"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




EUGENIA ARPESELLA

Publicado en Nuestra Letra. el 24 de Mayo, 2013, 17:56 por MScalona

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Los mareados  

 

Adentro

 

Ángela en el barco pirata, Ángela en las hamacas voladoras, Ángela en el martillo, Ángela en una cabina de las que giraban sobre su propio eje al mismo tiempo que la inmensa rueda de la que pendían todas las demás. No recuerdo el nombre de ese juego, algún anglicismo, quizás. Tenía miedo que las capsulas se chocarán entre si, estaban colocadas a una distancia prudente para sugerir el desastre, una insinuación del terror.

Era el Show Park, si...ese que venía cada año durante las vacaciones de invierno, en nuestros gloriosos años 90. Todos los juegos estrambóticos de los parques de diversiones itinerantes tenían el mismo propósito: perturbar a los más chicos. Así y todo se subía igual, y salvando las particularidades de cada uno, en todos los juegos le pasaba más o menos lo mismo: un estremecimiento que recorre toda la espina dorsal; el súbito serpenteo desde el bajo vientre hasta la coronilla que, colmado de altura, atraviesa el cuerpo, el cuerpito tenso, y se dispara en un encumbramiento total, abriendo hacia abajo todo el espacio por caer. ¿Cómo explicar esa sensación violatoria a los ocho, a los diez años? Por acto reflejo o instinto de supervivencia que le dicen, Ángela fue adquiriendo algunas técnicas para soportar el espanto y la excitación. Cerrar los ojos para evitar la nausea, apretar fuerte las piernas, empujar con el cuerpo hacia abajo, contra el asiento, apretarse la panza, respirar hondo y contener el aire hasta que se pase la convulsión, hasta que el juego termine y todo en el cuerpo vuelva a su lugar. Y a que todo a su al rededor vuelva a su lugar. Sin embargo, ahora que la visita a los parques quedaron tan lejos en el tiempo, las bondades del vino le traen aquella sensación otra vez, un mareo, el vértigo, un ardor en la piel y un sabor agridulce en la boca.

Hace apenas un rato estabas exultante, desinhibida, hablabas hasta por los codos Ángela, y ahora estás a punto del derrumbe, la deflagración total. ¿Cómo te levantas después?

 

Hay experiencias que se inscriben en la carne o en alguna otra región del cuerpo desconocida, incluso, hasta para el anatomista más distinguido. ¿Habrá realmente alguna parte de nuestro cuerpo que no haya sido descubierto por la ciencia? ¿Existirá algún amante, hombre o mujer, dispuesto a encontrar una superficie, tal vez una profundidad que no haya sido descubierta antes por nadie, en el cuerpo del amado?. Fundar un  espacio nuevo en el roce, la fricción, en un vuelco, o en un envión. Tal como Ángela descubrió en aquellos juegos siniestros la aparición  de zonas remotas de si misma. 

 

Con el semblante que les da el vino a las mujeres insatisfechas pero orgullosas, Ángela intentó no sin esfuerzo ponerse de pie, pisar firme, paso a paso, para que todos sepan que se la banca. Pero no hay nadie, salvo Román y Lucrecia, que son al mismo tiempo todos y todo, porque están junto a ella cada vez que cae el telón, en circunstancias de modo imperceptible, cotidiano, como las amistades que saben respetar las sutiles y momentáneas ausencias de cada nuevo y siempre idéntico encuentro. Por eso no es necesario fingir cordura sino para si misma. Yo me la banco. Lucrecia atinó a sostener a su amiga del brazo luego de un traspié al intentar, con poco éxito, ponerse de pie.  Las dos estallaron en risas, sostenidas en un enredo de manos y apretones, mientras Román que las observaba apoyado sobre el aparador de la cocina, con una sonrisa y la mirada tristes rumió un Cadícamo vencido por la fuerza de las cosas, del tiempo y de los adioses involuntarios... Rara, como encendida...

