"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




6 de Noviembre, 2012


ANTHONY BURGESS explica LA NARANJA...

Publicado en Ensayo el 6 de Noviembre, 2012, 13:05 por MScalona
EN PORTADA / OPINIÓN

La condicion mecánica

nja mecánica' en un texto inédito escrito en 1973

Publicada hace 50 años, la novela fue llevada con éxito al cine por Stanley Kubrick

La mítica obra será reeditada por editorial Minotauro

“Diez años después de que corrigiera las pruebas de la novela, el título y el contenido se hicieron famosos no entre miles, sino entre millones de personas, gracias a la fiel interpretación cinematográfica de Stanley Kubrick”, contaba Anthony Burgess sobre la película basada en su novela de 1962. / FOTO: WARNER BROS PICTURES / ALBUM

“Todos solemos utilizar las palabras mal y malvado sin estar dispuestos a definirlas. No son exactamente sinónimos de malo, porque no podemos hablar de una naranja malvada, salvo en lenguaje poético, ni de una interpretación malvada al violín. Desde luego, no son sinónimos de error ni equivocado”, afirma Anthony Burgess (Harpurhey, Manchester, 1917-Londres, 1993) en La condición mecánica: segundo borrador (agosto de 1973), un texto inédito que se publica en Babelia.

El escritor británico habla de su novela La naranja mecánica –de la que ahora se publica una edición por su 50º aniversario- y de la película de Stanley Kubrick; de Aldous Huxley y de George Orwell, del oficio de escritor, de la libertad individual, de los políticos y del poder del Estado.

“A veces siento un deseo de aniquilación inmediata, pero el impulso de seguir vivo siempre se impone”; “Reconozco que estoy mejor que la mayoría, pero no me parece que haya renunciado a la agonía y la angustia que acosa a los hombres y mujeres esclavos de unas vidas que no han escogido y obligados a vivir en unas comunidades que odian”; “El mantenimiento de una sociedad compleja depende cada vez más del trabajo rutinario, un trabajo sin chispa ni creatividad”; “Es probable que no estemos obligados a amar la música de Beethoven ni a odiar la Coca-Cola, pero cabe la posibilidad, al menos, de que estemos obligados a desconfiar del Estado”, son algunas de las afirmaciones de Burgess.

http://www.anthonyburgess.org/

La naranja mecánica. Anthony Burgess. Traducción de Aníbal Leal Fernández y Ana Quijada. Edición 50º aniversario. Minotauro. 

ITALO CALVINO, Marcovaldo

Publicado en De Otros. el 6 de Noviembre, 2012, 11:24 por MScalona

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PRIMAVERA

 

 

13. DONDE ES MÁS AZUL EL CIELO

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            Se vivía en un tiempo en que los más sencillos alimentos encerraban insidiosas amenazas y fraudes. No pasaba día sin que algún periódico no hablara de descubrimientos horrorosos en las cosas de la compra: el queso lo hacían con plásticos, la mantequilla con la estearina de las velas, en la fruta y verdura el arsénico con los insecticidas estaba concentrado en proporción mayor que las vitaminas, a los pollos, para engordarlos, los atiborraban de no sé qué píldoras sintéticas capaces de transformar en gallinácea a quien se comiera tanto así. El pescado fresco lo habían pescado el año anterior en Islandia y le pintaban los ojos para que pareciera de ayer. En algunas botellas de leche había aparecido un ratón, no se sabe si vivo o muerto. De las de aceite no manaba el dorado jugo de las olivas, sino el sebo de viejos mulos, convenientemente destilado.

            Marcovaldo en el trabajo o en el café oía contar semejantes cosas y cada vez sentía algo así como una coz de mulo en el estómago, o la carrerilla de un ratón por el esófago. En casa, cuando su mujer Domitilla volvía de la compra, la sola vista del capazo que en otros tiempos le llenaba de gozo, con el apio, las berenjenas, el papel basto y poroso de los cucuruchos de la tienda de comestibles y paquetes del tocinero, ahora le infundía un como miedo de que se infiltrasen presencias enemigas entre los muros domésticos.

            “Todos mis esfuerzos deben tender –se prometió-, a conseguir para la familia alimentos que no hayan pasado por las manos arteras de los especuladores”. De mañana, camino del trabajo, no era raro cruzarse con individuos provistos de cañas y con botas de agua, en dirección al paseo del río. “Ese es el sistema”, se dijo Marcovaldo. Pero el río en el trecho de la ciudad, que recogía basuras, desagües y cloacas, le inspiraba una profunda repugnancia. “He de buscar un sitio –se decía-, en el que el agua sea verdaderamente agua, los peces verdaderos peces. Allí echaré el anzuelo”.

