"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




17 de Diciembre, 2012


ALMA MARITANO en Pagina/12

Publicado en De Otros. el 17 de Diciembre, 2012, 20:04 por MScalona

CONTRATAPA

MARGARITAS

-

 Por Alma Maritano

-
A Julieta Movia
-
Aquí estamos con Margarita, la payasa del Circo “Los Magote”, que nos deslumbró anoche, con una actuación tan original como brillante, tanto en los gags como en su espectáculo de telas. Antes que nada, la pregunta inevitable: ¿por qué actuar precisamente aquí? Un lugar tan pequeño, ¿no?, muy poco promocionado, con tan escasos turistas? Payasescamente estival y nocturna, abierta de piernas a la noche, sacudida por un viento juvenil atravesando un mar íntimo y secreto, payasescos relucen sus pétalos blancos como dientes blancos. Arriba, la luna llena y redonda. Una margarita celeste. Ella, la terrenal, enfundadas sus piernas en los tallos verdes de las calzas, desplazándose con infinita gracia bajo el sol insuficiente de algunos focos instalados entre los árboles. En la loma de mi pago te encontré, loca Margarita, rubia natural, rascándote descocada el oeste cuando ibas despidiéndote, después de haberte deshojado allá arriba, enredada en las colgantes telas blancas, gaviota planeando sobre los que te mirábamos arrobados, brotados como hongos de los troncos que servían de asiento, asientos de troncos que nos dejaban los oestes duros y chatos y doloridos mientras vos te empecinabas en volar. Volabas deshojándote desde lo alto, me quieren muchopoquitonada, sonriéndonos desde lo alto con lástima, con ternura, extendiendo horizontal en el vacío las hojas lanceoladas de tus brazos, pobrecitos ustedes los humanos que no saben deshojarse, que no pueden deshojarse entre las ramas, al aire nocturno tus piernas ya sin calzas verdes, desnudas, tostadas y perfectas dibujadas contra la tela blanca, los brazos puro tendón, puro músculo y fibra firme, brazos de sostener en alto al bebé gordote, brazos de lavar y planchar tu ropa payasesca colgada de la soga, muñecos de papel recortado flameando en el aire verde de Aguas Verdes. -¿Por qué precisamente en Aguas Verdes? ¿Por qué no en Gesell o Mar del Plata? ¿En un balneario tan poco conocido y de tan bajo perfil? ¡De jueves a domingo! ¡Poderoso Circo “Los Magote”! ¡Espectáculo para toda la familia! ¡Sobre Avenida Sarmiento! ¡Al aire libre, en el predio junto al restaurante! ¡Esta noche a las veintidós! ¡Trapecio, payasos! ¡Malabaristas, videntes, contorsionistas! ¡Esta noche y todas las noches de jueves a domingo! ¡Poderoso Circo “Los Magote”! ¡Gran espectáculo popular! ¡Espectáculo a la gorra! ¡Esta noche a las veintidós! -¿Por qué, Margarita? ¿Tiene algún atractivo especial este sitio para usted? Cada noche Margarita florece debajo de los pinos. Se asoma desde atrás del camarín rodeado por los altos árboles, echa una cómica mirada a los primeros hongos brotados de los troncos, se oculta, aparece. Entra, sale otra vez, se oculta. Finalmente se abre a la noche estrellada arrastrando una silla pequeña. Ella, una estrella terrena, doméstica, asoma también estrellada, vestida de encajes blancos y calzas verdes, brotadas sus orejas en manojos de rastas amarillas margaritamente primaverales, amenazando aplastar con obtusos zapatones bicolores cuantos cascarudos de tormenta se atrevan a cruzarse en su camino. -Por lo general la actividad circense es hereditaria. ¿Usted viene de una familia circense, Margarita? El anfiteatro está dispuesto. Margarita ausculta ansiosa los asientos de troncos destinados a los hongos chiquitos y los más alejados destinados a los adultos, que ya han empezado a brotar. La reciben con murmullos, gritos, risitas. Ella los mira. Ostensiblemente los mira, clavando la mirada en algunos de los rostros. Cada mirada provoca risas. Cada vez más risas, cada vez más hongos adultos y chiquitos. Esta será una buena noche. Rendidora. -¿Pueden sostenerse económicamente en este pueblo tan chato y casi anónimo? Sentada sobre la pequeña silla pintada de amarillo, Margarita corrige a la Naturaleza. En la mano izquierda sostiene un espejo, con la derecha va sacando de un estuche lápices y borlas de colores y empieza a pintarse la cara al compás de una cómica y rápida musiquita. Por momentos la musiquita finge ralentarse, y entonces su mano derecha y su furiosa corola de rastas, debilitadas