"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Mayo del 2013


EUGENIA ARPESELLA

Publicado en Nuestra Letra. el 24 de Mayo, 2013, 17:56 por MScalona

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Los mareados  

 

Adentro

 

Ángela en el barco pirata, Ángela en las hamacas voladoras, Ángela en el martillo, Ángela en una cabina de las que giraban sobre su propio eje al mismo tiempo que la inmensa rueda de la que pendían todas las demás. No recuerdo el nombre de ese juego, algún anglicismo, quizás. Tenía miedo que las capsulas se chocarán entre si, estaban colocadas a una distancia prudente para sugerir el desastre, una insinuación del terror.

Era el Show Park, si...ese que venía cada año durante las vacaciones de invierno, en nuestros gloriosos años 90. Todos los juegos estrambóticos de los parques de diversiones itinerantes tenían el mismo propósito: perturbar a los más chicos. Así y todo se subía igual, y salvando las particularidades de cada uno, en todos los juegos le pasaba más o menos lo mismo: un estremecimiento que recorre toda la espina dorsal; el súbito serpenteo desde el bajo vientre hasta la coronilla que, colmado de altura, atraviesa el cuerpo, el cuerpito tenso, y se dispara en un encumbramiento total, abriendo hacia abajo todo el espacio por caer. ¿Cómo explicar esa sensación violatoria a los ocho, a los diez años? Por acto reflejo o instinto de supervivencia que le dicen, Ángela fue adquiriendo algunas técnicas para soportar el espanto y la excitación. Cerrar los ojos para evitar la nausea, apretar fuerte las piernas, empujar con el cuerpo hacia abajo, contra el asiento, apretarse la panza, respirar hondo y contener el aire hasta que se pase la convulsión, hasta que el juego termine y todo en el cuerpo vuelva a su lugar. Y a que todo a su al rededor vuelva a su lugar. Sin embargo, ahora que la visita a los parques quedaron tan lejos en el tiempo, las bondades del vino le traen aquella sensación otra vez, un mareo, el vértigo, un ardor en la piel y un sabor agridulce en la boca.

Hace apenas un rato estabas exultante, desinhibida, hablabas hasta por los codos Ángela, y ahora estás a punto del derrumbe, la deflagración total. ¿Cómo te levantas después?

 

Hay experiencias que se inscriben en la carne o en alguna otra región del cuerpo desconocida, incluso, hasta para el anatomista más distinguido. ¿Habrá realmente alguna parte de nuestro cuerpo que no haya sido descubierto por la ciencia? ¿Existirá algún amante, hombre o mujer, dispuesto a encontrar una superficie, tal vez una profundidad que no haya sido descubierta antes por nadie, en el cuerpo del amado?. Fundar un  espacio nuevo en el roce, la fricción, en un vuelco, o en un envión. Tal como Ángela descubrió en aquellos juegos siniestros la aparición  de zonas remotas de si misma. 

 

Con el semblante que les da el vino a las mujeres insatisfechas pero orgullosas, Ángela intentó no sin esfuerzo ponerse de pie, pisar firme, paso a paso, para que todos sepan que se la banca. Pero no hay nadie, salvo Román y Lucrecia, que son al mismo tiempo todos y todo, porque están junto a ella cada vez que cae el telón, en circunstancias de modo imperceptible, cotidiano, como las amistades que saben respetar las sutiles y momentáneas ausencias de cada nuevo y siempre idéntico encuentro. Por eso no es necesario fingir cordura sino para si misma. Yo me la banco. Lucrecia atinó a sostener a su amiga del brazo luego de un traspié al intentar, con poco éxito, ponerse de pie.  Las dos estallaron en risas, sostenidas en un enredo de manos y apretones, mientras Román que las observaba apoyado sobre el aparador de la cocina, con una sonrisa y la mirada tristes rumió un Cadícamo vencido por la fuerza de las cosas, del tiempo y de los adioses involuntarios... Rara, como encendida...

Una vez que Ángela recuperó estabilidad, Lucrecia la dejó ir  por el largo pasillo  hasta el baño. Desde el living se oye entre la música el taconeo de un camino sinuoso, complicado. Sin embargo Ángela a pesar de la torpeza no pierde la elegancia; ya recuperó la seguridad suficiente para prescindir de su amiga, además el pasillo es angosto y puede tantear las paredes con apenas extender los brazos. Su tío, avezado en los efectos del alcohol le aconsejó que ante los primeros síntomas de la borrachera se asegurara de estar cerca del piso o de una pared. Si ponés tu mano sobre una superficie firme se disipa el mareo. No avanza sólo con los pies; la fuerza motriz se impulsa por el propio peso de todo su cuerpo distribuido en sus piernas que,  una a través de la otra, van proyectando sobre el piso un zigzagueo,  la ondulación de los tentáculos de una medusa somnolienta. Los contornos de Ángela se vuelven difusos según la perspectiva de Román, que acodado en la barra del departamento sigue atento o alelado su trayecto. Lentamente la ve desaparecer en la negrura del pasillo. Al fondo, la luz del baño le devuelve la figura de la mujer medusa, desenfadada, linda y fatal.

 

Afuera

 

Lucrecia sale al balcón, pero antes hecha una mirada hacia atrás, se vuelve sutil por encima del hombro, con la vaga esperanza de que Román la siga, con el anhelo, pretencioso quizás, de coincidir.

Desde que empezó a fumar tiene la costumbre de disparar el cigarrillo y esperar que la última brasa del veneno quemante se desprenda del filtro. Será porque en sus tibios comienzos, como en todo ritual de iniciación, con sus amigas lo hacían en cualquier lugar donde estuvieran a salvo de las miradas que ya conocían. Naturalmente, el refugio era la calle, pero también fumaban en las terrazas y en los patios silenciosos de la noche.

Los ceniceros bostezan de aburrimiento y los fueguitos se disparan como cañitas voladoras por todas partes en el negro escenario de la noche.

 

Román desde adentro, le advierte que la gata, la gatita, se acercó a la ceniza encendida que cayó a un costado de la mesa de campo. La gata está fascinada.

- Mirá, ¡Le gusta jugar con fuego!

-Como a vos, le gritó desde la cocina, sin perder de vista la escena que se desarrollaba en el balcón.

Los dos se quedaron observando los movimientos de la gatita que se precipita con su hocico a la braza, y amaga con su patita a tocarla.

-Se va a quemar, es una estúpida. ¡Salí, fuera!

