"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Octubre del 2012


LUCAS ALMADA impresionante carta a Melville

Publicado en homenaje el 28 de Octubre, 2012, 16:15 por MScalona

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SOBRE BARTLEBY

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La siguiente es una carta a Herman Melville de su amigo de juventud, el profesor George Streeford, con motivo de la edición del libro “Cuentos de la piazza” en el año 1856, cuando aparece por primera vez publicado “Bartleby, el escribiente” con Melville como autor. Habían pasado tres años de su primera edición en Putnam's Magazine, una revista cultural de la época, en la que fue publicado en dos partes, y en esa ocasión sin identificar autor.

A principio del siglo XX, cuando se comenzó a reconsiderar la importancia de la obra de Melville, se rastrearon, a través de sus herederos materiales inéditos, y se encontró esta única carta guardada entre sus más preciados afectos personales. La crítica especializada ha elaborado algunas hipótesis sobre esta relación, que algunos consideran más mítica que real. Lo cierto es que George Streeford, profesor de literatura antigua en la Berkeley University, la única huella que ha dejado es su matricula universitaria, y hasta hoy no se ha encontrado la respuesta de Herman a su amigo, quizá, para él, haya sido sólo una “carta muerta” más.

                                                 

California, 2 de diciembre de 1856

Querido amigo Herman:

Desde hacía mucho tiempo que no tengo noticias tuyas,  y tras postergar una y otra vez la idea de escribirte, finalmente se me hace impostergable saludarte y felicitarte por la edición de tu nuevo libro, del que debo decir que he disfrutado mucho de su lectura, y he sentido acrecentado el placer cuando pensaba en las manos de dónde provenía ese relato, una pluma que quiere plasmar  búsquedas desesperadas por mar y por tierra.

Hace algún tiempo, leí de manera casual, en la revista Putnam el relato de Bartleby que no identificaba al autor, y ciertamente me transportó a momentos tan intensos como irrepetibles de mi vida y que habían dejado huellas indelebles en mi destino. Pero, ¡oh! Sorpresa, ahora, enterarme que el relato era de tu autoría. Íntimamente me reprocho no haber siquiera intuido que quién otro que tú podría haber escrito ese relato, que encuentra su significado más profundo evocando  nuestro trabajo juntos en el correo.

Más avanzaba en la descripción de ese mundo seco y anodino de las oficinas de Wall Street, con la gente repitiendo mecánicamente una y otra vez la realidad aplastada sobre el papel; más me identificaba con la imposibilidad de volver a formar parte del mundo, este mundo que de tan irracional parece incuestionable y natural.

Recuerdo con nostalgia y gracia nuestra época trabajada en la estafeta postal con las cartas sin destino, aunque muchas con destinatario. Cartas “no reclamadas” le llamaban algunos, aunque el nombre más popular era el de “cartas muertas” ¿recuerdas?, no sólo porque en muchos casos estaban muertos los destinatarios, sino porque en el camino que recorrían habían ocultado o perdido su razón de ser, llegaban a un final inesperado, diluyendo su intención original. Cuántos amores perfumados y encendidos vimos apagarse lentamente amontonados en cajas húmedas, cuánta desesperación retorciéndose en medio de muebles viejos, cuántas historias imaginamos, querido amigo, en nuestro bar nocturno entre aguardiente y buen tabaco.  

Recuerdo el  esfuerzo por torcer el destino de algunas cartas que eran rechazadas y que descubríamos que el remitente o el destinatario no se correspondían con las firmas de su interior velando así entramados de historias secretas. En fin, hay momentos en la vida, que marcan de tal manera, que pareciera que se transforman en utopía. En cierta medida, eso sentí cuando leí por primera vez la vida del escribiente, asumiendo que lo que me sucedió luego de esa época, ha sido buscar decididamente sólo vivir, y vivir me ocupa casi todo el día.

Imagino con agrado la tarea minuciosa y disciplinada a la que se dedicó Bartleby (¿o debo decir Herman?) en su pequeño cubículo de cemento. Estuvo allí, defendiéndose, hasta que pudo, de quienes querían arrojarlo a la deriva en el mar embravecido para que se lo tragara el monstruoso pez que hace andar a los coletazos este mundo. Sí, estuvo luchando día a día con la gran ballena que lo quería borrar del mapa, luchando hasta el final sabiéndose herido de muerte. No importa, mientras algunos seguían repitiendo palabra por palabra el mandato del mundo, mientras los domingos la gente iba en masa a la iglesia, y otros paseaban en las plazas simulando una aureola de vida familiar, Bartleby estaba elaborando estrategias para salvarse de la amenaza tangible del monstruo que asecha invisible.

Querido amigo, conservo como un tesoro, aquella carta de la que tanto hablamos. La del escritor  que en un sobre lacrado envió su “carta muerta”, sin destinatario, en la cual relataba el dolor lacerante que le provocó “preferir hacerlo” y ya no quiso seguir viviendo. Como olvidar esa caminata expectante que hicimos juntos en silencio hasta su casa, en la que encontramos sólo los lamentos de las lloronas. Fue en ese momento que decidí guardar esa carta para mí, así podría recordar que algunas veces es “preferible no hacerlo”.

Celebro nuestra amistad con el afecto de siempre,

George.

Reseña de ES IMPOSIBLE...de La Vignoli...

Publicado en Ensayo el 27 de Octubre, 2012, 18:40 por MScalona

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El juego de la escritora gonzo

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En su nouvelle, Beatriz Vignoli le da forma a un trabajo que explora nuevas sendas literarias. Mediante el humor, la ironía y un lenguaje de brillo poético, la autora es protagonista de una historia con múltiples capas metaficcionales.

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 Por Edgardo Pérez Castillo

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Aunque en su rol de jurista llegó a desempeñarse como presidente de Sala en la Corte de Apelaciones de Dresde, Daniel Paul Schreber se eternizaría como el autor de Memorias de un enfermo de nervios, la obra con la que intentó demostrar, infructuosamente, que no estaba loco. Como una de las muchas capas que atraviesan a Es imposible pero podría mentirte, Schreber resulta en cierto modo homenajeado en esta nouvelle de Beatriz Vignoli que la editorial Homo Sapiens publicó dentro de su colección "Ciudad y orilla". Una obra en la que brillan el humor, la ironía y un lenguaje poético con los que la autora logra darle luz a lo que, de otro modo, podría haberse convertido en un oscuro retrato de la obsesión.

Con algunos capítulos anticipatorios publicados durante 2011 en las contratapas de Rosario/12, Es imposible pero podría mentirte comenzó a construirse como nouvelle a partir de la convocatoria de Marcelo Scalona, director de la citada colección de Homo Sapiens. Desde ese momento, Vignoli comenzó a descubrir los posibles vínculos de aquellos escritos autónomos, y se lanzó a un trabajo que podría abrir nuevas sendas de exploración: la literatura bonzo.

"Me puse como regla de juego trabajar periodísticamente el dato. Sólo que sin exhibir completamente la información, ocultando la referencia. Todo lo que está en el libro fue trabajado con una técnica de crónica muy particular, la crónica gonzo, en primera persona. Esas crónicas donde uno interviene y acciona y es parte de los actores de la escena", reconoce Vignoli, protagonista en una historia de desamor y extrema perseverancia.

Aunque distingue: "Tenía esa especie de regla de juego donde todo lo que hiciera tenía que ser verdadero, donde por una cuestión ética decidí proteger la identidad de los protagonistas. Pero por otro lado no es completamente autobiográfico, porque lo que está ahí es más o menos mi voz, lo que me pasó, pero está dramatizado. A esa voz mía es como si le hubiera puesto efectos. Dice cosas muy extremas y muchas cosas que dice no son verdades, hay amenazas tremendas, expresiones muy border, pero que son parte del dramatismo".

Inspirada también por la obra Los días felices de Beckett (allí donde Winnie busca sostenidamente dialogar ante el mutismo de su marido, Willie), el personaje central de Es imposible... "pelotea contra un frontón de silencio del otro protagonista". Una situación que se refleja además en el cuadro que ilustra la portada del libro, en otro de los tantos guiños propuestos por la autora, que explica: "Hay varias instancias metaficcionales, y el mismo libro se convierte en un objeto autorreferente".

A partir de la decisión de abrir el juego a diversos cómplices, Vignoli fue dándole forma así a una obra que se presta al descubrimiento y que, fundamentalmente, encuentra en el humor la llave para romper con la tragedia. "Traté que mi obra tuviera ese humor que no descansa, ni siquiera en los peores momentos --admite Vignoli--. El verdadero humor es el que transforma al sujeto, independientemente de lo grave que sea aquello que el sujeto está atravesando. El humor es lo que te viene a salvar. Freud decía que el humor es un triunfo del yo por sobre cualquier circunstancia. El humor me sostuvo en la escritura de este libro, si bien la experiencia fue muy trágica. Por otro lado en el libro no aparece lo trágico, sí lo dramático, exagerado, pero es un libro muy esperanzador, alegre por momentos. Donde además hay una alegría que surge de la misma posibilidad de escribir y jugar con la palabra".

A diferencia de Schreber, Vignoli no buscó hacer de Es imposible... un trabajo reparador o justificatorio. Y si bien no sería prudente develar aquí los entretelones del caso, un concepto de la autora puede acompañar en el camino: "El arte se trata lograr instancias artificiales donde uno pone todo su deseo y su pasión".

"Tengo una novela inédita donde una de las personajes es una psicóloga, y le hago decir que el arte es como una de esas cajas de cemento donde se hacen estallar las bombas atómicas para que no dañen el medio ambiente. En la decisión de publicar este libro hay una fuerte voluntad ética: esto sólo puede salir bien. Para que algo en la realidad se modifique, o bien para que eso que no se modificó en la realidad sí pueda ser modificado adentro de esa caja de cemento, la obra de arte autónoma. Y si bien establezco vasos comunicantes entre realidad y ficción, siento que esto lo puedo hacer porque preservo la autonomía de la obra de arte", concluye Vignoli, la escritora gonzo que el próximo miércoles, a las 19.30, presentará su nuevo trabajo en Homo Sapiens (Sarmiento 825), acompañada por Scalona y por Nicolás Manzi, editor, crítico y, también, prologuista protagónico en esta historia.

RICHARD FORD

Publicado en De Otros. el 26 de Octubre, 2012, 15:18 por MScalona

 

UN  PADRE  Y UNA  BICICLETA

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Mi padre no era un hombre dotado de talentos especiales. Si un padre modelo puede reparar un cortacésped, instalar correctamente un saco de boxeo, ofrecerte sugerencias para tu proyecto científico o consejo para obtener el certificado de socorrista, ayudarte en tus deberes escolares de matemáticas, armar una bicicleta nueva o cambiar la mosquitera de la puerta del patio, el mío no era un padre modelo.

En mi primer recuerdo de Navidad estoy acostado en mi cama, ya avanzada la noche, y oigo a mi padre- ayudado por mi madre-intentando armar un pequeño tambor militar que yo había pedido a Santa Claus. El trabajo se prolongó durante horas en el salón. Todavía me parece oír el ruido de las cuerdas sueltas del fondo del tambor cuando mi padre trataba de estirarlas, el crujir de los tornillos de metal que tensaban la piel gruñía y mascullaba con escasa paciencia. Hoy – cincuenta años después. Todavía veo la línea de luz amarilla debajo de la puerta de mi dormitorio mientras la noche se consumía y yo esperaba, silencioso y ansioso.

 Por la mañana, nada se había solucionado. Los tres permanecimos de pie junto al alegre brillo del árbol de Navidad y contemplábamos el divertido aspecto del tambor de madera, con su piel sujeta por un solo lado y sin ningún tornillo. Contra el tambor inacabado había apoyados dos palillos de madera y dos cepillos retráctiles de metal, que mi madre había atado con lazos de satén rojo. Sencillamente, a Santa Claus le había faltado tiempo. Después de todo, había otros niños y niñas a los que tenía que visitar.

Otro recuerdo se refiere a un saco de boxeo, cuyo soporte negro de metal mi padre lavó en la irregular pared del cuarto de planchar pero no sujetó con pernos. El barato saco marrón, bien inflado, colgaba del gancho en forma de S que lo acompañaba. Al primer golpe recio que di al saco, el artilugio entero se vino abajo. Volvimos a colgarlo, volví a pegarle y volvió a caerse. Lo único que al parecer podía mantenerlo colgado era no pegarle nunca más. Así estaba muy bien. Cuando mi padre murió y nos mudamos, el saco seguía allí, en la pared, sin que nadie le pegara nunca, pero presentable.

Sin embargo, lo más triste fue lo del árbol de Navidad. (Muchos de esos pequeños fracasos tuvieron lugar en Navidad. La Navidad es capaz de convertir  cualquier cosa en una desgracia.) Mi padre y yo fuimos al bosque en busca de un árbol. El lugar escogido era Natchez Trace. Cuando llevábamos un rato caminando, yo con mi hacha de boy scout, descubrí el árbol que me gustaba: un cedro bien crecido y hermoso, que mi padre consideró demasiado grande, demasiado alto para entrar en nuestra casa. Pero yo sabía que no lo era. Tras discutir la cuestión, me impuse y rápidamente derribé el árbol.

