"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




10 de Noviembre, 2012


PABLO MENGASCINI: LChA, cap. 12º

Publicado en Nuestra Letra. el 10 de Noviembre, 2012, 1:25 por MScalona

LAS CHICAS DE ADRIANA, cap. 12º

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“No nos conocemos a nosotras mismas, nosotras las conocedoras.” (Friedrich Nietzsche; Genealogía de la Moral) Claro, clarísimo, que le cambié el género a la frase. Al bigotudo no le hubiera gustado nada... Pero bien merecido lo tiene, por misógino. Aunque tampoco es cuestión de ser tan cruel con ese. Pobre tipo... Yo creo que pensaba que todas las mujeres eran una sola. Hay mujeres así. También hubo y habrá. Encarnan, para un hombre, a todo el género, y nunca lo dejan muy bien parado o pintado, más bien todo lo contrario. Salvo, por supuesto, el caso de María para algunos curas ortodoxos y carcamanes que seguramente deben pensar que todas las mujeres somos María y por eso a muchos de ellos se les da por la pedofilia, de tan respetuosos que son con La Virginidad de La Madre. No sé por qué me derivé tanto ni por qué me puse a hablar de los curas. Quiero decir que a ésos motivos no los sé exacta, conceptualmente. Sí sé que algunas razones hay, o debe haber, porque tampoco estoy delirando, ni alucinando, pero se trata de esas razones que, en nuestras mentes, flotan como nebulosas y que una no se toma el trabajo de solidificar porque, finalmente, mucho no le interesan. Por eso dije que no sé por qué. Cada vez me pasa más seguido: me pongo a escribir y me sale cualquier cosa menos lo que quiero escribir. Debe ser porque escribo para sacarme cosas que de otra manera no me diría y también porque, como interlocutora de mí misma, soy un desastre. Cuando hablo con otras personas, todo bien... Pero a Mí Misma no la soporto. Lo único que sí quería decir era que le cambié el género a la frase de Nietzsche porque soy feminista (ya que estoy, le cuento que, cada dos por tres, sobre todo cuando estoy sola, fantaseo con que soy Lou Andreas Salomé) y porque me pareció una buena cita para después escribir lo que me pasó esta tarde, que es lo que viene a continuación y, quizá, también, lo que debí haber empezado a contar directamente. Primero dudé. Después me convencí y no lo podía creer. Abandoné todo disimulo y me puse a mirarlo fijamente. Sin pestañear. Inmóvil. A los ojos. Era mi manera de decirle “sé que sos vos”. Se hacía el boludo, me miraba de reojo, seguramente tenía ganas de salir corriendo. También por eso no dejaba de mirarlo. Yo llevaba más de una hora esperando en una cola para hacer un reclamo en la Comisión de Comunicaciones, por mi línea telefónica sin tono. Y él... ¿Qué hacía él en el Correo? ¿Cuándo había llegado? Estaba solo, paradito, en un lugar del hall central que impedía vaticinar cualquier propósito o finalidad. Parecía un jefe de personal apostado estratégicamente para controlar el correcto y eficiente desempeño de todos sus subalternos. Hasta casi que tenía la pose “firme” de un general de la Nación en un desfile. Eso sí: un jefe de correo (mucho menos un general) no hubiera tenido una minifalda marrón claro de corderoy que le llegaba casi hasta las rodillas, ni fusó té con leche, ni zapatitos de maestra de escuela a punto de jubilarse, ni boina de esposa de un estanciero sobre la ¿peluca?, ni ese saquito clásico marrón oscuro abotonado hasta el cuello que él tenía en ese momento. Me dieron ganas de acercarme para saludarlo con un beso y decirle “parecés un travesti del Opus Dei”. Pero no me acerqué: no quería perder mi lugar en la cola. Sentí el impulso de decirle “vení”, con la mano, pero no le hice ningún gesto porque también tenía ganas de que viniera a mí sin que yo lo llamara. Por eso no dejaba de mirarlo fijamente: trataba de retenerlo-ahí. De paso, no lo perdía de vista. (Las mujeres siempre queremos Todo, ¿vio? Si no lo vio, lo ve ahora; y si no le gusta, se jode; ¿para qué pierde tiempo leyendo cosas que no debieran interesarle?) No lo quería perder de vista porque se me había metido en la cabeza “este cobarde va a