-La única diferencia entre vos y la gata es que ella no sabe que se va a quemar.

Lucrecia la ahuyenta con un manotazo aunque sabe que debería dejarla, para que pruebe, para que se queme, para que aprenda. Pero el dolor ajeno es insoportable y la gata tampoco es suya. Es de la dueña del departamento que va a estar fuera de Rosario por unos días y por lo tanto ahora Lucrecia es su tutora o su ama y debe cuidar de ella, como un viejo favor que se paga con intereses, ya que, a diferencia de su madre, A Lucrecia  los animales no le despiertan ninguna simpatía. Ahora tiene que darle de comer, cambiar el agua, evitar que se queme y hacerle compañía, sobre todo de noche y dormir con ella en la cama grande, porque es cachorra. ¿No se supone que las mascotas son las que nos tienen que garantizar compañía a nosotros y no al revés? Pregunta retórica que por lo demás, da pie a una débil y momentánea coincidencia, aunque más no sea. Pero la cuerda invisible que los une continúa tensada. La misma cuerda invisible que también los separa, porque establece una distancia, infranqueable, a pesar de Lucrecia, muy a pesar de Lucrecia. Resulta que a Román tampoco  le gustan para nada los animales domésticos, pero mientras Lucrecia evita todo tipo de contacto con ellos, salvo por compromiso,  Román en cambio es un estudioso de los comportamientos de estos, y en especial, el de sus amos. Tras reflexionar si tumbarse en el sillón a la espera de Ángela que hace ya un buen rato se encuentra en el baño,  o salir al balcón, opta por ir al encuentro de Lucrecia  que con un no sé qué en su semblante, lastimero y cabizbajo, lo reclama.  Y además porque afuera la noche está fresca y como siempre aguarda para todos, para el pequeño mundo interior de cada uno, un lugarcito de intemperie.

 

Roman se acoda en el umbral del balcón y a cambio de iniciar cualquier conversación banal, se pone voluntariamente a meditar en silencio. Si elige no decir nada en lugar de hablar con Lucrecia de la gata o de lo fresca que está la noche, o del día agotador que dejó atrás, o de la última película que vio es porque hay una sola cosa de la cual podrían o deberían hablar y es menester, o necesario al menos para Roman, mantener tensada la cuerda invisible que traza la distancia,  que no resiste a ningún análisis de proxemia, entre Lucrecia y él. Un abismo.

          Podría elaborar allí mismo, ya no una teoría porque sería demasiado pretencioso, si no lo que él denomina como el esquema de una sospecha: discriminar es el acto que precede a toda organización del pensamiento, ¿verdad? Y para Román las personas se dividen en tres grupos. El primero es el de los mascotistas, aquellos que establecen identificaciones precarias con su caniches o su setter irlandés, y al mismo tiempo destruyen sistemáticamente toda clase de reciprocidad con sus pares. El acervo de una cultura individualista se resume en la frase cuánto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Esas personas deberían considerar seriamente caminar en cuatro patas. ¿no? A Román le infunde desconfianza la psicología de las personas que hacen culto al amor por los animales y a los suyo en particular, porque las personas que hacen culto al amor por los animales en general, pertenecen, según el esquema de su sospecha, al grupo de los ambientalistas y estos son más abstractos, por ejemplo, los clase turista que posan con el busto del lobo marino en Mar del Plata, o los más politizados que, rumbo a Cabo Polonio,  fotografían desde el auto en movimiento las plantas papeleras de Fray Bentos. Quizás hasta consigan capturar los peces muertos en el río que envuelve la fábrica de celulosa. Los que miran Animal Planet también se incluyen en este grupo. Por último, en el extremo se sitúan los onegeístas, que por pertenecer a un nivel de organización superior y a escala planetaria son casi más peligrosos que el grupo de los primeros. No tanto por quienes lo integran sino por quienes los financian. La culpa no es toda del chancho, ¿o no? Yo tengo una prima onegeista que ama a los gatos. Román continuó absorto en sus cavilaciones durante un rato, hasta advertir no la presencia de Lucrecia, sino la ausencia inquietante de Ángela. ¿Estará bien? Están uno al lado del otro, pero la cuerda invisible  sigue tensa, inmutable.

 

 

El golpe de aire fresco le devolvió un poco de lucidez. De la montaña rusa a la calesita, Ángela trajo la botella de vino en una mano, y en un balanceo impostado, típico del tío borracho que sigue bailando solo en las fiestas familiares cuando todos ya se han ido y los que quedan se esconden,  ofrece y reparte lo que queda entre sus amigos.  Cada cual tiene sus penas y nosotros las tenemos...Ahora que Ángela se incorporó al grupo, la constelación triangular retoma su dinámica, y aunque cada uno permanece suspendido en su órbita,  y aún en el más espeso de los silencios, la conversación no se detiene.

 

Los tres intercambiaron algunas apreciaciones sin importancia, del tipo qué fresca que está la noche,  uy, acabo de ver una estrella fugaz,¿dónde?, ¿pediste deseos?, todavía no entiendo la constelación de Orión. Si, pedí unos cuántos. ¿Nos estarán mirando desde alguna ventana?, ¿A dónde se fue toda la gente? Tenés que ubicar a las tres marías, la linea invisible que las une, es el cinturón de Orión, la figura, ¿ves? No, no, seguí mi dedo... Pero Ángela desistió pronto, mirar para arriba le hace mal, el encumbramiento, el vino, etcétera. ¿y la gatita dónde está? Ahora, toca otra vez hablar de la gata. Michi michi... ¿Cómo era que se llamaba? Ángela la descubre justo debajo de la reposera durmiendo. Extiende su mano para hacerle un cariño en la pelusa, pero el pequeño felino se escabulle,  entre temeroso y un tanto arisco, hasta la baranda del balcón.

Ahora la gata se queda mirando al vacío durante mucho tiempo.  Da unos saltos que te morís, pensás que se va a tirar, pero no. Se queda admirando con ingenuidad ese lugar que no es ningún lugar. Su limite. Y lo contempla desde el umbral con la feliz ignorancia de todo animal. Ignorance is bliss. Ojalá me pudiera asomar a ese abismo de ocho pisos, pero no puedo. Ya no.  Ángela en el barco pirata, Ángela en las hamacas voladoras, Ángela en el martillo. ¿Cómo evocar otra la sensación violatoria? ¿Alcanzará con asomarse? En un breve racconto enumera los miedos que fue adquiriendo a través de los años. Podría ser el titulo de un libro todos estos años de miedos acumulados. A las alturas, por ejemplo, a la velocidad, a las tormentas, a la relaciones duraderas, a las mujeres que no conoce, a los horóscopos, a su destino, al abismo.

