"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




11 de Septiembre, 2012


GABRIELA RIVERA

Publicado en Parodias el 11 de Septiembre, 2012, 0:38 por MScalona

EN FORMA

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-¿Están listos?- ruge la armónica figura desafiando el volumen de los altoparlantes. Al instante, unas veinticinco almas comienzan a pedalear sus bicicletas fijas con el empeño del principio. El mismo que  tengo ahora  y seguro me abandonará pasados los primeros quince minutos. Miro a los demás. Hombres algunos y mujeres de todas las edades. Es el verano.

 Allá hay un rojo, subido a la bici número diez. El rojo mira desafiante al aparato. Es como un vikingo a punto de arremeter contra su enemigo. A la profe le sonríe de costado y cuando ella  pregunta: -¿Están bien?- el asiente con la cabeza, levanta el pulgar y pide una serie más. ¡Bastardo!

A su lado agita las piernas un blanco. Esa etérea, de colores sentimentalmente puros, con el cabello recogido prolijamente en una cola, botellita de agua mineral y toallita al tono. Parece que sus largas piernas de modelo van a continuar creciendo con cada vuelta. Difícil que un solo cabello se mueva del  lugar a pesar del esfuerzo.

Por detrás se desarma el verde. Sus carnes rollizas cuelgan por todos lados apropiándose del espacio casi por completo. No toma sol porque aun no consigue un talle de bikini. Jura que hace dieta, pero va a la cama con unas galletitas, un pedazo de queso, dos o tres frutas y un par de alfajores por si le  baja la glucosa.

Y quá decir del amarillo…  se anota  en cuanta oferta  encuentra: Pilates, new dance, plataforma vibratoria, body tramp, body balance, body pumping, body camping. Amigado con la tecnología luce en clase su Ipod de última generación, camiseta línea inteligente que absorbe la transpiración, zapatillas con cámara de aire  para  mitigar el impacto,  y chicles anti-pánico, por si algo se sale de control.

Pero en esta clase no puede faltar el negro. El llega siempre tarde y se hace notar por sus remeras chillonas repletas de inscripciones en sintonía con sus tatuajes. Lleva unos auriculares que nunca se quita de modo que su ritmo nada tiene que ver con el que suena en la sala. Nadie se atreve a corregirle la postura, ni siquiera la profesora, porque teme que la termine invitando a un telo.

Ahora las caras empiezan a torcerse con expresiones poco comunes. Son rostros de cólicos renales, fiebres altísimas, empachos y contracciones de parto. El ritmo se vuelve frenético: -¡fuerza!, sigue alentando la entrenadora ¡Arriba esas colas!

El aire se espesa cual guiso efervescente, pero nadie se atreve a parar. Frente a la escalera y con ganas de mostrarse, veo a psicodelia. No ha perdonado hoy a ningún color: calzas fucsias, zoquetes azulados, remera amarilla flúo con ribetes negros, vincha violeta y muñequera anaranjada…y por si fuera poco, una hebilla en el pelo con cuentas multicolores. Un delicioso cucurucho para todos los gustos. Ella no se detiene ni siquiera ante el negro, y dicen los que saben, que alguna vez se le animó con intenciones libidinosas. Pero él siguió absorto con su cumbia.

-Uy, ¿pero qué hacen? Me pregunto

Ahora viene "el enano", repite la profe y continúa:

- Hay que abandonar el ¿cómodo? asiento y pedalear agachándose como queriendo apoyar el culo nuevamente, hasta que las piernas aguanten-. Masoquismo puro.

Miro hacia atrás buscando desesperada la botella de agua que me excuse del castigo y los veo. Pensé que no habían venido.

El opaco es un hombre de mediana edad. Usa siempre la misma ropa gris. Seguro es administrativo o contador. Nada de música, nada de sexo. Se le nota al caminar. A su lado, flamea transparente. Jovencísima estudiante de secundaria, con el casi seguro hábito del vómito. No se le ve un gramo de grasa, por más que uno se esmere. Su palidez es tan grave que ni el esfuerzo físico logra arrebatarle un color. Los ojos hundidos me recuerdan esos documentales de tribus africanas y los huesos puntudos de los hombros, a los refugiados de un campo de batalla en Bosnia.

