"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




LUCÍA ANDREOZZI

Publicado en relatos el 30 de Agosto, 2012, 10:01 por MScalona

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Las noches que ella estuvo aqui

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Ordena las pilas de prendas disponiéndolas simétricamente sobre la cama, ella que  volvió justo cuando yo había empezado a armarme otra rutina.

 Esa semana había terminado de delinear un recorrido diario sin ella, sin su campera, sin su bufanda y sus guantes desparramados sobre el sofá. Días en que  la comida hecha por mí sabía harto diferente de la suya, en que sólo me quedaba salir de la ducha mojando el piso, tiritando y chorreando agua hasta la cocina, cuando el calefón estaba mal graduado.

Ahora va y viene desde la valija apoyada en la silla hasta la cama, camina más rápido cuando va y lo hace lentamente cuando vuelve con una pilita de prendas, como si estas le pesaran. No las guarda, sólo las va acomodando sobre el acolchado, y durante ese acto mecánico, conversa conmigo pero no me mira.

-El tipo dejó a la mujer y ahora está viviendo con Teresa.

Dice mientras tiene la mirada detenida en un par de camisas, creo que las está contando mentalmente mientras habla. Yo no le contesto nada, no tengo nada para decir, porque el tipo del que ella habla me cae bien. El tipo tuvo muchos trabajos,  me lo había contado whisky de por medio, whisky que en otro momento fue un problema para él, no le había ido bien por mucho tiempo. Yo le había tomado un cierto afecto, e incluso creo que con Teresa se estaban entendiendo muy bien,  por eso no quise agregar nada.

Entonces me doy vuelta, me apoyo en el marco de la ventana, y ella me sigue hablando. Ahí afuera esta el barrio que nos vio ir y venir.  No tengo ganas de pensar si esta es la última. Hacía un tiempo que yo había empezado a hacer horas extra cuando la extrañaba, que leía el diario en un bar tarde, cuando estaba manoseado y ya no lo quería leer nadie. Hacía mucho tiempo que vivía sin ella, estando ella al lado durmiendo en la misma cama que yo.

Desarma la valija, me habla de Teresa y del tipo. Reitero, el tipo me cae bien, pero tampoco lo voy a defender, tengo tantos otros temas para discutir antes que ese.

-Creo que la dejó en abril, porque era la época en que Laura vino a quedarse con nosotros. ¿Sabés por qué me acuerdo? Porque llegué tarde al bar dónde me esperaba Teresa, porque  Laura llegó llorando y tuve que quedarme para consolarla. Igual esa vez en el bar Teresa no me lo contó. Dio vueltas, me lo dio a entender, pero no me lo contó.

Recordé las noches que Laura estuvo aquí,  yo creo que fue en marzo.

-No puedo olvidarme que me levantaba a mitad de la noche para beber agua o para ir al baño, y me asustaba al encontrar a esa mujer durmiendo en el sofá. Una noche me quedé mirándola, pero volví a la cama cuando me di cuenta que podía asustarla.

-No sé que hicimos mal para que Laura esté con ese hijo de puta.

Volví a mirarla, porque creí que iba a empezar una de nuestras discusiones habituales, pero cuando alcance sus ojos, la habitación quedó a oscuras.

 Desde la otra ventana llegaban las rayas anaranjadas  de la luz de la calle atravesando las persianas y ellas me servían para saber donde estaba mi mujer. Cuando se movía las líneas anaranjadas se iban ondulando sobre su rostro, y cuando llegaba a donde estaba la valija, la perdía por un instante. Ella se calló, no habló más de Teresa, del tipo o de nuestra hija. Busqué un cigarrillo en mi bolsillo, y lo apoyé en mis labios,  encontré mi encendedor en el otro bolsillo, y me prendí el cigarro con la sola intención de echar algo de humo sobre las rayas fosforescentes que proyectaba el  tungsteno. Pero cuando exhalé el humo  me di cuenta que los haces de luz que alcanzaban a mi mujer estaban lejos. Se me cayó el encendedor  y me quedé pensando que la voluta de humo debió haberse desvanecido antes de llegar al objetivo. No importa, no volví a intentarlo. Creo que ella se sentó en la cama, y ahí en la oscuridad y en su silencio sentí la falta de cualquier satisfacción al verla volver. Tuve miedo que eso se percibiera en el aire. Entonces por suerte ella suspiró. 

-Dame un cigarrillo.

-No se donde está el encendedor.

-Dámelo igual.

No tenía ganas de alejarme de la ventana. Encontré el impulso en la culpa de no querer que estuviera ahí. Dando un paso y extendiendo mi brazo le alcance el cigarrillo. La imaginé en la oscuridad con el cigarrillo pegado en el labio inferior, al igual que yo.

En esa atemporalidad que genera la oscuridad llegué a pensar que habíamos pasado más de una hora, inmóviles, sin hablar ni fumar, apenas respirando.

-¿Te fijaste afuera?

No me había fijado, y no tenía ganas de que volviera la energía.

-Fijáte.

-Hay luz enfrente.

-Debe ser algo de nuestra instalación, buscá la linterna y bajá a ver.

-Vamos, vení conmigo. Dije y automáticamente me arrepentí.

La busqué en la oscuridad y creo que ella hizo lo mismo porque nos chocamos los brazos. Me tomó apenas de mi brazo derecho y así salimos de la habitación, comenzamos a bajar  las escaleras, contando los pasos, creo que en el sexto ella trastabilló, se tomó fuerte de mi codo, y por la intensidad del movimiento, creo que evitó una caída inminente. Se sentó en la escalera y empezó a reírse, yo me senté a su lado, y comencé a reírme también.  Me dió en la oscuridad el taco de su bota, se le había despegado. Luego en medio de las risas sentí el sonido de los cierres, se debería estar quitando las dos botas.  Se reía apoyada en mi hombro, y me hubiera gustado decir, que entre las carcajadas volvía  sentir que quería tenerla a mi lado. Pero eran sólo risas. Se fue calmando y yo también, nos tomamos de la mano, seguimos bajando, ahora sabíamos que a menos que hiciéramos algo la luz no volvería a la casa. 

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Lucía A.

 

 

  
Autores
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