"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Diciembre, 2012


KJËLL ASKILDSEN

Publicado en De Otros. el 8 de Diciembre, 2012, 19:44 por MScalona
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Canícula

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…Y aunque no ocurrió ayer, recuerdo claramente que estábamos tumbados boca abajo cortando cabezas de espigas y que era pleno verano, sin una nube en el cielo, pero con un fuerte viento procedente del oeste, del Mar del Norte, y lo único que se avistaba en el cielo, aparte del sol, era alguna que otra gaviota. Hans dijo que tenía sed, pero nosotros seguimos cortando cabezas de espigas, cada uno por nuestro lado. Era por la tarde, entre las cuatro y las seis, y Karl, al que también llamábamos Kalle, se levantó en una ocasión, pero enseguida volvió a tumbarse buscando la protección del viento, esa protección que le proporcionaba la propia tierra, porque en la llanura no crecía otra cosa que paja, espigas, pensamientos, y una pequeña flor sin nombre. Yo no sabía entonces lo que significa una llanura de ese tipo, que puedes llevártela dentro y tumbarte sobre ella en un piso de una gran ciudad o en una oficina un día de invierno; yo no estaba allí tumbado disfrutando del momento, solo estaba tumbado, a medio camino entre el mar y la ciudad, con un montón de cabezas de espigas a treinta centímetros de la cara, con pantalón corto y camisa de cuadros remangada, y en compañía de Hans y Kalle, a quien a veces llamábamos Lasarus, nunca he sabido por qué. Entonces oímos la sirena. Levantamos la cabeza, pero no vimos nada raro, miramos en vano en todas las direcciones, conservando la esperanza hasta el último momento; nos incorporamos dando la espalda al viento y miramos fijamente hacia la ciudad, gritando al unísono, cuando descubrimos el humo. Y echamos a correr. Hans delante, sobre sus largas y delgadas piernas, y Kalle el último, y cuando nos gritó que los esperáramos, hicimos como si no lo oyéramos, estaba demasiado gordo y tenía los pies planos, y pronto había veinte metros entre Hans y yo, y quince entre yo y Kalle, mientras el humo era cada vez más denso, pero las sirenas ya no sonaban. Crucé corriendo el campo de fútbol y atravesé el patio del colegio donde Hans estaba bebiendo agua de la fuente verde, pasé por las ventanas de las aulas, y Hans me alcanzó, tenía la barbilla mojada y no capté lo que dijo al pasarme a toda velocidad, sentía pinchazos y el cordón del zapato se me había desatado, y mientras me agachaba a atármelo en la calle, delante de la valla pintada de blanco del director del banco, el señor Rosenstand, oí acercarse a Kalle. Lo esperé porque sentía pinchazos, de modo que estaba a su lado cuando llegamos a la esquina de la pastelería de Back y vimos las llamas atravesar el tejado de la estrecha casa de dos plantas que era su hogar, y desde cuyo tragaluz se podía ver el mar, el horizonte y los destellos del Gran Faro. ¿Kalle estaba sonriendo o luchando contra el llanto? ¿Y por qué empezó a andar inclinado, con el hombro derecho hacia delante y el izquierdo hacia atrás, como torcido, y por qué se detuvo junto a la escalera de Schmidt, donde permaneció inmóvil hasta que se derrumbó el tejado y se perdió toda esperanza? No pregunto hoy, pregunté entonces, aunque hubiera sido igual de natural preguntar por qué no, porque no es raro que te comportes de un modo extraño cuando se está quemando tu casa con todo lo que hay en ella: huevos de pájaro, mariposas y colección de sellos. No voy a demorarme mucho en el incendio, pues todos tenemos algún incendio en nuestro pasado, y aquel fue un incendio se sol, un incendio de tarde desprovisto de cualquier efecto mágico de medianoche, y como además se trataba de un incendio del viento del oeste, no se corría ningún riesgo de que se propagara a las casas vecinas. Tuvo que ser dos