"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




7 de Septiembre, 2012


GERMÁN CAPORALINI

Publicado en Cuentos el 7 de Septiembre, 2012, 10:07 por MScalona

-

-

-

-

----------------------

-

-

-

-

LA CASA BOCA ARRIBA

-

-

Antes de alejarse tuvo lástima, cerró bien la puerta de entrada y tiró la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Era más de las once y el frío de la noche comenzaba a apretar en la piel. Pararon un taxi. Él abrió la puerta y le ofreció entrar pero ella se clavó al suelo inhibida en todos sus movimientos, incluso en los de su mente.

-No puedo irme- dijo, mirando al piso, como si fuera el método más efectivo y certero de esconderse. – Andá vos-.

Él pareció no inmutarse. Le sugirió que no era buena idea que se quede sola pero ella no habló más. Se abrazó a sí misma para protegerse de todo, incluso del frío y retrocedió un corto paso de la escena; retraída se despidió y lo dejó irse.

-Estoy en el hotel, después veo que hago…- Ella no dijo nada, incluso cuando el taxi se alejó con su hermano adentro.

Le extrañó la distancia de lo pactado pero una especie de rumor interior la hacía dejarse llevar por la fantasía del tiempo de espera concluido.

Mientras la vista perdía la silueta del auto con el rostro del hermano en la nada de la luneta trasera ella tanteó el peso metálico del juego de llaves de la casa que guardaba en el bolsillo; siempre.

Cuando entró -había recogido el tejido que dejó tirado antes de irse- sintió el abrigo de la calefacción aun encendida, el recogimiento interior del regazo hogareño, la intensidad del próximo momento, el ansia, el porvenir… Se acercó a la puerta última, y golpeó como devolviendo el favor a los habitantes sugeridos por el temor de dos. Unos instantes antes, había simulado un desconcierto ante los ruidos que los obligó a dejar la casa, previendo que el riesgo de quedarse a combatir los sueños truncos tenía esa belicosidad incipiente en su interior, pero que no sabían como dominarlos ni manipularlos. Para entonces, no dejaba que la alegría actual se desbordara de sus deseos, de su pasión, del secreto que el amor le tenía guardado para sí.

Por eso, se atrevió a simular una suerte de casa familiar tomada por fantasmas y dejó que en la huida precipitada el juego se llevara puesto a su hermano, más incrédulo y por lo tanto, más racional. Ella no dudaba del deber de protegerla a toda costa, incluso al costo de tener que abandonar la casa, pese a todo. Tampoco se dejó llevar por el recuerdo de las pertenencias que desde la primera señal de intrusos habían quedado relegados a la parte tomada de la casa. Los libros de literatura francesa que tanto amaba él, su pipa de enebro, y  las pantuflas de ella para el invierno. Pero a pesar del malestar de no contar con las cosas que usaban diariamente la alegraba saber que sería por poco tiempo. Cada vez que iba a la cocina una fuerza desconocida la invitaba a quedarse petrificada frente a la puerta de roble, esperando que por fin se abriera para caer en sus brazos definitivamente, que suponga que estaba acercándose para decirle cuánto la extrañaba.

Entre sus deseos y sus ruegos, quedaba siempre latente en el aire la idea de que su hermano saliera como acostumbraba, a comprar libros y traerle lana, y dejar esos instantes vacíos y fraternales para abocarse de lleno a la presión de los brazos de su amante, quien permanecía oculto en la parte tomada de la casa. Apenas lo veía alejarse, su reloj interior comenzaba a funcionar nuevamente. El abrupto latir parecía dar rienda suelta a su desenfrenada pasión y se lanzaba contra la puerta de roble para llamarlo a gritos casi imperceptibles. Entonces, ella quitaba la tranca y giraba la llave para por fin abrir los brazos y el corazón y el amor resguardado tras la puerta. Desde ahí el inmenso batallar del tiempo horadaba todas las esperas soportadas, pero nada sería más importante para ella que justificar la separación tras una voluntad de desengaño, sabiendo que nada dejaba lugar para ese matrimonio fracasado entre hermanos. Había desde siempre una mágica ración de hambre en su piel, sobornando el deseo de tejer un amor verdadero entre dos agujas, entre todas las prendas de lana y su pesar de Penélope, entre la languidez que abrumaba las calamidades del tiempo perdido y el coraje que no iría más allá de la insinuación.

