"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GERMÁN CAPORALINI

Publicado en Cuentos el 18 de Octubre, 2012, 1:27 por MScalona

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EL LEGADO FAMILIAR

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Luego del velatorio y posterior cremación, todos los familiares del difunto -un tío rico y solterón- fuimos a su casa, convocados por el escribano quien hacía las veces de representante legal. Hacía varios años que nuestro tío vivía solo (desde el fallecimiento de su madre) y aunque conservaba una buena relación con todos, pasó un largo período sin que ninguno fuera a visitarlo a su casa, por lo que casi nadie sabía qué cosas conservaba celosamente guardadas en esa extraña mansión.
Quizá por ser un hombre excéntrico, culto y refinado o por la desidia familiar del resto de los parientes, lo cierto es que se había producido un distanciamiento paulatino que nos dejó a casi todos sin un contacto cariñoso y fluido con esa parte del árbol genealógico. La mayoría lo creía un ser avaro y despreciable, y nunca faltaba alguien que pusiera en duda su honor y sus costumbres, pero la verdad es que esas descripciones siempre aparecían luego de que el tío les negara un préstamo, sabiendo que no habría devolución posible. Viejo conocedor de las artimañas de los negocios financieros -pues había hecho una pequeña fortuna a fuerza de trabajo y buenas inversiones- argumentaba firmemente las razones por la cual renegaba de dicha petición a cada uno de los que fueran a solicitarle dinero. Los consideraba a todos aprovechadores, farsantes, y además sabía que más de uno era un ser inmoral. A ciertos personajes que detestaba los había acusado de ser un fraude y una vergüenza para la familia. Algunos se habían tomado el trabajo de enamorar a sus novias -sobrinas fácilmente sobornables con la artimaña de las flores y los bombones- mediante el engaño de la pasión por casarse y tener la excusa de acercarse aun más a la fortuna del tío. Confiaban en que él tenía el deber familiar de prestarles dinero para algún negocio oscuro, y que luego del éxito comercial la prosperidad los ayudaría a seguir adelante. O sea, que la mediocridad en la cual mantenían a sus esposas e hijos en sus actuales vidas mezquinas, suspendidas como en vilo, pendiendo de la miseria y la falta de escrúpulos era culpa del tío rico y solterón. Así y todo, decidimos cumplir su último deseo.
Desde que entramos -algunos aun sosteniendo la farsa del duelo-, una extraña sensación me hizo sentir como un invasor. Aunque sabía que no necesitaba llevarme nada del lugar, entré con el resto de la familia, que estaba decidida a arrasar con todo. Crucé el dintel muy despacio y en silencio, pidiendo permiso al escribano con humildad y respeto, como si añorara los buenos momentos de mi infancia que disfruté en esa casa, acostumbrado a visitar los fines de semana, para hacerle compañía y aprovechar la paz interior del lugar en mis tareas escolares.
Suponía que en instantes iba a desarrollarse una escena turbia y desenfrenada, por lo que sólo atiné a pedir disculpas al cielo. A medida que íbamos entrando cada uno iba tomando posición y se acomodaba en el living de la casa alrederor de la mesa, como soldados de un pelotón a quienes fueran a pasar revista. Cuidadoso de todos los detalles que rodearon siempre al tío, el ambiente se dejó mecer por esa imagen en nuestro recuerdo. Todo permanecía impecable y producía en mí una sensación de humildad y de pequeñez ante la imponencia del lugar. Sabíamos que iba a dejar un testamento escrito -nada quedaría librado al azar-, y acertamos. El escribano pidió autorización para comenzar a leerlo y aunque todos simularon estar desentendidos, cada quien lo esperaba sabiendo qué cosas venía a llevarse.
Sobre la mesa principal había quedado una cantidad de medicación a medio consumir. Su ama de llaves había cumplido en dejar todo como estaba antes de la última internación que ya no le permitió retornar a la casa. En las vitrinas de un amplio mueble que se encontraba custodiando una pared del living, permanecían intactos desde hacía muchos años -lo recuerdo así- una cantidad importante de piezas de diverso valor pero de incalculable afecto para el tío.
Sus numerosos viajes al exterior, muchos de ellos por negocios y otros tantos de placer le habían dado la posibilidad de adquirir una gran colección de piezas de arte de diversos orígenes, algunas valuadas por expertos como verdaderas antigüedades, y que excedían la comprensión de toda la familia.
