"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




LUCAS ALMADA impresionante carta a Melville

Publicado en homenaje el 28 de Octubre, 2012, 16:15 por MScalona

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SOBRE BARTLEBY

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La siguiente es una carta a Herman Melville de su amigo de juventud, el profesor George Streeford, con motivo de la edición del libro “Cuentos de la piazza” en el año 1856, cuando aparece por primera vez publicado “Bartleby, el escribiente” con Melville como autor. Habían pasado tres años de su primera edición en Putnam's Magazine, una revista cultural de la época, en la que fue publicado en dos partes, y en esa ocasión sin identificar autor.

A principio del siglo XX, cuando se comenzó a reconsiderar la importancia de la obra de Melville, se rastrearon, a través de sus herederos materiales inéditos, y se encontró esta única carta guardada entre sus más preciados afectos personales. La crítica especializada ha elaborado algunas hipótesis sobre esta relación, que algunos consideran más mítica que real. Lo cierto es que George Streeford, profesor de literatura antigua en la Berkeley University, la única huella que ha dejado es su matricula universitaria, y hasta hoy no se ha encontrado la respuesta de Herman a su amigo, quizá, para él, haya sido sólo una “carta muerta” más.

                                                 

California, 2 de diciembre de 1856

Querido amigo Herman:

Desde hacía mucho tiempo que no tengo noticias tuyas,  y tras postergar una y otra vez la idea de escribirte, finalmente se me hace impostergable saludarte y felicitarte por la edición de tu nuevo libro, del que debo decir que he disfrutado mucho de su lectura, y he sentido acrecentado el placer cuando pensaba en las manos de dónde provenía ese relato, una pluma que quiere plasmar  búsquedas desesperadas por mar y por tierra.

Hace algún tiempo, leí de manera casual, en la revista Putnam el relato de Bartleby que no identificaba al autor, y ciertamente me transportó a momentos tan intensos como irrepetibles de mi vida y que habían dejado huellas indelebles en mi destino. Pero, ¡oh! Sorpresa, ahora, enterarme que el relato era de tu autoría. Íntimamente me reprocho no haber siquiera intuido que quién otro que tú podría haber escrito ese relato, que encuentra su significado más profundo evocando  nuestro trabajo juntos en el correo.

Más avanzaba en la descripción de ese mundo seco y anodino de las oficinas de Wall Street, con la gente repitiendo mecánicamente una y otra vez la realidad aplastada sobre el papel; más me identificaba con la imposibilidad de volver a formar parte del mundo, este mundo que de tan irracional parece incuestionable y natural.

Recuerdo con nostalgia y gracia nuestra época trabajada en la estafeta postal con las cartas sin destino, aunque muchas con destinatario. Cartas “no reclamadas” le llamaban algunos, aunque el nombre más popular era el de “cartas muertas” ¿recuerdas?, no sólo porque en muchos casos estaban muertos los destinatarios, sino porque en el camino que recorrían habían ocultado o perdido su razón de ser, llegaban a un final inesperado, diluyendo su intención original. Cuántos amores perfumados y encendidos vimos apagarse lentamente amontonados en cajas húmedas, cuánta desesperación retorciéndose en medio de muebles viejos, cuántas historias imaginamos, querido amigo, en nuestro bar nocturno entre aguardiente y buen tabaco.  

Recuerdo el  esfuerzo por torcer el destino de algunas cartas que eran rechazadas y que descubríamos que el remitente o el destinatario no se correspondían con las firmas de su interior velando así entramados de historias secretas. En fin, hay momentos en la vida, que marcan de tal manera, que pareciera que se transforman en utopía. En cierta medida, eso sentí cuando leí por primera vez la vida del escribiente, asumiendo que lo que me sucedió luego de esa época, ha sido buscar decididamente sólo vivir, y vivir me ocupa casi todo el día.

Imagino con agrado la tarea minuciosa y disciplinada a la que se dedicó Bartleby (¿o debo decir Herman?) en su pequeño cubículo de cemento. Estuvo allí, defendiéndose, hasta que pudo, de quienes querían arrojarlo a la deriva en el mar embravecido para que se lo tragara el monstruoso pez que hace andar a los coletazos este mundo. Sí, estuvo luchando día a día con la gran ballena que lo quería borrar del mapa, luchando hasta el final sabiéndose herido de muerte. No importa, mientras algunos seguían repitiendo palabra por palabra el mandato del mundo, mientras los domingos la gente iba en masa a la iglesia, y otros paseaban en las plazas simulando una aureola de vida familiar, Bartleby estaba elaborando estrategias para salvarse de la amenaza tangible del monstruo que asecha invisible.

Querido amigo, conservo como un tesoro, aquella carta de la que tanto hablamos. La del escritor  que en un sobre lacrado envió su “carta muerta”, sin destinatario, en la cual relataba el dolor lacerante que le provocó “preferir hacerlo” y ya no quiso seguir viviendo. Como olvidar esa caminata expectante que hicimos juntos en silencio hasta su casa, en la que encontramos sólo los lamentos de las lloronas. Fue en ese momento que decidí guardar esa carta para mí, así podría recordar que algunas veces es “preferible no hacerlo”.

Celebro nuestra amistad con el afecto de siempre,

George.

  
Autores
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