"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GERMÁN CAPORALINI

Publicado en Cuentos el 7 de Septiembre, 2012, 10:07 por MScalona

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LA CASA BOCA ARRIBA

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Antes de alejarse tuvo lástima, cerró bien la puerta de entrada y tiró la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Era más de las once y el frío de la noche comenzaba a apretar en la piel. Pararon un taxi. Él abrió la puerta y le ofreció entrar pero ella se clavó al suelo inhibida en todos sus movimientos, incluso en los de su mente.

-No puedo irme- dijo, mirando al piso, como si fuera el método más efectivo y certero de esconderse. – Andá vos-.

Él pareció no inmutarse. Le sugirió que no era buena idea que se quede sola pero ella no habló más. Se abrazó a sí misma para protegerse de todo, incluso del frío y retrocedió un corto paso de la escena; retraída se despidió y lo dejó irse.

-Estoy en el hotel, después veo que hago…- Ella no dijo nada, incluso cuando el taxi se alejó con su hermano adentro.

Le extrañó la distancia de lo pactado pero una especie de rumor interior la hacía dejarse llevar por la fantasía del tiempo de espera concluido.

Mientras la vista perdía la silueta del auto con el rostro del hermano en la nada de la luneta trasera ella tanteó el peso metálico del juego de llaves de la casa que guardaba en el bolsillo; siempre.

Cuando entró -había recogido el tejido que dejó tirado antes de irse- sintió el abrigo de la calefacción aun encendida, el recogimiento interior del regazo hogareño, la intensidad del próximo momento, el ansia, el porvenir… Se acercó a la puerta última, y golpeó como devolviendo el favor a los habitantes sugeridos por el temor de dos. Unos instantes antes, había simulado un desconcierto ante los ruidos que los obligó a dejar la casa, previendo que el riesgo de quedarse a combatir los sueños truncos tenía esa belicosidad incipiente en su interior, pero que no sabían como dominarlos ni manipularlos. Para entonces, no dejaba que la alegría actual se desbordara de sus deseos, de su pasión, del secreto que el amor le tenía guardado para sí.

Por eso, se atrevió a simular una suerte de casa familiar tomada por fantasmas y dejó que en la huida precipitada el juego se llevara puesto a su hermano, más incrédulo y por lo tanto, más racional. Ella no dudaba del deber de protegerla a toda costa, incluso al costo de tener que abandonar la casa, pese a todo. Tampoco se dejó llevar por el recuerdo de las pertenencias que desde la primera señal de intrusos habían quedado relegados a la parte tomada de la casa. Los libros de literatura francesa que tanto amaba él, su pipa de enebro, y  las pantuflas de ella para el invierno. Pero a pesar del malestar de no contar con las cosas que usaban diariamente la alegraba saber que sería por poco tiempo. Cada vez que iba a la cocina una fuerza desconocida la invitaba a quedarse petrificada frente a la puerta de roble, esperando que por fin se abriera para caer en sus brazos definitivamente, que suponga que estaba acercándose para decirle cuánto la extrañaba.

Entre sus deseos y sus ruegos, quedaba siempre latente en el aire la idea de que su hermano saliera como acostumbraba, a comprar libros y traerle lana, y dejar esos instantes vacíos y fraternales para abocarse de lleno a la presión de los brazos de su amante, quien permanecía oculto en la parte tomada de la casa. Apenas lo veía alejarse, su reloj interior comenzaba a funcionar nuevamente. El abrupto latir parecía dar rienda suelta a su desenfrenada pasión y se lanzaba contra la puerta de roble para llamarlo a gritos casi imperceptibles. Entonces, ella quitaba la tranca y giraba la llave para por fin abrir los brazos y el corazón y el amor resguardado tras la puerta. Desde ahí el inmenso batallar del tiempo horadaba todas las esperas soportadas, pero nada sería más importante para ella que justificar la separación tras una voluntad de desengaño, sabiendo que nada dejaba lugar para ese matrimonio fracasado entre hermanos. Había desde siempre una mágica ración de hambre en su piel, sobornando el deseo de tejer un amor verdadero entre dos agujas, entre todas las prendas de lana y su pesar de Penélope, entre la languidez que abrumaba las calamidades del tiempo perdido y el coraje que no iría más allá de la insinuación.