La vajilla de porcelana italiana, el reloj de pared del bisabuelo traído de Suiza, la colección de pipas alemanas combinadas con las de espuma de mar noruegas, y en un apartado especial, algunas armas de Bélgica con el sello real de la corona. Sobre la pared opuesta, sus cuadros de un pintor danés desconocido. Al lado, una repisa con figurillas de jade de Japón, y junto a ella, una valiosa escultura de laca de China, ambas traídas de su viaje a Oriente, del que tanto me habló. Reconocía el uso del tiempo de los orientales como una manera de comprender la existencia desde otra perspectiva distinta a la nuestra -los descendientes de europeos-, y quizá esto lo llevó al capricho del testamento.
Pero lo cierto es que nada de eso interesaba. Ni la muerte reciente, ni el momento atemporal del sepelio, ni el ritual siniestro de la cremación restaba entusiasmo a las conjeturas que se tejían en cuanto al contenido del testamento. Ni el puñal de acero de Toledo, ni el maravilloso abrecartas de obsidiana que conservaba aun en su estuche original era relevante para ninguno. Ni siquiera para mí “sería un negocio” apropiarme de alguna de estas piezas porque yo sí sabía de su valor, y éste era el verdadero valor que el tío le daba cuando me contaba el origen de cada pieza. Podía relatar historias toda una tarde de lluvia e interior y hacía que cada una te llevara a lugares fascinantes. Desde las máscaras de terracota del norte de África, pasando por los sueños escondidos en las muñecas rusas, hasta los destellos de luz que emanaba la lámpara de escritorio cuya pantalla de vitraux de Francia le recordaban nuevos sitios, extraños y atractivos. Él mismo se dejaba atrapar por los recuerdos en esa realidad de colores en el ambiente. Yo lo imaginaba como un pequeño ser que de noche recorría la casa en silencio, visitando cada rincón del mundo, saltando de una pieza de la colección hasta la otra, creando fantasías y personajes, salvando mundos ocupados, haciendo justicia ante la infamia y la indecencia, para posarse a descansar en la mullida playa de un viejo reloj de arena.
La verdadera razón es que ninguno venía por esas nimiedades. Creían firmemente que el tío habría dejado una inmensa cantidad de papeles y títulos públicos junto con propiedades extensas e invaluables, los cuales debían estar en la caja fuerte. El escribano -amigo de mi tío desde siempre- ni bien terminó de leer el escueto texto que decía: “Nada cedo en particular, cada cual podrá tomar de esta casa lo que desee. Sólo una cosa más: el viejo reloj de arena sobre la chimenea marcará el tiempo en que permanecerán en la casa. Concluido ese tiempo, cada cual deberá irse y jamás volver, pues la cada ya fue vendida”, cerró la carpeta y se sentó. Todos murmuraron indignados.
Fue una casualidad el recuerdo del reloj de arena. Un típico reloj de arena, de modesta confección pero de incomparable porte, parecía ser el organizador absoluto del tiempo presente. La consigna era simple: girar el reloj y mientras persistiera la arena cayendo hacia la parte inferior de la ampolla de vidrio cada uno podría tomar de la casa lo que quisiera; terminado el tiempo medido por el reloj, debíamos retirarnos todos y no volver más a la casa.
Todos supusieron que la extraña invitación de posesión de su legado conllevaba una trampa oculta. Así fue que primero buscaríamos -me incluyeron como una marioneta- una caja fuerte con dinero, títulos inmobiliarios, bonos públicos, algún que otro reloj de oro, y luego si el tiempo lo permitía iríamos en busca de cosas menores. Los muebles de estilo eran sumamente tentadores pero difíciles de transportar. La vajilla encontrada en el modular del comedor rememoraba tiempos de reuniones familiares y protocolares, mientras los cuadros, jarrones, platería y porcelanas completaban el escenario en que se sostenía la farsa del recuerdo del tío soltero al que tanto querían. Como adherido a la misma mentira cada pieza se mantenía inerte en su lugar y ahora conservaba una suave e imperceptible capa de tierra diaria. Desde la internación del tío la casa había quedado sin cuidado, aunque todo estaba como si existieran habitantes del lugar y agitaran el silencio para conservar la pulcritud y el orden.
El escribano revisó la hora en su reloj de bolsillo, se levantó y se apoyó sobre el reloj de arena -lo trajo desde la chimena hasta la mesa-, lo que daba la certeza que lo haría girar en ese preciso instante. “Según sé -dijo- el reloj mide exactamente doce minutos y medio de tiempo -volvió a controlar su reloj- y según órdenes del señor comenzaría justo…- siguió mirando- …ahora”; por lo que atinó a girarlo lentamente y lo posó de nuevo sobre la mesa. Mientras todos se miraron ante esta extraña situación, cada uno de los deudos comenzó una loca carrera hacia todos lados en la casa con rumbo desorbitado; revisarían cada minúsculo rincón esperando encontrar la caja fuerte y la llave, únicos tesoros pretendidos. Uno pidió calma, para que todo saliera según lo planeado. Algunos de los parientes serían arqueólogos, otros jugarían el papel de analistas urbanos ordenando la circulación por las habitaciones, el resto completaría el cuadro conformado por arquitectos, antropólogos y un sinfín de personajes entre carismáticos y siniestros, todos buscando un tesoro escondido, una razón lógica para quedarse con una parte de la historia familiar, de la que jamás nadie se interesó.
