"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




22 de Octubre, 2012


VIGNOLI, Es imposible pero...

Publicado en De Otros. el 22 de Octubre, 2012, 20:01 por MScalona

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1. Ceniceros

 

 

 

 

Y un día ya no hubo más ceniceros. Antes había. Eran grandes, pesados, viriles, coloridos, hermosos. Los había de cerámica y de vidrio coloreado, o de una combinación de ambos: eran mis favoritos, por fuera con esa costra  ahumada que luego supe que se llamaba rakú y que adentro tenía ese esmalte vidriado, psicodélico y burbujeante como lava en el interior de un volcán. Había en ellos espacio para los cigarrillos de toda la noche de un grupo de estudio o de una célula terrorista completa.

Había otras calidades de la noche, más frívolas. “Robado en [nombre del boliche]”, decía un cenicero de cerámica que un primo mío contaba que alguien (¿él mismo?) se había robado de un boliche. Ceniceros robados, trofeos de la noche. Había ceniceros por todas partes: en los bares, en las discotecas, en los pasillos, en las salas de espera, en los consultorios de los psicoanalistas. Era posible matar a tu psiquiatra de un cenicerazo certero. Esos ceniceritos densos de los años ochenta, metálicos, redondos y macizos como balas de cañón. Era posible vivir de fabricar ceniceros. Una pareja amiga lo hizo durante años. Iba ella de día en bicicleta a los boliches a ofrecer el muestrario y a levantar pedidos. Después, él y ella se quedaban toda la noche trabajando. No fumaban.

No fumábamos. Fumar era de otros, de los grandes. Lo de nosotros era hacer el cenicero de arcilla sin horno, pintado de témpera, para el día del padre. Todos hacíamos ese cenicero con la escuela. Un chorizo de arcilla que luego iba enroscándose sobre la base redonda y chata del mismo material. Mi papá no fumaba. Pero había que regalarle el cenicero. Él después lo usaba para guardar chinches, monedas y puchos de lápices. Cenicero célibe, virgen del olor sensual de las cenizas. Los ceniceros inútiles de mi padre siempre me asombraron. La sonrisa torcida con que los recibía. La cortesía excesiva de su “Gracias, chicos, qué trabajo, no se hubieran molestado”. Cuatro ceniceros vacíos cada mañana del tercer domingo de junio. Que por suerte después irían llenándose de ganchitos caídos de la abrochadora, clippers y otros detritos laborales.

“¿Qué ganan sacando humo de un palito?”, se preguntaba en voz alta mi padre. Y ante un partido de futbol: “¿Qué ganan persiguiendo a una pelota?”. Lo viril de mi padre eran las camisas, las corbatas y el trabajo, el trabajo, el trabajo. Mi tío tampoco fuma, pero practica tiro al blanco. Mi primo sí fuma. Recuerdo su olor a tabaco. Usaba botas de cuero entonces. Una mezcla interesante. Mi abuelo paterno jugaba al ajedrez toda la noche, dicen. Nunca me dijeron si fumaba. Supongo que sí. ¿Qué se gana estando despierto toda la noche sin cigarrillos? Los no fumadores dormimos de noche. Vida sana. Pero nos perdemos las conversaciones, las confesiones entre nubes falsas, la música de un hombre como arrancada al humo, la escena social o sexual del tabaco.

Muchas cosas pierden sentido sin cigarrillos. Pintar. Leer. Hablar. El sexo mismo. Hasta matar se vuelve aún más estúpido si el pobre asesino carece del perfume oscuro que tape el olor a mierda y sangre, lo calme, cubra su fuga y sirva de rito funerario. Estar preso sin cigarrillos debe ser el infierno mismo. En las cárceles todavía se fuma. Se fuma en los hoteles. Un cenicero de vidrio en la mesa de luz es un detalle civilizado.  

En los manicomios, parece, se fuma mucho: andan en torno al Agudo Ávila esas mujeres hombrunas, de pelo teñido a rubio hace ya años, andrajosas pero dignas como reinas, pidiendo para puchos. Se las reconoce por las marcas: la del Lucky Strike, la del Derby suave. La marca del cigarrillo para la fumadora solitaria es casi como un apellido de casada. Por eso me gustaban los Philip Morris. Tendrían que haberse llamado Philip Marlowe. La adolescencia, la entrada en la adultez, los chistes con las marcas. “Luqui Venga”. “Parí cien”, mal chiste de fumados. La marihuana no es tabaco. No clava cada instante en el tiempo como música, como latidos, como sangre. No ve irse los segundos. El tiempo del que fuma es un tiempo barroco. Avanza hacia la muerte, valientemente.

Al fumador nocturno, verse mortal lo angustia. La angustia existencial lo desvela y lo hace fumar. No vienen más tiempos así. El tiempo de ahora está inmóvil y es medido por máquinas. El aire limpio tiene su precio. Respiramos mejor pero nos creemos eternos. Cuando desaparecieron los ceniceros grandes, como dinosaurios hermosos que se extinguen y dejan nada más que una memoria de dragones fabulosos, desaparecieron muchas cosas. El atado compartido, el pucho mangueado, el “dame fuego”. ¿Cómo encaran los pibes ahora si no pueden decir “dame fuego”? Fácil. No encaran. Ahora hay otras cosas: se sale a fumar afuera, se tiran las cenizas en la vereda. Las cenizas se han vuelto invisibles pero a cambio se da esa intimidad en la intemperie. Los raros fumadores a lo que se les permite fumar adentro terminan ensuciando el pocillo de café. Se encuentran así, por sorpresa, con algo de lo que ofrecía el cenicero: los puchos muertos, la fosa común de puchos muertos, cadáveres del tiempo ido de cada cual.

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                                                                             BEATRIZ VIGNOLI

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-fragm. de la novelle ES IMPOSIBLE PERO PODRÍA MENTIRTE, ------p. 15-17

Ed. Homo Sapiens, Colecc. Ciudad y Orilla.

La presentación del libro será el próximo miércoles 31 de octubre

19,30 hs. en HOMO SAPIENS, Sarmiento 825,

con la presencia de la autora y

los escritores MARCELO SCALONA (Director de la Colección)

y NICOLÁS MANZI que hizo el prólogo.-

NABOKOV: Lolita

Publicado en General el 22 de Octubre, 2012, 14:48 por MScalona

Lolita (Vladimir Nabokov)

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un trayecto en tres etapas a través del paladar e impacta, en la tercera, contra los dientes. Lo. Li. Ta.

Era Lo, Lo a secas, de mañana, con su metro cincuenta y una sola media. Era Lola en pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores sobre la línea punteada. Pero en mis brazos, era siempre Lolita.

¿Si tuvo una precursora? Sí, sí que la tuvo. De hecho, quizás no habría existido Lolita para mí si yo no hubiera amado, un verano, a cierta niña iniciática. En un principado junto al mar. ¿Que cuándo? Casi tantos años antes de que Lolita naciera como tenía yo ese verano. Siempre se puede esperar de un asesino una prosa elegante.

Damas y caballeros del jurado, la prueba número uno es lo que los serafines, los malinformados e ingenuos serafines con sus nobles alas, envidiaban. Miren esta corona de espinas.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-