"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




19 de Septiembre, 2012


MAXI con la memoria de BOLAÑO

Publicado en Nuestra Letra. el 19 de Septiembre, 2012, 20:56 por MScalona

CON LA MEMORIA DE---------------- BOLAÑO                                                                                 

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Viajé a España sin saber nada. Había tenido con él una suerte de relación por correspondencia. A mí me gusta creer que fue eso: una relación. Cuando le escribí jamás pensé que me contestaría. Sin ningún tipo de vergüenza le había enviado un cuento mío que creía excelente e imprescindible. Cometí con él uno de los peores errores que un escritor puede cometer. Le hablé de la inmortalidad, de cómo algunos, por supuesto lo incluía, están condenados (no estoy seguro de haber usado esa palabra) a no morir nunca.

Su respuesta fue demoledora, no solo que mi cuento, dijo, le parecía algo así como una mierda líquida sino que me acusó de pedante y algo idiota. Lo increíble fue que me invitaba y de alguna manera pedía, que le siga escribiendo y mandando algunas otras de mis mierdas líquidas. ¿Por qué? Le pregunté en una ocasión en la que la confianza era mayor. Contestó: "Es que yo también fui algo idiota. Por aquellos tiempos andábamos con Mario Santiago en una moto robada por todo el DF. Por un México desbordado de poesía de mierda. De Octavio Paz e imitadores genuflexos dispuestos a tragar su semen de ser necesario." Creo que trataba de decirme que ser algo idiota, y no un total idiota, es una suerte de mérito. Continuaba: "Con respecto a la inmortalidad, permíteme decirte que te abofetearía, no muy fuerte, lo haría como se abofetea a los histéricos en las películas para que reaccionen. Luego te abrazaría. Lamento decirlo, en mil años ya nadie leerá a Shakespeare".

Llegué en julio, no le había dicho nada, me asustaba la idea de que no le interesara verme. Le llevé un juego de estrategia que consistía en alterar el  resultado del Combate naval de Iquique.

No fue difícil encontrarlo. En el pueblo en el que vivía desde hacía tiempo todos lo conocían y sabían cuál era su casa. Aun así, nadie se animó a decir nada.

Luego de varios golpes a la puerta me atendió su mujer. Comprendo que no haya querido darme ninguna explicación. Dijo: "Roberto murió". Debía ser el único que no lo sabía. Todos en Blanes estaban tristes.

Me acerqué al primer bar que encontré, pedí un té de manzanilla y el diario. En la primer plana estaba él, se lo veía feliz y con la mano levantada como saludando o como despidiéndose. Debajo, en manuscrito, con la letra inconfundible de Nicanor Parra (para los que nos hemos enfermado con "Artefactos") estaba escrito: "Le debemos un hígado a Bolaño". Enseguida sentí mezclarme en la tristeza de Blanes.

Después de pensar un poco y releer otro, le pregunté al mozo si sabía dónde había sido enterrado el cuerpo de Bolaño o qué se había hecho con él. No sabía pero que vaya a la librería Sant Jordi, quizás ella sepa algo, dijo. Su nombre es Pilar.

Todos tenemos la librería que nos merecemos, salvo los que no tienen ninguna, escribió alguna vez si no me equivoco (y no lo hago) Bolaño. No es necesario entonces decir qué clase de librería era aquella. En el ambiente sonaba Coltrane.

Tampoco Pilar quería dar ninguna explicación, de todas maneras ante mi insistencia y desesperación me contó que Roberto había sido cremado y sus cenizas arrojadas al Mar Mediterráneo. Pilar se largó a llorar. No me animé a abrazarla. En el ambiente sonaba Ellington.

Salí de la librería con la absoluta certeza de que no iba a volver a mi país pronto. Busqué un hotel y decidí que me encerraría durante meses a escribir.

No fue así.

Todas las mañanas iba al mismo bar que en mi llegada: el Café Terrans. Pedía un té de manzanilla y uno o dos churros. La casualidad o la proximidad con la casa de la familia Bolaño hizo que fuera el café al que Roberto iba. Un día Isabel, la dueña, me preguntó si sabía que lo mismo acostumbraba pedir él. No, mentí.

