"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Octubre, 2012


JOHN BERGER

Publicado en Ensayo el 13 de Octubre, 2012, 13:25 por MScalona

La intimidad de un maestro

John Berger es uno de los escritores y artistas más lúcidos de la actualidad. La novelista Angela Pradelli y su hija lo visitaron en su casa, en un pueblito de la Alta Saboya francesa. Pradelli narra los detalles conmovedores de ese encuentro exclusivo –el segundo entre ambos–, que terminó con el regalo de “Conversación”, un relato inédito de Berger, que Ñ publica en esta edición.

POR Angela Pradelli - Especial, Desde Francia

  • Es sábado, salimos temprano, viajo con mi hija Martina, tomamos el primer tren desde Zurich a Ginebra, vamos camino a casa de John Berger. En el tren hablamos de su poesía, de sus libros en general, de lo mucho que significa siempre leerlos y también de los efectos poderosos que tiene la relectura de sus textos.

El día anterior, un mail de Ñ me pedía aprovechar la invitación de la Literaturhaus y mi estadía en Zurich para organizar un encuentro con el escritor. Sería el segundo, pues nos habíamos encontrado en 2010, también en su casa de Quincy, un pueblo de la Alta Saboya francesa. Aunque había tiempo, si queríamos una foto de Berger para la nota, había que apurarse. Mi hija, que es fotógrafa, se volvía a Buenos Aires en dos días así que sólo nos quedaba el sábado. Pero había algo más. Sabía por mi encuentro anterior que Berger adora la conversación pero no le gustan las entrevistas.

Quincy no está lejos de la frontera con Suiza pero aun así cuesta llegar a ese pequeño pueblo donde vive el escritor desde hace más de treinta y cinco años. Desde Ginebra hay un transporte público que llega hasta allí y tiene sólo dos servicios por día que funcionan de lunes a viernes. El primero sale temprano por la mañana desde Francia para trasladar a los que trabajan en Ginebra y el otro vuelve a Francia después de las seis de la tarde. Eso es todo.

Pero hoy es sábado, así que cuando llegamos a Ginebra tomamos un taxi, única forma de llegar a la Alta Saboya durante los días del fin de semana. La mujer que maneja es una española que dice haber estado por esa zona hace más de veinte años pero programa el gps porque no recuerda el camino. Estamos a principios de septiembre, y la mañana es transparente y cálida en un otoño que parece haberse adelantado algunos días al calendario.

Desde la primera vez que estuve con Berger en 2010 entonces, nos hemos escrito algunos mails, también con su mujer Beverly. Hoy, como cuando anduve este camino del este de Francia por primera vez, el paisaje me recuerda mucho a la zona del norte de Italia que tuve que recorrer para buscar a mis parientes hace unos años. Incluso por momentos, en el recuerdo, los caminos parecen hacerse uno.

En aquella primera visita al preguntarme por mi familia italiana Berger se había sorprendido cuando mencioné que eran del pueblo de Peli, en la comuna de Coli. “Conozco Coli –me había dicho–, es también un lugar muy lindo”. Me contó que cuando era joven había recorrido Europa en moto y que había estado allí. Coli, con sus pequeños paeses , le recordaba la zona de Mieussy, a la que pertence Quincy, tanto por el parecido que tenían en la vegetación del camino que sube la montaña como por sus pequeños poblados. Lo pensé en ese momento mientras Berger me hablaba, lo escribo recién ahora: hay una belleza de los lugares –que no está solo en los paisajes– y que descubrimos en los caminos por los que transitamos algunas búsquedas propias. Ciertas bellezas que se repiten aquí y allá y que, aun cuando se trate de caminos diferentes, terminan pareciéndose unas y otras en su esencia.

La taxista española es simpática, por momentos demasiado. Se pregunta cómo puede un escritor dejar la vida de ciudad, irse a vivir a un pueblo de campesinos y hacer algo tan difícil como trabajar la tierra en un pueblito aislado. Se pregunta también cómo vamos a hacer, cuando lleguemos al pueblo, para saber exactamente dónde vive el escritor. Le digo a la taxista que, una vez en Quincy, seguro reconoceré la casa. Pero como entramos por un camino distinto esta vez, decidimos que preguntaríamos a la cartera que vemos a unos cien metros y que está repartiendo la correspondencia casa por casa. “Oh, sí, sí, John Berger” –contesta la cartera con un orgullo indisimulable– y nos da sus indicaciones.

