechas consigo misma-. Ah, vivir para ver.

-Eso tú –dijo Theo.

Sylvia parpadeó.

-Mira, ya hemos llegado.

Aparcó el coche en una plaza reservada para minusválidos en la avenida Morris y salió para ayudar a Theo, que ya se levantaba del asiento sosteniéndose en el apoyabrazos de la puerta.

-Puedo arreglármelas solo-dijo con cierta irritación.

Sylvia retrocedió.

-Para ti, una ventaja clarísima de todo esto-dijo Theo apoyándose en el bastón- es que, de pronto, te es mucho más fácil encontrar aparcamiento.

-Oh, Theo, por favor-dijo Sylvia-.Mira, allí es donde vamos.

Lo condujo hasta una tienda de objetos de regalo llena de estatuillas de porcelana de Blancanieves y los siete enanitos, cajas de música que, al abrirlas, tocaban The Shadow of Your Smile, complicadas mezclas aromáticas en cajas forradas de papel púrpura y serpientes de trapos para colocar contra puertas y ventanas con corriente de aire.

-¡Señora Greenman!-exclamó un hombre canoso y jovila con una chaqueta de punto color crema-. Mira quién esta aquí, Archie, la señora Greenman.

Otro hombre, éste más delgado y parcialmente calvo, pero vestido con una chaqueta idéntica, miró desde el fondo de la tienda.

-¡Hola!-dijo sonriendo.

-Señor Sherman, señor Baker. Éste es mi hijo, Theo.

-Hola –dijeron los señores Sherman y Baker. Ninguno izo ademán de alargar la mano.

-¿Ha venido por el articulo del que hablamos la semana pasada?-preguntó el señor Sherman.

-Sí-respondió Sylvia-. Quiero el consejo de mi hijo. Se dirigió hasta un gran cuenco de cristal estriado, un cuenco muy de los cincuenta, sólido y con asas cuadras.

-¿Qué opinas? Es bonito, ¿verdad?

-Mamá, si quieres que te diga la verdad, me parece bastante feo.

-Cuatrocientos veinticinco dólares-dijo Sylvia con admiración-. Tienes que notarlo.

Entonces cogió el enorme cuenco y se lo lanzó a Theo, como si fuera una pelota de fútbol.

Los caballeros de las chaquetas se quedaron boquiabiertos y contuvieron la respiración. Cuando Theo lo cogió, las manos se les fueron hacia abajo. El bastón sonó al chocar contra el suelo.

-Pesa- dijo Sylvia, observando satisfecha cómo el cuenco le había hecho bajar los brazos-y, en lo que se refiere al cristal, el peso impresiona.

Le cogió el cuenco y lo llevó al mostrador. El señor sherman estaba enjuagándose la frente. Theo miró el suelo, todavía sorprendido de no ver restos de cristal alrededor de sus pies.

Como nadie parecía ofrecerle para recogerle el bastón, se inclinó y lo hizo el mismo.

-Cuatrocientos treinta y seis con veintiocho, con impuestos-dijo el señor sherman con una voz todavía un poco temblorosa.

Una oleada de placer se apodero del rostro de Sylvia en el momento de sacar el talonario. Tras el mostrador, Theo podía ver al señor Baker tocándose la frente con la mano y dirigiendo la vista al techo.

Parecía como si Sylvia hubiera estado buscando desde hacía mucho tiempo algo como eso, algo que fuera lo suficientemente pasado para dejar una impresión y, sin embargo, tan frágil que hiciera sufrir.

 

 

 

 

 

Salieron y se dirigieron hacia el coche.

    -¿Adónde podemos ir ahora? –preguntó Sylvia al entrar-. Tiene que haber algún sitio al que podamos ir.

    -A casa –dijo Theo-. Ya es casi la hora de mi medicamento.

    -¿Ya? Oh, bueno.

    Se puso el cinturón de seguridad, metió la llave en el contacto y se quedó sentada.

    Durante sólo un instante, aunque perceptiblemente, su cara de descompuesto. Cerró los ojos con tanta fuerza que la sombra azul de los párpados se agrietó. Casi con igual rapidez, volvió a la normalidad, y momentos después estaban conduciendo.

    -Hace cada vez más calor –dijo Sylvia-. ¿Pongo el acondicionador de aire?

    -Vale –dijo Theo.

    Estaba pensando en el cuenco o, más concretamente, en lo sorprendente de su peso, que le había obligado a bajar los brazos. Llevaba ya un rato preocupado por su madre, preocupado por el daño que su enfermedad podría estar causándole en secreto y que, por supuesto, ella nunca admitiría. En la superficie, las cosas parecían normales. Seguía hirviéndose todas las noches para cenar una pechuga de pollo sin piel, seguía nadando os kilómetros cada día, seguía guardando en la nevera bolsitas de té usadas envueltas en papel de aluminio. Sin embargo, también lo había despertado una madrugada a las tres para decirle que iba al supermercado abierto las veinticuatro horas y que si quería algo. Y estaba lo de la tienda de regalos: le había lanzado el cuenco, literalmente, se lo había lanzado como si fuera una pelota y, mientras el gran destello volador cargado de potencial pesar se le venía encima, se le ocurrió que ella estaba confiando, de entre todo el mundo, en sus dos débiles manos para evitar la rotura. ¿Qué intentaba demostrar? ¿Su recién recobrada visión? ¿La seguridad de que estaba ahí, vivo, que él, un niñito perdido con gafas adornadas con diamantitos de imitación, todavía no había escapado a sus cuidados? Hay ciertas cosas que uno ya ha hecho antes de pensar en cómo hacerlas: un niño apartado de la parte delantera de un coche, por ejemplo, o en el cuenco, que Theo ya sostenía antes de que pudiera incluso empezar a calcular su breve trayectoria. Los brazos se hundieron bajo el peso y, desde esa ridícula posición, había mirado a su madre, que le sonreía de oreja a oreja como si, en la guerra ente el peso y la rotura, la hubiese ayudado a ganar alguna pequeña pero continuada victoria.

 

 

GABRIELA GERVASONI

Publicado en Nuestra Letra. el 29 de Junio, 2013, 22:53 por MScalona

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ORGANICI  

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Recostada sobre la ventanilla la mujer sostiene un cuaderno de tapa azul. RESIDUOS ORGÁNICOS, leo con dificultad desde arriba. Ella mantiene la mirada en la hoja y con los dedos de la mano izquierda mueve nerviosa los dijes que cuelgan de su cuello. Intento seguir leyendo, a pesar de la letra infantil y el movimiento del colectivo. Los residuos orgánicos son biodegradables (se descomponen naturalmente). Son aquellos que tienen la característica de poder desintegrarse o degradarse rápidamente, transformándose en otro tipo de materia orgánica. Nunca me acuerdo de las definiciones, jamás hubiera podido reconstruir la de los residuos orgánicos sin haberlo leído del cuaderno de la pasajera que tengo al lado. Pienso en que tenemos suerte de descomponernos solos (asumo que somos orgánicos y que seremos residuos alguna vez). Hubiera sido terrible tener el destino de una bolsita de plástico, rodando cientos de años hasta por fin desaparecer. La mujer da vuelta la página y leemos que conviene reciclar porque, haciéndolo, nos sentimos responsables de nuestros actos como consumidores y ejecutamos un acto de amor hacia nuestro planeta. Qué linda es la palabra reciclar. Y es linda la palabra ciclo, es lindo estar en un re-ciclo, entregarnos como material usado con la promesa de volver. Volver a ser. Ser de nuevo ingenua, virgen, blanda. Volver a preguntar ¿me querés?

 

 

NATALIA MASSEI en Página /12

Publicado en relatos el 25 de Junio, 2013, 17:54 por MScalona

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http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-39440-2013-06-25.HTML

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modelo de literatura transparente, minimalista, yoica, el realismo social se roza con la epifanía…

EXCELENTE !  Marce

LEILA GUERRIERO

Publicado en De Otros. el 21 de Junio, 2013, 20:25 por MScalona

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ME GUSTA SER MUJER   (y odio a las histéricas)

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Un día mi padre me llamó y me explicó lo de la semillita, acariciándome la cabeza como si me estuviera dando el pésame. Entendí esto: entendí que el hombre metía un brazo adentro de la mujer —no me pregunten por dónde—, y que con los dedos —que en mi imaginación tomaban la forma de una tenaza que tenía mi abuelo Elías— plantaba una semilla. El procedimiento me pareció humillante y quirúrgico, pero enseguida vi que había solución:

—Yo voy a hacer al revés, le voy a meter una semilla a un hombre.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
“Porque sí” y “porque no” eran dos respuestas con mucho rating en casa, pero después de esta explicación botánica mi educación sexual tuvo todavía otro capítulo. Eran las cinco de la tarde de un año en el que tuve siete años. Volvía a casa caminando con Paola, una compañera de colegio, y el grito llegó como un baldazo: dos varones de séptimo grado, desde la vereda opuesta. Paola se arreboló. Le pregunté qué quería decir lo que nos habían gritado, y me mintió que no sabía. Paré a tomar la leche en casa de mi abuela Any y disparé:
—Abue, ¿qué quiere decir “las vamos a coger”?
—Quiere decir que te quieren tocar. Es algo que te hacen los varones. Es muy feo.
A los siete años, entonces, estaba segura de cuatro cosas acerca del sexo: a) que consistía en la introducción de una semilla; b) que eso probablemente se llamara coger —yo era intuitiva—; c) que se hacía con las manos o con tenazas, y d) que era algo muy feo que hacían los varones y que las mujeres, probablemente, padecíamos.
Putas. Eran todas putas. Las que atendían al sodero en bata, las rubias, las viejas que no usaban enagua. Si caminabas moviendo el culo, eras puta. Si volvías a tu casa después de las once de la noche, eras puta. Puta era la que iba al colegio con las uñas pintadas, puta la divorciada y puta la hija de la divorciada.
En Junín, provincia de Buenos Aires, la ciudad donde viví hasta mis 17, la vida era complicada si nacías varón: había demasiadas opciones. Pero si nacías mujer era fácil. Tenías que tomar una sola decisión: eras casta o eras puta. Y si eras como yo —estudiosa, clase media, hija de padres respetables—, se descontaba que puta no, y que te ibas a casar con el himen enterito, si era posible con tu primer novio. Ahora tengo 37, vivo en Buenos Aires desde los 18, comparto casa con Diego hace 9 y me piden que escriba sobre lo que me hace mujer. Lo que me ancla del lado hembra de las cosas. Se me ocurre que a) no quiero escribir unos párrafos que pudieran someterse al título “Me gusta ser mujer”, y b) que ser mujer en Junín fue una experiencia cercana a lo vergonzante e imposible de obviar porque allí empezó todo. Yo era un dechado: 11 añitos, moralista, recatada. Mis padres no me dejaban usar tacos altos, ni polleras cortas, ni maquillaje. Mi madre me promocionaba como si yo me mantuviera alejada de las tentaciones por voluntad y no por prohibición.
—Ay, qué grande que está —decían sus amigas, y mamá completaba:
—Sí, es muy madura para la edad que tiene.
Madura quería decir que yo no contradecía sus órdenes y que, por lo tanto, nadie me había besado ni tocado y que, aunque a escondidas leyera la Justine del buen marqués y me agarrara bruta calentura, las cosas seguían bien porque nadie se enteraba. La inocencia iba primero, y no importaba mucho si era real o fingida: importaba lo que estaba a la vista. Y lo que estaba a la vista era yo, tan casta.
El sexo prometía más amenazas que el hombre de la bolsa. Entonces, era mejor no averiguar y mantenerlo lejos. Fue así hasta mis 9 o 10 años, cuando le pedí explicaciones a una amiga mayor.
—Me explicás todo, ya.
—No, me da vergüenza.
Acá había algo interesante. Le ofrecí mi juego de mesa preferido a cambio de algunas precisiones, nos encerramos en mi cuarto y me explicó. Me dio impresión. Sobre todo lo del pito. Suponía que esa cosa parecida a un tornillo, que sólo había visto en los bebés o en mi hermano menorísimo, tenía que adquirir una consistencia casi metálica. El pito pasó a ser un arma amenazante y escondida. En un baldío cercano a la escuela las paredes estaban repletas de unos dibujos como aviones con alas desplegadas y grandes soles oblongos con pestañas (unos sexos que ahora se me ocurren aterradores), pero los aviones y los soles pestañudos no se parecían a nada que yo guardara bajo la bombacha o que adivinara detrás de las braguetas que husmeaba con discreción. Tenía miles de dudas, pero pánico de compartirlas con mis amigas. Es que en mi pueblo todas éramos vírgenes pudorosas hasta el casamiento. Todas. Yo era capaz de matar por esta convicción. Así era yo. Boba. No creía en Dios pero confiaba en El Himen.
Mi amiga mayor, la que me explicó los rudimentos del sexo, tuvo cuatro hijos. Cinco años después de casarse dejó estudio y empleo para mudarse a un pueblo de dos mil habitantes donde su marido había encontrado un trabajo que lo conformaba.
No sé en qué pensó mientras se mataba. No sé por qué se mató. Sé lo que pensé cuando la vi en su cajón: que había que tener cuidado. Que después de todo, la fórmula perfecta de la felicidad (hijos, marido, la casita con césped) podía no ser la fórmula perfecta de la felicidad.
Pero yo era joven, estaba rabiosa, se había muerto mi amiga y el mundo me debía una. De todos modos, me mantuve alerta.
Es noche de martes. Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora —mucha confianza y años juntos— sólo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placares es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada. Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches por el balcón. También soy la encargada de la sección “Comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesada lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba, habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas —el orden, la comida caliente, una casa agradable— tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero creer que son síntomas —visibles— de mi educación de buen partido: prolija, limpita y ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol. Cosas que, confieso, me gustan.
Pero también trató de enseñarme otras que no me gustaron tanto.

 En 1979 yo ni soñaba en compartir mi vida con un hombre, pero tenía 12 años y supongo que mi madre habrá pensado que era momento de hablar, por primera y única vez, de mujer a mujer.

—Nena, vos ya sabés lo de la menstruación, ¿no?
Sí, yo ya sabía. Me recordó, entonces, lo que ella creía importante: en esos días no convenía que me bañara, tomara sol o hiciera gimnasia, mirá que la Patri, la chica de la esquina, se metió en esos días en un río cordobés y le dio tremenda hemorragia. Y ni hablar de tampones.
Pero el mismísimo día de mi primera menstruación me di una ducha de dos horas y me fui a mi clase de guitarra, atenta a posibles dolores, hemorragias de hecatombe. No pasó nada. De a poco subí la apuesta. En esos días hacía más gimnasia, corría más, saltaba más alto. Mi cuerpo respondía con orgullo. Ningún espasmo. Ningún flujo imparable. Al poco tiempo descubrí que los tampones no estaban contraindi­cados para chicas vírgenes. Después de eso, el amplio fol­clo­r menstrual (no podías tomar aspirinas porque te mo­rías desangrada, había que comer remolacha porque te hacía sangre, las pastillas para los dolores menstruales te daban cáncer) empezó a parecerme muy ajeno. Me gustó mens­­truar. Aunque en el barrio era una enfermedad que había que soportar con discreción (la mamá de una amiga no se lavaba las manos cuando menstruaba: se las repasaba con un trapo húmedo, no fuera cosa...), empecé a mencionar el asunto sin pudor en mi casa.
—Me indispuse —tiraba, a la hora del almuerzo—. Ay. Me duele un ovario.
Mi padre se compadecía en silencio, mamá clamaba por discreción y mi hermanito preguntaba “¿Qué dijo, qué dijo?”, pero nadie se animaba a hacerme callar. Una mujer mens­truante era, antes que nada, una persona inimputable.
—¡¿TANGO!? ¡¿VOS!?
Preguntó mi madre en el teléfono y yo dije que sí y a ella le pareció espantoso.
—¡Esa música de viejos, qué decadente!
Mi amiga Mariana dice que probablemente tratar de explicarle a mi madre por qué por estos días Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango sería como que dentro de cuarenta años un grupo de personas de treinta y pico intentara explicarnos a nosotras por qué ellos se juntan los sábados para escuchar a Menudo y Los Parchís. Es probable. De todos modos, Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango, y nos gusta, y juro que no sé por qué todos en las clases se sienten obligados a subrayar con una sonrisita socarrona cualquier alusión al machismo tanguero, pero nadie que yo conozca se altera con la publicidad televisiva del pan lactal en rebanadas Bimbo.
Pan Bimbo, toma uno: en un recinto repleto de hombres, una mujer se tapa la corredura de la media antes de levantarse y caminar a sala traviesa; otra muchacha, esta vez en una obra en construcción, habla por su celular mientras, maternalmente, le calza el casco a un obrero que no lo lleva puesto. Escena final: una mujer les sirve rebanadas de pan Bimbo a sus hijos. Una voz en off —de hombre— dice: “Las mujeres cambiaron, pero siguen siendo mujeres”.
Yo no soy una “mujer en rebanadas Bimbo”. A mí no van a darme permiso para hacer lo que quiero siempre y cuando cumpla con el sacrosanto fin reproductivo.
Si le pido a Diego que mencione siete diferencias entre hombres y mujeres dice “Ninguna”, y después dice “Sí, las tetas” y después dice “No, tampoco”, pero todos mis amigos están convencidos de que una madre es más importante durante los primeros años de vida de un crío que un padre.
—Y aparte de la teta, digamos, ¿qué te parece a vos que el padre no le puede dar al chico? —pregunto.
—Muchas cosas —dice mi amigo Juan—. La madre es irreemplazable.
Cuentos chinos, digo yo. Excusas para cargarles a las chicas todo el sambenito de la crianza. Prueben, si son hombres, pedir una licencia de tres meses en el trabajo para criar. Una larga carcajada será lo que reciban.
No. Eso a nadie le parece sexista. Pero el tango... ah, señores; el tango sí. El tango es la fuente de todos nuestros males.
Un día el himen, ese pedazo de piel responsable de tanto escándalo, dejó de parecerme importante. Había leído tanto sobre sexo —en los libros que no me dejaban leer, en las revistas que se suponía que no leía— que podría haber dado clases en un burdel, virgen y todo como era. Sabía que la pérdida de la virginidad era un rito de pasaje del que los hombres se sentían responsables y al que las mujeres le tenían pavor. Decidí que no iba a permitir que nadie cargara con la responsabilidad de haber finiquitado el parchecito. No diré ni cómo ni cuándo, pero no hubo sangre. No hubo dolor. Él no se dio cuenta y para mí no tuvo la menor importancia. Fue como yo quería. Sigo pensando que las mujeres cargamos con demasiadas funciones y órganos sobrevaluados. La virginidad, la menopausia, la mens­­truación, el primer polvo, los ova­rios. Y, claro, el embarazo. Nunca quise tener hijos.
Nunca me conmovió la idea de parir. Todavía me divierte el asombro que producen las palabras “no quiero”: hay quienes elaboran un consuelo (“Bueno, ya te van a dar ganas”), ensayan sospechas (“No podrá y dice que no quiere”) o se enojan (“No podés ir en contra del instinto materno”). Mi caso es más simple. No quiero. Nunca quise. No tengo ganas. Ni siquiera pienso en eso todos los días. Diría que ni siquiera pienso en eso todos los años.
El oficio me llevó a hacer entrevistas con madres solteras, casadas, divorciadas, adolescentes. Todas recitan que los hijos te hacen olvidar las dificultades, que el único sacrificio que hace una madre es no poder estar con ellos tanto como quisiera. Tanto consenso en el lugar común termina por no querer decir nada y despierta sospechas de sentimientos algo más bajos, inconfesables. Nunca me conmovió el parto con padre al lado, ni entiendo la sacralización de las embarazadas que vuelven, por obra y gracia de la hinchazón, a ser nenas inexpertas receptoras de todo tipo de consejos: “comé yogur, comé lentejas, tomá calcio, tomá leche”. ¿A ninguna le incomoda esa condición de caballo de Troya, de envase sobre el que todos tienen derecho? Hace poco una amiga, embarazada, se quejaba porque su obstetra la obligaba a hacerse decenas de análisis que ella creía innecesarios.
—Me hace perder un montón de tiempo. Los médicos piensan que sos una persona que está en su casa tomando licuados de vitamina y esperando que nazca el baby. Las salas de espera están repletas de embarazadas leyendo el Para Ti, aburridas, resignadas, y vos mirando el reloj porque a las once tenés una entrevista con el presidente de la primera aseguradora del país por un juicio millonario.
Mi amiga es abogada.
Los hijos, creo, son un tema sobredimensionado.
No todo el mundo necesita tenerlos.
No creo que haya mucho más que decir al respecto.