Por la tarde paseaba por la playa o iba a la casa de juegos Joker Jocs solamente para intercambiar algunas palabras con Santi, el encargado. Luego iba a la pastelería de Joan Panell y a la noche visitaba el videoclub de Narcís Serra, no se equivocaba Roberto cuando decía que Narcís era una de las personas con mayor sentido del humor de Blanes. Cada tres días iba a la librería de Pilar.

Roberto me hubiese abofeteado con fuerza. Estaba hecho un total idiota. Así fueron meses.

Un día, no recuerdo cuál, alguien me paró en la calle y me preguntó qué era lo que buscaba ahí en Blanes. A Roberto Bolaño, le contesté. Él murió. Sí, ya lo sé. ¿Entonces? No sé, me siento extraviado. Sus cenizas están acá. Sí, fueron arrojadas al mar, lo sé. Pero su fantasma no. ¿Cómo? Él está en París. ¿Perdón? Jean-Claude Villeneuve existe.

El muchacho salió corriendo, no sé quién era.

Al día siguiente me estaba despidiendo del pueblo y su gente. Gente que quise y tal vez me quiso, no lo sé, fui el único que lloró en cada abrazo.

En el viaje por tren (Blanes – Barcelona – Barcelona – París) leí y releí demencialmente El retorno, el cuento en el que Bolaño cuenta la historia de un hombre que ve morirse en una discoteca, no él mismo (no su cuerpo quiero decir) sino su fantasma,  y después cómo es trasladado a la morgue para luego ser secuestrado por dos camilleros seudoartistas y drogones a cambio de alguna suma de dinero dada por Jean-Claude Villeneuve, un famoso modista  (aunque necrófilo desconocido) francés.  Traté de encontrar alguna pista, algún guiño. Nada.

Cuando me fue revelada la ubicación del fantasma de Bolaño no me sorprendió tanto estar delante de alguien que aseguraba que existía la vida después de la vida (o algo parecido) como sí lo hizo que me confirmaran la existencia real de Jean-Claude Villeneuve.

Ya en Francia y después de varias averiguaciones y de pedir ayuda a varios colegas. No lo he mencionado, trabajo (o trabajaba) de periodista en Argentina. Ahora bien, lo que quería decir es que durante semanas no conseguí ni siquiera un indicio que confirmara lo que esperaba confirmar.

Recuerdo que pasadas algunas semanas llegué a desconfiar de la confesión de aquel ser extrañísimo de Blanes, no sé por qué no lo había hecho antes, no sé por qué le creí desde un principio. Estuve convencido de lo siguiente: el pueblo se había cansado de mí, de lo insoportable que resulta para el otro ver vivir una vida que no es la propia. Quizás no hallaron mejor manera de echarme, de ser así estaban en lo cierto, pensé. De repente la lucidez de aquel pueblo me pareció envidiable. Ojalá hubiera alcanzado para detenerme.

Lógicamente siempre supuse que  Jean-Claude Villeneuve no debía llamarse así realmente. Así fue que mi criterio de búsqueda se basó en encontrar a un modista francés algo tímido que le gustara por las noches sodomizar cadáveres. Me reuní con todos, por supuesto ninguno era intachable, aunque en ninguno pude adivinar cierta curiosidad (esa curiosidad) por los muertos.

Al segundo mes de haber llegado a París empecé a hacer guardia en la morgue. No sé cómo no me había dado cuenta antes. Al tercer día vi cómo dos personas en la madrugada, supongo los enfermeros de El retorno, subían un cuerpo a una ambulancia.

Creo no haber contado que había alquilado un auto. Bueno, sí, lo había hecho. Los seguí.

La ambulancia paró en una casa con más parecido al abandono que con la mansión que se le adjudicaba al tal Villeneuve. Por un momento creí que estaba a punto de presenciar un crimen que no me interesaba, que nada tenía que ver conmigo. Los enfermos bajaron el cuerpo, desde la calle no pude ver quién los atendió. Al poco rato se estaban yendo, reían, parecían drogados.

