"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




30 de Agosto, 2012


HOY en la Lavardén, 21,30 hs

Publicado en Sugerencias. el 30 de Agosto, 2012, 20:09 por MScalona

quedan entradas; del taller vamos en un grupo de VEINTE más o menos.

La entrada cuesta $ 50.- y no son numeradas. Marce

MARISOL BALTARE

Publicado en Cuentos el 30 de Agosto, 2012, 10:18 por MScalona

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Albertina y yo

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Gritó mi nombre desde lejos, llamándome – para que me detenga – en un tono de voz más elevado al preciso dada la distancia que nos separaba. Sin embargo, continué caminando como si no la hubiera oído dado que la exageración del gesto me incomodó tanto como la extravagancia de quién ante la felicidad derramara lágrimas. Sin permitir condecorarlo como enojo, la vergüenza, no cesaba de recorrer el podio. Oí el taconeo de sus pasos apurados y, recién al alcanzarme, volví la mirada por sobre el hombro – indiferentemente –silenciando la repercusión de su eco en mí. Rodeó con ambas manos mi brazo y cuchicheó una risita en el oído. Sus caderas se plegaron a la par de las mías en un vaivén eslabonado que, al andar, se fue sumiendo en la cadencia de cada paso amortiguando el breve cacheteo de uno de sus pechos contra mi brazo.

El gentío congregado en la esquina nos señaló la llegada a destino así como las brillantes marquesinas anunció el estreno de “Fedra”. A medida que avanzábamos hacia la entrada del teatro, salpicados nuestros rostros de luz, la multitud nos envolvió como el oleaje de un mar embravecido que halla y recluta a los náufragos hasta la próxima orilla.

El Bermo, como le habíamos apodado entre nosotras, se hallaba sentado en la primera fila junto a los otros profesores de arte dramático y escénico.

Nos acomodamos, ansiosamente, en nuestras butacas esperando el comienzo de la obra mientras mirábamos el desfile ininterrumpido de personas que seguían llegando. Aquella monotonía de pasos y “permiso” ensordeció mi presencia y auscultó, como no lo haría ni un profesional, mi conciencia. Ella buscó recostar su cabeza sobre mi hombro y yo rehuí aquella cercanía con el mismo desagrado que evadía su proximidad, con cierto rencor, por no parecerse a mí como en algún tiempo habría creído… Carecer de los atributos con que adorné su compañía y desobedecer a los cánones de un espejismo creado por mi misma. Por haberla deseado o conformado con mis propias ambiciones y reconocerla, de pronto, francamente abatida. Hubiera preferido perder la batalla, por denominar de algún modo la apariencia, a reconocer mi fracaso en su miseria.

Entonces comprendí que, así como el parentesco sanguíneo no se elige, los verdaderos lazos nunca se anudan.

“Difícilmente se logra expresar con el cuerpo o con la voz lo que no se ha vivenciado…  pero es imposible lograrlo si ni siquiera lo hemos sabido captar con la mirada, al observarlo.” Nos sentenció el Bermo en una de las primeras clases.

Se trataba de saber estar atento para atrapar el instante en que se produce la conversión, porque tarda lo que dura un pestañeo. Ahora bien, el ojo cree seguir viendo lo mismo pero nuestra percepción se ha mudado de butaca y observa desde otro ángulo, o permanece tras bambalinas hasta que le llegue el turno y recite su parlamento en la voz del artista.

Pensé que desdoblarse es estar con Dios y con el diablo al mismo tiempo; en definitiva, convivir a diario con nuestra propia conciencia. Reconocer, palpar – aunque en silencio – el agrado que nos une al villano y permitirse enemistarnos con el héroe que nunca anhelamos ser. En ese acto repetidamente mundano y pasivo de cruzarse de brazos como espectador es cuando se gesta la acción, la mudanza generativa que nos proyectará como protagonistas de la historia.

Vestidos con otra piel, somos artífices del destino que no elegimos para trucar los conceptos infundados y confundirnos, fluir convencidos hasta de lo que negamos y situarnos en un ilusionismo atemporal que nos desubique y retenga por encantamiento o terquedad.

Actor y espectador se funden, se confrontan y nutren en tal reciprocidad con la misma necesidad con que se fuma y se ceba, se ama y ahuyenta. Cauteriza y sangra igual.

La sabiduría de la contemplación.

Las luces se apagaron y comenzó, por fin, el drama de la actuación.