por la ausencia de música, fingen agostarse, se apenan, se inclinan. Vuelve de pronto con ritmo aún más entusiasta la musiquita. Se yergue rápida y alegre la corola, se alza la mano derecha, retoman su actividad los delineadores, los lápices blancos y rojos y amarillos. La cara de Margarita se va pareciendo cada vez más a una flor. Pero falta algo. Su cara de payaso no es la de un payaso todavía. Entonces la mano derecha saca del estuche, muestra, exhibe y coloca finalmente sobre la sonrisa rotunda el rojo broche de una roja y redonda y rotunda nariz. -¿A causa de su abuela? ¿En su recuerdo? ¿Ella vivía aquí? La familia entera. El ramo. Se apagan los focos. El escenario queda a oscuras. Uno de los brotes más pequeños del ramo saca de una valija unas esferas. Dos, tres, cuatro. Giran irisadas y luminosas las esferas, se unen, se separan, se entrechocan. Después les toca el turno a las clavas, grandes hojas de luz que dan vueltas sobre sí mismas y caen en el aire oscuro y vuelven a elevarse y se encienden otra vez las luces y atruenan los aplausos y ahora es el brote mayor el que traba y destraba su cuerpo en el trapecio, sin ninguna red debajo, diestros músculos poderosos burlando por momentos la ley de gravedad, amenazando caer, desprenderse vertiginoso con la fácil naturalidad de un gajo o de una semilla. -Ah, en Buenos Aires… ¿Aquí veraneaba? ¿Usted venía a veranear con ella? ¿No? ¿Nada que ver? ¿Por qué, entonces, el recuerdo de su abuela? Magote, el gajo mayor, juega ahora con vos, Margarita, el eterno juego de los payasos. No habría circo, claro, si no los hubiera. Y ustedes pertenecen a la raza de los que lo son todo el año, no solo en la función. Llorar y reír, ésa es tradicionalmente la tarea. Llorar para hacer reír. -¿Cuáles son los puntos cardinales, Margarita? -¿Usted los sabe, Magote? -Adelante, el este. A la izquierda, el norte. A la derecha, el sur. A ver, Margarita, ¿el de atrás? Empieza con o y termina con e. -¡Ah, no, Magote, no! ¡Yo no digo malas palabras! -¿Pero cuál es la mala palabra? Te acercás a su oído. -¡Pero no, Margarita, el oeste! -Entonces, cuando me rasco acá, ¿me rasco el oeste? Los hongos adultos ríen a carcajadas, los chiquitos ríen a carcajadas. Todos reímos a carcajadas. Otros ríen, a veces, para hacer llorar. Hay tantas especies de payasos como de gajos o semillas. -¿Subversiva? ¿De verdad? ¿Su abuela, subversiva? ¿En los setenta? ¿Será posible? ¿Qué fue de ella? Ha llegado el momento de tu vuelo. El momento de entrelazarte a los extendidos pétalos blancos que te esperan cerrados y a los que vas a entreabrir etérea y cuidadosa con tus pies despojados de las calzas verdes. Solamente quedaron tus manojos de rastas amarillas, rubia natural, margarita silvestre, brote fiel de una planta salvaje y dura que te dejó su fuerza por herencia. Alta en la noche de luna redonda y blanca, margarita celeste, brote bravo de aquella abuela que peleaba por la vida. En tu vuelo alado, deshojando brazos y piernas entrelazados en las telas, desmembrándose en la altura, telas blancas como vendas, tu cuerpo como gaviota blanca planeando sobre el mar, buscando vida, peleando por la vida. -¿El primer cuerpo? ¿Lo trajo el mar? ¿Hasta Aguas Verdes? Otros fueron aquellos vuelos. Otros vuelos en noches tal vez estrelladas como ésta, otros los cuerpos deshojados, arrancados de la vida, tequieromuchopoquitonada, otras las gaviotas negras planeando siniestras y silenciosas, otros los vuelos de la muerte arrojando margaritas al vacío, cayendo las margaritas, girando en el aire oscuro y silencioso, deshojándose en la noche estrellada esa mujer que fue tu abuela, sin rastas ni encajes, solo cuerpo terrestre vendado y torturado, vendado y sometido, deshojándose esa mujer, iluminada tal vez por la luna celeste redonda y blanca, hundiéndose para siempre en el agua inocente y negra, revolviéndose en los trapecios del agua sin luces ni música, cuerpo duro y salvaje enredándose en las algas como vendas, rodando en el fondo oscuro dentro del agua negra, subiéndose a la espuma, flotando muy blanca sobre las olas de encaje espumoso que la trajeron rodando hasta las aguas verdes. -¿El primer cuerpo aparecido de los vuelos de la muerte? ¿Otros en La Lucila? ¿Los de las monjas francesas? ¿Es posible? ¿El cuerpo de su abuela aquí, en Aguas Verdes? ¿Por eso, Margarita?

