"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




SOFÍA BARAVALLE

Publicado en Nuestra Letra. el 16 de Abril, 2013, 12:53 por MScalona

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Bloqueo

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Un día como cualquier otro Emma se encontró discutiendo con los relatos que leía. Al principio eran cosas pequeñas, algún adjetivo que quitar, agregar o cambiar; una coma de más, o de menos; tiempos verbales mal empleados. Pero, poco tiempo después, con una rapacidad rara en ella empezó a querer cambiarlo todo. Penélope se cansaba de tejer y de esperar; Anna Karenina se adelantaba a su época y se fugaba, sola, Don Quijote... A Don Quijote nunca le había modificado nada pero el resultado final le pertenecía de todos modos. Cervantes se había apropiado de todas y cada una de sus palabras y de sus silencios. Entonces ocurrió. Con la fuerza de un designio divino, Emma se vio atravesada por una necesidad imperiosa de escribir y decidir sobre la vida, muerte, locura y cordura de sus personajes. Si hasta su nombre tenía ecos flaubertianos. Sus años de lectora constituían además un material de archivo insoslayable, y sus  ganas de crear eso que todavía no era pero que pronto sería, y cómo; constituirían la primera piedra de un formidable edificio literario. Así pues, estaba convencida de que sería la próxima revelación de la literatura contemporánea, ya se imaginaba ganando el premio Alfaguara de Novela y conversando con sus lectores los sábados por la mañana desde el suplemento cultural del gran diario argentino. Incluso había elegido la foto que adornaría la solapa del reseñado libro. Esa que la encontraba más joven, con unos cuantos kilos menos y una mirada fresca, llena de luna.

Decidió luego rastrillar a fondo su casa en busca del rincón perfecto. Lo encontró, cliché de por medio, en el escritorio. Rodeada de libros de autores publicados, de relatos que habían atravesado con éxito el umbral de lo íntimo para volverse de todos y de nadie en particular, de personajes a los que muchas veces había salvado de un destino gris y banal. A la composición todavía le faltaba algo, sí. Y Emma salió corriendo a comprarse un gato al que llamó, cómo no, Borges. También un cuaderno de tapas duras y hojas amarillas (para que esos ojos tan lindos que la mirarían radiante desde la solapa del libro que en breve estaría publicando no se eclipsen antes de tiempo). Una planta, para oxigenar el ambiente puesto que es sabido que las células del cerebro trabajan mejor en presencia de oxígeno, café negro, una taza con la imagen de Cortázar, hojas y un simpático reloj cu-cu que sería el encargado de organizar el tiempo invertido en horas, minutos y segundos

Ahora sí, todo listo. A escribir. Lo dijo en voz alta, para que Jorge Luis la escuchara y le regalara una idea. Todo lo que obtuvo como respuesta fue un ronroneo en busca de la cena. Parsimoniosamente (un ritual, después de todo, constituían los primeros pasos de la hazaña literaria del siglo) encendió la computadora. Entró al Word. Archivo nuevo. Página en blanco. Mente en blanco. Y el maldito cursor, que desde la esquina izquierda parecía burlase con su intermitencia de su incapacidad. Tic tic tic tac. Nada. Tic tic tic tac. Sólo unas pocas líneas apuradas, desprovistas de color, cargadas de lugares comunes. Cu cu cu cu. Tic tic tic tac. Horrible. Cu cu cu cu. Tic tic tic tac.

Incapaz de escuchar una vez más sin perder la cordura, la torpe rumba que nacía de la combinación de los dos sonidos de su fracaso, Emma se decidió cambiar de estrategia. Empezaría con un cuento. Un relato corto, autobiográfico, que de cuenta de algún episodio determinante de su pasado.  Unas pocas líneas, modestas pero contundentes. Tic tic tic tac Cu cu cu cu. Desesperación. Emma no existía más allá de esa habitación. Estaba suspendida en un presente continuo sin anclaje alguno en el pasado. Todas las imágenes que atravesaban su cabeza eran literarias. Alicia cayendo infinitamente. Una historia sobre llanto; otra sobre pelos. Tic tic tic tac Cuentos de amor, locura y muerte, escritos por otros, vividos por otros. Cu cu cu cu. Se sintió vacía primero, mareada después, aterrada, por fin. Lo único que permanecía era la mirada inquisitiva de Borges.

Y empezó a desdibujarse. No de golpe. Primero la cola, después el cuerpo, al fin la cabeza. Por último, la mirada.

 

                                                                            Sofía B.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-