Pero cuando lo llevamos a casa en el coche y lo metimos en el salón, resultó, que, efectivamente, éste era demasiado pequeño, demasiado bajo, pues nuestra casa era una típica construcción del a periferia de color pastel con seis habitaciones. Hubo que doblar la punta que yo me había imaginado como soporte de la estrella de los Reyes Magos para que cupiera. Ante eso, mi padre se enfadó repentinamente y de manera casi inusual dijo, más o menos, que un árbol es algo vivo y que nosotros lo habíamos matado. Eso lo frustró. Arrastrándolo por la casa, llevó el gran árbol hasta el garaje y allí, con una sierra, cortó la punta, no la base del árbol. Era su manera de acortarlo, la manera más simple de hacerlo, pero no la mejor. <<Ya no sirve>>, dije, conmovido ante el árbol mutilado y su preciosa punta en el suelo, separada del resto. <<Lo has destrozado. >> <<No, no lo he destrozado, está muy bien>>, respondió mi padre con seriedad, y bajó la mirada; hoy sé que sabía lo que había hecho. <<Llevémoslo otra vez adentro. >>

<<No, lo has destrozado>>, dije furioso. <<Le has cortado la punta. Es horrible. Ya no es un árbol de Navidad. >> Y, antes de que él pudiera recuperarlo se lo arrebaté cogiéndolo por su base, irregular, resinosa y pegajosa, lo levanté del suave suelo del garaje y se lo arrojé. Lo golpeé con el árbol. Golpeé a mi padre con nuestro árbol de Navidad en pleno rostro.

Mi padre y yo teníamos muchísimas cosas en común, sin duda. Pero, a veces-como me ocurrió aquel día-, no hacíamos un correcto uso de nuestro juicio. Nos precipitábamos. Nos faltaba el don de la previsión y la prudencia. Y eso siempre, como seguramente ocurrió ese día, nos pasaba factura.

No todas las familias felices se parecen, por supuesto. Todas son diferentes. La ausencia de capacidad para imponerse, o incluso de habilidad para las cosas cotidianas, era, en mi padre, no un defecto, no un verdadero fallo, sino un insignificante descuido en la complicada manufactura divina, que no impedía amarlo.

Mi padre fue viajante de comercio durante treinta años. La mayor parte del tiempo estaba ausente de nuestras vidas –la mía la Demi madre-, trabajando, algo que hacía bien, sin duda. A veces pienso que ya no hay hombres como él, hombres de tiempos de vacas flacas, la Depresión. Sólo sabía hacer bien una cosa, nunca fue demasiado ambicioso, se caso por amor y para siempre, creó una familia, se mantuvo a flote. Tuvo una vida feliz, también. No cabe ninguna duda. Una vez, cuando yo  tenía diez años y todavía vivíamos en nuestra primera casa, en Congreso Street, en Jakson, mi padre me compró una bicicleta. Y la había pedido. Cuando la trajo a casa estaba embalada en una gran caja rectangular de cartón con la marca Schwinn.  Estaba todo junto: era una cosa grande, pesada, roja y plateada, cromada, con las ruedas infladas, guardabarros y un timbre a pilas, todo con la intención de que se pareciera lo máximo posible a un sedán de cuatro puertas. Nunca volví a ver una expresión  más feliz en la cara de mi padre que el serio ceño de aprobatoria satisfacción que puso ante aquella bicicleta, inclinada sobre su soporte, completamente armada por alguien que debía de estar al tanto de nuestros problemas. Cuando terminé mi primera vuelta en bicicleta por la parte de atrás de la casa, mi padre la montó a su vez con su traje de trabajo, su sombrero y un par de gruesos zapatos marrones que usaba en la calle. Dio una vuelta, y otra  y otra- un hombre voluminoso, de cincuenta años, nacido en 1904, montando una bicicleta de niño-, hasta que mi madre, refiriéndose a él, dijo que pensaba que nunca me permitiría volver a montarla, tanto era el placer que parecía extraer de aquel momento (o que le parecía a ella, de todas maneras, también lo amaba).

 

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RICHARD FORD, Flores en la grieta, Ed . Anagrama p. 113-116 

AHÍ LOS QUIERO VER...!!!!!

Publicado en Sugerencias. el 23 de Octubre, 2012, 13:41 por MScalona
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VIGNOLI, Es imposible pero...

Publicado en De Otros. el 22 de Octubre, 2012, 20:01 por MScalona

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1. Ceniceros

 

 

 

 

Y un día ya no hubo más ceniceros. Antes había. Eran grandes, pesados, viriles, coloridos, hermosos. Los había de cerámica y de vidrio coloreado, o de una combinación de ambos: eran mis favoritos, por fuera con esa costra  ahumada que luego supe que se llamaba rakú y que adentro tenía ese esmalte vidriado, psicodélico y burbujeante como lava en el interior de un volcán. Había en ellos espacio para los cigarrillos de toda la noche de un grupo de estudio o de una célula terrorista completa.

Había otras calidades de la noche, más frívolas. “Robado en [nombre del boliche]”, decía un cenicero de cerámica que un primo mío contaba que alguien (¿él mismo?) se había robado de un boliche. Ceniceros robados, trofeos de la noche. Había ceniceros por todas partes: en los bares, en las discotecas, en los pasillos, en las salas de espera, en los consultorios de los psicoanalistas. Era posible matar a tu psiquiatra de un cenicerazo certero. Esos ceniceritos densos de los años ochenta, metálicos, redondos y macizos como balas de cañón. Era posible vivir de fabricar ceniceros. Una pareja amiga lo hizo durante años. Iba ella de día en bicicleta a los boliches a ofrecer el muestrario y a levantar pedidos. Después, él y ella se quedaban toda la noche trabajando. No fumaban.

No fumábamos. Fumar era de otros, de los grandes. Lo de nosotros era hacer el cenicero de arcilla sin horno, pintado de témpera, para el día del padre. Todos hacíamos ese cenicero con la escuela. Un chorizo de arcilla que luego iba enroscándose sobre la base redonda y chata del mismo material. Mi papá no fumaba. Pero había que regalarle el cenicero. Él después lo usaba para guardar chinches, monedas y puchos de lápices. Cenicero célibe, virgen del olor sensual de las cenizas. Los ceniceros inútiles de mi padre siempre me asombraron. La sonrisa torcida con que los recibía. La cortesía excesiva de su “Gracias, chicos, qué trabajo, no se hubieran molestado”. Cuatro ceniceros vacíos cada mañana del tercer domingo de junio. Que por suerte después irían llenándose de ganchitos caídos de la abrochadora, clippers y otros detritos laborales.

“¿Qué ganan sacando humo de un palito?”, se preguntaba en voz alta mi padre. Y ante un partido de futbol: “¿Qué ganan persiguiendo a una pelota?”. Lo viril de mi padre eran las camisas, las corbatas y el trabajo, el trabajo, el trabajo. Mi tío tampoco fuma, pero practica tiro al blanco. Mi primo sí fuma. Recuerdo su olor a tabaco. Usaba botas de cuero entonces. Una mezcla interesante. Mi abuelo paterno jugaba al ajedrez toda la noche, dicen. Nunca me dijeron si fumaba. Supongo que sí. ¿Qué se gana estando despierto toda la noche sin cigarrillos? Los no fumadores dormimos de noche. Vida sana. Pero nos perdemos las conversaciones, las confesiones entre nubes falsas, la música de un hombre como arrancada al humo, la escena social o sexual del tabaco.

Muchas cosas pierden sentido sin cigarrillos. Pintar. Leer. Hablar. El sexo mismo. Hasta matar se vuelve aún más estúpido si el pobre asesino carece del perfume oscuro que tape el olor a mierda y sangre, lo calme, cubra su fuga y sirva de rito funerario. Estar preso sin cigarrillos debe ser el infierno mismo. En las cárceles todavía se fuma. Se fuma en los hoteles. Un cenicero de vidrio en la mesa de luz es un detalle civilizado.  

En los manicomios, parece, se fuma mucho: andan en torno al Agudo Ávila esas mujeres hombrunas, de pelo teñido a rubio hace ya años, andrajosas pero dignas como reinas, pidiendo para puchos. Se las reconoce por las marcas: la del Lucky Strike, la del Derby suave. La marca del cigarrillo para la fumadora solitaria es casi como un apellido de casada. Por eso me gustaban los Philip Morris. Tendrían que haberse llamado Philip Marlowe. La adolescencia, la entrada en la adultez, los chistes con las marcas. “Luqui Venga”. “Parí cien”, mal chiste de fumados. La marihuana no es tabaco. No clava cada instante en el tiempo como música, como latidos, como sangre. No ve irse los segundos. El tiempo del que fuma es un tiempo barroco. Avanza hacia la muerte, valientemente.

Al fumador nocturno, verse mortal lo angustia. La angustia existencial lo desvela y lo hace fumar. No vienen más tiempos así. El tiempo de ahora está inmóvil y es medido por máquinas. El aire limpio tiene su precio. Respiramos mejor pero nos creemos eternos. Cuando desaparecieron los ceniceros grandes, como dinosaurios hermosos que se extinguen y dejan nada más que una memoria de dragones fabulosos, desaparecieron muchas cosas. El atado compartido, el pucho mangueado, el “dame fuego”. ¿Cómo encaran los pibes ahora si no pueden decir “dame fuego”? Fácil. No encaran. Ahora hay otras cosas: se sale a fumar afuera, se tiran las cenizas en la vereda. Las cenizas se han vuelto invisibles pero a cambio se da esa intimidad en la intemperie. Los raros fumadores a lo que se les permite fumar adentro terminan ensuciando el pocillo de café. Se encuentran así, por sorpresa, con algo de lo que ofrecía el cenicero: los puchos muertos, la fosa común de puchos muertos, cadáveres del tiempo ido de cada cual.

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                                                                             BEATRIZ VIGNOLI

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-fragm. de la novelle ES IMPOSIBLE PERO PODRÍA MENTIRTE, ------p. 15-17

Ed. Homo Sapiens, Colecc. Ciudad y Orilla.

La presentación del libro será el próximo miércoles 31 de octubre

19,30 hs. en HOMO SAPIENS, Sarmiento 825,

con la presencia de la autora y

los escritores MARCELO SCALONA (Director de la Colección)

y NICOLÁS MANZI que hizo el prólogo.-

NABOKOV: Lolita

Publicado en General el 22 de Octubre, 2012, 14:48 por MScalona

Lolita (Vladimir Nabokov)

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un trayecto en tres etapas a través del paladar e impacta, en la tercera, contra los dientes. Lo. Li. Ta.

Era Lo, Lo a secas, de mañana, con su metro cincuenta y una sola media. Era Lola en pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores sobre la línea punteada. Pero en mis brazos, era siempre Lolita.

¿Si tuvo una precursora? Sí, sí que la tuvo. De hecho, quizás no habría existido Lolita para mí si yo no hubiera amado, un verano, a cierta niña iniciática. En un principado junto al mar. ¿Que cuándo? Casi tantos años antes de que Lolita naciera como tenía yo ese verano. Siempre se puede esperar de un asesino una prosa elegante.

Damas y caballeros del jurado, la prueba número uno es lo que los serafines, los malinformados e ingenuos serafines con sus nobles alas, envidiaban. Miren esta corona de espinas.

LAS CHICAS DE ADRIANA, una muestra, cap. 9

Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Octubre, 2012, 11:58 por MScalona

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11.10.12

CAPÍTULO 9

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Norma no podía dormir. De nuevo. Primero tuvo sueños espantosos donde su padre la culpaba de lo que había pasado con Manuel, después, como flashes, aparecían las cosas que encontró en su cuarto. Intentaba identificar la antigüedad de los objetos robados para descifrar desde cuándo pasaba eso en su casa sin que ella se enterase. Qué estupidez hubiera sido contarle todo a Mirta.

-Norma dormite por favor.

-Estoy dormida.

-Pará un poco Norma, no es la muerte de nadie ésto- mientras le hablaba, Osvaldo le recorría el brazo derecho suavemente. Una caricia tierna, sin ningún deseo, le fue ganando al insomnio. Norma hizo un inmediato paralelo entre esa situación y otras de su infancia, cuando sólo las catástrofes familiares autorizaban el abrazo, olvidado durante la rutina, sobre todo para ella. Dejó que Osvaldo la tocara un largo rato. Finalmente se quedó dormida. Hacía muchos meses que la cuadra no estaba tan silenciosa. Ni siquiera se escuchaban los bocinazos de los autos que buscaban a los travestis de al lado.


Desde que supo que el Rulo los esperaba, Manuel se entregó a la idea sin ganas pero sin temor, se sentía en deuda con Giselle y había decidido cumplir. El sexo con ella lo había despertado por completo a pesar de las horas que llevaba sin dormir. Cuando Giselle fue a atender a un último cliente, él se quedó solo en el cuartito, arreglándose el maquillaje y la ropa.

