"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Enero, 2013


ROBERTO SÁNCHEZ

Publicado en Cuentos el 13 de Enero, 2013, 13:08 por MScalona

 

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                              Una noche singular

 

 

Con el contraste de una noche tan plácida y silenciosa, el primer crujido sonó con una nitidez desmesurada.

Había cenado algo ligero y estaba concentrado en un ensayo sobre los romanos cuando escuché, claramente, el típico quejido de la madera reseca al flexionarse por un peso. Interrumpí la lectura y me quedé quieto y atento. Durante unos segundos, solo pude oír ese zumbido, excepcional, que únicamente se capta en el silencio absoluto. Ni un murmullo, ni un rumor lejano. Nada. Al rato, alargado, indudable, se oyó el segundo. Alguien subía.

 

Mi reducido departamento es el último de una vieja construcción de cuatro pisos, al que se accede por una endeble escalera de madera que desemboca en un pequeño vestíbulo. Inmediatamente está la puerta de entrada. No suelo recibir visitas y mis vecinos, ancianos en su mayoría, tienen por costumbre acostarse muy temprano. El barrio, por otra parte, es apartado y tranquilo y nunca se sabe de incidentes de ningún tipo.

       Por un momento, me quedé sin saber qué hacer. Mis libros y una oficina pública conforman, desde hace años, la rutina invariable de mis días y en ese esquema, inalterable y lánguido, no hay lugar para lo inesperado.

No soy de asustarme con facilidad y los pocos conocidos que tengo me han señalado, mas de una vez, la indolencia que muestro ante el decurso de las cosas. Yo les respondo que las cosas son como son y lo que tiene que suceder sucede y que nada de lo que hagamos, en definitiva, altera en lo sustancial los acontecimientos de nuestra vida. Ellos replican con una batería de calificativos que van desde frío, insensible, apático y abúlico hasta otros que no reproduciré pero que de todas maneras me importan un bledo.

De modo que si me hubieran podido ver en ese momento, seguramente sonreirían, irónicos, al comprobar que con el tercer crujido comencé de veras a inquietarme.

No lograba imaginar quien podría ser a esa hora de la noche, pero era evidente que procuraba moverse con sigilo y que la madera, reseca, contrariaba su propósito.

Comenzó a invadirme, creciente, un desasosiego desconocido y empecé a comprobar, no sin asombro, que de mi cuerpo asustado solo respondían plenamente la vista y el oído. Con una lucidez llamativa, me daba cuenta perfectamente de la desmesurada reacción ante lo que estaba ocurriendo. Pero no podía evitarla.

Aguardé anhelante el próximo crujido para decidir, por fin, qué hacer. Pero el silencio total, sin fisuras, se estiraba hasta la exasperación. Mis oídos, tensos como una cuerda, estaban dispuestos a captar el mas mínimo rumor. Pero no se oía nada; absolutamente nada.

Pensé en dirigirme a la puerta para asegurar que estuviera con llave y de paso, con la oreja pegada a ella, registrar mejor el menor ruido, pero caí en la cuenta que el viejo piso de parquet, que siempre crujía con mis pisadas, alertaría al intruso. Fue en ese momento que sonó el cuarto.

La frescura de la noche no pudo impedir que empezara a transpirar. Podía sentir la boca reseca y el corazón tumultuoso pero una absurda y obstinada parálisis me mantenía inmovilizado. La vieja puerta de roble, siempre sólida y segura, se había convertido ahora en una lámina delgada y frágil, la única que me protegía de un exterior incierto y ominoso.

Me mantuve así, quieto, un tiempo incalculable. Con sumo esfuerzo, atento a mis pisadas, me deslicé como un gato hacia la puerta. Me agaché con lentitud y observé la cerradura. Estaba cerrada y por poco no lancé, imprudente, un resoplido de alivio.

Con el mayor cuidado, volví a incorporarme. Apoyé mis palmas sudorosas sobre la puerta y pegué con suavidad mi oreja a la madera. Mi oído se había convertido en un sensible y extenso receptor que captaría hasta el salto de una pulga.

Al principio, salvo un bocinazo muy lejano, no escuché nada. Pero al rato, nítido, me llegó el sonido inconfundible de un jadeo.

Era una respiración grave y extraña. Comenzaba con una agitación creciente, alcanzaba una especie de clímax y luego, descendiendo, culminaba en un estertor prolongado. Sobrevenía una pausa de segundos y recomenzaba, tenaz, con su ciclo inquietante.

Me aparté bruscamente y a pesar de estar agarrotado, logré retroceder, silencioso, hasta la mesa sobre la que reposaban, indiferentes, los restos de la cena. Rodeada de migas de pan, sobre un plato de madera con restos de cáscaras de queso y salamín, opacada su hoja por la grasa, protectora, estaba la cuchilla.

Con manos torpes y temblorosas, me aferré a ella como si fuera un punto de anclaje que me sostenía en medio de un vértigo creciente. Mi reducido mundo cotidiano, ordenado y previsible, que hasta hace poco transcurría imperturbable, se desmoronaba velozmente ante esta contingencia inaudita. Sentía el cuerpo helado y las manos crispadas sobre el mango de la cuchilla. El universo se había colapsado reduciéndose a una puerta, la cuchilla, el silencio y mi terror.

