"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Septiembre, 2012


ALFREDO CHERARA con la memoria de...

Publicado en Nuestra Letra. el 13 de Septiembre, 2012, 15:43 por MScalona

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Maneras de viajar

 

 

En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones.

Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural.

 

Destino de las explicaciones - Un tal Lucas

Julio Cortázar

 

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Las mejores y las peores cosas suceden mientras se viaja en colectivo y uno entra en ese estado hipnótico cuando hace efecto el movimiento de la inercia.

Si yo fuera escritor me dedicaría a contar esas historias.

Tengo bastante estudiado esos hechos, mucho menos la capacidad de poder recrearlo en una hoja, porque para ello uno debe saber que esas historias no se dejan escribir fácilmente.

De todas maneras creo que si fuera escritor me las arreglaría para poder contarlas, aunque más no sea a una sola de ellas.

Como no es así, me consuelo pensando que esa historia bien puede ser la que me conto mi amigo Carlos, el otro día mientras tomábamos algo.

Interrogado sobre los motivos por los que aún viajaba en colectivo, Carlos arqueo el labio y disgustado dejo escapar lo que para él era la más grande bobería del enamorodioamiento. Creí, me conto, suspirando las palabras, lo que sus ex siempre le habían dicho; que era muy beneficioso caminar hasta la parada todos los días. Eso sí, ellas utilizaban el auto.

La historia le ocurrió hacía unos días Carlos, aunque le podría haber ocurrido a cualquiera que se hubiera detenido un instante a reflexionar cómo el tiempo queda inhabilitado por el azar.

La imaginación la puse yo. Las dos cosas sucedieron en Jekyll & Hyde entre tragos de cervezas, tabaco y ese gusto de hablar sobre cosas no ocurridas ahora, sino acontecidas mucho antes sin que se sepa bien por qué. Su historia puede caber en estas sus palabras.

 

Es una mañana neblinosa de agosto en un lugar completamente despojado de movimientos. Es lunes y tras cruzar la puerta de salida del departamento, una temperatura por debajo del cero me para en seco. Pero eso no es nada al lado de lo que es mi primer contacto con la realidad y lo que ello producirá. Con la fuerza de un punch boxístico quedo boquiabierto al observar que las pocas personas que transitan por la calle lo hacen sin mover sus cabezas.

Trato de encontrar la bufanda gris –ni negra ni blanca, gris. Está en el sueldo congelada. La vida en ese preciso instante se hace bufanda.

Solo recorro media cuadra para llegar a la parada del colectivo, cuando intento encontrar la tarjeta de viaje, no lo logro. Desde hacía unos meses, luego del último robo, decido –aún hoy cuesta aceptarlo-, no llevar más la cartera. Me propongo llevar a lo sumo un libro o dos, inútil porque ya no puedo leerlo en el micro ni en el trabajo, sólo mantengo la costumbre por el efecto cábala que creo tiene. Una alucinación que me recriminas cada vez que nos encontramos y los ves en mis manos. Parece aún más exagerada esta afirmación, sino se tiene en cuenta que desde un tiempo estoy perdiendo cada vez más la vista por causas desconocidas. Desde entonces, intento suplirlo utilizando los apps de la tableta electrónica.

 

En ese momento aparece en la escena Alexandra y nos acerca la botella junto a su simpatía. Carlos continúa, como le gusta a él hacerlo, casi descuidadamente pero tratando de atrapar.

 

Había decidido tomar el micro para viajar. Como vos sabes, intuyo que estos cambios son beneficiosos para aplacar los demonios de mis más sesudas reflexiones. Subo al colectivo, me siento, el bondi echa a andar y empiezo a escuchar música de jazz. Para ser más preciso, a cavilar, porque para mí el jazz es pensar como las cosas pierden sentido. Rápidamente identifico, es Lover Man de Charlie Parker. Inmediatamente entro en ese estado de descompresión mental.

Saboreo la trompeta, sus tonos y de imprevisto recuerdo su letra. Cosa increíble ya que no sé inglés. Pero aún más raro es que la letra pasa automáticamente al castellano en mi cabeza y comienzo a tararearla.