¿Negro, no era Kundera al que le pasaba lo mismo? 

-¿Kundera? No sé, no lo leí.

 El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

Prefiero el encierro, dice Ángela. Prefiero economizar el aire de un ascensor de puertas blindadas que chuparme un vacío. No mires para abajo, no mires para abajo, digo todo el tiempo, y pienso en la novela,  y en la tentación de que todo caiga por su propio peso. ¿Y si me tiro? ¿y si de repente me agarran ganas y me tiro?

 

la Frontera

 

Debería llamarla para pedirle perdón. Esa tarde no atendió la llamada insistente, compulsiva, desesperada de su madre, de toda madre. ¿Pedirle perdón? Si, ella alguna vez también tendrá un hijo. No sabe cuándo ni cómo, pero sabe. La idea amenaza como un péndulo, como una soga al cuello, como una hamaca, como una liana. La sin razón, un delirio...ser madre es volverse loca. Vos todavía no sos mamá pero esto es para cuando tengas hijos: no te lo comas. le dijo Alejandra al regalarle el señalador con la replica de Saturno devorando a un hijo. Con las fauces abiertas y  los ojos desmesuradamente abiertos, Saturno devora con fruición la carne de su carne que se descompone inexorablemente con el paso del tiempo. Simone dice: Desde el día en que nace el hombre empieza a morir; esa es la verdad que encarna la madre. Simone dice: la figura inversa de la fecundidad que hace crecer las espigas es la pavorosa desposeída cuyo esqueleto se revela bajo una tierna carne mentirosa. Simone dice: la madre consagra su hijo a la muerte. La mujer, dice Simone, es el reverso de la muerte. Lugares comunes de un entierro: perder una madre es orfandad, perder un hijo no tiene nombre. Y el hombre, en nombre del hombre, y del padre,  para tenerlo. No sólo para fecundarlo, sino para tenerlo. Roman tiene los ojos demasiado chicos y la espalda un tanto angosta. Tiene la piel muy transparente y la respiración débil. Se cansa pronto. Román está en este momento jugando con la gata, con sus ojos que apenas son ojos porque son transparentes y escruta el perfil de Ángela que ya está totalmente borracha, y habla y habla de cualquier cosa con los ojos cerrados de cara a la noche inmensa de un octavo piso. Roman no me mira a mi a los ojos para decirme que fresca que está la noche.

 

          Algunos años atrás, cuando trabajaba en la librería, Lucrecia, solía esconderse, cuando podía, entre las bateas para hojear los libros que quería leer o robarse. Una tarde en cuclillas, entre los libros de cocina encontró uno de divulgación científica sobre biología, entreverado entre uno de Narda Lepes y otro de Maru Botana quienes, a propósito de cocineras, son excelentes madres. Abrió al azar, porque era uno de sus métodos de lectura, y en la página 90 leyó algo así como que las hembras humanas son exigentes  con la elección del macho para la procreación. Buscar en el macho garantías para fecundar  hijitos sanos y fuertes, esa es la premisa tras la cual avanza una mujer más o menos normal. El libro también señalaba que las hembras además, especulan -todo a nivel inconsciente, claro- con las garantías de sustentabilidad que debe tener un proyecto vital de tal envergadura. En resumen, las condiciones básicas que debe reunir un hombre para ser Él, o El Padre al menos, en el caso de que fuese mucho pedir. Pero que sea lindo, o al menos fuerte y con auto, como mínimo. No, el auto no importa.  Si lo que queda son los hijos y el sacrificio de la carne y las cosas por decir en el buzón de mensajes de voz.  Será por eso que hay que absolverlas de toda culpa, ¿no? Aunque su madre, cuando habla de la suya, o sea, de la abuela de Lucrecia, dice, y vieran que graciosa es in im pu ta ble, mi mamá es inimputable.

            Se vuelve hacia sus amigos, les avisa que va llevar las copas a la cocina y que luego pasará por el baño. Lo hace en voz baja, como si molestara, como si a caso no fuera ese balcón en el punto álgido de la noche, su lugar.  El calor del interior del departamento la conforta, baja la música y se encarama decidida a hacia el cuarto oscuro por el que desaparece para hundirse definitivamente en la cama grande, sobre la cual está tendida la gatita,  esperándola para hacerle compañía hasta el otro día.  

 

 

Euge

ALEJANDRA MAZZITELLI

Publicado en relatos el 15 de Mayo, 2013, 14:30 por MScalona

Aquel DOMINGO

Siempre se habla de la lengua materna y sí, está bien, las lenguas y las madres se lo merecen; sin lengua materna no hay lengua viva, pero ¿qué hay de la lengua paterna? ¿Y qué sucede cuando ésta  no habla el mismo idioma que aquella? La lengua entonces, ¿es una o varias?

Recuerdo de un modo pleno e intenso  la lengua de mi abuelo paterno,  su decir en italiano, sus canciones, sus anécdotas y sus sabias palabras. Lengua que si bien no sé hablar sí supe escuchar. Es más, si no hubiese sido hablada por esa melodiosa  e italiana lengua sería sorda al poder de las palabras o al menos, eso sí, no hubiese nunca practicado el psicoanálisis.

¿Cuáles fueron aquellas palabras dichas de modo imborrable por mi  abuelo, que me dijo en su lengua materna y escuché yo en mi lengua paterna, mientras juntos estábamos sentados en la vereda las  soleadas tardes de Julio de 1967,  en tanto que  los vecinos como la vida pasaban sin cesar? Esto dijo, o al menos esto es lo que yo escuché: "Que las palabras tienen el poder de dar vida pero también de quitarla". Así de simple, así de claro, así de directo.

 Cuál habrá sido mi sorprendida mirada, que prosiguió diciendo que ciertas palabras dichas de ciertas maneras hieren o matan más que cientos de golpes, miles de metrallas y millones de cañones y les aseguro que quien eso me decía sabía muy bien de que hablaba, era el saber de un anciano de 80 y tantos años veterano de la primera guerra mundial,  guerra atroz que pasó a la historia por ser la última guerra de trincheras y simultáneamente, y paradójicamente, la primera guerra de destrucción masiva de la humanidad.