A los 18 me mudé a Buenos Aires para estudiar una carrera universitaria. Tenía vocación para las matemáticas, el cine y las letras, pero estudié Turismo. Todavía me pregunto por qué. Cinco años después obtuve al mismo tiempo un título de licenciada y una confusión tan grande como el iceberg que hundió al Titanic. Mis padres no se mostraban dispuestos a mantenerme, y ahora que ya no estudiaba tenía dos opciones: trabajar o casarme y ser una señora en relación de dependencia. Tenía un novio, pero preferí buscar empleo. Conseguí un trabajo de nueve a cinco en una agencia de viajes. A los seis meses decidí que había estudiado la carrera equivocada y que me deprimía venderles viajes a los demás: la que tenía que viajar era yo. Además, quería escribir.

Renuncié.
Fue mi etapa de caída libre sin paracaídas en La Vida Real y el aterrizaje casi me mata. Tenía 21 años y creo que enloquecí.
Conseguí un empleo de vendedora en Cacharel.
Vendí tres tapados, me sentí miserable desde la hora del almuerzo y me escapé sin reclamar ganancias. Esa misma semana entré a trabajar en una óptica y el dueño, un señor encantador, me dijo: “Hija, vos estás para otra cosa”.
Decidí que tenía razón, hice mis valijas, cerré mi departamento y volví a Junín, donde terminé siendo cajera de un autoservicio. Me concentraba en dar bien el vuelto, le ponía precio a la mercadería y no podía parar de preguntarme “¿Para esto nací?”. En mis ratos libres escribía cuentos y pensaba que todos debían sentirse destinados a algo más importante pero tenían que conformarse con marcar latas de tomates: yo no tenía por qué ser la excepción.
La Vida Real era una pesadilla. Entonces hice mi gesto heroico de la década: volví por un par de días a Buenos Aires y, sin conocer a nadie del mundo periodístico, dejé unos cuentos cortos en la recepción dePágina/12 a nombre de Jorge Lanata. Tenía esperanzas de que los publicaran en el suplemento Verano/12. Dos semanas después, papá me despertaba a gritos porque en el Página de ese día habían publicado uno de mis relatos en la contratapa, donde solían firmar Juan Gelman y Osvaldo Soriano. Llamé y me pasaron con el mismísimo. Fue como hablar con San Martín. A los tres o cuatro meses, y sin saber quién era yo, el hombre me ofreció trabajo en Página/30. Acepté, claro. Me recibió en su oficina y me dijo: “Andá y defendéte como puedas. Por lo demás, y en cualquier ámbito, cuando te cierren las puertas no las golpees: tirálas abajo a patadas”. Desde ese día no lo vi más, salvo alguna excepción impersonal que no cuenta. El oficio no fue fácil al principio. Para ese mundito intelectual yo no dejaba de ser la chiruza tímida que llegaba del interior; el paracaidista gaucho. Alguien sobre quien pesaban todo tipo de sospechas: por qué estaba ahí, a quién conocía, hija de quién era, espía a sueldo de cuál. Pero que yo fuera mujer era un detalle: daba igual. Siempre hay alguien que supone que se ganó el derecho a entrar en tu cama por pagarte el café de máquina del pasillo, pero ésos son ripios muy menores. En lo que verdaderamente cuenta, el mundo laboral se dividió para mí en “notas que me interesan” y “notas que no estoy dispuesta a hacer”. Por lo demás, hice lo que me enseñaron en la única clase de periodismo que recibí en mi vida: me defiendo como puedo y pateo hasta que se caen las puertas que no se abren. Pero ni entonces ni ahora creí que esta fuera una fórmula sólo apta para mujeres. 
Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Yo, una vez, escribí un artículo sobre mujeres en el rock. Cuando llamé para proponerle una entrevista, Celeste Carballo, sin conocerme y por teléfono, gritó que periodistas como yo hacían que la música hecha por mujeres continuara siendo música de gueto, que nunca iba a participar en una nota tan miserable y que, además, me instaba a que renunciara ya mismo a la redacción y publicación de semejante engendro. No le hice caso. Encontré muchas bajistas, cantantes y guitarristas que tenían bastante para decir acerca del costado machista del Mundo Rock. La nota se publicó, y yo no tardé mucho tiempo en entender que me había equivocado y que la Dama Celeste tenía razón. Nunca más hice eso: retratar mujeres en ámbitos varoniles como una novedad de zoo.
Hay formas muy sutiles de discriminar. Mi nota sobre las mujeres del rock fue una.
La pelirroja era divertida, artificiosa y se burlaba de su propia compulsión al consumo de ropa y horas de peluquería. Era un mujerón, ladina y astuta, sabía conseguir lo que quería y simulaba lo que no tenía con afeites tramposos. Por ser amigas, no podíamos ser más distintas. Ella era un canto al engaño y yo, de chica, había querido ser un cowboy para no tener más pertenencia que mi caballo; manicura, pedicura y cosmetóloga son tres deidades que ignoro y a las que ella les dedicaba semanal pleitesía. La dejé de ver cuando se puso tetas. Un día me llamó, me dijo tenés que venir a ver cómo me quedaron, fui y me esperaba con dos vasos de vino, media pizza y una teta, vendada, en cada mano.
—Tocá, tocá —pidió.
Yo toqué, por no despreciarla y aunque la cercanía de un cuerpo femenino siempre me pone tensa. Quiero decir que no estoy acostumbrada a tocar mujeres, pero aquella noche sonreí, le toqué un poco las tetas y mientras mordía una porción de muzza dije:
—Mumm lindas. Te quedaron mumm, mumm lindas.
No la vi más —las tetas, supongo, la alejaron de mí para acercarla más a los hombres y a la peluquería—, pero todavía me provoca cierta ternura ese despliegue consciente de frivolidad. En esa exageración de la coquetería veo algo anacrónico, muy inocente y casi travesti. Algo de lo que soy incapaz pero a lo que, alguna vez, me gustaría jugar. Digamos, por un día. Digamos, mejor, por un par.

Son las siete de la tarde de un jueves de principios de julio y el taxista tiene el dial clavado en Radio 10. Chiche Gelblung, el conductor, conversa con Gabriela Acher, la actriz, y Gabriela Acher sostiene que el desencuentro de los sexos surge porque en el amor las mujeres necesitan tiempo mientras los hombres andan apurados. Que las mujeres queremos ternura y ellos sólo un poco de apretuje. Que ahora los hombres soportan una mirada crítica y, pobres tipos, se sienten disminuidos. Ellas están arrasadoras y ellos asustados, y por eso hay tantas mujeres solas.

Que me perdonen bien perdonada, pero suena a consuelo de perdedor.
El mundo masculino no está formado por un grupo de inhibidos, ni el femenino por un grupo de aguerridas. Ésta y otras definiciones funcionan bien solamente en el Reino del Lugar Común, ese lugar atravesado por chistes burdos donde los hombres siempre son desconsiderados y las mujeres histéricas. Y yo no. Me niego a agregar mi firma al pie de tanta revista femenina que define a las mujeres como esos seres a los que la depilación les duele, la menstruación les molesta y no encuentran placer más grande que reunirse entre ellas para hablar de “cosas de chicas”. No me siento parte de ese continente femenino formado por compradoras compulsivas, fóbicas al ginecólogo, temerosas de los años, necesitadas de palabras de amor después del sexo. No pienso que los hombres son todos iguales, ni que ya no hay hombres, ni quiero ni quise casarme, ni espero que me abran puertas.
No.
Me enervan las revistas femeninas que proponen cien maneras distintas de hacerle creer a él que tuviste un orgasmo y ocho fórmulas para que te proponga casamiento sin que se dé cuenta. Yo no sé qué es lo que hace mujer a una mujer, pero sé que esas cosas no te hacen más mujer: sólo te transforman en una persona desagradable.
Durante años mi pasado de chica pueblerina fue una molestia y pensé que una buena forma de aplastar esa educación prejuiciosa era jugar, sin prudencia, a todos los juegos que la gran ciudad —y el mundo— me pusieran por delante. Así, aterricé borracha en sillones no siempre conocidos, tuve amores buenos, malos amigos, amigos sensacionales, amigas descontro­ladas. Hice mucho, dormí poco, y un día paré.
No me llevó tanto tiempo darme cuenta de que en mi canasta pueblerina quedaban unas cuantas cosas agradables. Todavía hoy tejo bufandas al crochet, y conservo con orgullo mi lado salvaje que me dice que, si me lo voy a comer, lo puedo matar sin remordimiento.
Con Diego aprendí otras cosas. A necesitar poco, a ser austera y, sobre todo, a viajar de un modo en que a mí me gustaría que fuera la vida, siempre. Lenta, amenazadora, a veces incómoda, extrema: un animal de lujo. Hace rato que supongo que las cosas que importan —la bravura, la serenidad, la conciencia de la precariedad del mundo, la hidalguía, la dignidad, la elegancia y el coraje— no son patrimonio exclusivo de mujeres ni de hombres, y en esos viajes puedo ser valiente, noble y serena. Como la vez de la tormenta. Era una tormenta en la montaña, en un país lejano. Lluvia a mares y una niebla empeorada por el humo de la quema. Diego y yo viajábamos en camioneta por la frontera entre dos países: Myanmar y Tailandia. El camino era cornisa, un jabón. En una curva inclinada con precipicio al fondo la camioneta se descontroló. Diego pudo frenar a centímetros del barranco, pero sabíamos que, cuando pusiera un pie sobre el embrague, la camioneta podía resbalar y mañana seríamos tapa de diario, llanto de familias o, con suerte, carne de hospital. Pero no dijimos nada.
—Ponete el cinturón —masticó alguno de los dos.
Diego puso primera, soltó el embrague, la camioneta se sacudió como un yacaré y empezó a bajar, a resbalar, a bajar, a resbalar. Cuando llegamos al llano, ni él ni yo dijimos nada. Nos pusimos ropa seca, y seguimos viaje sin otro comentario que una puteada diluida porque nos agarraría la noche. Llegamos a una ciudad, conseguimos un hotel y nos dormimos, roñosos y sin cenar. Si él tuvo miedo, yo no lo sé. Si yo tuve miedo, él no lo sabe. Me gusta recordar ese momento: el universo detenido en un instante feroz y Diego y yo bajando la montaña, mudos, envueltos en un silencio respetuoso. Dos caballeros conservando la calma. Fingiendo que no, aunque tuviéramos pánico. Nos queremos, también, por cosas como éstas.
En el libro El camino de las damas, de Editorial Planeta (una recopilación de relatos de mujeres viajeras, realizada por Christian Kupchik), hay un capítulo en el que Karen Bli­xen —o Isak Dinesen—, la aristocrática danesa que vivió en Kenia, asegura que a lo largo de su vida tres frases le sirvieron como guía.
La primera es una sentencia latina.
Un romano necesita navegar hasta Cartago pero la tripulación se niega a embarcar porque el mar se presenta peligroso: “Entonces, cuenta Blixen, el romano les dijo: ‘Es necesario navegar, no es necesario vivir’. Me pareció muy acertada la idea, porque mientras naveguemos, estamos vivos”.
La siguiente es una frase en francés antiguo, descubierta en el escudo de armas de la familia Finch-Hutton: Je reponderay. Significa que uno puede responder y es responsable por lo que hace.
Pero la tercera, dice la dama, es la mejor. La tercera es su frase favorita. “Hace tiempo, en un puerto lejano y sin motivo aparente, me quedé observando a un barco que se alejaba. En un momento el barco comenzó a hundirse y en el medio de esa situación trágica se me reveló su nombre: Pourquoi pas? Por qué no. Desde entonces, esa expresión se quedó conmigo. Cuando la gente lo único que hace es preguntar ¿Por qué, por qué, por qué?, a mí me parece mucho más atinado preguntar ¿Por qué no?”.
Me gustaría que en mi escudo —o en mi tumba— escribieran alguna de estas frases.
Sería mejor, claro, si pudieran escribir las tres.
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                                                             LEILA GUERRIERO
nació en Junín (Bs As) en 1967

GABRIEL CACIORGNA: Diario

Publicado en Nuestra Letra. el 20 de Junio, 2013, 22:48 por MScalona

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Jueves 23 del 5

 

Volviendo del taller, mientras camino unas cuadras hasta la parada del colectivo, pienso en la tarea del diario semanal y en si podré concretarla. Se supone que escribir es una introspección que naturalmente se proyecta enmascarada. Que es algo voluntario para quien no se propone vivir de eso pero, a su vez, una necesidad.

Amo escribir, aunque últimamente me cuesta demasiado.

Ya en la esquina de San Lorenzo y Sarmiento me doy cuenta de que, desde hace dos años, tomo el bondi frente al departamento de M.  Me pregunto si seguirá viviendo ahí y fantaseo con que baje a comprar los chocolates para el café después de la cena y así volvernos a encontrar. Es poco probable, los inquilinos somos bastante menos que los propietarios y apenas algo más que los gitanos… además, pasó muchísimo tiempo.

Se me viene a la mente esa cortina psicodélica con la que había separado la cocina del resto del monoambiente; nunca vi una igual en departamentos o vidrieras.

Cuando uno coge por primera vez piensa que ya no será el mismo de antes, que todo se desparrama adentro y afuera. Una suerte de espasmo en la membrana de la propia existencia. Y no... Desordenamos, sí, pero cuando llegó su hermana, todo estaba como antes. Y los círculos de la cortina, de acrílico fucsia, volvían a tatuarse en las paredes. Un ilusión óptica, una marca que nunca lo fue.

Dicen que el orgasmo es una pequeña muerte. Pero seguido de una resurrección segura, al viejo mundo, agregaría yo. Nada se desordena así… Por eso escribo. Para desordenar.

 

 

Viernes 24 del 5

 

Día ajetreado en el trabajo.

Al mediodía, E. se ofreció para ir a comprar algo al minimarket; le pedí un triple de jamón, queso, lechuga y tomate. Me trajo uno de palmitos y salsa golf; siempre hace lo mismo... ¿es sorda o daltónica?

Mientras almorzaba me distraje con un expediente que habían dejado del Colegiado de Daños. Tenía abrochada a la carátula una nota muy mal redactada, que alertaba sobre diferentes opiniones de los jueces sobre el grado de la culpa de la víctima. Había un proyecto, y el “fijate” de siempre, que en otros pasajes se volvía “fíjese”.

Empecé a hojearlo.  Poderes. Tres certificados de discapacidad. Fotos una mujer mutilada sobre los rieles (por suerte fotocopias blanco y negro, no muy nítidas).

Doña Bouzela (o algo así) vivía en un racho al costado de las vías. Por lo visto, una tarde volvía de trabajar, caminando por la vía y un tren la arrolló. Tal vez no escuchó la bocina y cuando intentaron detener la máquina fue muy tarde. Sus extremidades quedaron desparramadas, también unas prendas que había traído del taller donde cosía. Caminaba sobre las vías, la velocidad de la formación estaba por debajo de la reglamentaria. ¿Culpa de la víctima en un 50 %?... Zonas de villas miseria exigen que el maquinista  conduzca por debajo de la velocidad legal. Velocidad permitida no equivale a velocidad adecuada. Se perdió tiempo vital haciendo simplemente sonar una bocina. Sectores sociales vulnerables.  ¿90 y 10? ¿De cuánto será el cheque para los hijos de Bouzela?

Noche de reunión de primos en casa. Pedimos pizzas y empanadas pero se van relativamente temprano.  Todos muertos de cansancio.

 

 

Sábado 25 del 5

 

El día arranca triste, murió Elsa Bornemann.

Saco a pasear a la perra y en el parque me saluda una compañera de primer año de la secundaria; por suerte estamos los dos reconocibles. Recuerdo sólo su apellido y dedico el resto de la caminata a armar combinaciones con nombres tentativos. Es horrible no acordarse cómo se llama alguien con quien tuviste bastante trato. Pero somos personas de adolescencias no googleables y hay que resignarse.

Almuerzo también para el olvido. Cuando innovo en la cocina, meto la pata.

Luego, intento poner mi casa en condiciones. Ordenar un departamento chico es frustrante. Existe un delicado equilibrio entre lo que se pone en el bajo mesada, la alacena, la cajonera, el modularcito y el placard. Y ni hablar de lo que no cabe en ese ecosistema de pequeños nichos de maderas y va a parar a lugares menos convencionales como ser detrás de la puerta, debajo de la cama, o en un cajón plástico en el patiecito. En ese hacinamiento todo encaja y parece imposible establecer un nuevo orden sin invadir, sin profanar.

Pienso en el desparramo. En los trapos y los partes de una mujer sobre las vías. Doña Bouzela, sobre las vías. Las bocinas inútiles. Bouzela con la mirada puesta donde no debe. Bouzela. Vuvuzela. Ese ruido insoportable del mundial de Sudáfrica. ¿Por qué no pensar que dijo basta? ¿Por qué no pensar que apretó los dientes y se entregó, que antepuso su imposible libertad incluso a tres hijos indefensos, que seguramente esperaban la merienda como todas las tardes?

Visito a mis sobrinos. Fl. me sorprende en cada conversación. Me muestra un portarretratos que hizo en la escuela. Ella lleva un diario, que se abre al  pasar un anillo sobre un cerrojo. Se queja de que su mamá no le cambió la pila y hace unos días no puede escribir.

Posteo en Facebook una crítica al discurso de Cristina en Plaza de Mayo. Apoyo al “modelo”, pero trato de ser honesto con lo que me jode. Cosecho adhesiones predecibles. Los gorilas, como siempre, en la niebla pero al asecho.

A la noche, cena en la casa de F. y M. con A. Menú: pastas.  Me inmiscuyo en la cocina para mojar el pan en la salsa, una vieja costumbre.

Con A. quedamos rehenes de una discusión, ya sabemos que son disparos sin balas; minutos después son la pareja de un culebrón mejicano. Deberían separarse, supongo.

 

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Jueves 6 del 6

 

Vuelvo al taller después de dos semanas. Mientras Marcelo lee uno de los textos, pienso que tengo que retomar la tarea. Me cuesta mucho escribir y no porque no tenga qué decir. Es que el diario ni siquiera me permite un personaje tras el cual refugiarme.

 

 

Viernes 7 del 6

 

El tribunal es un híbrido entre la casa de Gran Hermano y el Agudo Ávila, pero acá hay muy pocos “locos lindos” ( escribo ésto entre fallo y fallo).