o tres días después, porque, cuando pasamos por la casa destruida por el incendio, las brasas estaban apagadas y las cenizas frías; un día caluroso, casi sin viento, hacia las cinco, Hans no había visto a Kalle desde que se alejó corriendo de él en la llanura, y yo no lo había visto desde que estaba perplejo o afligido juntó a la escalera de Schmidt, pero sabíamos que él y sus padres se alojaban en casa de un tío suyo al lado este del río. Las cenizas se habían enfriado, como ya he dicho, y proseguimos a lo largo de la valla pintada de blanco del director del banco, el señor Rosenstand, para entrar en el patio del colegio, donde Hans se acercó a la fuente verde, y cuando acabó de beber subimos a gatas al tejado de chapa ondulada donde podíamos estar boca arriba a la sombra mirando el parque, que en ese momento estaba desierto bajo los grandes olmos. Era un día medio muerto, y creo que nos aburríamos, no tendríamos gran cosa que contarnos, no creo que fuéramos ya tan niños, aunque no tendríamos más de quince años, ahora me parece que apenas dije una palabra aquel verano, y tampoco oí lo que decían los demás, todos los sonidos eran sonidos lejanos, todos los días hizo calor y sol, que sea como sea esto significa algo, si es que algo significa algo, así es como yo creo que fue y así fue. Y cuando llevábamos media hora o tal vez más tumbados en el tejado de chapa ondulada, yo lo vi primero, venía andando del otro lado del parque, donde estaba el dique, un dique sin desagüe, con la forma de una gran herradura alrededor de dos árboles gigantes torcidos y a punto de caerse, pero declarados monumento natural protegido, y sustentados por dos grandes pilares. No había ni gota de agua en el dique aquel verano, y si te metías dentro podías estar de pie sin que te vieran desde el sendero, y de allí venía Karl. Se miró el hombro, pero eso no significaba necesariamente que tuviera algo que ocultar, y si no se hubiese caído, pero se cayó, supongo que lo habríamos llamado, o al menos no nos habríamos escondido, pero cuando se cayó se quedó tumbado, aunque era imposible que se hubiese hecho daño, y por eso no dijimos nada, sino que nos limitamos a observar. Al principio Karl estaba muy silencioso, luego lo oímos llorar, y nos hicimos tan pequeños como pudimos, arriba en el tejado de chapa ondulada. No era un llanto vehemente, y si no hubiera sido porque su casa se había quemado hacía bien poco, tal vez habríamos pensado que estaba canturreando, pero no lo hacía porque, cuando un poco después se levantó, lo vimos secarse los ojos. Venía derecho hacia nosotros, ya era demasiado tarde para darnos a conocer, nos hicimos invisibles, ya no lo veíamos, solo lo oíamos, lo seguimos con los oídos, paso a paso, hasta la entrada techada del patio de recreo del colegio. Allí se detuvieron los pasos, que fueron sustituidos por otros sonidos: las suelas de sus zapatos contra la pared cuando trepó la ancha viga y entró en la cochera justo debajo de nosotros. Solo nos separaban de él una fina chapa ondulada y, como máximo, dos o tres metros de aire. Lo oíamos respirar y al cabo de un rato llorar. Luego se hizo el silencio durante varios minutos y pensé que la única manera de escapar sería correr por el tejado y saltar al jardín del conserje. Le hice señas a Hans para explicarle mi plan, y al principio dijo que no con la cabeza, porque supongo que tenía más miedo al conserje que a Karl, pero luego cambió de idea y corrimos todo lo que pudimos por el tejado, saltamos al césped delante de la ventana de la cocina y salimos por la puerta sin cerrarla tras nosotros, corriendo a todo correr, Hans primero y yo detrás, hasta que llegamos al muelle. Allí intentamos reírnos de lo que Karl podía haber pensado, porque tuvimos que hacer un ruido infernal al correr por el tejado de chapa, pero no lo conseguimos del todo (algo que indica