"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




16 de Septiembre, 2012


SANDRA FABI

Publicado en relatos el 16 de Septiembre, 2012, 17:55 por S_Fabi

 MON SALAI

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Nos demoramos armando las valijas, yo me demoré. Seguían quedando pertenencias en el baño, en los estantes de living, en la mesa de la habitación del hotel. Los turistas a los que le habían adjudicado esa habitación, esperaban impacientes, pero resignados. Y yo no terminaba de guardar maquillajes, guardar ropa de abrigo, recoger mis libros, carpetas. Llenaba bolsos porque las valijas estaban repletas.

El avión, chico, de 17 pasajeros, haría una ruta diferente para nosotros los rezagados. Escala en Malta, en pleno Mediterráneo azul. Me entusiasmó la idea cuando me enteré del desvío. Mi hijo había partido antes, con el hombre que tuvo su equipaje listo antes que yo. Ese avión esquivó la tormenta. El nuestro no pudo. Se apagaron los motores repentinamente en pleno vuelo. Silencio. Caída libre en línea recta como cuando no hay aire, como cuando hay un agujero en el cielo. Mi madre no sabe nadar. Quedó debajo mío en la caída, bajé por la escalera virtual de asientos en posición invertida, la agarré de los pelos –no te asustes, te tengo-. No recuerdo la temperatura del agua, ya había anochecido. El viento inclinaba las columnas sobre esa plataforma marina. Dos brazadas y trepamos al suelo blanco, que flotaba en medio de la tormenta. Un hotel 5* en el medio del mar. Navegaba a la deriva. No luchaba contra los vientos de la tormenta. Tampoco contra la marejada, esas olas con corrientes imprevisibles que lo llevaban hacia cualquier punto del mapa, de la carta náutica.

Cuando nos rescataron en helicóptero, me preguntaba si todos nos habíamos salvado, o si alguno había muerto en el agua, si alguno no había llegado a aferrarse a la plataforma. En ese hotel todos asistieron mi desesperación por saber del otro avión, el de mi hijo. Se veían conmocionados. Casi más que yo. Había salvado a mi madre, pero no sabía si mi hijo seguía vivo.

A medida que nos alejábamos del hotel que flotaba, tuve conciencia de lo pequeño que era el sitio en el medio del mar. Cerca de Malta, o sea entre África y Europa. Unos cuantos metros cuadrados blancos en un mar océano de olas implacables, infinitas. Eso era lo único que se veía en el horizonte. Agua agitada.

Supe que pudimos aferrarnos a esa plataforma, porque el viento inclinó las columnas hacia un lado. De ese modo tuvimos espacio para trepar. En condiciones normales climáticas, no hubiéramos podido. No lo hubiéramos logrado. Esa imagen que miré largamente, mientras volábamos a tierra firme todos los que nos habíamos salvado, fue la fotografía de una casualidad. Caer justo allí, saltar del pequeño avión antes de estrellarse. Inverosímil. Afortunados.

Mon Salai, es anagrama de Mona Lisa, Leonardo y los acertijos ocultos en los cuadros. La perspectiva ligeramente fuera de escuadra en la pintura. Ella, Lisa, con los rasgos de él (Salai) el amante de Leonardo, Mon Salai "mi pequeño diablo". En un ojo de la Mona Lisa hay una S, en el otro una L. El puente detrás de la Lisa pintada, está en Bobbio, lo llaman el puente del diablo. Lisa con rasgos andróginos y Salai con rasgos femeninos. Dos en uno. Lo femenino y lo masculino en el retrato, superpuestos. Leonardo y sus códigos. El genio que lo hizo: un hijo natural.

Por alguna razón, mirar con otros ojos a la Mona Lisa de Da Vinci, hoy en Nat Geo, trajo a la conciencia el sueño de anoche. Caer de un avión, salvar a mi madre, trepar a una plataforma mínima, ser rescatada. Supe que mi hijo estaba con vida en tierra firme. Posiblemente en África. ¿En Marruecos? Creo que no. Posiblemente entre Túnez y Libia. O más al este, Egipto. La tierra de las revoluciones a través de redes sociales.