TAN TAN TAN, tan tan tan La melodía indica que estamos llegando al final.  – ¿A dónde?- me pregunto-,  mientras continúo pedaleando en el mismo lugar. Es el verano.

¡Preparados, carrera, aguanten! Insiste la profesora. Veinticinco almas que no van a ningún lado. -¡muy bien brillante, brillante!-

Brillante sudor que nos transforma de príncipes a sapos.

-

                                                                                       Gabriela Rivera

MARIO JRAPKO

Publicado en Parodias el 11 de Septiembre, 2012, 0:36 por MScalona

LA DECISIÒN POSTERGADA

-

¡No va a ir y punto! dijo mi padre de manera categórica.

Mi mamá comenzó a llorar y a decirle que era un desalmado que a Don Víctor ella lo quiere mucho, que está muy agradecida porque, al fin y al cabo el departamento era de él, pero que ella no puede ocuparse de nosotros y de una persona mayor.

Nosotros mirábamos desde la puerta. La Luli de vez en cuando espiaba al abuelo que desde el living nos hacía gestos; juntaba cuatro dedos y los golpeaba de forma intermitente contra el dedo gordo de la misma mano, a la vez que realizaba la misma acción con el labio superior y media lengua afuera, cerrando los ojos. Como estaba sin la dentadura la mandíbula inferior parecía incrustarse en los pómulos y la lengua le rozaba la nariz.

-¡No voy a llevar a mi papá a un geriátrico!

-¡Nadie dice de ir a un geriátrico!, contestó mi mamá, ¡te dije que la semana que viene se desocupa el quinto!

El piso de arriba también era nuestro y mamá había pensado que alguien podía cuidar al abuelo. Mi papá movió la cabeza y dijo: -Está bien, pero si la cosa no funciona se vuelve a casa.

Se dirigió al living y sentándose en una silla al revés se acodó en el respaldo, carraspeó y le informó al abuelo:

-Vea papá, los tiempos cambian, antes al que hablaba solo por la calle le decían loco,  ahora con el celular uno queda como un boludo, no sabe si le están hablando o no, fíjese que un tipo en una esquina me decía-¡cuando te agarre te parto, no sabes como te voy a dar!-le juro que lo miraba y no entendía-¿que te pasa tarado?-dije levantando una baguette que acababa de comprar en La Gallega-pero el tipo dio media vuelta y con la mano libre se hizo señas al oído contrario- ahí me dí cuenta que estaba hablando.

A todo esto el abuelo miraba la tele y comía unas aceitunas, era el segundo frasco de medio que se terminaba en la semana, y recién era martes.

-En fin escúcheme papá, la Alicia está cansada porque tiene mucho trabajo, no se puede hacer cargo de atenderlo, pero se desocupa el piso de arriba en una semana y tenemos una persona que lo puede cuidar, además de nosotros claro.

-¡Andate a la mierda!-dijo sin dejar de mirar la tele.

Papá se acercó a mamá y le susurró- pobre viste, debe estar asustado. A mi no me parecía que el abuelo tuviera miedo, porque en un momento nos guiñó el ojo a la Luli y a mí, se metió tres aceitunas en el bolsillo, tomó la sección de deportes del diario y se fue para el baño.

 

El traslado fue sencillo ya que no había muchas cosas que mudar debido a que el departamento ya estaba amueblado, solo una radio, ropa, medicamentos, el papagayo y la enema que el abuelo se hacía religiosamente cada domingo después de los ravioles.

Mi mamá le llevaría la comida y se encargaría de juntar la ropa para lavarla, una señora se ocuparía de atenderlo y limpiar el departamento.

Todo marchaba tranquilamente. Mamá estaba mas calmada y tengo que reconocer que ya no había tanto olor a pis en el living. Sin embargo todos los medios días el abuelo golpeaba con el palo de escoba el piso para pedir algo. En el almuerzo se escuchaba ¡tac,tac,tac!, y si alguien no subía el abuelo no paraba de darle al mosaico, ¡tac,tac,tac,tac,tac!, mis papás se miraban un rato, en silencio, luego mi viejo decía-ya se va a cansar- y seguía comiendo los fideos como con vergüenza. La verdad que no se cansaba un  carajo y siempre alguno terminaba subiendo.

A las tres semanas la señora que lo cuidaba renuncia.