huir”. Pero el valiente no sólo no huyó sino que empezó a mirarme fija, sostenidamente. Comenzamos a intercambiar sonrisas y a evadir momentáneamente las miradas para tener el placer de coincidir en otras, siempre iguales pero también renovadas y distintas. Yo me sentí igual que varios años antes, cuando cursábamos juntos algunas materias de Filosofía. Las clases eran multitudinarias y vos siempre llegabas tarde y quedábamos sentados lejos pero nos mirábamos y nos sonreíamos y yo notaba que a la única chica que buscabas con la vista era a mí y me sentía inmensamente feliz y también una pelotuda atómica, todo al mismo tiempo. Y después hablábamos en los pasillos. Y después, en el bar. Y al final nos hicimos amigos en un curso optativo que tuvo más expositores que asistentes ¿Te acordás? “Aspectos Filosóficos de El Nombre de la Rosa.” Vos te anotaste porque eras un fanático de Eco, aunque lo llamabas Umberto Mangia Gnocchi. Yo me anoté por vos y hasta me puse a leer el libro durante el curso. Y ese curso hizo que me decidiera por una futura especialización: la Semiótica. Semiótica, como dice Eco. Semiótica, como decías vos, no Semiología. Semiótica, por vos. En un momento casi abandono la cola para acercarme a él y preguntarle, muy ceremoniosamente: ¿digamé, caballero, cuál es El Nombre de la Rosa que tengo frente a mí? Y se me escapó una carcajada que no pude reprimir a tiempo. Él me miró y me hizo un gesto de “y bueno... ¿qué querés que le haga?”, y dejó de mirarme, ofendido quizá. ¡Hombre tenía que ser para entender todo mal! Me decidí a ir junto a él para decirle de qué me había reído, confiando en que recordaría que yo sólo me reía de nimiedades, estupideces y chistontos, como los intelectuales. Pero justo cuando empezaba a caminar me advirtieron que había llegado mi turno para el trámite. Quedé paralizada, como tironeada por fuerzas idénticas y opuestas. Tenía que ir inmediatamente al box que me tocaba y también inmediatamente tenía que hablar con él para que el bendito Logos disipara la imprecisión semántica del lenguaje gestual que veníamos usando. Él no me miraba y yo tenía que llamarlo. Sé que estuve mal, muy mal, pero, como ya aclaré que las mujeres queremos Todo, no pude hacer otra cosa que gritar “¡Manuel!” y luego decirle “esperame que en seguida me desocupo”. Me pareció que se había sonrojado al escucharme, pero, la verdad, no sé... (Por otra parte, ¿quién la sabe?) Cumplida la denuncia ante la Comisión me apuré a encontrarlo, pero ya no estaba. Hice un panóptico rápido de todo el hall y después decidí irme del Correo, furiosa. No sé por qué puse “decidí irme”: no tenía otra opción. Antes de pisar la vereda, un gordo mofletudo se me interpuso, me sonrió exageradamente, me llamó “bonita” y me ofreció no sé cuántos bolígrafos por no sé cuántos pesos. — ¡Métaselos por el culo! (Sí, ¿vio? Las filósofas también puteamos... A mí se me pegó el muy castizo “meter-por” en vez del rioplatense “meter-en”. Y soy muy educada para insultar: a las personas desconocidas siempre las puteo de usted.) — ¡Pero qué boquita, la licenciada...! Caminé dos o tres pasos en la vereda y me detuve al escuchar el apelativo, arrepintiéndome del insulto. Quizá me conociera de la Facultad... Me di vuelta para ofrecer una disculpa rápida y escueta, que, finalmente, se vio frustrada: quien había respondido a mi insulto no había sido el gordo mofletudo sino Manuel. Me había estado esperando en la vereda. — Ma... ¡Hola! ¿Manuel...? — ¡Sí, boluda! Pero la próxima vez que me llamés a los gritos fijate si me decís Manuel o Tamara... — No sabía... También quería verte después del trámite... Por eso... — ¡Ya sé! — ¿Te hice enojar? — No. Pero yo quería pasar desapercibido y vos sos una jetona y después que chillaste todo el mundo me miraba como si yo fuera Cornelio Saavedra disfrazado de bailarina clásica... Ya dije antes que me pareció muy mal lo que hice, al llamarlo por el único nombre que yo le conocía. Pero yo pensaba que estaba mal hacia él, nunca pensé que ese grito mío iba a armar un escandalito en el Correo. A mí no me