 

 

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                                                 Marisol B.

SILVIA TOMBOLINI

Publicado en relatos el 30 de Agosto, 2012, 10:12 por MScalona

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Idea

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Hace días que vengo pensando eso de las dos memorias, intentar un texto diferente como si fuera ella la que escribe, meterme en su mente grandiosa, perfecta, colmada de poesía hasta ensamblarla con la mía, somera y pretenciosa. Idea en realidad no puede hacerlo, ya no está, sin embargo perdura (en mí)  con sus palabras, crece en el tiempo (se multiplica), me invade como una lenta gota queriendo caer siempre, me ahoga desde el pozo asfixiante del recuerdo, hasta que ya no sé si ésta - mi escritura – me pertenece o es ella (su voz suave escapando de un CD) la que enciende mis manos.

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La visita

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Salgo del sanatorio con los primeros rayos de un sol intruso, desubicado. Llevo pegados al tapado tu olor y el mío, juntos, en una mañana que se adivina radiante y que me encuentra despojada, sin alma,  llena de ira. Sé que esta es la última vez que nos veremos - los médicos dijeron poco tiempo - y quisiera retener aunque más no fuera unos minutos, tal vez días o semanas, la luz sombría de la noche, amortiguar este dolor, y darle a tu partida el final que merece. Porque nadie – vos menos que nadie - debe morir un día de sol, sin lluvia.

A las pocas cuadras me siento bajo la sombra de un enorme jacarandá, en un bar que me recuerda al Open Café de París donde una vez dijiste que yo era hierática y vos maldito y que eso nos hacía la pareja perfecta.

 

Pobre mi amor / creíste / que era así / no supiste / era más rico que eso / era más pobre que eso / era la vida y tú / con los ojos cerrados / viste tus pesadillas / y dijiste / la vida.

 

Pienso en vos. Entre el murmullo de la gente, el crujido de las sillas de mimbre cuando alguien se acomoda o se levanta para irse y el brillo apagado de ese sol que se cuela entre las ramas. Pienso en vos. Tu rostro comienza a perder nitidez a pesar de este esfuerzo vano de recordar la exactitud de tus formas. Y se apaga. Tu sonrisa se apaga.

 

No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca / ni si era de verdad lo que dijiste que era / ni quién fuiste, ni qué fui para ti / ni cómo hubiera sido vivir juntos / querernos, esperarnos, estar / Ya no soy más que yo para siempre y tú /Ya no serás para mí más que tú / Ya no estás en un día futuro /no sabré dónde vives, con quién / ni si te acuerdas / No me abrazarás nunca como esa noche, nunca / No volveré a tocarte. No te veré morir.

 

La moza comenta que el día es agradable mientras sirve mi café. No pude más que sentarme en este bar y pedir un café después de la visita. Me siento sola. Quizás ella también sienta esa soledad y por eso ha comentado lo del tiempo agradable. O por ahí se ha dado cuenta de mi tristeza al ver mi cara. Sé que tengo una cara que refleja lo que siento. Me pasa que no puedo se como esa gente que aún en la más completa desolación o desamparo puede fingir felicidad.

Le contesto que muy lindo día. Para no ser maleducada. Francamente no creo que lo sea – podría decirle que es horrible, amargo, desolado - pero no tengo muchas ganas de hablar. En otro momento hubiera seguido la conversación. Hoy no.

- ¿Me podés cobrar? – digo.

- Sí, ya le traigo el ticket – dice mientras se encamina hacia adentro.

Me distraigo mirándola. Es muy bonita, no debe tener más de veinte años. Mientras sube los dos escaloncitos que separan la vereda del interior del local, calculo que debe subir y bajarlos al menos doscientas veces cada día. No lo vas a creer pero me puse a pensar en las veces que estuvimos juntos desde que nos conocimos y no deben ser más de veinte. Qué loco ¿no? Un diez por ciento de lo que ella sube y baja por día. ¿Le dolerán tanto los pies como me duele a mí tu ausencia?

- Son seis pesos señora – dice, dejando el ticket sobre la mesa.

Me levanto después de  pagar y dejo ese bar, te dejo llevándome tus gestos, te abandono ya sin temblor, ni luz / cayendo oscuramente.

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Silvia Tombolini – Agosto de 2012

LUCÍA ANDREOZZI

Publicado en relatos el 30 de Agosto, 2012, 10:01 por MScalona

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Las noches que ella estuvo aqui

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Ordena las pilas de prendas disponiéndolas simétricamente sobre la cama, ella que  volvió justo cuando yo había empezado a armarme otra rutina.