No sé por qué, pero me siento tan triste

Tengo muchos deseos de probar algo que nunca he tenido

Nunca he sido besada

Oh, lo que me he estado perdiendo

Mi amante oh, ¿dónde puedes estar?

 


I don't know why but I'm feeling so sad

I long to try something I never had

Never had no kissing

Oh, what I've been missing

Lover man, oh, where can you be?

 

De inmediato se entorpece la grabación. Una voz lejanamente y conocida habla.

¡Hey!, ¿cómo usted puede matar así?

Extrañado más por el arrastre de la erre que por lo que decía, no puedo más que seguir escuchando, mientras se cuela el sonido del alma.

La noche es fría y yo estoy tan sola

Daría mi alma sólo para llamarte mí dueño

Tengo una luna por encima de mí

Pero no hay nadie que me ame

Mi amante, oh, ¿dónde puedes estar?

 

 


The night is cold and I'm so alone

I'd give my soul just to call you my own

Got a moon above me

But no one to love me

Lover man, oh, where can you be?

 

Interrupción. Distingo una tos. Pregunto, ¿pero usted es…?

Sí, no puedo menos que aparecer cuando afloran estos atropellos artísticos.

La melodía sigue su ronroneo maravilloso.

He oído decir

Que la emoción del romance

Puede ser como un sueño celestial

Voy a la cama con un deseo

Que usted me haga el amor

Por extraño que parezca

 

 


I've heard it said

That the thrill of romance

Can be like a heavenly dream

I go to bed with a prayer

That you'll make love to me

Strange as it seems

 

Se escucha ruido de púa y aprovecho. ¿Desde cuándo le interesa el jazz?

No lo sé exactamente, pero creo que no tengo casi recuerdos sin jazz. Yo nací en 1914 así que, cuando era chico, asistí al nacimiento de la radio... no había discos de jazz todavía. En esa época se escuchaba en la radio, en Argentina, tangos, música clásica o música popular hasta que un día, -yo tendría diez años- escuché por primera vez un fox trot y fue mágico para mí. Dos o tres años después, descubrí a Jelly Roll Morton y más tarde, a Louis Armstrong y a Duke Ellington.

Admirado, finalmente llegan los últimos acordes

Algún día nos encontraremos

Y tú secarás todas mis lágrimas

luego, susurras dulces

cosas en mi oído

Abrazos y besos

Oh, lo que me he estado perdiendo

Mi amante, oh ¿dónde podrás estar?

 

 


Someday we'll meet

And you'll dry all my tears

Then whisper sweet

Little things in my ear

Hugging and a-kissing

Oh, what I've been missing

Lover man, oh, where can you be?

 

Perdón, no puede evitarlo, ¿usted escucha jazz a diario?

Sí, escucho dos o tres discos de jazz por día y bastante más música clásica. Como ves no he evolucionado mucho... Pero jamás pongo música mientras hago otra cosa. Los que compusieron esa música no lo hicieron para que fuera un “fondo musical” sino para que lo escuchásemos con la misma atención con la que leemos un libro.

 

Carlos se para y se va al baño. Como yo me he traído al bar todos mis años de recuerdos juntos y bien amontonados, la historia de Carlos me hizo click, se agitó y ensayo una rara explicación. Me digo que es el final de una conversación con otro amigo. Pienso, le doy vueltas a la cosa. Me afloran episodios del pasado, una serie de imágenes.

Estas cosas no se entienden ni se verifican en el momento, pero antes de que uno los pueda decantar, ese estado de desconexión temporal permite diseminarse.

Sé perfectamente que entre esos dos pequeños acontecimientos hay un tiempo exacto de reloj. Pero entro en una especie de superposición de tiempos diferentes que no sé utilizar. Ojalá pudiera hacerlo, porque si alcanzara a multiplicar ese tiempo sería como ganar la inmortalidad.