gustan los escándalos, les tengo alergia, pero cada dos por tres armo alguno porque pienso que todo el mundo piensa más o menos como yo. (¿Quién no?) Y si al principio no podía creer eso de verlo vestido de mujer, no fue porque a mí me asombre ver a una persona con ropas que culturalmente se asocian al sexo que no le tocó, sino porque yo creía que él era bisexual, no travesti. (Aquí tengo que hacer una aclaración proveniente de mi formación —o deformación, si le gusta más— académica: predicar algo de un ser humano, después de cualquier conjugación del verbo “ser”, es la mejor forma de ir, directamente, al lado de los tomates o a la gansada. Es un magnífico error en el que insistimos, en cualquier lengua, desde hace milenios y por culpa de un grupete de antidemocráticos y xenófobos que, en Grecia, hace unos veinticinco siglos, inventaron una filosofía que después pasó a ser considerada La Filosofía: esa que tenía un Gran Problema Humano a resolver: ¿qué es? ¿qué no es? “El Ser es, el No Ser no es.” ¿Qué tal? Ahí está la más firme y sólida base sobre la que se construyó eso que nos enorgullece y que llamamos Civilización Occidental y Cristiana. Como para que no esté temblando...) Y eso es lo que, más que asombrarme o resultarme increíble, me revienta: que lo que yo pienso que es, no sea. (Ya sé... Me encontró una contradicción... ¡Uy! ¡Guarda! ¡Qué horror! ¡Una contradicción! Pensamos con algún lenguaje y todas las lenguas están estructuradas en torno al verbo “ser”. Por eso nos creemos que somos súper racionales, sin darnos cuenta de que en realidad estamos fritos. En fin, si no quiere contradicciones, lea textos escritos en el único lenguaje que no las tiene: el matemático. Después me cuenta hasta dónde llegó con la lectura...) Aunque eso de la bisexualidad también suena a verso. Como si hubiera únicamente dos sexualidades y, encima, la obligación de optar por una... — Bueno... Clásica podría decirse que estás... ¿Tenés reunión con las Damas de alguna Sociedad de Beneficencia? — ¡Sos una hija de puta! — ¿Quién te contó la profesión de mi mamá? Mi chiste fue previsible y viejo. Estaba de moda varios años atrás, en la Facultad. Yo nunca hago chistes de esos. Ahora sé que me salió porque yo quería que mi encuentro con Manuel fuera como los de varios años antes. Me contó que estaba en el Correo “ensayando la ausencia”. Cualquiera se transforma y llama la atención. El verdadero logro era transformarse y pasar desapercibido. Le habían recomendado buenos lugares: edificios públicos, plazas, shoppings, terminales de colectivos... Quise, pero no me animé a preguntarle quién le había recomendado. También tuve que hacer un esfuerzo enorme para reprimir dos preguntas que siempre me salen de forma mecánica: ¿cómo estás? ¿en qué andás? Ahí me di cuenta de que yo no quería conocerlo. Mejor dicho: ahí no me di cuenta de nada. Ahora, que ya es de noche y tarde y pasó todo el día y estoy sola con mí misma; ahora que me puse a escribir con la radio, el televisor, la computadora y el celular apagados (la mejor manera de aturdirse o asombrarse es mirar reflexivamente para adentro; haga la prueba si no me cree; y si no lo tolera, dos respuestas: 1- era previsible; 2- jódase) estoy empezando a darme cuenta de lo que en aquella conversación, de una manera no plenamente consciente, estaba empezando a querer. Por eso me puse a escribir: para ordenarme; aun sabiendo que, al final, voy a terminar, como siempre, desconfiando de mis razonamientos: una se la pasa pensando para construirse firmezas, pero de última termina conociendo lo que quiere conocer, viendo lo que quiere ver, queriendo lo que quiere querer... Lo que yo quería era adaptarlo, re transformarlo, re modelarlo... Cualquier cosa antes que aceptarlo, porque entonces la que tenía que adaptarse, re transformarse o re modelarse era yo. Apelando a la Fenomenología me propuse poner entre paréntesis todo lo que en él pasaba por obvio o natural, todo lo que no era más que accidente o maquillaje. Necesitaba una esencia inconmovible y sólida para construir una Realidad segura y