otra vez que ya no éramos tan niños) porque nos sentíamos culpables, al menos yo, aunque me pregunto hoy, no demasiado tiempo después, qué podríamos haber hecho sino correr. También el día siguiente fue caluroso y soleado. Di un paseo por el parque, crucé la plaza de los festejos y me adentré en el bosque. No creo que me dirigiera a ningún sitio en particular, aunque es verdad que el sendero conducía a la playa de Flandenstrand, donde solía bañarme solo, porque no sabía nadar, y si no llegué hasta allí tal vez fuera porque a la izquierda del sendero avisté botellas vacías de cerveza, primero una y luego muchas, demasiadas para poder llevármelas a casa. Las escondí en una rendija cubierta de vegetación y tomé el camino más rápido a casa para coger algo en donde llevármelas, con el fin de venderlas luego. Como digo, tomé el camino más corto, salí del bosque y atravesé la llanura, y allí estaba él, tumbado de lado, con las rodillas encogidas, como si estuviera dormido, pero no dormía, se volvió hacia mí con una paja entre los labios. Me sentí tan culpable ante su mirada que enseguida compartí con él las botellas vacías, que eran el clavo ardiendo al que me agarraba con un torrente de palabras; me esforcé al máximo, diez botellas no eran suficientes, conté mal y convertí diez en quince, pero él apenas me escuchaba, dijo que tenía que irse a casa. Nos fuimos juntos, supongo que hablaríamos de algo, pero no del incendio, no hasta que él dijo: Vamos a construir una casa nueva, con jardín y seto alrededor. Reaccioné como si me hubiera expuesto un milagro, quise oír detalles, entonce se quedó algo extrañado y dijo: No se lo contarás a nadie, ¿no? Claro que no se lo contaré a nadie. Se calló y me hizo callar a mí. Ni siquiera conseguí preguntarle por qué tenía que ser un secreto, él era superior a mí en virtud del incendio, o tal vez del llanto; yo era culpable de haber huido por un tejado de hojalata, él decidía, y ninguno de los dos dijimos nada hasta llegar a la plantación de árboles donde los pinos más altos apenas nos llegaban al pecho; entonces me preguntó si yo sabía lo que era el día del Juicio. Le conté lo que sabía, que de repente un día el mundo sucumbiría de una u otra manera, un día cuando nadie se lo espere tal vez llegue una tormenta cuyo igual nadie ha visto, o un terremoto que haga que todo el fuego que se encuentra dentro de la tierra suba por las grietas, y nadie escapará, ni una sola persona. ¿Cuándo nadie se lo espere?, preguntó Karl, y yo no entendí que me estaba pidiendo consuelo, una afirmación, yo era muy ecuánime y contesté que quizá alguno que otro sí lo esperara, siempre hay alguien que lo espera, pero la mayoría no. Creo que no dijimos nada más, al menos no me hizo más preguntas. Habíamos pasado ya por la plantación de árboles y nos encontrábamos en el camino entre la fábrica de cerveza y el jardín del diácono, y desde allí tomaríamos distintas direcciones; él vaciló un poco, o mejor dicho, escarbó con el pie la hierba que crecía debajo de la alambrada, y se marchó. Llegaron días en los que aparentemente no ocurría nada, un día caluroso y despejado seguía a otro igual. Yo me pasaba las horas en mi rincón del jardín, debajo del ciruelo más grande, boca abajo en la hierba, felizmente infeliz, a mis quince años. Una tarde Kalle llegó por el jardín. Se sentó en la hierba con su cara grande, brillante de sudor. Calló durante un buen rato, luego me preguntó sin más si yo creía en Dios. Claro que sí. Yo no, dijo. Lo miré. Había visto a muchas personas que vivían como si no creyeran en Dios, pero a nadie que lo hubiera dicho. Sabía, había oído, que existía un pecado para el cual no había perdón, un pecado mortal; nunca habría atrevido a preguntar a mis padres en qué consistía ese pecado, preguntarles algo así era tan impensable como pedirles que me contaran cómo había sido concebido