“No te dejes llevar por la ansiedad”, me decía siempre el tío, esperando que las palabras cayesen de a una, como si entre el duelo reciente y la resignificación estuviera guardado un enigma, el espacio entre dos palabras en cuyo salto silencioso se encontrara el inframundo, el vertiginoso despertar al inconsciente. La calma del principio duró poco porque el tiempo era poco. En medio del revuelo y del bullicio todos se chocaban entre sí, como enloquecidos. Atropellaban todo a su paso sin mediar cuidado ni respeto por los objetos que con tanto esmero habían permanecido intactos, relucientes durante tantos años, custodiados por el tío. La escena tenía por momentos un tinte trágico y por otros un matiz caricaturezco. Las muecas desencajadas ante cada situación tenían una notable comicidad entre tanta pasión por destruir cada cosa que se interponía entre ellos y la supuesta caja fuerte y su llave, sin importar nada. Ante esto, lo único que podía pensarse era que tenían la obligación de la sangre filial de saquear todo. No importaba si servía, si tenía algún valor sentimental o comercial, sino que el goce de la posesión suspendía en el vacío de la razón toda lógica de recuerdo del tío. Yo estaba como inhibido en el lugar, como si no perteneciera al árbol genealógico que me signaba el nombre y apellido, porque aun tenía en mi mente el recuerdo vívido de momentos de mi infancia junto al tío. Veía algunas fotos enmarcadas delicadamente que acompañaban la decoración de la casa y aparecían recuerdos de lugares visitados por el tío, miraba algunos muebles y rememoraba advertencias de cuidados, veía el reloj de arena y surgían en mi mente las charlas y juegos inventados. Entre esos que el cariño de siempre y el dolor actual jugaban en mí como un rompecabezas, estaba una escena. La mágica escena del pequeño ser que cierta vez inventamos con el tío; la escena en que un ser protector de los recuerdos que vivía dentro del reloj visitaba todas las noches la casa en penumbras y silencio. Siempre me pregunté cómo sería vivir dentro de ese reloj. Junto al tío, sentados en la alfombra frente al fuego del hogar encendido en invierno me invitaba a pensar cómo meter dentro del reloj a un ser imaginario. “Le haríamos un agujero arriba, después un tapón y al final lo cerramos con las tapas y la columnitas y ya está, así podría salir por las noches a recorrer la casa y luego se iría a dormir” era la explicación que mi mente infantil había encontrado, y que fuera aprobada por el tío. La parte que le correspondía a él era contarme historias inverosímiles de lo que pasaba con ese ser extraño cada vez que diera vuelta el reloj. El escribano, que permanecía lejos del revuelo me miró llorar en el recuerdo y me dijo: “Llévelo, su tío hubiera querido que usted lo conserve” – “¿Cómo lo sabe?”- quise preguntar. Sonrió y se levantó para advertir que quedaba poco tiempo. Pasó a mi lado y me palmeó el hombro; esa actitud cambió todo el panorama de la situación. Escuché a alguien tropezando en la escalera que llevaba a las habitaciones de arriba. Ese minúsculo conducto -es decir, la escalera que unía dos partes de la casa- me hizo ver que la finca era como un gran reloj de arena y yo era ahora aquel pequeño ser de antaño buscando descifrar un enigma.

El tiempo había penetrado los cuerpos e hilvanaba uno a uno los destinos miserables de cada quien en este momento. La llave no se encontraba, la caja fuerte tampoco, los objetos no serían jamás tenidos en cuenta, las ilusiones se irían perdiendo como arena entre los dedos. Si algo diferenciaba al tío de los demás parientes eran la generosidad y el desinterés; ahora no cabían dudas, él tenía razón y estaría riendo a carcajadas, y yo con él.
Mientras el tiempo se terminaba cada uno entró en la cuenta de que se iría con las manos vacías, y para su mediocridad eso era impensable. Lo que hasta hacía unos instantes parecía ser un trabajo de equipo, una organización planificada, ahora se empezaba a serializar de nuevo. El ejército de saqueadores entró en un zafarrancho que no pudo sino desperdigarse en pocos segundos.