Levanto la vista y me quedo atrapado en Alexandra, más precisamente en esa forma angelical de irse y venir. Pero la barriga de Carlos se interpone, se hace cada vez más grande y se sienta delante de mis ojos. Agarra el vaso y continúa:

 

Ahora vos me preguntarás qué había visto, y tampoco sé muy bien. Al lado del chofer había algo sentado, una forma rara, que no hacía el menor movimiento ni giraba su cabeza para ningún lado. Me encontraba en un estado de cansancio profundo, muy distraído, y lo de muy no es menor, porque siempre estoy desatento. Son esos períodos de falta de atención que me introducen en un pasadizo secreto, y favorecen los acontecimientos.

Bien mirado, los pasajeros son dichosos por su imaginación más que por su contacto directo con la realidad. Todos están sentados y sin embargo, cada uno de ellos se encuentra inmóvil. Desde el último asiento –donde me hallo-, veo con nitidez la hilera de cabezas rapadas y quietas. Lo notable es que las filas están acompasadas en parejas: en los asientos dobles, a la derecha, sobre las ventanillas, las mujeres y a la izquierda, sobre el pasillo, los hombres. En los de asiento simple, hombres y mujeres alternativamente, desde delante hacia atrás.

De inmediato como una ráfaga suben dos policías, con esa delicadeza que invariablemente lo han distinguido. Corren hacia mí y gritando no moverse, detienen al hombre sentado en la penúltima butaca, justo delante de mí. Velozmente le sacan una carpeta de su mano, lo esposan y lo acarrean. Todo el operativo no lleva más que unos segundos. Pero esto siguió y siguió. Yo no tengo ningún control de tipo temporal, simplemente estoy perdido en la situación.

 

Se acerca Alexandra, por si no la conocen, la moza es sueca y forma parte ya de nuestras tertulias. A veces me parece que no estamos nosotros dos, sino que formamos una pareja de tres. Carlos llena el vaso de cerveza como lo hace sólo él, con la tranquilidad que da la experiencia de las reiteradas veces, luego toma aire y fiel a su estilo, continúa:

 

Para salir de ese momento, abro el Ipad 3 recientemente comprado. Un clic sonoro intenta despertarme, sobre el inmanente blanco de la pantalla, al instante, aparece un mensaje de voz: “Escritor ciego – Página en blanco”. Muchas veces he leído la historia de escritores que angustiados ante una página vacía logran el Nobel. Una nueva ficción, conjeturo. De todas formas las planas de la academia literaria lo atestiguan y lo enaltecen casi anualmente.

Malhumorado y a punto de cerrar la máquina, el mensaje llama nuevamente: ¡Hey, vos! No puedo dejar de mirar. Es el segundo puñetazo de pura realidad que en el día acuso.

El dedo se pone en marcha automáticamente sobre el ícono, con la fuerza que el artefacto induce. La red se despliega:

 

Escritor ciego – Páginas en blanco

La policía incauto y descifró el relato de una novela inédita

Julio Rocamadour, de 52 años, psicoanalista devenido famoso escritor, luego de un accidente en el que había perdido parcialmente su vista, se dedicaba a escribir su décima novela. Lo hacía usando una carpeta especialmente diseñada con guías para mantenerse en los renglones mientras trabajaba.

En una jornada normal, Rocamadour escribía varias páginas. Pero durante las dos últimas semanas en las que se sintió bastante inspirado, logró triplicar la producción de su obra hasta que completó las primeras 350 hojas.

El reconocido rosarino había hecho hacia unos días una denuncia por robo donde entre otras cosas le sustrajeron su carpeta especialmente diseñada para suplir las dificultades de su temprana discapacidad.

También se supo a través del portal de noticias que antes del robo, el literato emocionado, le mostró las páginas a su hijo para que leyera lo que había escrito, pero éste tuvo que darle una mala noticia: las páginas estaban en blanco.

“Estaba completamente devastado -le dijo a “30Noticias”-, por un momento, recuerdo haber dicho que no había nada que hacer, y le dije a mi hijo que no se pusiera triste. Luego le pedí que me diera un abrazo”.

Por una denuncia anónima, fuentes policiales realizaron hace dos meses un allanamiento en un colectivo urbano de pasajeros. Fue así que pudieron dar con una persona de sexo masculino que llamo rápidamente la atención de los efectivos policiales ya que al exigirle quedarse quieto, no podía girar su cabeza. Entre otras pertenencias se le incauto la carpeta robada donde estaba el documento.