yo, pero tenía una idea de que precisamente eso, es decir, negar la existencia de Dios, era un pecado irreparable, el que ataba la piedra de molino al cuello del condenado. Me entró miedo. El Infierno se me había acercado. No sabes lo que dices, dije. Sí. Imagínate que vas al infierno. No existe. Simplemente morimos. ¿Entonces por qué crees que nacimos, si solo vamos a vivir un tiempo y luego no hay nada más? No lo sé. ¿Acaso crees que también las hormigas y las moscas van al Cielo? No han sido creadas a semejanza de Dios. No contestó. Creí que lo había dejado mudo. He leído en algún sitio, dijo, que las personas no quieren a Dios, sino que tienen miedo al Infierno. No es verdad. ¿Acaso tú no tienes miedo al Infierno? Sí, pero… si te asustas por algo vas a tus padres, y eso no significa que no los quieras. Eso es diferente. Lo harías aunque no lo quisieras, si sabes que ellos te quieren a ti. Se volvió lentamente hacia mí, la cara ya no le brillaba, tenía manchas rojas. Parecía asustado. ¿Te vienes a Kalotten?, preguntó. Tengo que enseñarte algo. Cruzamos el jardín y salimos a la calle. No quiso decirme qué era lo que tenía que enseñarme, y no le insistí. Atravesamos en silencio las calles desiertas de la tarde por el lado derecho, a la sombra de lo árboles y los setos. Serían cerca de la seis, al menos la forja de Klipper estaba cerrada, y él nunca se marchaba hasta más o menos esa hora. Lo recuerdo porque cogimos el atajo por su solar y subimos la empinada pendiente hasta la estrecha cornisa de la montaña, donde teníamos que andar uno detrás del otro. Salimos a un llano, que mediría unos dos o tres metros de ancho, y desde donde se podía ver el mar y el Gran Faro. Unos ocho o nueve metros más abajo se encontraba el patio cimentado del Templo. Karl se detuvo y se echó el flequillo hacia atrás. Estaba sudando otra vez. Permaneció unos instantes mirando hacia su casa, destruida por el incendio. Yo empezaba a impacientarme. Lo había acompañado hasta allí porque quería realizar una buena acción, y me parecía que ya era hora de que me pidiera ayuda. ¿Crees que Dios podría haber evitado el incendio?, preguntó. Sí. Estaba en medio de la pequeña llanura, a algo más de un metro del precipicio. ¿Es verdad que Dios no deja que se burlen de él? Sí. Me miró asustado. Estaba de espaldas al mar y a los tejados de las casas. Retrocedió un paso. Yo me quedé como clavado en el sitio; me mareo, siempre me ha mareado, no soporto ver a nadie balancearse al borde de un precipicio, no lo aguanto, pero me fascina, y no le di la espalda a Karl. Retrocedió un paso más y se detuvo a unos centímetros del precipicio, todavía de espaldas. Yo sabía que estaba tan mareado como yo. Nos miramos fijamente, creo que yo signifiqué mucho para él en ese momento. ¡Estaba tan asustado… y se mostraba tan valiente! Me burlo de Dios, dijo, susurró, sus palabras apenas me llegaron. Seguía moviendo los labios, pero yo no oí nada más. Entonces se dio vuelta, miró hacia abajo, y entregó a Dios la mejor carta que tenía en la mano, su vértigo. No sé cuánto tiempo permaneció así, pero lo suficiente y más de lo que yo habría podido permanecer allí para probar lo contrario, es decir, que Dios existía y que me atrevía a poner mi vida en Sus manos. Ya se había terminado todo. No se mostraba triunfante. No me miraba. Sin mediar palabra volvimos sobre nuestros pasos por la estrecha cornisa, bajando después por detrás de la forja de Klipper. Karl andaba cabizbajo, como si se sintiera avergonzado. No dijo ni una palabra, ni siquiera adiós, simplemente se marchó, y yo, que iba en dirección contraria, me quedé mirándolo. Karl llevaba un pantalón corto que le llegaba hasta la mitad de la rodilla. Lo vi desaparecer por la esquina, luego me di vuelta y fui hacia casa, despacio, por el lado izquierdo del camino, a la sombra de los árboles y los setos.