A la tarde M. me alcanza en su auto hasta la casa de mis viejos. Tomamos unos mates y charlamos sobres cuestiones intrascendentes.

Recibo un llamado de mi vieja desde Carlos Paz, me cuenta que sigue engripada y se hizo atender por el médico del seguro; después fue al hotel del folleto y comprobó que era mentira que habían tenido que derivar huéspedes por un problema con el agua y luego se comunicó con la agencia de turismo y les dijo de todo… En definitiva, quiere mentalizarme de  que soy un  afortunado por peregrinar unos días del laburo a mi casa, de mi casa a la suya y de ahí nuevamente al laburo, bolsos mediante. Sus últimas vacaciones  son un calvario para ella.

En la mochila traje un par de libros y apuntes de la facultad y los acomodé sobre la mesa del comedor. Otro lugar, la misma sensación. O mejor dicho, el mismo lugar de antes, el sitio exacto donde estudiaba mientras vivía con mis viejos. Aunque quiera y me haga falta para rendir un puñado de materias, no puedo sentarme en la misma silla a ser el mismo de antes. Mi antiguo yo en mi antigua casa. La casa de Gran Hermano. La vida mis/ma//más/de/mí.

 Traje cuatro películas para ver, dos en DVD y dos en un pendrive. Pero no… Traje una parte de Fragmentos del Discurso Amoroso, impreso en papel oficio, que manoteé antes de subir al auto. Leo: página 168 /Ningún sacerdote lo acompañó / SOLO. Leo: página 171. Ideas de suicidio / SUICIDIO. Barthes, la puta madre! No es buen plan para un viernes.

 

 

Sábado 8 del 6

 

No es lo mismo levantarse un sábado en el barrio con más de 30 años y el barullo en la entrada del supermercado chino que pusieron en el galpón de al lado. Lo que no se extrañan son las constantes discusiones de mis viejos por cualquier pelotudez.

Miro los libros apilados. Los miro, nada más.

Anoche en mis sueños, otra vez, mucha gente patinaba sobre un espejo de agua congelada, como los que siempre disfrutan los protagonistas de las películas hollywoodenses unos días antes de que les ocurra algo terrible, que por el momento ignoran. Pero yo no estaba sobre la pista, sino debajo. Apoyaba las manos en esa espesa capa de hielo que me reflejaba perfectamente; pero de nada servía verme tal cual soy. Sólo quería tomar envión, atravesarla y salir a flote.

Suena el teléfono y es O., una vecina. Me dice que se alegra de escucharme después de tanto tiempo y me relata todas las peripecias de su operación de rodilla. “Mala praxis, querido, mala praxis”. Le contesto que seguramente, no porque piense que sea así, sino porque no tiene sentido desmentirla.

 

 

Domingo 9 del 6

 

Rememorando viejas épocas, me despierta un timbrazo del diariero y el ladrido histérico de la perra frente a esa intromisión. Aún somnoliento, escucho que me tiró La Capital en el pasillo dentro de una bolsa. Se apura a decirme algo más, que directamente ni registro pero de lo que me entero un rato después. El paquete quedó atascado en la bendita reja que está sobre el dintel. Arranque digno de un domingo, debajo de la lluvia, con un secador, intentando hacerme del diario.

Almuerzo con mi abuela y mi tía. Siempre que lo hago, queda en evidencia mi trauma por el paso del tiempo. Su casa es hermética y no muta. Me llenan de atenciones y recomendaciones. La “la'charpe a la mañana, Gabito, la'charpe”. Eso me incomoda. Por suerte en el afuera transcurrió el movimiento de liberación femenina.

Comemos fideos amasados por P. con salsa casera; ella no soporta ver mi plato vacío. Cuando me voy, a escondidas y con una mueca cómplice, me pone cincuenta pesos en el bolsillo de la campera. Ya no lo resisto, ni me empeño en explicar nada... ¿quién puede renegar de ser nuevamente un niño por un par de horas?

Vuelvo al depto. Vienen A., R. y M.E.  a tomar unos mates. A. prepara torta fritas, R. saca de un tupper porciones de una torta matera y comenta que tuvo problemas con la batidora, que entonces le salió así. A. sonríe;  suele decir que R. tiene mano para lo salado, pero no para lo dulce, y por eso se excusa con cada postre fallido.

A la noche se agrega F., que se va a encargar del asado. Cuando bajo a abrirle, se burla de unos cartelitos pegados en la puerta de entrada, del lado de adentro. Dice que es la letra de M., ya que trabaja con él en la misma oficina. M. es un vecino mío que, con su decálogo de la buena convivencia consorcial, pretende domar a la caterva de nenes bien que pueblan el edificio céntrico en el que vivo. Escribe frases sobre cómo  comportarse en los espacios comunes. “¡Ojo! Asegurate de que la puerta quede bien cerrada”, “el ascensor se abre sola, no la forcés” “no tires papeles en el palier, cuidá la limpieza como si estuvieras en tu casa”. Como si estuvieras en tu casa. Boludo!

Mañana sin falta voy a pagar el alquiler.

 

 

Lunes 10 del 6

 

Como estoy en lo de mis viejos, tengo que levantarme mucho más temprano para llegar a tiempo al laburo. Los libros siguen intactos sobre la mesa de la cocina. Espío por las hendijas de la persiana mientras espero que me pasen a buscar. Las calles están ungidas por una niebla muy densa y la gente irrumpe en el paisaje, camino a sus trabajos. Con días así, no hacen falta fantasmas.

 

Miércoles 12 del 6

 

M. amplió la consigna “Cuando se pide que se cuide la limpieza del edificio, eso incluye las escaleras. Si te gusta vivir en la mugre, andate a vivir a una villa miseria. Ahí seguro serás el rey/reina”.

A la tarde alguien le contesta en el mismo papel “Ojalá viviera en una villa miseria porque ahí seguramente no encontraría gente tan discriminadora como vos. Respetá a los más humildes”.

 

 

GaBriel SÉ

GEORGE BATAILLE

Publicado en De Otros. el 20 de Junio, 2013, 11:23 por MScalona

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¿ES ÚTIL LA LITERATURA?

 

 

 

 

George Bataille

 

“La felicidad, el erotismo y la literatura”,   Ed. AH

 

 

 

Nada es más común actualmente que la poesía política. Se despliega en la clandestinidad a la que se propone sobrevivir.

Quisiera enunciar a continuación un primer principio.

No es posible que haya nada humano que no deba ser intentado, que no merezca y pueda ser intentado felizmente. Tengo ante mí un poema inédito sobre la insurrección: todo lo que la rabia de la libertad hace pasar por una cabeza de dieciocho años clama en sus versos:

 

Vamos a golpear con la cabeza el borde de los límites…

 

Vestigio de un arrebato inspirado. Con una violencia tan verdadera que sólo puede agrandarme.

Dicho esto, no veo ninguna razón para no subrayar un segundo principio: se refiere en particular a esta guerra.

Esta guerra se hace contra un sistema de vida cuya clave es la literatura de propaganda. La fatalidad del fascismo es someter: entre otras cosas, reducir la literatura a una utilidad. ¿Qué significa una literatura útil si no tratar a los hombres como material humano? Para esa triste tarea, en efecto, la literatura es necesaria. Lo que no implica la condena de ningún género, sino del prejuicio, de los lemas. Solo escribo auténticamente con una condición: burlarme de esto y de aquello, pisotear las consignas. Lo que a menudo distorsiona el asunto es la preocupación por ser útil que tiene un escritor débil.

Cada hombre, si no hay nada en él más allá de la utilidad.

La caída en la utilidad por vergüenza de uno mismo, cuando la divina libertad, lo inútil, acarrea la mala conciencia, es el comienzo de una deserción. Se les deja el campo libre a los arlequines de la propaganda…

Por qué no descartar en estas circunstancias en que cada verdad resalta el hecho de que la literatura rechaza de manera fundamental la utilidad. No puede ser útil porque es la expresión del hombre- de la parte esencial del hombre- y lo esencial en el hombre no es reductible a la utilidad. A veces un escritor se rebaja, harto de soledad, dejando que su voz se mezcle con la multitud. Que grite con los suyos  si quiere –mientras pueda-, si lo hace por cansancio, por asco de sí mismo, sólo hay veneno en él, pero les comunica ese veneno a los demás; ¡miedo a la libertad, necesidad de servidumbre! Su verdadera tarea es la opuesta: cuando revela a la soledad de todo un parte intangible que nadie someterá nunca. A su esencia le corresponde un solo fin político: el escritor no puede sino comprometerse en la lucha por la libertad anunciando esa parte libre de nosotros mismos que no puedan definir fórmulas, sino solamente la emoción y la poesía de obras desagarradotas. Incluso más que luchar por ella, debe ejercer la libertad, encarnar por lo menos la libertad en lo que dice. A menudo también su libertad lo destruye: es lo que lo hace más fuerte. Lo que entonces obliga a amar es esa libertad riesgosa, altiva y sin límites que a veces lleva a morir, que hace incluso amar la muerte. Lo que enseña de tal modo el escritor auténtico- por la autenticidad de sus escritos- es el rechazo al servilismo (y en primer lugar, el odio a la propaganda). Por ello no se sube al remolque de la multitud y sabe morir en la soledad.

 

 

 

 

 

AILÉN GAGLIANO

Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Junio, 2013, 19:43 por MScalona

 

Siempre odié los diarios. Desde que aprenden a escribir hasta más o menos los once años las nenas reciben obligatoriamente para cada cumpleaños al menos un diario íntimo. Existía un solo caso en el que recibir ese libro sin tinta dentro, sin nada que contar, representaba un motivo de ¿alegría? Y el caso era que ese compañero, amigo, conocido de la familia, de esos que los padres son amigos del cuñado de tu tío y que sólo se ve en cumpleaños y funerales, fuera quien lo regalaba. Eso suponía, o al menos en mi cabeza de ocho, nueve años, que aquel muchachito de sonrisa irresistible quería claramente que una escriba sobre él. Porque claramente, él y sólo él había decido regalar ese objeto tan íntimo (que adjetivo estúpido; a los ocho años me parecía grandioso. Esta es la primer explicación de por qué nunca escribí un diario) y para nada tenía que ver que la madre compraba los regalos y que obviamente era más barato que un collar y mucho más barato que la ropa. ¡Qué trastorno intentar llenar esas páginas! Siempre fui tan inconstante: garabateaba dos o tres pavadas y eso era todo. No a pesar, sino en consecuencia de ser tan exigente, creo. Odiaba releer esas palabritas de nena, esas letras que simulaban una caligrafía consistente, artificial, que jamás tuve y descubrir que unos meses después, o a veces días más tarde, podía escribir lo mismo con mayor precisión y calidad.
Sé que esta vez me va a pasar lo mismo.

 

Mañana es el cumpleaños de S. No suelo salir, por lo tanto no tengo ropa para hacerlo. Además, las vidrieras están llenas de calaveras y cruces; si alguien sabe dónde venden ropa para gente normal, ¡por favor que me lo informe ya! Me fui a comprar un par de medias. Tenían dos tipos. Odio decidir bajo presión, (ese tema de la perfección) compre las más caras por ese extraño e inconsciente presentimiento de que lo más caro siempre es lo mejor. Llegue a casa y me las probé. ¡Parezco una prostituta! Las voy a usar lo mismo.

 

F. quiere que vayamos en auto. No me gusta un carajo. Los viernes a la noche la calle esta minada de autos; no es como los domingos que no anda nadie. Me gusta salir con F los domingos; los viernes, lo dudo.

 

El viaje con F. fue mejor de lo esperado, incluso agradable. F. tiene esa facilidad para generar, a partir de un momento x, una situación de completa felicidad. Lo cual no termino de entender. F. es todo lo contrario a lo que siempre busque en una pareja; y así y todo, siento que es perfecto para mí. ( otra vez esa maldita palabra)

Dormir es como teletransportarse o como viajar en el tiempo uno cierra los ojos un instante y no puede creer que cuando los abre haya pasado todo ese tiempo. Y en el mejor de los casos algunos casos en otro lugar.

Llegamos a San Jenaro en un abrir y cerrar de ojos (o al menos uno mio). Trasnochar antes de un viaje tiene sus ventajas.

 

El tiempo consiste en dos estadíos:

a.      Recodar el pasado; y

b.      Planificar el futuro.

El presente sólo es el plano material en donde convergen la nostalgia y el anhelo.

Aquellos que insisten en “vivir el presente” no hacen más que generar un pasado vacío y anular su futuro.

 

La nostalgia es un espejo que duplica lo vivido rescatando nuestro tiempo de las garras del olvido.

 

¡Odio mis mayúsculas cursivas! Tengo que estudiar.

 

Domingo refamiliero. Quisiera estar en cualquier otro lugar-, salvo por el postre.

 

El viaje de vuelta siempre es agonizante desesperante. La próxima vez me voy en colectivo. SOLA.

 

Mañana facultad. Hay que dormir temprano.

 

Vengo atravesado por un lunes de terror y no lamento otra tardecita sin sol.
Tengo la sospecha de que también fui feliz, tengo tantas ganas de parar y de seguir o de fugarme por algunos hilos de mí.

Lunes de matemática y dentista.

27/05/2013                 23:09

F

Sip… Y mnn charlamos :) perdon, pasa q tmb tengo muchos parciales, rindo esta semana y la otra y la otra tmb… cdo ya esté en la otra casa estams mucho mejor

Rta:

27/05/2013                 23:18

F

Y entonces yo voy a tener parciales, jajaja

 

Donde lo pondient ten los d os negr Darío: hijos p Carlo y Ste la Ac J na, Ell uilio her brinos as 17 30 de er, cuan los orro mprobar pers royo, a la alt ayer una recorrida eña. Uidos contamina el n apuleado arroyo.

 

5 teorías sobre los colectivos

1.      La probabilidad de que el colectivo pare es inversamente proporcional al tiempo con que se cuente.

2.      La recta metálica de pendiente 0 cuya ley aproximadamente debería ser y=1/4 de ventanilla fue diseñada especialmente para dificultar en exceso la visualización de la altura de las calles.

3.      Los postes de las paradas a ciertas horas x del día rotan entre sí para inconveniencia del pasajero.

4.      Cuando la densidad de población del colectivo alcanza su máximo aparece al final del colectivo una olla de oro, un aleph, o el boleto ganador del quini. Y es por eso que las viejitas y las gordas con 20 pibitos agarrados de las manos son capaces de acabar con cualquiera que se encuentre en el pasillo.

 

MATEMÁTICAS MATEMÁTICAS MATEMÁTICAS MATEMÁTICAS

Faltan 14 días y 4 horas y 13 minutos para el parcial. 14 días y cuatro horas y 13 minutos sin leer ni escribir nada referido a límites y derivadas. Queda el consuelo de esperar 5 días más para el concierto.

 

Particular de matemática. ¡Resuelvo indeterminaciones! Ojala se aplicara a la vida también…

 

Sin tiempo

 

Qué maldición, me estoy quedando un poco solo. Igual deja, voy persiguiendo mi verdad Es el principio de todo…

Paro de universidades. El Dr. S no se adhiere. Quimica hasta las 10. Reglas de Fajans. ¿Tendrá eso algo que ver con que me hayas “deformado” asi?¿seré yo el anion?¿será por alguna de esas propiedades que ya no soy la que era?¿ y que por tu efecto de polarización hay veces que no me reconozco? ¿Será por el carácter covalente que me descubro a veces con tus gestos? Probablemente compartamos más que sólo una nube difusa de cargas eléctricas. Aunque en realidad estemos compuestos íntegramente de eso.

 

Es la 1.20. Ya es jueves, mierda. Que poca bola le di a esto. Estudié todo el día, límite tras límite; rompí indeterminación tras indeterminación. Y mañana otra vez particular. Escribir no es tan fácil cuando no se es adulto. Lo mismo que tener plata, o salir por ahí, o pagar algo. Escribir mientras se estudia, para una persona EXIGENTE, es como manejar por Pellegrini a las 7.00; 12.00; 01.00 y 07.00 de la tarde. Es insostenible no poder mandar todo a la mierda y dedicar el día a dibujar fonemas que se conviertan en bases que se conviertan en palabras que se conviertan en sintagmas que se conviertan en oraciones que se conviertan en párrafos que se conviertan en algo que nada tenga que ver con el álgebra ni los enlaces químicos. Y hacer eso por necesidad, como respirar o dormir. Nadie muere de sueño; probablemente muchos hayan muerto por no escribir. O por no ser leídos. El escritor es como un cura deja todo de lado para enfocarse en lo que le compete sea dios sean los dioses griegos, los adioses, las mil y una noches, o los cien años de soledad, hace un juramento de mantenerse célibe porque cada instante de su vida debe ser dedicado a su trabajo.
El escritor también se parece a un cura  porque aunque en general (y me vienen bien para la comparación estos últimos tiempos)debe mantenerse en lo correcto, adecuado y conveniente; se enfrenta con infinitas realidades de lo mismo. Y menos mal porque de no ser así el escritor sólo podría ser escritor una vez y sería para escribir su diario.

¿cómo estudiar?¿cómo hablar con la gente? ¿Cómo trabajar? ¿Cómo ser sólo el escritor? Si cada personaje que conoce el escritor pasa a convivir con él y compartir porciones de sus pensamientos. Todavía no escribo nada y ya siento que estoy volviéndome loca.

 

Mañana jueves. Química otra vez

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                                                                    Ailén

NADA QUE VER en la Biblioteca Nacional

Publicado en Sugerencias. el 19 de Junio, 2013, 13:46 por MScalona

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nada que ver

.muchas de las autoras fueron o son integrantes de NUESTRO TALLER.

Un lujo che… llegar a la Biblioteca Nacional. Lo que vale es el libro, obvio: excelente. Se trata de una antología de cuentos de catorce autoras rosarinas, nativas o por adopción.  Muy buena muestra de la literatura joven de mujeres de la ciudad.   

MARCELO CASTAÑOS

Publicado en Cuentos el 19 de Junio, 2013, 12:16 por MScalona

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EL POZO

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El Gordo había llegado a la casa de Mauro cuando se desmoronaba por todos lados y en todos los sentidos. Y le había venido justo. Desde su aparición había acomodado las cosas a su manera, invadido todos los espacios, apropiado de cada rincón, y ejercía un reinado sin nobleza.

El gordo era un fornido que caminaba con las piernas entreabieras, como si no pudiera juntarlas. La camisa abrochada hasta el último botón le apretaba el cuello y le ponía todavía más roja la cara. Pelado en la azotea misma de la cabeza, canoso sobre las sienes y bien rapado a la altura de la nuca, respiraba con algo de dificultad, como si los pulmones no pudiesen abrirse del todo por la presión que ejercía el mismo cuerpo hacia adentro. Las manos gruesas y belludas, los pies grandes, la espalda continental, el cinturón bien apretado debajo de la panza, por delante, y un poco arriba de la cintura, por la espalda, siempre buscaba la posición para sentarse, como los perros que giran sobre sí mismos antes de echarse, estirar los cuellos y dejar las cabezas dormidas sobre piso. El Gordo se le aparecía como un sujeto monstruoso y al mismo tiempo omnipresente. Tenía la voz difónica, con la que hablaba todo el tiempo chorreando altanería, con frases hechas y llenas de moralejas. Y siempre tenía un recuerdo que venía al caso.