Alguna vez Agustina le había enseñado a maquillarse. Primero corrector de ojeras, después una base en toda la cara menos debajo de los ojos. Sombra clara sobre el párpado móvil (gris claro estaría bien), dos manchas de sombra más oscura donde terminan los ojos que después se tenían que difuminar con las yemas de los dedos hacia adentro. Para terminar se delineó los ojos y puso mucho rimel. Tenía lindas pestañas, según le había dicho Agustina. Se pintó la boca con el rouge que había usado Giselle. Se miró de frente, de perfil y humedeció un poco los labios para que brillaran más. Se estaba preparando para el primer cliente de su vida, pero sobre todo para Giselle, para hacerla quedar bien o tal vez para gustarle más.

Giselle volvió con un tetrabrik y una peluca de pelo negro.

- Mirá lo que te traje, vas a parecer Moria Casán con esto. La tuya es muy berreta, loca.

Manuel se miró al espejo. La peluca oscura resaltaba su piel más clara que la de Giselle, que estaba detrás de él y lo miraba pensando que no tenía buen cuerpo pero sí una cara bastante femenina.

-¿Te parece que me queda bien?

-Si, boluda, ¿qué te pasa? ¿no te ves? Sale un huevo esta peluca, ¿no te gusta?

-Si, me gusta, perdoname, estoy un poco alterado… bah… alterada.

- Vos piola, que al cana hoy me lo garcho yo; vos seguime y hacelo calentar nomás, que es gratis y me quiero ir a la mierda rápido. ¿Tomás?

-¿Qué cosa?

-Coca cola… ¿o preferís Pepsi? Merca, merluza… cocaína, loca.

-Ah, no, no tomé nunca.

-Entonces tomá un poco de vino nomás, te va a aflojar.

Cuando Giselle y Manuel entraron a la habitación, de la mano, el Rulo estaba recostado en la cama con el pantalón azul y la camisa celeste todavía puestos. Sobre la mesita de luz medio enclenque dormían la cartuchera, el celular y el policía que siempre había soñado ser.

- Qué linda tu amiguita, Gi. Todavía no me dijiste cómo se llama la morocha.

-Se llama Tamara, papi –mientras se acercaba al Rulo, todavía con su amiga de la mano, bajó la voz y le susurró- Pero le podés decir mirame y no me toqués, también, porque tiene el bicho, la pendeja.

- No me jodás, boluda, ¿qué hago con todo ésto, ahora? –hablaba llevando la mano de Giselle a su entrepierna, donde ella la dejó un rato para tocarlo con cierta violencia- Tengo para darle a las dos, má.

- Hoy todo esto es para mi solita. ¿Trajiste la camarita?, porque te vas a ver una porno que ni en Venus se consigue.

Manuel no escuchó una sola palabra de Giselle, estaba abstraído con el eco del nombre que le había elegido. Tamara, Tamy. Esta desconocida que se había hecho cargo de él como de un perro, había resuelto en un minuto lo que hacía años le daba vueltas en la cabeza. Más que bautizarlo lo había creado. La había creado. A lo mejor su problema no era no animarse a ser, sino que alguien la quisiera parir.

Las dos se pararon de espaldas al cliente, contra la pared blanca. El Rulo ya estaba totalmente desnudo, tocándose. Giselle levantó el minúsculo vestido de Tamara con su mano derecha y con el dedo enredado en la tanga la fue llevando hacia ella. Bastó que su lengua tocara la de Tamara para que Manuel entendiera todo y, por fin, desapareciese. Ese nombre que hasta hacía minutos no significada nada ahora era ella. Tamara. Le encantaba.


Cerca de las seis de la mañana Norma se levantó y fue hasta el cuarto de Manuel. Sus cosas seguían ahí como desde que había salido corriendo, medio disfrazado. Hijo de mil puta, puto de mierda, una basura como la madre. ¿Qué mierda le voy a decir a Mirta cuándo me pregunte de qué le quería hablar anoche?


-Te aviso, papi, se la ponés a ella y no me tocás más. Guarda…

-Tengo forro, no pasa nada.

-¿No pasa nada? Tiene sida, no tiene gripe, me parece que vos tenés ganas de otra cosa papito -murmuró Giselle con los dientes apretados- Me encanta culiarte, Rulo…

Tamara los miraba de cerca, tanto que tuvo que contenerse para no tocarlos. Se excitó pensando que a lo mejor más tarde ella también tendría la suerte del Rulo. Y también la excitó sentirse protegida, porque verla a Giselle detrás de ese policía la hacía sentir muy segura. En un momento tomó la cámara y sacó varias fotos; algunas a su amiga y el policía, otras a ella misma. Logró acabar con sólo mirarse en el visor de la cámara.


El sol no entraba a la Oriental. Adriana tuvo que golpear para que las dos chicas desalojaran la pieza. El cliente se había ido hacía un rato. Giselle estaba tendida sobre la cama, desnuda. Tamara ya se había vestido y la miraba detenidamente, impresionada por lo femenino de ese cuerpo que había querido ser varón. Tenía tetas grandes y firmes y las piernas torneadas, con tobillos finos adornados con pulseritas plateadas. Sólo la cintura ancha denunciaba a ese otro que convivía con Giselle.

-Dame un ratito, Adriana, estoy muerta.

-Tengo que baldear y airear un poco, Gi, dale, de onda, vayansé. Que tu amiguita no se crea que ésto es un hostel.

En ese momento Tamara entendió que no tenía a dónde ir. Era dueña de un vestido, un par de zapatos de su hermana y la peluca que le había dado Giselle; nada más. Si por lo menos hubiera traído el teléfono podría llamar a Agustina o a Bachir. El Turco le hubiera dado una mano y hasta podría haberla entendido.

-¿Tenés crédito Giselle?

-¿Para?

-Dejé el celular en mi casa, bah, en la casa de mi hermana. Y ahora no tengo a dónde ir.

-Mirá de mí olvidate, perdoname pero hasta acá llegué, me debés dos. Conmigo no te podés ir.

-Si yo no te digo nada, ni pensé en irme con vos – en realidad había soñado irse con ella pero el cambio brusco de Giselle, su apuro por sacársela de encima la había puesto mal- Te pedía el teléfono para llamar a una amiga, no quiero salir así, y a lo de mi hermana no voy a volver.

Giselle se quedó un rato más tendida en la cama, en silencio. Cuando se levantó buscó su mochila, sacó unos jeans y una remera negra, de hombre. Se quitó el maquillaje y después empezó a vestirse. Tamara miraba extasiada ese marchitamiento del color al negro, de la estridencia a la invisibilidad.

-Aguantá que a lo mejor podés ir un rato a lo de la Azul, la de pelo castaño, la flaquita que labura acá también, ¿la ubicás?

Giselle le ofreció su demaquillante pero Tamara prefirió poner más sombra y más rimmel a sus ojos irritados por el sueño.


-Toto, viene una amiga. Hacete la cama y andá a comprar unos biscochos a los chinos.

-No me hinchés, estoy con la play, má.

-Dale Toto, no seas guacho, son para mí también los biscochos, anoche no comí.

Azul salió a buscar a Tamara cuando escuchó los silbidos y el griterío de los vecinos del pasillo.

-Por que no se van a lavar el orto, pendejos. Vení, flaca, ojo con el perro que muerde. A la gilada no le des bola, son todos putos, te deben querer coger –hablaba alto para que todos escucharan.


Decidió llamarlo. 158-990000. Inmediatamente escuchó el rightone que venía del dormitorio de Manuel. Buscó el celular que había quedado sobre la mesa de luz. NORMA, titilaba en la pantalla. Una llamada perdida. Buscó en las últimas llamadas hechas y recibidas: Agustina, Osvaldo, Agustina. Decidió apagarlo y no seguir hurgando, podía encontrarse con cualquier cosa; el que busca siempre encuentra.

<!--[if !supportLists]-->- <!--[endif]-->¿Cuánto hace que se fue? –le preguntó a Osvaldo.

<!--[if !supportLists]-->- <!--[endif]-->¿Manuel? Todavía no hace veinticuatro horas, si querés hacer la denuncia tenés que esperar que pasen veinticuatro horas por lo menos.

<!--[if !supportLists]-->- <!--[endif]-->No sé si voy a hacer la denuncia. ¿Para qué?

<!--[if !supportLists]-->- <!--[endif]-->Cómo ¿para qué?, Norma. Para saber qué le pasó, dónde está. ¿No estás preocupada? No tenés sangre. ¿Y si le pasó algo?

<!--[if !supportLists]-->- <!--[endif]-->Esta noche es la reunión de consorcio, por estos travestis de mierda que están acá al lado. Vas vos o voy yo.

<!--[if !supportLists]-->- <!--[endif]-->Andá vos, a mi no me molestan, me chupan un huevo.


El taxi desde el bulo de Adriana hasta la casa de Azul le salió cuarenta pesos, así que a pesar de no ubicarse bien en dónde estaba suponía que era bastante lejos de su barrio. Era la primera vez que salía en taxi vestida de mujer, de Tamara. El taxista la miraba por el espejito y ella se dio cuenta que lo subía y bajaba, quizá para verla un poco mejor. También por primera vez tuvo que impostar la voz, afinarla un poco, hablar bajito. Antes lo había hecho pero sin emitir sonidos, frente al espejo de su cuarto, con media llave en la puerta y la luz fucsia que desparramaba su pañuelo de gasa.

Giselle no había querido llevarla con ella pero se había ocupado de conseguirle un lugar y de prestarle cien pesos. A la noche me voy con Azul de nuevo de Adriana, así la veo.

PASO A BUSCAR LA LUCA SI NO TENE DECIME Q VOY A LA COMISARIA Y AGO DENUNCIA ELEGI TROLA

-¡Es tan hija de puta… tan hija de puta!.

-¿Quién?

-Raquel, mi mamá –contestó Toto.

-No es tu mamá, Toto.

-Ah –dijo Tamara-

-Yo soy la madre, bah, yo lo crié, soy como la madre, pero ahora ésta loca me pide guita porque si no me lo saca al nene- Azul decía lo poco que quería contar con el cigarrillo colgando de la comisura de los labios y contestando el mensaje de texto recién recibido.

VENI A LAS 2 Q T DOY 300 NO TENGO MIL ES LA ULTIMA VES

-¿Por qué le das Azul? Damelá a mí, no tengo ni zapatillas nuevas y vos le das 300? ¿Por qué le das?

-¿Por que te parece que le doy?, boludo. Pensá un poquito la concha de tu madre.

Tamara estaba incómoda en medio de esa discusión. Azul había quedado muy nerviosa después de recibir el mensaje. Empezó a ponerse las lentes de contacto de color verde. Mientras, el agua hervía en la pava, así que Tamara apagó el fuego, cortó el hervor con un chorro de agua fría y mejoró el mate ya empezado. Tomó el primero y el segundo se lo dio a Azul, sin hablar. Toto abrió la bolsa de biscochos, sacó uno para él y le ofreció otro a Tamara. Era lo primero que comía después de casi un día y le pareció delicioso; todavía estaba tibio. La música del equipo de Toto apaciguaba el ladrido de los perros.

SI TU NO CREES EN EL AMOR AL IGUAL QUE YO
ENTONCES LO HAREMOS A TU MANERA
SI TU NO CREES EN EL AMOR AL IGUAL QUE YO
TOA LA NOCHE SERÁ PASAJERA.


Y VER EL SOL SALIENDO JUNTO AL AMANECER…
<!--[if !supportLineBreakNewLine]-->
<!--[endif]-->

-Qué bueno el mate, loca, gracias.

-Ahí está la Raquel, má, ¿vas vos?

-No. ¿Me hacés el favor, flaca?… ¿cómo te llamabas?

-Tamara. Si, yo voy ¿qué le digo?

-Que es lo último que le doy, que no me rompa más los huevos. Me voy a conseguir un abogado y la voy a hacer cagar.


Mirta y Norma esperaban al resto de los consorcistas en el palliere de la planta baja del Aurora. Eran las ocho y media y nadie había bajado todavía.

-Yo les empiezo a tocar el timbre para que bajen, Mirta.

-¿Le parece? Ya van a venir.

-Son todos unos quedados, unos abandonados, a nadie le importa nada.

Detrás de ellas apareció Adriana que, sin hablar, golpeó el vidrio y cuando las mujeres giraron les mostró un papelito blanco.

“Chicas: el lunes reunión de consorcio en el Aurora a las 20. Son el tema del día”

-No, ésta mujer está loca –dijo entre dientes Mirta.

Mientras abría la puerta, Norma negaba con la cabeza.

-Cómo le va señora, discúlpeme pero no va a poder ingresar, es cierto que hay reunión pero es sólo para consorcistas.

-Mire, me parece de mala educación que me dejen esto y después no me dejen entrar. Mirta, ¿usted me mandó la notita?

-Por favor, señora Adriana, jamás haría eso… fue un chiste, una tomada de pelo de alguien. Además eso de que son el tema del día… no, nada que ver. Acá tengo el orden del día, mire: limpieza del edificio, humedad en terraza y… ruidos molestos.