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 Kjëll Askildsen

Noruega, 1930

GERMÁN CAPORALINI

Publicado en Cuentos el 8 de Diciembre, 2012, 16:01 por MScalona

PHARMAKON


Afuera hace tanto calor que descompone y la calle deja un hilo de preocupación. Las estaciones cambian como el deseo, aunque no se lo quiera ver. Por eso será que la plenitud, la felicidad que el futuro dibujaba en su manera de caminar le daba un toque mágico a su cuerpo y le permitía enfrentar el sopor estival. Había una buena intención, una razón sin excusas; fue lo que la hizo salir a la calle aunque el sol apretara sus dientes. Ya no es más el verano de antes, es más que eso, parece una nueva estación fuera de catálogo. En invierno esto no hubiera pasado. Con dejar entreabierta una ventana, la helada mañana o la escarcha del alba hubiera facilitado las cosas, pero ahora sólo el aire acondicionado ayuda a mantener el ambiente. El set de maquillaje que compró se hubiera derretido si permanecía caminando bajo el sol unas cuadras más. Por suerte la mucama llegó bien a la casa, sin que nada se deteriore.
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Hasta no hace mucho, ella se encontraba en las mismas condiciones que la señora. Ambas habían padecido casi lo mismo con su vida siendo jóvenes – aunque las separaba casi una generación- y el destino no dejó de perseguirlas. Si bien la lógica de la repetición era la compañía entre ambas, no pasaba igual con las palabras entre ellas. Para cuando se dio cuenta de la similitud del padecer compartido, la señora prácticamente ya no estaba. Apenas emergía durante algunos instantes, a veces en segundos contados con los dedos. La simple mirada triste entre ambas era la encargada de preguntar todo y de retener la respuesta ya sabida que nadie se animaba a enunciar, como si el único valor posible fuera el silencio, como si en el aire flotara una verdad reprimida o al menos, supuesta. De todos modos ella permanecía a su lado. Su presencia era inquietante y pertinaz, pero necesaria; esa impostura la ayudaba a no pensar, a tomar las cosas con ingenuidad, con una pátina de cierta inmadurez permitida.
Desde hacía unos días estaban a la espera de la nueva medicación. Según comentó el señor había sido difícil conseguirla y resultó bastante costosa, pero todo se hacía con la actitud benéfica de que la señora dejase de sufrir. Por ahora se mantenía oculta en el shock que le causó la noticia del accidente fatal del chico, pero aseguraban que de a poco se iría recuperando; "tendrán que prepararla, la noticia la va a afectar", decían los médicos. Por eso, la mucama se encargaba de suministrarle la dosis necesaria de dopaminas para mantenerla casi todo el tiempo lejos de la vigilia diaria hasta que llegase la medicación. Así se aseguraba de que no reconociera fechas ni horas actuales, y que los recuerdos sean confusos y fáciles de revertir. Parecía una cobardía más que una actitud piadosa aunque la razón cierta era que no se podían correr más riesgos.
Estaban concluyendo los trámites finales para la adopción y la herencia de todos los bienes cuando el chico se accidentó en una situación tonta y confusa. La noticia fue tan dolorosa que no hubo tiempo para que el deseo de pronta recuperación les sostuviera la angustia. Toda la expectativa y el anhelo apretados en un manojo de minutos interminables contradecía el diagnóstico clínico. Es cierto, a veces no se precisan las palabras. Bastaba ver a los paramédicos en acción, tratando de revivirlo, y a la vez negando cada acción que hacían para salvarlo, pero nada serviría. En menos de una hora ya no quedaba nada por hacer. Cuando vinieron a avisarle del accidente del chico la señora cayó en un estado de obnubilación mental negando la cruda realidad que pensaron que ya lo sabía, lo intuía, como si lo esperase desde siempre. Todos aseguraron que no llegó a darse cuenta de que no lo pudieron salvar, todos creyeron que se cerró al mundo para que el último recuerdo que conservaba entre ella y su hijo, despidiéndolo con un beso desde la puerta de su casa no esfumara lo poco de felicidad que aprendió a reconocer, aunque sea por el breve lapso que se atrevió a permanecer en ella. La felicidad se presentaba así, ingenua pero volátil, difícil de atraparla, esquiva e imposible de retenerla. Después, el resto: la amnesia, la crisis. Los médicos dijeron que de a poco irá saliendo pero habrá que decirle con mucho cuidado porque la noticia le puede destrozar el alma. Pobre mujer. Siempre el sufrimiento antes que el bienestar, siempre la imagen desbocada de un gris cruel y diario invadiendo su corazón.