Una vez que Ángela recuperó estabilidad, Lucrecia la dejó ir  por el largo pasillo  hasta el baño. Desde el living se oye entre la música el taconeo de un camino sinuoso, complicado. Sin embargo Ángela a pesar de la torpeza no pierde la elegancia; ya recuperó la seguridad suficiente para prescindir de su amiga, además el pasillo es angosto y puede tantear las paredes con apenas extender los brazos. Su tío, avezado en los efectos del alcohol le aconsejó que ante los primeros síntomas de la borrachera se asegurara de estar cerca del piso o de una pared. Si ponés tu mano sobre una superficie firme se disipa el mareo. No avanza sólo con los pies; la fuerza motriz se impulsa por el propio peso de todo su cuerpo distribuido en sus piernas que,  una a través de la otra, van proyectando sobre el piso un zigzagueo,  la ondulación de los tentáculos de una medusa somnolienta. Los contornos de Ángela se vuelven difusos según la perspectiva de Román, que acodado en la barra del departamento sigue atento o alelado su trayecto. Lentamente la ve desaparecer en la negrura del pasillo. Al fondo, la luz del baño le devuelve la figura de la mujer medusa, desenfadada, linda y fatal.

 

Afuera

 

Lucrecia sale al balcón, pero antes hecha una mirada hacia atrás, se vuelve sutil por encima del hombro, con la vaga esperanza de que Román la siga, con el anhelo, pretencioso quizás, de coincidir.

Desde que empezó a fumar tiene la costumbre de disparar el cigarrillo y esperar que la última brasa del veneno quemante se desprenda del filtro. Será porque en sus tibios comienzos, como en todo ritual de iniciación, con sus amigas lo hacían en cualquier lugar donde estuvieran a salvo de las miradas que ya conocían. Naturalmente, el refugio era la calle, pero también fumaban en las terrazas y en los patios silenciosos de la noche.

Los ceniceros bostezan de aburrimiento y los fueguitos se disparan como cañitas voladoras por todas partes en el negro escenario de la noche.

 

Román desde adentro, le advierte que la gata, la gatita, se acercó a la ceniza encendida que cayó a un costado de la mesa de campo. La gata está fascinada.

- Mirá, ¡Le gusta jugar con fuego!

-Como a vos, le gritó desde la cocina, sin perder de vista la escena que se desarrollaba en el balcón.

Los dos se quedaron observando los movimientos de la gatita que se precipita con su hocico a la braza, y amaga con su patita a tocarla.

-Se va a quemar, es una estúpida. ¡Salí, fuera!

-La única diferencia entre vos y la gata es que ella no sabe que se va a quemar.

Lucrecia la ahuyenta con un manotazo aunque sabe que debería dejarla, para que pruebe, para que se queme, para que aprenda. Pero el dolor ajeno es insoportable y la gata tampoco es suya. Es de la dueña del departamento que va a estar fuera de Rosario por unos días y por lo tanto ahora Lucrecia es su tutora o su ama y debe cuidar de ella, como un viejo favor que se paga con intereses, ya que, a diferencia de su madre, A Lucrecia  los animales no le despiertan ninguna simpatía. Ahora tiene que darle de comer, cambiar el agua, evitar que se queme y hacerle compañía, sobre todo de noche y dormir con ella en la cama grande, porque es cachorra. ¿No se supone que las mascotas son las que nos tienen que garantizar compañía a nosotros y no al revés? Pregunta retórica que por lo demás, da pie a una débil y momentánea coincidencia, aunque más no sea. Pero la cuerda invisible que los une continúa tensada. La misma cuerda invisible que también los separa, porque establece una distancia, infranqueable, a pesar de Lucrecia, muy a pesar de Lucrecia. Resulta que a Román tampoco  le gustan para nada los animales domésticos, pero mientras Lucrecia evita todo tipo de contacto con ellos, salvo por compromiso,  Román en cambio es un estudioso de los comportamientos de estos, y en especial, el de sus amos. Tras reflexionar si tumbarse en el sillón a la espera de Ángela que hace ya un buen rato se encuentra en el baño,  o salir al balcón, opta por ir al encuentro de Lucrecia  que con un no sé qué en su semblante, lastimero y cabizbajo, lo reclama.  Y además porque afuera la noche está fresca y como siempre aguarda para todos, para el pequeño mundo interior de cada uno, un lugarcito de intemperie.

 

Roman se acoda en el umbral del balcón y a cambio de iniciar cualquier conversación banal, se pone voluntariamente a meditar en silencio. Si elige no decir nada en lugar de hablar con Lucrecia de la gata o de lo fresca que está la noche, o del día agotador que dejó atrás, o de la última película que vio es porque hay una sola cosa de la cual podrían o deberían hablar y es menester, o necesario al menos para Roman, mantener tensada la cuerda invisible que traza la distancia,  que no resiste a ningún análisis de proxemia, entre Lucrecia y él. Un abismo.