Cuando no soportó más el silencio decidió que era momento de abrir. El ruido de la llave girando, la tranca destrabando la realidad. El aroma penetrante de un raro incienso y yuyo quemado tornaba el ambiente de deseo próximo en un aire enrarecido por las circunstancias.

Recostado en el sofá bajo los tapices gobelinos estaba él. Ella quiso suponer que la esperaba pero ni se inmutó cuando lo nombró con una suavidad de entrega y fragilidad.

Se acercó tosiendo el humo irreconocible y volvió a nombrarlo. Apenas giró la cabeza para cerciorarse que ella se acercaba volvió a la escena que lo tenía contenido; otro lugar yacía sobre sí y absorbió en una gran bocanada los últimos milímetros del cigarro armado que quemaba sus dedos dormidos. Ella, desacostumbrada al humo salvo por el fragante aroma del tabaco de las pipas de su hermano, volvió a toser, ahora más fuerte y sintiendo que algo se empezaba a ocupar de su cuerpo, pero lejos de su intención, porque el vaho que llegaba a sus pulmones a fuerza de luchar contra la pulcritud de sus bronquios se instalaba rápidamente para llegar a marearla, hacerla trastabillar y caer de rodillas en la alfombra de la sala. La única reacción vital fue entreabrir apenas los ojos, como si espiara la situación e intentara unirlo a algún pensamiento mágico que la salve, o al menos que la contenga. La miró como pudo porque el ambiente ya los había poseído y permanecían con las fuerzas gastadas, inservibles como un bicho en una telaraña, al final, viendo venir y desvanecerse.

Cuando notó la mirada perdida en sus ojos brillosos desconoció al hombre que los contenía.

Él se incorporó como pudo y se acercó.

Con la bronca del amor, con el odio de quererlo se dejó tomar del cabello firmemente y a la vez con ternura. Él tiró para sí como si quisiera arrancarla de la tierra. Sintió el cabello tenso que la elevaba pero el dolor quedó oculto en la confusión. Acercó su cara y aunque ella le hubiera prometido amor, él -que había quedado a instancias del beso esperado y correspondido- le corrió el cabello pulcro y le lamió en cuello, dejando rastros húmedos de humo, alcohol y desidia; con la quietud de la nada en sus movimientos torpes, ella le otorgó la suciedad del desprecio, que era lo que cabía en su ser. El único ritual que hubiera alcanzado para unirlos, los alejó hasta el infinito. Nada podía condecirse con lo que se suponía que había sido un plan hurgado entre amantes para desplazar a su hermano, y quedarse en la casa, tomada por un amor que pretendía correspondido. La soltó con un lento movimiento, la arrojó sin fuerzas; volvió hasta el sofá haciendo equilibrio en el sopor de la sala. Mientras tanto, un eco lejano se repartía entre la suposición de ruido y el deseo

de salvación, de ayuda, como dos pisadas firmes entrando por la parte posterior de la casa.

Podía reconocer la silueta, el bamboleo en el caminar tan particular que le recordaba a su hermano y que se acercaba.

Una imagen borrosa se detuvo frente a ella, y simuló una sombra que se agigantaba, como si la observara desde muy cerca. Le pareció degustar nuevamente un sabor familiar en la fragancia que portaba la silueta sombría, el olor del tabaco de pipa, tan característico en su vida diaria, en el momento de compartir las tardes vacías entre lana y agujas, entre libros y silencios, la presencia del mate, los ruidos simulados, las habitaciones invadidas.