-Pero Elena, quédese un tiempito más, le prometo que vamos a hablar seriamente con Don Victor.

-Mire señora, yo estoy acostumbrada a cuidar a gente mayor, pero le juro que nunca vi nada igual.

-¿Pero que es lo que pasa?

-Pasa que yo llevo mis objetos personales en un neceser, entre ellos un cepillo de fina cerda de carpincho y mango de madera de gomero, regalo de mi suegra chaqueña.

Don Victor le tomó cariño al cepillo porque según él le recordaba el pelo de una novia  irlandesa que tuvo en su juventud. Solía acariciarlo con dulzura y a mí me producía  ternura verlo. Cada vez que iba al baño me lo pedía para peinarse pues decía que sentía como si su novia le acariciaba la frente. Ayer se fue a bañar y me lo pidió prestado. Yo a veces me acerco y le pregunto si todo está bien, vio el cuidado que hay que tener con los viejos. La cosa es que termina de ducharse y por la puerta que había quedado entreabierta no sabe lo que veo.

-Cuénteme Elena, no de mas vueltas

-¡Se estaba peinando los pelos del pubis! ¿se da cuenta?, yo lo uso para mi y para peinar a la Jaquelina.

-¡Me lleve el diablo!

-Viera usted la impresión de encontrar entre el pelaje rústico y campestre del carpincho, finas hebras de ensortijada blancura, resabios de una virilidad que suponía domesticada. 

-¡Que barbaridad! ¿no hay forma de que cambie de opinión?

-Lo siento Doña Alicia, está decidido.

Al fin el abuelo tuvo que quedarse solo, mamá sin descanso subía y bajaba las escaleras mientras que el geriátrico se vislumbraba como una posibilidad cercana.

-Prometeme que lo vas a pensar Emilio- declaró resignada a mi papá.

 

Una tarde estábamos jugando en el balcón de casa cuando sentimos un ruido terrible. Mamá se puso a gritar. Fuimos corriendo tratando de ubicar de donde provenían los alaridos y llegamos al baño. Al entrar vimos algunos escombros y un inodoro montado sobre otro. Cuando levantamos la vista vimos incrustado en el techo el culo del abuelo.

-¡Llamenlo a papá al taller!-exclamo mamá agarrándose de los azulejos.

Junto a papá llegaron los bomberos, nosotros nos quedamos en casa prometiendo que nos íbamos a quedar jugando en la pieza, cosa que por supuesto no hicimos. Comenzamos tocándole el culo al abuelo con un escobillón, nosotros escuchábamos como puteaba pero como nadie venía a retarnos suponíamos que arriba pensaban que se quejaba por la mala posición. Después llamamos a los amigos del edificio, Camilo, Santiago y Anita. Mientras las chicas le pintaban corazones con tempera atando un pincel en el extremo de la escoba, nosotros masticábamos la punta de unos conitos de papel de diario que al ser lanzados se quedaban pegados en el cachete izquierdo del abuelo.

Al fin lo retiraron. Había que ver la cara desencajada de mis padres al observar el culo decorado del abuelo.

Un amigo de mi papá vino a casa al día siguiente y les recomendó un geriátrico, dijo que el “Hogar de Ancianos Control de mis Esfínteres” era limpio y caro pero la atención no era muy buena, y que él tenía a su madre en la Residencia para Mayores “El domingo que viene vengo”, que no era un lujo, pero el personal era muy bueno con la atención, incluso nos contó que una vez su madre intentó fugarse por la ventana y una enfermera la sujetó al vuelo del talón, cuando lo acostumbrado es dejar que se escape.

Creo que ahora estamos mejor y mas tranquilos todos, mamá se ocupa de que no le falte nada y papá ya no tiene esa cara de angustiado de los primeros días. Con mi hermana estamos juntando plata para comprarle un cepillo, pero por ahora se hace difícil conseguir de carpincho.                                                                                   

                                                                                                                                                                                 Mario Jrapko

 

 

 

 

 

 

¡No va a ir y punto! dijo mi padre de manera categórica.

Mi mamá comenzó a llorar y a decirle que era un desalmado que a Don Víctor ella lo quiere mucho, que está muy agradecida porque, al fin y al cabo el departamento era de él, pero que ella no puede ocuparse de nosotros y de una persona mayor.

