"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




JAVIER MARÍAS

Publicado en Aguafuerte el 4 de Octubre, 2012, 20:53 por MScalona

“Hay que”

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Hace veinte años, en mi novela Corazón tan blanco, inventé una figura a la que llamé “intérprete-red”: sería un segundo intérprete que, en las cumbres entre líderes, controlaría que el primero estuviera traduciendo como es debido, con competencia, exactitud y buena fe, sin tergiversaciones involuntarias o malintencionadas. Eduardo Mendoza, que fue intérprete profesional en la ONU, me dijo al leer el libro: “Esa figura sería necesaria, en efecto, pero lo cierto es que no existe”. No sé si las cosas han cambiado y ahora sí existe. Mi razonamiento para inventarla en la novela no era insensato: una infidelidad flagrante, un falseamiento de lo dicho por un alto cargo a otro, podrían desembocar, en el más exagerado de los casos, en una declaración de guerra entre dos países decidida por un traductor irresponsable o maligno.

Lo curioso e que hoy estas malas “traducciones”, estas deformaciones son el pan nuestro de cada día y lo que en gran medida condiciona y mueve el mundo. No tienen lugar entre dirigentes políticos, sino- lo que sin dudas es más grave, por imparable e incontrolable- entre la gente. Es una de las aportaciones nefastas de la globalización, de las nuevas tecnologías, de Internet, de los SMS enviados masivamente. Se produce un hecho- o ni si quiera, a veces no hay nada-, y en pocos minutos su noticia alcanza, exagerada, distorsionada, adulterada, a millones de individuos que por lo general no se molestan en comprobar nada, no la autenticidad de lo rumoreado o denunciado. Reciben una consigna: “Hay que protestar contra la blasfemia estadounidense”, o “Hay que estar a favor de la independencia, no cabe otra cosa”, o “hay que insultara una concejal desconocida” (o, por el contrario, “Hay que defenderla”), o “hay que boicotear tal marca”, o “Hay que arremeter contra los taurinos”, da lo mismo. Algunas de estas consignas no tienen consecuencias trágicas, auque todas acareen molestias o agravios para quienes se decide que “hay que castigar o perseguir”. Pero otras traen muertes como la del pobre embajador estadounidense en Libia y otros funcionarios, acaso víctimas-acaso- de esa falta de “red” en las comunicaciones actuales. Se difunde que hay por ahí una película que denigra a Mahoma. Nadie la ha visto, sólo existe un tráiler (tal vez apócrifo, o con doblaje apócrifo) los millares de manifestantes que se lanzaron a asaltar embajadas o occidentales en treinta países más o menos musulmanes. Bastó con que les llegara estó: “Dicen, cuentan, al parecer, por lo visto hay tal película y la han hecho en América”. Suficiente para montar en cólera, dar la “traducción” por buena y formar turbas con intenciones asesinas. Nunca lo que se conoce como “presión social” fue tan fuerte. Es fácil que quien no suscriba la consigna de turno, o simplemente no le dé crédito inmediato, o ponga en tela de juicio su veracidad o su justicia, sea insultado salvajemente en las redes sociales, por no estar “con lo que hay que estar” en cada momento. Si las masas anónimas resulten “linchar” a alguien, lo único que le queda a ese alguien es no asomarse a un ordenador ni a un iPhone y esperar a que escampe. Nunca manipular, influir, engañar, amedrentar, intimidar o convertir a la población en títeres fue tan fácil, y nunca se gozó de tanta eficacia para conseguirlo.

Y esa presión social aplastante afecta a todos los ámbitos, hasta al del gusto. Pese a considerarme bastante inmune, este pasado verano sucumbí a ella. Después de que en un absurdo torneo de series televisivas que montó este diario The Wire estuviera a punto de ganarlo como mejor producto de la historia, y de que incontables personas (algunas dignas de mi confianza) me insistieran en sus incomparables bondades, me impuse la obligación de seguir viéndola (lo había intentado dos veces y sólo había aguantado cinco episodios). Noche tras noche, disciplinadamente, me puse todos los capítulos de las dos primeras temporadas, es decir,  le dediqué veinticinco horas de mi vida, que no son pocas. “La segunda es mejor”, me habían asegurado, aguanté con paciencia hasta su término. Lo más probable es que esté equivocado, frente a tantas opiniones no sólo extasiadas, sino desnudas, pero esas dos temporadas me parecieron tostoníferas, convencionales, planas, confusas y mal rodadas (cámara temblorosa en mano hasta la náusea), previsibles, con personajes insípidos y algunos actores pésimos (en particular Dominic West, uno de los principales, que ni siquiera sabe hacerse el borracho y sale borracho en la mitad de sus escenas).Hubo un momento en que empecé a sentir agresividad contra cuantos la califican de obra maestra. “No puede ser”, me decía. “Mienten. Hay una consigna de que esto es genial, y muchos no se atreven a desobedecerla, sino que la propagan, lo mismo que una traducción errónea o tergiversada”. Ahora bien, compruebo en mí mismo cuán fuerte es esa presión social, porque aún no he descartado del todo seguir tragándome pausadamente las restantes tres temporadas, no vaya a ser que la buena de verdad sea la última, y además ilumine retrospectivamente mis tantas horas desperdiciadas. Vengan los insultos, que no me enteraré de ello.    

  

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JAVIER MARÍAS

Revista EL PAÍS, domingo 30-09-2012

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-