Estuve encerrado al menos una hora en el auto hasta que me decidí a bajar. Estaba a punto de tocar el timbre cuando leí en una placa: Emilia Campone.

Lo siguiente es difícil de explicar. Voy a limitarme a contar la historia tal cual fue a riesgo de ser acusado de falsear la los hechos. No me importaría.

Creí comprenderlo todo: Cecilia Llambone, la mujer que abandona al hombre que muere en El retorno, quien antes de morir ya estaba muerto de amor por ella ("La mujer de mis sueños" la llama él, es así que sabrá perdonar mi cursilería) era en realidad esta mujer: Emilia Campone, quien a la vez es Jean-Claude Villeneuve.

Golpeé. Abrió la puerta, era blanquísima y hermosa.

Me presenté y dije: hola, vengo por Bolaño. Pasa, dijo sin inmutarse. Atravesé junto a ella un pasillo que terminaba en una habitación rodeada de bibliotecas a excepción de un rincón donde había un sillón verde con una lámpara. La luz estaba encendida.

Él está acá, dijo y desapareció.

—Bolaño, soy…

—Sí, ya sé. Te escuché.

Era él, era su voz.

En ese instante recordé una nota de Roberto en la que decía que la esencia de un poema se esconde en el vacío de las palabras; ahí estaba la esencia de Bolaño, en el vacío de su cuerpo. Se lo dije. Me pidió que no le vaya con declaraciones de puta honrada.

Pedí disculpas y le pregunté por qué estaba ahí y quién era esa mujer. Me explicó que Emilia era una escritora española, más cerca, aunque no mucho, de Silvina Ocampo que de Isabel Allende. Con respecto a por qué estaba ahí dijo:         

—Un día íbamos en el auto de Rodrigo Fresán con Enrique Vila-Matas y Emilia. Me llevaban a mi casa, a Blanes. No sé por qué, realmente no lo sé, quizás algo sospechaba íntimamente, se me dio por hacerme el muerto. No era más que una broma, un juego. Rodrigo y Enrique se asustaron, mi salud desde hacía tiempo era frágil, en cambio Emilia no. Yo amaba a Emilia. Ella nunca me había mirado de esa manera como cuando creyó que estaba muerto. Al cabo de los años Emilia me confesó sus costumbres, por así llamarlas. Las razones son las mismas que las de Jean-Claude Villeneuve.  Las mujeres son putas asesinas.

—¿Entonces siempre supiste que ibas a terminar acá?

—No, no habló de fantasmas lógicamente. Eso fue una invención mía. Un permiso literario. Mi sorpresa fue enorme cuando me vi prácticamente dentro de mi cuento.

—¿Y la muerte? ¿Fue como en Ghost?

—Igual. Espantosamente igual.

Hablamos durante una hora sin parar de escritores, de escribidores, de poetas y locos. Al fin le pregunté a Roberto si podía leerle un cuento mío, el último que había escrito. Dijo que sí con un tono desanimado. Un cuento acerca de dos poetas errantes que aunque uno sospecha buenos poetas jamás se les conoce nada de su obra. El cuento está escrito con múltiples voces y planea romper con la estructura de la literatura  tal como se la conoce, le comenté. Lo leí.

Pidió que dejara de copiarlo, que intente, que por lo menos lo intente, ser auténtico, original. Entonces empezó a gritarme y a insultarme. Los libros empezaron a golpearme, los tiraba contra mí mientras seguía insultándome cada vez más fuerte. La vida instrucciones de uso me golpeó fuerte la cara y me abrió una ceja. Sangraba. El asco me hizo perder el equilibrio y caer. Bolaño me pateaba.

Salí corriendo asustado y como pude apoyándome sobre las paredes del pasillo. Afuera se escuchaban los gemidos de Emilia. Llegué a la puerta de la calle y entré al auto convencido de que volvería a mi país. Prendí un cigarrillo, un Delicados que había comprado en la Terminal, y me reí, me reí fuerte, quizás Roberto estaba al lado, no lo sé,  sólo sé que dije en voz alta: En la eternidad somos lo mismo, Bolaño: nada. Somos nada. En mil años ya nadie te leerá.

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                                                       Maxi Rendo Carballal

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-