El manuscrito fue entregado al departamento de inteligencia de la policía santafecina. Fue ahí que la agente Jennifer Correa y una colega dedicaron su tiempo libre a la tarea de dilucidar las páginas usando luces de alta intensidad.

“Nos dimos cuenta de que, al usar estas luces sobre las páginas permitía destacar las sombras hechas por la presión del bolígrafo” y leer lo que estaba escrito, dijo Correa al portal de noticias”.

“La alegría cuando tuve la carpeta de regreso fue fabulosa. Esta maravillosa policía vino a mi rescate. Estoy muy agradecido”, aseguró Julio Rocamadour cuando recibió la buena.

Según transcendió las policías que trabajaron en el desciframiento, habían quedado gratamente sorprendidas y sostuvieron que sería la mejor novela del famoso escritor. Coincidieron, por su manera de escritura que la misma cambiaría el modo de considerar a este género literario.

Horas atrás, por su hijo se pudo saber que el literato continúa trabajando arduamente en su novela. Y, según trascendió, ya tiene idea de cómo terminarla.

 

La sirena del móvil policial huyendo me regresa de ese estado desaconsejado. Cierro el aparato y ve como las parejas de pasajeros comienzan a moverse inclinando sus cabezas. Acercan compulsivamente sus labios y se apretujan en abrazos.

Justo en ese instante siento el ruido agudo de los frenos. El colectivo se detiene. Busco la próxima parada intuyendo que ya debe estar muy cerca del destino. Sin embargo, es la primera esquina después de aquella donde acabo de subir.

 

Me sonrío y Carlos acompaña. Ambos compartimos los sinsabores de nuestro desamparo.

Imposible predecir el destino que un relato pueda tener. Seguramente las personas toman su colectivo para olvidarse de cómo deben llegar a su trabajo. Y la escritura es precisamente lo contrario, el momento donde se piensa del infortunio vital.

A mí en todo caso aún me sucede eso y será por lo cual no puedo escribir. Tal vez sea más útil que otros puedan aprovecharse de estas líneas para guarnecerse, uno nunca sabe.

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Alfredo Daniel Cherara

ROBERTO SÁNCHEZ con la memoria de Saer

Publicado en Nuestra Letra. el 13 de Septiembre, 2012, 15:37 por MScalona

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POR LA ISLA


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Hemos pasado, mi primo Joaquín, nuestro amigo Luis y yo, este sábado soleado de octubre, desde la mañana temprano hasta ahora que está atardeciendo y estamos de regreso, el día entero como se dice, en la isla.

A las siete, con el sol trepándose a la copa de los árboles que se veían enfrente, ya estábamos en el embarcadero subiéndonos a la lancha de Luis con algunos bolsos y cañas de pescar, animados por lo promisorio del día que pinta cálido, con un cielo sin nubes y un aire límpido apenas movido por una leve brisa del norte que, además, favorece la navegación.

Con pericia, Luis ha encendido el motor, nos ha indicado donde sentarnos, ha distribuido los bultos y ha soltado, de un tirón, la cuerda que amarra la embarcación al muelle. En unos minutos ya estamos cruzando, con el potente ronroneo del motor de fondo y un suave cabeceo de la proa que sube y baja, en todo su ancho, el río Paraná.

La navegación, en días de buen tiempo, tiene un efecto de placidez y distensión, casi adormecedor. Adaptados ya al zumbido de fondo del motor, vemos y escuchamos pasar a nuestro lado los borbotones de agua espumosa que la proa y la quilla de la lancha, en su avance, van produciendo al cortar, como una cuchilla, la masa líquida del río marrón que, mirada por delante de la embarcación, por un mero efecto de ilusión óptica, parece totalmente inmóvil.

La isla, lentamente, se ha ido acercando a nuestra mirada y distinguimos, nítidas, la vegetación exuberante y multiforme y la orilla que en forma de barranco desciende, abrupta, hasta una angosta playa de arena.