Sacando conclusiones, mi vuelo debe haber partido de algún punto de Italia, pero, Leonardo escribía en espejo, y si se invierten los lados del paisaje detrás de La Mona Lisa, el izquierdo hacia el derecho y viceversa, la perspectiva no queda fuera de escuadra. Lo mismo que en la pintura de la última cena ¿Juan o Magdalena?, otra imagen femenina- masculina, queda equilibradamente apoyada sobre el hombro de la figura central.

Entonces: ¿partí de Italia y terminé en África? ¿o al revés? O, quizás, atando cabos, finalmente ¿conocí Malta, ese lugar en el Mediterráneo?

Gioconda: nombre de origen italiano. La que está llena de vida, la alegre.

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                                                                                  SANDRA, sept. 2012

LAURA ROSSI

Publicado en Parodias el 16 de Septiembre, 2012, 0:17 por MScalona

La moral de los camellos

 

 

 

¾ Yo, una vez, me subí a un camello. Los camellos son malos.

 

Decían que era inútil discutir con la profesora Cristina Casta. Su modus operandi consistía en arrojar al éter enunciados asertivos que jamás lograban entretejerse con los de los otros. Por eso, quizás, llegamos a la conclusión de que estaba quedándose sorda. Aun cuando fue motivo de ardientes debates, nunca pudimos averiguar si su sordera se debía a cuestiones meramente anatómicas o si se trataba, en realidad, de una suerte de cualidad sobrenatural. Los defensores de la disfunción anatómica se empeñaban en sostener que una obstrucción en el canal auditivo era la responsable de que ciertos sonidos parecieran llegar al cerebro de Cristina y que otros no. Los que preferimos adscribir a la tesis sobrenatural, en cambio, estamos convencidos de que las cócleas de Cristina enarbolan un colador que actúa como filtro. Creemos que, en realidad, esa es la única explicación posible porque, de otro modo, no se entendería cómo Cristina es perfectamente capaz de decodificar exitosamente enunciados del tipo: “Vení, que Susana trajo masitas para festejar su cumpleaños”, pero se muestra incapaz de responder satisfactoriamente a pedidos mucho más básicos como: “Por favor, Cristina, limpiá las migas que dejaste en la mesa”.

Las cócleas con colador explicarían, asimismo, gran parte de los comportamientos de la profesora Casta: la introducción del tema de los camellos en una charla sobre las adversidades que afrontan los colegas que pretenden jubilarse, la evocación constante de anécdotas que siempre involucran programas de radio que nadie escucha y remiseros conocidos, sus llegadas tarde, el incumplimiento de sus funciones docentes y la incapacidad para percibir la existencia de otros seres humanos en su órbita. Tantos atropellos no pueden deberse a la mera malformación de un conducto. La cuestión debe ser necesariamente más compleja.

Los observadores de ambos bandos, sin embargo, parecen coincidir en un punto: el de la culpabilidad. Aparentemente, Cristina no tendría la culpa ni de la posible malformación de su canal auditivo ni de que sus cócleas cuelen las palabras de los otros. Yo me mantengo al margen de estas discusiones porque me parecen de una esterilidad suprema. No importa, en última instancia, si Cristina tiene o no la culpa de su sordera: lo que verdaderamente importa, en este momento, es saber por qué los camellos son malos.

No quisiera parecer un defensor a ultranza de camellos pobres y ausentes. Nada más alejado de mí defender a unos seres que a la legua se ve que ocultan algo y que, como si eso fuera poco, son una amenaza constante a las buenas costumbres. Porque es pérfido como él solo el camello: uno nunca sabe a ciencia cierta qué está pensando. El camello te mira y mastica como si no le importara en lo más mínimo tu presencia. Y cuando menos te lo esperás, salivazo al piso y a otra cosa. Ni se disculpa, ni se sonroja, ni sale corriendo como los chicos. Nada. Pero de ahí a afirmar categóricamente que los camellos son malos, hay todo un camino de generalizaciones poco fundamentadas que no estoy dispuesto a transitar.