Mi abuelo me contaba muchas historias suyas y familiares donde quedaba muy claro para mi que las palabras dan cuerpo a la vida, que sirven para  narrar, amar,  cantar,  poetizar en definitiva para significar.  Pero lo mejor, lo más maravilloso que me transmitió mi abuelo fue que las palabras no solo significan sino hacen algo más grande aún, por su tono, por su acento, por su ritmo, por su tiempo las palabras libidinizan el cuerpo, "…con la leche templada y en cada canción…" 

Entonces así de ese modo sencillo y cotidiano mi nono ya sabía en 1914 lo que  Freud recién públicó en 1920 y Lacan en 1960. Domingo pudo significarme el mundo de modo tal  que su  lenguaje ético supo habilitarme al deseo de existir  limitando así los intersticios por donde la muerte siempre se encuentra al acecho.

                                                                                              Ale Mazzitelli.

DÍA DE REYES

Javier no creía que a los bebes los pudiese traer –aquel bicho asqueroso llamado- la  Cigüeña, tampoco creía  en Papá Noel  ¿Cómo podía creer que semejante panza pudiera caber por la chimenea? Es que puesto a decir toda la verdad, tampoco creía en las chimeneas,  ni él ni ningún amigo suyo, habían jamás visto una y eso que pateaban el barrio. Pero  en Villa Adelina, definitivamente  no había chimeneas y tampoco llegaba hasta allí, si es que existía, el tan televisivo Papá Noel. 

Pero a Javier la cuestión  se le ponía más difícil cuando pensaba respecto de  la existencia de los Reyes Magos, ahí si que,  su joven cabecita no se resolvía aún a descifrar tremendo enigma del deseo. 

Es que allí, la historia y sus ganas de tener la ansiada bicicleta que solo los Reyes podían traer,  le tendían una trampa,  porque no dejaba de pensar Javier: -reyes  siempre hubieron en la historia, de eso nos cuenta en sus clases la señorita Mónica e incluso,  recuerda ahora como su embobada  madre  no paraba en estos días de hablar de la  reina Argentina!

Acaso no vio él mismo por la tele  que en un distante país,  llamado Holanda coronaban a su nuevo y joven Rey Guillermo y a Máxima su mujer que, ¿siendo, o habiendo sido? Argentina, era  proclamada Reina Consorte  De Holanda. Lo de consorte no lo entendía bien  pero sí lo de reina, una reina era –con suerte o no- una reina. Guillermo de Holanda es Rey y es Mago: convierte a una argentina en holandesa y a una plebeya en reina.  Entonces los reyes existen y los magos también. 

 Solo quedaba por despejar ahora  una incógnita: ¿tendría ese rey hermanos?, sabido es que los reyes magos son tres para que al menos uno pueda llegar hasta el desconocido barrio de Villa Adelina, que queda allí muy cerquita del  Fondo de la Legua.

Porque su padre no era  rey sino  verdulero y su madre solo hacia magia todos los fines de mes Javier siempre  supo y siguió sabiendo que Dios y todo su séquito de lacayos cósmicos podían irse al  mismísimo Infierno, pero no los Reyes Magos.

Creer en ellos era vital para el muchacho, tan vital como su deseo de montarse en la soñada bici que pronto, muy pronto, él, ella  o ellos  le iban a traer…

                                                                                                          Ale Mazzitelli.

VALENTÍN GILARDONI

Publicado en Nuestra Letra. el 15 de Mayo, 2013, 14:16 por MScalona

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¿Qué es la nada?

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Esteban escuchaba con atención. El profesor desgravaba alguna cinta mental que hablaba del híper texto y la fragmentación, perversos polimorfos, la red de redes y el Ulises. En eso venía Esteban, pensando que el precio del taller estaba bien pago porque le ayudaba a pensar y mientras pensaba, unía tabos, hilos recortados que solo se caían y a esa altura de la clase ya tenía dos cuentos en mente para escribir. Ya los había cerrado y referenciados en su cuaderno artesanal (tendría que comprar otro más serio para el nuevo año de taller y ordenar las fotocopias- lamaduracionbiologicainfluyeentodoslosambitos) con una letra significante que en algún momento tendría que descifrar. Le gustaba jugar consigo mismo a la codificación de jeroglíficos a luego descifrar y así hacer entrar en la categoría de jeroglíficos. En eso estaba; su mirada enfocada en el profesor; su mente en el jeroglífico; su mano apoyada en la pera en su semblante numero dos; su piloto automático del divagamiento mental literario; sus compañeros sentados a su alrededor, él enfrente del profesor. Nunca pensó que su cadena mental asociativa, metonímica, obsesiva y torturadora se cortaría en ese momento, justo en ese momento. Seguía el Ulises y Marilyn Monroe, un compañero aportaba algo de alguna película de Buñuel que el profesor no tardaba en sintetizar con otra cinta vaya a saber de qué año y en el medio del proceso de búsqueda de ese cuadro de Marilyn (en realidad esa secuencia de cuadros) que está a la izquierda del profesor, en la mitad de la pared y que siempre miraba de izquierda a derecha, justo ahí, antes de la izquierda primera, del primer motor inmóvil de Monroe y sus senos y su sonrisa Estaban se quedó en blanco.

¿Alguien comprendió que es la nada ya?

Tenemos que admitir de una vez por todas que el blanco es un privilegio. Esteban solía recordar una escena de  Dragon ball, dibujito que habría mirado durante años levantándose a las 7 am, en más aun recordaba esa alfombra caliente, (ESTAMOS JUNTOS EN LA PRISION) que constituía su piso en esta vida en este-ese mundo infantil. Una hepatitis lo había atornillado a treinta días de dragon ball y Patoruzito. El nacionalismo barato de Esteban ya tenía cadenas oxidadas. En dragon ball alguien le había dicho alguna vez a Goku que ponga su mente en blanco, mientras estaban entrenando en el cielo, en alguna plataforma espacial. Goku intenta poner su mente en blanco, fracasa, fracasa hasta que termina lográndolo. Esteban dejó de creer en goku y en todos los dibujos animados japoneses. Eso es imposible. Poner la mente es blanco es igual a mentir. El blanco es algo, es blanco, es ausencia de negro, es todo lo que no son los demás colores, es una mente sin pensar, que piensa que no está pensando y la eterna y metonímica caída de la gota de agua en el medio de la fuente de los círculos concéntricos. Querido Pavlov, que ni siquiera en el medio de la revolución dejaría de investigar el mosaico cortical dinámico.

La nada y vos. Maldito tren el de nacer.