dominable. Lo que los fenomenólogos querían hacer con toda la Cultura, yo me proponía hacerlo con él. Quizá, desde Tales hasta hoy, toda la Historia de la Filosofía no sea más que la historia de las mentiras que inventamos para poder tolerar el sinsentido universal y colectivo. Así, neuronas sobreexigidas, llegué a la última reducción fenomenológica que me fue posible: Manuel. Pero no podía afirmarme que había llegado a una esencia. ¿Quién era él? ¿Manuel o Tamara? Me sentí como Adso de Melk, ese que no sabía, ni nunca llegaría a saber, cuál había sido el Nombre de la rosa... Y mandé a la mierda a Husserl y a Merleau-Ponty. — Y vos, licenciada, ¿cómo estás? ¿en qué andás? — Todavía no soy licenciada; me quedan dos materias. — Ya estás ahí nomás... — Este año empecé a trabajar en una tienda, empleada, turno mañana únicamente. — ¿Cuándo te recibís? — No sé. me paso las tardes leyendo, pero no estoy preparando las materias que me faltan. — ¿Y qué leés? — Semiología... No, perdón: Semiótica. Con esta última respuesta le clavé los ojos como hubiera hecho un inquisidor al formular la pregunta cuya respuesta decide definitivamente el Sí o No de la hoguera. — Bueno... es casi lo mismo... — Si fueran lo mismo, no habría dos palabras... Dos significantes tienen que llevar, necesariamente, a significado distintos, por más parecidos que sean, ¿no te parece? En ese momento fue él quien me miró fijo. No sólo hizo eso sino que también dejó de caminar, obligándome a detenerme y a mirarlo. — Si lo decís por Tamara y Manuel, yo soy esto que ves, ¿estamos? Evidentemente, las personas estamos destinadas a la incomunicación, por más que la lengua sea lo más propiamente humano que tenemos. — ¡Pero no! ¡Papa frita! Te lo digo por el curso ese que hicimos sobre Eco... Vos porfiabas con la semiótica en vez de la semiología... Me hizo un gesto tímido, como pidiendo perdón o, por lo menos, tratando de disipar la tensión que había provocado, y seguimos caminando, en silencio. Él parecía estar concentrado únicamente en la punta de sus zapatos hasta que pausada y suavemente, como rezando, dijo “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”. Yo tenía ganas de ponerme a gritar, saltar y zapatear, como hago siempre que me siento invadida por una súbita alegría inmensa: lo había transportado a la época del curso. Pero seguí caminando a su lado, despacio y en silencio, hasta que dije, como contestando a una plegaria, “de la rosa, sólo nos queda el nombre”. Hasta hace unos años, estaba de moda cascotear El Nombre de la Rosa: que era un policial más, muy erudito, pero formalmente clásico y de estructura trillada; que era una primera novela de un gran semiólogo... ¿Quién es, quién ha sido, puramente escritor o escritora? (Poner primero escritora que escritor en la corrección.) Disculpe usted mi obsesión con la novela mencionada y las varias y poco deferentes apelaciones a su persona. Por un lado, ese monumental texto es para mí monumental porque es un significante que me enlaza a un significado que ya ni sé cuál es, pero que es importante para mí. Por eso estoy escribiendo: para ver si puedo llegar al Signo Lingüístico o, si le gusta más, al Nombre. ¿Qué mayor pretensión puede tener el Conocimiento humano? No se mortifique por la pregunta. Se la contesto yo: ninguna. (Ahora, sí: mortifíquese.) Por otro lado, yo también quiero ser una escritora y por eso, aunque escriba para mí, tengo la necesidad de sentir que estoy escribiendo para alguien. Usted, para mí, no es más que una premisa metodológica. Las personas que escribimos somos vampiros, pero nos redimimos cuando leemos y aceptamos ser vampirizadas. Para volver a Eco, eran comprensibles las críticas: ¿a quién se le ocurre, en los años de fax y del compact disc, situar una novela en la época culminante de la Edad Media y rematarla con un final para filósofos? Y eso éramos nosotros mientras caminábamos en silencio: dos filósofos. ¿O dos filósofas? Me corrijo: eso éramos: un filósofo y una filósofa, transportados a un pasado cercano y sumergidos en profundos procesos de semiosis, enlazando