 

Susana trajo masitas porque había cumplido años el sábado. Nunca entendí por qué, si uno es el que cumple años, debe encargarse de alimentar a los otros. Se supone que si los demás consideran que el paso del tiempo es un fenómeno digno de festejo, deberían, al menos, ocuparse de organizarlo. Al parecer, la mente de Susana no formulaba ese tipo de cuestionamientos y esa mañana apareció con dos paquetes enormes que, según anunció, contenían masitas de una panadería nueva que abrieron en su barrio. Me sonó a excusa, sobre todo porque su perorata siguió un complejísimo derrotero conceptual en el que comparó las masitas “riquísimas” que había traído el año pasado con estas que “ojo, tienen buena pinta igual” y que “esperemos que sean ricas, porque no las probé”. Demasiadas explicaciones para unas simples masitas. Al final, terminaban convirtiendo un inocente festejo en una obligación por partida doble: no sólo había que festejar el cumpleaños de una compañera de trabajo que ni siquiera es tan amiga como para invitarte a festejar en su casa, sino que, además, había que elogiarle las masitas.

En eso estábamos cuando sonó el timbre. Quizás por instinto o porque los docentes somos gente que lleva la desconfianza al paroxismo cuando se trata de comida gratuita, no nos atrevimos a abandonar la sala de profesores hasta que Cristina no hubiera puesto sus dos pies en el pasillo. Nos habíamos convertido en involuntarios custodios de las masitas de Susana que esperarían sobre la mesa hasta el primer recreo. Más de uno debe haber tenido la intención, incluso, de meterse en el aula con Cristina para evitar que saliera disparada a sumergirse entre las masitas como si estuviera en un pelotero, aprovechando que todos estábamos distraídos en nuestras tareas. Pero eso no era posible, así que cerramos la puerta sin verbalizar nuestros miedos y nos encomendamos a San Eufagos, santo patrono de la conservación de los alimentos ajenos.

 

Cuando llegó la hora del recreo, yo ya me había olvidado del asunto de las masitas. El cotorreo de las mujeres en la sala de profesores se escuchaba desde la escalera. Al aproximarse, uno podía escuchar claramente que se trataba del habitual cotorreo ininteligible, sobre el que, cada tanto, la voz de Cristina se clavaba en falsa escuadra.

Apenas traspasé la puerta entreabierta, Susana me ofreció café. Y masitas. Acepté el ofrecimiento y me dejé caer en uno de los sillones, mientras ponía cara de estar escuchando con atención una charla acerca de las penurias de la pobre Elsita, a la que se le estaba acabando la licencia y todavía no le había salido la jubilación. Estábamos en alguno de los momentos míticos de la charla, en uno de esos instantes en los que alguien cuenta cómo la amiga de la cuñada de no sé qué fulano se hizo todos los trámites sola y la jubilación le salió en un periquete, cuando Cristina trajo a colación el asunto de los camellos. Mi cerebro comenzó a proyectar las imágenes de lo que debe haber sido un verdadero holocausto camélido. El voluminoso cuerpo de Cristina, las comisuras de sus labios llenas de migas, la línea de transpiración que le cruzaba la frente para desembocar, gracias a una extraña jugarreta de la geometría, en su ojo izquierdo, se me aparecían como flashes de un zapping frenético que terminaba en una clara e inequívoca imagen integrada: Cristina vestida de exploradora, entre las gibas de un despatarrado camello que pedía con los ojos que lo sacrificaran como a un perro rabioso antes de tener que seguir soportando a la señora que le contaba un chiste “buenísimo” que había escuchado en la radio.

Mi sonrisa fue malinterpretada. Quienes me rodeaban pensaron que se trataba de un signo de aprobación ante los beneficios de la autogestión jubilatoria y no de un divertimento gratuito que mi mente, siempre gauchita en estos menesteres, me estaba proporcionando. Y ahí nomás, Cristina arrojó al éter eso de que los camellos eran malos. Yo no podía reponerme todavía de la sensación de misericordia que me había generado la idea del pobre camello entre sus piernas cuando, sin preámbulos, su generalización infame me pegó un patadón en los dientes.