Había llegado con lo puesto, y un uniforme del Servicio Penitenciario que colgaba enfundado como un trofeo en un perchero. Estaba retirado, no sabían por qué. Aunque parecía más grande, era joven todavía para el retiro. Pero esa era la parte de la historia que nunca contaba.

Durante esos años, el Gordo había impuesto una disciplina de moral dudosa, una lista caprichosa de ejemplos del deber ser, y había encausado las cosas con un rigor tan arbitrario como cargado de penitencias. 

- Ella puede tomar todo lo que quiera, yo no puedo repetir la comida, aunque tenga hambre- se quejaba Mauro sin hablar. -Claro, él también toma, por eso la deja. Pero ella se duerrme, él no-. 

El ritual de las botellas vacías al lado del tacho de basura se había hecho cada vez más evidente, más cotidiano y visible. La madre se encerraba horas hasta aparecer con los ojos vidriosos, la boca húmeda, el pelo desarreglado. El Gordo no la trataba mal, no al menos a los ojos de Mauro. Sencillamente la dejaba consumirse, flagelarse. -No vale la pena tratar de salvar lo que ya está perdido- decía. Habían buscado un hijo que no llegaría nunca, y esa derrota había levantado muros adentro de esa casa donde todos parecían extraños. A Mauro le daba igual, él iba armando su coraza de chico solitario, hosco, desconfiado.

El padre de Mauro había muerto en aquél incendio de la fábrica de envases de plástico, donde había entrado a trabajar después de una temporada larga de desempleo. Lo reconocieron por el anillo y las piezas dentales. El plástico quemado lo había desfigurado completamente. Mauro apenas se acordaba, era muy chico, aunque estaba ahí cuando sacaron el cuerpo. 

Después vino el desbarranque, la casa venida a menos, el abandono. Y al final, el Gordo, con su colección de reglas y castigos: secar los platos, limpiar el auto, quedarse sin merienda, bañarse con agua helada...Las imputaciones: comer fuera de horario, dejar la ropa fuera del placard, bañarse y no secar el piso, perder una media. No era exigente con la escuela, quizás porque la creía otro esfuerzo inútil. Era implacable con detalles insignificantes, y eso sí, lo peor que se podía hacer era burlar su confianza.

De todos los castigos, había uno al que Mauro más temía: el pozo. El lugar más sombrío, la penitencia más siniestra, la suma de los tormentos que llega con la soledad y la oscuridad absolutas.

El pozo era un viejo ropero de madera gruesa al que el Gordo había reforzado con una cerradura de doble entrada y usaba de armario. Estaba en la pieza de atrás, que el Gordo había convertido en taller y depósito de herramientas. Una de las puertas se trababa desde adentro con dos cerrojos que la agarraban al marco. La otra se cerraba con llave.

El armario tenía una cajonera donde se depositaban mechas, clavos, tornillos, tarugos, bulones, cables. Y un cajón, el más grande, el de abajo, estaba reservado para las cerraduras, las llaves y los candados. En el fondo se veían los contornos de las herramientas y los clavos para colgarlas. El piso estaba ocupado por un latas de pintura y enduido que dejaban un pequeño espacio libre. 

Allí iba a parar Mauro cuando la sentencia era máxima. Media hora primero, una después, y los últimos tiempos hasta dos. El Gordo entornaba la puerta y desde afuera mascullaba la frase que tendría que servir de enseñanza. -Ahora vas a aprender...- El pozo era la cueva del pánico, el lugar donde el cuerpo temblaba irremediablemente. Aunque el chico quisiera inventar luces terminaba imponiéndose la negrura. Los primeros minutos eran de llanto, con las manos en la cabeza y los codos apoyados en las rodillas. Después la sensación de ahogo, la claustrofobia, y a lo último un rencor atragantado.

-No basta con encerrarlo en la pieza. Este, con la cabeza como la tiene, podrida, se inventa un mundo y la pasa mejor que afuera. No, tiene que ser peor, como allá- decía el Gordo.

Una vez Mauro fue a parar al pozo y despertó en su cama. Después supo lo que había pasado.

La pieza-taller era la última de la casa, estaba en una esquina, contra la medianera que daba al tinglado y otra que se levantaba por lo menos tres metros y medio, que separaba la casa de un viejo taller abandonado. 

La casa era la típica construcción chorizo que daba tanto a la calle como a un pasillo lindero, por el que también se podía salir. La llave estaba escondida en el hueco que dejaba un zócalo, un detalle extraño en una casa donde las medidas de seguridad eran regla de oro.

Mauro no tenía amigos ni en la escuela ni en el barrio. Era un nene silencioso, retraído, ensimismado en sus fantasías. No prestaba mucha atención en clase, donde se pasaba dibujando caras sobre garabatos irregulares, tallando las tizas o acomodando la cartuchera. Flacucho a la fuerza, ojeroso, de mirada perdida, pasaba por zombi entre el resto de los chicos. No le gustaba la pelota, y no tenía carácter como para acercarse a los nenes de la cuadra, que tampoco se preocupaban por integrarlo. El barrio era, puertas afuera de las casas, bastante tranquilo, y los chicos callejeaban siempre. Pero no Mauro. 

Solamente Yanina, una vecina que vivía a tres casas de distancia, había podido atravesar esa puerta que -no podía ser de otra forma- se cerraba con doble llave.

Yanina había llegado hacía pocos meses con su madre. El padre las había dejado y la madre no pudo mantener su casa anterior. Alquilaban un departamento interno en el fondo de una casa, esa típica partición donde había lugar para un pasillo y una construcción barata que se levantara en lo que antes fueran patios traseros grandes. Era más chica que Mauro, bastante, y en una edad en que las diferencias se notan más. El nene la había recibido primero con menoscabo, pero después empezó a sentirse familiar con esa presencia, y aunque la distancia no se terminaba nunca de acortar la había aceptado, le inventaba juegos o se acomodaba a los que ella proponía. El siempre le llevaba disimulada ventaja: en las cartas, en las escondidas, en las figuritas que ella no entendía pero que le divertían.

-¿Cuándo me vas a mostrar el pozo de las luces?- le preguntó ella un día. -Shhh, es secreto, que el Gordo no se entere- le contestó, aterrado de que hablar del tema fuese motivo suficiente para ir a parar a aquella mazmorra. Pero él ya lo habia pensado. Alguna vez alguien tenía que conocer la oscuridad tal como la conocia él. Era un secreto demasiado guardado como para cargarlo solo. Y aunque esa nena de pecas y trenzas a los costados de la cabeza no tenía pecados que comulgar, el solo hecho de haber entrado a la casa, de conocer al Gordo, la hacía merecedora del castigo. Y mientras más construia su mundo fantasioso, más sofisticado se volvía Mauro en la forma de transmitir el dolor. Ya no era el golpe, ni la asechanza de viejos pordioseros, ni el castigo materno. Empezaba a volverse más retorcido, más vengativo. Y el único lugar donde podía caber la venganza era en ese ser sin maldad, incapaz de defenderse...o de atacarlo.

Esa mañana del jueves la madre le dijo que pasarían el domingo afuera. Irían ese fin de semana a la casa de unos tios, a unos 70 kilómetros de la ciudad. Era por un día, pero ella quería descansar, salir de la casa. Estaba lúcida, como la veía de mañana. Después él se iba a la escuela y cuando volvía, ella ya era otra, ya empezaba a perderse, a confinarse. Y esa mañana estaba especialmente brillante, entusiasmada con el anuncio. 

Los días pasaron rápido. El fin de semana se le vino encima, el sábado se esfumó entre juegos solitarios y penitencias. Y llegó el domingo.  

Mauro se levantó temprano y fue a buscar a Yanina. No era lo acostumbrado, la niña era la que golpeaba la puerta de adelante o entraba por el pasillo. Pero ese día él tenía una buena excusa: podían jugar solamente un rato juntos antes de que se fueran.

El juego elegido eran las escondidas. Mauro le dio la chance de que se ocultara ella, salía a encontrarla rápido cuando se escabullía adentro de la casa, pero la dejaba ganar para volver a contar él. Le iba allanando el camino hacia el destino final, el escondrijo que la volvería invisible.

-Uno, dos, tres...diez, once, doce...- Yanina vio la pieza de atrás, inexplorada, misteriosa. Corrió, abrió la puerta y volvió a cerrarla desde adentro. La chapa crujió, pero él se hizo el desentendido. Terminó de contar y fingió buscarla adentro de la casa. -¿Dónde se habrá medido? ¿Dónde estará?- decía lo suficientemente fuerte como para ella pudiera escucharlo. Caminó despacio hasta la pieza-taller y entró. No le costó nada darse cuenta de que la niña estaba en el pozo. Era el único lugar donde realmente podía ocultarse. El resto de la habitación estaba bastante despejado. -¿Dónde se habrá metido esta nena?- Sabía que ella iba a aguantar en silencio, con respiración contenida. Le gustaba ganar, y él la había convencido de que era un contrincante fácil. -¿Estará acá? ¿A ver?- No abrió la hoja del ropero, empezó a golpearla como llamando a una puerta. Y no lo hacía para llamar la atención, sino para tapar el ruido. Mientras golpeaba, fue deslizando despacio la otra mano hacia la llave y la hizo girar.

-Mauro!- escuchó que llamaba la madre desde adentro. -¿Dónde estará esta nena? ¿Dónde estará?- volvió a decir mientras salía de la pieza. -¡Voy ma!- dijo ya desde el patio.

-Andá al baño antes de salir- le dijo la madre. -No vaya a ser que te agarren ganas en el camino-

Se metió en el baño. Sabía que todavía tenía un rato hasta que Yanina se decidiera a dejar el escondite. Al entrar había visto al gordo vaciando el agua de la pava adentro de un termo, último detalle de los preparativos. La madre golpeó la puerta, él le dijo que ya salía, aunque se quedó un rato dejando pasar el tiempo. Ella volvió a golpear y él salió. -Vamos, ahí viene Jorge- le dijo, y los deslizó hasta el auto con la mano pozada en la espalda.   

El gordo llegó poco después con el termo y el mate. Se los pasó a la madre y arrancó. Mauro miró hacia atrás y vio cómo la casa se alejaba, se iba haciendo más y más pequeña, confundida con las otras en la hilera de puertas. 

-¿Y Yanina?- preguntó el Gordo.

-Se fue-. 

-No la vi salir-

-Salió por el pasillo-.

-¿La acompañaste hasta la calle?

-Sí-, mintió.

-Ah bueno-, se tranquilizó el Gordo. 

El auto encaró la ruta      

Mauro vio cómo la ciudad iba desapareciendo y sintió una mezcla de ansiedad y angustia. -¿Cómo estará? ¿Se creerá todavía que van a aparecer las luces? ¿Estará cerrando los puños, temblando, moviendo todo el cuerpo y dando patadas al pozo? ¿Se estará tragando la lengua, como dice el Gordo que hago yo cuando me pongo loquito?-

-La ignorante de tu madre quería llamar a un cura cuando te pusiste así. Qué bruta. A mí me va a venir con curas. ¡A mí me decían en exorcista! Cuando entraba de guardia los enfermos y los loquitos se curaban de golpe. Nadie pedía ir a la enfermería. No iban ni aunque quisieran. Ya sabían esos que detrás de la enfermería estaba el pozo-. Esto último lo decía en voz baja, para sí mismo. -Se les iban todos los problemas, decían que hasta el diablo se espantaba-, contaba, entre risas que se ahogaban por la difonía. -Y eso que había un par de loquitos con esas cosas que te agarran a vos-.

-Es una nena muy buena Yani- volvió sobre el tema el Gordo.

-Sí

-Tenés que estar agradecido de tener una amiguita así. A vos no te da bola nadie. Tenés que cuidarla.

-Sí, es buena, pero yo también soy bueno y voy al pozo igual- pensó. Y aunque la imagen de la chica temblando en convulsiones se le vino una y otra vez, se durmió.

El día de paseo se hicieron dos. La noche los agarró antes de salir y la madre estaba descompuesta. Mauro sintió primero un cosquilleo y después una puñalada en el pecho. Ya no podía decirlo. -Yo pensé que se había ido, es verdad, no la acompañé hasta la puerta, pero ella me dijo que se iba y después no la vi más- empezó a armar su testimonio. 

Tardó siglos en dormirse, miraba la lámpara apagada con la poca luz que llegaba del pasillo y entraba por hueco de la puerta entornada. Tenía los ojos abiertos y jugaba a no parpadear, los labios apretados, la mandíbula dolorida de tanto hacer fuerza. El Gordo roncaba desde hacía rato y la madre estaba desmayada.

-Te pasa algo Mauro- le había dicho la madre cuando esperaban al Gordo e el auto, cuando todavía podía mirarlo. 

-No, nada-

-¿Seguro?

-Seguro.

La verdad podía ser el remedio para la nena, pero del otro lado estaban el Gordo, el pozo, o un castigo todavía peor. ¿Cuánto podría aguantar Yanina? ¿Cuanto tiempo iba a tardar la mamá en buscarla? -Seguro llamaron a la policía, o se metió y trató de abrir la puerta- trataba de elucubrar. Cuando volviera, iría directamente a abrir el armario y dejar que el resto lo descubrieran los demás. O ya estaría todo el barrio buscando. -Yo no sabía nada- se dijo una, dos, mil veces imaginando la escena, temeroso y al mismo tiempo seguro de haberle dado al monstruo una estocada de la que no se iba a reponer nunca. A él le iba a ir mal, pero el Gordo iba a concentrar la suma de las acusaciones.

Tardó en despertarse ese lunes. No estaban ni el Gordo ni la madre.

-Fueron al centro del pueblo a comprar unas cosas- dijo la tía.

Volvieron y almorzaron en aquella casa. Mauro lo vivía como el último. Nada iba a ser igual después.

Cuando subieron al auto, alcanzó a ver el bulto en el asiento de adelante.

-¿Y esa muñeca?

-Se la llevamos a Yani. Le compramos eso y unos conitos de chocolate- dijo la madre, que agarraba el juguete de las manos y lo amacaba.

-Tenés que estar contento de tener una amiguita asi- insistió el Gordo una y otra vez. 

Mauro miró por encima del hombro de la madre. Era una muñeca de alpillera; la boca, que le atravesaba toda la cara, estaba hecha con puntadas de hilo rojo, y los ojos, abiertos y tiesos, con lentejuelas. Tenía el pelo rubio con dos trenzas a los costados y unas pecas groseras dibujadas sobre la mejilla. Mauro no quiso verla más, tenía la sensación de que lo seguía con la mirada y llevaba la cabeza hacia atrás, con un además de tragarse la lengua. Eso lo torturó todo el viaje. 

Las imágenes se iban amontonando de forma vertiginosa. Quería gritar, confesar, no aguantaba más esa presencia. Pero se contuvo, a esa altura nada iba a cambiar el rumbo de las cosas, salvo el suyo mismo.

Casi se baja con el auto en marcha cuando llegaron. No había policías ni bomberos, nadie se había amontonado; la casa, la cuadra, el barrio, eran los de todos los días. No supo si era bueno o malo. Corrió, no quiso esperar que llegaran a abrir, entró por el pasillo, sacó la llave escondida y fue directo al pozo. Se detuvo un segundo antes de tornar la llave, finalmente la abrió.

Estaba allí, los ojos abiertos, las manos petrificadas con los dedos como patas de araña, y un mechón de pelo todavía colgando de una mano, la garganta rasgada hasta sangrar por la desesperación del ahogo, la boca entreabierta y la lengua hacia atrás, inmóvil, cadavérica. 

Mauro estiró la mano para taparle los ojos, el brazo de deslizó hacia adelante. La mano atravesó el espectro y se pozó sobre uno de los tachos de pintura. La corrió hacia un lado y encontró otro tacho, y otro. Destrabó la otra puerta y la abrió. Buscó en el absurdo, abrió los cajones, tanteó el fondo. -No está, no está- se dijo mientras empezaba a sentir que la respiración lo traicionaba. -Yo no fui, no fui- Giró sobre los pies y miró a todos los costados, temblando y respirando bocanadas de aire cada vez más continuas. Fue a la puerta y la entreabrió. Sintió los ruidos adentro de la casa. Volvió a buscar en el armario, se paró sobre la base y dio un salto para poder mirar el techo. -No está-. Volvió a buscar en el armario.

Su misma respiración hacía un ruido de fuelle que no podía contener. Quizás por ello no advirtió la presencia detrás de él. Fue un golpe seco en el espinazo. El pie del Gordo medía casi lo que su espalda. Cayó adentro del pozo y vio cómo se entornaban las puertas. Y antes de que se cerraran por completo, llegó a ver la cara redonda, con la camisa abrochada hasta el último boton, más colorado que nunca.

-¿Así que la vas de carcelero vos?- La boca largando esa frase fue lo último que vio. La llave giró. 

-Ahora vas a ver en serio lo que es el pozo, cabeza podrida-.

Ya en la oscuridad, quiso entender lo que pasaba. Era un sueño, un mal sueño de esos que tenía cuando el Gordo lo mandaba a la cama sin cenar.

Allí, en medio del silencio, aguzó el oído. Sentia voces en la casa. Y reconoció el timbre agudo:

-Si usted no me sacaba antes de salir ¿me iba a quedar todo este tiempo ahí?- Las voz se sentía lejana, casi inaudible, pero Mauro la escuchó.

-No, nena, eso no iba a pasar nunca. No tenés idea de dónde vengo- escuchó que el Gordo decía con la voz fuerte, adrede. -¡Yo tengo ojos hasta en la nuca!- Y eso lo dijo gritando, girando la cabeza y un poco más la boca para hablar hacia atrás sin darle la espalda a la chica.

-Llevate la muñeca y esos copitos de chocolate, convidale a tu mamá y decile que yo le voy a hablar. Ah, y no te olvides, hoy estuviste jugando con Mauro. 

 

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                                                                                Marcelo Castaños

LAURA BERIZZO

Publicado en relatos el 14 de Junio, 2013, 15:44 por MScalona

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Los puntos de la carne

 

 

Tengo la mala costumbre de prestar atención a las conversaciones de las personas cercanas cuando ceno sola. En la parrillita del barrio, sentada junto a la ventana abierta porque no funcionaba el aire, generalmente no funciona; escucho una voz femenina que viene de una mesa en la vereda ¡seco!.

En la conchocracia el asado se come seco.

Frente a ella, descubro a Pablo con claras pretensiones amorosas, que se dirige al mozo con resignación, encogiendo los hombros y cediendo su masculino “a punto” ante la implacable mirada de la conchócrata de turno.

Ella no puede hacer otra cosa que renegar de la sangre.

Comen en silencio, se miran a veces entre copa y copa, se levantan, se despiden en la esquina sin un beso, él le para un taxi, ella sube. Ya no se miran.

Pienso que irremediablemente, no habrá nada que hacer. La imagino insatisfecha pensando ¡Qué pase el que sigue!

Termino mi entrecot, medium well. Mi vecino, el guapo del 5to, duerme en mi edificio, solo, otra vez.

 

 

 

Limitaciones

 

Mi infancia estuvo plagada de un fuerte temor de mis padres a que me ahogara en el río. Cada mediodía, a partir de setiembre cuando empezaba el calorcito, los almuerzos se poblaban de historias de muertes trágicas en el Carcarañá. Con mis hermanos, tuvimos que tomar cientos de cursos de natación con cuanto profesor novedoso llegara al pueblo. Nadé vestida a las 8 am todos los sábados de verano durante años sintiendo un frío mortal e innecesario porque jamás me gustó meterme al río. Abandoné la pesca de mojarritas con mi abuela los domingos a la tarde y por consecuencia, esas exquisitas frituras con vino y soda que comíamos a la tardecita.