Nosotros mirábamos desde la puerta. La Luli de vez en cuando espiaba al abuelo que desde el living nos hacía gestos; juntaba cuatro dedos y los golpeaba de forma intermitente contra el dedo gordo de la misma mano, a la vez que realizaba la misma acción con el labio superior y media lengua afuera, cerrando los ojos. Como estaba sin la dentadura la mandíbula inferior parecía incrustarse en los pómulos y la lengua le rozaba la nariz.

-¡No voy a llevar a mi papá a un geriátrico!

-¡Nadie dice de ir a un geriátrico!, contestó mi mamá, ¡te dije que la semana que viene se desocupa el quinto!

El piso de arriba también era nuestro y mamá había pensado que alguien podía cuidar al abuelo. Mi papá movió la cabeza y dijo: -Está bien, pero si la cosa no funciona se vuelve a casa.

Se dirigió al living y sentándose en una silla al revés se acodó en el respaldo, carraspeó y le informó al abuelo:

-Vea papá, los tiempos cambian, antes al que hablaba solo por la calle le decían loco,  ahora con el celular uno queda como un boludo, no sabe si le están hablando o no, fíjese que un tipo en una esquina me decía-¡cuando te agarre te parto, no sabes como te voy a dar!-le juro que lo miraba y no entendía-¿que te pasa tarado?-dije levantando una baguette que acababa de comprar en La Gallega-pero el tipo dio media vuelta y con la mano libre se hizo señas al oído contrario- ahí me dí cuenta que estaba hablando.

A todo esto el abuelo miraba la tele y comía unas aceitunas, era el segundo frasco de medio que se terminaba en la semana, y recién era martes.

-En fin escúcheme papá, la Alicia está cansada porque tiene mucho trabajo, no se puede hacer cargo de atenderlo, pero se desocupa el piso de arriba en una semana y tenemos una persona que lo puede cuidar, además de nosotros claro.

-¡Andate a la mierda!-dijo sin dejar de mirar la tele.

Papá se acercó a mamá y le susurró- pobre viste, debe estar asustado. A mi no me parecía que el abuelo tuviera miedo, porque en un momento nos guiñó el ojo a la Luli y a mí, se metió tres aceitunas en el bolsillo, tomó la sección de deportes del diario y se fue para el baño.

 

El traslado fue sencillo ya que no había muchas cosas que mudar debido a que el departamento ya estaba amueblado, solo una radio, ropa, medicamentos, el papagayo y la enema que el abuelo se hacía religiosamente cada domingo después de los ravioles.

Mi mamá le llevaría la comida y se encargaría de juntar la ropa para lavarla, una señora se ocuparía de atenderlo y limpiar el departamento.

Todo marchaba tranquilamente. Mamá estaba mas calmada y tengo que reconocer que ya no había tanto olor a pis en el living. Sin embargo todos los medios días el abuelo golpeaba con el palo de escoba el piso para pedir algo. En el almuerzo se escuchaba ¡tac,tac,tac!, y si alguien no subía el abuelo no paraba de darle al mosaico, ¡tac,tac,tac,tac,tac!, mis papás se miraban un rato, en silencio, luego mi viejo decía-ya se va a cansar- y seguía comiendo los fideos como con vergüenza. La verdad que no se cansaba un  carajo y siempre alguno terminaba subiendo.

A las tres semanas la señora que lo cuidaba renuncia.

-Pero Elena, quédese un tiempito más, le prometo que vamos a hablar seriamente con Don Victor.

-Mire señora, yo estoy acostumbrada a cuidar a gente mayor, pero le juro que nunca vi nada igual.

-¿Pero que es lo que pasa?

-Pasa que yo llevo mis objetos personales en un neceser, entre ellos un cepillo de fina cerda de carpincho y mango de madera de gomero, regalo de mi suegra chaqueña.

Don Victor le tomó cariño al cepillo porque según él le recordaba el pelo de una novia  irlandesa que tuvo en su juventud. Solía acariciarlo con dulzura y a mí me producía  ternura verlo. Cada vez que iba al baño me lo pedía para peinarse pues decía que sentía como si su novia le acariciaba la frente. Ayer se fue a bañar y me lo pidió prestado. Yo a veces me acerco y le pregunto si todo está bien, vio el cuidado que hay que tener con los viejos. La cosa es que termina de ducharse y por la puerta que había quedado entreabierta no sabe lo que veo.