JUAN GRIS

Publicado en Ensayo el 17 de Diciembre, 2012, 18:31 por MScalona

El rastro de Juan Gris

Dos ventanas al arte de este pintor cubista se abren en Madrid: la Fundación Telefónica y el Lázaro Galdiano

      

-
Cantante’ (1929), de Juan Gris.

-

 En el Madrid nublado de este final de noviembre la mancha más viva y más verdadera de color es un vestido rojo de mujer pintado por Juan Gris. Juan Gris vuelve a las banderolas publicitarias y a los paneles laterales en las paradas de autobús, a la ciudad de la que se marchó en 1906, con 19 años, y a la que ya no regresó nunca. Se fue a París no porque quisiera triunfar en la pintura sino para escapar del reclutamiento que lo habría llevado a la carnicería de la guerra infame de Marruecos. Se fue llamándose José Victoriano González Pérez y después de haber estudiado brevemente con el pintor de cuadros históricos Moreno Carbonero, pero en la huida, como es propio de los fugitivos, procedió a una inmediata simplificación. Prescindió de todos los oropeles postizos de la pintura académica igual que de todo su ramaje onomástico, y se llamó Juan Gris en virtud del mismo principio que lo llevó a afiliarse al cubismo.

Lo que Picasso y Braque fundaron en la misma época en que él llegaba a París y empezaba a ganarse malamente la subsistencia ilustrando revistas se convirtió para Juan Gris en su residencia imaginativa y visual permanente, su ética y su estética, el centro de su vida. Después de unos pocos años fulgurantes Georges Braque eligió más o menos convertirse en decorador de interiores. A Picasso lo tentaron muy pronto los lujos y los halagos del gran mundo, y de cualquier modo su desmesura inventiva lo llevaba más hacia la expansión que hacia la persistencia o el recogimiento. Juan Gris tuvo una vida mucho más corta que Picasso o que Braque, y por lo tanto menos tiempo para cambiar o para amanerarse, pero en él había como una obstinación innata, esa forma peculiar del talento que se recrea en la concentración y se fortalece en los límites, y que suele llevar consigo una propensión al retiro gustoso y ensimismado del mundo.

Este pintor que temió volverse invisible, que parecía destinado a una penumbra de segundón

Renegaba de una España hostil al arte moderno; se veía a sí mismo como heredero de una cierta tradición francesa que iba de Chardin a Cézanne, y en el último año de su vida había empezado los trámites para hacerse francés. Pero en las fotos tiene una recia cara española, una masculinidad seria casi con tosquedades antillanas, y en su pintura, más allá del cubismo, está esa sencillez más evangélica que ascética de los bodegones de Sánchez Cotán, las mesas con vasos y platos de barro y manjares populares rotundos del joven Velázquez.

A algunos pintores muy entregados a la materialidad del oficio les gusta fingir que no se saben explicar por escrito o que no están familiarizados con la literatura. Juan Gris leía muy cuidadosamente a sus contemporáneos franceses, y a través sobre todo de su amistad con Vicente Huidobro conocía muy bien la literatura moderna que se escribía en español. Ya muy enfermo, uno de sus últimos trabajos gráficos fue una ilustración bellísima para la portada del número que la revista Litoral dedicó a Góngora. En una carta a Vicente Huidobro, escrita en aquel español contaminado de francés que se le fue agravando con los años, le hace una observación sobre unos poemas que Huidobro le había mandado que es tan valiosa para la literatura como para la pintura: “Cuanto más una imagen está basada en algo corriente o vulgar más fuerza y más poesía ella tiene”.