          Podría elaborar allí mismo, ya no una teoría porque sería demasiado pretencioso, si no lo que él denomina como el esquema de una sospecha: discriminar es el acto que precede a toda organización del pensamiento, ¿verdad? Y para Román las personas se dividen en tres grupos. El primero es el de los mascotistas, aquellos que establecen identificaciones precarias con su caniches o su setter irlandés, y al mismo tiempo destruyen sistemáticamente toda clase de reciprocidad con sus pares. El acervo de una cultura individualista se resume en la frase cuánto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Esas personas deberían considerar seriamente caminar en cuatro patas. ¿no? A Román le infunde desconfianza la psicología de las personas que hacen culto al amor por los animales y a los suyo en particular, porque las personas que hacen culto al amor por los animales en general, pertenecen, según el esquema de su sospecha, al grupo de los ambientalistas y estos son más abstractos, por ejemplo, los clase turista que posan con el busto del lobo marino en Mar del Plata, o los más politizados que, rumbo a Cabo Polonio,  fotografían desde el auto en movimiento las plantas papeleras de Fray Bentos. Quizás hasta consigan capturar los peces muertos en el río que envuelve la fábrica de celulosa. Los que miran Animal Planet también se incluyen en este grupo. Por último, en el extremo se sitúan los onegeístas, que por pertenecer a un nivel de organización superior y a escala planetaria son casi más peligrosos que el grupo de los primeros. No tanto por quienes lo integran sino por quienes los financian. La culpa no es toda del chancho, ¿o no? Yo tengo una prima onegeista que ama a los gatos. Román continuó absorto en sus cavilaciones durante un rato, hasta advertir no la presencia de Lucrecia, sino la ausencia inquietante de Ángela. ¿Estará bien? Están uno al lado del otro, pero la cuerda invisible  sigue tensa, inmutable.

 

 

El golpe de aire fresco le devolvió un poco de lucidez. De la montaña rusa a la calesita, Ángela trajo la botella de vino en una mano, y en un balanceo impostado, típico del tío borracho que sigue bailando solo en las fiestas familiares cuando todos ya se han ido y los que quedan se esconden,  ofrece y reparte lo que queda entre sus amigos.  Cada cual tiene sus penas y nosotros las tenemos...Ahora que Ángela se incorporó al grupo, la constelación triangular retoma su dinámica, y aunque cada uno permanece suspendido en su órbita,  y aún en el más espeso de los silencios, la conversación no se detiene.

 

Los tres intercambiaron algunas apreciaciones sin importancia, del tipo qué fresca que está la noche,  uy, acabo de ver una estrella fugaz,¿dónde?, ¿pediste deseos?, todavía no entiendo la constelación de Orión. Si, pedí unos cuántos. ¿Nos estarán mirando desde alguna ventana?, ¿A dónde se fue toda la gente? Tenés que ubicar a las tres marías, la linea invisible que las une, es el cinturón de Orión, la figura, ¿ves? No, no, seguí mi dedo... Pero Ángela desistió pronto, mirar para arriba le hace mal, el encumbramiento, el vino, etcétera. ¿y la gatita dónde está? Ahora, toca otra vez hablar de la gata. Michi michi... ¿Cómo era que se llamaba? Ángela la descubre justo debajo de la reposera durmiendo. Extiende su mano para hacerle un cariño en la pelusa, pero el pequeño felino se escabulle,  entre temeroso y un tanto arisco, hasta la baranda del balcón.

Ahora la gata se queda mirando al vacío durante mucho tiempo.  Da unos saltos que te morís, pensás que se va a tirar, pero no. Se queda admirando con ingenuidad ese lugar que no es ningún lugar. Su limite. Y lo contempla desde el umbral con la feliz ignorancia de todo animal. Ignorance is bliss. Ojalá me pudiera asomar a ese abismo de ocho pisos, pero no puedo. Ya no.  Ángela en el barco pirata, Ángela en las hamacas voladoras, Ángela en el martillo. ¿Cómo evocar otra la sensación violatoria? ¿Alcanzará con asomarse? En un breve racconto enumera los miedos que fue adquiriendo a través de los años. Podría ser el titulo de un libro todos estos años de miedos acumulados. A las alturas, por ejemplo, a la velocidad, a las tormentas, a la relaciones duraderas, a las mujeres que no conoce, a los horóscopos, a su destino, al abismo.