Ahora el momento condecía con otro universo, como si todo se hubiera dado vuelta y la casa estuviera boca arriba. Una voz distorsionada parecía hablarle y hacía gestos frente a ella para corroborar la visión trunca que padecía ahora. Nada. La sombra se alejó hacia el sofá. Entonces, lo único cierto en ese momento era reconstruir todo como se acordaba.

El hombre que se atrevió a mirarla, la orden sacerdotal que los impedía, las donaciones a la parroquia, las misas confesables, el recuerdo a sus bisabuelos, el sacerdote visitando la casa, la propuesta, el amor pretendido, las sombras, el ocultamiento, los hombres besándose como salvajes… No pudo más. Se dejó tomar por el desmayo.

Ella había esperado toda la vida y ansiaba que a partir de este encuentro primario y la próxima vida juntos se abriese un secreto escondido, que ahora era develado a su cuerpo y su fantasía. Lo que más la empujaba era la promesa celestial de que el sexo en esas condiciones -con él- tenía ese toque único que no hubiera conseguido en otras circunstancias. La promesa de llegar a la salvación del alma, acercar la comunión de su cuerpo pecador con el hombre elegido que la conectaba con Dios. De este modo, dejaba entrever la necesidad de que cada domingo tuviera la urgencia de escucharlo dar su misa; sus sermones transformaban el vacío, y hacían que todo tuviera sentido. Antes; pero ahora todo se resignificaba. Su hermano, agnóstico por convicción filosófica, de pronto se convirtió a la vida devota, acompañándola los domingos a la parroquia.

Él juraba que la devoción hacia ella sólo estaba teñida por el amor entre hermanos que parecía prometido tácitamente. Había llegado no sólo la posibilidad de vivir en la carne, la piel, su interior, el éxtasis absoluto de la penetración sexual, sino que aparte era con una especie de ángel invocado con una especie de señoría celestial, un camino corto que la referenciaba a la salvación de su alma.

La sombra se acercó al sofá y se detuvo. Se sintió observada desde ahí, pero no tuvo miedo porque todavía no había vuelto a la realidad. Permanecía desmayada como quien derrama su cuerpo en la alfombra sin saber por cuanto tiempo. Podía ser unos instantes o varios días, pero aun no reconocía ningún signo que la sacara del entresueño y la trajera a la vigilia.

Escuchó algunas voces que retumbaban de un modo extraño con una sintaxis gutural desconocida, y un tono familiar y característico. Parecía hacerse eco  dentro suyo y nada más, sólo percepción sin marcas permanentes. Le resultaba sumamente extraño porque ahora esos dos seres inanimados se acercaban, se tomaban de las manos, pegaban sus cuerpos, uno contra otro. Cruzaron los dedos como un resto de insinuación de tejido, como acostumbraba hacer todas las tardes con lana que el hermano le compraba con buen gusto.

Ahora la situación era entre ellos, entre sus dedos y entre sus manos. Sentían la necesidad irrefrenable de besarse. La intensidad y la invocación para no dejar un resto de cuerpo sin recorrer hacía que en la fusión de los labios cupiera todo. El pecho de uno contra la espalda del otro, las manos acariciando todo el porvenir inmenso.

Algunas palabras indescifrables, el sonido de un largo beso, la promesa de vida juntos entre dos hombres. Esa noche, el hermano se quedaría en su propia casa. El otro, su amante se iría a un hotel. Mañana temprano volvería para ultimar algunos detalles y decidir qué hacer con ella.

Al otro día, el conserje lo despertó temprano. No usó sus hábitos, para no generar sospechas. Tomó el casco, los guantes, la campera de cuero que usaba para resguardarse del viento helado de la calle en la moto. Se vistió con ropa abrigada, porque afuera aun hacía frío. Desayunarían juntos, ella aun seguiría dormida, quizá por mucho tiempo. Salió y cerró.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla.

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GERMÁN CAPORALINI

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-