La taxista dice que le parece mejor esperarnos, que se quedará allí hasta que nos atiendan, y apaga el motor de su auto. Supongo que algo le hace desconfiar que encontremos al escritor. Las puertas de la casa de Berger están de par en par abiertas. Apenas bajamos del taxi, es una corta distancia, se advierten los movimientos serenos de la vida de una casa en un pueblo de campesinos un sábado por la mañana. La cartera que nos indicó cómo llegar, pienso, ya debe de haber pasado por esta casa, a juzgar por el buzón que rebalsa sobres de distintos tamaños.

En el jardín del lote que está pegado a la casa, desde lejos, se ve la cabeza blanca de Berger recortándose en el verdor fresco de esa mañana en la montaña. Está sentado a una mesa y desde aquí parece concentrado en lo que tiene entre manos. Berger levanta la vista, nos ve y se para, se sonríe, viene rápido a nuestro encuentro, nos abraza. Vamos juntos a despedir a la taxista. “Ya nos arreglaremos para la vuelta, dice él, ahora entren”. Y pasamos los tres al jardín.

La mesa está ubicada cerca de los árboles, entre la luz y la sombra. Las ramas de un ciruelo la protegen pero al mismo tiempo dejan también entrar el sol. Berger está preparando una ensalada de papas y cebollas. Una escritora sueca está sentada en una de las cabeceras escribiendo una dedicatoria en el libro en el que cuenta sus experiencias como ciclista. Cuando nos sentamos, esa mesa de madera sobre la que nos apoyamos, con las verduras, los cuchillos, las telas moradas de la cebolla y las manos del escritor, parece un cuadro. La escritora sueca termina de escribir, lee en voz alta la dedicatoria y enseguida nos deja a los tres solos.

Berger ofrece café y pregunta si estamos bien ahí afuera. Trae también un plato con galletas de miel. Hablábamos de la vida en las montañas cuando su mujer, Beverly, se suma a nosotros. A unos pocos metros, la quinta para consumo diario, los árboles de frutos y nueces. En uno de los ángulos del jardín, un baño de los que se construían sin instalaciones eléctricas ni sanitarias que sigue funcionando y en cuyas paredes internas pueden verse fotos, dibujos, trozos de textos. Hablábamos también de lo diferente que es la vida que se vive lejos de las grandes ciudades. A Beverly le gusta vivir acá, claro, pero “… incluso en este lugar tan hermoso, dice, la vida es difícil. El invierno aquí es muy frío y muy largo”.

Del último viaje a la cocina Berger trae un pequeño jarro en el que había calentado la leche que él mismo nos sirve para cortar el café. Parecen detalles, una enumeración de pequeños gestos sin significado. No lo son. Cuando publiqué mi primera crónica sobre la visita a la casa del escritor, muchos me preguntaron cómo había sido la experiencia de conocerlo. Berger es un poeta enorme, uno de los mejores escritores contemporáneos, un pensador tan lúcido. Algunos creemos que el Nobel ya tendría que estar en sus manos. Pero Berger es también, y sobre todo, alguien de quien lo primero que se percibe es su enorme humanidad. Y alguien con quien no hay distancias porque siempre está cerca. Llegar a Berger es como llegar a casa, ese lugar en donde podemos ser nosotros y sentir felicidad. “Estoy tratando de recordar cuándo vino por primera vez” –dice Beverly. “Fue hace dos años, dice Berger, y pregunta, ¿no era otoño también?” Las escenas y los diálogos con Berger me recuerdan aquel retrato de Chéjov que hizo Gorki, que durante algunos años fue su asistente. “Creo, apuntó Gorki en su libreta, que cada hombre experimentaba involuntariamente en presencia de Antón Pávlovich Chéjov el deseo de ser más sencillo, más verdadero, más igual a sí mismo; he observado, más de una vez, cómo la gente hacía desaparecer, ante él, el hábito multicolor de las frases librescas, de las expresiones de moda y de todas esas nimiedades de escaso valor”.

