"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GERMÁN CAPORALINI

Publicado en Cuentos el 8 de Diciembre, 2012, 16:01 por MScalona

PHARMAKON


Afuera hace tanto calor que descompone y la calle deja un hilo de preocupación. Las estaciones cambian como el deseo, aunque no se lo quiera ver. Por eso será que la plenitud, la felicidad que el futuro dibujaba en su manera de caminar le daba un toque mágico a su cuerpo y le permitía enfrentar el sopor estival. Había una buena intención, una razón sin excusas; fue lo que la hizo salir a la calle aunque el sol apretara sus dientes. Ya no es más el verano de antes, es más que eso, parece una nueva estación fuera de catálogo. En invierno esto no hubiera pasado. Con dejar entreabierta una ventana, la helada mañana o la escarcha del alba hubiera facilitado las cosas, pero ahora sólo el aire acondicionado ayuda a mantener el ambiente. El set de maquillaje que compró se hubiera derretido si permanecía caminando bajo el sol unas cuadras más. Por suerte la mucama llegó bien a la casa, sin que nada se deteriore.
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Hasta no hace mucho, ella se encontraba en las mismas condiciones que la señora. Ambas habían padecido casi lo mismo con su vida siendo jóvenes – aunque las separaba casi una generación- y el destino no dejó de perseguirlas. Si bien la lógica de la repetición era la compañía entre ambas, no pasaba igual con las palabras entre ellas. Para cuando se dio cuenta de la similitud del padecer compartido, la señora prácticamente ya no estaba. Apenas emergía durante algunos instantes, a veces en segundos contados con los dedos. La simple mirada triste entre ambas era la encargada de preguntar todo y de retener la respuesta ya sabida que nadie se animaba a enunciar, como si el único valor posible fuera el silencio, como si en el aire flotara una verdad reprimida o al menos, supuesta. De todos modos ella permanecía a su lado. Su presencia era inquietante y pertinaz, pero necesaria; esa impostura la ayudaba a no pensar, a tomar las cosas con ingenuidad, con una pátina de cierta inmadurez permitida.
Desde hacía unos días estaban a la espera de la nueva medicación. Según comentó el señor había sido difícil conseguirla y resultó bastante costosa, pero todo se hacía con la actitud benéfica de que la señora dejase de sufrir. Por ahora se mantenía oculta en el shock que le causó la noticia del accidente fatal del chico, pero aseguraban que de a poco se iría recuperando; "tendrán que prepararla, la noticia la va a afectar", decían los médicos. Por eso, la mucama se encargaba de suministrarle la dosis necesaria de dopaminas para mantenerla casi todo el tiempo lejos de la vigilia diaria hasta que llegase la medicación. Así se aseguraba de que no reconociera fechas ni horas actuales, y que los recuerdos sean confusos y fáciles de revertir. Parecía una cobardía más que una actitud piadosa aunque la razón cierta era que no se podían correr más riesgos.
Estaban concluyendo los trámites finales para la adopción y la herencia de todos los bienes cuando el chico se accidentó en una situación tonta y confusa. La noticia fue tan dolorosa que no hubo tiempo para que el deseo de pronta recuperación les sostuviera la angustia. Toda la expectativa y el anhelo apretados en un manojo de minutos interminables contradecía el diagnóstico clínico. Es cierto, a veces no se precisan las palabras. Bastaba ver a los paramédicos en acción, tratando de revivirlo, y a la vez negando cada acción que hacían para salvarlo, pero nada serviría. En menos de una hora ya no quedaba nada por hacer. Cuando vinieron a avisarle del accidente del chico la señora cayó en un estado de obnubilación mental negando la cruda realidad que pensaron que ya lo sabía, lo intuía, como si lo esperase desde siempre. Todos aseguraron que no llegó a darse cuenta de que no lo pudieron salvar, todos creyeron que se cerró al mundo para que el último recuerdo que conservaba entre ella y su hijo, despidiéndolo con un beso desde la puerta de su casa no esfumara lo poco de felicidad que aprendió a reconocer, aunque sea por el breve lapso que se atrevió a permanecer en ella. La felicidad se presentaba así, ingenua pero volátil, difícil de atraparla, esquiva e imposible de retenerla. Después, el resto: la amnesia, la crisis. Los médicos dijeron que de a poco irá saliendo pero habrá que decirle con mucho cuidado porque la noticia le puede destrozar el alma. Pobre mujer. Siempre el sufrimiento antes que el bienestar, siempre la imagen desbocada de un gris cruel y diario invadiendo su corazón.