Un nuevo crujido me sobresaltó, pero no pude atinar a nada porque sin pausa sobrevino otro y otro más. Me pareció escuchar un gemido y luego un golpe sordo. Después volvió a instalarse, persistente, un silencio denso quebrado, al fin, por un murmullo apagado y lejano.

La noche se hizo eterna. Podía sentir la estirada lentitud de los minutos y el espeso fluir de un tiempo interminable. El mundo se había detenido y yo acompañaba su quietud como una estatua.

Me surgió la extraña idea de que si no me movía, nada se movería y en consecuencia nada podría sucederme. Nada debía sucederme. Nada debía...sucederme...de..bía...su..ce..der...me. .Su..ce..duer. .me... se..duer..me.

 

Tuve un sobresalto. Familiares y distantes, los viejos rumores de la ciudad que despertaba diluyeron el silencio. Colectivos y camiones, peatones, algunos pájaros y hasta el triste y lejano silbato de un tren renovaban, regulares, el ajetreo de un nuevo día. Tardé un rato en darme cuenta que esa noche, infinita, concluía.

Entumecido, deposité la cuchilla sobre la mesa y, ya sin precauciones, embotado, me duché, me vestí, tomé café y me dispuse a salir. En una última prevención, entreabrí despacio la puerta y espié el vestíbulo. No había nadie.

Al bajar la escalera los crujidos de los escalones –mis crujidos, mis pisadas- sonaron intrascendentes. Todo volvía a su lugar.

Ya en la vereda, me detuvo el portero preguntándome si no había escuchado ruidos durante la noche. Parecía apesadumbrado.

Con un tono lacónico, me informó que un viejo del segundo piso, viudo y cardíaco, había sufrido un ataque. Al parecer, intentó primero pedir auxilio a sus vecinos inmediatos pero, como dije, casi todos son ancianos que, a esta altura, se resguardan del mundo con el sueño artificial de los sedantes.

Tras un par de intentos infructuosos –siempre según el portero- el viejo recordó que el único inquilino joven del edificio, que además siempre se quedaba leyendo hasta muy tarde, vivía en el último piso. Pensó que, aunque era extremadamente reservado y distante y no se daba con nadie, no le negaría una mano en esa circunstancia.

Hizo el intento y al llegar casi al final de la escalera, lo abandonaron las fuerzas. Probablemente intentó desandar el trayecto y terminó desplomándose. El portero, que vive en el primero, escuchó el golpe y lo asistió hasta la llegada de un médico de la cuadra.

Yo lo escuchaba imperturbable, con una ligera irritación porque me estaba demorando. Cuando concluyó, le pedí que transmitiera al anciano mis deseos de mejoría y comencé a caminar.

Esperando el colectivo, decidí que no contaría este episodio en la oficina. Total, una vez más, tenía razón. Lo que tiene que suceder, sucede, y no vale la pena alterarse demasiado.

 

 

                                            Roberto Sánchez

 

 

 

 

 

 

Ma. Elisa Barbarroja

Publicado en Poemitas. el 13 de Enero, 2013, 12:53 por MScalona

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Qué hicimos ayer, y que bien estuvimos

algunos como siempre,

otros distintos

pero en esencia éramos los mismos

reíamos de anécdotas 

de cuentos perdidos

reíamos quizás por el vino

pero reíamos.



Cosas que dicen

y códigos que se respetan

las amigas, los amigos,

en el fondo seguimos siendo los mismos

y con orgullo digo

no me arrepiento de nada vivido

algunas cosas hubiera escondido

pero en tantos años cómo hacerlo?

a quién engaño,

si seguimos siendo los mismos ?

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                                                      Marìa Elisa

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Publicado en De Otros. el 13 de Enero, 2013, 12:53 por MScalona

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YO,  EL PAYASO

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Me estudio. Me libreexamino: escribo. Una palabra lleva a la otra, tanto como una corrección (tachadura) lleva a la otra. Para que hable la voz que pudiera ser mi propia voz.  Tal vez. Y no del demonio que me posee… ¿Desde cuándo?

En tanto, mi pasión por Gitona es la reverencia que un demente o un borracho le hace a la vida en el momento de abandonar la escena. Telón. Río por detrás: cornetín en el que el Supremo Riente, sopla. Soy el payaso que condenado eternamente a la procaz carcajada no puede sonreír con la mínima elegancia: un falso acorde en la divina Sinfonía, una humillación paralizante en medio del Concierto. ¿Estoy loco? ¿Entonces por que no hallo reposo? ¡Y simulo, simulo, simulo!, vergüenza de vergüenza, esto es, actor.

¿Pero acaso no es todo teatro en esta vida? ¡Soy un obispo teatral! Actúo, me interpreto a mí mismo sin saber absolutamente nada de mí mismo. ¿Y hay algo más cómico que esto? Pero la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, es que necesito amor, mucho amor: heme aquí mis máscaras.

LEÓNIDAS LAMBORGHINI

“Trento” AH Editora

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-