Cuando no soportó más el silencio decidió que era momento de abrir. El ruido de la llave girando, la tranca destrabando la realidad. El aroma penetrante de un raro incienso y yuyo quemado tornaba el ambiente de deseo próximo en un aire enrarecido por las circunstancias.

Recostado en el sofá bajo los tapices gobelinos estaba él. Ella quiso suponer que la esperaba pero ni se inmutó cuando lo nombró con una suavidad de entrega y fragilidad.

Se acercó tosiendo el humo irreconocible y volvió a nombrarlo. Apenas giró la cabeza para cerciorarse que ella se acercaba volvió a la escena que lo tenía contenido; otro lugar yacía sobre sí y absorbió en una gran bocanada los últimos milímetros del cigarro armado que quemaba sus dedos dormidos. Ella, desacostumbrada al humo salvo por el fragante aroma del tabaco de las pipas de su hermano, volvió a toser, ahora más fuerte y sintiendo que algo se empezaba a ocupar de su cuerpo, pero lejos de su intención, porque el vaho que llegaba a sus pulmones a fuerza de luchar contra la pulcritud de sus bronquios se instalaba rápidamente para llegar a marearla, hacerla trastabillar y caer de rodillas en la alfombra de la sala. La única reacción vital fue entreabrir apenas los ojos, como si espiara la situación e intentara unirlo a algún pensamiento mágico que la salve, o al menos que la contenga. La miró como pudo porque el ambiente ya los había poseído y permanecían con las fuerzas gastadas, inservibles como un bicho en una telaraña, al final, viendo venir y desvanecerse.

Cuando notó la mirada perdida en sus ojos brillosos desconoció al hombre que los contenía.

Él se incorporó como pudo y se acercó.

Con la bronca del amor, con el odio de quererlo se dejó tomar del cabello firmemente y a la vez con ternura. Él tiró para sí como si quisiera arrancarla de la tierra. Sintió el cabello tenso que la elevaba pero el dolor quedó oculto en la confusión. Acercó su cara y aunque ella le hubiera prometido amor, él -que había quedado a instancias del beso esperado y correspondido- le corrió el cabello pulcro y le lamió en cuello, dejando rastros húmedos de humo, alcohol y desidia; con la quietud de la nada en sus movimientos torpes, ella le otorgó la suciedad del desprecio, que era lo que cabía en su ser. El único ritual que hubiera alcanzado para unirlos, los alejó hasta el infinito. Nada podía condecirse con lo que se suponía que había sido un plan hurgado entre amantes para desplazar a su hermano, y quedarse en la casa, tomada por un amor que pretendía correspondido. La soltó con un lento movimiento, la arrojó sin fuerzas; volvió hasta el sofá haciendo equilibrio en el sopor de la sala. Mientras tanto, un eco lejano se repartía entre la suposición de ruido y el deseo

de salvación, de ayuda, como dos pisadas firmes entrando por la parte posterior de la casa.

Podía reconocer la silueta, el bamboleo en el caminar tan particular que le recordaba a su hermano y que se acercaba.

Una imagen borrosa se detuvo frente a ella, y simuló una sombra que se agigantaba, como si la observara desde muy cerca. Le pareció degustar nuevamente un sabor familiar en la fragancia que portaba la silueta sombría, el olor del tabaco de pipa, tan característico en su vida diaria, en el momento de compartir las tardes vacías entre lana y agujas, entre libros y silencios, la presencia del mate, los ruidos simulados, las habitaciones invadidas.

Ahora el momento condecía con otro universo, como si todo se hubiera dado vuelta y la casa estuviera boca arriba. Una voz distorsionada parecía hablarle y hacía gestos frente a ella para corroborar la visión trunca que padecía ahora. Nada. La sombra se alejó hacia el sofá. Entonces, lo único cierto en ese momento era reconstruir todo como se acordaba.