- Estos chicos piensan muchos. “Oh Ana julia, jamás podría serte fiel, no Ana julia, ese nombre jamás seria sentido, jamás las palabras te cobijarían en algún puro resguardo”. Ana julia, aquella novia del secundario. Tan correcta, tan responsable, tan mortalmente reemplazable. No todos. No. Adelantarse también puede ser no llegar, pensó Esteban. Ana julia le había dicho eso; estos chicos piensan mucho. Esteban nunca entendió aquel plural. Tendría que haber sido imposible que Ana julia me engañe. Piensan mucho. Yo sonreí y me fui caminando. Me había despedido diciendo “buenas noches, me voy a pensar un rato en la oscuridad”. Piensan mucho. Quizás esa frase fue una flecha arrojada hace 10 años que ahora finalmente pegaba en el centro, en el núcleo del circulo concéntrico. Esteban quedó en blanco.

Debemos recordar que el quizás flechado Esteban, o Este como lo llamaba Carla su única ex amiga, había tenido una señal de esto, o como pensarían los más míticos, un preanuncio. De su quedarse en blanco, claro. Fue hace algo más de dos meses. Esteban dormía en su habitación, debido en parte a tres vasitos de whisky que lo habían desprendido del mundo. “A eso de las 4 de la mañana me levanto; viste cuando te levantas y pasa un mínimo instante en el cual no tenés conciencia de donde estás, entonces vas buscando en la oscuridad, con las manos o logrando captar algo de luz que entre de la luna que te permita registrar que estás en tu habitación de tu departamento .Y que vos sos vos. Bueno, no fue esa situación. Esa es la desubicación temporo-espacial clásica del despertarse de golpe de madrugada. No. Esa noche me levanté pero sabía que estaba en ese lugar, es decir, mi habitación, en mi departamento y en esta ciudad. Había luz entrando por la ventana que estaba abierta. Lo primero que vi fue la pared en la que está la biblioteca; vi la pared pero no podía saber que era una pared, no podía nombrarla o menos aun representarla. Estaba frente a esa pared blanca sin darme cuenta  qué era ser blanca. Me miré las manos y giré rápidamente la cabeza captando todo mi alrededor y ni una letra, palabra, significado se acercaba a mí. Fue más que un instante. Fue eterno. Pensé que definitivamente entraba en la locura. En ese mismo momento volvió a mí lo simbólico (oh simbólico nunca me abandones) y me paré como tratando de ahuyentar alguna mala energía o mal equilibrio de los registros en mi ser. Lo simbólico se quedaba en mi extorsionando mi imaginario”. Solo la palabra te podrá sostener. El sentido, esa cuerda tirada por dos manos que nunca se estrecharon, pendía de un instante más como ese. Esteban esta vez se quedó en blanco y no fue solo un instante. Al menos eso dicen.

Esteban es un costado. Jamás volverá a ser centro, menos enfrente de ese profesor. La rubia de la izquierda no sabía su nombre aunque pensaba que le caía bien. Fernando, el contador, sintió que perdería un compañero de whisky. Alguno que otro pensó “pobre tipo”. Perderse así, de un momento para otro. Alguna almita morada de tanto caer lo visitaría vaya uno a saber dónde.

“Ahora sigo acá, contorneando aquel blanco sabiendo que si este cuento termina y es terminado por alguna parte de mí ya no hará falta ser más nada, ni recordar los finales inconclusos”.

Internado Esteban. Como podría explicarte que acabo de salir de visitarte en un internado. Porque estás en blanco. No loco, sino peor. Sin color. Sin la nada que permite algo. ¡En blanco esteban! Al lado de la izquierda histérico y la izquierda autista. Raras patologías nuevas ¿e?

(Es oportuno señalar en este punto que la nueva edición del “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” en su quinta versión aparecida recientemente presenta trastornos nuevos, como era de esperarse. Entre ellos encontramos:

-Trastorno izquierdista pseudoautístico: el sujeto cree estar totalmente en otra realidad temporo-espacial, realidad generalmente paralela desde la cual exige y manifiesta críticas totalmente anacrónicas y descontextualizadas. Pide cosas imposibles. No dialoga, se encierra y emite gestos solo cuando se encuentra con los suyos. No le interesa la realidad de sus familiares, amigos, ni compatriotas. Solo comparte realidades con sujetos que padecen el mismo trastorno.

-Trastorno izquierdista histérico: en resumidas cuentas esta patología presenta inconformismo de todos los puntos posibles, nada le cae bien, pedir y reclamar en forma de ecolalia partidaria es su principal manifestación) 

Pobre pibe, pensó Esteban. Me miraba con una cara de sufrido, pensando que yo no podría registrar su sufrimiento. Sabiéndome ciego. Oh infinito espacio el que nos separaba. Un centímetro es todo el lenguaje que no tengo. Si pudiera decirle que no sufra, que ya lo recordaré todo. Que ya sabré mi nombre. Que ya entenderé lo que es un nombre, tener un nombre, usar un nombre. Igual él es afortunado, está sufriendo, sufre un rato pero después se va y más tarde que temprano se olvida de mí y de mi olvido y sigue con su vida. Llena o vacía tiene una vida. Yo no puedo siquiera hablar conmigo mismo. No sé que soy, me miro y no encuentro las palabras para decir mano, o pantalón roto, o comida. Papa. Si pudiera pedir que me maten. Solo eso. Eso solo y todo eso. La muerte. Porque ni siquiera la ceguera blanca, el océano de leche. Ni siquiera eso Saramago, ni la degradación humana. Para eso hay que ser humano. Ni siquiera el océano inmóvil, sutil metáfora de una mala poesía de Bolaño. Ni esa armoniosa idea de muerte. Solo pedir la muerte, que sería mi resurrección. Hacerme vivir para matarme luego. Eso imploro, eso mismo, pero no tengo palabras bolaño, como hago para escribirlo en forma de  perros nocturnos. Que tu detective me encuentro bolaño, rápido que este DF es gigante y está lleno de vacío. Un café con leche en esa calle del df, solo eso bolaño, méteme en tu novela, mátame para vivir allí. Pero si estás muerto. Más muerto que todos tus personajes. Qué triste fui bolaño, 4 novelas en una y tres dígitos que algún patacón pagará porque sos el autor de vidriera latina. Mátenme, por favor. Solo mátenme. Y esto no es un reclamo, es solo otra forma de decir que no sé si entendí la consigna.