A los 15 años, ya había desarrollado un temor completo a la oscuridad, a los seres sobrenaturales que habitaban detrás de la cortina del baño, a los perros callejeros y domésticos, a las palomas de la plaza, a las gallinas del patio de mi tía Teresa, a las imágines satelitales del espacio de un atlas y a las alturas.

A los 18, ya no tenía conexión real ni con el cielo ni con la tierra.

A los 32, luego de 17 años de deambulación por divanes de todos colores y texturas, logré casarme con poco éxito.

Actualmente, detesto el Google Maps, presa de una ansiedad inexplicable y un gusto metálico en la boca, no puedo abrir ningún archivo.

 

 

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                                                                           LAURA  B.

 

 

ROSARIO SPINA

Publicado en Aguafuerte el 14 de Junio, 2013, 15:29 por MScalona

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¡Se te pasa el arroz!

 

Este tema me tiene especialmente crispada. Cada vez que alguien me pregunta cuánto hace que me casé, sé que detrás vendrá la inevitable cuestión. Imaginan cual… ¿cierto?

 

La verdad, no me interesa entender si es costumbre, tradición o boludismo del que pregunta. Pero deberían saber que una mujer que todavía no tiene hijos igual tiene una vida y —seguramente—   está muy feliz con ella.

 

Hace tiempo crucé en un bar a una conocida del lugar donde nací. Haciéndole honor a una indiscreción bastante pasada de moda, no dudó en meterse de lleno en mi intimidad y luego del ¡cuánto tiempo que no te veo! lanzó la odiada cuestión. Y lo más llamativo de esta chica —de esta gente, porque son unos cuantos— es que se creen con derechos por haberse cruzado con vos una veintena de veces en la calle o en el súper. Y a veces, ni siquiera eso.

 

La cosa es que luego del fastidioso cuestionamiento, mi respuesta no tardó. Le dije que esas preguntas son de otra década y que entonces ella también ya estaría pensando en tener un hijo (tenemos casi la misma edad). Entonces, agregó: ¡Ah, pero vos estás casada!

 

¡Claro! ahora resulta que casarse te habilita automáticamente (o más bien, TE OBLIGA) a quedar embarazada en los próximos 18 meses. Bueno, avisémosle a las que están embarazadas y en concubinato, a las que esperan un hijo y recién están de novio y bueno, ni que hablar a la que quedó embarazada y duda sobre la paternidad de la criatura en camino. En la lógica de estas personas ésas son unas locas bárbaras ¿cierto?

 

Pregunto: ¿Cuál es la relación que establecen estas mujeres con el desubicado cuestionamiento del Para Cuando?

 

A veces sospecho que es como una provocación de tiempos pasados. Por un lado, de las que ya son madres: “A mí ya me tocó, te paso la posta, no te hagas la tonta. Que el caos se te arme a vos ahora”. O un recordatorio de las aún más jóvenes, algo así como: Ya estás grandecita ¿todavía no pensás embarazarte?

 

Sí. Se nos pasa el arroz. A que seguro alguna tía desubicada ha usado esta metáfora doméstica para creer que nos apurará el trámite ilustrando la situación de ese modo. Olvidan que muchas –además- no somos Narda en la cocina, y al fin y al cabo ¿cuál es el problema del arroz pasado?

 

¿En serio esta gente cree que ayuda con cuestiones tan fuera de lugar? ¿De verdad ignoran que si quisiéramos ser madres, ya lo estaríamos siendo sin aguardar sus inesperadas opiniones?

 

¿Y qué sucede con estas preguntas desubicadas cuando la mujer en cuestión no es mamá no porque no quiere sino porque no puede? ¿Las obligan a hacerles un doloroso inventario de las razones por las cuales no logran tener hijos?

 

Y no me vengan a hablar de “instinto maternal”. A ver, díganme, ¿desde cuando la sociedad de “La Razón” valora tanto seguir improbables “instintos”?

 

Es verdad, la sociedad espera que las mujeres en edad fértil tengamos hijos. Como también espera que las gordas se conviertan en flacas, que las hippies dejen de tejer trenzas y se busquen un laburo de oficinista, que las de más de cuarenta se borren las patas de gallo, que la chata se ponga unas tetas infartantes…la sociedad espera, sí. Pero que haya boludas que sigan repitiéndote estos mandatos sociales como si fueran la Constitución Nacional, al menos déjenme decirles que molesta, que incomoda, que desde el momento en que hacen esa pregunta se paran en el lugar de ridículas juezas de organismos liderados por un machismo retrógrada. Les faltaría completar la idea con “y acordate de atender a tu marido para que no se vaya…”

 

Así estamos señoras. La maternidad, como tantas otras cosas en esta sociedad, está sobrevaluada. Y las que decimos que no —por el momento, o por siempre— somos vistas como bichos raros. Como inexplicables fenómenos mutantes.

 

Pero no faltan de las otras. Las del bando “hago mi vida y no jodo la tuya”. Vos, lectora, si estás navegando en este sitio, vos seguro sos una de ellas. Y obviamente te cruzarás con las inquisidoras en algún momento de tu vida. Cuando ese día llegue, lectora, y la pregunta salga, mirala a los ojos, dedicale una carcajada gigante y no pronuncies ni la más mínima respuesta. No le digas nada. Que alguna vez aprenda lo valioso que puede ser  callarse la boca.

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                                                                                          Rosario Spina

 

JOAQUÍN YAÑEZ

Publicado en Aguafuerte el 14 de Junio, 2013, 14:35 por MScalona

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Miedo

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Me decidí. Bueno, me decidieron en realidad. Me decidieron a escribir mi primer libro de autoayuda ¿por qué no, acaso no escribió dieciocho el licenciado de las cosas tóxicas sin que nadie lo meta preso? Y no es que dude de la capacidad de Bernardo de solucionar todas las neurosis humanas, sino que… o sí, es eso.

Tomé la decisión en la farmacia que está en la esquina de Grandoli y Becquer; entré acompañando a un amigo de los que me quedó en Tablada, el tipo necesitaba un no sé que coso para el hijo de la mujer que tenía  angina. Por mantener la costumbre de contarnos entre los protagonistas las mismas anécdotas una y otra vez, veníamos hablando de cuándo salimos de laburar y, los dos vestidos de central, decidimos tomar un porrón en el quiosco de Grandoli y Lamadrid, nos reíamos de que casi nos matan, de hecho, fue un milagro que no nos mataran; frente al quiosquito había una “sala de videojuegos”, que en realidad era un lugar tétrico, sin ventanas, lleno de reventados, y como esa tarde había jugado Nuls, lleno de reventados, violentos, hinchas de Ñuls. Los tipos salían y entraban del tugurio como dudando, no sabían si éramos vecinos, unos temerarios, o unos salames por demás despistados. Dudaron demasiado, cuando se decidieron ya huíamos, insultando y haciendo señas obscenas desde la moto.

No sé cómo zafamos, dijo Marcial, mi amigo, entrando a la farmacia. El farmacéutico cazó la frase al vuelo y mandó un “está jodido el barrio” que fue, más allá de la invasión a la privacidad, una desnaturalización de la anécdota, una afrenta a lo vivido. Nosotros no hablábamos de inseguridad, sino de inconciencia, de ingenuidad, hasta de picardía, pero, ¡por Dios!, no de inseguridad. Como cualquier otro barrio, respondí dolido.

 

Esta intervención inoportuna del farmacéutico en una charla de amigos, me motivo a escribir mi libro de autoayuda “Deje de ser tan vigilante en cuatro lecciones simples”. En su formato comercial el libro consta de 327 páginas, 25 láminas full color en papel ilustración de alto gramaje, y una sección interactiva dónde, respondiendo un cuestionario de opciones múltiples, el lector puede ir conociendo su progreso, incluso antes de terminar el libro.

 

Cómo soy conciente de la utilidad que mi sistema brinda a la pequeña burguesía, así como del incordio que puede representar leerse un mamotreto de más de 300 páginas, he forzado al máximo mi capacidad de laconismo para mostrar lo esencial del método en poco menos de 3000 caracteres. Presento a continuación el resultado de dicho trabajo.

 

 

Maneje su sensación de inseguridad sin fatigarse la vista

 

 

Los destinatarios de este trabajo no son las personas que buscan justicia, estas no encontrarán aquí solución alguna. Por el contrario, pretendo sacarle un peso de encima a la gente que, viviendo en una ciudad, añoran más seguridad.

Seguridad es la tranquilidad de una persona procedente de la idea de que no hay ningún peligro que temer. En verdad es la idea de que los riesgos que corre están dentro de los límites aceptables, ya que “estar a salvo”, así, de modo absoluto, es imposible.

Lo primero que haremos será tomar perspectiva del lugar que habitamos, repita con migo: vivo en una casa. Vivo en una ciudad. Vivo en sociedad. No vivo en zona de guerra. Bien, ya tomamos conciencia de eso.

Ahora recapacitemos sobre lo siguiente: vivir en una ciudad, de un país que no está en guerra, así sea Rosario o Munich, es vivir en uno de los lugares más seguros del mundo. Después podremos descubrir que sí, que existen ciudades más seguras que otras, pero por el sólo hecho de vivir en una ciudad debe usted sentirse una persona afortunada, repita quince veces “soy una persona afortunada”.

¿O podemos pensar que vivir en el campo, en una zona bélica, en el desierto, o en la sabana, tiene menos riesgos que vivir en Berazategui, por decir un lugar? Yo diría que no, que entre Bagdad y Berazategui, sigo prefiriendo Berazategui. Repita otra vez “soy una persona afortunada, no vivo en Bagdad” incluso puede pasar que usted no viva en Bagdad ni en Berazategui, en ese caso repita “soy una persona extremadamente afortunada, no vivo  en Bagdad ni en Berazategui”.

Créame que no hay nada que yo quisiera más que decirle aquí que la inseguridad que usted siente es por causa de la pobreza, de la marginalidad, de la injusticia inherente al sistema, todos conceptos ciertos, pero al hacerlo le estaría mintiendo, estimado, si no me cree fíjese que hasta en Copenhague aparece cada tanto un maniático que liquida 60 personas de un tirón, ni hablar de los norteamericanos, las personas más paranoicas sobre la faz de la tierra. ¿Qué se le va a hacer? Son los riesgos propios de vivir en sociedad, no por eso vamos a llenar la calle de milicos, ni a erradicar a los pobres, ni a vivir asustados.

Los riesgos existen, no crea que yo ignoro que en caualquier esquina lo pueden amasijar a uno por veinte pesos mugrientos, pero su sensación de inseguridad no es tanto por dichos riesgos sino por la notable entidad que le ha dado a los mismos.

 

 

 

Joaquín Yáñez      

LUCAS ALMADA

Publicado en Nuestra Letra. el 13 de Junio, 2013, 0:54 por MScalona

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Pseudo-diario

Diario I

Diario II        

Viernes 24

¿Se puede hacer un diario si no se hace por deseo propio? Creo que pierde algo de su esencia, o bastante, sino toda. Preguntar qué es lo que tengo que escribir me obliga a un rodeo que le saca toda la vitalidad a lo que quiero escribir. Lucia que escribe su diario desde los seis años no se lo debe preguntar, sencillamente escribe, tal vez nunca se lo preguntó.

Acepto el juego a sabiendas que el grupo está leyendo a medida que escribo, es decir, es el destinatario. A propósito ¿Quién es el destinatario de un diario? Lo que escribo tiene incluye la intención de alguien a parte de mi lo lea, y entonces problema es inevitable. El que escribe un diario para publicarlo, me parece que está utilizando el formato para causar un efecto, pero nada más.

Quién te dice empiezo ahora a escribir el diario y no paro más. Sería, para mí, como escribir en el cuaderno de notas todos los días, porque ahora lo hago de vez en cuando, no tanto para recordar una idea, sino para sacármela de encima, porque cuando me asalta alguna se me puede volver una obsesión.     

[Jueves-viernes (madrugada)]

Comida con ex -alumnos del gimnasio. Inesperada. De vez en cuando la vida se nos brinda en cuero…

(El grupo con el que trabajé durante algunos años, se mantiene unido y organizó un viaje a escalar el Uritorco conmemorando los 20 años de la primera salida que hicieron como grupo conmigo a ese mismo lugar. Hace más de 15 años que no soy más su profesor)

Veinte años no es nada, dicen ellos y yo también, una frase tanguera que sólo se comprende en toda su dimensión después de los cuarenta. Me parece una maravilla, que algún hilo de afecto queda todavía, en tiempos líquidos, de cambios y recambios vertiginosos. Por supuesto, confirmé que voy. Puedo definir esa etapa de mi vida como un momento de mucha intensidad y aprendizaje. Siento que llega desde lejos un reconocimiento, que como siempre no se busca, se encuentra.

No sé cuanto tardé en dormirme pero, sí que este hecho a medida que lo pensaba iba tomando mayor relevancia. Recordé fotos viejas, algunas anécdotas y hasta una poesía que escribí y les regalé al grupo en la fiesta de fin de año. No sé que habrán pensado de mí los muchachos.

En la madrugada misma había decidido comenzar el diario con este acontecimiento. Y como siento ese doblez de escribir un pseudo diario, lo voy a hacer tomando la famosa idea de Wittgenstein, que llevaba un diario en el que escribía en las páginas pares lo personal, y en las impares lo filosófico.

Para que un diario sea leído por otros, muchas veces necesita de los paréntesis del editor.  

El relato que presenté de historias de vida fue aceptado, y eso confirma el rumbo del proyecto en el que trabajo. Y, hoy, se lo entregué a su protagonista M (la viuda de un militante asesinado por la dictadura). Todo fue sobre rieles, y tuvimos una hermosa conversación, que también confirmaba el camino que estoy iniciando. Pero no leímos el texto en el café que nos encontramos (¡por suerte!). Así que a esperar que le parece.

Digamos, sin llamar a los malos espíritus, que estoy feliz. ¡Ojo con la felicidad! Y  me toca hacer el diario justo esta semana, ¡hace años que ninguna barita mágica tocaba alguna de mis semanas! ¿A quién le interesa el diario de alguien que está feliz? Por ahora, no voy a hacer ningún esfuerzo por sentirme deprimido, triste o melancólico, prefiero repetir el ejercicio otra semana.

Sábado 25

Espero y desespero. Tengo el e-mail abierto todo el tiempo para recibir la respuesta, y no llega todavía. Estoy seguro que ya lo leyó, pero ¿por qué no me responde?

Escuché el álbum completo de Serrat: Mediterráneo. Y varias veces ¡qué buenas canciones! No deberían ponerse de moda, ni pasar de moda. Ni discos de platino, ni protagonista en fiesta retro: buenas canciones para tener a mano.

¿Tienen algo significativo los conflictos familiares? No pongo nada. Es la respuesta de M la que me interesa y no puedo dejar de pensar en eso. No debería ser tan importante para mí, sin embargo lo es.

Domingo26

Calendario litúrgico 2013 ciclo C, año impar - Santísima Trinidad

Tiempo ordinario, color verde (puede ser blanco también)

Proverbios 8, 22-31; Salmo 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15.

Si la trinidad no se hubiera inventado trescientos años después de la muerte de Jesús, hubiera sido más efectiva como doctrina y no parecería un parche. Un problema de identidad: tres y uno. En cierta medida, nosotros mismos somos tres y uno, tenemos tres aspectos que no podemos desglosar: el material (lo biológico, el Jesús histórico), el espiritual (las convicciones, la fuerza del espíritu) y el creativo (padre/madre como potencias creadoras y recreadoras del mundo humano). Hay un elemento presente en estos tres aspectos por el que uno puede vivenciar la unidad: el amor. Somos seres trinitarios.

Podré vivir sin Dios, pero no sin la Biblia. Cuando la leo me siento inmerso en la historia de la humanidad, o de gran parte de ella.

Sigo esperando la respuesta de M. Revisé el correo no deseado por las dudas, y nada.

Lunes 27

Le escribí a M, no sé si hice bien, pero quiero descartar cualquier problema informático. Veremos…

Lo de la espera de la respuesta, me parece que no va en el diario. Ya puse que se lo di. ¿Qué tengo que andar contando todos los días que espero la respuesta? Por supuesto que espero la respuesta y punto.

Fui a la librería, a comprar el Diario de K. Mansfield, y por supuesto alguno se agrega. Busqué en Losada, en la colección Aniversario, que tiene todos títulos importantes, “El hombre que murió” de D.H. Lawrence. Hablamos de ese libro con Don Jorge en el café. No estaba, pero encontré, no sólo algo que no buscaba, sino desconocido: “Vidas imaginadas” de Marcel Schwob. Narra vidas de artistas y dioses. No hace biografías, y pretende salir de la historia. Le interesa que esas vidas, al igual que una obra de arte, muestren su singularidad, lo raro, aquello que la hace única. Le escapa a toda generalización. En uno de los relatos cuenta la vida de Petronio, el novelista, y dice: “Petronio desaprendió completamente el arte de escribir, en cuanto vivió la vida que había imaginado.” (p. 64)

[noche]

La mesa de café: Don Jorge, más de 80; Atilio, más de 30; Manuel, más de 20; y yo, más de 40. La amistad del café, hace que las fronteras generacionales sean más permeables. ¡Cuánta riqueza hay en ello! ¡Que placer!

Martes 28

Como todos los días voy al trabajo caminando, y cada día los árboles (fresnos, tilos, arce, plátanos) van cambiando su color de manera sorprendente. Nunca deja de llamarme la atención. No hace mucho tiempo descubrí que es la estación que más me gusta.

Lo del otoño, no está mal, para un día que no tenía nada que escribir. Podría escribir este párrafo todos los días, de todos los otoños. La verdad, que dejar vacío un día es un bajón. Es asumir que pasó un día sin pena ni gloria. La escritura del diario, te exige reflexionar un poco más detenidamente, y bueno, si no lo hay nada extraordinario, tanto pensar, aparece. Escribir un diario exige un intenso trabajo de REFLEXIÓN.

Miércoles 29

Llegó la respuesta de M. Leyeron el relato además su hijo y el resto de la familia y les gustó mucho. El tema siempre le vuelve por algún motivo, aunque está muy elaborado, noto que se pone triste cuando hablamos.

Suspendido el fulbito con los muchachos por el partido de la Libertadores. En lugar de preparar el bolso, preparo un buen vino con una tabla de quesos.

Buena experiencia la de escribir el diario. Pero, en realidad creo que mi verdadero diario está estampado como un palimpsesto en la ventana de mi escritorio, como resultado de las cavilaciones sobre por qué hago lo que hago, o por qué dejo de hacerlo; o, que es lo que quiero hacer y por qué no puedo.

No puse nada de sexo, no sé como interpretará el grupo esta presencia-ausencia. Bueno, a quién podría interesarle mi vida sexual, en todo caso que cada uno se gestione su propia fantasía.

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Lucas A

DIANA SANGUINETI

Publicado en Aguafuerte el 13 de Junio, 2013, 0:46 por MScalona

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Niños

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El homo argentinius es como un chico llorando por el quinto chupetín.    

Niños colorados de rabietas queriendo lo que no se puede. Pidiendo por décadas lo que ya se sabe que no nos darán.

Creemos que la causa de todos nuestros males son los políticos, como si los políticos no fueran nuestros, como si no salieran de este mismo barrio, de nuestros compañeros de escuela, de nuestros amigos, de los amigos de nuestros parientes.