La mucama sentía que ambas habían vivido una historia muy similar. Sobre todo por esos problemas que tuvo la señora. Los golpes que recibió de su primer marido -un señor mucho mayor que ella que la golpeaba casi a diario, según le contó al señor cuando se conocieron- siendo apenas una adolescente y le complicaron todo el cuerpo hasta hacerle perder en la última golpiza la capacidad reproductiva de sus órganos. Su entorno genealógico había cautivado la misma forma de sumisión ante el afecto que suponía verdadero, pero su niñez desmembrada le dio tiempo para prever la situación y el desenlace. Al final, quizá sin dolor ni culpa -y quizá también a merced de la resignación de que nada cambiaría en su mundo- la señora supo que le restaba una sola cosa. Heredar la fortuna del marido y hacerlo desaparecer.
A pesar de la circunstancia adversa, se animó a otro intento de afecto porque conoció al señor y en pocos meses decidieron casarse; ahora el hombre administraba todo. Él la ayudó bastante, incluso con la desaparición de su primer marido y desde entonces están juntos, hace unos años. Al poco tiempo la mucama se incorporó como una parte afectiva de la familia. Ella acompañaría al señor en todo lo que necesitara. "Se va a sentir muy solo cuando la señora no esté", pensaba la mucama.
Aquella vez aun siendo joven, luego de operar a la señora de una hemorragia interna, los cirujanos le dijeron que se recuperaría bien, pero tendría que adoptar si quería ser madre. Cuando la mucama supo la historia creyó reconocer en su propio cuerpo esa sensación fantasmal. Recordó que la mitad de su vida ya estaba perdida. Se sentía inservible, incompleta, en falta porque nunca iba a saber lo que era parir. Había recibido  de generaciones atrás la firma convicción de que ella estaba en esta vida para servir sumisa y en silencio, sin posibilidad de preguntarse por la necesidad interior de una mujer, la pasión de sus sueños imperfectos ni la lástima de un cariño vano y mediocre que tenía la obligación de recibir sin saber por qué.
Por razones adversas e innecesarias de explicar, estaba privada para siempre de sentir un hijo de su propio interior, estaba negada a la posibilidad de parirlo y recibirlo en sus propios brazos, amamantarlo y verlo crecer, pero aun así podía soportar una incertidumbre oscura como esa. Sin embargo, ahora no podía imaginar el sufrimiento interior que estaría pasando la señora, si además de todo eso tenía que dejarlo ir sin poder hacer nada. A ella se le había diluido rápidamente el deseo, pero a la señora se le había esfumado todo. La posibilidad de adoptar al chico le había limado algunas asperezas contra la vida y le ofreció una luz de consuelo. Creía en el destino marcado porque lo odiaba con tanta vehemencia que no tenía reparos en darle entidad; así y todo jugó una carta a su porvenir de maternidad reparada. Pero duró menos de lo esperado. Lo codició como un último tesoro con todas sus fuerzas –quizá demasiado "decía"-, lo tuvo un corto tiempo, y en el mismo lapso se fue. Como si eso fuera poco, parecía que el porvenir adverso se empeñaba con la señora -siempre tan amable y buena con la mucama- en perseguir su deseo de madre sin dar tregua al acoso de un final trágico. Ahora estaba presente la inconformidad de perderlo todo y para siempre. La escena onírica de que se esfumaba entre los dedos como una pesadilla de nunca despertar debía ser insoportable; no había derecho a que la señora sufra tanto.