Intertex, interlineado 2.0, casi 5 páginas ¿de qué? De nada. ¿Al menos alguien tuvo la amabilidad de captar algo de esa nada pegadiza como micrófono uruguayo?

Terminar el texto pidiendo la muerte. Siempre igual. Puta manera de no saber cerrar un texto. No sé si esos cuentos me sirven. Lo dejaré a disposición del vino, pensó esteban mientras pensaba en dejar de pensar y salía del taller mirando para abajo.

 

 .

                                                                        Valentín   G.

LUCAS ALMADA

Publicado en Nuestra Letra. el 4 de Mayo, 2013, 15:20 por MScalona

Etnografía bartheana

La antropología precisa la escritura, y tal vez, también la ficción.

Marc Augé

 

 

 

¿Será cierto lo de aquel adagio bíblico que andar por el camino ancho es más fácil y se disfruta más que ir por el angosto? ¿Cuánto de ancho, o cuánto de angosto? Me imagino un viaje a la ciudad de San Luis por un rectángulo asfaltado en el que el lado inferior de ese rectángulo pasara por Santa Rosa, el superior por Córdoba, y los laterales atravesaran Mendoza y Gualeguaychú, sin caminos, uff… parece tan estresante como emprender el viaje por el devaneo capilar de la Ruta 33. Las proporciones son todo, aunque ¿quién las establece? En todo caso decir solamente ni-muy-muy-ni-tan-tan no soluciona nada. Si ya te escuché. ¡Pero, no me estás mirando! Igual escucho, para eso tengo los oídos… Bueno, te dije que los chicos vienen a comer a la doce y media, a las cuatro Jor tiene turno en el médico, y yo vuelvo a la tardecita, si escuchaste, bien, y si no arreglátelas. Hay momentos en los que uno no sabe bien cual es el límite de la represa que contiene el torrente de lo cotidiano, que es capaz comernos bocado a bocado la vida entera. Siempre nos arreglamos. Siempre. Ya no sé por dónde andaba. El documento que tengo abierto en la pantalla no tiene nada que ver con la palabra camino-ancho que me resuena, y que creo fue un pensamiento con el que me levanté esta mañana, ¿lo habré soñado? Era una pareja que se conoció en una situación muy loca, los dos se conocían desde hacía mucho tiempo, pero un día, no muy esperado los sorprendió el amor, tal vez, para la gente no eran buenas personas, porque uno era ladrón y ella le gustaba vivir la vida,…

-Hola… ¿Pastor Tedy? –no sonaba muy bien la combinación del título con el sobrenombre, pero era lo único que tenía-

-Sí                                                                                                                                                                                           ---Me dio su teléfono Silvia del Ciudadano –le  dije.      

--Ah, sí, hola…                                                       

--Silvia es la periodista que lo entrevistó el día de los bautismos en la comisaría 19º.                               

-¡Ahora si me acuerdo! ¿Qué necesitás?

-Soy de la universidad y quisiera encontrarme con usted porque estamos realizando una investigación sobre la conversión de los internos a los grupos evangélicos (estamos: ese plural que promueve la cobardía del “yo”, que esconde al etnógrafo detrás de una mata, y que asume el comportamiento corporativo de la tribu frente al otro, como los “barras”. La forma lo exige y no por modestia, más bien por connivencia).

-Bueno dale, ando medio apretado de tiempo porque soy el encargado de toda la provincia y viajo mucho, pero dale, si querés el jueves de la semana que viene al mediodía ando por el centro y nos encontramos a tomar un café.

-Sí claro… gracias

(universidad: es la palabra que abre las puertas, todavía conserva algo de autoridad, digo algo, porque en la primera discusión te enrostran: ustedes estudian, nosotros estamos al lado cuando necesitan algo; o, ustedes vienen y se van, nosotros nos quedamos). Hay un solo autor de estas historias tan locas, ese creador, que unió estos personajes no se fijó en su vida que llevaban sino que su interés por esta pareja era demostrar al mundo, que de un ladrón y una joven que le gustaba vivir la vida, podían enseñar al mundo que el amor verdadero, no viene del hombre sino del creador.

Saqué dos películas, una para los chicos y otra/¿no habrás sacado otra vez Ensayo de orquesta, no?... No, no, le pedí al muchacho del video que me recomendara películas de sábado a la noche para una familia normal (mundo feliz en puerta, o patadas a granel). Ah! Te aviso los chicos se fueron a/bien, una al pedo, porque hay que devolverlas mañana. ¿Y si vamos a comer algo por ahí este rato que estamos solos? Por-ahí, no es un lugar, dónde querés ir, ¿querés comer o a picar algo? Qué sé yo. Al final, siempre terminamos comiendo caro y mal, hagamos algo acá en casa o pidamos algo, y listo (organización inconclusa) Es muy difícil disfrutar de una dosis concentrada de felicidad en un par de horas de sábado a la noche. Mejor voy a ver si avanzo con las correcciones que me hicieron de la tesis, no es mal programa para un sábado a la noche. No lo puedo creer, cómo me va a responder que lo que tengo que hacer es una tesis y no una novela. Pensé en Alexander Soljenitsin y la publicación de Archipiélago Gulag catalogado como un Ensayo de Investigación Literaria que comienza diciendo “En este libro no hay personajes ni hechos imaginados (…) todo ocurrió tal como se describe”; o, en El laberinto de la soledad y en cuánto tiene de etnográfico su análisis sobre la chingada mexicana. Cuestión de formas –dijo- y aclaró sin ningún pudor: las tesis son mamotretos que no se sabe bien si sirven para algo, pero eso sí, tienen una forma establecida que hay que respetar. Sólo el historiador que cuenta esta historia sabe lo que se sufre en la cárcel. Fue el momento donde más él consumió drogas, el momento donde más peleaba con su familia, en el patio de visita era tremendo porque, se encontraba con su familia a las nueve de la mañana y a las nueve y media ya tenia 50 pastillas en los bolsillos, un montón de marihuana y ya estaba re-drogado, y a su hija la mandaba a jugar ni la disfrutaba y con la esposa, quizá tenía relación detrás de una cobija en una esquina del patio y en el piso, era algo tremendo.