¿Por qué no podemos sentir que ellos son nosotros? ¿Los habremos visto bajar de una nave extraterrestre alguna vez?

Gritarles ATORRANTES con la garganta desgarrada ¿no vendría a significar lo mismo que reconocernos atorrantes todos nosotros?

Ah, no no, hacerse cargo es algo muy de adultos para nosotros que sólo queremos el quinto chupetín.

Yo sé que madurar es doloroso, pero también sé que si no madurás tampoco vas a llegar nunca a ningún clímax. Es así, no le demos vueltas.

Hagamos la pruebita de laboratorio: si tuviéramos que elegir sí o sí entre dos únicas opciones, a saber: 1) ser eternos niños y vivir en la infinita inocencia de la infancia o 2) ser hombres y mujeres crecidos que en algunos ratos de la vida adulta pueden sentirse los dueños absolutos de sus destinos, ¿por cuál nos inclinaríamos?

Vamos, no nos engañemos, todos repetimos qué linda que es la infancia pero no renunciaríamos nunca más a estas canas y estos pliegues epidérmicos que tantas satisfacciones nos han dado.

Bueno, algo de eso nos pasa a los argentinos: queremos convencernos de que los ladrones que nos dirigen no somos nosotros mismos y que algún día, por sola imploración, los ladrones tendrán la piedad de dejar de serlo ¿se convertirían de golpe en buenos? ¿por qué? si son intrínsecamente malos Si hubieran tenido la sensibilidad para distinguir entre el bien y el mal y además supieran que el bien es mejor, entonces no serían corruptos atorrantes, simplemente porque no lo hubieran elegido nunca. Conclusión: es como el viejo pedido de las peras al olmo.

Pero nos olvidamos de meter en la ecuación el hecho trágico de que los costos son muy altos. Irreparables, para muchos hermanos nuestros que podríamos ser nosotros mismos, o nuestros propios hijos, el tuyo, el mío. Esto podría ser sólo un chiste malo si no fuera que en el camino mueren muchos y otros muchos viven muertos.

Lo que pasa es que para convertir la revolución pacífica en un hecho posible hay que laburar. Laburar mucho. Largar muchas cosas que no queremos dejar.

Putear a otros y colocarse en el banquito petiso de las víctimas es re cómodo, hasta que llega un momento en que… un día en que… hasta que… ¿hasta cuándo?

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                                                                                       DIANA S.

TOMÁS DOBLAS

Publicado en Cuentos el 11 de Junio, 2013, 18:11 por MScalona

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Junto a la barda

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Guardó el arma bajo la ropa mientras la llevaba al auto y luego la puso debajo del asiento.

No actuaba con premeditación, simplemente seguía los impulsos del momento. Volvió  a la casa, ella vendría pronto y ya tenía todo preparado.

Le confirmó por teléfono que si, que iría. Necesitaba hablar con él, quería verlo.

Se sentó en el sillón del living y esperó.

Recordaba cuando lo dijo. Fue en el café de siempre, había ido a buscarla a la salida del colegio, pero ella no estaba en clases. Bajó de un taxi y le dijo con el beso “tenemos que hablar, basta ya”

Sabía que pasaba, siempre se sabe. Pero nunca pudo afrontar los conflictos, siempre fue mejor no pensar. Quizás si no actuamos, las cosas se solucionan solas. Pero ella no era así.

Suavemente y mirándolo a los ojos, le explicó que ya no había misterios, que  quizás se conocían demasiado y que siempre lo iba a querer.

Nunca entendí, le dijo, como yo, que no soy linda ni buena, pude encontrar a alguien como vos que no pareces de este mundo.

Pero el amor es otra cosa le aclaró. Y él sabía que su amor lo tenía Juan.

Seguramente ya lo presentía y no se asombró de eso, si de sus argumentos, que no pudo comprender.

El breve sonido del timbre lo arranco del sillón, al abrir la puerta se encontró con la dulce sonrisa que tanto esperaba.

Entró como lo hacia siempre sólo que esta vez no lo besó, apenas le toco el pelo con un gesto de ternura apenas reprimida que le dolió como un balazo.

Se sacó la campera y se sentó en el sofá, donde tantas veces se había entregado desnuda, con los ojos abiertos y fijos en él.

Le dijo que lo veía mal, muy delgado y descuidado. Y que no quería verlo así. Le pidió que saliera con Julia, que lo había llamado tantas veces y le regó que no bebiera.

Se levantó y fue a la cocina, inspeccionó en la heladera y frunció la boca al ver las botellas. Luego entró al dormitorio, abrió la puerta del placard y observó el revuelto de ropas. Silenciosamente fue ordenando y acomodando un poco, separando las prendas sucias. Cuando terminó se sentó sobre la cama y miró despacio a su alrededor, todo le resultaba conocido y lejano a la vez.

Él, mientras tanto, se avergonzó  de sí mismo. De todo lo que en su desesperación había lucubrado, de la larga serie de variantes que imaginó, para no ser descubierto, para no ser él.

Después con el tiempo se dio cuenta que sería inútil fingir, y también desleal. Que importaba, si después la vida ya no seria.

Ella volvió del dormitorio con una sonrisa triste, le recordó que en 10 días era su cumpleaños (eso lo sobresaltó, no lo recordaba) y, con forzada jovialidad, le dijo que quería que la invitara a la fiesta.

De repente él le dijo que no quería estar en la casa, que salieran, a tomar algo, a algún café.

“Esta bien, y quiero que hablemos de tu futuro, no podes seguir así”

Tomaron la calle de siempre, ella supo a donde iban, era su lugar.

El barrio terminaba míseramente en un conjunto disperso de casas con paredes sin revocar, como las de su infancia. Mas allá las bardas, el campo, la paz.

Ahí habían ido al principio, a charlar, a reírse de las mismas cosas, de la misma gente. A empezar a quererse y luego a besarse largamente, sin apuro, descubriéndose.

Ahí habían empezado y ahí debían terminar.

Ella reclinó el asiento y mirando fijo hacia delante le comenzó a contar, de su trabajo, de las materias rendidas y las que estaba cursando, de los viejos compañeros que ya no veían. No le hablaba de Juan ni de su relación, y en todo momento mostraba que la vieja intimidad no había muerto, estaba viva entre los dos. Y se lo dijo: “vamos a ser amigos, quiero ser tu amiga, no conozco a nadie como a vos”.

De repente buscó algo dentro de la cartera y lo sacó, se lo extendió “para que lo leas antes de dormirte, siempre lo quisiste”.

La mirada del niño rubio, cubierto con una capa azul, le devolvió la suya desde la tapa del pequeño libro de bolsillo.

Unos pibes jugaban en la calle, descalzos, entraban y salían de las casas de la esquina. Él recordó cuando también jugaba a la pelota en las calles de un barrio igual a ese, igual a todos. Entonces le gustaba una chica, Laura ¿cómo podía acordarse todavía? Le sorprendió advertir cuanto hacia que no pensaba en nada de su vida antes de ella.

Ella se había vuelto hacia la calle, con la frente contra la ventana miraba también como jugaban los chicos. Una infinita tristeza fluía de su mirada.

Él la miró, vio sus estrechas espaldas, el pelo negro cayendo sobre sus hombros, descubrió su perfume, todo le era dolorosamente familiar.

Resistió el impulso de tocarla, y repentinamente la sintió como nunca antes la había sentido, casi percibió cada músculo tenso de su cuerpo joven, cada gota de sangre corriendo en su interior.

Comprendió entonces que todavía era suya, que en realidad nadie podría quitársela porque estaba dentro del él, en sus cansados huesos, en sus nunca derramadas lágrimas, en la brutal alucinación de su memoria.

Tenía que matarla y solo había una forma de hacerlo.

Se inclinó y despacio saco el arma debajo del asiento, La miró por última vez en el reflejo del vidrio, la vio hermosa, perfecta.                             

Ella se volvió  confiada y de pronto de sus ojos brotaron una a una la tristeza, la sorpresa, la incredulidad y finalmente el espanto.

El disparo sonó como un trueno, bajo un cielo claro y lejano.

Una mujer salió rápidamente a la calle, miró y les gritó a los chicos que entraran.

Un hombre que volvía del trabajo en bicicleta se fue acercando lentamente y con desconfianza.

Poco a poco fue viendo y comprendiendo, sangre, mas sangre, el rostro destrozado de un hombre y una mujer que lloraba a los gritos, abrazándolo.

 

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                                                                                           TOMÁS

VALERIA GIANFELICI

Publicado en relatos el 11 de Junio, 2013, 17:40 por MScalona

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1)

 

De pronto sintió que un frío corrió desde la punta de los dedos hasta el pecho, el corazón empezó a saltar en vez de latir y ya no pudo volver a dormirse.

Desde que lo ascendieron en el trabajo andaba con el sueño liviano, más preocupado por cómo iba a desempeñar sus nuevas responsabilidades que por recordar si había cerrado bien la puerta de su casa. Por eso a la madrugada se despertó de un sobresalto cuando escuchó un tic irregular. Ni bien su cuerpo y sus sentidos se normalizaron: tic tic. Otra vez el frío, esta vez en el estómago. Algo anormal estaba pasando y tenía que averiguar qué era. Cerró los ojos y contuvo la respiración un instante más: tictic tic. Entonces se levantó con cautela, se calzó las pantuflas y sosteniendo el velador con una mano recorrió el departamento. Al prender la luz tic, las vio tic, las gotitas caían tic, acompasadas. Apretó un poco más la canilla y se fue a dormir.



2)

 

En el living no vuela ni una mosca, él está sentado en un sillón con las piernas cruzadas y en las manos sostiene un libro. No me ve, pero yo estoy en el piso con las piernas como un chinito los codos apoyados en las rodillas la cabeza en las manos y lo miro. Qué estará pensando, la tapa del libro dice Caballo de Troya y me pregunto de qué se tratará.

Me concentro en sus ojos que van y vienen y me imagino por qué lugar de la página va, en cuánto tiempo pasará a la siguiente. No se entera de nada, no se da cuenta de que mamá está preparando la comida, de que mi hermana le pide ayuda con la tarea, de que yo estoy ahí, porque él está leyendo Caballo de Troya.

Pá, estoy aburrida. Entonces suspira profundamente, me mira (por fin), y me contesta: esperá que termine este capítulo y me acompañás al consultorio.



3)

 

Mi jefe no es malo, pero es un pesado, un eléctrico, un ansioso, a veces un poco infantil, a veces bastante rompe pelotas. Es uno de los mejores jefes que he tenido, porque me dice gracias y no me da órdenes sino que me pide ayuda o favores, pero habla mucho.

Yo sé que soy un poco intolerante y que nadie nace sabiendo, pero tendría que haber una escuela de jefes. Un lugar donde les enseñen a controlar el estrés, a no hablar por teléfono a los gritos, a entender que las cosas salen mejor si se les dedica más tiempo y a ser pacíficos, simpáticos, exigentes pero también estimulantes.

Yo no digo que se limite a hablarme lo mínimo e indispensable, pero me ayudaría mucho si cada mañana, cuando abro la puerta de la oficina, me diera tiempo a subir la escalera, sacarme el abrigo, prender la computadora y prepararme el mate antes de decrime: ¡hola buen día necesito que me ayudes con algo que es muy importante y de eso depende que consigamos un cliente nuevo para el estudio que económicamente nos puede dar un respiro importantísimo!



 

4)

 

Hoy es el día. Todavía falta para la hora del evento pero ya se escuchan bocinas, motores rugientes y gritos de aliento: vamo la cadé. Ehhhh. Contesta otro y brruuum bruuuum.

Parece que si hoy gana Central se termina una era de lucha y sufrimiento.

A mí el fútbol ni fú ni fá, pero yo los vi a los hombres de mi familia el día que Central se fue al descenso, no lo podía creer. Las cabezas gachas, los ojos vidriosos, el silencio... Ay ese silencio. Repito, yo ni fú ni fá, pero me solidarizo, y ahora me pone contenta que esté pasando esto, celebro los brrum brrum de la calle, las bocinas, los gritos de aliento. Y aunque hoy no es el cumpleaños de nadie, ni el día de la madre, ni del padre, ni del niño, mi familia se va a volver a juntar y ojalá que hoy sí ascienda Central.



5)

 

Para atarse los cordones hace falta experiencia. Primero hay que mirar, prestar atención, porque atar los cordones no es una ciencia pero se le asemeja.

Primero hay que estar en posición, es imposible atarse los cordones parado o acostado, es ridículo pensar en hacerlo si estás patas para arriba. Las mejores posiciones son agachado, sentado en una silla o con un pie en el piso y el otro, en un banquito, o el umbral de una puerta.

Paso número uno: se cruzan en equis los extremos del cordón, luego uno pasa por debajo del otro y se tiran hacia afuera para ajustar. Paso número dos: con uno de los extremos a elección se hace un rulo y con el otro se rodea el mismo dejando un espacio para que éste pueda pasar por allí y formar el moño de los cordones. Es importante que los extremos no queden ni muy cortos como para que se desarme ni muy largos como para pisarlos y volver a desatarlos.   

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Vale G

ROSANA GUARDALÁ DURÁN

Publicado en Aguafuerte el 11 de Junio, 2013, 15:02 por MScalona

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Olor a pobre

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Que el transporte interurbano en Argentina no es un espacio amable, no es novedad. Que gran parte de la veces los asientos están sobrevendidos, que la gente viaja mayormente parada, apretada y malhumorada, tampoco. Tener que sentarse en un Chevallier sin cinturones que funcionen, con una máquina de café vacía, sin papel en el baño donde los “aromas” reinan; es casi como el clásico “Canalla-Leproso”.

Realizo al menos cuatro viajes en Micro por mes. Razón por la que, ya me debería haber acostumbrado o al menos, rendido. Pero aún así, no salgo de mi asombro ante el deploraba servicio y en especial, ante la falta de olfato de los dueños de las líneas interurbanas.

No me gusta viajar en colectivo. Esta incomodidad es extensiva a las líneas urbanas. Mi fastidio se funda principalmente, como ya adelanté, en los olores que pueblan estos bichos móviles. Aún así, casi diariamente en mi ciudad y con menos frecuencia para salir de ella, tomo micros.

El día jueves debí viajar por trabajo a Capital. El viaje, una vez más, fue deplorable. El chofer no había terminado de decir “37 arriba” cuando me topé con el olor del baño recién visitado, el perfume nauseabundo de flores de una señora pegada a la puerta más una mamá que bajaba por la escalera con el pañal de su bebé, en la mano. Esto hubiese sido sólo una introducción olfativa soportable si en el momento en que encontré mi asiento, la señora vestida de colores pasteles que estaba a mi lado, no hubiese decidido bañarse en desodorante. Aún así, no tenía escapatoria, debía viajar. Por lo que subí mi mochila al portaequipajes, saqué mi libro, mis auriculares, me abroché el cinturón (que esta vez funcionaba) y esperé a que la gente terminara de llegar, tarde, a la plataforma.

 Quince minutos después, el chofer acompañante nos contaba como si fuésemos un grupo de Jardín de Infantes en una excursión a la Rural para luego retirarse. Pese a que  estamos en julio, pusieron el aire acondicionado a 17 grados, imagino que a los fines de espantar los olores. Así el viaje transcurrió sin mayores condimentos que los clásicos: las dos pibas que hablaban a los gritos con tonos entrerrianos, el pibe que compartió su música con todos por no ponerse “sus auriculares” y una señora que le avisaba a su hija, cada diez minutos, que ya estaba en camino. Este último evento es producto de pequeños desajustes de los planes de teléfonos celulares y sus llamadas gratis, pero este punto no es el tema aquí.

Una hora más tarde, hacíamos nuestra primera parada. Algunos bajaron, otros subieron. Se apagó el aire acondicionado y prendieron la calefacción casi como si tuvieran que apurarnos en la cocción. Los olores seguían existiendo y ahora se multiplicaban. Nada los expulsaba  ni los aplacaba. De los snakes tipo chizitos a la yerba húmeda que comenzaba a abundar, nada faltaba. En ese contexto casi carnavalesco de niños que bajaban a comprar más comida, bolsos que te golpean, gente que baja a fumar y gente que arriba para llegar a destino, subió un vendedor ambulante típico: gorrita bordada, pantalón caído, tatuaje en tinta china en ambos brazos con nombre de su madre o que con peor suerte, sería el de algún ex amor, algunas coronas metálicas y un collar de maderita. Infaltable: zapatillas Nike nuevas de esas “que ni vos ni yo podemos comprar, pero él  tiene”. Básicamente, uno de esos tipos que te venden para la cartera de la dama o para el bolsillo del caballero a los fines de alimentar su familia.

El colectivo se puso en marcha y el tipejo comenzó con toda la perorata: “Buenos tardes, disculpen la molestia. Voy a pasar por sus asientos para ofrecerles…”. Luego, pasó asiento por asiento y nos dejó de manera alternada, un paquete de tres alfajores Guaymallén y otro con tres chocolates Hamlet. Volvió a pararse, pero esta vez, al lado de mi asiento y a retirar la oferta destacando los beneficios de comprar cualquiera de los dos paquetes por sólo diez pesos. Sí, no era caro. Tampoco era exquisita la oferta pero estaba bien y lo mejor, si la comprabas zafabas el ruido del estómago hasta Retiro, sin tener que bajar a las corridas en la próxima Terminal.

Me detuve en cómo miraba al vendedor la señora hiperpaqueta que me había tocado en suerte de compañera de viaje. Lo observaba con cierto apuro, como la directora que en la reunión con el “problemático” invita a los padres del niño a que “lo retiren de la institución”. Aún así, fue paciente y esperó a que se retirara. Minuto más tarde, me pidió permiso de manera urgente, pasó y buscó en el portaequipaje su bolso. Sacó un perfume barato y bañó todo el pasillo de atrás para adelante y de adelante para atrás. La tos atropellada de muchos de nosotros fue una consecuencia inevitable y en conjunto. Hasta este momento, había evitado cualquier tipo de intercambio verbal con la señora porque sabía, con la certeza que me da la observación rigurosa del docente resignado, que si le decía siquiera “hola”, la desesperada compañera comenzaría con “esta yegua”, “mano dura” y sin duda terminaría con un “hay que matarlos a todos”. De manera que para ahorrarme el agotamiento mental de la estupidez, sólo había decidido creer que viajaba con una especie de maniquí de la Tienda Etan. Sin embargo, el accionar contundente de la señora no me permitía evitarla más. Esta muñecota de feria retro tenía una actitud que me descolocaba, ¿por qué había tirado todo ese perfume contaminante inhabilitando nuestras narinas? No tuve otra opción que preguntarle.

-Disculpe señora.  ¿Por qué razón tiró perfume?

-¿No siente? No se dio cuenta del “olor a pobre” que dejó este hombre que subió a vender.-afirmó entre desconcertada y senteciosa.

Acogotarla hubiese sido una acción justificada por cualquier abogado. Incluso, me animaría a decir que la mayoría de los pasajeros hubiese atestiguado a mi favor. Pero, lejos de eso, sólo quedé perplejo mirando a ese extraño ser humano que hablaba con lengua de Ciencia del “olor a pobre”.