-A mi me están llegando los huevos al piso como quien dice, ¿vió? –rugió Adriana- ¿Por qué mierda están siempre atrás mío, persiguiéndome, llamando a la cana, tirándome cosas? ¿Por qué me tienen tanta bronca?

-Disculpemé Señora Adriana, no es así, pero además todavía no han llegado el resto de los vecinos, legalmente esto no es una reunión de consorcio. Bah, por el reglamento le digo… eh eh - abrió las hojas de una carpeta y empezó a buscar con el dedo lo que quería leer- Acá, acá: para el caso de que no haya quórum en la primera, se podrá realizar la reunión de propietarios en segunda convocatoria siendo perfectamente válida. Ven, hay que citar a los vecinos otra vez, esta era una reunión extraordinaria y…

-Mirta, yo no quiero pasar por encima suyo, pero empiezo a tocar y que bajen y que ésto se solucione de una vez.

-No Norma, no me parece. Señora Adriana, no hay nada en contra de usted, acá nos ocupamos de temas del edificio y nunca hicimos nada en contra suyo.

Como un eco se escuchaban las voces de los vecinos y los timbrazos que daba Norma. ¡Hola! Holaaa. Hola, hola, hola. ¿Quién es? Hooola. Sergio no atendió, Matías dijo que no tenía autorización del propietario y que por lo tanto no podía asistir y Clara contestó que bajaba pero nunca llegó.

- ¿Saben lo que hace la yuta cuando viene? No sé, ¿lo quieren saber? Yo pierdo guita no más, pero de éste barrio no me voy a ir nunca, nadie me va a sacar. Los canas no hacen ningún procedimiento, vienen y… Tengo todo en regla, todo pipi cucú –dijo con sorna Adriana. Se había sentado sobre el macetero de cemento del palliere con la pierna derecha exageradamente cruzada sobre la rodilla izquierda, apoyando la parte externa del pié.

-¿Me permite una palabrita Mirta?, disculpe señora, ya vuelvo- Norma se retiró hacia donde estaban los ascensores atrayendo a Mirta con la mano- No le tenga miedo, Mirta, ésta marimacho no es nadie, una pobre perdida que quién sabe a dónde va a terminar. Déle para adelante, no se achique, yo la voy a apoyar y los vecinos también, mi marido, todos.

-¡Por favor!, no le tengo miedo. Sencillamente creo que no tenemos nada para hacer, nosotros podemos regular lo que pase acá adentro, pero afuera no. No es ningún negocio ganarnos la bronca de esta mujer ni de los travestis, ni de nadie. Y es más que evidente que en el edificio esto no es un tema que importe, sino hubiera venido alguien más. Fijesé, son las nueve menos diez y ni Clara bajó –extenuada por el esfuerzo de que se disolviera esa situación insostenible, Mirta empezó a toser y a quedar disfónica. Sus palabras casi no se entendían.

-Son unas cagonas, las dos. ¡Caretas. Van por atrás, de canuto. Acá se callan la boca y después llaman al Comando para que vengan a sacarme guita, a mí y a las chicas. Por lo menos tengan huevos de decirme lo que piensan en la cara. Usted Mirta, sabe perfectamente que no es mejor ni es más que yo…

-Señora Adriana, le pido disculpas si se sintió ofendida por algo, acá no tenemos nada que decirle ni nos podemos meter con su vida –la jaqueca era insoportable, tanto que debía contenerse para no vomitar- La acompaño, disculpe de nuevo, mil disculpas, no sé qué pasó, acá hubo un malentendido.

Norma quedó impactada. No entendía bien qué pasaba pero era algo raro. Esperó a que el cuerpo redondeado de Adriana desapareciera en la vereda para increpar a su vecina.

-De más está decirle que la próxima reunión será para sacarla como administradora y nombrarme a mí.

-¿Sí? No sabe el favor que me hace…. Con todo respeto, se lo digo. Esos dos mangos que me pagaban me estaban costando sudor y lágrimas.

-Un minuto, no se vaya.

-Se me parte la cabeza, Norma.

-Le hablaba a esa marimacho como si le tuviera miedo. No puedo creer que ésta lacra no le moleste. Tenemos un puterío lleno de travestis las veinticuatro horas pared con pared ¿y usted le pide disculpas?, ¿disculpas por qué? ¿Por ser decentes, trabajadores, honestos?

-Alguien le hizo una broma y la hicieron venir hasta acá, por eso le pedí disculpas.

-Mañana armo una nueva reunión de consorcio y voy a tomar el mando yo, Mirta. No me aguanto más esto; no tengo por qué aguantarlo. Si no lo hice antes, si no salí a tocarle timbre a esta trola fue porque me conozco y cuando hablo se pudre todo, reviento. Pero ahora no me importa, yo no soy de palo, yo tengo sangre en las venas.

Norma escuchó un hasta mañana afónico y arrastrado que salía del ascensor. Sonrió al darse cuenta que su vecina había olvidado por completo la charla iniciada la noche anterior y que providencialmente se había interrumpido. Mirta subía presionándose el entrecejo con los dedos, que estaban empapados de lágrimas.


Un mensaje de texto de Giselle quedó perdido entre los que Yenny intercambiaba con Nicolás.

HOLA COMO SE YAMA LA CANCION DEL PAJARO ?¿ SOY YENNY

hola. se llama blackbird, es mirlo. venite y la escuchamos

NO PUEDO ESTA LA YUTA ACA CONMIGO MANIANA A LA TARDE

trae el mp3 y te cargo mas canciones, las tengo todas ojo con la cana.

:) OK BSS

-¿Yenny?, ¿no contestás los mensajes, boluda?, me sale un huevo llamarte, tengo tarjeta.

-Estaba ocupada, ¿qué te pasa, bo ?

-Una pregunta, ¿te jode que venga a la parada el trolo del Aurora ? ¿Te acordás? ¿El hermano de la del segundo, el putito? ¿Te acordás el quilombo del otro día ?

-Ah, see, por mí... qué haga lo que quiera, si levanta con esas patas de ganso que tiene me corto las venas con una pestaña postiza.

Las dos se ríen con ganas pero en el fondo están confundidas. Yenny no sabe por qué Giselle está tan preocupada por Tamara, pero intuye que no puede hacer chistes sobre el tema. Giselle tampoco entiende qué le pasa pero no le molesta buscarle un lugar a la nueva siempre y cuando no tenga que llevársela con ella.

Yenny cortó el teléfono y empezó a buscar la canción tipeando cada una de las letras que había llevado del celular a la palma de su mano: B-L-A-C-K-B-I-R-D. La escuchó con auriculares pero al máximo, mientras borraba, uno por uno, todos los mensajes de Nicolás.
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Gabi Gervasoni