Nos encontramos en el bar, tal como habíamos acordado. Desde el principio, me estuve debatiendo si debía hacer explícita mi condición religiosa, y si esta situación distorsionaría la relación. Finalmente decidí que debía hacerlo porque algún momento iba a aparecer el tema, no iba a poder evitarlo, y en ese momento quedaría en evidencia el ocultamiento. El temor era que el pastor me incluyera dentro de su órbita de trabajo, más allá de mi objetivo que era hacer mi tesis y graduarme. Me encontraba en un verdadero nudo antropológico, cómo elaborar la distancia y el intercambio de poderes y objetivos entre un informante y el antropólogo. No encontraba la punta del ovillo para acomodar los “supuestos básicos subyacentes” (no eran “los”, sino “mis”) que, en definitiva, es parte del trabajo de investigación.  Le conté que soy de tradición evangélica y que soy hijo de un pastor. De inmediato se borraron casi todas las distancias, hay cosas que no tengo que explicarte, hablamos el mismo idioma, sabemos a que nos referimos, todo eso fue diciendo, y en este nuevo contexto agregó confiado, es importante que se conozca nuestro trabajo. No se bien que significaba y si era bueno o malo. A partir de allí, la conversación se abrió y fue totalmente distinta a la inicial. Combinamos para el martes siguiente, día de las visitas regulares del pastor a la UR III de Rosario, para participar como observador de su actividad, a la vez que él mismo me presentaría al grupo de internos “evangélicos”. Che, ¿te falta mucho para terminar la tesis? Me preguntó cuando me negué a ir al parque a tomar unos mates (maldición va a ser un día hermoso). Si había fastidio o no en su tono, no lo sé, pero lo sentí. Y, no era por el parque, siempre le escapé al modelo de familia dominguera, de la reposera y la mesita de camping, de sol y repelente. Quiero decir, sentí cierta languidez del amor, que se desliza con sutileza desde los planes de vida hasta el elástico de la ropa interior (querido Barthes esto no entra en la tesis ni como nota al pie). Tengo que terminar, de una vez por todas, la tesina, y terminar la carrera, aunque no sepa bien para qué, no importa, todos dicen que es un ciclo que hay que cerrar… Que sé yo, esa pregunta la debo arrastrar desde el ingreso a la universidad. Sea como sea, estoy dispuesto a terminar.

Aunque era prácticamente una obviedad, no había pensado en las condiciones de ingreso a una cárcel. No se podía entrar con celular, ni con dinero, entre otras cosas, así que el pastor me ofreció su auto para dejarlas. Este pequeño trámite inicial, para alguien que no está en el tema, como es mi caso, cargó la primera dosis de tensión. El horario al que concurrí es el de visitas pastorales, sin familiares y en los pabellones. El pastor me fue guiando, pero nadie sabía mi condición y no tuve muchas oportunidades de aclararla. Como él suele ir acompañado, pasé sin muchas explicaciones, como colaborador. En la primera puerta que atravesamos ya  sentí la molestia e incomodidad, y hasta cierto apremio interior por pensar que estaba ingresando ocultando mi verdadero propósito, con las consecuencias a mi trabajo que esto podía traer. Creo que el pastor tomó con cierta naturalidad  la cuestión, a fin de cuentas soy un “hermano” que está conociendo el trabajo en la cárcel. Esta secuencia se repitió en las distintas puertas que anteceden al ingreso a los pabellones. Al llegar a la última puerta, antes de declarar nuestros nombres y número de documentos, directamente me presentó como un “pastor”, así ingresamos al pabellón evangélico, como lo llaman. Esto le agregó un poco más de tensión a la situación y ya me parecía innecesario. Pero no dije nada, y entramos. Si el panorama general, atestados de portones y cerraduras de hierro que se me presentaban algo desmesuradas, con hombres vigilando el encierro de otros hombres es patético, el ingreso al pabellón es aún más impactante. Toda esa gente compartiendo la precariedad de su existencia en todas las dimensiones, materiales y personales. La sorpresa fue que allí nos enteramos que en ese horario se estaba jugando un partido de fútbol por TV. ¡Estamos fritos! -dijo el pastor, viendo a un grupo que en semicírculo rodeaba la pantalla siguiendo las alternativas del partido. Había más imprevistos de los imaginados. Estas contingencias me recordaban a las del Antropólogo inocente de Nigel Barley aterrizando en el África viendo como en la aduana confundían los perfumes con drogas. En parte, las asumía como las zonas oscuras de tránsito obligado del trabajo antropológico que sólo queda en las anécdotas. La joven tomó la decisión de dejar todo, pero todo, por este amor, pero él quiso intentarlo, pero mucho no pudo, el creador seguía  muy atentamente los pasos, de su creación, el joven no sabía que su creador tenía un propósito para los dos.

A pesar de todo, un grupo rodeó al pastor y comenzaron a conversar acerca de intensificar el “sostén espiritual” con estudios bíblicos, y del “discipulado”. Por su parte, el pastor les reclamó mayor compromiso de parte del grupo, y les reprochó que no haya muchos “misioneros” dispuestos a ir a otros pabellones a trasmitir el “mensaje”. Mi condición religiosa hacía que nadie retaceara comentarios en las discusiones, como si yo mismo fuera parte del grupo y apenas me habían presentado, y con bastante ambigüedad. Agotada un poco la conversación y finalizada las distintas intervenciones, se dispusieron en ronda tomados de la mano, y me incluyeron como era previsible, para la “oración” de despedida, yo debía saber de que se trataba. Cada uno decía cosas distintas, pedía fuerza, perdón, salud, ayuda, el advenimiento del reino, repitiendo frases sin parar, a voz alzada y con mucho sentimiento, y además, de manera simultánea. Me mantuve callado. Si bien, cada cual decía lo suyo, todos seguían el ritmo que iba desarrollando el pastor, así fue que cuando empezó a pronunciar las frases que marcan el final, todos lo hicieron y terminaron simultáneamente. Salí con un nudo en la garganta, y casi sin poder hablar, con el compromiso de Gustavo de grabar su testimonio el sábado en el horario de visita, mientras me exhortaba a que me mantenga firme en el Señor, y deseándome bendiciones. La confusión aparecía a cada paso. Aclaró que me anotaría en su listado de visitas como primo por tener la cuota de amigos muy cargada. Otra vez, la sensación de estar prestándome a una situación que eran totalmente innecesaria. Él seguía sin darse cuenta el propósito el creador hasta que, la noche lo sorprendió y la oscuridad se lleno de silencio, él segado por el orgullo y el afán de este mundo, no se daba cuenta que su amada y su hija lo necesitaban, hasta que llego el día, otra vez preso, pero lo que él no sabía que su creador se iba a dar a conocer, el creador, él todo lo sabía conocía a cada una de ellos, él los unió para manifestar al mundo que hay un solo creador.