Y ahí entendí rápidamente todo. El olor como el perfume existen desde el origen de los tiempos y ambos son tan ficcionales como la Biblia. Que un niño que sale de la panza de su madre y es sólo una bolita de carne, tenga “olor a bebé” no es otra cosa que lo que el Jonhson o L’Enfant pensaron que debíamos oler como “bebé”. Que la sopa de la abuela se repita casi como un registro social en nuestra memoria es producto, con certeza, de Doña Petrona y su séquito de continuadoras Utilísima. Que la señora cheta guarde su transpiración en perfumes y cremas casi apagándola, no significa que logre extinguirla. La vieja de mierda (tal vez con algo de dinero pero sin duda bastante ignorante) que había soportado estoicamente transpiraba como cualquier mortal y alguien tenía que hacérselo saber. Por eso, me pare y resolví sin meditar:

-A ver señora. Levante el brazo. Rápido que no tenemos todo el día. Esto es una prueba científica.-dije sin titubear.

La señora atónita pero obediente. Levantó el brazo. Yo, hundí mi cabeza en su axila y grite para todo el colectivo la sentencia:

-Sí, la Señora hiperpaqueta que soporté durante estas dos horas tiene olor.  Sí, digo olor del feo no “aroma ni perfume”. La señora tiene “transpiración nauseabunda de gente cheta”. Olor que dispara la conjunción de vino, agua saborizada y demás que ha metido en su cuerpo. Por lo tanto, si científicamente llegara a ser comprobable que el “olor a pobre” existe y que merece ser callado con perfume barato. Entonces, será igualmente cierto que el “olor a gente de mierda” también existe y con seguridad, perfumarlo no apaga la ignorancia.

Con el pudor del niño que se ha mandado una macana, se sentó nuevamente a mi lado pero en silencio. Aún así, no pude evitar decirle: Observe, aprenda. Porque definitivamente se olvidaron de enseñarles “algunas cositas fundamentales”. Un buen método sería que se calle y escuche. Tal vez aún pueda salvarse.

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Rosana Guardalá

MARTA MIRANDE- Diario

Publicado en Nuestra Letra. el 11 de Junio, 2013, 14:49 por MScalona

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-MAM-

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Jueves, 23 de mayo de 2013

Después de una lectura variada de compañeros del  taller contemplados desde distintas alturas por  Borges, Cortázar, Marilyn Monroe y otros que no me fueron presentados. Entre caramelos, licores,  coñac y cafés con alfajores somos convocados por Marcelo a escribir nuestro diario.

Reflexiono con respecto a MT. La traición. Cómo empieza? Cuál es el detonante o la raíz? Una palabra. Un gesto. Un pensamiento. Algo nefasto crece, tiene vida, ocupa el pensamiento, tuerce la voluntad. Finge empatía, amabilidad, cariño, servicio,  tal vez hasta un poco de amor. Pero el corazón está buscando el o los momentos para abortar la relación, y mostrar los verdaderos sentimientos. Ajustarse a vivir la mentira y la falsedad hasta buscar ese momento victorioso de demostrar estar arriba, por encima de esa persona. Querer ser superior creciendo en el engaño, sin importar que el otro sufra una desilusión, o tal vez una humillación.

Viernes, 24 de mayo de 2013

Atención a los vecinos en la Muni sobre problemas de Arbolado Público. Construcción de una entrada de autos, veredas y caños rotos son fuente de conflicto Además de esos intrépidos árboles que crecen hacia arriba y con sus ramas mueven los emparchados cables de la luz y del teléfono. Mi misión es quizás encontrar un árbol cuyas hojas no caigan al piso para que diligentes amas de casa no tengan que barrer la vereda, que no sea tan alto para que no cause problemas con el tendido eléctrico, cuyas raíces vayan hacia la profundidad y no hacia los costados causando roturas de veredas y de caños maestros de agua, preferentemente sin flores para que no manche la vereda y los autos. Resumiendo, mi trabajo es muy complicado.

A las 18 teclado con SG. La música me introduce en otro universo. Trato de entender los sostenidos, bemoles, clave de fa y de sol. Me cuesta leer correctamente el pentagrama y consigo con el movimiento lento de mis dedos algo parecido a un chico que deletrea  sus primeras lecturas. Pero estoy empecinada en sacar en forma pasable Sobre las olas de J. Rosas.

A las 19 café con amigas. Un viuda, dos separadas y dos casadas nos hacemos compañía, nos damos aliento y contamos nuestros penas y alegrías. El interesante encuentro de S y E, la enfermedad de JLM, un próximo nieto de M y nuestros hijos son el detonante de nuestras conversaciones.

A las 21.30 hrs fiesta de 15 Años en Apoteca, el nuevo salón de eventos. Descubro entre la multitud el rostro de amigos de muchos años. Radiante, V nos recibe. Luce un vestido blanco que marca la delgadez de su cuerpo adolescente. Es acompañada en todo momento por sus amigas que cantan, bailan y se divierten todo el tiempo. La música de cumbia invita al baile, pero con J preferimos conversar con nuestros compañeros de mesa. Nos sentimos felices de participar porque es la hija de una pareja  amiga entrañable. Lo demás la comida, el lugar, el servicio además de ser todo excelente ocupa un segundo lugar.

Sábado 25 de mayo de 2013

Hacía mucho tiempo que no participaba del Acto de la Plaza. Esta vez asistí. Eramos muy pocos. Unas diez personas entre periodistas y fotógrafos. Para el Himno se puso un parlante, que nosotros acompañábamos como podíamos. El Intendente hizo un comentario muy breve, que algunos alcanzaron a escuchar y después se izó la bandera. Como el tiempo era agradable nos quedamos conversando un rato y después nos dispersamos. Festejar la Revolución de Mayo donde aquéllos patriotas  se opusieron al poder de España y quisieron una nueva Nación.

Pero revolución necesitamos hacer todos los días de nuestra vida. Cuando estamos descontentos con la realidad que nos toca vivir y  queremos desde nuestra posición querer cambiar para mejor, para que todos disfruten la dignidad de ser personas libres.

Flor de asado en familia. N, callada como siempre en su mundo, W iba y venía trayendo la carne de la parrilla. I desaparecida después del recital de Kapanga, sin señales de vida.

A la tarde filmación en el campo por Turismo Rural de la Provincia. Fuímos invadidos por caballos, actores, jinetes, equipos de filmación que actuaron de una manera profesional y eficiente. Nuestro papel consistió en proveer de baños y de algún que otro mate aceptado a las apuradas. Así de rápido, también se despidieron y quedamos con la incertidumbre si realmente filmaron algo. Ya se verá próximamente, si tenemos suerte.

A las 20 hrs retorno de I muy cansada y con ganas de acostarse.

Domingo 26 de mayo de 2013

Almuerzo en Rosario. Después de mucho tiempo, sobre todo para J y para mi, comida de caracoles con mayonesa al alioli. Exquisitos. Para rematar C hizo una torta invertida de manzanas que era una delicia.

Mamá empezó a hablar sobre la Trinidad.  Se festejaba el domingo. Hizo propaganda de un texto extraído de un diario católico. Lo leímos. Pero en realidad pensamos y se lo dijimos que es mejor hablar sobre la solidaridad, la igualdad y dejar que los misterios lo develen los que se dedican a eso, si pueden. Necesitamos encontrar objetivos que nos unan como personas, no misterios que nos separen. Pero, en fin, mamá está muy sensible con la enfermedad de papá. Dice que reflexionar sobre ese misterio le da fuerzas en este momento difícil para auxiliar a papá.

A todo esto papá se está recuperando. Muy débil, apoya los pies en el suelo e intenta pararse. A pesar de todo sigue muy ocurrente. Cuando le preguntan cómo está, él responde: “Disfrutando mi juventud “ y vociferando desde su cama, él que siempre balbucea, pidió una bebida espirituosa. Sin vacilar se abrió una botella de un coñac añejado, que fue compartido.

Son sentimientos muy diversos que se mezclan cuando uno contempla  a quien  es tan importante en tu vida y enfrenta la decrepitud. Al principio,  volvía descompuesta a casa. Hasta que empecé a repetirme durante el día que había tenido mucha suerte de haberlo disfrutado hasta los 87 años. Y así se me fue pasando. Para mí, su hija mujer,  fue el primer referente de la masculinidad. El haberlo conocido fuerte, inteligente y reconocer en él la sabiduría de vivir y ahora constatar su deterioro físico y mental, pone  a prueba mi seguridad aparente.

Pero me doy cuenta que no decaigo. A su manera me hizo una persona que no teme el futuro y sus reveses o trata por lo menos.

Lunes, 27 de mayo de 2013

Trabajos de ordenamiento en el campo. Las herramientas de trabajo con los animales , las pinzas de tatuaje, el descornador, pinzas para señalar, para colocar caravanas, para cauterizar. los canastos para forraje, los comederos y herramientas que solamente ocupaban lugar, son prolijamente enviadas al remate del 1 de junio a la firma Patricelli. No pude con mi genio: me quedé con la marca del campo y algunas herramientas entrañables   para colgar en las paredes del chalet. Quedaron atrás años de ganadería. Nos queda hacer agricultura de la manera más sustentable posible ¿Se podrá? La dependencia  económica que trae el monocultivo está en marcha.

Martes, 28 de mayo de 2013

Reunión de Biblioteca a las 18. Con Olgui, Aída, Vanesa recorremos la futura biblioteca. Paredes con humedad nos contemplaron, en ambientes que conservan todavía una cierta distinción. Amplias habitaciones que imaginamos repletas de estantes con libros. Derribar alguna pared parece ser lo más acertado. Un pequeño patio con asador trata de compensar la escasa luz del interior. Tratamos los balances atrasados, la Feria del Libro, y la actividad del 14 de junio: la Biblioteca a la Vereda

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Miércoles.29  de mayo de 2013

Trabajo en la Muni en atención al público.

Hora de la siesta muy bien aprovechada con J. Nos olvidamos del resfrío y del mundo.

Limpieza en casa con Selene que empieza esta semana. Muy trabajadora, intenta poner un poco de orden y pulcritud en nuestras vidas.

A las 18 hrs pilates. A. nos introduce en el movimiento de todos los músculos del cuerpo, hasta los más pequeños, en una atmósfera de música hindú y sahumerios. Ayuda a conocer más acerca de nosotros mismos en unas posiciones rarísimas, pero muy positivas.

 

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                                                                                                      Marta

IGNACIO BARALES, figura barthiana

Publicado en Pavadas hechas texto, el 10 de Junio, 2013, 16:39 por MScalona

FIGURA  AMOR  O  S.A.

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A la noche me quedé pensando en lo que es un fragmento. Más bien en la fragmentación amorfa de lo que es tratar de dar sentido a lo que impide anudar nuestros besos. En el amor que llegué a desvariar sin concluir nada interesante, claro. Que la elaboración no es más que la unión en cuerpos de amor tajados por la gran falla que atrae existencialmente la antípoda vida-muerte. Tal como ocurre en los momentos de odio; recordaba en la cantidad de veces que me han dicho que me amaban, deviniendo amor de sus vidas profundas para siempre, al igual que me detestaban al instante cuando les confesaba que empecemos por este día, en principio. Después vemos, les tengo que repetir. No racionalices más este tipo de cosas, por favor. Dame un poco de cursilería alguna vez, lo necesito desde lo más profundo de mi alma. ¿Cuántas veces tendré que escuchar semejantes cosas? Llegué incluso a plantear, de forma rigurosa, cómo evitar a esas preguntas que cuelgan de elevada mala fortuna. Aclaro nuevamente siempre lo mismo: Pero, si somos seres dopados de razón. Justamente es eso lo que nos distingue como superiores sobrevivientes. Tal es así que nos matamos dulcificando la supervivencia, pero de carácter racionalmente convencional. Dulcificamos la convivencia teniendo que amarnos, ¿para que uno le dé al otro lo que no se tiene a quien no es? Mis problemas acaecen porque soy. Entonces, todo terminaría como un cuento clásico. Acaso, por qué creés que somos animales bípedos, porque la evolución nos ha llevado a ser los únicos que estamos doblemente al pedo, pensando (o tratando de) en la vida y la muerte, por ejemplo. Qué tema cliché, para no decir un chicle pegado en mi zapato de los años. Vivir para trabajar o quejarse para no hacer, luego, no más que eso: nada. Uno frente a la angustia se aferra a lo que puede (¿o tiene?). Eros, Tánatos. ¡Tánatos! Mis ideas se vieron interrumpidas interceptando vibraciones en mi oído hasta el encéfalo: ¡Pedazo de hijo de re mil puta!, percibo un grito que retumba en las paredes del edificio. Interpreto que debe ser un reclamo (si es un reclamo, ya son dos, tres, cuatro) sin ningún tipo de pudor, los gestos de una precaria relación de fuerzas. Esquivo una copa voladora de vino blanco, pero en esta ocasión el vino no dibujó absolutamente nada sino que manchó aún más la situación. Evidentemente, sí… Estamos hablando de relaciones de poder (los gritos no impiden que me escabulla en la abstracción de mi silencio, al estilo de película sordomuda pero con color, vivida en carne propia y presente) entre dos o más inconscientes sin voluntad; sin embargo, con fatuos intentos de dominar al otro. ¿Debería pensarlo con A mayúscula haciéndome, meciéndome quizás en los lacranianos con aspiración a semblante de superioridad al estilo medio pelo argento afrancesado? Sí, esa me sale bien; me gusta imitar a los Psizarnik. Autre. Qué bien suena mi pronunciación. En el último examen aprobé por eso. Junto al gran Otro francés. O mejor: ¿me quedo en el molde y no respondo más que al estante de los semejantes? Creo que sigue diciéndome que nunca había sentido tanto odio por alguien, que yo era nadie. Ahora sí, continuaba su desesperación: sabés qué, desaparecé de una vez de mi vista. ¿Quién te comés que sos, soberbio mal cogido? Bueno, no hay dudas entonces que yo (este amor de su vida) vendría a ser en este eterno instante (ya van diez minutos de insultos sincrónicos, analógicos y en repetición simultánea) el chivo expiatorio de sus complejos proyectados por herencia. Deseo, eso sí ahora por instinto de conservación corpórea, desviar mi mirada, necesito simplemente distracción.

Me encuentro con que en la mesa hay un libro con muchos colores, lo había dejado yo pocas horas antes. Leo la portada: 2047. NUEVA POESÍA CONTEMPORÁNEA. TOMO 1. Suena incluso simpático y la fotografía no está mal, aunque guiarme por una imagen no asegura que no sea un tiempo perdido. Pienso si para cuando editen el tomo 2 estaré vivo. ¿Tengo que esperar hasta el 2047 para mirar poesía contemporánea? En ese momento de la historia ya no se leerá; los humanos nacerán sujetos a chips de alta virtualidad, con una máquina madre que sólo será esquematizada en pequeñas imágenes multiformes, y el conocimiento estará en una nueva ventana que abra hacia un enlace externo a otra ventana y así, así. La infinitud estará en esa glándula incrustada ex nihilo. El bautismo tecno lo hará cualquiera que tenga una rápida conexión a internet. El que quiera mutilarse la prótesis, temerá de por vida, como sus antepasados, por la infinitud del saber mortal. Será encerrado, como hoy día pasa con los internamente adaptados a la actual sociedad cooptada, por correr el riesgo de la autonomía metavirtual. La nueva poesía… Con recurrencia, lo que se me suele presentar es una escena de los muertos en la teatralización de la lectura: la puesta en acto, la pantomima de la letra muerta. El ausente se coloca frente a mí, y el muerto es más vivo que yo. Mientras leo, muero. Es terrorífico como para lograr describirlo. Algo así como la perfección que cuenta la presentificación de lo real siniestro en un cuento como El hombre de arena, de Hoffmann. Me la paso hablando (leyendo) con quienes no son mis contemporáneos; ahora entiendo el desajuste espacio tiempo, lo anacrónico de mis actos, el desvarío del sentido que permite una unión con los otros ausentes. En este caso, el de este libro que tomo con mis manos, esta poesía justamente vendida al estilo etiqueta de buscador web. (Es increíble cómo voy mejorando mi capacidad de abstracción- hace 15 minutos que estoy siendo sostenido por más de dos voces. Bueno, varias voces y un constante e insoportable grito-). Meto mis manos en el bolsillo y me encuentro con un apunte doblado, arrugado a más no poder. Era una recorte de Agamben, una conferencia donde habla sobre el poeta contemporáneo. Decido tomarlo y leo:

Quienes coinciden de una manera demasiado plena con la época, quienes concuerdan con ella, no son contemporáneos ya que, por esa razón, no consiguen verla, no pueden mantener su mirada fija en ella.

Claro. Ahora recuerdo, plantea la idea de dos tiempos y ve al presente del poeta como fractura. El tiempo histórico colectivo, quebrado, y el individual poético, que impide que la sangre suture la rotura.

El poeta (el contemporáneo) debe tener fija la mirada en su tiempo. Pero, ¿qué ve quien ve su tiempo, la sonrisa demente de su siglo? A mí me gustaría proponerles una segunda definición de la contemporaneidad: contemporáneo es aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo, para percibir, no sus luces, sino su oscuridad. Todos los tiempos son, para quien experimenta su contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es aquel que sabe ver esa oscuridad, aquel que está en condiciones de escribir humedeciendo la pluma en la tiniebla del presente.

No está mal. Soy amigo de la sombra. “Percibir en esa oscuridad una luz que, dirigida hacia nosotros, se nos aleja infinitamente”.

Podría escribirlo. Sin embargo, me inclino por prevenir que devenga como resto, basura virtual; practicar el ceremonioso potlach sería en vano. Aparentar, posar un regalo, con qué fin además. Los pensamientos no tienen otro peso que los de juicio de valor y de realidad. Además, recapacito en las hojas de algún árbol que desperdiciaré. Pensaba, pensaba, pensaba… tendré que aclarar tanto eso porque se aleja tanto de una acción. Ni siquiera termina siendo una teoría, un modo de hacer di-visiones de algún tipo de esquema para analizar, pero no…ni siquiera es una forma de ver. Será mero aplazamiento, entonces. Quizás sea una simple forma de estar, y así estaría respondiendo cabalmente a la pregunta “¿Qué es la nada?”. Qué sé yo; agarrá alguno de los personajes que protagonizan las novelas de Sartre, esos pequeño-burgueses con olor a mueble o a Enciclopedia universalmente ilustrada, también con valor a mueble de uso, aquellos tipos que no se ensucian las manos y prefieren la masturbación pura de las ideas que, siendo elocuentes lectores de las teorías marxistas, sus revoluciones no van más allá de su ambiciosa e interesada libertad egoísta o egoísta libertad (nociones que colaboran ambiguamente hacia la posibilidad absoluta de una aislada libertad, pero negativa). Los caminos de la libertad que se ven impedidos por la temida puesta de sol en la edad de la razón, la edad de la discreción, las mujeres rotas, el aplazamiento, en fin: la muerte en el alma. Esos verdaderos social traidores, donde conciben a la patria como un gran Otro (con o grande) y no como un otro semejante. Semejante pero distinto. Sí, la patria es el otro. ¿Y eso? ¿quién te lo dijo? ¿La gran Potra, por no decir yegua?

Tal como si un dictum bajase de mi cabeza: Escriban una figura barthiana. Lo que automáticamente se me presenta es una figura bartlebyana. Pero mejor sería insistir en qué consiste la temática. Me encuentro con la realidad, no con la cosa en sí Kantiana aunque, creo, parecido. Semejante a lo real, realista… de la percepción de los cuerpos entre seres y el mundo.