GERMÁN CAPORALINI

Publicado en Cuentos el 18 de Octubre, 2012, 1:27 por MScalona

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EL LEGADO FAMILIAR

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Luego del velatorio y posterior cremación, todos los familiares del difunto -un tío rico y solterón- fuimos a su casa, convocados por el escribano quien hacía las veces de representante legal. Hacía varios años que nuestro tío vivía solo (desde el fallecimiento de su madre) y aunque conservaba una buena relación con todos, pasó un largo período sin que ninguno fuera a visitarlo a su casa, por lo que casi nadie sabía qué cosas conservaba celosamente guardadas en esa extraña mansión.
Quizá por ser un hombre excéntrico, culto y refinado o por la desidia familiar del resto de los parientes, lo cierto es que se había producido un distanciamiento paulatino que nos dejó a casi todos sin un contacto cariñoso y fluido con esa parte del árbol genealógico. La mayoría lo creía un ser avaro y despreciable, y nunca faltaba alguien que pusiera en duda su honor y sus costumbres, pero la verdad es que esas descripciones siempre aparecían luego de que el tío les negara un préstamo, sabiendo que no habría devolución posible. Viejo conocedor de las artimañas de los negocios financieros -pues había hecho una pequeña fortuna a fuerza de trabajo y buenas inversiones- argumentaba firmemente las razones por la cual renegaba de dicha petición a cada uno de los que fueran a solicitarle dinero. Los consideraba a todos aprovechadores, farsantes, y además sabía que más de uno era un ser inmoral. A ciertos personajes que detestaba los había acusado de ser un fraude y una vergüenza para la familia. Algunos se habían tomado el trabajo de enamorar a sus novias -sobrinas fácilmente sobornables con la artimaña de las flores y los bombones- mediante el engaño de la pasión por casarse y tener la excusa de acercarse aun más a la fortuna del tío. Confiaban en que él tenía el deber familiar de prestarles dinero para algún negocio oscuro, y que luego del éxito comercial la prosperidad los ayudaría a seguir adelante. O sea, que la mediocridad en la cual mantenían a sus esposas e hijos en sus actuales vidas mezquinas, suspendidas como en vilo, pendiendo de la miseria y la falta de escrúpulos era culpa del tío rico y solterón. Así y todo, decidimos cumplir su último deseo.
Desde que entramos -algunos aun sosteniendo la farsa del duelo-, una extraña sensación me hizo sentir como un invasor. Aunque sabía que no necesitaba llevarme nada del lugar, entré con el resto de la familia, que estaba decidida a arrasar con todo. Crucé el dintel muy despacio y en silencio, pidiendo permiso al escribano con humildad y respeto, como si añorara los buenos momentos de mi infancia que disfruté en esa casa, acostumbrado a visitar los fines de semana, para hacerle compañía y aprovechar la paz interior del lugar en mis tareas escolares.
Suponía que en instantes iba a desarrollarse una escena turbia y desenfrenada, por lo que sólo atiné a pedir disculpas al cielo. A medida que íbamos entrando cada uno iba tomando posición y se acomodaba en el living de la casa alrederor de la mesa, como soldados de un pelotón a quienes fueran a pasar revista. Cuidadoso de todos los detalles que rodearon siempre al tío, el ambiente se dejó mecer por esa imagen en nuestro recuerdo. Todo permanecía impecable y producía en mí una sensación de humildad y de pequeñez ante la imponencia del lugar. Sabíamos que iba a dejar un testamento escrito -nada quedaría librado al azar-, y acertamos. El escribano pidió autorización para comenzar a leerlo y aunque todos simularon estar desentendidos, cada quien lo esperaba sabiendo qué cosas venía a llevarse.
Sobre la mesa principal había quedado una cantidad de medicación a medio consumir. Su ama de llaves había cumplido en dejar todo como estaba antes de la última internación que ya no le permitió retornar a la casa. En las vitrinas de un amplio mueble que se encontraba custodiando una pared del living, permanecían intactos desde hacía muchos años -lo recuerdo así- una cantidad importante de piezas de diverso valor pero de incalculable afecto para el tío.
Sus numerosos viajes al exterior, muchos de ellos por negocios y otros tantos de placer le habían dado la posibilidad de adquirir una gran colección de piezas de arte de diversos orígenes, algunas valuadas por expertos como verdaderas antigüedades, y que excedían la comprensión de toda la familia.
La vajilla de porcelana italiana, el reloj de pared del bisabuelo traído de Suiza, la colección de pipas alemanas combinadas con las de espuma de mar noruegas, y en un apartado especial, algunas armas de Bélgica con el sello real de la corona. Sobre la pared opuesta, sus cuadros de un pintor danés desconocido. Al lado, una repisa con figurillas de jade de Japón, y junto a ella, una valiosa escultura de laca de China, ambas traídas de su viaje a Oriente, del que tanto me habló. Reconocía el uso del tiempo de los orientales como una manera de comprender la existencia desde otra perspectiva distinta a la nuestra -los descendientes de europeos-, y quizá esto lo llevó al capricho del testamento.
Pero lo cierto es que nada de eso interesaba. Ni la muerte reciente, ni el momento atemporal del sepelio, ni el ritual siniestro de la cremación restaba entusiasmo a las conjeturas que se tejían en cuanto al contenido del testamento. Ni el puñal de acero de Toledo, ni el maravilloso abrecartas de obsidiana que conservaba aun en su estuche original era relevante para ninguno. Ni siquiera para mí “sería un negocio” apropiarme de alguna de estas piezas porque yo sí sabía de su valor, y éste era el verdadero valor que el tío le daba cuando me contaba el origen de cada pieza. Podía relatar historias toda una tarde de lluvia e interior y hacía que cada una te llevara a lugares fascinantes. Desde las máscaras de terracota del norte de África, pasando por los sueños escondidos en las muñecas rusas, hasta los destellos de luz que emanaba la lámpara de escritorio cuya pantalla de vitraux de Francia le recordaban nuevos sitios, extraños y atractivos. Él mismo se dejaba atrapar por los recuerdos en esa realidad de colores en el ambiente. Yo lo imaginaba como un pequeño ser que de noche recorría la casa en silencio, visitando cada rincón del mundo, saltando de una pieza de la colección hasta la otra, creando fantasías y personajes, salvando mundos ocupados, haciendo justicia ante la infamia y la indecencia, para posarse a descansar en la mullida playa de un viejo reloj de arena.
La verdadera razón es que ninguno venía por esas nimiedades. Creían firmemente que el tío habría dejado una inmensa cantidad de papeles y títulos públicos junto con propiedades extensas e invaluables, los cuales debían estar en la caja fuerte. El escribano -amigo de mi tío desde siempre- ni bien terminó de leer el escueto texto que decía: “Nada cedo en particular, cada cual podrá tomar de esta casa lo que desee. Sólo una cosa más: el viejo reloj de arena sobre la chimenea marcará el tiempo en que permanecerán en la casa. Concluido ese tiempo, cada cual deberá irse y jamás volver, pues la cada ya fue vendida”, cerró la carpeta y se sentó. Todos murmuraron indignados.
Fue una casualidad el recuerdo del reloj de arena. Un típico reloj de arena, de modesta confección pero de incomparable porte, parecía ser el organizador absoluto del tiempo presente. La consigna era simple: girar el reloj y mientras persistiera la arena cayendo hacia la parte inferior de la ampolla de vidrio cada uno podría tomar de la casa lo que quisiera; terminado el tiempo medido por el reloj, debíamos retirarnos todos y no volver más a la casa.
Todos supusieron que la extraña invitación de posesión de su legado conllevaba una trampa oculta. Así fue que primero buscaríamos -me incluyeron como una marioneta- una caja fuerte con dinero, títulos inmobiliarios, bonos públicos, algún que otro reloj de oro, y luego si el tiempo lo permitía iríamos en busca de cosas menores. Los muebles de estilo eran sumamente tentadores pero difíciles de transportar. La vajilla encontrada en el modular del comedor rememoraba tiempos de reuniones familiares y protocolares, mientras los cuadros, jarrones, platería y porcelanas completaban el escenario en que se sostenía la farsa del recuerdo del tío soltero al que tanto querían. Como adherido a la misma mentira cada pieza se mantenía inerte en su lugar y ahora conservaba una suave e imperceptible capa de tierra diaria. Desde la internación del tío la casa había quedado sin cuidado, aunque todo estaba como si existieran habitantes del lugar y agitaran el silencio para conservar la pulcritud y el orden.
El escribano revisó la hora en su reloj de bolsillo, se levantó y se apoyó sobre el reloj de arena -lo trajo desde la chimena hasta la mesa-, lo que daba la certeza que lo haría girar en ese preciso instante. “Según sé -dijo- el reloj mide exactamente doce minutos y medio de tiempo -volvió a controlar su reloj- y según órdenes del señor comenzaría justo…- siguió mirando- …ahora”; por lo que atinó a girarlo lentamente y lo posó de nuevo sobre la mesa. Mientras todos se miraron ante esta extraña situación, cada uno de los deudos comenzó una loca carrera hacia todos lados en la casa con rumbo desorbitado; revisarían cada minúsculo rincón esperando encontrar la caja fuerte y la llave, únicos tesoros pretendidos. Uno pidió calma, para que todo saliera según lo planeado. Algunos de los parientes serían arqueólogos, otros jugarían el papel de analistas urbanos ordenando la circulación por las habitaciones, el resto completaría el cuadro conformado por arquitectos, antropólogos y un sinfín de personajes entre carismáticos y siniestros, todos buscando un tesoro escondido, una razón lógica para quedarse con una parte de la historia familiar, de la que jamás nadie se interesó.
“No te dejes llevar por la ansiedad”, me decía siempre el tío, esperando que las palabras cayesen de a una, como si entre el duelo reciente y la resignificación estuviera guardado un enigma, el espacio entre dos palabras en cuyo salto silencioso se encontrara el inframundo, el vertiginoso despertar al inconsciente. La calma del principio duró poco porque el tiempo era poco. En medio del revuelo y del bullicio todos se chocaban entre sí, como enloquecidos. Atropellaban todo a su paso sin mediar cuidado ni respeto por los objetos que con tanto esmero habían permanecido intactos, relucientes durante tantos años, custodiados por el tío. La escena tenía por momentos un tinte trágico y por otros un matiz caricaturezco. Las muecas desencajadas ante cada situación tenían una notable comicidad entre tanta pasión por destruir cada cosa que se interponía entre ellos y la supuesta caja fuerte y su llave, sin importar nada. Ante esto, lo único que podía pensarse era que tenían la obligación de la sangre filial de saquear todo. No importaba si servía, si tenía algún valor sentimental o comercial, sino que el goce de la posesión suspendía en el vacío de la razón toda lógica de recuerdo del tío. Yo estaba como inhibido en el lugar, como si no perteneciera al árbol genealógico que me signaba el nombre y apellido, porque aun tenía en mi mente el recuerdo vívido de momentos de mi infancia junto al tío. Veía algunas fotos enmarcadas delicadamente que acompañaban la decoración de la casa y aparecían recuerdos de lugares visitados por el tío, miraba algunos muebles y rememoraba advertencias de cuidados, veía el reloj de arena y surgían en mi mente las charlas y juegos inventados. Entre esos que el cariño de siempre y el dolor actual jugaban en mí como un rompecabezas, estaba una escena. La mágica escena del pequeño ser que cierta vez inventamos con el tío; la escena en que un ser protector de los recuerdos que vivía dentro del reloj visitaba todas las noches la casa en penumbras y silencio. Siempre me pregunté cómo sería vivir dentro de ese reloj. Junto al tío, sentados en la alfombra frente al fuego del hogar encendido en invierno me invitaba a pensar cómo meter dentro del reloj a un ser imaginario. “Le haríamos un agujero arriba, después un tapón y al final lo cerramos con las tapas y la columnitas y ya está, así podría salir por las noches a recorrer la casa y luego se iría a dormir” era la explicación que mi mente infantil había encontrado, y que fuera aprobada por el tío. La parte que le correspondía a él era contarme historias inverosímiles de lo que pasaba con ese ser extraño cada vez que diera vuelta el reloj. El escribano, que permanecía lejos del revuelo me miró llorar en el recuerdo y me dijo: “Llévelo, su tío hubiera querido que usted lo conserve” – “¿Cómo lo sabe?”- quise preguntar. Sonrió y se levantó para advertir que quedaba poco tiempo. Pasó a mi lado y me palmeó el hombro; esa actitud cambió todo el panorama de la situación. Escuché a alguien tropezando en la escalera que llevaba a las habitaciones de arriba. Ese minúsculo conducto -es decir, la escalera que unía dos partes de la casa- me hizo ver que la finca era como un gran reloj de arena y yo era ahora aquel pequeño ser de antaño buscando descifrar un enigma.

El tiempo había penetrado los cuerpos e hilvanaba uno a uno los destinos miserables de cada quien en este momento. La llave no se encontraba, la caja fuerte tampoco, los objetos no serían jamás tenidos en cuenta, las ilusiones se irían perdiendo como arena entre los dedos. Si algo diferenciaba al tío de los demás parientes eran la generosidad y el desinterés; ahora no cabían dudas, él tenía razón y estaría riendo a carcajadas, y yo con él.
Mientras el tiempo se terminaba cada uno entró en la cuenta de que se iría con las manos vacías, y para su mediocridad eso era impensable. Lo que hasta hacía unos instantes parecía ser un trabajo de equipo, una organización planificada, ahora se empezaba a serializar de nuevo. El ejército de saqueadores entró en un zafarrancho que no pudo sino desperdigarse en pocos segundos.
Cuando el escribano anunció que restaba sólo un minuto, ya no hubo vuelta atrás. La sinrazón tomó forma humana y se encarnizó en cada uno de los parientes que empezaron a apropiarse de cuanto podían guardar en bolsos, carteras, bolsillos o lo que cupiera entre las manos. Los que aun permanecían en la planta alta de la casa bajaron rápidamente por las escaleras, no sin tropiezos y golpes importantes. Si algo podían llevarse estaría entre las cosas del mueble principal de la sala, donde se juntaron todos a tomar algún objeto sin saber bien qué estaban llevando. En el amontonamiento y el apuro se chocaban entre sí y algunas cosas caían al piso, rompiéndose en pedazos sin importar su valor. Lo único que parecía tener sentido era la rapacidad de llevarse cualquier cosa, no importaba si servía, si tenía algún valor afectivo o si podía venderse por migajas, y esto por el sólo hecho de la avidez y la acumulación material sin sentido. Sin embargo, una cantidad importante de objetos de valor se habían caído al suelo y estaban rotos en varios pedazos, y algunos que caían sin roturas eran pisoteados y quedaban en un estado imposible de explicar. Lo que hacía unos minutos era casi un museo universal portando siglos de historia y sabiduría, ahora parecía un circo en ruinas; Roma quemada, Pompeya desaparecida. La arena del reloj podría rememorar a los hombres valientes del Coliseo; sin embargo, mostraba lo peor de las miserias de la humanidad.
El apremio del tiempo que corría hizo que pasara todo rápidamente de una algarabía desbordada a una desesperación incontrolable. Yo no iba a entrar en esa vorágine de locura por un par de trastos que hasta el día de hoy, nunca necesité. Decidí detener mi cabeza. No quedaba más que unos instantes antes del final.
Alguien gritó avisando que había dado con la caja fuerte; su ubicación en la pared de la sala tenía un dueño, un primo lejano que había aparecido de la nada en la casa a reclamar una parte de la herencia y que la encontró empotrada en la pared tras un cuadro, como en una película hollywoodense. Todos dejaron de buscar la llave para abocarse al trabajo de abrirla a golpes. Empezaron con utensilios de cocina que usaban como barretas; después intentaron forzarla con los cuchillos damasquinados y luego con el abrecartas del que rompieron la hermosa cubierta de terciopelo. La inminencia del final les hizo perder el control total de la situación. Estaban frente al hallazgo deseado, pero sin la llave la caja fuerte no servía para nada. Alguien tuvo la ocurrencia de que podía estar escondida en las muñecas rusas, pero fue el último intento; una a una descubrieron la frustración vacía. Todos se miraron impotentes y resignados a la vez ante el fracaso colectivo. Por último y ante la desesperación, estrellaron los jarrones contra la puerta blindada de la caja fuerte. Entre insultos y acusaciones de ineptitud mutuas, la última esperanza de salvación económica se había malogrado.
El escribano hizo una seña con sus manos avisando que se había acabado el tiempo. Los invitó con firmeza a retirarse de a uno. Esta vez, nadie pudo mirarse entre sí; sus cabezas gachas aun buscaban en el piso el egoísmo y la miseria que algún pedazo deshecho les pudiera devolver. Algunas piezas estaban irreconocibles por la cantidad de roturas que tenían. Así, de a uno, se iban yendo, con la manos vacías de todo. Ni afecto guardado, ni recuerdos materiales, pero sobre todo sin la menor dignidad en su interior.
Permanecí sentado un rato y me quedé cuidando el tiempo junto al reloj, alejado de la escena. Nadie se percató de que el reloj aun no se había detenido. De a poco desde la superficie de la arena en la parte superior de la ampolla de vidrio se había asomado un brillo distinto, como si los cristales de la arena refractaran otra realidad interior. Cada grano de la finísima sustancia contenida cambiaba su forma como un caleidoscopio a medida que se vaciaba, poco a poco. Entonces, el brillo se hizo más intenso a medida que asomaba una pieza de metal que hasta ese momento se ocultaba en la profundidad de la arena, custodiando el tiempo, la espera, la razón interior, la reflexión del enigma. Una llave. Le hice caso al escribano y acepté en silencio la sugerencia de quedármelo. Tomé el reloj, lo envolví en un saco sport que uso siempre, tendí mi mano y lo saludé amablemente. Él me despidió con una impostura de frialdad y puso con disimulo entre mis dedos un papel con las instrucciones que el tío le había dejado para mí. Nos veríamos mañana, a la misma hora, para ultimar detalles.

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GERMÁN  C.

A no perderse esto... yo voy !!!

Publicado en Sugerencias. el 17 de Octubre, 2012, 13:45 por MScalona

EUGENIO MONTALE

Publicado en De Otros. el 16 de Octubre, 2012, 11:58 por MScalona

PREMIO NÓBEL LITERATURA 1975

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Bajé dándote el brazo...

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Bajé, dándote el brazo, un millón de escaleras por lo menos
y ahora que no estás queda el vacío en cada uno de los escalones.
Aun así fue breve nuestro largo viaje.

El mío continúa todavía, y ya no me hacen falta
conexiones, reservas,
subterfugios, esas humillaciones del que cree
que lo real es eso que se ve.