Aunque la felicidad -como la crueldad y la venganza- debería ser repartida equitativamente casi nunca sucede así; éste era un caso de esos. El chico adoptado, -aunque aun faltaban algunos papeles ahora se suponía que todo quedaría sin efecto- los primeros meses de bienestar en el hogar, el amor pleno, un descuido, un accidente, la crisis que le ayudó soportar la noticia, y la negación de la realidad para sobrevivir hasta quién sabe cuándo. Ya no había tiempo lógico; había que acompañar el proceso de la forma menos dolorosa posible. Al fin y al cabo, a su edad no tenía muchas opciones: el señor la quería mucho pero era bastante más joven que ella y algunas veces le confesó a la mucama que se sentía sola. Además, ahora sin hijos. Quizá en pocos días ya tuvieran la medicación nueva a disposición del señor para suministrarla. Era sencillo, una dosis diaria inyectable y en menos de una semana se secaría por dentro, sin dolor, sin recelo.
Por suerte, el dinero y los bienes que ahora administraba el señor ayudarían a sortear ciertos escollos legales que pudieran entorpecer el procedimiento. Junto con un poder para que el señor pueda administrar los bienes, la señora tenía firmado un consentimiento de cremación, lo que aceleraba y ayudaba a esconder ciertas pruebas que la ficha de defunción pudiera dejar entrever y diera como resultado una confusa interpretación del diagnóstico de deceso.
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Ahora no valía la pena seguir con lo que le habían recetado los médicos, no tenía sentido. La nueva medicación que consiguió el señor estaba ya en la casa desde hacía unos días. Esperaban que hiciera efecto rápido. Al fin de cuentas, para lo único que sirvió la fortuna que heredó de su primer esposo fue para conseguir más rápido la adopción aunque nunca se completó el trámite y para que el señor le consiga este nuevo fármaco. Como no quedaban expectativas de que permanezca mucho tiempo más escondida en su mundo interior, el señor no quería que se recupere y se entere de la pérdida del chico. Dejarla despertar era traerla al infierno y en eso sí serían todos culpables; su alma abatida por la realidad se hundiría rápidamente en un corto camino a la depresión y al suicidio. Por eso la medicación era complementaria, ayudaría a terminar pero sin sufrimiento. Visto las condiciones actuales no sería necesario someterla a la crueldad irresoluta de recuperarse. Sabían que lo mejor era no darle la posibilidad de que abra su mente a este nuevo escenario que la rodeaba. Al fin de cuentas, sólo restaba cuidar que la señora reciba la dosis diariamente y esperar a que haga efecto en pocos días.
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En esta época de calor intenso, el sol derrite todo y deteriora lo que se interponga en su camino. Es tan complicado mantener las cosas detenidas, como suspendidas en el aire; además, el sopor y la temperatura no ayudan demasiado.
A pesar de que la silla de ruedas permitía acercarla a la ventana por la noche, la luna nueva se dejaba entrever en su siniestra mansión de penumbras. Por eso, cuando el alba borraba el misterio inequívoco de las sombras, de día se aprovechaba el bienestar de las cortinas cerradas porque impedía el ingreso del sol y no obligaba a bajar aun más la temperatura. El maquillaje que compró la mucama hace unos días remediaba bastante su aspecto, como si el color ficticio en los pómulos la amparaba y protegía, permitiendo una gama de tonalidades novedosas. Lo mismo con la habitación. De vez en cuando le fluían esas ganas de redecorar todo, -"pero no sé si a la señora le hubiera gustado", pensaba la mucama-. Con el frío intenso de la habitación las flores resistían más la descomposición, como si se negaran a morir con el auxilio de la baja temperatura, y el color variado y paulatino les trajera una primavera ya pasada. Como todo tenía la intención de perdurar en el tiempo la habitación permanecía intacta, como en un sueño cerrado. La imagen interior parecía alterar el imperceptible panorama de la quietud con algún ramo nuevo que la mucama se arriesgaba a traer. Ya casi no quedaba lugar en los jarrones y floreros. De vez en cuando cambiaba las sábanas, para darle vida y movimiento a las cosas. Era difícil combinar los tonos pasteles de los cuadros y las flores frente al cubrecama oscuro y desgastado. Sabía que a la señora le gustaba así -le recordaba la intimidad de otras épocas con el señor-; además, de vez en cuando dejaba que una suave música y la compañía de la radio reaviven la inmovilidad de la habitación.