La mucama sentía que ambas habían vivido una historia muy similar. Sobre todo por esos problemas que tuvo la señora. Los golpes que recibió de su primer marido -un señor mucho mayor que ella que la golpeaba casi a diario, según le contó al señor cuando se conocieron- siendo apenas una adolescente y le complicaron todo el cuerpo hasta hacerle perder en la última golpiza la capacidad reproductiva de sus órganos. Su entorno genealógico había cautivado la misma forma de sumisión ante el afecto que suponía verdadero, pero su niñez desmembrada le dio tiempo para prever la situación y el desenlace. Al final, quizá sin dolor ni culpa -y quizá también a merced de la resignación de que nada cambiaría en su mundo- la señora supo que le restaba una sola cosa. Heredar la fortuna del marido y hacerlo desaparecer.
A pesar de la circunstancia adversa, se animó a otro intento de afecto porque conoció al señor y en pocos meses decidieron casarse; ahora el hombre administraba todo. Él la ayudó bastante, incluso con la desaparición de su primer marido y desde entonces están juntos, hace unos años. Al poco tiempo la mucama se incorporó como una parte afectiva de la familia. Ella acompañaría al señor en todo lo que necesitara. "Se va a sentir muy solo cuando la señora no esté", pensaba la mucama.
Aquella vez aun siendo joven, luego de operar a la señora de una hemorragia interna, los cirujanos le dijeron que se recuperaría bien, pero tendría que adoptar si quería ser madre. Cuando la mucama supo la historia creyó reconocer en su propio cuerpo esa sensación fantasmal. Recordó que la mitad de su vida ya estaba perdida. Se sentía inservible, incompleta, en falta porque nunca iba a saber lo que era parir. Había recibido  de generaciones atrás la firma convicción de que ella estaba en esta vida para servir sumisa y en silencio, sin posibilidad de preguntarse por la necesidad interior de una mujer, la pasión de sus sueños imperfectos ni la lástima de un cariño vano y mediocre que tenía la obligación de recibir sin saber por qué.
Por razones adversas e innecesarias de explicar, estaba privada para siempre de sentir un hijo de su propio interior, estaba negada a la posibilidad de parirlo y recibirlo en sus propios brazos, amamantarlo y verlo crecer, pero aun así podía soportar una incertidumbre oscura como esa. Sin embargo, ahora no podía imaginar el sufrimiento interior que estaría pasando la señora, si además de todo eso tenía que dejarlo ir sin poder hacer nada. A ella se le había diluido rápidamente el deseo, pero a la señora se le había esfumado todo. La posibilidad de adoptar al chico le había limado algunas asperezas contra la vida y le ofreció una luz de consuelo. Creía en el destino marcado porque lo odiaba con tanta vehemencia que no tenía reparos en darle entidad; así y todo jugó una carta a su porvenir de maternidad reparada. Pero duró menos de lo esperado. Lo codició como un último tesoro con todas sus fuerzas –quizá demasiado "decía"-, lo tuvo un corto tiempo, y en el mismo lapso se fue. Como si eso fuera poco, parecía que el porvenir adverso se empeñaba con la señora -siempre tan amable y buena con la mucama- en perseguir su deseo de madre sin dar tregua al acoso de un final trágico. Ahora estaba presente la inconformidad de perderlo todo y para siempre. La escena onírica de que se esfumaba entre los dedos como una pesadilla de nunca despertar debía ser insoportable; no había derecho a que la señora sufra tanto.
Aunque la felicidad -como la crueldad y la venganza- debería ser repartida equitativamente casi nunca sucede así; éste era un caso de esos. El chico adoptado, -aunque aun faltaban algunos papeles ahora se suponía que todo quedaría sin efecto- los primeros meses de bienestar en el hogar, el amor pleno, un descuido, un accidente, la crisis que le ayudó soportar la noticia, y la negación de la realidad para sobrevivir hasta quién sabe cuándo. Ya no había tiempo lógico; había que acompañar el proceso de la forma menos dolorosa posible. Al fin y al cabo, a su edad no tenía muchas opciones: el señor la quería mucho pero era bastante más joven que ella y algunas veces le confesó a la mucama que se sentía sola. Además, ahora sin hijos. Quizá en pocos días ya tuvieran la medicación nueva a disposición del señor para suministrarla. Era sencillo, una dosis diaria inyectable y en menos de una semana se secaría por dentro, sin dolor, sin recelo.