Un millón de escaleras bajé dándote el brazo,
y no porque quizá con cuatro ojos se pueda ver mejor.
Bajé con vos porque sabía que de nosotros dos,
las únicas pupilas verdaderas, por más nubladas que estuviesen,
eran las tuyas.
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tomado de la página de Ezequiel Zaidenwerg
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tomado de la página de Ezequiel Zaidenwerg
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more JLB

Publicado en De Otros. el 15 de Octubre, 2012, 21:52 por MScalona

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LOS JUSTOS

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Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

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Jorge L. Borges

JAVIER CERCAS: nuevo libro

Publicado en Ensayo el 15 de Octubre, 2012, 19:41 por MScalona

En los confines de la vida

Javier Cercas vuelve a implicarse en la ficción con 'Las leyes de la frontera'. Una novela nítida y compleja, trepidante y melancólica que retrata la delincuencia juvenil que floreció en España durante los años setenta y ochenta

El protagonista de la novela de Cercas está inspirado en Juan José Moreno Cuenca, 'El Vaquilla' (Barcelona, 1961-Badalona, 2003). Arriba, fotografiado en 1999. / Foto: Joan Guerrero

Las leyes de la frontera

Javier Cercas

Mondadori. Barcelona, 2012

384 páginas. 21,90 euros (electrónico: 13,99)

Casi todas las novelas tratan de cómo su autor se encontró con ellas y cómo luego fue contándoselas a sí mismo, antes de hacerlo a los demás. Muchos relatos no hacen explícitas estas dos frases del proceso pero, desde el Quijote, bastantes otros detallan esos preliminares. No creo que tal cosa resuelva la identidad escurridiza de lo que se ha dado en llamar autoficción, ni tampoco que agote la forma de narrar de Javier Cercas, tan cercana a este marbete que parece hecho a su medida. El autor explícito de Las leyes de la frontera es sólo un interrogador sin nombre que surge para provocar y enhebrar las confesiones de un abogado penalista de éxito, un director de prisión y un policía, ambos dos al borde del retiro. El motivo: saber de la vida y la leyenda de Antonio Gamallo, alias El Zarco, al que todos ellos conocieron. La sustancia moral y la estrategia literaria que todo esto comporta lo aclara el entrevistador cuando dice al director de la cárcel: “Al principio, la idea era esa, sí: escribir un libro sobre El Zarco donde se denunciasen todas las mentiras que se han contado sobre él y se contase la verdad o un trozo de la verdad. Pero uno no escribe los libros que quiere, sino los que puede o los que encuentra y el libro que yo he encontrado es ese y no es ese […]. Lo sabré cuando termine de escribirlo”.

El héroe principal, El Zarco, que se refleja en las palabras de los otros se parece mucho a Juan José Moreno Cuenca, 'El Vaquilla'

Puede que entonces tampoco lo sepa él y por eso deje solamente complejas pistas al lector. Cercas ha sentido otra vez la necesidad imperativa (¿superstición, quizá?) de implicarse en la ficción que cuenta o, mejor todavía, de arrastrar en la red de su invención un montón de pecios colectivos. Las pequeñas miserias de la vida académica fueron el humus en que arraigaron y crecieron El inquilino y El vientre de la ballena; la responsabilidad y quizá la culpa de escribir, o de haber escrito, anida en El inquilino y La velocidad de la luz, mientras que la comezón de entender lo que sólo se supo vagamente está en Anatomía de un instante, como la de participar en un turbio pasado común inspiró Soldados de Salamina. La razón de esto viene al final del libro, de nuevo en boca del interrogador: “La ficción siempre supera a la realidad, pero la realidad es mucho más rica que la ficción”. Y el riesgo vale la pena aunque no asegure ninguna especie de definitiva certidumbre; cuando acaba esta novela nítida y compleja, trepidante y melancólica, Ignacio Cañas, el penalista, se lo dice al inspector Cuenca: “No sabía nada”. Porque el conocimiento de una historia sólo engendra dolor y más ignorancia, ya que siempre hay en ella “una ironía infinitamente seria o una malicia absolutamente irónica o un enorme malentendido”.

El héroe principal, El Zarco, que se refleja en las palabras de los otros se parece mucho a Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla, muerto en Can Rutí en 2003 (también su cronista cinematográfico, el director Bermúdez, tiene algo que ver con José Antonio de la Loma, pero su desastrado final se parece más al de otro apasionado del mundo quinqui, Eloy de la Iglesia). Cercas ha escrito de la época que creó la delincuencia juvenil y que, con inconsciencia cínica, la mitificó (dos personajes, El Lute y El Vaquilla, marcaron la Transición: el primero era tranquilizador, en el fondo; el segundo, un muñeco trágico). Pero, más que de Gerona y de 1978, Cercas habla de las fronteras en que se desarrolla la vida. La primera es la que separa el héroe y el histrión y en ella habita El Zarco. Las fronteras de Ignacio Cañas, su compinche y abogado, se sitúan entre la admiración y la mala conciencia, entre el egoísmo y la debilidad, entre la amistad masculina y la rivalidad. Pero también hay una frontera de uso colectivo donde confluyen la simpatía y el esperpento. Y otra que debería separar el bien y el mal, aunque sean reversibles; lo sabe el director de la cárcel, un personaje espléndido (como el inspector Cuenca o el conmovedor padre de Ignacio): “¿Está usted seguro de que el bien y el mal es lo mismo para todo el mundo?”.

Aquí y allá la novela evoca el recuerdo de la serie de la televisión japonesa La frontera azul, que se emitió en España justo en 1978 y que trataba de un ejército chino de proscritos, de sus legendarias peleas y de su redención final, al servicio de un benévolo Emperador. Una visita a eso que llaman “foros sociales” de Internet permite comprobar que todavía tiene añorantes, como lo son Ignacio Cañas, El Zarco e incluso Tere, además de Javier Cercas. Las leyes de la frontera respira con toda naturalidad mitologías narrativas, ecos de cine negro o del cine otoñal del Oeste, y de estos últimos viene la sensación de melancólica irremediabilidad que encarna el abogado Cañas, cínico a veces, crédulo otras. Porque la frontera principal es, sin duda, la del pasado y el presente. Ignacio ha probado, al pasarla por última vez, “la sensación de malentendido y de vida prestada” que al final queda. Aunque también permanezcan en su memoria (y en la nuestra) los ojos verdes de la Tere, aureolada, como las heroínas trágicas, de un halo tentador de sexualidad, incesto y traición. Es un personaje digno de Juan Marsé…

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29-9-2012

B O R G E S

Publicado en De Otros. el 15 de Octubre, 2012, 11:55 por MScalona

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La lluvia

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Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto

patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

JOHN BERGER

Publicado en Ensayo el 13 de Octubre, 2012, 13:25 por MScalona

La intimidad de un maestro

John Berger es uno de los escritores y artistas más lúcidos de la actualidad. La novelista Angela Pradelli y su hija lo visitaron en su casa, en un pueblito de la Alta Saboya francesa. Pradelli narra los detalles conmovedores de ese encuentro exclusivo –el segundo entre ambos–, que terminó con el regalo de “Conversación”, un relato inédito de Berger, que Ñ publica en esta edición.

POR Angela Pradelli - Especial, Desde Francia

  • Es sábado, salimos temprano, viajo con mi hija Martina, tomamos el primer tren desde Zurich a Ginebra, vamos camino a casa de John Berger. En el tren hablamos de su poesía, de sus libros en general, de lo mucho que significa siempre leerlos y también de los efectos poderosos que tiene la relectura de sus textos.

El día anterior, un mail de Ñ me pedía aprovechar la invitación de la Literaturhaus y mi estadía en Zurich para organizar un encuentro con el escritor. Sería el segundo, pues nos habíamos encontrado en 2010, también en su casa de Quincy, un pueblo de la Alta Saboya francesa. Aunque había tiempo, si queríamos una foto de Berger para la nota, había que apurarse. Mi hija, que es fotógrafa, se volvía a Buenos Aires en dos días así que sólo nos quedaba el sábado. Pero había algo más. Sabía por mi encuentro anterior que Berger adora la conversación pero no le gustan las entrevistas.

Quincy no está lejos de la frontera con Suiza pero aun así cuesta llegar a ese pequeño pueblo donde vive el escritor desde hace más de treinta y cinco años. Desde Ginebra hay un transporte público que llega hasta allí y tiene sólo dos servicios por día que funcionan de lunes a viernes. El primero sale temprano por la mañana desde Francia para trasladar a los que trabajan en Ginebra y el otro vuelve a Francia después de las seis de la tarde. Eso es todo.

Pero hoy es sábado, así que cuando llegamos a Ginebra tomamos un taxi, única forma de llegar a la Alta Saboya durante los días del fin de semana. La mujer que maneja es una española que dice haber estado por esa zona hace más de veinte años pero programa el gps porque no recuerda el camino. Estamos a principios de septiembre, y la mañana es transparente y cálida en un otoño que parece haberse adelantado algunos días al calendario.

Desde la primera vez que estuve con Berger en 2010 entonces, nos hemos escrito algunos mails, también con su mujer Beverly. Hoy, como cuando anduve este camino del este de Francia por primera vez, el paisaje me recuerda mucho a la zona del norte de Italia que tuve que recorrer para buscar a mis parientes hace unos años. Incluso por momentos, en el recuerdo, los caminos parecen hacerse uno.

En aquella primera visita al preguntarme por mi familia italiana Berger se había sorprendido cuando mencioné que eran del pueblo de Peli, en la comuna de Coli. “Conozco Coli –me había dicho–, es también un lugar muy lindo”. Me contó que cuando era joven había recorrido Europa en moto y que había estado allí. Coli, con sus pequeños paeses , le recordaba la zona de Mieussy, a la que pertence Quincy, tanto por el parecido que tenían en la vegetación del camino que sube la montaña como por sus pequeños poblados. Lo pensé en ese momento mientras Berger me hablaba, lo escribo recién ahora: hay una belleza de los lugares –que no está solo en los paisajes– y que descubrimos en los caminos por los que transitamos algunas búsquedas propias. Ciertas bellezas que se repiten aquí y allá y que, aun cuando se trate de caminos diferentes, terminan pareciéndose unas y otras en su esencia.

La taxista española es simpática, por momentos demasiado. Se pregunta cómo puede un escritor dejar la vida de ciudad, irse a vivir a un pueblo de campesinos y hacer algo tan difícil como trabajar la tierra en un pueblito aislado. Se pregunta también cómo vamos a hacer, cuando lleguemos al pueblo, para saber exactamente dónde vive el escritor. Le digo a la taxista que, una vez en Quincy, seguro reconoceré la casa. Pero como entramos por un camino distinto esta vez, decidimos que preguntaríamos a la cartera que vemos a unos cien metros y que está repartiendo la correspondencia casa por casa. “Oh, sí, sí, John Berger” –contesta la cartera con un orgullo indisimulable– y nos da sus indicaciones.

La taxista dice que le parece mejor esperarnos, que se quedará allí hasta que nos atiendan, y apaga el motor de su auto. Supongo que algo le hace desconfiar que encontremos al escritor. Las puertas de la casa de Berger están de par en par abiertas. Apenas bajamos del taxi, es una corta distancia, se advierten los movimientos serenos de la vida de una casa en un pueblo de campesinos un sábado por la mañana. La cartera que nos indicó cómo llegar, pienso, ya debe de haber pasado por esta casa, a juzgar por el buzón que rebalsa sobres de distintos tamaños.

En el jardín del lote que está pegado a la casa, desde lejos, se ve la cabeza blanca de Berger recortándose en el verdor fresco de esa mañana en la montaña. Está sentado a una mesa y desde aquí parece concentrado en lo que tiene entre manos. Berger levanta la vista, nos ve y se para, se sonríe, viene rápido a nuestro encuentro, nos abraza. Vamos juntos a despedir a la taxista. “Ya nos arreglaremos para la vuelta, dice él, ahora entren”. Y pasamos los tres al jardín.

La mesa está ubicada cerca de los árboles, entre la luz y la sombra. Las ramas de un ciruelo la protegen pero al mismo tiempo dejan también entrar el sol. Berger está preparando una ensalada de papas y cebollas. Una escritora sueca está sentada en una de las cabeceras escribiendo una dedicatoria en el libro en el que cuenta sus experiencias como ciclista. Cuando nos sentamos, esa mesa de madera sobre la que nos apoyamos, con las verduras, los cuchillos, las telas moradas de la cebolla y las manos del escritor, parece un cuadro. La escritora sueca termina de escribir, lee en voz alta la dedicatoria y enseguida nos deja a los tres solos.

Berger ofrece café y pregunta si estamos bien ahí afuera. Trae también un plato con galletas de miel. Hablábamos de la vida en las montañas cuando su mujer, Beverly, se suma a nosotros. A unos pocos metros, la quinta para consumo diario, los árboles de frutos y nueces. En uno de los ángulos del jardín, un baño de los que se construían sin instalaciones eléctricas ni sanitarias que sigue funcionando y en cuyas paredes internas pueden verse fotos, dibujos, trozos de textos. Hablábamos también de lo diferente que es la vida que se vive lejos de las grandes ciudades. A Beverly le gusta vivir acá, claro, pero “… incluso en este lugar tan hermoso, dice, la vida es difícil. El invierno aquí es muy frío y muy largo”.