 

Cuando un tipo callado habla, se produce alrededor de él un fenómeno por demás interesante: todos, sin distinción de credos ni de ideas políticas, hacen silencio. Incluso, las mujeres. Por eso, cuando me aclaré la garganta y entorné ligeramente mi cuerpo hacia la fuente de la que emanaba lo que no podía ser otra cosa que un falso testimonio acerca de las cualidades morales de los camellos, una ola de inquietud recorrió los rostros de los presentes y se transformó en dos segundos en una espera silenciosa y paciente, alentada, quizás, por mi uso del vocativo ‘Cristina’.

¾ Cristina, escuchame un poco, ¿cómo es eso de que los camellos son malos?

 

Recién en ese instante, noté que las teorías acerca de la sordera de Cristina habían calado tan hondo en nosotros que ya nadie se atrevía a dirigirle la palabra en forma directa. Cristina debe haberlo notado también porque se puso blanca como un papel al escuchar su nombre. La cara de Cristina pasó del blanco al colorado sin solución de continuidad. Luego, el colorado amainó y se mantuvo en una suerte de rosa pálido bastante homogéneo. Como si nada hubiera sucedido e indiferente a los veinte pares de ojos que nos observaban en silencio, engulló tres masitas de un solo bocado y se sumergió en el resto de té que quedaba en su vaso descartable. Cuando el vaso regresó a la mesa, la expresión de Cristina me hizo acordar a mi tía Marta. Pobre Marta, era tan pánfila que no nos cansábamos de inventar historias ridículas para mofarnos de ella. Y ella, que al principio entraba como un caballo, terminaba descubriendo que nos reíamos de su candidez pero no decía ni una palabra: se limitaba a mirarnos de costado, de reojo, para dar a entender que estaba ofendida.

¾ En serio te pregunto, Cristina, ¿por qué los camellos son malos?

 

El sonido del timbre que nos indicaba que era hora de volver a las aulas rompió la tensión que se había generado en la sala. Las mujeres empezaron a juntar los vasos usados y las servilletas de papel. Creí ver, entre los que se iban levantando, alguna sonrisa socarrona, alguna mirada punitiva para conmigo pero piadosa respecto de mi supuesta víctima. De pronto, me había convertido en el maldito infeliz que había arruinado el festejo de diez minutos torturando a una pobre mujer enferma. Pobre Cristina, que no tenía la culpa de ser sorda para todo lo que no fuera comer gratis. Pobre Cristina, a la que nadie le hablaba ya porque era más fácil pergeñar teorías redentoras que enfrentarse de lleno a sus maldades de solterona mañosa.

A esta altura, ya no recuerdo quiénes se habían ido ni quiénes se habían quedado merodeando la sala, no fuera a ser que Cristina explicara por qué los camellos eran malos y, al final, se lo perdieran. Lo que sí recuerdo es la sensación de batalla perdida que se me había pegado en el pecho. Yo, que tantas veces había querido convencer a todos de que Cristina escuchaba lo que quería, de que no era más que una vieja chapucera que nos odiaba a todos y que ni siquiera tenía el decoro de disimularlo, tendría que aceptar mi gravísimo error de juicio.

Me sacudí las migas del saco y me puse de pie para que la gravedad hiciera el resto. Cuando levanté la mirada, Cristina se había parado y me miraba de frente, como la tía Marta pero sin el menor destello de candidez.

¾ Vos no estás bien, Norberto. Yo te miro y me doy cuenta. Vos no estás bien. Algo te pasa.

Cristina no sólo me había escuchado con claridad, sino que, además, se disponía a poner en juego la clásica estrategia discursiva del tiro por elevación. Puse mi mejor cara de idiota desamparado y la miré como sin entender a qué se refería.

¾ Claro, Norberto. No sos un chico ya. Date cuenta. Los camellos son malos porque muerden. Eso lo sabe todo el mundo. Mirá las preguntas que hacés… Yo no soy tonta, eh.

 

La imagen del camello despatarrado volvió a mi mente. Esta vez, el camello vengador me miraba con los ojos inyectados en sangre, mientras le propinaba un certero mordiscón al muslo cuatro-ambientes-con-cochera de una Cristina que gritaba como una marrana que la bajaran del lomo de ese animal del demonio.

Cristina también malinterpretó la sonrisa que se me había incrustado en la boca, supongo, porque me miró con ojos triunfantes, igualitos a los de la tía Marta cuando le decía a mamá que nos había pescado robando limones del jardín del vecino.