El hombre que se atrevió a mirarla, la orden sacerdotal que los impedía, las donaciones a la parroquia, las misas confesables, el recuerdo a sus bisabuelos, el sacerdote visitando la casa, la propuesta, el amor pretendido, las sombras, el ocultamiento, los hombres besándose como salvajes… No pudo más. Se dejó tomar por el desmayo.

Ella había esperado toda la vida y ansiaba que a partir de este encuentro primario y la próxima vida juntos se abriese un secreto escondido, que ahora era develado a su cuerpo y su fantasía. Lo que más la empujaba era la promesa celestial de que el sexo en esas condiciones -con él- tenía ese toque único que no hubiera conseguido en otras circunstancias. La promesa de llegar a la salvación del alma, acercar la comunión de su cuerpo pecador con el hombre elegido que la conectaba con Dios. De este modo, dejaba entrever la necesidad de que cada domingo tuviera la urgencia de escucharlo dar su misa; sus sermones transformaban el vacío, y hacían que todo tuviera sentido. Antes; pero ahora todo se resignificaba. Su hermano, agnóstico por convicción filosófica, de pronto se convirtió a la vida devota, acompañándola los domingos a la parroquia.

Él juraba que la devoción hacia ella sólo estaba teñida por el amor entre hermanos que parecía prometido tácitamente. Había llegado no sólo la posibilidad de vivir en la carne, la piel, su interior, el éxtasis absoluto de la penetración sexual, sino que aparte era con una especie de ángel invocado con una especie de señoría celestial, un camino corto que la referenciaba a la salvación de su alma.

La sombra se acercó al sofá y se detuvo. Se sintió observada desde ahí, pero no tuvo miedo porque todavía no había vuelto a la realidad. Permanecía desmayada como quien derrama su cuerpo en la alfombra sin saber por cuanto tiempo. Podía ser unos instantes o varios días, pero aun no reconocía ningún signo que la sacara del entresueño y la trajera a la vigilia.

Escuchó algunas voces que retumbaban de un modo extraño con una sintaxis gutural desconocida, y un tono familiar y característico. Parecía hacerse eco  dentro suyo y nada más, sólo percepción sin marcas permanentes. Le resultaba sumamente extraño porque ahora esos dos seres inanimados se acercaban, se tomaban de las manos, pegaban sus cuerpos, uno contra otro. Cruzaron los dedos como un resto de insinuación de tejido, como acostumbraba hacer todas las tardes con lana que el hermano le compraba con buen gusto.

Ahora la situación era entre ellos, entre sus dedos y entre sus manos. Sentían la necesidad irrefrenable de besarse. La intensidad y la invocación para no dejar un resto de cuerpo sin recorrer hacía que en la fusión de los labios cupiera todo. El pecho de uno contra la espalda del otro, las manos acariciando todo el porvenir inmenso.

Algunas palabras indescifrables, el sonido de un largo beso, la promesa de vida juntos entre dos hombres. Esa noche, el hermano se quedaría en su propia casa. El otro, su amante se iría a un hotel. Mañana temprano volvería para ultimar algunos detalles y decidir qué hacer con ella.

Al otro día, el conserje lo despertó temprano. No usó sus hábitos, para no generar sospechas. Tomó el casco, los guantes, la campera de cuero que usaba para resguardarse del viento helado de la calle en la moto. Se vistió con ropa abrigada, porque afuera aun hacía frío. Desayunarían juntos, ella aun seguiría dormida, quizá por mucho tiempo. Salió y cerró.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla.

-

GERMÁN CAPORALINI

SILVIA TOMBOLINI

Publicado en Nuestra Letra. el 7 de Septiembre, 2012, 1:12 por MScalona

-

Secuelas (lo que deja el taller)

 

 

 

Jueves 6 de septiembre de 2012:

Abro los ojos, la densa lluvia que salpica la ventana se convierte en un claro indicio de cómo será este día, húmedo, neblinoso, con ausencia de ruidos excepto el murmullo constante del agua sobre el techo de chapa. Por un momento paso a ser parte de un cuento de Chejov, con los vidrios velados, borrosos de imágenes.