Por suerte, el dinero y los bienes que ahora administraba el señor ayudarían a sortear ciertos escollos legales que pudieran entorpecer el procedimiento. Junto con un poder para que el señor pueda administrar los bienes, la señora tenía firmado un consentimiento de cremación, lo que aceleraba y ayudaba a esconder ciertas pruebas que la ficha de defunción pudiera dejar entrever y diera como resultado una confusa interpretación del diagnóstico de deceso.
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Ahora no valía la pena seguir con lo que le habían recetado los médicos, no tenía sentido. La nueva medicación que consiguió el señor estaba ya en la casa desde hacía unos días. Esperaban que hiciera efecto rápido. Al fin de cuentas, para lo único que sirvió la fortuna que heredó de su primer esposo fue para conseguir más rápido la adopción aunque nunca se completó el trámite y para que el señor le consiga este nuevo fármaco. Como no quedaban expectativas de que permanezca mucho tiempo más escondida en su mundo interior, el señor no quería que se recupere y se entere de la pérdida del chico. Dejarla despertar era traerla al infierno y en eso sí serían todos culpables; su alma abatida por la realidad se hundiría rápidamente en un corto camino a la depresión y al suicidio. Por eso la medicación era complementaria, ayudaría a terminar pero sin sufrimiento. Visto las condiciones actuales no sería necesario someterla a la crueldad irresoluta de recuperarse. Sabían que lo mejor era no darle la posibilidad de que abra su mente a este nuevo escenario que la rodeaba. Al fin de cuentas, sólo restaba cuidar que la señora reciba la dosis diariamente y esperar a que haga efecto en pocos días.
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En esta época de calor intenso, el sol derrite todo y deteriora lo que se interponga en su camino. Es tan complicado mantener las cosas detenidas, como suspendidas en el aire; además, el sopor y la temperatura no ayudan demasiado.
A pesar de que la silla de ruedas permitía acercarla a la ventana por la noche, la luna nueva se dejaba entrever en su siniestra mansión de penumbras. Por eso, cuando el alba borraba el misterio inequívoco de las sombras, de día se aprovechaba el bienestar de las cortinas cerradas porque impedía el ingreso del sol y no obligaba a bajar aun más la temperatura. El maquillaje que compró la mucama hace unos días remediaba bastante su aspecto, como si el color ficticio en los pómulos la amparaba y protegía, permitiendo una gama de tonalidades novedosas. Lo mismo con la habitación. De vez en cuando le fluían esas ganas de redecorar todo, -"pero no sé si a la señora le hubiera gustado", pensaba la mucama-. Con el frío intenso de la habitación las flores resistían más la descomposición, como si se negaran a morir con el auxilio de la baja temperatura, y el color variado y paulatino les trajera una primavera ya pasada. Como todo tenía la intención de perdurar en el tiempo la habitación permanecía intacta, como en un sueño cerrado. La imagen interior parecía alterar el imperceptible panorama de la quietud con algún ramo nuevo que la mucama se arriesgaba a traer. Ya casi no quedaba lugar en los jarrones y floreros. De vez en cuando cambiaba las sábanas, para darle vida y movimiento a las cosas. Era difícil combinar los tonos pasteles de los cuadros y las flores frente al cubrecama oscuro y desgastado. Sabía que a la señora le gustaba así -le recordaba la intimidad de otras épocas con el señor-; además, de vez en cuando dejaba que una suave música y la compañía de la radio reaviven la inmovilidad de la habitación.