¾ Tenés razón, Cristina, cuando tenés razón, tenés razón… - le dije, tal como mi madre le decía a su hermana para que se convenciera de que su comentario mal intencionado había sido una contribución invalorable para los destinos de la humanidad.

No hay que subestimar el poder que las tautologías ejercen en las mentes de algunas señoras ni la capacidad de venganza de ciertos camellos. Siempre es bueno saberlo.

 

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                                                           Laura R.

DAMIÁN FORNASO

Publicado en Parodias el 16 de Septiembre, 2012, 0:13 por MScalona

Recetas

 

Llego a mi casa. Supongamos que es martes, como hoy. También es casi septiembre, agosto pasó tan rápido que ni el invierno se dio cuenta, nos dejó sin frío. Acabo de llegar con un hambre bajo el brazo y una revista que me consiguió un compañero del taller: “Riel  - Revista de investigación y estudios literarios”;  2.1 Segundo informe literatura local: Fontanarrosa,  Narrativa.

La revista me tienta, pero el hambre me ocupa. Tiro el ejemplar, inaccesible si no fuera por las gestiones de Maxi, sobre el sillón donde se ajusta con “El Testigo”: el barato, el de página, el de Villoro. Abro la heladera y, como si hubiera abierto una cajita de música suena en mi cabeza Charly García: solo queda un limón sin exprimir. Es cierto: nos divertimos en primavera y en invierno nos queremos morir. En la gaveta de la verdura diviso una calabaza. Tomar nota de una receta rápida y digna: cortamos tres rodajas de calabaza, las descortezamos, tomamos un recipiente profundo de vidrio apto para el microondas, depositamos en el fondo las tres rodajas descortezadas, colocamos como tapa del recipiente un plato (ya que la verdadera tapa se rompió hace años), introducimos el recipiente en el microondas, apuntamos la rueda de potencia hacia: ALTO y la del tiempo en Diez Minutos (si usted tiene un microondas digital, también puede llevar adelante la receta). Al pasar los diez minutos suena una chicharra que nos anuncia la culminación del proceso. Esto no termina acá. Buscamos queso doble crema, cortamos tres porciones abundantes y las colocamos sobre cada una de las rodajas. Volvemos a colocar el plato como tapa del recipiente, esto hace que el calor se mantenga y que el queso se gratine, una vez que esto ocurre; me siento a celebrar la cena.

Termino de comer, tomo la revista y un vaso de vino (tinto claro, para rodajas de calabaza gratinada no hay como un buen vaso de vino tinto). Abro la revista aproximadamente en la mitad y lo primero que leo es una frase de Echenique que reza: “Cáncer es una palabra grave”, indiscutido aforismo de Ernesto Esteban. Dos cosas me sorprenden: lo rico que es bajar tres rodajas de calabaza con vino tinto y que, casualmente, vengo de una clínica donde le realizaron a mi vieja la segunda tomografía en menos de un mes. La primera era para saber  que le causaba el dolor de cabeza, esta segunda era para tener la certeza de donde apuntar los rayos. En medio de estos dos puntos de tiempo, fue operada para sacarle la caprichosa pelotita que le causaba el dolor. Segunda vez que le sacan una de estas pelotitas, la anterior le había aparecido en una teta.

Aquella vez, la de la primera pelotita, los médicos, por suerte fueron contundentes: si realiza el tratamiento de quimioterapia que tenemos preparado para este tipo de tumor  (no dicen cáncer, cálculo que por ser una palabra grave, prefieren las agudas) no hay posibilidades de repetición. La palabra repetición es aguda, en cambio metástasis es esdrújula. Lo que nos lleva a la conclusión de que los médicos prefieran las agudas en lugar de las graves o esdrújulas. En aquel momento, cuando el medico elegía las agudas, me lo imaginaba a mi viejo como al tío Julio, preguntando si esto era seguro, que si utilizando los medicamentos necesarios no tendríamos que pasar por ninguna “repetición”. Seguramente el médico le explico que en  medicina dos más dos no es cuatro, pero que el tema está muy controlado. Pero si yo le digo que este perro esta adiestrado (dice mi viejo o el tío Julio), y usted me pregunta ¿pero muerde? Y yo le contesto que a veces muerde y a veces no ¿usted que me diría? ¡Que no está adiestrado una mierda! Pero claro, esto solo pasa en los cuentos, el tipo que no sabe si el perro muerde o no, tiene en sus manos la vida de tu pariente y evita las graves y esdrújulas y no deja de ser un mérito.