Diestro, Luis desacelera lentamente y a unos pocos metros de nuestro punto de llegada apagan el motor y la lancha, por inercia, continúa avanzando por el agua que ahora es espesa y resistente. Luis se sube a la proa y con un movimiento ágil  salta a la orilla, mientras Joaquín y yo, en silencio, escuchamos frotar la panza del casco contra la arena rugosa que parece rasparlo.

Buscamos un claro debajo de los árboles y con pocas pero precisas palabras nos distribuimos algunas tareas. Hay una necesidad de silencio, como si ninguno de nosotros quisiera distraer su atención de lo que están captando nuestros sentidos: el aire luminoso y perfumado por la abundancia de arbustos y flores silvestres, los manchones de luz que filtra el sol a través de la copa de los árboles que dibujan en el suelo innumerables lamparones ovalados de color amarillo, el cielo de un azul intenso, el canto incesante de los pájaros, el chapoteo del agua que, rítmica, golpea la popa de la lancha que parece reposar, agotada por el viaje, algo ladeada, sobre la arena de la costa.

Mientras Joaquín y Luis, expertos en plomadas, anzuelos, líneas y carnadas preparan las cañas, yo recojo en los alrededores la abundante leña que naturalmente provee la isla y enciendo el fuego que con el crepitar de las primeras llamitas eleva un humo gris azulado hacia el denso follaje que nos rodea.

Cuando el agua amaga hervir, retiro la pava ennegrecida por el uso, preparo el mate y recorro el breve trecho que me separa de la orilla de un arroyo caudaloso donde los dos pescadores se han apostado, desde hace un rato, silenciosos y atentos, a la espera del pique.

Al mediodía, con el sol refulgente irradiando un calor del que nos protege la vasta arboleda, ya humean sobre la parrilla el dorado y la boga que pescó Luis y tres amarillos que ha capturado Joaquín. Hemos reemplazado el mate por un buen vino tinto que degustamos con rodajas de salame y pan a la espera de la cocción de los pescados que, como todos saben, debe ser lenta y paciente.

Acompañándolos únicamente con pan y vino, comemos con deleite los pescados que, tras una hora de parrilla, muestran un color y un aroma irresistibles a nuestro apetito. Sentados sobre unos troncos grisáceos, cada uno con su plato y su porción, envueltos por el clima cálido y el ámbito agreste, nuestra conversación se anima y se torna casi festiva. Quizás, sin decirlo, hemos tomado conciencia de estar viviendo uno de esos momentos dichosos, de plenitud, que solo se dan muy de vez en cuando y que suelen ser, aunque se procure repetirlos, irrecuperables.

El sol, imperceptible pero incesante, ha proseguido su marcha hacia el oeste. Joaquín dormita sobre una lona, Luis ha vuelto al arroyo con su caña y yo, hipnotizado, no dejo de contemplar el río, la corriente amarronada sobre la que la luz solar produce infinitos destellos que cabrillean en el agua y enfrente, como una marquesina que de a poco se oscurece, la silueta de la ciudad, en la que seguramente bulle el ruido y de la que estamos sustraídos y a la que no obstante tenemos, como quien dice, al alcance de la mano.

Más tarde,con una leve desazón que ninguno confiesa, vamos acomodando lo que hemos traído, apagamos los últimos rescoldos del fogón y nos dirigimos a la lancha. La cargamos con los bultos, la empujamos coordinadamente hacia lo profundo sintiendo el agua fría que moja nuestros pies y el chasquido de la arena bajo el casco y nos trepamos de un salto mientras Luis enciende el motor que ruge estrepitoso en la quietud del aire.

Ahora el sol es una bola anaranjada que va a hundirse, en breve, detrás de la silueta de los edificios que han ido perdiendo su color para tornarse ya casi negruzcos. Al igual que en la mañana la isla, la ciudad, con algunas luces que comienzan a titilar, al compás del cabeceo de la lancha que, plácida, nos va meciendo sobre el río, ha terminado por acercarse.

Ya estamos pisando las tablas del embarcadero, ya le echamos un último vistazo al bote que, amarrado, se menea rítmico con el oleaje, ya se ven las primeras estrellas y la silueta oscura de la isla y ya comenzamos, también, a extrañar el dúa que hemos vivido en ella.

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Roberto Sánchez

3/ 9 /12

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-