            Los días se iban haciendo más largos: con su velomotor, al salir del trabajo, Marcovaldo se alargaba a explorar el río aguas arriba de la ciudad, y los riachuelos que a él afluían. Le interesaban en especial los trechos en que el agua corría más lejos de la carretera asfaltada. Tomaba por los senderos, entre los grupos de sauces, a lomos del motociclo, hasta donde podía; luego –dejándolo en una mata- a pie, hasta llegar a la vera del agua. En una ocasión se perdió: rodaba por los riscos enzarzados y abruptos, y no daba con la menor senda, ni sabía ya por dónde caía el río: de pronto, al apartar unas ramas, vio, a pocas brazas allá abajo, el agua silenciosa –era un remanso del río, como un pequeño y calmo fondeadero-, de un color azul que recordaba un laguito de alta montaña.

            La emoción no le impidió escrutar por entre las leves encrespaduras de la corriente. ¡Y al fin su obstinación se veía premiada! Un latido, el regate inconfundible de una aleta en el filo de la superficie, y luego otro, otro más; una felicidad como para no dar crédito a sus ojos: allí era el lugar en que se congregaban los peces de todo el río, el paraíso del pescador, tal vez desconocido todavía para todos, salvo él. De regreso (estaba oscureciendo) se detuvo a grabar señales en la corteza de los olmos, y a amontonar piedras en determinados puntos para dar otra vez con el lugar.

            Ya sólo le faltaba hacerse con el equipo adecuado. En realidad, lo tenía bien estudiado: entre los vecinos de la escalera y el personal de la empresa había localizado una decena de apasionados de la pesca. Con medias palabras y alusiones, a cada uno de ellos prometiendo indicarle, en cuanto él se cerciorara, un sitio lleno de tencas y que sólo él conocía, consiguió que un poco de éste y otro poco de aquél le prestaran un arsenal de pescador como jamás viera más completo.

            A estas alturas no le faltaba nada: caña, sedal, anzuelos, cebo, red, botas de agua, capacha, una hermosa mañana, dos horas de tiempo –de las seis a las ocho- antes de ir al trabajo, el río con las tencas… ¿Cómo no pescarlas? Así fue: bastaba lanzar el sedal y hacía presa; las tencas picaban libres de sospechas. En vista que con la caña resultaba tan fácil, probó con la red: eran tencas tan bien dispuestas que se precipitaban de cabeza en la red.

            Cuando fue la hora de marchar, su capacha estaba llena. Buscó un camino, río arriba.

            -¡Eh, usted! –en un recodo de la ribera, entre los chopos, se mantenía erguido un tipo con gorra de guarda y gesto de pocos amigos.

            -¿Yo? ¿Qué pasa? –dijo Marcovaldo advirtiendo no sé qué amenaza para sus tencas.

            -¿Dónde los ha pescado, todos esos peces? –dijo el guarda.

            -¿Eh? ¿Por qué? –y Marcovaldo tenía ya el corazón en un puño.

            -Si los ha pescado ahí, ya los está tirando: ¿no ha visto la fábrica río arriba? –y le indicaba en efecto un edificio largo y bajo que ahora, doblado el recodo, se vislumbraba más allá de los sauces, y que arrojaba al aire humo y en el agua una nube densa de un increíble color entre turquesa y violeta-. ¡Por lo menos el agua, de qué color es, lo habrá visto! Fábrica de pinturas: el río está envenenado a causa de ese azul, y los peces lo mismo. ¡Arrójelos en el acto, o si no se los confisco!

            Marcovaldo, por su gusto, los hubiera arrojado lo más lejos posible y al instante quitárselos de encima, como si sólo el olor bastara para envenenarle. Pero en presencia del guarda no quería hacer semejante papelón.

            -¿Y si los he pescado más arriba?

            -Esto es otro cantar. Se los confisco y le pongo multa. Río arriba de la fábrica hay coto de pesca. ¿No ve el cartel?

            -Yo, a decir verdad –se apresuró a contestar Marcovaldo-, llevo la caña porque sí, para presumir con los amigos, pero los peces se los he comprado al pescadero de ese pueblo de ahí al lado.

            -Nada hay que objetar, entonces. Sólo falta pagar los consumos: aquí estamos fuera del fielato.

            Marcovaldo había abierto la capacha y la estaba vaciando en el río. Alguna de las tencas debía de estar viva todavía, porque se escabulló más que contenta.  

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-