A esta altura pienso que deberíamos empezar ya con las preguntas. El escritor sabe que será para un artículo de tapa, y sabe también que su palabra es importante. Berger, puesto a contestar preguntas, aunque hace un esfuerzo, no encuentra las respuestas adecuadas. Las que encuentra no le parecen suficientemente buenas para publicar.

Cuando dejamos las preguntas y volvemos a nuestra conversación, Berger vuelve a ser él. Nos cuenta que por estos días está leyendo a Federico García Lorca. Después trae de la casa publicaciones, revistas de fotografía que hojeamos juntos, libros suyos que nos regala y que van apilándose sobre la mesa.

Nos detenemos en autores y fotógrafos. Berger cuenta que conoció personalmente a Paul Strand, el fotógrafo neoyorquino que en sus fotos rechazaba las poses y buscaba siempre lo espontáneo. Uno de los libros que Berger deja sobre la mesa, que nunca leí hasta ahora, me atrae especialmente. Otra manera de contar. Mientras Martina y Berger hablan de fotógrafos, y especialmente de Paul Strand, abro el libro al azar y leo lo que Berger escribió allí sobre el fotógrafo húngaro André Kertész y sus fotografías. : “En ‘Partida de un húsar rojo’”, la idea concierne a la quietud. Todo se lee como movimiento: los árboles contra el cielo, los pliegues de su ropa, la escena de la partida, la brisa que desordena el cabello del pequeño, la sombra de los árboles, el pelo de la mujer en la mejilla, el ángulo en el que son transportados los rifles. Y dentro de ese flujo, la idea de quietud provocada por la mirada entre el hombre y la mujer. Y la lucidez de esta idea nos hace reflexionar sobre la quietud que nace de cada partida”.

“Las tres vidas de Lucie Cabrol” es un relato incluido en Puerca tierra en el que uno de sus personajes se traslada a la Argentina. La vez anterior le dije algo a Berger que le repito ahora: que tiene que venir a conocer la Argentina. Berger se sonríe.

–Es una invitación.

–Está demasiado lejos –dice. Sería un viaje muy largo para mí.

–Tiene muchos lectores allá –le digo.

–¿Sí? –pregunta Berger, que siempre se sorprende cuando escucha estos comentarios sobre la repercusión de sus libros.

Después reclina la espalda, se sujeta el mentón y se queda en silencio. En el norte de Italia los habitantes valoran el silencio tanto como la palabra. Es frecuente que al conversar con ellos se hagan esos silencios cuya densidad sostiene tanto como el buen diálogo. Las conversaciones con Berger atraviesan también esos silencios espesos y cómodos que nos hacen comprender la verdadera dimensión del encuentro. Berger tira la cabeza hacia atrás y finalmente pregunta.

–¿Cuántas horas dura el viaje a la Argentina?

Se sabe la admiración de Berger por la obra de Giacometti. Recientemente, en Zurich, en el museo Kunsthaus, a unas pocas cuadras de la casa en donde vivo por estos meses, se acaba de inaugurar una muestra de Alberto Giacometti con las obras que donó su hermano Bruno, y que en total suman más de cien piezas. Allí pueden verse además de “El hombre que camina”, varias de sus piezas más famosas, cuadros, una cantidad importante de sus dibujos.

Berger escribió mucho sobre la obra de Giacometti, y algunos de nosotros conocimos al artista suizo primero en la escritura de Berger. Vuelvo a abrir Otra forma de contar . Mientras lo hojeo escucho fragmentos de la conversación entre Berger y Martina. Ella está trabajando en un proyecto de fotos de tumbas de escritores, músicos, filósofos, así que hablan de la tumba de Giacometti. Que el artista está enterrado en Borgonovo, confirma Berger, junto con sus padres; hablan también sobre cómo llegar hasta allí y si habrá obra de Giacometti en Borgonovo o en Stampa. Mientras oigo estos retazos del diálogo, leo al azar: “Un joven duerme apoyado en la mesa de un lugar público, un café quizás. La expresión de su cara, su carácter, la forma en que la luz y la sombra disuelven su figura, su ropa, su camisa abierta y el periódico sobre la mesa, su salud y su cansancio, la noche: todas estas cosas están visualmente presentes en este suceso y son particulares”.