-Cuénteme Elena, no de mas vueltas

-¡Se estaba peinando los pelos del pubis! ¿se da cuenta?, yo lo uso para mi y para peinar a la Jaquelina.

-¡Me lleve el diablo!

-Viera usted la impresión de encontrar entre el pelaje rústico y campestre del carpincho, finas hebras de ensortijada blancura, resabios de una virilidad que suponía domesticada. 

-¡Que barbaridad! ¿no hay forma de que cambie de opinión?

-Lo siento Doña Alicia, está decidido.

Al fin el abuelo tuvo que quedarse solo, mamá sin descanso subía y bajaba las escaleras mientras que el geriátrico se vislumbraba como una posibilidad cercana.

-Prometeme que lo vas a pensar Emilio- declaró resignada a mi papá.

 

Una tarde estábamos jugando en el balcón de casa cuando sentimos un ruido terrible. Mamá se puso a gritar. Fuimos corriendo tratando de ubicar de donde provenían los alaridos y llegamos al baño. Al entrar vimos algunos escombros y un inodoro montado sobre otro. Cuando levantamos la vista vimos incrustado en el techo el culo del abuelo.

-¡Llamenlo a papá al taller!-exclamo mamá agarrándose de los azulejos.

Junto a papá llegaron los bomberos, nosotros nos quedamos en casa prometiendo que nos íbamos a quedar jugando en la pieza, cosa que por supuesto no hicimos. Comenzamos tocándole el culo al abuelo con un escobillón, nosotros escuchábamos como puteaba pero como nadie venía a retarnos suponíamos que arriba pensaban que se quejaba por la mala posición. Después llamamos a los amigos del edificio, Camilo, Santiago y Anita. Mientras las chicas le pintaban corazones con tempera atando un pincel en el extremo de la escoba, nosotros masticábamos la punta de unos conitos de papel de diario que al ser lanzados se quedaban pegados en el cachete izquierdo del abuelo.

Al fin lo retiraron. Había que ver la cara desencajada de mis padres al observar el culo decorado del abuelo.

Un amigo de mi papá vino a casa al día siguiente y les recomendó un geriátrico, dijo que el “Hogar de Ancianos Control de mis Esfínteres” era limpio y caro pero la atención no era muy buena, y que él tenía a su madre en la Residencia para Mayores “El domingo que viene vengo”, que no era un lujo, pero el personal era muy bueno con la atención, incluso nos contó que una vez su madre intentó fugarse por la ventana y una enfermera la sujetó al vuelo del talón, cuando lo acostumbrado es dejar que se escape.

Creo que ahora estamos mejor y mas tranquilos todos, mamá se ocupa de que no le falte nada y papá ya no tiene esa cara de angustiado de los primeros días. Con mi hermana estamos juntando plata para comprarle un cepillo, pero por ahora se hace difícil conseguir de carpincho.                                                                                   

                                                                                                                                                                                 Mario Jrapko

 

 

 

 

 

 

LUCÍA BRIGUET

Publicado en Parodias el 11 de Septiembre, 2012, 0:25 por MScalona

Robertson Cursoe

 

            Roberto rogaba que el tiempo de la mudanza sea un momento difícil al que le sucedan vientos de calma. Pero tenía la no grata intuición de que posiblemente era la forma de existencia más elevada a la que podía aspirar. Por lo que también rogaba acostumbrarse a vivir plácidamente entre ráfagas, turbonadas y tsunamis sin mar. Estaba solo pero se sentía parte de algo, sabía que había otros como él, otros que hacían lo mismo, otros que habían caído del paracaídas o de la cigüeña justo en la misma parte del mundo y en simultaneidad temporal, otros  que eran de la misma condición epocal: que vivían  “ in the latinoamerican way of life”. Algo así como una especie adaptación latina del famoso sueño americano.