¿Ves que no me estás escuchando? ¿Te importa acaso algo de lo que te digo? ¡Te juro, soy una imbécil por haber creído en vos! Bueno, creo que la estrategia funciona: abstraerme, luego soy. Es como cuando coito, ergo sum. ¡¡Eu!! ¡Ya está! ¿Por qué no me decís lo de la otra? Pero preguntate a vos qué te pasa con la otra. Me tienen harto las preguntas constitutivas. No sumemos más fuerzas, por favor, a la tensión histérica. No, no, en serio te digo, no quiero hablar de Cristina ni de historia política. Así que no seas pelotudo, sabés de quien estoy hablando.

Barthes, con su cámara lúcida, toma el concepto de historia histérica. La historia  sólo se constituye si se la mira, y para mirarla es necesario estar excluido de ella. En algo se asemeja a lo de Agamben, porque dice algo así como: en tanto que alma viviente, él es propiamente lo contrario de la Historia; lo que la desmiente en provecho únicamente de su historia. Aunque esté descontextualizando tomando una porción de Barthes, creo que toma valor por la asociación... ya que este libro en particular se lo dedica a su madre fallecida. No sé. Somos sujetos histórico sociales. Hablo de historia, de creación, de madre, de histeria histórica. Vale la interpretación, pues, como dijo un prusiano, no hay hechos. Me mudo al silencio autómata, otra vez.

Trato de evualuar un poco la situación, entre los cristales que explotan, el perro del vecino que ladra, creyendo que estoy experimentando a uno de mis tantos zombis (bien al estilo Bety), del problema de que si te aparece uno, es que no viene solo, y viene con dos más y así, en escala sucesiva. Los zombis son la conjugación de personas con sus problemas más tus problemas. La dialéctica del amo y del esclavo. De ésta, la interpretación de los cuerpos amorosos sartreana, la ley del deseo que me leyeron de algún folleto que aspiraba hacer un libro por aprietos económicos. Hay un objeto a que (de por sí) se encuentra metonímicamente perdido por las fluctuaciones de encuentros y decesos en varios otros objetos b c d. Ojalá el amor fuera como el abecé. Lo aprenderíamos de una vez sin más ni reproches a porqués, ya que no existiría como respuesta a la arbitrariedad en su lectura. No, en la escuela no enseñan a amar. Por lo menos a las que yo asistí. ¿Hasta eso llegó a matarme esa década (in)fama? Ahora más que nunca: menemmató cualquier posibilidad del encuentro con otros que no sea por contrato entre las partes. Lo único que se permitía era la relación carnal o, mejor dicho, el preferente cotidiano y fastidiante dedo en el culo. Estar dentro de la fama era igual a estar con un dedo metido en el culo para los que trabajar ya era un verbo en pasado. No me digan que todos estos años perdidos se resumen en una simple función aritmética. En todo caso, la función será simple pero los resultados son harto conocidos como ultracomplejos en la mayor cantidad de veces. Si lo que menos tenemos es una pizca de naturaleza. Aunque a veces tristemente lo aparente al revés de nuestra conjugación con números naturales.

Cuántas cosas nos ahorraríamos (psíquica y económicamente) gran parte de la sociedad por un buen polvo salvaje animal, de vez en cuando, por un buen acabamiento pulsional temporal que se proyecta de manera infinitesimal hacia horizontes inalcanzables. Hace unos días, escuché: en algún momento hay que encontrar el clavo, y el clavo no está para otra cosa que para clavarlo en alguna pared. En esto soy ciegamente utilitarista. Y de no llegarse a encontrar pared ideal, si se es muy rebuscado en el asunto, clavárselo a uno mismo de vez en cuando ya no es moralmente reprimido. Aunque ideológicamente no me conforme, porque yo soy más del socialismo amor libertario, no dejo de recomendarlo para quienes creen en la propiedad privada de los sexos. No me armoniza… Al igual que la marihuana, salvo que ésta tiende a la organización esporádica de grupos  y es mucho más jipi fumarla. No me voy a sacar la idea de que es pro-capital. En Cuba, por ejemplo, me han dicho (inevitable no traer un dixit ya a esta altura del divague) que está altamente prohibida, so pena, la chala. Y qué más, si están todos chinos per se… no la necesitan cultivar ni comprar, vender ni despenalizar. Esta construcción del sujeto histórico cubano está más allá del individualista consumo dependiente.

Esto no es más que un monólogo, ¡pedazo de idiota! No paro de hablar, contradecirme y refutarme a mí sola. No sos el mismo de antes. Tu formalidad es ya intangible. Me das asco. Te aclaro una cosa: a mí también me gusta coger, pero así yo no voy a continuar. O cambiás, y volvés a ser ese que conocí azarosamente en la calle, o me voy al carajo. Pero, ¿cómo voy a volver a ser el de antes si ya me conocés? Por eso te enamoraste de mí, porque al desconocerme proyectaste el amor ideal en mí, que vos construiste mientras jugabas con tus muñecas importadas, en éste que no es otro más desconocido que aquel día. Lo que pasa, es que ahora soy un conocido con derecho a desconocerme yo también.

En el fondo se oía nítidamente el televisor del vecino, es un hombre de aproximadamente 80 años, sordo y casi ciego. No tengo mucho trato con él. Su nieta es buena piba y hemos compartido un que otro favorcito. Mi televisor estaba encendido, pero en mute, de por sí las imágenes tienen demasiadas palabras como para sumarle un parlante mono estéril; y empecé a rastrear con la mirada el canal que oía y retumbaba del otro lado. Es como el dígalo con mímica, pero más fácil: no hay que hacer un gran esfuerzo cognoscitivo. Sólo coincidir la palabra que penetra mi pared que alquilo a la mueca idiota que devuelve mi tv. Era una especie de reportaje, y un hombre gritaba: Bueno, hagamos una justicia más horizontal, no la que quieren hacer estos delincuentes. ¡Que nuestros voceros sean Lanata, Majúl y Leuco!, se expresaba desesperada una voz de mujer agrietada. Al lado de la señora de piel escamosa, se encontraba una rubia platino teñido, parece una mujer de bien, portadora de riqueza o no, con un cartel que decía: me voy a Narnia, prefiero que me gobierne un león a una yegua. Que vaya si quiere, medito. Ahí seguro hay mucha aventura en dólares. No faltan este tipo de carteles, nunca; es el clásico: Andá con Chávez. El machismo expreso en política volátil, de transgredir por transmisión mediática lograda a la perfección, porque no cae algo más interesante. Lo dejo, total hoy no van a dar Duros de dogma, porque juega Banfield contra Michael Douglas Haig. Me pongo a rememorar, ¿qué tienen con el número 8? La manifestación pasada fue el 8n, a las 8 de la noche. Ahora, 18 de abril, la hojas caen, el dólar sube, a las 8 de la noche. Al 8 si se lo desvía imaginariamente, tanto a la derecha como a la izquierda, es el infinito. Es la queja infinita y justamente es queja porque no propone crítica constructiva. Eso se lo escuché decir a Barone (si quiero ser como alguien, cuando sea grande, quiero ser como él). La justicia horizontal que piden, es igual a la queja infinita. Y ya que estamos metiéndole sin parar con que girar es un defecto, la queja no va más allá de ciertos círculos de clase. Al fin y al cabo, los números en algo nos determinan. Por una justicia independiente, como el periodismo o peronismo dependiente. Se oye un canto: ahí está, ahí está, son los  salvadores de la ocho escisión. ¡Hay que combatir el mal!, chilla una joven con un crucifijo más enorme que Lilita en sus pechos. Parece como que el 35 %  del Raiting, en un canal de novelas (que son comedia nada menos que por su farsa tragedia), vale más que 40 millones de argentinos. Si la revolución no pasa en la tv, que alguien me diga donde. Rivera, en qué lugar quedó que la revolución es un sueño eterno. ¿Sólo en el adormecimiento que otorga el zapping?  Esa es la papa del pueblo. En esta época ya no se habla del opio, Karlos. La papa alimenta a la criatura en pena. Menos mal que no te tocó escribir el tratado sobre la religión en la era de tele evidentes. Sí, tenemos algo que compartimos: papa y circo. Resulta que eso que debía ser aún más ignominioso, se lo alcanza a apaciguar con el tedio cotidiano de la paja mental tele enviciada cuyo fin último es el acabamiento en un desconcertante pero decoroso vómito.

 

Pero, qué politizado, nene. Cuando escribís, tenés que hacerlo como algo más orgánico a tu cuerpo. A ver, mirá: intentá escribir con tu mano izquierda. ¿Ves? Te sale horrendo. ¿Esto lo escribiste con tus dedos de la mano o del pie? Te doy un pequeño consejo: no pienses tanto en lo humano y amá, buscá más, a tus animales, a la naturaleza. Al estilo del colombiano Vallejo, que odia a todos quienes no son sus hermanos de sangre. Como puede, los va arrojando al desbarranco cuesta abajo. Yo creo que es una cuestión de tiempo, ¿te conté alguna vez sobre Mario Vergas Llota. Te recomiendo algo, che pibe: dejá la ideología de lado. Otra cuestión importante, confundís las voces. El narrador se contradice, es un monólogo yoico, pero termina desvaneciéndose la idea que buscabas en múltiples voces. Algo que arranca y parece ser un soliloquio termina como dirigido a un público artificial e inexistente. Fijáte.

Agarró con todas sus fuerzas la nueva poesía contemporánea y se la arrojó a la cabeza. Su amada quedó desmayada en el piso, con ataques espasmódicos. A lo lejos, él vislumbró que el libro había quedado abierto, hojas de cara al piso. Fue a buscarlo, lo levantó sacudiendo parte de la violencia que aún tenía impregnada por el vuelo. Página 268 · “otra de tantas cosas que no pude ver                                         por el prejuicio”.

Más abajo, en letra fresca color rosado: “Te amo, mi amooooor!! Conmovido, fue a tomarla del piso, menos humanamente que al libro. Ella temblaba. Ya era por miedo. La sujetó fuerte, acarició su cabello suavemente, y le dijo acercándose al oído: Escuchame, te olvidaste de poner que yo también te amo.   

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                                                                                           NACHO

GUILLERMO RÍOS, el diario

Publicado en Nuestra Letra. el 10 de Junio, 2013, 16:34 por MScalona

DARIO A DIARIO

 

Mayo, jueves 30.

Me apuro a empezar a escribir, como si tuviese la necesidad de sacarme un gusto agrio de la boca. El taller siempre me deja en el resuello una o dos ideas que creo disparadoras, pero que nunca terminan de matar a nadie. De todas maneras siempre me vengo con algo más que mugre entre las uñas. Por eso hace tiempo que decidí: del taller se vuelve caminando, solo, y si hace frío mucho mejor.

Me propuse dejar de buscar, cada vez que escribo para el taller, la literatura de aplanadora. Intenté cambiar los proyectos megalómanos por las pequeñas consignas, aceptando la indignidad del amontonamiento numérico y la miserable chance, ¿o acaso este planeta palúdico no es más que un ordinario bolillero? 

No voy a cenar, no quiero irme a dormir satisfecho. Tal vez del ensueño ruede algo de yesca, y cuando el hambre me despierte a fumar le salte alguna chispa.

Nota amarilla: Estoy tomando duchas cada vez más cortas, antes pasaba mucho rato en la bañera, ahora estoy siempre apurado. No es buena señal.

Nota musical: Nina Simone y un poco de Phillip Glass.

 

Mayo, Viernes 31.

Que converjan el final del mes con el inicio de un nuevo fin de semana me resulta alentador. Todo lo renovable me ayuda a calmar esa ansiedad cancerígena con la que me estoy acostumbrando a vivir últimamente. Claro que hay demasiadas cosas que quisiera renovar y no puedo.

Hoy trabajé demasiado, maquinalmente, pero no quiero hablar de eso en este diario. Pocas cosas están tan documentadas como mi trabajo.

Quisiera no tener que salir hoy a la noche, pero creo que H va a insistir en ir a conocer el nuevo antro suburbano que tan pronto se puso de moda entre los bohemios citadinos, negadores declarados de la moda. Me rompe las pelotas la bohemia, pero también me rompen las pelotas los snobs y los pops. Me siento como uno de esos chicos que las madres llevan al cumpleaños de algún primo que nunca ven, y se queda en un rincón mirando incómodo porque no conoce a nadie, y no se anima a agarrar un sanguchito de la mesa porque piensa que no son para él, son para los otros, los que se pelean y se divierten. 

Supongo que es cierto eso que dicen, que si a los veinte años no sos un idealista sos un pelotudo, y si a los cuarenta años sos un idealista sos un pelotudo. La vida está minada de esos paroxismos ourobóricos aterciopelados.

Aforismo: Madurar es darse cuenta lo cerca que estuviste de haber sido un tipo copado, y la inmadurez es creer que porque te viste madurar vas a poder reformarte.

Nota azul: Trabajar se ha convertido, al igual que comer, en una necesidad biológica, un requisito para la supervivencia de la especie. Sin embargo hay que destacar que mientras se ha instalado la cultura del buen comer, aun no hay rastros de la cultura del buen trabajar. En cada cuadra hay una dietética, un nutricionista, un ingeniero en alimentos. Nadie nos está midiendo la cintura laboral.

Nota amarilla: Cuando volví a casa del trabajo Rosa me encontró en la puerta y me dijo que me veía flaco y algo pálido. Al rato se cruzó el palier con un plato de arroz con pollo. Rosa, tan maravillosa, yo tan gitano.   

Nota musical: Thelonious Monk con John Coltrane, terminando que algunas baladas de Zeppelin.

 

Junio, sábado 1.

Hoy me desperté alborotado y escribí un cuento de una sentada. Me llevó casi toda la tarde, y cuando lo terminé me prometió un montón de cosas. Tuve reproches de H por no haber ido con ella a almorzar al parque y me perdí el partido de Independiente, pero creo que valió la pena.

Trata de un empleado de hotel que se instala en una isla virgen y paradisíaca a regentear un proyecto turístico. En la isla conoce a un matrimonio extranjero que, al verlo idéntico al ex marido muerto de la mujer, le proponen suplantarlo por una noche para que ella mitigue su nostalgia. Él acepta dubitativo y viaja al hotel de los turistas (en otra isla) a cumplir con la misión encomendada. Las personalidades de él y del ex marido suplantado se superponen alternativamente dentro de la habitación provocando una orgía asexuada y disonante. A la mañana siguiente, cuando se separan, no puede asegurar si ella se está despidiendo de él o de su ex marido.

El cuento se llevó el día, y es evidente que no puedo escribir de otra cosa. Por hoy está todo dicho.   

Nota amarilla: Hace varios meses que quiero decirle a H que estoy algo cansado de sus conductas desaprensivas para conmigo, pero no lo hago porque tengo miedo de que eso de inicio a una conversación irrevocable que no quiero afrontar.

Nota musical: Hoy no escuché música, pero silbé Autum Leaves cada vez que salí a fumar al balcón.

 

Junio, Domingo 2.

Con H llevamos a Catalina al parque. Es increíble cómo, con apenas seis años, la nena está tan consiente de las circunstancias. En medio de la tarde me llamó mi viejo, y cuando le conté que habíamos llevado a pasear a Cata pude verlo a través del auricular practicando su cara de abuelo. Creo que va a ser un gran abuelo, porque los años lo han ido despojando de aquella prudencia que tanto me cagó la vida.

H estaba contenta, como siempre que la veo cerca de algún chico. Si todo sale bien probablemente a la noche tengamos alguna revolcada informal. Eso siempre me tranquiliza, y me desconcentra. No creo que vuelva a escribir hoy, en un rato juega River.

Nota azul: Creemos que la vejez marca el comienzo del colapso físico y emocional. No es así. Si se midiese en rigor de su pureza la vida comienza a terminar mucho antes.

Nota amarilla: Hace tiempo que no pienso en M, y ya dejó de picarme ese lugar que tanto le gustaba.

Nota musical: domingo sordo.

 

Junio, lunes 3,

Trabajé mucho. Salió sentencia favorable en un juicio de alimentos que me llevó más de dos años de trámite. Cuando llamé a la clienta para contarle la buena noticia, me dijo que tenía intenciones de renunciar a la tenencia de su hijo, porque se había convertido en un calco de su ex marido.

Nota amarilla: Anoche soñé que este diario caía en manos equivocadas.

Nota azul: Mis enemigos son mi héroes, a ellos les debo el lugar que ocupo (no olvidar).

Nota musical: Wagner

 

Junio, martes 4,

Ayer por la noche me junté con J M y G a cenar y tomar unos vinos en el templo (es gratificante cuando un apodo se dice al pasar y de pronto su repetición mecánica conjura una aceptación tácita que lo instala con impronta bautismal).

Hablamos de nuestras mujeres, o mejor dicho de nuestra convivencia con las mujeres, y de la necesidad de configurar un rol masculino y narcisista para así poder ceder sin reparos las riendas de todo lo cotidiano y contingente. A J le cuesta demasiado seguir el hilo de estas conversaciones, sobre todo porque convive regular y clandestinamente con dos mujeres a la vez, y muy a nuestro pesar, aún no acepta que un caballo con dos riendas difícilmente pueda caminar parejo, y que en términos de holgura y sosiego, dos mujeres son mejor que una pero no son mejor que ninguna.

G está distinto, creo que la llegada de su segundo hijo le sacudió demasiado el cubilete. No quisiera que cambie demasiado. En los últimos años me he visto muy reflejado en él, y odiaría tener que buscar otra identidad que lo reemplace.

Nota amarilla: En el camino al templo presencié un accidente de tránsito. Después de chocar, ambos conductores se bajaron y se trenzaron a trompadas en medio de la calle, entre los peatones y demás autos que circulaban. El nivel de agresión está escalando vertiginosamente, y eso me resulta preocupante, aunque tampoco puedo evitar especular con un cercano quebrantamiento cívico y sentirme un poco excitado por ello. 

Nota musical: Mucho Jazz y un poco de Zaz, como siempre que vamos al templo.    

 

Junio, miércoles 5,

Entrada la noche de ayer falleció la abuela de H. Instintivamente sortee las distancias que últimamente nos acuciaban y me puse a disposición de ella. Sin mediar palabras afectivas nuestros brazos volvieron a estrecharse, forzados por una causa común tan incomprensible como rutinaria: la muerte.

La acompañé al entierro, y durante la procesión de dolientes por los pasillos amarmolados y puertas herrumbrosas sentí que caminaba agigantado sobre las calles de una ciudad sombría hecha a escala. Busqué nombres conocidos entre las miles de placas (algunas borroneadas, otras obsesivamente pulidas), e intenté preparar mi congénito apego por la subsistencia para cuando mi cuerpo, marchito o destrozado, ocupe alguno de los rincones que hoy presenciaron nuestro andar pesado desde la vetusta ajenidad.

Pero lo que más llamó mi atención durante el entierro fueron los sonidos; grampas y tornillos desperezándose sobre las tapas de la bóveda; el cajón golpeando arrinconadamente las paredes de su tumba; los escuetos comentarios de los sepultureros que, entre socarrones y gentiles, acomodaban al que había partido ante la mirada queda de los dolientes; llantos contenidos e incontenibles; culpas y lamentos que se ahogaban en los pañuelos; el canto de las monjas, tan profundo como aquel pasillo.

Durante el resto del día, recuperé fácilmente mi estado natural de inconsciencia, y no me costó nada volver a creer que una placa de piedra, con mi nombre borroso y flores marchitas, es un final eludible.

Nota musical: Ave María (la de Schubert) y El Concierto de Aranjuez.

Nota económica: No voy a llegar con el alquiler, y algunos impuestos. Otra vez va a haber morosos en la costa.

 

Junio, jueves 6.

Enviando.

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María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-