recuerdos con significados mediante vínculos arbitrarios e inmotivados, teorizando para elaborar entidades psíquicas irreales, abstractas y hasta mentirosas que, en caso de ser coincidentes o, por lo menos, parecidas, aparecerían, para nosotros, como nada menos que Verdades. Yo sentía (y por eso sabía) que él estaba contento por haberme encontrado. De otra manera, no me hubiera esperado afuera del Correo, ¿no le parece? Pero también sabía (porque lo sentía) que yo era la causa de ese tedioso desconcierto que nos provocan las situaciones que se salen totalmente de nuestras previsiones. Él había ido al Correo para encontrarse nada más que con gente. “Gente” es uno de los monstruos verbales más perversos de nuestra lengua. No significa nada o, para ser más exacta, significa precisamente eso: Nada. Es sólo una categoría de nuestro pensamiento puro que hace referencia a un montón de personas sin Nombre ni Historia que, en conjunto y pasivamente, tienen la obligación de servirnos para algo. Por eso es una de las palabras más mencionadas por los candidatos políticos y por los funcionarios públicos. Todo lo que se dice en nombre o representación de la gente es palabrerío vacío puesto en cabeza de nadie. Entre “mi nombre es Nadie” y “Fuenteovejuna lo hizo”, ahí tiene usted a “la gente”. Y en el Correo yo no era gente. Era Agustina y a él lo conocía y él sabía quién era yo. Usted podrá decirme que yo lo conocía antes, no en ese momento, y en tal caso yo estaría de acuerdo con usted. Pero también es cierto que todas las Historias son provisorias y se hacen y rehacen día a día, aunque hablen de cosas que pasaron hace cientos o miles de años. Y entre gestos, sonrisas tímidas y pocas palabras, yo estaba tratando de ponerme al día con su historia porque siempre me sentí un poco parte de ella. Pero sabía que no podía ser una fiscal ni una inquisidora... ¿Hay diferencias entre Fiscales e Inquisidores? Sí; claramente las hay... Pero queda linda la pregunta, por eso la escribo. Concentración, Agustina, concentración. Es muy tarde y afuera llueve suavemente, sin viento ni truenos, casi de la misma manera que, en vos, van destilándose los recuerdos de hoy: agua copiosa e inasible que agrada y molesta, que limpia y ensucia y que ¿adónde irá a parar? A ningún lado, Agustina, a ninguna parte... El agua no se detiene nunca; en la primaria te enseñaron el ciclo del agua... Si la congelás, se gasifica por sublimación... Te mirás las manos y ves tres yemas negras, pero no por haber estado leyendo el ejemplar envenenado de la segunda parte de Poética, el libro perdido de Occidente, sino por tu manía de escribir estas cosas con plumas baratas (de esas que usan los escolares y que siempre terminás rompiendo) porque de noche los ruidos se exageran y a vos te gusta escuchar el sonido áspero que la punta metálica produce mientras ultraja la blancura perfecta de las hojas lisas en las que vas tratando de encontrarte con la misma dificultad de quien quiere dibujarse con un punzón de acero sobre una superficie de cemento. Pobre Agustina, ahí la tienen: meta escribir para ordenarse o justificarse... Otra no le queda y quizá para algo le sirva, así que dejémosla que siga nomás, aunque los textos, todos los textos, tengan el destino del agua congelada: licuarse o gasificarse. Y bueno, las cosa es que yo quería que él me contara todo y él no me decía nada. Al notar que yo no lo incomodaba en absoluto y que él no daba ninguna señal de querer desprenderse de mi compañía, empecé a tironear: comencé a llamarlo Manuel y a hacerle notar que para mí seguía siendo un hombre. Vestido de mujer, o con ropas femeninas, pero hombre. No le gustaba nada mi manera de referirme a él, pero tampoco confrontó. Sí, con indirectas, sutilmente, trataba de corregirme para que me diera cuenta de que él era Tamara. Pero yo, cabeza dura. Y él, también. De cualquier manera, los dos estábamos contentos por habernos encontrado, y eso era lo fundamental. “Todo ser es un gesto que se dibuja y se desdibuja. Lo que valdría en cada uno es la fidelidad a cierta vocación