Del último viaje a la cocina Berger trae un pequeño jarro en el que había calentado la leche que él mismo nos sirve para cortar el café. Parecen detalles, una enumeración de pequeños gestos sin significado. No lo son. Cuando publiqué mi primera crónica sobre la visita a la casa del escritor, muchos me preguntaron cómo había sido la experiencia de conocerlo. Berger es un poeta enorme, uno de los mejores escritores contemporáneos, un pensador tan lúcido. Algunos creemos que el Nobel ya tendría que estar en sus manos. Pero Berger es también, y sobre todo, alguien de quien lo primero que se percibe es su enorme humanidad. Y alguien con quien no hay distancias porque siempre está cerca. Llegar a Berger es como llegar a casa, ese lugar en donde podemos ser nosotros y sentir felicidad. “Estoy tratando de recordar cuándo vino por primera vez” –dice Beverly. “Fue hace dos años, dice Berger, y pregunta, ¿no era otoño también?” Las escenas y los diálogos con Berger me recuerdan aquel retrato de Chéjov que hizo Gorki, que durante algunos años fue su asistente. “Creo, apuntó Gorki en su libreta, que cada hombre experimentaba involuntariamente en presencia de Antón Pávlovich Chéjov el deseo de ser más sencillo, más verdadero, más igual a sí mismo; he observado, más de una vez, cómo la gente hacía desaparecer, ante él, el hábito multicolor de las frases librescas, de las expresiones de moda y de todas esas nimiedades de escaso valor”.

A esta altura pienso que deberíamos empezar ya con las preguntas. El escritor sabe que será para un artículo de tapa, y sabe también que su palabra es importante. Berger, puesto a contestar preguntas, aunque hace un esfuerzo, no encuentra las respuestas adecuadas. Las que encuentra no le parecen suficientemente buenas para publicar.

Cuando dejamos las preguntas y volvemos a nuestra conversación, Berger vuelve a ser él. Nos cuenta que por estos días está leyendo a Federico García Lorca. Después trae de la casa publicaciones, revistas de fotografía que hojeamos juntos, libros suyos que nos regala y que van apilándose sobre la mesa.

Nos detenemos en autores y fotógrafos. Berger cuenta que conoció personalmente a Paul Strand, el fotógrafo neoyorquino que en sus fotos rechazaba las poses y buscaba siempre lo espontáneo. Uno de los libros que Berger deja sobre la mesa, que nunca leí hasta ahora, me atrae especialmente. Otra manera de contar. Mientras Martina y Berger hablan de fotógrafos, y especialmente de Paul Strand, abro el libro al azar y leo lo que Berger escribió allí sobre el fotógrafo húngaro André Kertész y sus fotografías. : “En ‘Partida de un húsar rojo’”, la idea concierne a la quietud. Todo se lee como movimiento: los árboles contra el cielo, los pliegues de su ropa, la escena de la partida, la brisa que desordena el cabello del pequeño, la sombra de los árboles, el pelo de la mujer en la mejilla, el ángulo en el que son transportados los rifles. Y dentro de ese flujo, la idea de quietud provocada por la mirada entre el hombre y la mujer. Y la lucidez de esta idea nos hace reflexionar sobre la quietud que nace de cada partida”.

“Las tres vidas de Lucie Cabrol” es un relato incluido en Puerca tierra en el que uno de sus personajes se traslada a la Argentina. La vez anterior le dije algo a Berger que le repito ahora: que tiene que venir a conocer la Argentina. Berger se sonríe.

–Es una invitación.

–Está demasiado lejos –dice. Sería un viaje muy largo para mí.

–Tiene muchos lectores allá –le digo.

–¿Sí? –pregunta Berger, que siempre se sorprende cuando escucha estos comentarios sobre la repercusión de sus libros.

Después reclina la espalda, se sujeta el mentón y se queda en silencio. En el norte de Italia los habitantes valoran el silencio tanto como la palabra. Es frecuente que al conversar con ellos se hagan esos silencios cuya densidad sostiene tanto como el buen diálogo. Las conversaciones con Berger atraviesan también esos silencios espesos y cómodos que nos hacen comprender la verdadera dimensión del encuentro. Berger tira la cabeza hacia atrás y finalmente pregunta.

–¿Cuántas horas dura el viaje a la Argentina?

Se sabe la admiración de Berger por la obra de Giacometti. Recientemente, en Zurich, en el museo Kunsthaus, a unas pocas cuadras de la casa en donde vivo por estos meses, se acaba de inaugurar una muestra de Alberto Giacometti con las obras que donó su hermano Bruno, y que en total suman más de cien piezas. Allí pueden verse además de “El hombre que camina”, varias de sus piezas más famosas, cuadros, una cantidad importante de sus dibujos.

Berger escribió mucho sobre la obra de Giacometti, y algunos de nosotros conocimos al artista suizo primero en la escritura de Berger. Vuelvo a abrir Otra forma de contar . Mientras lo hojeo escucho fragmentos de la conversación entre Berger y Martina. Ella está trabajando en un proyecto de fotos de tumbas de escritores, músicos, filósofos, así que hablan de la tumba de Giacometti. Que el artista está enterrado en Borgonovo, confirma Berger, junto con sus padres; hablan también sobre cómo llegar hasta allí y si habrá obra de Giacometti en Borgonovo o en Stampa. Mientras oigo estos retazos del diálogo, leo al azar: “Un joven duerme apoyado en la mesa de un lugar público, un café quizás. La expresión de su cara, su carácter, la forma en que la luz y la sombra disuelven su figura, su ropa, su camisa abierta y el periódico sobre la mesa, su salud y su cansancio, la noche: todas estas cosas están visualmente presentes en este suceso y son particulares”.

Salteo algunos párrafos: “El papel se corresponde con la tela, los pliegues con los rasgos faciales, con la impresión, con la oscuridad, con la luz, con la legibilidad. En la calidad de la receptividad de Kertèsz en esta ocasión vemos cómo la ausencia de intencionalidad de una fotografía se convierte en su fuerza, su lucidez”.

Pero ahora tengo que volver a las preguntas. El tiempo va pasando demasiado rápido, tengo que hacerle esas preguntas para la nota. Otra vez Berger pone lo mejor de sí y todo parece indicar que ahora va a contestar. Le hace una seña a Martina, que va a filmar la respuesta. Berger se acomoda en el banco. Lo intenta, empieza una oración y la interrumpe, se disculpa, dice que no es un experto en esos temas y que duda de que las respuestas sean un aporte. Pero Berger hace el esfuerzo. La cámara registra eso. Berger se agarra la cabeza, se acomoda otra vez en el banco, se refriega las manos. Esa filmación en la que por unos minutos se lo ve a John Berger que quiere contestar una par de preguntas y no puede, no es sin embargo, quiero resaltarlo, la imagen de la imposibilidad. Por el contrario, en esos minutos en los que Berger intenta responder, se detiene y se acomoda en el banco hay otra cosa. Es algo que pone en tensión, y los desarma también, los resortes que tienen que ver con los reportajes y las entrevistas. Habrá que pensarlo, lo digo con cierto énfasis, habría que meditar sobre esos minutos porque sin duda son otra lección del maestro.

Entonces, volvemos a dejar la entrevista, nos entregamos a la conversación y ahora será para siempre. Berger nos cuenta que en este momento está entre el final de un libro y el inicio de otro. En el nuevo, hablará de las diferentes canciones y las tomará como ejes. La cámara todavía está sobre la mesa. A Berger le gusta, incluso creo que mucho, que le tomen fotos. Entre una foto y otra se peina con las manos, se limpia los ojos. Ofrece cambiarse de lugar. Pregunta si salen bien, si es necesario cambiar el ángulo. Pregunta también por la luz. Después mira las fotos con detenimiento y mientras él y Martina hablan sobre las imágenes, yo voy plegando el papel con las preguntas.

Berger trae un vino blanco y propone un brindis. Ahora el sol da de lleno sobre nuestros rostros. El vino es dulce y está helado. También en el brindis el escritor es generoso, brinda por los libros y las fotos de los otros. La entrevista parece haber quedado ya muy atrás, pero de golpe Berger parece preocupado.

–¿Y ahora cómo va a hacer con la nota? –quiere saber.

–No sé –le digo–, no importa.

–Es que no pude contestar esas preguntas.

–De verdad, no importa eso.

–No puedo dejar que usted se vaya así, con las manos vacías –dice–, ¿Sabe qué vamos a hacer?

Entonces le pide a Beverly que imprima Conversation , uno de sus relatos inéditos.

No sé qué decir ante ese gesto que es pura generosidad.

Ya tengo el cuento en mis manos cuando Berger confirma por si no hubiese quedado claro: –Puede publicarlo a cambio de las respuestas –dice, y nos reímos–. Puede publicarlo donde quiera.

–Lo vamos a publicar en la revista –le digo.

–Pero tengo que pedirle un favor.

–Lo que sea.

–Tengan cuidado con la traducción. Tuve malas experiencias con ese tema.

Le digo que no se preocupe, que va a estar en buenas manos.

Vamos juntos bajando la calle. Los abrazos, las palabras y los silencios son igual de espesos en la despedida. Berger es como llegar a casa, ese lugar al que siempre quisiéramos regresar.

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revista  Ñ

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Entrevista-John-Berger_0_791320871.html

FABIO MORABITO

Publicado en De Otros. el 11 de Octubre, 2012, 17:33 por MScalona

El estudiante del piano

 

 

Durante el año que viví en P. como estudiante me hice amigo de una familia venezolana, mis vecinos del departamento contiguo. El padre tenía una beca de su país para estudiar ingeniería en la Universidad local, pero sus estudios avanzaban con dificultad y el regreso a Venezuela se postergaba año tras año. La pareja tenia una hija que estudiaba piano tres tardes a la semana. Tocaba “Para Elisa”, de Ludwig van Beethoven, y se equivocaba siempre en la misma nota. Cuando através de la pared yo oía el comienzo de la melodía me ponía alerta, rogando que por fin franqueara aquel obstáculo, pero invariablemente tropezaba en la nota y no había forma de que avanzara de ese punto. La cosa empezó a angustiarme. Me ponía tapones en los oídos, pero era inútil: el sonido del piano se filtraba atenuado, pero no tanto como para no distinguir el atasco de Yumarlin a mitad de la pieza. Mis dedos se crispaban sobre el libro que estaba leyendo, maldecía a Yumarlin todavía hoy después de tantos años, cuando escucho “Para Elisa”, algo en mí se pone tenso, aguardando el fatal error. Una tarde su padre me invito a tomar café y me contó que le estaba constando sangre, sudor y lágrimas titularse de ingeniero. Había en especial un materia, cuyo nombre me dijo, que no podía aprobar. ¡Dale y dale y nada! La revelación de la conciencia me hizo exclamar: ¡Igual que Yumarlin! “El hombre y su mujer me miraron, sin entender. Era demasiado tarde para dar marcha atrás, así que del modo más gentil posible dije que Yumarlin, según lo que podía oír a través de la pared de mi departamento, se atoraba siempre en la misma nota de “Para Elisa”, tal como él estaba atorado en una asignatura de la carrera. Es curioso dije, y sonreí para quitar importancia a mis palabras. Pero los dos me miraban con consternación, luego la mujer se puso de pie y se retiró a la cocina. De ahí a unos minutos me despedí. Al otro día que tocaba clase de piano, ya no escuché “Para Elisa”. Ni esa tarde ni las que siguieron. Tampoco volvieron a invitarme a su casa.       

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                                     FABIO MORABITO

nació en 1955, accidentalmente en Egipto, pero se lo considera mexicano.

GABRIELA GERVASONI

Publicado en Poemitas. el 10 de Octubre, 2012, 18:21 por MScalona

Notas

 

 

 

Lo vi

entre las hojas blancas

dejando marcas en los vasos

escribiendo notas sin importancia.

Esperando

murmurando

cayendo sin tocar el piso

 

Lo vi

sin muecas, siendo;

con la tinta del diario viejo

pegada en los dedos.

Respirando

sudando

llorando sin mojarse.

 

Lo vi

guardando sus cosas

en un lugar invisible,

escondiéndose en una excusa irresistible.

Dibujando

pintando

borrando y volviendo a escribir.

 

Hay tanta agua

hay tanto verde

hay tanta luna por ahí.

 

 

 

 

 

Gabi Gervasoni

 

 

 

 

HORACIO GONZÁLEZ

Publicado en Ensayo el 9 de Octubre, 2012, 10:47 por MScalona

El golpismo sin sujeto

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Por Horacio González *

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No tiene rostro, tiene difusas cadenas de mails; no tiene programa, tiene un rosario de acciones diseminadas cuyo contenido es el descrédito sistemático del Gobierno; no tiene argumentos, tiene apariciones; no tiene actividades, tiene operaciones; no tiene identidad odiosa, tiene el odio como identidad. Si decimos meramente golpe, nos quedamos con una definición fuerte, pero para designar una entidad improbable, escurridiza. Si decimos meramente desestabilización, nos quedamos con un sentido clásico de derrocamiento, que sin embargo no termina de definirse ni como acto ni como sujeto pleno. Lo borroso y lo rizomático son las formas más decididas de la acción colectiva del golpismo sin sujeto. Lleva y es llevado por la fuerza de lo encubierto, lo sugerido, lo implícito.