Como cada noche que el señor llegaba muy tarde a la casa, la mucama decidía cenar en el espacio vacío de la habitación con la señora. Con la circularidad de una alegoría se encontraba sola frente a un plato de comida que casi nunca podía terminar. El cuadro religioso de la última cena junto a otras imágenes que cuidaban la devoción de la señora dejaban entrever casi todo lo que sucedía: el amor y la confianza, la traición y la siniestra legitimidad de las ficciones. Sin embargo, ni siquiera la última cena como registro pictórico y cristiano de salvación servía de mucho. Al contrario, era simplemente la misma situación circular de la soledad que la llevaba día tras día a toparse con un espejo opaco que reflejaba su vida borrosa, descolorida, y que el único vestigio de vida parecía reflejarse en algunos bordes y reflejos que denotaban una distancia eterna entre la figura suya recortada y el resto de la habitación. Quizá lo más significativo era que esa figura y ese resto permanecían cubiertos con una delgada capa de vacío, una insignificante separación entre dos mundos donde sin embargo no podía incrustarse un alfiler, una llave, nada. Esta idea rondaba día tras día, a cada hora, a cada instante, todos los años, toda la vida, y sin embargo no podía pensarlo de otro modo que no sea dibujado dentro de esos contornos ficticios, por lo que los días parecían reiterarse y perdurar. No era una situación de fragilidad interior ni de conformidad porque no había otro modo de pensar la realidad, era solamente eso; sin posibilidad de errores, de cuestionamientos, de dudas ni de opuestos.
Había llegado a un punto en que la temperatura de la habitación se teñía de un frío intenso, sepulcral, donde la quietud extrema se contraponía al imperceptible movimiento de las flores que el aire acondicionado parecía acamar, como si una frágil brisa de un otoño naciente insistiera en permanecerlas con vida. En la contradicción que solo la certeza de lo inmóvil puede dar, nada de eso parecía conformarla.
A veces se quedaba mirándola, sentada inmóvil frente al cielo estrellado o a la lluvia; en esta época el clima cambia intempestivamente sin importar la vulnerabilidad del ser humano. Del calor intenso de los últimos días se pasaba a un frío intencional y malicioso. Nunca pensó en la posibilidad de que hable porque su figura hacía innecesaria la evocación y no dejaba lugar para suponer nada. Aunque tenía rostro carecía de los rasgos definidos de la vida. Como le era imposible descentrar la atención de ese estado se avocó al arduo trabajo de maquillar sus pómulos frente a la desolación de esa presencia difusa. Además, sobre los párpados cerrados le dibujó los ojos abiertos y firmes, con minuciosidad y perfección, dando paso a la imagen de la vida nuevamente, como obligándola a ver la realidad, la necesaria invocación a la firmeza de la muerte que la contenía, la que la aproximó a la sospecha pero no se atrevió a esperar.
Pensó por qué no sentía culpa, y era porque la culpa no la redimía de nada. Ante esto, sólo quedaba la sensación del escudriñador, del control casi obsesivo de que cada cosa permanezca en su sitio y solamente acompañe el ritmo silencioso de un lugar tenuemente habitado. Así fue que dos veces por día accionaba las canillas y descargas del agua; todas las mañanas durante unas horas dejaba encendidas algunas luces y cepillaba su cabello, que había crecido más de lo habitual. Hacía todo sin importar la vulnerabilidad del momento.
La demora administrativa complicaba todo. Los abogados, los tiempos de la burocracia y el riesgo de que cuando dejasen de enfriar la habitación, el cuerpo no reaccione como se esperaba eran variables de relativa importancia. Para ese entonces, no habría ya rastros de la medicación aunque era ínfimo el riesgo que se corría; el silencio y la complicidad del médico que firmará la defunción estaba muy bien asegurado. Si todo seguía según lo planeado, no faltaba nada; sería cremada conforme a su deseo y las cenizas al mar. La sugerencia de aprovechar el primer viaje juntos que sería en un crucero fue aceptada con alegría por el señor. Esa noche -siempre tan amable y caballero con la mucama- hubo champagne y le permitió compartir su cama; eso le gustaba a ambos y la reconfortaba ser servicial con él. Tanto dinero les alcanzaría para vivir toda la vida viajando. Pensaba que por ser sólo la mucama de la señora era un honor que él la elija para acompañarlo a recorrer el mundo.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-