 El televisor encendido dispara la figura del gurú hindú en su visita al país trayendo la fórmula inequívoca de meditación para evitar el stress y  la espiritualidad como modo de entender una vida diferente. Sonrío, mi mente todavía acepta a esta hora un poco de ilusión.

Me levanto lentamente, recordando escenas de Ojos negros, buscando a Anna (casi con exasperación), hasta lograr el brillo de sus aros. Me digo que solo me falta encontrar unos que tengan una piedra e intentar el punto justo de luz que los resalte, ese instante congelado de belleza absoluta.

Sin embargo, la imagen que me devuelve el espejo está lejos del fugaz impresionismo, se acerca más a una patética muestra de art nouveau decadentista: el pelo enmarañado en volutas  asimétricas, las formas blandas, redondeadas, de mi cadera y los ojos hinchados (una burda imitación de aquellos rasgados de las mujeres de las estampas japonesas).

Muy a pesar mío,  soy un claro ejemplo de una mujer art noveau, aunque quiera - desee desesperadamente - un cuerpo etéreo, un vestido liviano blanco y puro y la voz de Mastroianni susurrando promesas de amor.

Sin embargo es temprano y no me desanimo, abro el placard y revuelvo en el cajón hasta encontrar el camisón de seda que mamá me regaló para la noche de bodas. Sí -diría Molly- sí (un SÍ rotundo) No está apolillado si bien tiene olor a naftalina, nada que no pueda enmascarar el perfume para ropa. Me saco el pijama de algodón frizado, alzo los brazos y dejo deslizar esa reliquia a través de mi cuerpo. Por un momento me siento otra, sensual, liviana - solo por un momento - evito mirar los rollos que se forman en la parte de la cintura, me digo que una dispensa puedo darle a mi cuerpo.

Después, mientras tomo un café con leche parada en la cocina, con los perros saltando a la espera de una galletita, intento un “hey” que los detenga, que los haga parecerse al Pomerania calmo y níveo, pero las bestias no vieron la película, ni leyeron el cuento, ni siquiera me entienden cuando les digo “shabaska”. Y los platos sucios acumulados de anoche poco tienen que ver con los manteles blancos y la vajilla reluciente. No muerden, digo. Me lo digo a mi misma, intentando una voz lánguida. No me sale. Descarto la escena.

Subo al estudio como cada mañana, prendo la computadora y entro al Facebook. De nuevo el desbaratamiento. El gurú seguramente no debe tener face o no lo mira. A medida que desciendo por la pantalla se suceden las novedades, ”en violencia de género están quedando colapsados los mecanismos del estado”, “ciclista golpeada en intento de asalto está en grave estado”, “dos ovejeros serán sacrificados si no son adoptados”, “más dinero para comer y menos para fútbol”. ¡Ah, por fin una! “era tan aquí que parecía de otro lado, festival de poesía”.

Reviso los comentarios de algunos conocidos mientras pienso en el error diario que me genera una profunda insatisfacción (el volver sobre cosas que sé que me molestan), en las expectativas (lo que espero de la gente, lo que busco en mí) que pocas veces se cumplen o nunca.

Y mientras escribo estas notas en mi diario, miro hacia atrás, imagino una casa vacía de muebles (la nuestra, la de ellos), el fin de una historia, el regreso, la contradicción de un instante que lo cambia todo con solo una pregunta, el engaño sonriente en la cara de Romano cuando dice No, nunca y ella sabe que él miente pero igual lo abraza, se entrega a la convicción de que arribarán a una zona de seguridad. Me emociono, perdura en mi interior el fluir nostálgico de ese desenlace inestable, resbalan por mi cara las lágrimas de un hombre frustrado que lo ha perdido todo y me quedo ahí, detenida en el gesto final, en la delicadeza con la que Anna acaricia el rostro de ese hombre que la ha salvado.