Hay mérito en los reclamos salariales, el mérito reconocido por todos, de establecerse en el punto de igualitarismo que debe regir la sociedad del trabajo y los servicios comunitarios. Hay demérito en el modo de manifestarlo por parte de un grupo numeroso de miembros de las organizaciones armadas del Estado. En la distancia entre ese mérito y ese demérito está el golpismo sin sujeto. Indeterminado, indeciso, es tan circunscripto en las causas como expansivo en los efectos, tan lógico en lo que reclama como ilógico en las derivaciones que suscita.

El golpismo sin sujeto niega ser un sujeto; por lo tanto niega ser golpista. En algo tiene razón. De sus visibles boquitas pintadas no salen sino críticas a la impostura o al desorden, y desde luego a los que llama “relatos”, invirtiendo con ese término lo que a él mismo tanto le fuera adjudicado. Por cierto, en el caso de los salarios de las fuerzas de seguridad, hubo errores en la confección de planillas de sueldo. Ocasión para ver descuidos o irresponsabilidades administrativas, con un tono pegado a los hechos, fiel a lo que se escucha de los manifestantes uniformados. Tampoco es inadecuado hacerlo así: en política no es posible todo el día pensar con criterios conspirativos. A la realidad nunca se la nombra fácil: se quiebra en sí misma por obra de su misma propensión al azar.

Pero en el “pensamiento de trastienda”, que a veces aparece como un zumbido interno en toda conversación, por casual que sea, se accionan siempre ciertos poderes tácitos. Así, no podemos imaginar que varios cientos de uniformados en una escalinata de un edificio militar no signifiquen un sacudón que trasciende su origen en un problema salarial –-grave, pero no desestabilizante–, para provocar entonces un efecto transversal en toda la trama social, que vive siempre, y ahora más aún, de un excedente de signos. Nunca alcanzan las instituciones establecidas para interpretarlos. Ese excedente es el golpismo sin centro o con un opaco núcleo central donde se sospecha que se puede ir más allá de todo. Ese sentimiento, que suele adjudicársele al Gobierno –“vamos por todo”–, existe solamente en lo que aquí llamamos golpismo sin sujeto, la trastienda real de las sociedades mediáticas, naturalmente definibles como un atraco y ficcionalización permanente de símbolos, donde del justificable pliego de condiciones de cualquier grupo reivindicante se pasa enseguida a la aureola imprecisa del efecto faccioso sobre las instituciones.

Típico: se le confiere al Gobierno lo que constituye el verdadero corazón secreto de los gabinetes desestabilizantes, a veces ni sospechado por sus propios portadores, de que todo consiste en pasar los límites. Pero hacerlo con la voz augusta del redactor linajudo de buena pluma, mientras detrás bullen los denuestos que hubieran sido inimaginables en el periodismo de hace apenas algunas décadas. Puede escribirse cualquier cosa, de orden infamante y anónimo, en los comentarios electrónicos de los diarios en los que alguna vez escribieron José Martí, Rubén Darío y Lugones. Mientras tanto, por encima, flota virginal algún escrito tremendo y acusatorio, pero escrito por un periodista de visible trayectoria e idioma civilmente contenido. Curiosamente, en estos días movedizos, se aparenta moderación. ¿No hay acaso “moderadores” en el intercambio furibundo que ocurre en las tinieblas del periodismo en la red? ¿Pero qué “moderan”? ¿El ascenso a los extremos, la calidad del estigma, el grado de mácula sobre el Gobierno? O sea, ¿moderan quién se anima a escribir el oprobio más soez? ¿No están en los diarios que se leen en pantalla, como si un trazo metafórico dividiera entre luz y tinieblas, las mismas injurias extraídas de bauleras obscenas que se leen luego en los llamados a “ir más allá”? ¿Y ahora no ha decidido aquel gran diario tradicional, en este tiempo excitado, poner debajo de sus artículos demolicionistas, la sorprendente consigna que reza así: “Debido al tenor de los comentarios esta nota fue cerrada a la participación”? ¿Cómo, ha triunfado la luz sobre las tinieblas o la complementación entre ellas tiene ahora un orden más avanzado? ¿Habrán percibido que aún no hay que “ir por todo” o se trata más bien de un escalón superior de la denigración?

Es que ahora ya es posible superar los escritos más escabrosos solo con imaginarlos. ¡El moderador por fin ha moderado! ¡Ahora dice que él mismo está preocupado por las cosas que lee, por el “tenor de los comentarios”! ¿Tenemos que agradecerle? Podemos concluir en realidad que todos los insultos de sumidero que los grandes diarios publican ya han realizado su tarea visible. Ahora es posible bajarles la voz y hacer que adquieran mayor fuerza solo imaginándolos simular una tímida prudencia frente a su orgánica imprudencia. Las palabras están arrestadas. Nadie dice “respetaremos la democracia” si no se supiera que esos valores están en juego. Democracia es palabra de última instancia. Cuando aparece como señal de autocontención por los insubordinados (aquejados a su vez de un evidente perjuicio a su salario) es que ella está nuevamente en juego. Para que haya democracia, la democracia no debe estar en juego, en el confín de lo impronunciable, solo declarada para proteger los hechos desnudos del modo en que la desmienten.

Hace tiempo que la política argentina es en verdad una metapolítica, una política que ya no es de primer grado, sino una política que se hace sobre las ruinas de la anterior forma de hacerla. Si antes se discutía sobre la orientación de las instituciones y el lenguaje, hoy se discute para resquebrajar esas cosas por dentro. “Golpismo sin sujeto.” Es la hipótesis no escrita de la larga agonía. Por eso es evidente que no hay que gastar la rápida expresión “golpismo”, señalando con ella lo que ocurre, porque lo que ocurre lo es aunque de otra manera. Siendo de este modo, la palabra golpismo hay que interpretarla también de otra manera. No lo es en su tipo de acción conspicua, pero sí en sus maniobras invisibles. Tiene una característica a la que no vale situar como una conspiración, precisamente por haberse sumergido glutinosamente en una parte sombría de la lengua nacional. Podemos decirla en su parte de verdad, pero no la interpretaremos a fondo si no hundimos nuestro propio pensamiento en el modo en que se tejieron los hilos invisibles de una lengua recóndita, sin rostro ni forma, que percute todo el día en las ciudades. ¿Pero no estamos aún a tiempo de indicar cómo funciona esa lengua del ultraje, invisible con su serpentina antidemocrática? Se la debe mostrar ante las fuerzas de centroizquierda o de izquierda, a la efectiva oposición democrática, para que actúen en el reconocimiento verdadero de la situación, no por dádiva ni por ingenuidad, sino porque ellas también están en peligro.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

MARGARET ATWOOD

Publicado en De Otros. el 8 de Octubre, 2012, 21:20 por MScalona

Margaret Atwood nació en Canada en 1939

Habitación

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El matrimonio no es
como una casa, ni siquiera una tienda de campaña

sino una fase previa, algo más frío:

El límite del bosque, donde empieza
el desierto
las escaleras despintadas
de la entrada trasera, en donde nos sentamos
en cuclillas, al fresco, y comemos pochoclo

donde penosamente, y con sorpresa
de haber sobrevivido hasta
este punto

estamos aprendiendo a hacer el fuego.
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Trad. Ezequiel Zaidenwerg

DRUMMOND de ANDRADE

Publicado en De Otros. el 8 de Octubre, 2012, 13:28 por MScalona
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Registro civil
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Ella juntaba margaritas
cuando pasé. Las margaritas eran
los corazones de sus enamorados,
que después se transformaban en ostras
que ella engullía en grupos de diez.
Los teléfonos gritaban Dulce,
Rosa, Leonora, Carmen, Beatríz.
Pero Dulce había muerto
y las demás se bañaban en Ostende
debajo de un sol neutro.
Las ciudades perdían los nombres
que un funcionario con un pájaro en el hombro
iba guardando en un libro de versos.
En la última de ellas, Sodoma,
quedaba una luz encendida
que un ángel sopló.
Y en la tierra
yo sólo oía el rumor
blando de las ostras que se deslizaban
por la garganta implacable.

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Congreso Internacional del miedo
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Provisoriamente no cantaremos el amor,
que se refugió más abajo de los subterráneos.
Cantaremos el miedo, que esteriliza los abrazos,
no cantaremos el odio porque no existe,
sólo existe el miedo, nuestro padre y nuestro compañero,
el miedo grande de los sertones, de los mares, de los desiertos,
el miedo de los soldados, el miedo de las madres, el miedo de las iglesias,
cantaremos el miedo de los dictadores, el miedo de los demócratas,
cantaremos el miedo de la muerte y el miedo de después de la muerte,
después moriremos de miedo
y sobre nuestras tumbas nacerán flores amarillas y temerosas.

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Los muertos
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En la ambigua intimidad
que nos conceden
podemos andar desnudos
delante de sus retratos.
No reprueban ni sonríen
como si en ellos la desnudez fuese mayor.

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Un hombre y su carnaval
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Dios me abandonó
en medio de una orgía
entre una bahiana y una egipcia.
Estoy perdido,
sin ojos, sin boca
sin dimensiones.
Las cintas, los colores, los ruidos
pasan por mí de refilón.
Pobre poesía.
El pandero bate
está dentro del pecho
y nadie lo percibe.
Estoy lívido, tartamudo.
Novias eternas
me sonríen
mostrando los cuerpos,
los dientes.
Imposible perdonarlas,
incluso olvidarlas.
Dios me abandonó
en el medio del río.
Me estoy ahogando
peces sulfúreos
olas de éter
curvas curvas curvas
banderas de procesiones
neumáticos silenciosos
grandes abrazos largos espacios
eternamente.

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Misión del cuerpo
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Claro que el cuerpo no está hecho sólo para sufrir,
sino para sufrir y gozar.
En la inocencia del sufrimiento
como en la inocencia del gozo,
el cuerpo se realiza, vulnerable
y solemne.
¡Salve, mi cuerpo, mi estructura de vivir
y de cumplir los ritos de la existencia!
Amo tus imperfecciones y maravillas,
las amo con gratitud, pena y rabia alternadas.
En vos me siento dividido, campo de batalla
sin victoria para ningún bando
y sufro y soy feliz
en la medida de lo que acaso me ofrezcas.
¿Será ese mismo acaso,
será la ley de dios o del dragón
que me parte y reparte en pedacitos?
Mi cuerpo, mi dolor,
Mi placer y trascendencia.
Es al final mi ser entero y único.

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Quiero

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Quiero que todos los días del año
todos los días de la vida
cada media hora
cada 5 minutos
me digas: te amo
Oyéndote decir: te amo,
creo, en ese momento, que soy amado.
En el momento anterior
y en el siguiente
¿cómo saberlo?
Quiero que me repitas hasta el cansancio
que me amás que me amás que me amás.
De lo contrario se evapora el armazón
porque al no decir: te amo,
desmentís
apagás
tu amor por mí.
Exijo de vos el perenne comunicado.
No exijo sino eso,
siempre eso, eso cada vez más.
Quiero ser amado por y en tu palabra
no concibo otra forma a no ser ésta
de reconocer el don amoroso,
la manera perfecta de saberse amado:
amor en la raíz de la palabra
y en su emisión,
amor
saltando de la lengua nacional,
amor
hecho sonido
vibración espacial.
En el momento en que no me decís:
te amo,
inexorablemente sé
que dejaste de amarme,
que nunca antes me amaste.
Si no me dijeras urgente repetido
te amoamoamoamoamo,
verdad fulminante que acabás de desentrañar,
me precipito en el caos,
esa colección de objetos de no-amor.
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Unidad
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Las plantas sufren como sufrimos nosotros.
¿Por qué no habrían de sufrir
si esa es la clave de la unidad del mundo?
La flor sufre, tocada
por la mano inconciente.
Hay una queja velada
en su docilidad.
La piedra es sufrimiento
paralítico, eterno.
Nosotros, animales, no tenemos
siquiera el privilegio de sufrir.

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CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE,

Brasil, 1902-1987

CARLOS DESCARGA

Publicado en Poemitas. el 8 de Octubre, 2012, 11:15 por MScalona

Ciertos viajes

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Quizá con lluvia el propósito sea más claro

se lave

se pase la lengua de animal determinado

y revele mejor su intención

de quedarse

en algún punto azul

de florcitas heroicas entre el pasto de alguien que hace señas con el brazo

suficientes

para que el desplazamiento al menos cargue médulas de atraso.

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Situación de transferencia

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Los perros se adelantan,

desaparecen en la gramilla de los reparos del parque

y se hacen incompletos entre los árboles,

hacia donde yo camino

esta tarde de invierno.

Algo los retiene,

en un arco de atención

sus cuerpos partidos se estiran hasta confundirse

en nuevos animales

con otra tensión para el dominio del viento,

eso me frena

en el descampado con la mala carga del recorrido

como si yo tuviera que revelar una capacidad que se demora.

Claro que,

hasta aquí fui llevado por el impulso de los perros

y en eso confío,

aunque ahora algo ha dejado de suceder

y me observan con su registro primitivo del frío.

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CARLOS DESCARGA

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Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-