 Esa semana había terminado de delinear un recorrido diario sin ella, sin su campera, sin su bufanda y sus guantes desparramados sobre el sofá. Días en que  la comida hecha por mí sabía harto diferente de la suya, en que sólo me quedaba salir de la ducha mojando el piso, tiritando y chorreando agua hasta la cocina, cuando el calefón estaba mal graduado.

Ahora va y viene desde la valija apoyada en la silla hasta la cama, camina más rápido cuando va y lo hace lentamente cuando vuelve con una pilita de prendas, como si estas le pesaran. No las guarda, sólo las va acomodando sobre el acolchado, y durante ese acto mecánico, conversa conmigo pero no me mira.

-El tipo dejó a la mujer y ahora está viviendo con Teresa.

Dice mientras tiene la mirada detenida en un par de camisas, creo que las está contando mentalmente mientras habla. Yo no le contesto nada, no tengo nada para decir, porque el tipo del que ella habla me cae bien. El tipo tuvo muchos trabajos,  me lo había contado whisky de por medio, whisky que en otro momento fue un problema para él, no le había ido bien por mucho tiempo. Yo le había tomado un cierto afecto, e incluso creo que con Teresa se estaban entendiendo muy bien,  por eso no quise agregar nada.

Entonces me doy vuelta, me apoyo en el marco de la ventana, y ella me sigue hablando. Ahí afuera esta el barrio que nos vio ir y venir.  No tengo ganas de pensar si esta es la última. Hacía un tiempo que yo había empezado a hacer horas extra cuando la extrañaba, que leía el diario en un bar tarde, cuando estaba manoseado y ya no lo quería leer nadie. Hacía mucho tiempo que vivía sin ella, estando ella al lado durmiendo en la misma cama que yo.

Desarma la valija, me habla de Teresa y del tipo. Reitero, el tipo me cae bien, pero tampoco lo voy a defender, tengo tantos otros temas para discutir antes que ese.

-Creo que la dejó en abril, porque era la época en que Laura vino a quedarse con nosotros. ¿Sabés por qué me acuerdo? Porque llegué tarde al bar dónde me esperaba Teresa, porque  Laura llegó llorando y tuve que quedarme para consolarla. Igual esa vez en el bar Teresa no me lo contó. Dio vueltas, me lo dio a entender, pero no me lo contó.

Recordé las noches que Laura estuvo aquí,  yo creo que fue en marzo.

-No puedo olvidarme que me levantaba a mitad de la noche para beber agua o para ir al baño, y me asustaba al encontrar a esa mujer durmiendo en el sofá. Una noche me quedé mirándola, pero volví a la cama cuando me di cuenta que podía asustarla.

-No sé que hicimos mal para que Laura esté con ese hijo de puta.

Volví a mirarla, porque creí que iba a empezar una de nuestras discusiones habituales, pero cuando alcance sus ojos, la habitación quedó a oscuras.

 Desde la otra ventana llegaban las rayas anaranjadas  de la luz de la calle atravesando las persianas y ellas me servían para saber donde estaba mi mujer. Cuando se movía las líneas anaranjadas se iban ondulando sobre su rostro, y cuando llegaba a donde estaba la valija, la perdía por un instante. Ella se calló, no habló más de Teresa, del tipo o de nuestra hija. Busqué un cigarrillo en mi bolsillo, y lo apoyé en mis labios,  encontré mi encendedor en el otro bolsillo, y me prendí el cigarro con la sola intención de echar algo de humo sobre las rayas fosforescentes que proyectaba el  tungsteno. Pero cuando exhalé el humo  me di cuenta que los haces de luz que alcanzaban a mi mujer estaban lejos. Se me cayó el encendedor  y me quedé pensando que la voluta de humo debió haberse desvanecido antes de llegar al objetivo. No importa, no volví a intentarlo. Creo que ella se sentó en la cama, y ahí en la oscuridad y en su silencio sentí la falta de cualquier satisfacción al verla volver. Tuve miedo que eso se percibiera en el aire. Entonces por suerte ella suspiró. 

-Dame un cigarrillo.

-No se donde está el encendedor.

-Dámelo igual.