Dejé una nota en casa: Me voy a hacer trabajo de campo, los chicos ya comieron. Acordate que a las cinco Seba tiene un cumpleaños. No sé a que hora vuelvo. Chau. Después hablamos. Controlé la carga del grabador y me fui. Llegué en el horario convenido, sin saber bien cómo iba a ser el encuentro. Si las visitas eran en grupo, en el patio, o en un recinto especial, no tenía claro de que manera iba a poder encontrar el espacio para la grabación. Esta era una visita ordinaria y no de tipo pastoral como las anteriores.  Para empezar tuve que sumarme a la espera de todos los visitantes por otra puerta de entrada que contempla el sistema de requisa. Allí me dijeron que era imposible que entrara con el grabador, así fue que se desvanecieron mis intensiones de grabar el testimonio, al menos ese día. Comprobé, cuando apareció mi nombre en la computadora, que, efectivamente, estaba anotado como primo, otra vez la incomodidad me asaltó y rogué que nadie me preguntara nada que me obligara a declarar algo al respecto. Dada las circunstancias, seguí adelante para cumplir con Gustavo, que gentilmente se ofreció a colaborar y hablaría con él para ver cual sería la forma que pudiera grabar el testimonio. Me encontré con Gustavo, acompañado de algunos compañeros, su esposa y su madre. Charlamos un rato y tomamos mates. Le conté que no pude pasar el grabador y no se sorprendió, claro, él sabe como funciona. Yo fui intentando explicarle con más detalle que mi objetivo era grabar su testimonio de conversión. A él le agradaba poder colaborar conmigo. Este joven en un día no muy lejano, cansado del camino y sediento de vida, atravesando un valle de sombras conoció la luz; y después de ese momento, el rumbo de esta historia cambio, su creador lo visitó y se dio a conocer y su nombre parece corto, pero es inmenso y se llama Dios.

Gustavo sentía cierta curiosidad por mi vida. Siendo yo de tradición evangélico, me preguntaba cosas a mí, acerca de mi testimonio (lo que le faltaba a este embrollo) Le interesaba que yo le contara a él como era el testimonio de alguien que había nacido en una familia evangélica y había crecido “en la palabra”. Distanciarme no me resultaba fácil, así como yo tenía interés en conocer cosas de él, él tenía interés en conocer cosas mías, y creo que es legítimo su deseo, pero no quería tornarme el centro de interés y sobre todo, no posicionarme en un lugar de cierta autoridad religiosa, ya demasiado asimétrica era la relación. Pero era inevitable, nos estábamos influyendo mutuamente. Dios el creador, unió a esta pareja que el mundo no daría nada por ellos, pero Dios sí, dio la vida de su hijo, por cambiar las vidas de estos jóvenes, él cambió y ella también y su pequeña que sufrió ya no sufre mas, aunque su papá sigue preso, ella sabe que su papá cambió, y hoy Gustavo y Bibiana los protagonistas de esta historia de amor, afirman que el amor que hoy están viendo no es amor del mundo, el cual se acaba, sino el amor de Dios un amor verdadero que te enseña a honrar y respetar y que te enseña a vivir la vida que el creador preparo desde antes la fundación del mundo, este amor es eterno y esta historia de amor no tiene fin, sino que sigue creciendo en este amor hasta que su creador lo venga a buscar.

Retomamos, en un momento, el tema del testimonio que necesitaba para mi trabajo. Él me comentó de una carta que el hizo contando su historia y ofreció leerla, y luego sin más me la cedió para que pueda fotocopiarla y devolverla. Se sentía orgulloso de su composición, en la que plasmaba sus sufrimientos, su cambio y su nueva realidad. Me contó que la primera intención fue hacer una carta para su compañero en el delito, pero después, la hizo para leérsela a su familia. Estaba escrita en una hoja de cuaderno escolar ocupando las dos carillas y todos los renglones. Comienza así:

Esta es la mejor historia de amor.

Hola mi amor como estas, espero que te encuentres bien, es mi mayor deseo que sea así.

Quiero contarte una historia de amor que comenzó hace 4 años y medio y que sigue creciendo mas, según el historiador que estudia esta historia.

Nos despedimos muy afectuosamente, combinamos el próximo encuentro para devolver la carta y me acompaño con su esposa hasta la puerta. Nos volvimos a encontrar el sábado siguiente, devolví la carta, seguimos charlando. La carta servía para empezar a trabajar.

 

Lucas Almada

HÉCTOR VIEL TEMPERLEY

Publicado en De Otros. el 1 de Mayo, 2013, 13:59 por MScalona

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POLO

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No besa bocas el hombre

que vive solo entre nubes.

 

No quiero jugar al polo

con camaradas

de vez en cuando,

en tardes altas pero oscuras.

 

Sé que el Ejército de Dios

puede mandar petizos

Hasta aquí arriba.

Y que puedo tener

tarjetas con mi nombre

y con mi grado

para presentarme

a las visitas.

 

Pero si algo así

sé que me muero

con uniforme y todo,

botas lustradas

y sonrisa.

 

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UNA MUCHACHA

 

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Una muchacha

que tiene olor a sexo

y a lápiz.

Una línea.

 

Una muchacha

nada rubia. Dios;

te lo aseguro.

Me pidió que partiera

su blanco lavatorio

y me dejó entre estrellas

de ceniza mojada.

 

Olor a sexo,

pelo oscuro, lápiz.

Un tajo muy finito.

Una muchacha.

 

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BATMAN

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Yo soy el que hace guardia

a medianoche

junto a una pileta.

Llanura helada,

alas,

luna nueva.

 

Yo soy el que no pudo

quedarse haciendo guardia

-sin inviernos, sin alas-

junto a otras piletas

más altas, más azules.

 

Yo soy el que algún día

va a hacer guardia mil años

junto al mar.

Voy a buscar de nuevo

mil años

a mis hijos.

 

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RECUERDO

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Recuerdo una piedra

que no sobresalía del río.

Recuerdo que nadaba

para sentarme sobre ella.

Porque era como sentarse

en el medio del río,

como sentarse sobre el río

con los brazos cruzados,

como detener un caballo

en el centro de un campo,

como adormecerse a acaballo

en un campo inundado,

como poner la soledad

del corazón en lo más manso,

como pensar que todavía

va a llover más y más

y estar cansado.

 

Héctor VIEL TEMPERLEY,

 Bs. As. 1933-1987

 

Poesía Completa

Edic. del Dock

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-