Departamentos lindísimos (pero para Roberto siempre a alquilar), ultima tendencia en deco (pero pagó por cuatro cortinas “a medida” en sus últimos tres años), trabajos de muchas horas (de 8 a 12 hs), sueldos mínimos para la cantidad de gastos($ de 4.000 a $5.000), consumos máximos(celular, wifi, cable, gimnasio, francés, crédito de las últimas vacaciones, zapatillas, seguro de vida,  salida de fin de semana, ropa, comida afuera, etc..) siempre a full, a mil y mucha, mucha amabilidad. Todo tranqui, todo bien, no problem. El dinero de diez años de trabajo en negro entregado al negocio inmobiliario pero todo bien, vivir en el centro de la ciudad, vivir, tener salud, qué más da. Vecinos siempre nuevos y extraños pero todo tranqui si al fin y al cabo eran como su familia ampliada, estaban tan pegados, las paredes eran tan nuevas, tan de durlock  que los escuchaba, los conocía y hasta un poco los quería.

Tenia la costumbre de dividir en capítulos los distintos momentos de su vida y tituló el tiempo de la mudanza como “Carrera con obstáculos”. La primeras semanas el calefón no andaba, al celular no le llegaba la señal, internet tampoco, el televisor se le quemó con la primer tormenta que pasó en el hermosísimo nuevo lugar y además comprobó que siempre que llovía fuerte o hacia mucho calor en la zona se cortaba la luz. Pero tranqui porque, el tipo ya bicho, había comprado una luz de emergencia y con eso la pasaba genial. Ya va a pasar y sino “es lo que hay” le diría su mamá y sino se decía él mismo “el próximo capitulo algún día vendrá”.

Solía ocurrirle que cuanto más adversas se ponían las circunstancias de su vida además de estar irascible, nervioso, agitado, amargado, envenenado también se ponía más propenso a entregarse a la fantasía. Entonces la mayor parte del tiempo que no estaba con algo de la mudanza o del trabajo o amargadísimo,  estaba en eso: fantaseando con un viaje en barco sobre el mar.  Luego, como no podía ser de otro modo en el capítulo “Carrera con obstáculos”, la realidad le indicaba que el pronóstico no era favorable para tanto sueño y apenas el dinero le fuera a alcanzar para un fin de semana en Alpa Corral. Pensaba que de todos modos no estaba tan mal Córdoba y sus montañitas. Pero no quería ir solo y estaba solo. Todos sus amigos tenían parejas y conseguir novia le estaba resultando una operación difícil de lograr. Optimista quizás también pensaba que si iba de mochilero alguna compañera podía encontrar. Y entonces seguía pensando en el mar y las montañas todas las mañanas, desde que ponía un pie fuera de la cama, pasaba por el baño, se cambiaba, atravesaba la puerta del edificio, caminaba diez cuadras (porque eso sí, se daba pequeños lujos: el lugar de trabajo le quedaba cerca)y llegaba a su oficina y seguía con el sonido de las olas del mar y la imagen de la montaña hasta que lo abordaba el saludo y la pregunta que lo introducía de un golpe en una escena de la que ansiaba no participar mas:

-“Buen día Roberto, ¿Cómo está afuera?”

 Él ya sabía que la palabra “afuera” aludía a “clima” y que la pregunta en si misma no era más que un automatismo inercial de una especie de ritual en el que él era una pieza clave aunque no se le haya preguntado en ningún momento si quería participar. Él entonces respondía “buen día, bien, soleado” o “buenos días, está medio nublado” o “hola, está frio, se viene tormenta”. Cuando en verdad, después de cinco años de escuchar la misma pregunta-campana que daba comienzo a la rutinaria jornada, quería decirle: “Afuera se cae el mundo” o “Afuera murió” o “afuera te espera King-Kong para aplastarte con su manota “o “está el ejercito zarista que vino a decapitarte” o la que mas le gustaba: “a fuera se armó la fiesta del globo y no estamos invitados y es una fiesta eterna así que no preguntes mas, lo que te digo ahora vale para todas las mañanas igual”.

Paso seguido de esa voz interna lo invadía una culpa fatal,  se sentía mal y entonces le preguntaba a su compañera como le había ido el fin de semana si era lunes, o si era cualquier otro día de la semana se ofrecía para pedir café por teléfono o  comprar facturas.

 

-         ¿Estás bien Roberto? Te veo muy pálido

-         Si, va, más o menos, estoy con el tema de la mudanza todavía, un bardo total. Viste como es, dicen que mudarse es uno de los factores más estresantes que existen en la vida de cualquier hombre.

-         Si pero hace tiempo que te veo pálido.