Juan Gris murió con cuarenta años, en 1927, con la melancolía de que su nombre no fuera conocido en España y de que incluso en París su estética se hubiera quedado rápidamente atrás, relegada al anacronismo por las fugacidades de la moda, que entonces imponía la ortodoxia surrealista. En otra carta expresa el estupor de quien nota que se queda al margen de su propio tiempo: “A la gente le encantan los despliegues de caos, pero a nadie le gusta la disciplina y la claridad”.

Ahora esa mujer de vestido rojo pintada por Juan Gris está en los paneles publicitarios de las calles, y uno de los placeres de este otoño en Madrid es seguir el rastro de este pintor que temió volverse invisible, que parecía destinado a una penumbra de segundón, el que viene detrás de los que más brillan, el underdog, por usar la sórdida palabra americana. Quién va a fijarse en Juan Gris existiendo Picasso, existiendo Braque. Pero en él hay algo que los otros dos no tienen: “La pureza de corazón de desear una sola cosa”, dice Kierkegaard, la capacidad de roturar un espacio limitado del mundo y quedarse en él, no excluyendo hurañamente todo lo demás, sino conteniéndolo todo, comprimiéndolo, a la manera de Giorgio Morandi, de Thelonious Monk, de Torres García o de Emily Dickinson.

Renegaba de una España hostil al arte moderno; se veía a sí mismo como heredero de una cierta tradición francesa

El cartel del vestido rojo anuncia lacolección cubista de la Fundación Telefónica, en la que hay unos cuantos juan gris que cortan el aliento, que lo sumen a uno en un estado hipnótico de contemplación. El cubismo era una habitación cerrada y Juan Gris abrió en ella una ventana. Los grises y tierras del Picasso cubista estallan en ese rojo de la Cantante de Juan Gris, con sus rizos art déco que riman con las formas ceñidas por el vestido y con las volutas de hierro del balcón que hay tras ella. La ventana puede dar al mar o a unas colinas sumarias, a un cielo azul por el que pasan a veces nubes tan ordenadas como las de un cuadro de Magritte. En la Fundación Telefónica una luz bien medida deja que resalten por sí mismos los colores de esa Fenêtres aux collines que uno mira como asomándose a ella, frente a la claridad que alumbra una habitación en la que la solidez de las cosas es compatible con sus metamorfosis: las rayas listadas de la ventana se transforman en líneas de un libro abierto que a su vez contagia sus ángulos a la caja de una guitarra y a las esquinas de una mesa.

 

De la ventana abierta a las colinas se tarda poco más de media hora en llegar a la otra gran ventana de Juan Gris que se abre en Madrid, que está en esa sala dedicada exclusivamente a él en el Reina Sofía. Las olas del mar son líneas blancas sinuosas sobre un azul idéntico al azul del cielo. Un velero es un simple triángulo blanco. Las cuerdas de la guitarra y las líneas del libro y las del periódico y las estrías de la madera de la mesa y las olas del mar se corresponden como rimas asonantes.

Pero ahí no acaba el rastro: en la Fundación Lázaro Galdiano hay ahora mismo un dibujo de Juan Gris que pertenece a la colección de Leandro Navarro. A su lado, un dibujo de Morandi. Los habrá juntado a propósito Lola Jiménez-Blanco, que ha organizado esa exposición y que editó hace unos años meticulosamente en español las cartas de Juan Gris, un caudal limpio de amor por el oficio de la pintura. Sentarse a leerlas en un banco del jardín de la Lázaro Galdiano es una buena manera de continuar en reposo la búsqueda.

Colección Cubista de Telefónica. Fundación Espacio Telefónica. Gran Vía, 28. Madrid. Coleccionismo al cuadrado. Fundación Lázaro Galdiano. Serrano, 122. Madrid. Hasta el 7 de enero de 2013.

Correspondencia y escritos. Juan Gris. Acantilado. Barcelona, 2008. 520 páginas. 20 euros.

www.antoniomuñozmolina.es

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-