No tenía ganas de alejarme de la ventana. Encontré el impulso en la culpa de no querer que estuviera ahí. Dando un paso y extendiendo mi brazo le alcance el cigarrillo. La imaginé en la oscuridad con el cigarrillo pegado en el labio inferior, al igual que yo.

En esa atemporalidad que genera la oscuridad llegué a pensar que habíamos pasado más de una hora, inmóviles, sin hablar ni fumar, apenas respirando.

-¿Te fijaste afuera?

No me había fijado, y no tenía ganas de que volviera la energía.

-Fijáte.

-Hay luz enfrente.

-Debe ser algo de nuestra instalación, buscá la linterna y bajá a ver.

-Vamos, vení conmigo. Dije y automáticamente me arrepentí.

La busqué en la oscuridad y creo que ella hizo lo mismo porque nos chocamos los brazos. Me tomó apenas de mi brazo derecho y así salimos de la habitación, comenzamos a bajar  las escaleras, contando los pasos, creo que en el sexto ella trastabilló, se tomó fuerte de mi codo, y por la intensidad del movimiento, creo que evitó una caída inminente. Se sentó en la escalera y empezó a reírse, yo me senté a su lado, y comencé a reírme también.  Me dió en la oscuridad el taco de su bota, se le había despegado. Luego en medio de las risas sentí el sonido de los cierres, se debería estar quitando las dos botas.  Se reía apoyada en mi hombro, y me hubiera gustado decir, que entre las carcajadas volvía  sentir que quería tenerla a mi lado. Pero eran sólo risas. Se fue calmando y yo también, nos tomamos de la mano, seguimos bajando, ahora sabíamos que a menos que hiciéramos algo la luz no volvería a la casa. 

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Lucía A.

 

 

IVÁN LIMANOVSKY

Publicado en relatos el 30 de Agosto, 2012, 9:52 por MScalona

 

El realismo atolondrado

 

¿Quién mierda tiene la llave de la nave?, le pregunte a mis amigos bolita que ya iban por la tercera jarra loca. A la paraguayita hace ya como media hora que le estoy amando con la mano y quiere que arranquemos. No sé Chaco, que se yo, tomate un trago y quedate con nosotros, yo no las tengo, también falta Santiaguito. Ese hijo de puta otra vez se me adelantó, vení Daira vamos pa la nave.

Salimos de Potranco Bailable encarando para la canchita donde había dejado estacionada la renoleta, la cumbia se escuchaba distorsionada por las paredes de chapa del lugar pero igual de fuerte  que adentro, y al ritmo de la bailanta, en el córner los amortiguadores se escuchaban de lejos haciendo el acompañamiento. Vení metete que esta polarizada, ¿y quién etá ahí?, ta todo liso, son amigos. Hola Santiaguito ¿se puede?, dale pasá pasá.

Santiaguito se estaba empomando en el asiento de atrás a una gorda boliviana que cuando la vi se me terminó de poner morcillona, cada teta era una sandia de carne que balanceaba de un lado al otro, un sueño de hembra.  Él realmente es  atolondrado pero que suerte que tiene el negro, en el  yotibenco se decía que en una época era el mismo Señor Maíz, y se había hecho bañar la pija en oro paraguayo, aunque no hablaba mucho de ese entonces, cada vez que tocaban el tema le asomaban las lágrimas, pero siguiendo el mito yo me había colgado una cadena de oro paraguayo que fue por mucho tiempo mi amuleto de la suerte para atraer las ninfas de la noche, putas y bailanteras.

Chiquita que bien que cogés, no tenés ni tetas pero te movés como una lombriz. Ya no soy una chiquita tengo trece y me encanta tu berenjena. Y eso que no conoces la del señor maíz. Si, se la conozco dijo mirando por encima de mi hombro a Santiaguito que había dado vuelta a la chola dándole la oreja contra la ventanilla. Después de dejar escurriendo la paragua cambié con Santiaguito y me fui para Bolivia. El potrero poco a poco se fue llenando de parejitas que con pasitos de cumbia se iban internando en la oscuridad y borrachines largando morcipán a cada paso.

Santiaguito el atolondrado abrió la puerta de la renonave mientras todos estábamos en pelotas y subiéndose los pantalones, con su camisa floreada desprendida me dijo: Chaco pasame dos pesos que voy a buscar una jarra. Que épocas aquellas, el país se iba a la mierda y todos lo sabíamos, el turco hacía que con dos pesos compres lo que quieras, ni en sueños se podía imaginar a la Argentina como el Mundo Feliz que es ahora, la flaquita se pasó al asiento de atrás y despegándome de mi ballenita marrón me empezó a chupar las bolas, acción que la boli le siguió tragándome el mondongo entero.