-

 

Saty

 

VALENTÍN GILARDONI

Publicado en Parodias el 7 de Septiembre, 2012, 0:39 por MScalona

Algo está por llegar

 

-

-

 

Adalberto, nacido el viernes próximo. Lo recibiremos inmiscuidos en las oscuridades reinantes. El 3 de septiembre no manifiesta una espera alegre, mas bien, su fecha final. Adalberto no sabe lo que será de él, más si ustedes, los fieles y privilegiados lectores de “El pronosticador”. 

Adalberto; 3,50 kg, piel oscura, ojos que miran mas allá pero no tanto. Nacerá en el sanatorio de la mujer siendo el primogénito de dos padres que no saben muy bien como sucedió todo. Antonio, futuro padre del niño, supo declararle a una de sus amistades más cercanas;

-Me resulta algo rara esta situación, porque yo nunca tuve relaciones sexuales con María. Nos hicimos cariños pero nunca llegamos a “eso” viste.

-¿En serio Antonio? ¡Es un milagro!

-¿Que, la llegada de Adalberto?

-No, tu mujer.

Antonio nunca fue de sospechar demasiado. Ni siquiera lo será al percibir el color de piel de su hijo, tan diferente al de sus padres. Es un hombre que tampoco busca demasiadas conexiones. El negro, su amigo, le regalará unos cuernos de mamut con el motivo de la llegada del primogénito a este mundo de tinieblas.

Adalberto vivirá sus primeros tiempos sin conocer demasiado  la tristeza, en una casita de Mendoza al 5000. Ya a los 5 años sufrirá su primer decepción al darse cuenta que él no era todo para su madre, ya que la misma sabrá comprarse un hámster al que apodará “El negro” y se dedicará exclusivamente a su cuidado, desatendiendo las necesidades de Adalberto. El niño buscará refugio primero en los dibujitos animados, que un par de años serán unos dibujos muy comprometidos políticamente. Así el niño se enganchara con uno titulado “Los caballeros del macrismo”. Pronto tendrá que abandonar esta válvula de escape y de identificación ya que la presidenta de los 45 millones de argentinos  (habremos crecido notablemente) tendrá un reality show de su vida, las 24 horas en vivo por cadena nacional. Se sabrán omitir las partes de los negociados turbios y los encuentros con Néstor, que como bien pronosticó Mirta Legrand en este mismo diario, sigue vivo disfrazado de Yabrán.

La llegada de su hermano menor al mundo lo hará huir definitivamente de la felicidad.  Antonio contento estará porque no harán falta ni siquiera las caricias esta vez. El milagro nuevamente. Judas nunca tendrá la aceptación de su hermano, que para esta época se dedicará a huir de la realidad escribiendo, vicio que mantendrá hasta sus últimos días. Sufrirá mucho Adalberto pero nadie lo sabrá más que sus cuadernos.

A la edad de ocho años matará a su padre suministrándole más heroína que la necesaria para olvidar la realidad que no supo aceptar. Nunca se le borrará de la memoria esa risita burlona que se dibujó en su boca al escuchar los últimos insultos paternos. A los 12 escribirá su primer novela titulada  “Todos la leyeron pero yo la escribo igual”, a la que presentará en el cilindro de Avellaneda aquella noche que Racing le ganará 2 a 0 a Quilmes, con goles del general, ambos de zurda.

Años adelante, masturbación mediante, Adalberto tratará de violar a la niñera de su hermano, una tímida joven  de ojos grises. La victima será declarada culpable de abuso de menores y condenada a ser feliz en Miami vendiendo escarapelas en el barrio uruguayo. Dicen que nunca pudo olvidar el sexo de Adalberto y que terminará ahorcándose con una bufanda.