-         Bueno, no soy fana del sol, ¿pero hace tiempo cuánto? Siempre fui muy blanco.

-         Sí, pero no sé…, hace tiempo que quería decírtelo, te veo como ensimismado, llegas tan serio. No lo tomes  a mal, pero te lo digo para que cuentes con migo para lo que necesites.

-         Gracias, si, no ando muy bien pero ya me voy a acomodar. Estoy como en una especie de salto grafico.

-         ¿Que andas en qué?

-         No, es una forma de decir, viste cuando lees una novela y te aparece un espacio en blanco y salta a otra escena, bueno, algo así. Mejor imaginate un punto y aparte.

-         Haa… ¿Vos que sos en el horóscopo?

-         ¿He? No, ni idea.

-         ¿De qué fecha sos?

-         ¿En qué fecha nací? el 24 de mayo.

-         ¡Ha! ¡Sos perro de madera¡ no es tu año querido, acomódate tranquilo que hasta fin de año vas a andar así.

-         Ha bueno, gracias, igual no creo en esas cosas y no soy supersticioso pero prefiero que no me digan nada del zodiaco.

-         Pero no es el zodiaco, te estoy hablando del  Horóscopo Chino.

-         Bueno igual, ahora ya está, pero para la próxima no me digas lo que supones que me va  pasar por el zodiaco, el horóscopo o lo que sea sin antes preguntarme. O ni me preguntes, ya te lo dije, prefiero no saberlo.

-         Bueno perdón, pero te ayuda, en serio, ahora ya sabes que probablemente no es por una anemia que estas así de pálido. ¿Vos tomas líquido en vaso de lata?

-         ¿He?

-         Si tenes vasos de lata en tu casa te pregunto porque dicen que te chupan la energía, guarda, tene cuidado, el perro de madera no está como para a andar sumando ondas negativas a su vida.

-          No tengo vasos de lata, gracias igual Marta,  me voy al baño.

 

 Después de ese tipo de conversaciones entendía porque una parte suya quería decirle a Marta que King Kong la esperaba afuera para aplastarla o que no estaba invitada a la fiesta del globo. Pero lo peor era que su otra parte la estimaba y entonces sabía que había muchas probabilidades de que cuando volviese a su casa busque por  la Web las próximas predicciones para su destino, es decir,  para el destino del perro de madera.

Terminó de trabajar y “afuera” llovía. Era una tormenta fuerte así que comenzó  a prepararse para llegar al nuevo y hermosísimo departamento y encender la luz de emergencia. Ya sabía: si aún no estaba cortada la luz se iba a cortar. Se sonreía mientras comenzaba a caminar, le daba cierto regocijo estar preparado para lo que venia, poder hacer predicciones en base a su propia experiencia. Pensaba que eran más éticas su tipo de predicciones que las que intentó tirarle Marta que nunca se sabe bien de donde vienen. Pero ¿y si todos los perros de madera estaban pasando por sus mimas penurias? ¿No debería convocarlos para compartirles sus aprendizajes y sus modestas predicciones? ¿Y luego no podrían unirse y se organizarse para combatir su año del mal en vez de estar padeciendo en soledad los designios de quién que fuerza sobre natural?

La ilación de preguntas fue interrumpida por la sensación de agua en los pies, uno de los zapatos tenía un agujero. Recordó que ya le había pasado esto con la anterior tormenta pero también recordó que iba a pasar un largo tiempo hasta que pudiera sobreponerse a los gastos de la mudanza y ahorrar para unos nuevos zapatos.

 Así que siguió caminando plácidamente imaginando que estaba llegando al mar y que el agua comenzaba a rozarle los pies. Que una vez que llegase a su nuevo lugar sino tenia luz, no tenía señal, no tenía t.v., ni ningún vecino con quien conversar no iba a importarle para nada porque en verdad él desde hacia tiempo estaba en este mundo para algo especial puesto que era la rencarnación de Robinson Crusoe en una isla sin mar y con Wifi. Roberto era, aun que nadie lo supiese todavía, la resurrección de aquel personaje que ahora se llamaba Robertson Cursoe (por cursi) y que volvió para buscar al imbécil que se le ocurrió que a través de la técnica y de la occidentalización el ser humano podría zafar de su tan propia desolación.

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                                                             LUCÍA  B.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-