"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




SANDRA FABI

Publicado en General el 9 de Septiembre, 2012, 21:59 por S_Fabi

Maracas, bombo y cidís

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Yo tenía 4 o 5 cidís y algunos instrumentos que resultaban utilísimos para conectar con los más profundamente afectados. Ya eran grandes. Fuera del alcance de la estimulación temprana. Lejos. Lejos. Destiempo. Rasgos de autismo, de retardo mental, psicosis por ceguera, psicosis por maltrato, psicosis por golpes, psicosis por quemaduras –resultado del abandono de un bebé a la hora de la siesta cerca de una basural en donde aún ardían un poco las cenizas- psicosis por constitución subjetiva deficiente de chicos con deficiencias sensoriales, con alteraciones genéticas. Cromosomas hijos de puta. Deficiencias. Psicosis. Desintegraciones. Hijos de puta los golpeadores.

Un cidí era de la banda sonora de la película Orlando, la novela de la mujer de los monólogos interiores. Psicosis. El tema número 4, poderoso: una danza que movilizaba al baile comunitario, en ronda o desordenados, pero los bates de timbales pegaban fuerte en el pecho; un cello cantaba una melodía épica. Con ese tema bailábamos enfrentados a los espejos de la sala del fondo de la escuela. Carlitos bailaba desde el piso, se miraba, hacía morisquetas, se reía. Imposible controlar voluntariamente los movimientos por la parálisis cerebral, pero la música suavizaba los espasmos. Desde la ventana de esa sala se veía el campo de girasoles, la escuela estaba en el margen de la ciudad. Como todas las cosas de las que queremos deshacernos. Como todas las cosas de las que no nos hacemos cargo. Ceguera.

Otros 3 eran de un africano de Senegal –Youssou N’ Dour. Mucha percusión con ritmos irregulares, con tiempos no equidistantes. Como para renguear con todo el cuerpo, como para caer de lado cada tanto. (La voz de Youssou casi asexuada para esta cultura). Como para apoyarnos y sostenernos unos a otros, los chicos y yo, y esquivar al grandote que siempre te quería coger por atrás aferrándose del pelo de la nuca. No soltaba. Un primitivo muchacho de las cavernas sin inhibiciones. Se quedaba con mechones en la mano. Nunca logró concretar sus impulsos procreadores.

El último era un cidí que tenía dos veces grabada una canción de cuna española: éste niño tiene sueño, tiene ganas de dormir, tiene un ojito cerrado, otro no lo puede abrir, nieve en el camino, nieve en la heredad, duérmete mi niño, que nevando está… La chica babeaba espeso, no relajaba los músculos del tórax. Tenía ataques de autoagresión, se daba golpes fulminantes contra las paredes. Había épocas en que podía caminar y épocas en que tampoco eso. Pero en la segunda versión del tema, cuando solo había una guitarra sonando como para hacer karaoke, yo cantaba y esta nena (en realidad debería decir chica, porque tenía 16 años, pero el cuerpo era como de 8 y la conducta como la de un bebé que recién empieza a descubrir los dedos de la mano, tortitas tortitas tortitas de manteca mamá me dá la teta), bueno eso hacía. Ella. Se ubicaba delante de mío, buscaba con sus manos y la boca mi pecho o gritaba reclamándome de frente. Conectarnos con los ojos –mirada- eléctrica, profunda. Lactancia virtual. Sin tetas, babeando mientras chupaba mi pelo, mis manos, mi ropa, o… los cidís. Cidís mordillos para calmar encías por dentición inminente. Regresión. Flash back o flashforward- dada la situación quién podría definir esto-. Tortita de cebada, papá no me dá nada. Papá no entró al mundo de la chica de la canción de cuna. Simbiosis.

Llevaba, para estimular, para abrir ventanas, maracas. Con las maracas cubanas logré mover al chico de los golpes en la cabeza. Las maracas cubanas de madera de coco pulidas y grabadas a fuego. Sonidazo. Y el bombo legüero, que tenía escrito en la madera también grabada a fuego “para Sandra de B+V”. El instrumento que me hizo el luthier Vázquez. Tomás Vázquez, el bagualero que canta con León en De Ushuaia a la Quiaca.

El parche de cuero de cabra al revés terminaba roto y cada septiembre volvía a Salta a reemplazarlo (el bombo volvía, no yo); un movimiento de alegría descontrolada, de tensión por risa retenida, y el golpe era un mazazo que penetraba el cuerpo del leguero. Después venía el llanto de la desilusión, y tiraba las maracas cubanas contra el piso de mosaico. Mil pedazos. Desintegración. Las bolillas interiores se desparramaban por debajo de la mesa, el horno y las sillas; entre las colchonetas debajo de la ventana. El maestro de cocina recogía todo y ponía a los chicos a amasar pan, hornearlo, comían con la leche el producto de la clase. La comida, siempre calma. La música no siempre. Todo depende, “corazón de melao”.

Podría analizar por qué llevé esos cidís originales. Por qué no hice copias en 20 segundos con el Clone CD, cada vez (una copia suena igual, y el cd vale dos mangos). Copia no. Original. Chupar. Masticar. Comer. Tragar. Original. Terminaron robándolos a todos en una fiesta de sesión jam, los chicos y las familias. Mi canasto sin cidís chupados. Con los instrumentos en cambio, tengo la respuesta sin demasiado análisis. Las copias no suenan igual. Chillan. Chirrian. Malsuenan. Ruidos molestos. Entonces abucheo. Las maracas de cotillón parecen colas de serpiente de cascabel antes del ataque. Los bombos son hasta ahicito nomás, ni sombra de legüeros. ¿Cómo conmover, cómo hacer vibrar el pecho, cómo traspasar a los chicos con un bombo de mentira, un bombo que hace ploc taa? Donar, dones, don. Regalar. Volver a comprar, donar, dones. Perder. Perder maracas, bombos y cidís. Pérdida, falta. Pérdida. Dones. Don. Doña. La doña me los dá, ahora son míos.

Leía “Efectos Personales”, Fogwill, él le regala el rolex a la mujer robada en el Mitre. Y se pregunta ¿por qué a Elsa? Queda la marca, el moretón en la muñeca violada de la muñeca que pronto pasará, pero, dice, no pasa mi indignación por ese abrir y cerrar de ojos en donde el reloj no es de nadie. Fogwill nunca repuso su rolex.

Yo nunca repuse los cidís. Tampoco las maracas. La marca de los chicos no pasará pronto, como el moretón de Elsa. ¿Por qué a ellos?, no sé si fue por aquel saludo de bienvenida que me daba Miguel: “hola, corazón de melao”, y saltaba alternativamente en puntas entre un pie y el otro, aleteaba con las manos. Pocas veces nos pudimos mirar.

No sé, si fue por eso.

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                                                           Sandra Fabi

 Arroyo Seco 09 de septiembre 2012.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-