¿Negro, no era Kundera al que le pasaba lo mismo? 

-¿Kundera? No sé, no lo leí.

 El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

Prefiero el encierro, dice Ángela. Prefiero economizar el aire de un ascensor de puertas blindadas que chuparme un vacío. No mires para abajo, no mires para abajo, digo todo el tiempo, y pienso en la novela,  y en la tentación de que todo caiga por su propio peso. ¿Y si me tiro? ¿y si de repente me agarran ganas y me tiro?

 

la Frontera

 

Debería llamarla para pedirle perdón. Esa tarde no atendió la llamada insistente, compulsiva, desesperada de su madre, de toda madre. ¿Pedirle perdón? Si, ella alguna vez también tendrá un hijo. No sabe cuándo ni cómo, pero sabe. La idea amenaza como un péndulo, como una soga al cuello, como una hamaca, como una liana. La sin razón, un delirio...ser madre es volverse loca. Vos todavía no sos mamá pero esto es para cuando tengas hijos: no te lo comas. le dijo Alejandra al regalarle el señalador con la replica de Saturno devorando a un hijo. Con las fauces abiertas y  los ojos desmesuradamente abiertos, Saturno devora con fruición la carne de su carne que se descompone inexorablemente con el paso del tiempo. Simone dice: Desde el día en que nace el hombre empieza a morir; esa es la verdad que encarna la madre. Simone dice: la figura inversa de la fecundidad que hace crecer las espigas es la pavorosa desposeída cuyo esqueleto se revela bajo una tierna carne mentirosa. Simone dice: la madre consagra su hijo a la muerte. La mujer, dice Simone, es el reverso de la muerte. Lugares comunes de un entierro: perder una madre es orfandad, perder un hijo no tiene nombre. Y el hombre, en nombre del hombre, y del padre,  para tenerlo. No sólo para fecundarlo, sino para tenerlo. Roman tiene los ojos demasiado chicos y la espalda un tanto angosta. Tiene la piel muy transparente y la respiración débil. Se cansa pronto. Román está en este momento jugando con la gata, con sus ojos que apenas son ojos porque son transparentes y escruta el perfil de Ángela que ya está totalmente borracha, y habla y habla de cualquier cosa con los ojos cerrados de cara a la noche inmensa de un octavo piso. Roman no me mira a mi a los ojos para decirme que fresca que está la noche.

 

          Algunos años atrás, cuando trabajaba en la librería, Lucrecia, solía esconderse, cuando podía, entre las bateas para hojear los libros que quería leer o robarse. Una tarde en cuclillas, entre los libros de cocina encontró uno de divulgación científica sobre biología, entreverado entre uno de Narda Lepes y otro de Maru Botana quienes, a propósito de cocineras, son excelentes madres. Abrió al azar, porque era uno de sus métodos de lectura, y en la página 90 leyó algo así como que las hembras humanas son exigentes  con la elección del macho para la procreación. Buscar en el macho garantías para fecundar  hijitos sanos y fuertes, esa es la premisa tras la cual avanza una mujer más o menos normal. El libro también señalaba que las hembras además, especulan -todo a nivel inconsciente, claro- con las garantías de sustentabilidad que debe tener un proyecto vital de tal envergadura. En resumen, las condiciones básicas que debe reunir un hombre para ser Él, o El Padre al menos, en el caso de que fuese mucho pedir. Pero que sea lindo, o al menos fuerte y con auto, como mínimo. No, el auto no importa.  Si lo que queda son los hijos y el sacrificio de la carne y las cosas por decir en el buzón de mensajes de voz.  Será por eso que hay que absolverlas de toda culpa, ¿no? Aunque su madre, cuando habla de la suya, o sea, de la abuela de Lucrecia, dice, y vieran que graciosa es in im pu ta ble, mi mamá es inimputable.

            Se vuelve hacia sus amigos, les avisa que va llevar las copas a la cocina y que luego pasará por el baño. Lo hace en voz baja, como si molestara, como si a caso no fuera ese balcón en el punto álgido de la noche, su lugar.  El calor del interior del departamento la conforta, baja la música y se encarama decidida a hacia el cuarto oscuro por el que desaparece para hundirse definitivamente en la cama grande, sobre la cual está tendida la gatita,  esperándola para hacerle compañía hasta el otro día.  

 

 

Euge

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-