Salteo algunos párrafos: “El papel se corresponde con la tela, los pliegues con los rasgos faciales, con la impresión, con la oscuridad, con la luz, con la legibilidad. En la calidad de la receptividad de Kertèsz en esta ocasión vemos cómo la ausencia de intencionalidad de una fotografía se convierte en su fuerza, su lucidez”.

Pero ahora tengo que volver a las preguntas. El tiempo va pasando demasiado rápido, tengo que hacerle esas preguntas para la nota. Otra vez Berger pone lo mejor de sí y todo parece indicar que ahora va a contestar. Le hace una seña a Martina, que va a filmar la respuesta. Berger se acomoda en el banco. Lo intenta, empieza una oración y la interrumpe, se disculpa, dice que no es un experto en esos temas y que duda de que las respuestas sean un aporte. Pero Berger hace el esfuerzo. La cámara registra eso. Berger se agarra la cabeza, se acomoda otra vez en el banco, se refriega las manos. Esa filmación en la que por unos minutos se lo ve a John Berger que quiere contestar una par de preguntas y no puede, no es sin embargo, quiero resaltarlo, la imagen de la imposibilidad. Por el contrario, en esos minutos en los que Berger intenta responder, se detiene y se acomoda en el banco hay otra cosa. Es algo que pone en tensión, y los desarma también, los resortes que tienen que ver con los reportajes y las entrevistas. Habrá que pensarlo, lo digo con cierto énfasis, habría que meditar sobre esos minutos porque sin duda son otra lección del maestro.

Entonces, volvemos a dejar la entrevista, nos entregamos a la conversación y ahora será para siempre. Berger nos cuenta que en este momento está entre el final de un libro y el inicio de otro. En el nuevo, hablará de las diferentes canciones y las tomará como ejes. La cámara todavía está sobre la mesa. A Berger le gusta, incluso creo que mucho, que le tomen fotos. Entre una foto y otra se peina con las manos, se limpia los ojos. Ofrece cambiarse de lugar. Pregunta si salen bien, si es necesario cambiar el ángulo. Pregunta también por la luz. Después mira las fotos con detenimiento y mientras él y Martina hablan sobre las imágenes, yo voy plegando el papel con las preguntas.

Berger trae un vino blanco y propone un brindis. Ahora el sol da de lleno sobre nuestros rostros. El vino es dulce y está helado. También en el brindis el escritor es generoso, brinda por los libros y las fotos de los otros. La entrevista parece haber quedado ya muy atrás, pero de golpe Berger parece preocupado.

–¿Y ahora cómo va a hacer con la nota? –quiere saber.

–No sé –le digo–, no importa.

–Es que no pude contestar esas preguntas.

–De verdad, no importa eso.

–No puedo dejar que usted se vaya así, con las manos vacías –dice–, ¿Sabe qué vamos a hacer?

Entonces le pide a Beverly que imprima Conversation , uno de sus relatos inéditos.

No sé qué decir ante ese gesto que es pura generosidad.

Ya tengo el cuento en mis manos cuando Berger confirma por si no hubiese quedado claro: –Puede publicarlo a cambio de las respuestas –dice, y nos reímos–. Puede publicarlo donde quiera.

–Lo vamos a publicar en la revista –le digo.

–Pero tengo que pedirle un favor.

–Lo que sea.

–Tengan cuidado con la traducción. Tuve malas experiencias con ese tema.

Le digo que no se preocupe, que va a estar en buenas manos.

Vamos juntos bajando la calle. Los abrazos, las palabras y los silencios son igual de espesos en la despedida. Berger es como llegar a casa, ese lugar al que siempre quisiéramos regresar.

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revista  Ñ

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Entrevista-John-Berger_0_791320871.html

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-