Cuando el escribano anunció que restaba sólo un minuto, ya no hubo vuelta atrás. La sinrazón tomó forma humana y se encarnizó en cada uno de los parientes que empezaron a apropiarse de cuanto podían guardar en bolsos, carteras, bolsillos o lo que cupiera entre las manos. Los que aun permanecían en la planta alta de la casa bajaron rápidamente por las escaleras, no sin tropiezos y golpes importantes. Si algo podían llevarse estaría entre las cosas del mueble principal de la sala, donde se juntaron todos a tomar algún objeto sin saber bien qué estaban llevando. En el amontonamiento y el apuro se chocaban entre sí y algunas cosas caían al piso, rompiéndose en pedazos sin importar su valor. Lo único que parecía tener sentido era la rapacidad de llevarse cualquier cosa, no importaba si servía, si tenía algún valor afectivo o si podía venderse por migajas, y esto por el sólo hecho de la avidez y la acumulación material sin sentido. Sin embargo, una cantidad importante de objetos de valor se habían caído al suelo y estaban rotos en varios pedazos, y algunos que caían sin roturas eran pisoteados y quedaban en un estado imposible de explicar. Lo que hacía unos minutos era casi un museo universal portando siglos de historia y sabiduría, ahora parecía un circo en ruinas; Roma quemada, Pompeya desaparecida. La arena del reloj podría rememorar a los hombres valientes del Coliseo; sin embargo, mostraba lo peor de las miserias de la humanidad.
El apremio del tiempo que corría hizo que pasara todo rápidamente de una algarabía desbordada a una desesperación incontrolable. Yo no iba a entrar en esa vorágine de locura por un par de trastos que hasta el día de hoy, nunca necesité. Decidí detener mi cabeza. No quedaba más que unos instantes antes del final.
Alguien gritó avisando que había dado con la caja fuerte; su ubicación en la pared de la sala tenía un dueño, un primo lejano que había aparecido de la nada en la casa a reclamar una parte de la herencia y que la encontró empotrada en la pared tras un cuadro, como en una película hollywoodense. Todos dejaron de buscar la llave para abocarse al trabajo de abrirla a golpes. Empezaron con utensilios de cocina que usaban como barretas; después intentaron forzarla con los cuchillos damasquinados y luego con el abrecartas del que rompieron la hermosa cubierta de terciopelo. La inminencia del final les hizo perder el control total de la situación. Estaban frente al hallazgo deseado, pero sin la llave la caja fuerte no servía para nada. Alguien tuvo la ocurrencia de que podía estar escondida en las muñecas rusas, pero fue el último intento; una a una descubrieron la frustración vacía. Todos se miraron impotentes y resignados a la vez ante el fracaso colectivo. Por último y ante la desesperación, estrellaron los jarrones contra la puerta blindada de la caja fuerte. Entre insultos y acusaciones de ineptitud mutuas, la última esperanza de salvación económica se había malogrado.
El escribano hizo una seña con sus manos avisando que se había acabado el tiempo. Los invitó con firmeza a retirarse de a uno. Esta vez, nadie pudo mirarse entre sí; sus cabezas gachas aun buscaban en el piso el egoísmo y la miseria que algún pedazo deshecho les pudiera devolver. Algunas piezas estaban irreconocibles por la cantidad de roturas que tenían. Así, de a uno, se iban yendo, con la manos vacías de todo. Ni afecto guardado, ni recuerdos materiales, pero sobre todo sin la menor dignidad en su interior.
Permanecí sentado un rato y me quedé cuidando el tiempo junto al reloj, alejado de la escena. Nadie se percató de que el reloj aun no se había detenido. De a poco desde la superficie de la arena en la parte superior de la ampolla de vidrio se había asomado un brillo distinto, como si los cristales de la arena refractaran otra realidad interior. Cada grano de la finísima sustancia contenida cambiaba su forma como un caleidoscopio a medida que se vaciaba, poco a poco. Entonces, el brillo se hizo más intenso a medida que asomaba una pieza de metal que hasta ese momento se ocultaba en la profundidad de la arena, custodiando el tiempo, la espera, la razón interior, la reflexión del enigma. Una llave. Le hice caso al escribano y acepté en silencio la sugerencia de quedármelo. Tomé el reloj, lo envolví en un saco sport que uso siempre, tendí mi mano y lo saludé amablemente. Él me despidió con una impostura de frialdad y puso con disimulo entre mis dedos un papel con las instrucciones que el tío le había dejado para mí. Nos veríamos mañana, a la misma hora, para ultimar detalles.

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GERMÁN  C.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-