¿Qué haces Zulmita acá? Nuestro amigo Miguelito de Villa Ballester se subió al asiento del acompañante y encima se le sentó una cordobesa. Nos vamos a La Higuera en Córdoba que mañana es la coronación de la reina de Aguas del Totó. En eso subía Santiago y pasándome la jarra le daba marcha a la nave. Vamos chicos que nos espera un fin de semana a pura bachata, dijo mientras se bajaba los pantalones hasta las rodillas y empezaba a manejar. Y poniendo el estéreo a todo lo que da con el casete de Juan Luis Guerra dejamos atrás el barrio de Moreno para meternos en una interminable maraña de caminos, con mis dos amantes en el asiento trasero, mientras la cordobesa acariciaba al señor de los yotibencos, Miguelito entre pala y pala me contaba de que se trataba la fiesta de las Aguas del Totó. Los tres amigos de la infancia estaban reunidos de nuevo, en la renoleta verde polarizada que iba a los saltitos por la ruta, turnándonos para manejar alternando los únicos dos casetes que teníamos: Juan Luis Guerra y DJ Yacaré. Habíamos pasado todo el día arriba del auto y ya estaba anocheciendo cuando a pocos kilómetros antes de llegar a La Higuera pinchamos una rueda.

Paramos en una gomería, las chicas comenzaron a impacientarse cuando el gomero después de una hora cagando a golpes con martillo y cortafierro la tuerca de seguridad de la llanta, dijo que era imposible. A ver chico, que con esos golpecitos se nos va a secar el Agua del Totó. Y con toda su humanidad Santiaguito empezó a golpear la tuerca. Chico que las llantas son muy lindas y no querés que te la roben en el barrio, pero Chaco, perder la llave para las tuercas me arruina la bachata. Me hice cargo y empecé a golpear yo también.

La ruta estaba vacía y las chicas ya estaban en el medio mirando a ver si venía alguien que las lleve. Ustedes son unos maricones, dijo Miguelito bajando de los tacos y levantándose el vestido de lentejuelas rojo, se arrodilló y empezó a darle con el martillo a la tuerca, o eso intentaba, pegándole también a la llanta, el guardabarros y hasta la puerta fue sancionada.

¡Vamos culeados, vamos que llegamos tarde!, un camión volcador lleno de amor y brazos blandiendo botellas de cervezas había parado para llevar a las chicas. Dejemos la nave acá que no se va a ir a ninguna parte, y los tres salimos corriendo para el camión. Eh porteños culeao vamos que los dejamos, dijo un borrachín extendiendo la mano para ayudarnos a subir. ¿Culeado yo? Que si hay un poco de bachata me curto hasta al propio dios. ¡Que haces yo curto a dios!. Todos explotaron en una carcajada y el chiste duro los kilómetros que nos separaban hasta La Higuera deformándose de tal manera que al llegar a la fiesta cuando todos saltábamos del camión Santiaguito ya había sido rebautizado como El Señor Cucurto.

Al día siguiente sólo quedamos Santiaguito y yo, caminando por la ruta con las camisas floreadas en la mano cargando solo el brillo de nuestras cadenas de oro paraguayo en el cuello. Cuando llegamos a la gomería estaba cerrada y la renonave descansaba sin las cuatro ruedas sobre unos tacos de madera.

Esto ya es demasiado, chico, que me voy para Alemania, esto no es más que un realismo atolondrado en un país que se va a la mierda. Me dió un abrazo y siguió caminando por la ruta. Chau cucurto tendrías que escribir nuestras historias. Una sonrisa le brillo en los dientes con el sol del mediodía y siguió su camino. Yo empeñé en La Higuera mi cadena de oro para comprar las mejores noches con las putas del lugar y trabajar como ayudante en un almacén para poder comprar las cubiertas de la nave y volver a mi querido yotibenco de Once. Hace ya quince años que estoy acá, viviendo adentro de la renoleta y aunque sólo pude comprar dos llantas y tres cubiertas recapadas con el tiempo me fui convirtiendo en el rey de la bachata en La Higuera. Tengo entendido que a Santiaguito le fue mejor pero nunca supe más de él.

 

Ivan limanovsky

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-