Como cada noche que el señor llegaba muy tarde a la casa, la mucama decidía cenar en el espacio vacío de la habitación con la señora. Con la circularidad de una alegoría se encontraba sola frente a un plato de comida que casi nunca podía terminar. El cuadro religioso de la última cena junto a otras imágenes que cuidaban la devoción de la señora dejaban entrever casi todo lo que sucedía: el amor y la confianza, la traición y la siniestra legitimidad de las ficciones. Sin embargo, ni siquiera la última cena como registro pictórico y cristiano de salvación servía de mucho. Al contrario, era simplemente la misma situación circular de la soledad que la llevaba día tras día a toparse con un espejo opaco que reflejaba su vida borrosa, descolorida, y que el único vestigio de vida parecía reflejarse en algunos bordes y reflejos que denotaban una distancia eterna entre la figura suya recortada y el resto de la habitación. Quizá lo más significativo era que esa figura y ese resto permanecían cubiertos con una delgada capa de vacío, una insignificante separación entre dos mundos donde sin embargo no podía incrustarse un alfiler, una llave, nada. Esta idea rondaba día tras día, a cada hora, a cada instante, todos los años, toda la vida, y sin embargo no podía pensarlo de otro modo que no sea dibujado dentro de esos contornos ficticios, por lo que los días parecían reiterarse y perdurar. No era una situación de fragilidad interior ni de conformidad porque no había otro modo de pensar la realidad, era solamente eso; sin posibilidad de errores, de cuestionamientos, de dudas ni de opuestos.
Había llegado a un punto en que la temperatura de la habitación se teñía de un frío intenso, sepulcral, donde la quietud extrema se contraponía al imperceptible movimiento de las flores que el aire acondicionado parecía acamar, como si una frágil brisa de un otoño naciente insistiera en permanecerlas con vida. En la contradicción que solo la certeza de lo inmóvil puede dar, nada de eso parecía conformarla.
A veces se quedaba mirándola, sentada inmóvil frente al cielo estrellado o a la lluvia; en esta época el clima cambia intempestivamente sin importar la vulnerabilidad del ser humano. Del calor intenso de los últimos días se pasaba a un frío intencional y malicioso. Nunca pensó en la posibilidad de que hable porque su figura hacía innecesaria la evocación y no dejaba lugar para suponer nada. Aunque tenía rostro carecía de los rasgos definidos de la vida. Como le era imposible descentrar la atención de ese estado se avocó al arduo trabajo de maquillar sus pómulos frente a la desolación de esa presencia difusa. Además, sobre los párpados cerrados le dibujó los ojos abiertos y firmes, con minuciosidad y perfección, dando paso a la imagen de la vida nuevamente, como obligándola a ver la realidad, la necesaria invocación a la firmeza de la muerte que la contenía, la que la aproximó a la sospecha pero no se atrevió a esperar.
Pensó por qué no sentía culpa, y era porque la culpa no la redimía de nada. Ante esto, sólo quedaba la sensación del escudriñador, del control casi obsesivo de que cada cosa permanezca en su sitio y solamente acompañe el ritmo silencioso de un lugar tenuemente habitado. Así fue que dos veces por día accionaba las canillas y descargas del agua; todas las mañanas durante unas horas dejaba encendidas algunas luces y cepillaba su cabello, que había crecido más de lo habitual. Hacía todo sin importar la vulnerabilidad del momento.
La demora administrativa complicaba todo. Los abogados, los tiempos de la burocracia y el riesgo de que cuando dejasen de enfriar la habitación, el cuerpo no reaccione como se esperaba eran variables de relativa importancia. Para ese entonces, no habría ya rastros de la medicación aunque era ínfimo el riesgo que se corría; el silencio y la complicidad del médico que firmará la defunción estaba muy bien asegurado. Si todo seguía según lo planeado, no faltaba nada; sería cremada conforme a su deseo y las cenizas al mar. La sugerencia de aprovechar el primer viaje juntos que sería en un crucero fue aceptada con alegría por el señor. Esa noche -siempre tan amable y caballero con la mucama- hubo champagne y le permitió compartir su cama; eso le gustaba a ambos y la reconfortaba ser servicial con él. Tanto dinero les alcanzaría para vivir toda la vida viajando. Pensaba que por ser sólo la mucama de la señora era un honor que él la elija para acompañarlo a recorrer el mundo.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-