Superando una indiferente adolescencia destinada a olvidar, nuestro héroe tendrá un encuentro que marcará sus días para siempre. Inmiscuido definitivamente en la melancolía de la época, teñirá su ser de un gris imborrable. Así llegará a este encuentro, en el invierno del 33, a sus 21 años. Él lo relatará en unos de sus cuadernos, ese mismo día. A continuación la transcripción, primicia de este diario;

“Frio. Frio de goce masoquista. O de dolor de existir. Frio y ventoso. El sábado por la mañana empezó a ser el único objetivo de toda semana. Esperar la mañana del sábado. La mañana media, nada de fanatismos. 10 am, café y al rio. Tenía un banco predilecto en el España. Era el tercero contando del sur para el norte. O de la  barbarie para la civilización. Cada sábado lo encontraba solito, como esperándome. Y efectivamente así era, él me esperaba. Los de al lado, que eran muchos, todos repletos. Pescadores, familias aun no divididas, parejitas tempraneras, perros disfrazados de libres. Pero él, vacío, esperándome. Si había algo que me esperara por aquellos años, eso era ese banco, el tercero. En él supe leer “El aleph”. Fue un sábado de agosto, si mal no recuerdo. Un barco nos miraba prisionero de histéricas aguas y fóbicos puertos. El aleph y cinema verite. Recuerdo ese aire. Un par de semanas después quise repetir el deseo con Arlt. Los dos en la misma mochila. Para que el banco no se bañe solo de madera de algarrobo. Y así resulta que iba mi cuerpo, como comiendo el aire, cuando lo distinguí. Era la mañana del sábado 3 de septiembre y una cabeza afloraba en mi banco. Me acerqué suponiendo confusión; primero mía, ese no debía ser mi banco. Conté rápidamente, sur a norte, barbarie a civilización. No había error. Luego pensé que el confundido era el poseedor de la cabeza que tibiamente se arrimaba por la mojada madera algarreboica. Me acerqué decidido a cuestionar su actitud . “Sentate”, escuche que imperaba el desconocido. Acepté sumiso hasta darme cuenta de su identidad. Era el “Otro”, sentado en mi banco del parque España. Un poco más viejo, los ojos mas saltones, con una barba de un par de semanas y una pipa entre su boca. Sus uñas pintadas de amarillo captaron mi atención. También su remera (a pesar del frio invernal) que llevaba una inscripción en francés. Pude traducirla a; “Yo es otro”. Él se apuró a tomar la palabra. Creí notarlo enojado. Comenzó preguntándome porque no había ganado aquella final de básquet contra zona sur hace dos años. Final en la que yo, o el, o los dos, habíamos errado el ultimo doble que hubiese significado el triunfo de nuestro equipo. Debo admitir que esto me tomó por sorpresa. No esperaba esa pregunta del Otro. Cuando quise contestar o abrir la boca para decir algo, inmediatamente me calló. Me increpó por no haber tenido sexo aquella noche con Marianela. Que yo era un débil, que mujeres así no se iban a aparecer más en mi vida. Que él ahora estaba condenado a pagar por sexo o a abusar de la inocencia de solteronas mayores. Que la carne jugosa de la juventud nunca mas. Y todo por ser un pito flojo. Así me dijo. Yo empecé a mirar para los costados, para ver si había alguien escuchando. Por ultimo, al ver los “Siete locos” entre mis manos, me ordenó que terminase con esas estupideces de Arlt y Borges y que me dedique a estudiar marketing o ingeniería agrónoma, que “ahí esta la pasta” ya que, según el Otro, no está para nada bueno llegar a los 60 con un par de libros y ni un peso en el bolsillo. Se levantó mientras me saludaba diciéndome que nos veríamos el próximo sábado en el mismo banco. Caminó un par de metros hacia el norte. Volvió. Me miró a los ojos y como resignado me dijo; “Nuestro padre es el negro. Engañó a nuestro antiguo padre. Deberás vengarte. Ah y no votes por los K, ciclo terminado. Adiós.”

Así concluimos la primer entrega de la historia de Adalberto, nuestro nuevo héroe, que estará naciendo el viernes próximo, alrededor de las 3 am en el sanatorio de la mujer, para todos aquellos que quieran presenciar su llegada a este mundo de incertidumbres angustiosas y partidos de futbol mal jugados. Hasta el próximo martes.                                  

VALENTÍN

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-