inalienable.” Eso le dice el angélico Pablo Inaudi a Lisandro Farías en El Banquete de Severo Arcángelo. Lo transcribo porque esta mañana él quiso que nos encontráramos a la tarde. Yo, por supuesto, acepté y me pareció que él quería que nos viéramos seguido. No me pareció equivocadamente: a la tarde, en eso quedamos. Cuando nos despedimos por apenas unas horas, ya estábamos caminando en sentidos opuestos y a mí se me ocurrió una maldad: lo llamé diciéndole “ah... Manuel...” y él se dio vuelta inmediatamente para escucharme. “¿Viste que seguís siendo Manuel?” Largué una risa corta y fuerte, pegué media vuelta y huí, protagonizando el mutis más teatral de mi vida. No lo hice por mala, lo hice para festejar que nos volveríamos a encontrar pronto. Y a la tarde me arrepentí de haberlo hecho. Nos encontramos cerca de su casa. Ya no parecía, de lejos, una señora de doble apellido de la Sociedad Rural, sino una loca. Una verdadera y reventada loca. Era su respuesta: “soy Tamara”. Caminamos mucho. Tomamos café. Helados. De a poco me fui convenciendo de que empezaba a tener una nueva amiga. No sé si nos veían como a dos mujeres, o como a una mujer y a un travesti. Ni me preocupé en ver cómo nos veían en los bares y heladerías. Yo me sentía bien con ella y ni me fijé en las demás personas. Las demás personas eran gente. Estaban de más. Crípticamente, me contó que ella había soñado con un paraíso, y que lo había alcanzado, que había llegado, pero que resultó no ser un paraíso... Tampoco un infierno, pero no un paraíso. Yo la escuchaba sin hacerle preguntas. Que hablara hasta donde quisiera. Total, ya habrá tiempo... Ya hablará... Pasamos una linda tarde contándonos pavadas. En tono de broma, me propuso poner una mercería juntas, cerca de la de su hermana, para robarle todas las clientas. “No, mejor lejos, pobre Osvaldo...” Yo le propuse que retomara la carrera. “Basta de filósofos. Hacen falta filósofas.” Era casi de noche cuando nos despedíamos hasta el otro día, hasta hoy. Estábamos en una vereda, solas, bajo árboles enormes que adelantaban la noche. “Bueno... Hasta mañana...” “Sí... Hasta mañana...” Pero ninguna de las dos se iba ni decía nada más. Parecíamos dos opas. Hasta que él me agarró de la cintura con su brazo izquierdo, llevándome violentamente hacia sí, y me besó en la boca, haciéndome inclinar para atrás. En seguida me largó para acomodarse la carterita que llevaba, poniéndosela debajo del ombligo. “Me hiciste endurecer la tararira.” Pegó media vuelta y “chau, mañana paso por tu casa” fue lo último que le escuché. Yo no le dije nada; quedé estatua de sal, viendo cómo se iba, con un paso femenino y muy (demasiado) felino. Ahora me arrepiento de no haberle corrido la carterita para ver. Incluso creo que debí tocarlo para comprobar empíricamente el endurecimiento. Tenían razón los psicologistas ingleses de hace dos o tres siglos: el único conocimiento válido es el que proviene de los sentidos, de lo que podemos ver y tocar. Pero le creo. Y en este momento, para mí, mejor es creer que saber. También debe ser por eso que le creo. Después me volví a casa recordando una foto famosa, del año del cuerno: esa del beso que ya es un ícono de Lo que el Viento se llevó, y empecé a reírme sola: yo, Vivien Leigh... y Clark Gable, porrista... ¡Oh! Post-postmodernidad... Cuando llegué a casa la busqué en la web y la puse de fondo de pantalla. Espero que esta tarde venga. Si no viene, mañana lo voy a ir a buscar. La voy a ir a buscar. Bueno... voy a ir a su casa. Seguro que la bruja de su hermana me va a calificar de lesbiana... Está empezando a amanecer, hace frío en el escritorio, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla, este texto, que no tiene final, porque no concluye, sino dos colofones, ridículamente escritos en latín, porque se corresponden con una ridícula casi licenciada en Filosofía que se siente enamorada del fantasma de Proteo: 1) habemus Tamaram (cum tararira); 2) stat Manuel pristino nomine, nomina nuda tenemus.

 

 

 

Pablo Mengascini

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-