Sigo con hambre, a pesar de las cabalazas y el queso gratinado. Estornudo y, para colmo de males, se me escapa un pedazo de calabaza que había quedado entre los dientes. Lo recojo con la yema de mi índice y me lo vuelvo a comer, un poco más frío pero igual de sabroso. Llamo a mi casa para saber si llegaron bien y mi viejo me cuenta que si, que llegaron bien y que ya esta mi hermana, que, como indicó el padre Ignacio, le está rezando una oración en la cabeza, otra en el pecho y otra en los pies, a mi vieja. Recuerdo las visitas que Fito y Coki le hacían al Negro, siempre sin avisar le tocaban el timbre y, si el Negro estaba acostado, no dejaban que se levante y se acostaban uno de cada lado. Esa imagen (documentada) me llevan a pesar que si tuviéramos en las filas de nuestras amistades a Bracamonte, y si la visitara a mi vieja mientras mi hermana cumple con el ritual, podríamos acostarlo junto a ella y también rezarle en la cabeza, en el pecho y en los pies, y comprobar, en la próxima fecha, si el ritual tiene o no resultados milagrosos. Si bien mi viejo es un tipo celoso, creo que, tratándose de Bracamonte, no tendría problemas que lo acostáramos un ratito en su lecho matrimonial.

Sobre Bracamonte, flamante número nueve de Rosario Central,  podría decir que su pasado inmediato en Rusia lo ha hecho adoptar algunas conductas particulares como jugador, tal vez influenciado por la cultura del país. Podemos definirlo como un jugador Barthiano, que desbarata el juego clásico de un nuevo para sorprender tanto a propios como a extraños. Es tan difícil leer el Ulises, como aguantar al nueve, noventa minutos en cancha.

En un punto también el fútbol se encuentra con la medicina, no en el milagroso aerosol que utilizan cuando un jugador está a punto de morir y, luego de aplicarlo, milagrosamente sale caminando, con un poco de dificultad los primeros dos pasos y luego sin rastros de dolor. El punto de intersección entre las dos ciencias es que, tanto los médicos, como los dirigentes de Central opinan que mi vieja va a volver a disfrutar (o sufrir) al canaya en la A, y uno confía. Ojo, hay veces que a uno le cuesta un poco o sospecha que hay alguna exageración, nunca intencional, de optimismo. Cito un ejemplo: cuando le terminaron de sacar la segunda pelotita a mi vieja de la sabiola, digamos “la repetición”, el neurocirujano que la operó nos vino a contar sobre la intervención, primero nos dijo que  había sido un éxito y luego que mi vieja estaba en coma, nos costaba asociar la palabra éxito (esdrújula) con la palabra coma (grave). Luego nos dio detalles inimaginables del trabajo que realizó. Mientras el tipo de blanco terminaba de relatar la operación que hacia minutos  había concluido, yo pensaba, y casi se me escapa: con ese pulso como no se dedicó a robar panderetas, pero por suerte me contuve.

Ambos puntos de vista, el de los médicos y el de las voces autorizadas en la institución de arroyito siguen una misma estrategia pero con diferentes matices, si bien los médicos evitan las palabras graves, los otros las niegan “no existe la palabra fracaso” dicen. La palabra “FRACASO” podemos definirla como menos grave que la palabra cáncer, solo por el hecho de tener acento prosódico. Pero si vamos más allá y analizamos las conductas de fondo, me quedo con el ocultamiento y no con la negación, esta segunda estrategia es caprichosamente soberbia. 

Pero reconozco que, a pesar de todo esto, vuelvo al martes, al agosto que se fue, al que se olvidó el frío: a la calabaza que no me llena, tal vez por ser grave, o por falta de acento ortográfico.

 

Pájaro Fornaso.

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-