"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




RAMIRO GONZÁLEZ

Publicado en Cuentos el 12 de Diciembre, 2012, 10:29 por MScalona

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Hasta siempre, Inés

 

“Antes de iniciar un viaje de venganza,

es mejor que caves dos tumbas”.

Confucio

 

 

Casalenovo no lo hubiese permitido, por  suerte dejo el Hospital hace años. Las cosas que se decían de él no tenes ni idea. Le gustaba embalsamar animales y tenía una enfermedad de la que se sabía muy poco, algo en los músculos.

Aguirre no creo que te haga ningún problema. En definitiva es su hermano, tiene derecho a cuidarlo. Además tenés que descansar Inesita.

Imagine a Casalenovo observando su cuerpo desnudo, gigantesco, blando y pálido, sobre la mesa de acero inoxidable.

 Primero le taparía los orificios nasales y la boca con algodón, después le buscaría las arterias para introducir el formol. Sacaría de su estuche el trocar, tubo hueco hecho de acero inoxidable con la punta afilada, conectado a través de una manguera de goma a un succionador. Lo introduciría en el cuerpo, debajo de la última costilla izquierda y con el succionador funcionando, movería  el trocar bruscamente de lado a lado, que perforaría todos los órganos de la cavidad toráxica y sacaría fluidos, gases y partes de órganos de naturaleza delicada, desechándolos a través del sistema de desague. El mismo proceso con la cavidad abdominal. Los intestinos, el estómago, vejiga, útero, ovarios y demás órganos serían perforados, reducidos a un puré humano.

Sellaría el ano y la vagina con un objeto que se parece a un tornillo.

La lavaría, la maquilaría cuidadosamente, ondulando cada uno de sus rulos, dejándole un peinado impecable, como si fuera a una boda. La vestiría con su uniforme de enfermera para ponerla en la esquina de su despacho, el  brazo izquierdo extendido, el  puño de la mano cerrado con el dedo índice sobre sus labios.

Sonreí mansamente.

 

¿De qué se ríe?, preguntó la enfermera. En lugar de escuchar conversaciones ajenas, tendría que preocuparse por ver quién lo viene a cuidar. Y no me venga con que Ereñu va a venir hoy, porque hace dos días que lo  espera. Usted no sabe el trabajo que tenemos, el pabellón está repleto y no nos pagan para hacer de niñeras.

Ereñu va a venir, no se preocupe, volví a sonreír, ahora para esconder las ganas que tenía de volver a caminar, y de que fuera hombre para partirle la cara de una trompada.

 

Cuando salió de la habitación, con su andar pesado, moviéndose de lado a lado como un enorme péndulo, Inesita se disculpó por ella. Dijo que Norma no era mala persona, que todas las enfermeras estaban superadas por la cantidad de pacientes, y que con el correr de los días, me daría cuenta de que es una excelente enfermera y una mejor persona.

No le pregunté cuánto tiempo hacia que su padre estaba internado. Escuché que  sufrió un accidente al cruzar distraído la calle, que lo había pasado por arriba un coche, o algo por el estilo, y que después de varios meses en terapia, momificado, con tubos como avenidas que entraban y salían de su cuerpo, parecía descansar en la cama de al lado.

Yo rogaba que apareciera por la puerta la silueta de Ereñu, que atravesara el pasillo largo de techos altos, pisos con baldosas cuadradas, blancas y amarillas, colocadas de manera oblicua, simulando rombos que parecían grandes turrones, con ese andar ligero, los pelos engominados, la cara de pájaro. Pasaron dos días y no había tenido novedad alguna de él, ni de Fernando Fernandito. Ya empezaba a odiar ese lugar. La gente odia los hospitales porque toma conciencia.

 

La cara que intentaba asemejarse a la de un ser humano fue lo primero que vi cuando me desperté en el hospital. Tenia los dientes salidos por encima del labio inferior, el mentón hundido, los ojos como charcos. Cuando le di el dinero, y la dirección anotada en un papel, me dijo que no tardaría en buscar a Ereñu y que él, le hacia los recados a todos los pacientes internados.

Más tarde me enteré que a Fernando, le faltaba un nombre para completar el rompecabezas.

Mi confianza se depositó en un proyecto de hombre, a quienes médicos, enfermeros y personal de limpieza, habían bautizado como Fernando Fernandito. Una mascota a la cual le daban de comer las sobras del hospital y  le mandaban a hacer los recados más simples, obteniendo resultados disímiles. Tenía en el bolsillo derecho de su pantalón marrón, dobladas en un papel, la dirección de la casa de Ereñu y unas cuantas frases  que lo ponía al tanto de la situación.

Vaya uno a saber donde se encontraría. Tal vez en alguna plaza, mirando el cielo, con los dedos hundidos en la nariz, o en el centro abriendo la puerta de algún taxi, extendiendo las manos torpes en busca de monedas.

 

El oso entró a la habitación sosteniendo una bandeja con una inyección y un tarrito de plástico con dos pastillas. Se arrimó a la cama, donde el padre de Inesita estaba momificado, y le agregó el contenido del líquido de la inyección a una vía del suero.

Me dejó las pastillas que tragué sin agua. Dormí.

 

Me despertaron las voces provenientes del pasillo. Inesita hablaba con alguien, yo la escuchaba lejana, dentro de un túnel.

Cuando se abrió la puerta observe a Inés de pie, con las manos agarradas debajo de la cintura, vestido blanco, una cartera colgada de su hombro. Estaba, en esencia,  igual a como la recordaba, los ojos azules, las manos finas y blancas. Tardo en reconocerme y por su manera de mirarme, antes de que saliera corriendo por el pasillo, me di cuenta que después de tantos años, al fin acordábamos en algo; éramos dos fantasmas.

Ahora que comenzaba a respirar aceleradamente, a estirar el cuello y la cabeza hacia atrás, a emitir pequeños quejidos, el hombre debajo de las vendas y los cables, tenía en mi recuerdo, un rostro, el pelo rubio, la mirada azul. Bob estaba dándome el privilegio de ser testigo del último de sus fracasos, de observarlo en la cima de su pozo. Pero no podía aceptar semejante regalo, ya no tenía sentido.

Estiré mi mano, para pulsar el botón que se encuentra entre las camas. El brazo hizo un abanico, pasando lejos del pulsador, haciendo que mi cara se estrelle contra el piso, dándole un nuevo significado a la palabra fracaso.

Sonreí, dejando escapar finos hilos de sangre entre mis dientes, manchando el suelo con olor a lavandina, pensando en la cara que pondría la enfermera al abrir la puerta. 

 

                                                *

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-